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Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
LIBRO
SEGUNDO DE LA
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE
PERSILES Y SIGISMUNDA
CAPÍTULO PRIMERO.
Donde se cuenta
cómo el navío se volcó con todos los que dentro dél
iban
Parece que el
autor desta historia sabía más de enamorado que de historiador,
porque casi este primer capítulo de la entrada del segundo libro
le gasta todo en una difinición de celos, ocasionados de los que
mostró tener Auristela por lo que le contó el capitán
del navío; pero en esta tradución, que lo es, se quita por
prolija y por cosa en muchas partes referida y ventilada, y se viene a
la verdad del caso, que fue que, cambiándose el viento y enmarañándose
las nubes, cerró la noche escura y tenebrosa, y los truenos, dando
por mensajeros a los relámpagos, tras quien se siguen, comenzaron
a turbar los marineros y a deslumbrar la vista de todos los de la nave,
y comenzó la borrasca con tanta furia, que no pudo ser prevenida
de la diligencia y arte de los marineros; y así, a un mismo tiempo
les cogió la turbación y la tormenta. Pero no por esto dejó
cada uno de acudir a su oficio, y a hacer la faena que vieron ser necesaria,
si no para escusar la muerte, para dilatar la vida; que los atrevidos
que de unas tablas la fían, la sustentan cuanto pueden, hasta poner
su esperanza en un madero que acaso la tormenta desclavó de la
nave, con el cual se abrazan, y tienen a gran ventura tan duros abrazos.
Mauricio se abrazó con Transila, su hija, Antonio con Ricla y con
Constanza, su madre y hermana; sola la desgraciada Auristela quedó
sin arrimo, sino el que le ofrecía su congoja, que era el de la
muerte, a quien ella de buena gana se entregara, si lo permitiera la cristiana
y católica religión que con muchas veras procuraba guardar;
y así, se recogió entre ellos, y, hechos un ñudo,
o por mejor decir, un ovillo, se dejaron calar casi hasta la postrera
parte del navío, por escusar el ruido espantoso de los truenos,
y la interpolada luz de los relámpagos, y el confuso estruendo
de los marineros; y, en aquella semejanza del limbo, se escusaron de no
verse unas veces tocar el cielo con las manos, levantándose el
navío sobre las mismas nubes, y otras veces barrer la gavia las
arenas del mar profundo. Esperaban la muerte cerrados los ojos, o por
mejor decir, la temían sin verla: que la figura de la muerte, en
cualquier traje que venga, es espantosa, y la que coge a un desapercebido
en todas sus fuerzas y salud, es formidable.
La tormenta creció de manera que agotó la ciencia de los
marineros, la solicitud del capitán y, finalmente, la esperanza
de remedio en todos. Ya no se oían voces que mandaban hágase
esto o aquello, sino gritos de plegarias y votos que se hacían
y a los cielos se enviaban; y llegó a tanto esta miseria y estrecheza,
que Transila no se acordaba de Ladislao, Auristela de Periandro; que uno
de los efetos poderosos de la muerte es borrar de la memoria todas las
cosas de la vida, y, pues llega a hacer que no se sienta la pasión
celosa, téngase por dicho que puede lo imposible. No había
allí reloj de arena que distinguiese las horas, ni aguja que señalase
el viento, ni buen tino que atinase el lugar donde estaban. Todo era confusión,
todo era grita, todo suspiros y todo plegarias. Desmayó el capitán,
abandonáronse los marineros, rindiéronse las humanas fuerzas,
y poco a poco el desmayo llamó al silencio, que ocupó las
voces de los más de los míseros que se quejaban.
Atrevióse el mar insolente a pasearse por cima de la cubierta del
navío, y aun a visitar las más altas gavias, las cuales
también ellas, casi como en venganza de su agravio, besaron las
arenas de su profundidad. Finalmente, al parecer del día -si se
puede llamar día el que no trae consigo claridad alguna-, la nave
se estuvo queda y estancó, sin moverse a parte alguna, que es uno
de los peligros, fuera del de anegarse, que le puede suceder a un bajel;
finalmente, combatida de un huracán furioso, como si la volvieran
con algún artificio, puso la gavia mayor en la hondura de las aguas
y la quilla descubrió a los cielos, quedando hecha sepultura de
cuantos en ella estaban.
¡Adiós, castos pensamientos de Auristela! ¡Adiós,
bien fundados disinios; sosegaos, pasos tan honrados como santos, no esperéis
otros mauseolos ni otras pirámides ni agujas que las que os ofrecen
esas mal breadas tablas! Y vos, ¡oh Transila!, ejemplo claro de
honestidad, en los brazos de vuestro discreto y anciano padre podéis
celebrar las bodas, si no con vuestro esposo Ladislao, a lo menos con
la esperanza, que ya os habrá conducido a mejor tálamo.
Y tú, ¡oh Ricla!, cuyos deseos te llevaban a tu descanso,
recoge en tus brazos a Antonio y a Constanza, tus hijos, y ponlos en la
presencia del que agora te ha quitado la vida para mejorártela
en el cielo.
En resolución, el volcar de la nave y la certeza de la muerte de
los que en ella iban puso las razones referidas en la pluma del autor
desta grande y lastimosa historia, y ansimismo puso las que se oirán
en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO
SEGUNDO DEL SEGUNDO LIBRO.
Donde se cuenta
un estraño suceso
Parece que
el volcar de la nave volcó, o por mejor decir, turbó el
juicio del autor de esta historia, porque a este segundo capítulo
le dio cuatro o cinco principios, casi como dudando qué fin en
él tomaría. En fin, se resolvió, diciendo que las
dichas y las desdichas suelen andar tan juntas, que tal vez no hay medio
que las divida; andan el pesar y el placer tan apareados, que es simple
el triste que se desespera y el alegre que se confía, como lo da
fácilmente a entender este estraño suceso.
Sepultóse la nave, como queda dicho, en las aguas; quedaron los
muertos sepultados sin tierra, deshiciéronse sus esperanzas, quedando
imposibilitado su remedio; pero los piadosos cielos, que de muy atrás
toman la corriente de remediar nuestras desventuras, ordenaron que la
nave, llevada poco a poco de las olas, ya mansas y recogidas, a la orilla
del mar [diese] en una playa, que por entonces su apacibilidad y mansedumbre
podía servir de seguro puerto; y no lejos estaba un puerto capacísimo
de muchos bajeles, en cuyas aguas, como en espejos claros, se estaba mirando
una ciudad populosa, que por una alta loma sus vistosos edificios levantaba.
Vieron los de la ciudad el bulto de la nave, y creyeron ser el de alguna
ballena o de otro gran pescado que con la borrasca pasada había
dado al través. Salió infinita gente a verlo, y, certificándose
ser navío, lo dijeron al rey Policarpo, que era el señor
de aquella ciudad, el cual, acompañado de muchos y de sus dos hermosas
hijas, Policarpa y Sinforosa, salió también, y ordenó
que con cabestrantes, con tornos y con barcas, con que hizo rodear toda
la nave, la tirasen y encaminasen al puerto.
Saltaron algunos encima del buco, y dijeron al rey que dentro dél
sonaban golpes, y aun casi se oían voces de vivos.
Un anciano caballero que se halló junto al rey, le dijo:
-Yo me acuerdo, señor, haber visto en el mar Mediterráneo,
en la ribera de Génova, una galera de España que, por hacer
el car con la vela, se volcó, como está agora este bajel,
quedando la gavia en la arena y la quilla al cielo; y, antes que la volviesen
o enderezasen, habiendo primero oído rumor, como en éste
se oye, aserraron el bajel por la quilla, haciendo un buco capaz de ver
lo que dentro estaba; y el entrar la luz dentro y el salir por él
el capitán de la misma galera y otros cuatro compañeros
suyos fue todo uno. Yo vi esto, y está escrito este caso en muchas
historias españolas, y aun podría ser viniesen agora las
personas que segunda vez nacieron al mundo del vientre desta galera; y
si aquí sucediese lo mismo, no se ha de tener a milagro, sino a
misterio; que los milagros suceden fuera del orden de la naturaleza, y
los misterios son aquellos que parecen milagros y no lo son, sino casos
que acontecen raras veces.
-Pues ¿a qué aguardamos? -dijo el rey-: siérrese
luego el buco, y veamos este misterio, que si este vientre vomita vivos,
yo lo tendré por milagro.
Grande fue la priesa que se dieron a serrar el bajel, y grande el deseo
que todos tenían de ver el parto. Abrióse, en fin, una gran
concavidad, que descubrió muertos muertos y vivos que lo parecían;
metió uno el brazo, y asió de una doncella que el palpitarle
el corazón daba señales de tener vida; otros hicieron lo
mismo, y cada uno sacó su presa, y algunos, pensando sacar vivos,
sacaban muertos; que no todas veces los pescadores son dichosos. Finalmente,
dándoles el aire y la luz a los medio vivos, respiraron y cobraron
aliento; limpiáronse los rostros, fregáronse los ojos, estiraron
los brazos, y, como quien despierta de un pesado sueño, miraron
a todas partes; y hallóse Auristela en los brazos de Arnaldo, Transila
en los de Clodio, Ricla y Constanza en los de Rutilio [y] Antonio el padre,
y Antonio el hijo en los de ninguno, porque se salió por sí
mismo, y lo mismo hizo Mauricio.
Arnaldo quedó más atónito y suspenso que los resucitados,
y más muerto que los muertos. Miróle Auristela, y, no conociéndole,
la primera palabra que le dijo fue -que ella fue la primera que rompió
el silencio de todos:
-¿Por ventura, hermano, está entre esta gente la bellísima
Sinforosa?
-¡Santos cielos! ¿Qué es esto? -dijo entre sí
Arnaldo-. ¿Qué memorias de Sinforosa son éstas, en
tiempo que no es razón que se tenga acuerdo de otra cosa que de
dar gracias al cielo por las recebidas mercedes?
Pero, con todo esto, la respondió y dijo que sí estaba,
y le preguntó que cómo la conocía, porque Arnaldo
ignoraba lo que Auristela con el capitán del navío, que
le contó los triunfos de Periandro, había pasado, y no pudo
alcanzar la causa por la cual Auristela preguntaba por Sinforosa; que
si la alcanzara, quizá dijera que la fuerza de los celos es tan
poderosa y tan sutil, que se entra y mezcla con el cuchillo de la misma
muerte, y va a buscar al alma enamorada en los últimos trances
de la vida.
Ya después que pasó algún tanto el pavor en los resucitados,
que así pueden llamarse, y la admiración en los vivos que
los sacaron, y el discurso en todos dio lugar a la razón, confusamente
unos a otros se preguntaban cómo los de la tierra estaban allí
y los del navío venían allí. Policarpo, en esto,
viendo que el navío al abrirle la boca se le había llenado
de agua, en el lugar del aire que tenía, mandó llevarle
a jorro al puerto, y que con artificios le sacasen a tierra, lo cual se
hizo con mucha presteza.
Salieron asimismo a tierra toda la gente que ocupaba la quilla del navío,
que fueron recebidos del rey Policarpo y de sus hijas, y de todos los
principales ciudadanos, con tanto gusto como admiración; pero lo
que más les puso en ella, principalmente a Sinforosa, fue ver la
incomparable hermosura de Auristela; fue también a la parte de
esta admiración la belleza de Transila, y el gallardo y nuevo traje,
pocos años y gallardía de la bárbara Constanza, de
quien no desdecía el buen parecer y donaire de Ricla, su madre;
y, por estar la ciudad cerca, sin prevenirse de quien los llevase, fueron
todos a pie a ella.
Ya en este tiempo había llegado Periandro a hablar a su hermana
Auristela, Ladislao a Transila, y el bárbaro padre a su mujer y
a su hija, y los unos a los otros se fueron dando cuenta de sus sucesos.
Sola Auristela, ocupada toda en mirar a Sinforosa, callaba. Pero, en fin,
habló a Periandro, y le dijo:
-¿Por ventura, hermano, esta hermosísima doncella que aquí
va es Sinforosa, la hija del rey Policarpo?
-Ella es -respondió Periandro-, sujeto donde tienen su asiento
la belleza y la cortesía.
-Muy cortés debe de ser -respondió Auristela-, porque es
muy hermosa.
-Aunque no lo fuera tanto -respondió Periandro-, las obligaciones
que yo la tengo me obligaran, ¡oh querida hermana mía!, a
que me lo pareciera.
-Si por obligaciones va, y vos por ellas encarecéis las hermosuras,
la mía os ha de parecer la mayor de la tierra, según os
tengo obligado.
-Con las cosas divinas -replicó Periandro- no se han de comparar
las humanas; las hipérboles alabanzas, por más que lo sean,
han de parar en puntos limitados: decir que una mujer es más hermosa
que un ángel es encarecimiento de cortesía, pero no de obligación;
sola en ti, dulcísima hermana mía, se quiebran reglas y
cobran fuerzas de verdad los encarecimientos que se dan a tu hermosura.
-Si mis trabajos y mis desasosiegos, ¡oh hermano mío!, no
turbaran la mía, quizá creyera ser verdaderas las alabanzas
que de ella dices, pero yo espero en los piadosos cielos que algún
día ha de reducir a sosiego mi desasosiego y a bonanza mi tormenta,
y, en este entretanto, con el encarecimiento que puedo, te suplico que
no te quiten ni borren de la memoria lo que me debes otras ajenas hermosuras,
ni otras obligaciones, que en la mía y en las mías podrás
satisfacer el deseo y llenar el vacío de tu voluntad, si miras
que, juntando a la belleza de mi cuerpo, tal cual ella es, a la de mi
alma, hallarás un compuesto de hermosura que te satisfaga.
Confuso iba Periandro oyendo las razones de Auristela: juzgábala
celosa, cosa nueva para él, por tener por larga esperiencia conocido
que la discreción de Auristela jamás se atrevió a
salir de los límites de la honestidad, jamás su lengua se
movió a declarar sino honestos y castos pensamientos, jamás
le dijo palabra que no fuese digna de decirse a un hermano en público
y en secreto.
Iba Arnaldo invidioso de Periandro, Ladislao alegre con su esposa Transila;
Mauricio, con su hija y yerno, Antonio el grande con su mujer y hijos,
Rutilio con el hallazgo de todos, y el maldiciente Clodio con la ocasión
que se le ofrecía de contar, dondequiera que se hallase, la grandeza
de tan estraño suceso. Llegaron a la ciudad, y el liberal Policarpo
honró a sus huéspedes real y magníficamente, y a
todos los mandó alojar en su palacio, aventajándose en el
tratamiento de Arnaldo, que ya sabía que era el heredero de Dinamarca,
y que los amores de Auristela le habían sacado de su reino; y,
así como vio la belleza de Auristela, halló su peregrinación
en el pecho de Policarpo disculpa.
Casi en su mismo cuarto, Policarpa y Sinforosa alojaron a Auristela, de
la cual no quitaba la vista Sinforosa, dando gracias al cielo de haberla
hecho no amante, sino hermana de Periandro; y, ansí por su estremada
belleza como por el parentesco tan estrecho que con Periandro tenía,
la adoraba y no sabía un punto desviarse de ella; desmenuzábale
sus acciones, notábale las palabras, ponderaba su donaire, hasta
el sonido y órgano de la voz le daba gusto. Auristela casi por
el mismo modo y con los mismos afectos miraba a Sinforosa, aunque en las
dos eran diferentes las intenciones: Auristela miraba con celos, y Sinforosa
con sencilla benevolencia.
Algunos días estuvieron en la ciudad descansando de los trabajos
pasados; y, dando traza de volver Arnaldo a Dinamarca, o adonde Auristela
y Periandro quisieran, mostrando, como siempre lo mostraba, no tener otra
voluntad que la de los dos hermanos. Clodio, que con ociosidad y vista
curiosa había mirado los movimientos de Arnaldo, y cuán
oprimido le tenía el cuello el amoroso yugo, un día que
se halló solo con él le dijo:
-Yo, que siempre los vicios de los príncipes he reprehendido en
público, sin guardar el debido decoro que a su grandeza se debe,
sin temer el daño que nace del decir mal, quiero agora, sin tu
licencia, decirte en secreto lo que te suplico con paciencia me escuches;
que lo que se dice aconsejando, en la intención halla disculpa
lo que no agrada.
Confuso estaba Arnaldo, no sabiendo en qué iban a parar las prevenciones
del razonamiento de Clodio, y, por saberlo, determinó de escuchalle;
y así, le dijo que dijese lo que quisiese, y Clodio con este salvoconduto
prosiguió diciendo:
-Tú, señor, amas a Auristela; mal dije amas, adoras, dijera
mejor; y, según he sabido, no sabes más de su hacienda,
ni de quién es, que aquello que ella ha querido decirte, que no
te ha dicho nada. Hasla tenido en tu poder más de dos años,
en los cuales has hecho, según se ha de creer, las diligencias
posibles por enternecer su dureza, amansar su rigor y rendir su voluntad
a la tuya por los medios honestísimos y eficaces del matrimonio,
y en la misma entereza se está hoy que el primero día que
la solicitaste, de donde arguyo que, cuanto a ti te sobra de paciencia,
le falta a ella de conocimiento; y has de considerar que algún
gran misterio encierra desechar una mujer un reino y un príncipe
que merece ser amado. Misterio también encierra ver una doncella
vagamunda, llena de recato de encubrir su linaje, acompañada de
un mozo que, como dice que lo es, podría no ser su hermano, de
tierra en tierra, de isla en isla, sujeta a las inclemencias del cielo
y a las borrascas de la tierra, que suelen ser peores que las del mar
alborotado. De los bienes que reparten los cielos entre los mortales,
los que más se han de estimar son los de la honra, a quien se posponen
los de la vida; los gustos de los discretos hanse de medir con la razón,
y no con los mismos gustos.
Aquí llegaba Clodio, mostrando querer proseguir con un filosófico
y grave razonamiento, cuando entró Periandro y le hizo callar con
su llegada, a pesar de su deseo y aun de el de Arnaldo, que quisiera escucharle.
Entraron asimismo Mauricio, Ladislao y Transila, y con ellos Auristela,
arrimada al hombro de Sinforosa, mal dispuesta, de modo que fue menester
llevarla al lecho, causando con su enfermedad tales sobresaltos y temores
en los pechos de Periandro y Arnaldo que, a no encubrillos con discreción,
también tuvieran necesidad de los médicos como Auristela.
CAPÍTULO
TERCERO DEL SEGUNDO LIBRO
Apenas supo
Policarpo la indisposición de Auristela, cuando mandó llamar
sus médicos, que la visitasen; y, como los pulsos son lenguas que
declaran la enfermedad que se padece, hallaron en los de Auristela que
no era del cuerpo su dolencia, sino del alma. Pero antes que ellos conoció
su enfermedad Periandro, y Arnaldo la entendió en parte, y Clodio
mejor que todos. Ordenaron los médicos que en ninguna manera la
dejasen sola, y que procurasen entretenerla y divertirla con música,
si ella quisiese, o con otros algunos alegres entretenimientos. Tomó
Sinforosa a su cargo su salud, y ofrecióle su compañía
a todas horas, ofrecimiento no de mucho gusto para Auristela, porque quisiera
no tener tan a la vista la causa que pensaba ser de su enfermedad, de
la cual no pensaba sanar, porque estaba determinada de no decillo; que
su honestidad le ataba la lengua, su valor se oponía a su deseo.
Finalmente, despejaron todos la estancia donde estaba, y quedáronse
solas con ella Sinforosa y Policarpa, a quien con ocasión bastante
despidió Sinforosa; y, apenas se vio sola con Auristela, cuando,
poniendo su boca con la suya y apretándole reciamente las manos,
con ardientes suspiros, pareció que quería trasladar su
alma en el cuerpo de Auristela, afectos que de nuevo la turbaron, y así
le dijo:
-¿Qué es esto, señora mía, que estas muestras
me dan a entender que estáis más enferma que yo, y más
lastimada el alma que la mía? Mirad si os puedo servir en algo,
que para hacerlo, aunque está la carne enferma, tengo sana la voluntad.
-Dulce amiga mía -respondió Sinforosa-, cuanto puedo agradezco
tu ofrecimiento, y con la misma voluntad con que te obligas te respondo,
sin que en esta parte tengan alguna comedimientos fingidos ni tibias obligaciones.
Yo, hermana mía, que con este nombre has de ser llamada, en tanto
que la vida me durare, amo, quiero bien, adoro. ¿Díjelo?
No, que la vergüenza, y el ser quien soy, son mordazas de mi lengua;
pero, ¿tengo de morir callando? ¿Ha de sanar mi enfermedad
por milagro? ¿Es, por ventura, capaz de palabras el silencio? ¿Han
de tener dos recatados y vergonzosos ojos virtud y fuerza para declarar
los pensamientos infinitos de un alma enamorada?
Esto iba diciendo Sinforosa con tantas lágrimas y con tantos suspiros,
que movieron a Auristela a enjugalle los ojos y a abrazarla y a decirla:
-No se te mueran, ¡oh apasionada señora!, las palabras en
la boca. Despide de ti por algún pequeño espacio la confusión
y el empacho, y hazme tu secretaria; que los males comunicados, si no
alcanzan sanidad, alcanzan alivio. Si tu pasión es amorosa, como
lo imagino, sin duda bien sé que eres de carne, aunque pareces
de alabastro, y bien sé que nuestras almas están siempre
en continuo movimiento, sin que puedan dejar de estar atentas a querer
bien a algún sujeto, a quien las estrellas las inclinan, que no
se ha de decir que las fuerzan. Dime, señora, a quién quieres,
a quién amas y a quién adoras; que, como no des en el disparate
de amar a un toro, ni en el que dio el que adoró el plátano,
como sea hombre el que, según tu dices, adoras, no me causará
espanto ni maravilla. Mujer soy como tú; mis deseos tengo, y hasta
ahora por honra del alma no me han salido a la boca, que bien pudiera,
como señales de la calentura; pero al fin habrán de romper
por inconvenientes y por imposibles, y, siquiera en mi testamento, procuraré
que se sepa la causa de mi muerte.
Estábala mirando Sinforosa. Cada palabra que decía la estimaba
como si fuera sentencia salida por la boca de un oráculo.
-¡Ay, señora -dijo-, y cómo creo que los cielos te
han traído por tan estraño rodeo que parece milagro a esta
tierra, condolidos de mi dolor y lastimados de mi lástima! Del
vientre escuro de la nave te volvieron a la luz del mundo, para que mi
escuridad tuviese luz, y mis deseos salida de la confusión en que
están; y así, por no tenerme ni tenerte más suspensa,
sabrás que a esta isla llegó tu hermano Periandro.
Y sucesivamente le contó del modo que había llegado, los
triunfos que alcanzó, los contrarios que venció y los premios
que ganó, del modo que ya queda contado. Díjole también
cómo las gracias de su hermano Periandro habían despertado
en ella un modo de deseo, que no llegaba a ser amor, sino benevolencia;
pero que después, con la soledad y ociosidad, yendo y viniendo
el pensamiento a contemplar sus gracias, el amor se le fue pintando, no
como hombre particular, sino como a un príncipe; que si no lo era,
merecía serlo. ''Esta pintura me la grabó en el alma, y
yo inadvertida dejé que me la grabase, sin hacerle resistencia
alguna; y así, poco a poco vine a quererle, a amarle y aun a adorarle,
como he dicho''.
Más dijera Sinforosa si no volviera Policarpa, deseosa de entretener
a Auristela, cantando al son de una arpa que en las manos traía.
Enmudeció Sinforosa, quedó perdida Auristela, pero el silencio
de la una y el perdimiento de la otra no fueron parte para que dejasen
de prestar atentos oídos a la sin par en música Policarpa,
que desta manera comenzó a cantar en su lengua lo que después
dijo el bárbaro Antonio que en la castellana decía:
Cintia, si
desengaños no son parte
para cobrar la libertad perdida,
da riendas al dolor, suelta la vida,
que no es valor ni es honra el no quejarte.
Y el generoso ardor que, parte a parte,
tiene tu libre voluntad rendida,
será de tu silencio el homicida
cuando pienses por él eternizarte.
Salga con la doliente ánima fuera
la enferma voz, que es fuerza y es cordura
decir la lengua lo que al alma toca.
Quejándote, sabrá el mundo siquiera
cuán grande fue de amor tu calentura,
pues salieron señales a la boca.
Ninguno como
Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabidora
de todos su deseos; y, puesto que tenía determinado de sepultarlos
en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana,
diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado
a decir. Muchas veces se quedaba Sinforosa con Auristela, dando a entender
que más por cortés que por su gusto propio la acompañaba.
En fin, una vez tornando a anudar la plática pasada, le dijo:
-Óyeme otra vez, señora mía, y no te cansen mis razones,
que las que me bullen en el alma no dejan sosegar la lengua. Reventaré
si no las digo, y este temor, a pesar de mi crédito, hará
que sepas que muero por tu hermano, cuyas virtudes, de mí conocidas,
llevaron tras sí mis enamorados deseos; y, sin entremeterme en
saber quién son sus padres, la patria o riquezas, ni el punto en
que le ha levantado la fortuna, solamente atiendo a la mano liberal con
que la naturaleza le ha enriquecido. Por sí solo le quiero, por
sí solo le amo, y por sí solo le adoro; y por ti sola, y
por quien eres, te suplico que, sin decir mal de mis precipitados pensamientos,
me hagas el bien que pudieres. Innumerables riquezas me dejó mi
madre en su muerte, sin sabiduría de mi padre; hija soy de un rey
que, puesto que sea por elección, en fin, es rey; la edad, ya la
ves; la hermosura no se te encubre que, tal cual es, ya que no merezca
ser estimada, no merece ser aborrecida. Dame, señora, a tu hermano
por esposo; daréte yo a mí misma por hermana, repartiré
contigo mis riquezas, procuraré darte esposo, que después,
y aun antes de los días de mi padre, le elijan por rey los de este
reino; y, cuando esto no pueda ser, mis tesoros podrán comprar
otros reinos.
Teníale a Auristela de las manos Sinforosa, bañándoselas
en lágrimas, en tanto que estas tiernas razones la decía.
Acompañábale en ellas Auristela, juzgando en sí misma
cuáles y cuántos suelen ser los aprietos de un corazón
enamorado; y, aunque se le representaba en Sinforosa una enemiga, la tenía
lástima; que un generoso pecho no quiere vengarse cuando puede,
cuanto más que Sinforosa no la había ofendido en cosa alguna
que la obligase a venganza: su culpa era la suya, sus pensamientos los
mismos que ella tenía, su intención la que a ella traía
desatinada; finalmente, no podía culparla, sin que ella primero
no quedase convencida del mismo delito. Lo que procuró apurar fue
si la había favorecido alguna vez, aunque fuese en cosas leves,
o si con la lengua o con los ojos había descubierto su amorosa
voluntad a su hermano.
Sinforosa la respondió que jamás había tenido atrevimiento
de alzar los ojos a mirar a Periandro, sino con el recato que a ser quien
era debía, y que al paso de sus ojos había andado el recato
de su lengua.
-Bien creo eso -respondió Auristela-, pero, ¿es posible
que él no ha dado muestras de quererte? Sí habrá,
porque no le tengo por tan de piedra que no le enternezca y ablande una
belleza tal como la tuya; y así, soy de parecer que, antes que
yo rompa esta dificultad, procures tú hablarle, dándole
ocasión para ello con algún honesto favor; que tal vez los
impensados favores despiertan y encienden los más tibios y descuidados
pechos; que si una vez él responde a tu deseo, seráme fácil
a mí hacerle que de todo en todo le satisfaga. Todos los principios,
amiga, son dificultosos, y en los de amor dificultosísimos; no
te aconsejo yo que te deshonestes ni te precipites; que los favores que
hacen las doncellas a los que aman, por castos que sean, no lo parecen,
y no se ha de aventurar la honra por el gusto; pero, con todo esto, puede
mucho la discreción, y el amor, sutil maestro de encaminar los
pensamientos, a los más turbados ofrece lugar y coyuntura de mostrarlos
sin menoscabo de su crédito.
CAPÍTULO
CUARTO DEL SEGUNDO LIBRO. Donde se prosigue la historia y amores de Sinforosa
Atenta estaba
la enamorada Sinforosa a las discretas razones de Auristela, y, no respondiendo
a ellas, sino volviendo a anudar las del pasado razonamiento, le dijo:
-Mira, amiga y señora, hasta dónde llegó el amor
que engendró en mi pecho el valor que conocí en tu hermano,
que hice que un capitán de la guarda de mi padre le fuese a buscar
y le trajese por fuerza o de grado a mi presencia, y el navío en
que se embarcó es el mismo en que tú llegaste, porque en
él, entre los muertos, le han hallado sin vida.
-Así debe de ser -respondió Auristela-, que él me
contó gran parte de lo que tú me has dicho, de modo que
ya yo tenía noticia, aunque algo confusa, de tus pensamientos,
los cuales, si es posible, quiero que sosiegues hasta que se los descubras
a mi hermano, o hasta que yo tome a cargo tu remedio, que será
luego que me descubras lo que con él te hubiere sucedido; que ni
a ti te faltará lugar para hablarle, ni a mí tampoco.
De nuevo volvió Sinforosa a agradecer a Auristela su ofrecimiento
y de nuevo volvió Auristela a tenerla lástima.
En tanto que entre las dos esto pasaba, se las había Arnaldo con
Clodio, que moría por turbar o por deshacer los amorosos pensamientos
de Arnaldo; y, hallándole solo, si solo se puede hallar quien tiene
ocupada el alma de amorosos deseos, le dijo:
-El otro día te dije, señor, la poca seguridad que se puede
tener de [la] voluble condición de las mujeres, y que Auristela,
en efeto, es mujer, aunque parece un ángel, y que Periandro es
hombre, aunque sea su hermano; y no por esto quiero decir que engendres
en tu pecho alguna mala sospecha, sino que críes algún discreto
recato. Y si por ventura te dieren lugar de que discurras por el camino
de la razón, quiero que tal vez consideres quién eres, la
soledad de tu padre, la falta que haces a tus vasallos, la contingencia
en que te pones de perder tu reino, que es la misma en que está
la nave donde falta el piloto que la gobierne. Mira que los reyes están
obligados a casarse, no con la hermosura, sino con el linaje; no con la
riqueza, sino con la virtud, por la obligación que tienen de dar
buenos sucesores a sus reinos. Desmengua y apoca el respeto que se debe
al príncipe el verle cojear en la sangre, y no basta decir que
la grandeza de rey es en sí tan poderosa que iguala consigo misma
la bajeza de la mujer que escogiere. El caballo y la yegua de casta generosa
y conocida prometen crías de valor admirable, más que las
no conocidas y de baja estirpe. Entre la gente común tiene lugar
de mostrarse poderoso el gusto, pero no le ha de tener entre la noble.
Así que, ¡oh señor mío!, o te vuelve a tu reino,
o procura con el recato no dejar engañarte. Y perdona este atrevimiento,
que, ya que tengo fama de maldiciente y murmurador, no la quiero tener
de malintencionado; debajo de tu amparo me traes, al escudo de tu valor
se ampara mi vida, con tu sombra no temo las inclemencias del cielo, que
ya con mejores estrellas parece que va mejorando mi condición,
hasta aquí depravada.
-Yo te agradezco, ¡oh Clodio! -dijo Arnaldo-, el buen consejo que
me has dado, pero no consiente ni permite el cielo que le reciba. Auristela
es buena, Periandro es su hermano, y yo no quiero creer otra cosa, porque
ella ha dicho que lo es; que para mí cualquiera cosa que dijere
ha de ser verdad. Yo la adoro sin disputas, que el abismo casi infinito
de su hermosura lleva tras sí el de mis deseos, que no pueden parar
sino en ella, y por ella he tenido, tengo y he de tener vida; ansí
que, Clodio, no me aconsejes más, porque tus palabras se llevarán
los vientos, y mis obras te mostrarán cuán vanos serán
para conmigo tus consejos.
Encogió los hombros Clodio, bajó la cabeza y apartóse
de su presencia, con propósito de no servir más de consejero,
porque el que lo ha de ser requiere tener tres calidades: la primera,
autoridad; la segunda, prudencia, y la tercera, ser llamado.
Estas revoluciones, trazas y máquinas amorosas andaban en el palacio
de Policarpo y en los pechos de los confusos amantes: Auristela celosa,
Sinforosa enamorada, Periandro turbado y Arnaldo pertinaz; Mauricio haciendo
disinios de volver a su patria contra la voluntad de Transila, que no
quería volver a la presencia de gente tan enemiga del buen decoro
como la de su tierra; Ladislao, su esposo, no osaba ni quería contradecirla;
Antonio, el padre, moría por verse con sus hijos y mujer en España,
y Rutilio en Italia, su patria. Todos deseaban, pero a ninguno se le cumplían
sus deseos: condición de la naturaleza humana, que, puesto que
Dios la crió perfecta, nosotros, por nuestra culpa, la hallamos
siempre falta, la cual falta siempre la ha de haber mientras no dejáremos
de desear.
Sucedió, pues, que casi de industria dio lugar Sinforosa a que
Periandro se viese solo con Auristela, deseosa que se diese principio
a tratar de su causa y a la vista de su pleito, en cuya sentencia consistía
la de su vida o muerte.
Las primeras palabras que Auristela dijo a Periandro, fueron:
-Esta nuestra peregrinación, hermano y señor mío,
tan llena de trabajos y sobresaltos, tan amenazadora de peligros, cada
día y cada momento me hace temer los de la muerte, y querría
que diésemos traza de asegurar la vida, sosegándola en una
parte, y ninguna hallo tan buena como ésta donde estamos; que aquí
se te ofrecen riquezas en abundancia, no en promesas, sino en verdad,
y mujer noble y hermosísima en todo estremo, digna, no de que te
ruegue, como te ruega, sino de que tú la ruegues, la pidas y la
procures.
En tanto que Auristela esto decía, la miraba Periandro con tanta
atención que no movía las pestañas de los ojos; corría
muy apriesa con el discurso de su entendimiento para hallar adónde
podrían ir encaminadas aquellas razones; pero, pasando adelante
con ellas, Auristela le sacó de su confusión, diciendo:
-Digo, hermano, que con este nombre te he de llamar en cualquier estado
que tomes; digo que Sinforosa te adora, y te quiere por esposo; dice que
tiene riquezas increíbles, y yo digo que tiene creíble hermosura;
digo creíble, porque es tal, que no ha menester que exageraciones
la levanten ni hipérboles la engrandezcan; y, en lo que he echado
de ver, es de condición blanda, de ingenio agudo y de proceder
tan discreto como honesto. Con todo esto que te he dicho, no dejo de conocer
lo mucho que mereces, por ser quien eres; pero, según los casos
presentes, no te estará mal esta compañía. Fuera
estamos de nuestra patria, tú perseguido de tu hermano, y yo de
mi corta suerte; nuestro camino a Roma, cuanto más le procuramos,
más se dificulta y alarga; mi intención no se muda, pero
tiembla, y no querría que entre temores y peligros me saltease
la muerte, y así, pienso acabar la vida en religión, y querría
que tú la acabases en buen estado.
Aquí dio fin Auristela a su razonamiento, y principio a unas lágrimas
que desdecían y borraban todo cuanto había dicho. Sacó
los brazos honestamente fuera de la colcha, tendiólos por el lecho,
y volvió la cabeza a la parte contraria de donde estaba Periandro,
el cual, viendo estos estremos y habiendo oído sus palabras, sin
ser poderoso a otra cosa, se le quitó la vista de los ojos, se
le añudó la garganta y se le trabó la lengua, y dio
consigo en el suelo de rodillas, y arrimó la cabeza al lecho. Volvió
Auristela la suya, y, viéndole desmayado, le puso la mano en el
rostro y le enjugó las lágrimas, que, sin que él
lo sintiese, hilo a hilo le bañaban las mejillas.
CAPÍTULO
QUINTO DEL SEGUNDO LIBRO. De lo que pasó entre el rey Policarpo
y su hija Sinforosa
Efetos vemos
en la naturaleza de quien ignoramos las causas: adormécense o entorpécense
a uno los dientes de ver cortar con un cuchillo un paño, tiembla
tal vez un hombre de un ratón, y yo le he visto temblar de ver
cortar un rábano, y a otro he visto levantarse de una mesa de respeto
por ver poner unas aceitunas. Si se pregunta la causa, no hay saber decirla,
y los que más piensan que aciertan a decilla, es decir que las
estrellas tienen cierta antipatía con la complesión de aquel
hombre, que le inclina o mueve a hacer aquellas acciones, temores y espantos,
viendo las cosas sobredichas y otras semejantes que a cada paso vemos.
Una de las difiniciones del hombre es decir que es animal risible, porque
sólo el hombre se ríe, y no otro ningún animal; y
yo digo que también se puede decir que es animal llorable, animal
que llora; y, ansí como por la mucha risa se descubre el poco entendimiento,
por el mucho llorar el poco discurso. Por tres cosas es lícito
que llore el varón prudente: la una, por haber pecado; la segunda,
por alcanzar perdón dél; la tercera, por estar celoso: las
demás lágrimas no dicen bien en un rostro grave.
Veamos, pues, desmayado a Periandro, y ya que no llore de pecador ni arrepentido,
llore de celoso, que no faltará quien disculpe sus lágrimas,
y aun las enjugue, como hizo Auristela, la cual, con más artificio
que verdad, le puso en aquel estado. Volvió en fin en sí,
y, sintiendo pasos en la estancia, volvió la cabeza, y vio a sus
espaldas a Ricla y a Constanza, que entraban a ver a Auristela, que lo
tuvo a buena suerte; que, a dejarle solo, no hallara palabras con que
responder a su señora, y así se fue a pensarlas y a considerar
en los consejos que le había dado.
Estaba también Sinforosa con deseo de saber qué auto se
había proveído en la audiencia de amor, en la primera vista
de su pleito, y sin duda que fuera la primera que entrara a ver a Auristela,
y no Ricla y Constanza; pero estorbóselo llegar un recado de su
padre el rey, que la mandaba ir a su presencia luego y sin escusa alguna.
Obedecióle, fue a verle, y hallóle retirado y solo. Hízola
Policarpo sentar junto a sí, y, al cabo de algún espacio
que estuvo callando, con voz baja, como que se recataba de que no le oyesen,
la dijo:
-Hija, puesto que tus pocos años no están obligados a sentir
qué cosa sea esto que llaman amor, ni los muchos míos estén
ya sujetos a su jurisdición, todavía tal vez sale de su
curso la naturaleza, y se abrasan las niñas verdes, y se secan
y consumen los viejos ancianos.
Cuando esto oyó Sinforosa, imaginó, sin duda, que su padre
sabía sus deseos; pero con todo eso calló, y no quiso interromperle
hasta que más se declarase; y, en tanto que él se declaraba,
a ella le estaba palpitando el corazón en el pecho.
Siguió, pues, su padre, diciendo:
-Después, ¡oh hija mía!, que me faltó tu madre,
me acogí a la sombra de tus regalos, cubríme con tu amparo,
gobernéme por tus consejos, y he guardado como has visto las leyes
de la viudez con toda puntualidad y recato, tanto por el crédito
de mi persona como por guardar la fe católica que profeso; pero,
después que han venido estos nuevos huéspedes a nuestra
ciudad, se ha desconcertado el reloj de mi entendimiento, se ha turbado
el curso de mi buena vida, y, finalmente, he caído desde la cumbre
de mi presunción discreta hasta el abismo bajo de no sé
qué deseos, que si los callo me matan y si los digo me deshonran.
No más suspensión, hija; no más silencio, amiga;
no más; y si quieres que más haya, sea el decirte que muero
por Auristela. El calor de su hermosura tierna ha encendido los huesos
de mi edad madura; en las estrellas de sus ojos han tomado lumbre los
míos, ya escuros; la gallardía de su persona ha alentado
la flojedad de la mía. Querría, si fuese posible, a ti y
a tu hermana daros una madrastra, que su valor disculpe el dárosla.
Si tú vienes con mi parecer, no se me dará nada del qué
dirán, y, cuando por ésta, si pareciere locura, me quitaren
el reino, reine yo en los brazos de Auristela, que no habrá monarca
en el mundo que se me iguale. Es mi intención, hija, que tú
se la digas, y alcances de ella el sí que tanto me importa, que,
a lo que creo, no se le hará muy dificultoso el darle, si con su
discreción recompensa y contrapone mi autoridad a mis años
y mi riqueza a los suyos. Bueno es ser reina, bueno es mandar, gusto dan
las honras, y no todos los pasatiempos se cifran en los casamientos iguales.
En albricias del sí que me has de traer de esta embajada que llevas,
te mando una mejora en tu suerte, que si eres discreta, como lo eres,
no has de acertar a desearla mejor. Mira, cuatro cosas ha de procurar
tener y sustentar el hombre principal; y son: buena mujer, buena casa,
buen caballo y buenas armas. Las dos primeras, tan obligada está
la mujer a procurallas como el varón, y aun más, porque
no ha de levantar la mujer al marido, sino el marido a la mujer. Las majestades,
las grandezas altas, no las aniquilan los casamientos humildes, porque
en casándose igualan consigo a sus mujeres; así que, séase
Auristela quien fuere, que siendo mi esposa será reina, y su hermano
Periandro mi cuñado, el cual, dándotelo yo por esposo y
honrándole con título de mi cuñado, vendrás
tu también a ser estimada, tanto por ser su esposa como por ser
mi hija.
-Pues ¿cómo sabes tú, señor -dijo Sinforosa-,
que no es Periandro casado; y, ya que no lo sea, quiera serlo conmigo?
-De que no lo sea -respondió el rey- me lo da a entender el verle
andar peregrinando por estrañas tierras, cosa que lo estorban los
casamientos grandes; de que lo quiera ser tuyo me lo certifica y asegura
su discreción, que es mucha, y caerá en la cuenta de lo
que contigo gana; y, pues la hermosura de su hermana la hace ser reina,
no será mucho que la tuya le haga tu esposo.
Con estas últimas palabras y con esta grande promesa, paladeó
el rey la esperanza de Sinforosa, y saboreóle el gusto de sus deseos;
y así, sin ir contra los de su padre, prometió ser casamentera,
y admitió las albricias de lo que no tenía negociado. Sólo
le dijo que mirase lo que hacía en darle por esposo a Periandro,
que, puesto que sus habilidades acreditaban su valor, todavía sería
bueno no arrojarse sin que primero la esperiencia y el trato de algunos
días le asegurase; y diera ella, porque en aquel punto se le dieran
por esposo, todo el bien que acertara a desearse en este mundo los siglos
que tuviera de vida; que las doncellas virtuosas y principales, uno dice
la lengua y otro piensa el corazón.
Esto pasaron Policarpo y su hija, y en otra estancia se movió otra
conversación y plática entre Rutilio y Clodio. Era Clodio,
como se ha visto en lo que de su vida y costumbres queda escrito, hombre
malicioso sobre discreto, de donde le nacía ser gentil maldiciente:
que el tonto y simple, ni sabe murmurar ni maldecir; y, aunque no es bien
decir bien mal, como ya otra vez se ha dicho, con todo esto alaban al
maldiciente discreto; que la agudeza maliciosa no hay conversación
que no la ponga en punto y dé sabor, como la sal a los manjares,
y por lo menos al maldiciente agudo, si le vituperan y condenan por perjudicial,
no dejan de absolverle y alabarle por discreto.
Este, pues, nuestro murmurador, a quien su lengua desterró de su
patria en compañía de la torpe y viciosa Rosamunda, habiendo
dado igual pena el rey de Inglaterra a su maliciosa lengua como a la torpeza
de Rosamunda, hallándose solo con Rutilio, le dijo:
-Mira, Rutilio, necio es, y muy necio, el que, descubriendo un secreto
a otro, le pide encarecidamente que le calle, porque le importa la vida
en que lo que le dice no se sepa. Digo yo agora: ven acá, descubridor
de tus pensamientos y derramador de tus secretos: si a ti, con importarte
la vida, como dices, los descubres al otro a quien se los dices, que no
le importa nada el descubrillos, ¿cómo quieres que los cierre
y recoja debajo de la llave del silencio? ¿Qué mayor seguridad
puedes tomar de que no se sepa lo que sabes, sino no decillo? Todo esto
sé, Rutilio, y con todo esto me salen a la lengua y a la boca ciertos
pensamientos, que rabian porque los ponga en voz y los arroje en las plazas,
antes que se me pudran en el pecho o reviente con ellos. Ven acá,
Rutilio, ¿qué hace aquí este Arnaldo, siguiendo el
cuerpo de Auristela, como si fuese su misma sombra, dejando su reino a
la discreción de su padre, viejo y quizá caduco, perdiéndose
aquí, anegándose allí, llorando acá, supirando
acullá, lamentándose amargamente de la fortuna que él
mismo se fabrica? ¿Qué diremos desta Auristela y deste su
hermano, mozos vagamundos, encubridores de su linaje, quizá por
poner en duda si son o no principales?; que el que está ausente
de su patria, donde nadie le conoce, bien puede darse los padres que quisiere,
y, con la discreción y artificio, parecer en sus costumbres que
son hijos del sol y de la luna. No niego yo que no sea virtud digna de
alabanza mejorarse cada uno, pero ha de ser sin perjuicio de tercero.
El honor y la alabanza son premios de la virtud, que siendo firme y sólida
se le deben, mas no se le debe a la ficticia y hipócrita. ¿Quién
puede ser este luchador, este esgrimidor, este corredor y saltador, este
Ganimedes, este lindo, este aquí vendido, acullá comprado,
este Argos de esta ternera de Auristela, que apenas nos la deja mirar
por brújula; que ni sabemos ni hemos podido saber deste par, tan
sin par en hermosura, de dónde vienen ni a dó van? Pero
lo que más me fatiga de ellos es que, por los once cielos que dicen
que hay, te juro, Rutilio, que no me puedo persuadir que sean hermanos,
y que, puesto que lo sean, no puedo juzgar bien de que ande tan junta
esta hermandad por mares, por tierras, por desiertos, por campañas,
por hospedajes y mesones. Lo que gastan sale de las alforjas, saquillos
y repuestos llenos de pedazos de oro de las bárbaras Ricla y Constanza.
Bien veo que aquella cruz de diamantes y aquellas dos perlas que trae
Auristela valen un gran tesoro, pero no son prendas que se cambian ni
truecan por menudo; pues pensar que siempre han de hallar reyes que los
hospeden y príncipes que los favorezcan, es hablar en lo escusado.
Pues ¿qué diremos, Rutilio, ahora, de la fantasía
de Transila y de la astrología de su padre: ella que revienta de
valiente, y él que se precia de ser el mayor judiciario del mundo?
Yo apostaré que Ladislao, su esposo de Transila, tomara ahora estar
en su patria, en su casa y en su reposo, aunque pasara por el estatuto
y condición de los de su tierra, y no verse en la ajena, a la discreción
del que quisiere darles lo que han menester. Y este nuestro bárbaro
español, en cuya arrogancia debe estar cifrada la valentía
del orbe, yo pondré que si el cielo le lleva a su patria, que ha
de hacer corrillos de gente, mostrando a su mujer y a sus hijos envueltos
en sus pellejos, pintando la isla bárbara en un lienzo, y señalando
con una vara el lugar do estuvo encerrado quince años, la mazmorra
de los prisioneros y la esperanza inútil y ridícula de los
bárbaros, y el incendio no pensado de la isla: bien ansí
como hacen los que, libres de la esclavitud turquesca, con las cadenas
al hombro, habiéndolas quitado de los pies, cuentan sus desventuras
con lastimeras voces y humildes plegarias en tierra de cristianos. Pero
esto pase, que, aunque parezca que cuentan imposibles, a mayores peligros
está sujeta la condición humana, y los de un desterrado,
por grandes que sean, pueden ser creederos.
-¿Adónde vas a parar, oh Clodio? -dijo Rutilio.
-Voy a parar -respondió Clodio- en decir de ti que mal podrás
usar tu oficio en estas regiones, donde sus moradores no danzan ni tienen
otros pasatiempos sino lo que les ofrece Baco en sus tazas risueño
y en sus bebidas lascivo; pararé también en mí, que,
habiendo escapado de la muerte por la benignidad del cielo y por la cortesía
de Arnaldo, ni al cielo doy gracias ni a Arnaldo tampoco; antes querría
procurar que, aunque fuese a costa de su desdicha, nosotros enmendásemos
nuestra ventura. Entre los pobres pueden durar las amistades, porque la
igualdad de la fortuna sirve de eslabonar los corazones; pero entre los
ricos y los pobres no puede haber amistad duradera, por la desigualdad
que hay entre la riqueza y la pobreza.
-Filósofo estás, Clodio -replicó Rutilio-, pero yo
no puedo imaginar qué medio podremos tomar para mejorar, como dices,
nuestra suerte, si ella comenzó a no ser buena desde nuestro nacimiento.
Yo no soy tan letrado como tú, pero bien alcanzo que, los que nacen
de padres humildes, si no los ayuda demasiadamente el cielo, ellos por
sí solos pocas veces se levantan adonde sean señalados con
el dedo, si la virtud no les da la mano. Pero a ti, ¿quién
te la ha de dar, si la mayor que tienes es decir mal de la misma virtud?
¿Y a mí, quién me ha de levantar, pues, cuando más
lo procure, no podré subir más de lo que se alza una cabriola?
Yo danzador, tú murmurador; yo condenado a la horca en mi patria,
tú desterrado de la tuya por maldiciente: mira qué bien
podremos esperar que nos mejore.
Suspendióse Clodio con las razones de Rutilio, con cuya suspensión
dio fin a este capítulo el autor desta grande historia.
CAPÍTULO
SEXTO DEL SEGUNDO LIBRO
Todos tenían
con quien comunicar sus pensamientos: Policarpo con su hija, y Clodio
con Rutilio; sólo el suspenso Periandro los comunicaba consigo
mismo; que le engendraron tantos las razones de Auristela, que no sabía
a cuál acudir que le aliviase su pesadumbre.
-¡Válame Dios! ¿Qué es esto? -decía
entre sí mismo-. ¿Ha perdido el juicio Auristela? ¡Ella
mi casamentera! ¿Cómo es posible que haya dado al olvido
nuestros conciertos? ¿Qué tengo yo que ver con Sinforosa?
¿Qué reinos ni qué riquezas me pueden a mí
obligar a que deje a mi hermana Sigismunda, si no es dejando de ser yo
Persiles?
En pronunciando esta palabra, se mordió la lengua, y miró
a todas partes a ver si alguno le escuchaba, y, asegurándose que
no, prosiguió diciendo:
-Sin duda, Auristela está celosa; que los celos se engendran, entre
los que bien se quieren, del aire que pasa, del sol que toca, y aun de
la tierra que pisa. ¡Oh señora mía, mira lo que haces,
no hagas agravio a tu valor ni a tu belleza, ni me quites a mí
la gloria de mis firmes pensamientos, cuya honestidad y firmeza me va
labrando una inestimable corona de verdadero amante! Hermosa, rica y bien
nacida es Sinforosa, pero, en tu comparación, es fea, es pobre
y de linaje humilde. Considera, señora, que el amor nace y se engendra
en nuestros pechos, o por elección o por destino: el que por destino,
siempre está en su punto; el que por elección, puede crecer
o menguar, según pueden menguar o crecer las causas que nos obligan
y mueven a querernos; y, siendo esta verdad tan verdad como lo es, hallo
que mi amor no tiene términos que le encierre, ni palabras que
le declare: casi puedo decir que desde las mantillas y fajas de mi niñez
te quise bien, y aquí pongo yo la razón del destino; con
la edad y con el uso de la razón fue creciendo en mí el
conocimiento, y fueron creciendo en ti las partes que te hicieron amable;
vilas, contemplélas, conocílas, grabélas en mi alma,
y de la tuya y la mía hice un compuesto tan uno y tan solo, que
estoy por decir que tendrá mucho que hacer la muerte en dividirle.
Deja, pues, bien mío, Sinforosas; no me ofrezcas ajenas hermosuras,
ni me convides con imperios ni monarquías, ni dejes que suene en
mis oídos el dulce nombre de hermano con que me llamas. Todo esto
que estoy diciendo entre mí, quisiera decírtelo a ti por
los mismos términos con que lo voy fraguando en mi imaginación,
pero no será posible, porque la luz de tus ojos, y más si
me miran airados, ha de turbar mi vista y enmudecer mi lengua. Mejor será
escribírtelo en un papel, porque las razones serán siempre
unas, y las podrás ver muchas veces, viendo siempre en ellas una
verdad misma, una fe confirmada, y un deseo loable y digno de ser creído;
y así, determino de escribirte.
Quietóse con esto algún tanto, pareciéndole que con
más advertido discurso pondría su alma en la pluma que en
la lengua.
Dejemos escribiendo a Periandro, y vamos a oír lo que dice Sinforosa
a Auristela; la cual Sinforosa, con deseo de saber lo que Periandro había
respondido a Auristela, procuró verse con ella a solas, y darle
de camino noticia de la intención de su padre, creyendo que, apenas
se la habría declarado, cuando alcanzase el sí de su cumplimiento,
puesta en pensar que pocas veces se desprecian las riquezas ni los señoríos,
especialmente de las mujeres, que por naturaleza las más son codiciosas,
como las más son altivas y soberbias.
Cuando Auristela vio a Sinforosa, no le plugo mucho su llegada, porque
no tenía qué responderle, por no haber visto más
a Periandro; pero Sinforosa, antes de tratar de su causa, quiso tratar
de la de su padre, imaginándose que con aquellas nuevas que a Auristela
llevaba, tan dignas de dar gusto, la tendría de su parte, en quien
pensaba estar el todo de su buen suceso. Y así, le dijo:
-Sin duda alguna, bellísima Auristela, que los cielos te quieren
bien, porque me parece que quieren llover sobre ti venturas y más
venturas. Mi padre, el rey, te adora, y conmigo te envía a decir
que quiere ser tu esposo, y en albricias del sí que le has de dar
y yo se le he de llevar, me ha prometido a Periandro por esposo. Ya, señora,
eres reina, ya Periandro es mío, ya las riquezas te sobran, y si
tus gustos en las canas de mi padre no te sobraren, sobrarte han en los
del mando y en los de los vasallos, que estarán continuo atentos
a tu servicio. Mucho te he dicho, amiga y señora mía, y
mucho has de hacer por mí, que de un gran valor no se puede esperar
menos que un grande agradecimiento. Comience en nosotras a verse en el
mundo dos cuñadas que se quieren bien, y dos amigas que sin doblez
se amen, que sí verán, si tu discreción no se olvida
de sí misma. Y dime agora, qué es lo que respondió
tu hermano a lo que de mí le dijiste, que estoy confiada de la
buena respuesta, porque bien simple sería el que no recibiese tus
consejos como de un oráculo.
A lo que respondió Auristela:
-Mi hermano Periandro es agradecido, como principal caballero, y es discreto,
como andante peregrino: que el ver mucho y el leer mucho aviva los ingenios
de los hombres. Mis trabajos y los de mi hermano nos van leyendo en cuánto
debemos estimar el sosiego, y, pues que el que nos ofreces es tal, sin
duda imagino que le habremos de admitir; pero hasta ahora no me ha respondido
nada Periandro, ni sé de su voluntad cosa que pueda alentar tu
esperanza ni desmayarla. Da, ¡oh bella Sinforosa!, algún
tiempo al tiempo, y déjanos considerar el bien de tus promesas,
porque, puestas en obra, sepamos estimarlas. Las obras que no se han de
hacer más de una vez, si se yerran, no se pueden enmendar en la
segunda, pues no la tienen, y el casamiento es una destas acciones; y
así, es menester que se considere bien antes que se haga, puesto
que los términos desta consideración los doy por pasados,
y hallo que tú alcanzarás tus deseos, y yo admitiré
tus promesas y consejos. Y vete, hermana, y haz llamar de mi parte a Periandro,
que quiero saber dél alegres nuevas que decirte, y aconsejarme
con él de lo que me conviene, como con hermano mayor, a quien debo
tener respeto y obediencia.
Abrazóla Sinforosa, y dejóla, por hacer venir a Periandro
a que la viese. El cual, en este tiempo, encerrado y solo, había
tomado la pluma, y de muchos principios que en un papel borró y
tornó a escribir, quitó y añadió, en fin salió
con uno que se dice decía desta manera:
No he osado
fiar de mi lengua lo que de mi pluma, ni aun della fío algo, pues
no puede escribir cosa que sea de momento el que por instantes está
esperando la muerte. Ahora vengo a conocer que no todos los discretos
saben aconsejar en todos los casos; aquellos, sí, que tienen esperiencia
en aquellos sobre quien se les pide el consejo. Perdóname, que
no admito el tuyo por parecerme, o que no me conoces o que te has olvidado
de ti misma; vuelve, señora, en ti, y no te haga una vana presunción
celosa salir de los límites de la gravedad y peso de tu raro entendimiento.
Considera quién eres, y no se te olvide de quien yo soy, y verás
en ti el término del valor que puede desearse, y en mí el
amor y la firmeza que puede imaginarse; y, firmándote en esta consideración
discreta, no temas que ajenas hermosuras me enciendan, ni imagines que
a tu incomparable virtud y belleza otra alguna se anteponga. Sigamos nuestro
viaje, cumplamos nuestro voto, y quédense aparte celos infructuosos
y mal nacidas sospechas. La partida desta tierra solicitaré con
toda diligencia y brevedad, porque me parece que, en salir della, saldré
del infierno de mi tormento a la gloria de verte sin celos.
Esto fue lo
que escribió Periandro, y lo que dejó en limpio al cabo
de haber hecho seis borradores; y, doblando el papel, se fue a ver a Auristela,
de cuya parte ya le habían llamado.
CAPÍTULO
SÉPTIMO DEL SEGUNDO LIBRO.
DIVIDIDO EN DOS PARTES
Rutilio y Clodio,
aquellos dos que querían enmendar su humilde fortuna, confiados
el uno de su ingenio y el otro de su poca vergüenza, se imaginaron
merecedores, el uno de Policarpa y el otro de Auristela; a Rutilio le
contentó mucho la voz y el donaire de Policarpa, y a Clodio la
sin igual belleza de Auristela; y andaban buscando ocasión cómo
descubrir sus pensamientos, sin que les viniese mal por declararlos: que
es bien que tema un hombre bajo y humilde que se atreve a decir a una
mujer principal lo que no había de atreverse a pensarlo siquiera.
Pero tal vez acontece que la desenvoltura de una poco honesta, aunque
principal señora, da motivo a que un hombre humilde y bajo ponga
en ella los ojos y le declare sus pensamientos. Ha de ser anejo a la mujer
principal el ser grave, el ser compuesta y recatada, sin que por esto
sea soberbia, desabrida y descuidada; tanto ha de parecer más humilde
y más grave una mujer cuanto es más señora. Pero
en estos dos caballeros y nuevos amantes, no nacieron sus deseos de las
desenvolturas y poca gravedad de sus señoras; pero, nazcan de do
nacieren, Rutilio, en fin, escribió un papel a Policarpa y Clodio
a Auristela, del tenor que se sigue:
RUTILIO A POLICARPA
Señora,
yo soy estranjero, y, aunque te diga grandezas de mi linaje, como no tengo
testigos que las confirmen, quizá no hallarán crédito
en tu pecho; aunque, para confirmación de que soy ilustre en linaje,
basta que he tenido atrevimiento de decirte que te adoro. Mira qué
pruebas quieres que haga para confirmarte en esta verdad, que a ti estará
el pedirlas y a mí el hacerlas; y, pues te quiero para esposa,
imagina que deseo como quien soy y que merezco como deseo: que de altos
espíritus es aspirar a las cosas altas. Dame siquiera con los ojos
respuesta deste papel, que en la blandura o rigor de tu vista veré
la sentencia de mi muerte o de mi vida.
Cerró
el papel Rutilio con intención de dársele a Policarpa, arrimándose
al parecer de los que dicen: "Díselo tú una vez, que
no falta[rá] quien se lo acuerde ciento." Mostróselo
primero a Clodio, y Clodio le mostró a él otro que para
Auristela tenía escrito, que es éste que se sigue:
CLODIO A AURISTELA
Unos entran
en la red amorosa con el cebo de la hermosura, otros con los del donaire
y gentileza, otros con los del valor que consideran en la persona a quien
determinan rendir su voluntad; pero yo por diferente manera he puesto
mi garganta a su yugo, mi cerviz a su coyunda, mi voluntad a sus fueros
y mis pies a sus grillos, que ha sido por la de la lástima: que
¿cuál es el corazón de piedra que no la tendrá,
hermosa señora, de verte vendida y comprada, y en tan estrechos
pasos puesta, que has llegado al último de la vida por momentos?
El yerro y despiadado acero ha amenazado tu garganta, el fuego ha abrasado
las ropas de tus vestidos, la nieve tal vez te ha tenido yerta, y la hambre
enflaquecida, y de amarilla tez cubiertas las rosas de tus mejillas, y,
finalmente, el agua te ha sorbido y vomitado. Y estos trabajos no sé
con qué fuerzas los llevas, pues no te las pueden dar las pocas
de un rey vagamundo, y que te sigue por sólo el interés
de gozarte, ni las de tu hermano, si lo es, son tantas que te puedan alentar
en tus miserias. No fíes, señora, de promesas remotas, y
arrímate a las esperanzas propincuas, y escoge un modo de vida
que te asegure la que el cielo quisiere darte. Mozo soy, habilidad tengo
para saber vivir en los más últimos rincones de la tierra;
yo daré traza cómo sacarte désta y librarte de las
importunaciones de Arnaldo, y, sacándote deste Egipto, te llevaré
a la tierra de promisión, que es España o Francia o Italia,
ya que no puedo vivir en Inglaterra, dulce y amada patria mía;
y sobre todo me ofrezco a ser tu esposo, y desde luego te aceto por mi
esposa.
Habiendo oído
Rutilio el papel de Clodio, dijo:
-Verdaderamente, nosotros estamos faltos de juicio, pues nos queremos
persuadir que podemos subir al cielo sin alas, pues las que nos da nuestra
pretensión son las de la hormiga. Mira, Clodio, yo soy de parecer
que rasguemos estos papeles, pues no nos ha forzado a escribirlos ninguna
fuerza amorosa, sino una ociosa y baldía voluntad, porque el amor
ni nace ni puede crecer si no es al arrimo de la esperanza, y, faltando
ella, falta él de todo punto. Pues ¿por qué queremos
aventurarnos a perder y no a ganar en esta empresa?; que el declararla
y el ver a nuestras gargantas arrimado el cordel o el cuchillo ha de ser
todo uno; demás que, por mostrarnos enamorados, habremos de parecer,
sobre desagradecidos, traidores. ¿Tú no ves la distancia
que hay de un maestro de danzar, que enmendó su oficio con aprender
el de platero, a una hija de un rey, y la que hay de un desterrado murmurador
a la que desecha y menosprecia reinos? Mordámonos la lengua, y
llegue nuestro arrepentimiento a do ha llegado nuestra necedad. A lo menos
este mi papel se dará primero al fuego o al viento que a Policarpa.
-Haz tú lo que quisieres del tuyo -respondió Clodio-, que
el mío, aunque no le dé a Auristela, le pienso guardar por
honra de mi ingenio; aunque temo que, si no se le doy, toda la vida me
ha de morder la conciencia de haber tenido este arrepentimiento, porque
el tentar no todas las veces daña.
Estas razones pasaron entre los dos fingidos amantes, y atrevidos y necios
de veras.
Llegóse, en fin, el punto de hablar a solas Periandro con Auristela,
y entró a verla con intención de darle el papel que había
escrito; pero, así como la vio, olvidándose de todos los
discursos y disculpas que llevaba prevenidas, le dijo:
-Señora, mírame bien, que yo soy Periandro, que fui el que
fue Persiles, y soy el que tú quieres que sea Periandro. El nudo
con que están atadas nuestras voluntades nadie le puede desatar
sino la muerte; y, siendo esto así, ¿de qué te sirve
darme consejos tan contrarios a esta verdad? Por todos los cielos, y por
ti misma, más hermosa que ellos, te ruego que no nombres más
a Sinforosa, ni imagines que su belleza ni sus tesoros han de ser parte
a que yo olvide las minas de tus virtudes y la hermosura incomparable
tuya, así del cuerpo como del alma. Esta mía, que respira
por la tuya, te ofrezco de nuevo, no con mayores ventajas que aquellas
con que te la ofrecí la vez primera que mis ojos te vieron, porque
no hay cláusula que añadir a la obligación en que
quedé de servirte el punto que en mis potencias se imprimió
el conocimiento de tus virtudes. Procura, señora, tener salud,
que yo procuraré la salida de esta tierra, y dispondré lo
mejor que pudiere nuestro viaje: que, aunque Roma es el cielo de la tierra,
no está puesta en el cielo, y no habrá trabajos ni peligros
que nos nieguen del todo el llegar a ella, puesto que los haya para dilatar
el camino; tente al tronco y a las ramas de tu mucho valor, y no imagines
que ha de haber en el mundo quien se le oponga.
En tanto que Periandro esto decía, le estaba mirando Auristela
con ojos tiernos y con lágrimas de celos y compasión nacidas;
pero, en fin, haciendo efeto en su alma las amorosas razones de Periandro,
dio lugar a la verdad que en ellas venía encerrada, y respondióle
seis o ocho palabras, que fueron:
-Sin hacerme fuerza, dulce amado, te creo; confiada te pido que con brevedad
salgamos desta tierra, que en otra quizá convaleceré de
la enfermedad celosa que en este lecho me tiene.
-Si yo hubiera dado, señora -respondió Periandro-, alguna
ocasión a tu enfermedad, llevara en paciencia tus quejas, y en
mis disculpas hallaras tú el remedio de tus lástimas; pero,
como no te he ofendido, no tengo de qué disculparme. Por quien
eres, te suplico que alegres los corazones de los que te conocen, y sea
brevemente, pues, faltando la ocasión de tu enfermedad, no hay
para qué nos mates con ella. Pondré en efeto lo que me mandas:
saldremos desta tierra con la brevedad posible.
-¿Sabes cuánto te importa, Periandro? -respondió
Auristela-. Pues has de saber que me van lisonjeando promesas y apretando
dádivas; y no como quiera, que por lo menos me ofrecen este reino.
Policarpo, el rey, quiere ser mi esposo; hámelo enviado a decir
con Sinforosa, su hija, y ella, con el favor que piensa tener en mí,
siendo su madrastra, quiere que seas su esposo. Si esto puede ser, tú
lo sabes, y si estamos en peligro, considéralo, y, conforme a esto,
aconséjate con tu discreción, y busca el remedio que nuestra
necesidad pide; y perdóname, que la fuerza de las so[s]pechas han
sido las que me han forzado a ofenderte, pero estos yerros fácilmente
los perdona el amor.
-Dél se dice -replicó Periandro- que no puede estar sin
celos, los cuales, cuando de débiles y flacas ocasiones nacen,
le hacen crecer, sirviendo de espuelas a la voluntad, que, de puro confiada,
se entibia, o a lo menos, parece que se desmaya; y, por lo que debes a
tu buen entendimiento, te ruego que de aquí adelante me mires,
no con mejores ojos, pues no los puede haber en el mundo tales como los
tuyos, sino con voluntad más llana y menos puntuosa, no levantando
algún descuido mío, más pequeño que un grano
de mostaza, a ser monte que llegue a los cielos, llegando a los celos;
y, en lo demás, con tu buen juicio entretén al rey y a Sinforosa,
que no la ofenderás en fingir palabras que se encaminan a conseguir
buenos deseos; y queda en paz, no engendre en algún mal pecho alguna
mala sospecha nuestra larga plática.
Con esto la dejó Periandro, y, al salir de la estancia, encontró
con Clodio y Rutilio: Rutilio acabando de romper el papel que había
escrito a Policarpa, y Clodio doblando el suyo para ponérselo en
el seno; Rutilio arrepentido de su loco pensamiento, y Clodio satisfecho
de su habilidad y ufano de su atrevimiento; pero andará el tiempo
y llegará el punto donde diera él, por no haberle escrito,
la mitad de la vida, si es que las vidas pueden partirse.
CAPÍTULO
SÉPTIMO DEL SEGUNDO LIBRO
Andaba el rey
Policarpo alborozado con sus amorosos pensamientos, y deseoso además
de saber la resolución de Auristela, tan confiado y tan seguro
que había de corresponder a lo que deseaba, que ya consigo mismo
trazaba las bodas, concertaba las fiestas, inventaba las galas, y aun
hacía mercedes en esperanza del venidero matrimonio; pero, entre
todos estos disinios, no tomaba el pulso a su edad, ni igualaba con discreción
la disparidad que hay de diez y siete años a setenta; y, cuando
fueran sesenta, es también grande la distancia: ansí halagan
y lisonjean los lascivos deseos las voluntades, así engañan
los gustos imaginados a los grandes entendimientos, así tiran y
llevan tras sí las blandas imaginaciones a los que no se resisten
en los encuentros amorosos.
Con diferentes pensamientos estaba Sinforosa, que no se aseguraba de su
suerte, por ser cosa natural que quien mucho desea, mucho teme; y las
cosas que podían poner alas a su esperanza, como eran su valor,
su linaje y hermosura, esas mismas se las cortaban, por ser propio de
los amantes rendidos pensar siempre que no tienen partes que merezcan
ser amadas de los que bien quieren. Andan el amor y el temor tan apareados
que, a doquiera que volváis la cara, los veréis juntos;
y no es soberbio el amor, como algunos dicen, sino humilde, agradable
y manso; y tanto, que suele perder de su derecho por no dar a quien bien
quiere pesadumbre; y más, que, como todo amante tiene en sumo precio
y estima la cosa que ama, huye de que de su parte nazca alguna ocasión
de perderla.
Todo esto, con mejores discursos que su padre, consideraba la bella Sinforosa,
y, entre temor y esperanza puesta, fue a ver a Auristela, y a saber della
lo que esperaba y temía. En fin se vio Sinforosa con Auristela,
y sola, que era lo que ella más deseaba; y era tanto el deseo que
tenía de saber las nuevas de su buena o mala andanza que, así
como entró a verla, sin que la hablase palabra, se la puso a mirar
ahincadamente, por ver si en los movimientos de su rostro le daba señales
de su vida o muerte.
Entendióla Auristela, y a media risa (quiero decir, con muestras
alegres), le dijo:
-Llegaos, señora, que a la raíz del árbol de vuestra
esperanza no ha puesto el temor segur para cortar. Bien es verdad que
vuestro bien y el mío se han de dilatar algún tanto, pero
en fin llegarán, porque, aunque hay inconvenientes que suelen impedir
el cumplimiento de los justos deseos, no por eso ha de tener la des[es]peración
fuerzas para no esperalle. Mi hermano dice que el conocimiento que tiene
de tu valor y hermosura, no solamente le obliga, pero que le fuerza a
quererte, y tiene a bien y a merced particular la que le haces en querer
ser suya; pero, antes que venga a tan dichosa posesión, ha menester
defraudar las esperanzas que el príncipe Arnaldo tiene de que yo
he de ser su esposa; y sin duda lo fuera yo, si el serlo tú de
mi hermano no lo estorbara; que has de saber, hermana mía, que
así puedo vivir yo sin Periandro como puede vivir un cuerpo sin
alma: allí tengo de vivir donde él viviere, él es
el espíritu que me mueve y el alma que me anima; y, siendo esto
así, si él se casa en esta tierra contigo, ¿cómo
podré yo vivir en la de Arnaldo en ausencia de mi hermano? Para
escusar este desmán que me amenaza, ordena que nos vamos con él
a su reino, desde el cual le pediremos licencia para ir a Roma a cumplir
un voto, cuyo cumplimiento nos sacó de nuestra tierra; y está
claro, como la esperiencia me lo ha mostrado, que no ha de salir un punto
de mi voluntad. Puestos, pues, en nuestra libertad, fácil cosa
será dar la vuelta a esta isla, donde, burlando sus esperanzas,
veamos el fin de las nuestras, yo casándome con tu padre, y mi
hermano contigo.
A lo que respondió Sinforosa:
-No sé, hermana, con qué palabras podré encarecer
la merced que me has hecho con las que me has dicho; y así, la
dejaré en su punto, porque no sé cómo esplicarlo;
pero esto que ahora decirte quiero, recíbelo antes por advertimiento
que por consejo: ahora estás en esta tierra y en poder de mi padre,
que te podrá y querrá defender de todo el mundo, y no será
bien que se ponga en contingencia la seguridad de tu posesión;
no le ha de ser posible a Arnaldo llevaros por fuerza a ti y a tu hermano,
y hale de ser forzoso, si no querer, a lo menos consentir lo que mi padre
quisiere, que le tiene en su reino y en su casa. Asegúrame tú,
¡oh hermana!, que tienes voluntad de ser mi señora, siendo
esposa de mi padre, y que tu hermano no se ha de desdeñar de ser
mi señor y esposo, que yo te daré llanas todas las dificultades
e inconvenientes que para llegar a este efeto pueda poner Arnaldo.
A lo que respondió Auristela:
-Los varones prudentes, por los casos pasados y por los presentes, juzgan
los que están por venir. A hacernos fuerza pública o secreta
tu padre en nuestra detención, ha de irritar y despertar la cólera
de Arnaldo, que, en fin, es rey poderoso, a lo menos lo es más
que tu padre, y los reyes burlados y engañados fácilmente
se acomodan a vengarse; y así, en lugar de haber recebido con nuestro
parentesco gusto, recibiríades daño, trayéndoos la
guerra a vuestras mismas casas. Y si dijeres que este temor se ha de tener
siempre, ora nos quedemos aquí, ora volvamos después, considerando
que nunca los cielos aprietan tanto los males que no dejen alguna luz
con que se descubra la de su remedio, soy de parecer que nos vamos con
Arnaldo, y que tú misma, con tu discreción y aviso, solicites
nuestra partida; que en esto solicitarás y abreviarás nuestra
vuelta, y aquí, si no en reinos tan grandes como los de Arnaldo,
a lo menos en paz más segura, gozaré yo de la prudencia
de tu padre, y tú de la gentileza y bondad de mi hermano, sin que
se dividan y aparten nuestras almas.
Oyendo las cuales razones, Sinforosa, loca de contento, se abalanzó
a Auristela, y le echó los brazos al cuello, midiéndole
la boca y los ojos con sus hermosos labios. En esto, vieron entrar por
la sala a los dos, al parecer, bárbaros, padre y hijo, y a Ricla
y Constanza, y luego tras ellos entraron Mauricio, Ladislao y Transila,
deseosos de ver y hablar a Auristela, y saber en qué punto estaba
su enfermedad, que los tenía a ellos sin salud. Despidióse
Sinforosa más alegre y más engañada que cuando había
entrado: que los corazones enamorados creen con mucha facilidad aun las
sombras de las promesas de su gusto. El anciano Mauricio, después
de haber pasado con Auristela las ordinarias preguntas y respuestas que
suelen pasar entre los enfermos y los que los visitan, dijo:
-Si los pobres, aunque mendigos, suelen llevar con pesadumbre el verse
desterrados o ausentes de su patria, donde no dejaron sino los terrones
que los sustentaban, ¿qué sentirán los ausentes que
dejaron en su tierra los bienes que de la fortuna pudieran prometerse?
Digo esto, señora, porque mi edad, que con presurosos pasos me
va acercando al último fin, me hace desear verme en mi patria,
adonde mis amigos, mis parientes y mis hijos me cierren los ojos y me
den el último vale. Este bien y merced conseguiremos todos cuantos
aquí estamos, pues todos somos estranjeros y ausentes, y todos,
a lo que creo, tenemos en nuestras patrias lo que no hallaremos en las
ajenas. Si tú, señora, quisieres solicitar nuestra partida,
o a lo menos teniendo por bien que nosotros la procuremos, puesto que
no será posible el dejarte, porque tu generosa condición
y rara hermosura, acompañada de la discreción, que admira,
es la piedra imán de nuestras voluntades.
-A lo menos -dijo a esta sazón Antonio el padre-, de la mía
y de las de mi mujer y hijos, lo es de suerte que primero dejaré
la vida que dejar la compañía de la señora Auristela,
si es que ella no se desdeña de la nuestra.
-Yo os agradezco, señores -respondió Auristela-, el deseo
que me habéis mostrado; y, aunque no está en mi mano corresponder
a él como debía, todavía haré que le pongan
en efeto el príncipe Arnaldo y mi hermano Periandro, sin que sea
parte mi enfermedad, que ya es salud, a impedirle. En tanto, pues, que
llega el felice día y punto de nuestra partida, ensanchad los corazones
y no deis lugar que reine en ellos la malencolía, ni penséis
en peligros venideros: que, pues el cielo de tantos nos ha sacado, sin
que otros nos sobrevengan, nos llevará a nuestras dulces patrias;
que los males que no tienen fuerzas para acabar la vida, no la han de
tener para acabar la paciencia.
Admirados quedaron todos de la respuesta de Auristela, porque en ella
se descubrió su corazón piadoso y su discreción admirable.
Entró en este instante el rey Policarpo, alegre sobremanera, porque
ya había sabido de Sinforosa, su hija, las prometidas esperanzas
del cumplimiento de sus entre castos y lascivos deseos; que los ímpetus
amorosos que suelen parecer en los ancianos se cubren y disfrazan con
la capa de la hipocresía; que no hay hipócrita, si no es
conocido por tal, que dañe a nadie sino a sí mismo, y los
viejos, con la sombra del matrimonio, disimulan sus depravados apetitos.
Entraron con el rey Arnaldo y Periandro, y, dándole el parabién
a Auristela de la mejoría, mandó el rey que, aquella noche,
en señal de la merced que del cielo todos en la mejoría
de Auristela habían recebido, se hiciesen luminarias en la ciudad,
y fiestas y regocijos ocho días continuos. Periandro lo agradeció
como hermano de Auristela, y Arnaldo como amante que pretendía
ser su esposo.
Regocijábase Policarpo allá entre sí mismo en considerar
cuán suavemente se iba engañando Arnaldo, el cual, admirado
con la mejoría de Auristela, sin que supiese los disinios de Policarpo,
buscaba modos de salir de su ciudad, pues tanto cuanto más se dilataba
su partida, tanto más, a su parecer, se alongaba el cumplimiento
de su deseo. Mauricio, también deseoso de volver a su patria, acudió
a su ciencia, y halló en ella que grandes dificultades habían
de impedir su partida. Comunicólas con Arnaldo y Periandro, que
ya habían sabido los intentos de Sinforosa y Policarpo, que les
puso en mucho cuidado, por saber cierto, cuando el amoroso deseo se apodera
de los pechos poderosos, suele romper por cualquiera dificultad, hasta
llegar al fin de ellos: no se miran respetos, ni se cumplen palabras,
ni guardan obligaciones. Y así, no había para qué
fiarse en las pocas o ninguna en que Policarpo les estaba.
En resolución, quedaron los tres de acuerdo que Mauricio buscase
un bajel, de muchos que en el puerto estaban, que los llevase a Inglaterra
secretamente, que para embarcarse no faltaría modo convenible,
y que, en este entretanto, no mostrase ninguno señales de que tenían
noticia de los disinios de Policarpo. Todo esto se comunicó con
Auristela, la cual aprobó su parecer, y entró en nuevos
cuidados de mirar por su salud y por la de todos.
CAPÍTULO
OCTAVO DEL SEGUNDO LIBRO
Da Clodio el
papel a Auristela; Antonio, el bárbaro, le mata por yerro
Dice la historia
que llegó a tanto la insolencia, o por mejor decir, la desvergüenza
de Clodio, que tuvo atrevimiento de poner en las manos de Auristela el
desvergonzado papel que la había escrito, engañada con que
le dijo que eran unos versos devotos, dignos de ser leídos y estimados.
Abrió Auristela el papel, y pudo con ella tanto la curiosidad,
que no dio lugar al enojo para dejalle de leer hasta el cabo. Leyóle
en fin, y, volviéndole a cerrar, puestos los ojos en Clodio, y
no echando por ellos rayos de amorosa luz, como las más veces solía,
sino centellas de rabioso fuego, le dijo:
-Quítateme de delante, hombre maldito y desvergonzado: que si la
culpa deste tu atrevido disparate entendiera que había nacido de
algún descuido mío, que menoscabara mi crédito y
mi honra, en mí misma castigara tu atrevimiento, el cual no ha
de quedar sin castigo, si ya entre tu locura y mi paciencia no se pone
el tenerte lástima.
Quedó atónito Clodio, y diera él por no haberse atrevido
la mitad de la vida, como ya se ha dicho. Rodeáronle luego el alma
mil temores, y no se daba más término de vida que lo que
tardasen en saber su bellaquería Arnaldo o Periandro; y, sin replicar
palabra, bajó los ojos, volvió las espaldas y dejó
sola a Auristela, cuya imaginación ocupó un temor, no vano,
sino muy puesto en razón, de que Clodio, desesperado, había
de dar en traidor, aprovechándose de los intentos de Policarpo,
si acaso a su noticia viniese, y determinó darla de aquel caso
a Periandro y Arnaldo.
Sucedió en este tiempo que, estando Antonio el mozo solo en su
aposento, entró a deshora una mujer en él, de hasta cuarenta
años de edad, que, con el brío y donaire, debía de
encubrir otros diez, vestida, no al uso de aquella tierra, sino al de
España; y, aunque Antonio no conocía de usos, sino de los
que había visto en los de la bárbara isla donde se había
criado y nacido, bien conoció ser estranjera de aquella tierra.
Levantóse Antonio a recebirla cortésmente, porque no era
tan bárbaro que no fuese bien criado. Sentáronse, y la dama
-si en tantos años de edad es justo se le dé este nombre-,
después de haber estado atenta mirando el rostro de Antonio, dijo:
-Parecerte ha novedad, ¡oh mancebo!, esta mi venida a verte, porque
no debes de estar en uso de ser visitado de mujeres, habiéndote
criado, según he sabido, en la isla Bárbara, y no entre
bárbaros, sino entre riscos y peñas, de las cuales, si como
sacaste la belleza y brío que tienes, has sacado también
la dureza en las entrañas, la blandura de las mías temo
que no me ha de ser de provecho. No te desvíes, sosiégate
y no te alborotes, que no está hablando contigo algún mostruo
ni persona que quiera decirte ni aconsejarte cosas que vayan fuera de
la naturaleza humana; mira que te hablo español, que es la lengua
que tú sabes, cuya conformidad suele engendrar amistad entre los
que no se conocen.
«Mi nombre es Cenotia, soy natural de España, nacida y criada
en Alhama, ciudad del reino de Granada; conocida por mi nombre en todos
los de España, y aun entre otros muchos, porque mi habilidad no
consiente que mi nombre se encubra, haciéndome conocida mis obras.
Salí de mi patria, habrá cuatro años, huyendo de
la vigilancia que tienen los mastines veladores que en aquel reino tienen
del católico rebaño. Mi estirpe es agarena; mis ejercicios,
los de Zoroastes, y en ellos soy única. ¿Ves este sol que
nos alumbra? Pues si, para señal de lo que puedo, quieres que le
quite los rayos y le asombre con nubes, pídemelo, que haré
que a esta claridad suceda en un punto escura noche; o ya si quisieres
ver temblar la tierra, pelear los vientos, alterarse el mar, encontrarse
los montes, bramar las fieras, o otras espantosas señales que nos
representen la confusión del caos primero, pídelo, que tú
quedarás satisfecho y yo acreditada. Has de saber ansimismo que
en aquella ciudad de Alhama siempre ha habido alguna mujer de mi nombre,
la cual, con el apellido de Cenotia, hereda esta ciencia, que no nos enseña
a ser hechiceras, como algunos nos llaman, sino a ser encantadoras y magas,
nombres que nos vienen más al propio. Las que son hechiceras, nunca
hacen cosa que para alguna cosa sea de provecho: ejercitan sus burlerías
con cosas, al parecer, de burlas, como son habas mordidas, agujas sin
puntas, alfileres sin cabeza, y cabellos cortados en crecientes o menguantes
de luna; usan de carácteres que no entienden, y si algo alcanzan,
tal vez, de lo que pretenden, es, no en virtud de sus simplicidades, sino
porque Dios permite, para mayor condenación suya, que el demonio
las engañe. Pero nosotras, las que tenemos nombre de magas y de
encantadoras, somos gente de mayor cuantía; tratamos con las estrellas,
contemplamos el movimiento de los cielos, sabemos la virtud de las yerbas,
de las plantas, de las piedras, de las palabras, y, juntando lo activo
a lo pasivo, parece que hacemos milagros, y nos atrevemos a hacer cosas
tan estupendas que causan admiración a las gentes, de donde nace
nuestra buena o mala fama: buena, si hacemos bien con nuestra habilidad;
mala, si hacemos mal con ella. Pero, como la naturaleza parece que nos
inclina antes al mal que al bien, no podemos tener tan a raya los deseos
que no se deslicen a procurar el mal ajeno; que, ¿quién
quitará al airado y ofendido que no se vengue? ¿Quién
al amante desdeñado que no quiera, si puede, reducir a ser querido
del que le aborrece? Puesto que en mudar las voluntades, sacarlas de su
quicio, como esto es ir contra el libre albedrío, no hay ciencia
que lo pueda, ni virtud de yerbas que lo alcancen.»
A todo esto que la española Cenotia decía, la estaba mirando
Antonio con deseo grande de saber qué suma tendría tan larga
cuenta.
Pero la Cenotia prosiguió diciendo:
-«Dígote, en fin, bárbaro discreto, que la persecución
de los que llaman inquisidores en España, me arrancó de
mi patria; que, cuando se sale por fuerza della, antes se puede llamar
arrancada que salida. Vine a esta isla por estraños rodeos, por
infinitos peligros, casi siempre como si estuvieran cerca, volviendo la
cabeza atrás, pensando que me mordían las faldas los perros,
que aun hasta aquí temo; dime presto a conocer al rey antecesor
de Policarpo, hice algunas maravillas, con que dejé maravillado
al pueblo; procuré hacer vendible mi ciencia, tan en mi provecho,
que tengo juntos más de treinta mil escudos en oro; y, estando
atenta a esta ganancia, he vivido castamente, sin procurar otro algún
deleite, ni le procurara, si mi buena o mi mala fortuna no te hubieran
traído a esta tierra, que en tu mano está darme la suerte
que quisieres.» Si te parezco fea, yo haré de modo que me
juzgues por hermosa; si son pocos treinta mil escudos que te ofrezco,
alarga tu deseo y ensancha los sacos de la codicia y los senos, y comienza
desde luego a contar cuantos dineros acertares a desear. Para tu servicio
sacaré las perlas que encubren las conchas del mar, rendiré
y traeré a tus manos las aves que rompen el aire, haré que
te ofrezcan sus frutos las plantas de la tierra, haré que brote
del abismo lo más precioso que en él se encierra, haréte
invencible en todo, blando en la paz, temido en la guerra; en fin, enmendaré
tu suerte de manera que seas siempre invidiado y no invidioso. Y, en cambio
destos bienes que te he dicho, no te pido que seas mi esposo, sino que
me recibas por tu esclava: que, para ser tu esclava, no es menester que
me tengas voluntad como para ser esposa, y, como yo sea tuya, en cualquier
modo que lo sea, viviré contenta. Comienza, pues, ¡oh generoso
mancebo!, a mostrarte prudente, mostrándote agradecido: mostrarte
has prudente, si antes que me agradezcas estos deseos, quisieres hacer
esperiencia de mis obras; y, en señal de que así lo harás,
alégrame el alma ahora con darme alguna señal de paz, dándome
a tocar tu valerosa mano.
Y, diciendo esto, se levantó para ir a abrazarle.
Antonio, viendo lo cual, lleno de confusión, como si fuera la más
retirada doncella del mundo, y como si enemigos combatieran el castillo
de su honestidad, se puso a defenderle, y, levantándose, fue a
tomar su arco, que siempre o le traía consigo o le tenía
junto a sí, y, poniendo en él una flecha, hasta veinte pasos
desviado de la Cenotia, le encaró la flecha. No le contentó
mucho a la enamorada dama la postura amenazadora de muerte de Antonio,
y, por huir el golpe, desvió el cuerpo, y pasó la flecha
volando por junto a la garganta (en esto más bárbaro Antonio
de lo que parecía en su traje). Pero no fue el golpe de la flecha
en vano, porque a este instante entraba por la puerta de la estancia el
maldiciente Clodio, que le sirvió de blanco, y le pasó la
boca y la lengua, y le dejó la vida en perpetuo silencio: castigo
merecido a sus muchas culpas. Volvió la Cenotia la cabeza, vio
el mortal golpe que había hecho la flecha, temió la segunda,
y, sin aprovecharse de lo mucho que con su ciencia se prometía,
llena de confusión y de miedo, tropezando aquí y cayendo
allí, salió del aposento, con intención de vengarse
del cruel y desamorado mozo.
CAPÍTULO
NUEVE DEL SEGUNDO LIBRO
No le quedó
sabrosa la mano a Antonio del golpe que había hecho; que, aunque
acertó errando, como no sabía las culpas de Clodio y había
visto la de la Cenotia, quisiera haber sido mejor certero. Llegóse
a Clodio por ver si le quedaban algunas reliquias de vida, y vio que todas
se las había llevado la muerte; cayó en la cuenta de su
yerro, y túvose verdaderamente por bárbaro. Entró
en esto su padre, y, viendo la sangre y el cuerpo muerto de Clodio, conoció
por la flecha que aquel golpe había sido hecho por la mano de su
hijo. Preguntóselo, y respondióle que sí; quiso saber
la causa, y también se la dijo.
Admiróse el padre; lleno de indignación le dijo:
-Ven acá, bárbaro, si a los que te aman y te quieren procuras
quitar la vida, ¿qué harás a los que te aborrecen?
Si tanto presumes de casto y honesto, defiende tu castidad y honestidad
con el sufrimiento; que los peligros semejantes no se remedian con las
armas, ni con esperar los encuentros, sino con huir de ellos. Bien parece
que no sabes lo que le sucedió a aquel mancebo hebreo que dejó
la capa en manos de la lasciva señora que le solicitaba. Dejaras
tú, ignorante, esa tosca piel que traes vestida, y ese arco con
que presumes vencer a la misma valentía; no le armaras contra la
blandura de una mujer rendida, que, cuando lo está, rompe por cualquier
inconveniente que a su deseo se oponga. Si con esta condición pasas
adelante en el discurso de tu vida, por bárbaro serás tenido
hasta que la acabes, de todos los que te conocieren. No digo yo que ofendas
a Dios en ningún modo, sino que reprehendas, y no castigues, a
las que quisieren turbar tus honestos pensamientos; y aparéjate
para más de una batalla, que la verdura de tus años y el
gallardo brío de tu persona con muchas batallas te amenazan; y
no pienses que has de ser siempre solicitado, que alguna vez solicitarás,
y, sin alcanzar tus deseos, te alcanzará la muerte en ellos.
Escuchaba Antonio a su padre, los ojos puestos en el suelo, tan vergonzoso
como arrepentido. Y lo que le respondió fue:
-No mires, señor, lo que hice, y pésame de haberlo hecho.
Procuraré enmendarme de aquí adelante, de modo que no parezca
bárbaro por riguroso, ni lascivo por manso. Dése orden de
enterrar a Clodio, y de hacerle la satisfación más conveniente
que ser pudiere.
Ya en esto había volado por el palacio la muerte de Clodio, pero
[no] la causa de ella, porque la encubrió la enamorada Cenotia,
diciendo sólo que, sin saber por qué, el bárbaro
mozo le había muerto.
Llegó esta nueva a los oídos de Auristela, que aún
se tenía el papel de Clodio en las manos, con intención
de mostrársele a Periandro o a Arnaldo, para que castigasen su
atrevimiento; pero, viendo que el cielo había tomado a su cargo
el castigo, rompió el papel y no quiso que saliesen a luz las culpas
de los muertos: consideración tan prudente como cristiana. Y, bien
que Policarpo se alborotó con el suceso, teniéndose por
ofendido de que nadie en su casa vengase sus injurias, no quiso averiguar
el caso, sino remitióselo al príncipe Arnaldo, el cual,
a ruego de Auristela y al de Transila, perdonó a Antonio y mandó
enterrar a Clodio, sin averiguar la culpa de su muerte, creyendo ser verdad
lo que Antonio decía, que por yerro le había muerto, sin
descubrir los pensamientos de Cenotia, porque a él no le tuviesen
de todo en todo por bárbaro.
Pasó el rumor del caso, enterraron a Clodio, quedó Auristela
vengada, como si en su generoso pecho albergara género de venganza
alguna, así como albergaba en el de la Cenotia, que bebía,
como dicen, los vientos, imaginando cómo vengarse del cruel flechero,
el cual de allí a dos días se sintió mal dispuesto,
y cayó en la cama con tanto descaecimiento, que los médicos
dijeron que se le acababa la vida, sin conocer de qué enfermedad.
Lloraba Ricla, su madre, y su padre Antonio tenía de dolor el corazón
consumido; no se podía alegrar Auristela, ni Mauricio; Ladislao
y Transila sentían la misma pesadumbre; viendo lo cual Policarpo,
acudió a su consejera Cenotia, y le rogó procurase algún
remedio a la enfermedad de Antonio, la cual, por no conocerla los médicos,
ellos no sabían hallarle. Ella le dio buenas esperanzas, asegurándole
que de aquella enfermedad no moriría, pero que convenía
dilatar algún tanto la cura. Creyóla Policarpo, como si
se lo dijera un oráculo.
De todos estos sucesos no le pesaba mucho a Sinforosa, viendo que por
ellos se detendría la partida de Periandro, en cuya vista tenía
librado el alivio de su corazón: que, puesto que deseaba que se
partiese, pues no podía volver si no se partía, tanto gusto
le daba el verle que no quisiera que se partiera.
Llegó una sazón y coyuntura donde Policarpo y sus dos hijas,
Arnaldo, Periandro y Auristela, Mauricio, Ladislao y Transila, y Rutilio,
que después que escribió el billete a Policarpa, aunque
le había roto, de arrepentido andaba triste y pensativo, bien así
como el culpado, que piensa que cuantos le miran son sabidores de su culpa;
digo que la compañía de los ya nombrados se halló
en la estancia del enfermo Antonio, a quien todos fueron a visitar, a
pedimiento de Auristela, que ansí a él como a sus padres
los estimaba y quería mucho, obligada del beneficio que el mozo
bárbaro le había hecho cuando los sacó del fuego
de la isla, y la llevó al serrallo de su padre; y más que,
como en las comunes desventuras se reconcilian los ánimos y se
traban las amistades, por haber sido tantas las que en compañía
de Ricla y de Constanza y de los dos Antonios había pasado, ya
no solamente por obligación, mas por elección y destino
los amaba.
Estando, pues, juntos, como se ha dicho, un día Sinforosa rogó
encarecidamente a Periandro les contase algunos sucesos de su vida; especialmente
se holgaría de saber de dónde venía la primera vez
que llegó a aquella isla, cuando ganó los premios de todos
los juegos y fiestas que aquel día se hicieron, en memoria de haber
sido el de la elección de su padre. A lo que Periandro respondió
que sí haría, si se le permitiese comenzar el cuento de
su historia, y no del mismo principio, porque éste no lo podía
decir ni descubrir a nadie, hasta verse en Roma con Auristela, su hermana.
Todos le dijeron que hiciese su gusto, que de cualquier cosa que él
dijese le recibirían; y el que más contento sintió
fue Arnaldo, creyendo descubrir, por lo que Periandro dijese, algo que
descubriese quién era. Con este salvoconduto, Periandro dijo desta
manera.
CAPÍTULO
DÉCIMO DEL SEGUNDO LIBRO.
Cuenta Periandro
el suceso de su viaje
-«El
principio y preámbulo de mi historia, ya que queréis, señores,
que os la cuente, quiero que sea éste: que nos contempléis
a mi hermana y a mí, con una anciana ama suya, embarcados en una
nave, cuyo dueño, en el lugar de parecer mercader, era un gran
cosario. Las riberas de una isla barríamos; quiero decir que íbamos
tan cerca de ella que distintamente conocíamos, no solamente los
árboles, pero sus diferencias. Mi hermana, cansada de haber andado
algunos días por el mar, deseó salir a recrearse a la tierra;
pidióselo al capitán, y, como sus ruegos tienen siempre
fuerza de mandamiento, consintió el capitán en el de su
ruego, y en la pequeña barca de la nave, con sólo un marinero,
nos echó en tierra a mí y a mi hermana y a Cloelia, que
éste era el nombre de su ama. Al tomar tierra, vio el marinero
que un pequeño río por una pequeña boca entraba a
dar al mar su tributo; hacíanle sombra por una y otra ribera gran
cantidad de verdes y hojosos árboles, a quien servían de
cristalinos espejos sus transparentes aguas. Rogámosle se entrase
por el río, pues la amenidad del sitio nos convidaba. Hízolo
así, y comenzó a subir por el río arriba, y, habiendo
perdido de vista la nave, soltando los remos, se detuvo y dijo: ''Mirad,
señores, del modo que habéis de hacer este viaje, y haced
cuenta que esta pequeña barca que ahora os lleva es vuestro navío,
porque no habéis de volver más al que en la mar os queda
aguardando, si ya esta señora no quiere perder la honra, y vos,
que decís que sois su hermano, la vida''. Díjome, en fin,
que el capitán del navío quería deshonrar a mi hermana
y darme a mí la muerte, y que atendiésemos a nuestro remedio,
que él nos seguiría y acompañaría en todo
lugar y en todo acontecimiento. Si nos turbamos con esta nueva, júzguelo
el que estuviere acostumbrado a recebirlas malas de los bienes que espera.
Agradecíle el aviso, y ofrecíle la recompensa cuando nos
viésemos en más felice estado. ''Aun bien -dijo Cloelia-
que traigo conmigo las joyas de mi señora''.
»Y, aconsejándonos los cuatro de lo que hacer debíamos,
fue parecer del marinero que nos entrásemos el río adentro:
quizá descubriríamos algún lugar que nos defendiese,
si acaso los de la nave viniesen a buscarnos. ''Mas no vendrán
-dijo-, porque no hay gente en todas estas islas que no piense ser cosarios
todos cuantos surcan estas riberas, y, en viendo la nave o naves, luego
toman las armas para defenderse; y, si no es con asaltos nocturnos y secretos,
nunca salen medrados los cosarios''.
»Parecióme bien su consejo; tomé yo el un remo, y
ayudéle a llevar el trabajo. Subimos por el río arriba,
y, habiendo andado como dos millas, llegó a nuestros oídos
el son de muchos y varios instrumentos formado, y luego se nos ofreció
a la vista una selva de árboles movibles, que de la una ribera
a la otra ligeramente cruzaban. Llegamos más cerca y conocimos
ser barcas enramadas lo que parecían árboles, y que el son
le formaban los instrumentos que tañían los que en ellas
iban. Apenas nos hubieron descubierto, cuando se vinieron a nosotros y
rodearon nuestro barco por todas partes. Levantóse en pie mi hermana,
y, echándose sus hermosos cabellos a las espaldas, tomados por
la frente con una cinta leonada o listón que le dio su ama, hizo
de sí casi divina e improvisa muestra; que, como después
supe, por tal la tuvieron todos los que en las barcas venían, los
cuales a voces, como dijo el marinero, que las entendía, decían:
''¿Qué es esto? ¿Qué deidad es esta que viene
a visitarnos y a dar el parabién al pescador Carino y a la sin
par Selviana de sus felicísimas bodas?'' Luego dieron cabo a nuestra
barca, y nos llevaron a desembarcar no lejos del lugar donde nos habían
encontrado.
»Apenas pusimos los pies en la ribera, cuando un escuadrón
de pescadores, que así lo mostraban ser en su traje, nos rodearon,
y uno por uno, llenos de admiración y reverencia, llegaron a besar
las orillas del vestido de Auristela, la cual, a pesar del temor que la
congojaba de las nuevas que la habían dado, se mostró a
aquel punto tan hermosa, que yo disculpo el error de aquellos que la tuvieron
por divina.
»Poco desviados de la ribera, vimos un tálamo en gruesos
troncos de sabina sustentado, cubierto de verde juncia, y oloroso con
diversas flores, que servían de alcatifas al suelo; vimos ansimismo
levantarse de unos asientos dos mujeres y dos hombres, ellas mozas y ellos
gallardos mancebos: la una hermosa sobremanera, y la otra fea sobremanera;
el uno gallardo y gentilhombre, y el otro no tanto; y todos cuatro se
pusieron de rodillas ante Auristela, y el más gentilhombre dijo:
''¡Oh tú, quienquiera que seas, que no puedes ser sino cosa
del cielo!; mi hermano y yo, con el estremo a nuestras fuerzas posible,
te agradecemos esta merced que nos haces, honrando nuestras pobres y ya
de hoy más ricas bodas. Ven, señora, y si en lugar de los
palacios de cristal, que en el profundo mar dejas, como una de sus habitadoras,
hallares en nuestros ranchos las paredes de conchas y los tejados de mimbres,
o por mejor decir, las paredes de mimbres y los tejados de conchas, hallarás,
por lo menos, los deseos de oro, y las voluntades de perlas para servirte.
Y hago esta comparación, que parece impropia, porque no hallo cosa
mejor que el oro, ni más hermosa que las perlas''. Inclinóse
a abrazarle Auristela, confirmando con su gravedad, cortesía y
hermosura la opinión que della tenían.
»El pescador menos gallardo se apartó a dar orden a la demás
turba a que levantasen las voces en alabanzas de la recién venida
estranjera, y que tocasen todos los instrumentos en señal de regocijo.
Las dos pescadoras, fea y hermosa, con sumisión humilde, besaron
las manos a Auristela, y ella las abrazó cortés y amigablemente.
El marinero, contentísimo del suceso, dio cuenta a los pescadores
del navío que en el mar quedaba, diciéndoles que era de
cosarios, de quien se temía que habían de venir por aquella
doncella, que era una principal señora, hija de reyes: que, para
mover los corazones a su defensa, le pareció ser necesario levantar
este testimonio a mi hermana. Apenas entendieron esto, cuando dejaron
los instrumentos regocijados y acudieron a los bélicos, que tocaron
"¡arma, arma!" por entrambas riberas.
»Llegó en esto la noche, recogímonos al mismo rancho
de los desposados, pusiéronse centinelas hasta la misma boca del
río, cebáronse las nasas, tendiéronse las redes y
acomodáronse los anzuelos: todo con intención de regalar
y servir a sus nuevos huéspedes; y, por más honrarlos, los
dos recién desposados no quisieron aquella noche pasarla con sus
esposas, sino dejar los ranchos solos a ellas y a Auristela y a Cloelia,
y que ellos, con sus amigos, conmigo y con el marinero, se les hiciese
guarda y centinela. Y, aunque sobraba la claridad del cielo, por la que
ofrecía la de la creciente luna, y en la tierra ardían las
hogueras que el nuevo regocijo había encendido, quisieron los desposados
que cenásemos en el campo los varones, y dentro del rancho las
mujeres. Hízose así, y fue la cena tan abundante, que pareció
que la tierra se quiso aventajar al mar, y el mar a la tierra, en ofrecer
la una sus carnes y la otra sus pescados.
»Acabada la cena, Carino me tomó por la mano, y, paseándose
conmigo por la ribera, después de haber dado muestras de tener
apasionada el alma, con sollozos y con suspiros, me dijo: ''Por tener
milagrosa esta tu llegada a tal sazón y tal coyuntura, que con
ella has dilatado mis bodas, tengo por cierto que mi mal ha de tener remedio
mediante tu consejo; y ansí, aunque me tengas por loco, y por hombre
de mal conocimiento y de peor gusto, quiero que sepas que, de aquellas
dos pescadoras que has visto, la una fea y la otra hermosa, a mí
me ha cabido en suerte de que sea mi esposa la más bella, que tiene
por nombre Selviana; pero no sé qué te diga, ni sé
qué disculpa dar de la culpa que tengo, ni del yerro que hago.
Yo adoro a Leoncia, que es la fea, sin poder ser parte a hacer otra cosa.
Con todo esto, te quiero decir una verdad, sin que me engañe en
creerla: que a los ojos de mi alma, por las virtudes que en la de Leoncia
descubro, ella es la más hermosa mujer del mundo; y hay más
en esto: que de Solercio, que es el nombre del otro desposado, tengo más
de un barrunto que muere por Selviana. De modo que nuestras cuatro voluntades
están trocadas, y esto ha sido por querer todos cuatro obedecer
a nuestros padres y a nuestros parientes, que han concertado estos matrimonios.
Y no puedo yo pensar en qué razón se consiente que la carga
que ha de durar toda la vida se la eche el hombre sobre sus hombros, no
por el suyo, sino por el gusto ajeno; y, aunque esta tarde habíamos
de dar el consentimiento y el sí del cautiverio de nuestras voluntades,
no por industria, sino por ordenación del cielo, que así
lo quiero creer, se estorbó con vuestra venida, de modo que aún
nos queda tiempo para enmendar nuestra ventura; y para esto te pido consejo,
pues, como estranjero, y no parcial de ninguno, sabrás aconsejarme,
porque tengo determinado que, si no se descubre alguna senda que me lleve
a mi remedio, de ausentarme destas riberas, y no parecer en ellas en tanto
que la vida me durare: ora mis padres se enojen, o mis parientes me riñan,
o mis amigos se enfaden''.
»Atentamente le estuve escuchando, y de improviso me vino a la memoria
su remedio, y a la lengua estas mismas palabras: ''No hay para qué
te ausentes, amigo; a lo menos, no ha de ser antes que yo hable con mi
hermana Auristela, que es aquella hermosísima doncella que has
visto. Ella es tan discreta, que parece que tiene entendimiento divino,
como tiene hermosura divina''.
»Con esto nos volvimos a los ranchos, y yo conté a mi hermana
todo lo que con el pescador había pasado, y ella halló en
su discreción el modo como sacar verdaderas mis palabras y el contento
de todos; y fue que, apartándose con Leoncia y Selviana a una parte,
les dijo: ''Sabed, amigas, que de hoy más lo habéis de ser
verdaderas mías, que juntamente con este buen parecer que el cielo
me ha dado, me dotó de un entendimiento perspicaz y agudo, de tal
modo que, viendo el rostro de una persona, le leo el alma y le adivino
los pensamientos. Para prueba desta verdad, os presentaré a vosotras
por testigos: tú, Leoncia, mueres por Carino, y tú, Selviana,
por Solercio; la virginal vergüenza os tiene mudas, pero por mi lengua
se romperá vuestro silencio, y por mi consejo, que, sin duda alguna
será admitido, se igualarán vuestros deseos. Callad y dejadme
hacer, que o yo no tendré discreción, o vosotras tendréis
felice fin en vuestros deseos''. Ellas, sin responder palabra, sino con
besarla infinitas veces las manos y abrazándola estrechamente,
confirmaron ser verdad cuanto había dicho, especialmente en lo
de sus trocadas aficiones.
»Pasóse la noche, vino el día, cuya alborada fue regocijadísima,
porque con nuevos y verdes ramos parecieron adornadas las barcas de los
pescadores; sonaron los instrumentos con nuevos y alegres sones; alzaron
las voces todos, con que se aumentó la alegría; salieron
los desposados para irse a poner en el tálamo donde habían
estado el día de antes; vistiéronse Selviana y Leoncia de
nuevas ropas de boda. Mi hermana, de industria, se aderezó y compuso
con los mismos vestidos que tenía, y, con ponerse una cruz de diamantes
sobre su hermosa frente y unas perlas en sus orejas (joyas de tanto valor
que hasta ahora nadie les ha sabido dar su justo precio, como lo veréis
cuando os las enseñe), mostró ser imagen sobre el mortal
curso levantada. Llevaba asidas de las manos a Selviana y a Leoncia, y,
puesta encima del teatro, donde el tálamo estaba, llamó
y hizo llegar junto a sí a Carino y a Solercio. Carino llegó
temblando y confuso de no saber lo que yo había negociado, y, estando
ya el sacerdote a punto para darles las manos y hacer las católicas
ceremonias que se usan, mi hermana hizo señales que la escuchasen.
Luego se estendió un mudo silencio por toda la gente, tan callado,
que apenas los aires se movían. Viéndose, pues, prestar
grato oído de todos, dijo en alta y sonora voz: ''Esto quiere el
cielo''. Y, tomando por la mano a Selviana, se la entregó a Solercio,
y, asiendo de la de Leoncia, se la dio a Carino. ''Esto, señores
-prosiguió mi hermana-, es, como ya he dicho, ordenación
del cielo, y gusto no accidental, sino propio destos venturosos desposados,
como lo muestra la alegría de sus rostros y el sí que pronuncian
sus lenguas''. Abrazáronse los cuatro, con cuya señal todos
los circunstantes aprobaron su trueco, y confirmaron, como ya he dicho,
ser sobrenatural el entendimiento y belleza de mi hermana, pues así
había trocado aquellos casi hechos casamientos con sólo
mandarlo.
»Celebróse la fiesta, y luego salieron de entre las barcas
del río cuatro despalmadas, vistosas por las diversas colores con
que venían pintadas, y los remos, que eran seis de cada banda,
ni más ni menos; las banderetas, que venían muchas por los
filaretes, ansimismo eran de varios colores; los doce remeros de cada
una venían vestidos de blanquísimo y delgado lienzo, de
aquel mismo modo que yo vine cuando entré la vez primera en esta
isla. Luego conocí que querían las barcas correr el palio,
que se mostraba puesto en el árbol de otra barca, desviada de las
cuatro como tres carreras de caballo. Era el palio de tafetán verde
listado de oro, vistoso y grande, pues alcanzaba a besar y aun a pasearse
por las aguas. El rumor de la gente y el son de los instrumentos era tan
grande, que no se dejaba entender lo que mandaba el capitán del
mar, que en otra pintada barca venía. Apartáronse las enramadas
barcas a una y otra parte del río, dejando un espacio llano en
medio, por donde las cuatro competidoras barcas volasen, sin estorbar
la vista a la infinita gente que desde el tálamo y desde ambas
riberas estaba atenta a mirarlas; y, estando ya los bogadores asidos de
las manillas de los remos, descubiertos los brazos, donde se parecían
los gruesos nervios, las anchas venas y los torcidos músculos,
atendían la señal de la partida, impacientes por la tardanza,
y fogosos, bien ansí como lo suele estar el generoso can de Irlanda
cuando su dueño no le quiere soltar de la traílla a hacer
la presa que a la vista se le muestra.
»Llegó, en fin, la señal esperada, y a un mismo tiempo
arrancaron todas cuatro barcas, que no por el agua, sino por el viento
parecía que volaban: una dellas, que llevaba por insignia un vendado
Cupido, se adelantó de las demás casi tres cuerpos de la
misma barca, cuya ventaja dio esperanza a todos cuantos la miraban de
que ella sería la primera que llegase a ganar el deseado premio;
otra, que venía tras ella, iba alentando sus esperanzas, confiada
en el tesón durísimo de sus remeros; pero, viendo que la
primera en ningún modo desmayaba, estuvieron por soltar los remos
sus bogadores. Pero son diferentes los fines y acontecimientos de las
cosas de aquello que se imagina, porque, aunque es ley que, los combates
y contiendas, que ninguno de los que miran favorezca a ninguna de las
partes con señales, con voces o con otro algún género
que parezca que pueda servir de aviso al combatiente, viendo la gente
de la ribera que la barca de la insignia de Cupido se aventajaba tanto
a las demás, sin mirar a leyes, creyendo que ya la victoria era
suya, dijeron a voces muchos: ''¡Cupido vence! ¡El Amor es
invencible!'' A cuyas voces, por escuchallas, parece que aflojaron un
tanto los remeros del Amor.
»Aprovechóse de esta ocasión la segunda barca, que
detrás de la del Amor venía, la cual traía por insignia
al Interés en figura de un gigante pequeño, pero muy ricamente
aderezado, y impelió los remos con tanta fuerza, que llegó
a igualarse el Interés con el Amor, y, arrimándosele a un
costado, le hizo pedazos todos los remos de la diestra banda, habiendo
primero la del Interés recogido los suyos y pasado adelante, dejando
burladas las esperanzas de los que primero habían cantado la victoria
por el Amor; y volvieron a decir: ''¡El Interés vence! ¡El
Interés vence!''
»La barca tercera traía por insignia a la Diligencia, en
figura de una mujer desnuda, llena de alas por todo el cuerpo; que, a
traer trompeta en las manos, antes pareciera Fama que Diligencia. Viendo
el buen suceso del Interés, alentó su confianza, y sus remeros
se esforzaron de modo que llegaron a igualar con el Interés; pero,
por el mal gobierno del timonero, se embarazó con las dos barcas
primeras, de modo que los unos ni los otros remos fueron de provecho.
Viendo lo cual la postrera, que traía por insignia a la Buena Fortuna,
cuando estaba desmayada y casi para dejar la empresa, viendo el intricado
enredo de las demás barcas, desviándose algún tanto
de ellas por no caer en el mismo embarazo, apretó, como decirse
suele, los puños y, deslizándose por un lado, pasó
delante de todas. Cambiáronse los gritos de los que miraban, cuyas
voces sirvieron de aliento a su bogadores, que, embebidos en el gusto
de verse mejorados, les parecía que si los que quedaban atrás
entonces les llevaran la misma ventaja, no dudaran de alcanzarlos ni de
ganar el premio, como lo ganaron, más por ventura que por ligereza.
»En fin, la Buena Fortuna fue la que la tuvo buena entonces, y la
mía de agora no lo sería si yo adelante pasase con el cuento
de mis muchos y estraños sucesos.» Y así, os ruego,
señores, dejemos esto en este punto, que esta noche le daré
fin, si es posible que le puedan tener mis desventuras.
Esto dijo Periandro a tiempo que al enfermo Antonio le tomó un
terrible desmayo; viendo lo cual su padre, casi como adevino de dónde
procedía, los dejó a todos, y se fue, como después
parecerá, a buscar a la Cenotia, con la cual le sucedió
lo que se dirá en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO
ONCE DEL SEGUNDO LIBRO
Paréceme
que si no se arrimara la paciencia al gusto que tenían Arnaldo
y Policarpo de mirar a Auristela, y Sinforosa de ver a Periandro, ya la
hubieran perdido escuchando su larga plática, de quien juzgaron
Mauricio y Ladislao que había sido algo larga y traída no
muy a propósito, pues, para contar sus desgracias propias, no había
para qué contar los placeres ajenos. Con todo eso, les dio gusto
y quedaron con él, esperando oír el fin de su historia,
por el donaire siquiera y buen estilo con que Periandro la contaba.
Halló Antonio el padre a la Cenotia, que buscaba en la cámara
del rey por lo menos; y, en viéndola, puesta una desenvainada daga
en las manos, con cólera española y discurso ciego arremetió
a ella, diciéndola (la asió del brazo izquierdo y levantando
la daga en alto, la dijo):
-Dame, ¡oh hechicera!, a mi hijo vivo y sano, y luego; si no, haz
cuenta que el punto de tu muerte ha llegado. Mira si tienes su vida envuelta
en algún envoltorio de agujas sin ojos o de alfileres sin cabezas;
mira, ¡oh pérfida!, si la tienes escondida en algún
quicio de puerta o en alguna otra parte que sólo tú la sabes.
Pasmóse Cenotia, viendo que la amenazaba una daga desnuda en las
manos de un español colérico, y, temblando, le prometió
de darle la vida y salud de su hijo; y aun le prometiera de darle la salud
de todo el mundo, si se la pidiera: de tal manera se le había entrado
el temor en el alma.
Y así, le dijo:
-Suéltame, español, y envai[n]a tu acero, que los que tiene
tu hijo le han conducido al término en que está; y, pues
sabes que las mujeres somos naturalmente vengativas, y más cuando
nos llama a la venganza el desdén y el menosprecio, no te maravilles
si la dureza de tu hijo me ha endurecido el pecho. Aconséjale que
se humane de aquí adelante con los rendidos, y no menosprecie a
los que piedad le pidieren, y vete en paz, que mañana estará
tu hijo en disposición de levantarse bueno y sano.
-Cuando así no sea -respondió Antonio-, ni a mí me
faltará industria para hallarte, ni cólera para quitarte
la vida.
Y con esto la dejó, y ella quedó tan entregada al miedo
que, olvidándose de todo agravio, sacó del quicio de una
puerta los hechizos que había preparado para consumir la vida poco
a poco del riguroso mozo, que con los de su donaire y gentileza la tenía
rendida.
Apenas hubo sacado la Cenotia sus endemoniados preparamentos de la puerta,
cuando salió la salud perdida de Antonio a plaza, cobrando en su
rostro las primeras colores, los ojos vista alegre y las desmayadas fuerzas
esforzado brío, de lo que recibieron general contento cuantos le
conocían.
Y, estando con él a solas, su padre le dijo:
-En todo cuanto quiero agora decirte, ¡oh hijo!, quiero advertirte
que adviertas que se encaminan mis razones a aconsejarte que no ofendas
a Dios en ninguna manera; y bien habrás echado de ver esto en quince
o diez y seis años que ha que te enseño la ley que mis padres
me enseñaron, que es la católica, la verdadera y en la que
se han de salvar y se han salvado todos los que han entrado hasta aquí
y han de entrar de aquí adelante en el reino de los cielos. Esta
santa ley nos enseña que no estamos obligados a castigar a los
que nos ofenden, sino a aconsejarlos la enmienda de sus delitos: que el
castigo toca al juez y la reprehensión a todos, como sea con las
condiciones que después te diré. Cuando te convidaren a
hacer ofensas que redunden en deservicio de Dios, no tienes para qué
armar el arco, ni disparar flechas, ni decir injuriosas palabras: que,
con no recebir el consejo y apartarte de la ocasión, quedarás
vencedor en la pelea, y libre y seguro de verte otra vez en el trance
que ahora te has visto. La Cenotia te tenía hechizado, y con hechizos
de tiempo señalado, poco a poco, en menos [de] diez días
perdieras la vida si Dios y mi buena diligencia no lo hubiera estorbado;
y vente conmigo, porque alegres a todos tus amigos con tu vista, y escuchemos
los sucesos de Periandro, que los ha de acabar de contar esta noche.
Prometióle Antonio a su padre de poner en obra todos sus consejos,
con el ayuda de Dios, a pesar de todas las persuasiones y lazos que contra
su honestidad le armasen.
La Cenotia, en esto, corrida, afrentada y lastimada de la soberbia desamorada
del hijo, y de la temeridad y cólera del padre, quiso por mano
ajena vengar su agravio, sin privarse de la presencia de su desamorado
bárbaro; y, con este pensamiento y resuelta determinación,
se fue al rey Policarpo y le dijo:
-Ya sabes, señor, cómo, después que vine a tu casa
y a tu servicio, siempre he procurado no apartarme en él con la
solicitud posible; sabes también, fiado en la verdad que de mí
tienes conocida, que me tienes hecha archivo de tus secretos, y sabes,
como prudente, que en los casos propios, y más si se ponen de por
medio deseos amorosos, suelen errarse los discursos que, al parecer, van
más acertados; y por esto querría que, en el que ahora tienes
hecho de dejar ir libremente a Arnaldo y a toda su compañía,
vas fuera de toda razón y de todo término. Dime: si no puedes
presente rendir a Auristela, ¿cómo la rendirás ausente?;
¿y cómo querrá ella cumplir su palabra, volviendo
a tomar por esposo a un varón anciano, que en efeto lo eres, que
las verdades que uno conoce de sí mismo no nos pueden engañar,
teniéndose ella de su mano a Periandro, que podría ser que
no fuese su hermano, y a Arnaldo, príncipe mozo y que no la quiere
para menos que para ser su esposa? No dejes, señor, que la ocasión
que agora se te ofrece te vuelva la calva en lugar de la guedeja, y puedes
tomar ocasión de detenerlos, de querer castigar la insolencia y
atrevimiento que tuvo este mostruo bárbaro que viene en su compañía
de matar en tu misma casa a aquel que dicen que se llamaba Clodio; que
si ansí lo haces, alcanzarás fama que alberga en tu pecho,
no el favor, sino la justicia.
Estaba escuchando Policarpo atentísimamente a la maliciosa Cenotia,
que con cada palabra que le decía le atravesaba, como si fuera
con agudos clavos, el corazón; y luego luego quisiera correr a
poner en efeto sus consejos. Ya le parecía ver a Auristela en brazos
de Periandro, no como en los de su hermano, sino como en los de su amante;
ya se la contemplaba con la corona en la cabeza del reino de Dinamarca,
y que Arnaldo hacía burla de sus amorosos disinios. En fin, la
rabia de la endemoniada enfermedad de los celos se le apoderó del
alma en tal manera, que estuvo por dar voces y pedir venganza de quien
en ninguna cosa le había ofendido. Pero, viendo la Cenotia cuán
sazonado le tenía, y cuán prompto para ejecutar todo aquello
que más le quisiese aconsejar, le dijo que se sosegase por entonces,
y que esperasen a que aquella noche acabase de contar Periandro su historia,
porque el tiempo se le diese de pensar lo que más convenía.
Agradecióselo Policarpo, y ella, cruel y enamorada, daba trazas
en su pensamiento cómo cumpliese el deseo del rey y el suyo. Llegó
en esto la noche; juntáronse a conversación como la vez
pasada; volvió Periandro a repetir algunas palabras antes dichas,
para que viniese con concierto a anudar el hilo de su historia, que la
había dejado en el certamen de las barcas
CAPÍTULO DOCE DEL SEGUNDO LIBRO.
Prosigue Periandro
su agradable historia y el robo de Auristela
La que con
más gusto escuchaba a Periandro era la bella Sinforosa, estando
pendiente de sus palabras como con las cadenas que salían de la
boca de Hércules: tal era la gracia y donaire con que Periandro
contaba sus sucesos. Finalmente, los volvió anudar, como se ha
dicho, prosiguiendo desta manera:
-«Al Amor, al Interés y a la Diligencia dejó atrás
la Buena Fortuna, que sin ella vale poco la diligencia, no es de provecho
el interés, ni el amor puede usar de sus fuerzas. La fiesta de
mis pescadores, tan regocijada como pobre, excedió a las de los
triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y en la humildad suelen esconderse
los regocijos más aventajados. Pero, como las venturas humanas
estén por la mayor parte pendientes de hilos delgados, y los de
la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan, como se quebraron
las de mis pescadores, y se retorcieron y fortificaron mis desgracias,
aquella noche la pasamos todos en una isla pequeña que en la mitad
del río se hacía, convidados del verde sitio y apacible
lugar. Holgábanse los desposados, que, sin muestras de parecer
que lo eran, con honestidad y diligencia de dar gusto a quien se le había
dado tan grande, poniéndolos en aquel deseado y venturoso estado;
y así, ordenaron que en aquella isla del río se renovasen
las fiestas y se continuasen por tres días.
»La sazón del tiempo, que era la del verano; la comodidad
del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la fruta
de los árboles, el olor de las flores, cada cosa destas de por
sí, y todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer
de que allí estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen.
Pero, apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, de entre
un pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta cincuenta salteadores
armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar y huir, todo
a un mismo punto; y, como los descuidados acometidos suelen ser vencidos
con su mismo descuido, casi sin ponernos en defensa, turbados con el sobresalto,
antes nos pusimos a mirar que acometer a los ladrones, los cuales, como
hambrientos lobos, arremetieron al rebaño de las simples ovejas,
y se llevaron, si no en la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela,
a Cloelia, su ama, y a Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran
a ofendellas, porque se dejaron muchas otras mujeres a quien la naturaleza
había dotado de singular hermosura.
»Yo, a quien el estraño caso más colérico que
suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí
con los ojos y con las voces, afrentándolos como si ellos fueran
capaces de sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias
les moviesen a volver a tomar venganza de ellas; pero ellos, atentos a
salir con su intento, o no oyeron o no quisieron vengarse, y así,
se desparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los principales
pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a consejo, sobre qué
haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras prendas.
Uno dijo: ''No es posible sino que alguna nave de salteadores está
en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en tierra,
quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si esto
es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan
algunos barcos de los nuestros y les ofrezcan todo el rescate que por
la presa quisieren, sin detenerse en el tanto más cuanto: que las
prendas de esposas hasta las mismas vidas de sus mismos esposos merecen
en rescate''. ''Yo seré -dije entonces- el que haré esa
diligencia; que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como
si fuera la vida de todos los del mundo''. Lo mismo dijeron Carino y Solercio:
ellos llorando en público y yo muriendo en secreto.
»Cuando tomamos esta resolución comenzaba anochecer, pero,
con todo eso, nos entramos en un barco los desposados y yo con seis remeros;
pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar
la noche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno. Determinamos de esperar
el venidero día, por ver si con la claridad descubríamos
algún navío, y quiso la suerte que descubriésemos
dos: el uno que salía del abrigo de la tierra y el otro que venía
a tomarla. Conocí que el que dejaba la tierra era el mismo de quien
habíamos salido a la isla, así en las banderas como en las
velas, que venían cruzadas con una cruz roja. Los que venían
de fuera las traían verdes, y los unos y los otros eran cosarios.
Pues, como yo imaginé que el navío que salía de la
isla era el de los salteadores de la presa, hice poner en una lanza una
bandera blanca de seguro; vine arrimando al costado del navío,
para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me prendiese. Asomóse
el capitán al borde, y, cuando quise alzar la voz para hablarle,
puedo decir que me la turbó y suspendió y cortó en
la mitad del camino un espantoso trueno que formó el disparar de
un tiro de artillería de la nave de fuera, en señal que
desafiaba a la batalla al navío de tierra. Al mismo punto le fue
respondido con otro no menos poderoso, y en un instante se comenzaron
a cañonear las dos naves, como si fueran de dos conocidos y irritados
enemigos.
»Desvióse nuestro barco de en mitad de la furia, y desde
lejos estuvimos mirando la batalla; y, habiendo jugado la artillería
casi una hora, se aferraron los dos navíos con una no vista furia.
Los del navío de fuera, o más venturosos, o por mejor decir,
más valientes, saltaron en el navío de tierra, y en un instante
desembarazaron toda la cubierta, quitando la vida a sus enemigos, sin
dejar a ninguno con ella. Viéndose, pues, libres de sus ofensores,
se dieron a saquear el navío de las cosas más preciosas
que tenía, que por ser de cosarios no era mucho, aunque en mi estimación
eran las mejores del mundo, porque se llevaron de las primeras a mi hermana,
a Selviana, a Leoncia y a Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles
que en la hermosura de Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate.
Quise llegar con mi barca a hablar con el capitán de los vencedores,
pero, como mi ventura andaba siempre en los aires, uno de tierra sopló
y hizo apartar el navío. No pude llegar a él, ni ofrecer
imposibles por el rescate de la presa, y así, fue forzoso el volvernos,
sin ninguna esperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser
otra la derrota que el navío llevaba que aquella que el viento
le permitía, no podimos por entonces juzgar el camino que haría,
ni señal que nos diese a entender quiénes fuesen los vencedores,
para juzgar siquiera, sabiendo su patria, las esperanzas de nuestro remedio.
Él voló, en fin, por el mar adelante, y nosotros, desmayados
y tristes, nos entramos en el río, donde todos los barcos de los
pescadores nos estaban esperando.
»No sé si os diga, señores, lo que es forzoso deciros:
un cierto espíritu se entró entonces en mi pecho, que, sin
mudarme el ser, me pareció que le tenía más que de
hombre; y así, levantándome en pie sobre la barca, hice
que la rodeasen todas las demás y estuviesen atentos a estas o
otras semejantes razones que les dije: ''La baja fortuna jamás
se enmendó con la ociosidad ni con la pereza; en los ánimos
encogidos nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos fabricamos
nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su asiento;
los cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como los avaros
mendigos. Esto os digo, ¡oh amigos míos!, para moveros y
incitaros a que mejoréis vuestra suerte, y a que dejéis
el pobre ajuar de unas redes y de unos estrechos barcos, y busquéis
los tesoros que tiene en sí encerrados el generoso trabajo; llamo
generoso al trabajo del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador
rompiendo la tierra, y apenas saca premio que le sustente más que
un día, sin ganar fama alguna, ¿por qué no tomará
en lugar de la azada una lanza, y, sin temor del sol ni de todas las inclemencias
del cielo, procurará ganar con el sustento fama que le engrandezca
sobre los demás hombres? La guerra, así como es madrastra
de los cobardes, es madre de los valientes, y los premios que por ella
se alcanzan se pueden llamar ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud
valerosa, poned los ojos en aquel navío que se lleva las caras
prendas de vuestros parientes, encerrándonos en estotro, que en
la ribera nos dejaron, casi, a lo que creo, por ordenación del
cielo! Vamos tras él y hagámonos piratas, no codiciosos,
como son los demás, sino justicieros, como lo seremos nosotros.
A todos se nos entiende el arte de la marinería; bastimentos hallaremos
en el navío con todo lo necesario a la navegación, porque
sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si es
grande el agravio que hemos recebido, grandísima es la ocasión
que para vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere,
que yo os suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé
que no me han de dejar en esta valerosa empresa''. »Apenas hube
acabado de decir estas razones, cuando se oyó un murmúreo
por todas las barcas, procedido de que unos con otros se aconsejaban de
lo que harían; y entre todos salió una voz que dijo: ''Embárcate,
generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra
guía, que todos te seguiremos''.
»Esta tan improvisa resolución de todos me sirvió
de felice auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra
mi buen pensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso,
me adelanté con mi barco, al cual siguieron otros casi cuarenta.
Llegué a reconocer el navío, entré dentro, escudriñéle
todo, miré lo que tenía y lo que le faltaba, y hallé
todo lo que me pudo pedir el deseo que fuese necesario para el viaje.
Aconsejéles que ninguno volviese a tierra, por quitar la ocasión
de que el llanto de las mujeres y el de los queridos hijos no fuese parte
para dejar de poner en efeto resolución tan gallarda. Todos lo
hicieron así, y desde allí se despidieron con la imaginación
de sus padres, hijos y mujeres: ¡caso estraño, y que ha menester
que la cortesía ayude a darle crédito! Ninguno volvió
a tierra, ni se acomodó de más vestidos de aquellos con
que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir
los oficios, todos servían de marineros y de pilotos, excepto yo,
que fui nombrado por capitán por gusto de todos. Y, encomendándome
a Dios, comencé luego a ejercer mi oficio, y lo primero que mandé
fue desembarazar el navío de los muertos que habían sido
en la pasada refriega y limpiarle de la sangre de que estaba lleno; ordené
que se buscasen todas las armas, ansí ofensivas como defensivas,
que en él había, y, repartiéndolas entre todos, di
a cada uno la que a mi parecer mejor le estaba; requerí los bastimentos,
y, conforme a la gente, tanteé para cuántos días
serían bastantes, poco más a menos. Hecho esto, y hecha
oración al cielo, suplicándole encaminase nuestro viaje
y favoreciese nuestros tan honrados pensamientos, mandé izar las
velas, que aún se estaban atadas a las entenas, y que las diéramos
al viento, que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres
como atrevidos y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar por
la misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de
la presa.» Veisme aquí, señores que me estáis
escuchando, hecho pescador y casamentero rico con mi querida hermana y
pobre sin ella, robado de salteadores, y subido al grado de capitán
contra ellos; que las vueltas de mi fortuna no tienen un punto donde paren,
ni términos que las encierren.
-No más -dijo a esta sazón Arnaldo-; no más, Periandro
amigo; que, puesto que tú no te canses de contar tus desgracias,
a nosotros nos fatiga el oírlas, por ser tantas.
A lo que respondió Periandro:
-Yo, señor Arnaldo, soy hecho como esto que se llama lugar, que
es donde todas las cosas caben, y no hay ninguna fuera del lugar, y en
mí le tienen todas las que son desgraciadas, aunque, por haber
hallado a mi hermana Auristela, las juzgo por dichosas; que el mal que
se acaba sin acabar la vida, no lo es.
A esto dijo Transila:
-Yo por mí digo, Periandro, que no entiendo esa razón; sólo
entiendo que le será muy grande, si no cumplís el deseo
que todos tenemos de saber los sucesos de vuestra historia, que me va
pareciendo ser tales, que han de dar ocasión a muchas lenguas que
las cuenten y muchas injuriosas plumas que la escriban. Suspensa me tiene
el veros capitán de salteadores (juzgué merecer este nombre
vuestros pescadores valientes), y estaré esperando, también
suspensa, cuál fue la primera hazaña que hicistes, y la
aventura primera con que encontrastes.
-Esta noche, señora -respondió Periandro-, daré fin,
si fuere posible, al cuento, que aún, hasta agora, se está
en sus principios.
Quedando todos de acuerdo que aquella noche volviesen a la misma plática,
por entonces dio fin Periandro a la suya.
CAPÍTULO
TRECE DEL SEGUNDO LIBRO
Da cuenta Periandro
de un notable caso que le sucedió en el mar
La salud del
enhechizado Antonio volvió su gallardía a su primera entereza,
y con ella se volvieron a renovar en Cenotia sus mal nacidos deseos, los
cuales también renovaron [en] su corazón los temores de
verse de él ausente: que los desahuciados de tener en sus males
remedio, nunca acaban de desengañarse que lo están, en tanto
que veen presente la causa de donde nacen. Y así, procuraba, con
todas las trazas que podía imaginar su agudo entendimiento, de
que no saliesen de la ciudad ninguno de aquellos huéspedes; y así,
volvió a aconsejar a Policarpo que en ninguna manera dejase sin
castigo el atrevimiento del bárbaro homicida, y que, por lo menos,
ya que no le diese la pena conforme al delito, le debía prender
y castigarle siquiera con amenazas, dando lugar que el favor se opusiese
por entonces a la justicia, como tal vez se suele hacer en más
importantes ocasiones.
No la quiso tomar Policarpo en la que este consejo le ofrecía,
diciendo a la Cenotia que era agraviar la autoridad del príncipe
Arnaldo, que debajo de su amparo le traía, y enfadar a su querida
Auristela, que como a su hermano le trataba; y más, que aquel delito
fue accidental y forzoso, y nacido más de desgracia que de malicia;
y más, que no tenía parte que le pidiese, y que todos cuantos
le conocían afirmaban que aquella pena era condigna de su culpa,
por ser el mayor maldiciente que se conocía.
-¿Cómo es esto, señor -replicó la Cenotia-,
que, habiendo quedado el otro día entre nosotros de acuerdo de
prenderle, con cuya ocasión la tomases de detener a Auristela,
agora estás tan lejos de tomarle? Ellos se te irán, ella
no volverá, tú llorarás entonces tu perplejidad y
tu mal discurso, a tiempo cuando ni te aprovechen las lágrimas,
ni enmendar en la imaginación lo que ahora con nombre de piadoso
quieres hacer. Las culpas que comete el enamorado en razón de cumplir
su deseo no lo son, en razón de que no es suyo, ni es él
el que las comete, sino el amor, que manda su voluntad. Rey eres, y de
los reyes las injusticias y rigores son bautizadas con nombre de severidad.
Si prendes a este mozo, darás lugar a la justicia; y soltándole,
a la misericordia; y en lo uno y en lo otro confirmarás el nombre
que tienes de bueno.
Desta manera aconsejaba la Cenotia a Policarpo, el cual, a solas y en
todo lugar, iba y venía con el pensamiento en el caso, sin saber
resolverse de qué modo podía detener a Auristela sin ofender
a Arnaldo, de cuyo valor y poder era razón temiese; pero, en medio
de estas consideraciones, y en el de las que tenía Sinforosa, que,
por no estar tan recatada ni tan cruel como la Cenotia, deseaba la partida
de Periandro, por entrar en la esperanza de la vuelta, se llegó
el término de que Periandro volviese a proseguir su historia, que
la siguió en esta manera:
-«Ligera volaba mi nave por donde el viento quería llevarla,
sin que se le opusiese a su camino la voluntad de ninguno de los que íbamos
en ella, dejando todos en el albedrío de la fortuna nuestro viaje,
cuando desde lo alto de la gavia vimos caer a un marinero, que, antes
que llegase a la cubierta del navío, quedó suspenso de un
cordel que traía anudado a la garganta. Llegué con priesa
y cortésele, con que estorbé no se le acortase la vida.
Quedó como muerto, y estuvo fuera de sí casi dos horas,
al cabo de las cuales volvió en sí, y preguntándole
la causa de su desesperación, dijo: ''Dos hijos tengo, el uno de
tres y el otro de cuatro años, cuya madre no pasa de los veinte
y dos y cuya pobreza pasa de lo posible, pues sólo se sustentaba
del trabajo de estas manos; y, estando yo agora encima de aquella gavia,
volví los ojos al lugar donde los dejaba, y, casi como si alcanzara
a verlos, los vi hincados de rodillas, las manos levantadas al cielo,
rogando a Dios por la vida de su padre, y llamándome con palabras
tiernas; vi ansimismo llorar a su madre, dándome nombres de cruel
sobre todos los hombres. Esto imaginé con tan gran vehemencia que
me fuerza a decir que lo vi, para no poner duda en ello. Y el ver que
esta nave vuela y me aparta dellos, y que no sé dónde vamos,
y la poca o ninguna obligación que me obligó a entrar en
ella, me trastornó el sentido, y la desesperación me puso
este cordel en las manos, y yo le di a mi garganta, por acabar en un punto
los siglos de pena que me amenazaba''.
»Este suceso movió a lástima a cuantos le escuchábamos,
y, habiéndole consolado y casi asegurado que presto daríamos
la vuelta contentos y ricos, le pusimos dos hombres de guarda que le estorbasen
volver a poner en ejecución su mal intento, y ansí le dejamos;
y yo, porque este suceso no despertase en la imaginación de alguno
de los demás el querer imitarle, les dije que ''la mayor cobardía
del mundo era el matarse, porque el homicida de sí mismo es señal
que le falta el ánimo para sufrir los males que teme; y ¿qué
mayor mal puede venir a un hombre que la muerte?; y, siendo esto así,
no es locura el dilatarla: con la vida se enmiendan y mejoran las malas
suertes, y con la muerte desesperada no sólo no se acaban y se
mejoran, pero se empeoran y comienzan de nuevo. Digo esto, compañeros
míos, porque no os asombre el suceso que habéis visto deste
nuestro desesperado: que aun hoy comenzamos a navegar, y el ánimo
me está diciendo que nos aguardan y esperan mil felices sucesos''.
»Todos dieron la voz a uno para responder por todos, el cual desta
manera dijo: ''Valeroso capitán, en las cosas que mucho se consideran,
siempre se hallan muchas dificultades, y en los hechos valerosos que se
acometen, alguna parte se ha de dar a la razón y muchas a la ventura;
y en la buena que hemos tenido en haberte elegido por nuestro capitán,
vamos seguros y confiados de alcanzar los buenos sucesos que dices. Quédense
nuestras mujeres, quédense nuestros hijos, lloren nuestros ancianos
padres, visite la pobreza a todos; que los cielos, que sustentan los gusarapos
del agua, tendrán cuidado de sustentar los hombres de la tierra.
Manda, señor, izar las velas; pon centinelas en las gavias por
ver si descubren en qué podamos mostrar que, no temerarios, sino
atrevidos, son los que aquí vamos a servirte''.
»Agradecíles la respuesta, hice izar todas las velas, y,
habiendo navegado aquel día, al amanecer del siguiente, la centinela
de la gavia mayor dijo a grandes voces: ''¡Navío! ¡Navío!''
Preguntáronle qué derrota llevaba, y que de qué tamaño
parecía. Respondió que era tan grande como el nuestro, y
que le teníamos por la proa. ''Alto, pues -dije-, amigos, tomad
las armas en las manos, y mostrad con éstos, si son cosarios, el
valor que os ha hecho dejar vuestras redes''. Hice luego cargar las velas,
y en poco más de dos horas descubrimos y alcanzamos el navío,
al cual embestimos de golpe, y, sin hallar defensa alguna, saltaron en
él más de cuarenta de mis soldados, que no tuvieron en quien
ensangrentar las espadas, porque solamente traía algunos marineros
y gente de servicio; y, mirándolo bien todo, hallaron en un apartamiento
puestos en un cepo de hierro por la garganta, desviados uno de otro casi
dos varas, a un hombre de muy buen parecer y a una mujer más que
medianamente hermosa; y en otro aposento hallaron, tendido en un rico
lecho, a un venerable anciano, de tanta autoridad, que obligó su
presencia a que todos le tuviésemos respeto. No se movió
del lecho, porque no podía; pero, levantándose un poco,
alzó la cabeza y dijo: ''Envainad, señores, vuestras espadas,
que en este navío no hallaréis ofensores en quien ejercitarlas;
y si la necesidad os hace y fuerza a usar este oficio de buscar vuestra
ventura a costa de las ajenas, a parte habéis llegado que os hará
dichosos, no porque en este navío haya riquezas ni alhajas que
os enriquezcan, sino porque yo voy en él, que soy Leopoldio, el
rey de los dánaos''.
»Este nombre de rey me avivó el deseo de saber qué
sucesos habían traído a un rey estar tan solo y tan sin
defensa alguna. Lleguéme a él, y preguntéle si era
verdad lo que decía, porque, aunque su grave presencia prometía
serlo, el poco aparato con que navegaba hacía poner en duda el
creerle. ''Manda, señor -respondió el anciano-, que esta
gente se sosiegue, y escúchame un poco, que en breves razones te
contaré cosas grandes''. Sosegáronse mis compañeros,
y ellos y yo estuvimos atentos a lo que decir quería, que fue esto:
''El cielo me hizo rey del reino de Dánea, que heredé de
mis padres, que también fueron reyes y lo heredaron de sus pasados,
sin haberles introducido a serlo la tiranía, ni otra negociación
alguna. Caséme en mi mocedad con una mujer mi igual; murióse,
sin dejarme sucesión alguna. Corrió el tiempo, y muchos
años me contuve en los límites de una honesta viudez; pero,
al fin, por culpa mía, que de los pecados que se cometen nadie
ha de echar la culpa a otro, sino a sí mismo; digo que, por culpa
mía, tropecé y caí en la de enamorarme de una dama
de mi mujer, que, a ser ella la que debía, hoy fuera el día
que fuera reina, y no se viera atada y puesta en un cepo, como ya debéis
de haber visto. Ésta, pues, pareciéndole [no] ser injusto
anteponer los rizos de un criado mío a mis canas, se envolvió
con él, y no solamente tuvo gusto de quitarme la honra, sino que
procuró, junto con ella, quitarme la vida, maquinando contra mi
persona con tan estrañas trazas, con tales embustes y rodeos, que,
a no ser avisado con tiempo, mi cabeza estuviera fuera de mis hombros
en una escarpia al viento, y las suyas coronadas del reino de Dánea.
Finalmente, yo descubrí sus intentos a tiempo, cuando ellos también
tuvieron noticia de que yo lo sabía. Una noche, en un pequeño
navío que estaba con las velas en alto para partirse, por huir
del castigo de su culpa y de la indignación de mi furia, se embarcaron.
Súpelo, volé a la marina en las alas de mi cólera,
y hallé que habría veinte horas que habían dado las
suyas al viento; y yo, ciego del enojo y turbado con el deseo de la venganza,
sin hacer algún prudente discurso, me embarqué en este navío
y los seguí, no con autoridad y aparato de rey, sino como particular
enemigo. Hallélos a cabo de diez días en una isla que llaman
del Fuego; cogílos y descuidados, y, puestos en ese cepo que habréis
visto, los llevaba a Dánea, para darles, por justicia y procesos
fulminados, la debida pena a su delito. Esta es pura verdad, lo[s] delincuentes
ahí están, que, aunque no quieran, la acreditan. Yo soy
el rey de Dánea, que os prometo cien mil monedas de oro, no porque
las traiga aquí, sino porque os doy mi palabra de ponéroslas
y enviároslas donde quisiéredes, para cuya seguridad, si
no basta mi palabra, llevadme con vosotros en vuestro navío y dejad
que en este mío, ya vuestro, vaya alguno de los míos a Dánea,
y traiga este dinero donde le ordenáredes. Y no tengo más
que deciros''.
»Mirábanse mis compañeros unos a otros, y diéronme
la vez de responder por todos, aunque no era menester, pues yo, como capitán,
lo podía y debía hacer. Con todo esto, quise tomar parecer
con Carino y con Solercio y con algunos de los demás, porque no
entendiesen que me quería alzar de hecho con el mando que de su
voluntad ellos tenían dado; y así, la respuesta que di al
rey fue decirle: ''Señor, a los que aquí venimos, no nos
puso la necesidad las armas en las manos, ni ninguno otro deseo que de
ambiciosos tenga semejanza; buscando vamos ladrones, a castigar vamos
salteadores y a destruir piratas; y, pues tú estás tan lejos
de ser persona deste género, segura está tu vida de nuestras
armas; antes, si has menester que con ellas te sirvamos, ninguna cosa
habrá que nos lo impida; y, aunque agradecemos la rica promesa
de tu rescate, soltamos la promesa, que, pues no estás cautivo,
no estás obligado al cumplimiento de ella. Sigue en paz tu camino,
y, en recompensa que vas de nuestro encuentro mejor de lo que pensaste,
te suplicamos perdones a tus ofensores; que la grandeza del rey algún
tanto resplandece más en ser misericordiosos que justicieros''.
Quisiérase humillar Leopoldio a mis pies, pero no lo consintió
ni mi cortesía ni su enfermedad. Pedíle me diese alguna
pólvora si llevaba, y partiese con nosotros de sus bastimentos,
lo cual se hizo al punto. Aconsejéle, asimismo, que si no perdonaba
a sus dos enemigos, los dejase en mi navío, que yo los pondría
en parte donde no la tuviesen más de ofenderle. Dijo que sí
haría, porque la presencia del ofensor suele renovar la injuria
en el ofendido. Ordené que luego nos volviésemos a nuestro
navío con la pólvora y bastimentos que el rey partió
con nosotros; y, queriendo pasar a los dos prisioneros, ya sueltos y libres
del pesado cepo, no dio lugar un recio viento que de improviso se levantó,
de modo que apartó los dos navíos, sin dejar que otra vez
se juntasen. Desde el borde de mi nave me despedí del rey a voces,
y él, en los brazos de los suyos, salió de su lecho y se
despidió de nosotros. Y yo me despido agora, porque la segunda
hazaña me fuerza a descansar para entrar en ella.»
CAPÍTULO
CATORCE DEL SEGUNDO LIBRO
A todos dio
general gusto de oír el modo con que Periandro contaba su estraña
peregrinación, si no fue a Mauricio, que, llegándose al
oído de Transila, su hija, le dijo:
-Paréceme, Transila, que con menos palabras y más sucintos
discursos pudiera Periandro contar los de su vida, porque no había
para qué detenerse en decirnos tan por estenso las fiestas de las
barcas, ni aun los casamientos de los pescadores; porque los episodios
que para ornato de las historias se ponen no han de ser tan grandes como
la misma historia; pero yo, sin duda, creo que Periandro nos quiere mostrar
la grandeza de su ingenio y la elegancia de sus palabras.
-Así debe de ser -respondió Transila-, pero lo que yo sé
decir es que, ora se dilate o se sucinte en lo que dice, todo es bueno
y todo da gusto.
Pero ninguno le recebía mayor, como ya creo que otra vez se ha
dicho, como Sinforosa, que cada palabra que Periandro decía, así
le regalaba el alma que la sacaba de sí misma. Los revueltos pensamientos
de Policarpo no le dejaban estar muy atento a los razonamientos de Periandro,
y quisiera que no le quedara más que decir, porque le dejara a
él más que hacer; que las esperanzas propincuas de alcanzar
el bien que se desea fatigan mucho más que las remotas y apartadas.
Y era tanto el deseo que Sinforosa tenía de oír el fin de
la historia de Periandro, que solicitó el volverse a juntar otro
día, en el cual Periandro prosiguió su cuento en esta forma:
-«Contemplad, señores, a mis marineros, compañeros
y soldados, más ricos de fama que de oro, y a mí con algunas
sospechas de que no les hubiese parecido bien mi liberalidad; y, puesto
que nació tan de su voluntad como de la mía, en la libertad
de Leopoldio, como no son todas unas las condiciones de los hombres, bien
podía yo temer no estuviesen todos contentos, y que les pareciese
que sería difícil recompensar la pérdida de cien
mil monedas de oro, que tantas eran las que prometió Leopoldio
por su rescate; y esta consideración me movió a decirles:
''Amigos míos, nadie esté triste por la perdida ocasión
de alcanzar el gran tesoro que nos ofreció el rey, porque os hago
saber que una onza de buena fama vale más que una libra de perlas;
y esto no lo puede saber sino el que comienza a gustar de la gloria que
da el tener buen nombre. El pobre a quien la virtud enriquece suele llegar
a ser famoso, como el rico, si es vicioso, puede venir y viene a ser infame;
la liberalidad es una de las más agradables virtudes, de quien
se engendra la buena fama; y es tan verdad esto que no hay liberal mal
puesto, como no hay avaro que no lo sea''.
»Más iba a decir, pareciéndome que me daban todos
tan gratos oídos como mostraban sus alegres semblantes, cuando
me quitó las palabras de la boca el descubrir un navío que,
no lejos del nuestro, a orza por delante de nosotros pasaba. Hice tocar
a arma, y dile caza con todas las velas tendidas y en breve rato me le
puse a tiro de cañón; y, disparando uno sin bala, en señal
de que amainase, lo hizo así, soltando las velas de alto abajo.
Llegando más cerca, vi en él uno de los más estraños
espectáculos del mundo: vi que, pendientes de las entenas y de
las jarcias, venían más de cuarenta hombres ahorcados; admiróme
el caso, y, abordando con el navío, saltaron mis soldados en él,
sin que nadie se lo defendiese. Hallaron la cubierta llena de sangre y
de cuerpos de hombres semivivos, unos con las cabezas partidas, y otros
con las manos cortadas; tal vomitando sangre, y tal vomitando el alma;
éste gimiendo dolorosamente, y aquél gritando sin paciencia
alguna. Esta mortandad y fracaso daba señales de haber sucedido
sobremesa, porque los manjares nadaban entre la sangre, y los vasos mezclados
con ella guardaban el olor del vino. En fin, pisando muertos y hollando
heridos, pasaron los míos adelante, y en el castillo de popa hallaron
puestas en escuadrón hasta doce hermosísimas mujeres, y
delante dellas una, que mostraba ser su capitana, armada de un coselete
blanco, y tan terso y limpio que pudiera servir de espejo, a quererse
mirar en él; traía puesta la gola, pero no las escarcelas
ni los brazaletes; el morrión sí, que era de hechura de
una enroscada sierpe, a quien adornaban infinitas y diversas piedras de
colores varios; tenía un venablo en las manos, tachonado de arriba
abajo con clavos de oro, con una gran cuchilla de agudo y luciente acero
forjada, con que se mostraba tan briosa y tan gallarda que bastó
a detener su vista la furia de mis soldados, que con admirada atención
se pusieron a mirarla.
»Yo, que de mi nave la estaba mirando, por verla mejor, pasé
a su navío, a tiempo cuando ella estaba diciendo: ''Bien creo,
¡oh soldados!, que os pone más admiración que miedo
este pequeño escuadrón de mujeres que a la vista se os ofrece,
el cual, después de la venganza que hemos tomado de nuestros agravios,
no hay cosa que pueda engendrar en nosotras temor alguno. Embestid, si
venís sedientos de sangre, y derramad la nuestra quitándonos
las vidas; que, como no nos quitéis las honras, las daremos por
bien empleadas. Sulpicia es mi nombre, sobrina soy de Cratilo, rey de
Bituania; casóme mi tío con el gran Lampidio, tan famoso
por linaje como rico de los bienes de naturaleza y de los de la fortuna.
Íbamos los dos a ver al rey mi tío, con la seguridad que
nos podía ofrecer ir entre nuestros vasallos y criados, todos obligados
por las buenas obras que siempre les hicimos; pero la hermosura y el vino,
que suelen trastornar los más vivos entendimientos, les borró
las obligaciones de la memoria, y en su lugar les puso los gustos de la
lascivia. Anoche bebieron de modo que les sepultó en profundo sueño,
y algunos medio dormidos acudieron a poner las manos en mi esposo, y,
quitándole la vida, dieron principio a su abominable intento. Pero,
como es cosa natural defender cada uno su vida, nosotras, por morir vengadas
siquiera, nos pusimos en defensa, aprovechándonos del poco tiento
y borrachez con que nos acometían, y con algunas armas que les
quitamos, y con cuatro criados que, libres del humo de Baco, nos acudieron,
hicimos en ellos lo que muestran esos muertos que están sobre esa
cubierta; y, pasando adelante con nuestra venganza, habemos hecho que
esos árboles y esas entenas produzcan el fruto que de ellas veis
pendiente: cuarenta son los ahorcados, y si fueran cuarenta mil, también
murieran, porque su poca o ninguna defensa, y nuestra cólera, a
toda esta crueldad, si por ventura lo es, se estendía. Riqueza
traigo que poder repartir, aunque mejor diría que vosotros podáis
tomar; solo puedo añadir que os las entregaré de buena gana.
Tomadlas, señores, y no toquéis en nuestras honras, pues
con ellas antes quedaréis infames que ricos''.
»Pareciéronme tan bien las razones de Sulpicia que, puesto
que yo fuera verdadero cosario, me ablandara. Uno de mis pescadores dijo
a este punto: ''¡Que me maten si no se nos ofrece aquí hoy
otro rey Leopoldio, con quien nuestro valeroso capitán muestre
su general condición! ¡Ea, señor Periandro: vaya libre
Sulpicia, que nosotros no queremos más de la gloria de haber vencido
nuestros naturales apetitos!'' ''Así será -respondí
yo-, pues vosotros, amigos, lo queréis; y entended que obras tales
nunca las deja el cielo sin buena paga, como a las que son malas sin castigo.
Despojad esos árboles de tan mal fruto, y limpiad esa cubierta,
y entregad a esas señoras, junto con la libertad, la voluntad de
servirlas''.
»Púsose en efeto mi mandamiento, y, llena de admiración
y de espanto, se me humilló Sulpicia, la cual, como persona que
no acertaba a saber lo que le había sucedido, tampoco acertaba
a responderme, y lo que hizo fue mandar a una de sus damas le hiciese
traer los cofres de sus joyas y de sus dineros. Hízolo así
la dama, y en un instante, como aparecidos o llovidos del cielo, me pusieron
delante cuatro cofres llenos de joyas y dineros. Abriólos Sulpicia,
y hizo muestra de aquel tesoro a los ojos de mis pescadores, cuyo resplandor
quizá, y aun sin quizá, cegó en algunos la intención
que de ser liberales tenían, porque hay mucha diferencia de dar
lo que se posee y se tiene en las manos, a dar lo que está en esperanzas
de poseerse. Sacó Sulpicia un rico collar de oro, resplandeciente
por las ricas piedras que en él venían engastadas, y diciendo:
''Toma, capitán valeroso, esta prenda rica, no por otra cosa que
por serlo la voluntad con que se te ofrece: dádiva es de una pobre
viuda, que ayer se vio en la cumbre de la buena fortuna, por verse en
poder de su esposo, y hoy se vee sujeta a la discreción destos
soldados que te rodean, entre los cuales puedes repartir estos tesoros,
que, según se dice, tienen fuerzas para quebrantar las peñas''.
A lo que yo respondí: ''Dádivas de tan gran señora
se han de estimar como si fuesen mercedes''. Y, tomando el collar, me
volví a mis soldados y les dije: ''Esta joya es ya mía,
soldados y amigos míos, y así puedo disponer de ella como
cosa propia, cuyo precio, por ser a mi parecer inestimable, no conviene
que se dé a uno solo. Tómele y guárdele el que quisiere,
que, en hallando quien le compre, se dividirá el precio entre todos,
y quédese sin tocar lo que la gran Sulpicia os ofrece, porque vuestra
fama quede con este hecho frisando con el cielo''. A lo que uno respondió:
''Quisiéramos, ¡oh buen capitán!, que no nos hubieras
prevenido con el consejo que nos has dado, porque vieras que de nuestra
voluntad correspondíamos a la tuya. Vuelve el collar a Sulpicia:
la fama que nos prometes, no hay collar que la ciña ni límite
que la contenga''. Quedé contentísimo de la respuesta de
mis soldados, y Sulpicia admirada de su poca codicia.
»Finalmente, ella me pidió que le diese doce soldados de
los míos, que le sirviesen de guarda y de marineros, para llevar
su nave a Bituania. Hízose así, contentísimos los
doce que escogí sólo por saber que iban a hacer bien. Proveyónos
Sulpicia de generosos vinos y de muchas conservas, de que carecíamos.
Soplaba el viento próspero para el viaje de Sulpicia y para el
nuestro, que no llevaba determinado paradero. Despedímonos de ella;
supo mi nombre, y el de Carino y Solercio, y, dándonos a los tres
sus brazos, con los ojos abrazó a todos los demás. Ella
llorando lágrimas de placer y tristeza nacidas (de tristeza por
la muerte de su esposo, de alegría por verse libre de las manos
que pensó ser de salteadores), nos dividimos y apartamos.
»Olvidaba de deciros cómo volví el collar a Sulpicia,
y ella le recibió a fuerza de mis importunaciones, y casi tuvo
a afrenta que le estimase yo en tan poco que se le volviese.
»Entré en consulta con los míos sobre qué derrota
tomaríamos, y concluyóse que la que el viento llevase, pues
por ella habían de caminar los demás navíos que por
el mar navegasen, o, por lo menos, si el viento no hiciese a su propósito,
harían bordos hasta que les viniese a cuento. Llegó en esto
la noche, clara y serena, y yo, llamando a un pescador marinero que nos
servía de maestro y piloto, me senté en el castillo de popa,
y con ojos atentos me puse a mirar el cielo.»
-Apostaré -dijo a esta sazón Mauricio a Transila, su hija-
que se pone agora Periandro a describirnos toda la celeste esfera, como
si importase mucho a lo que va contando el declararnos los movimientos
del cielo. Yo, por mí, deseando estoy que acabe, porque el deseo
que tengo de salir de esta tierra no da lugar a que me entretenga ni ocupe
en saber cuáles son fijas o cuáles erráticas estrellas;
cuanto más, que yo sé de sus movimientos más de lo
que él me puede decir.
En tanto que Mauricio y Transila esto con sumisa voz hablaban, cobró
aliento Periandro para proseguir su historia en esta forma:
CAPÍTULO
QUINCE DEL SEGUNDO LIBRO
-«Comenzaba
a tomar posesión el sueño y el silencio de los sentidos
de mis compañeros, y yo me acomodaba a preguntar al que estaba
conmigo muchas cosas de las necesarias para saber usar el arte de la marinería,
cuando, de improviso, comenzaron a llover, no gotas, sino nubes enteras
de agua sobre la nave, de modo que no parecía sino que el mar todo
se había subido a la región del viento, y desde allí
se dejaba descolgar sobre el navío. Alborotámonos todos,
y puestos en pie, mirando a todas partes, por unas vimos el cielo claro,
sin dar muestras de borrasca alguna, cosa que nos puso en miedo y en admiración.
En esto, el que estaba conmigo dijo: ''Sin duda alguna, esta lluvia procede
de la que derraman por las ventanas que tienen más abajo de los
ojos aquellos mostruosos pescados que se llaman náufragos; y si
esto es así, en gran peligro estamos de perdernos: menester es
disparar toda la artillería, con cuyo ruido se espantan''. En esto,
vi alzar y poner en el navío un cuello como de serpiente terrible,
que, arrebatando un marinero, se le engulló y tragó de improviso,
sin tener necesidad de mascarle. ''Náufragos son -dijo el piloto-;
[disparemos] con balas o sin ellas, que el ruido y no el golpe, como tengo
dicho, es el que ha de librarnos''.
»Traía el miedo confusos y agazapados los marineros, que
no osaban levantarse en pie, por no ser arrebatados de aquellos vestiglos;
con todo eso, se dieron priesa a disparar la artillería, y a dar
voces unos, y acudir otros a la bomba para volver el agua al agua. Tendimos
todas las velas, y, como si huyéramos de alguna gruesa armada de
enemigos, huimos el sobre estante peligro, que fue el mayor [en] que hasta
entonces nos habíamos visto. Otro día, al crepúsculo
de la noche, nos hallamos en la ribera de una isla no conocida por ninguno
de nosotros, y, con disinio de hacer agua en ella, quisimos esperar el
día sin apartarnos de su ribera. Amainamos las velas, arrojamos
las áncoras y entregamos al reposo y al sueño los trabajados
cuerpos, de quien el sueño tomó posesión blanda y
suavemente.
»En fin, nos desembarcamos todos, y pisamos la amenísima
ribera, cuya arena, vaya fuera todo encarecimiento, la formaban granos
de oro y de menudas perlas. Entrando más adentro, se nos ofrecieron
a la vista prados cuyas yerbas no eran verdes por ser yerbas, sino por
ser esmeraldas, en el cual verdor las tenían, no cristalinas aguas,
como suele decirse, sino corrientes de líquidos diamantes formados,
que, cruzando por todo el prado, sierpes de cristal parecían. Descubrimos
luego una selva de árboles de diferentes géneros, tan hermosos
que nos suspendieron las almas y alegraron los sentidos; de algunos pendían
ramos de rubíes, que parecían guindas, o guindas que parecían
granos de rubíes; de otros pendían camuesas, cuyas mejillas,
la una era de rosa, la otra de finísimo topacio; en aquél
se mostraban las peras, cuyo olor era de ámbar y cuyo color de
los que [se] forma en el cielo cuando el sol se traspone. En resolución,
todas las frutas de quien tenemos noticia estaban allí en su sazón,
sin que las diferencias del año las estorbasen: todo allí
era primavera, todo verano, todo estío sin pesadumbre, y todo otoño
agradable, con estremo increíble. Satisfacía a todos nuestros
cinco sentidos lo que mirábamos: a los ojos, con la belleza y la
hermosura; a los oídos, con el ruido manso de las fuentes y arroyos,
y con el son de los infinitos pajarillos, que con no aprendidas voces
formado, los cuales, saltando de árbol en árbol y de rama
en rama, parecía que en aquel distrito tenían cautiva su
libertad y que no querían ni acertaban a cobrarla; al olfato, con
el olor que de sí despedían las yerbas, las flores y los
frutos; al gusto, con la prueba que hicimos de la suavidad dellos; al
tacto, con tenerlos en las manos, con que nos parecía tener en
ellas las perlas del Sur, los diamantes de las Indias y el oro del Tíbar.»
-Pésame -dijo a esta sazón Ladislao a su suegro Mauricio-
que se haya muerto Clodio; que a fee que le había dado bien que
decir Periandro en lo que va diciendo''.
-Callad, señor -dijo Transila, su esposa-, que, por más
que digáis, no podréis decir que no prosigue bien su cuento
Periandro.
El cual, como se ha dicho, cuando algunas razones se entremetían
de los circunstantes, él tomaba aliento para proseguir en las suyas;
que, cuando son largas, aunque sean buenas, antes enfadan que alegran.
«No es nada lo que hasta aquí he dicho -prosiguió
Periandro-, porque, a lo que resta por decir, falta entendimiento que
lo perciba, y aun cortesías que lo crean. Volved, señores,
los ojos, y haced cuenta que veis salir del corazón de una peña,
como nosotros lo vimos, sin que la vista nos pudiese engañar; digo
que vimos salir de la abertura de una peña, primero un suavísimo
son, que hirió nuestros oídos y nos hizo estar atentos,
de diversos instrumentos de música formado; luego salió
un carro, que no sabré decir de qué materia, aunque diré
su forma, que era de una nave rota que escapaba de alguna gran borrasca;
tirábanla doce poderosísimos jimios, animales lascivos.
Sobre el carro venía una hermosísima dama, vestida de una
rozagante ropa de varias y diversas colores adornada, coronada de amarillas
y amargas adelfas. Venía arrimada a un bastón negro, y en
él fija una tablachina o escudo, donde venían estas letras:
SENSUALIDAD. Tras ella salieron otras muchas hermosas mujeres, con diferentes
instrumentos en las manos, formando una música, ya alegre y ya
triste, pero todas singularmente regocijadas.
»Todos mis compañeros y yo estábamos atónitos,
como si fuéramos estatuas sin voz, de dura piedra formados. Llegóse
a mí la Sensualidad, y con voz entre airada y suave me dijo: ''Costarte
ha, generoso mancebo, el ser mi enemigo, si no la vida, a lo menos el
gusto''. Y, diciendo esto, pasó adelante, y las doncellas de la
música arrebataron, que así se puede decir, siete o ocho
de mis marineros, y se los llevaron consigo, y volvieron a entrarse, siguiendo
a su señora, por la abertura de la peña. Volvíme
yo entonces a los míos para preguntarles qué les parecía
de lo que habían visto, pero estorbólo otra voz o voces
que llegaron a nuestros oídos, bien diferentes que las pasadas,
porque eran más suaves y regaladas; y formábanlas un escuadrón
de hermosísimas, al parecer, doncellas, y, según la guía
que traían, éranlo sin duda, porque venía delante
mi hermana Auristela, que, a no tocarme tanto, gastara algunas palabras
en alabanza de su más que humana hermosura. ¿Qué
me pidieran a mí entonces que no diera, en albricias de tan rico
hallazgo? Que, a pedirme la vida, no la negara, si no fuera por no perder
el bien tan sin pensarlo hallado.
»Traía mi hermana a sus dos lados dos doncellas, de las cuales
la una me dijo: ''La Continencia y la Pudicicia, amigas y compañeras,
acompañamos perpetuamente a la Castidad, que en figura de tu querida
hermana Auristela hoy ha querido disfrazarse, ni la dejaremos hasta que
con dichoso fin le dé a sus trabajos y peregrinaciones en la alma
ciudad de Roma''. Entonces yo, a tan felices nuevas atento, y de tan hermosa
vista admirado, y de tan nuevo y estraño acontecimiento por su
grandeza y por su novedad mal seguro, alcé la voz para mostrar
con la lengua la gloria que en el alma tenía, y, queriendo decir:
''¡oh únicas consoladoras de mi alma; oh ricas prendas por
mi bien halladas, dulces y alegres en éste y en otro cualquier
tiempo!'', fue tanto el ahínco que puse en decir esto, que rompí
el sueño, y la visión hermosa desapareció, y yo me
hallé en mi navío con todos los míos, sin que faltase
alguno de ellos.»
A lo que dijo Constanza:
-¿Luego, señor Periandro, dormíades?
-Sí -respondió-; porque todos mis bienes son soñados.
-En verdad -replicó Constanza-, que ya quería preguntar
a mi señora Auristela adónde había estado el tiempo
que no había parecido.
-De tal manera -respondió Auristela- ha contado su sueño
mi hermano, que me iba haciendo dudar si era verdad o no lo que decía.
A lo que añadió Mauricio:
-Esas son fuerzas de la imaginación, en quien suelen representarse
las cosas con tanta vehemencia que se aprehenden de la memoria, de manera
que quedan en ella, siendo mentiras, como si fueran verdades.
A todo esto callaba Arnaldo, y consideraba los afectos y demostraciones
con que Periandro contaba su historia, y de ninguno dellos podía
sacar en limpio las sospechas que en su alma había infundido el
ya muerto maldiciente Clodio, de no ser Auristela y Periandro verdaderos
hermanos.
Con todo eso, dijo:
-Prosigue, Periandro, tu cuento, sin repetir sueños, porque los
ánimos trabajados siempre los engendran muchos y confusos, y porque
la sin par Sinforosa está esperando que llegues a decir de dónde
venías la primera vez que a esta isla llegaste, de donde saliste
coronado de vencedor de las fiestas que por la elección de su padre
cada año en ella se hacen.
-El gusto de lo que soñé -respondió Periandro- me
hizo no advertir de cuán poco fruto son las digresiones en cualquiera
narración, cuando ha de ser sucinta y no dilatada.
Callaba Policarpo, ocupando la vista en mirar a Auristela y el pensamiento
en pensar en ella; y así, para él importaba muy poco, o
nada, que callase o que hablase Periandro, el cual, advertido ya de que
algunos se cansaban de su larga plática, determinó de proseguirla
abreviándola y siguiéndola en las menos palabras que pudiese.
Y así, dijo:
CAPÍTULO
DIEZ Y SEIS DEL SEGUNDO LIBRO
Prosigue Periandro
su historia
-«Desperté
del sueño, como he dicho. Tomé consejo con mis compañeros
qué derrota tomaríamos, y salió decretado que por
donde el viento nos llevase; que, pues íbamos en busca de cosarios,
los cuales nunca navegan contra viento, era cierto el hallarlos. Y había
llegado a tanto mi simpleza, que pregunté a Carino y a Solercio
si habían visto a sus esposas en compañía de mi hermana
Auristela cuando yo la vi soñando. Riéronse de mi pregunta
y obligáronme y aun forzáronme a que les contase mi sueño.
»Dos meses anduvimos por el mar sin que nos sucediese cosa de consideración
alguna, puesto que le escombramos de más de sesenta navíos
de cosarios, que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a nuestro
navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis compañeros
iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de pescadores
en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino de ladrones, ni robaban
sino lo robado.
»Sucedió, pues, que un porfiado viento nos salteó
una noche, que, sin dar lugar a que amainásemos algún tanto
o templásemos las velas, en aquel término que las halló,
las tendió y acosó de modo que, como he dicho, más
de un mes navegamos por una misma derrota; tanto que, tomando mi piloto
el altura del polo, donde nos tomó el viento, y tanteando las leguas
que hacíamos por hora, y los días que habíamos navegado,
hallamos ser cuatrocientas leguas poco más o menos. Volvió
el piloto a tomar la altura, y vio que estaba debajo del Norte, en el
paraje de Noruega, y, con voz grande y mayor tristeza, dijo: ''Desdichados
de nosotros, que si el viento no nos concede a dar la vuelta para seguir
otro camino, en éste se acabará el de nuestra vida, porque
estamos en el mar Glacial; digo, en el mar helado, y si aquí nos
saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas aguas''. Apenas hubo dicho
esto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados y por la
quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que
ya el mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por de dentro
se formaban, impedían el movimiento del navío. Amainamos
de golpe, porque, topando en ellos, no se abriese, y en todo aquel día
y aquella noche se congelaron las aguas tan duramente y se apretaron de
modo que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado
en ellas, como lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un
instante comenzó el hielo a entumecer los cuerpos y a entristecer
nuestras almas, y, haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto
peligro, no nos dimos más días de vida que los que pudiese
sustentar el bastimento que en el navío hubiese, en el cual bastimento
desde aquel punto se puso tasa, y se repartió por orden, tan miserable
y estrechamente, que desde luego comenzó a matarnos la hambre.
Tendimos la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosa que
pudiese alentar nuestra esperanza, si no fue con un bulto negro, que a
nuestro parecer estaría de nosotros seis o ocho millas; pero luego
imaginamos que debía de ser algún navío a quien la
común desgracia de hielo tenía aprisionado.
»Este peligro sobrepuja y se adelanta a los infinitos en que de
perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un temor no vencido
fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el acabar súbito
se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae consigo, que suelen
ser tan malos como la misma muerte. Ésta, pues, que nos amenazaba
tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una resolución, si no
desesperada, temeraria por lo menos, y fue que consideramos que si los
bastimentos se nos acababan, el morir de hambre era la más rabiosa
muerte que puede caber en la imaginación humana; y así,
determinamos de salirnos del navío y caminar por encima del yelo,
y ir a ver si, en el que se parecía, habría alguna cosa
de que aprovecharnos, o ya de grado o ya por fuerza.
»Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instante vieron
las aguas sobre sí formado, con pies enjutos, un escuadrón
pequeño, pero de valentísimos soldados; y, siendo yo la
guía, resbalando, cayendo y levantando, llegamos al otro navío,
que lo era casi tan grande como el nuestro. Había gente en él
que, puesta sobre el borde, adevinando la intención de nuestra
venida, a voces comenzó uno a decirnos: ''¿A qué
venís, gente desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís,
por ventura, a apresurar nuestra muerte y a morir con nosotros? ¡Volveos
a vuestro navío, y si os faltan bastimentos, roed las jarcias y
encerrad en vuestros estómagos los embreados leños, si es
posible! Porque, pensar que os hemos de dar acogida será pensamiento
vano y contra los preceptos de la caridad, que ha de comenzar de sí
mismo. Dos meses dicen que suele durar este yelo que nos detiene; para
quince días tenemos sustento: si es bien que le repartamos con
vosotros, a vuestra consideración lo dejo''. A lo que yo le respondí:
''En los apretados peligros, toda razón se atropella, no hay respeto
que valga, ni buen término que se guarde. Acogednos en vuestro
navío de grado, y juntaremos en él el bastimento que en
el nuestro queda, y comámoslo amigablemente, antes que la precisa
necesidad nos haga mover las armas y usar de la fuerza''. Esto le respondí
yo, creyendo no decían verdad en la cantidad del bastimento que
señalaban. Pero ellos, viéndose superiores y aventajados
en el puesto, no temieron nuestras amenazas ni admitieron nuestros ruegos,
antes arremetieron a las armas y se pusieron en orden de defenderse. Los
nuestros, a quien la desesperación, de valientes hizo valentísimos,
añadiendo a la temeridad nuevos bríos, arremetieron al navío,
y casi sin recebir herida le entraron y le ganaron, y alzóse una
voz entre nosotros que a todos les quitásemos la vida, por ahorrar
de balas y de estómagos por donde se fuese el bastimento que en
el navío hallásemos.
»Yo fui de parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno,
en esto nos socorrió el cielo, como después diré;
aunque primero quiero deciros que este navío era el de los cosarios
que habían robado a mi hermana y a las dos recién desposadas
pescadoras. Apenas le hube reconocido, cuando dije a voces: ''¿Adónde
tenéis, ladrones, nuestras almas? ¿Adónde están
las vidas que nos robastes? ¿Qué habéis hecho de
mi hermana Auristela y de las dos, Selviana y Leoncia, partes mitades
de los corazones de mis buenos amigos Carino y Solercio?'' A lo que uno
me respondió: ''Esas mujeres pescadoras que dices las vendió
nuestro capitán, que ya es muerto, a Arnaldo, príncipe de
Dinamarca''.»
-Así es la verdad -dijo a esta sazón Arnaldo-, que yo compré
a Auristela y a Cloelia, su ama, y a otras dos hermosísimas doncellas,
de unos piratas que me las vendieron, y no por el precio que ellas merecían.
-¡Válame Dios -dijo Rutilio en esto-, y por qué rodeos
y con qué eslabones se viene a enga[r]zar la peregrina historia
tuya, oh Periandro!
-Por lo que debes al deseo que todos tenemos de servirte -añadió
Sinforosa-, que abrevies tu cuento, ¡oh historiador tan verdadero
como gustoso!
-Sí haré -respondió Periandro-, si es posible que
grandes cosas en breves términos puedan encerrarse.
CAPÍTULO
DIEZ Y SIETE DEL SEGUNDO LIBRO
Toda esta tardanza
del cuento de Periandro se declaraba tan en contrario del gusto de Policarpo,
que ni podía estar atento para escucharle, ni le daba lugar a pensar
maduramente lo que debía hacer para quedarse con Auristela. Sin
perjuicio de la opinión que tenía de generoso y de verdadero,
ponderaba la calidad de sus huéspedes, entre los cuales se le ponía
delante Arnaldo, príncipe de Dinamarca, no por elección,
sino por herencia; descubría en el modo de proceder de Periandro,
en su gentileza y brío, algún gran personaje, y en la hermosura
de Auristela el de alguna gran señora. Quisiera buenamente lograr
sus deseos a pie llano, sin rodeos ni invenciones, cubriendo toda dificultad
y todo parecer contrario con el velo del matrimonio; que, puesto que su
mucha edad no lo permitía, todavía podía disimularlo,
porque en cualquier tiempo es mejor casarse que abrasarse.
Acuciaba y solicitaba sus pensamientos los que solicitaban y aquejaban
a la embaidora Cenotia, con la cual se concertó que, antes de dar
otra audiencia a Periandro, se pusiese en efeto su disinio; que fue que
de allí a dos noches tocasen un arma fingida en la ciudad y se
pegase fuego al palacio por tres o cuatro partes, de modo que obligase
a los que en él asistían a ponerse en cobro, donde era forzoso
que interviniese la confusión y el alboroto, en medio del cual
previno gente que robasen al bárbaro mozo Antonio y a la hermosa
Auristela, y asimismo ordenó a Policarpa, su hija, que, conmovida
de lástima cristiana, avisase a Arnaldo y a Periandro el peligro
que les amenazaba, sin descubrilles el robo, sino mostrándoles
el modo de salvarse, que era que acudiesen a la marina, donde en el puerto
hallarían una saetía que los acogiese.
Llegóse la noche, y, a las tres horas della, comenzó el
arma, que puso en confusión y alboroto a toda la gente de la ciudad.
Comenzó a resplandecer el fuego, en cuyo ardor se aumentaba el
que Policarpo en su pecho tenía. Acudió su hija, no alborotada,
sino con reposo, a dar noticia a Arnaldo y a Periandro de los disinios
de su traidor y enamorado padre, que se estendían a quedarse con
Auristela y con el bárbaro mozo, sin quedar con indicios que le
infamasen. Oyendo lo cual, Arnaldo y Periandro llamaron a Auristela, a
Mauricio, Transila, Ladislao, a los bárbaros padre y hijo, a Ricla,
a Constanza y a Rutilio, y, agradeciendo a Policarpa su aviso, se hicieron
todos un montón, y, puestos delante los varones, siguiendo el consejo
de Policarpa, hallaron paso desembarazado hasta el puerto, y segura embarcación
en la saetía, cuyo piloto y marineros estaban avisados y cohechados
de Policarpo, que, en el mismo punto que aquella gente que, al parecer,
huida se embarcase, se hiciesen al mar, y no parasen con ella hasta Inglaterra,
o hasta otra parte más lejos de aquella isla.
Entre la confusa gritería y el continuo vocear ¡al arma,
al arma!; entre los estallidos del fuego abrasador, que, como si supiera
que tenía licencia del dueño de aquellos palacios para que
los abrasase, andaba encubierto Policarpo, mirando si salía cierto
el robo de Auristela, y asimismo solicitaba el de Antonio la hechicera
Cenotia; pero, viendo que se habían embarcado todos, sin quedar
ninguno, como la verdad se lo decía y el alma se lo pronosticaba,
acudió a mandar que todos los baluartes, y todos los navíos
que estaban en el puerto, disparasen la artillería contra el navío
de los que en él huían, con lo cual de nuevo se aumentó
el estruendo, y el miedo discurrió por los ánimos de todos
los moradores de la ciudad, que no sabían qué enemigos los
asaltaban, o qué intempestivos acontecimientos les acometían.
En esto, la enamorada Sinforosa, ignorante del caso, puso el remedio en
sus pies y sus esperanza[s] en su inocencia, y, con pasos desconcertados
y temerosos, se subió a una alta torre de palacio, a su parecer,
parte segura del fuego que lo demás del palacio iba consumiendo.
Acertó a encerrarse con ella su hermana Policarpa, que le contó,
como si lo hubiera visto, la huida de sus huéspedes, cuyas nuevas
quitaron el sentido a Sinforosa, y en Policarpa pusieron el arrepentimiento
de haberlas dado.
Amanecía en esto el alba, risueña para todos los que con
ella esperaban descubrir la causa o causas de la presente calamidad, y
en el pecho de Policarpo anochecía la noche de la mayor tristeza
que pudiera imaginarse; mordíase las manos Cenotia, y maldecía
su engañadora ciencia y las promesas de sus malditos maestros;
sola Sinforosa se estaba aún en su desmayo, y sola su hermana lloraba
su desgracia, sin descuidarse de hacerle los remedios que ella podía
para hacerla volver en su acuerdo. Volvió en fin, tendió
la vista por el mar; vio volar la saetía donde iba la mitad de
su alma, o la mejor parte della; y, como si fuera otra engañada
y nueva Dido, que de otro fugitivo Eneas se quejaba, enviando suspiros
al cielo, lágrimas a la tierra y voces al aire, dijo estas o otras
semejantes razones:
-¡Oh hermoso huésped, venido por mi mal a estas riberas,
no engañador, por cierto, que aún no he sido yo tan dichosa
que me dijeses palabras amorosas para engañarme! Amaina esas velas,
o témplalas algún tanto, para que se dilate el tiempo de
que mis ojos vean ese navío, cuya vista, sólo porque vas
en él, me consuela. Mira, señor, que huyes de quien te sigue,
que te alejas de quien te busca y das muestras de que aborreces a quien
te adora; hija soy de un rey, y me contento con ser esclava tuya; y, si
no tengo hermosura que pueda satisfacer a tus ojos, tengo deseos que puedan
llenar los vacíos de los mejores que el amor tiene. No repares
en que se abrase toda esta ciudad, que si vuelves, habrá servido
este incendio de luminarias por la alegría de tu vuelta. Riquezas
tengo, acelerado fugitivo mío, y puestas en parte donde no las
hallará el fuego, aunque más las busque, porque las guarda
el cielo para ti solo.
A esta sazón, volvió a hablar con su hermana, y le dijo:
-¿No te parece, hermana mía, que ha amainado algún
tanto las velas? ¿No te parece que no camina tanto? ¡Ay,
Dios! ¿Si se habrá arrepentido? ¡Ay, Dios, si la rémora
de mi voluntad le detiene el navío!
-¡Ay, hermana! -respondió Policarpa-, no te engañes,
que los deseos y los engaños suelen andar juntos. El navío
vuela, sin que le detenga la rémora de tu voluntad, como tú
dices, sino que le impele el viento de tus muchos suspiros.
Salteólas en esto el rey, su padre, que quiso ver de la alta torre
también, como su hija, no la mitad, sino toda su alma, que se le
ausentaba, aunque ya no se descubría.
Los hombres que tomaron a su cargo encender el fuego del palacio le tuvieron
también de apagarle. Supieron los ciudadanos la causa del alboroto,
y el mal nacido deseo de su rey Policarpo, y los embustes y consejos de
la hechicera Cenotia, y aquel mismo día le depusieron del reino
y colgaron a Cenotia de una entena. Sinforosa y Policarpa fueron respetadas
como quien eran, y la ventura que tuvieron fue tal, que correspondió
a sus merecimientos; pero no en modo que Sinforosa alcanzase el fin felice
de sus deseos, porque la suerte de Periandro mayores venturas le tenía
guardadas.
Los del navío, viéndose todos juntos y todos libres, no
se hartaban de dar gracias al cielo de su buen suceso. De ellos supieron
otra vez los traidores disinios de Policarpo, pero no les parecieron tan
traidores que no hallase en ellos disculpa el haber sido por el amor forjados:
disculpa bastante de mayores yerros, que, cuando ocupa a un alma la pasión
amorosa, no hay discurso con que acierte, ni razón que no atropelle.
Hacíales el tiempo claro, y, aunque el viento era largo, estaba
el mar tranquilo. Llevaban la mira de su viaje puesta en Inglaterra, adonde
pensaban tomar el disinio que más les conviniese, y con tanto sosiego
navegaban que no les sobresaltaba ningún recelo ni miedo de ningún
suceso adverso.
Tres días duró la apacibilidad del mar, y tres días
sopló próspero el viento, hasta que al cuarto, a poner del
sol, se comenzó a turbar el viento y a desasosegarse el mar, y
el recelo de alguna gran borrasca comenzó a turbar a los marineros:
que la inconstancia de nuestras vidas y la del mar simbolizan en no prometer
seguridad ni firmeza alguna largo tiempo. Pero quiso la buena suerte que,
cuando les apretaba este temor, descubriesen cerca de sí una isla,
que luego de los marineros fue conocida, y dijeron que se llamaba la de
las Ermitas, de que no poco se alegraron, porque en ella sabían
que estaban dos calas capaces de guarecerse en ellas de todos vientos
más de veinte navíos; tales, en fin, que pudieran servir
de abrigados puertos.
Dijeron también que en una de las ermitas servía de ermitaño
un caballero principal francés, llamado Renato, y en la otra ermita
servía de ermitaña una señora francesa, llamada Eusebia,
cuya historia de los dos era la más peregrina que se hubiese visto.
El deseo de saberla y el de repararse de la tormenta, si viniese, hizo
a todos que encaminasen allá la proa. Hízose así,
con tanto acertamiento, que dieron luego con una de las calas, donde dieron
fondo, sin que nadie se lo impidiese; y, estando informado Arnaldo de
que en la isla no había otra persona alguna que la del ermitaño
y ermitaña referidos, por dar contento a Auristela y a Transila,
que fatigadas del mar venían, con parecer de Mauricio, Ladislao,
Rutilio y Periandro, mandó echar el esquife al agua, y que saliesen
todos a tierra a pasar la noche en sosiego, libres de los vaivenes del
mar. Y, aunque se hizo así, fue parecer del bárbaro Antonio
que él y su hijo, y Ladislao y Rutilio, se quedasen en el navío
guardándole, pues la fee de sus marineros, poco esperimentada,
no les debía asegurar de modo que se fiasen dellos. Y, en efeto,
los que se quedaron en el navío fueron los dos Antonios, padre
y hijo, con todos los marineros, que la mejor tierra para ellos es las
tablas embreadas de sus naves: mejor les huele la pez, la brea y la resina
de sus navíos, que a la demás gente las rosas, las flores
y los amarantos de los jardines.
A la sombra de una peña, los de la tierra se repararon del viento,
y, a la claridad de mucha lumbre que de ramas cortadas en un instante
hicieron, se defendieron del frío, y, ya como acostumbrados a pasar
muchas veces calamidades semejantes, pasaron la desta noche sin pesadumbre
alguna; y más con el alivio que Periandro les causó con
volver, por ruego de Transila, a proseguir su historia, que, puesto que
él lo rehusaba, añadiendo ruegos Arnaldo, Ladislao y Mauricio,
ayudándoles Auristela, la ocasión y el tiempo, la hubo de
proseguir en esta forma:
CAPÍTULO
DIEZ Y OCHO DEL SEGUNDO LIBRO
-«Si
es verdad, como lo es, ser dulcísima cosa contar en tranquilidad
la tormenta, y en la paz presente los peligros de la pasada guerra, y
en la salud la enfermedad padecida, dulce me ha de ser a mí agora
contar mis trabajos en este sosiego; que, puesto que no puedo decir que
estoy libre de ellos todavía, según han sido grandes y muchos,
puedo afirmar que estoy en descanso, por ser condición de la humana
suerte que, cuando los bienes comienzan a crecer, parece que unos se van
llamando a otros, y que no tienen fin donde parar, y los males por el
mismo consiguiente. Los trabajos que yo hasta aquí he padecido,
imagino que han llegado al último paradero de la miserable fortuna,
y que es forzoso que declinen: que, cuando en el estremo de los trabajos
no sucede el de la muerte, que es el último de todos, ha de seguirse
la mudanza, no de mal a mal, sino de mal a bien, y de bien a más
bien; y éste en que estoy, teniendo a mi hermana conmigo, verdadera
y precisa causa de todos mis males y mis bienes, me asegura y promete
que tengo de llegar a la cumbre de los más felices que acierte
a desearme. Y así, con este dichoso pensamiento, digo que quedé
en la nave de mis contrarios, ya rendidos, donde supe, como ya he dicho,
la venta que habían hecho de mi hermana y de las dos recién
desposadas pescadoras, y de Cloelia, al príncipe Arnaldo, que aquí
está presente.
»En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando
los bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora
y de improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos
caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro
mil personas formado. Dejónos más helados que el mismo mar
vista semejante, aprestando las armas, más por muestra de ser hombres,
que con pensamiento de defenderse. Caminaban sobre solo un pie, dándose
con el derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían
y resbalaban sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo
a reiterar el golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y
desta suerte, en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas
partes; y uno de ellos, que, como después supe, era el capitán
de todos, llegándose cerca de nuestro navío a trecho que
pudo ser oído, asegurando la paz con un paño blanco que
volteaba sobre el brazo, en lengua polaca, con voz clara dijo: ''Cratilo,
rey de Bituania y señor destos mares, tiene por costumbre de requerirlos
con gente armada, y sacar de ellos los navíos que del hielo están
detenidos, a lo menos la gente y la mercancía que tuvieren, por
cuyo beneficio se paga con tomarla por suya. Si vosotros gustáredes
de acetar este partido sin defenderos, gozaréis de las vidas y
de la libertad, que no se os ha de cautivar en ningún modo; miradlo,
y si no, aparejaos a defenderos de nuestras armas, continuo vencedoras''.
»Contentóme la brevedad y la resolución del que nos
hablaba. Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos,
y fue el que mis pescadores me dieron decir que el fin de todos los males,
y el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de
sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la
infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía
ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos como dudosos
de la defensa, sería bien rendirnos, y dar lugar a la mala fortuna
que entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase
para mejor ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán
del escuadrón, y al punto, más con apariencia de guerra
que con muestras de paz, arremetieron al navío, y en un instante
le desvalijaron todo, y trasladaron cuanto en él había,
hasta la misma artillería y jarcias, a unos cueros de bueyes que
sobre el hielo tendieron; liándolos por encima, aseguraron poderlos
llevar, tirándolos con cuerdas, sin que se perdiese cosa alguna.
Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro nuestro navío, y,
poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando una alegre vocería,
nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de estar desde el
lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí
que debía de ser cosa de ver, caminar tanta gente por cima de las
aguas a pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros.
En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual no salimos hasta
otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito
número de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían
venido.
»Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo,
que, por las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien
era; venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima
mujer, armada de unas armas blancas, a quien no podían acabar de
encubrir un velo negro con que venían cubiertas. Llevóme
tras sí la vista, tanto su buen parecer como la gallardía
del rey Cratilo; y, mirándola con atención, conocí
ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros,
pocos días [había], habían dado la libertad que entonces
gozaba. Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome
el capitán asido de la mano, le dijo: ''En este solo mancebo, ¡oh
valeroso rey Cratilo!, me parece que te presento la más rica presa
que en razón de persona humana hasta agora humanos ojos han visto''.
''¡Santos cielos! -dijo a esta sazón la hermosa Sulpicia,
arrojándose del caballo al suelo-, o yo no tengo vista en los ojos,
o es éste mi libertador Periandro''. Y el decir esto y añudarme
el cuello con sus brazos fue todo uno, cuyas estrañas y amorosas
muestras obligaron también a Cratilo a que del caballo se arrojase,
y con las mismas señales de alegría me recibiese. Entonces
la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de los
pechos de mis pescadores; pero, cobrando aliento en las muestras alegres
con que vieron recebirme, les hizo brotar por los ojos el contento y por
las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado beneficio; que
ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y conocida merced.
»Sulpicia dijo a Cratilo: ''Este mancebo es un sujeto donde tiene
su asiento la suma cortesía y su albergue la misma liberalidad;
y, aunque yo tengo hecha esta esperiencia, quiero que tu discreción
la acredite, sacando por su gallarda presencia (y en esto bien se vee
que hablaba como agradecida, y aun como engañada) en limpio esta
verdad que te digo. Éste fue el que me dio libertad después
de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis
tesoros, sino el que no los quiso; éste fue el que, después
de recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el
deseo de dármelas mayores, si pudiera; éste fue, en fin,
el que, acomodándose, o por mejor decir, haciendo acomodar a su
gusto el de sus soldados, dándome doce que me acompañasen,
me tiene ahora en tu presencia''. Yo entonces, a lo que creo, rojo el
rostro con las alabanzas, o ya aduladoras o demasiadas, que de mí
oía, no supe más que hincarme de rodillas ante Cratilo,
pidiéndole las manos, que no me las dio para besárselas,
sino para levantarme del suelo.
»En este entretanto, los doce pescadores que habían venido
en guarda de Sulpicia, andaban entre la demás gente buscando a
sus compañeros, abrazándose unos a otros; y, llenos de contento
y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes: los del mar esageraban
su hielo, y los de la tierra sus riquezas. ''A mí -decía
el uno- me ha dado Sulpicia esta cadena de oro''. ''A mí -decía
otro- esta joya, que vale por dos de esas cadenas''. ''A mí -replicaba
éste- me dio tanto dinero''. Y aquél repetía: ''Más
me ha dado a mí en este solo anillo de diamantes, que a todos vosotros
juntos''.
»A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se
levantó entre la gente, causado del que hacía un poderosísimo
caballo bárbaro, a quien dos valientes lacayos traían del
freno, sin poderse averiguar con él. Era de color morcillo, pintado
todo de moscas blancas, que sobremanera le hacían hermoso; venía
en pelo, porque no consentía ensillarse [sino] del mismo rey; pero
no le guardaba este respeto después de puesto encima, no siendo
bastantes a detenerle mil montes de embarazos que ante él se pusieran,
de lo que el rey estaba tan pesaroso, que diera una ciudad a quien sus
malos siniestros le quitara. Todo esto me contó el rey breve y
sucintamente, y yo me resolví con mayor brevedad a hacer lo que
agora os diré.»
Aquí llegaba Periandro con su plática, cuando, a un lado
de la peña donde estaban recogidos los del navío, oyó
Arnaldo un ruido como de pasos de persona que hacia ellos se encaminaba.
Levantóse en pie, puso mano a su espada, y, con esforzado denuedo,
estuvo esperando el suceso. Calló asimismo Periandro, y las mujeres
con miedo, y los varones con ánimo, especialmente Periandro, atendían
lo que sería. Y, a la escasa luz de la luna, que cubierta de nubes
no dejaba verse, vieron que hacia ellos venían dos bultos que no
pudieran diferenciar lo que eran, si uno de ellos con voz clara no dijera:
-No os alborote, señores, quienquiera que seáis, nuestra
improvisa llegada, pues sólo venimos a serviros. Esta estancia
que tenéis, desierta y sola, la podéis mejorar, si quisiéredes,
en la nuestra, que en la cima desta montaña está puesta;
luz y lumbre hallaréis en ella, y manjares, que, si no delicados
y costosos, son por lo menos necesarios y de gusto.
Yo le respondí:
-¿Sois, por ventura, Renato y Eusebia, los limpios y verdaderos
amantes en quien la fama ocupa sus lenguas, diciendo el bien que en ellos
se encierra?
-Si dijérades los desdichados -respondió el bulto-, acertárades
en ello; pero, en fin, nosotros somos los que decís, y los que
os ofrecimos con voluntad sincera el acogimiento que puede daros nuestra
estrecheza.
Arnaldo fue de parecer que se tomase el consejo que se les ofrecía,
pues el rigor del tiempo que amenazaba les obligaba a ello. Levantáronse
todos, y siguiendo a Renato y a Eusebia, que les sirvieron de guías,
llegaron a la cumbre de una montañuela, donde vieron dos ermitas,
más cómodas para pasar la vida en su pobreza que para alegrar
la vista con su rico adorno. Entraron dentro, y, en la que parecía
algo mayor, hallaron luces que de dos lámparas procedían,
con que podían distinguir los ojos lo que dentro estaba, que era
un altar con tres devotas imágenes: la una, del Autor de la vida,
ya muerto y crucificado; la otra, de la Reina de los cielos y de la señora
de la alegría, triste y puesta en pie del que tiene los pies sobre
todo el mundo; y la otra, del amado dicípulo que vio más,
estando durmiendo, que vieron cuantos ojos tiene el cielo en sus estrellas.
Hincáronse de rodillas, y, hecha la debida oración con devoto
respeto, les llevó Renato a una estancia que estaba junto a la
ermita, a quien se entraba por una puerta que junto al altar se hacía.
Finalmente, pues las menudencias no piden ni sufren relaciones largas,
se dejarán de contar las que allí pasaron, ansí de
la pobre cena como del estrecho regalo, que sólo se alargaba en
la bondad de los ermitaños, de quien se notaron los pobres vestidos,
la edad, que tocaba en los márgenes de la vejez; la hermosura de
Eusebia, donde todavía resplandecían las muestras de haber
sido rara en todo estremo. Auristela, Transila y Constanza se quedaron
en aquella estancia, a quien sirvieron de camas secas espadañas
con otras yerbas, [más] para dar gusto al olfato que a otro sentido
alguno. Los hombres se acomodaron en la ermita, en diferentes puestos,
tan fríos como duros y tan duros como fríos.
Corrió el tiempo como suele, voló la noche, y amaneció
el día claro y sereno; descubrióse la mar, tan cortés
y bien criada, que parecía que estaba convidando a que la gozasen
volviéndose a embarcar; y sin duda alguna se hiciera así
si el piloto de la nave no subiera a decir que no se fiasen de las muestras
del tiempo, que, puesto que prometían serenidad tranquila, los
efetos habían de ser muy contrarios. Salió con su parecer,
pues todos se atuvieron a él; que, en el arte de la marinería,
más sabe el más simple marinero que el mayor letrado del
mundo. Dejaron sus herbosos lechos las damas, y los varones su duras piedras,
y salieron a ver desde aquella cumbre la amenidad de la pequeña
isla, que sólo podía bojar hasta doce millas, pero tan llena
de árboles frutíferos, tan fresca por muchas aguas, tan
agradable por las yerbas verdes, y tan olorosa por las flores, que en
un igual grado y a un mismo tiempo podía satisfacer a todos cinco
sentidos.
Pocas horas se había entrado por el día, cuando los dos
venerables ermitaños llamaron a sus huéspedes, y, tendiendo
dentro de la ermita verdes y secas espadañas, formaron sobre el
suelo una agradable alfombra, quizá mas vistosa que las que suelen
adornar los palacios de los reyes. Luego tendieron sobre ella diversidad
de frutas, así verdes como secas, y pan no tan reciente que no
semejase bizcocho, coronando la mesa asimismo de vasos de corcho con maestría
labrados, de fríos y líquidos cristales llenos. El adorno,
las frutas, las puras y limpias aguas, que, a pesar de la parda color
de los corchos, mostraban su claridad, y la necesidad juntamente, obligó
a todos, y aun les forzó, por mejor decir, a que alrededor de la
mesa se sentasen. Hiciéronlo así, y, después de la
tan breve como sabrosa comida, Arnaldo suplicó a Renato que les
contase su historia y la causa que a la estrecheza de tan pobre vida le
había conducido. El cual, como era caballero, a quien es aneja
siempre la cortesía, sin que segunda vez se lo pidiesen, desta
manera comenzó el cuento de su verdadera historia
CAPÍTULO
DIEZ Y NUEVE DEL SEGUNDO LIBRO
Cuenta Renato
la ocasión que tuvo para irse a la isla de las Ermitas
-«Cuando
los trabajos pasados se cuentan en prosperidades presentes, suele ser
mayor el gusto que se recibe en contarlos, que fue el pesar que se recibió
en sufrirlos. Esto no podré decir de los míos, pues no los
cuento fuera de la borrasca, sino en mitad de la tormenta. Nací
en Francia; engendráronme padres nobles, ricos y bien intencionados,
criéme en los ejercicios de caballero; medí mis pensamientos
con mi estado; pero, con todo eso, me atreví a ponerlos en la señora
Eusebia, dama de la reina en Francia, a quien sólo con los ojos
la di a entender que la adoraba, y ella, o ya descuidada o no advertida,
ni con sus ojos ni con su lengua me dio a entender que me entendía;
y, aunque el disfavor y los desdenes suelen matar al amor en sus principios,
faltándole el arrimo de la esperanza, con quien suele crecer, en
mí fue al contrario, porque del silencio de Eusebia tomaba alas
mi esperanza con que subir hasta el cielo de merecerla. Pero la invidia,
o la demasiada curiosidad de Libsomiro, caballero asimismo francés,
no menos rico que noble, alcanzó a saber mis pensamientos, y, sin
ponerlos en el punto que debía, me tuvo más invidia que
lástima, habiendo de ser al contrario; porque hay dos males en
el amor que llegan a todo estremo: el uno es querer y no ser querido;
el otro, querer y ser aborrecido; y a este mal no se iguala el de la ausencia,
ni el de los celos.
»En resolución, sin haber yo ofendido a Libsomiro, un día
se fue al rey y le dijo cómo yo tenía trato ilícito
con Eusebia, en ofensa de la majestad real y contra la ley que debía
guardar como caballero, cuya verdad la acreditaría con sus armas,
porque no quería que le mostrase la pluma, ni otros testigos, por
no turbar la decencia de Eusebia, a quien una y mil veces acusaba de impúdica
y mal intencionada. Con esta información alborotado el rey, me
mandó llamar, y me contó lo que Libsomiro de mí le
había contando; disculpé mi inocencia, volví por
la honra de Eusebia; y, por el más comedido medio que pude, desmentí
a mi enemigo. Remitióse la prueba a las armas; no quiso el rey
darnos campo en ninguna tierra de su reino, por no ir contra la ley católica,
que los prohíbe; diónosle una de las ciudades libres de
Alemania; llegóse el día de la batalla; pareció en
el puesto, con las armas que se habían señalado, que eran
espada y rodela, sin otro artificio alguno; hicieron los padrinos y los
jueces las ceremonias que en tales casos se acostumbran; partiéronnos
el sol, y dejáronnos. Entré yo confiado y animoso, por saber
indubitablemente que llevaba la razón conmigo y la verdad de mi
parte. De mi contrario, bien sé yo que entró animoso, y
más soberbio y arrogante que seguro de su conciencia. ¡Oh
soberanos cielos! ¡Oh juicios de Dios inescrutables! Yo hice lo
que pude; yo puse mis esperanzas en Dios y en la limpieza de mis no ejecutados
deseos; sobre mí no tuvo poder el miedo, ni la debilidad de los
brazos, ni la puntualidad de los movimientos; y, con todo eso y no saber
decir el cómo, me hallé tendido en el suelo, y la punta
de la espada de mi enemigo puesta sobre mis ojos, amenazándome
de presta y inevitable muerte. ''Aprieta -dije yo entonces-, ¡oh
más venturoso que valiente vencedor mío!, esta punta de
espada, y sácame el alma, pues tan mal ha sabido defender su cuerpo;
no esperes a que me rinda, que no ha de confesar mi lengua la culpa que
no tengo. Pecados sí tengo yo que merecen mayores castigos, pero
no quiero añadirles este de levantarme testimonio a mí mismo;
y así, más quiero morir con honra que vivir deshonrado''.
''Si no te rindes, Renato -respondió mi contrario-, esta punta
llegará hasta el celebro, y hará que con tu sangre firmes
y confirmes mi verdad y tu pecado''.
»Llegaron en esto los jueces, y tomáronme por muerto, y dieron
a mi enemigo el lauro de la vitoria. Sacáronle del campo en hombros
de sus amigos, y a mí me dejaron solo, en poder del quebranto y
de la confusión, con más tristeza que heridas, y no con
tanto dolor como yo pensaba; pues no fue bastante a quitarme la vida,
ya que no me la quitó la espada de mi enemigo. Recogiéronme
mis criados; volvíme a la patria; ni en el camino ni en ella tenía
atrevimiento para alzar los ojos al cielo, que me parecía que sobre
sus párpados cargaba el peso de la deshonra y la pesadumbre de
la infamia; de los amigos que me hablaban, pensaba que me ofendían;
el claro cielo para mí estaba cubierto de obscuras tinieblas; ni
un corrillo acaso se hacía en las calles, de los vecinos del pueblo,
de quien no pensase que sus pláticas no naciesen de mi deshonra;
finalmente, yo me hallé tan apretado de mis melancolías,
pensamientos y confusas imaginaciones, que, por salir dellas, o a lo menos
aliviarlas, o acabar con la vida, determiné salir de mi patria;
y, renunciando mi hacienda en otro hermano menor que tengo, en un navío,
con algunos de mis criados, quise desterrarme y venir a estas setentrionales
partes a buscar lugar donde no me alcanzase la infamia de mi infame vencimiento
y donde el silencio sepultase mi nombre.
»Hallé esta isla acaso; contentóme el sitio, y con
el ayuda de mis criados levanté esta ermita y encerréme
en ella. Despedílos; diles orden que cada un año viniesen
a verme, para que enterrasen mis huesos. El amor que me tenían,
las promesas que les hice y los dones que les di les obligaron a cumplir
mis ruegos, que no los quiero llamar mandamientos. Fuéronse, y
dejáronme entregado a mi soledad, donde hallé tan buena
compañía en estos árboles, en estas yerbas y plantas,
en estas claras fuentes, en estos bulliciosos y frescos arroyuelos, que
de nuevo me tuve lástima a mí mismo de no haber sido vencido
muchos tiempos antes, pues con aquel trabajo hubiera venido antes al descanso
de gozallos. ¡Oh soledad alegre, compañía de los tristes!
¡Oh silencio, voz agradable a los oídos, donde llegas, sin
que la adulación ni la lisonja te acompañen! ¡Oh qué
de cosas dijera, señores, en alabanza de la santa soledad y del
sabroso silencio! Pero estórbamelo el deciros primero cómo
dentro de un año volvieron mis criados y trujeron consigo a mi
adorada Eusebia, que es esta señora ermitaña que veis presente,
a quien mis criados dijeron en el término que yo quedaba, y ella,
agradecida a mis deseos y condolida de mi infamia, quiso, ya que no en
la culpa, serme compañera en la pena, y, embarcándose con
ellos, dejó su patria y padres, sus regalos y sus riquezas, y lo
más que dejó fue la honra, pues la dejó al vano discurso
del vulgo, casi siempre engañado, pues con su huida confirmaba
su yerro y el mío.
»Recebíla como ella esperaba que yo la recibiese, y la soledad
y la hermosura, que habían de encender nuestros comenzados des[e]os,
hicieron el efeto contrario, merced al cielo y a la honestidad suya. Dímonos
las manos de legítimos esposos, enterramos el fuego en la nieve,
y en paz y en amor, como dos estatuas movibles, ha que vivimos en este
lugar casi diez años, en los cuales no se ha pasado ninguno en
que mis criados no vuelvan a verme, proveyéndome de algunas cosas
que en esta soledad es forzoso que me falten. Traen alguna vez consigo
algún religioso que nos confiese; tenemos en la ermita suficientes
ornamentos para celebrar los divinos oficios; dormimos aparte, comemos
juntos, hablamos del cielo, menospreciamos la tierra, y, confiados en
la misericordia de Dios, esperamos la vida eterna.»
Con esto dio fin a su plática Renato, y con esto dio ocasión
a que todos los circunstantes se admirasen de su suceso, no porque les
pareciese nuevo dar castigos el cielo contra la esperanza de los pensamientos
humanos, pues se sabe que por una de dos causas vienen los que parecen
males a las gentes: a los malos por castigo, y a los buenos por mejora;
y en el número de los buenos pusieron a Renato, con el cual gastaron
algunas palabras de consuelo, y ni más ni menos con Eusebia, que
se mostró prudente en los agradecimientos y consolada en su estado.
-¡Oh vida solitaria! -dijo a esta sazón Rutilio, que, sepultado
en silencio, había estado escuchando la historia de Renato-. ¡Oh
vida solitaria -dijo-, santa, libre y segura, que infunde el cielo en
las regaladas imaginaciones! ¡Quién te amara, quién
te abrazara, quién te escogiera, y quién, finalmente, te
gozara!
-Dices bien -dijo Mauricio-, amigo Rutilio, pero esas consideraciones
han de caer sobre grandes sujetos; porque no nos ha de causar maravilla
que un rústico pastor se retire a la soledad del campo, ni nos
ha de admirar que un pobre, que en la ciudad muere de hambre, se recoja
a la soledad donde no le ha de faltar el sustento. Modos hay de vivir
que los sustenta la ociosidad y la pereza, y no es pequeña pereza
dejar yo el remedio de mis trabajos en las ajenas, aunque misericordiosas
manos. Si yo viera a un Aníbal cartaginés encerrado en una
ermita, como vi a un Carlos V cerrado en un monasterio, suspendiérame
y admirárame; pero que se retire un plebeyo, que se recoja un pobre,
ni me admira ni me suspende; fuera va deste cuento Renato, que le trujeron
a estas soledades, no la pobreza, sino la fuerza que nació de su
buen discurso. Aquí tiene en la carestía abundancia, y en
la soledad compañía, y el no tener más que perder
le hace vivir más seguro.
A lo que añadió Periandro:
-Si, como tengo pocos, tuviera muchos años, en trances y ocasiones
me ha puesto mi fortuna que tuviera por suma felicidad que la soledad
me acompañara, y en la sepultura del silencio se sepultara mi nombre;
pero no me dejan resolver mis deseos, ni mudar de vida la priesa que me
da el caballo de Cratilo, en quien quedé de mi historia.
Todos se alegraron oyendo esto, por ver que quería Periandro volver
a su tantas veces comenzado y no acabado cuento, que fue así:
CAPÍTULO
VEINTE DEL SEGUNDO LIBRO
Cuenta lo que
le sucedió con el caballo tan estimado de Cratilo como famoso
-«La
grandeza, la ferocidad y la hermosura del caballo que os he descrito tenían
tan enamorado a Cratilo, y tan deseoso de verle manso, como a mí
de mostrar que deseaba servirle, pareciéndome que el cielo me presentaba
ocasión para hacerme agradable a los ojos de quien por señor
tenía, y a poder acreditar con algo las alabanzas que la hermosa
Sulpicia de mí al rey había dicho.
»Y así, no tan maduro como presuroso, fui donde estaba el
caballo y subí en él sin poner el pie en el estribo, pues
no le tenía, y arremetí con él, sin que el freno
fuese parte para detenerle, y llegué a la punta de una peña
que sobre la mar pendía; y, apretándole de nuevo las piernas,
con tan mal grado suyo como gusto mío, le hice volar por el aire
y dar con entrambos en la profundidad del mar; y en la mitad del vuelo
me acordé que, pues el mar estaba helado, me había de hacer
pedazos con el golpe, y tuve mi muerte y la suya por cierta. Pero no fue
así, porque el cielo, que para otras cosas que él sabe me
debe de tener guardado, hizo que las piernas y los brazos del poderoso
caballo resistiesen el golpe, sin recebir yo otro daño que haberme
sacudido de sí el caballo y echado a rodar, resbalando por gran
espacio. Ninguno hubo en la ribera que no pensase y creyese que yo quedaba
muerto; pero, cuando me vieron levantar en pie, aunque tuvieron el suceso
a milagro, juzgaron a locura mi atrevimiento.»
Duro se le hizo a Mauricio el terrible salto del caballo tan sin lisión:
que quisiera él, por lo menos, que se hubiera quebrado tres o cuatro
piernas, porque no dejara Periandro tan a la cortesía de los que
le escuchaban la creencia de tan desaforado salto; pero el crédito
que todos tenían de Periandro les hizo no pasar adelante con la
duda del no creerle: que, así como es pena del mentiroso que cuando
diga verdad no se le crea, así es gloria del bien acreditado el
ser creído cuando diga mentira. Y, como no pudieron estorbar los
pensamientos de Mauricio la plática de Periandro, prosiguió
la suya diciendo:
-«Volví a la ribera con el caballo, volví asimismo
a subir en él, y, por los mismos pasos que primero, le incité
a saltar segunda vez; pero no fue posible, porque, puesto en la punta
de la levantada peña, hizo tanta fuerza por no arrojarse, que puso
las ancas en el suelo, y rompió las riendas, quedándose
clavado en la tierra. Cubrióse luego de un sudor de pies a cabeza,
tan lleno de miedo, que le volvió de león en cordero y de
animal indomable en generoso caballo, de manera que los muchachos se atrevieron
a monosearle, y los caballerizos del rey, enjaezándole, subieron
en él y le corrieron con seguridad, y él mostró su
ligereza y su bondad, hasta entonces jamás vista; de lo que el
rey quedó contentísimo y Sulpicia alegre, por ver que mis
obras habían respondido a sus palabras.
»Tres meses estuvo en su rigor el yelo, y éstos se tardaron
en acabar un navío que el rey tenía comenzado para correr
en convenible tiempo aquellos mares, limpiándolos de cosarios,
enriqueciéndose con sus robos. En este entretanto le hice algunos
servicios en la caza, donde me mostré sagaz y esperimentado, y
gran sufridor de trabajos; porque ningún ejercicio corresponde
así al de la guerra como el de la caza, a quien es anejo el cansancio,
la sed y la hambre, y aun a veces la muerte. La liberalidad de la hermosa
Sulpicia se mostró conmigo y con los míos estremada, y la
cortesía de Cratilo le corrió parejas. Los doce pescadores
que trujo consigo Sulpicia estaban ya ricos, y los que conmigo se perdieron
estaban ganados. Acabóse el navío, mandó el rey aderezarle
y pertrecharle de todas las cosas necesarias largamente, y luego me hizo
capitán dél a toda mi voluntad, sin obligarme a que hiciese
cosa más de aquella que fuese de mi gusto. Y, después de
haberle besado las manos por tan gran beneficio, le dije que me diese
licencia de ir a buscar a mi hermana Auristela, de quien tenía
noticia que estaba en poder del rey de Dinamarca. Cratilo me la dio para
todo aquello que quisiese hacer, diciéndome que a más le
tenía obligado mi buen término, hablando como rey, a quien
es anejo tanto el hacer mercedes como la afabilidad, y, si se puede decir,
la buena crianza. Esta tuvo Sulpicia en todo estremo, acompañándola
con la liberalidad, con la cual, ricos y contentos, yo y los míos
nos embarcamos, sin que quedase ninguno.
»La primer derrota que tomamos fue a Dinamarca, donde creí
hallar a mi hermana, y lo que hallé fueron nuevas de que, de la
ribera del mar, a ella y a otras doncellas las habían robado cosarios.
Renováronse mis trabajos, y comenzaron de nuevo mis lástimas,
a quien acompañaron las de Carino y Solercio, los cuales creyeron
que en la desgracia de mi hermana y en su prisión se debía
de comprehender la de sus esposas.»
-Sospecharon bien -dijo a esta sazón Arnaldo.
Y, prosiguiendo, Periandro dijo:
-«Barrimos todos los mares, rodeamos todas o las más islas
destos contornos, preguntando siempre por nuevas de mi hermana, pareciéndome
a mí, con paz sea dicho de todas las hermosas del mundo, que la
luz de su rostro no podía estar encubierta por ser escuro el lugar
donde estuviese, y que la suma discreción suya había de
ser el hilo que la sacase de cualquier laberinto. Prendimos cosarios,
soltamos prisioneros, restituimos haciendas a sus dueños, alzámonos
con las mal ganadas de otros; y con esto, colmando nuestro navío
de mil diferentes bienes de fortuna, quisieron los míos volver
a sus redes y a sus casas y a los brazos de sus hijos, imaginando Carino
y Solercio ser posible hallar a sus esposas en su tierra, ya que en las
ajenas no las hallaban.
»Antes desto, llegamos a aquella isla, que, a lo que creo, se llama
Scinta, donde supimos las fiestas de Policarpo, y a todos nos vino voluntad
de hallarnos en ellas. No pudo llegar nuestra nave, por ser el viento
contrario; y así, en traje de marineros bogadores, nos entramos
en aquel barco luengo, como ya queda dicho. Allí gané los
premios, allí fui coronado por vencedor de todas las contiendas,
y de allí tomó ocasión Sinforosa de desear saber
quien yo era, como se vio por las diligencias que para ello hizo.
»Vuelto al navío y resueltos los míos de dejarme,
los rogué que me dejasen el barco, como en premio de los trabajos
que con ellos había pasado. Dejáronmele, y aun me dejaran
el navío, si yo le quisiera, diciéndome que si me dejaban
solo, no era otra la ocasión sino porque les parecía ser
sólo mi deseo, y tan imposible de alcanzarle como lo había
mostrado la esperiencia en las diligencias que habíamos hecho para
conseguirle. En resolución, con seis pescadores que quisieron seguirme,
llevados del premio que les di y del que les ofrecí, abrazando
a mis amigos, me embarqué y puse la proa en la Isla Bárbara,
de cuyos moradores sabía ya la costumbre y la falsa profecía
que los tenía engañados, la cual no os refiero porque sé
que la sabéis.
»Di al través en aquella isla, fui preso y llevado donde
estaban los vivos enterrados; sacáronme otro día para ser
sacrificado; sucedió la tormenta del mar; desbaratáronse
los leños que servían de barcas; salí al mar ancho
en un pedazo dellas, con cadenas que me rodeaban el cuello y esposas que
me ataban las manos; caí en las misericordiosas del príncipe
Arnaldo, que está presente, por cuya orden entré en la isla
para ser espía que investigase si estaba en ella mi hermana, no
sabiendo que yo fuese hermano de Auristela, la cual otro día vino
en traje de varón a ser sacrificada. Conocíla, dolióme
su dolor, previne su muerte con decir que era hembra, como ya lo había
dicho Cloelia, su ama, que la acompañaba; y el modo como allí
las dos vinieron, ella lo dirá cuando quisiere. Lo que en la isla
nos sucedió ya lo sabéis; y, con esto y con lo que a mi
hermana le queda por decir, quedaréis satisfechos de casi todo
aquello que acertare a pediros el deseo en la certeza de nuestros sucesos.»
CAPÍTULO
VENTIUNO DEL SEGUNDO LIBRO
No sé
si tenga por cierto, de manera que ose afirmar, que Mauricio y algunos
de los más oyentes se holgaron de que Periandro pusiese fin en
su plática, porque las más veces, las que son largas, aunque
sean de importancia, suelen ser desabridas. Este pensamiento pudo tener
Auristela, pues no quiso acreditarle con comenzar por entonces la historia
de sus acontecimientos; que, puesto que habían sido pocos desde
que fue robada de poder de Arnaldo hasta que Periandro la halló
en la Isla Bárbara, no quiso añadirlos hasta mejor coyuntura;
ni, aunque quisiera, tuviera lugar para hacerlo, porque se lo estorbara
una nave que vieron venir por alta mar encaminada a la isla, con todas
las velas tendidas, de modo que en breve rato llegó a una de las
calas de la isla, y luego fue de Renato conocida, el cual dijo:
-Esta es, señores, la nave donde mis criados y mis amigos suelen
visitarme algunas veces.
Ya en esto hecha la zaloma y arrojado el esquife al agua, se llenó
de gente, que salió a la ribera, donde ya estaban para recebirle
Renato y todos los que con él estaban. Hasta veinte serían
los desembarcados, entre los cuales salió uno de gentil presencia,
que mostró ser señor de todos los demás, el cual,
apenas vio a Renato, cuando con los brazos abiertos se vino a él,
diciéndole:
-Abrázame, hermano, en albricias de que te traigo las mejores nuevas
que pudieras desear.
Abrazóle Renato, porque conoció ser su hermano Sinibaldo,
a quien dijo:
-Ningunas nuevas me pueden ser más agradables, ¡oh hermano
mío!, que ver tu presencia; que, puesto que en el siniestro estado
en que me veo ninguna alegría sería bien que me alegrase,
el verte pasa adelante y tiene excepción en la común regla
de mi desgracia.
Sinibaldo se volvió luego a abrazar a Eusebia, y le dijo:
-Dadme también vos los brazos, señora, que también
me debéis las albricias de las nuevas que traigo, las cuales no
será bien dilatarlas, porque no se dilate más vuestra pena.
Sabed, señores, que vuestro enemigo es muerto de una enfermedad,
que, habiendo estado seis días antes que muriese sin habla, se
la dio el cielo seis horas antes que despidiese el alma, en el cual espacio,
con muestras de un grande arrepentimiento, confesó la culpa en
que había caído de haberos acusado falsamente; confesó
su envidia, declaró su malicia, y, finalmente, hizo todas las demostraciones
bastantes a manifestar su pecado. Puso en los secretos juicios de Dios
el haber salido vencedora su maldad contra la bondad vuestra, y no sólo
se contentó con decirlo, sino que quiso que quedase por instrumento
público esta verdad; la cual sabida por el rey, también
por público instrumento os volvió vuestra honra y os declaró
a ti, ¡oh, hermano!, por vencedor, y a Eusebia por honesta y limpia,
y ordenó que fuésedes buscados, y que, hallados, os llevasen
a su presencia para recompensaros con su magnanimidad y grandeza las estrechezas
en que os debéis de haber visto. Si éstas son nuevas dignas
de que os den gusto, a vuestra buena consideración lo dejo.
-Son tales -dijo entonces Arnaldo-, que no hay acrecentamiento de vida
que las aventaje, ni posesión de no esperadas riquezas que las
lleguen; porque la honra perdida y vuelta a cobrar con estremo, no tiene
bien alguno la tierra que se le iguale. Gocéisle luengos años,
señor Renato, y gócele en vuestra compañía
la sin par Eusebia, yedra de vuestro muro, olmo de vuestra yedra, espejo
de vuestro gusto, y ejemplo de bondad y agradecimiento.
Este mismo parabién, aunque con palabras diferentes, les dieron
todos, y luego pasaron a preguntarle por nuevas de lo que en Europa pasaba
y en otras partes de la tierra, de quien ellos por andar en el mar tenían
poca noticia.
Sinibaldo respondió que de lo que más se trataba era de
la calamidad en que estaba puesto por el rey de los danaos, Leopold[i]o,
el rey antiguo de Dinamarca, y por otros allegados que a Leopold[i]o favorecían.
Contó asimismo cómo se murmuraba que por la ausencia de
Arnaldo, príncipe heredero de Dinamarca, estaba su padre tan a
pique de perderse, del cual príncipe decían que, cual mariposa,
se iba tras la luz de unos bellos ojos de una su prisionera, tan no conocida
por linaje que no se sabía quién fuesen sus padres. Contó
con esto guerras del de Transilvania, movimientos del Turco, enemigo común
del género humano; dio nuevas de la gloriosa muerte de Carlos V,
rey de España y emperador romano, terror de los enemigos de la
Iglesia y asombro de los secuaces de Mahoma. Dijo asimismo otras cosas
más menudas, que unas alegraron y otras suspendieron, y las unas
y las otras dieron gusto a todos, si no fue al pensativo Arnaldo, que
desde el punto que oyó la opresión de su padre, puso los
ojos en el suelo y la mano en la mejilla, y, al cabo de un buen espacio
que así estuvo, quitó los ojos de la tierra, y, poniéndolos
en el cielo, exclamando en voz alta, dijo:
-¡Oh amor, oh honra, oh compasión paterna, y cómo
me apretáis el alma! Perdóname, amor, que no porque me aparto
te dejo; espérame, ¡oh honra!, que no porque tenga amor dejaré
de seguirte; consuélate, ¡oh padre!, que ya vuelvo; esperadme,
vasallos, que el amor nunca hizo ninguno cobarde, ni lo he de ser yo en
defenderos, pues soy el mejor y el más bien enamorado del mundo.
Para la sin par Auristela quiero ir a ganar lo que es mío, y para
poder merecer, por ser rey, lo que no merezco por ser amante: que el amante
pobre, si la ventura a manos llenas no le favorece, casi no es posible
que llegue a felice fin su deseo. Rey la quiero pretender, rey la he de
servir, amante la he de adorar; y si con todo esto no la pudiere merecer,
culparé más a mi suerte que a su conocimiento.
Todos los circunstantes quedaron suspensos oyendo las razones de Arnaldo;
pero el que más lo quedó de todos fue Sinibaldo, a quien
Mauricio había dicho cómo aquél era el príncipe
de Dinamarca, y aquélla, mostrándole a Auristela, la prisionera
que decían que le traía rendido. Puso algo más, de
propósito, los ojos en Auristela Sinibaldo, y luego juzgó
a discreción la que en Arnaldo parecía locura, porque la
belleza de Auristela, como otras veces se ha dicho, era tal, que cautivaba
los corazones de cuantos la miraban, y hallaban en ella disculpa todos
los errores que por ella se hicieran.
Es, pues, el caso que aquel mismo día se concertó que Renato
y Eusebia se volviesen a Francia, llevando en su navío a Arnaldo
para dejalle en su reino, el cual quiso llevar consigo a Mauricio y a
Transila, su hija, y a Ladislao, su yerno, y que en el navío de
la huida, prosiguiendo su viaje, fuesen a España Periandro, los
dos Antonios, Auristela, Ricla y la hermosa Constanza. Rutilio, viendo
este repartimiento, estuvo esperando a qué parte le echarían;
pero, antes que la declarasen, puesto de rodillas ante Renato, le suplicó
le hiciese heredero de sus alhajas y le dejase en aquella isla, siquiera
para que no faltase en ella quien encendiese el farol que guiase a los
perdidos navegantes; porque él quería acabar bien la vida,
hasta entonces mala. Reforzaron todos su cristiana petición, y
el buen Renato, que era tan cristiano como liberal, le concedió
todo cuanto pedía, diciéndole que quisiera que fueran de
importancia las cosas que le dejaba, puesto que eran todas las necesarias
para cultivar la tierra y pasar la vida humana, a lo que añadió
Arnaldo que él le prometía, si se viese pacífico
en su reino, de enviarle cada un año un bajel que le socorriese.
A todos hizo señales de besar los pies Rutilio, y todos le abrazaron,
y los más dellos lloraron de ver la santa resolución del
nuevo ermitaño; que, aunque la nuestra no se enmiende, siempre
da gusto ver enmendar la ajena vida, si no es que llega a tanto la protervidad
nuestra, que querríamos ser el abismo que a otros abismos llamase.
Dos días tardaron en disponerse y acomodarse para seguir cada uno
su viaje, y, al punto de la partida, hubo corteses comedimientos, especialmente
entre Arnaldo, Periandro y Auristela; y, aunque entre ellos se mezclaron
amorosas razones, todas fueron honestas y comedidas, pues no alborotaron
el pecho de Periandro. Lloró Transila, no tuvo enjutos los ojos
Mauricio, ni lo estuvieron los de Ladislao; gimió Ricla, enternecióse
Constanza, y su padre y su hermano también se mostraron tiernos.
Andaba Rutilio de unos en otros, ya vestido con los hábitos de
ermitaño de Renato, despidiéndose déstos y de aquéllos,
mezclando sollozos y lágrimas todo a un tiempo.
Finalmente, convidándoles el sosegado tiempo, y un viento que podía
servir a diferentes viajes, se embarcaron y le dieron las velas, y Rutilio
mil bendiciones, puesto en lo alto de las ermitas.
Y aquí dio fin a este segundo libro el autor desta peregrina historia.
Fin
del SEGUNDO libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Obras
de CERVANTES:
Don
Quixote de la Mancha
El Amante Liberal
El Casamiento Engañoso
El Celoso Extremeño
El Coloquio de los Perros
El Licenciado Vidriera
El Trato de Argel
«Entremeses»
Entremés de la CUEVA
DE SALAMANCA
Entremés de la ELECCIÓN
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO
Entremés de la GUARDA
CUIDADOSA
Entremés del JUEZ
DE LOS DIVORCIOS
Entremés del RETABLO
DE LAS MARAVILLAS
Entremés del RUFIÁN
VIUDO LLAMADO TRAMPAGOS
Entremés del VIEJO
CELOSO
Entremés del VIZCAÍNO
FINGIDO
La
Española Inglesa
La Fuerza de
la Sangre
La Galatea
La Gitanilla
La Ilustre Fregona
La Numancia
La Señora Cornelia
Las Dos Doncellas
Los Trabajos de Persiles
y Segismunda
Rinconete y Cortadillo
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