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Agricultura
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Conjunto
de técnicas y procedimientos para el cultivo de la tierra. Esto
implica tanto los sistemas de elección, desarrollo, mejora de las
plantas susceptibles de producir algún tipo de beneficio, así
como las técnicas y útiles que permiten trabajar las tierras
y las plantas que más tarde serán recolectadas. La agricultura
implica, por tanto, una programación concreta de los procedimientos
a realizar sobre un tipo determinado de plantas, ya que cuando el hombre
no cuida de esas plantas ni ha trabajado para su desarrollo, sólo
se puede hablar de recolección nómada. La agricultura, junto
a la ganadería, será uno de los motores de desarrollo de
la civilización. Mientras el hombre se dedique a la caza y la recolección
de plantas silvestres, se verá obligado a aplicar todos sus esfuerzos
en procurarse los alimentos. Además, esta forma de procurarse alimentos
nunca garantiza la disponibilidad futura de ellos. La agricultura, sin
embargo, supone la aplicación de esfuerzo y tiempo en el logro
de una estabilidad en el aprovisionamiento de alimentos. De esta manera,
ya es posible lograr excedentes, una de las bases de la civilización.
Ese excedente facilita la extensión de la población, mejora
su calidad de vida y permite la aparición de grupos humanos de
cierta entidad que más tarde darán lugar al nacimiento de
las civilizaciones. Sobre el nacimiento de la agricultura tan sólo
se pueden realizar conjeturas, ya que es muy difícil desentrañar
las razones que llevaron al nómada a cultivar la tierra. Es evidente
que el cultivo de la tierra requiere unos conocimientos sobre los ciclos
biológicos y estacionales bastante desarrollados. Hay quien sugiere
que algunos de estos hombres pudieron comprobar como las semillas de las
plantas recolectadas germinaban y crecían en sus campamentos. El
paso siguiente es provocar ese ciclo de una forma ordenada y en un lugar
apropiado para que todo se produzca de forma adecuada. Parece ser que
estos primeros experimentos se produjeron en la cuenca de los grandes
ríos de Oriente Próximo, como el Nilo, Tigris y Éufrates
hacia el año 10000 aJC.
El cultivo de la tierra coincide con lo que se denomina Revolución
Neolítica, un cambio sustancial en la vida, cultura y tecnología,
que desembocará en el hombre moderno. Los primeros cultivos era
extensivos, es decir, se utilizaban para cada cosecha nuevos suelos que,
tras la recolección, eran desechados por otros. Esto implicaba
la búsqueda de tierras lo suficientemente fértiles: primero
se limpiaba la superficie, para después pasar a la siembra.
Nos podemos hacer una idea de cómo se llevaba a cabo esta labor
viendo el trabajo de actuales pueblos primitivos. Probablemente, se utilizaba
un palo endurecido para hacer un agujero en la tierra, donde se colocaría
la semilla para después taparlo.
Los cultivos de estos hombre eran más variados de lo que podemos
suponer y es fácil adivinar que entre los primeros abundaran las
hortalizas. También se llegaron a cultivar ciertos árboles
frutales para producir peras, higos, (de los que se han encontrado restos
neolíticos tardíos), a pesar del tiempo que tardan estos
árboles en ser productivos. Otro cultivo esencial fue el de las
plantas oleaginosas como el olivo, sésamo o lino, que tuvieron
una importancia crucial como fuente de grasas.
Pero las verdaderas protagonistas de la revolución agrícola
serán las legumbres y los cereales, bases de la alimentación
de estos hombres del neolítico y base aún de la alimentación
de la mayor parte de la humanidad, con una distribución clara entre
trigo y cebada en Europa, arroz en Asia, mijo en África y maíz
en América. Hay constancia del cultivo de cereales hacia el año
7000 a. de C.
Estas primeras plantas eran muy primitivas y poco productivas, como se
ha podido apreciar en los restos de trigo y cebada encontrados en un yacimiento
en Irak, datado alrededor del 5000 a. de C. En el mejor de los casos,
el agricultor lograba recolectar unas 3 ó 4 veces la cantidad de
semillas plantadas, lo que no es mucho rendimiento.
Estos cultivos pasaron a Europa, donde se complementaron con la avena
y el centeno, más adecuados para ser cultivados en las regiones
frías. Además, se ha comprobado que estos hombres del neolítico
y de la Edad de Bronce cultivaban plantas silvestres abandonadas hace
ya tiempo.
En cuanto a las legumbres, lentejas, guisantes, etc., estaban muy extendidas
en el Neolítico ya que compartían con los cereales una característica
especialmente atractiva: su facilidad para ser almacenadas y su excelente
conservación.
Durante esta primera fase de la agricultura, el hombre aprendió
que las tierras perdían con el tiempo su capacidad de producir
buenas cosechas, por lo que era necesario dejarlas descansar durante periodos
más o menos largos. También se dio cuenta que era posible
aumentar la fertilidad añadiendo al suelo diverso abonos, como
el estiércol o el mantillo del bosque.
En cuanto a las primeras plantas industriales, el lino parece ser la primera
que se cultivó en Mesopotamia y Egipto para utilizar sus fibras
en la confección de tejidos, alrededor del año 3000 a. de
C. Como recordamos, antes había sido utilizada para extraer aceite.
Los agricultores primitivos siguieron ensayando nuevos cultivos y métodos
hasta que, finalmente, llegaron a una serie de técnicas que daban
resultados aceptables sobre cultivos muy probados.
La extensión de la agricultura como ocupación mayoritaria
de la población, junto con los mayores excedentes de alimentos,
propiciaron la aparición de nuevos oficios en los que no era necesario
aplicarse a la producción de alimentos ya garantizados por los
agricultores. La recolección implicaba la necesidad de almacenar
los alimentos. Sin almacenamiento no hay excedentes, por lo que una mejora
de los cultivos llevaba aparejado una racionalización de las formas
de almacenamiento.
Gracias a los excedentes aparecen los primeros artesanos y sacerdotes.
A su vez, la formación de comunidades cada vez más extensas
permitió el nacimiento de administraciones cada vez más
especializadas.
En cuanto a los instrumentos utilizados para el cultivo, éstos
estaban fabricados en madera o asta, como las hoces, con incrustaciones
de sílex afilado en el borde para cortar las plantas. También
aparecieron pequeñas azadas y hachas de piedra para el desbroce
de los campos.
La profundidad de trabajo de la tierra no era mucha, por lo que el suelo
se agotaba con rapidez.
La primera innovación en este campo llegó en el Valle del
Nilo, donde su utilizaba una especie de azada que era tirada por un hombre
mientras que otro la empujaba desde atrás, creando de esta manera
surcos. Así, se aireaba la tierra y se cultivaba a mayor profundidad,
evitando que el suelo se agotara tan pronto.
El siguiente paso lógico era utilizar a los animales para tirar
de este primitivo arado, el cual alrededor del 2000 a. de C. se fabricaba
de piedra y madera. A ésto se añadió un yugo para
que pudieran tirar mucho mejor los bueyes. La siembra se solía
hacer antes de pasar con el arado, quedando enterrada la simiente a su
paso. También se utilizaba otro método: lanzar la semilla
una vez que había pasado el arado y hacer que cabras u ovejas pasaran
sobre el terreno para que enterrasen la semilla al pisarla. Estos nuevos
métodos de trabajo y la utilización del ganado en el trabajo
diario produjo un aumento de los rendimientos en las cosechas.
Como era lógico, el agricultor pudo comprobar que el agua era esencial
para lograr una producción adecuada, por lo que no se resignó
a que la falta de lluvia arruinara su trabajo y empezó a utilizar
el riego como estrategia para garantizar las cosechas. En un principio,
los riegos eran poco menos que salpicar agua de arroyos a los cultivos.
Los primeros sistemas de regadíos nacieron en un lugar especialmente
privilegiado: el Valle del Nilo, recorrido en toda su longitud por el
gran río norteafricano. Las crecidas cíclicas del Nilo fertilizaban,
con el lodo que arrastraban, las tierras bajas cultivables y muy productivas.
Pero era necesario garantizar, además de la fertilidad, el riego
en las épocas más secas.
El primer sistema de riego agrícola será el cigoñal,
aparecido alrededor del año 2000 a. de C. Este sistema se basaba
en el uso de una pértiga colocada sobre dos listones de madera
verticales. La pértiga tenía colocado en un extremo un recipiente
y en el otro un contrapeso. Para extraer el agua se elevaba el contrapeso,
bajando a su vez el extremo en el que se encontraba el recipiente. Al
tirar del contrapeso se elevaba el recipiente lleno de agua que podía
ser vaciado en un canal de riego.
Se estima que con este sistema un hombre era capaz de extraer unos 2.500
litros de agua al día. Donde al agua no era tan abundante era necesario
cavar pozos con paredes recubiertas de piedra o ladrillo y de los que
se sacaba el agua o bien con cigoñales o mediante el uso de poleas.
El agua era ya un bien muy preciado, ya que sin ella es imposible cultivar
ciertas plantas, por lo que se inician las primeras obras hidráulicas
de cierta entidad para almacenarla y más tarde distribuirla. Hacia
el año 1300 a. de C. se construyó en Siria una presa cuyo
dique medía 2.500 m. de longitud, fabricado en piedra. La magnitud
de la obra da una idea de la importancia del agua.
Pero de nuevo el sistema hidráulico más complejo será
el del Nilo. Como hemos comentado, el Nilo tiene una gran crecida entre
julio y septiembre, por lo que el crecimiento del nivel del agua fue aprovechado
para almacenar agua.
El sistema se basaba en dividir las tierras cultivables en recintos rectangulares
que se comportaban como presas. Su tamaño oscilaba entre las 500
y 15.000 hectáreas. Cuando el río crecía se dejaba
pasar el agua a estas presas, comunicadas mediante canales y compuertas.
Cuando el agua alcanzaba una altura suficiente, de entre un metro y dos,
se cerraba y se dejaba que el agua empapara la tierra. Tras este periodo,
se dejaba salir el agua restante hasta el nivel inferior, donde se repetía
el proceso hasta que el agua desaparecía o era evacuada de nuevo
al Nilo. Mediante este complejo y costoso sistema se garantizaba la fertilidad
de los campos, tanto por la deposición del limo como por la humedad
de la tierra. Visto lo avanzado del regadío en el Nilo, no es de
extrañar que el valle de dicho río fuera considerado como
el granero de Roma, por la cantidad y calidad de grano que surtía
al Imperio.
En otro foco de civilización, la zona de los valles del Tigris
y el Éufrates, los problemas eran otros: las inundaciones eran
irregulares y su aparición en épocas nada propicias, por
lo que se tuvieron que crear sistemas de regadío permanentes. Éstos
estaban basados en grandes canales que cruzaban los valles inferiores
de los ríos, sacando el agua de ellos a niveles superiores a los
de las zonas a irrigar.
Los canales eran llevados a grandes presas desde donde se regulaba el
caudal. Algunos de estos grandes canales llegaban a medir hasta 320 km
de longitud y una anchura de 120 m. El agua era distribuida a otros canales
de menor tamaño, dando lugar a una extensa red de pequeñas
acequias que distribuían el agua entre las tierras de labor.
Esta forma de riego requiere un sistema de control muy avanzado sobre
el caudal, reparto del agua y mantenimiento de obras muy costoso de realizar.
Pero de esta forma, Mesopotamia logró un desarrollo agrícola
sorprendente, lo que determinó el poder de los pueblos que lo habitaban.
Las circunstancias no eran tan favorables para Grecia e Italia: no existen
grandes ríos que fertilicen la tierra. Además, las lluvias
están muy concentrada en ciertas fechas, mientras que los veranos
son muy caluroso y secos.
En época romana los cultivos agotaban los suelos, obligando a reposar
los campos un año completo, es decir, se recurría a la práctica
del barbecho. A la hora de preparar la tierra se hacía mediante
un arado con el que se laboreaba la tierra hasta tres veces, tanto en
línea recta como de forma oblicua. Tanto trabajo producía
un resultado pobre, ya que lo normal era cuadruplicar el grano plantado.
Los romanos siguieron usando el arado tirado por animales de tipo ligero,
en el que la reja, la parte que se introduce en la tierra, estaba fabricada
de roble. Posteriormente se pasó a fabricar en hierro.
Con la extensión de los grandes latifundios romanos por todo el
Imperio se llegó a un estado tecnológico muy avanzado. Estos
grandes latifundios, trabajados por esclavos, eran explotaciones bastante
racionales. Precisamente esta extensión de los cultivos por todo
el mundo conocido trajo nuevos problemas, como el de eliminar el agua
sobrante en las tierras del norte, algo muy distinto a lo que estaban
acostumbrado los romanos en las tierras del sur.
Así, nació un tipo nuevo de arado distinto, más adaptado
a las tierras arcillosas. Este apero incluía una cuchilla que realizaba
un corte en la tierra en sentido vertical. Una innovación crucial
introducida en este arado llegó bastantes siglos después,
concretamente hacia el siglo XI de nuestra era, con la incorporación
de una pieza curvada y plana que a su paso volteaba la tierra levantada,
produciendo una notable mejora en el rendimiento del suelo.
El trabajo con el arado no cambió substancialmente durante mucho
tiempo, ya que el único animal que se adaptaba era el buey, ante
la inexistencia de sistemas de sujeción adecuados para el tiro
de otros animales. Delante del tiro iba un agricultor que guiaba el trabajo,
mientras que, en la parte trasera, otro dirigía el arado mediante
una pieza que sobresalía del conjunto por su parte superior.
La herencia romana también era visible al final de la Edad Media
en todo tipo de aperos, como por ejemplo la grada, una serie de piezas
que al ser arrastradas por el suelo lo alisan, a la vez que arrastraban
las hierbas no deseadas mediante el peso y la utilización de unos
pinchos colocados hacia el suelo. Algunas veces también se utilizaba
la grada para apisonar la tierra, colocando un tronco erizado de púas
que, al rotar por el desplazamiento, allanaba el terreno.
También eran de uso común en Roma las palas de madera con
filo de metal o picos y horcas de hierro.
Hacia el siglo XII aparece una nueva herramienta muy importante: la hoz
curva de hierro y filo plano. Cortaba con mayor facilidad y el trabajo
se aceleraba. Poco antes habían surgido las primeras guadañas,
primero con mango corto y más tarde con mango largo, tal y como
hoy la conocemos, con lo que era más fácil cortar la hierba.
Estas dos herramientas simplificaban el trabajo de la siega que, por cierto,
se realizaba por la parte superior del tallo y no por la inferior, que
es como ha llegado hasta nosotros.
Tras la siega, el grano se separaba haciendo pasar los animales por encima
o bien mediante el paso de una tabla erizada de lascas de sílex:
el trillo. El cultivo de plantas de forraje o la utilización del
resto de otras plantas cosechadas como el trigo, daban lugar a un alimento
para el ganado que, gracias a la guadaña, podía recolectarse
fácilmente. De esta forma, se pudo lograr suficiente forraje como
para almacenar y alimentar animales, con la consiguiente mejora que esto
supuso para la ganadería.
Tenemos que detenernos un momento en la Península Ibérica
para hablar de dos fenómenos muy interesantes. El primero fue el
asentamiento de una agricultura de regadío fundada por los árabes.
Desde épocas muy antiguas, el regadío no alcanzaba tal desarrollo
como en la España musulmana.
Crearon un sistema de canales y acequias muy elaborado, aprovechando para
sacar agua de los ríos o bien desniveles en el curso fluvial o
norias, lograron de esta forma tejer una intrincada maraña de canales
que en parte ha llegado hasta nosotros, fertilizando y dando lugar a extensas
zonas muy productivas.
El otro fenómeno interesante que tuvo lugar en la Península
fue el de las luchas entre intereses de ganaderos y agricultores. A finales
de la Edad Media, la ganadería española se extendió
con rapidez, creando además un fuerte grupo de presión que
logrará imponer sus condiciones sobre los agricultores.
Se primó claramente al ganado frente a los campos de cultivo, lo
que a la larga provocó un fuerte perjuicio para la agricultura
española. Pero lo interesante de este fenómeno es que a
partir de este momento se producirá en muchos lugares y a escalas
parecidas. La diferencia es que en la mayor parte de los casos, la victoria
correspondió a los agricultores, propiciando un desarrollo acelerado
de los cultivos y sus rendimientos.
Con la llegada del siglo XVI, la agricultura se encuentra en estados muy
distintos de desarrollo en los países de Europa. Mientras que en
Gran Bretaña y Holanda la situación de agricultor y de sus
técnicas de cultivo ha sufrido una notable mejora, la mayor parte
de los campesinos del resto de Europa seguían utilizando prácticas
que poco habían evolucionado desde los latifundios romanos.
Uno de los elementos determinantes en la nueva agricultura será
la llegada de nuevas plantas traídas desde América, aunque
también es importante el trasvase de cultivos occidentales a los
nuevos territorios.
Entre las nuevas plantas que llegaron del otro lado del Atlántico
cabe destacar el tomate y, sobre todo, la patata. Llegó, como es
lógico, por primera vez a España, desde donde se extendió
al resto de Europa. Con la incorporación del cultivo de este tubérculo
se consiguió un nuevo alimento barato con el que complementar la
pobre alimentación del pueblo, que desde hacía siglos se
basaba en los cereales.
En algunos lugares, la extensión de este cultivo llevó a
convertirlo en la base de la dieta, como ocurrió en Irlanda durante
el siglo XVII. En el resto de Europa tardará aún más
su implantación, aunque en el siglo XVIII lo logrará como
base de la alimentación de las nuevas poblaciones urbanas.
En cuanto al maíz, su expansión fue más lenta que
la de la patata en Europa, mientras que en gran parte de América
era la base de al alimentación.
También el tabaco empezó a cultivarse en España y
otros países meridionales, ganando poco a poco importancia su cultivo
aunque nunca llegase a desbancar a los campos americanos en su producción.
Entre los cultivos llevados a América cabe destacar la caña
de azúcar y el arroz. Ambos estaban ya implantados en España.
Con la llegada del azúcar a América se logró una
notable mejora en su producción, dando lugar a grandes plantaciones
que pronto surtieron al todo el mundo de este edulcorante antes tan raro
y a mejor precio que la miel.
En los Países Bajos se estaba produciendo una notable extensión
de cultivos intensivos, como hortalizas, tubérculos e incluso tabaco,
aunque tuvieran que importar el grano. Una de la bases de esa riqueza
agrícola hay que buscarla en las nueva tierras ganadas al mar en
una época en la que se vuelven a construir diques, abandonados
prácticamente desde la época de los romanos.
Las introducción de los molinos de viento para desecar las tierras
trajo una gran extensión de nuevos terrenos para aprovechar, en
pequeñas explotaciones en las que se recurría a los sistemas
de rotación de cosechas de 9 años, así como la utilización
de abonos de origen biológico.
Por su parte, en Gran Bretaña, durante el siglo XVII y XVIII se
produjo un curioso fenómeno de innovación en el campo. La
agricultura despertó la ambición de toda persona de buena
posición que invertía grandes sumas en la mejora de procesos.
Esta es una de las claves de la revolución agrícola que
vivió este país poco más tarde y que será
precursora de la industrial.
Pero el verdadero hecho diferencial de la agricultura británica
vino desde el campo político, con la posibilidad de vallar los
campos. De esta forma, se dio mayor importancia a los cultivos en detrimento
de los pastos para ganado, pero además fue uno de los motores de
la innovación agrícola que protagonizó Gran Bretaña
durante los siglos XVII y XVIII. Era preciso este vallado ante la adopción
mayoritaria de un nuevo sistema de rotación de cultivos cuatrienal.
Se utilizaba trigo, nabo, cebada y trébol alternativamente, con
lo que el campo nunca era improductivo. Además, el nabo y el trébol
preparaban la tierra de nuevo para una cosecha de cereal, que solía
ser más abundante que con el sistema de barbecho, con el añadido
de que tanto trébol como nabo eran especialmente adecuados para
utilizar como forraje para los animales.
Todos estos elementos condujeron a un vallado masivo de los campos de
cultivo, que se puede cifrar en unas 2,5 millones de hectáreas
desde 1700 hasta mediados del siglo XIX.
Ya sólo faltaba la figura del reformador, en este caso el famoso
Jethro Tull, quien en el siglo XVIII intentó racionalizar las prácticas
normales en el campo británico. Su mayor aportación será
una sembradora mecánica que, además, llevaba acoplada en
su parte trasera una grada para enterrar las semillas.
Introdujo la labranza tras la siembra, proceso que permitió una
notable mejora en la producción de trigo utilizando tan sólo
un tercio de las semillas. Los campos de cultivo adquirieron otro aspecto,
con surcos rectos y mucho más productivos. Poco más tarde,
esta máquina será perfeccionada y podrá ser utilizada
en el abonado de los campos.
Serán los terratenientes británicos los que extenderán
estos nuevos procesos, permitiendo cosechas mucho más productivas
y logrando sacar un mayor rendimiento a sus campos.
De esta forma, en Gran Bretaña se dio una proceso de renovación
en las técnicas de cultivo que permitieron un claro aumento de
la producción agrícola. Un número menor de agricultores
son capaces, no sólo de producir la misma cantidad de alimentos,
sino que incluso multiplican la producción.
Estas circunstancias preparan en este país la llegada de la Revolución
Industrial, ya que un alto porcentaje de población agrícola
quedó libre en el medio rural para pasar a trabajar en las fábricas
de las ciudades. Además, quedó garantizada la alimentación
de estas masas industriales por el notable crecimiento de los excedentes
agrícolas. Hoy en día se considera que si importante fue
para el mundo la extensión de la industrialización, no lo
fue menos esta Revolución Agrícola, que hizo posible la
subsistencia de una mayor población.
A mediados del siglo XVIII se extendió en Gran Bretaña un
tipo de arado ligero, procedente de los Países Bajos que requería
menor esfuerzo para realizar el mismo trabajo. Este arado será
perfeccionado hasta fabricarse enteramente en metal, con lo que ganó
en robustez y precisión.
La mecanización llegó también a las labores donde
más intensivo era el uso de mano de obra: la recolección
de los cereales. La siega requería gran número de personas
que trabajaban con los mismos métodos desde la Edad Media, por
lo que era necesario algún tipo de máquina que permitiera
agilizar el trabajo. Así nació la moderna cosechadora, inventada
por el escocés Patrick Bell en 1780. Esta máquina llegó
al desarrollo definitivo del proceso de sierra y cuchillo de tipo horizontal.
Tardarán aún varios años en ser utilizadas, concretamente,
hasta la aparición de la segadora desarrollada por el norteamericano
Cyrus Hall McCormick, en 1834. Esta segadora será la primera que
tenga éxito en ese cometido, debido a la disposición de
una serie de cuchillas horizontales que se mueven gracias al giro de un
cigüeñal. En el giro van cortando las espigas, que van siendo
amontonadas al paso de la segadora.
El conjunto utilizaba para la tracción la fuerza de un animal,
mientras que el conductor iba colocado sobre la máquina. Esta será
la primera segadora de éxito: en 1860 se fabricaban hasta 4.000
unidades.
El problema del cosechado mecánico se había resuelto satisfactoriamente:
ahora se tenía que solucionar el proceso de trillado y separación
de grano y paja. Las primeras máquinas mecánicas trilladoras
aparecieron a finales del siglo XVIII. Poco más tarde fueron dotadas
de ventiladores y cribas para limpiar y clasificar el grano.
Pero el paso definitivo fue la introducción del vapor para activar
todo el proceso. La primera de estas máquinas surgió en
1842, lo que permitió una considerable ganancia de tiempo en el
trabajo con el grano. Las trilladoras de vapor se irán afianzando
y a finales de siglo serán muy comunes, especialmente las que se
podían trasladar de una a otra explotación, movidas por
la propia fuerza de la máquina de vapor y contratadas por tiempos
hasta tratar todo el grano.
En este punto hemos de hacer mención a una nueva planta introducida
a principios del siglo XIX y que llegará a tener gran trascendencia:
la remolacha azucarera. Fue descubierta a finales del siglo XVIII y se
trataba de una planta que podía competir con la caña de
azúcar. Desde principios del pasado siglo se extendió su
cultivo, que era posible en toda Europa, lo que no ocurría con
la caña. Se logró un aprovisionamiento local de este edulcorante
sin tener que recurrir a las importaciones americanas.
Precisamente, la remolacha será uno de los cultivos donde con más
insistencia se practicarán los nuevos sistemas de selección
de plantas. Gracias a los conocimientos sobre genética y las leyes
de la herencia, los científicos pudieron lograr variedades de plantas
cada vez más productivas, llegando a una planta de remolacha de
un tamaño desmesurado, de crecimiento rápido y un máximo
aprovechamiento para lograr azúcar.
Pero si espectaculares fueron los resultados en la remolacha no lo fueron
menos en los cereales. A finales del siglo XIX se investigaron sobre nuevas
variantes de trigo, cebada o maíz, que se difundirán con
rapidez. Mediante la selección de las distintas variedades se lograron
plantas más productivas, así como variantes para usos muy
específicos. Del trigo se crearon nuevas variedades dependiendo
cual fuera el uso final, como en las cebadas cerveceras o para pienso.
Realmente, el hombre llevaba realizando ese proceso de selección
de especies vegetales desde que se convirtió en agricultor, pero
sin la ayuda de la moderna ciencia. Otra innovación importante
fue la introducción a mediados del siglo XIX de nuevos fertilizantes
no ganaderos. Se utilizaron desechos industriales como los del jabón
o huesos triturados o disueltos en ácido sulfúrico, dando
buenos resultados.
Pero los resultados verdaderamente satisfactorios llegaron con el guano
chileno, el excremento de un pájaro que enriquecía enormemente
los suelos. Más tarde, los mismos chilenos explotarán otro
fertilizante: el nitrato de sodio, que monopolizó este mercado
hasta principios del siglo XX, cuando los nuevos fertilizantes artificiales
lo desbancaron.
Mientras ésto ocurría en Europa, los Estados Unidos de América
estaban sufriendo una auténtica revolución agrícola
que llevará a este país a convertirse en el gran granero
del mundo.
En primer lugar, la colonización de nuevas tierras, paralela a
la extensión del ferrocarril y la llegada de inmigrantes europeos,
dio lugar a la puesta en producción de una inmensa cantidad de
tierras vírgenes a lo largo de todo el país. La mayor parte
de explotaciones corresponden al tipo de agricultura extensiva, como es
conocido el monocultivo de grandes superficies donde la cantidad de horas
de trabajo en relación a la extensión de terreno es muy
pequeña.
Los cultivos intensivos, por el contrario, hacen un gran uso de todas
las posibilidades de un terreno menor para lograr grandes rendimientos,
mayores que en los obtenidos en la extensiva por la misma cantidad de
terreno. De gran ayuda para los granjeros norteamericanos fue el arado
de acero inventado en 1870 por John Deere, que más tarde se extenderá
a todo el mundo.
No se trata de un suceso aislado, ya que algo similar se produjo en otros
lugares como Argentina o Australia; pero el caso norteamericano es el
más espectacular e importante por sus dimensiones.
Las bases de la producción cerealista no eran una avanzada técnica
de cultivos, ya que se seguía recurriendo al barbecho y no a las
grandes superficies cultivadas y al intensivo uso de máquinas en
el trabajo en el campo. Tras la Guerra de Secesión se extendió
con rapidez el uso de la segadora, además de la introducción
de nuevas máquinas para atar la mies y grandes trilladoras a vapor.
En cuanto otra de las bases agrícolas americanas, el maíz,
se introdujeron nuevas máquinas para su sembrado muy eficientes.
El maíz será una de las bases de la ganadería en
el país.
La producción cerealista norteamericana de finales del siglo XIX
provocará un auténtico terremoto en los mercados mundiales
y, sobre todo, la ruina de muchos agricultores que no podían competir
con los precios del grano importado.
Pero también la época de la grandes colonizaciones dará
lugar a la producción a gran escala de cultivos antes muy reducidos.
Así se extendió con rapidez el cultivo de cacao, te, café,
palma para aceite o el cacahuete, también para extraer una aceite
barato a lugares muy poco importantes para la agricultura occidental hasta
ese momento: África y Asia.
Este fenómeno sólo se pudo producir a esta escala gracias
a que el transporte de alimentos ya era totalmente normal en todo el mundo.
Pero no sólo había capacidad de trasladar miles de toneladas
de alimentos de una punta a otra del globo: el coste del flete de estos
barcos era cada vez más reducido.
Los únicos países que resistieron la entrada de estos nuevos
productos y consiguieron, en cierta forma, proteger a sus campesinos fueron
los que adoptaron mediadas proteccionistas, elevando los aranceles de
los productos importados. Esta será un práctica muy común
a partir de este momento, ya que el agricultor se convertirá en
una especie en vías de extinción y al que había que
proteger.
El final del siglo XIX estará marcado por la aparición de
los nuevos métodos de conservación de los alimentos. El
primero será el de la conserva enlatada. Uno de los primeros productos
conservados con calor fue precisamente la fruta, como consecuencia de
una fuerte crisis de sobreproducción en Gran Bretaña y a
raíz de la cual se instalaron grandes factorías para producir
conservas de fruta con azúcar, es decir mermelada. Gracias a la
mermelada, mayores capas de población podían acceder a la
fruta.
También se hizo corriente a finales de siglo el uso de la refrigeración
para el transporte de fruta y verduras, lo que significó una notable
mejora en la calidad y el acercamiento a los mercados más importantes.
El gran avance que llegó con el siglo XX fue, sin duda, la masiva
mecanización del trabajo en el campo, iniciada a gran escala en
Estados Unidos debido a la falta de mano de obra que obligaba a mecanizar
al máximo las explotaciones.
La mecanización supuso una notable mejora en el trabajo, sobre
todo en las grandes explotaciones, donde era rentable utilizar estas caras
máquinas. El tractor, nacido en 1906, no sólo eliminará
el trabajo de los animales de tiro en el arado y acarreo sino que se convertirá
en una máquina polivalente, que puede servir como fuente de energía
para multitud de tareas: bombear agua, lanzar abono, sembrar semillas,
fumigar, etc.
La energía para realizar todas esas funciones se sacaba del motor
por una toma de fuerza, aparecida en 1919. Asimismo, nacieron tractores
para trabajos más específicos, como las grandes cosechadoras
de grano, de algodón o patatas.
También la química produjo nuevos abonos artificiales en
mayor variedad, lo que permitía mejorar suelos deficitarios en
algunos nutrientes. Mediante la fabricación artificial de abonos
nitrogenados se logró por primera vez prescindir de las yacimientos
naturales. Además, al fabricarse partiendo del petróleo
su precio cayó en picado, poniendo los fertilizantes al alcance
de mayor número de agricultores.
El siguiente paso fue la utilización de plaguicidas, herbicidas,
abonos foliares y toda una gama de productos que no sólo evitaban
el ataque de insectos sino que lograban mejoras en la maduración
de los frutos y en sus cualidades.
En el caso de los herbicidas, se trataba de encontrar un producto que
distinguiera entre el cultivo y las malas hierbas a la hora de actuar.
Este producto que permitía eliminar las hierbas en los cereales
fue descubierto en Francia en 1934 y era conocido como DNOC, al que seguirá
otro producto de gran éxito, descubierto en Estados Unidos y conocido
como 2,4-D.
En cuanto a los productos para proteger a las plantas de insectos o diversas
enfermedades, los primeros eran de origen natural pero de limitada utilidad.
Ejemplos de estos antiguos sistemas eran los tratamientos a base de azufre
o sulfato de cobre utilizados en la viñas.
No fue hasta el descubrimiento del DDT cuando se cree la moderna industria
de los plaguicidas, capaces de acabar con gran variedad de insectos dañinos
para las cosechas.
De esta forma, el rendimiento de las tierras para cultivo se ha multiplicado
en este siglo.
Pero todos estos productos nuevos tienen ciertos inconvenientes. En primer
lugar, no son inocuos, pero no sólo para el medio ambiente en general
sino también para el hombre. Este es el caso del famoso DDT, hoy
prohibido al existir indicios de que es un agente cancerígeno.
También los abonos artificiales terminan por empobrecer el suelo,
al no ayudar a la conservación de la capa viva y, por tanto, contribuir
a la desertización. Además, las técnicas modernas
permiten dedicar cada vez mayores extensiones de terreno fértil
a monoproductos, que terminan por acabar con la fertilidad del suelo.
El resultado de todos estos elementos es que la humanidad basa su agricultura
en un puñado de plantas. De cada especie sólo se trabaja
con las más productivas, que son en su mayor parte híbridos
de laboratorio.
El problema es que con el tiempo se pierde diversidad genética,
ya que las plantas menos adecuadas en un momento dado son abandonadas
y tienden a desaparecer. Se eliminan miles de variantes que pueden llegar
a ser útiles en un futuro, con el peligro de la extensión
de unas pocas variedades que puedan verse afectadas por enfermedades desconocidas
y acabar con el grueso de las cosechas.
Todos estos inconvenientes no fueron tomados en cuenta hasta fechas muy
recientes, ya que lo primordial durante este siglo era lograr producciones
cada vez mayores y de mejor calidad para alimentar a una población
que rápidamente se multiplicaba.
En la segunda mitad del siglo XX se ha asistido a la definitiva mecanización
de la agricultura. El tractor ya es en un instrumento indispensable, sin
el cual no se podrían trabajar las grandes extensiones de terreno
cultivadas en Occidente. Para hacernos una idea de la importancia del
tractor en la moderna agricultura nos remitiremos al caso de Europa: hay
más de 40 tractores por cada 500 hectáreas cultivadas de
media.
Estos tractores son cada vez más eficaces y especializados, encontrando
una solución específica para cada necesidad del agricultor.
Algunas de las grandes cosechadoras tienen áreas de corte de hasta
7 m y son capaces de cosechar más de 10 T de grano a la hora. Se
trata de un producto ya limpio que pasará a camiones o tractores
sin que la máquina tenga siquiera que parar.
Además, ha mejorado en gran medida el almacenamiento y transporte
de los productos agrícolas, ya que no debemos de olvidar que la
mayor parte de las pérdidas de alimentos se generan durante estas
fases de su vida. Se han generalizado los silos y los nuevos transportes
son limpios y eficaces, lo mismo que la distribución y el manipulado
de los productos finales que han de llegar al consumidor.
Otro de los puntos en los que se ha puesto gran interés ha sido
la creación de nuevos productos químicos: abonos más
eficaces, insecticidas menos dañinos, aplicados con más
rapidez y eficacia mediante tractores o incluso aviones o helicópteros.
También es cierto que en el polo opuesto hay multitud de iniciativas
a favor de volver hacia productos más naturales, en los que no
se utilicen productos químicos y sólo se recurra a métodos
naturales. Se trata de un mercado aún pequeño pero en crecimiento,
donde se pueden encontrar aceites de oliva, frutas, verduras, etc.
También durante el presente siglo se han generalizado modernos
métodos de regadío con los cuales se pueden hacer mucho
más productivas las tierras antes dedicadas al secano. Se han generalizado
las bombas eléctricas o el riego por aspersión, irrigando
el terreno mediante complejos sistemas de tuberías móviles.
Pero volvemos a los problemas anteriores. El abuso de los sistemas de
riegos provoca escasez de recursos hidráulicos, sin los cuales
la tierra no produce. No hay que olvidar que la agricultura es el mayor
consumidor de agua del planeta: un 70% del agua consumida es utilizada
para fines agrícolas. En este sentido, cada vez se impone con más
fuerza un nuevo sistema de riego denominado por goteo, en el que las tuberías
terminan en pequeños capilares que llegan a la misma planta, lo
que redunda en una menor pérdida de agua.
Si antes dijimos que la selección de plantas nunca se había
detenido, en la actualidad este proceso de selección de nuevas
especies ha llegado a su punto límite. Ya no se trata de cruzar
variedades de plantas hasta lograr la más interesante desde el
punto de vista económico: ahora se desarrollan en el laboratorio
variedades mediante ingeniería genética que puedan fabricar
productos hasta el momento inexistentes de forma natural. También
se pueden mejorar las características de sabor, textura o incluso
de resistencia a enfermedades e insectos. No es una utopía: ya
hay ejemplos en los supermercados.
A pesar de todos estos avances técnicos y científicos, el
agricultor sigue dependiendo del clima para conseguir sus productos. La
falta de lluvia seca los cultivos y una lluvia inoportuna arruina otros;
el frío puede helar la fruta, etc. Es cierto que se han intentado
sistemas para controlar las descargas de las tormentas mediante el sembrado
de nubes con productos químicos, pero con pobres resultados.
El mejor sistema para obviar el clima y las estaciones, siempre que haya
agua disponible y no se produzca una catástrofe, son los cultivos
protegidos.
Mediante el uso de recintos fabricados en plástico se pueden lograr
resultados espectaculares. En primer lugar, se pueden suprimir los ciclos
de las estaciones consiguiendo varias cosechas anuales. Estos cultivos
intensivos utilizan las técnicas más modernas para lograr
productos muy baratos. España es uno de los ejemplos más
importantes del mundo.
En los casos más extremos se puede llegar a cultivar sin tierra,
utilizando agua llena de nutrientes, como en los cultivos hidropónicos
o sobre suelos artificiales (como turba).
Al final quedan cifras claras de hasta donde ha llegado el desarrollo
agrícola en Occidente: ya se pueden lograr rendimientos de cereales
por hectárea de casi 10.000 kg.
¿Cuál ha sido el resultado de todos estos avances? La primera
consecuencia es social. Si en el siglo XIX 3 de cada 4 familias tenían
como actividad la agricultura, en la actualidad esa cifra se ha reducido
enormemente. Cada vez es menos necesaria la mano de obra ante el gran
incremento en la productividad.
Se estima que en 1850 un agricultor podía producir alimentos suficientes
como para alimentar a unas 5 o 6 personas, incluyendo también al
productor. En 1920 esta cifra aumenta hasta las 10 personas, mientras
que en 1955 esta cifra había crecido hasta alcanzar las 18. Tan
sólo 8 años más tarde, las personas alimentadas por
su trabajo llegan a los 30. Pues eso no es nada comparadas con las alrededor
de 100 personas que se pueden alimentar con el trabajo de un agricultor
en la actualidad. En el caso de la agricultura extensiva norteamericana,
sólo es necesario el trabajo de 12 personas pro cada 500 hectáreas.
La consecuencia económica es que se producen en la actualidad una
inmensa cantidad de productos agrícolas y en una variedad sorprendente.
Se ha logrado producir los suficientes alimentos como para garantizar
una alimentación sana y variada de la población.
Tan sólo el 11% del planeta está cultivada en la actualidad,
con grandes diferencias regionales que explican en último término
la expansión agrícola. En Europa, por ejemplo, hasta un
31% de su superficie es aprovechada para cultivos o pastos, mientras que
África esta cifra es de un escaso 6%. Si comprobamos los datos
de producción agrícola mundiales, comprobamos que a pesar
de que el Tercer Mundo es el que mayor población tiene, también
es el que menor producción de alimentos logra.
Occidente fue, básicamente, el responsable de los 1.500 millones
de toneladas de cereales producidas en 1980 en todo el mundo, o de los
528 millones de T de maíz o de los 347 millones de T de hortalizas
y melones. Pero todo tiene su doble lectura: en primer lugar, el gran
desarrollo de la agricultura, en cierta forma descontrolado, ha dado lugar
a la creación de excedentes agrícolas inimaginables hace
no tantos años. En la actualidad, es necesario intervenir ciertos
productos para evitar la caída de los precios o incluso destruirlos,
como el vino utilizado para crear alcohol.
Las producciones excedentarias van además acompañadas de
medidas de protección del agricultor, para evitar que su renta
caiga ante la llegada de productos más baratos de otro lugares
del mundo o por la simple superproducción. Baste decir que gran
parte del presupuesto de la Unión Europea se destina a los programas
agrícolas.
Pero la paradoja se da en la otra parte del mundo. Mientras la agricultura
ha progresado a pasos agigantados en los países ricos del Primer
Mundo, provocando la creación de excedentes, en la mayor parte
del mundo, el conocido como Tercer Mundo, la agricultura es en su mayor
parte de subsistencia.
Los métodos de cultivo son totalmente primitivos, donde el animal
o el propio hombre siguen siendo los proveedores de fuerza para el trabajo.
Son casos como los de Asia, donde el arroz, la base de la alimentación
de gran parte de la humanidad, es cultivado gracias a la disponibilidad
de mano de obra abundante y, sobre todo, barata.
Poco o nada se han beneficiado estos países de la agricultura moderna.
Muchos de ellos se han convertido en proveedores de monocultivos industriales,
como el café, cacao o plátano, que han reducido su valor
en los mercados internacionales, mientras que han de comprar los alimentos
traídos de fuera que ellos no cultivan. Esto se puede expresar
en cifras: en 1971, con lo que costaba una tonelada de cacao se podían
comprar hasta 290 barriles de petróleo, mientras que 1983 sólo
era posible comprar una tercera parte de ese combustible con la misma
cantidad de cacao. Además, los agricultores del Tercer Mundo reciben
una proporción muy pequeña del precio final de venta de
los productos elaborados.
Esta agricultura de supervivencia se puede observar en multitud de regiones
de América del Sur, donde los agricultores se ven obligados a producir
la única planta que les puede permitir vivir: la coca, ya que otros
cultivos tradicionales no tienen valor en los mercados mundiales.
(para
Plantas Cultivadas ver el Glosario VEGETACIÓN)
ABOCHORNAR.
Enfermar las plantas a causa del calor.
ABORRAJAR.
Secarse antes de tiempo las mieses.
ABROYADO.
Díc. de la finca rústica que se arrienda juntamente
con bueyes para labrarla.
ACIRATE.
Loma que sirve de lindero en las heredades. Caballón.
ACOBIJO.
Montón de tierra que se apisona alrededor de las vides
y de los plantones.
ACOCARSE.
Agusanarse los frutos.
ACODO.
Vástago acodado, o sea enterrado sin separar de la planta
madre, para que eche raíces.
ACOPAR.
Formar copa las plantas.
ACOTADA.
Terreno cercado destinado a semillero de árboles.
AHORNAGARSE.
Abrasarse la tierra y sus frutos por el excesivo calor.
ALADRADA.
Surco de tierra al arar.
ALBARDILLA.
Caballete que divide las eras de los huertos. Barro que se pega
al dental del arado cuando se trabaja en tierra mojada.
ALBARRADA.
Parata sostenida por una pared de piedra seca.
ALBITANA.
Cerca con que los Jardineros resguardan las plantas.
ALMACIGA.
Lugar donde se siembran las semillas de las plantas, para trasplantarlas
después.
ALMAJARA.
Terreno abonado con estiércol para que germinen prontamente
las semillas.
ALMANTA.
Porción de tierra señalada con dos surcos grandes
para dirigir la siembra.
ALMIAR.
Pajar al descubierto, con un palo largo alrededor del cual se va apretando
la paja.
ALMUDADA.
Espacio de tierra en que cabe un almud de sembradora (almud es
una medida de distinta capacidad según las regiones).
AMELGA.
Faja de terreno señalada para sembrarla con igualdad.
También emelga.
AMELGADO,
DA. Se dice del sembrado que ha nacido con cierta desigualdad.
AÑOJAL.
Pedazo de tierra que se deja erial por más o menos tiempo.
ARADA.
Tierra labrada con el arado. Porción
de tierra arada en un día por una yunta.
ARAMIO.
Campo dejado de barbecho.
ARICADO.
Acción y efecto de aricar, o arar muy superficialmente.
ATOCHADA.
Lomo que se hace en los bancales con atocha o brezo y tierra, para contener
el agua.
AURRACADO.
Se dice de la tierra mal labrada. También ahurragado.
BANCAL.
Pedazo o rellano de tierra dispuesto para plantar.
BARBECHO.
Tierra labrantía que no se siembra durante uno o más
años.
BARCIA.
Ahechaduras, o desperdicios después de ahechar (limpiar
con harnero o criba) el trigo y otras semillas.
RESANA.
Labor de arado de surcos paralelos. Primer surco que se abre en la tierra
cuando se empieza a arar.
BINAZÓN.
Bina. Acción y efecto de binar o dar segunda labor a las
tierras.
CARALLÓN.
Lomo de tierra entre dos
surcos.
CACHICAN.
Capataz (de labranza).
CANIZADA.
Porción de terreno que se puede sembrar
con un cahiz de grano (es una medida de capacidad para áridos
de distinta cabida según las regiones)
CANDELECHO.
Choza levantada sobre estacas para otear desde ella la
viña.
CAVA.
Acción de cavar y labor que se hace a las viñas
cavándolas.
CAVACOTE.
Montón de tierra, a modo de mojón.
CAVADIZO,
ZA. Se dice del suelo que se cava con facilidad.
CAVALILLO.
Reguera o canal entre dos fincas.
CAVIA.
Especie de alcorque o excavación.
CEPELLÓN.
Pella de tierra que se deja adherida a las raíces
de los vegetales para trasplantarlos.
CEROLLO,
LLA. Dícese de las mieses que al tiempo de segarlas están
algo verdes y correosas.
COLONO.
Labrador que cultiva una heredad arrendada y suele vivir en ella.
COLLAZO.
Mozo de labranza, al que se le da alguna tierra para
que la labre para sí.
DESAZÓN.
Falta de sazón y tempero en las tierras que se cultivan.
DESAZONADO,
DA. Dícese de la tierra que no está en
sazón.
DESBROZO.
Acción y efecto de desbrozar (quitar
la broza, limpiar). Cantidad de broza acumulada.
DUBA.
Muro o cerca de tierra.
EMPELTRE.
Injerto de escudete.
ENCAMAR.
Echarse o abatirse las mieses.
ENCAÑADO.
Enrejado de cañas para sostener
las plantas.
ENCAÑAR.
Empezar a formar caña los tallos
de los cereales: el lino encaña o se
encaña.
ENTRECAVA.
Cava ligera y no muy honda.
ENTRELIÑO.
Espacio de tierra que en las viñas y
olivares se deja entre liño y
liño (línea de árboles u otras plantas).
ENTREPANES.
Tierras no sembradas entre otras que lo están.
ENTRESURCO.
Espacio entre dos surcos.
ENTREVUELTA.
Surco corto que se da
por un lado de la besana para enderezarla.
ERA.
Espacio descubierto, llano y a veces empedrado, donde se trillan
las mieses.
ESCALIO.
Tierra yerma que se pone en cultivo.
ESCARIFICADOR
- Instrumento agrícola que sirve para mullir la tierra sin voltearla.
ESCARIFICAR
- Mullir la tierra con el escarificador.
ESPALDAR.
Enrejado sobrepuesto a una pared para que por
él se extiendan ciertas plantas.
ESPALDERA.
Pared con que se resguardan y protegen las plantas arrimadas
a ella.
ESPIGAR.
Crecer el cogollo de las hortalizas
cuando van a echar espiga.
ESQUEJE.
Trozo de tallo que se Introduce en tierra para
multiplicar la planta.
ESTACA.
Rama o palo verde sin raíces, plantado para que se haga
árbol.
ESTERCOLERO.
Lugar donde se recoge y fermenta el estiércol.
ESTERQUERO,
ESTERQUILINIO. Muladar; estercolero.
ESTIÉRCOL.
Material orgánicas, podridas, con que se abonan las tierras.
ESTUFA.
Invernáculo.
GALLÓN.
Tepe.
GALLONADA.
Tapia fabricada de gallones o tepes.
GAVILLA.
Haz pequeño de sarmientos,
cañas, meses, etc.
GLEBA.
Terrón que se levanta con el arado.
GRANCERO.
Sitio en donde se recogen y
guardan las granzas o residuos de trigo, cebada u otros
granos y semillas.
GRANZAS.
Residuos que quedan de las semillas cuando se avientan y criban.
GUANO.
Abono formado por el excremento de las aves marinas; se encuentra
acumulado en gran cantidad en varias islas del Perú y del N. de
Chile.
HACINA.
Conjunto de haces colocados unos sobre otros.
HAZ,
Porción atada de mieses, hierba, leña,
etc.
HOJA.
Porción de una tierra labrantía o dehesa que se
siembra un año y se deja descansar otro.
HORMIGUERO.
Montón de hierbas inútiles cubiertas
de tierra que se quema y esparce sobre el terreno para que sirva de
abono.
HUEBRA.
Par de mulas y mozo que se alquila para un día.
HUELGA.
Tiempo que media sin labrarse la tierra.
HUERTA.
En algunas partes, toda la tierra de regadío, en oposición
a secano.
HUMUS.
Mantillo. Tierra vegetal (resultado de la descomposición
de vegetales).
INJERTAR.
Aplicar una parte de una planta provista de una o más
yemas a una rama o tronco de otra planta de modo que se establezca una
unión permanente.
INJERTO.
Parte de una planta con una o más yemas, que, aplicada al patrón,
se suelda con él. Acción de injertar. Planta injertada.
INJERTO
DE CANUTILLO. El que se hace adaptando un rodete de corteza con
una o más Yemas sobre el tronco del patrón.
INJERTO
DE CORONA. Ver. Injerto de canutillo.
INJERTO
DE CORONILLA. El que se hace introduciendo una o más púas
entre la corteza y la albura del tronco del patrón,
INJERTO
DE ESCUDETE. El que se hace introduciendo entre el liber
y la albura del patrón una yema con parte de la
corteza a que está unida, cortada ésta en forma de
escudo.
LABRADA.
Tierra barbechada y dispuesta para sembrarla al año siguiente.
LETAME.
Tarquín y basura con que se abona la tierra.
LOBA.
Lomo no removido por el arado, entre surco y
surco.
LOMO.
Tierra que levanta el arado entre
surco y surco.
MACIZO.
Conjunto de plantas que decoran los cuadros de los jardines.
MANCHÓN.
En los sembrados, sitio donde crecen las plantas tupidas.
MANTILLO.
Abono cine resulta de la fermentación del estiércol.
MESEGUERÍA.
Guarda de las mieses. Repartimiento entre los labradores para
pagar esta guarda.
MESEGUERO,
RA. Relativo a las mieses.
MIES.
Cereal maduro. Tiempo de la siega y cosecha
de granos.
MISIÓN.
Alimento qué se señala a los segadores por su trabajo.
MORENA.
Montón de mieses en las tierras.
MOSTELA.
Haz o gavilla.
MUELO.
Montón, esp. el de forma cónica, en que se recoge
el grano después de limpio en la era.
MULADAR.
Lugar donde se echa el estiércol o basura en las casas.
MURCIELAGUINA.
Estiércol de los murciélagos que se acumula en
las cuevas en que se albergan estos animales durante el día. Es
un abono muy apreciado.
NEBLADURA.
Daño que causa la niebla a los sembrados.
NIARA.
Especie de pajar hecho en el campo, en cuyo interior se suele
conservar el grano.
NOVAL.
Dic. de la tierra que se trabaja por primera vez
y de los frutos que produce.
PAJAR.
Lugar donde se encierra y conserva paja.
PARATA.
Bancal pequeño y estrecho, formado en un
terreno pendiente.
PARTERRE.
Arriate, macizo o cuadro de jardín con césped y
flores.
PARVA.
Mies tendida en la era.
PARVERO.
Montón largo que se forma de la parva para
aventaría.
PECÉ.
Lomo de tierra que queda entre cada dos surcos.
PEDOLOGÍA.
Ciencia que estudia la tierra apta para el cultivo.
PLANTÓN.
Estaca o rama plantada para que arraigue.
POMOLOGÍA.
Parte de la agricultura que trata de los frutos comestibles.
PORRINA.
Estado de las mieses o sembrados muy pequeños y verdes.
QUIÑÓN.
Porción de tierra de labor.
RAMPOLLO.
Rama que se corta del árbol para plantarla.
RASTROJERA.
Conjunto de tierras que han quedado de rastrojo.
RASTROJO.
Residuo de las cañas de la mies, que queda en la tierra
después de segar. El campo después de segada la mies y antes
de recibir nueva labor.
REBINA.
Tercia (tercera cava).
REGADÍO.
Terreno dedicado a cultivos que se fertilizan con riego.
REGATA.
Reguera pequeña en las huertas y jardines.
RENADÍO.
Sembrado que retoña después de cortado en hierba.
RENOVAL.
Terreno poblado de renuevos, o vástagos que echan los
árboles después de Podados.
ROMPIDO.
Tierra que se rompe a fin de cultivarla.
ROZA.
Tierra rozada o limpia de hierbas para sembrar en ella.
SEMBRAD90.
Dic. del terreno propio para sembrar.
SENARA.
Porción de tierra que dan los amos a ciertos servidores
para que la labren por su cuenta, como aditamento de su salario.
SERNA.
Porción de tierra de sembradora.
TABLA.
Cuadro de tierra en que se siembran verduras. Bancal de un huerto.
TABLAR.
Conjunto de tablas.
TAMO.
Polvo o paja menuda de semillas trilladas.
TARDÍO.
Sembrado o plantío de fruto tardío.
TASTANA.
Costra producida por la sequía en las tierras de cultivo.
TEMPERO.
Sazón y buena disposición. en que se halla la tierra
para las sementeras y labores.
TEMPRANAL.
Dic. de la tierra y plantío de fruto
temprano.
TEPE.
Pedazo de tierra cubierto de césped y muy trabado con las raíces
que, cortado, sirve para hacer paredes.
TERCIAZÓN.
Tercera reja dada a las tierras.
TERRAZGO.
Pedazo de tierra para sembrar.
TRESBOLILLO
(a o al-). Dic. de la colocación
de las plantas puestas en filas paralelas, de modo que los de cada fila
correspondan al medio de los huecos de la fila inmediata.
TRESNAL.
Conjunto de haces de míes apiladas, en
forma de pirámide.
VIÑA.
Terreno plantado de vides.
VIÑEDO.
Terreno plantado de vides.
VIVERO,
Terreno adonde se trasplantan, desde la almáciga, los
arbolillos, para recriarlos.
VOLEO.
(Al-), dicho de la siembra cuando se
arroja la semilla a puñados esparciéndola
al aire.
VUELTA.
Labor que se da a la
tierra.
YERMO.
Inculto (sin cultivo).
YUGADA.
Espacio de tierra de labor que puede arar una yunta en un día.
YUGUERO.
Mozo que labra la tierra con
una yunta.
YUNTA.
Par de animales que sirven en la labor del campo o en los acarreos.
ZAFRA.
Cosecha de la caña dulce. Se dice también de otras
cosechas.


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