| |

Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
SEXTO Y ÚLTIMO LIBRO
DE
«LA
GALATEA»
Apenas habían
los rayos del dorado Febo comenzado a dispuntar por la más baja
línea de nuestro horizonte, cuando el anciano y venerable Telesio
hizo llegar a los oídos de todos los que en el aldea estaban el
lastimero son de su bocina, señal que movió a los que le
escucharon a dejar el reposo de los pastorales lechos y acudir a lo que
Telesio pedía. Pero los primeros que en esto tomaron la mano fueron
Elicio, Aurelio, Daranio y todos los pastores y pastoras que con ellos
estaban, no faltando las hermosas Nísida y Blanca y los venturosos
Timbrio y Silerio, con otra cantidad de gallardos pastores y bellas pastoras
que a ellos se juntaron y al número de treinta llegarían,
entre los cuales iban la sin par Galatea, nuevo milagro de hermosura,
y la recién desposada Silveria, la cual llevaba consigo a la hermosa
y zahareña Belisa, por quien el pastor Marsilo tan amorosas y mortales
angustias padecía. Había venido Belisa a visitar a Silveria
y darle el parabién del nuevo rescibido estado, y quiso ansimesmo
hallarse en tan célebres obsequias como esperaba serían
las que tantos y tan famosos pastores celebraban.
Salieron, pues, todos juntos de la aldea, fuera de la cual hallaron a
Telesio con otros muchos pastores que le acompañaban, todos vestidos
y adornados de manera que bien mostraban que para triste y lamentable
negocio habían sido juntados. Ordenó luego Telesio, porque
con intenciones más puras y pensamientos más reposados se
hiciesen aquel día los solemnes sacrificios, que todos los pastores
fuesen juntos por su parte y desviados de las pastoras, y que ellas lo
mesmo hiciesen, de que los menos quedaron contentos y los más no
muy satisfechos, especialmente el apasionado Marsilo, que ya había
visto a la desamorada Belisa, con cuya vista quedó tan fuera de
sí y tan suspenso, cual lo conoscieron bien sus amigos Orompo,
Crisio y Orfinio, los cuales, viéndole tal, se llegaron a él,
y Orompo le dijo:
-Esfuerza, amigo Marsilo, esfuerza y no des ocasión con tu desmayo
a que se descubra el poco valor de tu pecho. ¿Qué sabes
si el cielo, movido a compasión de tu pena, ha traído a
tal tiempo a estas riberas a la pastora Belisa para que las remedie?
-Antes para más acabarme, a lo que yo creo -respondió Marsilo-,
habrá ella venido a este lugar, que de mi ventura esto y más
se debe temer; pero yo haré, Orompo, lo que mandas, si acaso puede
conmigo en este duro trance más la razón que mi sentimiento.
Y con esto volvió algo más en sí Marsilo, y luego
los pastores por una parte y las pastoras por otra, como de Telesio estaba
ordenado, se comenzaron a encaminar al Valle de los Cipreses, llevando
todos un maravilloso silencio, hasta que, admirado Timbrio de ver la frescura
y belleza del claro Tajo, por do caminaba, vuelto a Elicio, que al lado
le venía, le dijo:
-No poca maravilla me causa, Elicio, la incomparable belleza destas frescas
riberas; y no sin razón, porque quien ha visto, como yo, las espaciosas
del nombrado Betis y las que visten y adornan al famoso Ebro y al conoscido
Pisuerga, y en las apartadas tierras ha paseado las del sancto Tíber
y las amenas del Po, celebrado por la caída del atrevido mozo,
sin dejar de haber rodeado las frescuras del apascible Sebeto, grande
ocasión había de ser la que a maravilla me moviese de ver
otras algunas.
-No vas tan fuera de camino en lo que dices, según yo creo, discreto
Timbrio -respondió Elicio-, que con los ojos no veas la razón
que de decirlo tienes; porque, sin duda, puedes creer que la amenidad
y frescura de las riberas deste río hace notoria y conoscida ventaja
a todas las que has nombrado, aunque entrase en ellas las del apartado
Janto, y del conoscido Anfriso y el enamorado Alfeo; porque tiene y ha
hecho cierto la experiencia que, casi por derecha línea, encima
de la mayor parte destas riberas se muestra un cielo luciente y claro,
que con un largo movimiento y con vivo resplandor, parece que convida
a regocijo y gusto al corazón que dél está más
ajeno. Y si ello es verdad que las estrellas y el sol se mantienen, como
algunos dicen, de las aguas de acá bajo, creo firmemente que las
deste río sean en gran parte ocasión de causar la belleza
del cielo que le cubre, o creeré que Dios, por la mesma razón
que dicen que mora en los cielos, en esta parte haga lo más de
su habitación. La tierra que lo abraza, vestida de mil verdes ornamentos,
parece que hace fiesta y se alegra de poseer en sí un don tan raro
y agradable, y el dorado río, como en ca[m]bio, en los abrazos
della dulcemente entretejiéndose, forma como de industria mil entradas
y salidas, que a cualquiera que las mira llenan el alma de placer maravilloso,
de donde nasce que, aunque los ojos tornen de nuevo muchas veces a mirarle,
no por eso dejan de hallar en él cosas que les causen nuevo placer
y nueva maravilla. Vuelve, pues, los ojos, valeroso Timbrio, y mira cuánto
adornan sus riberas las muchas aldeas y ricas caserías que por
ellas se ven fundadas. Aquí se vee en cualquiera sazón del
año andar la risueña primavera con la hermosa Venus en hábito
subcinto y amoroso, y Céfiro que la acompaña, con la madre
Flora delante, esparciendo a manos llenas varias y odoríferas flores.
Y la industria de sus moradores ha hecho tanto, que la naturaleza, encorporada
con el arte, es hecha artífice y connatural del arte, y de entrambas
a dos se ha hecho una tercia naturaleza, a la cual no sabré dar
nombre. De sus cultivados jardines, con quien los huertos Hespérides
y de Alcino pueden callar; de los espesos bosques, de los pacíficos
olivos, verdes laureles y acopados mirtos; de sus abundosos pastos, alegres
valles y vestidos collados, arroyos y fuentes que en esta ribera se hallan,
no se espere que yo diga más, sino que, si en alguna parte de la
tierra los Campos Elíseos tienen asiento, es, sin duda, en ésta.
¿Qué diré de la industria de las altas ruedas, con
cuyo continuo movimiento sacan las aguas del profundo río y humedecen
abundosamente las eras que por largo espacio están apartadas? Añádese
a todo esto criarse en estas riberas las más hermosas y discretas
pastoras que en la redondez del suelo pueden hallarse, para cuyo testimonio,
dejando aparte el que la experiencia nos muestra y lo que tú, Timbrio,
ha que estás en ellas y que has visto, bastará traer por
ejemplo a aquella pastora que allí ves, ¡oh Timbrio!
Y, diciendo esto, señaló con el cayado a Galatea; y, sin
decir más, dejó admirado a Timbrio de ver la discreción
y palabras con que había alabado las riberas de Tajo y la hermosura
de Galatea. Y, respondiéndole que no se le podía contradecir
ninguna cosa de las dichas, en aquellas y en otras entretenían
la pesadumbre del camino, hasta que, llegados a vista del Valle de los
Cipreses, vieron que dél salían casi otros tantos pastores
y pastoras como los que con ellos iban. Juntáronse todos, y con
sosegados pasos comenzaron a entrar por el sagrado valle, cuyo sitio era
tan estraño y maravilloso que, aun a los mesmos que muchas veces
le habían visto, causaba nueva admiración y gusto. Levántanse
en una parte de la ribera del famoso Tajo, en cuatro diferentes y contrapuestas
partes, cuatro verdes y apacibles collados, como por muros y defensores
de un hermoso valle que en medio contienen, cuya entrada en él
por otros cuatro lugares es concedida, los cuales mesmos collados estrechan
de modo que vienen a formar cuatro largas y apacibles calles, a quien
hacen pared de todos lados altos e infinitos cipreses, puestos por tal
orden y concierto que hasta las mesmas ramas de los unos y de los otros
paresce que igualmente van cresciendo, y que ninguna se atreve a pasar
ni salir un punto más de la otra. Cierran y ocupan el espacio que
entre ciprés y ciprés se hace, mil olorosos rosales y suaves
jazmines, tan juntos y entretejidos como suelen estar en los vallados
de las guardadas viñas las espinosas zarzas y puntosas cambroneras.
De trecho en trecho destas apacibles entradas, se ven correr por entre
la verde y menuda yerba claros y frescos arroyos de limpias y sabrosas
aguas, que en las faldas de los mesmos collados tienen su nascimiento.
Es el remate y fin destas calles una ancha y redonda plaza, que los recuestos
y los cipreses forman, en medio de la cual está puesta una artificiosa
fuente de blanco y precioso mármol fabricada, con tanta industria
y artificio hecha, que las vistosas del conoscido Tíbuli y las
soberbias de la antigua Tinacria no le pueden ser comparadas. Con el agua
desta maravillosa fuente se humedecen y sustentan las frescas yerbas de
la deleitosa plaza; y lo que más hace a este agradable sitio digno
de estimación y reverencia es ser previlegiado de las golosas bocas
de los simples corderuelos y mansas ovejas, y de otra cualquier suerte
de ganado: que sólo sirve de guardador y tesorero de los honrados
huesos de algunos famosos pastores que, por general decreto de todos los
que quedan vivos en el contorno de aquellas riberas, se determina y ordena
ser digno y merescedor de tener sepultura en este famoso valle. Por esto
se veían, entre los muchos y diversos árboles que por las
espaldas de los cipreses estaban, en el lugar y distancia que había
dellos hasta las faldas de los collados, algunas sepulturas, cuál
de jaspe y cuál de mármol fabricada, en cuyas blancas piedras
se leían los nombres de los que en ellas estaban sepultados. Pero
la que más sobre todas resplandecía, y la que más
a los ojos de todos se mostraba, era la del famoso pastor Meliso, la cual,
apartada de las otras, a un lado de la ancha plaza, de lisas y negras
pizarras y de blanco y bien labrado alabastro hecha parecía. Y,
en el mesmo punto que los ojos de Telesio la miraron, volviendo el rostro
a toda aquella agradable compañía, con sosegada voz y lamentables
acentos, les dijo:
-Veis allí, gallardos pastores, discretas y hermosas pastoras;
veis allí, digo, la triste sepultura donde reposan los honrados
huesos del nombrado Meliso, honor y gloria de nuestras riberas. Comenzad,
pues, a levantar al cielo los humildes corazones, y con puros afectos,
abundantes lágrimas y profundos sospiros, entonad los sanctos himnos
y devotas oraciones, y rogalde tenga por bien de acoger en su estrellado
asiento la bendita alma del cuerpo que allí yace.
Y, en diciendo esto, se llegó a un ciprés de aquéllos,
y, cortando algunas ramas, hizo dellas una funesta guirnalda con que coronó
sus blancas y veneradas sienes, haciendo señal a los demás
que lo mesmo hiciesen; de cuyo ejemplo movidos todos, en un momento se
coronaron de las tristes ramas, y, guiados de Telesio, llegaron a la sepultura,
donde lo primero que Telesio hizo fue inclinar las rodillas y besar la
dura piedra del sepulcro. Hicieron todos lo mesmo, y algunos hubo que,
tiernos con la memoria de Meliso, dejaban regado con lágrimas el
blanco mármol que besaban. Hecho esto, mandó Telesio encender
el sacro fuego, y en un momento, alrededor de la sepultura, se hicieron
muchas, aunque pequeñas, hogueras, en las cuales solas ramas de
ciprés se quemaban; y el venerable Telesio, con graves y sosegados
pasos, comenzó a rodear la pira y a echar en todos los ardientes
fuegos alguna cantidad de sacro y oloroso incienso, diciendo cada vez
que lo esparcía alguna breve y devota oración, a rogar por
el alma de Meliso encaminada, al fin de la cual levantaba la tremante
voz, y todos los circunstantes, con triste y piadoso acento, respondían:
"Amén, amén", tres veces; a cuyo lamentable sonido
resonaban los cercanos collados y apartados valles, y las ramas de los
altos cipreses y de los otros muchos árboles de que el valle estaba
lleno, heridas de un manso céfiro que soplaba, hacían y
formaban un sordo y tristísimo susurro, casi como en señal
de que por su parte ayudaban a la tristeza del funesto sacrificio.
Tres veces rodeó Telesio la sepultura, y tres veces dijo las piadosas
plegarias, y otras nueve se escucharon los llorosos acentos del "amén",
que los pastores repitían. Acabada esta ceremonia, el anciano Telesio
se arrimó a un subido ciprés que a la cabecera de la sepultura
de Meliso se levantaba, y con volver el rostro a una y otra parte, hizo
que todos los circunstantes estuviesen atentos a lo que decir quería;
y luego, levantando la voz todo lo que pudo conceder la antigüedad
de sus años, con maravillosa elocuencia comenzó a alabar
las virtudes de Meliso, la integridad de su inculpable vida, la alteza
de su ingenio, la entereza de su ánimo, la graciosa gravedad de
su plática y la excelencia de su poesía; y, sobre todo,
la solicitud de su pecho en guardar y cumplir la sancta religión
que profesado había, juntando a estas otras tantas y tales virtudes
de Meliso, que, aunque el pastor no fuera tan conoscido de todos los que
a Telesio escuchaban, sólo por lo que él decía, quedaran
aficionados a amarle si fuera vivo, y a reverenciarle después de
muerto. Concluyó, pues, el viejo su plática diciendo:
-Si a do llegaron, famosos pastores, las bondades de Meliso, y adonde
llega el deseo que tengo de alabarlas, llegara la bajeza de mi corto entendimiento,
y las flacas y pocas fuerzas adquiridas de mis tantos y tan cansados años
no me acortaran la voz y el aliento, primero este sol que nos alumbra
le viérades bañar una y otra vez en el grande océano,
que yo cesara de la comenzada plática; mas, pues esto en mi marchita
edad no se permite, suplid vosotros mi falta, y mostraos agradecidos a
las frías cenizas de Meliso, celebrándolas en la muerte
como os obliga el amor que él os tuvo en la vida. Y, puesto que
a todos en general nos toca y cabe parte desta obligación, a quien
en particular más obliga es a los famosos Tirsi y Damón,
como a tan conoscidos amigos y familiares suyos; y así, les ruego,
cuan encarecidamente puedo, correspondan a esta deuda supliendo y cantando
ellos con más reposada y sonora voz lo que yo he faltado llorando
con la trabajosa mía.
No dijo más Telesio, ni aun fuera menester decirlo para que los
pastores se moviesen a hacer lo que se les rogaba; porque luego, sin replicar
cosa alguna, Tirsi sacó su rabel y hizo señal a Damón
que lo mesmo hiciese, a quien acompañaron luego Elicio y Lauso
y todos los pastores que allí instrumentos tenían, y a poco
espacio formaron una tan triste y agradable música que, aunque
regalaba los oídos, movía los corazones a dar señales
de tristeza con lágrimas que los ojos derramaban. Juntábase
a esto la dulce armonía de los pintados y muchos pajarillos que
por los aires cruzaban, y algunos sollozos que las pastoras, ya tiernas
y movidas con el razonamiento de Telesio y con lo que los pastores hacían,
de cuando en cuando, de sus hermosos pechos arrancaban; y era de suerte
que, concordándose el son de la triste música y el de la
alegre armonía de los jilguerillos, calandrias y ruiseñores,
y el amargo de los profundos gemidos, formaba todo junto un tan estraño
y lastimoso concento que no hay lengua que encarecerlo pueda. De allí
a poco espacio, cesando los demás instrumentos, solos los cuatro
de Tirsi, Damón, Elicio y de Lauso se escucharon, los cuales, llegándose
al sepulcro de Meliso, a los cuatro lados del sepulcro, señal por
donde todos los presentes entendieron que alguna cosa cantar querían;
y así, les prestaron un maravilloso y sosegado silencio; y luego
el famoso Tirsi, con levantada, triste y sonora voz, ayudándole
Elicio, Damón y Lauso, desta manera comenzó a cantar:
TIRSI
Tal cual es la ocasión de nuestro llanto,
no sólo nuestro, más de todo el suelo,
pastores, entonad el triste canto.
DAMÓN
El aire rompan, lleguen hasta el cielo
los sospiros dolientes, fabricados
entre justa piedad y justo duelo.
ELICIO
Serán de tierno humor siempre bañados
mis ojos, mientras viva la memoria,
Meliso, de tus hechos celebrados.
LAUSO
Meliso, digno de inmortal historia,
digno que goces en el cielo sancto
de alegre vida y de perpetua gloria.
TIRSI
Mientras que a las grandezas me levanto
de cantar sus hazañas, como pienso,
pastores, entonad el triste canto.
DAMÓN
Como puedo, Meliso, recompenso
a tu amistad: con lágrimas vertidas,
con ruegos píos y sagrado incienso.
ELICIO
Tu muerte tiene en llanto convertidas
nuestras dulces pasadas alegrías,
y a tierno sentimiento reducidas.
LAUSO
Aquellos claros, venturosos días,
donde el mundo gozó de tu presencia,
se han vuelto en noches miserables frías.
TIRSI
¡Oh muerte, que con presta violencia
tal vida en poca tierra reduciste!
¿A quién no alcanzará tu diligencia?
DAMÓN
Después, ¡oh muerte!, que aquel golpe diste
que echó por tierra nuestro fuerte arrimo,
de yerba el prado ni de flor se viste.
ELICIO
Con la memoria deste mal reprimo
el bien, si alguno llega a mi sentido,
y con nueva aspereza me lastimo.
LAUSO
¿Cuándo suele cobrarse el bien perdido?
¿Cuándo el mal sin buscarle no se halla?
¿Cuándo hay quietud en el mortal ruïdo?
TIRSI
¿Cuándo de la mortal fiera batalla
triunfó la vida, y cuándo contra el tiempo
se opuso o fuerte arnés o dura malla?
DAMÓN
Es nuestra vida un sueño, un pasatiempo,
un vano encanto que desaparece
cuando más firme pareció en su tiempo.
ELICIO
Día que al medio curso se escuresce,
y le sucede noche tenebrosa,
envuelta en sombras qu'el temor ofrece.
LAUSO
Mas tú, pastor famoso, en venturosa
hora pasaste deste mar insano
a la dulce región maravillosa.
TIRSI
Después que en el aprisco veneciano
las causas y demandas decidiste
del gran pastor del ancho suelo hispano.
DAMÓN
Después también que con valor sufriste
el trance de fortuna acelerado
que a Italia hizo, y aun a España, triste.
ELICIO
Y después que, en sosiego reposado,
con las nueve doncellas solamente
tanto tiempo estuviste retirado.
LAUSO
Sin que las fieras armas del oriente
ni la francesa furia inquietase
tu levantada y sosegada mente.
TIRSI
Entonces quiso el cielo que llegase
la fría mano de la muerte airada,
y en tu vida el bien nuestro arrebatase.
DAMÓN
Quedó tu suerte entonces mejorada,
quedó la nuestra a un triste amargo lloro
perpetua, eternamente condemnada.
ELICIO
Vióse el sacro virgíneo hermoso coro
de aquellas moradoras del Parnaso
romper llorando sus cabellos de oro.
LAUSO
A lágrimas movió el doliente caso
al gran competidor del niño ciego,
que entonces de dar luz se mostró escaso.
TIRSI
No entre las armas y el ardiente fuego
los tristes teucros tanto se afligieron
con el engaño del astuto griego,
como lloraron, como repitieron
el nombre de Meliso los pastores
cuando informados de su muerte fueron.
DAMÓN
No de olorosas varïadas flores
adornaron sus frentes, ni cantaron
con voz suave algún cantar de amores.
De funesto ciprés se coronaron,
y en triste repetido amargo llanto
lamentables canciones entonaron.
ELICIO
Y así, pues hoy el áspero quebranto
y la memoria amarga se renueva,
pastores, entonad el triste canto,
qu'el duro caso que a doler nos lleva
es tal, que será pecho de diamante
el que a llorar en él no se conmueva.
LAUSO
El firme pecho, el ánimo constante,
qu'en las adversidades siempre tuvo
este pastor por mil lenguas se cante,
como al desdén que de contino hubo
en el pecho de Filis indignado
cual firme roca contra el mar estuvo.
TIRSI
Repítanse los versos que ha cantado,
queden en la memoria de las gentes
por muestras de su ingenio levantado.
DAMÓN
Por tierras de las nuestras diferentes,
lleve su nombre la parlera fama
con pasos prestos y alas diligentes.
ELICIO
Y de su casta y amorosa llama
ejemplo tome el más lascivo pecho
y el que en ardor menos cabal se inflama.
LAUSO
¡Venturoso Meliso, que a despecho
de mil contrastes fieros de fortuna,
vives ahora alegre y satisfecho!
TIRSI
Poco te cansa, poco te importuna
esta mortal bajeza que dejaste,
llena de más mudanzas que la luna.
DAMÓN
Por firme alteza la humildad trocaste,
por bien el mal, la muerte por la vida
tan seguro temiste y esperaste.
ELICIO
Desta mortal, al parecer, caída,
quien vive bien, al cabo se levanta,
cual tú, Meliso, a la región florida,
donde por más de una inmortal garganta
se despide la voz, que gloria suena,
gloria repite, dulce gloria canta;
donde la hermosa clara faz serena
se ve, en cuya visión se goza y mira
la summa gloria más perfecta y buena.
Mi flaca voz a tu alabanza aspira,
y tanto cuanto más cresce el deseo,
tanto, Meliso, el miedo le retira.
Que aquello que contemplo agora, y veo
con el entendimiento levantado,
del sacro tuyo sobrehumano arreo,
tiene mi entendimiento acobardado,
y sólo paro en levantar las cejas
y en recoger los labios de admirado.
LAUSO
Con tu partida, en triste llanto dejas
cuantos con tu presencia se alegraban,
y el mal se acerca porque tú te alejas.
TIRSI
En tu sabiduría se enseñaban
los rústicos pastores, y en un punto,
con nuevo ingenio y discreción quedaban.
Pero llegóse aquel forzoso punto
donde tú te partiste y do quedamos
con poco ingenio y corazón difunto.
Esta amarga memoria celebramos
los que en la vida te quisimos tanto,
cuanto ahora en la muerte te lloramos.
Por esto, al son de tan confuso llanto,
cobrando de contino nuevo aliento,
pastores, entonad el triste canto.
Lleguen do llega el duro sentimiento
las lágrimas vertidas y sospiros,
con quien se augmenta el presuroso viento.
Poco os encargo, poco sé pediros;
más habéis de sentir que cuanto ahora
puede mi atada lengua referiros.
Mas, pues Febo se ausenta, y descolora
la tierra, que se cubre en negro manto,
hasta que venga la esperada aurora,
pastores, cesad ya del triste canto.
Tirsi, que
comenzado había la triste y dolorosa elegía, fue el que
la puso fin, sin que le pusiesen por un buen espacio a las lágrimas
todos los que el lamentable canto escuchado habían. Mas, a esta
sazón, el venerable Telesio les dijo:
-Pues habemos cumplido en parte, gallardos y comedidos pastores, con la
obligación que al venturoso Meliso tenemos, poned por agora silencio
a vuestras tiernas lágrimas, y dad algún vado a vuestros
dolientes sospiros, pues ni por ellas ni ellos podemos cobrar la pérdida
que lloramos; y, puesto que el humano sentimiento no pueda dejar de mostrarle
en los adversos acaecimientos, todavía es menester templar la demasía
de sus accidentes con la razón que al discreto acompaña;
y, aunque las lágrimas y sospiros sean señales del amor
que se tiene al que se llora, más provecho consiguen las almas
por quien se derraman con los píos sacrificios y devotas oraciones
que por ellas se hacen, que si todo el mar océano por los ojos
de todo el mundo hecho lágrimas se destilase. Y, por esta razón,
y por la que tenemos de dar algún alivio a nuestros cansados cuerpos,
será bien que, dejando lo que nos resta de hacer para el venidero
día, por agora visitéis vuestros zurrones y cumpláis
con lo que naturaleza os obliga.
Y, en diciendo esto, dio orden como todas las pastoras estuviesen a una
parte del valle, junto a la sepultura de Meliso, dejando con ellas seis
de los más ancianos pastores que allí había, y los
demás, poco desviados dellas, en otra parte se estuvieron. Y luego,
con lo que en los zurrones traían, y con el agua de la clara fuente,
satisficieron a la común necesidad de la hambre, acabando a tiempo
que ya la noche vestía de una mesma color todas las cosas debajo
de nuestro horizonte contenidas, y la luciente luna mostraba su rostro
hermoso y claro en toda la entereza que tiene cuando más el rubio
hermano sus rayos le comunica. Pero, de allí a poco rato, levantándose
un alterado viento, se comenzaron a ver algunas negras nubes, que algún
tanto la luz de la casta diosa encubrían, haciendo sombras en la
tierra, señales por donde algunos pastores que allí estaban,
en la rústica astrología maestros, algún venidero
turbión y borrasca esperaban. Mas todo paró en no más
de quedar la noche parda y serena, y en acomodarse ellos a descansar sobre
la fresca yerba, entregando los ojos al dulce y reposado sueño,
como lo hicieron todos, si no algunos que repartieron como en centinelas
la guarda de las pastoras, y la de algunas antorchas que alrededor de
la sepultura de Meliso ardiendo quedaban. Pero, ya que el sosegado silencio
se estendió por todo aquel sagrado valle, y ya que el perezoso
Morfeo había con el bañado ramo tocado las sienes y párpados
de todos los presentes, a tiempo que a la redonda de nuestro polo buena
parte las errantes estrellas andado habían, señalando los
puntuales cursos de la noche, en aquel instante, de la mesma sepultura
de Meliso se levantó un grande y maravilloso fuego, tan luciente
y claro que en un momento todo el escuro valle quedó con tanta
claridad como si el mesmo sol le alumbrara; por la cual improvisa maravilla,
los pastores que despiertos junto a la sepultura estaban, cayeron atónitos
en el suelo, deslumbrados y ciegos con la luz del transparente fuego,
el cual hizo contrario efecto en los demás que durmiendo estaban,
porque, heridos de sus rayos, huyó dellos el pesado sueño,
y, aunque con dificultad alguna, abrieron los dormidos ojos, y, viendo
la estrañeza de la luz que se les mostraba, confusos y admirados
quedaron. Y así, cuál en pie, cuál recostado, y cuál
sobre las rodillas puesto, cada uno, con admiración y espanto,
el claro fuego miraba. Todo lo cual visto por Telesio, adornándose
en un punto de las sacras vestiduras, acompañado de Elicio, Tirsi,
Damón, Lauso y otros animosos pastores, poco a poco se comenzó
a llegar al fuego, con intención de, con algunos lícitos
y acomodados exorcismos, procurar deshacer o entender de dó procedía
la estraña visión que se les mostraba. Pero, ya que llegaban
cerca de las encendidas llamas, vieron que, dividiéndose en dos
partes, en medio dellas parecía una tan hermosa y agraciada ninfa,
que en mayor admiración les puso que la vista del ardiente fuego.
Mostraba estar vestida de una rica y sotil tela de plata, recogida y retirada
a la cintura, de modo que la mitad de las piernas se descubrían,
adornadas con unos coturnos, o calzado justo, dorados, llenos de infinitos
lazos de listones de diferentes colores; sobre la tela de plata traía
otra vestidura de verde y delicado cendal, que, llevado a una y a otra
parte por un ventecillo que mansamente soplaba, estremadamente parecía;
por las espaldas traía esparcidos los más luengos y rubios
cabellos que jamás ojos humanos vieron, y sobre ellos una guirnalda
sólo de verde laurel compuesta; la mano derecha ocupaba con un
alto ramo de amarilla y vencedora palma, y la izquierda con otro de verde
y pacífica oliva, con los cuales ornamentos tan hermosa y admirable
se mostraba, que a todos los que la miraban tenía colgados de su
vista; de tal manera que, desechando de sí el temor primero, con
seguros pasos alrededor del fuego se llegaron, persuadiéndose que,
de tan hermosa visión, ningún daño podía sucederles.
Y estando, como se ha dicho, todos transportados en mirarla, la bella
ninfa abrió los brazos a una y a otra parte, y hizo que las apartadas
llamas más se apartasen y dividiesen, para dar lugar a que mejor
pudiese ser mirada; y luego, levantando el sereno rostro, con gracia y
gravedad estraña, a semejantes razones dio principio:
-Por los efectos que mi improvisa vista ha causado en vuestros corazones,
discreta y agradable compañía, podéis considerar
que no en virtud de malignos espíritus ha sido formada esta figura
mía que aquí se os representa; porque una de las razones
por do se conosce ser una visión buena o mala es por los efectos
que hace en el ánimo de quien la mira; porque la buena, aunque
cause en él admiración y sobresalto, el tal sobresalto y
admiración viene mezclado con un gustoso alboroto, que a poco rato
le sosiega y satisface; al revés de lo que causa la visión
perversa, la cual sobresalta, descontenta, atemoriza y jamás asegura.
Esta verdad os aclarará la experiencia cuando me conozcáis
y yo os diga quién soy y la ocasión que me ha movido a venir
de mis remotas moradas a visitaros. Y, porque no quiero teneros colgados
del deseo que tenéis de saber quién yo sea, sabed, discretos
pastores y bellas pastoras, que yo soy una de las nueve doncellas que
en las altas y sagradas cumbres de Parnaso tienen su propria y conoscida
morada. Mi nombre es Calíope; mi oficio y condición es favorescer
y ayudar a los divinos espíritus, cuyo loable ejercicio es ocuparse
en la maravillosa y jamás como debe alabada sciencia de la poesía.
Yo soy la que hice cobrar eterna fama al antiguo ciego natural de Esmirna,
por él solamente famosa; la que hará vivir el mantuano Títiro
por todos los siglos venideros, hasta que el tiempo se acabe; y la que
hace que se tengan en cuenta, desde la pasada hasta la edad presente,
los escriptos tan ásperos como discretos del antiquísimo
Enio. En fin, soy quien favoresció a Catulo, la que nombró
a Horacio, eternizó a Propercio, y soy la que con inmortal fama
tiene conservada la memoria del conoscido Petrarca, y la que hizo bajar
a los escuros infiernos y subir a los claros cielos al famoso Dante. Soy
la que ayudó a tejer al divino Ariosto la variada y hermosa tela
que compuso; la que en esta patria vuestra tuvo familiar amistad con el
agudo Boscán y con el famoso Garcilaso, con el docto y sabio Castillejo
y el artificioso Torres Naharro, con cuyos ingenios, y con los frutos
dellos, quedó vuestra patria enriquescida y yo satisfecha. Yo soy
la que moví la pluma del celebrado Aldana, y la que no dejó
jamás el lado de don Fernando de Acuña, y la que me precio
de la estrecha amistad y conversación que siempre tuve con la bendita
alma del cuerpo que en esta sepultura yace, cuyas obsequias, por vosotros
celebradas, no sólo han alegrado su espíritu, que ya por
la región eterna se pasea, sino que a mí me han satisfecho
de suerte que, forzada, he venido a agradeceros tan loable y piadosa costumbre
como es la que entre vosotros se usa; y así, os prometo, con las
veras que de mi virtud pueden esperarse, que en pago del beneficio que
a las cenizas de mi querido y amado Meliso habéis hecho, de hacer
siempre que en vuestras riberas jamás falten pastores que en la
alegre sciencia de la poesía a todos los de las otras riberas se
aventajen; favoresceré ansimesmo siempre vuestros consejos, y guiaré
vuestros entendimientos, de manera que nunca deis torcido voto cuando
decretéis quién es merescedor de enterrarse en este sagrado
valle; porque no será bien que, de honra tan particular y señalada,
y que sólo es merescida de los blancos y canoros cisnes, la vengan
a gozar los negros y roncos cuervos. Y así, me parece que será
bien daros alguna noticia agora de algunos señalados varones que
en esta vuestra España viven, y algunos en las apartadas Indias
a ella subjetas; los cuales, si todos o alguno dellos su buena ventura
le trujere a acabar el curso de sus días en estas riberas, sin
duda alguna le podéis conceder sepultura en este famoso sitio.
Junto con esto, os quiero advertir que no entendáis que los primeros
que nombrare son dignos de más honra que los postreros, porque
en esto no pienso guardar orden alguna: que, puesto que yo alcanzo la
diferencia que el uno al otro y los otros a los otros hacen, quiero dejar
esta declaración en duda, porque vuestros ingenios en entender
la diferencia de los suyos tengan en qué ejercitarse, de los cuales
darán testimonio sus obras. Irélos nombrando como se me
vinieren a la memoria, sin que ninguno se atribuya a que ha sido favor
que yo le he hecho en haberme acordado dél primero que de otro;
porque, como digo, a vosotros, discretos pastores, dejo que después
les deis el lugar que os paresciere que de justicia se les debe. Y, para
que con menos pesadumbre y trabajo a mi larga relación estéis
atentos, haréla de suerte que sólo sintáis disgusto
por la brevedad della.
Calló diciendo esto la bella ninfa, y luego tomó una arpa
que junto a sí tenía, que hasta entonces de ninguno había
sido vista; y, en comenzándola a tocar, parece que comenzó
a esclarecerse el cielo, y que la luna, con nuevo y no usado resplandor,
alumbraba la tierra; los árboles, a despecho de un blando céfiro
que soplaba, tuvieron quedas las ramas; y los ojos de todos los que allí
estaban no se atrevían a abajar los párpados, porque aquel
breve punto que se tardaban en alzarlos, no se privasen de la gloria que
en mirar la hermosura de la ninfa gozaban; y aun quisieran todos que todos
sus cinco sentidos se convirtieran en el del oír solamente: con
tal estrañeza, con tal dulzura, con tanta suavidad tocaba la arpa
la bella musa; la cual, después de haber tañido un poco,
con la más sonora voz que imaginarse puede, en semejantes versos
dio principio:
CANTO DE CALÍOPE
Al dulce son
de mi templada lira,
prestad, pastores, el oído atento:
oiréis cómo en mi voz y en él respira
de mis hermanas el sagrado aliento.
Veréis cómo os suspende, y os admira,
y colma vuestras almas de contento,
cuando os dé relación, aquí en el suelo,
de los ingenios que ya son del cielo.
Pienso cantar
de aquellos solamente
a quien la Parca el hilo aún no ha cortado,
de aquéllos que son dignos justamente
d'en tal lugar tenerle señalado,
donde, a pesar del tiempo diligente,
por el laudable oficio acostumbrado
vuestro, vivan mil siglos sus renombres,
sus claras obras, sus famosos nombres.
Y el que con
justo título meresce
gozar de alta y honrosa preeminencia,
un don ALONSO es, en quien floresce
del sacro Apolo la divina sciencia;
y en quien con alta lumbre resplandece
de Marte el brío y sin igual potencia,
DE LEIVA tiene el sobrenombre ilustre,
que a Italia ha dado, y aun a España, lustre.
Otro del mesmo
nombre, que de Arauco
cantó las guerras y el valor de España,
el cual los reinos donde habita Glauco
pasó y sintió la embravescida saña.
No fue su voz, no fue su acento rauco,
que uno y otro fue de gracia estraña,
y tal, que ERCIL[L]A, en este hermoso asiento
meresce eterno y sacro monumento.
Del famoso
don JUAN DE SILVA os digo
que toda gloria y todo honor meresce,
así por serle Febo tan amigo,
como por el valor que en él floresce.
Serán desto sus obras buen testigo,
en las cuales su ingenio resplandece
con claridad que al ignorante alumbra
y al sabio agudo a veces le deslumbra.
Crezca el
número rico desta cuenta
aquel con quien la tiene tal el cielo,
que con febeo aliento le sustenta,
y con valor de Marte acá en el suelo.
A Homero iguala si a escrebir intenta,
y a tanto llega de su pluma el vuelo,
cuanto es verdad que a todos es notorio
el alto ingenio de don DIEGO OSORIO.
Por cuantas
vías la parlera fama
puede loar un caballero ilustre,
por tantas su valor claro derrama,
dando sus hechos a su nombre lustre.
Su vivo ingenio, su virtud, inflama
más de una lengua, a que de lustre en lustre,
sin que cursos de tiempos las espanten,
de don FRANCISCO DE MENDOZA canten.
¡Feliz
don DIEGO DE SARMIENTO, ilustre,
y Carvajal, famoso, producido
de nuestro coro y de Hipocrene lustre,
mozo en la edad, anciano en el sentido,
de siglo en siglo irá, de lustre en lustre,
a pesar de las aguas del olvido,
tu nombre, con tus obras excelentes,
de lengua en lengua y de gente en gentes!
Quiéro[o]s
mostrar por cosa soberana,
en tierna edad, maduro entendimiento,
destreza y gallardía sobrehumana,
cortesía, valor, comedimiento,
y quien puede mostrar en la toscana
como en su propria lengua aquel talento
que mostró el que cantó la casa d'Este:
un don GUTIERRE CARVAJAL es éste.
Tú,
don LUIS DE VARGAS, en quien veo
maduro ingenio en verdes pocos días,
procura de alcanzar aquel trofeo
que te prometen las hermanas mías;
mas tan cerca estás dél, que, a lo que creo,
ya triunfas, pues procuras por mil vías
virtuosas y sabias que tu fama
resplandezca con viva y clara llama.
Del claro
Tajo la ribera hermosa
adornan mil espíritus divinos,
que hacen nuestra edad más venturosa
que aquélla de los griegos y latinos.
Dellos pienso decir sola una cosa:
que son de vuestro valle y honra dignos
tanto cuanto sus obras nos lo muestran,
que al camino del cielo nos adiestran.
Dos famosos
doctores, presidentes
en las sciencias de Apolo, se me ofrescen,
que no más que en la edad son diferentes,
y en el trato e ingenio se parecen.
Admíranlos ausentes y presentes,
y entre unos y otros tanto resplandecen
con su saber altísimo y profundo,
que presto han de admirar a todo el mundo.
Y el nombre
que me viene más a mano,
destos dos que a loar aquí me atrevo,
es del doctor famoso CAMPUZANO,
a quien podéis llamar segundo Febo.
El alto ingenio suyo, el sobrehumano
discurso nos descubre un mundo nuevo,
de tan mejores Indias y excelencias,
cuanto mejor qu'el oro son las sciencias.
Es el doctor
SUÁREZ, que DE SOSA
el sobrenombre tiene, el que se sigue,
que de una y otra lengua artificiosa
lo más cendrado y lo mejor consigue.
Cualquiera que en la fuente milagrosa,
cual él la mitigó, la sed mitigue,
no tendrá que envidiar al docto griego,
ni a aquél que nos cantó el troyano fuego.
Del doctor
VACA, si decir pudiera
lo que yo siento dél, sin duda creo
que cuantos aquí estáis os suspendiera:
tal es su sciencia, su virtud y arreo.
Yo he sido en ensalzarle la primera
del sacro coro, y soy la que deseo
eternizar su nombre en cuanto al suelo
diere su luz el gran señor de Delo.
Si la fama
os trujere a los oídos
de algún famoso ingenio maravillas,
conceptos bien dispuestos y subidos,
y sciencias que os asombren en oíllas,
cosas que paran sólo en los sentidos
y la lengua no puede referillas,
el dar salida a todo dubio y traza,
sabed que es el licenciado DAZA.
Del maestro
GARAY las dulces obras
me incitan sobre todos a alabarle;
tú, Fama, que al ligero tiempo sobras,
ten por heroica empresa el celebrarle.
Verás cómo en él más fama cobras,
Fama, que está la tuya en ensalzarle,
que hablando desta fama, en verdadera
has de trocar la fama de parlera.
Aquel ingenio
que al mayor humano
se deja atrás, y aspira al que es divino,
y, dejando a una parte el castellano,
sigue el heroico verso del latino;
el nuevo Homero, el nuevo mantuano,
es el maestro CÓRDOBA, que es digno
de celebrarse en la dichosa España,
y en cuanto el sol alumbra y el mar baña.
De ti, el
doctor FRANCISCO DÍAZ, puedo
asegurar a estos mis pastores
que con seguro corazón y ledo,
pueden aventajarse en tus loores.
Y si en ellos yo agora corta quedo,
debiéndose a tu ingenio los mayores,
es porque el tiempo es breve y no me atrevo
a poderte pagar lo que te debo.
LUJÁN,
que con la toga merescida
honras el proprio y el ajeno suelo,
y con tu dulce musa conoscida
subes tu fama hasta el más alto cielo,
yo te daré después de muerto vida,
haciendo que, en ligero y presto vuelo,
la fama de tu ingenio único, solo,
vaya del nuestro hasta el contrario polo.
El alto ingenio
y su valor declara
un licenciado tan amigo vuestro
cuanto ya sabéis que es JUAN DE VERGARA,
honra del siglo venturoso nuestro.
Por la senda qu'él sigue, abierta y clara,
yo mesma el paso y el ingenio adiestro,
y adonde él llega, de llegar me pago,
y en su ingenio y virtud me satisfago.
Otros quiero
nombrar, porque se estime
y tenga en precio mi atrevido canto,
el cual hará que ahora más le anime
y llegue allí donde el deseo levanto.
Y es este que me fuerza y que me oprime
a decir sólo dél, y cantar cuanto
canto de los ingenios más cabales,
el licenciado ALONSO DE MORALES.
Por la difícil
cumbre va subiendo
al temp[l]o de la Fama, y se adelanta,
un generoso mozo, el cual, rompiendo
por la dificultad que más espanta,
tan presto ha de llegar allá, que entiendo
que en profecía ya la fama canta
del lauro que le tiene aparejado
al licenciado HERNANDO MALDONADO.
La sabia frente
del laurel honroso
adornada veréis de aquél que ha sido
en todas sciencias y artes tan famoso
que es ya por todo el orbe conoscido.
Edad dorada, siglo venturoso,
que gozar de tal hombre has merescido:
¿cuál siglo, cuál edad ahora te llega,
si en ti está MARCO ANTONIO DE LA VEGA?
Un DIEGO se
me viene a la memoria,
que DE MENDOZA es cierto que se llama,
digno que sólo dél se hiciera historia
tal que llegara allí donde su fama.
Su sciencia y su virtud, que es tan notoria,
que ya por todo el orbe se derrama,
admira a los ausentes y presentes
de las remotas y cercanas gentes.
Un conoscido
el alto Febo tiene;
¿qué digo un conoscido?, un verdadero
amigo, con quien sólo se entretiene,
que es de toda sciencia tesorero.
Y es éste que de industria se detiene
a no comunicar su bien entero,
DIEGO DURÁN, en quien contino dura
y durará el valor, ser y cordura.
¿Quién
pensáis que es aquél que en voz sonora
sus ansias canta regaladamente,
aquél en cuyo pecho Febo mora,
el docto Orfeo y Arïón prudente?
Aquel que de los reinos del aurora
hasta los apartados de occidente
es conoscido, amado y estimado
por el famoso LÓPEZ MALDONADO.
¿Quién
pudiera loaros, mis pastores,
un pastor vuestro amado y conoscido,
pastor mejor de cuantos son mejores,
que de Fílida tiene el apellido?
La habi[li]dad, la sciencia, los primores,
el raro ingenio y el valor subido
de LUIS DE MONTALVO, le aseguran
gloria y honor mientras los cielos duran.
El sacro Ibero,
de dorado acanto,
de siempre verde yedra y blanca oliva
su frente adorne, y en alegre canto
su gloria y fama para siempre viva,
pues su antiguo valor ensalza tanto
que al fértil Nilo de su nombre priva
de PEDRO DE LIÑÁN la sotil pluma,
de todo el bien de Apolo cifra y suma.
De ALONSO
DE VALDÉS me está incitando
el raro y alto ingenio a que dél cante,
y que os vaya, pastores, declarando
que a los más raros pasa, y va adelante.
Halo mostrado ya, y lo va mostrando
en el fácil estilo y elegante
con que descubre el lastimado pecho
y alaba el mal qu'el fiero amor l'ha hecho.
Admíreos
un ingenio en quien se encierra
todo cuanto pedir puede el deseo,
ingenio que, aunque vive acá en la tierra,
del alto cielo es su caudal y arreo.
Ora trate de paz, ora de guerra,
todo cuanto yo miro, escucho y leo
del celebrado PEDRO DE PADILLA,
me causa nuevo gusto y maravilla.
Tú,
famoso GASPAR ALFONSO, ordenas,
según aspiras a inmortal subida,
que yo no pueda celebrarte apenas,
si te he de dar loor a tu medida.
Las plantas fertilísimas amenas
que nuestro celebrado monte anida,
todas ofrescen ricas laureolas
para ceñir y honrar tus sienes solas.
De CRISTÓBAL
DE MESA os digo cierto
que puede honrar vuestro sagrado valle;
no sólo en vida, más después de muerto
podéis con justo título alaballe.
De sus heroicos versos el concierto,
su grave y alto estilo, pueden dalle
alto y honroso nombre, aunque callara
la fama dél, y yo no me acordara.
Pues sabéis
cuánto adorna y enriquece
vuestras riberas PEDRO DE RIBERA,
dalde el honor, pastores, que meresce,
que yo seré en honrarle la primera.
Su dulce musa, su virtud, ofresce
un subjeto cabal donde pudiera
la fama y cien mil famas ocuparse,
y en solos sus loores estremarse.
Tú,
que de Luso el sin igual tesoro
trujiste en nueva forma a la ribera
del fértil río, a quien el lecho de oro
tan famoso le hace adonde quiera,
con el debido aplauso y el decoro
debido a ti, BENITO DE CALDERA,
y a tu ingenio sin par, prometo honrarte
y de lauro y de yedra coronarte.
De aquel que
la cristiana poesía
tan en su punto ha puesto en tanta gloria,
haga la fama y la memoria mía
famosa para siempre su memoria.
De donde nasce adonde muere el día,
la sciencia sea y la bondad notoria
del gran FRANCISCO DE GUZMÁN, qu'el arte
de Febo sabe, ansí como el de Marte.
Del capitán
SALCEDO está bien claro
que llega su divino entendimiento
al punto más subido, agudo y raro
que puede imaginar el pensamiento.
Si le comparo, a él mesmo le comparo,
que no hay comparación que llegue a cuento
de tamaño valor, que la medida
ha de mostrar ser falta o ser torcida.
Por la curiosidad
y entendimiento
de TOMÁS DE GRACIÁN, dadme licencia
que yo le escoja en este valle asiento
igual a su virtud, valor y sciencia,
el cual, si llega a su merescimiento,
será de tanto grado y preeminencia,
que, a lo que creo, pocos se le igualen:
tanto su ingenio y sus virtudes valen.
Agora, hermanas
bellas, de improviso,
BAPTISTA DE VIVAR quiere alabaros
con tanta discreción, gala y aviso,
que podáis, siendo musas, admiraros.
No cantará desdenes de Narciso,
que a Eco solitaria cuestan caros,
sino cuidados suyos que han nascido
entre alegre esperanza y triste olvido.
Un nuevo espanto,
un nuevo asombro y miedo
me acude y sobresalta en este punto,
sólo por ver que quiero y que no puedo
subir de honor al más subido punto
al grave BALTASAR, que DE TOLEDO
el sobrenombre tiene, aunque barrunto
que de su docta pluma el alto vuelo
le ha de subir hasta el impíreo cielo.
Muestra en
un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace su habitación ansí la sciencia,
como en la edad madura, antigua y cana.
No entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, LOPE DE VEGA.
De pacífica
oliva coronado,
ante mi entendimiento se presenta
agora el sacro Betis, indignado,
y de mi inadvertencia se lamenta.
Pide que en el discurso comenzado,
de los raros ingenios os dé cuenta
que en sus riberas moran, y yo ahora
harélo con la voz muy más sonora.
Mas, ¿qué
haré, que en los primeros pasos
que doy descubro mil estrañas cosas,
otros mil nuevos Pindos y Parnasos,
otros coros de hermanas más hermosas,
con que mis altos bríos quedan lasos,
y más cuando, por causas milagrosas,
oigo cualquier sonido servir de eco,
cuando se nombra el nombre de PACHECO?
Pacheco es
éste, con quien tiene Febo
y las hermanas tan discretas mías
nueva amistad, discreto trato y nuevo
desde sus tiernos y pequeños días.
Yo desde entonces hasta agora llevo
por tan estrañas desusadas vías
su ingenio y sus escriptos, que han llegado
al título de honor más encumbrado.
En punto estoy
donde, por más que diga
en alabanza del divino HERRERA,
será de poco fruto mi fatiga,
aunque le suba hasta la cuarta esfera.
Mas, si soy sospechosa por amiga,
sus obras y su fama verdadera
dirán que en sciencias es HERNANDO solo
del Gange al Nilo, y de uno al otro polo.
De otro FERNANDO
quiero daros cuenta,
que DE CANGAS se nombra, en quien se admira
el suelo, y por quien vive y se sustenta
la sciencia en quien al sacro lauro aspira.
Si al alto cielo algún ingenio intenta
de levantar y de poner la mira,
póngala en éste sólo, y dará al punto
en el más ingenioso y alto punto.
De don CRISTÓBAL,
cuyo sobrenombre
es de VILLAR[R]OEL, tened creído
que bien meresce que jamás su nombre
toque las aguas negras del olvido.
Su ingenio admire, su valor asombre,
y el ingenio y valor sea conoscido
por el mayor estremo que descubre
en cuanto mira el sol o el suelo encubre.
Los ríos
de elocuencia que del pecho
del grave antiguo Cicerón manaron;
los que al pueblo de Atenas satisfecho
tuvieron y a Demóstenes honraron;
los ingenios qu'el tiempo ha ya deshecho,
que tanto en los pasados se estimaron,
humíllense a la sciencia alta y divina
del maestro FRANCISCO DE MEDINA.
Puedes, famoso
Betis, dignamente
al Mincio, al Arno, al Tibre aventajarte,
y alzar contento la sagrada frente
y en nuevos anchos senos dilatarte,
pues quiso el cielo, que en tu bien consiste,
tal gloria, tal honor, tal fama darte,
cual te la adquiere a tus riberas bellas
BALTASAR DEL ALCÁZAR, que está en ellas.
Otro veréis
en quien veréis cifrada
del sacro Apolo la más rara sciencia,
que en otros mil subjectos derramada,
hace en todos de sí grave aparencia.
Mas, en este subjeto mejorada,
asiste en tantos grados de excelencia,
que bien puede MOSQUERA, el licenciado,
ser como el mesmo Apolo celebrado.
No se desdeña
aquel varón prudente,
que de sciencias adorna y enriquesce
su limpio pecho, de mirar la fuente
que en nuestro monte en sabias aguas cresce;
antes, en la sin par clara corriente
tanto la sed mitiga, que floresce
por ello el claro nombre acá en la tierra
del gran doctor DOMINGO DE BECERRA.
Del famoso
ESPINEL cosas diría
que exceden al humano entendimiento,
de aquellas sciencias que en su pecho cría
el divino de Febo sacro aliento;
mas, pues no puede de la lengua mía
decir lo menos de lo más que siento,
no diga más sino que al cielo aspira,
ora tome la pluma, ora la lira.
Si queréis
ver en una igual balanza
al rubio Febo y colorado Marte,
procurad de mirar al gran CARRANZA,
de quien el uno y otro no se parte.
En él veréis, amigas, pluma y lanza
con tanta discreción, destreza y arte,
que la destreza, en partes dividida,
la tiene a sciencia y arte reducida.
De LÁZARO
LUIS IRANZO, lira
templada había de ser más que la mía,
a cuyo son cantase el bien que inspira
en él el cielo, y el valor que cría.
Por las sendas de Marte y Febo aspira
a subir do la humana fantasía
apenas llega; y él, sin duda alguna,
llegará contra el hado y la fortuna.
BALTASAR DE
ESCOBAR, que agora adorna
del Tíber las riberas tan famosas,
y con su larga ausencia desadorna
las del sagrado Betis espaciosas;
fértil ingenio, si por dicha torna
al patrio amado suelo, a sus honrosas
y juveniles sienes les ofrezco
el lauro y el honor que yo merezco.
¿Qué
título, qué honor, qué palma o lauro
se le debe a JUAN SANZ, que DE ZUMETA
se nombra, si del Indo al Rojo Mauro
cual su musa no hay otra tan perfecta?
Su fama aquí de nuevo le restauro
con deciros, pastores, cuán acepta
será de Apolo cualquier honra y lustre
que a Zumeta hagáis que más le lustre.
Dad a JUAN
DE LAS CUEVAS el debido
lugar, cuando se ofrezca en este asiento,
pastores, pues lo tiene merescido
su dulce musa y raro entendimiento.
Sé que sus obras del eterno olvido,
a despecho y pesar del violento
curso del tiempo, librarán su nombre,
quedando con un claro alto renombre.
Pastores,
si le viéredes, honraldo
al famoso varón que os diré ahora
y en graves dulces versos celebraldo,
como a quien tanto en ellos se mejora.
El sobrenombre tiene DE VIVALDO;
de ADAM el nombre, el cual ilustra y dora
con su florido ingenio y excelente
la venturosa nuestra edad presente.
Cual suele
estar de variadas flores
adorno y rico el más florido mayo,
tal de mil varias sciencias y primores
está el ingenio de don JUAN AGUAYO.
Y, aunque más me detenga en sus loores,
sólo sabré deciros que me ensayo
ahora, y que otra vez os diré cosas
tales que las tengáis por milagrosas.
De JUAN GUTIÉRREZ
RUFO el claro nombre
quiero que viva en la inmortal memoria,
y que al sabio y al simple admire, asombre
la heroica que compuso ilustre historia.
Déle el sagrado Betis el renombre
que su estilo meresce; denle gloria
los que pueden y saben; déle el cielo
igual la fama a su encumbrado vuelo.
En don LUIS
DE GÓNGORA os ofrezco
un vivo raro ingenio sin segundo;
con sus obras me alegro y enriquezco
no sólo yo, mas todo el ancho mundo.
Y si, por lo que os quiero, algo merezco,
haced que su saber alto y profundo
en vuestras alabanzas siempre viva
contra el ligero tiempo y muerte esquiva.
Ciña
el verde laurel, la verde yedra,
y aun la robusta encina, aquella frente
de GONZALO CERVANTES SAAVEDRA,
pues la deben ceñir tan justamente.
Por él la sciencia más de Apolo medra;
en él Marte nos muestra el brío ardiente
de su furor, con tal razón medido
que por él es amado y es temido.
Tú,
que de Celidón, con dulce plectro
heciste resonar el nombre y fama,
cuyo admirable y bien limado metro
a lauro y triunfo te convida y llama,
rescibe el mando, la corona y cetro,
GONZALO GÓMEZ, désta que te ama,
en señal que meresce tu persona
el justo señorío de Helicona.
Tú,
Dauro, de oro conoscido río,
cual bien agora puedes señalarte,
y con nueva corriente y nuevo brío
al apartado Idaspe aventajarte,
pues GONZALO MATEO DE BERRÍO
tanto procura con su ingenio honrarte,
que ya tu nombre la parlera fama,
por él, por todo el mundo le derrama.
Tejed de verde
lauro una corona,
pastores, para honrar la digna frente
del licenciado SOTO BARAHONA,
varón insigne, sabio y elocuente.
En él el licor sancto de Helicona,
si se perdiera en la sagrada fuente,
se pudiera hallar, ¡oh estraño caso!,
como en las altas cumbres del Parnaso.
De la región
antártica podría
eternizar ingenios soberanos,
que si riquezas hoy sustenta y cría,
también entendimientos sobrehumanos.
Mostrarlo puedo en muchos este día,
y en dos os quiero dar llenas las manos:
uno, de Nueva España y nuevo Apolo;
del Perú, el otro, un sol único y solo.
FRANCISCO,
el uno, DE TERRAZAS, tiene
el nombre acá y allá tan conoscido,
cuya vena caudal nueva Hipocrene
ha dado al patrio venturoso nido.
La mesma gloria al otro igual le viene,
pues su divino ingenio ha producido
en Arequipa eterna primavera,
que éste es DIEGO MARTÍNEZ DE RIBERA.
Aquí,
debajo de felice estrella,
un resplandor salió tan señalado,
que de su lumbre la menor centella
nombre de oriente al occidente ha dado.
Cuando esta luz nasció, nasció con ella
todo el valor, nasció ALONSO PICADO;
nasció mi hermano y el de Palas junto,
que ambas vimos en él vivo transumpto.
Pues si he
de dar la gloria a ti debida,
gran ALONSO DE ESTRADA, hoy eres digno
que no se cante así tan de corrida
tu ser y entendimiento peregrino.
Contigo está la tierra enriquescida
que al Betis mil tesoros da contino,
y aun no da el cambio igual: que no hay tal paga
que a tan dichosa deuda satisfaga.
Por prenda
rara desta tierra ilustre,
claro don JUAN, te nos ha dado el cielo,
DE ÁVALOS gloria, Y DE RIBERA lustre,
honra del proprio y del ajeno suelo.
Dichosa España, do por más de un lustre
muestra serán tus obras y modelo
de cuanto puede dar naturaleza
de ingenio claro y singular nobleza.
El que en
la dulce patria está contento,
las puras aguas de Limar gozando,
la famosa ribera, el fresco viento
con sus divinos versos alegrando,
venga, y veréis por summa deste cuento,
su heroico brío y discreción mirando,
que es SANCHO DE RIBERA, en toda parte
Febo primero, y sin segundo Marte.
Este mesmo
famoso insigne valle
un tiempo al Betis usurpar solía
un nuevo Homero, a quien podemos dalle
la corona de ingenio y gallardía.
Las Gracias le cortaron a su talle,
y el cielo en todas lo mejor le envía;
éste, ya en vuestro Tajo conoscido,
PEDRO DE MONTESDOCA es su apellido.
En todo cuanto
pedirá el deseo,
un DIEGO ilustre DE AGUILAR admira,
un águila real que en vuelo veo
alzarse a do llegar ninguno aspira.
Su pluma entre cien mil gana trofeo,
que, ante ella, la más alta se retira;
su estilo y su valor tan celebrado
Guánuco lo dirá, pues lo ha gozado.
Un GONZALO
FERNÁNDEZ se me ofresce,
gran capitán del escuadrón de Apolo,
que hoy DE SOTOMAYOR ensoberbece
el nombre, con su nombre heroico y solo.
En verso admira, y en saber floresce
en cuanto mira el uno y otro polo;
y si en la pluma en tanto grado agrada,
no menos es famoso por la espada.
De un ENRIQUE
GARCÉS, que al piruano
reino enriquece, pues con dulce rima,
con subtil, ingeniosa y fácil mano,
a la más ardua empresa en él dio cima,
pues en dulce español al gran toscano
nuevo lenguaje ha dado y nueva estima,
¿quién será tal que la mayor le quite,
aunque el mesmo Petrarca resucite?
Un RODRIGO
FERNÁNDEZ DE PINEDA,
cuya vena inmortal, cuya excelente
y rara habilidad gran parte hereda
del licor sacro de la equina fuente,
pues cuanto quiere dél no se le veda,
pues de tal gloria goza en occidente,
tenga también aquí tan larga parte,
cual la merescen hoy su ingenio y parte.
Y tú,
que al patrio Betis has tenido
lleno de envidia, y con razón quejoso
de que otro cielo y otra tierra han sido
testigos de tu canto numeroso,
alégrate, que el nombre esclarescido
tuyo, JUAN DE MESTANZA, generoso,
sin segundo será por todo el suelo
mientras diere su luz el cuarto cielo.
Toda la suavidad
que en dulce vena
se puede ver, veréis en uno solo,
que al son sabroso de su musa enfrena
la furia al mar, el curso al dios Eolo.
El nombre déste es BALTASAR DE ORENA,
cuya fama del uno al otro polo
corre ligera, y del oriente a ocaso,
por honra verdadera de Parnaso.
Pues de una
fértil y preciosa planta,
de allá traspuesta en el mayor collado
que en toda la Tesalia se levanta,
planta que ya dichoso fruto ha dado,
callaré yo lo que la fama canta
del ilustre don PEDRO DE ALVARADO,
ilustre, pero ya no menos claro,
por su divino ingenio, al mundo raro.
Tú,
que con nueva musa extraordinaria,
CAIRASCO, cantas del amor el ánimo
y aquella condición del vulgo varia
donde se opone al fuerte el pusilánimo;
si a este sitio de la Gran Canaria
vinieres, con ardor vivo y magnánimo
mis pastores ofrecen a tus méritos
mil lauros, mil loores beneméritos.
¿Quién
es, ¡oh anciano Tormes!, el que niega
que no puedes al Nilo aventajarte,
si puede sólo el licenciado VEGA
más que Títiro al Mincio celebrarte?
Bien sé, DAMIÁN, que vuestro ingenio llega
do alcanza deste honor la mayor parte,
pues sé, por muchos años de experiencia,
vuestra tan sin igual virtud y sciencia.
Aunque el
ingenio y la elegancia vuestra,
FRANCISCO SÁNCHEZ, se me concediera,
por torpe me juzgara y poco diestra,
si a querer alabaros me pusiera.
Lengua del cielo única y maestra
tiene de ser la que por la carrera
de vuestras alabanzas se dilate,
que hacerlo humana lengua es disparate.
Las raras
cosas y en estilo nuevas
que un espíritu muestran levantado,
en cien mil ingeniosas, arduas pruebas,
por sabio conoscido y estimado,
hacen que don FRANCISCO DE LAS CUEVAS
por mí sea dignamente celebrado,
en tanto que la fama pregonera
no detuviere su veloz carrera.
Quisiera rematar
mi dulce canto
en tal sazón, pastores, con loaros
un ingenio que al mundo pone espanto
y que pudiera en éstasis robaros.
En él cifro y recojo todo cuanto
he mostrado hasta aquí y he de mostraros:
FRAY LUIS DE LEÓN es el que digo,
a quien yo reverencio, adoro y sigo.
¿Qué
modos, qué caminos o qué vías
de alabar buscaré para qu'el nombre
viva mil siglos de aquel gran MATÍAS
que DE ZÚÑIGA tiene el sobrenombre?
A él se den las alabanzas mías,
que, aunque yo soy divina y él es hombre,
por ser su ingenio, como lo es, divino,
de mayor honra y alabanza es digno.
Volved el
presuroso pensamiento
a las riberas de Pisuerga bellas:
veréis que augmentan este rico cuento
claros ingenios con quien se honran ellas.
Ellas no sólo, sino el firmamento,
do lucen las claríficas estrellas,
honrarse puede bien cuando consigo
tenga allá los varones que aquí digo.
Vos, DAMASIO
DE FRÍAS, podéis solo
loaros a vos mismo, pues no puede
hacer, aunque os alabe el mesmo Apolo,
que en tan justo loor corto no quede.
Vos sois el cierto y el seguro polo
por quien se guía aquel que le sucede
en el mar de las sciencias buen pasaje,
propicio viento y puerto en su viaje.
ANDRÉS
SANZ DE PORTILLO, tú me envía
aquel aliento con que Febo mueve
tu sabia pluma y alta fantasía,
porque te dé el loor que se te debe.
Que no podrá la ruda lengua mía,
por más caminos que aquí tiente y pruebe,
hallar alguno así cual le deseo
para loar lo que en ti siento y veo.
Felicísimo
ingenio, que te encumbras
sobre el que más Apolo ha levantado,
y con tus claros rayos nos alumbras
y sacas del camino más errado;
y, aunque ahora con ella me deslumbras
y tienes a mi ingenio alborotado,
yo te doy sobre muchos palma y gloria,
pues a mí me la has dado, doctor SORIA.
Si vuestras
obras son tan estimadas,
famoso CANTORAL, en toda parte,
serán mis alabanzas escusadas,
si en nuevo modo no os alabo, y arte.
Con las palabras más calificadas,
con cuanto ingenio el cielo en mí reparte,
os admiro y alabo aquí callando,
y llego do llegar no puedo hablando.
Tú,
HIERÓNIMO VACA Y DE QUIÑONES,
si tanto me he tardado en celebrarte,
mi pasado descuido es bien perdones,
con la enmienda que ofrezco de mi parte.
De hoy más en claras voces y pregones,
en la cubierta y descubierta parte
del ancho mundo, haré con clara llama
lucir tu nombre y estender tu fama.
Tu verde y
rico margen, no de nebro,
ni de ciprés funesto enriquescido,
claro, abundoso y conoscido Ebro,
sino de lauro y mirto florescido,
ahora como puedo le celebro,
celebrando aquel bien qu'han concedido
el cielo a tus riberas, pues en ellas
moran ingenios claros más que estrellas.
Serán
testigo desto dos hermanos,
dos luceros, dos soles de poesía,
a quien el cielo con abiertas manos
dio cuanto ingenio y arte dar podía.
Edad temprana, pensamientos canos,
maduro trato, humilde fantasía,
labran eterna y digna laureola
a LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA.
Con sancta
envidia y competencia sancta
parece qu'el menor hermano aspira
a igualar al mayor, pues se adelanta
y sube do no llega humana mira.
Por esto escribe y mil sucesos canta
con tan suave y acordada lira,
que este BARTOLOMÉ menor meresce
lo que al mayor, Lupercio, se le ofresce.
Si el buen
principio y medio da esperanza
que el fin ha de ser raro y excelente,
en cualquier caso ya mi ingenio alcanza
qu'el tuyo has de encumbrar, COSME PARIENTE.
Y así, puedes, con cierta confianza,
prometer a tu sabia honrosa frente
la corona que tiene merescida
tu claro ingenio, tu inculpable vida.
En soledad,
del cielo acompañado,
vives, ¡oh gran MORILLO!, y allí muestras
que nunca dejan tu cristiano lado
otras musas más sanctas y más diestras.
De mis hermanas fuiste alimentado,
y ahora, en pago dello, nos adiestras
y enseñas a cantar divinas cosas,
gratas al cielo, al suelo provechosas.
Turia, tú
que otra vez con voz sonora
cantaste de tus hijos la excelencia,
si gustas de escuchar la mía ahora,
formada no en envidia o competencia,
oirás cuánto tu fama se mejora
con los que yo diré, cuya presencia,
valor, virtud, ingenio, te enriquecen
y sobre el Indo y Gange te engrandecen.
¡Oh
tú, don JUAN COLOMA, en cuyo seno
tanta gracia del cielo se ha encerrado,
que a la envidia pusiste en duro freno
y en la fama mil lenguas has criado,
con que del gentil Tajo al fértil Reno
tu nombre y tu valor va levantado!
Tú, conde de Elda, en todo tan dichoso,
haces el Turia más qu'el Po famoso.
Aquel en cuyo
pecho abunda y llueve
siempre una fuente que es por él divina,
y a quien el coro de sus lumbres nueve
como a señor con gran razón se inclina,
a quien único nombre se le debe
de la etíope hasta la gente austrina,
don LUIS GARCERÁN es sin segundo,
maestre de Montesa y bien del mundo.
Meresce bien
en este insigne valle
lugar ilustre, asiento conoscido,
aquel a quien la fama quiere dalle
el nombre que su ingenio ha merescido.
Tenga cuidado el cielo de loalle,
pues es del cielo su valor crescido:
el cielo alabe lo que yo no puedo
del sabio don ALONSO REBOLLEDO.
Alzas, doctor
FALCÓN, tan alto el vuelo,
que al águila caudal atrás te dejas,
pues te remontas con tu ingenio al cielo
y deste valle mísero te alejas.
Por esto temo y con razón recelo
que, aunque te alabe, formarás mil quejas
de mí, porque en tu loa noche y día
no se ocupa la voz y lengua mía.
Si tuviera,
cual tiene la Fortuna,
la dulce poesía varia rueda,
ligera y más movible que la luna,
que ni estuvo, ni está, ni estará queda,
en ella, sin hacer mudanza alguna,
pusiera sólo a MICER ARTIEDA,
y el más alto lugar siempre ocupara,
por sciencias, por ingenio y virtud rara.
Todas cuantas
bien dadas alabanzas
diste a raros ingenios, ¡oh GIL POLO!,
tú las mereces solo y las alcanzas,
tú las alcanzas y mereces solo.
Ten ciertas y seguras esperanzas
que en este valle un nuevo mauseolo
te harán estos pastores, do guardadas
tus cenizas serán y celebradas.
CRISTÓBAL
DE VIRUÉS, pues se adelanta
tu sciencia y tu valor tan a tus años,
tú mesmo aquel ingenio y virtud canta
con que huyes del mundo los engaños.
Tierna, dichosa y bien nascida planta,
yo haré que en proprios reinos y en estraños
el fruto de tu ingenio levantado
se conozca, se admire y sea estimado.
Si conforme
al ingenio que nos muestra
SILVESTRE DE ESPINOSA, así se hubiera
de loar, otra voz más viva y diestra,
más tiempo y más caudal menester fuera.
Mas, pues la mía a su intención adiestra,
yo [le] daré por paga verdadera,
con el bien que del dios de Delo tiene,
el mayor de las aguas de Hipocrene.
Entre éstos,
como Apolo, venir veo,
hermoseando al mundo con su vista,
al discreto galán GARCÍA ROMEO,
dignísimo de estar en esta lista.
Si la hija del húmido Peneo,
de quien ha sido Ovidio coronista,
en campos de Tesalia le hallara,
en él y no en laurel se transformara.
Rompe el silencio
y sancto encerramiento,
traspasa el aire, al cielo se levanta
de fray PEDRO DE HUETE aquel acento
de su divina musa, heroica y sancta.
Del alto suyo raro entendimiento
cantó la fama, ha de cantar y canta,
llevando, para dar al mundo espanto,
sus obras por testigos de su canto.
Tiempo es
ya de llegar al fin postrero,
dando principio a la mayor hazaña
que jamás emprendí, la cual espero
que ha de mover al blando Apolo a saña,
pues, con ingenio rústico y grosero,
a dos soles que alumbran vuestra España
-no sólo a España, mas al mundo todo-
pienso loar, aunque me falte el modo.
De Febo la
sagrada honrosa sciencia,
la cortesana discreción madura,
los bien gastados años, la experiencia,
que mil sanos consejos asegura;
la agudeza de ingenio, el advertencia
en apuntar y en descubrir la escura
dificultad y duda que se ofrece,
en estos soles dos sólo floresce.
En ellos un
epílogo, pastores,
del largo canto mío ahora hago,
y a ellos enderezo los loores
cuantos habéis oído, y no los pago:
que todos los ingenios son deudores
a estos de quien yo me satisfago;
satisfácese dellos todo el suelo,
y aun los admira, porque son del cielo.
Estos quiero
que den fin a mi canto,
y a nueva admiración comienzo;
y si pensáis que en esto me adelanto,
cuando os diga quién son, veréis que os venzo.
Por ellos hasta el cielo me levanto,
y sin ellos me corro y me avergüenzo:
tal es LAÍNEZ, tal es FIGUEROA,
dignos de eterna y de incesable loa.
No había
aún bien acabado la hermosa ninfa los últimos acentos de
su sabroso canto, cuando, tornándose a juntar las llamas, que divididas
estaban, la cerraron en medio, y luego poco a poco consumiéndose,
en breve espacio desapareció el ardiente fuego y la discreta musa
delante de los ojos de todos, a tiempo que ya la clara aurora comenzaba
a descubrir sus frescas y rosadas mejillas por el espacioso cielo, dando
alegres muestras del venidero día. Y luego el venerable Telesio,
puniéndose encima de la sepultura de Meliso, y rodeado de toda
la agradable compañía que allí estaba, prestándole
todos una agradable atención y estraño silencio, desta manera
comenzó a decirles:
-Lo que esta pasada noche en este mesmo lugar y por vuestros mesmos ojos
habéis visto, discretos y gallardos pastores y hermosas pastoras,
os habrá dado a entender cuán acepta es al cielo la loable
costumbre que tenemos de hacer estos anales sacrificios y honrosas obsequias
por las felices almas de los cuerpos que por decreto vuestro en este famoso
valle tener sepultura merescieron. Dígoos esto, amigos míos,
porque de aquí adelante con más fervor y diligencia acudáis
a poner en efecto tan sancta y famosa obra, pues ya veis de cuán
raros y altos espíritus nos ha dado noticia la bella Calíope,
que todos son dignos, no sólo de las vuestras, pero de todas las
posibles alabanzas. Y no penséis que es pequeño el gusto
que he rescibido en saber por tan verdadera relación cuán
grande es el número de los divinos ingenios que en nuestra España
hoy viven, porque siempre ha estado y está en opinión de
todas las naciones estranjeras que no son muchos, sino pocos, los espíritus
que en la sciencia de la poesía en ella muestran que le tienen
levantado, siendo tan al revés como se parece, pues cada uno de
los que la ninfa ha nombrado al más agudo estranjero se aventaja,
y darían claras muestras dello, si en esta nuestra España
se estimase en tanto la poesía como en otras provincias se estima.
Y así, por esta causa, los insignes y claros ingenios que en ella
se aventajan, con la poca estimación que dellos los príncipes
y el vulgo hacen, con solos sus entendimientos comunican sus altos y estraños
conceptos, sin osar publicarlos al mundo; y tengo para mí que el
cielo debe de ordenarlo desta manera, porque no meresce el mundo ni el
mal considerado siglo nuestro gozar de manjares al alma tan gustosos.
Mas, porque me parece, pastores, que el poco sueño desta pasada
noche y las largas ceremonias nuestras os tendrán algún
tanto fatigados y deseosos de reposo, será bien que, haciendo lo
poco que nos falta para cumplir nuestro intento, cada uno se vuelva a
su cabaña o al aldea, llevando en la memoria lo que la musa nos
deja encomendado.
Y, en diciendo esto, se abajó de la sepultura; y, tornándose
a coronar de nuevas y funestas ramas, tornó a rodear la pira tres
veces, siguiéndole todos y acompañándole en algunas
devotas oraciones que decía. Esto acabado, teniéndole todos
en medio, volvió el grave rostro a una y otra parte, y, bajando
la cabeza y mostrando agradescido semblante y amorosos ojos, se despidió
de toda la compañía, la cual, yéndose quién
por una y quién por otra parte de las cuatro salidas que aquel
sitio tenía, en poco espacio se deshizo y dividió toda,
quedando solos los del aldea de Aurelio, y con ellos Timbrio, Silerio,
Nísida y Blanca, con los famosos pastores Elicio, Tirsi, Damón,
Lauso, Erastro, Daranio, Arsindo y los cuatro lastimados Orompo, Marsilo,
Crisio y Orfinio, con las pastoras Galatea, Florisa, Silveria y su amiga
Belisa, por quien Marsilo moría. Juntos, pues, todos estos, el
venerable Aurelio les dijo que sería bien partirse luego de aquel
lugar, para llegar a tiempo de pasar la siesta en el arroyo de las Palmas,
pues tan acomodado sitio era para ello. A todos pareció bien lo
que Aurelio decía; y luego, con reposados pasos, hacia donde él
dijo se encaminaron. Mas, como la hermosa vista de la pastora Belisa no
dejase reposar los espíritus de Marsilo, quisiera él, si
pudiera y le fuera lícito, llegarse a ella y decirle la sinrazón
que con él usaba; mas, por no perder el decoro que a la honestidad
de Belisa se debía, estábase el triste más mudo de
lo que había menester su deseo. Los mesmos efectos y accidentes
hacía amor en las almas de los enamorados Elicio y Erastro, que
cada cual por sí quisiera decir a Galatea lo que ya ella bien sabía.
A esta sazón, dijo Aurelio:
-No me parece bien, pastores, que os mostréis tan avaros que no
queráis corresponder y pagar lo que debéis a las calandrias
y ruiseñoles y a los otros pintados pajarillos que por entre estos
árboles con su no aprendida y maravillosa armonía os van
entretiniendo y regocijando. Tocad vuestros instrumentos y levantad vuestras
sonoras voces, y mostraldes que el arte y destreza vuestra en la música
a la natural suya se aventaja; y con tal entretenimiento sentiremos menos
la pesadumbre del camino y los rayos del sol, que ya parece que van amenazando
el rigor con que esta siesta han de herir la tierra.
Poco fue menester para ser Aurelio obedecido, porque luego Erastro tocó
su zampoña y Arsindo su rabel, al son de los cuales instrumentos,
dando todos la mano a Elicio, él comenzó a cantar desta
manera:
ELICIO
Por lo imposible peleo,
y si quiero retirarme,
ni paso ni senda veo;
que hasta vencer o acabarme,
tras sí me lleva el deseo.
Y, aunque sé que aquí es forzoso
antes morir que vencer,
cuando estoy más peligroso,
entonces vengo a tener
mayor fe en lo más dudoso.
El cielo que
me condemna
a no esperar buena andanza,
me da siempre a mano llena,
sin las sombras de esperanza,
mil certidumbres de pena.
Mas mi pecho valeroso,
que se abrasa y se resuelve
en vivo fuego amoroso,
en contracambio, le vuelve
mayor fe en lo más dudoso.
Inconstancia,
firme duda,
falsa fe, cierto temor,
voluntad de amor desnuda,
nunca turban el amor
que de firme no se muda.
Vuele el tiempo presuroso,
suceda ausencia o desdén,
crezca el mal, mengüe el reposo,
que yo tendré por mi bien
mayor fe en lo más dudoso.
¿No
es conoscida locura
y notable desvarío
querer yo lo que ventura
me niega, y el hado mío
y la suerte no asegura?
De todo estoy temeroso;
no hay gusto que me entretenga,
y en trance tan peligroso,
me hace el amor que tenga
mayor fe en lo más dudoso.
Alcanzo de
mi dolor
que está en tal término puesto,
que llega donde el amor;
y el imaginar en esto,
tiempla en parte su rigor.
De pobre y menesteroso,
doy a la imaginación
alivio tan congojoso,
porque tenga el corazón
mayor fe en lo más dudoso.
Y más
agora, que vienen
de golpe todos los males;
y para que más me penen,
aunque todos son mortales,
en la vida me entretienen.
Mas, en fin, si un fin hermoso
nuestra vida en honra sube,
el mío me hará famoso,
porque en muerte y vida tuve
mayor fe en lo más dudoso.
Parecióle
a Marsilo que lo que Elicio había cantado tan a su propósito
hacía, que quiso seguirle en el mesmo concepto; y así, sin
esperar que otro le tomase la mano, al son de los mesmos instrumentos,
desta manera comenzó a cantar:
MARSILO
¡Cuán fácil cosa es llevarse
el viento las esperanzas
que pudieron fabricarse
de las vanas confianzas
que suelen imaginarse!
Todo concluye y fenece:
las esperanzas de amor,
los medios qu'el tiempo ofresce;
mas en el buen amador
sola la fe permanece.
Ella en mí
tal fuerza alcanza,
que, a pesar de aquel desdén,
lleno de desconfianza,
siempre me asegura un bien
que sustenta la esperanza.
Y, aunqu'el amor desfallece
en el blanco, airado pecho
que tanto mis males cresce,
en el mío, a su despecho,
sola la fe permanece.
Sabes, amor,
tú, que cobras
tributo de mi fe cierta,
y tanto en cobrarle sobras,
que mi fe nunca fue muerta,
pues se aviva con mis obras.
Y sabes bien que descrece
toda mi gloria y contento
cuanto más tu furia cresce,
y que en mi alma de asiento
sola la fe permanece.
Pero si es
cosa notoria,
y no hay poner duda en ella,
que la fe no entra en la gloria,
yo, que no estaré sin ella,
¿qué triunfo espero o victoria?
Mi sentido desvanece
con el mal que se figura;
todo el bien desaparece;
y entre tanta desventura,
sola la fe permanece.
Con un profundo
sospiro dio fin a su canto el lastimado Marsilo; y luego Erastro, dando
su zampoña, sin más detenerse, desta manera comenzó
a cantar:
ERASTRO
En el mal que me lastima
y en el bien de mi dolor,
es mi fe de tanta estima
que ni huye del temor,
ni a la esperanza se arrima.
No la turba o desconcierta
ver que está mi pena cierta
en su difícil subida,
ni que consumen la vida
fe viva, esperanza muerta.
Milagro es
éste en mi mal;
mas eslo porque mi bien,
si viene, venga a ser tal,
que, entre mil bienes, le den
la palma por principal.
La fama, con lengua experta,
dé al mundo noticia cierta
qu'el firme amor se mantiene
en mi pecho, adonde tiene
fe viva, esperanza muerta.
Vuestro desdén
riguroso
y mi humilde merescer,
me tienen tan temeroso
que, ya que os supe querer,
ni puedo hablaros, ni oso.
Veo de contino abierta
a mi desdicha la puerta,
y que acabo poco a poco,
porque con vos valen poco
fe viva, esperanza muerta.
No llega a
mi fantasía
un tan loco desvaneo,
como es pensar que podría
el menor bien que deseo
alcanzar por la fe mía.
Podéis, pastora, estar cierta
qu'el alma rendida acierta
a amaros cual merecéis,
pues siempre en ella hallaréis
fe viva, esperanza muerta.
Calló
Erastro; y luego, el ausente Crisio, al son de los mesmos instrumentos,
desta suerte comenzó a cantar:
CRISIO
Si a las veces desespera
del bien la firme afición,
quien desmaya en la carrera
de la amorosa pasión,
¿qué fruto o qué premio espera?
Yo no sé quien se asegura
gloria, gustos y ventura
por un ímpetu amoroso,
si en él y en el más dichoso
no es fe la fe que no dura.
En mil trances
ya sabidos
se han visto, y en los de amores,
los soberbios y atrevidos,
al principio vencedores,
y a la fin quedar vencidos.
Sabe el que tiene cordura
que en la firmeza se apura
el triunfo de la batalla,
y sabe que, aunque se halla,
no es fe la fe que no dura.
En el que
quisiere amar
no más de por su contento,
es imposible durar
en su vano pensamiento
la fe que se ha de guardar.
Si en la mayor desventura
mi fe tan firme y segura
como en el bien no estuviera,
yo mismo della dijera:
no es fe la fe que no dura.
El ímpetu
y ligereza
de un nuevo amador insano,
los llantos y la tristeza,
son nubes que en el verano
se deshacen con presteza.
No es amor el que le apura,
sino apetito y locura,
pues cuando quiere, no quiere:
no es amante el que no muere,
no es fe la fe que no dura.
A todos pareció
bien la orden que los pastores en sus canciones guardaban, y con deseo
atendían a que Tirsi o Damón comenzasen; mas presto se le
cumplió Damón, pues, en acabando Crisio, al son de su mesmo
rabel, cantó desta manera:
DAMÓN
Amarili, ingrata y bella,
¿quién os podrá enternecer,
si os vienen a endurescer
las ansias de mi querella
y la fe de mi querer?
¡Bien sabéis, pastora, vos
que en el amor que mantengo
a tan alto estremo vengo
que, después de la de Dios,
sola es fe la fe que os tengo!
Y, puesto
que subo tanto
en amar cosa mortal,
tal bien encierra mi mal,
que al alma por él levanto
a su patria natural.
Por esto conozco y sé
que tal es mi amor, tan luengo
como muero y me entretengo,
y que, si en amor hay fe,
sola es fe la fe que os tengo.
Los muchos
años gastados
en amorosos servicios,
del alma los sacrificios,
de mi fe y de mis cuidados
dan manifiestos indicios.
Por esto no os pediré
remedio al mal que sostengo;
y si a pedírosle vengo,
es, Amarili, porque
sola es fe la fe que os tengo.
En el mar
de mi tormenta
jamás he visto bonanza,
y aquella alegre esperanza
con quien la fe se sustenta,
de la mía no se alcanza.
Del amor y de fortuna
me quejo; mas no me vengo,
pues por ellas a tal vengo
que, sin esperanza alguna,
sola es fe la fe que os tengo.
El canto de
Damón acabó de confirmar en Timbrio y en Silerio la buena
opinión que del raro ingenio de los pastores que allí estaban
habían concebido; y más cuando, a persuasión de Tirsi
y de Elicio, el ya libre y desdeñoso Lauso, al son de la flauta
de Arsindo, soltó la voz en semejantes versos:
LAUSO
Rompió el desdén tus cadenas,
falso amor, y a mi memoria
el mesmo ha vuelto la gloria
de la ausencia de tus penas.
Llame mi fe quien quisiere
antojadiza, y no firme,
y en su opinión me confirme
como más le pareciere.
Diga que presto olvidé,
y que de un sotil cabello,
que un soplo pudo rompello,
colgada estaba mi fe.
Digan que fueron fingidos
mis llantos y mis sospiros,
y que del Amor los tiros
no pasaron mis vestidos.
Que no el ser llamado vano
y mudable me atormenta,
a trueco de ver esenta
mi cerviz del yugo insano.
Sé yo bien quién es Silena
y su condición estraña,
y que asegura y engaña
su apacible faz serena.
A su estraña gravedad
y a sus bajos bellos ojos,
no es mucho dar los despojos
de cualquiera voluntad.
Esto en la vista primera;
mas, después de conoscida,
por no verla, dar la vida,
y más, si más se pudiera.
Silena del cielo y mía,
muchas veces la llamaba
porque tan hermosa estaba
que del cielo parecía;
Mas ahora, sin recelo,
mejor la podré llamar
serena falsa del mar,
que no Silena del cielo.
Con los ojos, con la pluma,
con las veras y los juegos,
de amantes vanos y ciegos
prende innumerable suma.
Siempre es primero el postrero;
mas el más enamorado
al cabo es tan maltratado
cuanto querido primero.
¡Oh cuánto más se estimara
de Silena la hermosura,
si el proceder y cordura
a su belleza igualara!
No le falta discreción;
mas empléala tan mal,
que le sirve de dogal
que ahoga su presumpción.
Y no hablo de corrido,
pues sería apasionado,
pero hablo de engañado
y sin razón ofendido.
Ni me ciega la pasión,
ni el deseo de su mengua:
que siempre siguió mi lengua
los términos de razón.
Sus muchos antojos varios,
su mudable pensamiento,
le vuelven cada momento
los amigos en contrarios.
Y pues hay por tantos modos
enemigos de Silena,
o ella no es toda buena,
o son ellos malos todos.
Acabó
Lauso su canto; y, aunque él creyó que ninguno le entendía,
por ignorar el disfrazado nombre de Silena, más de tres de los
que allí iban la conoscieron, y aun se maravillaron que la modestia
de Lauso a ofender alguno se estendiese: principalmente a la disfrazada
pastora, de quien tan enamorado le habían visto. Pero en la opinión
de Damón, su amigo, quedó bien disculpado, porque conoscía
el término de Silena y sabía el que con Lauso había
usado, y de lo que no dijo se maravillaba. Acabó, como se ha dicho,
Lauso; y, como Galatea estaba informada del estremo de la voz de Nísida,
quiso, por obligarla, cantar ella primero; y por esto, antes que otro
pastor comenzase, haciendo señal a Arsindo que en tañer
su flauta procediese, al son della, con su estremada voz, cantó
desta manera:
GALATEA
Tanto cuanto el amor convida y llama
al alma con sus gustos de aparencia,
tanto más huye su mortal dolencia
quien sabe el nombre que le da la fama.
Y el pecho opuesto a su amorosa llama,
armado de una honesta resistencia,
poco puede empecerle su inclemencia,
poco su fuego y su rigor le inflama.
Segura está, quien nunca fue querida
ni supo querer bien, de aquella lengua
que en su deshonra se adelgaza y lima;
mas si el querer y el no querer da mengua,
¿en qué ejercicios pasará la vida
la que más que al vivir la honra estima?
Bien se echó
de ver en el canto de Galatea que respondía al malicioso de Lauso,
y que no estaba mal con las voluntades libres, sino con las lenguas maliciosas
y los ánimos dañados, que, en no alcanzando lo que quieren,
convierten el amor que un tiempo mostraron en un odio malicioso y detestable,
como ella en Lauso imaginaba; pero quizá saliera deste engaño,
si la buena condición de Lauso conosciera y la mala de Silena no
ignorara. Luego que Galatea acabó de cantar, con corteses palabras
rogó a Nísida que lo mesmo hiciese; la cual, como era tan
comedida como hermosa, sin hacerse de rogar, al son de la zampoña
de Florisa, cantó desta suerte:
NÍSIDA
Bien puse yo valor a la defensa
del duro encuentro y amoroso asalto;
bien levanté mi presumpción en alto
contra el rigor de la notoria ofensa.
Mas fue tan reforzada y tan intensa
la batería, y mi poder tan falto,
que sin cogerme amor de sobresalto,
me dio a entender su potestad inmensa.
Valor, honestidad, recogimiento,
recato, ocupación, esquivo pecho,
amor con poco premio lo conquista.
Ansí que, para huir el vencimiento,
consejos jamás fueron de provecho:
desta verdad testigo soy de vista.
Cuando Nísida
acabó de cantar y acabó de admirar a Galatea y a los que
escuchado la habían, estaban ya bien cerca del lugar adonde tenían
determinado de pasar la siesta; pero en aquel poco espacio le tuvo Belisa
para cumplir lo que Silveria le rogó, que fue que algo cantase;
la cual, acompañándola el son de la flauta de Arsindo, cantó
lo que se sigue:
BELISA
Libre voluntad esenta,
atended a la razón
que nuestro crédito augmenta;
dejad la vana afición,
engendra |