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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO
XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
Fue recogido
de los cabreros con buen ánimo; y, habiendo Sancho,
lo mejor que pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue
tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra
que
hirviendo al fuego en un caldero estaban; y, aunque él quisiera
en aquel mesmo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del
caldero al estómago, lo dejó de hacer, porque los cabreros
los
quitaron del fuego, y, tendiendo por el suelo unas pieles de
ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron
a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían.
Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos, que eran los
que en la majada había, habiendo primero con groseras ceremonias
rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo que vuelto
del revés le pusieron. Sentóse don Quijote, y quedábase
Sancho en
pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en
pie su amo, le dijo:
-Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante
caballería, y cuán a pique están los que en cualquiera
ministerio
della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados
del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía
desta buena
gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu
amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo
bebiere; porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo
que del amor se dice: que todas las cosas iguala.
-¡Gran merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced
que,
como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en
pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si
va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón,
sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los
gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio,
beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me
viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad
traen consigo. Ansí que, señor mío, estas honras
que vuestra
merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería
andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced,
conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo
y provecho;
que éstas, aunque las doy por bien recebidas, las renuncio para
desde aquí al fin del mundo.
-Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le ensalza.
Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél
se sentase.
No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de
caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar,
y
mirar a sus huéspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban
tasajo como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron
sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y
juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho
de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba
a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de
noria) que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de
manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho su
estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y,
mirándolas
atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
-Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos
pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en
esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en
aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que
en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.
Eran
en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era
necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro
trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas,
que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado
fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica
abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las
quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban
su
república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a
cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de
su
dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de
sí, sin
otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas
cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre
rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de
las
inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo
concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo
arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera
madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes
de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar
y
deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí
que
andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de
otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de
aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la
honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran
sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro
y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas
hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá
iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas
con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa
les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del
alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los
concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia
mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus
proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del
favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y
persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en
el
entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar,
ni
quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como
tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la
ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su
perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora,
en estos
nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la
oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque
allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita
solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con
todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más
los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la
orden de
los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las
viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta
orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y
buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque
por
ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los
caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros
esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que,
con la
voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo
nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a
la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil
razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra,
embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho,
asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el
segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado
de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena;
al fin
de la cual, uno de los cabreros dijo:
-Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor
caba[lle]ro andante, que le agasajamos con prompta y buena
voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante un
compañero nuestro que no tardará mucho en estar aquí;
el cual es
un zagal muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo, sabe
leer y escrebir y es músico de un rabel, que no hay más
que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó
a sus
oídos el son del rabel, y de allí a poco llegó el
que le tañía,
que era un mozo de hasta veinte y dos años, de muy buena gracia.
Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y,
respondiendo que
sí, el que había hecho los ofrecimientos le dijo:
-De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar
un
poco, porque vea este señor huésped que tenemos quien; también
por los montes y selvas hay quien sepa de música. Hémosle
dicho
tus buenas habilidades, y deseamos que las muestres y nos saques
verdaderos; y así, te ruego por tu vida que te sientes y cantes
el romance de tus amores que te compuso el beneficiado tu tío,
que en el pueblo ha parecido muy bien.
-Que me place -respondió el mozo.
Y, sin hacerse más de rogar, se sentó en el tronco de una
desmochada encina, y, templando su rabel, de allí a poco, con muy
buena gracia, comenzó a cantar, diciendo desta manera:
ANTONIO
-Yo sé, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo;
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Mas allá entre tus reproches
y honestísimos desvíos,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abalánzase al señuelo
mi fe, que nunca ha podido,
ni menguar por no llamado,
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho;
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
''Tal piensa que adora a un ángel,
y viene a adorar a un jimio;
merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras,
que engañan al Amor mismo''.
Desmentíla y enojóse;
volvió por ella su primo:
desafióme, y ya sabes
lo que yo hice y él hizo.
No te quiero yo a montón,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía;
que más bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia
que son lazadas de sirgo;
pon tú el cuello en la gamella;
verás como pongo el mío.
Donde no, desde aquí juro,
por el santo más bendito,
de no salir destas sierras
sino para capuchino.
Con esto dio el cabrero
fin a su canto; y, aunque don Quijote le
rogó que algo más cantase, no lo consintió Sancho
Panza, porque
estaba más para dormir que para oír canciones. Y ansí,
dijo a su amo:
-Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de
posar esta noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen
todo el día no permite que pasen las noches cantando.
-Ya te entiendo, Sancho -le respondió don Quijote-; que bien se
me trasluce que las visitas del zaque piden más recompensa de
sueño que de música.
-A todos nos sabe bien, bendito sea Dios -respondió Sancho.
-No lo niego -replicó don Quijote-, pero acomódate tú
donde
quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando que
durmiendo. Pero, con todo esto, sería bien, Sancho, que me
vuelvas a curar esta oreja, que me va doliendo más de lo que es
menester.
Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros
la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio
con que fácilmente se sanase. Y, tomando algunas hojas de romero,
de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló
con un poco
de sal, y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien,
asegurándole que no había menester otra medicina; y así
fue la verdad.
CAPÍTULO
XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con
don Quijote
Estando en esto,
llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento,
y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?
-¿Cómo lo podemos saber? -respondió uno dellos.
-Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana
aquel
famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha
muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija
de Guillermo el rico, aquélla que se anda en hábito de pastora
por esos andurriales.
-Por Marcela dirás -dijo uno.
-Por ésa digo -respondió el cabrero-. Y es lo bueno, que
mandó en
su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro,
y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque;
porque, según es fama, y él dicen que lo dijo, aquel lugar
es
adonde él la vio la vez primera. Y también mandó
otras cosas,
tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir,
ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo
cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que
también se vistió de pastor con él, que se ha de
cumplir todo,
sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre
esto
anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará
lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren; y mañana
le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo
para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré
de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.
-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y echaremos
suertes a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien dices, Pedro -dijo [uno]-; aunque no será menester usar de
esa diligencia, que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas
a
virtud y a poca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el
garrancho que el otro día me pasó este pie.
-Con todo eso, te lo agradecemos -respondió Pedro.
Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél
y qué
pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía
era
que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que
estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos
años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a
su lugar,
con opinión de muy sabio y muy leído.
-«Principalmente, decían que sabía la ciencia de las
estrellas, y
de lo que pasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque
puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.»
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos
luminares mayores -dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su
cuento diciendo:
-«Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año
abundante o estil.»
-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote.
-Estéril o estil -respondió Pedro-, todo se sale allá.
«Y digo
que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que le
daban crédito, muy ricos, porque hacían lo que él
les aconsejaba,
diciéndoles: ''Sembrad este año cebada, no trigo; en éste
podéis
sembrar garbanzos y no cebada; el que viene será de guilla de
aceite; los tres siguientes no se cogerá gota''.»
-Esa ciencia se llama astrología -dijo don Quijote.
-No sé yo cómo se llama -replicó Pedro-, mas sé
que todo esto
sabía, y aún más. «Finalmente, no pasaron muchos
meses, después
que vino de Salamanca, cuando un día remaneció vestido de
pastor,
con su cayado y pellico, habiéndose quitado los hábitos
largos
que como escolar traía; y juntamente se vistió con él
de pastor
otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que había sido su
compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo,
el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que él
hacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor,
y
los autos para el día de Dios, que los representaban los mozos
de
nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo. Cuando los
del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos
escolares, quedaron admirados, y no podían adivinar la causa que
les había movido a hacer aquella tan estraña mudanza. Ya
en este
tiempo era muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó
heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en
raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor,
y en
gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor
desoluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen
compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una
cara
como una bendición. Después se vino a entender que el haberse
mudado de traje no había sido por otra cosa que por andarse por
estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro
zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado el
pobre
difunto de Grisóstomo.» Y quiéroos decir agora, porque
es bien
que lo sepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun
sin quizá, no
habréis oído semejante cosa en todos los días de
vuestra vida,
aunque viváis más años que sarna.
-Decid Sarra -replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar
de los vocablos del cabrero.
-Harto vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor,
que me
habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no
acabaremos en un año.
-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta
diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy
bien, porque vive más sarna que Sarra; y proseguid vuestra
historia, que no os replicaré más en nada.
-«Digo, pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-,
que en
nuestra aldea hubo un labrador aún más rico que el padre
de
Grisóstomo, el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios,
amén de las muchas y grandes riquezas, una hija, de cuyo parto
murió su madre, que fue la más honrada mujer que hubo en
todos
estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella
cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobre
todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe
de estar su ánima a la hora de [a]hora gozando de Dios en el otro
mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido
Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder
de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creció
la niña con tanta belleza, que nos hacía acordar de la de
su
madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que
le había de pasar la de la hija. Y así fue, que, cuando
llegó a
edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía
a
Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban
enamorados y perdidos por ella. Guardábala su tío con mucho
recato y con mucho encerramiento; pero, con todo esto, la fama de
su mucha hermosura se estendió de manera que, así por ella
como
por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo,
sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores
dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese
por mujer. Mas él, que a las derechas es buen cristiano, aunque
quisiera casarla luego, así como la vía de edad, no quiso
hacerlo
sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjería
que le ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando su
casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el
pueblo, en alabanza del buen sacerdote.» Que quiero que sepa,
señor andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de
todo se murmura; y tened para vos, como yo tengo para mí, que
debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga
a sus
feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas.
-Así es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que
el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena
gracia.
-La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. «Y
en lo
demás sabréis que, aunque el tío proponía
a la sobrina y le decía
las calidades de cada uno en particular, de los muchos que por
mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su
gusto,
jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no
quería
casarse, y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil
para
poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al
parecer justas escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba
a que entrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía
a
su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que
no habían de dar
los padres a sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo
aquí, cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa
Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del
pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las
demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, así
como ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto,
no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos
y
labradores han tomado el traje de Grisóstomo y la andan
requebrando por esos campos. Uno de los cuales, como ya está
dicho, fue nuestro difunto, del cual decían que la dejaba de
querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se puso
en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún
recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que
venga en menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y
tal la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la
sirven y solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá
alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su
deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la compañía
y
conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente,
en llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque
sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí
como con un trabuco. Y con esta manera de condición hace más
daño
en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia; porque su
afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a
servirla y a amarla, pero su desdén y desengaño los conduce
a
términos de desesperarse; y así, no saben qué decirle,
sino
llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulos a éste
semejante[s], que bien la calidad de su condición manifiestan.
Y
si aquí estuviésedes, señor, algún día,
veríades resonar estas
sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que
la siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay
casi dos
docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza
no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela; y encima de
alguna, una corona grabada en el mesmo árbol, como si más
claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de
toda la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se
queja
otro; acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas
endechas. Cuál hay que pasa todas las horas de la noche sentado
al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los
llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le
halló el sol a la mañana; y cuál hay que, sin dar
vado ni tregua
a sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta del
verano, tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al
piadoso cielo. Y déste y de aquél, y de aquéllos
y de éstos,
libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela; y todos los
que la conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez
y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición
tan terrible y gozar de hermosura tan estremada.» Por ser todo lo
que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que
también lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de
la causa
de la muerte de Grisóstomo. Y así, os aconsejo, señor,
que no
dejéis de hallaros mañana a su entierro, que será
muy de ver,
porque Grisóstomo tiene muchos amigos, y no está de este
lugar a
aquél donde manda enterrarse media legua.
-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradézcoos el
gusto que me habéis dado con la narración de tan sabroso
cuento.
-¡Oh! -replicó el cabrero-, aún no sé yo la
mitad de los casos
sucedidos a los amantes de Marcela, mas podría ser que mañana
topásemos en el camino algún pastor que nos los dijese.
Y, por
ahora, bien será que os vais a dormir debajo de techado, porque
el sereno os podría dañar la herida, puesto que es tal la
medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de contrario accidente.
Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero,
solicitó, por su parte, que su amo se entrase a dormir en la
choza de Pedro. Hízolo así, y todo lo más de la noche
se le pasó
en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes
de
Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento,
y
durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido
a coces.
CAPíTULO XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora
Marcela,
con otros sucesos
Mas, apenas
comenzó a descubrirse el día por los balcones del
oriente, cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y
fueron a despertar a don Quijote, y a decille si estaba todavía
con propósito de ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo,
y que
ellos le harían compañía. Don Quijote, que otra cosa
no deseaba,
se levantó y mandó a Sancho que ensillase y enalbardase
al
momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la mesma se
pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de
legua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos
hasta seis pastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las
cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía
cada
uno un grueso bastón de acebo en la mano. Venían con ellos,
asimesmo, dos gentiles hombres de a caballo, muy bien aderezados
de camino, con otros tres mozos de a pie que los acompañaban. En
llegándose a juntar, se saludaron cortésmente, y, preguntándose
los unos a los otros dónde iban, supieron que todos se
encaminaban al lugar del entierro; y así, comenzaron a caminar
todos juntos.
Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo:
-Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada
la
tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá
dejar de ser famoso, según estos pastores nos han contado
estrañezas, ansí del muerto pastor como de la pastora homicida.
-Así me lo parece a mí -respondió Vivaldo-; y no
digo yo hacer
tardanza de un día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.
Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído
de Marcela y
de Grisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían
en[con]trado con aquellos pastores, y que, por haberles visto en
aquel tan triste traje, les habían preguntado la ocasión
por que
iban de aquella manera; que uno dellos se lo contó, contando la
estrañeza y hermosura de una pastora llamada Marcela, y los
amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquel
Grisóstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, él contó
todo lo que
Pedro a don Quijote había contado.
Cesó esta plática y comenzóse otra, preguntando el
que se llamaba
Vivaldo a don Quijote qué era la ocasión que le movía
a andar
armado de aquella manera por tierra tan pacífica. A lo cual respondió
don Quijote:
-La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande
de otra manera. El buen paso, el regalo y el reposo, allá se
inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud
y las armas sólo se inventaron e hicieron para aquellos que el
mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo, aunque
indigno, soy el menor de todos.
Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y, por
averiguarlo más y ver qué género de locura era el
suyo, le tornó
a preguntar Vivaldo que qué quería decir "caballeros
andantes".
-¿No han vuestras mercedes leído -respondió don Quijote-
los
anales e historias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas
fazañas del rey Arturo, que continuamente en nuestro romance
castellano llamamos el rey Artús, de quien es tradición
antigua y
común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey
no
murió, sino que, por arte de encantamento, se convirtió
en
cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a
cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probará que desde
aquel tiempo a éste haya ningún inglés muerto cuervo
alguno? Pues
en tiempo de este buen rey fue instituida aquella famosa orden de
caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin
faltar un punto, los amores que allí se cuentan de don Lanzarote
del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora
aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació
aquel tan
sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de:
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino;
con aquel progreso tan
dulce y tan suave de sus amorosos y
fuertes fechos. Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella
orden de caballería estendiéndose y dilatándose por
muchas y
diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y conocidos
por sus fechos el valiente Amadís de Gaula, con todos sus hijos
y
nietos, hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte de
Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y
casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al
invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto,
pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la
orden de su caballería; en la cual, como otra vez he dicho, yo,
aunque pecador, he hecho profesión, y lo mesmo que profesaron los
caballeros referidos profeso yo. Y así, me voy por estas
soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo
deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa
que la suerte me deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.
Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes
que era don Quijote falto de juicio, y del género de locura que
lo señoreaba, de lo cual recibieron la mesma admiración
que
recibían todos aquellos que de nuevo venían en conocimiento
della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre
condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decían
que
les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle
ocasión a que pasase más adelante con sus disparates. Y
así, le
dijo:
-Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha
profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la
tierra, y tengo para mí que aun la de los frailes cartujos no es
tan estrecha.
-Tan estrecha bien podía ser -respondió nuestro don Quijote-,
pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello
en duda. Porque, si va a decir verdad, no hace menos el soldado
que pone en ejecución lo que su capitán le manda que el
mesmo
capitán que se lo ordena. Quiero decir que los religiosos, con
toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los
soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos pide[n],
defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras
espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos
por blanco de los insufribles rayos del sol en verano y de los
erizados yelos del invierno. Así que, somos ministros de Dios en
la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y,
como las cosas de la guerra y las a ellas tocantes y
concernientes no se pueden poner en ejecución sino sudando,
afanando y trabajando, síguese que aquellos que la profesan
tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz
y reposo están rogando a Dios favorezca a los que poco pueden.
No
quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen
estado el de caballero andante como el del encerrado religioso;
sólo quiero inferir, por lo que yo padezco, que, sin duda, es más
trabajoso y más aporreado, y más hambriento y sediento,
miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los
caballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el
discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser emperadores por
el valor de su brazo, a fe que les costó buen porqué de
su sangre
y de su sudor; y que si a los que a tal grado subieron les
faltaran encantadores y sabios que los ayudaran, que ellos
quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus
esperanzas.
-De ese parecer estoy yo -replicó el caminante-; pero una cosa,
entre otras muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes,
y es que, cuando se ven en ocasión de acometer una grande y
peligrosa aventura, en que se vee manifiesto peligro de perder la
vida, nunca en aquel instante de acometella se acuerdan de
encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer
en
peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tanta
gana y devoción como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece
que huele algo a gentilidad.
-Señor -respondió don Quijote-, eso no puede ser menos en
ninguna
manera, y caería en mal caso el caballero andante que otra cosa
hiciese; que ya está en uso y costumbre en la caballería
andantesca que el caballero andante que, al acometer algún gran
fecho de armas, tuviese su señora delante,vuelva a ella los ojos
blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y
ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie le oye,
está obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de
todo corazón se le encomiende; y desto tenemos innumerables
ejemplos en las historias. Y no se ha de entender por esto que
han de dejar de encomendarse a Dios; que tiempo y lugar les queda
para hacerlo en el discurso de la obra.
-Con todo eso -replicó el caminante-, me queda un escrúpulo,
y es
que muchas veces he leído que se traban palabras entre dos
andantes caballeros, y, de una en otra, se les viene a encender
la cólera, y a volver los caballos y tomar una buena pieza del
campo, y luego, sin más ni más, a todo el correr dellos,
se
vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, se encomiendan a
sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el uno cae
por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de
parte a parte, y al otro le viene también que, a no tenerse a las
crines del suyo, no pudiera dejar de venir al suelo. Y no sé yo
cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el discurso
de esta tan acelerada obra. Mejor fuera que las palabras que en
la carrera gastó encomendándose a su dama las gastara en
lo que
debía y estaba obligado como cristiano. Cuanto más, que
yo tengo
para mí que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien
encomendarse, porque no todos son enamorados.
-Eso no puede ser -respondió don Quijote-: digo que no puede ser
que haya caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan
natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener
estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se
halle caballero andante sin amores; y por el mesmo caso que
estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero,
sino
por bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballería
dicha,
no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.
-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me
acuerdo, haber leído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís
de Gaula, nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse;
y, con todo esto, no fue tenido en menos, y fue un muy valiente y famoso
caballero.
A lo cual respondió nuestro don Quijote:
-Señor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto más,
que yo sé
que de secreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera
que, aquello de querer a todas bien cuantas bien le parecían era
condición natural, a quien no podía ir a la mano. Pero,
en
resolución, averiguado está muy bien que él tenía
una sola a
quien él había hecho señora de su voluntad, a la
cual se
encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció de
secreto caballero.
-Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser
enamorado -dijo el caminante-, bien se puede creer que vuestra
merced lo es, pues es de la profesión. Y si es que vuestra merced
no se precia de ser tan secreto como don Galaor, con las veras
que puedo le suplico, en nombre de toda esta compañía y
en el
mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama;
que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que es
querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.
Aquí dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:
-Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que
el mundo sepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo
a lo
que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea;
su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo
menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía;
su
hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos
todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los
poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente
campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus
mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro
su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve,
y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son
tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta
consideración puede encarecerla[s], y no compararlas.
-El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber -replicó
Vivaldo.
A lo cual respondió don Quijote:
-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de
los modernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes
de Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia;
Palafoxes, Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas,
Foces y Gurreas de Aragón; Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes
de Castilla; Alencastros, Pallas y Meneses de Portogal; pero es
de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que
puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los
venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con
las condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas
de Orlando, que decía:
NADIE LAS MUEVA
QUE ESTAR NO PUEDA CON ROLDÁN A PRUEBA.
-Aunque el mío
es de los Cachopines de Laredo -respondió el
caminante-, no le osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha,
puesto que, para decir verdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado
a mis oídos.
-¡Como eso no habrá llegado! -replicó don Quijote.
Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática
de
los dos, y aun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la
demasiada falta de juicio de nuestro don Quijote. Sólo Sancho
Panza pensaba que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él
quién era y habiéndole conocido desde su nacimiento; y en
lo que
dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso,
porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás
a su
noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso.
En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos
altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos
con
pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que,
a lo que después pareció, eran cuál de tejo y cuál
de ciprés.
Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha
diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno de los cabreros,
dijo:
-Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de
Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde
él
mandó que le enterrasen.
Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que
venían habían puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos
con
agudos picos estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.
Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego don
Quijote y los que con él venían se pusieron a mirar las
andas, y
en ellas vieron cubierto de flores un cuerpo muerto, vestido como
pastor, de edad, al parecer, de treinta años; y, aunque muerto,
mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposi[ci]ón
gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmas andas algunos
libros
y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los que esto
miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás
que
allí había, guardaban un maravilloso silencio, hasta que
uno de
los que al muerto trujeron dijo a otro:
-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo
dijo, ya
[que] queréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó
mandado
en su testamento.
-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas veces en él
me contó mi
desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él
que vio la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje
humano, y allí fue también donde la primera vez le declaró
su
pensamiento, tan honesto como enamorado, y allí fue la última
vez
donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar,
de suerte que
puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, en memoria
de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas
del eterno olvido.
Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió
diciendo:
-Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando,
fue
depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de
sus riquezas. Ése es el cuerpo de Grisóstomo, que fue único
en el
ingenio, solo en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix
en
la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre
sin
bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin
segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue
aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera,
importunó a
un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad,
sirvió
a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojos de la
muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin
una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en
la
memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles
que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los
entregara
al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos -dijo Vivaldo-
que su mesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla
la
voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable
discurso. Y no le tuviera bueno A[u]gusto César si consintiera
que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó
en su
testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, ya que deis
el
cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos
al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que
vos
cumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos
papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que
sirva de ejemplo, en los tiempos que están por venir, a los
vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes
despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos,
la historia
deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad
vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado
al
acabar de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar
cuánto haya sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo,
la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que a
rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante
de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte de Grisóstomo, y
que en este lugar había de ser enterrado; y así, de curiosidad
y
de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de venir
a
ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo.
Y, en
pago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de
remedialla si pudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio!
(a
lo menos, yo te lo suplico de mi parte), que, dejando de abrasar
estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó
algunos de los que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio,
dijo:
-Por cortesía consentiré que os quedéis, señor,
con los que ya
habéis tomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que
quedan
es pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió
luego
el uno dellos y vio que tenía por título: Canción
desesperada.
Oyólo Ambrosio y dijo:
-Ése es el último papel que escribió el desdichado;
y, porque
veáis, señor, en el término que le tenían
sus desventuras, leelde
de modo que seáis oído; que bien os dará lugar a
ello el que se
tardare en abrir la sepultura.
-Eso haré yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.
Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le
pusieron a la redonda; y él, leyendo en voz clara, vio que así
decía:
CAPíTULO
XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto
pastor, con otros no esperados sucesos
CANCIÓN
DE GRISÓSTOMO
Ya que quieres, cruel,
que se publique,
de lengua en lengua y de una en otra gente,
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son, sino al rüido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.
El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado búho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente ánima fuera,
mezclados en un son, de tal manera
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en mí se halla
para contalla pide nuevos modos.
De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que allí se esparcirán mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas;
o ya en escuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o adonde el sol jamás mostró su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano;
que, puesto que en los páramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
serán llevados por el ancho mundo.
Mata un desdén, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor más fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desdeñado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto;
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.
¿Puédese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello,
siendo las causas del temor más ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las sospechas,
¡oh amarga conversión!, verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
Yo muero, en fin; y, porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien quiere,
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y, con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.
Tú, que con tantas sinrazones muestras
la razón que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del corazón profunda llaga,
de cómo, alegre, a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasión funesta,
descubre que el fin mío fue tu fiesta;
mas gran simpleza es avisarte desto,
pues sé que está tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.
Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y ansimismo
con su rueda Egïón no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto;
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
-si ya a un desesperado son debidas-
canten obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstros,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.
Canción desesperada, no te quejes
cuando mi triste compañía dejes;
antes, pues que la causa do naciste
con mi desdicha augmenta su ventura,
aun en la sepultura no estés triste.
Bien les pareció,
a los que escuchado habían, la canción de
Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía
que
conformaba con la relación que él había oído
del recato y bondad
de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos,
sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y
buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel
que sabía bien los más escondidos pensami[e]ntos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que
sepáis
que cuando este desdichado escribió esta canción estaba
ausente
de Marcela, de quien él se había ausentado por su voluntad,
por
ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros. Y, como
al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que
no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los
celos
imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y
con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la
bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco
arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede
ponerle falta alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado del
fuego, lo estorbó una maravillosa visión -que tal parecía
ella-
que improvisamente se les ofreció a los ojos; y fue que, por cima
de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora
Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que
hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración
y
silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron
menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas, apenas
la
hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le
dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas
montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste
miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a
ufanarte
en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa
altura,
como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a
pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la ingrata hija
al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es
aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos
de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré
que, aun
él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus
amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho
-respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar
a
entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus
penas
y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos
los
que aquí estáis me estéis atentos, que no será
menester mucho
tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa,
y de tal manera
que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi
hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun
queréis,
que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural
entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable;
mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado
lo que
es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría
acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo
digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir ''Quiérote por
hermosa; hasme de amar aunque sea feo''. Pero, puesto caso que
corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr
iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas
alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las
bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades
confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar;
porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían
de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero
amor
no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto
así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis
que rinda mi
voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me
queréis
bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera
fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me
amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que
yo no escogí
la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de
gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora
no
merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella
mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser
reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer
honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni
él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y
las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo,
aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad
es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y
hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por
hermosa,
por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su
gusto,
con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la
soledad de los
campos. Los árboles destas montañas son mi compañía,
las claras
aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas
comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y
espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he
desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con
esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro
alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le
mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que
eran
honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a
corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde
ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su
intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad,
y
de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los
despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño,
quiso
porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué
mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo
le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi
mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado,
desesperó sin
ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de
su pena se me
dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese
aquel a quien
le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo
llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni
homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino,
y
el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este
general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su
particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que
si
alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque
quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los
desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me
llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el
que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me
conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco,
esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará,
servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que
si a
Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por
qué se ha
de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi
limpieza con la compañía de los árboles, ¿por
qué ha de querer
que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo,
como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas;
tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni
aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél,
ni burlo
con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de
las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas,
y si de
aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que
camina el alma a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió
las
espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí
cerca
estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su
hermosura, a todos los que allí estaban. Y algunos dieron
muestras -de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de
sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir, sin
aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído.
Lo cual
visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía
bien usar de
su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta
la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces,
dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se
atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la
furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y
suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la
muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender
con los
deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en
lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de
todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola
la que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio
les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían,
ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí
hasta que,
acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo,
pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los
circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en
tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba
mandar hacer, con un epitafio que había de decir desta manera:
YACE AQUí DE UN
AMADOR
EL MíSERO CUERPO HELADO,
QUE FUE PASTOR DE GANADO,
PERDIDO POR DESAMOR.
MURIÓ A MANOS DEL RIGOR
DE UNA ESQUIVA HERMOSA INGRATA,
CON QUIEN SU IMPERIO DILATA
LA TIRANíA DE SU AMOR.
Luego esparcieron por
cima de la sepultura muchas flores y ramos,
y, dando todos el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron dél.
Lo mesmo hicieron Vivaldo y su compañero, y don Quijote se
despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales
le
rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan
acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada
esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les
agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced,
y
dijo que por entonces no quería ni debía ir a Sevilla, hasta
que
hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones malandrines,
de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo su buena
determinación, no quisieron los caminantes importunarle más,
sino, tornándose a despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron
su camino, en el cual no les faltó de qué tratar, así
de la
historia de Marcela y Grisóstomo como de las locuras de don
Quijote. El cual determinó de ir a buscar a la pastora Marcela
y
ofrecerle todo lo que él podía en su servicio. Mas no le
avino
como él pensaba, según se cuenta en el discurso desta verdadera
historia, dando aquí fin la segunda parte.
TERCERA PARTE DEL
INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
CAPíTULO XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que
se topó
don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses
Cuenta el sabio
Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote
se despidió de sus huéspedes y de todos los que se hallaron
al
entierro del pastor Grisóstomo, él y su escudero se entraron
por
el mesmo bosque donde vieron que se había entrado la pastora
Marcela; y, habiendo andado más de dos horas por él, buscándola
por todas partes sin poder hallarla, vinieron a parar a un prado
lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo apacible
y
fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las
horas de la
siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.
Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a
Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había,
dieron saco a las alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz
y compañía, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron.
No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro
de
que le conocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las
yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran tomar mal
siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no todas
veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo una manada de
hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es
costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y
agua; y aquel donde acertó a hallarse don Quijote era muy a
propósito de los gallegos.
Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse
con las señoras facas; y saliendo, así como las olió,
de su
natural paso y costumbre, sin pedir licencia [a] su dueño, tomó
un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con
ellas. Mas ellas, que, a lo que pareció, debían de tener
más gana
de pacer que de ál, recibiéronle con las herraduras y con
los
dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le rompieron las
cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debió
más
de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas
se les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que
le derribaron malparado en el suelo.
Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante
habían visto, llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:
-A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino
gente soez y de baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar
a
tomar la debida venganza del agravio que delante de nuestros ojos
se le ha hecho a Rocinante.
-¿Qué diablos de venganza hemos de tomar -respondió
Sancho-, si
éstos son más de veinte y nosotros no más de dos,
y aun, quizá,
nosotros sino uno y medio?
-Yo valgo por ciento -replicó don Quijote.
Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió
a
los gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del
ejemplo de su amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una
cuchillada a uno, que le abrió un sayo de cuero de que venía
vestido, con gran parte de la espalda.
Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres
solos, siendo ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo
a los dos en medio, comenzaron a menudear sobre ellos con grande
ahínco y vehemencia. Verdad es que al segundo toque dieron con
Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino a don Quijote, sin que le
valiese su destreza y buen ánimo; y quiso su ventura que viniese
a caer a los pies de Rocinante, que aún no se había levantado;
donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas en
manos rústicas y enojadas.
Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con
la
mayor presteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su
camino, dejando a los dos aventureros de mala traza y de peor talante.
El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose
junto
a su señor, con voz enferma y lastimada, dijo:
-¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!
-¿Qué quieres, Sancho hermano? -respondió don Quijote
con el
mesmo tono afeminado y doliente que Sancho.
-Querría, si fuese posible -respondió Sancho Panza-, que
vuestra
merced me diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es
que la tiene vuestra merced ahí a mano. Quizá será
de provecho
para los quebrantamientos de huesos como lo es para las feridas.
-Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos
faltaba?
-respondió don Quijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de
caballero andante, que antes que pasen dos días, si la fortuna
no
ordena otra cosa, la tengo de tener en mi poder, o mal me han de andar
las manos.
-Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos
mover
los pies? -replicó Sancho Panza.
-De mí sé decir -dijo el molido caballero don Quijote- que
no
sabré poner término a esos días. Mas yo me tengo
la culpa de
todo, que no había de poner mano a la espada contra hombres que
no fuesen armados caballeros como yo; y así, creo que, en pena
de
haber pasado las leyes de la caballería, ha permitido el dios de
las batallas que se me diese este castigo. Por lo cual, Sancho
Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré,
porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando
veas que semejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes
a
que yo ponga mano al espada para ellos, porque no lo haré en
ninguna manera, sino pon tú mano a tu espada y castígalos
muy a
tu sabor; que si en su ayuda y defensa acudieren caballeros, yo
te sabré defender y ofendellos con todo mi poder; que ya habrás
visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiende
el
valor de este mi fuerte brazo.
Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento
del
valiente vizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza
el
aviso de su amo que dejase de responder, diciendo:
-Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé
disimilar
cualquiera injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y
criar. Así que, séale a vuestra merced también aviso,
pues no
puede ser mandato, que en ninguna manera pondré mano a la espada,
ni contra villano ni contra caballero; y que, desde aquí para
delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho y han de
hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona
alta o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condición
alguna.
Lo cual oído por su amo, le respondió:
-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y
que el dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto,
para darte a entender, Panza, en el error en que estás. Ven acá,
pecador; si el viento de la fortuna, hasta ahora tan contrario,
en nuestro favor se vuelve, llevándonos las velas del deseo para
que seguramente y sin contraste alguno tomemos puerto en alguna
de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué sería
de ti si,
ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás
a
imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener
valor ni intención de vengar tus injurias y defender tu señorío?
Porque has de saber que en los reinos y provincias nuevamente
conquistados nunca están tan quietos los ánimos de sus naturales,
ni tan de parte del nuevo señor que no se tengan temor de que han
de hacer alguna novedad para alterar de nuevo las cosas, y
volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester que el
nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor
para ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.
-En este que ahora nos ha acontecido -respondió Sancho-, quisiera
yo tener ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice;
mas yo le juro, a fe de pobre hombre, que más estoy para bizmas
que para pláticas. Mire vuestra merced si se puede levantar, y
ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece, porque él fue la
causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí
de
Rocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica
como yo.
En fin, bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a
conocer las personas, y que no hay cosa segura en esta vida.
¿Quién dijera que tras de aquellas tan grandes cuchilladas
como
vuestra merced dio a aquel desdichado caballero andante, había
de
venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta tan grande
tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?
-Aun las tuyas, Sancho -replicó don Quijote-, deben de estar
hechas a semejantes nublados; pero las mías, criadas entre
sinabafas y holandas, claro está que sentirán más
el dolor desta
desgracia. Y si no fuese porque imagino..., ¿qué digo imagino?,
sé muy cierto, que todas estas incomodidades son muy anejas al
ejercicio de las armas, aquí me dejaría morir de puro enojo.
A esto replicó el escudero:
-Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la
caballería, dígame vuestra merced si suceden muy a menudo,
o si
tienen sus tiempos limitados en que acaecen; porque me parece a
mí que a dos cosechas quedaremos inútiles para la tercera,
si
Dios, por su infinita misericordia, no nos socorre.
-Sábete, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que la vida
de los
caballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y,
ni más ni menos, está en potencia propincua de ser los caballeros
andantes reyes y emperadores, como lo ha mostrado la experiencia
en muchos y diversos caballeros, de cuyas historias yo tengo
entera noticia. Y pudiérate contar agora, si el dolor me diera
lugar, de algunos que, sólo por el valor de su brazo, han subido
a los altos grados que he contado; y estos mesmos se vieron antes
y después en diversas calamidades y miserias. Porque el valeroso
Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus
el
encantador, de quien se tiene por averig[u]ado que le dio,
teniéndole preso, más de docientos azotes con las riendas
de su
caballo, atado a una coluna de un patio. Y aun hay un autor
secreto, y de no poco crédito, que dice que, habiendo cogido al
Caballero del Febo con una cierta trampa que se le hundió debajo
de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se halló en una
honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí le
echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y
arena, de lo que llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en
aquella gran cuita de un sabio grande amigo suyo, lo pasara muy
mal el pobre caballero. Ansí que, bien puedo yo pasar entre tanta
buena gente; que mayores afrentas son las que éstos pasaron, que
no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero hacerte sabidor,
Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los
instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la
ley del duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero
da a otro con la horma que tiene en la mano, puesto que
verdaderamente es de palo, no por eso se dirá que queda apaleado
aquel a quien dio con ella. Digo esto porque no pienses que,
puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos afrentados;
porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo
que se me acuerda, tenía estoque, espada ni puñal.
-No me dieron a mí lugar -respondió Sancho- a que mirase
en
tanto; porque, apenas puse mano a mi tizona, cuando me
santiguaron los hombros con sus pinos, de manera que me quitaron
la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando conmigo
adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el pensar si fue
afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de los
golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en
las espaldas.
-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replicó don
Quijote-, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor
que muerte no le consuma.
-Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser -replicó Panza-
de aquella
que aguarda al tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe?
Si esta nuestra desgracia fuera de aquellas que con un par de
bizmas se curan, aun no tan malo; pero voy viendo que no han de
bastar todos los emplastos de un hospital para ponerlas en buen término
siquiera.
-Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondió
don
Quijote-, que así haré yo, y veamos cómo está
Rocinante; que, a
lo que me parece, no le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.
-No hay de qué maravillarse deso -respondió Sancho-, siendo
él
tan buen caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que
mi jumento haya quedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin
costillas.
-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas,
para dar remedio a ellas -dijo don Quijote-. Dígolo porque esa
bestezuela podrá suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome
a
mí desde aquí a algún castillo donde sea curado de
mis feridas. Y
más, que no tendré a deshonra la tal caballería,
porque me
acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo
del alegre dios de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien
puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy hermoso asno.
-Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra
merced
dice -respondió Sancho-, pero hay grande diferencia del ir
caballero al ir atravesado como costal de basura.
A lo cual respondió don Quijote:
-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que
la quitan. Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino,
como
ya te he dicho, levántate lo mejor que pudieres y ponme de la
manera que más te agradare encima de tu jumento, y vamos de aquí
antes que la noche venga y nos saltee en este despoblado.
-Pues yo he oído decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy
de caballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo
más del año, y que lo tienen a mucha ventura.
-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden más, o cuando están
enamorados; y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se
ha estado sobre una peña, al sol y a la sombra, y a las
inclemencias del cielo, dos años, sin que lo supiese su señora.
Y
uno déstos fue Amadís, cuando, llamándose Beltenebros,
se alojó
en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,
que no estoy
muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendo
penitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora
Oriana.
Pero dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra
desgracia al jumento, como a Rocinante.
-Aun ahí sería el diablo -dijo Sancho.
Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y
veinte pésetes y reniegos de quien allí le había
traído, se
levantó, quedándose agobiado en la mitad del camino, como
arco
turquesco, sin poder acabar de enderezarse; y con todo este
trabajo aparejó su asno, que también había andado
algo destraído
con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luego a
Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen
seguro que Sancho ni su amo no le fueran en zaga.
En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno
y puso
de reata a Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se
encaminó, poco más a menos, hacia donde le pareció
que podía
estar el camino real. Y la suerte, que sus cosas de bien en mejor
iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua, cuando
le
deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a
pesar
suyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba
Sancho que era venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto
duró la porfía, que tuvieron lugar, sin acabarla, de llegar
a
ella, en la cual Sancho se entró, sin más averiguación,
con toda su recua.
CAPíTULO XVI. De lo que le sucedió al ingenioso
hidalgo en la
venta que él imaginaba ser castillo
El ventero,
que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó
a Sancho qué mal traía. Sancho le respondió que no
era nada, sino
que había dado una caída de una peña abajo, y que
venía algo
brumadas las costillas. Tenía el ventero por mujer a una, no de
la condición que suelen tener las de semejante trato, porque
naturalmente era caritativa y se dolía de las calamidades de sus
prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote
y hizo que
una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la
ayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo,
una
moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma,
del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la
gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no
tenía siete
palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto
le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella
quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos
hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que,
en otros tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de
pajar muchos años. En la cual también alojaba un arriero,
que
tenía su cama hecha un poco más allá de la de nuestro
don
Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos,
hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía
cuatro
mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón
que en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no
mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento, en la
dureza, semejaban de guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de
adarga, y una frazada, cuyos hilos, si se quisieran contar, no se
perdiera uno solo de la cuenta.
En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera
y
su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes,
que así se llamaba la asturiana; y, como al bizmalle viese la
ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo que aquello
más parecían golpes que caída.
-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la peña tenía
muchos picos y tropezones.
Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:
-Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas
estopas, que no faltará quien las haya menester; que también
me
duelen a mí un poco los lomos.
-Desa manera -respondió la ventera-, también debistes vos
de caer.
-No caí -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tomé
de
ver caer a mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me
parece que me han dado mil palos.
-Bien podrá ser eso -dijo la doncella-; que a mí me ha acontecido
muchas veces soñar que caía de una torre abajo y que nunca
acababa de llegar al suelo, y, cuando despertaba del sueño,
hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera caído.
-Ahí está el toque, señora -respondió Sancho
Panza-: que yo, sin
soñar nada, sino estando más despierto que ahora estoy,
me hallo
con pocos menos cardenales que mi señor don Quijote.
-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana
Maritornes.
-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es
caballero aventurero, y de los mejores y más fuertes que de
luengos tiempos acá se han visto en el mundo.
-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.
-¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? -respondió
Sancho Panza-. Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero
es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy
está la más desdichada criatura del mundo y la más
menesterosa, y
mañana tendría dos o tres coronas de reinos que dar a su
escudero.
-Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor
-dijo la
ventera-, no tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?
-Aún es temprano -respondió Sancho-, porque no ha sino un
mes que
andamos buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con
ninguna que lo sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se
halla otra. Verdad es que, si mi señor don Quijote sana desta
herida o caída y yo no quedo contrecho della, no trocaría
mis
esperanzas con el mejor título de España.
Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote,
y, sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera,
le dijo:
-Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa
por
haber alojado en este vuestro castillo a mi persona, que es tal,
que si yo no la alabo, es por lo que suele decirse que la
alabanza propria envilece; pero mi escudero os dirá quién
soy.
Sólo os digo que tendré eternamente escrito en mi memoria
el
servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la
vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me
tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de
aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes; que los desta
fermosa doncella fueran señores de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes
oyendo las razones del andante caballero, que así las entendían
como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas se
encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y, como no usadas a
semejante lenguaje, mirábanle y admirábanse, y parecíales
otro
hombre de los que se usaban; y, agradeciéndole con venteriles
razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la asturiana Maritornes
curó a Sancho, que no menos lo había menester que su amo.
Había el arriero concertado con ella que aquella noche se
refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de
que, en
estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría
a
buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y cuéntase
desta buena moza que jamás dio semejantes palabras que no las
cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno;
porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar
en
aquel ejercicio de servir en la venta, porque decía ella que
desgracias y malos sucesos la habían traído a aquel estado.
El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote
estaba primero en mitad de aquel estrellado establo, y luego,
junto a él, hizo el suyo Sancho, que sólo contenía
una estera de
enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo tundido que de
lana. Sucedía a estos dos lechos el del arriero, fabricado, como
se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno de los dos mejores
mulos que traía, aunque eran doce, lucios, gordos y famosos,
porque era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo
dice el
autor desta historia, que deste arriero hace particular mención,
porque le conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo
pariente suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli fue
historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas; y
échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan
mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde
podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan
las acciones tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los
labios, dejándose en el tintero, ya por descuido, por malicia o
ignorancia, lo más sustancial de la obra. ¡Bien haya mil
veces el
autor de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro libro donde se
cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qué puntualidad lo
describen todo!
Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua
y
dádole el segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se
dio a
esperar a su puntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado
y
acostado, y, aunque procuraba dormir, no lo consentía el dolor
de
sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía
los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio,
y en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara
que
colgada en medio del portal ardía.
Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro
caballero traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los
libros autores de su desgracia, le trujo a la imaginación una de
las estrañas locuras que buenamente imaginarse pueden. Y fue que
él se imaginó haber llegado a un famoso castillo -que, como
se ha
dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde
alojaba-, y que la hija del ventero lo era del señor del
castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado
dél y prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendría
a yacer con él una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera,
que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó
a
acuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se
había de ver, y propuso en su corazón de no cometer alevosía
a su
señora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina Ginebra con su
dama Quintañona se le pusiesen delante.
Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora
-que para él fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual,
en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de
fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el
aposento donde
los tres alojaban en busca del arriero. Pero, apenas llegó a la
puerta, cuando don Quijote la sintió, y, sentándose en la
cama, a
pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los
brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que,
toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su
querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió
fuertemente de una muñeca y, tirándola hacía sí,
sin que ella
osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentóle luego
la camisa, y, aunque ella era de harpillera, a él le pareció
ser
de finísimo y delgado cendal. Traía en las mu&n |