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Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
CUARTO LIBRO DE
«LA
GALATEA»
Con gran deseo
esperaba la hermosa Teolinda el venidero día, para despedirse de
Galatea y Florisa y acabar de buscar por todas las riberas de Tajo a su
querido Artidoro, con intención de fenecer la vida en triste y
amarga soledad, si fuese tan corta de ventura que del amado pastor alguna
nueva no supiese. Llegada, pues, la hora deseada, cuando el sol comenzaba
a tender sus rayos por la faz de la tierra, ella se levantó, y,
con lágrimas en sus ojos, pidió licencia a las dos pastoras
para proseguir su demanda, las cuales con muchas razones la persuadieron
que en su compañía algunos días más esperase,
ofreciéndole Galatea de enviar algún pastor de los de su
padre a buscar a Artidoro por todas las riberas de Tajo y por donde se
imaginase que podría ser hallado. Teolinda agradeció sus
ofrecimientos, pero no quiso hacer lo que le pedían; antes, después
de haber mostrado, con las mejores palabras que supo, la obligación
en que quedaba de servir todos los días de su vida las obras que
dellas había rescebido, abrazándolas con tierno sentimiento,
les rogaba que una sola hora no la detuviesen. Viendo, pues, Galatea y
Florisa cuán en vano trabajaban en pensar detenerla, le encargaron
que de cualquier suceso bueno o malo que en aquella amorosa demanda le
sucediese, procurase de avisarlas, certificándola del gusto que
de su contento o la pena que de su desgracia rescibirían. Teolinda
se ofreció ser ella mesma quien las nuevas de su buena dicha trujese,
pues las malas no tendría sufrimiento la vida para resistirlas,
y así, sería escusado que della saberse pudiesen. Con esta
promesa de Teolinda se satisficieron Galatea y Florisa, y determinaron
de acompañarla algún trecho fuera del lugar. Y así,
tomando las dos solos sus cayados, y habiendo proveído el zurrón
de Teolinda de algunos regalos para el trabajoso camino, se salieron con
ella del aldea a tiempo que ya los rayos del sol más derechos y
con más fuerzas comenzaban a herir la tierra.
Y, habiéndola acompañado casi media legua del lugar, al
tiempo que ya querían volverse y dejarla, vieron atravesar, por
una quebrada que poco desviada dellas estaba, cuatro hombres de a caballo
y algunos de a pie, que luego conoscieron ser cazadores en el hábito
y en los halcones y perros que llevaban. Y, estándolos con atención
mirando, por ver si los conoscían, vieron salir de entre unas espesas
matas que cerca de la quebrada estaban, dos pastoras de gallardo talle
y brío. Traían los rostros rebozados con dos blancos lienzos;
y, alzando la una dellas la voz, pidió a los cazadores que se detuviesen,
los cuales así lo hicieron, y, llegándose entrambas a uno
dellos, que en su talle y postura el principal de todos parecía,
le asieron las riendas del caballo y estuvieron un poco hablando con él,
sin que las tres pastoras pudiesen oír palabra de las que decían,
por la distancia del lugar, que lo estorbaba. Solamente vieron que, a
poco espacio que con él hablaron, el caballero se apeó,
y, habiendo, a lo que juzgarse pudo, mandado a los que le acompañaban
que se volviesen, quedando sólo un mozo con el caballo, trabó
a las dos pastoras de las manos, y poco a poco comenzó a entrar
con ellas por medio de un cerrado bosque que allí estaba. Lo cual
visto por las tres pastoras, Galatea, Florisa y Teolinda, determinaron
de ver, si pudiesen, quién eran las disfrazadas pastoras y el caballero
que las llevaba; y así, acordaron de rodear por una parte del bosque,
y mirar si podían ponerse en alguna que pudiese serlo para satisfacerles
de lo que deseaban. Y, haciéndolo así como pensado lo habían,
atajaron al caballero y a las pastoras, y, mirando Galatea por entre las
ramas lo que hacían, vio que, torciendo sobre la mano derecha,
se emboscaban en lo más espeso del bosque, y luego por sus mesmas
pisadas les fueron siguiendo, hasta que el caballero y las pastoras, pareciéndoles
estar bien adentro del bosque, en medio de un estrecho pradecillo, que
de infinitas breñas estaba rodeado, se pararon. Galatea y sus compañeras
se llegaron tan cerca que, sin ser vistas ni sentidas, veían todo
lo que el caballero y las pastoras hacían y decían; las
cuales, habiendo mirado a una y a otra parte por ver si podrían
ser vistas de alguno, aseguradas desto, la una se quitó el rebozo;
y apenas se le hubo quitado cuando de Teolinda fue conoscida, y, llegándose
al oído de Galatea, le dijo con la más baja voz que pudo:
-Estrañísima ventura es ésta, porque, si no es que
con la pena que traigo he perdido el conoscimiento, sin duda alguna aquella
pastora que se ha quitado el rebozo es la bella Rosaura, hija de Roselio,
señor de una aldea que a la nuestra está vecina, y no sé
qué pueda ser la causa que la haya movido a ponerse en tan estraño
traje y a dejar su tierra, cosas que tan en perjuicio de su honestidad
se declaran. Mas, ¡ay desdichada! -añadió Teolinda-,
que el caballero que con ella está es Grisaldo, hijo mayor del
rico Laurencio, que junto a esta vuestra aldea tiene otras dos suyas.
-Verdad dices, Teolinda -respondió Galatea-, que yo le conozco;
pero calla y sosiégate, que presto veremos con qué intento
ha sido aquí su venida.
Quietóse con esto Teolinda, y con atención se puso a mirar
lo que Rosaura hacía, la cual, llegándose al caballero,
que de edad de veinte años parecía, con voz turbada y airado
semblante, le comenzó a decir:
-En parte estamos, fementido caballero, donde podré tomar de tu
desamor y descuido la deseada venganza. Pero, aunque yo la tomase de ti
tal que la vida te costase, poca recompensa sería al daño
que me tienes hecho. Vesme aquí, desconocido Grisaldo, desconoscida
por conoscerte; ves aquí que ha mudado el traje por buscarte la
que nunca mudó la voluntad de quererte. Considera, ingrato y desamorado,
que la que apenas en su casa y con sus criadas sabía mover el paso,
agora por tu causa anda de valle en valle y de sierra en sierra con tanta
soledad buscando tu compañía.
Todas estas razones que la bella Rosaura decía las escuchaba el
caballero con los ojos hincados en el suelo y haciendo rayas en la tierra
con la punta de un cuchillo de monte que en la mano tenía. Pero,
no contenta Rosaura con lo dicho, con semejantes palabras prosiguió
su plática:
-Dime: ¿conoces, por ventura, conoces, Grisaldo, que yo soy aquélla
que no ha mucho tiempo que enjugó tus lágrimas, atajó
tus sospiros, remedió tus penas, y sobre todo, la que creyó
tus palabras? ¿O, por suerte, entiendes tú que eres aquél
a quien parecían cortos y de ninguna fuerza todos los juramentos
que imaginarse podían, para asegurarme la verdad con que me engañabas?
¿Eres tú, acaso, Grisaldo, aquél cuyas infinitas
lágrimas ablandaron la dureza del honesto corazón mío?
Tú eres, que ya te veo, y yo soy, que ya me conozco. Pero si tú
eres Grisaldo, el que yo creo, y yo soy Rosaura, la que tú imaginas,
cúmpleme la palabra que me diste; darte he yo la promesa que nunca
te he negado. Hanme dicho que te casas con Leopersia, la hija de Marcelio,
tan a gusto tuyo que eres tú mesmo el que la procuras; si esta
nueva me ha dado pesadumbre, bien se puede ver por lo que he hecho por
venir a estorbar el cumplimiento della; y si tú la puedes hacer
verdadera, a tu consciencia lo dejo. ¿Qué respondes a esto,
enemigo mortal de mi descanso? ¿Otorgas, por ventura, callando,
lo que por el pensamiento sería justo que no te pasase? Alza los
ojos ya, y ponlos en estos que por su mal te miraron; levántalos
y mira a quién engañas, a quién dejas y a quién
olvidas. Verás que engañas, si bien lo consideras, a la
que siempre te trató verdades, dejas a quien ha dejado a su honra
y a sí mesma por seguirte, olvidas a la que jamás te apartó
de su memoria. Considera, Grisaldo, que en nobleza no te debo nada, y
que en riqueza no te soy desigual, y que te aventajo en la bondad del
ánimo y en la firmeza de la fe. Cúmpleme, señor,
la que me diste, si te precias de caballero y no te desprecias de cristiano.
Mira que si no correspondes a lo que me debes, que rogaré al cielo
que te castigue, al fuego que te consuma, al aire que te falte, al agua
que te anegue, a la tierra que no te sufra, y a mis parientes que me venguen.
Mira que si faltas a la obligación que me tienes, que has de tener
en mí una perpetua turbadora de tus gustos en cuanto la vida me
durare; y aun después de muerta, si ser pudiere, con continuas
sombras espantaré tu fementido espíritu, y con espantosas
visiones atormentaré tus engañadores ojos. Advierte que
no pido sino lo que es mío, y que tú ganas en darlo lo que
en negarlo pierdes. Mueve agora tu lengua para desengañarme de
cuantas la has movido para ofenderme.
Calló diciendo esto la hermosa dama, y estuvo un poco esperando
a ver lo que Grisaldo respondía; el cual, levantando el rostro,
que hasta allí inclinado había tenido, encendido con la
vergüenza que las razones de Rosaura le habían causado, con
sosegada voz le respondió desta manera:
-Si yo quisiese negar, ¡oh Rosaura!, que no te soy deudor de más
de lo que dices, negaría asimesmo que la luz del sol no es clara,
y aun diría que el fuego es frío y el aire duro. Así
que, en esta parte confieso lo que te debo, y que estoy obligado a la
paga. Pero, que yo confiese que puedo pagarte como quieres, es imposible,
porque el mandamiento de mi padre lo ha prohibido y tu riguroso desdén
imposibilitado; y no quiero en esta verdad poner otro testigo que a ti
mesma, como a quien tan bien sabe cuántas veces y con cuántas
lágrimas rogué que me aceptases por esposo, y que fueses
servida que yo cumpliese la palabra que de serlo te había dado.
Y tú, por las causas que te imaginaste, o por parecerte ser bien
corresponder a las vanas promesas de Artandro, jamás quisiste que
a tal ejecución se llegase; antes, de día en día
me ibas entretiniendo y haciendo pruebas de mi firmeza, pudiendo asegurarla
de todo punto con admitirme por tuyo. También sabes, Rosaura, el
deseo que mi padre tenía de ponerme en estado y la priesa que daba
a ello, trayendo los ricos honrosos casamientos que tú sabes, y
cómo yo con mil escusas me apartaba de sus importunaciones, dándotelas
siempre a ti para que no dilatases más lo que tanto a ti convenía
y yo deseaba; y que al cabo de todo esto, te dije un día que la
voluntad de mi padre era que yo con Leopersia me casase; y tú,
en oyendo el nombre de Leopersia, con una furia desesperada me dijiste
que más no te hablase, y que me casase norabuena con Leopersia
o con quien más gusto me diese. Sabes también que te persuadí
muchas veces que dejases aquellos celosos devaneos, que yo era tuyo, y
no de Leopersia, y que jamás quisiste admitir mis disculpas ni
condescender con mis ruegos; antes, perseverando en tu obstinación
y dureza, y en favorescer a Artandro, me enviaste a decir que te daría
gusto en que jamás te viese. Yo hice lo que me mandaste, y, por
no tener ocasión de quebrar tu mandamiento, viendo también
que cumplía el de mi padre, determiné de desposarme con
Leopersia, o, a lo menos, desposaréme mañana, que así
está concertado entre sus parientes y los míos; porque veas,
Rosaura, cuán disculpado estoy de la culpa que me pones, y cuán
tarde has tú venido en conoscimiento de la sinrazón que
conmigo usabas. Mas, porque no me juzgues de aquí adelante por
tan ingrato como en tu imaginación me tienes pintado, mira bien
si hay algo en que yo pueda satisfacer tu voluntad, que, como no sea casarme
contigo, aventuraré por servirte la hacienda, la vida y la honra.
En tanto que estas palabras Grisaldo decía, tenía la hermosa
Rosaura los ojos clavados en su rostro, vertiendo por ellos tantas lágrimas
que daban bien a entender el dolor que en el alma sentía; pero,
viendo ella que Grisaldo callaba, dando un profundo y doloroso sospiro,
le dijo:
-Como no puede caber en tus verdes años tener, ¡oh Grisaldo!,
larga y conoscida experiencia de los infinitos accidentes amorosos, no
me maravillo que un pequeño desdén mío te haya puesto
en la libertad que publicas; pero si tú conoscieras que los celosos
temores son espuelas que hacen salir al amor de su paso, vieras claramente
que los que yo tuve de Leopersia, en que yo más te quisiese redundaban.
Mas, como tú tratabas tan de pasatiempo mis cosas, con la menor
ocasión que te imaginaste, descubriste el poco amor de tu pecho,
y confirmaste las verdaderas sospechas mías, y en tal manera, que
me dices que mañana te casas con Leopersia. Pero yo te certifico
que, antes que a ella lleves al tálamo, me has de llevar a mí
a la sepoltura, si ya no eres tan cruel que niegues de darla al cuerpo
de cuya alma fuiste siempre señor absoluto. Y, porque claro conozcas
y veas que la que perdió por ti su honestidad y puso en detrimento
su honra tendrá en poco perder la vida, este agudo puñal
que aquí traigo pondrá en efecto mi desesperado y honroso
intento, y será testigo de la crueldad que en ese tu fementido
pecho encierras.
Y, diciendo esto, sacó del seno una desnuda daga, y con gran celeridad
se iba a pasar el corazón con ella, si con mayor presteza Grisaldo
no le tuviera el brazo y la rebozada pastora, su compañera, no
aguijara a abrazarse con ella. Gran rato estuvieron Grisaldo y la pastora
primero que quitasen a Rosaura la daga de las manos, la cual a Grisaldo
decía:
-¡Déjame, traidor enemigo, acabar de una vez la tragedia
de mi vida, sin que tantas tu desamorado desdén me haga probar
la muerte!
-Esa no gustarás tú por mi ocasión -replicó
Grisaldo-, pues quiero que mi padre falte antes la palabra que por mí
a Leopersia tiene dada, que faltar yo un punto a lo que conozco que te
debo. Sosiega el pecho, Rosaura, pues te aseguro que este mío no
sabrá desear otra cosa que la que fuere de tu contento.
Con estas enamoradas razones de Grisaldo resucitó Rosaura de la
muerte de su tristeza a la vida de su alegría, y, sin cesar de
llorar, se hincó de rodillas ante Grisaldo, pidiéndole las
manos en señal de la merced que le hacía. Grisaldo hizo
lo mesmo, y, echándole los brazos al cuello, estuvieron gran rato
sin poderse hablar el uno al otro palabra, derramando entrambos cantidad
de amorosas lágrimas. La pastora arrebozada, viendo el feliz suceso
de su compañera, fatigada del cansancio que había tomado
en ayudar a quitar la daga a Rosaura, no pudiendo más sufrir el
velo, se le quitó, descubriendo un rostro tan parescido al de Teolinda,
que quedaron admiradas de verle Galatea y Florisa; pero más lo
fue Teolinda, pues sin poderlo disimular, alzó la voz, diciendo:
-¡Oh cielos!, y ¿qué es lo que veo? ¿No es,
por ventura, ésta mi hermana Leonarda, la turbadora de mi reposo?
Ella es, sin duda alguna.
Y, sin más detenerse, salió de donde estaba, y con ella
Galatea y Florisa. Y, como la otra pastora viese a Teolinda, luego la
conosció, y con abiertos brazos se fueron la una a la otra, admiradas
de haberse hallado en tal lugar y en tal sazón y coyuntura. Viendo,
pues, Grisaldo y Rosaura lo que Leonarda con Teolinda hacía, y
que habían sido descubiertos de las pastoras Galatea y Florisa,
con no poca vergüenza de que los hubiesen hallado de aquella suerte,
se levantaron, y, limpiándose las lágrimas, con disimulación
y comedimiento rescibieron a las pastoras, que luego de Grisaldo fueron
conoscidas. Mas, la discreta Galatea, por volver en siguridad el disgusto
que, quizá, de su vista los dos enamorados habían recibido,
con aquel donaire con que ella todas las cosas decía, les dijo:
-No os pese de nuestra venida, venturosos Grisaldo y Rosaura, pues sólo
servirá de acrescentar vuestro contento, pues se ha comunicado
con quien siempre le tendrá en serviros. Nuestra ventura ha ordenado
que os viésemos, y en parte donde ninguna se nos ha encubierto
de vuestros pensamientos; y, pues el cielo los ha traído a término
tan dichoso, en satisfación dello, asegurad vuestros pechos y perdonad
nuestro atrevimiento.
-Nunca tu presencia, hermosa Galatea -respondió Grisaldo-, dejó
de dar gusto doquiera que estuviese; y, siendo esta verdad tan conoscida,
antes quedamos en obligación a tu vista que con desabrimiento de
tu llegada.
Con éstas, pasaron otras algunas comedidas razones, harto diferentes
de las que entre Leonarda y Teolinda pasaban, las cuales, después
de haberse abrazado una y dos veces, con tiernas palabras mezcladas con
amorosas lágrimas, la cuenta de su vida se demandaban, tiniendo
suspensos mirándolas a todos los que allí estaban, porque
se parescían tanto que casi no se podían decir semejantes,
sino una mesma cosa; y si no fuera porque el traje de Teolinda era diferente
del de Leonarda, sin duda alguna que Galatea y Florisa no supieran diferenciallas;
y entonces vieron con cuánta razón Artidoro se había
engañado en pensar que Leonarda Teolinda fuese. Mas, viendo Florisa
que el sol estaba hacia la mitad del cielo, y que sería bien buscar
alguna sombra que de sus rayos las defendiese, o, a lo menos, volverse
a la aldea, pues, faltándoles la ocasión de apascentar sus
ovejas, no debían estarse tanto en el prado, dijo a Teolinda y
a Leonarda:
-Tiempo habrá, pastoras, donde con más comodidad podáis
satisfacer nuestros deseos y daros más larga cuenta de vuestros
pensamientos, y por agora busquemos a do pasar el rigor de la siesta que
nos amenaza: o en una fresca fuente que está a la salida del valle
que atrás dejamos, o tornándonos a la aldea, donde será
Leonarda tratada con la voluntad que tú, Teolinda, de Galatea y
de mí conoces. Y si a vosotras, pastoras, hago sólo este
ofrecimiento, no es porque me olvide de Grisaldo y Rosaura, sino porque
me parece que a su valor y merescimiento no puedo ofrecerles más
del deseo.
-Ése no faltará en mí mientras la vida me durare
-respondió Grisaldo-, de hacer, pastora, lo que fuere en tu servicio,
pues no se debe pagar con menos la voluntad que nos muestras. Mas, por
parecerme que será bien hacer lo que dices, y por tener entendido
que no ignoráis lo que entre mí y Rosaura ha pasado, no
quiero deteneros ni detenerme en referirlo. Sólo os ruego seáis
servidas de llevar a Rosaura en vuestra compañía a vuestra
aldea, en tanto que yo aparejo en la mía algunas cosas que son
necesarias para concluir lo que nuestros corazones desean. Y, porque Rosaura
quede libre de sospecha, y no la pueda tener jamás de la fe de
mi pensamiento, con voluntad considerada mía, siendo vosotras testigos
della, le doy la mano de ser su verdadero esposo.
Y, diciendo esto, tendió la suya y tomó la de la bella Rosaura.
Y ella quedó tan fuera de sí de ver lo que Grisaldo hacía,
que apenas pudo responderle palabra, sino que se dejó tomar la
mano; y, de allí a un pequeño espacio, dijo:
-A términos me había traído el amor, Grisaldo, señor
mío, que con menos que por mí hicieras, te quedara perpetuamente
obligada; pero, pues tú has querido corresponder antes a ser quien
eres que no a mi merescimiento, haré yo lo que en mí es,
que es darte de nuevo el alma, en recompensa deste beneficio; y después,
el cielo de tan agradescida voluntad te dé la paga.
-No más -dijo a esta sazón Galatea-, no más, señores,
que adonde andan las obras tan verdaderas, no han de tener lugar los demasiados
comedimientos. Lo que resta es rogar al cielo que traiga a dichoso fin
estos principios, y que en larga y saludable paz gocéis vuestros
amores. Y en lo que dices, Grisaldo, que Rosaura venga a nuestra aldea,
es tanta la merced que en ello nos haces, que nosotras mesmas te lo suplicamos.
-De tan buena gana iré en vuestra compañía -dijo
Rosaura-, que no sé con qué la encarezca más que
con deciros que no sentiré mucho el ausencia de Grisaldo, estando
en vuestra compañía.
-Pues, ¡ea! -dijo Florisa-, que el aldea es lejos y el sol mucho,
y nuestra tardanza de volver a ella notada. Vos, señor Grisaldo,
podéis ir a hacer lo que os conviniere, que en casa de Galatea
hallaréis a Rosaura, y a éstas, una pastora, que no merescen
ser llamadas dos las que tanto se parecen.
-Sea como queréis -dijo Grisaldo.
Y, tomando a Rosaura de la mano, se salieron todos del bosque, quedando
concertado entre ellos que otro día enviaría Grisaldo un
pastor, de los muchos de su padre, a avisar a Rosaura de lo que había
de hacer; y que, enviando aquel pastor, sin ser notado, podría
hablar a Galatea o a Florisa, y dar la orden que más conviniese.
A todas pareció bien este concierto; y, habiendo salido del bosque,
vio Grisaldo que le estaba esperando su criado con el caballo; y, abrazando
de nuevo a Rosaura y despidiéndose de las pastoras, se fue acompañado
de lágrimas y de los ojos de Rosaura, que nunca dél se apartaron
hasta que le perdieron de vista. Como las pastoras solas quedaron, luego
Teolinda se apartó con Leonarda, con deseo de saber la causa de
su venida; y Rosaura asimesmo fue contando a Galatea y Florisa la ocasión
que la había movido a tomar el hábito de pastora y a venir
a buscar a Grisaldo, diciendo:
-«No os causara admiración, hermosas pastoras, el verme a
mí en este traje, si supiérades hasta dó se estiende
la poderosa fuerza de amor, la cual no sólo hace mudar el vestido
a los que bien quieren, sino la voluntad y el alma de la manera que más
es de su gusto; y hubiera yo perdido el mío eternamente si de la
invención deste traje no me hubiera aprovechado, porque sabréis,
amigas, que, estando yo en el aldea de Leonarda, de quien mi padre es
señor, vino a ella Grisaldo con intención de estarse allí
algunos días ocupado en el sabroso ejercicio de la caza; y, por
ser mi padre muy amigo del suyo, ordenó de hospedarle en casa y
de hacerle todos los regalos que pudiese. Hízolo así; y
la venida de Grisaldo a mi casa fue para sacarme a mí della, porque,
en efecto, aunque sea a costa de mi vergüenza, os habré de
decir que la vista, la conversación, el valor de Grisaldo, hicieron
tal impresión en mi alma que, sin saber cómo, a pocos días
que él allí estuvo, yo no estuve más en mí,
ni quise ni pude estar sin hacerle señor de mi libertad; pero no
fue tan arrebatadamente que primero no estuviese satisfecha que la voluntad
de Grisaldo de la mía un punto no discrepaba, según él
me lo dio a entender con muchas y muy verdaderas señales. Enterada,
pues, yo en esta verdad, y viendo cuán bien me estaba tener a Grisaldo
por esposo, vine a condescender con sus deseos y a poner en efecto los
míos. Y así, con la intercesión de una doncella mía,
en un apartado corredor nos vimos Grisaldo y yo muchas veces, sin que
nuestra estada solos a más se estendiese que a vernos y a darme
él la palabra que hoy con más fuerza delante de vosotras
me ha tornado a dar.
»Ordenó, pues, mi triste ventura, que en el tiempo que yo
de tan dulce estado gozaba, vino asimesmo a visitar a mi padre un valeroso
caballero aragonés que Artandro se llama, el cual, vencido, a lo
que él mostró, de mi hermosura -si alguna tengo-, con grandísima
solicitud procuró que yo con él me casase sin que mi padre
lo supiese. Había en este medio procurado Grisaldo traer a efecto
su propósito, y, mostrándome yo algo más dura de
lo que fuera menester, le iba entretiniendo con palabras, con intención
que mi padre saliese al camino de casarme, y que entonces Grisaldo me
pidiese por esposa; pero no quería él hacer esto, porque
sabía que la voluntad de su padre era casarle con la rica y hermosa
Leopersia, que bien debéis conocerla por la fama de su riqueza
y hermosura. Vino esto a mi noticia, y tomé ocasión de pedirle
celos, aunque fingidos, sólo por hacer prueba de la entereza de
su fe, y fui tan descuidada, o por mejor decir, tan simple, que, pensando
que granjeaba algo en ello, comencé a hacer algunos favores a Artandro,
lo cual visto por Grisaldo, muchas veces me significó la pena que
rescibía de lo que yo con Artandro pasaba; y aun me avisó
que, si no era mi voluntad de que él me cumpliese la palabra que
me había dado, que no podía dejar de obedecer a la de su
padre. A todas estas amonestaciones y avisos respondí yo sin ninguno,
llena de soberbia y arrogancia, confiada en que los lazos que mi hermosura
habían echado al alma de Grisaldo no podían tan fácilmente
ser rompidos ni aun tocados de otra cualquier belleza. Mas salíome
tan al revés mi confianza como me lo mostró presto Grisaldo,
el cual, cansado de mis necios y esquivos desdenes, tuvo por bien de dejarme
y venir obediente al mandado de su padre. Pero, apenas se hubo él
partido de mi aldea y apartado de mi presencia, cuando yo conocí
el error en que había caído, y con tanto ahínco me
comenzó a fatigar el ausencia de Grisaldo y los celos de Leopersia,
que el ausencia dél me acababa y los celos della me consumían.
»Considerando, pues, que si mi remedio se dilataba, había
de dejar por fuerza en las manos del dolor la vida, determiné de
aventurar a perder lo menos, que a mi parecer era la fama, por ganar lo
más, que es a Grisaldo. Y así, con escusa que di a mi padre
de ir a ver una tía mía, señora de otra aldea a la
nuestra cercana, salí de mi casa acompañada de muchos criados
de mi padre; y, llegada en casa de mi tía, le descubrí todo
el secreto de mi pensamiento, y le rogué fuese servida de que yo
me pusiese en este hábito y viniese a hablar a Grisaldo, certificándole
que si yo mesma no venía, que tendrían mal suceso mis negocios.
Ella me lo concedió, con condición que trujese a Leonarda
conmigo, como persona de quien ella mucho se fiaba; y, enviando por ella
a nuestra aldea, y acomodándome destos vestidos, y advirtiéndonos
de algunas cosas que las dos habíamos de hacer, nos despedimos
della habrá ocho días; y, habiendo seis que llegamos a la
aldea de Grisaldo, jamás hemos podido hallar lugar de hablarle
a solas, como yo deseaba, hasta esta mañana que supe que venía
a caza, y le aguardé en el mesmo lugar adonde él se despidió.
Y he pasado con él todo lo que vosotras, amigas, habéis
visto, del cual venturoso suceso quedo tan contenta cuanto es razón
lo quede la que tanto lo deseaba.» Esta es, pastoras, la historia
de mi vida, y si os he cansado en contárosla, echad la culpa al
deseo que teníades de saberla, y al mío, que no pudo hacer
menos de satisfaceros.
-Antes quedamos tan obligadas -respondió Florisa- a la merced que
nos has hecho que, aunque siempre nos ocupemos en servirla, no saldremos
de la deuda.
-Yo soy la que quedo en ella -replicó Rosaura-, y la que procuraré
pagarla como mis fuerzas alcanzaren. Pero, dejando esto aparte, volved
los ojos, pastoras, y veréis los de Teolinda y Leonarda tan llenos
de lágrimas que moverán a los vuestros a no dejar de acompañarlos
en ellas.
Volvieron Galatea y Florisa a mirarlas, y vieron ser verdad lo que Rosaura
decía; y lo que el llanto de las dos hermanas causaba era que,
después de haberle dicho Leonarda a su hermana todo lo que Rosaura
había contado a Galatea y a Florisa, le dijo:
-«Sabrás, hermana, que así como tú faltaste
de nuestra aldea, se imaginó que te había llevado el pastor
Artidoro, que aquel mesmo día faltó él también,
sin que de nadie se despidiera. Confirmé yo esta opinión
en mis padres, porque les conté lo que con Artidoro había
pasado en la floresta. Con este indicio cresció la sospecha, y
mi padre procuraba venir en tu busca y de Artidoro, y en efecto lo pusiera
por obra si de allí a dos días no viniera a nuestra aldea
un pastor que, al momento que fue visto, todos le tuvieron por Artidoro.
Llegando estas nuevas a mi padre de que allí estaba el robador
tuyo, luego vino con la justicia adonde el pastor estaba, al cual le preguntaron
si te conoscía, o adónde te había llevado. El pastor
negó con juramento que en toda su vida te había visto, ni
sabía qué era lo que le preguntaban. Todos los que estaban
presentes se maravillaron de ver que el pastor negaba conocerte, habiendo
estado diez días en el pueblo, y hablado y bailado contigo muchas
veces, y sin duda alguna creyeron todos que Artidoro era culpado en lo
que se le imputaba; y, sin querer admitir disculpa suya ni escucharle
palabra, le llevaron a la prisión, donde estuvo algunos días
sin que ninguno le hablase, al cabo de los cuales, yéndole a tomar
su confisión, tornó a jurar que no te conoscía y
que en toda su vida había estado más de aquella vez en nuestra
aldea, y que mirasen -y esto otras veces lo había dicho- que aquel
Artidoro que ellos pensaban ser él, por ventura no fuese un hermano
suyo que le parecía en tanto estremo, como descubriría la
verdad cuando les mostrase que se habían engañado tiniendo
a él por Artidoro, porque él se llamaba Galercio, hijo de
Briseno, natural de la aldea de Grisaldo. Y, en efecto, tantas demonstraciones
dio y tantas pruebas hizo, que conocieron claramente todos que él
no era Artidoro, de que quedaron más admirados; y decían
que tal maravilla como la de parecernos yo a ti, y Galercio a Artidoro,
no se había visto en el mundo.
»Esto que de Galercio se publicaba me movió a ir a verle
muchas veces a do estaba preso; y fue la vista de suerte que quedé
sin ella, a lo menos para mirar cosas que me den gusto en tanto que a
Galercio no viere. Pero lo que más mal hay en esto, hermana, es
que él se fue de la aldea sin que supiese que llevaba consigo mi
libertad, ni yo tuve lugar jamás de decírselo; y así,
me quedé con la pena que imaginarse puede, hasta que la tía
de Rosaura me envió a pedir a mi padre por algunos días,
todo a fin de venir a acompañar a Rosaura, de lo que recebí
summo contento, por saber que veníamos a la aldea de Galercio y
que allí le podría hacer sabidor de la deuda en que me estaba.
Pero he sido tan corta de ventura que ha cuatro días que estamos
en su aldea y nunca le he visto, aunque he preguntado por él, y
me dicen que está en el campo con su ganado. He preguntado también
por Artidoro, y hanme dicho que de unos días a esta parte no parece
en el aldea; y, por no apartarme de Rosaura, no he tenido lugar de ir
a buscar a Galercio, del cual podría ser saber nuevas de Artidoro.»
Esto es lo que a mí me ha sucedido, y lo demás que has visto,
con Grisaldo, después que faltas, hermana, del aldea.
Admirada quedó Teolinda de lo que su hermana le contaba; pero,
cuando llegó a saber que en el aldea de Artidoro no se sabía
dél nueva alguna, no pudo tener las lágrimas, aunque en
parte se consoló, creyendo que Galercio sabría nuevas de
su hermano. Y así, determinó de ir otro día a buscar
a Galercio, doquiera que estuviese. Y, habiéndole contado con la
más brevedad que pudo a Leonarda todo lo que le había sucedido
después que en busca de Artidoro andaba, abrazándola otra
vez, se volvió adonde las pastoras estaban, que, un poco desviadas
del camino, iban por entre unos árboles, que del calor del sol
un poco las defendían. Y, en llegando a ellas, Teolinda les contó
todo lo que su hermana le había dicho, con el suceso de sus amores
y la semejanza de Galercio y Artidoro, de que no poco se admiraron, aunque
dijo Galatea:
-Quien vee la semejanza tan estraña que hay entre ti, Teolinda,
y tu hermana, no tiene de qué maravillarse aunque otras vea, pues
ninguna, a lo que yo creo, a la vuestra iguala.
-No hay duda -respondió Leonarda- sino que la que hay entre Artidoro
y Galercio es tanta que, si a la nuestra no excede, a lo menos en ninguna
cosa se queda atrás.
-Quiera el cielo -dijo Florisa-, que así como los cuatro os semejáis
unos a otros, así os acomodéis y parezcáis en la
ventura, siendo tan buena la que la fortuna conceda a vuestros deseos,
que todo el mundo envidie vuestros contentos, como admira vuestras semejanzas.
Replicara a estas razones Teolinda, si no lo estorbara una voz que oyeron
que dentre los árboles salía; y, parándose todas
a escucharla, luego conoscieron ser del pastor Lauso, de que Galatea y
Florisa grande contento rescibieron, porque en estremo deseaban saber
de quién andaba Lauso enamorado, y creyeron que desta duda las
sacaría lo que el pastor cantase. Y, por esta ocasión, sin
moverse de donde estaban, con grandísimo silencio le escucharon.
Estaba el pastor sentado al pie de un verde sauce, acompañado de
solos sus pensamientos y de un pequeño rabel, al son del cual desta
manera cantaba:
LAUSO
Si yo dijere el bien del pensamiento,
en mal se vuelva cuanto bien poseo;
que no es para decirse el bien que siento.
De mí mesmo se encubra mi deseo,
enmudezca la lengua en esta parte
y en el silencio ponga su trofeo.
Pare aquí el artificio, cese el arte
de exagerar el gusto qu'en un alma
con mano liberal amor reparte.
Baste decir que en sosegada calma
paso el mar amoroso, confiado
de honesto triunfo y vencedera palma.
Sin saberse la causa, lo causado
se sepa; que es un bien tan sin medida
que sólo para el alma es reservado.
Ya tengo nuevo ser, ya tengo vida,
ya puedo cobrar nombre en todo el suelo
de ilustre y clara fama conoscida;
qu'el limpio intento, al amoroso celo
que encierra el pecho enamorado mío,
alzarme puede al más subido cielo.
En ti, Silena, espero; en ti confío,
Silena, gloria de mi pensamiento,
norte por quien se rige mi albedrío.
Espero qu'el sin par entendimiento
tuyo levantes a entender que valgo
por fe lo que no está en merescimiento.
Confío que tendrás, pastora, en algo,
después de hacerte cierta la experiencia,
la sana voluntad de un pecho hidalgo.
¿Qué bienes no asegura tu presencia?
¿Qué males no destierra? ¿Y quién sin ella
sufrirá un punto la terrible ausencia?
¡Oh, más que la belleza misma bella,
más que la propria discreción discreta,
sol a mis ojos y a mi mar estrella!
No la que fue de la nombrada Creta
robada por el falso hermoso toro
igualó a tu hermosura tan perfecta;
ni aquella que en sus faldas granos de oro
sintió llover, por quien después no pudo
guardar el virginal rico tesoro;
ni aquella que con brazo airado y crudo,
en la sangre castísima del pecho
tiñó el puñal, en su limpieza, agudo;
ni aquella que a furor movió y despecho
contra Troya los griegos corazones,
por quien fue el Ilión roto y desecho;
ni la que los latinos escuadrones
hizo mover contra la teucra gente,
a quien Juno causó tantas pasiones;
ni menos la que tiene diferente
fama de la entereza y el trofeo
con que su honestidad guardó excelente:
digo de aquella que lloró a Siqueo,
del mantuano Títiro notada
de vano antojo y no cabal deseo;
no en cuantas tuvo hermosas la pasada
edad, ni la presente tiene agora,
ni en la de por venir será hallada
quien llegase ni llegue a mi pastora
en valor, en saber, en hermosura,
en merecer del mundo ser señora.
¡Dichoso aquél que con firmeza pura
fuere de ti, Silena, bien querido,
sin gustar de los celos la amargura!
¡Amor, que a tanta alteza me has subido,
no me derribes con pesada mano
a la bajeza escura del olvido!
¡Sé conmigo señor, y no tirano!
No cantó
más el enamorado pastor, ni por lo que cantado había pudieron
las pastoras venir en conocimiento de lo que deseaban; que, puesto que
Lauso nombró a Silena en su canto, por este nombre no fue la pastora
conoscida. Y así, imaginaron que, como Lauso había andado
por muchas partes de España y aun de toda la Asia y Europa, que
alguna pastora forastera sería la que había rendido la libre
voluntad suya. Mas, volviendo a considerar que le habían visto
pocos días atrás triunfar de la libertad y hacer burla de
los enamorados, sin duda alguna creyeron que con disfrazado nombre celebraba
alguna conocida pastora a quien había hecho señora de sus
pensamientos. Y así, sin satisfacerse en su sospecha, se fueron
hacia el aldea, dejando al pastor en el mesmo lugar do se estaba. Mas
no hubieron andado mucho, cuando vieron venir de lejos algunos pastores,
que luego fueron conoscidos, porque eran Tirsi, Damón, Elicio,
Erastro, Arsindo, Francenio, Crisio, Orompo, Daranio, Orfinio y Marsilo,
con todos los más principales pastores de la aldea, y entre ellos
el desamorado Lenio, con el lastimado Silerio, los cuales salían
a tener la siesta a la fuente de las Pizarras, a la sombra que en aquel
lugar hacían las entricadas ramas de los espesos y verdes árboles.
Y, antes que los pastores llegasen, tuvieron cuidado Teolinda, Leonarda
y Rosaura de rebozarse cada una con un blanco lienzo, porque de Tirsi
y Damón no fuesen conocidas. Los pastores llegaron haciendo cortés
rescibimiento a las pastoras, convidándolas que en su compañía
la siesta pasar quisiesen; mas Galatea se escusó con decir que
aquellas forasteras pastoras que con ella venían tenían
necesidad de ir a la aldea. Con esto se despidió dellos, llevando
tras sí las almas de Elicio y Erastro, y aun las encubiertas pastoras
los deseos de conoscerlas de cuantos allí estaban.
Ellas se fueron al aldea y los pastores a la fresca fuente, pero, antes
que allá llegasen, Silerio se despidió de todos, pidiendo
licencia para volverse a su ermita; y, puesto que Tirsi, Damón,
Elicio y Erastro le rogaron que por aquel día con ellos se quedase,
jamás lo pudieron acabar con él, antes, abrazándolos
a todos, se despidió, encargando y rogando a Erastro que no dejase
de verle todas las veces que por su ermita pasase. Erastro se lo prometió;
y con esto, torciendo el camino, acompañado de su continua pesadumbre,
se volvió a la soledad de su ermita, dejando a los pastores no
sin dolor de ver la estrecheza de vida que en tan verdes años había
escogido; pero más se sentía entre aquellos que le conoscían
y sabían la calidad y valor de su persona.
Llegados los pastores a la fuente, hallaron en ella a tres caballeros
y a dos hermosas damas que de camino venían, y, fatigados del cansancio
y convidados del ameno y fresco lugar, les pareció ser bien dejar
el camino que llevaban y pasar allí las calurosas horas de la siesta.
Venían con ellos algunos criados, de manera que, en su apariencia,
mostraban ser personas de calidad. Quisieran los pastores, así
como los vieron, dejarles el lugar desocupado, pero uno de los caballeros,
que el principal parescía, viendo que los pastores de comedidos
se querían ir a otra parte, les dijo:
-Si era, por ventura, vuestro contento, gallardos pastores, pasar la siesta
en este deleitoso sitio, no os lo estorbe nuestra compañía;
antes, nos haced merced de que con la vuestra augmentéis nuestro
contento, pues no promete menos vuestra gentil dispusición y manera;
y, siendo el lugar, como lo es, tan acomodado para mayor cantidad de gente,
haréis agravio a mí y a estas damas si no venís en
lo que yo en su nombre y el mío os pido.
-Con hacer, señor, lo que nos mandas -respondió Elicio-,
cumpliremos nuestro deseo, que por agora no se estendía a más
que venir a este lugar a pasar en él en buena conversación
las enfadosas horas de la siesta; y, aunque fuera diferente nuestro intento,
lo torciéramos sólo por hacer lo que pides.
-Obligado quedo -respondió el caballero- a muestras de tanta voluntad;
y, para más certificarme y obligarme con ella, sentaos, pastores,
alrededor desta fresca fuente, donde, con algunas cosas que estas damas
traen para regalo del camino, podáis despertar la sed y mitigarla
en las frescas aguas que esta clara fuente nos ofrece.
Todos lo hicieron así, obligados de su buen comedimiento. Hasta
este punto, habían tenido las damas cubiertos los rostros con dos
ricos antifaces; pero, viendo que los pastores se quedaban, se descubrieron,
descubriendo una belleza tan estraña que en gran admiración
puso a todos los que la vieron, pareciéndoles que, después
de la de Galatea, no podía haber en la tierra otra que se igualase.
Eran las dos damas igualmente hermosas, aunque la una dellas, que de más
edad parescía, a la más pequeña en cierto donaire
y brío se aventajaba. Sentado[s], pues, y acomodados todos, el
segundo caballero, que hasta entonces ninguna cosa había hablado,
dijo:
-Cuando me paro a considerar, agradables pastores, la ventaja que hace
al cortesano y soberbio trato el pastoral y humilde vuestro, no puedo
dejar de tener lástima a mí mesmo y a vosotros una honesta
envidia.
-¿Por qué dices eso, amigo Darinto? -dijo el otro caballero.
-Dígolo, señor, -replicó estotro-, porque veo con
cuánta curiosidad vos y yo, y los que siguen el trato nuestro,
procuramos adornar las personas, sustentar los cuerpos y augmentar las
haciendas, y cuán poco viene a lucirnos, pues la púrpura,
el oro, el brocado que sobre nuestros cuerpos echamos, como los rostros
están marchitos de los mal degiridos manjares, comidos a deshoras,
y tan costosos como malgastados, ninguna cosa nos adornan, ni pulen, ni
son parte para que más bien parezcamos a los ojos de quien nos
mira. Todo lo cual puedes ver diferente en los que siguen el rústico
ejercicio del campo, haciendo experiencia en los que tienes delante, los
cuales podría ser, y aun es así, que se hubiesen sustentado
y sustentan de manjares simples y en todo contrarios de la vana compostura
de los nuestros; y, con todo eso, mira el moreno de sus rostros, que promete
más entera salud que la blancura quebrada de los nuestros; y cuán
bien les está a sus robustos y sueltos miembros un pellico de blanca
lana, una caperuza parda y unas antiparas de cualquier color que sean;
y con esto, a los ojos de sus pastoras, deben de parecer más hermosos
que los bizarros cortesanos a los de las retiradas damas. ¿Qué
te diría, pues, si quisiese, de la sencillez de su vida, de la
llaneza de su condición y de la honestidad de sus amores? No te
digo más, sino que conmigo puede tanto lo que de la vida pastoral
conozco, que de buena gana trocaría la mía con ella.
-En deuda te estamos los pastores -dijo Elicio- por la buena opinión
que de nosotros tienes; pero, con todo eso, te sé decir que hay
en la rústica vida nuestra tantos resbaladeros y trabajos como
se encierran en la cortesana vuestra.
-No podré yo dejar de venir en lo que dices, amigo -replicó
Darinto-, porque ya se sabe bien que es una guerra nuestra vida sobre
la tierra. Pero, en fin, en la pastoral hay menos que en la ciudadana,
por estar más libre de ocasiones que alteren y desasosieguen el
espíritu.
-Cuán bien se conforma con tu opinión, Darinto -dijo Damón-,
la de un pastor amigo mío que Lauso se llama, el cual, después
de haber gastado algunos años en cortesanos ejercicios y algunos
otros en los trabajosos del duro Marte, al fin se ha reducido a la pobreza
de nuestra rústica vida; y, antes que a ella viniese, mostró
desearlo mucho, como parece por una canción que compuso y envió
al famoso Larsileo, que en los negocios de la Corte tiene larga y ejercitada
experiencia. Y, por haberme a mí parecido bien, la tomé
toda en la memoria, y aun os la dijera si imaginara que a ello diera lugar
el tiempo y a vosotros no os cansara el escucharla.
-Ninguna otra cosa nos dará más gusto que escucharte, discreto
Damón -respondió Darinto, llamando a Damón por su
nombre, que ya le sabía, por haberle oído nombrar a los
otros pastores, sus amigos-; y así, yo de mi parte te ruego nos
digas la canción de Lauso; que, pues ella es hecha, como dices,
a mi propósito y tú la has tomado de memoria, imposible
será que deje de ser buena.
Comenzaba Damón a arrepentirse de lo que había dicho y procuraba
escusarse de lo prometido; mas, los caballeros y damas se lo rogaron tanto,
y todos los pastores, que él no pudo escusar el decirla. Y así,
habiéndose sosegado un poco, con gentil donaire y gracia, dijo
desta manera:
DAMÓN
El vano imaginar de nuestra mente,
de mil contrarios vientos arrojada
acá y allá con curso presuroso;
la humana condición, flaca, doliente,
en caducos placeres ocupada,
do busca, sin hallarle, algún reposo;
el falso, el mentiroso
mundo, prometedor de alegres gustos;
la voz de sus sirenas,
mal escuchada apenas
cuando cambia su gusto en mil disgustos;
la Babilonia, el caos que miro y leo
en todo cuanto veo;
el cauteloso trato cortesano,
junto con mi deseo,
puesto han la pluma en la cansada mano.
Quisiera yo,
señor, que allí llegara
do llega mi deseo, el corto vuelo
de mi grosera mal cortada pluma,
sólo para que luego se ocupara
en levantar el más subido vuelo
vuestra rara bondad y virtud summa.
Mas, ¿quién hay que presuma
echar sobre sus hombros tanta carga,
si no es un nuevo Adlante,
en fuerzas tan bastante
que poco el cielo le fatiga y carga?
Y aun le será forzoso que se ayude
y el grave peso mude
sobre los brazos de otro Alcides nuevo;
y, aunque se encorve y sude,
yo tal fatiga por descanso apruebo.
Ya que a mis
fuerzas esto es imposible
y el inútil deseo doy por muestra
de lo que encierra el justo pensamiento,
veamos si, quizá, será posible
mover la flaca mal contenta diestra
a mostrar por enigma algún contento;
mas, tan sin fuerzas siento
mi fuerza en esto, que será forzoso
que apliquéis los oídos
a los tristes gemidos
de un desdeñado pecho congojoso,
a quien el fuego, el aire, el mar, la tierra
hacen contino guerra,
todos en su desdicha conjurados,
que se remata y cierra
con la corta ventura de sus hados.
Si esto no
fuera, fácil cosa fuera
tender por la región del gusto el paso,
y reducir cien mil a la memoria,
pintando el monte, el río y la ribera
do amor, el hado, la fortuna y caso
rindieron a un pastor toda su gloria.
Mas desta dulce historia
el tiempo triunfa, y sólo queda della
una pequeña sombra,
que ahora espanta, asombra
al pensamiento que más piensa en ella:
condición propria de la humana suerte,
que el gusto nos convierte
en pocas horas en mortal disgusto,
y nadie habrá que acierte
en muchos años con un firme gusto.
Vuelva y revuelva;
en alto suba o baje
el vano pensamiento al hondo abismo;
corra en un punto desde Tile a Batro,
qu'él dirá, cuanto más sude y trabaje,
y del término salga de sí mismo,
puesto en la esfera o en el cruel Baratro:
¡oh, una, y tres, y cuatro,
cinco, y seis y más veces venturoso
el simple ganadero,
que con un pobre apero
vive con más contento y más reposo
qu'el rico Craso o el avariento Mida,
pues con aquella vida
robusta, pastoral, sencilla y sana,
de todo punto olvida
esta mísera, falsa, cortesana!
En el rigor
del erizado invierno,
al tronco entero de robusta encina,
de Vulcano abrazada, se calienta
y allí en sosiego trata del gobierno
mejor de su ganado, y determina
dar de sí al cielo no entricada cuenta.
Y cuando ya se ahuyenta
el encogido, estéril, yerto frío,
y el gran señor de Delo
abrasa el aire, el suelo,
en el margen sentado de algún río,
de verdes sauces y álamos cubierto,
con rústico concierto
suelta la voz o toca el caramillo,
y a veces se vee cierto
las aguas detenerse por oíllo.
Poco allí
le fatiga el rostro grave
del privado, que muestra en apariencia
mandar allí do no es obedecido,
ni el alto exagerar con voz süave
del falso adulador, que en poca ausencia
muda opinión, señor, bando y partido;
ni el desdén sacudido
del sotil secretario le fatiga,
ni la altivez honrada
de la llave dorada,
ni de los varios príncipes la liga,
ni del manso ganado un punto parte,
porque el furor de Marte
a una y a otra parte suene airado,
regido por tal arte
que apenas su secuaz se ve medrado.
Reduce a poco
espacio sus pisadas,
del alto monte al apacible llano,
desde la fresca fuente al claro río,
sin que, por ver las tierras apartadas,
las movibles campañas de Oceano
are con loco antiguo desvarío.
No le levanta el brío
saber qu'el gran monarca invicto vive
bien cerca de su aldea,
y, aunque su bien desea,
poco disgusto en no verle rescibe;
no como el ambicioso entremetido,
que con seso perdido
anda tras el favor, tras la privanza,
sin nunca haber teñido
en turca o en mora sangre espada o lanza.
No su semblante
o su color se muda
porque mude color, mude semblante,
el señor a quien sirve, pues no tiene
señor que fuerce a que con lengua muda
siga, cual Clicie a su dorado amante,
el dulce o amargo gusto que le viene.
No le veréis que pene
de temor que un descuido, una nonada,
en el ingrato pecho
del señor el derecho
borre de sus servicios, y sea dada
de breve despedida la sentencia.
No muestra en apariencia
otro de lo que encierra el pecho sano;
que la rústica sciencia
no alcanza el falso trato cortesano.
¿Quién
tendrá vida tal en menosprecio?
¿Quién no dirá que aquélla sola es vida
que al sosiego del alma se encamina?
El no tenerla el cortesano en precio
hace que su bondad sea conoscida
de quien aspira al bien y al mal declina.
¡Oh vida, do se afina
en soledad el gusto acompañado!
¡Oh pastoral bajeza,
más alta que la alteza
del cetro más subido y levantado!
¡Oh flores olorosas, oh sombríos
bosques, oh claros ríos!
¡Quién gozar os pudiera un breve tiempo,
sin que los males míos
turbasen tan honesto pasatiempo!
¡Canción,
a parte vas do serán luego
conocidas tus faltas y tus [s]obras!
Mas di, si aliento cobras,
con rostro humilde enderezado a ruego:
"¡Señor, perdón, porque el que acá me
envía,
en vos y en su deseo se confía!"
-Ésta
es, señores, la canción de Lauso -dijo Damón en acabándola-,
la cual fue tan celebrada de Lariseo, cuanto bien admitida de los que
en aquel tiempo la vieron.
-Con razón lo puedes decir -respondió Darinto-, pues la
verdad y artificio suyo es digno de justas alabanzas.
-Estas canciones son las de mi gusto -dijo a este punto el desamorado
Lenio-, y no aquellas que a cada paso llegan a mis oídos, llenas
de mil simples conceptos amorosos, tan mal dispuestos e intricados que
osaré jurar que hay algunas que, ni las alcanza quien las oye,
por discreto que sea, ni las entiende quien las hizo. Pero no menos fatigan
otras que se enzarzan en dar alabanzas a Cupido y en exagerar su poder,
su valor, sus maravillas y milagros, haciéndole señor del
cielo y de la tierra, dándole otros mil atributos de potencia,
de mando y señorío. Y lo que más me cansa de los
que las hacen es que, cuando hablan de amor, entienden de un no sé
quién que ellos llaman Cupido, que la mesma significación
del nombre nos declara quién es él, que es un apetito sensual
y vano, digno de todo vituperio.
Habló el desamorado Lenio, y en fin hubo de parar en decir mal
de amor; pero, como todos los más que allí estaban conoscían
su condición, no repararon mucho en sus razones, si no fue Erastro,
que le dijo:
-¿Piensas, Lenio, por ventura, que siempre estás hablando
con el simple Erastro, que no sabe contradecir tus opiniones ni responder
a tus argumentos? Pues quiérote advertir que te será sano
el callar por agora, o, a lo menos, tratar de otras cosas que de decir
mal de amor, si ya no gustas que la discreción y sciencia de Tirsi
y de Damón te alumbren de la ceguedad en que estás, y te
muestren a la clara lo que ellos entienden y lo que tú debes entender
del amor y de sus cosas.
-¿Qué me podrán ellos decir que yo no sepa? -dijo
Lenio-. O ¿qué les podré yo replicar que ellos no
ignoren?
-Soberbia es esa, Lenio -respondió Elicio-, y en ella muestras
cuán fuera vas del camino de la verdad de amor, y que te riges
más por el norte de tu parecer y antojo, que no por el que te debías
regir, que es el de la verdad y experiencia.
-Antes por la mucha que yo tengo de sus obras -respondió Lenio-,
le soy tan contrario como muestro y mostraré mientras la vida me
durare.
-¿En qué fundas tu razón? -dijo Tirsi.
-¿En qué, pastor? -respondió Lenio-. En que, por
los efectos que hace, conozco cuán mala es la causa que los produce.
-¿Cuáles son los efectos de amor que tú tienes por
tan malos? -re-plicó Tirsi.
-Yo te los diré, si con atención me escuchas -dijo Lenio-;
pero no querría que mi plática enfadase los oídos
de los que están presentes, pudiendo pasar el tiempo en otra conversación
de más gusto.
-Ninguna cosa habrá que sea más del nuestro -dijo Darinto-
que oír tratar desta materia, especialmente entre personas que
tan bien sabrán defender su opinión; y así, por mi
parte, si la destos pastores no lo estorba, te ruego, Lenio, que sigas
adelante la comenzada plática.
-Eso haré yo de buen grado -respondió Lenio-, porque pienso
mostrar claramente en ella cuántas razones me fuerzan a seguir
la opinión que sigo y a vituperar cualquiera otra que a la mía
se opusiere.
-Comienza, pues, ¡oh Lenio! -dijo Damón-, que no estarás
más en ella de cuanto mi compañero Tirsi descubra la suya.
A esta sazón, ya que Lenio se preparaba a decir los vituperios
de amor, llegaron a la fuente el venerable Aurelio, padre de Galatea,
con algunos pastores, y con él asimesmo venían Galatea y
Florisa, con las tres rebozadas pastoras, Rosaura, Teolinda y Leonarda,
a las cuales, habiéndolas topado a la entrada de la aldea y sabiendo
dellas la junta de pastores que en la fuente de las Pizarras quedaba,
a ruego suyo las hizo volver, fiadas las forasteras pastoras en que, por
sus rebozos, no serían de alguno conoscidas. Levantáronse
todos a rescebir a Aurelio y a las pastoras, las cuales se sentaron con
las damas, y Aurelio y los pastores con los demás pastores. Pero,
cuando las damas vieron la singular belleza de Galatea, quedaron tan admiradas
que no podían apartar los ojos de mirarla. No lo fue menos Galatea
de la hermosura dellas, especialmente de la que de mayor edad parescía.
Pasó entre ellas algunas palabras de comedimiento; pero todo cesó
cuando supieron lo que entre el discreto Tirsi y el desamorado Lenio estaba
concertado, de lo que se holgó infinito el venerable Aurelio, porque
en estremo deseaba ver aquella junta y oír aquella disputa; y más
entonces, donde tendría Lenio quien tan bien le supiese responder.
Y así, sin más esperar, sentándose Lenio en un tronco
de un desmochado olmo, con voz al principio baja y después sonora,
desta manera comenzó a decir:
LENIO
-Ya casi adivino,
valerosa y discreta compañía, cómo ya en vuestro
entendimiento me vais juzgando por atrevido y temerario, pues con el poco
ingenio y menos experiencia que puede prometer la rústica vida
en que yo algún tiempo me he criado, quiero tomar contienda, en
materia tan ardua como ésta, con el famoso Tirsi, cuya crianza
en famosas academias y cuyos bien sabidos estudios no pueden asegurar
en mi pretensión sino segura pérdida. Pero confiado que,
a las veces, la fuerza del natural ingenio, adornado con algún
tanto de experiencia, suele descubrir nuevas sendas con que facilitan
las sciencias por largos años sabidas, quiero atreverme hoy a mostrar
en público las razones que me han movido a ser tan enemigo de amor,
que he merescido por ello alcanzar renombre de desamorado. Y, aunque otra
cosa no me moviera a hacer esto sino vuestro mandamiento, no me escusara
de hacerla; cuanto más, que no será pequeña la gloria
que de aquí he de granjear, aunque pierda la empresa, pues al fin
dirá la fama que tuve ánimo para competir con el nombrado
Tirsi. Y así, con este presupuesto, sin querer ser favorescido
si no es de la razón que tengo, a ella sola invoco y ruego dé
tal fuerza a mis palabras y argumentos, que se muestre en ellas y en ellos
la que tengo para ser tan enemigo del amor como publico. Es, pues, amor,
según he oído decir a mis mayores, un deseo de belleza,
y esta difinición le dan, entre otras muchas, los que en esta questión
han llegado más al cabo. Pues, si se me concede que el amor es
deseo de belleza, forzosamente se me ha conceder que, cual fuere la belleza
que se amare, tal será el amor con que se ama. Y, porque la belleza
es en dos maneras, corpórea a incorpórea, el amor que la
belleza corporal amare como último fin suyo, este tal amor no puede
ser bueno, y éste es el amor de quien yo soy enemigo. Pero, como
la belleza corpórea se divide asimesmo en dos partes, que son en
cuerpos vivos y en cuerpos muertos, también puede haber amor de
belleza corporal que sea bueno. Muéstrase la una parte de la belleza
corporal en cuerpos vivos de varones y de hembras, y ésta consiste
en que todas las partes del cuerpo sean de por sí buenas, y que
todas juntas hagan un todo perfecto y formen un cuerpo proporcionado de
miembros y suavidad de colores. La otra belleza de la parte corporal no
viva consiste en pinturas, estatuas, edificios, la cual belleza puede
amarse sin que el amor con que se amare se vitupere. La belleza incorpórea
se divide también en dos partes, en las virtudes y sciencias del
ánima; y el amor que a la virtud se tiene, necesariamente ha de
ser bueno, y ni más ni menos el que se tiene a las virtuosas sciencias
y agradables estudios. Pues, como sean estas dos suertes de belleza la
causa que engendra el amor en nuestros pechos, síguese que en el
amar la una a la otra, consista ser el amor bueno o malo. Pero, como la
belleza incorpórea se considera con los ojos del entendimiento,
limpios y claros, y la belleza corpórea se mire con los ojos corporales,
en comparación de los incorpóreos, turbios y ciegos, y,
como sean más prestos los ojos del cuerpo a mirar la belleza presente
corporal, que agrada, que no los del entendimiento a considerar la ausente
incorpórea, que glorifica, síguese que más ordinariamente
aman los mortales la caduca y mortal belleza, que los destruye, que no
la singular y divina, que los mejora. Pues deste amor o desear la corporal
belleza, han nascido, nascen y nascerán en el mundo asolación
de ciudades, ruina de estados, destruición de imperios y muertes
de amigos; y, cuando esto generalmente no suceda, ¿qué desdichas
mayores, qué tormentos más graves, qué incendios,
qué celos, qué penas, qué muertes puede imaginar
el humano entendimiento que a las que padece el miserabre amante puedan
compararse? Y es la causa desto que, como toda la felicidad del amante
consista en gozar la belleza que desea, y esta belleza sea imposible poseerse
y gozarse enteramente, aquel no poder llegar al fin que se desea, engendra
en él los sospiros, las lágrimas, las quejas y desabrimientos.
Pues, que sea verdad que la belleza de quien hablo no se puede gozar perfecta
y enteramente, está manifiesto y claro, porque no está en
mano del hombre gozar cumplidamente cosa que esté fuera dél
y no sea toda suya; porque las estrañas, conoscida cosa es que
están siempre debajo del arbitrio de la que llamamos fortuna y
caso, y no en poder de nuestro albedrío. Y así, se concluye
que, donde hay amor, hay dolor, y quien esto negase negaría asimesmo
que el sol es claro y que el fuego abrasa. Mas, porque se venga con más
facilidad en conocimiento de la amargura que amor encierra, por las pasiones
del ánimo discurriendo se verá clara la verdad que sigo.
Son, pues, las pasiones del ánimo, como mejor vosotros sabéis,
discretos caballeros y pastores, cuatro generales, y no más: desear
demasiado, alegrarse mucho, gran temor de las futuras miserias, gran dolor
de las presentes calamidades; las cuales pasiones, por ser como vientos
contrarios que la tranquilidad del ánima perturban, con más
proprio vocablo, perturbaciones son llamadas. Y destas perturbaciones
la primera es propria del amor, pues el amor no es otra cosa que deseo;
y así, es el deseo principio y origen de do todas nuestras pasiones
proceden, como cualquier arroyo de su fuente; y de aquí viene que
todas las veces que el deseo de alguna cosa se enciende en nuestros corazones
luego nos mueve a seguirla y a buscarla; y, buscándola y siguiéndola,
a mil desordenados fines nos conduce. Este deseo es aquél que incita
al hermano a procurar de la amada hermana los abominables abrazos, la
madrastra del alnado, y lo que peor es, el mesmo padre de la propria hija.
Este deseo es el que nuestros pensamientos a dolorosos peligros acarrea:
ni aprovecha que le hagamos obstáculo con la razón, que,
puesto que nuestro mal claramente conozcamos, no por eso sabemos retirarnos
dél. Y no se contenta amor de tenernos a una sola voluntad atentos;
antes, como del deseo de las cosas, como ya está dicho, todas las
pasiones nascen, así, del primer deseo que nasce en nosotros, otros
mil se derivan; y éstos son en los enamorados no menos diversos
que infinitos. Y, aunque todas las más de las veces miren a un
solo fin, con todo eso, como son diversos los objectos y diversa la fortuna
de cada uno de los amadores, sin duda alguna, diversamente se desea. Hay
algunos que, por llegar a alcanzar lo que desean, ponen toda su fuerza
en una carrera, en la cual ¡oh cuántas y cuán duras
cosas se encuentran, cuántas veces se cae, y cuántas agudas
espinas atormentan sus pies, y cuántas veces primero se pierde
la fuerza y el aliento, que den alcance a lo que procuran! Algunos otros
hay que ya de la cosa amada son poseedores, y ninguna otra desean, ni
piensan sino en mantenerse en aquel estado; y, tiniendo en esto sólo
ocupados sus pensamientos, y en esto sólo todas sus obras y tiempo
consumido, en la felicidad son míseros, en la riqueza pobres y
en la ventura desventurados. Otros, que ya están fuera de la posesión
de sus bienes, procuran tornar a ellos, usando para ello mil ruegos, mil
promesas, mil condiciones, infinitas lágrimas, y al cabo, en estas
miserias ocupándose, se ponen a términos de perder la vida.
Mas no se ven estos tormentos en la entrada de los primeros deseos, porque
entonces el engañoso amor nos muestra una senda por do entremos,
al parecer ancha y espaciosa, la cual después poco a poco se va
cerrando, de manera que para volver ni pasar adelante ningún camino
se ofrece. Y así, engañados y atraídos los míseros
amantes con una dulce y falsa risa, con un solo volver de ojos, con dos
malformadas palabras que en sus pechos una falsa y flaca esperanza engendran,
arrójanse luego a caminar tras ella, aguijados del deseo; y después,
a poco trecho y a pocos días, hallando la senda de su remedio cerrada
y el camino de su gusto impedido, acuden luego a regar su rostro con lágrimas,
a turbar el aire con sospiros, a fatigar los oídos con lamentables
quejas; y lo peor es que, si acaso con las lágrimas, con los sospiros
y con las quejas no puede venir al fin de lo que desea, luego muda estilo
y procura alcanzar por malos medios lo que por buenos no puede. De aquí
nascen los odios, las iras, las muertes, así de amigos como de
enemigos; por esta causa se han visto, y se veen a cada paso, que las
tiernas y delicadas mujeres se ponen a hacer cosas tan estrañas
y temerarias que aun sólo el imaginarlas pone espanto; por ésta
se veen los sanctos y conyugales lechos de roja sangre bañados,
ora de la triste mal advertida esposa, ora del incauto y descuidado marido.
Por venir al fin deste deseo, es traidor el hermano al hermano, el padre
al hijo y el amigo al amigo. Éste rompe enemistades, atropella
respectos, traspasa leyes, olvida obligaciones y solicita parientas. Mas,
porque claramente se vea cuánta es la miseria de los enamorados,
ya se sabe que ningún apetito tiene tanta fuerza en nosotros, ni
con tanto ímpetu al objecto propuesto nos lleva, como aquél
que de las espuelas de amor es solicitado; y de aquí viene que
ninguna alegría o contento pasa tanto del debido término,
como aquélla del amante cuando viene a conseguir alguna cosa de
las que desea. Y esto se vee porque, ¿qué persona habrá
de juicio, si no es el amante, que tenga a summa felicidad un tocar la
mano de su amada, una sortijuela suya, un breve amoroso volver de ojos
y otras cosas semejantes, de tan poco momento cual las considera un entendimiento
desapasionado? Y no por estos gustos tan colmados que, a su parecer, los
amantes consiguen, se ha de decir que son felices y bienaventurados, porque
no hay ningún contento suyo que no venga acompañado de innumerables
disgustos y sinsabores, con que amor se los agua y turba, y nunca llegó
gloria amorosa adonde llega y alcanza la pena. Y es tan mala el alegría
de los amantes, que los saca fuera de sí mesmos, tornándolos
descuidados y locos, porque, como ponen todo su intento y fuerzas en mantenerse
en aquel gustoso estado que ellos se imaginan, de toda otra cosa se descuidan,
de que no poco daño se les sigue, así de hacienda como de
honra y vida, pues, a trueco de lo que he dicho, se hacen ellos mesmos
esclavos de mil congojas y enemigos de sí proprios; pues que, cuando
sucede que en medio de la carrera de sus gustos les toca el hierro frío
de la pesada lanza de los celos, allí se les escurece el cielo,
se les turba el aire y todos los elementos se les vuelven contrarios.
No tienen entonces de quién esperar contento, pues no se le puede
dar el conseguir el fin que desean; allí acude el temor contino,
la desesperación ordinaria, las agudas sospechas, los pensamientos
varios, la solicitud sin provecho, la falsa risa y el verdadero llanto,
con otros mil estraños y terribles accidentes que le consumen y
atierran. Todas las ocasiones de la cosa amada les fatigan: si mira, si
ríe, si torna, si vuelve, si calla, si habla; y, finalmente, todas
las gracias que le movieron a querer bien, son las mesmas que atormentan
al amante celoso. ¿Y quién no sabe que si la ventura a manos
llenas no favoresce a los amorosos principios, y con presta diligencia
a dulce fin los conduce, cuán costosos le son al amante cualesquier
otros medios que el desdichado pone para conseguir su intento? ¿Qué
de lágrimas derrama, qué de sospiros esparce, cuántas
cartas escribe, cuántas noches no duerme, cuántos y cuán
contrarios pensamientos le combaten, cuántos recelos le fatigan
y cuántos temores le sobresaltan? ¿Hay, por ventura, Tántalo
que más fatiga tenga entre las aguas y el manzano puesto, que la
que tiene el miserable amante entre el temor y la esperanza colocado?
Son los servicios del amante no favorescido los cántaros de las
hijas de Dánao, tan sin provecho derramados que jamás llegan
a conseguir una mínima parte de su intento. ¿Hay águila
que así destruya las entrañas de Ticio, como destruyen y
roen los celos las del amante celoso? ¿Hay piedra que tanto cargue
las espaldas de Sísifo, como carga el temor contino los pensamientos
de los enamorados? ¿Hay rueda de Ixión que más presto
se vuelva y atormente, que las prestas y varias imaginaciones de los temerosos
amantes? ¿Hay Minos ni Radamanto que así castiguen y apremien
las desdichadas condemnadas almas, como castiga y apremia el amor al enamorado
pecho que al insufrible mando suyo está subjeto? No hay cruda Megera,
ni rabiosa Tesifón, ni vengadora Alecto que así maltraten
el ánima do se encierran, como maltrata esta furia, este deseo,
a los sin ventura que le reconocen por señor y se le humillan como
vasallos; los cuales, por dar alguna disculpa de las locuras que hacen,
dicen, o a lo menos dijeron los antiguos gentiles, que aquel instinto
que incita y mueve al enamorado para amar más que a su propria
vida la ajena, era un dios a quien pusieron por nombre Cupido, y que así,
forzados de su deidad, no podían dejar de seguir y caminar tras
lo que él quería. Movióles a decir esto y a dar nombre
de dios a este deseo, el ver los efectos sobrenaturales que hace en los
enamorados. Sin duda, parece que es sobrenatural cosa estar un amante
en un instante mesmo temeroso y confiado, arder lejos de su amada y helarse
cuando más cerca della, mudo cuando parlero y parlero cuando mudo.
Estraña cosa es asimesmo seguir a quien me huye, alabar a quien
me vitupera, dar voces a quien no me escucha, servir a una ingrata y esperar
en quien jamás promete ni puede dar cosa que buena sea. ¡Oh
amarga dulzura, oh venenosa medicina de los amantes no sanos, oh triste
alegría, oh flor amorosa que ningún fruto señalas,
si no es de tardo arrepentimiento! Éstos son los efectos deste
dios imaginado, éstas son sus hazañas y maravillosas obras.
Y aun también puede verse en la pintura con que figuraban a este
su vano dios cuán vanos ellos andaban: pintábanle niño,
desnudo, alado, vendados los ojos, con arco y saetas en las manos, por
darnos a entender, entre otras cosas, que, en siendo uno enamorado, se
vuelve de la condición de un niño simple y antojadizo, que
es ciego en las pretensiones, ligero en los pensamientos, cruel en las
obras, desnudo y pobre de las riquezas del entendimiento. Decían
asimesmo que entre las saetas suyas tenía dos, la una de plomo
y la otra de oro, con las cuales diferentes efectos hacía, porque
la de plomo engendraba odio en los pechos que tocaba, y la de oro, crescido
amor en los que hería, por sólo avisarnos que el oro rico
es aquél que hace amar, y el plomo pobre aborrecer. Y, por esta
ocasión, no en balde cantan los poetas Atalante vencida de tres
hermosas manzanas de oro, y a la bella Dánae preñada de
la dorada lluvia, y al piadoso Eneas descender al infierno con el ramo
de oro en la mano. En fin, el oro y la dádiva es una de las más
fuertes saetas que el amor tiene y con la que más corazones subjeta;
bien al revés de la de plomo, metal bajo y menospreciado, como
lo es la pobreza, la cual antes engendra odio y aborrecimiento donde llega,
que otra benevolencia alguna. Pero si las razones hasta agora por mí
dichas no bastan a persuadir la que yo tengo de estar mal con este pérfido
amor de quien trato, oí en algunos ejemplos verdaderos y pasados
los efectos suyos, y veréis, como yo veo, que no vee ni tiene ojos
de entendimiento el que no alcanza la verdad que sigo. Veamos, pues: ¿quién,
sino este amor, es aquel que al justo Loth hizo romper el casto intento
y violar a las proprias hijas suyas? Éste es, sin duda, el que
hizo que el escogido David fuese adúltero y homicida; y el que
forzó al libidinoso Amón a procurar el torpe ayuntamiento
de Tamar, su querida hermana; y el que puso la cabeza del fuerte Sansón
en las traidoras faldas de Dalida, por do, perdiendo él su fuerza,
perdieron los suyos su amparo, y al cabo, él y otros muchos la
vida; éste fue el que movió la lengua de Herodes para prometer
a la bailadora niña la cabeza del precursor de la vida; éste
hace que se dude de la salvación del más s[a]bio y rico
rey de los reyes, y aun de todos los hombres; éste redujo los fuertes
brazos del famoso Hércules, acostumbrados a regir la pesada maza,
a torcer un pequeñuelo huso y a ejercitarse en mujeriles ejercicios;
éste hizo que la furiosa y enamorada Medea esparciese por el aire
los tiernos miembros de su pequeño hermano; éste cortó
la lengua a Progne, arrastró a Hipólito, infamó a
Pasífae, destruyó a Troya, mató a Egisto; éste
hizo cesar las comenzadas obras de la nueva Cartago, y que su primera
reina pasase su casto pecho con la aguda espada; éste puso en las
manos de la nombrada y hermosa Sofonisba el vaso del mortífero
veneno que le acabó la vida; éste quitó la suya al
valiente Turno, y el reino a Tarquino, el mando a Marco Antonio, y la
vida y la honra a su amiga; éste, en fin, entregó nuestras
Españas a la bárbara furia agarena, llamada a la venganza
del desordenado amor del miserable Rodrigo. Mas, porque pienso que primero
nos cubriría la noche con su sombra, que yo acabase de traeros
a la memoria los ejemplos que se ofrecen a la mía de las hazañas
que el amor ha hecho y cada día hace en el mundo, no quiero pasar
más adelante en ellos, ni aun en la comenzada plática, por
dar lugar a que el famoso Tirsi me responda, rogándoos primero,
señores, no os enfade oír una canción que días
ha tengo hecha en vituperio deste mi enemigo, la cual, si bien me acuerdo,
dice desta manera:
Sin que me
pongan miedo el yelo y fuego,
el arco y flechas del amor tirano,
en su deshonra he de mover mi lengua;
que ¿quién ha de temer a un niño ciego,
de vario antojo y de juicio insano,
aunque más amenace daño y mengua?
Mi gusto cresce y el dolor desmengua
cuando la voz levanto
al verdadero canto
qu'en vituperio del amor se forma,
con tal verdad, con tal manera y forma,
que a todo el mundo su maldad descubre,
y claramente informa
del cierto daño qu'el amor encubre.
Amor es fuego
que consume al alma,
yelo que yela, flecha que abre el pecho
que de sus mañas vive descuidado;
turbado mar do no se ha visto calma,
ministro de ira, padre del despecho,
enemigo en amigo disfrazado,
dador de escaso bien y mal colmado,
afable, lisonjero,
tirano crudo y fiero,
y Circe engañadora que nos muda
en varios mostruos, sin que humana ayuda
pueda al pasado ser nuestro volvernos,
aunque ligera acuda
la luz de la razón a socorrernos;
yugo que humilla
al más erguido cuello,
blanco a do se encaminan los deseos
del ocio blando sin razón nascidos,
red engañosa de sotil cabello
que cubre y prende en torpes actos feos
los que del mundo son en más tenidos,
sabroso mal de todos los sentidos,
ponzoña disfrazada
cual píldora dorada,
rayo que adonde toca abrasa y hiende,
airado brazo que a traición ofende,
verdugo del captivo pensamiento
y del que se defiende
del dulce halago de su falso intento;
daño
que aplace en los principios, cuando
se regala la vista en el subjeto,
que, cual el cielo, bello le parece;
mas tanto cuanto más pasa mirando,
tanto más pena en público y secreto
el corazón, que todo lo padece.
Mudo hablador, parlero que enmudece,
cuerdo que desatina,
pura total ruïna
de la más concertada alegre vida,
sombra de bien en males convertida,
vuelo que nos levanta hasta la esfera,
para que en la caída
quede vivo el pesar y el gusto muera;
invisible
ladrón que nos destruye
y roba lo mejor de nuestra hacienda,
llevándonos el alma a cada paso;
ligereza que alcanza al que más huye,
enigma que ninguno hay que la entienda,
vida que de contino está en traspaso,
guerra elegida y que nasce acaso,
tregua que poco dura,
amada desventura,
preñez que por jamás a sazón llega,
enfermedad que al ánima se pega,
cobarde que se arroja al mal y atreve,
deudor que siempre niega
la deuda averiguada que nos debe,
cercado laberinto
do se anida
una fiera crüel que se sustenta
de rendidos humanos corazones,
lazo donde se enlaza nuestra vida,
señor que al mayordomo pide cuenta
de las obras, palabras e intenciones;
codicia de mil varias pretensiones,
gusano que fabrica
estancia pobre o rica,
do poco espacio habita, y al fin muere;
querer que nunca sabe lo que quiere,
nube que los sentidos escurece,
cuchillo que nos hiere.
Éste es el amor. ¡Seguidle, si os parece!
Con esta canción
acabó su razonamiento el desamorado Lenio, y con ella y con él
dejó admirados a algunos de los que presentes estaban, especialmente
a los caballeros, pareciéndoles que lo que Lenio había dicho
de más caudal que de pastoril ingenio parecía; y con gran
deseo y atención estaban esperando la respuesta de Tirsi, prometiéndose
todos en su imaginación que, sin duda alguna, a la de Lenio haría
ventaja, por la que Tirsi le hacía en la edad y en la experiencia
y en los más acostumbrados estudios; y asimesmo les aseguraba esto
porque deseaban que la opinión desamorada de Lenio no prevaleciese.
Bien es verdad que la lastimada Teolinda, la enamorada Leonarda, la bella
Rosaura y aun la dama que con Darinto y su compañero venía
claramente vieron figurados en el discurso de Lenio mil puntos de los
sucesos de sus amores, y esto fue cuando llegó a tratar de lágrimas
y sospiros y de cuán caros se compraban los contentos amorosos.
Solas la hermosa Galatea y la discreta Florisa iban fuera desta cuenta,
porque hasta entonces no se la había tomado amor de sus hermosos
y rebeldes pechos; y así, estaban atentas, no más de a escuchar
la agudeza con que los dos famosos pastores disputaban, sin que de los
efectos de amor que oían viesen alguno en sus libres voluntades.
Pero, siendo la de Tirsi reducir a mejor término la opinión
del desamorado pastor, sin esperar ser rogado, tiniendo de su boca colgados
los ánimos de los circunstantes, puniéndose frontero de
Lenio, con suave y levantado tono, desta manera comenzó a decir:
TIRSI
-Si la agudeza
de tu buen ingenio, desamorado pastor, no me asegurara que con facilidad
puede alcanzar la verdad, de quien tan lejos agora se halla, antes que
ponerme en trabajo de contradecir tu opinión, te dejara con ella
por castigo de tus sinrazones. Mas, porque me advierten las que en vituperio
del amor has dicho los buenos principios que tienes para poder reducirte
a mejor propósito, no quiero dejar con mi silencio, a los que nos
oyen, escandalizados; al amor, desfavorescido, y a ti, pertinaz y vanaglorioso.
Y así, ayudado del amor, a quien llamo, pienso en pocas palabras
dar a entender cuán otras son sus obras y efectos de los que tú
dél has publicado, hablando sólo del amor que tú
entiendes, el cuál tú definiste diciendo que era un deseo
de belleza, declarando asimesmo qué cosa era belleza, y poco después
desmenuzaste todos los efectos que el amor, de quien hablamos, hacía
en los enamorados pechos, confirmándolo al cabo con varios y desdichados
sucesos por el amor causados. Y, aunque la difinición que del amor
hiciste sea la más general que se suele dar, todavía no
lo es tanto que no se pueda contradecir, porque amor y deseo son dos cosas
diferentes: que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea
se ama. La razón está clara en todas las cosas que se poseen,
que entonces no se podrá decir que se desean, sino que se aman,
como el que tiene salud no dirá que desea la salud, sino que la
ama, y el que tiene hijos no podrá decir que desea hijos, sino
que ama los hijos; ni tampoco las cosas que se desean se pueden decir
que se aman, como la muerte de los enemigos, que se desea y no se ama.
Y así, que, por esta razón, el amor y deseo vienen a ser
diferentes afectos de la voluntad. Verdad es que amor es padre del deseo,
y entre otras difiniciones que del amor se dan, ésta es una: amor
es aquella primera mutación que sentimos hacer en nuestra mente,
por el apetito que nos conmueve y nos tira a sí, y nos deleita
y aplace; y aquel placer engendra movimiento en el ánimo, el cual
movimiento se llama deseo; y, en resolución, deseo es movimiento
del apetito acerca de lo que se ama, y un querer de aquello que se posee,
y el objecto suyo es el bien; y, como se hallan diversas especies de deseos,
y el amor es una especie de deseo que atiende y mira al bien que se llama
bello. Pero para más clara difinición y diversión
del amor, se ha de entender que en tres maneras se divide: en amor honesto,
en amor útil y en amor deleitable. Y a estas tres suertes de amor
se reducen cuantas maneras de amar y desear pueden caber en nuestra voluntad,
porque el amor honesto mira a las cosas del cielo, eternas y divinas;
el útil, a las de la tierra, alegres y perecederas, como son las
riquezas, mandos y señoríos; el deleitable, a las gustosas
y placenteras, como son las bellezas corporales vivas, que tú,
Lenio, dijiste. Y cualquiera suerte destos amores que he dicho no debe
ser de ninguna lengua vituperada, porque el amor honesto siempre fue,
es y ha de ser limpio, sencillo, puro y divino, y que sólo en Dios
para y sosiega; el amor provechoso, por ser, como es, natural, no debe
condemnarse; ni menos el deleitable, por ser más natural que el
provechoso. Que sean naturales estas dos suertes de amor en nosotros la
experiencia nos lo muestra claro, porque luego que el atrevido primer
padre nuestro pasó el divino mandamiento, y de señor quedó
hecho siervo, y de libre esclavo, luego conosció la miseria en
que había caído y la pobreza en que estaba; y así,
tomó en el momento las hojas de los árboles que le cubriesen,
y sudó y trabajó, rompiendo la tierra para sustentarse y
vivir con la menos incomodidad que pudiese; y, tras esto, obedeciendo
mejor a su Dios en ello que en otra cosa, procuró tener hijos y
perpetuar y dilatar en ellos la generación humana; y, así
como por su inobediencia entró la muerte en él y por él
en todos sus descendientes, así heredamos juntamente todos sus
afectos y pasiones, como heredamos su mesma naturaleza; y, como él
procuró remediar su necesidad y pobreza, también nosotros
no podemos dejar de procurar y desear remediar la nuestra. Y de aquí
nasce el amor que tenemos a las cosas útiles a la vida humana,
y tanto cuanto más alcanzamos dellas, tanto más nos parece
que remediamos nuestra falta, y por el mesmo consiguiente heredamos el
deseo de perpetuarnos en nuestros hijos; y deste deseo se sigue el que
tenemos de gozar la belleza viva corporal, como solo y verdadero medio
que tales deseos a dichoso fin conduce. Así que, este amor deleitable,
solo y sin mezcla de otro accidente, es digno antes de alabanza que de
vituperio, y este es el amor que tú, Lenio, tienes por enemigo;
y cáusalo que no le entiendes ni conoces, porque nunca le has visto
solo y en su mesma figura, sino siempre acompañado de deseos perniciosos,
lascivos y mal colocados. Y esto no es culpa de amor, que siempre es bueno,
sino de los accidentes que se le llegan, como vemos que acaece en algún
caudaloso río, el cual tiene su nascimiento de alguna líquida
y clara fuente que siempre claras y frescas aguas le va ministrando, y,
a poco espacio que de la limpia madre se aleja, sus dulces y cristalinas
aguas en amargas y turbias son convertidas, por los muchos y no limpios
arroyos que de una y otra parte se le juntan. Así que, este primer
movimiento -amor o deseo, como llamarlo quisieres- no puede nascer sino
de buen principio; y aun dellos es el conocimiento de la belleza, la cual,
conoscida por tal, casi parece imposible que de amar se deje. Y tiene
la belleza tanta fuerza para mover nuestros ánimos, que ella sola
fue parte para que los antiguos filósofos, ciegos y sin lumbre
de fe que los encaminase, llevados de la razón natural, y traídos
de la belleza que en los estrellados cielos y en la máquina y redondez
de la tierra contemplaban, admirados de tanto contento y hermosura, fueron
con el entendimiento rastreando, haciendo escala por estas causas segundas,
hasta llegar a la primera causa de las causas; y conoscieron que había
un solo principio sin principio de todas las cosas. Pero lo que más
los admiró y levantó la consideración, fue ver la
compostura del hombre, tan ordenada, tan perfecta y tan hermosa, que le
vinieron a llamar mundo abreviado; y así es verdad, que en todas
las obras hechas por el mayordomo de Dios, naturaleza, ninguna es de tanto
primor ni que más descubra la grandeza y sabiduría de su
Hacedor, porque en la figura y compostura del hombre se cifra y cierra
la belleza que en todas las otras partes della se reparte, y de aquí
nasce que esta belleza conoscida se ama, y como toda ella más se
muestre y resplandezca en el rostro, luego como se ve un hermoso rostro,
llama y tira la voluntad a amarle. De do se sigue que, como los rostros
de las mujeres hagan tanta ventaja en hermosura al de los varones, ellas
son las que son de nosotros más queridas, servidas y solicitadas,
como a cosa en quien consiste la belleza que naturalmente más a
nuestra vista contenta. Pero, viendo el hacedor y criador nuestro que
es propria naturaleza del ánima nuestra estar contino en perpetuo
movimiento y deseo, por no poder ella parar sino en Dios, como en su proprio
centro, quiso, porque no se arrojase a rienda suelta a desear las cosas
perecederas y vanas, y esto sin quitarle la libertad del libre albedrío,
ponerle encima de sus tres potencias una despierta centinela que la avisase
de los peligros que la contrastaban y de los enemigos que la perseguían,
la cual fue la razón, que corrige y enfrena nuestros desordenados
deseos. Y, viendo asimesmo que la belleza humana había de llevar
tras sí nuestros afectos e inclinaciones, ya que no le pareció
quitarnos este deseo, a lo menos quiso templarle y corregirle, ordenando
el sancto yugo del matrimonio, debajo del cual al varón y a la
hembra los más de los gustos y contentos amorosos naturales le[s]
son lícitos y debidos. Con estos dos remedios, puestos por la divina
mano, se viene a templar la demasía que puede haber en el amor
natural, que tú, Lenio, vituperas, el cual amor de sí es
tan bueno que si en nosotros faltase, el mundo y nosotros acabaríamos.
En este mesmo amor de quien voy hablando están cifradas todas las
virtudes, porque el amor es templanza que el amante, conforme la casta
voluntad de la cosa amada, la suya tiempla; es fortaleza, porque el enamorado
cualquier variedad puede sufrir por amor de quien ama; es justicia, porque
con ella a la que bien quiere sirve, forzándole la mesma razón
a ello; es prudencia, porque de toda sabiduría está el amor
adornado. Mas yo te demando, ¡oh Lenio!, tú que has dicho
que el amor es causa de ruina de imperios, destruición de ciudades,
de muertes de amigos, de sacrílegos hechos, inventor de traiciones,
transgresor de leyes, digo que te demando que me digas cuál loable
cosa hay hoy en el mundo, por buena que sea, que el uso della no pueda
en mal ser convertida. Condémnese la filosofía, porque muchas
veces nuestros defectos descubre, y muchos filósofos han sido malos;
abrásense las obras de los heroicos poetas, porque con sus sátiras
y versos los vicios reprehenden y vituperan; vitupérese la medicina,
porque los venenos descubre; llámese inútil la elocuencia,
porque algunas veces ha sido tan arrogante que ha puesto en duda la verdad
conoscida; no se forjen armas, porque los ladrones y los homicidas las
usan; no se fabriquen casas, porque puedan caer sobre sus habitadores;
prohíbanse la variedad de los manjares, porque suelen ser causa
de enfermedad; ninguno procure tener hijos, porque Edipo, instigado de
cruelísima furia, mató a su padre, y Oreste hirió
el pecho de la madre propria; téngase por malo el fuego, porque
suele abrasar las casas y consumir las ciudades; desdéñese
el agua, porque con ella se anegó toda la tierra; condémnense,
en fin, los elementos, porque pueden ser de algunos perversos perversamente
usados; y desta manera cualquier cosa buena puede ser en mala convertida,
y proceder della efectos malos, si en las manos de aquéllos son
puestas que, como irracionales sin mediocridad, del apetito gobernar se
dejan. Aquella antigua Cartago, émula del imperio romano; la belicosa
Numancia, la adornada Corinto, la soberbia Tebas, la docta Atenas y la
ciudad de Dios, Hierusalém, que fueron vencidas y asoladas: digamos
por eso que el amor fue causa de su destruición y ruina. Así
que, debrían los que tienen por costumbre de decir mal del amor,
decirlo dellos mesmos, porque los dones de amor, si con templanza se usan,
son dignos de perpetua alabanza, pues siempre los medios fueron alabados
en todas las cosas, como vituperados los estremos; que si abrazamos la
virtud más de aquello que basta, el sabio granjeará nombre
de loco y el justo de inicuo. Del antiguo Cremo trágico fue opinión
que, como el vino mezclado con el agua es bueno, así el amor templado
es provechoso, lo que es al revés en el immoderado. La generación
de los animales racionales y brutos sería ninguna si el amor no
procediese, y, faltando en la tierra, quedaría desierta y vacua.
Los antiguos creyeron que el amor era obra de los dioses, dada para conservación
y cura de los hombres. Pero, viniendo a lo que tú, Lenio, dijiste
de los tristes y estraños efectos que el amor en los enamorados
pechos hace, tiniéndolos siempre en continas lágrimas, profundos
sospiros, desesperadas imaginaciones, sin co[n]cederles jamás una
hora de reposo, veamos, por ventura, ¿qué cosa puede desearse
en esta vida que el alcanzarla no cueste fatiga y trabajo? Y tanto cuanto
más es de valor la cosa, tanto más se ha de padecer y se
padece por ella, porque el deseo presupone falta de lo deseado, y hasta
conseguirlo es forzosa la inquietud del ánimo nuestro, pues si
todos los deseos humanos se pueden pagar y contentarse sin alcanzar de
todo punto lo que desean, con que se les dé parte dello, y con
todo eso se padece por cons[e]guirla, ¿qué mucho es que,
por alcanzar aquello que no puede satisfacer ni contentar al deseo sino
con ello mesmo, se padezca, se llore, se tema y se espere? El que desea
señoríos, mandos, honras y riquezas, ya que ve que no puede
subir al último grado que quisiera, como llegue a ponerse en algún
buen punto, queda en parte satisfecho, porque la esperanza que le falta
de no poder subir a más, le hace parar donde puede y como mejor
puede, todo lo cual es contrario en el amor, porque el amor no tiene otra
paga ni otra satisfación sino el mesmo amor, y él proprio
es su propria y verdadera paga. Y por esta razón es imposible que
el amante esté contento hasta que a la clara conozca que verdaderamente
es amado, certificándole desto las amorosas señales que
ellos saben. Y así, estiman en tanto un regalado volver de ojos,
una prenda cualquiera que sea de su amada, un no sé qué
de risa, de habla, de burlas, que ellos de veras toman, como indicios
que le[s] van asegurando la paga que desean, y así, todas las veces
que ven señales en contrario déstas, esle fuerza al amante
lamentarse y afligirse, sin tener medio en sus dolores, pues no le puede
tener en sus contentos, cuando la favorable fortuna y el blando amor se
los concede. Y, como sea hazaña de tanta dificultad reducir una
voluntad ajena a que sea una propria con la mía, y juntar dos diferentes
almas en tan disoluble ñudo y estrecheza que de las dos sean uno
los pensamientos y una todas las obras, no es mucho que, por conseguir
tan alta empresa, se padezca más que por otra cosa alguna, pues,
después de conseguida, satisface y alegra sobre todas las que en
esta vida se desean. Y no todas veces son las lágrimas con razón
y causa derramadas, ni esparcidos los sospiros de los enamorados, porque
si todas sus lágrimas y sospiros se causaron de ver que no se responde
a su voluntad como se debe y con la paga que se requiere, habría
de considerar primero adónde levantaron la fantasía, y si
la subieron más arriba de lo que su merescimiento alcanza, no es
maravilla que, cual nuevos Ícaros, caigan abrasados en el río
de las miserias, de las cuales no tendrá la culpa amor, sino su
locura. Con todo eso, yo no niego, sino afirmo, que el deseo de alcanzar
lo que se ama por fuerza ha de causar pesadumbre, por la razón
de la carestía que presupone, como ya otras veces he dicho; pero
también digo que el conseguirla sea de grandísimo gusto
y contento, como lo es al cansado el reposo y la salud al enfermo. Junto
con esto, confieso que si los amantes señalasen, como en el uso
antiguo, con piedras blancas y negras sus tristes o dichosos días,
sin duda alguna que serían más las infelices; mas, también
conozco que la calidad de sola una blanca piedra haría ventaja
a la cantidad de otras infinitas negras. Y, por prueba desta verdad, vemos
que los enamorados jamás de serlo se arrepienten; antes, si alguno
les prometiese librarles de la enfermedad amorosa, como a enemigo le desecharían,
porque aun el sufrirla les es suave. Y por esto, ¡oh amadores!,
no os impida ningún temor para dejar de ofreceros y dedicaros a
amar lo que más os pareciere dificultoso, ni os quejéis
ni arrepintáis si a la grandeza vuestra las cosas bajas habéis
levantado, que amor iguala lo pequeño a lo sublime, y lo menos
a lo más; y con justo acuerdo tiempla las diversas condiciones
de los amantes, cuando con puro afecto la gracia suya en sus corazones
rescibe. No cedáis a los peligros, porque la gloria será
tanta que quite el sentimiento de todo dolor. Y, como a los antiguos capitanes
y emperadores, en premio de sus trabajos y fatigas, les eran, según
la grandeza de sus victorias, aparejados triunfos, así a los amantes
les están guardados muchedumbre de placeres y contentos, y, como
a aquéllos el glorioso rescibimiento les hacía olvidar todos
los incomodos y disgustos pasados, así al amante de la amada amado.
Los espantosos sueños, el dormir no seguro, las veladas noches,
los inquietos días, en summa tranquilidad y alegría se convierten.
De manera, Lenio, que si por sus efectos tristes les condemnas, por los
gustosos y alegres les debes de absolver; y a la interpretación
que diste de la figura de Cupido, estoy por decir que vas tan engañado
en ella, como casi en las demás cosas que contra el amor has dicho.
Porque, píntanle niño, ciego, desnudo, con las alas y saetas;
no quiere significar otra cosa, sino que el amante ha de ser niño
en no tener condición doblada, sino pura y sencilla; ha de ser
ciego a todo cualquier otro objecto que se le ofreciere, sino es a aquel
a quien ya supo mirar y entregarse; ha de ser desnudo, porque no ha de
tener cosa que no sea de la que ama; ha de tener alas de ligereza, para
estar prompto a todo lo que por su parte se le quisiere mandar; píntanle
con saetas, porque la llaga del enamorado pecho ha de ser profunda y secreta,
y que apenas se descubra sino a la mesma causa que ha de remedialla. Que
el amor hiera con dos saetas, las cuales obran en diferentes maneras,
es darnos a entender que en el perfecto amor, no ha de haber medio de
querer y no querer en un mesmo punto, sino que el amante ha de amar enteramente,
sin mezcla de alguna tibieza. En fin, ¡oh Lenio!, este amor es el
que si consumió a los troyanos, engrandeció a los griegos;
si hizo cesar las obras de Cartago, hizo crescer los edificios de Roma;
si quitó el reino a Tarquino, redujo a libertad la república.
Y, aunque pudiera traer aquí muchos ejemplos en contrario de los
que tú trujiste de los efectos buenos que el amor hace, no me quiero
ocupar en ellos, pues de sí son tan notorios; sólo quiero
rogarte te dispongas a creer lo que he mostrado, y que tengas paciencia
para oír una canción mía, que parece que en competencia
de la tuya se hizo; y si por ella y por lo que te he dicho no quisieres
reducirte a ser de la parte de amor, y te pareciere que no quedas satisfecho
de las verdades que dél he declarado, si el tiempo de agora lo
concede, o en otro cualquiera que tú escogieres y señalares,
te prometo de satisfacer a todas las réplicas y argumentos que
en contrario de los míos decir quisieres. Y, por agora, estáme
atento y escucha:
CANCIÓN
DE TIRSI
Salga del limpio enamorado pecho
la voz sonora, y en süave acento
cante de amor las altas maravillas,
de modo que contento y satisfecho
quede el más libre y suelto pensamiento,
sin que las sienta con no más de oíllas.
Tú, dulce amor, que puedes referillas
por mi lengua, si quieres,
tal gracia le concede,
que con la palma quede
de gusto y gloria por decir quién eres,
que si me ayudas, como yo confío,
veráse en presto vuelo
subir al cielo tu valor y el mío.
Es el amor
principio del bien nuestro,
medio por do se alcanza y se granjea
el más dichoso fin que se pretende;
de todas sciencias sin igual maestro;
fuego que, aunque de yelo un pecho sea,
en claras llamas de virtud le enciende;
poder que al flaco ayuda, al fuerte ofende;
raíz de adonde nasce
la venturosa planta
que al cielo nos levanta,
con tal fruto que al alma satisface
de bondad, de valor, de honesto celo,
de gusto sin segundo,
que alegra al mundo y enamora al cielo;
cortesano,
galán, sabio, discreto,
callado, liberal, manso, esforzado;
de aguda vista, aunque de ciegos ojos;
guardador verdadero del respecto,
capitán que en la guerra do ha triunfado
sola la honra quiere por despojos;
flor que cresce entre espinas y entre abrojos,
que a vida y alma adorna;
del temor enemigo,
de la esperanza amigo;
huésped que más alegra cuando torna;
instrumento de honrosos ricos bienes,
por quien se mira y medra
la honrosa yedra en las honradas sienes;
Instinto natural
que nos conmueve
a levantar los pensamientos, tanto
que apenas llega allí la vista humana;
escala por do sube, el que se atreve,
a la dulce región del cielo sancto;
sierra en su cumbre deleitosa y llana,
facilidad que lo intricado allana,
norte por quien se guía
en este mar insano
el pensamiento sano,
alivio de la triste fantasía,
padrino que no quiere nuestra afrenta;
farol que no se encubre,
mas nos descubre el puerto en la tormenta;
pintor que
en nuestras ánimas retrata,
con apacibles sombras y colores,
ora mortal, ora inmortal belleza;
sol que todo ñublado desbarata,
gusto a quien son sabrosos los dolores;
espejo en quien se ve naturaleza
liberal, que en su punto la franqueza
pone con justo medio;
espíritu de fuego
que alumbra al que es más ciego;
del odio y del temor solo remedio;
Argos que nunca puede estar dormido,
por más que a sus orejas
lleguen consejas de algún dios fingido;
ejército
de armada infantería
que atropella cien mil dificultades,
y siempre queda con victoria y palma;
morada adonde asiste el alegría;
rostro que nunca encubre las verdades,
mostrando claro lo que está en el alma;
mar donde la tormenta es dulce calma
con sólo que se espere
tenerla en tiempo alguno;
refrigerio oportuno
que cura al desdeñado cuando muere;
en fin, amor es vida, es gloria, es gusto,
almo feliz sosiego.
¡Seguilde luego, qu'el seguirle es justo!
El fin del
razonamiento y canción de Tirsi fue principio para confirmar de
nuevo en todos la opinión que de discreto tenía, si no fue
en el desamorado Lenio, a quien no pareció tan bien su respuesta
que le satisficiese al entendimiento y le mudase de su primer propósito.
Viose esto claro, porque ya iba dando muestras de querer responder y replicar
a Tirsi, si las alabanzas que a los dos daban Darinto y su compañero,
y todos los pastores y pastoras presentes, no lo estorbaran, porque, tomando
la mano el amigo de Darinto, dijo:
-En este punto acabo de conoscer cómo la potencia y sabiduría
de amor por todas las partes de la tierra se estiende, y que donde más
se afina y apura es en los pastorales pechos, com |