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Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
LIBRO
TERCERO DE LA
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE
PERSILES Y SIGISMUNDA
HISTORIA SETENTRIONAL
CAPÍTULO PRIMERO DEL LIBRO TERCERO
Como están
nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar
sino en su centro, que es Dios, para quien fueron criadas, no es maravilla
que nuestros pensamientos se muden: que éste se tome, aquél
se deje, uno se prosiga y otro se olvide; y el que más cerca anduviere
de su sosiego, ése será el mejor, cuando no se mezcle con
error de entendimiento.
Esto se ha dicho en disculpa de la ligereza que mostró Arnaldo
en dejar en un punto el deseo que tanto tiempo había mostrado de
servir a Auristela; pero no se puede decir que le dejó, sino que
le entretuvo, en tanto que el de la honra, que sobrepuja al de todas las
acciones humanas, se apoderó de su alma. El cual deseo se le declaró
Arnaldo a Periandro una noche antes de la partida, hablándole aparte
en la isla de las Ermitas. Allí le suplicó -que quien pide
lo que ha menester, no ruega, sino suplica- que mirase por su hermana
Auristela, y que la guardase para reina de Dinamarca; y que, aunque la
ventura no se le mostrase a él buena en cobrar su reino, y en tan
justa demanda perdiese la vida, se estimase Auristela por viuda de un
príncipe, y, como tal, supiese escoger esposo, puesto que ya él
sabía y muchas veces lo había dicho, que por sí sola,
sin tener dependencia de otra grandeza alguna, merecía ser señora
del mayor reino del mundo, no que del de Dinamarca. Periandro le respondió
que le agradecía su buen deseo, y que él tendría
cuidado de mirar por ella como por cosa que tanto le tocaba y que tan
bien le venía. Ninguna destas razones dijo Periandro a Auristela,
porque las alabanzas que se dan a la persona amada, halas de decir el
amante como propias, y no como que se dicen de persona ajena. No ha de
enamorar el amante con las gracias de otro; suyas han de ser las que mostrare
a su dama; si no canta bien, no le traiga quien la cante; si no es demasiado
gentilhombre, no se acompañe con Ganimedes; y, finalmente, soy
de parecer que las faltas que tuviere, no las enmiende con ajenas sobras.
Estos consejos no se dan a Periandro, que de los bienes de la naturaleza
se llevaba la gala, y en los de la fortuna era inferior a pocos.
En esto iban las naves con un mismo viento, por diferentes caminos, que
éste es uno de los que parecen misterios en el arte de la navegación;
iban rompiendo, como digo, no claros cristales, sino azules; mostrábase
el mar colchado, porque el viento, tratándole con respeto, no se
atrevía a tocarle a más de la superficie, y la nave suavemente
le besaba los labios, y se dejaba resbalar por él con tanta ligereza
que apenas parecía que le tocaba. Desta suerte, y con la misma
tranquilidad y sosiego, navegaron diez y siete días sin ser necesario
subir ni bajar, ni llegar a templar las velas, cuya felicidad en los que
navegan, si no tuviese por descuentos el temor de borrascas venideras,
no había gusto con que igualalle.
Al cabo destos o pocos más días, al amanecer de uno, dijo
un grumete que desde la gavia mayor iba descubriendo la tierra:
-¡Albricias, señores, albricias pido y albricias merezco!
¡Tierra! ¡Tierra! Aunque mejor diría ¡cielo!,
¡cielo!, porque sin duda estamos en el paraje de la famosa Lisboa.
Cuyas nuevas sacaron de los ojos de todos tiernas y alegres lágrimas,
especialmente de Ricla, de los dos Antonios y de su hija Constanza, porque
les pareció que ya habían llegado a la tierra de promisión
que tanto deseaban.
Echóle los brazos Antonio al cuello, diciéndole:
-Agora sabrás, bárbara mía, del modo que has de servir
a Dios, con otra relación más copiosa, aunque no diferente,
de la que yo te he hecho; agora verás los ricos templos en que
es adorado; verás juntamente las católicas ceremonias con
que se sirve, y notarás cómo la caridad cristiana está
en su punto. Aquí, en esta ciudad, verás cómo son
verdugos de la enfermedad muchos hospitales que la destruyen, y el que
en ellos pierde la vida, envuelto en la eficacia de infinitas indulgencias,
gana la del cielo. Aquí el amor y la honestidad se dan las manos,
y se pasean juntos, la cortesía no deja que se le llegue la arrogancia,
y la braveza no consiente que se le acerque la cobardía. Todos
sus moradores son agradables, son corteses, son liberales y son enamorados,
porque son discretos. La ciudad es la mayor de Europa y la de mayores
tratos; en ella se descargan las riquezas del Oriente, y desde ella se
reparten por el universo; su puerto es capaz, no sólo de naves
que se puedan reducir a número, sino de selvas movibles de árboles
que los de las naves forman; la hermosura de las mujeres admira y enamora;
la bizarría de los hombres pasma, como ellos dicen; finalmente,
ésta es la tierra que da al cielo santo y copiosísimo tributo.
-No digas más -dijo a esta sazón Periandro-; deja, Antonio,
algo para nuestros ojos, que las alabanzas no lo han de decir todo: algo
ha de quedar para la vista, para que con ella nos admiremos de nuevo,
y así, creciendo el gusto por puntos, vendrá a ser mayor
en sus estremos.
Contentísima estaba Auristela de ver que se le acercaba la hora
de poner pie en tierra firme, sin andar de puerto en puerto y de isla
en isla, sujeta a la inconstancia del mar y a la movible voluntad de los
vientos; y más cuando supo que desde allí a Roma podía
ir a pie enjuto, sin embarcarse otra vez si no quisiese.
Mediodía sería cuando llegaron a Sangián, donde se
registró el navío, y donde el castellano del castillo, y
los que con él entraron en la nave, se admiraron de la hermosura
de Auristela, de la gallardía de Periandro, del traje bárbaro
de los dos Antonios, del buen aspecto de Ricla y de la agradable belleza
de Constanza. Supieron ser estranjeros, y que iban peregrinando a Roma.
Satisfizo Periandro a los marineros, que los habían traído
magníficamente, con el oro que sacó Ricla de la Isla Bárbara,
ya vuelto en moneda corriente en la isla de Policarpo. Los marineros quisieron
llegar a Lisboa a granjearlo con alguna mercancía.
El castellano de Sangián envió al gobernador de Lisboa,
que entonces era el arzobispo de Braga, por ausencia del rey, que no estaba
en la ciudad, de la nueva venida de los estranjeros y de la sin par belleza
de Auristela, añadiendo la de Constanza, que con el traje de bárbara
no solamente no la encubría, pero la realzaba; exageróle
asimismo la gallarda disposición de Periandro, y juntamente la
discreción de todos, que no bárbaros, sino cortesanos parecían.
Llegó el navío a la ribera de la ciudad, y en la de Belén
se desembarcaron, porque quiso Auristela, enamorada y devota de la fama
de aquel santo monasterio, visitarle primero, y adorar en él al
verdadero Dios libre y desembarazadamente, sin las torcidas ceremonias
de su tierra. Había salido a la marina infinita gente a ver los
estranjeros desembarcados en Belén; corrieron allá todos
por ver la novedad, que siempre se lleva tras sí los deseos y los
ojos.
Ya salía de Belén el nuevo escuadrón de la nueva
hermosura: Ricla, medianamente hermosa, pero estremadamente a lo bárbaro
vestida; Constanza, hermosísima y rodeada de pieles; Antonio el
padre, brazos y piernas desnudas, pero con pieles de lobos cubierto lo
demás del cuerpo; Antonio el hijo iba del mismo modo, pero con
el arco en la mano y la aljaba de las saetas a las espaldas; Periandro,
con casaca de terciopelo verde y calzones de lo mismo, a lo marinero,
un bonete estrecho y puntiagudo en la cabeza, que no le podía cubrir
las sortijas de oro que sus cabellos formaban; Auristela traía
toda la gala del setentrión en el vestido, la más bizarra
gallardía en el cuerpo y la mayor hermosura del mundo en el rostro.
En efeto, todos juntos y cada uno de por sí, causaban espanto y
maravilla a quien los miraba; pero sobre todos campeaba la sin par Auristela
y el gallardo Periandro.
Llegaron por tierra a Lisboa, rodeados de plebeya y de cortesana gente;
lleváronlos al gobernador, que, después de admirado de verlos,
no se cansaba de preguntarles quiénes eran, de dónde venían
y adónde iban. A lo que respondió Periandro, que ya traía
estudiada la respuesta que había de dar a semejantes preguntas,
viendo que se la habían de hacer muchas veces: cuando quería
o le parecía que convenía, relataba su historia a lo largo,
encubriendo siempre sus padres, de modo que, satisfaciendo a los que le
preguntaban, en breves razones cifraba, si no toda, a lo menos gran parte
de su historia. Mandólos el visorrey alojar en uno de los mejores
alojamientos de la ciudad, que acertó a ser la casa de un magnífico
caballero portugués, donde era tanta la gente que concurría
para ver a Auristela, de quien sola había salido la fama de lo
que había que ver en todos, que fue parecer de Periandro mudasen
los trajes de bárbaros en los de peregrinos, porque la novedad
de los que traían era la causa principal de ser tan seguidos, que
ya parecían perseguidos del vulgo; además, que para el viaje
que ellos llevaban de Roma, ninguno le venía más a cuento.
Hízose así, y de allí a dos días se vieron
peregrinamente peregrinos.
Acaeció, pues, que al salir un día de casa, un hombre portugués
se arrojó a los pies de Periandro, llamándole por su nombre,
y, abrazándole por las piernas, le dijo:
-¿Qué ventura es ésta, señor Periandro, que
la des a esta tierra con tu presencia? No te admires en ver que te nombro
por tu nombre, que uno soy de aquellos veinte que cobraron libertad en
la abrasada isla Bárbara, donde tú la tenías perdida;
halléme a la muerte de Manuel de Sosa Cuitiño, el caballero
portugués; apartéme de ti y de los tuyos en el hospedaje
donde llegó Mauricio y Ladislao en busca de Transila, esposa del
uno y hija del otro; trújome la buena suerte a mi patria; conté
aquí a sus parientes la enamorada muerte; creyéronla, y,
aunque yo no se la afirmara de vista, la creyeran, por tener casi en costumbre
el morir de amores los portugueses; un hermano suyo, que heredó
su hacienda, ha hecho sus obsequias, y en una capilla de su linaje, le
puso en una piedra de mármol blanco, como si debajo della estuviera
enterrado, un epitafio que quiero que vengáis a ver todos, así
como estáis, porque creo que os ha de agradar por discreto y por
gracioso.
Por las palabras, bien conoció Periandro que aquel hombre decía
verdad; pero, por el rostro, no se acordaba haberle visto en su vida.
Con todo eso, se fueron al templo que decía, y vieron la capilla
y la losa sobre la cual estaba escrito en lengua portuguesa este epitafio,
que leyó casi en castellano Antonio el padre, que decía
así:
AQUÍ
YACE VIVA LA MEMORIA DEL YA MUERTO
MANUEL DE SOSA COITIÑO, CABALLERO PORTUGUÉS,
QUE, A NO SER PORTUGUÉS, AÚN FUERA VIVO.
NO MURIÓ A LAS MANOS DE NINGÚN CASTELLANO,
SINO A LAS DEL AMOR, QUE TODO LO PUEDE;
PROCURA SABER SU VIDA Y ENVIDIARÁS SU MUERTE,
PASAJERO.
Vio Periandro
que había tenido razón el portugués de alabarle el
epitafio, en el escribir de los cuales tiene gran primor la nación
portuguesa. Preguntó Auristela al portugués qué sentimiento
había hecho la monja, dama del muerto, de la muerte de su amante,
el cual la respondió que, dentro de pocos días que la supo,
pasó desta a mejor vida, o ya por la estrecheza de la que hacía
siempre, o ya por el sentimiento del no pensado suceso.
Desde allí se fueron en casa de un famoso pintor, donde ordenó
Periandro que, en un lienzo grande, le pintase todos los más principales
casos de su historia: a un lado pintó la Isla Bárbara ardiendo
en llamas, y allí junto la isla de la prisión, y un poco
más desviado, la balsa o enmaderamiento donde le halló Arnaldo
cuando le llevó a su navío; en otra parte estaba la isla
Nevada, donde el enamorado portugués perdió la vida; luego
la nave que los soldados de Arnaldo taladraron; allí junto pintó
la división del esquife y de la barca; allí se mostraba
el desafío de los amantes de Taurisa y su muerte; acá estaban
serrando por la quilla la nave que había servido de sepultura a
Auristela y a los que con ella venían; acullá estaba la
agradable isla donde vio en sueños Periandro los dos escuadrones
de virtudes y vicios; y allí, junto la nave, donde los peces Náufragos
pescaron a los dos marineros y les dieron en su vientre sepultura. No
se olvidó de que pintase verse empedrados en el mar helado, el
asalto y combate del navío, ni el entregarse a Cratilo; pintó
asimismo la temeraria carrera del poderoso caballo, cuyo espanto, de león,
le hizo cordero; que los tales con un asombro se amansan; pintó,
como en resguño y en estrecho espacio, las fiestas de Policarpo,
coronándose a sí mismo por vencedor en ellas; resolutamente,
no quedó paso principal en que no hiciese labor en su historia,
que allí no pintase, hasta poner la ciudad de Lisboa y su desembarcación
en el mismo traje en que habían venido; también se vio en
el mismo lienzo arder la isla de Policarpo, a Clodio traspasado con la
saeta de Antonio y a Cenotia colgada de una entena; pintóse también
la isla de las Ermitas, y a Rutilio con apariencias de santo. Este lienzo
se hacía de una recopilación que les escusaba de contar
su historia por menudo, porque Antonio el mozo declaraba las pinturas
y los sucesos cuando le apretaban a que los dijese. Pero, en lo que más
se aventajó el pintor famoso, fue en el retrato de Auristela, en
quien decían se había mostrado a saber pintar una hermosa
figura, puesto que la dejaba agraviada, pues a la belleza de Auristela,
si no era llevado de pensamiento divino, no había pincel humano
que alcanzase.
Diez días estuvieron en Lisboa, todos los cuales gastaron en visitar
los templos y en encaminar sus almas por la derecha senda de su salvación,
al cabo de los cuales, con licencia del visorrey y con patentes verdaderas
y firmes de quiénes eran y adónde iban, se despidieron del
caballero portugués, su huésped, y del hermano del enamorado,
Alberto, de quien recibieron grandes caricias y beneficios, y se pusieron
en camino de Castilla. Y esta partida fue menester hacerla de noche, temerosos
que si de día la hicieran, la gente que les seguiría la
estorbara, puesto que la mudanza del traje había hecho ya que amainase
la admiración.
CAPÍTULO
SEGUNDO DEL TERCER LIBRO. Peregrinos. Su viaje por España. Sucédenles
nuevos y estraños casos
Pedían
los tiernos años de Auristela, y los más tiernos de Constanza,
con los entreverados de Ricla, coches, estruendo y aparato para el largo
viaje en que se ponían; pero la devoción de Auristela, que
había prometido de ir a pie hasta Roma, desde la parte do llegase
en tierra firme, llevó tras sí las demás devociones;
y todos de un parecer, así varones como hembras, votaron el viaje
a pie, añadiendo, si fuese necesario, mendigar de puerta en puerta.
Con esto cerró la del dar Ricla, y Periandro se escusó de
no disponer de la cruz de diamantes que Auristela traía, guardándola
con las inestimables perlas para mejor ocasión. Solamente compraron
un bagaje que sobrellevase las cargas que no pudieran sufrir las espaldas;
acomodáronse de bordones, que servían de arrimo y defensa,
y de vainas de unos agudos estoques. Con este cristiano y humilde aparato
salieron de Lisboa, dejándola sola sin su belleza, y pobre sin
la riqueza de su discreción, como lo mostraron los infinitos corrillos
de gente que en ella se hicieron, donde la fama no trataba de otra cosa
sino del estremo de discreción y belleza de los peregrinos estranjeros.
Desta manera, acomodándose a sufrir el trabajo de hasta dos o tres
leguas de camino cada día, llegaron a Badajoz, donde ya tenía
el Corregidor castellano nuevas de Lisboa, cómo por allí
habían de pasar los nuevos peregrinos, los cuales, entrando en
la ciudad, acertaron a alojarse en un mesón do se alojaba una compañía
de famosos recitantes, los cuales aquella misma noche habían de
dar la muestra para alcanzar la licencia de representar en público,
en casa del Corregidor. Pero, apenas vieron el rostro de Auristela y el
de Constanza, cuando les sobresaltó lo que solía sobresaltar
a todos aquellos que primeramente las veían, que era admiración
y espanto.
Pero ninguno puso tan en punto el maravillarse, como fue el ingenio de
un poeta, que de propósito con los recitantes venía, así
para enmendar y remendar comedias viejas, como para hacerlas de nuevo:
ejercicio más ingenioso que honrado y más de trabajo que
de provecho. Pero la excelencia de la poesía es tan limpia como
el agua clara, que a todo lo no limpio aprovecha; es como el sol, que
pasa por todas las cosas inmundas sin que se le pegue nada; es habilidad,
que tanto vale cuanto se estima; es un rayo que suele salir de donde está
encerrado, no abrasando, sino alumbrando; es instrumento acordado que
dulcemente alegra los sentidos, y, al paso del deleite, lleva consigo
la honestidad y el provecho. Digo, en fin, que este poeta, a quien la
necesidad había hecho trocar los Parnasos con los mesones y las
Castalias y las Aganipes con los charcos y arroyos de los caminos y ventas,
fue el que más se admiró de la belleza de Auristela, y al
momento la marcó en su imaginación y la tuvo por más
que buena para ser comedianta, sin reparar si sabía o no la lengua
castellana. Contentóle el talle, diole gusto el brío, y
en un instante la vistió en su imaginación en hábito
corto de varón; desnudóla luego y vistióla de ninfa,
y casi al mismo punto la envistió de la majestad de reina, sin
dejar traje de risa o de gravedad de que no la vistiese, y en todas se
le representó grave, alegre, discreta, aguda, y sobremanera honesta:
estremos que se acomodan mal en una farsanta hermosa.
¡Válame Dios, y con cuánta facilidad discurre el ingenio
de un poeta y se arroja a romper por mil imposibles! ¡Sobre cuán
flacos cimientos levanta grandes quimeras! Todo se lo halla hecho, todo
fácil, todo llano, y esto de manera que las esperanzas le sobran
cuando la ventura le falta, como lo mostró este nuestro moderno
poeta cuando vio descoger acaso el lienzo donde venían pintados
los trabajos de Periandro. Allí se vio él en el mayor que
en su vida se había visto, por venirle a la imaginación
un grandísimo deseo de componer de todos ellos una comedia; pero
no acertaba en qué nombre le pondría: si le llamaría
comedia, o tragedia, o tragicomedia, porque si sabía el principio,
ignoraba el medio y el fin, pues aun todavía iban corriendo las
vidas de Periandro y de Auristela, cuyos fines habían de poner
nombre a lo que dellos se representase. Pero lo que más le fatigaba
era pensar cómo podría encajar un lacayo consejero y gracioso
en el mar y entre tantas islas, fuego y nieves; y, con todo esto, no se
desesperó de hacer la comedia y de encajar el tal lacayo, a pesar
de todas las reglas de la poesía y a despecho del arte cómico.
Y, en tanto que en esto iba y venía, tuvo lugar de hablar a Auristela
y de proponerle su deseo y de aconsejarla cuán bien la estaría
si se hiciese recitanta. Díjole que, a dos salidas al teatro, le
lloverían minas de oro a cuestas, porque los príncipes de
aquella edad eran como hechos de alquimia, que llegada al oro, es oro,
y llegada al cobre, es cobre; pero que, por la mayor parte, rendían
su voluntad a las ninfas de los teatros, a las diosas enteras y a las
semideas, a las reinas de estudio y a las fregonas de apariencia; díjole
que si alguna fiesta real acertase a hacerse en su tiempo, que se diese
por cubierta de faldellines de oro, porque todas o las más libreas
de los caballeros habían de venir a su casa rendidas a besarle
los pies; representóle el gusto de los viajes, y el llevarse tras
sí dos o tres disfrazados caballeros que la servirían tan
de criados como de amantes; y, sobre todo, encarecía y puso sobre
las nubes la excelencia y la honra que le darían en encargarle
las primeras figuras. En fin, le dijo que si en alguna cosa se verificaba
la verdad de un antiguo refrán castellano, era en las hermosas
farsantas, donde la honra y provecho cabían en un saco.
Auristela le respondió que no había entendido palabra de
cuantas le había dicho, porque bien se veía que ignoraba
la lengua castellana, y que, puesto que la supiera, sus pensamientos eran
otros, que tenían puesta la mira en otros ejercicios, si no tan
agradables, a lo menos más convenientes. Desesperóse el
poeta con la resoluta respuesta de Auristela; miróse a los pies
de su ignorancia, y deshizo la rueda de su vanidad y locura.
Aquella noche fueron a dar la muestra en casa del Corregidor, el cual,
como hubiese sabido que la hermosa junta peregrina estaba en la ciudad,
los envió a buscar y a convidar viniesen a su casa a ver la comedia,
y a recebir en ella muestras del deseo que tenía de servirles,
por las que de su valor le habían escrito de Lisboa. Acetólo
Periandro, con parecer de Auristela y de Antonio el padre, a quien obedecían
como a su mayor. Juntas estaban muchas damas de la ciudad con la Corregidora,
cuando entraron Auristela, Ricla y Constanza, con Periandro y los dos
Antonios, admirando, suspendiendo, alborotando la vista de los presentes,
que a sentir tales efetos les forzaba la sin par bizarría de los
nuevos peregrinos, los cuales, acrecentando con su humildad y buen parecer
la benevolencia de los que los recibieron, dieron lugar a que les diesen
casi el más honrado en la fiesta, que fue la representación
de la fábula de Céfalo y de Pocris, cuando ella, celosa
más de lo que debía, y él, con menos discurso que
fuera necesario, disparó el dardo que a ella le quitó la
vida y a él el gusto para siempre. El verso tocó los estremos
de bondad posibles, como compuesto, según se dijo, por Juan de
Herrera de Gamboa, a quien por mal nombre llamaron el Maganto, cuyo ingenio
tocó asimismo las más altas rayas de la poética esfera.
Acabada la comedia, desmenuzaron las damas la hermosura de Auristela parte
por parte, y hallaron todas un todo a quien dieron por nombre Perfección
sin tacha, y los varones dijeron lo mismo de la gallardía de Periandro,
y de recudida se alabó también la belleza de Constanza y
la bizarría de su hermano Antonio. Tres días estuvieron
en la ciudad, donde en ellos mostró el Corregidor ser caballero
liberal, y tener la Corregidora condición de reina, según
fueron las dádivas y presentes que hizo a Auristela y a los demás
peregrinos, los cuales, mostrándose agradecidos y obligados, prometieron
de tener cuenta de darla de sus sucesos, de dondequiera que estuviesen.
Partidos, pues, de Badajoz, se encaminaron a nuestra Señora de
Guadalupe, y, habiendo andado tres días y en ellos cinco leguas,
les tomó la noche en un monte poblado de infinitas encinas y de
otros rústicos árboles. Tenía suspenso el cielo el
curso y sazón del tiempo en la balanza igual de los dos equinocios:
ni el calor fatigaba, ni el frío ofendía, y, a necesidad,
tan bien se podía pasar la noche en el campo como en el aldea;
y a esta causa, y por estar lejos un pueblo, quiso Auristela que se quedasen
en unas majadas de pastores boyeros que a los ojos se les ofrecieron.
Hízose lo que Auristela quiso, y, apenas habían entrado
por el bosque docientos pasos, cuando se cerró la noche con tanta
escuridad que los detuvo, y les hizo mirar atentamente la lumbre de los
boyeros, porque su resplandor les sirviese de norte para no errar el camino.
Las tinieblas de la noche, y un ruido que sintieron, les detuvo el paso
y hizo que Antonio el mozo se apercibiese de su arco, perpetuo compañero
suyo. Llegó en esto un hombre a caballo, cuyo rostro no vieron,
el cual les dijo:
-¿Sois desta tierra, buena gente?
-No, por cierto -respondió Periandro-, sino de bien lejos della;
peregrinos estranjeros somos que vamos a Roma, y primero a Guadalupe.
-Sí, que también -dijo el de a caballo- hay en las estranjeras
tierras caridad y cortesía, también hay almas compasivas
dondequiera.
-¿Pues no? -respondió Antonio-. Mirad, señor, quienquiera
que seáis, si habéis menester algo de nosotros, y veréis
cómo sale verdadera vuestra imaginación.
-Tomad -dijo, pues, el caballero-, tomad, señores, esta cadena
de oro, que debe de valer docientos escudos, y tomad asimismo esta prenda,
que no debe de tener precio, a lo menos yo no se le hallo, y darle heis
en la ciudad de Trujillo a uno de dos caballeros que en ella y en todo
el mundo son bien conocidos: llámase el uno don Francisco Pizarro
y el otro don Juan de Orellana; ambos mozos, ambos libres, ambos ricos
y ambos en todo estremo.
Y, en esto, puso en las manos de Ricla, que como mujer compasiva se adelantó
a tomarlo, una criatura que ya comenzaba a llorar, envuelta ni se supo
por entonces si en ricos o en pobres paños.
-Y diréis a cualquiera dellos que la guarden, que presto sabrán
quién es, y las desdichas que a ser dichoso le habrán llevado,
si llega a su presencia. Y perdonadme, que mis enemigos me siguen, los
cuales, si aquí llegaren y preguntaren si me habéis visto,
diréis que no, pues os importa poco el decir esto; o si ya os pareciere
mejor, decid que por aquí pasaron tres o cuatro hombres de a caballo,
que iban diciendo: ''¡A Portugal! ¡A Portugal!'' Y a Dios
quedad, que no puedo detenerme; que, puesto que el miedo pone espuelas,
más agudas las pone la honra.
Y, arrimando las que traía al caballo, se apartó como un
rayo dellos; pero, casi al mismo punto, volvió el caballero y dijo:
-No está bautizado.
Y tornó a seguir su camino.
Veis aquí a nuestros peregrinos, a Ricla con la criatura en los
brazos, a Periandro con la cadena al cuello, a Antonio el mozo sin dejar
de tener flechado el arco, y al padre en postura de desenvainar el estoque,
que de bordón le servía, y a Auristela confusa y atónita
del estraño suceso, y a todos juntos admirados del estraño
acontecimiento, cuya salida fue por entonces que aconsejó Auristela
que, como mejor pudiesen, llegasen a la majada de los boyeros, donde podría
ser hallasen remedios para sustentar aquella recién nacida criatura,
que, por su pequeñez y la debilidad de su llanto, mostraba ser
de pocas horas nacida. Hízose así; y, apenas llegaron a
la majada de los pastores, a costa de muchos tropiezos y caídas,
cuando, antes que los peregrinos les preguntasen si eran servidos de darles
alojamiento aquella noche, llegó a la majada una mujer llorando,
triste, pero no reciamente, porque mostraba en sus gemidos que se esforzaba
a no dejar salir la voz del pecho. Venía medio desnuda, pero las
ropas que la cubrían eran de rica y principal persona. La lumbre
y luz de las hogueras, a pesar de la diligencia que ella hacía
para encubrirse el rostro, la descubrieron, y vieron ser tan hermosa como
niña, y tan niña como hermosa, puesto que Ricla, que sabía
más de edades, la juzgó por de diez y seis a diez y siete
años.
Preguntáronle los pastores si la seguía alguien, o si tenía
otra necesidad que pidiese presto remedio.
A lo que respondió la dolorosa muchacha:
-Lo primero, señores, que habéis de hacer, es ponerme debajo
de la tierra; quiero decir, que me encubráis de modo que no me
halle quien me buscare. Lo segundo, que me deis algún sustento,
porque desmayos me van acabando la vida.
-Nuestra diligencia -dijo un pastor viejo- mostrará que tenemos
caridad.
Y, aguijando con presteza a un hueco de un árbol que en una valiente
encina se hacía, puso en él algunas pieles blandas de ovejas
y cabras, que entre el ganado mayor se criaban; hizo un modo de lecho,
bastante por entonces a suplir aquella necesidad precisa; tomó
luego a la mujer en los brazos y encerróla en el hueco, adonde
le dio lo que pudo, que fueron sopas en leche, y le dieran vino, si ella
quisiera beberlo; colgó luego delante del hueco otras pieles, como
para enjugarse.
Ricla, viendo hecho esto, habiendo conjeturado que aquélla, sin
duda, debía de ser la madre de la criatura que ella tenía,
se llegó al pastor caritativo, diciéndole:
-No pongáis, buen señor, término a vuestra caridad,
y usalda con esta criatura que tengo en los brazos, antes que perezca
de hambre.
Y en breves razones le contó cómo se le habían dado.
Respondióla el pastor a la intención, y no a sus razones,
llamando a uno de los demás pastores, a quien mandó que,
tomando aquella criatura, la llevase al aprisco de las cabras y hiciese
de modo como de alguna dellas tomase el pecho. Apenas hubo hecho esto
(y tan apenas, que casi se oían los últimos acentos del
llanto de la criatura), cuando llegaron a la majada un tropel de hombres
a caballo, preguntando por la mujer desmayada y por el caballero de la
criatura; pero, como no les dieron nuevas ni noticia de lo que pedían,
pasaron con estraña priesa adelante, de que no poco se alegraron
sus remediadores. Y aquella noche pasaron con más comodidad que
los peregrinos pensaron, y con más alegría de los ganaderos,
por verse tan bien acompañados.
CAPÍTULO
TERCERO DEL TERCER LIBRO. La doncella encerrada en el árbol: de
quién era
Preñada
estaba la encina -digámoslo así-; preñadas estaban
las nubes, cuya escuridad la puso en los ojos de los que por la prisionera
del árbol preguntaron, pero al compasivo pastor, que era mayoral
del hato, ninguna cosa le pudo turbar para que dejase de acudir a proveer
lo que fuese necesario al recebimiento de sus huéspedes: la criatura
tomó los pechos de la cabra; la encerrada, el rústico sustento;
y los peregrinos, el nuevo y agradable hospedaje.
Quisieron todos saber luego qué causas habían traído
allí a la lastimada y al parecer fugitiva, y a la desamparada criatura;
pero fue parecer de Auristela que no le preguntasen nada hasta el venidero
día, porque los sobresaltos no suelen dar licencia a la lengua,
aun a que cuente venturas alegres, cuanto más desdichas tristes;
y, puesto que el anciano pastor visitaba a menudo el árbol, no
preguntaba nada al depósito que tenía, sino solamente por
su salud; y fuele respondido que, aunque tenía mucha ocasión
para no tenerla, le sobraría como ella se viese libre de los que
la buscaban, que era su padre y hermanos. Cubrióla y encubrióla
el pastor, y dejóla, y volvióse a los peregrinos, que aquella
noche la pasaron con más claridad de las hogueras y fuegos de los
pastores que con aquélla que ella les concedía; y, antes
que el cansancio les obligase a entregar los sentidos al sueño,
quedó concertado que el pastor que había llevado la criatura
a procurar que las cabras fuesen sus amas, la llevase y entregase a una
hermana del anciano ganadero, que, casi dos leguas de allí, en
una pequeña aldea, vivía. Diéronle que llevase la
cadena, con orden de darla a criar en la misma aldea, diciendo ser de
otra algo apartada. Todo esto se hizo así, con que se aseguraron
y apercibieron a desmentir las espías, si acaso volviesen, o viniesen
otras de nuevo, a buscar los perdidos; a lo menos, los que perdidos parecían.
En tratar desto y en satisfacer la hambre y en un breve rato que se apoderó
de sus ojos el sueño y de sus lenguas el silencio, se pasó
el de la noche, y se vino a más andar el día, alegre para
todos, si no para la temerosa que, encerrada en el árbol, apenas
osaba ver del sol la claridad hermosa.
Con todo eso, habiendo puesto primero, cerca y lejos del rebaño,
de trecho en trecho, centinelas que avisasen si alguna gente venía,
la sacaron del árbol para que le diese el aire, y para saber della
lo que deseaban; y con la luz del día vieron que la de su rostro
era admirable, de modo que puso en duda a cuál darían, della
y de Constanza, después de Auristela, el segundo lugar de hermosa;
porque dondequiera se llevó el primero Auristela, a quien no quiso
dar igual la naturaleza.
Muchas preguntas le hicieron y muchos ruegos precedieron antes, todos
encaminados a que su suceso les contase, y ella, de puro cortés
y agradecida, pidiendo licencia a su flaqueza, con aliento debilitado
así comenzó a decir:
-Puesto, señores, que, en lo que deciros quiero, tengo de descubrir
faltas que me han de hacer perder el crédito de honrada, todavía
quiero más parecer cortés por obedeceros, que desagradecida
por no contentaros. «Mi nombre es Feliciana de la Voz; mi patria,
una villa no lejos de este lugar; mis padres son nobles mucho más
que ricos; y mi hermosura, en tanto que no ha estado tan marchita como
agora, ha sido de algunos estimada y celebrada. Junto a la villa que me
dio el cielo por patria vivía un hidalgo riquísimo, cuyo
trato y cuyas muchas virtudes le hacían ser caballero en la opinión
de las gentes. Éste tiene un hijo que desde agora muestra ser tan
heredero de las virtudes de su padre, que son muchas, como de su hacienda,
que es infinita. Vivía, ansimismo, en la misma aldea un caballero
con otro hijo suyo, más nobles que ricos, en una tan honrada medianía,
que ni los humillaba ni los ensoberbecía. Con este segundo mancebo
noble ordenaron mi padre y dos hermanos que tengo de casarme, echando
a las espaldas los ruegos con que me pedía por esposa el rico hidalgo;
pero yo, a quien los cielos guardaban para esta desventura en que me veo,
y para otras en que pienso verme, me di por esposa al rico, y yo me le
entregué por suya a hurto de mi padre y de mis hermanos, que madre
no la tengo, por mayor desgracia mía. Vímonos muchas veces
solos y juntos, que para semejantes casos nunca la ocasión vuelve
las espaldas; antes, en la mitad de las imposibilidades, ofrece su guedeja.
»Destas juntas y destos hurtos amorosos se acortó mi vestido
y creció mi infamia, si es que se puede llamar infamia la conversación
de los desposados amantes. En este tiempo, sin hacerme sabidora, concertaron
mi padre y hermanos de casarme con el mozo noble; con tanto deseo de efetuarlo,
que anoche le trajeron a casa, acompañado de dos cercanos parientes
suyos, con propósito de que luego luego nos diésemos las
manos. Sobresaltéme cuando vi entrar a Luis Antonio (que éste
es el nombre del mancebo noble), y más me admiré cuando
mi padre me dijo que me entrase en mi aposento y me aderezase algo más
de lo ordinario, porque en aquel punto había de dar la mano de
esposa a Luis Antonio. Dos días había que había entrado
en los términos que la naturaleza pide en los partos, y, con el
sobresalto y no esperada nueva, quedé como muerta; y, diciendo
entraba a aderezarme a mi aposento, me arrojé en los brazos de
una mi doncella, depositaria de mis secretos, a quien dije, hechos fuentes
mis ojos: ''¡Ay, Leonora mía, y cómo creo que es llegado
el fin de mis días! Luis Antonio está en esa antesala, esperando
que yo salga a darle la mano de esposa. Mira si es este trance riguroso,
y la más apretada ocasión en que pueda verse una mujer desdichada.
Pásame, hermana mía, si tienes con qué, este pecho;
salga primero mi alma destas carnes, que no la desvergüenza de mi
atrevimiento. ¡Ay, amiga mía, que me muero, que se me acaba
la vida!'' Y, diciendo esto, y dando un gran suspiro, arrojé una
criatura en el suelo, cuyo nunca visto caso suspendió a mi doncella,
y a mí me cegó el discurso de manera que, sin saber qué
hacer, estuve esperando a que mi padre o mis hermanos entrasen, y, en
lugar de sacarme a desposar, me sacasen a la sepultura.»
Aquí llegaba Feliciana de su cuento, cuando vieron que las centinelas
que habían puesto para asegurarse hacían señal de
que venía gente, y con diligencia no vista, el pastor anciano quería
volver a depositar a Feliciana en el árbol, seguro asilo de su
desgracia; pero, habiendo vuelto las centinelas a decir que se asegurasen,
porque un tropel de gente que habían visto, cruzaba por otro camino,
todos se aseguraron, y Feliciana de la Voz volvió a su cuento,
diciendo:
-«Considerad, señores, el apretado peligro en que me vi anoche:
el desposado en la sala, esperándome, y el adúltero, si
así se puede decir, en un jardín de mi casa, atendiéndome
para hablarme, ignorante del estrecho en que yo estaba, y de la venida
de Luis Antonio; yo, sin sentido, por el no esperado suceso; mi doncella
turbada, con la criatura en los brazos; mi padre y hermanos dándome
priesa que saliese a los desdichados desposorios. Aprieto fue éste
que pudiera derribar a más gallardos entendimientos que el mío,
y oponerse a toda buena razón y buen discurso. No sé qué
os diga más, sino que sentí, estando sin sentido, que entró
mi padre, diciendo: ''Acaba, muchacha; sal comoquiera que estuvieres,
que tu hermosura suplirá tu desnudez y te servirá de riquísimas
galas''. Diole, a lo que creo, en esto, a los oídos el llanto de
la criatura, que mi doncella, a lo que imagino, debía de ir a poner
en cobro, o a dársela a Rosanio, que este es el nombre del que
yo quise escoger por esposo. Alborotóse mi padre, y con una vela
en la mano me miró el rostro, y coligió por mi semblante,
mi sobresalto y mi desmayo. Volvióle a herir en los oídos
el eco del llanto de la criatura, y, echando mano a la espada, fue siguiendo
adonde la voz le llevaba. El resplandor del cuchillo me dio en la turbada
vista, y el miedo en la mitad del alma; y, como sea natural cosa el desear
conservar la vida cada uno, del temor de perderla salió en mí
el ánimo de remediarla; y, apenas hubo mi padre vuelto las espaldas,
cuando yo, así como estaba, bajé por un caracol a unos aposentos
bajos de mi casa, y de ellos con facilidad me puse en la calle, y de la
calle en el campo, y del campo en no sé qué camino; y, finalmente,
aguijada del miedo y solicitada del temor, como si tuviera alas en los
pies, caminé más de lo que prometía mi flaqueza.
Mil veces estuve para arrojarme en el camino de algún ribazo, que
me acabara con acabarme la vida, y otras tantas estuve por sentarme o
tenderme en el suelo, y dejarme hallar de quien me buscase; pero, alentándome
la luz de vuestras cabañas, procuré llegar a ellas a buscar
descanso a mi cansancio, y si no remedio, algún alivio a mi desdicha.
Y así llegué como me vistes, y así me hallo como
me veo, merced a vuestra caridad y cortesía. Esto es, señores
míos, lo que os puedo contar de mi historia, cuyo fin dejo al cielo,
y le remito en la tierra a vuestros buenos consejos.»
Aquí dio fin a su plática la lastimada Feliciana de la Voz,
con que puso en los oyentes admiración y lástima en un mismo
grado. Periandro contó luego el hallazgo de la criatura, la dádiva
de la cadena, con todo aquello que le había sucedido con el caballero
que se la dio.
-¡Ay! -dijo Feliciana-. ¿Si es por ventura esa prenda mía?
¿Y si es Rosanio el que la trajo? Y si yo la viese, si no por el
rostro, pues nunca le he visto, quizá por los paños en que
viene envuelta sacaría a luz la verdad de las tinieblas de mi confusión;
porque mi doncella, no apercebida, ¿en qué la podía
envolver, sino en paños que estuviesen en el aposento, que fuesen
de mí conocidos? Y, cuando esto no sea, quizá la sangre
hará su oficio, y por ocultos sentimientos le dará a entender
lo que me toca.
A lo que respondió el pastor:
-La criatura está ya en mi aldea en poder de una hermana y de una
sobrina mía; yo haré que ellas mismas nos la traigan hoy
aquí, donde podrás, hermosa Feliciana, hacer las esperiencias
que deseas. En tanto, sosiega, señora, el espíritu, que
mis pastores y este árbol servirán de nubes que se opongan
a los ojos que te buscaren.
CAPÍTULO
CUARTO DEL TERCERO LIBRO
-Paréceme,
hermano mío -dijo Auristela a Periandro-, que los trabajos y los
peligros no solamente tienen jurisdición en el mar, sino en toda
la tierra; que las desgracias e infortunios, así se encuentran
sobre los levantados sobre los montes como con los escondidos en sus rincones.
Esta que llaman Fortuna, de quien yo he oído hablar algunas veces,
de la cual se dice que quita y da los bienes cuando, como y a quien quiere,
sin duda alguna debe de ser ciega y antojadiza, pues, a nuestro parecer,
levanta los que habían de estar por el suelo, y derriba los que
están sobre los montes de la luna. No sé, hermano, lo que
me voy diciendo, pero sé que quiero decir que no es mucho que nos
admire ver a esta señora, que dice que se llama Feliciana de la
Voz, que apenas la tiene para contar sus desgracias. Contémplola
yo pocas horas ha en su casa, acompañada de su padre, hermanos
y criados, esperando poner con sagacidad remedio a sus arrojados deseos;
y agora puedo decir que la veo escondida en lo hueco de un árbol,
temiendo los mosquitos del aire, y aun las lombrices de la tierra. Bien
es verdad que la suya no es caída de príncipes, pero es
un caso que puede servir de ejemplo a las recogidas doncellas que le quisieren
dar bueno de sus vidas. Todo esto me mueve a suplicarte, ¡oh hermano!,
mires por mi honra, que, desde el punto que salí del poder de mi
padre y del de tu madre, la deposité en tus manos; y, aunque la
esperiencia, con certidumbre grandísima, tiene acreditada tu bondad,
ansí en la soledad de los desiertos como en la compañía
de las ciudades, todavía temo que la mudanza de las horas no mude
los que de suyo son fáciles pensamientos. A ti te va; mi honra
es la tuya; un solo deseo nos gobierna y una misma esperanza nos sustenta;
el camino en que nos hemos puesto es largo, pero no hay ninguno que no
se acabe, como no se le oponga la pereza y la ociosidad; ya los cielos,
a quien doy mil gracias por ello, nos ha traído a España
sin la compañía peligrosa de Arnaldo; ya podemos tender
los pasos seguros de naufragios, de tormentas y de salteadores, porque,
según la fama que, sobre todas las regiones del mundo, de pacífica
y de santa tiene ganada España, bien nos podemos prometer seguro
viaje.
-¡Oh hermana -respondió Periandro-, y cómo por puntos
vas mostrando los estremados de tu discreción! Bien veo que temes
como mujer y que te animas como discreta. Yo quisiera, por aquietar tus
bien nacidos recelos, buscar nuevas esperiencias que me acreditasen contigo;
que, puesto que las hechas pueden convertir el temor en esperanza, y la
esperanza en firme seguridad, y desde luego en posesión alegre,
quisiera que nuevas ocasiones me acreditaran. En el rancho destos pastores
no nos queda qué hacer, ni en el caso de Feliciana podemos servir
más que de compadecernos de ella; procuremos llevar esta criatura
a Trujillo, como nos lo encargó el que con ella nos dio la cadena,
al parecer, por paga.
En esto estaban los dos, cuando llegó el pastor anciano con su
hermana y con la criatura, que había enviado por ella a la aldea,
por ver si Feliciana la reconocía, como ella lo había pedido.
Lleváronsela, miróla y remiróla, quitóle las
fajas; pero en ninguna cosa pudo conocer ser la que había parido,
ni aun, lo que más es de considerar, el natural cariño no
le movía los pensamientos a reconocer el niño; que era varón
el recién nacido.
-No -decía Feliciana-, no son estas las mantillas que mi doncella
tenía diputadas para envolver lo que de mí naciese, ni esta
cadena -que se la enseñaron- la vi yo jamás en poder de
Rosanio. De otra debe ser esta prenda, que no mía; que, a serlo,
no fuera yo tan venturosa, teniéndola una vez perdida, tornar a
cobrarla; aunque yo oí decir muchas veces a Rosanio que tenía
amigos en Trujillo; pero de ningun[o] me acuerdo el nombre.
-Con todo eso -dijo el pastor-, que, pues el que dio la criatura mandó
que la llevasen a Trujillo, sospecho que el que la dio a estos peregrinos
fue Rosanio, y así, soy de parecer, si es que en ello os hago algún
servicio, que mi hermana, con la criatura y con otros dos destos mis pastores,
se ponga en camino de Trujillo, a ver si la reciben alguno de esos dos
caballeros a quien va dirigida.
A lo que Feliciana respondió con sollozos y con arrojarse a los
pies del pastor, abrazándolos estrechamente: señales que
la dieron de que aprobaba su parecer. Todos los peregrinos le aprobaron
asimismo, y con darle la cadena lo facilitaron todo.
Sobre una de las bestias del hato se acomodó la hermana del pastor,
que estaba recién parida, como se ha dicho, con orden que se pasase
por su aldea, y dejase en cobro su criatura, y con la otra se partiese
a Trujillo; que los peregrinos, que iban a Guadalupe, con más espacio
la seguirían. Todo se hizo como lo pensaron, y luego, porque la
necesidad del caso no admitía tardanza alguna.
Feliciana callaba, y con silencio se mostraba agradecida a los que tan
de veras sus cosas tomaban a su cargo. Añadióse a todo esto
que Feliciana, habiendo sabido cómo los peregrinos iban a Roma,
aficionada a la hermosura y discreción de Auristela, a la cortesía
de Periandro, a la amorosa conversación de Constanza y de Ricla,
su madre, y al agradable trato de los dos Antonios, padre y hijo (que
todo lo miró, notó y ponderó en aquel poco espacio
que los había comunicado), y lo principal por volver las espaldas
a la tierra donde quedaba enterrada su honra, pidió que consigo
la llevasen como peregrina a Roma; que, pues había sido peregrina
en culpas, quería procurar serlo en gracias, si el cielo se las
concedía, en que con ellos la llevasen. Apenas descubrió
su pensamiento, cuando Auristela acudió a satisfacer su deseo,
compasiva y deseosa de sacar a Feliciana de entre los sobresaltos y miedos
que la perseguían. Sólo dificultó el ponerla en camino
estando tan recién parida, y así se lo dijo; pero el anciano
pastor dijo que no había más diferencia del parto de una
mujer que del de una res, y que, así como la res, sin otro regalo
alguno, después de su parto, se quedaba a las inclemencias del
cielo, ansí la mujer podía, sin otro regalo alguno, acudir
a sus ejercicios; sino que el uso había introducido entre las mujeres
los regalos y todas aquella prevenciones que suelen hacer con las recién
paridas.
-Yo seguro -dijo más- que cuando Eva parió el primer hijo,
que no se echó en el lecho, ni se guardó del aire, ni usó
de los melindres que agora se usan en los partos. Esforzaos, señora
Feliciana, y seguid vuestro intento, que desde aquí le apruebo
casi por santo, pues es tan cristiano.
A lo que añadió Auristela:
-No quedará por falta de hábito de peregrina, que mi cuidado
me hizo hacer dos cuando hice éste, el cual daré yo a la
señora Feliciana de la Voz, con condición que me diga qué
misterio tiene el llamarse de la Voz, si ya no es el de su apellido.
-No me le ha dado -respondió Feliciana- mi linaje, sino el ser
común opinión de todos cuantos me han oído cantar,
que tengo la mejor voz del mundo: tanto que por excelencia me llaman comúnmente
Feliciana de la Voz; y, a no estar en tiempo más de gemir que de
cantar, con facilidad os mostrara esta verdad; pero si los tiempos se
mejoran y dan lugar a que mis lágrimas se enjuguen, yo cantaré,
si no canciones alegres, a lo menos endechas tristes, que cantándolas
encanten y llorándolas alegren.
Por esto que Feliciana dijo, nació en todos un deseo de oírla
cantar luego luego, pero no osaron rogárselo, porque, como ella
había dicho, los tiempos no lo permitían. Otro día
se despojó Feliciana de los vestidos no necesarios que traía,
y se cubrió con los que le dio Auristela de peregrina; quitóse
un collar de perlas y dos sortijas; que si los adornos son parte para
acreditar calidades, estas piezas pudieran acreditarla de rica y noble.
Tomólas Ricla, como tesorera general de la hacienda de todos, y
quedó Feliciana segunda peregrina, como primera Auristela, y tercera
Constanza, aunque este parecer se dividió en pareceres, y algunos
le dieron el segundo lugar a Constanza, que el primero no hubo hermosura
en aquella edad que a la de Auristela se le quitase.
Apenas se vio Feliciana el nuevo hábito, cuando le nacieron alientos
nuevos y deseos de ponerse en camino. Conoció esto Auristela, y,
con consentimiento de todos, despidiéndose del pastor caritativo
y de los demás de la majada, se encaminaron a Cáceres, hurtando
el cuerpo con su acostumbrado paso al cansancio; y si alguna vez alguna
de las mujeres le tenía, le suplía el bagaje, donde iba
el repuesto, o ya el margen de algún arroyuelo o fuente do se sentaban,
o la verdura de algún prado que a dulce reposo las convidaba; y
así, andaban a una con ellos el reposo y el cansancio, junto con
la pereza y la diligencia: la pereza, en caminar poco; la diligencia,
en caminar siempre. Pero, como por la mayor parte nunca los buenos deseos
llegan a fin dichoso sin estorbos que los impidan, quiso el cielo que
el de este hermoso escuadrón, que, aunque dividido en todos, era
sólo uno en la intención, fuese impedido con el estorbo
que agora oiréis.
Dábales asiento la verde yerba de un deleitoso pradecillo; refrescábales
los rostros el agua clara y dulce de un pequeño arroyuelo que por
entre las yerbas corría; servíanles de muralla y de reparo
muchas zarzas y cambroneras, que casi por todas partes los rodeaba: sitio
agradable y necesario para su descanso, cuando, de improviso, rompiendo
por las intricadas matas, vieron salir al verde sitio un mancebo vestido
de camino, con una espada hincada por las espaldas, cuya punta le salía
al pecho. Cayó de ojos, y al caer dijo:
-¡Dios sea conmigo!
Y el fin desta palabra y el arrancársele el alma fue todo a un
tiempo; y, aunque todos con el estraño espectáculo se levantaron
alborotados, el que primero llegó a socorrerle fue Periandro, y,
por hallarle ya muerto, se atrevió a sacar la espada. Los dos Antonios
saltaron las zarzas, por ver si verían quién hubiese sido
el cruel y alevoso homicida; que, por ser la herida por las espaldas,
se mostraba que traidoras manos la habían hecho. No vieron a nadie,
volviéronse a los demás, y la poca edad del muerto y su
gallardo talle y parecer les acrecentó la lástima. Miráronle
todo, y halláronle, debajo de una ropilla de terciopelo pardo,
sobre el jubón puesta una cadena de cuatro vueltas de menudos eslabones
de oro, de la cual pendía un devoto crucifijo, asimismo de oro;
allá entre el jubón y la camisa le hallaron, dentro de una
caja de ébano ricamente labrada, un hermosísimo retrato
de mujer, pintado en la lisa tabla, alrededor del cual, de menudísima
y clara letra, vieron que traía escritos estos versos:
Yela, enciende,
mira y habla:
¡milagros de hermosura,
que tenga vuestra figura
tanta fuerza en una tabla!
Por estos versos
conjeturó Periandro, que los leyó primero, que de causa
amorosa debía de haber nacido su muerte. Miráronle las faldriqueras
y escudriñáronle todos, pero no hallaron cosa que les diese
indicio de quién era. Y, estando haciendo este escrutinio, parecieron,
como si fueran llovidos, cuatro hombres con ballestas armadas, por cuyas
insignias conoció luego Antonio el padre que eran cuadrilleros
de la Santa Hermandad, uno de los cuales dijo a voces:
-¡Teneos, ladrones, homicidas y salteadores! ¡No le acabéis
de despojar, que a tiempo sois venidos en que os llevaremos adonde paguéis
vuestro pecado!
-Eso no, bellacos -respondió Antonio el mozo-: aquí no hay
ladrón ninguno, porque todos somos enemigos de los que lo son.
-Bien se os parece, por cierto -replicó el cuadrillero-, el hombre
muerto, sus despojos en vuestro poder, y su sangre en vuestras manos,
que sirve de testigos [de] vuestra maldad. Ladrones sois, salteadores
sois, homicidas sois; y, como tales ladrones, salteadores y homicidas,
presto pagaréis vuestros delitos, sin que os valga la capa de virtud
cristiana con que procuráis encubrir vuestras maldades, vistiéndoos
de peregrinos.
A esto le dio respuesta Antonio el mozo con poner una flecha en su arco
y pasarle con ella un brazo, puesto que quisiera pasarle de parte a parte
el pecho. Los demás cuadrilleros, o escarmentados del golpe, o
por hacer la prisión más al seguro, volvieron las espaldas,
y, entre huyendo y esperando, a grandes voces apellidaron:
-¡Aquí de la Santa Hermandad! ¡Favor a la Santa Hermandad!
Y mostróse ser santa la hermandad que apellidaban, porque en un
instante, como por milagro, se juntaron más de veinte cuadrilleros,
los cuales, encarando sus ballestas y sus saetas a los que no se defendían,
los prendieron y aprisionaron, sin respetar la belleza de Auristela ni
las demás peregrinas, y con el cuerpo del muerto los llevaron a
Cáceres, cuyo Corregidor era un caballero del hábito de
Santiago, el cual, viendo el muerto y el cuadrillero herido, y la información
de los demás cuadrilleros, con el indicio de ver ensangrentado
a Periandro, con el parecer de su teniente, quisiera luego ponerlos a
cuestión de tormento, puesto que Periandro se defendía con
la verdad, mostrándole en su favor los papeles que para seguridad
de su viaje y licencia de su camino había tomado en Lisboa. Mostróle
asimismo el lienzo de la pintura de su suceso, que la relató y
declaró muy bien Antonio el mozo, cuyas pruebas hicieron poner
en opinión la ninguna culpa que los peregrinos tenían. Ricla,
la tesorera, que sabía muy poco o nada de la condición de
escribanos y procuradores, ofreció a uno, de secreto, que andaba
allí en público, dando muestras de ayudarles, no sé
qué cantidad de dineros porque tomase a cargo su negocio. Lo echó
a perder del todo, porque, en oliendo los sátrapas de la pluma
que tenían lana los peregrinos, quisieron trasquilarlos, como es
uso y costumbre, hasta los huesos, y sin duda alguna fuera así,
si las fuerzas de la inocencia no permitiera el cielo que sobrepujaran
a las de la malicia.
Fue el caso, pues, que un huésped, o mesonero del lugar, habiendo
visto el cuerpo muerto que habían traído y reconocídole
muy bien, se fue al Corregidor y le dijo:
-Señor, este hombre que han traído muerto los cuadrilleros,
ayer de mañana partió de mi casa, en compañía
de otro, al parecer, caballero. Poco antes que se partiese, se encerró
conmigo en mi aposento, y con recato me dijo: ''Señor huésped,
por lo que debéis a ser cristiano, os ruego que, si yo no vuelvo
por aquí dentro de seis días, abráis este papel que
os doy, delante de la justicia''. Y, diciendo esto, me dio éste
que entrego a vuesa merced, donde imagino que debe de venir alguna cosa
que toque a este tan estraño suceso.
Tomó el papel el Corregidor, y, abriéndole, vio que en él
estaban escritas estas mismas razones:
Yo, don Diego
de Parraces, salí de la corte de su Majestad tal día (y
venía puesto el día), en compañía de don Sebastián
de Soranzo, mi pariente, que me pidió que le acompañase
en cierto viaje donde le iba la honra y la vida. Yo, por no querer hacer
verdaderas ciertas sospechas falsas que de mí tenía, fiándome
en mi inocencia, di lugar a su malicia, y acompañéle. Creo
que me lleva a matar; si esto sucediere, y mi cuerpo se hallare, sépase
que me mataron a traición, y que morí sin culpa.
Y firmaba:
DON DIEGO DE PARRACES.
Este papel,
a toda diligencia, despachó el Corregidor a Madrid, donde con la
justicia se hicieron las diligencias posibles buscando al matador, el
cual llegó a su casa la misma noche que le buscaban; y, entreoyendo
el caso, sin apearse de la cabalgadura, volvió las riendas, y nunca
más pareció. Quedóse el delito sin castigo, el muerto
se quedó por muerto, quedaron libres los prisioneros, y la cadena
que tenía Ricla se deseslabonó para gastos de justicia;
el retrato se quedó para gustos de los ojos del Corregidor, satisfízose
la herida del cuadrillero, volvió Antonio el mozo a relatar el
lienzo, y, dejando admirado al pueblo y habiendo estado en él todo
este tiempo de las averiguaciones Feliciana de la Voz en el lecho, fingiendo
estar enferma, por no ser vista, se partieron la vuelta de Guadalupe,
cuyo camino entretuvieron tratando del caso estraño, y deseando
que sucediese ocasión donde se cumpliese el deseo que tenían
de oír cantar a Feliciana, la cual sí cantará, pues
no hay dolor que no se mitigue con el tiempo o se acabe con acabar la
vida; pero, por guardar ella a su desgracia el decoro que a sí
misma debía, sus cantos eran lloros, y su voz gemidos. Éstos
se aplacaron un tanto con haber topado en el camino la hermana del compasivo
pastor, que volvía de Trujillo, donde dijo que dejaba el niño
en poder de don Francisco Pizarro y de don Juan de Orellana, los cuales
habían conjeturado no poder ser de otro aquella criatura sino de
su amigo Rosanio, según el lugar donde le hallaron, pues por todos
aquellos contornos no tenían ellos algún conocido que aventurase
a fiarse de ellos.
-Sea, en fin, lo que fuere -dijo la labradora-, dijeron ellos, que no
ha de quedar defraudado de sus buenos pensamientos el que se ha fiado
de nosotros. Ansí que, señores, el niño queda en
Trujillo en poder de los que he dicho; si algo me queda que hacer por
serviros, aquí estoy con la cadena, que aún no me he deshecho
de ella, pues la que me pone a la voluntad el ser yo cristiana, me enlaza
y me obliga a más que la de oro.
A lo que respondió Feliciana que la gozase muchos años,
sin que se le ofreciese necesidad de deshacella, pues las ricas prendas
de los pobres no permanecen largo tiempo en sus casas, porque, o se empeñan,
para no quitarse, o se venden, para nunca volverlas a comprar.
La labradora se despidió aquí, [l]e dieron mil encomiendas
para su hermano y los demás pastores, y nuestros peregrinos llegaron
poco a poco a las santísimas tierras de Guadalupe.
CAPÍTULO
QUINTO DEL TERCERO LIBRO
Apenas hubieron
puesto los pies los devotos peregrinos en una de las dos entradas que
guían al valle que forman y cierran las altísimas sierras
de Guadalupe, cuando, con cada paso que daban, nacían en sus corazones
nuevas ocasiones de admirarse; pero allí llegó la admiración
a su punto, cuando vieron el grande y suntuoso monasterio, cuyas murallas
encierran la santísima imagen de la emperadora de los cielos; la
santísima imagen, otra vez, que es libertad de los cautivos, lima
de sus hierros y alivio de sus pasiones; la santísima imagen que
es salud de las enfermedades, consuelo de los afligidos, madre de los
huérfanos y reparo de las desgracias. Entraron en su templo, y
donde pensaron hallar por sus paredes, pendientes por adorno, las púrpuras
de Tiro, los damascos de Siria, los brocados de Milán, hallaron
en lugar suyo muletas que dejaron los cojos, ojos de cera que dejaron
los ciegos, brazos que colgaron los mancos, mortajas de que se desnudaron
los muertos, todos después de haber caído en el suelo de
las miserias, ya vivos, ya sanos, ya libres y ya contentos, merced a la
larga misericordia de la Madre de las misericordias, que en aquel pequeño
lugar hace campear a su benditísimo Hijo con el escuadrón
de sus infinitas misericordias. De tal manera hizo aprehensión
estos milagrosos adornos en los corazones de los devotos peregrinos, que
volvieron los ojos a todas las partes del templo, y les parecía
ver venir por el aire volando los cautivos envueltos en sus cadenas a
colgarlas de las santas murallas, y a los enfermos arrastrar las muletas,
y a los muertos mortajas, buscando lugar donde ponerlas, porque ya en
el sacro templo no cabían: tan grande es la suma que las paredes
ocupan.
Esta novedad, no vista hasta entonces de Periandro ni de Auristela, ni
menos de Ricla, de Constanza ni de Antonio, los tenía como asombrados,
y no se hartaban de mirar lo que veían, ni de admirar lo que imaginaban;
y así, con devotas y cristianas muestras, hincados de rodillas,
se pusieron a adorar a Dios Sacramentado y a suplicar a su santísima
Madre que, en crédito y honra de aquella imagen, fuese servida
de mirar por ellos. Pero lo que más es de ponderar fue que, puesta
de hinojos y las manos puestas y junto al pecho, la hermosa Feliciana
de la Voz, lloviendo tiernas lágrimas, con sosegado semblante,
sin mover los labios ni hacer otra demostración ni movimiento que
diese señal de ser viva criatura, soltó la voz a los vientos,
y levantó el corazón al cielo, y cantó unos versos
que ella sabía de memoria, los cuales dio después por escrito,
con que suspendió los sentidos de cuantos la escuchaban, y acreditó
las alabanzas que ella misma de su voz había dicho, y satisfizo
de todo en todo los deseos que sus peregrinos tenían de escucharla.
Cuatro estancias había cantado, cuando entraron por la puerta del
templo unos forasteros, a quien la devoción y la costumbre puso
luego de rodillas, y la voz de Feliciana, que todavía cantaba,
puso también en admiración; y uno de ellos que de anciana
edad parecía, volviéndose a otro que estaba a su lado, y
díjole:
-O aquella voz es de algún ángel de los confirmados en gracia,
o es de mi hija Feliciana de la Voz.
-¿Quién lo duda? -respondió el otro-. Ella es, y
la que no será, si no yerra el golpe éste mi brazo.
Y, diciendo esto, echó mano a una daga, y, con descompasados pasos,
perdido el color y turbado el sentido, se fue hacia donde Feliciana estaba.
El venerable anciano se arrojó tras él, y le abrazó
por las espaldas, diciéndole:
-No es éste, ¡oh hijo!, teatro de miserias ni lugar de castigos.
Da tiempo al tiempo, que, pues no se nos puede huir esta traidora, no
te precipites, y, pensando castigar el ajeno delito, te eches sobre ti
la pena de la culpa propia.
Estas razones y alboroto selló la boca de Feliciana y alborotó
a los peregrinos y a todos cuantos en el templo estaban, los cuales no
fueron parte para que su padre y hermano de Feliciana no la sacasen del
templo a la calle, donde, en un instante, se juntó casi toda la
gente del pueblo con la justicia, que se la quitó a los que parecían
más verdugos que hermano y padre. Estando en esta confusión,
el padre dando voces por su hija, y su hermano por su hermana, y la justicia
defendiéndola hasta saber el caso, por una parte de la plaza entraron
hasta seis de a caballo, que los dos de ellos fueron luego conocidos de
todos, por ser el uno don Francisco Pizarro y el otro don Juan de Orellana,
los cuales, llegándose al tumulto de la gente, y con ellos otro
caballero que con un velo de tafetán negro traía cubierto
el rostro, preguntaron la causa de aquellas voces. Fueles respondido que
no se sabía otra cosa sino que la justicia quería defender
aquella peregrina a quien querían matar dos hombres que decían
ser su hermano y su padre.
Esto estaban oyendo don Francisco Pizarro y don Juan de Orellana, cuando
el caballero embozado, arrojándose del caballo abajo sobre quien
venía, poniendo mano a su espada y descubriéndose el rostro,
se puso al lado de Feliciana y a grandes voces dijo:
-En mí, en mí debéis, señores, tomar la enmienda
del pecado de Feliciana, vuestra hija, si es tan grande que merezca muerte
el casarse una doncella contra la voluntad de sus padres. Feliciana es
mi esposa, y yo soy Rosanio, como veis, no de tan poca calidad que no
merezca que me deis por concierto lo que yo supe escoger por industria.
Noble soy, de cuya nobleza os podré presentar por testigos; riqueza[s]
tengo que la sustentan, y no será bien que lo que he ganado por
ventura me lo quite Luis Antonio por vuestro gusto. Y si os parece que
os he hecho ofensa de haber llegado a este punto de teneros por señores
sin sabiduría vuestra, perdonadme, que las fuerzas poderosas de
amor suelen turbar los ingenios más entendidos, y el veros yo tan
inclinados a Luis Antonio me hizo no guardar el decoro que se os debía,
de lo cual otra vez os pido perdón.
Mientras Rosanio esto decía, Feliciana estaba pegada con él,
teniéndole asido por la pretina con la mano, toda temblando, toda
temerosa, y toda triste y toda hermosa juntamente. Pero, antes que su
padre y hermano respondiesen palabra, don Francisco Pizarro se abrazó
con su padre y don Juan de Orellana con su hermano, que eran sus grandes
amigos.
Don Francisco dijo al padre:
-¿Dónde está vuestra discreción, señor
don Pedro Tenorio? ¿Cómo, y es posible que vos mismo queráis
fabricar vuestra ofensa? ¿No veis que estos agravios, antes que
la pena traen las disculpas consigo? ¿Qué tiene Rosanio
que no merezca a Feliciana, o qué le quedará a Feliciana
de aquí adelante si pierde a Rosanio?
Casi estas mismas o semejantes razones decía don Juan de Orellana
a su hermano, añadiendo más, porque le dijo:
-Señor don Sancho, nunca la cólera prometió buen
fin de sus ímpetus: ella es pasión del ánimo, y el
ánimo apasionado pocas veces acierta en lo que emprende. Vuestra
hermana supo escoger buen marido; tomar venganza de que no se guardaron
las debidas ceremonias y respetos, no será bien hecho, porque os
pondréis a peligro de derribar y echar por tierra todo el edificio
de vuestro sosiego. Mirad, señor don Sancho, que tengo una prenda
vuestra en mi casa: un sobrino os tengo, que no le podréis negar
si no os negáis a vos mismo: tanto es lo que os parece.
La respuesta que dio el padre a Don Francisco fue llegarse a su hijo don
Sancho y quitalle la daga de las manos, y luego fue a abrazar a Rosanio,
el cual, dejándose derribar a los pies del que ya conoció
ser su suegro, se los besó mil veces. Arrodillóse también
ante su padre Feliciana, derramó lágrimas, envió
suspiros, vinieron desmayos. La alegría discurrió por todos
los circunstantes; ganó fama de prudente el padre, de prudente
el hijo, y los amigos de discretos y bien hablados. Llevólos el
Corregidor a su casa, regalólos el prior del santo monasterio abundantísimamente;
visitaron las reliquias los peregrinos, que son muchas, santísimas
y ricas; confesaron sus culpas, recibieron los sacramentos, y en este
tiempo, que fue el de tres días, envió Don Francisco por
el niño que le había llevado la labradora, que era el mismo
que Rosanio dio a Periandro la noche que le dio la cadena, el cual era
tan lindo que el abuelo, puesta en olvido toda injuria, dijo viéndole:
-¡Que mil bienes haya la madre que te parió y el padre que
te engendró!
Y, tomándole en sus brazos, tiernamente le bañó el
rostro con lágrimas, y se las enjugó con besos y las limpió
con sus canas.
Pidió Auristela a Feliciana le diese el traslado de los versos
que había cantado delante de la santísima imagen, al cual
respondió que solamente había cantado cuatro estancias,
y que todas eran doce, dignas de ponerse en la memoria. Y así,
las escribió, que eran éstas:
Antes que
de la mente eterna fuera
saliesen [los] espíritus alados,
y antes que la veloz o tarda esfera
tuviese movimientos señalados,
y antes que aquella escuridad primera
los cabellos del sol viese dorados,
fabricó para sí Dios una casa
de santísima, y limpia y pura masa.
Los altos y fortísimos cimientos,
sobre humildad profunda se fundaron;
y, mientras más a la humildad atentos,
más la fábrica regia levantaron.
Pasó la tierra, pasó el mar; los vientos
atrás, como más bajos, se quedaron,
el fuego pasa, y con igual fortuna
debajo de sus pies tiene la luna.
De fee son
los pilares, de esperanza;
los muros desta fábrica bendita
ciñe la caridad, por quien se alcanza
duración, como Dios, siempre infinita;
su recreo se aumenta en su templanza,
su prudencia, los grados facilita
del bien que ha de gozar, por la grandeza
de su mucha justicia y fortaleza.
Adornan este
alcázar soberano
profundos pozos, perenales fuentes,
huertos cerrados, cuyo fruto sano
es bendición y gloria de las gentes;
están a la siniestra y diestra mano
cipreses altos, palmas eminentes,
altos cedros, clarísimos espejos
que dan lumbre de gracia cerca y lejos.
El cinamomo,
el plátano y la rosa
de Hiericó se halla en sus jardines
con aquella color, y aun más hermosa,
de los más abrasados querubines.
Del pecado la sombra tenebrosa,
ni llega, ni se acerca a sus confines:
todo es luz, todo es gloria, todo es cielo,
este edificio que hoy se muestra al suelo.
De Salomón
el templo se nos muestra
hoy, con la perfeción a Dios posible,
donde no se oyó golpe que la diestra
mano diese a la obra convenible;
hoy, haciendo de sí gloriosa muestra,
salió la luz del sol inacesible;
hoy nuevo resplandor ha dado al día
la clarísima estrella de María.
Antes que
el sol, la estrella hoy da su lumbre:
prodigiosa señal, pero tan buena,
que, sin guardar de agüeros la costumbre,
deja el alma de gozo y bienes llena.
Hoy la humildad se vio puesta en la cumbre;
hoy comenzó a romperse la cadena
del hierro antiguo, y sale al mundo aquella
prudentísima Ester, que el sol más bella.
Niña
de Dios, por nuestro bien nacida;
tierna, pero tan fuerte que la frente,
en soberbia maldad endurecida,
quebrantasteis de la infernal serpiente.
Brinco de Dios, de nuestra muerte vida,
pues vos fuistes el medio conveniente,
que redujo a pacífica concordia
de Dios y el hombre la mortal discordia.
La justicia
y la paz hoy se han juntado
en vos, Virgen santísima, y con gusto
el dulce beso de la paz se han dado,
arra y señal del venidero Augusto.
Del claro amanecer, del sol sagrado,
sois la primera aurora; sois del justo
gloria; del pecador, firme esperanza;
de la borrasca antigua, la bonanza.
Sois la paloma
que ab eterno fuistes
llamada desde el cielo, sois la esposa
que al sacro Verbo limpia carne distes,
por quien de Adán la culpa fue dichosa;
sois el brazo de Dios, que detuvistes
de Abrahán la cuchilla rigurosa,
y para el sacrificio verdadero
nos distes el mansísimo Cordero.
Creced, hermosa
planta, y dad el fruto
presto en sazón, por quien el alma espera
cambiar en ropa rozagante el luto
que la gran culpa le vistió primera.
De aquel inmenso y general tributo
la paga conveniente y verdadera
en vos se ha de fraguar: creed, Señora,
que sois universal remediadora.
Ya en las
empíreas sacrosantas salas
el paraninfo alígero se apresta,
o casi mueve las doradas alas,
para venir con la embajada honesta:
que el olor de virtud que de ti exhalas,
Virgen bendita, sirve de recuesta
y apremio, a que se vea en ti muy presto
del gran poder de Dios echado el resto.
Estos fueron
los versos que comenzó a cantar Feliciana, y los que dio por escrito
después, que fueron de Auristela más estimados que entendidos.
En resolución, las paces de los desavenidos se hicieron; Feliciana,
esposo, padre y hermano, se volvieron a su lugar, dejando orden a don
Francisco Pizarro y don Juan de Orellana les enviasen el niño.
Pero no quiso Feliciana pasar el disgusto que da el esperar, y así,
se le llevó consigo, con cuyo suceso quedaron todos alegres.
CAPÍTULO
SEXTO DEL TERCERO LIBRO
Cuatro días
se estuvieron los peregrinos en Guadalupe, en los cuales comenzaron a
ver las grandezas de aquel santo monasterio. Digo comenzaron, porque de
acabarlas de ver es imposible. Desde allí se fueron a Trujillo,
adonde asimismo fueron agasajados de los dos nobles caballeros don Francisco
Pizarro y don Juan de Orellana, y allí de nuevo refirieron el suceso
de Feliciana, y ponderaron, al par de su voz, su discreción y el
buen proceder de su hermano y de su padre, exagerando Auristela los corteses
ofrecimientos que Feliciana le había hecho al tiempo de su partida.
La ida de Trujillo fue de allí a dos días la vuelta de Talavera,
donde hallaron que se preparaba para celebrar la gran fiesta de la Monda,
que trae su origen de muchos años antes que Cristo naciese, reducida
por los cristianos a tan buen punto y término, que si entonces
se celebraba en honra de la diosa Venus por la gentilidad, ahora se celebra
en honra y alabanza de la Virgen de las vírgines. Quisieran esperar
a verla; pero, por no dar más espacio a su espacio, pasaron adelante,
y se quedaron sin satisfacer su deseo.
Seis leguas se habrían alongado de Talavera, cuando delante de
sí vieron que caminaba una peregrina, tan peregrina, que iba sola,
y escusóles el darla voces a que se detuviese el haberse ella sentado
sobre la verde yerba de un pradecillo, o ya convidada del ameno sitio,
o ya obligada del cansancio.
Llegaron a ella, y hallaron ser de tal talle, que nos obliga a describirle:
la edad, al parecer, salía de los términos de la mocedad
y tocaba en las márgenes de la vejez; el rostro daba en rostro,
porque la vista de un lince no alcanzara a verle las narices, porque no
las tenía sino tan chatas y llanas que con unas pinzas no le pudieran
asir una brizna de ellas; los ojos les hacían sombra, porque más
salían fuera de la cara que ella; el vestido era una esclavina
rota, que le besaba los calcañares, sobre la cual traía
una muceta, la mitad guarnecida de cuero, que por roto y despedazado no
se podía distinguir si de cordobán o si de badana fuese;
ceñíase con un cordón de esparto, tan abultado y
poderoso que más parecía gúmena de galera que cordón
de peregrina; las tocas eran bastas, pero limpias y blancas; cubríale
la cabeza un sombrero viejo, sin cordón ni toquilla, y los pies
unos alpargates rotos, y ocupábale la mano un bordón hecho
a manera de cayado, con una punta de acero al fin; pendíale del
lado izquierdo una calabaza de más que mediana estatura, y apesgábale
el cuello un rosario, cuyos padrenuestros eran mayores que algunas bolas
de las con que juegan los muchachos al argolla. En efeto, toda ella era
rota y toda penitente, y, como después se echó de ver, toda
de mala condición.
Saludáronla en llegando, y ella les volvió las saludes con
la voz que podía prometer la chatedad de sus narices, que fue más
gangosa que suave. Preguntáronla adónde iba, y qué
peregrinación era la suya, y, diciendo y haciendo, convidados,
como ella, del ameno sitio, se le sentaron a la redonda, dejaron pacer
el bagaje que les servía de recámara, de despensa y botillería,
y, satisfaciendo a la hambre, alegremente la convidaron, y ella, respondiendo
a la pregunta que la habían hecho, dijo:
-Mi peregrinación es la que usan algunos peregrinos: quiero decir
que siempre es la que más cerca les viene a cuento para disculpar
su ociosidad; y así, me parece que será bien deciros que
por ahora voy a la gran ciudad de Toledo, a visitar a la devota imagen
del Sagrario, y desde allí me iré al Niño de la Guardía,
y, dando una punta, como halcón noruego, me entretendré
con la santa Verónica de Jaén, hasta hacer tiempo de que
llegue el último domingo de abril, en cuyo día se celebra
en las entrañas de Sierra Morena, tres leguas de la ciudad de Andújar,
la fiesta de Nuestra Señora de la Cabeza, que es una de las fiestas
que en todo lo descubierto de la tierra se celebra; tal es, según
he oído decir, que ni las pasadas fiestas de la gentilidad, a quien
imita la de la Monda de Talavera, no le han hecho ni le pueden hacer ventaja.
Bien quisiera yo, si fuera posible, sacarla de la imaginación,
donde la tengo fija, y pintárosla con palabras, y ponérosla
delante de la vista, para que, comprehendiéndola, viérades
la mucha razón que tengo de alabárosla; pero esta es carga
para otro ingenio no tan estrecho como el mío. En el rico palacio
de Madrid, morada de los reyes, en una galería, está retratada
esta fiesta con la puntualidad posible: allí está el monte,
o por mejor decir, peñasco, en cuya cima está el monasterio
que deposita en sí una santa imagen, llamada de la Cabeza, que
tomó el nombre de la peña donde habita, que antiguamente
se llamó el Cabezo, por estar en la mitad de un llano libre y desembarazado,
solo y señero de otros montes ni peñas que le rodeen, cuya
altura será de hasta un cuarto de legua, y cuyo circuito debe de
ser de poco más de media. En este espacioso y ameno sitio tiene
su asiento, siempre verde y apacible, por el humor que le comunican las
aguas del río Jándula, que de paso, como en reverencia,
le besa las faldas. El lugar, la peña, la imagen, los milagros,
la infinita gente que acude de cerca y lejos, el solemne día que
he dicho, le hacen famoso en el mundo y célebre en España
sobre cuantos lugares las más estendidas memorias se acuerdan.
Suspensos quedaron los peregrinos de la relación de la nueva, aunque
vieja, peregrina, y casi les comenzó a bullir en el alma la gana
de irse con ella a ver tantas maravillas; pero, la que llevaban de acabar
su camino no dio lugar a que nuevos deseos lo impidiesen.
-Desde allí -prosiguió la peregrina-, no sé qué
viaje será el mío, aunque sé que no me ha de faltar
donde ocupe la ociosidad y entretenga el tiempo, como lo hacen, como ya
he dicho, algunos peregrinos que se usan.
A lo que dijo Antonio el padre:
-Paréceme, señora peregrina, que os da en el rostro la peregrinación.
-Eso no -respondió ella-, que bien sé que es justa, santa
y loable, y que siempre la ha habido y la ha de haber en el mundo, pero
estoy mal con los malos peregrinos, como son los que hacen granjería
de la santidad, y ganancia infame de la virtud loable; con aquellos, digo,
que saltean la limosna de los verdaderos pobres. Y no digo más,
aunque pudiera.
En esto, por el camino real que junto a ellos estaba, vieron venir un
hombre a caballo, que, llegando a igualar con ellos, al quitarles el sombrero
para saludarles y hacerles cortesía, habiendo puesto la cabalgadura,
como después pareció, la mano en un hoyo, dio consigo y
con su dueño al través una gran caída. Acudieron
todos luego a socorrer al caminante, que pensaron hallar muy malparado.
Arrendó Antonio el mozo la cabalgadura, que era un poderoso macho,
y al dueño le abrigaron lo mejor que pudieron, y le socorrieron
con el remedio más ordinario que en tales casos se usa, que fue
darle a beber un golpe de agua; y, hallando que su mal no era tanto como
pensaban, le dijeron que bien podía volver a subir y a seguir su
camino, el cual hombre les dijo:
-Quizá, señores peregrinos, ha permitido la suerte que yo
haya caído en este llano para poder levantarme de los riscos donde
la imaginación me tiene puesta el alma. «Yo, señores,
aunque no queráis saberlo, quiero que sepáis que soy estranjero,
y de nación polaco; muchacho salí de mi tierra, y vine a
España, como a centro de los estranjeros y a madre común
de las naciones; serví a españoles, aprendí la lengua
castellana de la manera que veis que la hablo, y, llevado del general
deseo que todos tienen de ver tierras, vine a Portugal a ver la gran ciudad
de Lisboa, y la misma noche que entré en ella, me sucedió
un caso que, si le creyéredes, haréis mucho, y si no, no
importa nada, puesto que la verdad ha de tener siempre su asiento, aunque
sea en sí misma.»
Admirados quedaron Periandro y Auristela, y los demás compañeros,
de la improvisa y concertada narración del caído caminante;
y, con gusto de escucharle, le dijo Periandro que prosiguiese en lo que
decir quería, que todos le darían crédito, porque
todos eran corteses y en las cosas del mundo esperimentados. Alentado
con esto, el caminante prosiguió diciendo:
-«Digo que la primera noche que entré en Lisboa, yendo por
una de sus principales calles, o rúas, como ellos las llaman, por
mejorar de posada, que no me había parecido bien una donde me había
apeado, al pasar de un lugar estrecho y no muy limpio, un embozado portugués
con quien encontré, me desvió de sí con tanta fuerza
que tuve necesidad de arrimarme al suelo. Despertó el agravio la
cólera, remití mi venganza a mi espada, puse mano, púsola
el portugués con gallardo brío y desenvoltura, y la ciega
noche y la fortuna más ciega a la luz de mi mejor suerte, sin saber
yo adónde, encaminó la punta de mi espada a la vista de
mi contrario, el cual, dando de espaldas, dio el cuerpo al suelo y el
alma adonde Dios se sabe. Luego me representó el temor lo que había
hecho, pasméme, puse en el huir mi remedio; quise huir, pero no
sabía adónde, mas el rumor de la gente, que me pareció
que acudía, me puso alas en los pies, y, con pasos desconcertados,
volví la calle abajo, buscando donde esconderme o adonde tener
lugar de limpiar mi espada, porque si la justicia me cogiese no me hallase
con manifiestos indicios de mi delito. Yendo, pues, así, ya del
temor desmayado, vi una luz en una casa principal, y arrojéme a
ella sin saber con qué disinio. Hallé una sala baja abierta
y muy bien aderezada; alargué el paso y entré en otra cuadra,
también bien aderezada; y, llevado de la luz que en otra cuadra
parecía, hallé en un rico lecho echada una señora
que, alborotada, sentándose en él, me preguntó quién
era, qué buscaba, y adónde iba, y quién me había
dado licencia de entrar hasta allí con tan poco respeto. Yo le
respondí: ''Señora, a tantas preguntas no os puedo responder,
sino sólo con deciros que soy un hombre estranjero, que, a lo que
creo, dejo muerto a otro en esa calle, más por su desgracia y su
soberbia que por mi culpa. Suplícoos, por Dios y por quien sois,
que me escapéis del rigor de la justicia, que pienso que me viene
siguiendo''. ''¿Sois castellano?'', me preguntó en su lengua
portuguesa. ''No, señora -le respondí yo-, sino forastero,
y bien lejos de esta tierra''. ''Pues, aunque fuérades mil veces
castellano -replicó ella-, os librara yo si pudiera, y os libraré
si puedo. Subid por cima deste lecho, y entraos debajo deste tapiz, y
entraos en un hueco que aquí hallaréis; y no os mováis,
que si la justicia viniere, me tendrá respeto y creerá lo
que yo quisiere decirles''.
»Hice luego lo que me mandó, alcé el tapiz, hallé
el hueco, estrechéme en él, recogí el aliento y comencé
a encomendarme a Dios lo mejor que pude; y, estando en esta confusa aflicción,
entró un criado de casa, diciendo casi a gritos: ''Señora,
a mi señor don Duarte han muerto, aquí le traen pasado de
una estocada de parte a parte por el ojo derecho, y no se sabe el matador,
ni la ocasión de la pendencia, en la cual apenas se oyeron los
golpes de las espadas: solamente hay un muchacho que dice que vio entrar
un hombre huyendo en esta casa''. ''Ese debe de ser el matador, sin duda
-respondió la señora-, y no podrá escaparse. ¡Cuántas
veces temía yo, ay desdichada, ver que traían a mi hijo
sin vida, porque de su arrogante proceder no se podían esperar
sino desgracias!'' En esto, en hombros de otros cuatro entraron al muerto,
y le tendieron en el suelo, delante de los ojos de la afligida madre,
la cual con voz lamentable comenzó a decir: ''¡Ay, venganza,
y cómo estás llamando a las puertas del alma! Pero no consiente
que responda a tu gusto el que yo tengo de guardar mi palabra. ¡Ay,
con todo esto, dolor, que me aprietas mucho!''
»Considerad, señores, cuál estaría mi corazón
oyendo las apretadas razones de la madre, a quien la presencia del muerto
hijo me parecía a mí que le ponían en las manos mil
géneros de muertes con que de mí se vengase: que bien estaba
claro que había de imaginar que yo era el matador de su hijo. Pero,
¿qué podía yo hacer entonces, sino callar y esperar
en la misma desesperación? Y más cuando entró en
el aposento la justicia, que con comedimiento dijo a la señora:
''Guiados por la voz de un muchacho, que dice que se entró en esta
casa el homicida deste caballero, nos hemos atrevido a entrar en ella''.
Entonces yo abrí los oídos, y estuve atento a las respuestas
que daría la afligida madre, la cual respondió, llena el
alma de generoso ánimo y de piedad cristiana: ''Si ese tal hombre
ha entrado en esta casa, no a lo menos en esta estancia; por allá
le pueden buscar, aunque plegue a Dios que no le hallen, porque mal se
remedia una muerte con otra, y más cuando las injurias no proceden
de malicia''.
»Volvióse la justicia a buscar la casa, y volvieron en mí
los espíritus que me habían desamparado. Mandó la
señora quitar delante de sí el cuerpo muerto del hijo, y
que le amortajasen y desde luego diesen orden en su sepultura; mandó
asimismo que la dejasen sola, porque no estaba para recebir consuelos
y pésames de infinitos que venían a dárselos, ansí
de parientes como de amigos y conocidos. Hecho esto, llamó a una
doncella suya, que, a lo que pareció, debió de ser de la
que más se fiaba; y, habiéndola hablado al oído,
la despidió, mandándole cerrase tras sí la puerta.
Ella lo hizo así, y la señora, sentándose en el lecho,
tentó el tapiz; y, a lo que pienso, me puso las manos sobre el
corazón, el cual, palpitando apriesa, daba indicios del temor que
le cercaba. Ella, viendo lo cual, me dijo con baja y lastimada voz: ''Hombre,
quienquiera que seas, ya ves que me has quitado el aliento de mi pecho,
la luz de mis ojos, y finalmente la vida que me sustentaba; pero, porque
entiendo que ha sido sin culpa tuya, quiero que se oponga mi palabra a
mi venganza; y así, en cumplimiento de la promesa que te hice de
librarte cuando aquí entraste, has de hacer lo que ahora te diré:
ponte las manos en el rostro, porque si yo me descuido en abrir los ojos,
no me obligues a que te conozca, y sal de ese encerramiento y sigue a
una mi doncella, que ahora vendrá aquí, la cual te pondrá
en la calle y te dará cien escudos de oro con que facilites tu
remedio. No eres conocido, no tienes ningún indicio que te manifieste:
sosiega el pecho, que el alboroto demasiado suele descubrir el delincuente''.
»En esto, volvió la doncella; yo salí detrás
del paño, cubierto el rostro con la mano, y, en señal de
agradecimiento, hincado de rodillas besé el pie de la cama muchas
veces, y luego seguí los de la doncella, que, asimismo callando,
me asió del brazo, y por la puerta falsa de un jardín, a
escuras, me puso en la calle.
»En viéndome en ella, lo primero que hice fue limpiar la
espada, y con sosegado paso salí acaso a una calle principal, de
donde reconocí mi posada, y me entré en ella, como si por
mí no hubiera pasado ni próspero suceso ni adverso. Contóme
el huésped la desgracia del recién muerto caballero, y así
exageró la grandeza de su linaje como la arrogancia de su condición,
de la cual se creía la habría granjeado algún enemigo
secreto que a semejante término le hubiese conducido. Pasé
aquella noche dando gracias a Dios de las recebidas mercedes, y ponderando
el valeroso y nunca visto ánimo cristiano y admirable proceder
de doña Guiomar de Sosa, que así supe se llamaba mi bienhechora.
Salí por la mañana al río, y hallé en él
un barco lleno de gente, que se iba a embarcar en una gran nave que en
Sangián estaba de partida para las Islas Orientales; volvíme
a mi posada, vendí a mi huésped la cabalgadura, y, cerrando
todos mis discursos en el puño, volví al río y al
barco, y otro día me hallé en el gran navío fuera
del puerto, dadas las velas al viento, siguiendo el camino que se deseaba.
»Quince años he estado en las Indias, en los cuales, sirviendo
de soldado con valentísimos portugueses, me han sucedido cosas
de que quizá pudieran hacer una gustosa y verdadera historia, especialmente
de las hazañas de la en aquellas partes invencible nación
portuguesa, dignas de perpetua alabanza en los presentes y venideros siglos.
Allí granjeé algún oro y algunas perlas, y cosas
más de valor que de bulto, con las cuales y con la ocasión
de volverse mi general a Lisboa, volví a ella, y de allí
me puse en camino para volverme a mi patria, determinando ver primero
todas las mejores y más principales ciudades de España.
Reducí a dineros mis riquezas, y a pólizas los que me pareció
ser necesario para mi camino, que fue el que primero intenté venir
a Madrid, donde estaba recién venida la corte del gran Felipe Tercero;
pero ya mi suerte, cansada de llevar la nave de mi ventura con próspero
viento por el mar de la vida humana, quiso que diese en un bajío
que la destrozase toda; y ansí, hizo que, en llegando una noche
a Talavera, un lugar que no está lejos de aquí, me apeé
en un mesón, que no me sirvió de mesón, sino de sepultura,
pues en él hallé la de mi honra.
»¡Oh fuerzas poderosas de amor; de amor, digo, inconsiderado,
presuroso y lascivo y mal intencionado, y con cuánta facilidad
atropellas disinios buenos, intentos castos, proposiciones discretas!
Digo, pues, que, estando en este mesón, entró en él
acaso un[a] doncella de hasta diez y seis años, a lo menos a mí
no me pareció de más, puesto que después supe que
tenía veinte y dos. Venía en cuerpo y en tranzado, vestida
de paño, pero limpísima, y al pasar junto a mí me
pareció que olía a un prado lleno de flores por el mes de
mayo, cuyo olor en mis sentidos dejó atrás las aromas de
Arabia; llegóse la cual a un mozo del mesón, y, hablándole
al oído, alzó una gran risa, y, volviendo las espaldas,
salió del mesón, y se entró en una casa frontera.
El mozo mesonero corrió tras ella, y no la pudo alcanzar, si no
fue con una coz que le dio en las espaldas, que la hizo entrar cayendo
de ojos en su casa. Esto vio otra moza del mismo mesón, y llena
de cólera dijo al mozo: ''¡Por Dios, Alonso, que lo haces
mal: que no merece Luisa que la santigües a coces!'' ''Como ésas
le daré yo, si vivo -respondió el Alonso-. Calla, Martina
amiga, que a estas mocitas sobresalientes, no solamente es menester ponerles
la mano, sino los pies y todo''. Y con esto nos dejó solos a mí
y a Martina, a la cual le pregunté que qué Luisa era aquélla,
y si era casada o no. ''No es casada -respondió Martina-, pero
serálo presto con este mozo Alonso que habéis visto; y,
en fe de los tratos que andan entre los padres della y los dél,
de esposa, se atreve Alonso a molella a coces todas las veces que se le
antoja, aunque muy pocas son sin que ella las merezca; porque, si va a
decir la verdad, señor huésped, la tal Luisa es algo atrevidilla,
y algún tanto libre y descompuesta. Harto se lo he dicho yo, mas
no aprovecha: no dejará de seguir su gusto si la sacan los ojos;
pues, en verdad en verdad, que una de las mejores dotes que puede llevar
una doncella es la honestidad, que buen siglo haya la madre que me parió,
que fue persona que no me dejó ver la calle ni aun por un agujero,
cuanto más salir al umbral de la puerta: sabía bien, como
ella decía, que la mujer y la gallina, etc.'' ''Dígame,
señora Martina -le repliqué yo-: ¿cómo de
la estrecheza de ese noviciado vino a hacer profesión en la anchura
de un mesón?'' ''Hay mucho que decir en eso -dijo Martina-, y aun
yo tuviera más que decir de estas menudencias, si el tiempo lo
pidiera o el dolor que traigo en el alma lo permitiera''.»
CAPÍTULO
SÉTIMO DEL TERCERO LIBRO
Con atención
escuchaban los peregrinos el peregrino, cuando del polaco ya deseaban
saber qué dolor traía en el alma, como sabían el
que debía de tener en el cuerpo. A quien dijo Periandro:
-Contad, señor, lo que quisiéredes y con las menudencias
que quisiéredes, que muchas veces el contarlas suele acrecentar
gravedad al cuento; que no parece mal estar en la mesa de un banquete,
junto a un faisán bien aderezado, un plato de una fresca, verde
y sabrosa ensalada. La salsa de los cuentos es la propiedad del lenguaje
en cualquiera cosa que se diga. Así que, señor, seguid vuestra
historia, contad de Alonso y de Mar[t]ina, acocead a vuestro gusto a Luisa,
casalda o no la caséis, séase ella libre y desenvuelta como
un cernícalo, que el toque no está en sus desenvolturas,
sino en sus sucesos, según lo hallo yo en mi astrología.
-Digo, pues, señores -respondió el polaco-, que, usando
de esa buena licencia, no me quedará cosa en el tintero que no
la ponga en la plana de vuestro juicio. «Con todo el que entonces
tenía, que no debía de ser mucho, fui y vine una y muchas
veces aquella noche a pensar en el donaire, en la gracia y en la desenvoltura
de la sin par, a mi parecer, ni sé si la llame vecina moza o conocida
de mi huéspeda. Hice mil disignios, fabriqué mil torres
de viento, caséme, tuve hijos y di dos higas al qué dirán;
y, finalmente, me resolví de dejar el primer intento de mi jornada
y quedarme en Talavera, casado con la diosa Venus, que no menos hermosa
me pareció la muchacha, aunque acoceada por el mozo del mesonero.
Pasóse aquella noche, tomé el pulso a mi gusto, y halléle
tal, que, a no casarme con ella, en poco espacio de tiempo había
de perder, perdiendo el gusto, la vida, que ya había depositado
en los ojos de mi labradora. Y, atropellando por todo género de
inconvenientes, determiné de hablar a su padre, pidiéndosela
por mujer. Enseñéle mis perlas, manifestéle mis dineros,
díjele alabanzas de mi ingenio y de mi industria, no sólo
para conservarlos, sino para aumentarlos; y, con estas razones y con el
alarde que le había hecho de mis bienes, vino más blando
que un guante a condecender con mi deseo, y más cuando vio que
yo no reparaba en dote, pues con sola la hermosura de su hija me tenía
por pagado, contento y satisfecho deste concierto.
»Quedó Alonso despechado; Luisa, mi esposa, rostrituerta;
como lo dieron a entender los sucesos que de allí a quince días
acontecieron, con dolor mío y vergüenza suya, que fueron acomodarse
mi esposa con algunas joyas y dineros míos, con los cuales, y con
ayuda de Alonso, que le puso alas en la voluntad y en los pies, desapareció
de Talavera dejándome burlado y arrepentido, y dando ocasión
al pueblo a que de su inconstancia y bellaquería en corrillos hablasen.
Hízome el agravio acudir a la venganza, pero no hallé en
quién tomarla sino en mí propio, que con un lazo estuve
mil veces por ahorcarme; pero la suerte, que quizá para satisfacerme
de los agravios que me tiene hechos me guarda, ha ordenado que mis enemigos
hayan parecido presos en la cárcel de Madrid, de donde he sido
avisado que vaya a ponerles la demanda y a seguir mi justicia; y así,
voy con voluntad determinada de sacar con su sangre las manchas de mi
honra, y, con quitarles las vidas, quitar de sobre mis hombros la pesada
carga de su delito, que me trae aterrado y consumido. ¡Vive Dios,
que han de morir! ¡Vive Dios, que me he de vengar! ¡Vive Dios,
que ha de saber el mundo que no sé disimular agravios, y más
los que son tan dañosos que se entran hasta las médulas
del alma! A Madrid voy. Ya estoy mejor de mi caída. No hay sino
ponerme a caballo, y guárdense de mí hasta los mosquitos
del aire, y no me lleguen a los oídos ni ruegos de frailes, ni
llantos de personas devotas, ni promesas de bien intencionados corazones,
ni dádivas de ricos, ni imperios ni mandamientos de grandes, ni
toda la caterva que suele proceder a semejantes acciones: que mi honra
ha de andar sobre su delito como el aceite sobre el agua.»
Y, diciendo esto, se iba a levantar muy ligero, para volver a subir y
a seguir su viaje; viendo lo cual Periandro, asiéndole del brazo,
le detuvo, y le dijo:
-Vos, señor, ciego de vuestra cólera, no echáis de
ver que vais a dilatar y a estender vuestra deshonra. Hasta agora no estáis
más deshonrado de entre los que os conocen en Talavera, que deben
de ser bien pocos, y agora vais a serlo de los que os conocerán
en Madrid; queréis ser como el labrador que crió la víbora
serpiente en el seno todo el invierno, y, por merced del cielo, cuando
llegó el verano, donde ella pudiera aprovecharse de su ponzoña,
no la halló porque se había ido; el cual, sin agradecer
esta merced al cielo, quiso irla a buscar y volverla a anidar en su casa
y en su seno, no mirando ser suma prudencia no buscar el hombre lo que
no le está bien hallar, y a lo que comúnmente se dice, que,
al enemigo que huye, la puente de plata, y el mayor que el hombre tiene
suele decirse que es la mujer propia. Pero esto debe de ser en otras religiones
que en la cristiana, entre las cuales los matrimonios son una manera de
concierto y conveniencia, como lo es el de alquilar una casa o otra alguna
heredad; pero en la religión católica, el casamiento es
sacramento que sólo se desata con la muerte, o con otras cosas
que son más duras que la misma muerte, las cuales pueden escusar
la cohabitación de los dos casados, pero no deshacer el nudo con
que ligados fueron. ¿Qué pensáis que os sucederá
cuando la justicia os entregue a vuestros enemigos, atados y rendidos,
encima de un teatro público, a la vista de infinitas gentes, y
a vos blandiendo el cuchillo encima del cadahalso, amenazando el segarles
las gargantas, como si pudiera su sangre limpiar, como vos decís,
vuestra honra? ¿Qué os puede suceder, como digo, sino hacer
más público vuestro agravio? Porque las venganzas castigan,
pero no quitan las culpas; y las que en estos casos se cometen, como la
enmienda no proceda de la voluntad, siempre se están en pie, y
siempre están vivas en las memorias de las gentes, a lo menos,
en tanto que vive el agraviado. Así que, señor, volved en
vos, y, dando lugar a la misericordia, no corráis tras la justicia.
Y no os aconsejo por esto a que perdonéis a vuestra mujer, para
volvella a vuestra casa, que a esto no hay ley que os obligue; lo que
os aconsejo es que la dejéis, que es el mayor castigo que podréis
darle. Vivid lejos della, y viviréis; lo que no haréis estando
juntos, porque moriréis continuo. La ley del repudio fue muy usada
entre los romanos; y, puesto que sería mayor caridad perdonarla,
recogerla, sufrirla y aconsejarla, es menester tomar el pulso a la paciencia
y poner en un punto estremado a la discreción, de la cual pocos
se pueden fiar en esta vida, y más cuando la contrastan inconvenientes
tantos y tan pesados. Y, finalmente, quiero que consideréis que
vais a hacer un pecado mortal en quitarles las vidas, que no se ha de
cometer por todas las ganancias que la honra del mundo ofrezca.
Atento estuvo a estas razones de Periandro el colérico polaco;
y, mirándole de hito en hito, respondió:
-Tu, señor, has hablado sobre tus años: tu discreción
se adelanta a tus días, y la madurez de tu ingenio a tu verde edad;
un ángel te ha movido la lengua, con la cual has ablandado mi voluntad,
pues ya no es otra la que tengo si no es la de volverme a mi tierra a
dar gracias al cielo por la merced que me has hecho. Ayúdame a
levantar, que si la cólera me volvió las fuerzas, no es
bien que me las quite mi bien considerada paciencia.
-Eso haremos todos de muy buena gana -dijo Antonio el padre.
Y, ayudándole a subir en el macho, abrazándoles a todos
primero, dijo que quería volver a Talavera a cosas que a su hacienda
tocaban, y que desde Lisboa volvería por la mar a su patria. Díjoles
su nombre, que se llamaba Ortel Banedre, que respondía en castellano
Martín Banedre; y, ofreciéndoseles de nuevo a su servicio,
volvió las riendas hacia Talavera, dejando a todos admirados de
sus sucesos y del buen donaire con que los había contado.
Aquella noche la pasaron los peregrinos en aquel mismo lugar, y, de allí
a dos días, en compañía de la antigua peregrina,
llegaron a la Sagra de Toledo, y a vista del celebrado Tajo, famoso por
sus arenas y claro por sus líquidos cristales.
CAPÍTULO
OCTAVO DEL TERCERO LIBRO
No es la fama
del río Tajo tal que la cierren límites, ni la ignoren las
más remotas gentes del mundo; que a todos se estiende y a todos
se manifiesta, y en todos hace nacer un deseo de conocerle; y, como es
uso de los setentrionales ser toda la gente principal versada en la lengua
latina y en los antiguos poetas, éralo asimismo Periandro, como
uno de los más principales de aquella nación; y, así
por esto como por haber mostrádole a la luz del mundo aquellos
días las famosas obras del jamás alabado como se debe poeta
Garcilaso de la Vega, y haberlas él visto, leído, mirado
y admirado, así como vio al claro río, dijo:
-No diremos: ''Aquí dio fin a su cantar Salicio'', sino: ''Aquí
dio principio a su cantar Salicio; aquí sobrepujó en sus
églogas a sí mismo; aquí resonó su zampoña,
a cuyo son se detuvieron las aguas deste río, no se movieron las
hojas de los árboles, y, parándose los vientos, dieron lugar
a que la admiración de su canto fuese de lengua en lengua y de
gente en gentes por todas las de la tierra''. ¡Oh venturosas, pues,
cristalinas aguas, doradas arenas! ¡Qué digo yo doradas,
antes de puro oro nacidas! Recoged a este pobre peregrino, que, como desde
lejos os adora, os piensa reverenciar desde cerca.
Y, poniendo la vista en la gran ciudad de Toledo, fue esto lo que dijo:
-¡Oh peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz
de sus ciudades, en cuyo seno han estado guardadas por infinitos siglos
las reliquias de los valientes godos, para volver a resucitar su muerta
gloria y a ser claro espejo y depósito de católicas ceremonias!
¡Salve, pues, oh ciudad santa, y da lugar que en ti le tengan éstos
que venimos a verte!
Esto dijo Periandro, que lo dijera mejor Antonio el padre, si tan bien
como él lo supiera; porque las lecciones de los libros muchas veces
hacen más cierta esperiencia de las cosas, que no la tienen los
mismos que las han visto, a causa que el que lee con atención,
repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella
no repara en nada, y con esto excede la lección [a] la vista.
Casi en este mismo instante resonó en sus oídos el son de
infinitos y alegres instrumentos que por los valles que la ciudad rodean
se estendían, y vieron venir hacia donde ellos estaban escuadrones
no armados de infantería, sino montones de doncellas, sobre el
mismo sol hermosas, vestidas a lo villano, llenas de sartas y patenas
los pechos, en quien los corales y la plata tenían su lugar y asiento,
con más gala que las perlas y el oro, que aquella vez se hurtó
de los pechos y se acogió a los cabellos, que todos eran luengos
y rubios como el mismo oro; venían, aunque sueltos por las espaldas,
recogidos en la cabeza con verdes guirnaldas de olorosas flores. Campeó
aquel día y en ellas, antes la palmilla de Cuenca que el damasco
de Milán y el raso de Florencia. Finalmente, la rusticidad de sus
galas se aventajaba a las más ricas de la corte, porque si en ellas
se mostraba la honesta medianía, se descubría asimismo la
estremada limpieza: todas eran flores, todas rosas, todas donaire, y todas
juntas componían un honesto movimiento, aunque de diferentes bailes
formado, el cual movimiento era incitado del son de los diferentes instrumentos
ya referidos.
Alrededor de cada escuadrón andaban por de fuera, de blanquísimo
lienzo vestidos y con paños labrados rodeadas las cabezas, muchos
zagales, o ya sus parientes, o ya sus conocidos, o ya vecinos de sus mismos
lugares: uno tocaba el tamboril y la flauta, otro el salterio, éste
las sonajas y aquél los albogues. Y de todos estos sones redundaba
uno solo, que alegraba con la concordancia, que es el fin de la música.
Y, al pasar uno destos escuadrones o junta de bailadoras doncellas por
delante de los peregrinos, uno, que a lo que después pareció
era el alcalde del pueblo, asió a una de aquellas doncellas del
brazo, y, mirándola muy bien de arriba abajo, con voz alterada
y de mal talante la dijo:
-¡Ah, Tozuelo, Tozuelo, y qué de poca vergüenza os acompaña!
¿Bailes son éstos para ser profanados? ¿Fiestas son
éstas para no llevarlas sobre las niñas de los ojos? No
sé yo cómo consienten los cielos semejantes maldades. Si
esto ha sido con sabiduría de mi hija Clementa Cobeña, ¡por
Dios que nos han de oír los sordos!
Apenas acabó de decir esta palabra el alcalde, cuando llegó
otro alcalde y le dijo:
-Pedro Cobeño, si os oyesen los sordos, sería hacer milagros.
Contentaos con que nosotros nos oigamos a nosotros, y sepamos en qué
os ha ofendido mi hijo Tozuelo, que si él ha dilinquido contra
vos, justicia soy yo que le podré y sabré castigar.
A lo que respondió Cobeño:
-El delinquimiento ya se vee, pues siendo varón va vestido de hembra;
y no de hembra comoquiera, sino de doncella de su Majestad, en sus fiestas;
porque veáis, alcalde Tozuelo, si es mocosa la culpa. Témome
que mi hija Cobeña anda por aquí, porque estos vestidos
de vuestro hijo me parecen suyos, y no querría que el diablo hiciese
de las suyas, y, sin nuestra sabiduría, los juntase sin las bendiciones
de la Iglesia; que ya sabéis que estos casorios hechos a hurtadillas,
por la mayor parte pararon en mal, y dan de comer a los de la audiencia
clerical, que es muy carera.
A esto respondió por Tozuelo una doncella labradora, de muchas
que se pararon a oír la plática:
-Si va a decir la verdad, señores alcaldes, tan marida es Mari
Cobeña de Tozuelo, y él marido della, como lo es mi madre
de mi padre y mi padre de mi madre. Ella está encinta, y no está
para danzar ni bailar. Cásenlos, y váyase el diablo para
malo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
-¡Par Dios, hija! -respondió Tozuelo-. Vos decís muy
bien: entrambos son iguales; no es más cristiano viejo el uno que
el otro; las riquezas se pueden medir con una misma vara.
-Agora bien -replicó Cobeño-, llamen aquí a mi hija,
que ella lo deslindará todo, que no es nada muda.
Vino Cobeña, que no estaba lejos, y lo primero que dijo fue:
-Ni yo he sido la primera, ni seré la postrera que haya tropezado
y caído en estos barrancos: Tozuelo es mi esposo, y yo su esposa,
y perdónenos Dios a entrambos, cuando nuestros padres no quisieren.
-Eso sí, hija -dijo su padre-: ¡La vergüenza por los
cerros de Úbeda, antes que en la cara! Pero, pues esto está
ya hecho, bien será que el alcalde Tozuelo se sirva de que este
caso pase adelante, pues vosotros no le habéis querido dejar atrás.
-¡Par diez -dijo la doncella primera-, que el señor alcalde
Cobeño ha hablado como un viejo! Dense estos niños las manos,
si es que no se las han dado hasta agora, y queden para en uno, como lo
manda la Santa Iglesia Nuestra Madre, y vamos con nuestro baile al olmo,
que no se ha de estorbar nuestra fiesta por niñerías.
Vino Tozuelo con el parecer de la moza, diéronse las manos los
donceles, acabóse el pleito y pasó el baile adelante: que
si con esta verdad se acabaran todos los pleitos, secas y peladas estuvieran
las solícitas plumas de los escribanos.
Quedaron Periandro, Auristela y los demás peregrinos contentísimos
de haber visto la pendencia de los dos amantes, y admirados de ver la
hermosura de las labradoras doncellas, que parecía, todas a una
mano, que eran principio, medio y fin de la humana belleza.
No quiso Periandro que entrasen en Toledo, porque así se lo pidió
Antonio el padre, a quien aguijaba el deseo que tenía de ver a
su patria y a sus padres, que no estaban lejos, diciendo que para ver
las grandezas de aquella ciudad, convenía más tiempo que
el que su priesa les ofrecía. Por esta misma razón, tampoco
quisieron pasar por Madrid, donde a la sazón estaba la corte, temiendo
algún estorbo que su camino les impidiese. Confirmóles en
este parecer la antigua peregrina, diciéndoles que andaban en la
corte ciertos pequeños, que tenían fama de ser hijos de
grandes; que, aunque pájaros noveles, se abatían al señuelo
de cualquiera mujer hermosa, de cualquiera calidad que fuese: que el amor
antojadizo no busca calidades, sino hermosura.
A lo que añadió Antonio el padre:
-Desa manera será menester que usemos de la industria que usan
las grullas, cuando, mudando regiones, pasan por el monte Limabo, en el
cual las están aguardando unas aves de rapiña para que les
sirvan de pasto; pero ellas, previniendo este peligro, pasan de noche,
y llevan una piedra cada una en la boca, para que les impida el canto
y escusen de ser sentidas; cuanto más que, la mejor industria que
podemos tener es seguir la ribera deste famoso río, y, dejando
la ciudad a mano derecha, guardando para otro tiempo el verla, nos vamos
a Ocaña, y desde allí al Quintanar de la Orden, que es mi
patria.
Viendo la peregrina el disignio del viaje que había hecho Antonio,
dijo que ella quería seguir el suyo, que le venía más
a cuento. La hermosa Ricla le dio dos monedas de oro en limosna, y la
peregrina se despidió de todos, cortés y agradecida.
Nuestros peregrinos pasaron por Aranjuez, cuya vista, por ser en tiempo
de primavera, en un mismo punto les puso la admiración y la alegría;
vieron de iguales y estendidas calles, a quien servían de espaldas
y arrimos los verdes y infinitos árboles: tan verdes, que las hacían
parecer de finísimas esmeraldas; vieron la junta, los besos y abrazos
que se daban los dos famosos ríos Henares y Tajo; contemplaron
sus sierras de agua; admiraron el concierto de sus jardines y de la diversidad
de sus flores; vieron sus estanques, con más peces que arenas,
y sus esquisitos frutales, que por aliviar el peso a los árboles
tendían las ramas por el suelo; finalmente, Periandro tuvo por
verdadera la fama que deste sitio por todo el mundo se esparcía.
Desde allí fueron a la villa de Ocaña, donde supo Antonio
que sus padres vivían, y se informó de otras cosas que le
alegraron, como luego se dirá.
CAPÍTULO
NONO DEL TERCER LIBRO
Con los aires
de su patria se regocijaron los espíritus de Antonio, y con el
visitar a Nuestra Señora de Esperanza, a todos se les alegró
el alma. Ricla y sus dos hijos se alborozaron con el pensamiento de que
habían de ver presto, ella a sus suegros, y ellos a sus abuelos,
de quien ya se había informado Antonio que vivían, a pesar
del sentimiento que la ausencia de su hijo les había causado: supo
asimismo cómo su contrario había heredado el estado de su
padre, y que había muerto en amistad de su padre de Antonio, a
causa que, con infinitas pruebas, nacidas de la intrincada seta del duelo,
se había averiguado que no fue afrenta la que Antonio le hizo,
porque las palabras que en la pendencia pasaron fueron con la espada desnuda,
y la luz de las armas quita la fuerza a las palabras, y las que se dicen
con las espadas desnudas no afrentan, puesto que agravian; y así,
el que quiere tomar venganza dellas, no se ha de entender que satisface
su afrenta, sino que castiga su agravio, como se mostrará en este
ejemplo. Prosupongamos que yo digo una verdad manifiesta; respóndeme
un desalumbrado que miento y mentiré todas las veces que lo dijere,
y, poniendo mano a la espada, sustenta aquella desmentida; yo, que soy
el desmentido, no tengo necesidad de volver por la verdad que dije, la
cual no puede ser desmentida en ninguna manera, pero tengo necesidad de
castigar el poco respeto que se me tuvo; de modo que el desmentido, desta
suerte, puede entrar en campo con otro, sin que se le ponga por objeción
que está afrentado, y que no puede entrar en campo con nadie hasta
que se satisfaga, porque, como tengo dicho, es grande la diferencia que
hay entre agravio y afrenta.
En efeto, digo que supo Antonio la amistad de su padre y de su contrario,
y que, pues ellos habían sido amigos, se habría bien mirado
su causa. Con estas buenas nuevas, con más sosiego y más
contento, se puso otro día en camino con sus camaradas, a quien
contó todo aquello que de su negocio sabía, y que un hermano
del que pensó ser su enemigo le había heredado y quedado
en la misma amistad con su padre que su hermano el muerto. Fue parecer
de Antonio que ninguno saliese de su orden, porque pensaba darse a conocer
a su padre, no de improviso, sino por algún rodeo que le aumentase
el contento de hacerle conocido, advirtiendo que tal vez mata una súbita
alegría como suele matar un improviso pesar.
De allí a tres días llegaron, al crepúsculo de la
noche, a su lugar y a la casa de su padre, el cual, con su madre, según
después pareció, estaba sentado a la puerta de la calle,
tomando, como dicen, el fresco, por ser el tiempo de los calurosos del
verano. Llegaron todos juntos, y el primero que habló fue Antonio
a su mismo padre:
-¿Hay por ventura, señor, en este lugar hospital de peregrinos?
-Según es cristiana la gente que le habita -respondió su
padre-, todas las casas dél son hospital de peregrinos, y, cuando
otra no hubiera, esta mía, según su capacidad, sirviera
por todas: prendas tengo yo por esos mundos adelante, que no sé
si andarán agora buscando quien las acoja.
-¿Por ventura, señor -replicó Antonio-, este lugar
no se llama el Quintanar de la Orden, y en él no viven un apellido
de unos hidalgos que se llaman Villaseñores? Dígolo, porque
he conocido yo un tal Villaseñor, bien lejos desta tierra, que
si él estuviera en ésta, no nos faltara posada a mí
ni a mis camaradas.
-¿Y cómo se llamaba, hijo -dijo su madre-, ese Villaseñor
que decís?
-Llamábase Antonio -replicó Antonio-, y su padre, según
me acuerdo, me dijo se llamaba Diego de Villaseñor.
-¡Ay, señor -dijo la madre, levantándose de donde
estaba-, que ese Antonio es mi hijo, que por cierta desgracia ha al pie
de diez y seis años que falta desta tierra! Comprado le tengo a
lágrimas, pesado a suspiros y granjeado con oraciones. ¡Plegue
a Dios que mis ojos le vean antes que descubra la noche de la eterna sombra!
Decidme -dijo-: ¿Ha mucho que le vistes? ¿Ha mucho que le
dejastes? ¿Tiene salud? ¿Piensa volver a su patria? ¿Acuérdase
de sus padres, a quien podrá venir a ver, pues no hay enemigos
que se lo impidan, que ya no son sino amigos los que le hicieron desterrar
de su tierra?
Todas estas razones escuchaba el anciano padre de Antonio, y, llamando
a grandes voces a sus criados, les mandó encender luces y que metiesen
dentro de casa a aquellos honrados peregrinos; y, llegándose a
su no conocido hijo, le abrazó estrechamente, diciéndole:
-Por vos sólo, señor, sin que otras nuevas os hiciesen el
aposento, os le diera yo en mi casa, llevado de la costumbre que tengo
de agasajar en ella a todos cuantos peregrinos por aquí pasan;
pero agora, con las regocijadas nuevas que me habéis dado, ensancharé
la voluntad, y sobrepujarán los servicios que os hiciere a mis
mismas fuerzas.
En esto, ya los sirvientes habían encendido luces, y guiando los
peregrinos dentro de la casa, y en mitad de un gran patio que tenía,
salieron dos hermosas y honestas doncellas, hermanas de Antonio, que habían
nacido después de su ausencia, las cuales, viendo la hermosura
de Auristela y la gallardía de Constanza, su sobrina, con el buen
parecer de Ricla, su cuñada, no se hartaban de besarlas y de bendecirlas;
y, cuando esperaban que sus padres entrasen dentro de casa con el nuevo
huésped, vieron entrar con ellos un confuso montón de gente,
que traían en hombros, sobre una silla sentado, un hombre como
muerto, que luego supieron ser el conde que había heredado al enemigo
que solía ser de su tío.
El alboroto de la gente, la confusión de sus padres, el cuidado
de recebir los nuevos huéspedes, las turbó de manera que
no sabían a quién acudir ni a quién preguntar la
causa de aquel alboroto. Los padres de Antonio acudieron al conde, herido
de una bala por las espaldas, que en una revuelta que dos compañías
de soldados, que estaban en el pueblo alojadas, habían tenido con
los del lugar, y le habían pasado por las espaldas el pecho; el
cual, viéndose herido, mandó a sus criados que le trujesen
en casa de Diego de Villaseñor, su amigo, y el traerle fue a tiempo
que comenzaba a hospedar a su hijo, a su nuera y a sus dos nietos, y a
Periandro y a Auristela, la cual, asiendo de las manos a las hermanas
de Antonio, les pidió que la quitasen de aquella confusión
y la llevasen a algún aposento donde nadie la viese. Hiciéronlo
ellas así, siempre admirándose de nuevo de la sin par belleza
de Auristela.
Constanza, a quien la sangre del parentesco bullía en el alma,
ni quería ni podía apartarse de sus tías, que todas
eran de una misma edad y casi de una igual hermosura. Lo mismo le aconteció
al mancebo Antonio, el cual, olvidado de los respetos de la buena crianza
y de la obligación del hospedaje, se atrevió, honesto y
regocijado, a abrazar a una de sus tías, viendo lo cual un criado
de casa, le dijo:
-¡Por vida del señor peregrino, que tenga quedas las manos,
que el señor desta casa no es hombre de burlas; si no, a fee que
se las haga tener quedas, a despecho de su desvergonzado atrevimiento!
-¡Por Dios, hermano -respondió Antonio-, que es muy poco
lo que he hecho para lo que pienso hacer, si el cielo favorece mis deseos,
que no son otros que servir a estas señoras y a todos los desta
casa!
Ya en esto habían acomodado al conde herido en un rico lecho, y
llamado a dos cirujanos que le tomasen la sangre y mirasen la herida,
los cuales declararon ser mortal, sin que por vía humana tuviese
remedio alguno.
Estaba todo el pueblo puesto en arma contra los soldados, que en escuadrón
formado se habían salido al campo, y esperaban si fuesen acometidos
del pueblo, dándoles la batalla. Valía poco para ponerlos
en paz la solicitud y la prudencia de los capitanes, ni la diligencia
cristiana de los sacerdotes y religiosos del pueblo, el cual, por la mayor
parte, se alborota de livianas ocasiones, y crece bien así como
van creciendo las olas del mar de blando viento movidas, hasta que, tomando
el regañón el blando soplo del céfiro, le mezcla
con su huracán y las levanta al cielo; el cual, dándose
priesa a entrar el día, la prudencia de los capitanes hizo marchar
a sus soldados a otra parte, y los del pueblo se quedaron en sus límites,
a pesar del rigor y mal ánimo que contra los soldados tenían
concebido.
En fin, por términos y pausas espaciosas, con sobresaltos agudos,
poco a poco vino Antonio a descubrirse a sus padres, haciéndole
presente de sus nietos y de su nuera, cuya presencia sacó lágrimas
de los ojos de los viejos, y la belleza de Auristela y gallardía
de Periandro les sacó el pasmo al rostro y la admiración
a todos los sentidos.
Este placer, tan grande como improviso; esta llegada de sus hijos, tan
no esperada, se la aguó, turbó y casi deshizo la desgracia
del conde, que por momentos iba empeorando. Con todo eso, le hizo presente
de sus hijos, y de nuevo le hizo ofrecimiento de su casa y de cuanto en
ella había que para su salud fuese conveniente; porque, aunque
quisiera moverse y llevarle a la de su estado, no fuera posible: tales
eran las pocas esperanzas que se tenían de su salud.
No se quitaban de la cabecera del conde, obligadas de su natural condición,
Auristela y Constanza, que, con la compasión cristiana y solicitud
posible, eran sus enfermeras, puesto que iban contra el parecer de los
cirujanos, que ordenaban le dejasen solo, o a lo menos no acompañado
de mujeres. Pero la disposición del cielo, que, con causas a nosotros
secretas, ordena y dispone las cosas de la tierra, ordenó y quiso
que el conde llegase al último de su vida; y un día, antes
que della se despidiese, cierto ya de que no podía vivir, llamó
a Diego de Villaseñor, y, quedándose con él solo,
le dijo desta manera:
-Yo salí de mi casa con intención de ir a Roma este año,
en el cual el sumo Pontífice ha abierto las arcas del tesoro de
la Iglesia, y comunicádonos, como en año santo, las infinitas
gracias que en él suelen ganarse. Iba a la ligera, más como
peregrino pobre que como caballero rico; entré en este pueblo;
hallé trabada una pendencia, como ya, señor, habéis
visto, entre los soldados que en él estaban alojados y entre los
vecinos dél; mezcléme en ella, y, por reparar las ajenas
vidas, he venido a perder la mía, porque esta herida que a traición,
si así se puede decir, me dieron, me la va quitando por momentos.
No sé quién me la dio, porque las pendencias del vulgo traen
consigo a la misma confusión. No me pesa de mi muerte, si no es
por las que ha de costar, si por justicia o por venganza quisiere castigarse.
Con todo esto, por hacer lo que en mí es, y todo aquello que de
mi parte puedo, como caballero y cristiano, digo que perdono a mi matador
y a todos aquéllos que con él tuvieron culpa; y es mi voluntad,
asimismo, de mostrar que soy agradecido al bien que en vuestra casa me
habéis hecho, y la muestra que he de dar deste agradecimiento no
será así comoquiera, sino con el más alto estremo
que pueda imaginarse. En esos dos baúles que ahí están,
donde llevaba recogida mi recámara, creo que van hasta veinte mil
ducados en oro y en joyas, que no ocupan mucho lugar; y, si como esta
cantidad es poca, fuera la grande que encierra las entrañas de
Potosí, hiciera della lo mismo que desta hacer quiero. Tomalda,
señor, en vida, o haced que la tome la señora doña
Constanza, vuestra nieta, que yo se lo doy en arras y para su dote; y
más, que le pienso dar esposo de mi mano, tal que, aunque presto
quede viuda, quede viuda honradísima, juntamente con quedar doncella
honrada. Llamadla aquí, y traed quien me despose con ella; que
su valor, su cristiandad, su hermosura, merecían hacerla señora
del universo. No os admire, señor, lo que oís, creed lo
que os digo, que no será novedad disparatada casarse un título
con una doncella hijadalgo, en quien concurren todas las virtuosas partes
que pueden hacer a una mujer famosa. Esto quiere el cielo, a esto me inclina
mi voluntad; por lo que debéis al ser discreto, que no lo estorbe
la vuestra. Id luego, y, sin replicar palabra, traed quien me despose
con vuestra nieta, y quien haga las escrituras tan firmes, así
de la entrega destas joyas y dineros, y de la mano que de esposo la he
de dar, que no haya calumnia que la deshaga.
Pasmóse a estas razones Villaseñor, y creyó sin duda
alguna que el conde había perdido el juicio, y que la hora de su
muerte era llegada, pues en tal punto, por la mayor parte, o se dicen
grandes sentencias o se hacen grandes disparates; y así, lo que
le respondió fue:
-Señor, yo espero en Dios que tendréis salud, y entonces
con ojos más claros, y sin que algún dolor os turbe los
sentidos, podréis ver las riquezas que dais y la mujer que escogéis;
mi nieta no es vuestra igual, o a lo menos no está en potencia
propincua, sino muy remota, de merecer ser vuestra esposa, y yo no soy
tan codicioso que quiera comprar esta honra que queréis hacerme,
con lo que dirá el vulgo, casi siempre mal intencionado, del cual
ya me parece que dice que os tuve en mi casa, que os trastorné
el sentido y que por vías de la solicitud codiciosa os hice hacer
esto.
-Diga lo que quisiere -dijo el conde-; que si el vulgo siempre se engaña,
también quedará engañado en lo que de vos pensare.
-Alto, pues -dijo Villaseñor-: no quiero ser tan ignorante que
no quiera abrir a la buena suerte que está llamando a las puertas
de mi casa.
Y con esto se salió del aposento, y comunicó lo que el conde
le había dicho con su mujer, con sus nietos, y con Periandro y
Auristela, los cuales fueron de parecer que, sin perder punto, asiesen
a la ocasión por los cabellos que les ofrecía, y trujesen
quien llevase al cabo aquel negocio.
Hízose así, y en menos de dos horas ya estaba Costanza desposada
con el conde, y los dineros y joyas en su posesión, con todas las
cir[c]unstancias y revalidaciones que fueron posible hacerse. No hubo
músicas en el desposorio, sino llantos y gemidos, porque la vida
del conde se iba acabando por momentos. Finalmente, otro día después
del desposorio, recebidos todos los sacramentos, murió el conde
en los brazos de su esposa la condesa Costanza, la cual, cubriéndose
la cabeza con un velo negro, hincada de rodillas y levantando los ojos
al cielo, comenzó a decir:
-Yo hago voto...
Pero, apenas dijo esta palabra, cuando Auristela le dijo:
-¿Qué voto queréis hacer, señora?
-De ser monja -respondió la condesa.
-Sedlo, y no le hagáis -replicó Auristela-, que las obras
de servir a Dios no han de ser precipitadas, ni que parezcan que las mueven
acidentes, y éste de la muerte de vuestro esposo, quizá
os hará prometer lo que después, o no podréis, o
no querréis cumplir. Dejad en las manos de Dios y en las vuestras
vuestra voluntad, que así vuestra discreción, como la de
vuestros padres y hermanos, os sabrá aconsejar y encaminar en lo
que mejor os estuviere. Y dése agora orden de enterrar vuestro
marido, y confiad en Dios, que quien os hizo condesa tan sin pensarlo
os sabrá y querrá dar otro título que os honre y
os engrandezca con más duración que el presente.
Rindióse a este parecer la condesa, y, dando trazas al entierro
del conde, llegó un su hermano menor, a quien ya habían
ido las nuevas a Salamanca, donde estudiaba. Lloró la muerte de
su hermano, pero enjugáronle presto las lágrimas el gusto
de la herencia del estado. Supo el hecho; abrazó a su cuñada;
no contradijo a ninguna cosa; depositó a su hermano para llevarle
después a su lugar; partióse a la corte para pedir justicia
contra los matadores; anduvo el pleito; degollaron a los capitanes y castigaron
muchos de los del pueblo; quedóse Costanza con las arras y el título
de condesa; apercibióse Periandro para seguir su viaje, a quien
no quisieron acompañar Antonio el padre, ni Ricla, su mujer, cansados
de tantas peregrinaciones, que no cansaron a Antonio el hijo, ni a la
nueva condesa, que no fue posible dejar la compañía de Auristela
ni de Periandro.
A todo esto, nunca había mostrado a su abuelo el lienzo donde venía
pintada su historia. Enseñósele un día Antonio, y
dijo que faltaba allí de pintar los pasos por donde Auristela había
venido a la Isla Bárbara, cuando se vieron ella y Periandro en
los trocados trajes: ella en el de varón, y él en el de
hembra (metamorfosis bien estraño), a lo que Auristela dijo que
en pocas razones lo diría. Que fue que, cuando la robaron los piratas
de las riberas de Dinamarca a ella, Cloelia y a las dos pescadoras, vinieron
a una isla despoblada a repartir la presa entre ellos, y «no pudiéndose
hacer el repartimiento con igualdad, uno de los más principales
se contentó con que por su parte le diesen mi persona, y aun añadió
dádivas para igualar la demasía. Entré en su poder
sola, sin tener quien en mi desventura me acompañase; que de las
miserias suele ser alivio la compañía; éste me vistió
en hábitos de varón, temeroso que en los de mujer no me
solicitase el viento; muchos días anduve con él peregrinando
por diversas partes, y sirviéndole en todo aquello que a mi honestidad
no ofendía; finalmente, un día llegamos a la Isla Bárbara,
donde de improviso fuimos presos de los bárbaros, y él quedó
muerto en la refriega de mi prisión, y yo fui traída a la
cueva de los prisioneros, donde hallé a mi amada Cloelia, que por
otros no menos desventurados pasos allí había sido traída,
la cual me contó la condición de los bárbaros, la
vana superstición que guardaban, y el asunto ridículo y
falso de su profecía. Díjome asimismo, que tenía
barruntos de que mi hermano Periandro había estado en aquella sima,
a quien no había podido hablar por la priesa que los bárbaros
se daban a sacarle para ponerle en el sacrificio»; y que había
querido acompañarle para certificarse de la verdad, pues se hallaba
en hábitos de hombre; y que, así, rompiendo por las persuasiones
de Cloelia, que se lo estorbaban, salió con su intento, y se entregó
de toda su voluntad para ser sacrificada de los bárbaros, persuadiéndose
ser bien de una vez acabar la vida, que no de tantas gustar la muerte,
con traerla a peligro de perderla por momentos; y que no tenía
más que decir, pues sabían lo que desde aquel punto le había
sucedido.
Bien quisiera el anciano Villaseñor que todo esto se añadiera
al lienzo, pero todos fueron de parecer que no solamente [no] se añadiese,
sino que aun lo pintado se borrase, porque tan grandes y tan no vistas
cosas no eran para andar en lienzos débiles, sino en láminas
de bronce escritas, y en las memorias de las gentes grabadas.
Con todo eso, quiso Villaseñor quedarse con el lienzo, siquiera
por ver los bien sacados retratos de sus nietos y la sin igual hermosura
y gallardía de Auristela y Periandro.
Algunos días se pasaron poniendo en orden su partida para Roma,
deseosos de ver cumplidos los votos de su promesa. Quedóse Antonio
el padre y no quiso quedarse Antonio el hijo, ni menos la nueva condesa;
que, como queda dicho, la afición que a Auristela tenía
la llevara no solamente a Roma, sino al otro mundo, si para allá
se pudiera hacer viaje en compañía. Llegóse el día
de la partida, donde hubo tiernas lágrimas y apretados abrazos
y dolientes suspiros, especialmente de Ricla, que en ver partir a sus
hijos se le partía el alma. Echóles su bendición
su abuelo a todos, que la bendición de los ancianos parece que
tiene prerrogativa de mejorar los sucesos. Llevaron consigo a uno de los
criados de casa, para que los sirviese en el camino, y, puestos en él,
dejaron soledades en su casa y padres, y en compañía, entre
alegre y triste, siguieron su viaje.
CAPÍTULO
DÉCIMO DEL TERCERO LIBRO
Las peregrinaciones
largas siempre traen consigo diversos acontecimientos, y, como la diversidad
se compone de cosas diferentes, es forzoso que los casos lo sean. Bien
nos lo muestra esta historia, cuyos acontecimientos nos cortan su hilo,
poniéndonos en duda dónde será bien anudarle; porque
no todas las cosas que suceden son buenas para contadas, y podrían
pasar sin serlo y sin quedar menoscabada la historia: acciones hay que,
por grandes, deben de callarse, y otras que, por bajas, no deben decirse;
puesto que es excelencia de la historia que cualquiera cosa que en ella
se escriba puede pasar, al sabor de la verdad que trae consigo; lo que
no tiene la fábula, a quien conviene guisar sus acciones con tanta
puntualidad y gusto, y con tanta verisimilitud que, a despecho y pesar
de la mentira, que hace disonancia en el entendimiento, forme una verdadera
armonía.
Aprovechándome, pues, desta verdad, digo que el hermoso escuadrón
de los peregrinos, prosiguiendo su viaje, llegó a un lugar, no
muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo, y en mitad
de la plaza dél, por quien forzosamente habían de pasar,
vieron mucha gente junta, todos atentos mirando y escuchando a dos mancebos
que, en traje de recién rescatados de cautivos, estaban declarando
las figuras de un pintado lienzo que tenían tendido en el suelo;
parecía que se habían descargado de dos pesadas cadenas
que tenían junto a sí, insignias y relatoras de su pesada
desventura; y uno dellos, que debía de ser de hasta venticuatro
años, con voz clara y en todo estremo esperta lengua, crujiendo
de cuando en cuando un corbacho, o, por mejor decir, azote, que en la
mano tenía, le sacudía de manera que penetraba los oídos
y ponía los estallidos en el cielo: bien así como hace el
cochero que, castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su látigo
por los aires.
Entre los que la larga plática escuchaban, estaban los dos alcaldes
del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno como el otro.
Por donde comenzó su arenga el libre cautivo, fue diciendo:
-«Ésta, señores, que aquí veis pintada, es
la ciudad de Argel, gomia y tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo,
puesto universal de cosarios, y amparo y refugio de ladrones, que, deste
pequeñuelo puerto que aquí va pintado, salen con sus bajeles
a inquietar el mundo, pues se atreven a pasar el plus ultra de las colunas
de Hércules, y a acometer y robar las apartadas islas, que, por
estar rodeadas del inmenso mar Océano, pensaban estar seguras,
a lo menos de los bajeles turquescos. Este bajel que aquí veis
reducido a pequeño, porque lo pide así la pintura, es una
galeota de ventidós bancos, cuyo dueño y capitán
es el turco que en la crujía va en pie, con un brazo en la mano,
que cortó a aquel cristiano que allí veis, para que le sirva
de rebenque y azote a los demás cristianos que van amarrados a
sus bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras que aquí
veis, que le van entrando y dando caza. Aquel cautivo primero del primer
banco, cuyo rostro le disfigura la sangre que se le ha pegado de los golpes
del brazo muerto, soy yo, que servía de espalder en esta galeota,
y el otro que está junto a mí, es este mi compañero,
no tan sangriento porque fue menos apaleado. Escuchad, señores,
y estad atentos: quizá la aprehensión deste lastimero cuento
os llevará a los oídos las amenazadoras y vituperosas voces
que ha dado este perro de Dragut (que así se llamaba el arráez
de la galeota: cosario tan famoso como cruel, y tan cruel como Falaris
o Busiris, tiranos de Sicilia); a lo menos, a mí me suena agora
el rospeni, el manahora y el denimaniyoc, que con coraje endiablado va
diciendo; que todas estas son palabras y razones turquescas, encaminadas
a la deshonra y vituperio de los cautivos cristianos: llámanlos
de judíos, hombres de poco valor, de fee negra y de pensamientos
viles, y, para mayor horror y espanto, con los brazos muertos azotan los
cuerpos vivos.»
Parece ser que uno de los dos alcaldes había estado cautivo en
Argel mucho tiempo, el cual con baja voz dijo a su compañero:
-Este cautivo, hasta agora parece que va diciendo verdad, y que en lo
general no es cautivo falso; pero yo le examinaré en lo particular,
y veremos cómo da la cuerda; porque quiero que sepáis que
yo iba dentro desta galeota, y no me acuerdo de haberle conocido por espalder
della, sino fue a un Alonso Moclín, natural de Vélez Málaga.
Y, volviéndose al cautivo, le dijo:
-Decidme, amigo, ¿cúyas eran las galeras que os daban caza,
y si conseguistes por ellas la libertad deseada?
-Las galeras -respondió el cautivo- eran de don Sancho de Leiva;
la libertad no la conseguimos, porque no nos alcanzaron; tuvímosla
después, porque nos alzamos con una galeota, que desde Sargel iba
a Argel cargada de trigo; venimos a Orán con ella, y desde allí
a Málaga, de donde mi compañero y yo nos pusimos en camino
de Italia, con intención de servir a su Majestad, que Dios guarde,
en el ejercicio de la guerra.
-Decidme, amigos -replicó el alcalde-, ¿cautivastes juntos?
¿Llevaron os a Argel del primer boleo, o a otra parte de Berbería?
-No cautivamos juntos -respondió el otro cautivo-, porque yo cautivé
junto a Alicante, en un navío de lanas que pasaba a Génova;
mi compañero, en los Percheles de Málaga, adonde era pescador.
Conocímonos en Tetuán, dentro de una mazmorra; hemos sido
amigos y corrido una misma fortuna mucho tiempo; y, para diez o doce cuartos
que apenas nos han ofrecido de limosna sobre el lienzo, mucho nos aprieta
el señor alcalde.
-No mucho, señor galán -replicó el alcalde-, que
aún no están dadas todas las vueltas de la mancuerda. Escúcheme
y dígame: ¿cuántas puertas tiene Argel, y cuántas
fuentes y cuántos pozos de agua dulce?
-La pregunta es boba -respondió el primer cautivo-: tantas puertas
tiene como tiene casas, y tantas fuentes que yo no las sé, y tantos
pozos que no los he visto, y los trabajos que yo en él he pasado
me han quitado la memoria de mí mismo; y si el señor alcalde
quiere ir contra la caridad cristiana, recogeremos los cuartos y alzaremos
la tienda, y adiós, ahó, que tan buen pan hacen aquí
como en Francia.
Entonces el alcalde llamó a un hombre de los que estaban en el
corro, que al parecer servía de pregonero en el lugar, y tal vez
de verdugo, cuando se ofrecía, y díjole:
-Gil Berrueco, id a la plaza, y traedme aquí luego los primeros
dos asnos que topáredes, que por vida del Rey nuestro señor,
que han de pasear las calles en ellos estos dos señores cautivos,
que con tanta libertad quieren usurpar la limosna de los verdaderos pobres,
contándonos mentiras y embelecos, estando sanos como una manzana
y con más fuerzas para tomar una azada en la mano que no un corbacho
para dar estallidos en seco. Yo he estado en Argel cinco años esclavo,
y sé que no me dais señas dél en ninguna cosa de
cuantas habéis dicho.
-¡Cuerpo del mundo! -respondió el cautivo-. ¿Es posible
que ha de querer el señor alcalde que seamos ricos de memoria,
siendo tan pobres de dineros, y que por una niñería que
no importa tres ardites, quiera quitar la honra a dos tan insignes estudiantes
como nosotros, y juntamente quitar a su Majestad dos valientes soldados,
que íbamos a esas Italias y a esos Flandes a romper, a destrozar,
a herir y a matar los enemigos de la santa fe católica que topáramos?
Porque, si va a decir verdad, que en fin es hija de Dios, quiero que sepa
el señor alcalde que nosotros no somos cautivos, sino estudiantes
de Salamanca, y, en la mitad y en lo mejor de nuestros estudios, nos vino
gana de ver mundo y de saber a qué sabía la vida de la guerra,
como sabíamos el gusto de la vida de la paz. Para facilitar y poner
en obra este deseo, acertaron a pasar por allí unos cautivos, que
también lo debían de ser falsos, como nosotros agora; les
compramos este lienzo, y nos informamos de algunas cosas de las de Argel,
que nos pareció ser bastantes y necesarias para acreditar nuestro
embeleco; vendimos nuestros libros y nuestras alhajas a menos precio,
y, cargados con esta mercadería, hemos llegado hasta aquí.
Pensamos pasar adelante, si es que el señor alcalde no manda otra
cosa.
-Lo que pienso hacer es -replicó el alcalde-, daros cada cien azotes,
y en lugar de la pica que vais a arrast[r]ar en Flandes, poneros un remo
en las manos que le cimbréis en el agua en las galeras, con quien
quizá haréis más servicio a su Majestad que con la
pica.
-¿Querráse -replicó el mozo hablador- mostrar agora
el señor alcalde ser un legislador de Atenas, y que la riguridad
de su oficio llegue a los oídos de los señores del Consejo,
donde, acreditándole con ellos, le tengan por severo y justiciero,
y le cometan negocios de importancia, donde muestre su severidad y su
justicia? Pues sepa el señor alcalde que summum ius summa iniuria.
-Mirad cómo habláis, hermano -replicó el segundo
alcalde-, que aquí no hay justicia con lujuria: que todos los alcaldes
deste lugar han sido, son y serán limpios y castos como el pelo
de la masa; y hablad menos, que os será sano.
Volvió en esto el pregonero, y dijo:
-Señor alcalde, yo no he topado en la plaza asnos ningunos, sino
a los dos regidores Berrueco y Crespo, que andan en ella paseándose.
-Por asnos os envíe yo, majadero, que no por regidores; pero volved
y traeldos acá por sí o por no, que quiero que se hallen
presentes al pronunciar desta sentencia, que ha de ser sin embargo, y
no ha de quedar por falta de asnos: que, gracias sean dadas al cielo,
hartos hay en este lugar.
-No le tendrá vuesa merced, señor alcalde, en el cielo -replicó
el mozo-, si pasa adelante con esa reguridad. Por quien Dios es, que vuesa
merced considere que no hemos robado tanto que podemos dar a censo, ni
fundar ningún mayorazgo; apenas granjeamos el mísero sustento
con nuestra industria, que no deja de ser trabajosa, como lo es la de
los oficiales y jornaleros. Mis padres no nos enseñaron oficio
alguno, y así, nos es forzoso que remitamos a la industria lo que
habíamos de remitir a las manos, si tuviéramos oficio. Castíguense
los que cohechan, los escaladores de casas, los salteadores de caminos,
los testigos falsos por dineros, los mal entretenidos en la república,
los ociosos y baldíos en ella, que no sirven de otra cosa que de
acrecentar el número de los perdidos, y dejen a los míseros
que van su camino derecho a servir a su Majestad con la fuerza de sus
brazos y con la agudeza de sus ingenios; porque no hay mejores soldados
que los que se trasplantan de la tierra de los estudios en los campos
de la guerra: ninguno salió de estudiante para soldado, que no
lo fuese por estremo, porque, cuando se avienen y se juntan las fuerzas
con el ingenio y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso,
con quien Marte se alegra, la paz se sustenta y la república se
engrandece.
Admirado estaba Periandro y todos los más de los circunstantes,
así de las razones del mozo como de la velocidad con que hablaba,
el cual, prosiguiendo, dijo:
-Espúlguenos el señor alcalde, mírenos y remírenos,
y haga escrutinio de las costuras de nuestros vestidos, y si en todo nuestro
poder hallare seis reales, no sólo nos mande dar ciento, sino seis
cuentos de azotes. Veamos, pues, si la adquisición de tan pequeña
cantidad de intereses merece ser castigada con afrentas y martirizada
con galeras; y así, otra vez digo que el señor alcalde se
remire en esto, no se arroje y precipite apasionadamente a hacer lo que,
después de hecho, quizá le causará pesadumbre. Los
jueces discretos castigan, pero no toman venganza de los delitos; los
prudentes y los piadosos, mezclan la equidad con la justicia, y entre
el rigor y la clemencia dan luz de su buen entendimiento.
-Por Dios -dijo el segundo alcalde-, que este mancebo ha hablado bien,
aunque ha hablado mucho, y que no solamente no tengo de consentir que
los azoten, sino que los tengo de llevar a mi casa y ayudarles para su
camino, con condición que le lleven derecho, sin andar surcando
la tierra de una en otras partes; porque, si así lo hiciesen, más
parecerían viciosos que necesitados.
Ya el primer alcalde, manso y piadoso, blando y compasivo, dijo:
-No quiero que vayan a vuestra casa, sino a la mía, donde les quiero
dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí adelante
ninguno les coja en mal latín, en cuanto a su fingida historia.
Los cautivos se lo agradecieron, los circunstantes alabaron su honrada
determinación, y los peregrinos recibieron contento del buen despacho
del negocio.
Volvióse el primer alcalde a Periandro, y dijo:
-¿Vosotros, señores peregrinos, traéis algún
lienzo que enseñarnos? ¿Traéis otra historia que
hacernos creer por verdadera, aunque la haya compuesto la misma mentira?
No respondió nada Periandro, porque vio que Antonio sacaba del
seno las patentes, licencias y despachos que llevaban para seguir su viaje;
el cual los puso en manos del alcalde, diciéndole:
-Por estos papeles podrá ver vuesa merced quién somos y
adónde vamos, los cuales no era menester presentallos, porque ni
pedimos limosna, ni tenemos necesidad de pedilla; y así, como a
caminantes libres, nos podían dejar pasar libremente.
Tomó el alcalde los papeles, y, porque no sabía leer, se
los dio a su compañero, que tampoco lo sabía, y así
pararon en manos del escribano, que, pasando los ojos por ellos brevemente,
se los volvió a Antonio, diciendo:
-Aquí, señores alcaldes, tanto valor hay en la bondad destos
peregrinos como hay grandeza en su hermosura. Si aquí quisieren
hacer noche, mi casa les servirá de mesón, y mi voluntad
de alcázar donde se recojan.
Volvióle las gracias Periandro; quedáronse allí aquella
noche por ser algo tarde, donde fueron agasajados en casa del escribano
con amor, con abundancia y con limpieza.
CAPÍTULO
ONCE DEL TERCER LIBRO
Llegóse
el día, y con él los agradecimientos del hospedaje; y, puestos
en camino, al salir del lugar, toparon con los cautivos falsos, que dijeron
que iban industriados del alcalde, de modo que de allí adelante
no los podían coger en mentira acerca de las cosas de Argel.
-Que tal vez -dijo el uno; digo el que hablaba más que el otro-,
tal vez -dijo- se hurta con autoridad y aprobación de la justicia;
quiero decir que alguna vez los malos ministros della se hacen a una con
los delincuentes, para que todos coman.
Llegaron todos juntos donde un camino se dividía en dos: los cautivos
tomaron el de Cartagena, y los peregrinos el de Valencia. Los cuales otro
día, al salir de la aurora, que por los balcones del oriente se
asomaba, barriendo el cielo de las estrellas y aderezando el camino por
donde el sol había de hacer su acostumbrada carrera, Bartolomé,
que así creo se llamaba el guiador del bagaje, viendo salir el
sol tan alegre y regocijado, bordando las nubes de los cielos con diversas
colores, de manera que no se podía ofrecer otra cosa más
alegre y más hermosa a la vista, y con rústica discreción,
dijo:
-Verdad debió de decir el predicador que predicaba los días
pasados en nuestro pueblo, cuando dijo que los cielos y la tierra anunciaban
y declaraban las grandezas del Señor. Pardiez, que, si yo no conociera
a Dios por lo que me han enseñado mis padres y los sacerdotes y
ancianos de mi lugar, le viniera a rastrear y conocer, viendo la inmensa
grandeza destos cielos, que me dicen que son muchos, o, a lo menos, que
llegan a once, y por la grandeza deste sol que nos alumbra, que, con no
parecer mayor que una rodela, es muchas veces mayor que toda la tierra;
y más que, con ser tan grande, afirman que es tan ligero que camina
en venticuatro horas más de trecientas mil leguas. La verdad que
sea: yo no creo nada desto, pero dícenlo tantos hombres de bien
que, aunque hago fuerza al entendimiento, lo creo. Pero de lo que más
me admiro es que debajo de nosotros hay otras gentes, a quien llaman antípodas,
sobre cuyas cabezas, los que andamos acá arriba, traemos puestos
los pies, cosa que me parece imposible: que, para tan gran carga como
la nuestra, fuera menester que tuvieran ellos las cabezas de bronce.
Rióse Periandro de la rústica astrología del mozo,
y díjole:
-Buscar querría razones acomodadas, ¡oh Bartolomé!,
para darte a entender el error en que estás y la verdadera postura
del mundo, para lo cual era menester tomar muy de atrás sus principios;
pero, acomodándome con tu ingenio, habré de coartar el mío
y decirte sola una cosa, y es que quiero que entiendas por verdad infalible
que la tierra es centro del cielo; llamo centro un punto indivisible a
quien todas las líneas de su circunferencia van a parar; tampoco
me parece que has de entender esto; y así, dejando estos términos,
quiero que te contentes con saber que toda la tierra tiene por alto el
cielo, y en cualquier parte della donde los hombres estén, han
de estar cubiertos con el cielo; así que, como a nosotros el cielo
que ves nos cubre, asimismo cubre a los antípodas, que dicen, sin
estorbo alguno, y como naturalmente lo ordenó la naturaleza, mayordoma
del verdadero Dios, criador del cielo y de la tierra.
No se descontentó el mozo de oír las razones de Periandro,
que también dieron gusto a Auristela, a la condesa y a su hermano.
Con estas y otras cosas iba enseñando y entreteniendo el camino
Periandro, cuando a sus espaldas llegó un carro acompañado
de seis arcabuceros a pie, y uno que venía a caballo con una escopeta
pendiente del arzón delantero, llegándose a Periandro, dijo:
-Si, por ventura, señores peregrinos, lleváis en este repuesto
alguna conserva de regalo, que yo creo que sí debéis de
llevar, porque vuestra gallarda presencia, más de caballeros ricos
que de pobres peregrinos os señala; si la lleváis, dádmela,
para socorrer con ella a un desmayado muchacho que va en aquel carro,
condenado a galeras por dos años, con otros doce soldados, que,
por haberse hallado en la muerte de un conde los días pasados,
van condenados al remo, y sus capitanes, por más culpados, creo
que están sentenciados a degollar en la corte.
No pudo tener a esta razón las lágrimas la hermosa Costanza,
porque en ella se le representó la muerte de su breve esposo; pero,
pudiendo más su cristiandad que el deseo de su venganza, acudió
al bagaje y sacó una caja de conserva, y, acudiendo al carro, preguntó:
-¿Quién es aquí el desmayado?
A lo que respondió uno de los soldados:
-Allí va echado en aquel rincón, untado el rostro con el
sebo del timón del carro, porque no quiere que parezca hermosa
la muerte, cuando él se muera, que será bien presto, según
está pertinaz en no querer comer bocado.
A estas razones alzó el rostro el untado mozo, y, alzándose
de la frente un roto sombrero que toda se la cubría, se mostró
feo y sucio a los ojos de Constanza; y, alargando la mano para tomar la
caja, la tomó diciendo:
-¡Dios os lo pague, señora!
Volvió a encajar el sombrero, y volvió a su melancolía
y a arrinconarse en el rincón donde esperaba la muerte. Otras algunas
razones pasaron los peregrinos con las guardas del carro, que se acabaron
con apartarse por diferentes caminos.
De allí a algunos días, llegó nuestro hermoso escuadrón
a un lugar de moriscos, que estaba puesto como una legua de la marina,
en el reino de Valencia. Hallaron en él, no mesón en que
albergarse, sino todas las casas del lugar con agradable hospicio los
convidaban. Viendo lo cual Antonio, dijo:
-Yo no sé quién dice mal desta gente, que todos me parecen
unos santos.
-Con palmas -dijo Periandro- recibieron al Señor en Jerusalén
los mismos que de allí a pocos días le pusieron en una cruz.
Agora bien, a Dios y a la ventura, como decirse suele, acetemos el convite
que nos hace este buen viejo, que con su casa nos convida.
Y era así verdad, que un anciano morisco, casi por fuerza, asiéndolos
por las esclavinas, los metió en casa, y dio muestras de agasajarlos,
no morisca, sino cristianamente.
Salió a servirlos una hija suya, vestida en traje morisco, y en
él tan hermosa que las más gallardas cristianas tuvieran
a ventura el parecerla: que en las gracias que naturaleza reparte, tan
bien suele favorecer a las bárbaras de Citia como a las ciudadanas
de Toledo. Ésta, pues, hermosa y mora, en lengua aljamiada, asiendo
a Costanza y a Auristela de las manos, se encerró con ellas en
una sala baja, y, estando solas, sin soltarles las manos, recatadamente
miró a todas partes, temerosa de ser escuchada; y, después
que hubo asegurado el miedo que mostraba, las dijo:
-¡Ay, señoras, y cómo habéis venido como mansas
y simples ovejas al matadero! ¿Veis este viejo, que con vergüenza
digo que es mi padre, veisle tan agasajador vuestro? Pues sabed que no
pretende otra cosa sino ser vuestro verdugo. Esta noche se han de llevar
en peso, si así se puede decir, diez y seis bajeles de cosarios
berberiscos a toda la gente de este lugar con todas sus haciendas, sin
dejar en él cosa que les mueva a volver a buscarla. Piensan estos
desventurados que en Berbería está el gusto de sus cuerpos
y la salvación de sus almas, sin advertir que, de muchos pueblos
que allá se han pasado casi enteros, ninguno hay que dé
otras nuevas sino de arrepentimiento, el cual les viene juntamente con
las quejas de su daño. Los moros de Berbería pregonan glorias
de aquella tierra, al sabor de las cuales corren los moriscos de ésta,
y dan en los lazos de su desventura. Si queréis estorbar la vuestra
y conservar la libertad en que vuestros padres os engendraron, salid luego
de esta casa, y acogedos a la iglesia, que en ella hallaréis quien
os ampare, que es el cura; que sólo él y el escribano son
en este lugar cristianos viejos. Hallaréis también allí
al jadraque Jarife, que es un tío mío, moro sólo
en el nombre, y en las obras cristiano. Contaldes lo que pasa, y decid
que os lo dijo Rafala, que con esto seréis creídos y amparados;
y no lo echéis en burla, si no queréis que las veras os
desengañen a vuestra costa; que no hay mayor engaño que
venir el desengaño tarde.
El susto, las acciones, con que Rafala esto decía, se asentó
en las almas de Auristela y de Constanza, de manera que fue creída
y no le respondieron otra cosa que fuese más que agradecimientos.
Llamaron luego a Periandro y a Antonio, y, contándoles lo que pasaba,
sin tomar ocasión aparente, se salieron de la casa con todo lo
que tenían. Bartolomé, que quisiera más descansar
que mudar de posada, pesóle de la mudanza; pero en efeto obedeció
a sus señores. Llegaron a la iglesia, donde fueron bien recebidos
del cura y del jadraque, a quien contaron lo que Rafala les había
dicho.
El cura dijo:
-Muchos días ha, señores, que nos dan sobresalto con la
venida de esos bajeles de Berbería, y, aunque es costumbre suya
hacer estas entradas, la tardanza de ésta me tenía ya algo
descuidado. Entrad, hijos, que buena torre tenemos y buenas y ferradas
puertas la iglesia: que, si no es muy de propósito, no pueden ser
derribadas ni abrasadas.
-¡Ay -dijo a esta sazón el jadraque-, si han de ver mis ojos,
antes que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas que la
oprimen! ¡Ay, cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado
un abuelo mío, famoso en el astrología, donde se verá
España de todas partes entera y maciza en la religión cristiana,
que ella sola es el rincón del mundo donde está recogida
y venerada la verdadera verdad de Cristo! Morisco soy, señores,
y ojalá que negarlo pudiera, pero no por esto dejo de ser cristiano;
que las divinas gracias las da Dios a quien Él es servido, el cual
tiene por costumbre, como vosotros mejor sabéis, de hacer salir
su sol sobre los buenos y los malos, y llover sobre los justos y los injustos.
Digo, pues, que este mi abuelo dejó dicho que, cerca de estos tiempos,
reinaría en España un rey de la casa de Austria, en cuyo
ánimo cabría la dificultosa resolución de desterrar
los moriscos de ella, bien así como el que arroja de su seno la
serpiente que le está royendo las entrañas, o bien así
como quien aparta la neguilla del trigo, o escarda o arranca la mala yerba
de los sembrados. Ven ya, ¡oh venturoso mozo y rey prudente!, y
pon en ejecución el gallardo decreto de este destierro, sin que
se te oponga el temor que ha de quedar esta tierra desierta y sin gente,
y el de que no será bien la que en efeto está en ella bautizada;
que, aunque éstos sean temores de consideración, el efeto
de tan grande obra los hará vanos, mostrando la esperiencia dentro
de poco tiempo, que, con los nuevos cristianos viejos que esta tierra
se poblare, se volverá a fertilizar y a poner en mucho mejor punto
que agora tiene. Tendrán sus señores, si no tantos y tan
humildes vasallos, serán los que tuvieren católicos, con
cuyo amparo estarán estos caminos seguros, y la paz podrá
llevar en las manos las riquezas, sin que los salteadores se las lleven.
Esto dicho, cerraron bien las puertas, fortaleciéronlas con los
bancos de los asientos, subiéronse a la torre, alzaron una escalera
levadiza, llevóse el cura consigo el Santísimo Sacramento
en su relicario, proveyéronse de piedras, armaron dos escopetas,
dejó el bagaje mondo y desnudo a la puerta de la iglesia Bartolomé
el mozo, y encerróse con sus amos; y todos con ojo alerta, y manos
listas y con ánimos determinados, estuvieron esperando el asalto,
de quien avisados estaban por la hija del morisco.
Pasó la media noche, que la midió por las estrellas el cura;
tendía los ojos por todo el mar que desde allí se parecía,
y no había nube que con la luz de la luna se pareciese, que no
pensase sino que fuesen los bajeles turquescos, y, aguijando a las campanas,
comenzó a repicallas tan apriesa y tan recio que todos aquellos
valles y todas aquellas riberas retumbaban, a cuyo son los atajadores
de aquellas marinas se juntaron y las corrieron todas; pero no aprovechó
su diligencia para que los bajeles no llegasen a la ribera y echasen la
gente en tierra.
La del lugar, que los esperaba cargados con sus más ricas y mejores
alhajas, adonde fueron recebidos de los turcos con grande grande grita
y algazara, al son de muchas dulzainas y de otros instrumentos, que, puesto
que eran bélicos, eran regocijados; pegaron fuego al lugar, y asimismo
a las puertas de la iglesia, no para esperar a entrarla, sino por hacer
el mal que pudiesen; dejaron a Bartolomé a pie, porque le dejarretaron
el bagaje; derribaron una cruz de piedra que estaba a la salida del pueblo,
llamando a grandes voces el nombre de Mahoma; se entregaron a los turcos,
ladrones pacíficos y deshonestos públicos.
Desde la lengua del agua, como dicen, comenzaron a sentir la pobreza que
les amenazaba su mudanza, y la deshonra en que ponían a sus mujeres
y a sus hijos. Muchas veces, y quizá algunas no en vano, dispararon
Antonio y Periandro las escopetas; muchas piedras arrojó Bartolomé,
y todas a la parte donde había dejado el bagaje, y muchas flechas
el jadraque; pero muchas más lágrimas echaron Auristela
y Constanza, pidiendo a Dios, que presente tenían, que de tan manifiesto
peligro los librase, y ansimismo que no ofendiese el fuego a su templo,
el cual no ardió, no por milagro, sino porque las puertas eran
de hierro y porque fue poco el fuego que se les aplicó.
Poco faltaba para llegar el día, cuando los bajeles, cargados con
la presa, se hicieron al mar, alzando regocijados lilíes y tocando
infinitos atabales y dulzainas, y en esto vieron venir dos personas corriendo
hacia la iglesia, la una de la parte de la marina, y la otra de la de
la tierra, que, llegando cerca, conoció el jadraque que la una
era su sobrina Rafala, que, con una cruz de caña en las manos,
venía diciendo a voces:
-¡Cristiana, cristiana y libre, y libre por la gracia y misericordia
de Dios!
La otra conocieron ser el escribano, que acaso aquella noche estaba fuera
del lugar, y al son del arma de las campanas venía a ver el suceso,
que lloró, no por la pérdida de sus hijos y de su mujer,
que allí no los tenía, sino por la de su casa, que halló
robada y abrasada.
Dejaron entrar el día, y que los bajeles se alargasen y que los
atajadores tuviesen lugar de asegurar la costa, y entonces bajaron de
la torre y abrieron la iglesia, donde entró Rafala, bañado
con alegres lágrimas el rostro, y, acrecentando con su sobresalto
su hermosura, hizo oración a las imágenes, y luego se abrazó
con su tío, besando primero las manos al cura. El escribano ni
adoró, ni besó las manos a nadie, porque le tenía
ocupada el alma el sentimiento de la pérdida de su hacienda.
Pasó el sobresalto, volvieron los espíritus de los retraídos
a su lugar, y el jadraque, cobrando aliento nuevo, volviendo a pensar
en la profecía de su abuelo, casi como lleno de celestial espíritu,
dijo:
-¡Ea, mancebo generoso! ¡Ea, rey invencible! ¡Atropella,
rompe, desbarata todo género de inconvenientes y déjanos
a España tersa, limpia y desembarazada desta mi mala casta, que
tanto la asombra y menoscaba! ¡Ea, consejero tan prudente como ilustre,
nuevo Atlante del peso de esta Monarquía, ayuda y facilita con
tus consejos a esta necesaria transmigración; llénense estos
mares de tus galeras cargadas del inútil peso de la generación
agarena; vayan arrojadas a las contrarias riberas las zarzas, las malezas
y las otras yerbas que estorban el crecimiento de la fertilidad y abundancia
cristiana! Que si los pocos hebreos que pasaron a Egipto multiplicaron
tanto, que en su salida se contaron más de seiscientas mil familias,
¿qué se podrá temer de éstos, que son más
y viven más holgadamente? No los esquilman las religiones, no los
entresacan las Indias, no los quintan las guerras; todos se casan, todos
o los más engendran, de do se sigue y se infiere que su multiplicación
y aumento ha de ser innumerable. ¡Ea, pues, vuelvo a decir; vayan,
vayan, señor, y deja la taza de tu reino resplandeciente como el
sol y hermosa como el cielo!
Dos días estuvieron en aquel lugar los peregrinos, volviendo a
enterarse en lo que les faltaba, y Bartolomé se acomodó
de bagaje. Los peregrinos agradecieron al cura su buen acogimiento, y
alabaron los buenos pensamientos del jadraque, y, abrazando a Rafala,
se despidieron de todos y siguieron su camino.
CAPÍTULO
DOCE DEL TERCERO LIBRO
En el cual
se fueron entreteniendo en contar el pasado peligro, el buen ánimo
del jadraque, la valentía del cura, el celo de Rafala, de la cual
se les olvidó de saber cómo se había escapado de
poder de los turcos que asaltaron la tierra, aunque bien consideraron
que con el alboroto, ella se habría escondido en parte que tuviese
lugar después de volver a cumplir su deseo, que era de vivir y
morir cristiana.
Cerca de Valencia llegaron, en la cual no quisieron entrar por escusar
las ocasiones del detenerse; pero no faltó quien les dijo la grandeza
de su sitio, la excelencia de sus moradores, la amenidad de sus contornos,
y, finalmente, todo aquello que la hace hermosa y rica sobre todas las
ciudades, no sólo de España, sino de toda Europa; y principalmente
les alabaron la hermosura de las mujeres y su estremada limpieza y graciosa
lengua, con quien sola la portuguesa puede competir en ser dulce y agradable.
Determinaron de alargar sus jornadas, aunque fuese a costa de su cansancio,
por llegar a Barcelona, adonde tenían noticia habían de
tocar unas galeras, en quien pensaban embarcarse, sin tocar en Francia,
hasta Génova. Y, al salir de Villarreal, hermosa y amenísima
villa, de través, dentre una espesura de árboles, les salió
al encuentro una zagala o pastora valenciana, vestida a lo del campo,
limpia como el sol, y hermosa como él y como la luna, la cual,
en su graciosa lengua, sin hablarles alguna palabra primero, y sin hacerles
ceremonia de comedimiento alguno, dijo:
-¿Señores, pedirlos he o darlos he?
A lo que respondió Periandro:
-Hermosa zagala, si son celos, ni los pidas ni los des, porque si los
pides, menoscabas tu estimación, y si los das, tu crédito;
y si es que el que te ama tiene entendimiento, conociendo tu valor, te
estimará y querrá bien, y si no le tiene, ¿para qué
quieres que te quiera?
-Bien has dicho -respondió la villana.
Y, diciendo adiós, volvió las espaldas y se entró
en la espesura de los árboles, dejándolos admirados con
su pregunta, con su presteza y con su hermosura.
Otras algunas cosas les sucedieron en el camino de Barcelona, no de tanta
importancia que merezcan escritura, si no fue el ver desde lejos las santísimas
montañas de Monserrate, que adoraron con devoción cristiana,
sin querer subir a ellas, por no detenerse.
Llegaron a Barcelona a tiempo cuando llegaban a su playa cuatro galeras
españolas, que, disparando y haciendo salva a la ciudad con gruesa
artillería, arrojaron cuatro esquifes al agua, el uno de ellos
adornado con ricas alcatifas de Levante y cojines de carmesí, en
el cual venía, como después pareció, una hermosa
mujer de poca edad, ricamente vestida, con otra señora anciana
y dos doncellas hermosas y honestamente aderezadas.
Salió infinita gente de la ciudad, como es costumbre, ansí
a ver las galeras como a la gente que de ellas desembarcaba, y la curiosidad
de nuestros peregrinos llegó tan cerca de los esquifes, que casi
pudieran dar la mano a la dama que de ellos desembarcaba, la cual, poniendo
los ojos en todos, especialmente en Constanza, después de haber
desembarcado, dijo:
-Llegaos acá, hermosa peregrina, que os quiero llevar conmigo a
la ciudad, donde pienso pagaros una deuda que os debo, de quien vos creo
que tenéis poca noticia; vengan asimismo vuestras camaradas, porque
no ha de haber cosa que obligue a dejar tan buena compañía.
La vuestra, a lo que se vee -respondió Constanza-, es de tanta
importancia, que carecería de entendimiento quien no la acetase.
Vamos donde quisiéredes, que mis camaradas me seguirán,
que no están acostumbrados a dejarme.
Asió la señora de la mano a Constanza, y, acompañada
de muchos caballeros que salieron de la ciudad a recebirla, y de otra
gente principal de las galeras, se encaminaron a la ciudad, en cuyo espacio
de camino Constanza no quitaba los ojos de ella, sin poder reducir a la
memoria haberla visto en tiempo alguno.
Aposentáronla en una casa principal, a ella y a las que con ella
desembarcaron, y no fue posible que dejase ir a los peregrinos a otra
parte; con los cuales, así como tuvo comodidad para ello, pasó
esta plática:
-«Sacaros quiero, señores, de la admiración en que,
sin duda, os debe tener el ver que con particular cuidado procuro serviros;
y así, os digo que a mí me llaman Ambrosia Agustina, cuyo
nacimiento fue en una ciudad de Aragón, y cuyo hermano es don Bernardo
Agustín, cuatralbo de estas galeras que están en la playa.
Contarino de Arbolánchez, caballero del hábito de Alcántara,
en ausencia de mi hermano, y a hurto del recato de mis parientes, se enamoró
de mí; y yo, llevada de mi estrella, o por mejor decir, de mi fácil
condición, viendo que no perdía nada en ello, con título
de esposa, le hice señor de mi persona y de mis pensamientos; y
el mismo día que le di la mano, recibió él, de la
de su Majestad, una carta, en que le mandaba viniese luego al punto a
conducir un tercio que bajaba de Lombardía a Génova, de
infantería española, a la isla de Malta, sobre la cual se
pensaba bajaba el turco. Obedeció Contarino con tanta puntualidad
lo que se le mandaba, que no quiso coger los frutos del matrimonio con
sobresalto, y, sin tener cuenta con mis lágrimas, el recebir la
carta y el partirse todo fue uno. Parecióme que el cielo se había
caído sobre mí, y que entre él y la tierra me habían
apretado el corazón y cogido el alma.
»Pocos días pasaron cuando, añadiendo yo imaginaciones
a imaginaciones y deseos a deseos, vine a poner en efeto uno, cuyo cumplimiento,
así como me quitó la honra por entonces, pudiera también
quitarme la vida. Ausentéme de mi casa, sin sabiduría de
ninguno de ella, y, en hábitos de hombre, que fueron los que tomé
de un pajecillo, asenté por criado de un atambor de una compañía
que estaba en un lugar, pienso que ocho leguas del mío. En pocos
días toqué la caja tan bien como mi amo; aprendí
a ser chocarrero, como lo son los que usan tal oficio; juntóse
otra compañía con la nuestra, y ambas a dos se encaminaron
a Cartagena a embarcarse en estas cuatro galeras de mi hermano, en las
cuales fue mi disinio pasar a Italia a buscar a mi esposo, de cuya noble
condición esperé que no afearía mi atrevimiento,
ni culparía mi deseo, el cual me tenía tan ciega que no
reparé en el peligro a que me ponía de ser conocida, si
me embarcaba en las galeras de mi hermano. Mas, como los pechos enamorados
no hay inconvenientes que no atropellen, ni dificultades por quien no
rompan, ni temores que se le opongan, toda escabrosidad hice llana, venciendo
miedos y esperando aun en la misma desesperación; pero, como los
sucesos de las cosas hacen mudar los primeros intentos en ellas, el mío,
más mal pensado que fundado, me puso en el término que agora
oiréis.
»Los soldados de las compañías de aquellos capitanes
que os he dicho trabaron una cruel pendencia con la gente de un pueblo
de la Mancha, sobre los alojamientos, de la cual salió herido de
muerte un caballero que decían ser conde de no sé qué
estado. Vino un pesquisidor de la corte, prendió los capitanes,
descarreáronse los soldados, y, con todo eso, prendió a
algunos, y entre ellos a mí, desdichada, que ninguna culpa tenía;
condenólos a galeras por dos años al remo; y a mí
también, como por añadidura, me tocó la misma suerte.
En vano me lamenté de mi desventura, viendo cuán en vano
se habían fabricado mis disinios. Quisiera darme la muerte, pero
el temor de ir a otra peor vida me embotó el cuchillo en la mano
y me quitó la soga del cuello; lo que hice fue enlodarme el rostro,
afeándole cuanto pude, y encerréme en un carro donde nos
metieron, con intención de llorar tanto y de comer tan poco, que
las lágrimas y la hambre hiciesen lo que la soga y el hierro no
habían hecho. Llegamos a Cartagena, donde aún no habían
llegado las galeras; pusiéronnos en la casa del rey bien guardados,
y allí estuvimos, no esperando, sino temiendo nuestra desgracia.
No sé, señores, si os acordaréis de un carro que
topasteis junto a una venta, en el cual esta hermosa peregrina -señalando
a Constanza- socorrió con una caja de conserva a un desmayado delincuente.»
-Sí acuerdo -respondió Constanza.
-Pues sabed que yo era -dijo la señora Ambrosia- el que socorristeis.
Por entre las esteras del carro os miré a todos, y me admiré
de todos, porque vuestra gallarda disposición no puede dejar de
admirar, si se mira.
-«En efeto, las galeras llegaron con la presa de un bergantín
de moros que las dos habían tomado en el camino; el mismo día
aherrojaron en ellas a los soldados, desnudándolos del traje que
traían y vistiéndoles el de remeros: transformación
triste y dolorosa, pero llevadera; que la pena que no acaba la vida, la
costumbre de padecerla la hace fácil. Llegaron a mí para
desnudarme; hizo el cómitre que me lavasen el rostro, porque yo
no tenía aliento para levantar los brazos; miróme el barbero
que limpia la chusma y dijo: ''Pocas navajas gastaré yo con esta
barba; no sé yo para qué nos envían acá a
este muchacho de alfeñique, como si fuesen nuestras galeras de
melcocha y sus remeros de alcorza. Y ¿qué culpas cometiste
tú, rapaz, que mereciesen esta pena? Sin duda alguna, creo que
el raudal y corriente de otros ajenos delitos te han conducido a este
término''. Y, encaminando su plática al cómitre,
le dijo: ''En verdad, patrón, que me parece que sería bien
dejar a que sirviese este muchacho en la popa a nuestro general con una
manilla al pie, porque no vale para el remo dos ardites''.
»Estas pláticas y la consideración de mi suceso, que
parece que entonces se estremó en apretarme el alma, me apretó
el corazón de manera que me desmayé y quedé como
muerta. Dicen que volví en mí a cabo de cuatro horas, en
el cual tiempo se me hicieron muchos remedios para que volviese; y lo
que más sintiera yo, si tuviera sentido, fue que debieron de enterarse
que yo no era varón, sino hembra. Volví de mi parasismo,
y lo primero con quien topó la vista fue con los rostros de mi
hermano y de mi esposo, que entre sus brazos me tenían. No sé
yo cómo en aquel punto la sombra de la muerte no cubrió
mis ojos; no sé yo cómo la lengua no se me pegó al
paladar; sólo sé que no supe lo que me dije, aunque sentí
que mi hermano dijo: ''¿Qué traje es éste, hermana
mía?'' Y mi esposo dijo: ''¿Qué mudanza es ésta,
mitad de mi alma, que si tu bondad no estuviera tan de parte de tu honra,
yo hiciera luego que trocaras este traje con el de la mortaja?'' ''¿Vuestra
esposa es ésta? -dijo mi hermano a mi esposo-. Tan nuevo me parece
este suceso, como me parece el de verla a ella en este traje; verdad es
que, si esto es verdad, bastante recompensa sería a la pena que
me causa el ver así a mi hermana''.
»A este punto, habiendo yo recobrado parte de mis perdidos espíritus,
me acuerdo que dije: ''Hermano mío, yo soy Ambrosia Agustina, tu
hermana, y soy ansimismo la esposa del señor Contarino de Arbolánchez.
El amor y tu ausencia, ¡oh hermano!, me le dieron por marido, el
cual, sin gozarme, me dejó; yo, atrevida, arrojada y mal considerada,
en este traje que me veis le vine a buscar''. Y con esto les conté
toda la historia que de mí habéis oído, y mi suerte,
que por puntos se iba, a más andar, mejorando, hizo que me diesen
crédito y me tuviesen lástima. Contáronme cómo
a mi esposo le habían cautivado moros con una de dos chalupas,
donde se había embarcado para ir a Génova, y que el cobrar
la libertad había sido el día antes al anochecer, sin que
le diese lugar el tiempo de haberse visto con mi hermano, sino al punto
que me halló desmayada: suceso cuya novedad le podía quitar
el crédito, pero todo es así como lo he dicho. En estas
galeras pasaba esta señora que viene conmigo y con estas sus dos
nietas a Italia, donde su hijo, en Sicilia, tiene el patrimonio real a
su cargo. Vistiéronme estos que traigo, que son sus vestidos, y
mi marido y mi hermano, alegres y contentos, nos han sacado hoy a tierra
para espaciarnos, y para que los muchos amigos que tienen en esta ciudad
se alegren con ellos. Si vosotros, señores, vais a Roma, yo haré
que mi hermano os ponga en el más cercano puerto de ella. La caja
de conserva os la pagaré con llevaros en la mía hasta adonde
mejor os esté; y, cuando yo no pasara a Italia, en fee de mi ruego
os llevará mi hermano.» Ésta es, amigos míos,
mi historia: si se os hiciere dura de creer, no me maravillaría,
puesto que la verdad bien puede enfermar, pero no morir del todo. Y, pues
que comúnmente se dice que el creer es cortesía, en la vuestra,
que debe de ser mucha, deposito mi crédito.
Aquí dio fin la hermosa Agustina a su razonamiento, y aquí
comenzó la admiración de los oyentes a subirse de punto;
aquí comenzaron a desmenuzarse las circunstancias del caso, y también
los abrazos de Constanza y Auristela que a la bella Ambrosia dieron, la
cual, por ser así voluntad de su marido, hubo de volverse a su
tierra, porque, por hermosa que sea, es embarazosa la compañía
de la mujer en la guerra.
Aquella noche se alteró el mar de modo que fue forzoso alargarse
las galeras de la playa, que en aquella parte es de contino mal segura.
Los corteses catalanes, gente enojada, terrible y pacífica, suave;
gente que con facilidad da la vida por la honra, y por defenderlas entrambas
se adelantan a sí mismos, que es como adelantarse a todas las naciones
del mundo, visitaron y regalaron todo lo posible a la señora Ambrosia
Agustina, a quien dieron las gracias, después que volvieron, su
hermano y su esposo.
Auristela, escarmentada con tantas esperiencias como había hecho
de las borrascas del mar, no quiso embarcarse en las galeras, sino irse
por Francia, pues estaba pacífica.
Ambrosia se volvió a Aragón. Las galeras siguieron su viaje,
y los peregrinos el suyo, entrándose por Perpiñán
en Francia.
CAPÍTULO
TRECE DEL TERCERO LIBRO
Por la parte
de Perpiñán quiso tocar la primera de Francia nuestra escuadra,
a quien dio que hablar el suceso de Ambrosia muchos días, en la
cual fueron disculpa sus pocos años de sus muchos yerros, y juntamente
halló en el amor que a su esposo tenía perdón de
su atrevimiento. En fin, ella se volvió, como queda dicho, a su
patria. Las galeras siguieron su viaje, y el suyo nuestros peregrinos,
los cuales, llegando a Perpiñán, pararon en un mesón,
a cuya gran puerta estaba puesta una mesa y alrededor de ella mucha gente,
mirando jugar a dos hombres a los dados, sin que otro alguno jugase.
Parecióles a los peregrinos ser novedad que mirasen tantos y jugasen
tan pocos. Preguntó Periandro la causa, y fuele respondido que,
de los que jugaban, el perdidoso perdía la libertad, y se hacía
prenda del rey para bogar el remo seis meses; y el que ganaba, ganaba
veinte ducados que los ministros del rey habían dado al perdidoso
para que probase en el juego su ventura.
Uno de los dos que jugaba la probó, y no le supo bien, porque la
perdió, y al momento le pusieron en una cadena; y al que la ganó,
le quitaron otra que para seguridad de que no huiría, si perdía,
le tenían puesta: ¡miserable juego y miserable suerte, donde
no son iguales la pérdida y la ganancia!
Estando en esto, vieron llegar al mesón gran golpe de gente, entre
la cual venía un hombre, en cuerpo, de gentil parecer, rodeado
de cinco o seis criaturas, de edad de cuatro a siete años; venía
junto a él una mujer amargamente llorando, con un lienzo de dineros
en la mano, la cual, con lastimada voz, venía diciendo:
-Tomad, señores, vuestros dineros, y volvedme a mi marido, pues
no el vicio, sino la necesidad, le hizo tomar este dinero. Él no
se ha jugado, sino vendido, porque quiere a costa de su trabajo sustentarme
a mí y a sus hijos: ¡amargo sustento y amarga comida para
mí y para ellos!
-Callad, señora -dijo el hombre-, y gastad ese dinero, que yo le
desquitaré con la fuerza de mis brazos, que todavía se amañarán
antes a domeñar un remo que un azadón; no quise ponerme
en aventura de perderlos, jugándolos, por no perder, juntamente
con mi libertad, vuestro sustento.
Casi no dejaba oír el llanto de los muchachos esta dolorida plática
que entre marido y mujer pasaba. Los ministros que le traían les
dijeron que enjugasen las lágrimas, que si lloraran cuantas cabían
en el mar, no serían bastantes a darle la libertad que había
perdido.
Prevalecían en su llanto los muchachos, diciendo a su padre:
-Señor, no nos deje, porque nos moriremos todos si se va.
El nuevo y estraño caso enterneció las entrañas de
nuestros peregrinos, especialmente las de la tesorera Constanza, y todos
se movieron a rogar a los ministros de aquel cargo fuesen contentos de
tomar su dinero, haciendo cuenta que aquel hombre no había sido
en el mundo, y que les conmoviese a no dejar viuda a una mujer, ni huérfanos
a tantos niños. En fin, tanto supieron decir, y tanto quisieron
rogar, que el dinero volvió a poder de sus dueños, y la
mujer cobró su marido y los niños a su padre.
La hermosa Constanza, rica después de condesa, más cristiana
que bárbara, con parecer de su hermano Antonio, dio a los pobres
perdidos, con que se cobraron, cincuenta escudos de oro; y así,
se volvieron tan contentos como libres, agradeciendo al cielo y a los
peregrinos la tan no vista como no esperada limosna.
Otro día pisaron la tierra de Francia, y, pasando por Lenguadoc,
entraron en la Provenza, donde en otro mesón hallaron tres damas
francesas de tan estremada hermosura que, a no ser Auristela en el mundo,
pudieran aspirar a la palma de la belleza. Parecían señoras
de grande estado, según el aparato con que se servían; las
cuales, viendo los peregrinos, así les admiró la gallardía
de Periandro y de Antonio como la sin igual belleza de Auristela y de
Costanza. Llegáronlas a sí, y habláronlas con alegre
rostro y cortés comedimiento; preguntáronlas quién
eran, en lengua castellana, porque conocieron ser españolas las
peregrinas, y en Francia ni varón ni mujer deja de aprender la
lengua castellana.
En tanto que las señoras esperaban la respuesta de Auristela, a
quien se encaminaban sus preguntas, se desvió Periandro a hablar
con un criado, que le pareció ser de las ilustres francesas; preguntóle
quién eran y adónde iban, y él le respondió,
diciendo:
-El duque de Nemurs, que es uno de los que llaman "de la sangre"
en este reino, es un caballero bizarro y muy discreto, pero muy amigo
de su gusto. Es recién heredado, y ha prosupuesto de no casarse
por ajena voluntad, sino por la suya, aunque se le ofrezca aumento de
estado y de hacienda, y aunque vaya contra el mandamiento de su rey; porque
dice que los reyes bien pueden dar la mujer a quien quisieren de sus vasallos,
pero no el gusto de recebilla. Con esta fantasía, locura o discreción,
o como mejor debe llamarse, ha enviado a algunos criados suyos a diversas
partes de Francia a buscar alguna mujer que, después de ser principal,
sea hermosa, para casarse con ella, sin que reparen en hacienda, porque
él se contenta con que la dote sea su calidad y su hermosura. Supo
la de estas tres señoras, y envióme a mí, que le
sirvo, para que las viese y las hiciese retratar de un famoso pintor que
envió conmigo. Todas tres son libres, y todas de poca edad, como
habéis visto; la mayor, que se llama Deleasir, es discreta en estremo,
pero pobre; la mediana, que Belarminia se llama, es bizarra y de gran
donaire, y rica medianamente; la más pequeña, cuyo nombre
es Feliz Flora, hace gran ventaja a las dos en ser rica. Ellas también
han sabido el deseo del duque, y querrían, según a mí
se me ha traslucido, ser cada una la venturosa de alcanzarle por esposo;
y, con ocasión de ir a Roma a ganar el jubileo de este año,
que es como el centésimo que se usaba, han salido de su tierra
y quieren pasar por París y verse con el duque, fiadas en el quizá
que trae consigo la buena esperanza. Pero después, señores
peregrinos, que aquí entrastes, he determinado de llevar un presente
a mi amo que borre del pensamiento todas y cualesquier esperanzas que
estas señoras en el suyo hubieren fabricado; porque le pienso llevar
el retrato de esta vuestra peregrina, única y general señora
de la humana belleza; y si ella fuese tan principal como es hermosa, los
criados de mi amo no tendrían más que hacer, ni el duque
más que desear. Decidme, por vida vuestra, señor, si es
casada esta peregrina, cómo se llama y qué padres la engendraron.
A lo que, temblando, respondió Periandro:
-Su nombre es Auristela, su viaje a Roma, sus padres nunca ella los ha
dicho; y de que sea libre os aseguro, porque lo sé sin duda alguna;
pero hay otra cosa en ello: que es tan libre y tan señora de su
voluntad, que no la rendirá a ningún príncipe de
la tierra, porque dice que la tiene rendida al que lo es del cielo. Y,
para enteraros en que sepáis ser verdad todo lo que os he dicho,
sabed que yo soy su hermano y el que sabe lo escondido de sus pensamientos;
así que no os servirá de nada el retratalla, sino de alborotar
el ánimo de vuestro señor, si acaso quisiese atropellar
por el inconveniente de la bajeza de mis padres.
-Con todo eso -respondió el otro-, tengo de llevar su retrato,
siquiera por curiosidad y porque se dilate por Francia este nuevo milagro
de hermosura.
Con esto se despidieron, y Periandro quiso partirse luego de aquel lugar,
por no dársele al pintor para retratar a Auristela. Bartolomé
volvió luego a aderezar el bagaje y a no estar bien con Periandro,
por la priesa que daba a la partida.
El criado del duque, viendo que Periandro quería partirse luego,
se llegó a él y le dijo:
-Bien quisiera, señor, rogaros que os detuviérades un poco
en este lugar, siquiera hasta la noche, porque mi pintor con comodidad
y de espacio pudiera sacar el retrato del rostro de vuestra hermana; pero
bien os podéis ir a la paz de Dios, porque el pintor me ha dicho
que, de sola una vez que la ha visto, la tiene tan aprehendida en la imaginación,
que la pintará a sus solas tan bien como si siempre la estuviera
mirando.
Maldijo Periandro entre sí la rara habilidad del pintor; pero no
dejó por esto de partirse, despidiéndose luego de las tres
gallardas francesas, que abrazaron a Auristela y a Constanza estrechamente
y les ofrecieron de llevarlas hasta Roma en su compañía,
si dello gustaban.
Auristela se lo agradeció con las más corteses palabras
que supo, diciéndoles que su voluntad obedecía a la de su
hermano Periandro, y que así, no podían detenerse ella ni
Cons[tan]za, pues Antonio, hermano de Constanza, y el suyo se iban.
Y, con esto, se partieron, y de allí a seis días llegaron
a un lugar de la Provenza, donde les sucedió lo que se dirá
en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO
CATORCE DEL TERCERO LIBRO
La historia,
la poesía y la pintura simbolizan entre sí, y se parecen
tanto que, cuando escribes historia, pintas, y cuando pintas, compones.
No siempre va en un mismo peso la historia, ni la pintura pinta cosas
grandes y magníficas, ni la poesía conversa siempre por
los cielos. Bajezas admite la historia; la pintura, hierbas y retamas
en sus cuadros; y la poesía tal vez se realza cantando cosas humildes.
Esta verdad nos la muestra bien Bartolomé, bagajero del escuadrón
peregrino: el tal, tal vez habla y es escuchado en nuestra historia. Éste,
revolviendo en su imaginación el cuento del que vendió su
libertad por sustentar a sus hijos, una vez dijo, hablando con Periandro:
-Grande debe de ser, señor, la fuerza que obliga a los padres a
sustentar a sus hijos; si no, dígalo aquel hombre que no quiso
jugarse por no perderse, sino empeñarse por sustentar a su pobre
familia. La libertad, según yo he oído decir, no debe de
ser vendida por ningún dinero, y éste la vendió por
tan poco, que lo llevaba la mujer en la mano. Acuérdome también
de haber oído decir a mis mayores que, llevando a ahorcar a un
hombre anciano, y ayudándole los sacerdotes a bien morir, les dijo:
-Vuesas mercedes se sosieguen, y déjenme morir de espacio, que,
aunque es terrible este paso en que me veo, muchas veces me he visto en
otros más terribles.
Preguntáronle cuáles eran.
Respondióles que el amanecer Dios, y el rodealle seis hijos pequeños
pidiéndole pan y no teniéndolo para dárselo; ''la
cual necesidad me puso la ganzúa en la mano y fieltros en los pies,
con que facilité mis hurtos, no viciosos, sino necesitados''. Estas
razones llegaron a los oídos del señor que le había
sentenciado al suplicio, que fueron parte para volver la justicia en misericordia
y la culpa en gracia.
A lo que respondió Periandro:
-El hacer el padre por su hijo es hacer por sí mismo, porque mi
hijo es otro yo, en el cual se dilata y se continúa el ser del
padre; y, así como es cosa natural y forzosa el hacer cada uno
por sí mismo, así lo es el hacer por sus hijos. Lo que no
es tan natural ni tan forzoso hacer los hijos por los padres, porque el
amor que el padre tiene a su hijo deciende, y el decender es caminar sin
trabajo; y el amor del hijo con el padre aciende y sube, que es caminar
cuesta arriba, de donde ha nacido aquel refrán: "un padre
para cien hijos, antes que cien hijos para un padre".
Con estas pláticas y otras entretenían el camino por Francia,
la cual es tan poblada, tan llana y apacible, que a cada paso se hallan
casas de placer, adonde los señores de ellas están casi
todo el año, sin que se les dé algo por estar en las villas
ni en las ciudades.
A una de éstas llegaron nuestros viandantes, que estaba un poco
desviada del camino real. Era la hora de mediodía, herían
los rayos del sol derechamente a la tierra, entraba el calor, y la sombra
de una gran torre de la casa les convidó que allí esperasen
a pasar la siesta, que con calor riguroso amenazaba.
El solícito Bartolomé desembarazó el bagaje, y, tendiendo
un tapete en el suelo, se sentaron todos a la redonda, y de los manjares,
de quien tenía cuidado de hacer Bartolomé su repuesto, satisfacieron
la hambre, que ya comenzaba a fatigarles. Pero, apenas habían alzado
las manos para llevarlo a la boca, cuando, alzando Bartolomé los
ojos, dijo a grandes voces:
-Apartaos, señores, que no sé quién baja volando
del cielo, y no será bien que os coja debajo.
Alzaron todos la vista, y vieron bajar por el aire una figura, que, antes
que distinguiesen lo que era, ya estaba en el suelo junto casi a los pies
de Periandro. La cual figura era de una mujer hermosísima, que,
habiendo sido arrojada desde lo alto de la torre, sirviéndole de
campana y de alas sus mismos vestidos, la puso de pies y en el suelo sin
daño alguno: cosa posible sin ser milagro. Dejóla el suceso
atónita y espantada, como lo quedaron los que volar la habían
visto. Oyeron en la torre gritos, que los daba otra mujer que, abrazada
con un hombre, que parecía que pugnaban por derribarse el uno al
otro.
-¡Socorro, socorro! -decía la mujer-. ¡Socorro, señores,
que este loco quiere despeñarme de aquí abajo!
La mujer voladora, vuelta algún tanto en sí, dijo:
-Si hay alguno que se atreva a subir por aquella puerta -señalándoles
una que al pie de la torre estaba-, librará de peligro mortal a
mis hijos y a otras gentes flacas que allí arriba están.
Periandro, impelido de la generosidad de su ánimo, se entró
por la puerta, y a poco rato le vieron en la cumbre de la torre abrazado
con el hombre, que mostraba ser loco, del cual, quitándole un cuchillo
de las manos, procuraba defenderse; pero la suerte, que quería
concluir con la tragedia de su vida, ordenó que entrambos a dos
viniesen al suelo, cayendo al pie de la torre: el loco, pasado el pecho
con el cuchillo que Periandro en la mano traía, y Periandro, vertiendo
por los ojos, narices y boca cantidad de sangre; que, como no tuvo vestidos
anchos que le sustentasen, hizo el golpe su efeto y dejóle casi
sin vida.
Auristela, que ansí le vio, creyendo indubitablemente que estaba
muerto, se arrojó sobre él, y, sin respeto alguno, puesta
la boca con la suya, esperaba a recoger en sí alguna reliquia,
si del alma le hubiese quedado; pero, aunque le hubiera quedado, no pudiera
recebilla, porque los traspillados dientes le negaron la entrada. Constanza,
dando lugar a la pasión, no le pudo dar a mover el paso para ir
a socorrerla, y quedóse en el mismo sitio donde la halló
el golpe, pegada los pies al suelo, como si fueran de raíces, o
como si ella fuera estatua de duro mármol formada. Antonio, su
hermano, acudió a apartar los semivivos y a dividir los que ya
pensaba ser cadáveres. Sólo Bartolomé fue el que
mostró con los ojos el grave dolor que en el alma sentía,
llorando amargamente.
Estando todos en la amarga aflicción que he dicho, sin que hasta
entonces ninguna lengua hubiese publicado su sentimiento, vieron que hacia
ellos venía un gran tropel de gente, la cual, desde el camino real,
había visto el vuelo de los caídos, y venían a ver
el suceso. Y era el tropel que venía las hermosas damas francesas,
Deleasir, Belarminia y Feliz Flora. Luego como llegaron, conocieron a
Auristela y a Periandro, como a aquellos que por su singular belleza quedaban
impresos en la imaginación del que una vez los miraba. Apenas la
compasión les había hecho apear para socorrer, si fuese
posible, la desventura que miraban, cuando fueron asaltados de seis o
ocho hombres armados, que por las espaldas les acometieron.
Este asalto puso en las manos de Antonio su arco y sus flechas, que siempre
las tenía a punto, o ya para ofender o ya para defenderse. Uno
de los armados, con descortés movimiento, asió a Feliz Flora
del brazo y la puso en el arzón delantero de su silla, y dijo,
volviéndose a los demás compañeros:
-Esto es hecho. Ésta me basta. Demos la vuelta.
Antonio, que nunca se pagó de descortesías, pospuesto todo
temor, puso una flecha en el arco, tendió cuanto pudo el brazo
izquierdo, y con la derecha estiró la cuerda hasta que llegó
al diestro oído, de modo que las dos puntas y estremos del arco
casi se juntaron; y, tomando por blanco el robador de Feliz Flora, disparó
tan derechamente la flecha que, sin tocar a Feliz Flora, sino en una parte
del velo con que se cubría la cabeza, pasó al salteador
el pecho de parte a parte. Acudió a su venganza uno de sus compañeros,
y, sin dar lugar a que otra vez Antonio el arco armase, le dio una herida
en la cabeza, tal, que dio con él en el suelo más muerto
que vivo. Visto lo cual de Constanza, dejó de ser estatua y corrió
a socorrer a su hermano: que el parentesco calienta la sangre que suele
helarse en la mayor amistad, y lo uno y lo otro son indicios y señales
de demasiado amor.
Ya en esto habían salido de la casa gente armada, y los criados
de las tres damas, apercebidos de piedras (digo los que no tenían
armas), se pusieron en defensa de su señora. Los salteadores, que
vieron muerto a su capitán, y que según los defensores acudían
podían ganar poco en aquella empresa, especialmente considerando
ser locura aventurar las vidas por quien ya no podía premiarlas,
volvieron las espaldas y dejaron el campo solo.
Hasta aquí, de esta batalla pocos golpes de espada hemos oído,
pocos instrumentos bélicos han sonado; el sentimiento que por los
muertos suelen hacer los vivos no ha salido a romper los aires; las lenguas,
en amargo silencio tienen depositadas sus quejas; sólo algunos
ayes entre roncos gemidos andan envueltos, especialmente en los pechos
de las lastimadas Auristela y Constanza, cada cual abrazada con su hermano,
sin poder aprovecharse de las quejas con que se alivian los lastimados
corazones. Pero, en fin, el cielo, que tenía determinado de no
dejarlas morir tan apriesa y tan sin quejarse, les despegó las
lenguas, que al paladar pegadas tenían, y la de Auristela prorrumpió
en razones semejantes:
-No sé yo, desdichada, cómo busco aliento en un muerto,
o cómo, ya que le tuviese, puedo sentirle, si estoy tan sin él
que ni sé si hablo ni si respiro. ¡Ay, hermano, y qué
caída ha sido ésta, que así ha derribado mis esperanzas,
como que la grandeza de vuestro linaje no se hubiera opuesto a vuestra
desventura! Mas, ¿cómo podía ella ser grande, si
vos no lo fuérades? En los montes más levantados caen los
rayos, y, adonde hallan más resistencia, hacen más daño.
Monte érades vos, pero monte humilde, que con las sombras de vuestra
industria y de vuestra discreción os encubríades a los ojos
de las gentes. Ventura íbades a buscar en la mía, pero la
muerte ha atajado el paso, encaminando el mío a la sepultura. ¡Cuán
cierta la tendrá la reina, vuestra madre, cuando a sus oídos
llegue vuestra no pensada muerte! ¡Ay de mí, otra vez sola
y en tierra ajena, bien así como verde yedra a quien ha faltado
su verdadero arrimo!
Estas palabras de reina, de montes y grandezas, tenían atentos
los oídos de los circunstantes que les escuchaban, y aumentóles
la admiración las que también decía Constanza, que
en sus faldas tenía a su malherido hermano, apretándole
la herida y tomándole la sangre la compasiva Feliz Flora, que,
con un lienzo suyo, blandamente se la esprimía, obligada de haberla
el herido librado de su deshonra.
-¡Ay, digo -decía-, amparo mío!, ¿de qué
ha servido haberme levantado la fortuna a título de señora,
si me había de derribar al de desdichada? Volved, hermano, en vos,
si queréis que yo vuelva en mí, o si no, haced, ¡oh
piadosos cielos!, que una misma suerte nos cierre los ojos, y una misma
sepultura nos cubra los cuerpos: que el bien que sin pensar me había
venido, no podía traer otro descuento que la presteza de acabarse.
Con esto se quedó desmayada, y Auristela ni más ni menos,
de modo que tan muertas parecían ellas y aun más que los
heridos.
La dama que cayó de la torre, causa principal de la caída
de Periandro, mandó a sus criados, que ya habían venido
muchos de la casa, que le llevasen al lecho del conde Domicio, su señor;
mandó también llevar a Domicio, su marido, para dar orden
en sepultalle. Bartolomé tomó en brazos a su señor
Antonio; a Constanza se las dio Feliz Flora; y a Auristela, Belarminia
y Deleasir. Y, en escuadrón doloroso y con amargos pasos, se encaminaron
a la casi real casa.
CAPÍTULO
QUINCE DEL TERCERO LIBRO
Poco aprovechaban
las discretas razones que las tres damas francesas daban a las dos lastimadas
Constanza y Auristela, porque en las recientes desventuras no hallan lugar
consolatorias persuasiones: el dolor y el desastre que de repente sucede,
no de improviso admite consolación alguna, por discreta que sea;
la postema duele, mientras no se ablanda, y el ablandarse requiere tiempo,
hasta que llegue el de abrirse. Y así, mientras se llora, mientras
se gime, mientras se tiene delante quien mueva al sentimiento a quejas
y a suspiros, no es discreción demasiada acudir al remedio con
agudas medicinas. Llore, pues, algún tanto más Auristela,
gima algún espacio más Constanza, y cierren entrambas los
oídos a toda consolación, en tanto que la hermosa Claricia
nos cuenta la causa de la locura de Domicio, su esposo, que fue, según
ella dijo a las damas francesas, que, antes que Domicio con ella se desposase,
andaba enamorado de una parienta suya, la cual tuvo casi indubitables
esperanzas de casarse con él.
-«Salióle en blanco la suerte, para que ella -dijo Claricia-
la tuviese siempre negra. Porque, disimulando Lorena -que así se
llamaba la parienta de Domicio- el enojo que había recebido del
casamiento de mi esposo, dio en regalarle con muchos y diversos presentes,
puesto que más bizarros y de buen parecer que costosos, entre los
cuales le envío una vez, bien así como envió la falsa
Deyanira la camisa a Hércules, digo que le envió unas camisas,
ricas por el lienzo, y por la labor vistosas. Apenas se puso una, cuando
perdió los sentidos, y estuvo dos días como muerto, puesto
que luego se la quitaron, imaginando que una esclava de Lorena, que estaba
en opinión de maga, la habría hechizado. Volvió a
la vida mi esposo, pero con sentidos tan turbados y tan trocados, que
ninguna acción hacía que no fuese de loco; y no de loco
manso, sino de cruel, furioso y desatinado: tanto, que era necesario tenerle
en cadenas.»
Y que aquel día, estando ella en aquella torre, se había
soltado el loco de las prisiones, y, viniendo a la torre, la había
echado por las ventanas abajo, a quien el cielo socorrió con la
anchura de sus vestidos, o, por mejor decir, con la acostumbrada misericordia
de Dios, que mira por los inocentes. Dijo cómo aquel peregrino
había subido a la torre a librar a una doncella a quien el loco
quería derribar al suelo, tras la cual también despeñara
a otros dos pequeños hijos que en la torre estaban. Pero el suceso
fue tan contrario, que el conde y el peregrino se estrellaron en la dura
tierra: el conde, herido de una mortal herida, y el peregrino, con un
cuchillo en la mano, que al parecer se le había quitado a Domicio,
cuya herida era tal, que no fuera menester servir de añadidura
para quitarle la vida, pues bastaba la caída.
En esto, Periandro estaba sin sentido en el lecho, adonde acudieron maestros
a curarle y a concertarle los deslocados huesos. Diéronle bebidas
apropiadas al caso, halláronle pulsos y algún tanto de conocimiento
de las personas que alrededor de sí tenía; especialmente
de Auristela, a quien con voz desmayada, que apenas podía entenderse,
dijo:
-Hermana, yo muero en la fe católica cristiana y en la de quererte
bien.
Y no habló ni pudo hablar más palabra por entonces.
Tomaron la sangre a Antonio, y, tentándole los cirujanos la herida,
pidieron albricias a su hermana de que era más grande que mortal,
y de que presto tendría salud con ayuda del cielo. Dióselas
Feliz Flora, adelantándose a Constanza, que se las iba a dar, y
aun se las dio, y los cirujanos las tomaron de entrambas, por no ser nada
escrupulosos.
Un mes o poco más estuvieron los enfermos curándose, sin
querer dejarlos las señoras francesas: tanta fue la amistad que
trabaron y el gusto que sintieron de la discreta conversación de
Auristela y de Constanza, y de los dos sus hermanos. Especialmente Feliz
Flora, que no acertaba a quitarse de la cabecera de Antonio, amándole
con un tan comedido amor, que no se estendía a más que a
ser benevolencia, y a ser como agradecimiento del bien que dél
había recebido, cuando su saeta la libró de las manos de
Rubertino; que, según Feliz Flora contaba, era un caballero, señor
de un castillo que cerca de otro suyo ella tenía, el cual Rubertino,
llevado, no de perfecto, sino de vicioso amor, había dado en seguirla
y perseguirla, y en rogarla le diese la mano de esposa; pero que ella
por mil esperiencias, y por la fama, que pocas veces miente, había
conocido ser Rubertino de áspera y cruel condición, y de
mudable y antojadiza voluntad, [y] no había querido condecender
con su demanda. Y que imaginaba que, acosado de sus desdenes, habría
salido al camino a roballa y a hacer de ella por fuerza lo que la voluntad
no había podido. Pero que la flecha de Antonio había cortado
todos sus crueles y mal fabricados disinios, y esto le movía a
mostrarse agradecida.
Todo esto que Feliz Flora dijo pasó así, sin faltar punto;
y, cuando se llegó el de la sanidad de los enfermos, y sus fuerzas
comenzaron a dar muestras della, volvieron a renovarse sus deseos, a lo
menos los de volver a su camino, y así lo pusieron por obra, acomodándose
de todas las cosas necesarias, sin que, como está dicho, quisiesen
las señoras francesas dejar a los peregrinos, a quien ya trataban
con admiración y con respeto, porque las razones del llanto de
Auristela les habían hecho concebir en sus ánimos que debían
de ser grandes señores: que tal vez la majestad suele cubrirse
de buriel y la grandeza vestirse de humildad. En efeto, con perplejos
pensamientos los miraban: el pobre acompañamiento suyo les hacía
tener en estima de condición mediana; el brío de sus personas
y la belleza de sus rostros levantaba su calidad al cielo; y así,
entre el sí y el no, andaba dudosa.
Ordenaron las damas francesas que fuesen todos a caballo, porque la caída
de Periandro no consentía que se fiase de sus pies. Feliz Flora,
agradecida al golpe de Antonio el bárbaro, no sabía quitarle
de su lado, y, tratando del atrevimiento de Rubertino, a quien dejaban
muerto y enterrado, y de la estraña historia del conde Domicio,
a quien las joyas de su prima, juntamente con quitarle el juicio, le habían
quitado la vida, y del vuelo milagroso de su mujer, más para ser
admirado que creído, llegaron a un río que se vadeaba con
algún trabajo.
Periandro fue de parecer que se buscase la puente, pero todos los demás
no vinieron en él; y, bien así como cuando al represado
rebaño de mansas ovejas, puestas en lugar estrecho, hace camino
la una, a quien las demás al momento siguen, Belarminia se arrojó
al agua, a quien todos siguieron, sin quitarse del lado de Auristela Periandro,
ni del de Feliz Flora Antonio, llevando también junto a sí
a su hermana Constanza.
Ordenó, pues, la suerte que no fuese buena la de Feliz Flora, porque
la corriente del agua le desvaneció la cabeza de modo que, sin
poder tenerse, dio consigo en mitad de la corriente, tras quien se abalanzó
con no creída presteza el cortés Antonio, y sobre sus hombros,
como a otra nueva Europa, la puso en la seca arena de la contraria ribera.
Ella, viendo el presto beneficio, le dijo:
-Muy cortés eres, español.
A quien Antonio respondió:
-Si mis cortesías no nacieran de tus peligros, estimáralas
en algo; pero, como nacen de ellos, antes me descontentan que alegran.
Pasó, en fin, el, como he dicho otras veces, hermoso escuadrón,
y llegaron al anochecer a una casería, que junto con serlo era
mesón, en el cual se alojaron a toda su voluntad.
Y lo que en él les sucedió nuevo estilo y nuevo capítulo
pide.
CAPÍTULO
DIEZ Y SEIS DEL TERCERO LIBRO
Cosas y casos
suceden en el mundo, que si la imaginación, antes de suceder, pudiera
hacer que así sucedieran, no acertara a trazarlos; y así,
muchos, por la raridad con que acontecen, pasan plaza de apócrifos,
y no son tenidos por tan verdaderos como lo son; y así, es menester
que les ayuden juramentos, o a lo menos el buen crédito de quien
los cuenta, aunque yo digo que mejor sería no contarlos, según
lo aconsejan aquellos antiguos versos castellanos que dicen:
Las cosas
de admiración
no las digas ni las cuentes,
que no saben todas gentes
cómo son.
La primera
persona con quien encontró Constanza fue con una moza de gentil
parecer, de hasta veinte y dos años, vestida a la española,
limpia y aseadamente, la cual, llegándose a Constanza, le dijo
en lengua castellana:
-¡Bendito sea Dios, que veo gente, si no de mi tierra, a lo menos
de mi nación: España! ¡Bendito sea Dios, digo otra
vez, que oiré decir vuesa merced, y no señoría, hasta
los mozos de cocina!
-Desa manera -respondió Constanza-, ¿vos, señora,
española debéis de ser?
-¡Y cómo si lo soy! -respondió ella-; y aun de la
mejor tierra de Castilla.
-¿De cuál? -replicó Constanza.
-De Talavera de la Reina -respondió ella.
Apenas hubo dicho esto, cuando a Constanza le vinieron barruntos que debía
de ser la esposa de Ortel Banedre, el polaco, que por adúltera
quedaba presa en Madrid, cuyo marido, persuadido de Periand[r]o, la había
dejado presa y ídose a su tierra, y en un instante fabricó
en su imaginación un montón de cosas, que, puestas en efeto,
le sucedieron casi como las había pensado.
Tomóla por la mano, y fuese donde estaba Auristela, y, apartándola
aparte con Periandro, les dijo:
-Señores, vosotros estáis dudosos de que si la ciencia que
yo tengo de adevinar es falsa o verdadera, la cual ciencia no se acredita
con decir las cosas que están por venir, porque sólo Dios
las sabe, y si algún humano las acierta, es acaso, o por algunas
premisas a quien la esperiencia de otras semejantes tiene acreditadas.
Si yo os dijese cosas pasadas que no hubiesen llegado ni pudiesen llegar
a mi noticia, ¿qué diríades? ¿Queréislo
ver? Esta buena hija que tenemos delante es de Talavera de la Reina, que
se casó con un estranjero polaco, que se llamaba, si mal no me
acuerdo, Ortel Banedre, a quien ella ofendió con alguna desenvoltura
con un mozo de mesón que vivía frontero de su casa, la cual,
llevada de sus ligeros pensamientos y en los brazos de sus pocos años,
se salió de casa de sus padres con el referido mozo, y fue presa
en Madrid con el adúltero, donde debe de haber pasado muchos trabajos,
así en la prisión como en el haber llegado hasta aquí;
que quiero que ella nos los cuente, porque, aunque yo los adivine, ella
nos los contará con más puntualidad y con más gracia.
-¡Ay, cielos santos! -dijo la moza-. ¿Y quién es esta
señora que me ha leído mis pensamientos? ¿Quién
es esta adivina que ansí sabe la desvergonzada historia de mi vida?
Yo, señora, soy esa adúltera, soy esa presa y soy la condenada
a destierro de diez años, porque no tuve parte que me siguiese,
y soy la que aquí estoy en poder de un soldado español que
va a Italia, comiendo el pan con dolor, y pasando la vida, que por momentos
me hace desear la muerte. Mi amigo, el primero, murió en la cárcel.
Éste, que no sé en qué número ponga, me socorrió
en ella, de donde me sacó, y, como he dicho, me lleva por esos
mundos con gusto suyo y con pesar mío: que no soy tan tonta que
no conozca el peligro en que traigo el alma en este vagamundo estado.
Por quien Dios es, señores, pues sois españoles, pues sois
cristianos, y, pues sois principales, según lo da a entender vuestra
presencia, que me saquéis del poder deste español, que será
como sacarme de las garras de los leones.
Admirados quedaron Periandro y Auristela de la discreción sagaz
de Constanza; y, concediendo con ella, la reforzaron y acreditaron, y
aun se movieron a favorecer con todas sus fuerzas a la perdida moza, la
cual dijo que el español soldado no iba siempre con ella, sino
una jornada adelante o atrás, por deslumbrar a la justicia.
-Todo eso está muy bien -dijo Periandro-, y aquí daremos
traza en vuestro remedio; que la que ha sabido adivinar vuestra vida pasada,
también sabrá acomodaros en la venidera. Sed vos buena,
que sin el cimiento de la bondad no se puede cargar ninguna cosa que lo
parezca; no os desviéis por agora de nosotros, que vuestra edad
y vuestro rostro son los mayores contrarios que podéis tener en
las tierras estrañas.
Lloró la moza, enternecióse Constanza, y Auristela mostró
los mismos sentimientos, con que obligó a Periandro a que el remedio
de la moza buscase.
En esto estaban, cuando llegó Bartolomé y dijo:
-Señores, acudid a ver la más estraña visión
que habréis visto en vuestra vida.
Dijo esto tan asustado y tan como espantado que, pensando ir a ver alguna
maravilla estraña, le siguieron, y, en un apartamiento algo desviado
de aquel donde estaban alojados los peregrinos y damas, vieron, por entre
unas esteras, un aposento todo cubierto de luto, cuya lóbrega escuridad
no les dejó ver particularmente lo que en él había.
Y, estándole así mirando, llegó un hombre anciano,
todo asimismo cubierto de luto, el cual les dijo:
-Señores, de aquí a dos horas, que habrá entrado
una de la noche, si gustáis de ver a la señora Ruperta sin
que ella os vea, yo haré que la veáis, cuya vista os dará
ocasión de que os admiréis, así de su condición
como de su hermosura.
-Señor -respondió Periandro-, este nuestro criado que aquí
está nos convidó a que viniésemos a ver una maravilla,
y hasta ahora no hemos visto otra que la de este aposento cubierto de
luto, que no es maravilla ninguna.
-Si volvéis a la hora que digo -respondió el enlutado-,
tendréis de qué maravillaros, porque habréis de saber
que en este aposento se aloja la señora Ruperta, mujer que fue,
apenas hace un año, del conde Lamberto de Escocia, cuyo matrimonio
a él le costó la vida y a ella verse en términos
de perderla cada paso, a causa que Claudino Rubicón, caballero
de los principales de Escocia, a quien las riquezas y el linaje hicieron
soberbio, y la condición algo enamorado, quiso bien a mi señora,
siendo doncella, de la cual, si no fue aborrecido, a lo menos fue desdeñado,
como lo mostró el casarse con el conde mi señor. Esta presta
resolución de mi señora la bautizó Rubicón,
en deshonra y menosprecio suyo, como si la hermosa Ruperta no hubiera
tenido padres que se lo mandaran y obligaciones precisas que le obligaran
a ello, junto con ser más acertado ajustarse las edades entre los
que se casan: que, si puede ser, siempre los años del esposo con
el número de diez han de llevar ventaja a los de la mujer, o con
algunos más, porque la vejez los alcance en un mismo tiempo. Era
Rubicón varón viudo y que tenía hijo de casi veinte
y un años, gentilhombre en estremo, y de mejores condiciones que
el padre; tanto que, si él se hubiera opuesto a la cátedra
de mi señora, hoy viviera mi señor el conde y mi señora
estuviera más alegre. «Sucedió, pues, que, yendo mi
señora Ruperta a holgarse con su esposo a una villa suya, acaso
y sin pensar, en un despoblado, encontramos a Rubicón con muchos
criados suyos que le acompañaban. Vio a mi señora, y su
vista despertó el agravio que a su parecer se le había hecho;
y fue de suerte que en lugar del amor nació la ira, y de la ira
el deseo de hacer pesar a mi señora; y, como las venganzas de los
que bien se han querido sobrepujan a las ofensas hechas, Rubicón,
despechado, impaciente y atrevido, desenvainando la espada, corrió
al conde mi señor, que estaba inocente deste caso, sin que tuviese
lugar de prevenirse del daño que no temía; y, envainándosela
en el pecho, dijo: ''Tú me pagarás lo que no me debes; y
si esta es crueldad, mayor la usó tu esposa para conmigo, pues
no una vez sola, sino cien mil, me quitan la vida sus desdenes''.
»A todo esto me hallé yo presente; oí las palabras,
y vi con mis ojos y tenté con las manos la herida; escuché
los llantos de mi señora, que penetraron los cielos; volvimos a
dar sepultura al conde, y, al enterrarle, por orden de mi señora,
se le cortó la cabeza, que en pocos días, con cosas que
se le aplicaron, quedó descarnada y en solamente los huesos; mandóla
mi señora poner en una caja de plata, sobre la cual puestas sus
manos, hizo este juramento. Pero olvídaseme por decir cómo
el cruel Rubicón, o ya por menosprecio, o ya por más crueldad,
o quizá con la turbación descuidado, se dejó la espada
envainada en el pecho de mi señor, cuya sangre aun hasta agora
muestra estar casi reciente en ella. Digo, pues, que dijo estas palabras:
''Yo, la desdichada Ruperta, a quien han dado los cielos sólo nombre
de hermosa, hago juramento al cielo, puestas las manos sobre estas dolorosas
reliquias, de vengar la muerte de mi esposo con mi poder y con mi industria,
si bien aventurase en ello una y mil veces esta miserable vida que tengo,
sin que me espanten trabajos, sin que me falten ruegos hechos a quien
pueda favorecerme; y, en tanto que no llegare a efeto este mi justo, si
no cristiano, deseo, juro que mi vestido será negro, mis aposentos
lóbregos, mis manteles tristes y mi compañía la misma
soledad. A la mesa estarán presentes estas reliquias, que me atormenten
el alma; esta cabeza que me diga, sin lengua, que vengue su agravio; esta
espada, [en] cuya no enjuta sangre me parece que veo a la que, alterando
la mía, no me deje sosegar hasta vengarme''.
»Esto dicho, parece que templó sus continuas lágrimas,
y dio algún vado a sus dolientes suspiros. Hase puesto en camino
de Roma para pedir en Italia a sus príncipes favor y ayuda contra
el matador de su esposo, que aun todavía la amenaza, quizá
temeroso; que suele ofender un mosquito más de lo que puede favorecer
un águila.» Esto, señores, veréis, como he
dicho, de aquí a dos horas; y si no os dejare admirados, o yo no
habré sabido contarlo, o vosotros tendréis el corazón
de mármol.
Aquí dio fin a su plática el enlutado escudero, y los peregrinos,
sin ver a Ruperta, desde luego se comenzaron a admirar del caso.
CAPÍTULO
DIEZ Y SIETE DEL TERCER LIBRO
La ira, según
se dice, es una revolución de la sangre que está cerca del
corazón, la cual se altera en el pecho con la vista del objeto
que agravia, y tal vez con la memoria; tiene por último fin y paradero
suyo la venganza, que, como la tome el agraviado, sin razón o con
ella, sosiega.
Esto nos lo dará a entender la hermosa Ruperta, agraviada y airada,
y con tanto deseo de vengarse de su contrario que, aunque sabía
que era ya muerto, dilataba su cólera por todos sus decendientes,
sin querer dejar, si pudiera, vivo ninguno dellos; que la cólera
de la mujer no tiene límite.
Llegóse la hora de que la fueron a ver los peregrinos, sin que
ella los viese, y viéronla hermosa en todo estremo, con blanquísimas
tocas, que desde la cabeza casi le llegaban a los pies, sentada delante
de una mesa, sobre la cual tenía la cabeza de su esposo en la caja
de plata, la espada con que le habían quitado la vida y una camisa
que ella se imaginaba que aún no estaba enjuta de la sangre de
su esposo. Todas estas insignias dolorosas despertaron su ira, la cual
no tenía necesidad que nadie la despertase, porque nunca dormía;
levantóse en pie, y, puesta la mano derecha sobre la cabeza del
marido, comenzó a hacer y a revalidar el voto y juramento que dijo
el enlutado escudero. Llovían lágrimas de sus ojos, bastantes
a bañar las reliquias de su pasión; arrancaba suspiros del
pecho, que condensaban el aire cerca y lejos; añadía al
ordinario juramento razones que le agravaban, y tal vez parecía
que arrojaba por los ojos, no lágrimas, sino fuego, y por la boca,
no suspiros, sino humo: tan sujeta la tenía su pasión y
el deseo de vengarse. ¿Veisla llorar, veisla suspirar, veisla no
estar en sí, veisla blandir la espada matadora, veisla besar la
camisa ensangrentada, y que rompe las palabras con sollozos? Pues esperad
no más de hasta la mañana, y veréis cosas que os
den sujeto para hablar en ellas mil siglos, si tantos tuviésedes
de vida.
En mitad de la fuga de su dolor estaba Ruperta, y casi en los umbrales
de su gusto, porque mientras se amenaza descansa el amenazador, cuando
se llegó a ella uno de sus criados, como si se llegara una sombra
negra, según venía cargado de luto, y en mal pronunciadas
palabras le dijo:
-Señora, Croriano el galán, el hijo de tu enemigo, se acaba
de apear agora con algunos criados. Mira si quieres encubrirte, o si quieres
que te conozca, o lo que sería bien que hagas, pues tienes lugar
para pensarlo.
-Que no me conozca -respondió Ruperta-; y avisad a todos mis criados
que por descuido no me nombren, ni por cuidado me descubran.
Y, esto diciendo, recogió sus prendas, y mandó cerrar el
aposento y que ninguno entrase a hablalla.
Volviéronse los peregrinos al suyo, quedó ella sola y pensativa,
y no sé cómo se supo que había hablado a solas estas
o otras semejantes razones:
-Advierte, ¡oh Ruperta!, que los piadosos cielos te han traído
a las manos, como simple víctima al sacrificio, al alma de tu enemigo;
que los hijos, y más los únicos, pedazos del alma son de
los padres. ¡Ea, Ruperta! Olvídate de que eres mujer, y si
no quieres olvidarte desto, mira que eres mujer, y agraviada. La sangre
de tu marido te está dando voces, y en aquella cabeza sin lengua
te está diciendo: ''¡Venganza, dulce esposa mía, que
me mataron sin culpa!'' Sí, que no espantó la braveza de
Holofernes a la humildad de Judit; verdad es que la causa suya fue muy
diferente de la mía: ella castigó a un enemigo de Dios,
y yo quiero castigar a un enemigo que no sé si lo es mío;
a ella le puso el hierro en las manos el amor de su patria, y a mí
me le pone el de mi esposo. Pero, ¿para qué hago yo tan
disparatadas comparaciones? ¿Qué tengo que hacer más,
sino cerrar los ojos y envainar el acero en el pecho deste mozo, que tanto
será mi venganza mayor cuanto fuere menor su culpa? Alcance yo
renombre de vengadora, y venga lo que viniere. Los deseos que se quieren
cumplir no reparan en inconvenientes, aunque sean mortales: cumpla yo
el mío, y tenga la salida por mi misma muerte.
Esto dicho, dio traza y orden en cómo aquella noche se encerrase
en la estancia de Croriano, donde le dio fácil entrada un criado
suyo, traidor por dádivas, aunque él no pensó sino
que hacía un gran servicio a su amo, llevándole al lecho
una tan hermosa mujer como Ruperta; la cual, puesta en parte donde no
pudo ser vista ni sentida, ofreciendo su suerte al disponer del cielo,
sepultada en maravilloso silencio, estuvo esperando la hora de su contento,
que le tenía puesto en la de la muerte de Croriano. Llevó,
para ser instrumento del cruel sacrificio, un agudo cuchillo, que, por
ser arma mañera y no embarazosa, le pareció ser más
a propósito; llevó asimismo una lanterna bien cerrada, en
la cual ardía una vela de cera; recogió los espíritus
de manera que apenas osaba enviar la respiración al aire. ¿Qué
no hace una mujer enojada?; ¿qué montes de dificultades
no atropella en sus disignios?; ¿qué inormes crueldades
no le parecen blandas y pacíficas? No más, porque lo que
en este caso se podía decir es tanto, que será mejor dejarlo
en su punto, pues no se han de hallar palabras con que encarecerlo.
Llegóse, en fin, la hora; acostóse Croriano; durmióse,
con el cansancio del camino, y entregóse, sin pensamiento de su
muerte, al de su reposo. Con atentos oídos estaba escuchando Ruperta
si daba alguna señal Croriano de que durmiese, y aseguráronla
que dormía, así el tiempo que había pasado desde
que se acostó hasta entonces, como algunos dilatados alientos que
no los dan sino los dormidos; viendo lo cual, sin santiguarse ni invocar
ninguna deidad que la ayudase, abrió la lanterna, con que quedó
claro el aposento, y miró dónde pondría los pies,
para que, sin tropezar, la llevasen al lecho.
La bella matadora, dulce enojada, verdugo agradable: ejecuta tu ira, satisface
tu enojo, borra y quita del mundo tu agravio, que delante tienes en quien
puedes hacerlo; pero mira, ¡oh hermosa Ruperta!, si quieres, que
no mires a ese hermoso Cupido que vas a descubrir, que se deshará
en un punto toda la máquina de tus pensamientos.
Llegó, en fin, y, temblándole la mano, descubrió
el rostro de Croriano, que profundamente dormía, y halló
en él la propiedad del escudo de Medusa, que la convirtió
en mármol: halló tanta hermosura que fue bastante a hacerle
caer el cuchillo de la mano, y a que diese lugar la consideración
del inorme caso que cometer quería; vio que la belleza de Croriano,
como hace el sol a la niebla, ahuyentaba las sombras de la muerte que
darle quería, y en un instante no le escogió para víctima
del cruel sacrificio, sino para holocausto santo de su gusto.
-¡Ay -dijo entre sí-, generoso mancebo, y cuán mejor
eres tú para ser mi esposo que para ser objeto de mi venganza!
¿Qué culpa tienes tú de la que cometió tu
padre, y qué pena se ha de dar a quien no tiene culpa? Gózate,
gózate, joven ilustre, y quédese en mi pecho mi venganza
y mi crueldad encerrada, que, cuando se sepa, mejor nombre me dará
el ser piadosa que vengativa.
Esto diciendo, ya turbada y arrepentida, se le cayó la lanterna
de las manos sobre el pecho de Croriano, que despertó con el ardor
de la vela. Hallóse a escuras; quiso Ruperta salirse de la estancia,
y no acertó, por donde dio voces Croriano, tomó su espada
y saltó del lecho, y, andando por el aposento, topó con
Ruperta, que toda temblando le dijo:
-No me mates, ¡oh Croriano!, puesto que soy una mujer que no ha
una hora que quise y pude matarte, y agora me veo en términos de
rogarte que no me quites la vida.
En esto, entraron sus criados al rumor, con luces, y vio Croriano y conoció
a la bellísima viuda, como quien vee a la resplandeciente luna
de nubes blancas rodeada.
-¿Qué es esto, señora Ruperta? -le dijo-. ¿Son
los pasos de la venganza los que hasta aquí os han traído,
o queréis que os pague yo los desafueros que mi padre os hizo?
Que este cuchillo que aquí veo, ¿qué otra señal
es, sino de que habéis venido a ser verdugo de mi vida? Mi padre
es ya muerto, y los muertos no pueden dar satisfación de los agravios
que dejan hechos. Los vivos sí que pueden recompensarlos; y así,
yo, que represento agora la persona de mi padre, quiero recompensaros
la ofensa que él os hizo lo mejor que pudiere y supiere. Pero dejadme
primero honestamente tocaros, que quiero ver si sois fantasma que aquí
ha venido o a matarme, o a engañarme, o a mejorar mi suerte.
-Empeórese la mía -respondió Ruperta- (si es que
halla modo el cielo como empeorarla), si entré este día
pasado en este mesón con alguna memoria tuya. Veniste tú
a él; no te vi cuando entraste; oí tu nombre, el cual despertó
mi cólera y me movió a la venganza; concerté con
un criado tuyo que me encerrase esta noche en este aposento; hícele
que callase, sellándole la boca con algunas dádivas; entré
en él, apercebíme deste cuchillo y acrecenté el deseo
de quitarte la vida; sentí que dormías, salí de donde
estaba, y a la luz de una lanterna que conmigo traía te descubrí
y vi tu rostro, que me movió a respeto y a reverencia, de manera
que los filos del cuchillo se embotaron, el deseo de mi venganza se deshizo,
cayóseme la vela de las manos, despertóte su fuego, diste
voces, quedé yo confusa, de donde ha sucedido lo que has visto.
Yo no quiero más venganzas ni más memorias de agravios:
vive en paz, que yo quiero ser la primera que haga mercedes por ofensas,
si ya lo son el perdonarte la culpa que no tienes.
-Señora -respondió Croriano-, mi padre quiso casarse contigo,
tú no quisiste; él, despechado, mató a tu esposo:
murióse llevando al otro mundo esta ofensa; yo he quedado, como
parte tan suya, para hacer bien por su alma; si quieres que te entregue
la mía, recíbeme por tu esposo, si ya, como he dicho, no
eres fantasma que me engañas; que las grandes venturas que vienen
de improviso siempre traen consigo alguna sospecha.
-Dame esos brazos -respondió Ruperta-, y verás, señor,
cómo este mi cuerpo no es fantástico, y que el alma que
en él te entrego es sencilla, pura y verdadera.
Testigos fueron destos abrazos, y de las manos que por esposos se dieron,
los criados de Croriano, que habían entrado con las luces. Triunfó
aquella noche la blanda paz desta dura guerra, volvióse el campo
de la batalla en tálamo de desposorio; nació la paz de la
ira; de la muerte, la vida, y del disgusto, el contento. Amaneció
el día, y halló a los recién desposados cada uno
en los brazos del otro.
Levantáronse los peregrinos con deseo de saber qué habría
hecho la lastimada Ruperta con la venida del hijo de su enemigo, de cuya
historia estaban ya bien informados. Salió el rumor del nuevo desposorio,
y, haciendo de los cortesanos, entraron a dar los parabienes a los novios,
y al entrar en el aposento vieron salir del de Ruperta el anciano escudero
que su historia les había contado, cargado con la caja donde iba
la calavera de su primero esposo, y con la camisa y espada que tantas
veces había renovado las lágrimas de Ruperta; y dijo que
lo llevaba adonde no renovasen otra vez, en las glorias presentes, pasadas
desventuras. Murmuró de la facilidad de Ruperta, y en general,
de todas las mujeres, y el menor vituperio que dellas dijo fue llamarlas
antojadizas.
Levantáronse los novios antes que entrasen los peregrinos, regocijáronse
los criados, así de Ruperta como de Croriano, y volvióse
aquel mesón en alcázar real, digno de tan altos desposorios.
En fin, Periandro y Auristela, Constanza y Antonio, su hermano, hablaron
a los desposados y se dieron parte de sus vidas; a lo menos, la que convenía
que se diese.
CAPÍTULO
DIEZ Y OCHO DEL TERCER LIBRO
En esto estaban,
cuando entró por la puerta del mesón un hombre, cuya larga
y blanca barba más de ochenta años le daba de edad; venía
vestido ni como peregrino, ni como religioso, puesto que lo uno y lo otro
parecía; traía la cabeza descubierta, rasa y calva en el
medio, y por los lados, luengas y blanquísimas canas le pendían;
sustentaba el agobiado cuerpo sobre un retorcido cayado que de báculo
le servía. En efeto, todo él y todas las partes representaban
un venerable anciano digno de todo respeto, al cual apenas hubo visto
la dueña del mesón, cuando, hincándose ante él
de rodillas, le dijo:
-Contaré yo este día, padre Soldino, entre los venturosos
de mi vida, pues he merecido verte en mi casa: que nunca vienes a ella
sino para bien mío.
Y, volviéndose a los circunstantes, prosiguió diciendo:
-Este montón de nieve y esta estatua de mármol blanco que
se mueve, que aquí veis, señores, es la del famoso Soldino,
cuya fama no sólo en Francia, sino en todas partes de la tierra
se estiende.
-No me alabéis, buena señora -respondió el anciano-,
que tal vez la buena fama se engendra de la mala mentira. No la entrada,
sino la salida, hace a los hombres venturosos. La virtud que tiene por
remate el vicio, no es virtud, sino vicio. Pero, con todo esto, quiero
acreditarme con vos en la opinión que de mí tenéis.
Mirad hoy por vuestra casa, porque destas bodas y destos regocijos que
en ella se preparan se ha de engendrar un fuego que casi toda la consuma.
A lo que dijo Croriano, hablando con Ruperta, su esposa:
-Éste, sin duda, debe de ser mágico o adivino, pues predice
lo por venir.
Entreoyó esta razón el anciano, y respondió:
-No soy mago ni adivino, sino judiciario, cuya ciencia, si bien se sabe,
casi enseña a adivinar. Creedme, señores, por esta vez siquiera,
y dejad esta estancia, y vamos a la mía, que en una cercana selva
que [hay] aquí os dará, si no tan capaz, más seguro
alojamiento.
Apenas hubo dicho esto, cuando entró Bartolomé, criado de
Antonio, y dijo a voces:
-Señores, las cocinas se abrasan, porque, en la infinita leña
que junto a ellas estaba, se ha encendido tal fuego que muestra no poder
apagarle todas las aguas del mar.
Tras esta voz acudieron las de otros criados, y comenzaron a acreditarlas
los estallidos del fuego.
La verdad tan manifiesta acreditó las palabras de Soldino; y, asiendo
en brazos Periandro a Auristela, sin querer ir primero a averiguar si
el fuego se podía atajar o no, dijo a Soldino:
-Señor, guíanos a tu estancia, que el peligro desta ya está
manifiesto.
Lo mismo hizo Antonio con su hermana Constanza y con Feliz Flora, la dama
francesa, a quien siguieron Deleasir y Belarminia; y la moza arrepentida
de Talavera se asió del cinto de Bartolomé y él del
cabestro de su bagaje, y todos juntos, con los desposados y con la huéspeda,
que conocía bien las adivinanzas de Soldino, le siguieron, aunque
con tardo paso los guiaba.
La demás gente del mesón, que no habían estado presentes
a las razones de Soldino, quedaron ocupados en matar el fuego; pero presto
su furor les dio a entender que trabajaban en vano, ardiendo la casa todo
aquel día; que, a cogerles el fuego de noche, fuera milagro escapar
alguno que contara su furia.
Llegaron, en fin, a la selva, donde hallaron una ermita no muy grande,
dentro de la cual vieron una puerta que parecía serlo de una cueva
escura.
Antes de entrar en la ermita, dijo Soldino a todos los que le habían
seguido:
-Estos árboles con su apacible sombra os servirán de dorados
techos, y la yerba deste amenísimo prado, si no de muy blandas,
a lo menos de muy blancas camas. Yo llevaré conmigo a mi cueva
a estos señores, porque les conviene, y no porque los mejore en
la estancia.
Y luego llamó a Periandro, a Auristela, a Constanza, a las tres
damas francesas, a Ruperta, a Antonio y a Croriano; y, dejando otra mucha
gente fuera, se encerró con éstos en la cueva, cerrando
tras sí la puerta de la ermita y la de la cueva.
Viéndose, pues, Bartolomé y la de Talavera no ser de los
escogidos ni llamados de Soldino, o ya de despecho, o ya llevados de su
ligera condición, se concertaron los dos, viendo ser tan para en
uno, de dejar Bartolomé a sus amos, y la moza a sus arrepentimientos;
y así, aliviaron el bagaje de dos hábitos de peregrinos,
y la moza a caballo y el galán a pie, dieron cantonada, ella a
sus compasivas señoras, y él a sus honrados dueños,
llevando en la intención de ir también a Roma, como iban
todos.
Otra vez se ha dicho que no todas las acciones no verisímiles ni
probables se han de contar en las historias, porque si no se les da crédito,
pierden su valor; pero al historiador no le conviene más de decir
la verdad, parézcalo o no lo parezca. Con esta máxima, pues,
el que escribió esta historia dice que Soldino, con todo aquel
escuadrón de damas y caballeros, bajó por las gradas de
la escura cueva, y a menos de ochenta gradas se descubrió el cielo
luciente y claro, y se vieron unos amenos y tendidos prados que entretenían
la vista y alegraban las almas. Y, haciendo Soldino rueda de los que con
él habían bajado, les dijo:
-Señores, esto no es encantamento, y esta cueva por donde aquí
hemos venido, no sirve sino de atajo para llegar desde allá arriba
a este valle que veis, que una legua de aquí tiene más fácil,
más llana y más apacible entrada. Yo levanté aquella
ermita, y con mis brazos y con mi continuo trabajo cavé la cueva,
y hice mío este valle, cuyas aguas y cuyos frutos con prodigalidad
me sustentan. Aquí, huyendo de la guerra, hallé la paz;
la hambre que en ese mundo de allá arriba, si así se puede
decir, tenía, halló aquí a la hartura; aquí,
en lugar de los príncipes y monarcas que mandan el mundo, a quien
yo servía, he hallado a estos árboles mudos, que, aunque
altos y pomposos, son humildes; aquí no suena en mis oídos
el desdén de los emperadores, el enfado de sus ministros; aquí
no veo dama que me desdeñe, ni criado que mal me sirva; aquí
soy yo señor de mí mismo; aquí tengo mi alma en mi
palma, y aquí por vía recta encamino mis pensamientos y
mis deseos al cielo; aquí he dado fin al estudio de las matemáticas,
he contemplado el curso de las estrellas y el movimiento del sol y de
la luna; aquí he hallado causas para alegrarme y causas para entristecerme
que aún están por venir, que serán tan ciertas, según
yo pienso, que corren parejas con la misma verdad. Agora, agora, como
presente, veo quitar la cabeza a un valiente pirata un valeroso mancebo
de la casa de Austria nacido. ¡Oh, si le viésedes, como yo
le veo, arrastrando estandartes por el agua, bañando con menosprecio
sus medias lunas, pelando sus luengas colas de caballos, abrasando bajeles,
despedazando cuerpos y quitando vidas! Pero, ¡ay de mí!,
que me hace entristecer otro coronado joven, tendido en la seca arena,
de mil moras lanzas atravesado, el uno nieto y el otro hijo del rayo espantoso
de la guerra, jamás como se debe alabado Carlos V, a quien yo serví
muchos años y sirviera hasta que la vida se me acabara, si no lo
estorbara el querer mudar la milicia mortal en la divina. Aquí
estoy, donde sin libros, con sola la esperiencia que he adquirido con
el tiempo de mi soledad, te digo, ¡oh Croriano! -y en saber yo tu
nombre sin haberte visto jamás me acredite contigo-, que gozarás
de tu Ruperta largos años; y a ti, Periandro, te aseguro buen suceso
de tu peregrinación; tu hermana Auristela no lo será presto,
y no porque ha de perder la vida con brevedad; a ti, ¡oh Constanza!,
subirás de condesa a duquesa, y tu hermano Antonio, al grado que
su valor merece. Estas señoras francesas, aunque no consigan los
deseos que agora tienen, conseguirán otros que las honren y contenten.
El haber pronosticado el fuego, el saber vuestros nombres sin haberos
visto jamás, las muertes que he dicho que he visto antes que vengan,
os podrán mover si queréis a creerme; y más cuando
halléis ser verdad que vuestro mozo Bartolomé, con el bagaje
y con la moza castellana, se ha ido y os ha dejado a pie: no le sigáis,
porque no le alcanzaréis; la moza es más del suelo que del
cielo, y quiere seguir su inclinación a despecho y pesar de vuestros
consejos. Español soy, que me obliga a ser cortés y a ser
verdadero; con la cortesía os ofrezco cuanto estos prados me ofrecen,
y con la verdad a la esperiencia de todo cuanto os he dicho. Si os maravillare
de ver a un español en esta ajena tierra, advertid que hay sitios
y lugares en el mundo saludables más que otros, y éste en
que estamos lo es para mí más que ninguno. Las alquerías,
caserías y lugares que hay por estos contornos, las habitan gentes
católicas y santas. Cuando conviene, recibo los sacramentos, y
busco lo que no pueden ofrecer los campos para pasar la humana vida. Ésta
es la que tengo, de la cual pienso salir a la siempre duradera. Y por
agora no más, sino vámonos arriba: daremos sustento a los
cuerpos, como aquí abajo le hemos dado a las almas.
CAPÍTULO
DIEZ Y NUEVE DEL TERCERO LIBRO
Aderezóse
la pobre más que limpia comida, aunque fue muy limpia cosa, no
muy nueva para los cuatro peregrinos, que se acordaron entonces de la
Isla Bárbara y de la de las Ermitas, donde quedó Rutilio,
y adonde ellos comieron de los ya sazonados, y ya no, frutos de los árboles;
también se les vino a la memoria la profecía falsa de los
isleños y las muchas de Mauricio, con las moriscas del jadraque,
y, últimamente, las del español Soldino. Parecíales
que andaban rodeados de adivinanzas y metidos hasta el alma en la judiciaria
astrología, que, a no ser acreditada con la esperiencia, con dificultad
le dieran crédito.
Acabóse la breve comida, salió Soldino con todos los que
con él estaban al camino, para despedirse dellos, y en él
echaron menos a la moza castellana y a Bartolomé el del bagaje,
cuya falta no dio poca pesadumbre a los cuatro, porque les faltaba el
dinero y la repostería. Mostró congojarse Antonio, y quiso
adelantarse a buscarle, porque bien se imaginó que la moza le llevaba,
o él llevaba a la moza, o por mejor decir, el uno se llevaba al
otro; pero Soldino le dijo que no tuviese pena, ni se moviese a buscarlos,
porque otro día volvería su criado arrepentido del hurto,
y entregaría cuanto había llevado. Creyeron, y así
no curó Antonio de buscarle, y más, que Feliz Flora ofreció
a Antonio de prestarle cuanto hubiese menester para su gusto y el de sus
compañeros desde allí a Roma, a cuya liberal oferta se mostró
Antonio agradecido lo posible, y aun se ofreció de darle prenda
que cupiese en el puño, y en el valor pasase de cincuenta mil ducados;
y esto fue pensando de darle una de las dos perlas de Auristela, que,
con la cruz de diamantes guardadas, siempre consigo las traía.
No se atrevió Feliz Flora a creer la cantidad del valor de la prenda;
pero atrevióse a volver a hacer el ofrecimiento hecho.
Estando en esto, vieron venir por el camino y pasar por delante dellos
hasta ocho personas a caballo, entre las cuales iba una mujer sentada
en un rico sillón y sobre una mula, vestida de camino, toda de
verde, hasta el sombrero, que con ricas y varias plumas azotaba el aire,
con un antifaz, asimismo verde, cubierto el rostro. Pasaron por delante
dellos, y con bajar las cabezas, sin hablar palabra alguna, los saludaron
y pasaron de largo; los del camino tampoco hablaron palabra, y al mismo
modo les saludaron. Quedábase atrás uno de los de la compañía,
y, llegándose a ellos, pidió por cortesía un poco
de agua; diéronsela y preguntáronle qué gente era
la que iba allí delante, y qué dama la de lo verde.
A lo que el caminante respondió:
-El que allí delante va es el señor Alejandro Castrucho,
gentilhombre capuano, y uno de los ricos varones, no sólo de Capua,
sino de todo el reino de Nápoles; la dama es su sobrina, la señora
Isabela Castrucho, que nació en España, donde deja enterrado
a su padre, por cuya muerte su tío la lleva a casar a Capua, y,
a lo que yo creo, no muy contenta.
-Eso será -respondió el escudero enlutado de Ruperta- no
porque va a casarse, sino porque el camino es largo; que yo para mí
tengo, que no hay mujer que no desee enterarse con la mitad que le falta,
que es la del marido.
-No sé esas filosofías -respondió el caminante-;
sólo sé que va triste, y la causa ella se la sabe. Y a Dios
quedad, que es mucha la ventaja que mis dueños me llevan.
Y, picando apriesa, se les fue de la vista; y ellos, despidiéndose
de Soldino, le abrazaron y le dejaron.
Olvidábase de decir cómo Soldino había aconsejado
a las damas francesas que siguiesen el camino derecho de Roma, sin torcerle
para entrar en París, porque así les convenía. Este
consejo fue para ellas como si se le dijera un oráculo; y así,
con parecer de los peregrinos, determinaron de salir de Francia por el
Delfinado, y, atravesando el Piamonte y el estado de Milán, ver
a Florencia y luego a Roma.
Tanteado, pues, este camino, con propósito de alargar algún
tanto más las jornadas que hasta allí, caminaron; y otro
día, al romper del alba, vieron venir hacia ellos al tenido por
ladrón, Bartolomé el bagajero, detrás de su bagaje,
y él vestido como peregrino.
Todos gritaron, cuando le conocieron, y los más le preguntaron
qué huida había sido la suya, qué traje aquel y qué
vuelta aquella.
A lo que él, hincado de rodillas delante de Constanza, casi llorando,
respondió a todos:
-Mi huida no sé cómo fue; mi traje ya veis que es de peregrino;
mi vuelta es a restituir lo que quizá, y aun sin quizá,
en vuestras imaginaciones me tenía confirmado por ladrón;
aquí, señora Constanza, viene el bagaje, con todo aquello
que en él estaba, excepto dos vestidos de peregrinos, que el uno
es éste que yo traigo, y el otro queda haciendo romera a la ramera
de Talavera, que doy yo al diablo al amor y al bellaco que me lo enseñó;
y es lo peor que le conozco, y determino ser soldado debajo de su bandera,
porque no siento fuerzas que se opongan a las que hace el gusto con los
que poco saben. Écheme vuesa merced su bendición, y déjeme
volver, que me espera Luisa, y advierta que vuelvo sin blanca, fiado en
el donaire de mi moza más que en la ligereza de mis manos, que
nunca fueron ladronas, ni lo serán, si Dios me guarda el juicio,
si viviese mil siglos.
Muchas razones le dijo Periandro para estorbarle su mal propósito;
muchas le dijo Auristela y muchas más Constanza y Antonio; pero
todo fue, como dicen, dar voces al viento y predicar en desierto. Limpióse
Bartolomé sus lágrimas, dejó su bagaje, volvió
las espaldas y partió en un vuelo, dejando a todos admirados de
su amor y de su simpleza.
Antonio, viéndole partir tan de carrera, puso una flecha en su
arco, que jamás la disparó en vano, con intención
de atravesarle de parte a parte y sacarle del pecho el amor y la locura;
mas Feliz Flora, que pocas veces se le apartaba del lado, le trabó
del arco, diciéndole:
-Déjale, Antonio, que harta mala ventura lleva en ir a poder y
a sujetarse al yugo de una mujer loca.
-Bien dices, señora -respondió Antonio-; y, pues tú
le das la vida, ¿quién ha de ser poderoso a quitársela?
Finalmente, muchos días caminaron sin sucederles cosa digna de
ser contada.
Entraron en Milán, admiróles la grandeza de la ciudad, su
infinita riqueza, sus oros, que allí no solamente hay oro, sino
oros; sus bélicas herrerías, que no parece sino que allí
ha pasado las suyas Vulcano; la abundancia infinita de sus frutos, la
grandeza de sus templos, y, finalmente, la agudeza del ingenio de sus
moradores.
Oyeron decir a un huésped suyo que lo más que había
que ver en aquella ciudad era la Academia de los Entronados, que estaba
adornada de eminentísimos académicos, cuyos sutiles entendimientos
daban que hacer a la Fama a todas horas y por todas las partes del mundo.
Dijo también que aquel día era de academia, y que se había
de disputar en ella si podía haber amor sin celos.
-Sí puede -dijo Periandro-; y, para probar esta verdad, no es menester
gastar mucho tiempo.
-Yo -replicó Auristela- no sé qué es amor, aunque
sé lo que es querer bien.
A lo que dijo Belarminia:
-No entiendo ese modo de hablar, ni la diferencia que hay entre amor y
querer bien.
-Ésta -replicó Auristela-: querer bien puede ser sin causa
vehemente que os mueva la voluntad, como se puede querer a una criada
que os sirve o a una estatua o pintura que bien os parece o que mucho
os agrada; y éstas no dan celos, ni los pueden dar; pero aquello
que dicen que se llama amor, que es una vehemente pasión del ánimo,
como dicen, ya que no dé celos, puede dar temores que lleguen a
quitar la vida, del cual temor a mí me parece que no puede estar
libre el amor en ninguna manera.
-Mucho has dicho, señora -respondió Periandro-, porque no
hay ningún amante que esté en posesión de la cosa
amada, que no tema el perderla; no hay ventura tan firme que tal vez no
dé vaivenes; no hay clavo tan fuerte que pueda detener la rueda
de la fortuna; y si el deseo que nos lleva a acabar presto nuestro camino
no lo estorbara, quizá mostrara yo hoy en la academia que puede
haber amor sin celos, pero no sin temores.
Cesó esta plática. Estuvieron cuatro días en Milán,
en los cuales comenzaron a ver sus grandezas, porque acabarlas de ver
no dieran tiempo cuatro años. Partiéronse de allí,
y llegaron a Luca, ciudad pequeña, pero hermosa y libre, que debajo
de las alas del imperio y de España se descuella, y mira esenta
a las ciudades de los príncipes que la desean; allí, mejor
que en otra parte ninguna, son bien vistos y recebidos los españoles,
y es la causa que en ella no mandan ellos, sino ruegan, y como en ella
no hacen estancia de más de un día, no dan lugar a mostrar
su condición, tenida por arrogante.
Aquí aconteció a nuestros pasajeros una de las más
estrañas aventuras que se han contado en todo el discurso deste
libro.
CAPÍTULO
VEINTE DEL TERCERO LIBRO
Las posadas
de Luca son capaces para alojar una compañía de soldados,
en una de las cuales se alojó nuestro escuadrón, siendo
guiado de las guardas de las puertas de la ciudad, que se los entregaron
al huésped por cuenta, porque a la mañana, o cuando se partiesen,
la había de dar dellos. Al entrar vio la señora Ruperta
que salía un médico -que tal le pareció en el traje-
diciendo a la huéspeda de la casa -que también le pareció
no podía ser otra:
-Yo, señora, no me acabo de desengañar si esta doncella
está loca o endemoniada, y, por no errar, digo que está
endemoniada y loca; y, con todo eso, tengo esperanza de su salud, si es
que su tío no se da priesa a partirse.
-¡Ay, Jesús! -dijo Ruperta-. ¿Y en casa de endemoniados
y locos nos apeamos? En verdad, en verdad, que si se toma mi parecer,
no hemos de poner los pies dentro.
A lo que dijo la huéspeda:
-Sin escrúpulo puede vuesa señoría -que éste
es el merced de Italia- apearse, porque de cien leguas se podía
venir a ver lo que está en esta posada.
Apeáronse todos, y Auristela y Constanza, que habían oído
las razones de la huéspeda, le preguntaron qué había
en aquella posada que tanto encarecía el verla.
-Vénganse conmigo -respondió la huéspeda-, y verán
lo que verán, y dirán lo que yo digo.
Guió, y siguiéronla, donde vieron echada en un lecho dorado
a una hermosísima muchacha, de edad, al parecer, de diez y seis
o diez y siete años; tenía los brazos aspados y atados con
unas vendas a los balaustres de la cabecera del lecho, como que le querían
estorbar el moverlos a ninguna parte; dos mujeres, que debían de
servirla de enfermeras, andaban buscándole las piernas para atárselas
también, a lo que la enferma dijo:
-Basta que se me aten los brazos, que todo lo demás las ataduras
de mi honestidad lo tiene ligado.
Y, volviéndose a las peregrinas, con levantada voz dijo:
-¡Figuras del cielo!, ¡ángeles de carne!, sin duda
creo que venís a darme salud, porque de tan hermosa presencia y
de tan cristiana visita no se puede esperar otra cosa. Por lo que debéis
a ser quien sois, que sois mucho, que mandéis que me desaten, que
con cuatro o cinco bocados que me dé en el brazo, quedaré
harta y no me haré más mal, porque no estoy tan loca como
parezco, ni el que me atormenta es tan cruel que dejará que me
muerda.
-¡Pobre de ti, sobrina -dijo un anciano que había entrado
en el aposento-, y cuál te tiene ése que dices que no ha
de dejar que te muerdas! Encomiéndate a Dios, Isabela, y procura
comer, no de tus hermosas carnes, sino de lo que te diere este tu tío,
que bien te quiere. Lo que cría el aire, lo que mantiene el agua,
lo que sustenta la tierra, te traeré: que tu mucha hacienda y mi
voluntad mucha te lo ofrece todo.
La doliente moza respondió:
-Déjenme sola con estos ángeles; quizá mi enemigo
el demonio huirá de mí por no estar con ellos.
Y, señalando con la cabeza que se quedasen con ella Auristela,
Constanza, Ruperta y Feliz Flora, dijo que los demás se saliesen,
como se hizo con voluntad, y aun con ruegos de su anciano y lastimado
tío, del cual supieron ser aquella la gentil dama de lo verde que,
al salir de la cueva del sabio español, habían visto pasar
por el camino, que el criado que se quedó atrás les dijo
que se llamaba Isabela Castrucha, y que se iba a casar al reino de Nápoles.
Apenas se vio sola la enferma, cuando, mirando a todas partes, dijo que
mirasen si había otra persona en el aposento que aumentase el número
de los que ella dijo que se quedasen. Mirólo Ruperta, y escudriñólo
todo, y aseguró no haber otra persona que ellos. Con esta seguridad,
sentóse Isabela como pudo en el lecho, y, dando muestras de que
quería hablar de propósito, rompió la voz con un
tan grande suspiro, que pareció que con él se le arrancaba
el alma; el fin del cual fue tenderse otra vez en el lecho, y quedar desmayada,
con señales tan de muerte que obligó a los circunstantes
a dar voces pidiendo un poco de agua para bañar el rostro de Isabela,
que a más andar se iba al otro mundo.
Entró el mísero tío, llevando una cruz en la una
mano, y en la otra un hisopo bañado en agua bendita; entraron asimismo
con él dos sacerdotes, que, creyendo ser el demonio quien la fatigaba,
pocas veces se apartaban della; entró asimismo la huéspeda
con el agua; rociáronle el rostro, y volvió en sí
diciendo:
-Escusadas son por agora estas prevenciones; yo saldré presto;
pero no ha de ser cuando vosotros quisiéredes, sino cuando a mí
me parezca, que será cuando viniere a esta ciudad Andrea Marulo,
hijo de Juan Bautista Marulo, caballero desta ciudad, el cual Andrea agora
está estudiando en Salamanca, bien descuidado destos sucesos.
Todas estas razones acabaron de confirmar en los oyentes la opinión
que tenían de estar Isabela endemoniada, porque no podían
pensar cómo pudiese saber ella Juan Bautista Marulo quién
fuese, y su hijo Andrea; y no faltó quien fuese luego a decir al
ya nombrado Juan Bautista Marulo lo que la bella endemoniada dél
y de su hijo había dicho.
Tornó a pedir que la dejasen sola con los que antes había
escogido; dijéronle los sacerdotes los Evangelios, y hicieron su
gusto, llevándole todos de la señal que había dado
quedaría, cuando el demonio la dejase, libre; que indubitablemente
la juzgaron por endemoniada.
Feliz Flora hizo de nuevo la pesquisa de la estancia, y, cerrando la puerta
della, dijo a la enferma:
-Solos estamos; mira, señora, lo que quieres.
-Lo que quiero es -respondió Isabela- que me quiten estas ligaduras;
que, aunque son blandas, me fatigan, porque me impiden.
Hiciéronlo así con mucha diligencia, y, sentándose
Isabela en el lecho, asió de la una mano a Auristela y de la otra
a Ruperta, y hizo que Constanza y Feliz Flora se sentasen junto a ella
en el mismo lecho; y así, apiñadas en un hermoso montón,
con voz baja y lágrimas en los ojos, dijo:
-«Yo, señoras, soy la infelice Isabela Castrucha, cuyos padres
me dieron nobleza, la fortuna, hacienda, y los cielos, algún tanto
de hermosura. Nacieron mis padres en Capua, pero engendráronme
en España, donde nací, y me crié en casa deste mi
tío que aquí está, que en la corte del emperador
la tenía. ¡Válame Dios, y para qué tomo yo
tan de atrás la corriente de mis desventuras! Estando, pues, yo
en casa deste mi tío, ya huérfana de mis padres, que a él
me dejaron encomendada y por tutor mío, llegó a la corte
un mozo, a quien yo vi en una iglesia, y le miré tan de propósito...
(y no os parezca esto, señoras, desenvoltura, que no parecerá,
si consideráredes que soy mujer); digo que le miré en la
iglesia de tal modo que en casa no podía estar sin mirarle, porque
quedó su presencia tan impresa en mi alma que no la podía
apartar de mi memoria. Finalmente, no me faltaron medios para entender
quién él era, y la calidad de su persona, y qué hacía
en la corte o dónde iba, y lo que saqué en limpio fue que
se llamaba Andrea Marulo, hijo de Juan Bautista Marulo, caballero desta
ciudad, más noble que rico, y que iba a estudiar a Salamanca. En
seis días que allí estuvo, tuve orden de escribirle quién
yo era y la mucha hacienda que tenía, y que de mi hermosura se
podía certificar, viéndome en la iglesia; escribíle,
asimismo, que entendía que este mi tío me quería
casar con un primo mío, porque la hacienda se quedase en casa,
hombre no de mi gusto, ni de mi condición, como es verdad; díjele
asimismo que la ocasión en mí le ofrecía sus cabellos,
que los tomase, y que no diese lugar en no hacello al arrepentimiento,
y que no tomase de mi facilidad ocasión para no estimarme.
»Respondió, después de haberme visto no sé
cuántas veces en la iglesia, que por mi persona sola, sin los adornos
de la nobleza y de la riqueza, me hiciera señora del mundo si pudiera,
y que me suplicaba durase firme algún tiempo en mi amorosa intención,
a lo menos hasta que él dejase en Salamanca a un amigo suyo, que
con él desta ciudad había partido a seguir el estudio. Respondíle
que sí haría, porque en mí no era el amor importuno,
ni indiscreto, que presto nace y presto se muere. Dejóme entonces
por honrado, pues no quiso faltar a su amigo, y con lágrimas, como
enamorado, que yo se las vi verter, pasando por mi calle, el día
que se partió sin dejarme y yo me fui con él sin partirme.
»Otro día... (¿Quién podrá creer esto?
¡Qué de rodeos tienen las desgracias para alcanzar más
presto a los desdichados!) Digo, que otro día concertó mi
tío que volviésemos a Italia, y, sin poderme escusar ni
valerme el fingirme enferma, porque el pulso y la color me hacían
sana, mi tío no quiso creer que de enferma, sino de mal contenta
del casamiento, buscaba trazas para no partirme. En este tiempo le tuve
para escribir a Andrea de lo que me había sucedido, y que era forzoso
el partirme; pero que yo procuraría pasar por esta ciudad, donde
pensaba fingirme endemoniada, y dar lugar con esta traza a que él
le tuviese de dejar a Salamanca y venir a Luca, adonde, a pesar de mi
tío, y aun de todo el mundo, sería mi esposo; así
que, en su diligencia estaba mi ventura y aun la suya, si quería
mostrarse agradecido. Si las cartas llegaron a sus manos, que sí
debieron de llegar, porque los portes las hacen ciertas, antes de tres
días ha de estar aquí. Yo, por mi parte, he hecho lo que
he podido; una legión de demonios tengo en el cuerpo, que lo mismo
es tener una onza de amor en el alma, cuando la esperanza desde lejos
la anda haciendo cocos.»
Ésta es, señoras mías, mi historia; ésta,
mi locura; ésta, mi enfermedad; mis amorosos pensamientos son los
demonios que me atormentan; paso hambre, porque espero hartura, pero,
con todo eso, la desconfianza me persigue, porque, como dicen en Castilla:
"a los desdichados se les suelen helar las migas entre la boca y
la mano". Haced, señoras, de modo que acreditéis mi
mentira y fortalezcáis mis discursos, haciendo con mi tío
que, puesto que yo no sane, no me ponga en camino por algunos días:
quizá permitirá el cielo que llegue el de mi contento con
la venida de Andrea.
No habrá para qué preguntar si se admiraron o no los oyentes
de la historia de Isabela, pues la historia misma se trae consigo la admiración,
para ponerla en las almas de los que la escuchan.
Ruperta, Auristela, Constanza y Feliz Flora le ofrecieron de fortalecer
sus disignios, y de no partirse de aquel lugar hasta ver el fin dellos,
pues, a buena razón, no podía tardar mucho.
CAPÍTULO VENTIUNO DEL TERCERO LIBRO
Priesa se daba
la hermosa Isabela Castrucha a revalidar su demonio, y priesa se daban
las cuatro, ya sus amigas, a fortalecer su enfermedad, afirmando con todas
las razones que podían de que verdaderamente era el demonio el
que hablaba en su cuerpo: porque se vea quién es el amor, pues
hace parecer endemoniados a los amantes.
Estando en esto, que sería casi al anochecer, volvió el
médico a hacer la segunda visita, y acaso trujo con él a
Juan Bautista Marulo, padre de Andrea el enamorado, y, al entrar del aposento
de la enferma, dijo:
-Vea vuesa merced, señor Juan Bautista Marulo, la lástima
desta doncella, y si merece que en su cuerpo de ángel se ande espaciando
el demonio; pero una esperanza nos consuela, y es que nos ha dicho que
presto saldrá de aquí, y dará por señal de
su salida la venida del señor Andrea, vuestro hijo, que por instantes
aguarda.
-Así me lo han dicho -respondió el señor Juan Bautista-,
y holgaríame yo que cosas mías fuesen paraninfos de tan
buenas nuevas.
-Gracias a Dios y a mi diligencia -dijo Isabela-, que si no fuera por
mí, él se estuviera agora quedo en Salamanca, haciendo lo
que Dios se sabe. Créame el señor Juan Bautista, que está
presente, que tiene un hijo más hermoso que santo, y menos estudiante
que galán; que mal hayan las galas y las atildaduras de los mancebos,
que tanto daño hacen en la república, y mal hayan juntamente
las espuelas que no son de rodaja, y los acicates que no son puntiagudos,
y las mulas de alquiler que no se aventajan a las postas.
Con éstas fue ensartando otras razones equívocas; conviene
a saber, de dos sentidos, que de una manera las entendían sus secretarias
y de otra los demás circunstantes. Ellas las interpretaban verdaderamente,
y los demás, como desconcertados disparates.
-¿Dónde vistes vos, señora -dijo Marulo-, a mi hijo
Andrea? ¿Fue en Madrid o en Salamanca?
-No fue sino en Illescas -dijo Isabela-, cogiendo guindas la mañana
de San Juan, al tiempo que alboreaba; mas, si va a decir verdad, que es
milagro que yo la diga, siempre le veo y siempre le tengo en el alma.
-Aun bien -replicó Marulo-, que esté mi hijo cogiendo guindas
y no espulgándose, que es más propio de los estudiantes.
-Los estudiantes que son caballeros -respondió Isabela-, de pura
fantasía pocas veces se espulgan, pero muchas se rascan; que estos
animalejos, que se usan en el mundo tan de ordinario, son tan atrevidos
que así se entran por las calzas de los príncipes como por
las frazadas de los hospitales.
-Todo lo sabes, malino -dijo el médico-; bien parece que eres viejo.
Y esto, encaminando su razón al demonio que pensaba que tenía
Isabela en el cuerpo.
Estando en esto, que no parece sino que el mismo Satanás lo ordenaba,
entró el tío de Isabela con muestras de grandísima
alegría, diciendo:
-¡Albricias, sobrina mía; albricias, hija de mi alma; que
ya ha llegado el señor Andrea Marulo, hijo del señor Juan
Bautista, que está presente! ¡Ea, dulce esperanza mía,
cúmplenos la que nos has dado de que has de quedar libre en viéndole!
¡Ea, demonio maldito, vade retro, exi foras, sin que lleves pensamiento
de volver a esta estancia, por más barrida y escombrada que la
veas!
-Venga, venga -replicó Isabela- ese putativo Ganimedes, ese contrahecho
Adonis, y déme la mano de esposo, libre, sano y sin cautela; que
yo le he estado aquí aguardando más firme que roca puesta
a las ondas del mar, que la tocan, mas no la mueven.
Entró, de camino, Andrea Marulo, a quien ya en casa de su padre
le habían dicho la enfermedad de la estranjera Isabela, y de cómo
le esperaba para darle por señal de la salida del demonio. El mozo,
que era discreto y estaba prevenido, por las cartas que Isabela le envío
a Salamanca, de lo que había de hacer si la alcanzaba en Luca,
sin quitarse las espuelas, acudió a la posada de Isabela, y entró
por su estancia como atontado y loco, diciendo:
-¡Afuera, afuera, afuera; aparta, aparta, aparta; que entra el valeroso
Andrea, cuadrillero mayor de todo el infierno, si es que no basta de una
escuadra!
Con este alboroto y voces casi quedaron admirados los mismos que sabían
la verdad del caso, tanto que dijo el médico, y aun su mismo padre:
-Tan demonio es éste como el que tiene Isabela.
Y su tío dijo:
-Esperábamos a este mancebo para nuestro bien, y creo que ha venido
para nuestro mal.
-Sosiégate, hijo, sosiégate -dijo su padre-; que parece
que estás loco.
-¿No lo ha de estar -dijo Isabela-, si me vee a mí? ¿No
soy yo, por ventura, el centro donde reposan sus pensamientos? ¿No
soy yo el blanco donde asestan sus deseos?
-Sí, por cierto -dijo Andrea-; sí, que vos sois señora
de mi voluntad, descanso de mi trabajo y vida de mi muerte. Dadme la mano
de ser mi esposa, señora mía, y sacadme de la esclavitud
en que me veo a la libertad de verme debajo de vuestro yugo; dadme la
mano, digo otra vez, bien mío, y alzadme de la humildad de ser
Andrea Marulo a la alteza de ser esposo de Isabela Castrucho. Vayan de
aquí fuera los demonios que quisieren estorbar tan sabroso nudo,
y no procuren los hombres apartar lo que Dios junta.
-Tú dices bien, señor Andrea -replicó Isabela-; y,
sin que aquí intervengan trazas, máquinas ni embelecos,
dame esa mano de esposo y recíbeme por tuya.
Tendió la mano Andrea, y, en aquel instante, alzó la voz
Auristela y dijo:
-Bien se la puede dar, que para en uno son.
Pasmado y atónito, tendió también la mano su tío
de Isabela y trabó de la de Andrea, y dijo:
-¿Qué es esto, señores? ¿Úsase en este
pueblo que se case un diablo con otro?
-Que no -dijo el médico-; que esto debe de ser burlando, para que
el diablo se vaya, porque no es posible que este caso que va sucediendo
pueda ser prevenido por entendimiento humano.
-Con todo eso -dijo el tío de Isabela-, quiero saber de la boca
de entrambos qué lugar le daremos a este casamiento: el de la verdad
o el de la burla.
-El de la verdad -respondió Isabela-, porque ni Andrea Marulo está
loco ni yo endemoniada. Yo le quiero y escojo por mi esposo, si es que
él me quiere y me escoge por su esposa.
-No loco ni endemoniado, sino con mi juicio entero, tal cual Dios ha sido
servido de darme.
Y, diciendo esto, tomó la mano de Isabela, y ella le dio la suya,
y con dos síes quedaron indubitablemente casados.
-¿Qué es esto? -dijo Castrucho-; ¿otra vez? ¡Aquí
de Dios! ¿Cómo, y es posible que así se deshonren
las canas deste viejo?
-No las puede deshonrar -dijo el padre de Andrea- ninguna cosa mía.
Yo soy noble, y si no demasiadamente rico, no tan pobre que haya menester
a nadie. No entro ni salgo en este negocio; sin mi sabiduría se
han casado los muchachos: que en los pechos enamorados, la discreción
se adelanta a los años, y si las más veces los mozos en
sus acciones disparan, muchas aciertan; y, cuando aciertan, aunque sea
acaso, exceden con muchas ventajas a las más consideradas. Pero
mírese, con todo eso, si lo que aquí ha pasado puede pasar
adelante, porque si se puede deshacer, las riquezas de Isabela no han
de ser parte para que yo procure la mejora de mi hijo.
Dos sacerdotes que se hallaron presentes dijeron que era válido
el matrimonio, presupuesto que, si con parecer de locos le habían
comenzado, con parecer de verdaderamente cuerdos le habían confirmado.
-Y de nuevo le confirmamos -dijo Andrea.
Y lo mismo dijo Isabela.
Oyendo lo cual su tío, se le cayeron las alas del corazón
y la cabeza sobre el pecho; y, dando un profundo suspiro, vuelto los ojos
en blanco, dio muestras de haberle sobrevenido un mortal parasismo.
Lleváronle sus criados al lecho, levantóse del suyo Isabela,
llevóla Andrea a casa de su padre, como a su esposa, y de allí
a dos días entraron por la puerta de una iglesia un niño,
hermano de Andrea Marulo, a bautizar; Isabela y Andrea a casarse, y a
enterrar el cuerpo de su tío, porque se vean cuán estraños
son los sucesos desta vida: unos a un mismo punto se bautizan, otros se
casan y otros se entierran. Con todo eso, se puso luto Isabela, porque
ésta que llaman muerte mezcla los tálamos con las sepulturas
y las galas con los lutos.
Cuatro días más estuvieron en Luca nuestros peregrinos y
la escuadra de nuestros pasajeros, que fueron regalados de los desposados
y del noble Juan Bautista Marulo.
Y aquí dio fin nuestro autor al tercero libro desta historia.
Fin
del TERCER libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Obras
de CERVANTES:
Don
Quixote de la Mancha
El Amante Liberal
El Casamiento Engañoso
El Celoso Extremeño
El Coloquio de los Perros
El Licenciado Vidriera
El Trato de Argel
«Entremeses»
Entremés de la CUEVA
DE SALAMANCA
Entremés de la ELECCIÓN
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO
Entremés de la GUARDA
CUIDADOSA
Entremés del JUEZ
DE LOS DIVORCIOS
Entremés del RETABLO
DE LAS MARAVILLAS
Entremés del RUFIÁN
VIUDO LLAMADO TRAMPAGOS
Entremés del VIEJO
CELOSO
Entremés del VIZCAÍNO
FINGIDO
La
Española Inglesa
La Fuerza de
la Sangre
La Galatea
La Gitanilla
La Ilustre Fregona
La Numancia
La Señora Cornelia
Las Dos Doncellas
Los Trabajos de Persiles
y Segismunda
Rinconete y Cortadillo
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