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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO XXI. Que trata
de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas
sucedidas a nuestro invencible caballero
En esto, comenzó a llover un
poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas
habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote, por la pesada
burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo
el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían
llevado el día de antes.
De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo,
que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de
oro, y aún él apenas le hubo visto, cuando se volvió
a Sancho y le dijo:
-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero,
porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de
las ciencias todas, especialmente aquel que dice: "Donde una puerta
se cierra, otra se abre". Dígolo porque si anoche nos cerró
la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos
con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y
más cierta aventura; que si yo no acertare a entrar por ella, mía
será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes
ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño,
hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,
sobre que yo hice el juramento que sabes.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-,
que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar
y aporrear el sentido.
-¡Válate el diablo por hombre! -replicó don Quijote-.
¿Qué va de yelmo a batanes?
-No sé nada -respondió Sancho-; mas, a fe que si yo pudiera
hablar tanto como solía, que quizá diera tales razones que
vuestra merced viera que se engañaba en lo que dice.
-¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso?
-dijo don Quijote-. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros
viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un
yelmo de oro?
-Lo que yo veo y columbro -respondió Sancho- no es sino un hombre
sobre un asno pardo,
como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.
-Pues ése es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Apártate
a una parte y déjame con él a solas: verás cuán
sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura y queda
por mío el yelmo que tanto he deseado.
-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replicó Sancho-, mas quiera
Dios, torno a decir, que orégano sea, y no batanes.
-Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más
eso de los batanes -dijo don Quijote-; que voto...,
y no digo más, que os batanee el alma.
Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le
había echado, redondo como una bola.
Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote
veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares,
el uno tan pequeño que ni tenía botica ni barbero, y el
otro, que estaba junto a [él], sí; y así, el barbero
del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo
de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el
barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la
suerte que, al tiempo que venía, comenzó a llover, y, porque
no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso
la bacía sobre la cabeza; y, como estaba limpia, desde media legua
relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y ésta
fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio
rodado, y caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía,
con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías
y malandantes pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero
llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de
Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención
de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener
la furia de su carrera, le dijo:
-¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu
voluntad lo que con tanta razón se me debe!
El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma
sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe
de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado
al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y comenzó
a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dejóse
la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote,
y dijo que el pagano había andado discreto y que había imitado
al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se taraza
y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por distinto
natural, sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo,
el cual, tomándola en las manos, dijo:
-Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como
un maravedí.
Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola
a una parte y a otra,
buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:
-Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa
celada,
debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que
le falta la mitad.
Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener
la risa; mas vínosele a las mientes
la cólera de su amo, y calló en la mitad della.
-¿De qué te ríes, Sancho? -dijo don Quijote.
-Ríome -respondió él- de considerar la gran cabeza
que tenía el pagano dueño deste almete,
que no semeja si[no] una bacía de barbero pintiparada.
-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste
encantado yelmo, por algún estraño acidente, debió
de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin
saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió
de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad
hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices.
Pero, sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso
su trasmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar
donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue,
la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios
de las batallas; y, en este entretanto, la traeré como pudiere,
que más vale algo que no nada;
cuanto más, que bien será bastante para defenderme de alguna
pedrada.
-Eso será -dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron
en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra
merced las muelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo
brebaje que me hizo vomitar las asaduras.along
-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho
-dijo don Quijote-, que yo tengo la receta en la memoria.
-También la tengo yo -respondió Sancho-, pero si yo le hiciere
ni le probare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más,
que no pienso ponerme en ocasión de haberle menester, porque pienso
guardarme con todos mis cinco sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie.
De lo del ser otra vez manteado, no digo nada, que semejantes desgracias
mal se pueden prevenir, y si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger
los hombros, detener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde
la suerte y la manta nos llevare.
-Mal cristiano eres, Sancho -dijo, oyendo esto, don Quijote-, porque nunca
olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es
de pechos nobles y generosos no hacer caso de niñerías.
¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla quebrada, qué
cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla? Que, bien apurada
la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo ansí,
ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más
daño que el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual,
si fuera en este tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera
estar segura que no tuviera tanta fama de hermosa como tiene.
Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:
-[Pase] por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo
sé de qué calidad fueron las veras y las burlas, y sé
también que no se me caerán de la memoria, como nunca se
quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto aparte, dígame
vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que parece
asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que
vuestra merced derribó; que, según él puso los pies
en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio de volver
por él jamás; y ¡para mis barbas, si no es bueno el
rucio!
-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es
uso de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya
no fuese que el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que,
en tal caso, lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra
lícita. Así que, Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo
que tú quisieres que sea,
que, como su dueño nos vea alongados de aquí, volverá
por él.
-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos,
trocalle con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente
que son estrechas las leyes de caballería, pues no se estienden
a dejar trocar un asno por otro; y querría saber si podría
trocar los aparejos siquiera.
-En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y, en caso
de duda, hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que
tienes dellos necesidad estrema.
-Tan estrema es -respondió Sancho- que si fueran para mi misma
persona, no los hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum
y puso su jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio
y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,
bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:
tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les
habían puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron
a caballo, y, sin tomar determinado camino, por ser muy de caballeros
andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la
voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo,
y aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba,
en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al camino
real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:
-Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa
un poco con él? Que, después que me puso aquel áspero
mandamiento del silencio, se me han podrido más de cuatro cosas
en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua
no querría que se mal lograse.
-Dila -dijo don Quijote-, y sé breve en tus razonamientos, que
ninguno hay gustoso si es largo.
-Digo, pues, señor -respondió Sancho-, que, de algunos días
a esta parte, he considerado cuán poco se gana y granjea de andar
buscando estas aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos
y encrucijadas de caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más
eligrosas, no hay quien las vea ni sepa; y así, se han de quedar
en perpetuo silencio, y en perjuicio de la intención de vuestra
merced y de lo que ellas merecen. Y así, me parece que sería
mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced, que nos fuésemos
a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande que
tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor
de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto
del señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar,
a cada cual según sus méritos, y allí no faltará
quien ponga en escrito las hazañas de vuestra merced, para perpetua
memoria. De las mías no digo nada, pues no han de salir de los
límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en la
caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso
que se han de quedar las mías entre renglones.
-No dices mal, Sancho -respondió don Quijote-; mas, antes que se
llegue a ese término, es menester andar por el mundo, como en aprobación,
buscando las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y
fama tal que, cuando se fuere a la corte de algún gran monarca,
ya sea el caballero conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto
entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan
y rodeen, dando voces, diciendo: ''Éste es el Caballero del Sol'',
o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado
grandes hazañas. ''Éste es -dirán- el que venció
en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que
desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en
que había estado casi novecientos años''. Así que,
de mano en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto
de los muchachos y de la demás gente, se parará a las fenestras
de su real palacio el rey de aquel reino, y así como vea al caballero,
conociéndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente
ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis caballeros, cuantos en
mi corte están, a recebir a la flor de la caballería, que
allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos, y él
llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente,
y le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará
por la mano al aposento de la señora reina, adonde el caballero
la hallará con la infanta, su hija, que ha de ser una de las más
fermosas y acabadas doncellas que, en gran parte de lo descubierto de
la tierra, a duras penas se pueda hallar. Sucederá tras esto, luego
en continente, que ella ponga los ojos en el caballero y él en
los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que humana;
y, sin saber cómo ni cómo [no], han de quedar presos y enlazados
en la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no
saber cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos.
Desde allí le llevarán, sin duda, a algún cuarto
del palacio, ricamente aderezado, donde, habiéndole quitado las
armas, le traerán un rico manto de escarlata con que se cubra;
y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer en farseto.
Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde nunca
quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes,
y ella hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo
dicho, es muy discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará
a deshora por la puerta de la sala un feo y pequeño enano con una
fermosa dueña, que, entre dos gigantes, detrás del enano
viene, con cierta aventura, hecha por un antiquísimo sabio, que
el que la acabare será tenido por el mejor caballero del mundo.
Mandará luego el rey que todos los que están presentes la
prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped,
en mucho pro de su fama, de lo cual quedará contentísima
la infanta, y se tendrá por contenta y pagada además, por
haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno
es que este rey, o príncipe, o lo que es, tiene una muy reñida
guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped
le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia
para ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de
muy buen talante, y el caballero le besará cortésmente las
manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedirá de
su señora la infanta por las rejas de un jardín, que cae
en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras muchas veces
la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una doncella
de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse
ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene
la mañana, y no querría que fuesen descubiertos, por la
honra de su señora. Finalmente, la infanta volverá en sí
y dará sus blancas manos por la reja al caballero, el cual se las
besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas.
Quedará concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber
sus buenos o malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga
lo menos que pudiere; prometérselo ha él con muchos juramentos;
tórnale a besar las manos, y despídese con tanto sentimiento
que estará poco por acabar la vida. Vase desde allí a su
aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de la
partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la
reina y de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de
los dos, que la señora infanta está mal dispuesta y que
no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena de su partida,
traspásasele el corazón, y falta poco de no dar indicio
manifiesto de su pena. Está la doncella medianera delante, halo
de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe
con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es
no saber quién sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no;
asegúrala la doncella que no puede caber tanta cortesía,
gentileza y valentía como la de su caballero sino en subjeto real
y grave; consuélase con esto la cuitada; procura consolarse, por
no dar mal indicio de sí a sus padres, y, a cabo de dos días,
sale en público. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,
vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,
vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase
que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere
dar el rey, porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada
o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y
su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que
el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué
reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. Muérese el
padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos palabras. Aquí
entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le
ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella
de la infanta, que será, sin duda, la que fue tercera en sus amores,
que es hija de un duque muy principal.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-; a eso me atengo, porque todo,
al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose
el Caballero de la Triste Figura.
-No lo dudes, Sancho -replicó don Quijote-, porque del mesmo y
por los mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros
andantes a ser reyes y emperadores. Sólo falta agora mirar qué
rey de los cristianos o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa;
pero tiempo habrá para pensar esto, pues, como te tengo dicho,
primero se ha de cobrar fama por otras partes que se acuda a la corte.
También me falta otra cosa; que, puesto caso que se halle rey con
guerra y con hija hermosa, y que yo haya cobrado fama increíble
por todo el universo, no sé yo cómo se podía hallar
que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;
porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está
primero muy enterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos
hechos. Así que, por esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene
bien merecido. Bien es verdad que yo soy hijodalgo de solar conocido,
de posesión y propriedad y de devengar quinientos sueldos; y podría
ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi
parentela y decendencia, que me hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque
te hago saber, Sancho, que hay dos maneras de linajes en el mundo: unos
que traen y derriban su decendencia de príncipes y monarcas, a
quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como
pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente
baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores.
De manera que está la diferencia en que unos fueron, que ya no
son, y otros son, que ya no fueron; y podría ser yo déstos
que, después de averiguado, hubiese sido mi principio grande y
famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que
hubiere de ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que,
a pesar de su padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán,
me ha de admitir por señor y por esposo; y si no, aquí entra
el roballa y llevalla donde más gusto me diere; que el tiempo o
la muerte ha de acabar el enojo de sus padres.
-Ahí entra bien también -dijo Sancho- lo que algunos desalmados
dicen: "No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque
mejor cuadra decir: "Más vale salto de mata que ruego de hombres
buenos". Dígolo porque si el señor rey, suegro de vuestra
merced, no se quisiere domeñar a entregalle a mi señora
la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y trasponella.
Pero está el daño que, en tanto que se hagan las paces y
se goce pacíficamente el reino, el pobre escudero se podrá
estar a diente en esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera,
que ha de ser su mujer, se sale con la infanta, y él pasa con ella
su mala ventura, hasta que el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá,
creo yo, desde luego dársela su señor por ligítima
esposa.
-Eso no hay quien la quite -dijo don Quijote.
-Pues, como eso sea -respondió Sancho-, no hay sino encomendarnos
a Dios,
y dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.
-Hágalo Dios -respondió don Quijote- como yo deseo y tú,
Sancho, has menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.
-Sea par Dios -dijo Sancho-, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde
esto me basta.
-Y aun te sobra -dijo don Quijote-; y cuando no lo fueras, no hacía
nada al caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin
que la compres ni me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde,
cátate ahí caballero, y digan lo que dijeren; que a buena
fe que te han de llamar señoría, mal que les pese.
-Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! -dijo Sancho.
-Dictado has de decir, que no litado -dijo su amo.
-Sea ansí -respondió Sancho Panza-. Digo que le sabría
bien acomodar, porque, por vida mía, que un tiempo fui muñidor
de una cofradía, y que me asentaba tan bien la ropa de muñidor,
que decían todos que tenía presencia para poder ser prioste
de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando
me ponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas,
a uso de conde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a
ver de cien leguas.
-Bien parecerás -dijo don Quijote-, pero será menester que
te rapes las barbas a menudo; que, según las tienes de espesas,
aborrascadas y mal puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos días
por lo menos,
a tiro de escopeta se echará de ver lo que eres.
-¿Qué hay más -dijo Sancho-, sino tomar un barbero
y tenelle asalariado en casa?
Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como
caballerizo de grande.
-Pues, ¿cómo sabes tú -preguntó don Quijote-
que los grandes llevan detrás de sí a sus caballerizos?
-Yo se lo diré -respondió Sancho-: los años pasados
estuve un mes en la corte, y allí vi que, paseándose un
señor muy pequeño, que decían que era muy grande,
un hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, que
no parecía sino que era su rabo. Pregunté que cómo
aquel hombre no se juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dél.
Respondiéronme que era su caballerizo y que era uso de los grandes
llevar tras sí a los tales. Desde entonces lo sé tan bien
que nunca se me ha olvidado.
-Digo que tienes razón -dijo don Quijote-, y que así puedes
tú llevar a tu barbero; que los usos no vinieron todos juntos,
ni se inventaron a una, y puedes ser tú el primero conde que lleve
tras sí su barbero;
y aun es de más confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.
-Quédese eso del barbero a mi cargo -dijo Sancho-,
y al de vuestra merced se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme
conde.
-Así será -respondió don Quijote.
Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos
desdichados que,
mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor
arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima,
dulce e imaginada historia que, después que entre el famoso don
Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas razones
que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas, que don
Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían
hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena
de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venían
ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a
caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas;
y que así como Sancho Panza los vido, dijo:
-Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las
galeras.
-¿Cómo gente forzada? -preguntó don Quijote-. ¿Es
posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
-No digo eso -respondió Sancho-, sino que es gente que, por sus
delitos,
va condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
-En resolución -replicó don Quijote-, comoquiera que ello
sea, esta gente, aunque los llevan,
van de por fuerza, y no de su voluntad.
-Así es -dijo Sancho.
-Pues desa manera -dijo su amo-, aquí encaja la ejecución
de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
-Advierta vuestra merced -dijo Sancho- que la justicia, que es el mesmo
rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga
en pena de sus delitos.
Llegó, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy
corteses razones, pidió a los que iban en su guarda fuesen servidos
de informalle y decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente
de aquella manera.
Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes, gente
de Su Majestad que iba a galeras, y que no había más que
decir, ni él tenía más que saber.
-Con todo eso -replicó don Quijote-, querría saber de cada
uno dellos en particular la causa de su desgracia.
Añadió a éstas otras tales y tan comedidas razones,
para moverlos a que dijesen lo que deseaba,
que la otra guarda de a caballo le dijo:
-Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de
cada uno destos malaventurados, no es tiempo éste de detenerles
a sacarlas ni a leellas; vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos
mesmos, que ellos lo dirán si quisieren, que sí querrán,
porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se
llegó a la cadena, y al primero le preguntó que por qué
pecados iba de tan mala guisa. Él le respondió que por enamorado
iba de aquella manera.
-¿Por eso no más? -replicó don Quijote-. Pues, si
por enamorados echan a galeras,
días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
-No son los amores como los que vuestra merced piensa -dijo el galeote-;
que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada
de ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente que, a no
quitármela la justicia por fuerza, aún hasta agora no la
hubiera dejado de mi voluntad. Fue en fragante, no hubo lugar de tormento;
concluyóse la causa, acomodáronme las espaldas con ciento,
y por añadidura tres precisos de gurapas, y acabóse la obra.
-¿Qué son gurapas? -preguntó don Quijote.
-Gurapas son galeras -respondió el galeote.
El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo
que era natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote
al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de triste
y malencónico; mas respondió por él el primero, y
dijo:
-Éste, señor, va por canario; digo, por músico y
cantor.
-Pues, ¿cómo -repitió don Quijote-, por músicos
y cantores van también a galeras?
-Sí, señor -respondió el galeote-, que no hay peor
cosa que cantar en el ansia.
-Antes, he yo oído decir -dijo don Quijote- que quien canta sus
males espanta.
-Acá es al revés -dijo el galeote-, que quien canta una
vez llora toda la vida.
-No lo entiendo -dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
-Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente
non santa, confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento
y confesó su delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón
de bestias, y, por haber confesado, le condenaron por seis años
a galeras, amén de docientos azotes que ya lleva en las espaldas.
Y va siempre pensativo y triste, porque los demás ladrones que
allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y escarnecen
y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir
nones. Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un sí,
y que harta ventura tiene un delincuente, que está en su lengua
su vida o su muerte, y no en la de los testigos y probanzas; y para mí
tengo que no van muy fuera de camino.
-Y yo lo entiendo así -respondió don Quijote.
El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual,
de presto y con mucho desenfado, respondió y dijo:
-Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme
diez ducados.
-Yo daré veinte de muy buena gana -dijo don Quijote- por libraros
desa pesadumbre.
-Eso me parece -respondió el galeote- como quien tiene dineros
en mitad del golfo y se está muriendo de hambre, sin tener adonde
comprar lo que ha menester. Dígolo porque si a su tiempo tuviera
yo esos veinte ducados que vuestra merced ahora me ofrece, hubiera untado
con ellos la péndola del escribano y avivado el ingenio del procurador,
de manera que hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover, de Toledo,
y no en este camino, atraillado como galgo; pero Dios es grande: paciencia
y basta.
Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro
con una barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyéndose
preguntar la causa por que allí venía, comenzó a
llorar y no respondió palabra;
mas el quinto condenado le sirvió de lengua, y dijo:
-Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, habiendo paseado
las acostumbradas vestido en pompa y a caballo.
-Eso es -dijo Sancho Panza-, a lo que a mí me parece, haber salido
a la vergüenza.
-Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron
esta pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo.
En efecto, quiero decir que este caballero va por alcahuete, y por tener
asimesmo sus puntas y collar de hechicero.
-A no haberle añadido esas puntas y collar -dijo don Quijote-,
por solamente el alcahuete limpio, no merecía él ir a bogar
en las galeras, sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es
así comoquiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos
y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le
debía ejercer sino gente muy bien nacida; y aun había de
haber veedor y examinador de los tales, como le hay de los demás
oficios, con número deputado y conocido, como corredores de lonja;
y desta manera se escusarían muchos males que se causan por andar
este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes de pocos
años y de poca experiencia, que, a la más necesaria ocasión
y cuando es menester dar una traza que importe, se les yelan las migas
entre la boca y la mano y no saben cuál es su mano derecha. Quisiera
pasar adelante y dar las razones por que convenía hacer elección
de los que en la república habían de tener tan necesario
oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algún día
lo diré a quien lo pueda proveer y remediar. Sólo digo ahora
que la pena que me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable
en tanta fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero;
aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover
y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro
albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen
hacer algunas mujercillas simples y algunos embusteros bellacos es algunas
misturas y venenos con que vuelven locos a los hombres, dando a entender
que tienen fuerza para hacer querer bien, siendo, como digo, cosa imposible
forzar la voluntad.
-Así es -dijo el buen viejo-, y, en verdad, señor, que en
lo de hechicero que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar.
Pero nunca pensé que hacía mal en ello: que toda mi intención
era que todo el mundo se holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias
ni penas; pero no me aprovechó nada este buen deseo para dejar
de ir adonde no espero volver, según me cargan los años
y un mal de orina que llevo, que no me deja reposar un rato.
Y aquí tornó a su llanto, como de primero; y túvole
Sancho tanta compasión,
que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.
Pasó adelante don Quijote, y preguntó a otro su delito,
el cual respondió con no menos,
sino con mucha más gallardía que el pasado:
-Yo voy aquí porque me burlé demasiadamente con dos primas
hermanas mías, y con otras dos hermanas que no lo eran mías;
finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó de la
burla crecer la parentela, tan intricadamente que no hay diablo que la
declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve dineros, víame
a pique de perder los tragaderos, sentenciáronme a galeras por
seis años, consentí: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure
la vida, que con ella todo se alcanza. Si vuestra merced, señor
caballero, lleva alguna cosa con que socorrer a estos pobretes, Dios se
lo pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la tierra cuidado
de rogar a Dios en nuestras oraciones por la vida y salud de vuestra merced,
que sea tan larga y tan buena como su buena presencia merece.
Éste iba en hábito de estudiante, y dijo una de las guardas
que era muy grande hablador y muy gentil latino.
Tras todos éstos, venía un hombre de muy buen parecer, de
edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo
en el otro un poco. Venía diferentemente atado que los demás,
porque traía una cadena al pie, tan grande que se la liaba por
todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la una en la cadena, y la
otra de las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de la cual decendían
dos hierros que llegaban a la cintura, en los cuales se asían dos
esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado, de manera
que ni con las manos podía llegar a la boca, ni podía bajar
la cabeza a llegar a las manos. Preguntó don Quijote que cómo
iba aquel hombre con tantas prisiones más que los otros. Respondióle
la guarda porque tenía aquel solo más delitos que todos
los otros juntos, y que era tan atrevido y tan grande bellaco que, aunque
le llevaban de aquella manera, no iban seguros dél, sino que temían
que se les había de huir.
-¿Qué delitos puede tener -dijo don Quijote-, si no han
merecido más pena que echalle a las galeras?
-Va por diez años -replicó la guarda-, que es como muerte
cevil. No se quiera saber más, sino que este buen hombre es el
famoso Ginés de Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo
de Parapilla.
-Señor comisario -dijo entonces el galeote-, váyase poco
a poco, y no andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Ginés
me llamo y no Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla,
como voacé dice; y cada uno se dé una vuelta a la redonda,
y no hará poco.
-Hable con menos tono -replicó el comisario-, señor ladrón
de más de la marca, si no quiere que le haga callar, mal que le
pese.
-Bien parece -respondió el galeote- que va el hombre como Dios
es servido,
pero algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo
de Parapilla o no.
-Pues, ¿no te llaman ansí, embustero? -dijo la guarda.
-Sí llaman -respondió Ginés-, mas yo haré
que no me lo llamen, o me las pelaría donde yo digo entre mis dientes.
Señor caballero, si tiene algo que darnos, dénoslo ya, y
vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas; y si
la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte,
cuya vida está escrita por estos pulgares.
-Dice verdad -dijo el comisario-: que él mesmo ha escrito su historia,
que no hay más,
y deja empeñado el libro en la cárcel en docientos reales.
-Y le pienso quitar -dijo Ginés-, si quedara en docientos ducados.
-¿Tan bueno es? -dijo don Quijote.
-Es tan bueno -respondió Ginés- que mal año para
Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han
escrito o escribieren. Lo que le sé decir a voacé es que
trata verdades,
y que son verdades tan lindas y tan donosas que no pueden haber mentiras
que se le igualen.
-¿Y cómo se intitula el libro? -preguntó don Quijote.
-La vida de Ginés de Pasamonte -respondió el mismo.
-¿Y está acabado? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo puede estar acabado -respondió él-,
si aún no está acabada mi vida? Lo que está escrito
es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han
echado en galeras.
-Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? -dijo don Quijote.
-Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y
ya sé a qué sabe el bizcocho y el corbacho -respondió
Ginés-; y no me pesa mucho de ir a ellas, porque allí tendré
lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que decir, y en las
galeras de España hay mas sosiego de aquel que sería menester,
aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de escribir,
porque me lo sé de coro.
-Hábil pareces -dijo don Quijote.
-Y desdichado -respondió Ginés-; porque siempre las desdichas
persiguen al buen ingenio.
-Persiguen a los bellacos -dijo el comisario.
-Ya le he dicho, señor comisario -respondió Pasamonte-,
que se vaya poco a poco, que aquellos señores no le dieron esa
vara para que maltratase a los pobretes que aquí vamos, sino para
que nos guiase y llevase adonde Su Majestad manda. Si no, ¡por vida
de...! ¡Basta!, que podría ser que saliesen algún
día en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y todo
el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es mucho
regodeo éste.
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta
de sus amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rogó que
no le maltratase, pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos
tuviese algún tanto suelta la lengua. Y, volviéndose a todos
los de la cadena, dijo:
-De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he
sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las
penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy
de mala gana y muy contra vuestra voluntad; y que podría ser que
el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de
dineros déste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido
juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no
haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades. Todo
lo cual se me representa a mí ahora en la memoria de manera que
me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros
el efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar
en él la orden de caballería que profeso, y el voto que
en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores.
Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo
que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores
guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz,
que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; porque
me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres.
Cuanto más, señores guardas -añadió don Quijote-,
que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se
lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida
de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres
honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en
ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís,
algo que agradeceros; y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza
y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis
por fuerza.
-¡Donosa majadería! -respondió el comisario- ¡Bueno
está el donaire con que ha salido a cabo de rato! ¡Los forzados
del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para
soltarlos o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase
vuestra merced, señor, norabuena, su camino adelante, y enderécese
ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al
gato.
-¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondió don
Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que,
sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo,
malherido de una lanzada; y avínole bien, que éste era el
de la escopeta. Las demás guardas quedaron atónitas y suspensas
del no esperado acontecimiento; pero, volviendo sobre sí, pusieron
mano a sus espadas los de a caballo, y los de a pie a sus dardos, y arremetieron
a don Quijote, que con mucho sosiego los aguardaba; y, sin duda, lo pasara
mal si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía
de alcanzar libertad, no la procu[ra]ran, procurando romper la cadena
donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera que las guardas,
ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a don
Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.
Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte,
que fue el primero que saltó en la campaña libre y desembarazado,
y, arremetiendo al comisario caído, le quitó la espada y
la escopeta, con la cual, apuntando al uno y señalando al otro,
sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo el campo,
porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como
de las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó
que los que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa
Hermandad, la cual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes,
y así se lo dijo a su amo, y le rogó que luego de allí
se partiesen y se emboscasen en la sierra, que estaba cerca.
-Bien está eso -dijo don Quijote-, pero yo sé lo que ahora
conviene que se haga.
Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían
despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a
la redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:
-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de
los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo
porque ya habéis visto, señores, con manifiesta experiencia,
el que de mí habéis recebido; en pago del cual querría,
y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que quité de vuestros
cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso,
y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del
Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se
le envía a encomendar, y le contéis, punto por punto, todos
los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad;
y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes a la buena
ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
-Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es
imposible de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos
por los caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando
meterse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la
Santa Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo
que vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio
y montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad
de avemarías y credos, que nosotros diremos por la intención
de vuestra merced; y ésta es cosa que se podrá cumplir de
noche y de día, huyendo o reposando, en paz o en guerra; pero pensar
que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto, digo, a tomar nuestra
cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar que es ahora de noche,
que aún no son las diez del día,
y es pedir a nosotros eso como pedir peras al olmo.
-Pues ¡voto a tal! -dijo don Quijote, ya puesto en cólera-,
don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis,
que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena
a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote
no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de
querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo
del ojo a los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron
a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse
con la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más caso
de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno,
y con él se defendía de la nube y pedrisco que sobre entrambos
llovía. No se pudo escudar tan bien don Quijote que no le acertasen
no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza que
dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue
sobre él el estudiante y le quitó la bacía de la
cabeza, y diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros
tantos en la tierra, con que la hizo pedazos. Quitáronle una ropilla
que traía sobre las armas, y las medias calzas le querían
quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le quitaron el gabán,
y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás
despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más
cuidado de escaparse de la Hermandad, que temían,
que de cargarse de la cadena e ir a presentarse ante la señora
Dulcinea del Toboso.
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento,
cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando
que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que
le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo,
que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y
temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse
tan malparado por los mismos a quien tanto bien había hecho.
CAPÍTULO XXIII. De lo que le aconteció al famoso
don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras
que en esta verdadera historia se cuentan
Viéndose tan malparado don Quijote,
dijo a su escudero:
-Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos
es echar agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste,
yo hubiera escusado esta pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia,
y escarmentar para desde aquí adelante.
-Así escarmentará vuestra merced -respondió Sancho-
como yo soy turco; pero, pues dice que si me hubiera creído se
hubiera escusado este daño, créame ahora y escusará
otro mayor; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no hay usar
de caballerías, que no se le da a ella por cuantos caballeros andantes
hay dos maravedís;
y sepa que ya me parece que sus saetas me zumban por los oídos.
-Naturalmente eres cobarde, Sancho -dijo don Quijote-, pero, porque no
digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por
esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes;
mas ha de ser con una condición: que jamás, en vida ni en
muerte, has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste
peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos; que si otra cosa dijeres,
mentirás en ello, y desde ahora para entonces, y desde entonces
para ahora, te desmiento, y digo que mientes y mentirás todas las
veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me repliques más, que
en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro,
especialmente déste, que parece que lleva algún es no es
de sombra de miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí
solo, no solamente a la Santa Hermandad que dices y temes, sino a los
hermanos de los doce tribus de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor
y a Pólux, y aun a todos los hermanos y hermandades que hay en
el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, que el retirar no es huir, ni
el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de
sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un
día. Y sepa que, aunque zafio y villano, todavía se me alcanza
algo desto que llaman buen gobierno; así que, no se arrepienta
de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no
yo le ayudaré, y sígame, que el caletre me dice que hemos
menester ahora más los pies que las manos.
Subió don Quijote, sin replicarle más palabra, y, guiando
Sancho sobre su asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que
allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla
toda e ir a salir al Viso, o a Almodóvar del Campo, y esconderse
algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la
Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que de la refriega
de los galeotes se había escapado libre la despensa que sobre su
asno venía,
cosa que la juzgó a milagro, según fue lo que llevaron y
buscaron los galeotes.
Así como don Quijote entró por aquellas montañas,
se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares
acomodados para las aventuras que buscaba. Reducíansele a la memoria
los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas
habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas,
tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra se acordaba.
Ni Sancho llevaba otro cuidado -después que le pareció que
caminaba por parte segura- sino de satisfacer su estómago con los
relieves que del despojo clerical habían quedado; y así,
iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un
costal y embaulando en su panza;
y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de aquella
manera, un ardite.
En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando
con la punta del lanzón alzar no sé qué bulto que
estaba caído en el suelo, por lo cual se dio priesa a llegar a
ayudarle si fuese menester; y cuando llegó fue a tiempo que alzaba
con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él,
medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto, que
fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo
que viese lo que en la maleta venía.
Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía
cerrada con una cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo
que en ella había, que eran cuatro camisas de delgada holanda y
otras cosas de lienzo, no menos curiosas que limpias, y en un pañizuelo
halló un buen montoncillo de escudos de oro; y, así como
los vio, dijo:
-¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que
sea de provecho!
Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente
guarnecido. Éste le pidió don Quijote, y mandóle
que guardase el dinero y lo tomase para él. Besóle las manos
Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su lencería,
la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don Quijote,
dijo:
-Paréceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún
caminante descaminado debió de pasar por esta sierra, y, salteándole
malandrines, le debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan
escondida parte.
-No puede ser eso -respondió Sancho-, porque si fueran ladrones,
no se dejaran aquí este dinero.
-Verdad dices -dijo don Quijote-, y así, no adivino ni doy en lo
que esto pueda ser; mas, espérate: veremos si en este librillo
de memoria hay alguna cosa escrita por donde podamos rastrear y venir
en conocimiento de lo que deseamos.
Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como
en borrador, aunque de muy buena letra, fue un soneto, que, leyéndole
alto porque Sancho también lo oyese, vio que decía desta
manera:
O le falta al Amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que sois vos, Fili, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta rüina.
Presto habré de morir, que es lo más cierto;
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.
-Por esa trova -dijo Sancho- no se puede saber nada, si ya no es que por
ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo.
-¿Qué hilo está aquí? -dijo don Quijote.
-Paréceme -dijo Sancho- que vuestra merced nombró ahí
hilo.
-No dije sino Fili -respondió don Quijote-, y éste, sin
duda, es el nombre de la dama de quien se queja el autor deste soneto;
y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte.
-Luego, ¿también -dijo Sancho- se le entiende a vuestra
merced de trovas?
-Y más de lo que tú piensas -respondió don Quijote-,
y veráslo cuando lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo,
a mi señora Dulcinea del Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho,
que todos o los más caballeros andantes de la edad pasada eran
grandes trovadores y grandes músicos; que estas dos habilidades,
o gracias, por mejor decir, son anexas a los enamorados andantes. Verdad
es que las coplas de los pasados caballeros tienen más de espíritu
que de primor.
-Lea más vuestra merced -dijo Sancho-, que ya hallará algo
que nos satisfaga.
Volvió la hoja don Quijote y dijo:
-Esto es prosa, y parece carta.
-¿Carta misiva, señor? -preguntó Sancho.
-En el principio no parece sino de amores -respondió don Quijote.
-Pues lea vuestra merced alto -dijo Sancho-, que gusto mucho destas cosas
de amores.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que
decía desta manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes
volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones
de mis quejas. Desechásteme, ¡oh ingrata!, por quien tiene
más, no por quien vale más que yo; mas si la virtud fuera
riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni llorara desdichas
propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras: por
ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco que eres
mujer. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo
que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos,
porque tú no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no tome
venganza de lo que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
-Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de
que quien la escribió es algún desdeñado amante.
Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas,
que algunos pudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran
quejas, lamentos, desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes,
solenizados los unos y llorados los otros.
En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin
dejar rincón en toda ella, ni en el cojín, que no buscase,
escudriñase e inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija
de lana que no escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni
mal recado: tal golosina habían despertado en él los hallados
escudos, que pasaban de ciento. Y, aunque no halló mas de lo hallado,
dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje,
las bendiciones de las estacas, las puñadas del arriero, la falta
de las alforjas, el robo del gabán y toda la hambre, sed y cansancio
que había pasado en servicio de su buen señor, pareciéndole
que estaba más que rebién pagado con la merced recebida
de la entrega del hallazgo.
Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber
quién fuese el dueño de la maleta, conjeturando, por el
soneto y carta, por el dinero en oro y por las tan buenas camisas, que
debía de ser de algún principal enamorado, a quien desdenes
y malos tratamientos de su dama debían de haber conducido a algún
desesperado término. Pero, como por aquel lugar inhabitable y escabroso
no parecía persona alguna de quien poder informarse, no se curó
de más que de pasar adelante, sin llevar otro camino que aquel
que Rocinante quería, que era por donde él podía
caminar,
siempre con imaginación que no podía faltar por aquellas
malezas alguna estraña aventura.
Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela
que delante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hombre,
de risco en risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Figurósele
que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados,
los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían
unos calzones, al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos
que por muchas partes se le descubrían las carnes. Traía
la cabeza descubierta, y, aunque pasó con la ligereza que se ha
dicho, todas estas menudencias miró y notó el Caballero
de la Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille, porque
no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas asperezas,
y más siendo él de suyo pisacorto y flemático. Luego
imaginó don Quijote que aquél era el dueño del cojín
y de la maleta, y propuso en sí de buscalle, aunque supiese andar
un año por aquellas montañas hasta hallarle; y así,
mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte
de la montaña, que él iría por la otra y podría
ser que topasen, con esta diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa
se les había quitado de delante.
-No podré hacer eso -respondió Sancho-, porque, en apartándome
de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros
de sobresaltos y visiones.
Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí adelante
no me aparte un dedo de su presencia.
-Así será -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy
contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha
de faltar, aunque te falte el ánima del cuerpo. Y vente ahora tras
mí poco a poco, o como pudieres, y haz de los ojos lanternas; rodearemos
esta serrezuela: quizá toparemos con aquel hombre que vimos, el
cual,
sin duda alguna, no es otro que el dueño de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondió:
-Harto mejor sería no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese
el dueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir;
y así, fuera mejor, sin hacer esta inútil diligencia, poseerlo
yo con buena fe hasta que, por otra vía menos curiosa y diligente,
pareciera su verdadero señor; y quizá fuera a tiempo que
lo hubiera gastado, y entonces el rey me hacía franco.
-Engáñaste en eso, Sancho -respondió don Quijote-;
que, ya que hemos caído en sospecha de quién es el dueño,
cuasi delante, estamos obligados a buscarle y volvérselos; y, cuando
no le buscásemos, la vehemente sospecha que tenemos de que él
lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese. Así que,
Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mí
se me quitará si le hallo.
Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su
acostumbrado jumento; y, habiendo rodeado parte de la montaña,
hallaron en un arroyo, caída, muerta y medio comida de perros y
picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirmó
en ellos más la sospecha de que aquel que huía era el dueño
de la mula y del cojín.
Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba
ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad
de cabras, y tras ellas, por cima de la montaña, pareció
el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don
Quijote, y rogóle que bajase donde estaban. Él respondió
a gritos que quién les había traído por aquel lugar,
pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras
fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase,
que de todo le darían buena cuenta. Bajó el cabrero, y,
en llegando adonde don Quijote estaba, dijo:
-Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está
muerta en esa hondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que está
en ese lugar. Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño?
-No hemos topado a nadie -respondió don Quijote-, sino a un cojín
y a una maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
-También la hallé yo -respondió el cabrero-, mas
nunca la quise alzar ni llegar a ella, temeroso de algún desmán
y de que no me la pidiesen por de hurto; que es el diablo sotil, y debajo
de los pies
se levanta allombre cosa donde tropiece y caya, sin saber cómo
ni cómo no.
-Eso mesmo es lo que yo digo -respondió Sancho-: que también
la hallé yo, y no quise llegar a ella con un tiro de piedra; allí
la dejé y allí se queda como se estaba, que no quiero perro
con cencerro.
-Decidme, buen hombre -dijo don Quijote-, ¿sabéis vos quién
sea el dueño destas prendas?
-Lo que sabré yo decir -dijo el cabrero- es que «habrá
al pie de seis meses, poco más a menos, que llegó a una
majada de pastores, que estará como tres leguas deste lugar, un
mancebo de gentil talle y apostura, caballero sobre esa mesma mula que
ahí está muerta, y con el mesmo cojín y maleta que
decís que hallastes y no tocastes. Preguntónos que cuál
parte desta sierra era la más áspera y escondida; dijímosle
que era esta donde ahora estamos; y es ansí la verdad, porque si
entráis media legua más adentro, quizá no acertaréis
a salir; y estoy maravillado de cómo habéis podido llegar
aquí, porque no hay camino ni senda que a este lugar encamine.
Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvió
las riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos,
dejándonos a todos contentos de su buen talle, y admirados de su
demanda y de la priesa con que le víamos caminar y volverse hacia
la sierra; y desde entonces nunca más le vimos, hasta que desde
allí a algunos días salió al camino a uno de nuestros
pastores, y, sin decille nada, se llegó a él y le dio muchas
puñadas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quitó
cuanto pan y queso en ella traía; y, con estraña ligereza,
hecho esto, se volvió a emboscar en la sierra. Como esto supimos
algunos cabreros, le anduvimos a buscar casi dos días por lo más
cerrado desta sierra, al cabo de los cuales le hallamos metido en el hueco
de un grueso y valiente alcornoque. Salió a nosotros con mucha
mansedumbre, ya roto el vestido, y el rostro disfigurado y tostado del
sol, de tal suerte que apenas le conocíamos, sino que los vestidos,
aunque rotos, con la noticia que dellos teníamos, nos dieron a
entender que era el que buscábamos. Saludónos cortésmente,
y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos maravillásemos
de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía
para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había
sido impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca
lo pudimos acabar con él. Pedímosle también que,
cuando hubiese menester el sustento, sin el cual no podía pasar,
nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor y
cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto,
que, a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeció
nuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados,
y ofreció de pedillo de allí adelante por amor de Dios,
sin dar molestia alguna a nadie. En cuanto lo que tocaba a la estancia
de su habitación, dijo que no tenía otra que aquella que
le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y acabó
su plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de
piedra los que escuchado le habíamos, si en él no le acompañáramos,
considerándole cómo le habíamos visto la vez primera,
y cuál le veíamos entonces. Porque, como tengo dicho, era
un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses y concertadas razones
mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona; que, puesto que éramos
rústicos los que le escuchábamos, su gentileza era tanta,
que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando en lo
mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó
los ojos en el suelo por un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos
y suspensos, esperando en qué había de parar aquel embelesamiento,
con no poca lástima de verlo; porque, por lo que hacía de
abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin mover pestaña gran
rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y enarcando las cejas,
fácilmente conocimos que algún accidente de locura le había
sobrevenido. Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo que
pensábamos, porque se levantó con gran furia del suelo,
donde se había echado, y arremetió con el primero que halló
junto a sí, con tal denuedo y rabia que, si no se le quitáramos,
le matara a puñadas y a bocados; y todo esto hacía, diciendo:
''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás
la sinrazón que me heciste: estas manos te sacarán el corazón,
donde albergan y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente
la fraude y el engaño!'' Y a éstas añadía
otras razones, que todas se encaminaban a decir mal de aquel Fernando
y a tacharle de traidor y fementido. Quitámossele, pues, con no
poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó
de nosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas,
de modo que nos imposibilitó el seguille. Por esto conjeturamos
que la locura le venía a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando
le debía de haber hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo
mostraba el término a que le había conducido. Todo lo cual
se ha confirmado después acá con las veces, que han sido
muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a los pastores
le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo por fuerza;
porque cuando está con el accidente de la locura, aunque los pastores
se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a puñadas;
y cuando está en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés
y comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.
Y en verdad os digo, señores -prosiguió el cabrero-, que
ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos
míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y, después
de hallado, ya por fuerza ya por grado, le hemos de llevar a la villa
de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí
le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién es
cuando esté en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia
de su desgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros
de lo que me habéis preguntado; y entended que el dueño
de las prendas que hallastes es el mesmo que vistes pasar con tanta ligereza
como desnudez -que ya le había dicho don Quijote cómo había
visto pasar aquel hombre saltando por la sierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído,
y quedó con más deseo de saber quién era el desdichado
loco; y propuso en sí lo mesmo que ya tenía pensado: de
buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva
en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte
de lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante
pareció, por entre una quebrada de una sierra que salía
donde ellos estaban, el mancebo que buscaba, el cual venía hablando
entre sí cosas que no podían ser entendidas de cerca, cuanto
más de lejos. Su traje era cual se ha pintado, sólo que,
llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que sobre
sí traía era de ámbar; por donde acabó de
entender que persona que tales hábitos traía no debía
de ser de ínfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada
y bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió
las saludes con no menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante,
con gentil continente y donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio
estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera
conocido. El otro, a quien podemos llamar el Roto de la Mala Figura -como
a don Quijote el de la Triste-, después de haberse dejado abrazar,
le apartó un poco de sí, y, puestas sus manos en los hombros
de don Quijote, le estuvo mirando, como que quería ver si le conocía;
no menos admirado quizá de ver la figura, talle y armas de don
Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. En resolución,
el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto,
y dijo lo que se dirá adelante.
CAPÍTULO XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
Dice la historia que era grandísima
la atención con que don Quijote escuchaba al astroso Caballero
de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:
-Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os
conozco, yo os agradezco las muestras y la cortesía que conmigo
habéis usado; y quisiera yo hallarme en términos que con
más que la voluntad pudiera servir la que habéis mostrado
tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas no quiere
mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me
hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.
-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto,
que tenía determinado de no salir destas sierras hasta hallaros
y saber de vos si el dolor que en la estrañeza de vuestra vida
mostráis tener se podía hallar algún género
de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la diligencia posible.
Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las
puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla
y plañirla como mejor pudiera, que todavía es consuelo en
las desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento
merece ser agradecido con algún género de cortesía,
yo os suplico, señor, por la mucha que veo que en vos se encierra,
y juntamente os conjuro por la cosa que en esta vida más habéis
amado o amáis, que me digáis quién sois y la causa
que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como bruto
animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -añadió don Quijote-,
por la orden de caballería que recebí, aunque indigno y
pecador, y por la profesión de caballero andante, que si en esto,
señor, me complacéis, de serviros con las veras a que me
obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra desgracia, si tiene remedio,
ora ayudándoos a llorarla, como os lo he prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la
Triste Figura, no hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a
mirar de arriba abajo; y, después que le hubo bien mirado, le dijo:
-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,
después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda,
en agradecimiento de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con
que satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes
los engullía que tragaba; y, en tanto que comía, ni él
ni los que le miraban hablaban palabra. Como acabó de comer, les
hizo de señas que le siguiesen, como lo hicieron, y él los
llevó a un verde pradecillo que a la vuelta de una peña
poco desviada de allí estaba. En llegando a él se tendió
en el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo mismo;
y todo esto sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después
de haberse acomodado en su asiento, dijo:
-Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad
de mis desventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta,
ni otra cosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia;
porque en el punto que lo hagáis, en ése se quedará
lo que fuere contando.
Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que
le había contado su escudero, cuando no acertó el número
de las cabras que habían pasado el río y se quedó
la historia pendiente. Pero, volviendo al Roto, prosiguió diciendo:
-Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente
por el cuento de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve
de otra cosa que añadir otras de nuevo, y, mientras menos me preguntáredes,
más presto acabaré yo de decillas, puesto que no dejaré
por contar cosa alguna que sea de importancia para no satisfacer del todo
a vuestro deseo.
Don Quijote se lo prometió, en nombre de los demás, y él,
con este seguro, comenzó desta manera:
-«Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta
Andalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura,
tanta que la deben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin
poderla aliviar con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo
poco suelen valer los bienes de fortuna. Vivía en esta mesma tierra
un cielo, donde puso el amor toda la gloria que yo acertara a desearme:
tal es la hermosura de Luscinda, doncella tan noble y tan rica como yo,
pero de más ventura y de menos firmeza de la que a mis honrados
pensamientos se debía. A esta Luscinda amé, quise y adoré
desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mí
con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitía.
Sabían nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello,
porque bien veían que, cuando pasaran adelante, no podían
tener otro fin que el de casarnos, cosa que casi la concertaba la igualdad
de nuestro linaje y riquezas. Creció la edad, y con ella el amor
de entrambos, que al padre de Luscinda le pareció que por buenos
respetos estaba obligado a negarme la entrada de su casa, casi imitando
en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada de los poetas. Y fue
esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo, porque,
aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas,
las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender
a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces
la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más
determinada y la lengua más atrevida. ¡Ay cielos, y cuántos
billetes le escribí! ¡Cuán regaladas y honestas respuestas
tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántos enamorados
versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos, pintaba
sus encendidos deseos, entretenía sus memorias y recreaba su voluntad!
»En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía
con el deseo de verla, determiné poner por obra y acabar en un
punto lo que me pareció que más convenía para salir
con mi deseado y merecido premio; y fue el pedírsela a su padre
por legítima esposa, como lo hice; a lo que él me respondió
que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle, y de querer
honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a él
tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese con
mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse
a hurto.
»Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que
llevaba razón en lo que decía, y que mi padre vendría
en ello como yo se lo dijese; y con este intento, luego en aquel mismo
instante, fui a decirle a mi padre lo que deseaba. Y, al tiempo que entré
en un aposento donde estaba, le hallé con una carta abierta en
la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio y me dijo:
''Por esa carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo
tiene de hacerte merced''.» Este duque Ricardo, como ya vosotros,
señores, debéis de saber, es un grande de España
que tiene su estado en lo mejor desta Andalucía. «Tomé
y leí la carta, la cual venía tan encarecida que a mí
mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella
se le pedía, que era que me enviase luego donde él estaba;
que quería que fuese compañero, no criado, de su hijo el
mayor, y que él tomaba a cargo el ponerme en estado que correspondiese
a la estimación en que me tenía. Leí la carta y enmudecí
leyéndola, y más cuando oí que mi padre me decía:
''De aquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer
la voluntad del duque; y da gracias a Dios que te va abriendo camino por
donde alcances lo que yo sé que mereces''. Añadió
a éstas otras razones de padre consejero.
»Llegóse el término de mi partida, hablé una
noche a Luscinda, díjele todo lo que pasaba, y lo mesmo hice a
su padre, suplicándole se entretuviese algunos días y dilatase
el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo me quería. Él
me lo prometió y ella me lo confirmó con mil juramentos
y mil desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél
tan bien recebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia
a hacer su oficio, teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles
que las muestras que el duque daba de hacerme merced habían de
ser en perjuicio suyo. Pero el que más se holgó con mi ida
fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando, mozo gallardo, gentilhombre,
liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo, quiso que fuese tan su amigo,
que daba que decir a todos; y, aunque el mayor me quería bien y
me hacía merced, no llegó al estremo con que don Fernando
me quería y trataba.
»Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta
que no se comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando
dejada de serlo por ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba,
especialmente uno enamorado, que le traía con un poco de desasosiego.
Quería bien a una labradora, vasalla de su padre (y ella los tenía
muy ricos), y era tan hermosa, recatada, discreta y honesta que nadie
que la conocía se determinaba en cuál destas cosas tuviese
más excelencia ni más se aventajase. Estas tan buenas partes
de la hermosa labradora redujeron a tal término los deseos de don
Fernando, que se determinó, para poder alcanzarlo y conquistar
la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo, porque de
otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su amistad, con
las mejores razones que supe y con los más vivos ejemplos que pude,
procuré estorbarle y apartarle de tal propósito. Pero, viendo
que no aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo,
su padre. Mas don Fernando, como astuto y discreto, se receló y
temió desto, por parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen
criado, no tener encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi
señor el duque venía; y así, por divertirme y engañarme,
me dijo que no hallaba otro mejor remedio para poder apartar de la memoria
la hermosura que tan sujeto le tenía, que el ausentarse por algunos
meses; y que quería que el ausencia fuese que los dos nos viniésemos
en casa de mi padre, con ocasión que darían al duque que
venía a ver y a feriar unos muy
buenos caballos que en mi ciudad había, que es madre de los mejores
del mundo.
»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición,
aunque su determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por
una de las más acertadas que se podían imaginar, por ver
cuán buena ocasión y coyuntura se me ofrecía de volver
a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo, aprobé su parecer
y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese
por obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía
su oficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya cuando él
me vino a decir esto, según después se supo, había
gozado a la labradora con título de esposo, y esperaba ocasión
de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el duque su padre haría
cuando supiese su disparate.
»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor
parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin
el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás
aquello que parecía amor, porque no puede pasar adelante del término
que le puso naturaleza, el cual término no le puso a lo que es
verdadero amor...; quiero decir que, así como don Fernando gozó
a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ahíncos;
y si primero fingía quererse ausentar, por remediarlos, ahora de
veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución. Diole el duque
licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,
recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron
a vivir, aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos,
de los cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que,
en la ley de la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir
nada. Alabéle la hermosura, donaire y discreción de Luscinda
de tal manera, que mis alabanzas movieron en él los deseos de querer
ver doncella de tantas buenas partes adornada. Cumplíselos yo,
por mi corta suerte, enseñándosela una noche, a la luz de
una vela, por una ventana por donde los dos solíamos hablarnos.
Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él
vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido,
quedó absorto y, finalmente, tan enamorado cual lo veréis
en el discurso del cuento de mi desventura. Y, para encenderle más
el deseo, que a mí me celaba y al cielo a solas descubría,
quiso la fortuna que hallase un día un billete suyo pidiéndome
que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto y tan
enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se encerraban
todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las demás
mujeres del mundo estaban repartidas.
»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía
con cuán justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba
de oír aquellas alabanzas de su boca, y comencé a temer
y a recelarme dél, porque no se pasaba momento donde no quisiese
que tratásemos de Luscinda, y él movía la plática,
aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un
no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno
de la bondad y de la fe de Luscinda, pero, con todo eso, me hacía
temer mi suerte lo mesmo que ella me aseguraba. Procuraba siempre don
Fernando leer los papeles que yo a Luscinda enviaba y los que ella me
respondía, a título que de la discreción de los dos
gustaba mucho. Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda
un libro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada,
que era el de Amadís de Gaula...»
No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías,
cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su
merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías,
no fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza
de su entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor,
le habéis pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda:
así que, para conmigo, no es menester gastar más palabras
en declararme su hermosura, valor y entendimiento; que, con sólo
haber entendido su afición, la confirmo por la más hermosa
y más discreta mujer del mundo. Y quisiera yo, señor, que
vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula al
bueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora
Luscinda mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel
y de aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas
por él con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero
tiempo podrá venir en que se enmiende esa falta, y no dura más
en hacerse la enmienda de cuanto quiera vuestra merced ser servido de
venirse conmigo a mi aldea, que allí le podré dar más
de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento
de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced
a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra
merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su
plática, pues, en oyendo cosas de caballerías y de caballeros
andantes, así es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es
en la de los rayos del sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la
luna.
Así que, perdón y proseguir, que es lo que ahora hace más
al caso.
En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le había
caído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar
profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que
prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra;
pero, al cabo de un buen espacio, la levantó y dijo:
-No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite
en el mundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería
un majadero el que lo contrario entendiese o creyese), sino que aquel
bellaconazo del
maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madésima.
-Eso no, ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera
don Quijote (y arrojóle, como tenía de costumbre)-; y ésa
es una muy gran malicia, o bellaquería, por mejor decir: la reina
Madásima fue muy principal señora, y no se ha de presumir
que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras;
y quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se
lo daré a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche
o de día, o como más gusto le diere.
Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había
venido el accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia;
ni tampoco don Quijote se la oyera, según le había disgustado
lo que de Madásima le había oído. ¡Estraño
caso; que así volvió por ella como si verdaderamente fuera
su verdadera y natural señora: tal le tenían sus descomulgados
libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó
tratar de mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes,
parecióle mal la burla, y alzó un guijarro que halló
junto a sí, y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote
que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de tal modo vio parar
a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado;
y el Roto le recibió de tal suerte que con una puñada dio
con él a sus pies, y luego se subió sobre él y le
brumó las costillas muy a su sabor. El cabrero, que le quiso defender,
corrió el mesmo peligro. Y, después que los tuvo a todos
rendidos y molidos,
los dejó y se fue, con gentil sosiego, a emboscarse en la montaña.
Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado
tan sin merecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole
que él tenía la culpa de no haberles avisado que a aquel
hombre le tomaba a tiempos la locura; que, si esto supieran, hubieran
estado sobre aviso para poderse guardar. Respondió el cabrero que
ya lo había dicho, y que si él no lo había oído,
que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó
a replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las
barbas y darse tales puñadas que, si don Quijote no los pusiera
en paz, se hicieran pedazos. Decía Sancho, asido con el cabrero:
-Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura,
que en éste, que es villano como yo y no está armado caballero,
bien puedo a mi salvo satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando
con él mano a mano, como hombre honrado.
-Así es -dijo don Quijote-, pero yo sé que él no
tiene ninguna culpa de lo sucedido.
Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar
al cabrero si sería posible hallar a Cardenio, porque quedaba con
grandísimo deseo de saber el fin de su historia. Díjole
el cabrero lo que primero le había dicho, que era no saber de cierto
su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos contornos, no dejaría
de hallarle, o cuerdo o loco.
CAPÍTULO XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra
Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación
que hizo a la penitencia de Beltenebros
Despidióse del cabrero don Quijote,
y, subiendo otra vez sobre Rocinante, mandó a Sancho que le siguiese,
el cual lo hizo, con su jumento, de muy mala gana. Íbanse poco
a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y
Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase
la plática,
por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:
-Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición
y me dé licencia; que desde aquí me quiero volver a mi casa,
y a mi mujer y a mis hijos, con los cuales, por lo menos, hablaré
y departiré todo lo que quisiere; porque querer vuestra merced
que vaya con él por estas soledades, de día y de noche,
y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya quisiera
la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de Guisopete,
fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me viniera
en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y que no
se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida y
no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y,
con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre
tiene en su corazón, como si fuera mudo.
-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres
porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua.
Dale por alzado y di lo que quisieres, con condición que no ha
de durar este alzamiento
más de en cuanto anduviéremos por estas sierras.
-Sea ansí -dijo Sancho-: hable yo ahora, que después Dios
sabe lo que será; y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo
que ¿qué le iba a vuestra merced en volver tanto por aquella
reina Magimasa, o como se llama? O, ¿qué hacía al
caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced pasara
con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara adelante
con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y las coces,
y aun más de seis torniscones.
-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras,
como yo lo sé, cuán honrada y cuán principal señora
era la reina Madásima, yo sé que dijeras que tuve mucha
paciencia, pues no quebré la boca por donde tales blasfemias salieron;
porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté
amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel maestro
Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy sanos
consejos, y sirvió de ayo y de médico a la reina; pero pensar
que ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque
veas que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo
ya estaba sin juicio.
-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer
cuenta de las palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara
a vuestra merced y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encaminó
al pecho, buenos quedáramos por haber vuelto por aquella mi señora,
que Dios cohonda. Pues, ¡montas que no se librara Cardenio por loco!
-Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero
andante a volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto
más por las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima,
a quien yo tengo particular afición por sus buenas partes; porque,
fuera de haber sido fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida
en sus calamidades, que las tuvo muchas; y los consejos y compañía
del maestro Elisabat le fue y le fueron de mucho provecho y alivio para
poder llevar sus trabajos con prudencia y paciencia. Y de aquí
tomó ocasión el vulgo ignorante y mal intencionado de decir
y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo otra vez, y mentirán
otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.
-Ni yo lo digo ni lo pienso -respondió Sancho-: allá se
lo hayan; con su pan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios
habrán dado la cuenta. De mis viñas vengo, no sé
nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y miente,
en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací, desnudo
me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, ¿qué me
va a mí? Y muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas.
Mas, ¿quién puede poner puertas al campo? Cuanto más,
que de Dios dijeron.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué de necedades
vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los
refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles; y de aquí
adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello
en lo que no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo
cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto en razón y muy
conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que
cuantos caballeros las profesaron en el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, y ¿es buena regla de caballería
que andemos perdidos por estas montañas, sin senda ni camino, buscando
a un loco, el cual, después de hallado, quizá le vendrá
en voluntad de acabar lo que dejó comenzado, no de su cuento, sino
de la cabeza de vuestra merced y de mis costillas, acabándonoslas
de romper de todo punto?
-Calla, te digo otra vez, Sancho -dijo don Quijote-; porque te hago saber
que no sólo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco,
cuanto el que tengo de hacer en ellas una hazaña con que he de
ganar perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra; y será
tal, que he de echar con ella el sello a todo aquello que puede hacer
perfecto y famoso a un andante caballero.
-Y ¿es de muy gran peligro esa hazaña? -preguntó
Sancho Panza.
-No -respondió el de la Triste Figura-, puesto que de tal manera
podía correr el dado, que echásemos azar en lugar de encuentro;
pero todo ha de estar en tu diligencia.
-¿En mi diligencia? -dijo Sancho.
-Sí -dijo don Quijote-, porque si vuelves presto de adonde pienso
enviarte, presto se acabará mi pena y presto comenzará mi
gloria. Y, porque no es bien que te tenga más suspenso, esperando
en lo que han de parar mis razones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso
Amadís de Gaula fue uno de los más perfectos caballeros
andantes. No he dicho bien fue uno: fue el solo, el primero, el único,
el señor de todos cuantos hubo en su tiempo en el mundo. Mal año
y mal mes para don Belianís y para todos aquellos que dijeren que
se le igualó en algo, porque se engañan, juro cierto. Digo
asimismo que, cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte,
procura imitar los originales de los más únicos pintores
que sabe; y esta mesma regla corre por todos los más oficios o
ejercicios de cuenta que sirven para adorno de las repúblicas.
Y así lo ha de hacer y hace el que quiere alcanzar nombre de prudente
y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta Homero
un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento; como también nos
mostró Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo piadoso
y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no pintándolo
ni descubriéndolo como ellos fueron, sino como habían de
ser, para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta
mesma suerte, Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes
y enamorados caballeros, a quien debemos de imitar todos aquellos que
debajo de la bandera de amor y de la caballería militamos. Siendo,
pues, esto ansí, como lo es, hallo yo, Sancho amigo, que el caballero
andante que más le imitare estará más cerca de alcanzar
la perfeción de la caballería. Y una de las cosas en que
más este caballero mostró su prudencia, valor, valentía,
sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retiró, desdeñado
de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre,
mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre, por cierto, significativo
y proprio para la vida que él de su voluntad había escogido.
Ansí que, me es a mí más fácil imitarle en
esto que no en hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos,
desbaratar ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos.
Y, pues estos lugares son tan acomodados para semejantes efectos, no hay
para qué se deje pasar la ocasión, que ahora con tanta comodidad
me ofrece sus guedejas.
-En efecto -dijo Sancho-, ¿qué es lo que vuestra merced
quiere hacer en este tan remoto lugar?
-¿Ya no te he dicho -respondió don Quijote- que quiero imitar
a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del
furioso, por imitar juntamente al valiente don Roldán, cuando halló
en una fuente las señales de que Angélica la Bella había
cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco y
arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras
fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó
chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien
mil insolencias, dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo
no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos
tres nombres tenía), parte por parte en todas las locuras que hizo,
dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere, en las
que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese
a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer
locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó
tanta fama como el que más.
-Paréceme a mí -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal
ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades
y penitencias, pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para
volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué
señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea
del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?
-Ahí esta el punto -respondió don Quijote- y ésa
es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con
causa, ni grado ni gracias: el toque está desatinar sin ocasión
y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué
hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión tengo en
la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía
Dulcinea del Toboso; que, como ya oíste decir a aquel pastor de
marras, Ambrosio: quien está ausente todos los males tiene y teme.
Así que, Sancho amigo, no gastes tiempo en aconsejarme que deje
tan rara, tan felice y tan no vista imitación. Loco soy, loco he
de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta
que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si fuere tal
cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere
al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré
nada. Ansí que, de cualquiera manera que responda, saldré
del conflito y trabajo en que me dejares, gozando el bien que me trujeres,
por cuerdo, o no sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime,
Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que
le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedazos.
Pero no pudo, donde se puede echar de ver la fineza de su temple.
A lo cual respondió Sancho:
-Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir
ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por
ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y
de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras
mercedes y grandezas, como es uso de caballeros andantes, que todo debe
de ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña, o patraña,
o como lo llamáremos. Porque quien oyere decir a vuestra merced
que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga
de este error en más de cuatro días, ¿qué
ha de pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero
el juicio? La bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y
llévola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella,
si Dios me diere tanta gracia que algún día me vea con mi
mujer y hijos.
-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro -dijo don Quijote-
que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero
en el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo
no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen
quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés?
Y no porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre
una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y
les vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos
o destruirnos; y así, eso que a ti te parece bacía de barbero,
me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá
otra cosa. Y fue rara providencia del sabio que es de mi parte hacer que
parezca bacía a todos lo que real y verdaderamente es yelmo de
Mambrino, a causa que, siendo él de tanta estima, todo el mundo
me perseguirá por quitármele; pero, como ven que no es más
de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró
bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle;
que a fe que si le conociera, que nunca él le dejara. Guárdale,
amigo, que por ahora no le he menester; que antes me tengo de quitar todas
estas armas y quedar desnudo como cuando nací, si es que me da
en voluntad de seguir en mi penitencia más a Roldán que
a Amadís.
Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña
que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas
que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase
por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a
los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles
silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar apacible.
Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer
su penitencia;
y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta,
como si estuviera sin juicio:
-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para
llorar la desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste
es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste
pequeño arroyo, y mis continos y profundos sospiros moverán
a la contina las hojas destos montaraces árboles, en testimonio
y señal de la pena que mi asendereado corazón padece. ¡Oh
vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que en
este inhabitable lugar tenéis vuestra morada, oíd las quejas
deste desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados
celos han traído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse
de la dura condición de aquella ingrata y bella, término
y fin de toda humana hermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas,
que tenéis por costumbre de habitar en las espesuras de los montes,
así los ligeros y lascivos sátiros, de quien sois, aunque
en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulce sosiego, que
me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os canséis
de oílla! ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche,
gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así
el cielo te la dé buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres
el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido, y que con buen
término correspondas al que a mi fe se le debe! ¡Oh solitarios
árboles, que desde hoy en adelante habéis de hacer compañía
a mi soledad, dad indicio, con el blando movimiento de vuestras ramas,
que no os desagrade mi presencia! ¡Oh tú, escudero mío,
agradable compañero en más prósperos y adversos sucesos,
toma bien en la memoria lo que aquí me verás hacer, para
que lo cuentes y recetes a la causa total de todo ello!
Y, diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un momento le quitó
el freno y la silla; y, dándole una palmada en las ancas, le dijo:
-Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan estremado
por tus obras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que
en la frente llevas escrito que no te igualó en ligereza el Hipogrifo
de Astolfo,
ni el nombrado Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.
Viendo esto Sancho, dijo:
-Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar al
rucio; que a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille
en su alabanza; pero si él aquí estuviera, no consintiera
yo que nadie le desalbardara, pues no había para qué, que
a él no le tocaban las generales de enamorado ni de desesperado,
pues no lo estaba su amo, que era yo, cuando Dios quería. Y en
verdad, señor Caballero de la Triste Figura, que si es que mi partida
y su locura de vuestra merced va de veras, que será bien tornar
a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio, porque será
ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no sé cuándo
llegaré ni cuándo volveré, porque, en resolución,
soy mal caminante.
-Digo, Sancho -respondió don Quijote-, que sea como tú quisieres,
que no me parece mal tu designio; y digo que de aquí a tres días
te partirás, porque quiero que en este tiempo veas lo que por ella
hago y digo, para que se lo digas.
-Pues, ¿qué más tengo de ver -dijo Sancho- que lo
que he visto?
-¡Bien estás en el cuento! -respondió don Quijote-.
Ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas
por estas peñas, con otras cosas deste jaez que te han de admirar.
-Por amor de Dios -dijo Sancho-, que mire vuestra merced cómo se
da esas calabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal
punto, que con la primera se acabase la máquina desta penitencia;
y sería yo de parecer que, ya que vuestra merced le parece que
son aquí necesarias calabazadas y que no se puede hacer esta obra
sin ellas, se contentase, pues todo esto es fingido y cosa contrahecha
y de burla, se contentase, digo, con dárselas en el agua, o en
alguna cosa blanda, como algodón; y déjeme a mí el
cargo, que yo diré a mi señora que vuestra merced se las
daba en una punta de peña más dura que la de un diamante.
-Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho -respondió
don Quijote-, mas quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas
que hago no son de burlas, sino muy de veras; porque de otra manera, sería
contravenir a las órdenes de caballería, que nos mandan
que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y el hacer una cosa por
otra lo mesmo es que mentir. Ansí que, mis calabazadas han de ser
verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico
ni del fantástico. Y será necesario que me dejes algunas
hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamo
que perdimos.
-Más fue perder el asno -respondió Sancho-, pues se perdieron
en él las hilas y todo. Y ruégole a vuestra merced que no
se acuerde más de aquel maldito brebaje; que en sólo oírle
mentar se me revuelve el alma, no que el estómago. Y más
le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres días que
me ha dado de término para ver las locuras que hace, que ya las
doy por vistas y por pasadas en cosa juzgada, y diré maravillas
a mi señora; y escriba la carta y despácheme luego, porque
tengo gran deseo de volver a sacar a vuestra merced deste purgatorio donde
le dejo.
-¿Purgatorio le llamas, Sancho? -dijo don Quijote-. Mejor hicieras
de llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.
-Quien ha infierno -respondió Sancho-, nula es retencio, según
he oído decir.
-No entiendo qué quiere decir retencio -dijo don Quijote.
-Retencio es -respondió Sancho- que quien está en el infierno
nunca sale dél, ni puede. Lo cual será al revés en
vuestra merced, o a mí me andarán mal los pies, si es que
llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngame yo una por una
en el Toboso, y delante de mi señora Dulcinea, que yo le diré
tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra merced
ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner más blanda que
un guante, aunque la halle más dura que un alcornoque; con cuya
respuesta dulce y melificada volveré por los aires, como brujo,
y sacaré a vuestra merced deste purgatorio, que parece infierno
y no lo es, pues hay esperanza de salir dél, la cual, como tengo
dicho,
no la tienen de salir los que están en el infierno, ni creo que
vuestra merced dirá otra cosa.
-Así es la verdad -dijo el de la Triste Figura-; pero, ¿qué
haremos para escribir la carta?
-Y la libranza pollinesca también -añadió Sancho.
-Todo irá inserto -dijo don Quijote-; y sería bueno, ya
que no hay papel, que la escribiésemos, como hacían los
antiguos, en hojas de árboles, o en unas tablitas de cera; aunque
tan dificultoso será hallarse eso ahora como el papel. Mas ya me
ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más
que bien, escribilla: que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio;
y tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena
letra, en el primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela
de muchachos, o si no, cualquiera sacristán te la trasladará;
y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra
procesada, que no la entenderá Satanás.
-Pues, ¿qué se ha de hacer de la firma? -dijo Sancho.
-Nunca las cartas de Amadís se firman -respondió don Quijote.
-Está bien -respondió Sancho-, pero la libranza forzosamente
se ha de firmar,
y ésa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme
sin pollinos.
-La libranza irá en el mesmo librillo firmada; que, en viéndola,
mi sobrina no pondrá dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca
a la carta de amores, pondrás por firma: "Vuestro hasta la
muerte, el Caballero de la Triste Figura". Y hará poco al
caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me sé acordar,
Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto letra mía
ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos,
sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan de
cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años
que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que han de
comer la tierra, no la he visto cuatro veces; y aun podrá ser que
destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba:
tal es el recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo,
y su madre, Aldonza Nogales, la han criado.
-¡Ta, ta! -dijo Sancho-.
¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea
del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
-Ésa es -dijo don Quijote-, y es la que merece ser señora
de todo el universo.
-Bien la conozco -dijo Sancho-, y sé decir que tira tan bien una
barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive
el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y
que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante, o por
andar, que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué
rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día
encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban
en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más
de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre.
Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho
de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora
digo, señor Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede
y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que, con justo título,
puede desesperarse y ahorcarse; que nadie habrá que lo sepa que
no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo. Y querría
ya verme en camino, sólo por vella; que ha muchos días que
no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de las
mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso a vuestra
merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he
estado en una grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la señora
Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba
enamorado, o alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que
vuestra merced le ha enviado: así el del vizcaíno como el
de los galeotes, y otros muchos que deben ser, según deben de ser
muchas las vitorias que vuestra merced ha ganado y ganó en el tiempo
que yo aún no era su escudero. Pero, bien considerado, ¿qué
se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a la señora
Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante della
los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porque
podría ser que, al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando
lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se
riese y enfadase del presente.
-Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-,
que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas veces
despuntas de agudo. Mas, para que veas cuán necio eres tú
y cuán discreto soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. «Has
de saber que una viuda hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada,
se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo. Alcanzólo
a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía
de fraternal reprehensión: ''Maravillado estoy, señora,
y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan
rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan soez, tan
bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros,
tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera
escoger como entre peras, y decir: "Éste quiero, aquéste
no quiero"''. Mas ella le respondió, con mucho donaire y desenvoltura:
''Vuestra merced, señor mío, está muy engañado,
y piensa muy a lo antiguo si piensa que yo he escogido mal en fulano,
por idiota que le parece, pues, para lo que yo le quiero, tanta filosofía
sabe, y más, que Aristóteles''». Así que, Sancho,
por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más
alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban
damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es
verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las
Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales
de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros
de las comedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne
y hueso, y de aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto,
sino que las más se las fingen, por dar subjeto a sus versos y
porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo.
Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de
Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje importa poco,
que no han de ir a hacer la información dél para darle algún
hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa
del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas
solas incitan a amar más que otras, que son la mucha hermosura
y la buena fama; y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea,
porque en ser hermosa ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le
llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así,
sin que sobre ni falte nada; y píntola en mi imaginación
como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni
la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas
mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.
Y diga cada uno lo que quisiere;
que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado
de los rigurosos.
-Digo que en todo tiene vuestra merced razón -respondió
Sancho-, y que yo soy un asno. Mas no sé yo para qué nombro
asno en mi boca, pues no se ha de mentar la soga en casa del ahorcado.
Pero venga la carta, y a Dios, que me mudo.
Sacó el libro de memoria don Quijote, y, apartándose a una
parte, con mucho sosiego comenzó a escribir la carta; y, en acabándola,
llamó a Sancho y le dijo que se la quería leer, porque la
tomase de memoria, si acaso se le perdiese por el camino, porque de su
desdicha todo se podía temer. A lo cual respondió Sancho:
-Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro
y démele, que yo le llevaré bien guardado, porque pensar
que yo la he de tomar en la memoria es disparate: que la tengo tan mala
que muchas veces se me olvida cómo me llamo. Pero, con todo eso,
dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho de oílla,
que debe de ir como de molde.
-Escucha, que así dice -dijo don Quijote:
CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA
DEL TOBOSO
Soberana y alta señora:
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón,
dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él
no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si
tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido,
mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte,
es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación,
¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu
causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te
viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho a tu
crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura.
-Por vida de mi padre -dijo Sancho en oyendo la carta-, que es la más
alta cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y
cómo que le dice vuestra merced ahí todo cuanto quiere,
y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la Triste Figura!
Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que no haya cosa
que no sepa.
-Todo es menester -respondió don Quijote- para el oficio que trayo.
-Ea, pues -dijo Sancho-, ponga vuestra merced en esotra vuelta la
cédula de los tres pollinos y fírmela con mucha claridad,
porque la conozcan en viéndola.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito,se la leyó; que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora
sobrina, dar a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé
en casa y están a cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos
se los mando librar y pagar por otros tantos aquí recebidos de
contado, que consta, y con su carta de pago serán bien dados.
Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto
deste presente año.
-Buena está -dijo Sancho-; fírmela vuestra merced.
-No es menester firmarla -dijo don Quijote-, sino solamente poner mi rúbrica,
que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para trecientos, fuera
bastante.
-Yo me confío de vuestra merced -respondió Sancho-. Déjeme,
iré a ensillar a Rocinante, y aparéjese vuestra merced a
echarme su bendición, que luego pienso partirme, sin ver las sandeces
que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que le vi hacer tantas
que no quiera más.
-Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero,
digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que
las haré en menos de media hora, porque, habiéndolas tú
visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las demás que quisieres
añadir; y asegúrote que no dirás tú tantas
cuantas yo pienso hacer.
-Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a
vuestra merced, que me dará mucha lástima y no podré
dejar de llorar; y tengo tal la cabeza, del llanto que anoche hice por
el rucio, que no estoy para meterme en nuevos lloros; y si es que vuestra
merced gusta de que yo vea algunas locuras, hágalas vestido, breves
y las que le vinieren más a cuento. Cuanto más, que para
mí no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera ahorrar
el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra merced
desea y merece. Y si no, aparéjese la señora Dulcinea; que
si no responde como es razón, voto hago solene a quien puedo que
le tengo de sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones.
Porque, ¿dónde se ha de sufrir que un caballero andante,
tan famoso como vuestra merced, se vuelva loco, sin qué ni para
qué, por una...? No me lo haga decir la señora, porque por
Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca se venda. ¡Bonico
soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues, a fe que si me conociese,
que me ayunase!
-A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no estás
tú más cuerdo que yo.
-No estoy tan loco -respondió Sancho-, mas estoy más colérico.
Pero, dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra
merced en tanto que yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino, como Cardenio,
a quitárselo a los pastores?
-No te dé pena ese cuidado -respondió don Quijote-, porque,
aunque tuviera, no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este
prado y estos árboles me dieren, que la fineza de mi negocio está
en no comer y en hacer otras asperezas equivalentes.
-A Dios, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo?
Que no tengo de acertar a volver a este lugar donde agora le dejo, según
está de escondido.
-Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos
contornos -dijo don Quijote-, y aun tendré cuidado de subirme por
estos más altos riscos, por ver si te descubro cuando vuelvas.
Cuanto más, que lo más acertado será, para que no
me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las muchas que por
aquí hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta salir a
lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para
que me halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto
de Teseo.
-Así lo haré -respondió Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor,
y, no sin muchas lágrimas de entrambos, se despidió dél.
Y, subiendo sobre Rocinante, a quien don Quijote encomendó mucho,
y que mirase por él como por su propria persona, se puso en camino
del llano, esparciendo de trecho a trecho los ramos de la retama, como
su amo se lo había aconsejado. Y así, se fue, aunque todavía
le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos locuras. Mas
no hubo andado cien pasos, cuando volvió y dijo:
-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que
pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será
bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada
de vuestra merced.
-¿No te lo decía yo? -dijo don Quijote-. Espérate,
Sancho, que en un credo las haré.
Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes
y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas
en el aire y dos tumbas, la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo
cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante
y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo
quedaba loco. Y así, le dejaremos ir su camino, hasta la vuelta,
que fue breve.
CAPÍTULO XXVI. Donde se prosiguen las finezas que
de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena
Y, volviendo a contar lo que hizo el
de la Triste Figura después que se vio solo, dice la historia que,
así como don Quijote acabó de dar las tumbas o vueltas,
de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que Sancho
se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se
subió sobre una punta de una alta peña y allí tornó
a pensar lo que otras muchas veces había pensado, sin haberse jamás
resuelto en ello. Y era que cuál sería mejor y le estaría
más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas
que hizo, o Amadís en las malencónicas. Y, hablando entre
sí mesmo, decía:
-Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen,
¿qué maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía
matar nadie si no era metiéndole un alfiler de a blanca por la
planta del pie, y él traía siempre los zapatos con siete
suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra Bernardo del Carpio,
que se las entendió y le ahogó entre los brazos, en Roncesvalles.
Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos
a lo de perder el juicio, que es cierto que le perdió, por las
señales que halló en la fontana y por las nuevas que le
dio el pastor de que Angélica había dormido más de
dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos enrizados y paje de Agramante;
y si él entendió que esto era verdad y que su dama le había
cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero yo, ¿cómo
puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasión dellas?
Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que no ha visto en
todos los días de su vida moro alguno, ansí como él
es, en su mismo traje, y que se está hoy como la madre que la parió;
y haríale agravio manifiesto si, imaginando otra cosa della, me
volviese loco de aquel género de locura de Roldán el furioso.
Por otra parte, veo que Amadís de Gaula, sin perder el juicio y
sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que
más; porque lo que hizo, según su historia, no fue más
de que, por verse desdeñado de su señora Oriana, que le
había mandado que no pareciese ante su presencia hasta que fuese
su voluntad, de que se retiró a la Peña Pobre en compañía
de un ermitaño, y allí se hartó de llorar y de encomendarse
a Dios, hasta que el cielo le acorrió, en medio de su mayor cuita
y necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué
quiero yo tomar trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre
a estos árboles, que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para
qué enturbiar el agua clara destos arroyos, los cuales me han de
dar de beber cuando tenga gana. Viva la memoria de Amadís, y sea
imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo que pudiere; del cual se
dirá lo que del otro se dijo: que si no acabó grandes cosas,
murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeñado
de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente
della. Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís,
y enseñadme por dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas
ya sé que lo más que él hizo fue rezar y encomendarse
a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo?
En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que
rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando,
y diole once ñudos, el uno más gordo que los demás,
y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, donde
rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba
mucho era no hallar por allí otro ermitaño que le confesase
y con quien consolarse. Y así, se entretenía paseándose
por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas de los árboles
y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y
algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se pudieron hallar enteros
y que se pudiesen leer, después que a él allí le
hallaron, no fueron más que estos que aquí se siguen:
Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea,
pues, por pagaros escote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa;
y, en tocándole el cogote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el
añadidura del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que
debió de imaginar don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea,
no decía también del Toboso, no se podría entender
la copla; y así fue la verdad, como él después confesó.
Otros muchos escribió, pero, como se ha dicho, no se pudieron sacar
en limpio, ni enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar
y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas
de los ríos, a la dolorosa y húmida Eco, que le respondiese,
consolasen y escuchasen, se entretenía, y en buscar algunas yerbas
con que sustentarse en tanto que Sancho volvía; que, si como tardó
tres días, tardara tres semanas, el Caballero de la Triste Figura
quedara tan desfigurado que no le conociera la madre que lo parió.
Y será bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por
contar lo que le avino a Sancho Panza en su mandadería. Y fue que,
en saliendo al camino real, se puso en busca del Toboso, y otro día
llegó a la venta donde le había sucedido la desgracia de
la manta; y no la hubo bien visto, cuando le pareció que otra vez
andaba en los aires, y no quiso entrar dentro, aunque llegó a hora
que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y llevar en deseo
de gustar algo caliente;
que había grandes días que todo era fiambre.
Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta, todavía
dudoso si entraría o no. Y, estando en esto, salieron de la venta
dos personas que luego le conocieron; y dijo el uno al otro:
-Dígame, señor licenciado, aquel del caballo, ¿no
es Sancho Panza, el que dijo el ama de nuestro aventurero que había
salido con su señor por escudero?
-Sí es -dijo el licenciado-; y aquél es el caballo de nuestro
don Quijote.
Y conociéronle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero
de su mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de
los libros. Los cuales, así como acabaron de conocer a Sancho Panza
y a Rocinante, deseosos de saber de don Quijote, se fueron a él;
y el cura le llamó por su nombre, diciéndole:
-Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo?
Conociólos luego Sancho Panza, y determinó de encubrir el
lugar y la suerte donde y como su amo quedaba; y así, les respondió
que su amo quedaba ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era
de mucha importancia, la cual él no podía descubrir, por
los ojos que en la cara tenía.
-No, no -dijo el barbero-, Sancho Panza; si vos no nos decís dónde
queda, imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto
y robado, pues venís encima de su caballo.
En verdad que nos habéis de dar el dueño del rocín,
o sobre eso, morena.
-No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo
ni mato a nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo
queda haciendo penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor.
Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba,
las aventuras que le habían sucedido y cómo llevaba la carta
a la señora Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo,
de quien estaba enamorado hasta los hígados.
Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque
ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre
que la oían se admiraban de nuevo. Pidiéronle a Sancho Panza
que les enseñase la carta que llevaba a la señora Dulcinea
del Toboso. Él dijo que iba escrita en un libro de memoria y que
era orden de su señor que la hiciese trasladar en papel en el primer
lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la mostrase, que él
la trasladaría de muy buena letra. Metió la mano en el seno
Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le halló, ni le podía
hallar si le buscara hasta agora, porque se había quedado don Quijote
con él y no se le había dado, ni a él se le acordó
de pedírsele.
Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal
el rostro; y, tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó
a echar de ver que no le hallaba; y, sin más ni más, se
echó entrambos puños a las barbas y se arrancó la
mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio media docena de puñadas
en el rostro y en las narices, que se las bañó todas en
sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qué
le había sucedido, que tan mal se paraba.
-¿Qué me ha de suceder -respondió Sancho-, sino el
haber perdido de una mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada
uno era como un castillo?
-¿Cómo es eso? -replicó el barbero.
-He perdido el libro de memoria -respondió Sancho-, donde venía
carta para Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por
la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco
que estaban en casa.
Y, con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle
el cura, y díjole que, en hallando a su señor, él
le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en
papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros
de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que, como aquello fuese ansí,
que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque
él la sabía casi de memoria, de la cual se podría
trasladar donde y cuando quisiesen.
-Decildo, Sancho, pues -dijo el barbero-, que después la trasladaremos.
Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria
la carta, y ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces
miraba al suelo, otras al cielo; y, al cabo de haberse roído la
mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que
ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato:
-Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que
de la carta se me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta
y sobajada señora».
-No diría -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana o soberana
señora.
-Así es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía...,
si mal no me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido
besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa»,
y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le
enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en «Vuestro
hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela
mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos,
ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo. Tornóla
a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir
otros tres mil disparates. Tras esto, contó asimesmo las cosas
de su amo, pero no habló palabra acerca del manteamiento que le
había sucedido en aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo
también como su señor, en trayendo que le trujese buen despacho
de la señora Dulcinea del Toboso, se había de poner en camino
a procurar cómo ser emperador, o, por lo menos, monarca; que así
lo tenían concertado entre los dos, y era cosa muy fácil
venir a serlo, según era el valor de su persona y la fuerza de
su brazo; y que, en siéndolo, le había de casar a él,
porque ya sería viudo, que no podía ser menos, y le había
de dar por mujer a una doncella de la emperatriz, heredera de un rico
y grande estado de tierra firme, sin ínsulos ni ínsulas,
que ya no las quería.
Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando
en cuando las narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron
de nuevo, considerando cuán vehemente había sido la locura
de don Quijote, pues había llevado tras sí el juicio de
aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en sacarle del error en que
estaba, pareciéndoles que, pues no le dañaba nada la conciencia,
mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más
gusto oír sus necedades. Y así, le dijeron que rogase a
Dios por la salud de su señor, que cosa contingente y muy agible
era venir, con el discurso del tiempo, a ser emperador, como él
decía, o, por lo menos, arzobispo, o otra dignidad equivalente.
A lo cual respondió Sancho:
-Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo
le viniese en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría
yo saber agora qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.
-Suélenles dar -respondió el cura- algún beneficio,
simple o curado, o alguna sacristanía, que les vale mucho de renta
rentada, amén del pie de altar, que se suele estimar en otro tanto.
-Para eso será menester -replicó Sancho- que el escudero
no sea casado y que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es así,
¡desdichado de yo, que soy casado y no sé la primera letra
del ABC! ¿Qué será de mí si a mi amo le da
antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre de los
caballeros andantes?
-No tengáis pena, Sancho amigo -dijo el barbero-, que aquí
rogaremos a vuestro amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en
caso de conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le será
más fácil, a causa de que él es más valiente
que estudiante.
-Así me ha parecido a mí -respondió Sancho-, aunque
sé decir que para todo tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer
de mi parte es rogarle a Nuestro Señor que le eche a aquellas partes
donde él más se sirva y adonde a mí más mercedes
me haga.
-Vos lo decís como discreto -dijo el cura- y lo haréis como
buen cristiano. Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar
a vuestro amo de aquella inútil penitencia que decís que
queda haciendo; y, para pensar el modo que hemos de tener, y para comer,
que ya es hora, será bien nos entremos en esta venta.
Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí
fuera y que después les diría la causa por que no entraba
ni le convenía entrar en ella; mas que les rogaba que le sacasen
allí algo de comer que fuese cosa caliente, y, ansimismo, cebada
para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de allí a poco,
el barbero le sacó de comer. Después, habiendo bien pensado
entre los dos el modo que tendrían para conseguir lo que deseaban,
vino el cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote y
para lo que ellos querían. Y fue que dijo al barbero que lo que
había pensado era que él se vestiría en hábito
de doncella andante, y que él procurase ponerse lo mejor que pudiese
como escudero, y que así irían adonde don Quijote estaba,
fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría
un don, el cual él no podría dejársele de otorgar,
como valeroso caballero andante. Y que el don que le pensaba pedir era
que se viniese con ella donde ella le llevase, a desfacelle un agravio
que un mal caballero le tenía fecho; y que le suplicaba, ansimesmo,
que no la mandase quitar su antifaz, ni la demandase cosa de su facienda,
fasta que la hubiese fecho derecho de aquel mal caballero; y que creyese,
sin duda, que don Quijote vendría en todo cuanto le pidiese por
este término; y que desta manera le sacarían de allí
y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía
algún remedio su estraña locura.
CAPÍTULO XXVII. De cómo salieron con su intención
el cura y el barbero,
con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
No le pareció mal al barbero
la invención del cura, sino tan bien, que luego la pusieron por
obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas, dejándole
en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran barba de
una cola rucia o roja de buey, donde el ventero tenía colgado el
peine. Preguntóles la ventera que para qué le pedían
aquellas cosas. El cura le contó en breves razones la locura de
don Quijote, y cómo convenía aquel disfraz para sacarle
de la montaña, donde a la sazón estaba. Cayeron luego el
ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del bálsamo,
y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con él
les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución,
la ventera vistió al cura de modo que no había más
que ver: púsole una saya de paño, llena de fajas de terciopelo
negro de un palmo en ancho, todas acuchilladas, y unos corpiños
de terciopelo verde, guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que
se debieron de hacer, ellos y la saya, en tiempo del rey Wamba. No consintió
el cura que le tocasen, sino púsose en la cabeza un birretillo
de lienzo colchado que llevaba para dormir de noche, y ciñóse
por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga hizo un
antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro; encasquetóse
su sombrero, que era tan grande que le podía servir de quitasol,
y, cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas,
y el barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre
roja y blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola
de un buey barroso.
Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió
de rezar un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso
en tan arduo y tan cristiano negocio como era el que habían emprendido.
Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento:
que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa
indecente que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho
en ello; y, diciéndoselo al barbero, le rogó que trocasen
trajes, pues era más justo que él fuese la doncella menesterosa,
y que él haría el escudero, y que así se profanaba
menos su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de
no pasar adelante,
aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto, llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo
tener la risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso,
y, trocando la invención, el cura le fue informando el modo que
había de tener y las palabras que había de decir a don Quijote
para moverle y forzarle a que con él se viniese, y dejase la querencia
del lugar que había escogido para su vana penitencia. El barbero
respondió que, sin que se le diese lición, él lo
pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces, hasta
que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló
sus vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino,
guiándolos Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció
con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo
de la maleta y de cuanto en ella venía; que, maguer que tonto,
era un poco codicioso el mancebo.
Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas
las señales de las ramas para acertar el lugar donde había
dejado a su señor; y, en reconociéndole, les dijo como aquélla
era la entrada, y que bien se podían vestir, si era que aquello
hacía al caso para la libertad de su señor; porque ellos
le habían dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse de
aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala
vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no dijese
a su amo quien ellos eran, ni que los conocía; y que si le preguntase,
como se lo había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese
que sí, y que, por no saber leer, le había respondido de
palabra, diciéndole que le mandaba, so pena de la su desgracia,
que luego al momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba
mucho; porque con esto y con lo que ellos pensaban decirle tenían
por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con él que luego
se pusiese
en camino para ir a ser emperador o monarca; que en lo de ser arzobispo
no había de qué temer.
Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria,
y les agradeció mucho la intención que tenían de
aconsejar a su señor fuese emperador y no arzobispo, porque él
tenía para sí que, para hacer mercedes a sus escuderos,
más podían los emperadores que los arzobispos andantes.
También les dijo que sería bien que él fuese delante
a buscarle y darle la respuesta de su señora, que ya sería
ella bastante a sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto
trabajo. Parecióles bien lo que Sancho Panza decía, y así,
determinaron de aguardarle hasta que volviese con las nuevas del hallazgo
de su amo.
Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los
dos en una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a
quien hacían sombra agradable y fresca otras peñas y algunos
árboles que por allí estaban. El calor, y el día
que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que por aquellas
partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde: todo
lo cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a
que en él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.
Estando, pues, los dos allí, sosegados y a la sombra, llegó
a sus oídos una voz que, sin acompañarla son de algún
otro instrumento, dulce y regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron,
por parecerles que aquél no era lugar donde pudiese haber quien
tan bien cantase. Porque, aunque suele decirse que por las selvas y campos
se hallan pastores de voces estremadas, más son encarecimientos
de poetas que verdades; y más, cuando advirtieron que lo que oían
cantar eran versos, no de rústicos ganaderos, sino de discretos
cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos que oyeron
éstos:
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repugna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estraño,
pues se aumentan en mi daño,
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó
admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron
quedos, esperando si otra alguna cosa oían; pero, viendo que duraba
algún tanto el silencio, determinaron de salir a buscar el músico
que con tan buena voz cantaba. Y, queriéndolo poner en efeto, hizo
la mesma voz que no se moviesen, la cual llegó de nuevo a sus oídos,
cantando este soneto:
SONETO
Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas, en el cielo,
subiste alegre a las impíreas salas,
desde allá, cuando quieres, nos señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que, a la fin, son malas.
Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea,
con que destruye a la intención sincera;
que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera.
El canto se acabó con un profundo suspiro, y los dos, con atención,
volvieron a esperar si más se cantaba; pero, viendo que la música
se había vuelto en sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de
saber quién era el triste, tan estremado en la voz como doloroso
en los gemidos; y no anduvieron mucho, cuando, al volver de una punta
de una peña, vieron a un hombre del mismo talle y figura que Sancho
Panza les había pintado cuando les contó el cuento de Cardenio;
el cual hombre, cuando los vio, sin sobresaltarse, estuvo quedo, con la
cabeza inclinada sobre el pecho a guisa de hombre pensativo, sin alzar
los ojos a mirarlos más de la vez primera, cuando de improviso
llegaron.
El cura, que era hombre bien hablado (como el que ya tenía noticia
de su desgracia, pues por las señas le había conocido),
se llegó a él, y con breves aunque muy discretas razones
le rogó y persuadió que aquella tan miserable vida dejase,
porque allí no la perdiese, que era la desdicha mayor de las desdichas.
Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre de aquel furioso accidente
que tan a menudo le sacaba de sí mismo; y así, viendo a
los dos en traje tan no usado de los que por aquellas soledades andaban,
no dejó de admirarse algún tanto, y más cuando oyó
que le habían hablado en su negocio como en cosa sabida -porque
las razones que el cura le dijo así lo dieron a entender-; y así,
respondió desta manera:
-Bien veo yo, señores, quienquiera que seáis, que el cielo,
que tiene cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces,
sin yo merecerlo, me envía, en estos tan remotos y apartados lugares
del trato común de las gentes, algunas personas que, poniéndome
delante de los ojos con vivas y varias razones cuán sin ella ando
en hacer la vida que hago, han procurado sacarme désta a mejor
parte; pero, como no saben que sé yo que en saliendo deste daño
he de caer en otro mayor, quizá me deben de tener por hombre de
flacos discursos, y aun, lo que peor sería, por de ningún
juicio. Y no sería maravilla que así fuese, porque a mí
se me trasluce que la fuerza de la imaginación de mis desgracias
es tan intensa y puede tanto en mi perdición que, sin que yo pueda
ser parte a estobarlo, vengo a quedar como piedra, falto de todo buen
sentido y conocimiento; y vengo a caer en la cuenta desta verdad, cuando
algunos me dicen y muestran señales de las cosas que he hecho en
tanto que aquel terrible accidente me señorea, y no sé más
que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi ventura, y dar por disculpa
de mis locuras el decir la causa dellas a cuantos oírla quieren;
porque, viendo los cuerdos cuál es la causa, no se maravillarán
de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me darán
culpa, convirtiéndoseles el enojo de mi desenvoltura en lástima
de mis desgracias. Y si es que vosotros, señores, venís
con la mesma intención que otros han venido, antes que paséis
adelante en vuestras discretas persuasiones, os ruego que escuchéis
el cuento, que no le tiene, de mis desventuras; porque quizá, después
de entendido, ahorraréis del trabajo que tomaréis en consolar
un mal que de todo consuelo es incapaz.
Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su mesma boca la causa
de su daño, le rogaron se la contase, ofreciéndole de no
hacer otra cosa de la que él quisiese, en su remedio o consuelo;
y con esto, el triste caballero comenzó su lastimera historia,
casi por las mesmas palabras y pasos que la había contado a don
Quijote y al cabrero pocos días atrás, cuando, por ocasión
del maestro Elisabat y puntualidad de don Quijote en guardar el decoro
a la caballería, se quedó el cuento imperfeto, como la historia
lo deja contado. Pero ahora quiso la buena suerte que se detuvo el accidente
de la locura y le dio lugar de contarlo hasta el fin; y así, llegando
al paso del billete que había hallado don Fernando entre el libro
de Amadís de Gaula, dijo Cardenio que le tenía bien en la
memoria, y que decía desta manera:
«LUSCINDA A CARDENIO
Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que
en más os estime; y así, si quisiéredes sacarme desta
deuda sin ejecutarme en la honra, lo podréis muy bien hacer. Padre
tengo, que os conoce y que me quiere bien, el cual, sin forzar mi voluntad,
cumplirá la que será justo que vos tengáis, si es
que me estimáis como decís y como yo creo.
-»Por este billete me moví a pedir a Luscinda por esposa,
como ya os he contado, y éste fue por quien quedó Luscinda
en la opinión de don Fernando por una de las más discretas
y avisadas mujeres de su tiempo; y este billete fue el que le puso en
deseo de destruirme, antes que el mío se efetuase. Díjele
yo a don Fernando en lo que reparaba el padre de Luscinda, que era en
que mi padre se la pidiese, lo cual yo no le osaba decir, temeroso que
no vendría en ello, no porque no tuviese bien conocida la calidad,
bondad, virtud y hermosura de Luscinda, y que tenía partes bastantes
para enoblecer cualquier otro linaje de España, sino porque yo
entendía dél que deseaba que no me casase tan presto, hasta
ver lo que el duque Ricardo hacía conmigo. En resolución,
le dije que no me aventuraba a decírselo a mi padre, así
por aquel inconveniente como por otros muchos que me acobardaban, sin
saber cuáles eran, sino que me parecía que lo que yo desease
jamás había de tener efeto.
»A todo esto me respondió don Fernando que él se encargaba
de hablar a mi padre y hacer con él que hablase al de Luscinda.
¡Oh Mario ambicioso, oh Catilina cruel, oh Sila facinoroso, oh Galalón
embustero, oh Vellido traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso!
Traidor, cruel, vengativo y embustero, ¿qué deservicios
te había hecho este triste, que con tanta llaneza te descubrió
los secretos y contentos de su corazón? ¿Qué ofensa
te hice? ¿Qué palabras te dije, o qué consejos te
di, que no fuesen todos encaminados a acrecentar tu honra y tu provecho?
Mas, ¿de qué me quejo?, ¡desventurado de mí!,
pues es cosa cierta que cuando traen las desgracias la corriente de las
estrellas, como vienen de alto a bajo, despeñándose con
furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni
industria humana que prevenirlas pueda. ¿Quién pudiera imaginar
que don Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios,
poderoso para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese dondequiera
que le ocupase, se había de enconar, como suele decirse, en tomarme
a mí una sola oveja, que aún no poseía? Pero quédense
estas consideraciones aparte, como inútiles y sin provecho, y añudemos
el roto hilo de mi desdichada historia.
»Digo, pues, que, pareciéndole a don Fernando que mi presencia
le era inconveniente para poner en ejecución su falso y mal pensamiento,
determinó de enviarme a su hermano mayor, con ocasión de
pedirle unos dineros para pagar seis caballos, que de industria, y sólo
para este efeto de que me ausentase (para poder mejor salir con su dañado
intento), el mesmo día que se ofreció hablar a mi padre
los compró, y quiso que yo viniese por el dinero. ¿Pude
yo prevenir esta traición? ¿Pude, por ventura, caer en imaginarla?
No, por cierto; antes, con grandísimo gusto, me ofrecí a
partir luego, contento de la buena compra hecha. Aquella noche hablé
con Luscinda, y le dije lo que con don Fernando quedaba concertado, y
que tuviese firme esperanza de que tendrían efeto nuestros buenos
y justos deseos. Ella me dijo, tan segura como yo de la traición
de don Fernando, que procurase volver presto, porque creía que
no tardaría más la conclusión de nuestras voluntades
que tardase mi padre de hablar al suyo. No sé qué se fue,
que, en acabando de decirme esto, se le llenaron los ojos de lágrimas
y un nudo se le atravesó en la garganta, que no le dejaba hablar
palabra de otras muchas que me pareció que procuraba decirme.
»Quedé admirado deste nuevo accidente, hasta allí
jamás en ella visto, porque siempre nos hablábamos, las
veces que la buena fortuna y mi diligencia lo concedía, con todo
regocijo y contento, sin mezclar en nuestras pláticas lágrimas,
suspiros, celos, sospechas o temores. Todo era engrandecer yo mi ventura,
por habérmela dado el cielo por señora: exageraba su belleza,
admirábame de su valor y entendimiento. Volvíame ella el
recambio, alabando en mí lo que, como enamorada, le parecía
digno de alabanza. Con esto, nos contábamos cien mil niñerías
y acaecimientos de nuestros vecinos y conocidos, y a lo que más
se entendía mi desenvoltura era a tomarle, casi por fuerza, una
de sus bellas y blancas manos, y llegarla a mi boca, según daba
lugar la estrecheza de una baja reja que nos dividía. Pero la noche
que precedió al triste día de mi partida, ella lloró,
gimió y suspiró, y se fue, y me dejó lleno de confusión
y sobresalto, espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras
de dolor y sentimiento en Luscinda. Pero, por no destruir mis esperanzas,
todo lo atribuí a la fuerza del amor que me tenía y al dolor
que suele causar la ausencia en los que bien se quieren.
»En fin, yo me partí triste y pensativo, llena el alma de
imaginaciones y sospechas, sin saber lo que sospechaba ni imaginaba: claros
indicios que me mostraban el triste suceso y desventura que me estaba
guardada. Llegué al lugar donde era enviado. Di las cartas al hermano
de don Fernando. Fui bien recebido, pero no bien despachado, porque me
mandó aguardar, bien a mi disgusto, ocho días, y en parte
donde el duque, su padre, no me viese, porque su hermano le escribía
que le enviase cierto dinero sin su sabiduría. Y todo fue invención
del falso don Fernando, pues no le faltaban a su hermano dineros para
despacharme luego. Orden y mandato fue éste que me puso en condición
de no obedecerle, por parecerme imposible sustentar tantos días
la vida en el ausencia de Luscinda, y más, habiéndola dejado
con la tristeza que os he contado; pero, con todo esto, obedecí,
como buen criado, aunque veía que había de ser a costa de
mi salud.
»Pero, a los cuatro días que allí llegué, llegó
un hombre en mi busca con una carta, que me dio, que en el sobrescrito
conocí ser de Luscinda, porque la letra dél era suya. Abríla,
temeroso y con sobresalto, creyendo que cosa grande debía de ser
la que la había movido a escribirme estando ausente, pues presente
pocas veces lo hacía. Preguntéle al hombre, antes de leerla,
quién se la había dado y el tiempo que había tardado
en el camino. Díjome que acaso, pasando por una calle de la ciudad
a la hora de medio día, una señora muy hermosa le llamó
desde una ventana, los ojos llenos de lágrimas, y que con mucha
priesa le dijo: ''Hermano: si sois cristiano, como parecéis, por
amor de Dios os ruego que encaminéis luego luego esta carta al
lugar y a la persona que dice el sobrescrito, que todo es bien conocido,
y en ello haréis un gran servicio a nuestro Señor; y, para
que no os falte comodidad de poderlo hacer, tomad lo que va en este pañuelo''.
''Y, diciendo esto, me arrojó por la ventana un pañuelo,
donde venían atados cien reales y esta sortija de oro que aquí
traigo, con esa carta que os he dado. Y luego, sin aguardar respuesta
mía, se quitó de la ventana; aunque primero vio cómo
yo tomé la carta y el pañuelo, y, por señas, le dije
que haría lo que me mandaba. Y así, viéndome tan
bien pagado del trabajo que podía tomar en traérosla y conociendo
por el sobrescrito que érades vos a quien se enviaba, porque yo,
señor, os conozco muy bien, y obligado asimesmo de las lágrimas
de aquella hermosa señora, determiné de no fiarme de otra
persona, sino venir yo mesmo a dárosla; y en diez y seis horas
que ha que se me dio, he hecho el camino, que sabéis que es de
diez y ocho leguas''.
»En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me decía,
estaba yo colgado de sus palabras, temblándome las piernas de manera
que apenas podía sostenerme. En efeto, abrí la carta y vi
que contenía estas razones:
La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro padre para que
hablase al mío, la ha cumplido más en su gusto que en vuestro
provecho. Sabed, señor, que él me ha pedido por esposa,
y mi padre, llevado de la ventaja que él piensa que don Fernando
os hace, ha venido en lo que quiere, con tantas veras que de aquí
a dos días se ha de hacer el desposorio, tan secreto y tan a solas,
que sólo han de ser testigos los cielos y alguna gente de casa.
Cual yo quedo, imaginaldo; si os cumple venir, veldo; y si os quiero bien
o no, el suceso deste negocio os lo dará a entender. A Dios plega
que ésta llegue a vuestras manos antes que la mía se vea
en condición de juntarse con la de quien tan mal sabe guardar la
fe que promete.
»Éstas, en suma, fueron las razones que la carta contenía
y las que me hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta
ni otros dineros; que bien claro conocí entonces que no la compra
de los caballos, sino la de su gusto, había movido a don Fernando
a enviarme a su hermano. El enojo que contra don Fernando concebí,
junto con el temor de perder la prenda que con tantos años de servicios
y deseos tenía granjeada, me pusieron alas, pues, casi como en
vuelo, otro día me puse en mi lugar, al punto y hora que convenía
para ir a hablar a Luscinda. Entré secreto, y dejé una mula
en que venía en casa del buen hombre que me había llevado
la carta; y quiso la suerte que entonces la tuviese tan buena que hallé
a Luscinda puesta a la reja, testigo de nuestros amores. Conocióme
Luscinda luego, y conocíla yo; mas no como debía ella conocerme
y yo conocerla. Pero, ¿quién hay en el mundo que se pueda
alabar que ha penetrado y sabido el confuso pensamiento y condición
mudable de una mujer? Ninguno, por cierto.
»Digo, pues, que, así como Luscinda me vio, me dijo: ''Cardenio,
de boda estoy vestida; ya me están aguardando en la sala don Fernando
el traidor y mi padre el codicioso, con otros testigos, que antes lo serán
de mi muerte que de mi desposorio. No te turbes, amigo, sino procura hallarte
presente a este sacrificio, el cual si no pudiere ser estorbado de mis
razones, una daga llevo escondida que podrá estorbar más
determinadas fuerzas, dando fin a mi vida y principio a que conozcas la
voluntad que te he tenido y tengo''. Yo le respondí turbado y apriesa,
temeroso no me faltase lugar para responderla: ''Hagan, señora,
tus obras verdaderas tus palabras; que si tú llevas daga para acreditarte,
aquí llevo yo espada para defenderte con ella o para matarme si
la suerte nos fuere contraria''. No creo que pudo oír todas estas
razones, porque sentí que la llamaban apriesa, porque el desposado
aguardaba. Cerróse con esto la noche de mi tristeza, púsoseme
el sol de mi alegría: quedé sin luz en los ojos y sin discurso
en el entendimiento. No acertaba a entrar en su casa, ni podía
moverme a parte alguna; pero, considerando cuánto importaba mi
presencia para lo que suceder pudiese en aquel caso, me animé lo
más que pude y entré en su casa. Y, como ya sabía
muy bien todas sus entradas y salidas, y más con el alboroto que
de secreto en ella andaba, nadie me echó de ver. Así que,
sin ser visto, tuve lugar de ponerme en el hueco que hacía una
ventana de la mesma sala, que con las puntas y remates de dos tapices
se cubría, por entre las cuales podía yo ver, sin ser visto,
todo cuanto en la sala se hacía.
»¿Quién pudiera decir ahora los sobresaltos que me
dio el corazón mientras allí estuve, los pensamientos que
me ocurrieron, las consideraciones que hice?, que fueron tantas y tales,
que ni se pueden decir ni aun es bien que se digan. Basta que sepáis
que el desposado entró en la sala sin otro adorno que los mesmos
vestidos ordinarios que solía. Traía por padrino a un primo
hermano de Luscinda, y en toda la sala no había persona de fuera,
sino los criados de casa. De allí a un poco, salió de una
recámara Luscinda, acompañada de su madre y de dos doncellas
suyas, tan bien aderezada y compuesta como su calidad y hermosura merecían,
y como quien era la perfeción de la gala y bizarría cortesana.
No me dio lugar mi suspensión y arrobamiento para que mirase y
notase en particular lo que traía vestido; sólo pude advertir
a las colores, que eran encarnado y blanco, y en las vislumbres que las
piedras y joyas del tocado y de todo el vestido hacían, a todo
lo cual se aventajaba la belleza singular de sus hermosos y rubios cabellos;
tales que, en competencia de las preciosas piedras y de las luces de cuatro
hachas que en la sala estaban, la suya con más resplandor a los
ojos ofrecían. ¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso!
¿De qué sirve representarme ahora la incomparable belleza
de aquella adorada enemiga mía? ¿No será mejor, cruel
memoria, que me acuerdes y representes lo que entonces hizo, para que,
movido de tan manifiesto agravio, procure, ya que no la venganza, a lo
menos perder la vida?» No os canséis, señores, de
oír estas digresiones que hago; que no es mi pena de aquellas que
puedan ni deban contarse sucintamente y de paso, pues cada circunstancia
suya me parece a mí que es digna de un largo discurso.
A esto le respondió el cura que no sólo no se cansaban en
oírle, sino que les daba mucho gusto las menudencias que contaba,
por ser tales, que merecían no pasarse en silencio, y la mesma
atención que lo principal del cuento.
-«Digo, pues -prosiguió Cardenio-, que, estando todos en
la sala, entró el cura de la perroquia, y, tomando a los dos por
la mano para hacer lo que en tal acto se requiere, al decir: ''¿Queréis,
señora Luscinda, al señor don Fernando, que está
presente, por vuestro legítimo esposo, como lo manda la Santa Madre
Iglesia?'', yo saqué toda la cabeza y cuello de entre los tapices,
y con atentísimos oídos y alma turbada me puse a escuchar
lo que Luscinda respondía, esperando de su respuesta la sentencia
de mi muerte o la confirmación de mi vida. ¡Oh, quién
se atreviera a salir entonces, diciendo a voces!: ''¡Ah Luscinda,
Luscinda, mira lo que haces, considera lo que me debes, mira que eres
mía y que no puedes ser de otro! Advierte que el decir tú
sí y el acabárseme la vida ha de ser todo a un punto. ¡Ah
traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida! ¿Qué
quieres? ¿Qué pretendes? Considera que no puedes cristianamente
llegar al fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo soy su
marido''. ¡Ah, loco de mí, ahora que estoy ausente y lejos
del peligro, digo que había de hacer lo que no hice! ¡Ahora
que dejé robar mi cara prenda, maldigo al robador, de quien pudiera
vengarme si tuviera corazón para ello como le tengo para quejarme!
En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho que muera ahora
corrido, arrepentido y loco.
»Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda, que se detuvo
un buen espacio en darla, y, cuando yo pensé que sacaba la daga
para acreditarse, o desataba la lengua para decir alguna verdad o desengaño
que en mi provecho redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca:
''Sí quiero''; y lo mesmo dijo don Fernando; y, dándole
el anillo, quedaron en disoluble nudo ligados. Llegó el desposado
a abrazar a su esposa, y ella, poniéndose la mano sobre el corazón,
cayó desmayada en los brazos de su madre. Resta ahora decir cuál
quedé yo viendo, en el sí que había oído,
burladas mis esperanzas, falsas las palabras y promesas de Luscinda: imposibilitado
de cobrar en algún tiempo el bien que en aquel instante había
perdido. Quedé falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de
todo el cielo, hecho enemigo de la tierra que me sustentaba, negándome
el aire aliento para mis suspiros y el agua humor para mis ojos; sólo
el fuego se acrecentó de manera que todo ardía de rabia
y de celos.
»Alborotáronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabrochándole
su madre el pecho para que le diese el aire, se descubrió en él
un papel cerrado, que don Fernando tomó luego y se le puso a leer
a la luz de una de las hachas; y, en acabando de leerle, se sentó
en una silla y se puso la mano en la mejilla, con muestras de hombre muy
pensativo, sin acudir a los remedios que a su esposa se hacían
para que del desmayo volviese. Yo, viendo alborotada toda la gente de
casa, me aventuré a salir, ora fuese visto o no, con determinación
que si me viesen, de hacer un desatino tal, que todo el mundo viniera
a entender la justa indignación de mi pecho en el castigo del falso
don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada traidora. Pero mi suerte,
que para mayores males, si es posible que los haya, me debe tener guardado,
ordenó que en aquel punto me sobrase el entendimiento que después
acá me ha faltado; y así, sin querer tomar venganza de mis
mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío, fuera
fácil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en mí
la pena que ellos merecían; y aun quizá con más rigor
del que con ellos se usara si entonces les diera muerte, pues la que se
recibe repentina presto acaba la pena; mas la que se dilata con tormentos
siempre mata, sin acabar la vida.
»En fin, yo salí de aquella casa y vine a la de aquél
donde había dejado la mula; hice que me la ensillase, sin despedirme
dél subí en ella, y salí de la ciudad, sin osar,
como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me vi en el campo
solo, y que la escuridad de la noche me encubría y su silencio
convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni conocido,
solté la voz y desaté la lengua en tantas maldiciones de
Luscinda y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio
que me habían hecho. Dile títulos de cruel, de ingrata,
de falsa y desagradecida; pero, sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza
de mi enemigo la había cerrado los ojos de la voluntad, para quitármela
a mí y entregarla a aquél con quien más liberal y
franca la fortuna se había mostrado; y, en mitad de la fuga destas
maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era mucho que
una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada siempre
a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le daban
por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre
que, a no querer recebirle, se podía pensar, o que no tenía
juicio, o que en otra parte tenía la voluntad: cosa que redundaba
tan en perjuicio de su buena opinión y fama. Luego volvía
diciendo que, puesto que ella dijera que yo era su esposo, vieran ellos
que no había hecho en escogerme tan mala elección, que no
la disculparan, pues antes de ofrecérseles don Fernando no pudieran
ellos mesmos acertar a desear, si con razón midiesen su deseo,
otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes
de ponerse en el trance forzoso y último de dar la mano, decir
que ya yo le había dado la mía; que yo viniera
y concediera con todo cuanto ella acertara a fingir en este caso.
»En fin, me resolví en que poco amor, poco juicio, mucha
ambición y deseos de grandezas hicieron que se olvidase de las
palabras con que me había engañado, entretenido y sustentado
en mis firmes esperanzas y honestos deseos. Con estas voces y con esta
inquietud caminé lo que quedaba de aquella noche, y di al amanecer
en una entrada destas sierras, por las cuales caminé otros tres
días, sin senda ni camino alguno, hasta que vine a parar a unos
prados, que no sé a qué mano destas montañas caen,
y allí pregunté a unos ganaderos que hacia dónde
era lo más áspero destas sierras. Dijéronme que hacia
esta parte. Luego me encaminé a ella, con intención de acabar
aquí la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio
y de la hambre se cayó mi mula muerta, o, lo que yo más
creo, por desechar de sí tan inútil carga como en mí
llevaba. Yo quedé a pie, rendido de la naturaleza, traspasado de
hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me socorriese.
»De aquella manera estuve no sé qué tiempo, tendido
en el suelo, al cabo del cual me levanté sin hambre, y hallé
junto a mí a unos cabreros, que, sin duda, debieron ser los que
mi necesidad remediaron, porque ellos me dijeron de la manera que me habían
hallado, y cómo estaba diciendo tantos disparates y desatinos,
que daba indicios claros de haber perdido el juicio; y yo he sentido en
mí, después acá, que no todas veces le tengo cabal,
sino tan desmedrado y flaco que hago mil locuras, rasgándome los
vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y repitiendo
en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso ni intento
entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en mí vuelvo,
me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo moverme. Mi más
común habitación es en el hueco de un alcornoque, capaz
de cubrir este miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por
estas montañas, movidos de caridad, me sustentan, poniéndome
el manjar por los caminos y por las peñas por donde entienden que
acaso podré pasar y hallarlo; y así, aunque entonces me
falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el mantenimiento,
y despierta en mí el deseo de apetecerlo y la voluntad de tomarlo.
Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que yo salgo
a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de grado,
a los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas.
»Desta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo
sea servido de conducirle a su último fin, o de ponerle en mi memoria,
para que no me acuerde de la hermosura y de la traición de Luscinda
y del agravio de don Fernando; que si esto él hace sin quitarme
la vida, yo volveré a mejor discurso mis pensamientos; donde no,
no hay sino rogarle que absolutamente tenga misericordia de mi alma, que
yo no siento en mí valor ni fuerzas para sacar el cuerpo desta
estrecheza en que por mi gusto he querido ponerle». Ésta
es, ¡oh señores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme
si es tal, que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en
mí habéis visto; y no os canséis en persuadirme ni
aconsejarme lo que la razón os dijere que puede ser bueno para
mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo lo que aprovecha la medicina
recetada de famoso médico al enfermo que recebir no la quiere.
Yo no quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gustó de ser ajena,
siendo, o debiendo ser, mía, guste yo de ser de la desventura,
pudiendo haber sido de la buena dicha. Ella quiso, con su mudanza, hacer
estable mi perdición; yo querré, con procurar perderme,
hacer contenta su voluntad, y será ejemplo a los por venir de que
a mí solo faltó lo que a todos los desdichados sobra, a
los cuales suele ser consuelo la imposibilidad de tenerle, y en mí
es causa de mayores sentimientos y males, porque aun pienso que no se
han de acabar con la muerte.
Aquí dio fin Cardenio a su larga plática y tan desdichada
como amorosa historia. Y, al tiempo que el cura se prevenía para
decirle algunas razones de consuelo, le suspendió una voz que llegó
a sus oídos, que en lastimados acentos oyeron que decía
lo que se dirá en la cuarta parte desta narración,
que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador
Cide Hamete Benengeli.
CUARTA PARTE DEL
INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
CAPÍTULO XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura
que al cura y barbero sucedió en la mesma sierra
Felicísimos y venturosos fueron
los tiempos donde se echó al mundo el audacísimo caballero
don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinación
como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta
orden de la andante caballería, gozamos ahora, en esta nuestra
edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura
de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della, que,
en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma
historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado hilo,
cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar
a Cardenio, lo impidió una voz que llegó a sus oídos,
que, con tristes acentos, decía desta manera:
-¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar
que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo,
que tan contra mi voluntad sostengo? Sí será, si la soledad
que prometen estas sierras no me miente. ¡Ay, desdichada, y cuán
más agradable compañía harán estos riscos
y malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con
quejas comunique mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre
humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo
en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él
estaban, y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían,
se levantaron a buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos,
cuando detrás de un peñasco vieron, sentado al pie de un
fresno, a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado
el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí
corría, no se le pudieron ver por entonces. Y ellos llegaron con
tanto silencio que dél no fueron sentidos, ni él estaba
a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parecían
sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo
se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de
los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones,
ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito
de su dueño; y así, viendo que no habían sido sentidos,
el cura, que iba delante, hizo señas a los otros dos que se agazapasen
o escondiesen detrás de unos pedazos de peña que allí
había, y así lo hicieron todos, mirando con atención
lo que el mozo hacía; el cual traía puesto un capotillo
pardo de dos haldas, muy ceñido al cuerpo con una toalla blanca.
Traía, ansimesmo, unos calzones y polainas de paño pardo,
y en la cabeza una montera parda. Tenía las polainas levantadas
hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de blanco alabastro
parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con
un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los
limpió; y, al querer quitársele, alzó el rostro,
y tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver una hermosura
incomparable;
tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja:
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a
otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran
los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía
labrador era mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta
entonces los ojos de los dos habían visto, y aun los de Cardenio,
si no hubieran mirado y conocido a Luscinda; que después afirmó
que sola la belleza de Luscinda podía contender con aquélla.
Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas,
mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies,
ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos eran.
En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el
agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos
semejaban pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración
y en más deseo de saber quién era ponía a los tres
que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de ponerse
en pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose los
cabellos de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que
el ruido hacían; y apenas los hubo visto, cuando se levantó
en pie, y, sin aguardar a calzarse ni a recoger los cabellos, asió
con mucha presteza un bulto, como de ropa, que junto a sí tenía,
y quiso ponerse en huida, llena de turbación y sobresalto; mas
no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies
la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo.
Lo cual visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero
que le dijo:
-Deteneos, señora, quienquiera que seáis, que los que aquí
veis sólo tienen intención de serviros. No hay para qué
os pongáis en tan impertinente huida, porque ni vuestros pies lo
podrán sufrir ni nosotros consentir.
A todo esto, ella no respondía palabra, atónita y confusa.
Llegaron, pues, a ella, y, asiéndola por la mano el cura, prosiguió
diciendo:
-Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos
descubren: señales claras que no deben de ser de poco momento las
causas que han disfrazado vuestra belleza en hábito tan indigno,
y traídola a tanta soledad como es ésta, en la cual ha sido
ventura el hallaros, si no para dar remedio a vuestros males, a lo menos
para darles consejo, pues ningún mal puede fatigar tanto, ni llegar
tan al estremo de serlo, mientras no acaba la vida, que rehúya
de no escuchar siquiera el consejo que con buena intención se le
da al que lo padece. Así que, señora mía, o señor
mío, o lo que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra
vista os ha causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros
juntos, o en cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras
desgracias.
En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada
moza como embelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir
palabra alguna: bien así como rústico aldeano que de improviso
se le muestran cosas raras y dél jamás vistas. Mas, volviendo
el cura a decirle otras razones al mesmo efeto encaminadas, dando ella
un profundo suspiro, rompió el silencio y dijo:
-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme,
ni la soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa
mi lengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se
me creyese, sería más por cortesía que por otra razón
alguna. Presupuesto esto, digo, señores, que os agradezco el ofrecimiento
que me habéis hecho, el cual me ha puesto en obligación
de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido, puesto que temo
que la relación que os hiciere de mis desdichas os ha de causar,
al par de la compasión, la pesadumbre, porque no habéis
de hallar remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero,
con todo esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones,
habiéndome ya conocido por mujer y viéndome moza, sola y
en este traje, cosas todas juntas, y cada una por sí, que pueden
echar por tierra cualquier honesto crédito, os habré de
decir lo que quisiera callar si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecía, con
tan suelta lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su
discreción que su hermosura. Y, tornándole a hacer nuevos
ofrecimientos y nuevos ruegos para que lo prometido cumpliese, ella, sin
hacerse más de rogar, calzándose con toda honestidad y recogiendo
sus cabellos, se acomodó en el asiento de una piedra, y, puestos
los tres alrededor della, haciéndose fuerza por detener algunas
lágrimas que a los ojos se le venían, con voz reposada y
clara, comenzó la historia de su vida desta manera:
-«En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título
un duque, que le hace uno de los que llaman grandes en España.
Éste tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado, y, al parecer,
de sus buenas costumbres; y el menor, no sé yo de qué sea
heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galalón.
Deste señor son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan
ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los de su fortuna,
ni ellos tuvieran más que desear ni yo temiera verme en la desdicha
en que me veo; porque quizá nace mi poca ventura de la que no tuvieron
ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos
que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí me quiten
la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia.
Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza
mal sonante, y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero
tan ricos que su riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo
nombre de hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza
y nobleza que ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija;
y, así por no tener otra ni otro que los heredase como por ser
padres, y aficionados, yo era una de las más regaladas hijas que
padres jamás regalaron. Era el espejo en que se miraban, el báculo
de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban, midiéndolos con el
cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos tan buenos, los
míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era señora
de sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí
se recebían y despedían los criados; la razón y cuenta
de lo que se sembraba y cogía pasaba por mi mano; los molinos de
aceite, los lagares de vino, el número del ganado mayor y menor,
el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan rico labrador
como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta, y era la
mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto
gusto suyo, que buenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos
que del día me quedaban, después de haber dado lo que convenía
a los mayorales, a capataces y a otros jornaleros, los entretenía
en ejercicios que son a las doncellas tan lícitos como necesarios,
como son los que ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca muchas veces;
y si alguna, por recrear el ánimo, estos ejercicios dejaba, me
acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto, o
a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música
compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen
del espíritu.
»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis
padres, la cual, si tan particularmente he contado, no ha sido por ostentación
ni por dar a entender que soy rica, sino porque se advierta cuán
sin culpa me he venido de aquel buen estado que he dicho al infelice en
que ahora me hallo. Es, pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones
y en un encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse,
sin ser vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados
de casa, porque los días que iba a misa era tan de mañana,
y tan acompañada de mi madre y de otras criadas, y yo tan cubierta
y recatada que apenas vían mis ojos más tierra de aquella
donde ponía los pies; y, con todo esto, los del amor, o los de
la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no pueden igualarse,
me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que éste es
el nombre del hijo menor del duque que os he contado».
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando
a Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar,
con tan grande alteración que el cura y el barbero, que miraron
en ello, temieron que le venía aquel accidente de locura que habían
oído decir que de cuando en cuando le venía. Mas Cardenio
no hizo otra cosa que trasudar y estarse quedo, mirando de hito en hito
a la labradora, imaginando quién ella era; la cual,
sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió su historia,
diciendo:
-«Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo
después, quedó tan preso de mis amores cuanto lo dieron
bien a entender sus demostraciones. Mas, por acabar presto con el cuento,
que no le tiene, de mis desdichas, quiero pasar en silencio las diligencias
que don Fernando hizo para declararme su voluntad. Sobornó toda
la gente de mi casa, dio y ofreció dádivas y mercedes a
mis parientes. Los días eran todos de fiesta y de regocijo en mi
calle; las noches no dejaban dormir a nadie las músicas. Los billetes
que, sin saber cómo, a mis manos venían, eran infinitos,
llenos de enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas
y juramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero me endurecía
de manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para
reducirme a su voluntad hacía, las hiciera para el efeto contrario;
no porque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni
que tuviese a demasía sus solicitudes; porque me daba un no sé
qué de contento verme tan querida y estimada de un tan principal
caballero, y no me pesaba ver en sus papeles mis alabanzas: que en esto,
por feas que seamos las mujeres, me parece a mí que siempre nos
da gusto el oír que nos llaman hermosas.
»Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos
que mis padres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad
de don Fernando, porque ya a él no se le daba nada de que todo
el mundo la supiese. Decíanme mis padres que en sola mi virtud
y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad
que había entre mí y don Fernando, y que por aquí
echaría de ver que sus pensamientos, aunque él dijese otra
cosa, mas se encaminaban a su gusto que a mi provecho; y que si yo quisiese
poner en alguna manera algún inconveniente para que él se
dejase de su injusta pretensión, que ellos me casarían luego
con quien yo más gustase: así de los más principales
de nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se podía
esperar de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos,
y con la verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza,
y jamás quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar,
aunque de muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.
»Todos estos recatos míos, que él debía de
tener por desdenes, debieron de ser causa de avivar más su lascivo
apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba; la
cual, si ella fuera como debía, no la supiérades vosotros
ahora, porque hubiera faltado la ocasión de decírosla. Finalmente,
don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por quitalle
a él la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese
más guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para
que hiciese lo que ahora oiréis. Y fue que una noche, estando yo
en mi aposento con sola la compañía de una doncella que
me servía, teniendo bien cerradas las puertas, por temor que, por
descuido, mi honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginar
cómo, en medio destos recatos y prevenciones, y en la soledad deste
silencio y encierro, me le hallé delante, cuya vista me turbó
de manera que me quitó la de mis ojos y me enmudeció la
lengua; y así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creo
que me las dejara dar, porque luego se llegó a mí, y, tomándome
entre sus brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme,
según estaba turbada), comenzó a decirme tales razones,
que no sé cómo es posible que tenga tanta habilidad la mentira
que las sepa componer de modo que parezcan tan verdaderas. Hacía
el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabras y los suspiros
su intención. Yo, pobrecilla, sola entre los míos, mal ejercitada
en casos semejantes, comencé, no sé en qué modo,
a tener por verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen
a compasión menos que buena sus lágrimas y suspiros.
»Y así, pasándoseme aquel sobresalto primero, torné
algún tanto a cobrar mis perdidos espíritus, y con más
ánimo del que pensé que pudiera tener, le dije: ''Si como
estoy, señor, en tus brazos, estuviera entre los de un león
fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera,
cosa que fuera en perjuicio de mi honestidad, así fuera posible
hacella o decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. Así
que, si tú tienes ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo
atada mi alma con mis buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos
como lo verás si con hacerme fuerza quisieres pasar adelante en
ellos. Tu vasalla soy, pero no tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio
la nobleza de tu sangre para deshonrar y tener en poco la humildad de
la mía; y en tanto me estimo yo, villana y labradora, como tú,
señor y caballero. Conmigo no han de ser de ningún efecto
tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus palabras han de
poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme.
Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres
me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la mía, y mi voluntad
de la suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara
sin gusto, de grado te entregara lo que tú, señor, ahora
con tanta fuerza procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que
de mí alcance cosa alguna el que no fuere mi ligítimo esposo''.
''Si no reparas más que en eso, bellísima Dorotea -(que
éste es el nombre desta desdichada), dijo el desleal caballero-,
ves: aquí te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos desta verdad
los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de Nuestra
Señora que aquí tienes''.»
Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba Dorotea, tornó
de nuevo a sus sobresaltos y acabó de confirmar por verdadera su
primera opinión; pero no quiso interromper el cuento, por ver en
qué venía a parar lo que él ya casi sabía;
sólo dijo:
-¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra he oído
yo decir del mesmo, que quizá corre parejas con tus desdichas.
Pasa adelante, que tiempo vendrá en que te diga cosas que te espanten
en el mesmo grado que te lastimen.
Reparó Dorotea en las razones de Cardenio y en su estraño
y desastrado traje, y rogóle que si alguna cosa de su hacienda
sabía, se la dijese luego; porque si algo le había dejado
bueno la fortuna, era el ánimo que tenía para sufrir cualquier
desastre que le sobreviniese, segura de que, a su parecer, ninguno podía
llegar que el que tenía acrecentase un punto.
-No le perdiera yo, señora -respondió Cardenio-, en decirte
lo que pienso, si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde
coyuntura, ni a ti te importa nada el saberlo.
-Sea lo que fuere -respondió Dorotea-, «lo que en mi cuento
pasa fue que, tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba,
la puso por testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacísimas
y juramentos estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto
que, antes que acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía
y que considerase el enojo que su padre había de recebir de verle
casado con una villana vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal
cual era, pues no era bastante para hallar en ella disculpa de su yerro,
y que si algún bien me quería hacer, por el amor que me
tenía, fuese dejar correr mi suerte a lo igual de lo que mi calidad
podía, porque nunca los tan desiguales casamientos se gozan ni
duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.
»Todas estas razones que aquí he dicho le dije, y otras muchas
de que no me acuerdo, pero no fueron parte para que él dejase de
seguir su intento, bien ansí como el que no piensa pagar, que,
al concertar de la barata, no repara en inconvenientes. Yo, a esta sazón,
hice un breve discurso conmigo, y me dije a mí mesma: ''Sí,
que no seré yo la primera que por vía de matrimonio haya
subido de humilde a grande estado, ni será don Fernando el primero
a quien hermosura, o ciega afición, que es lo más cierto,
haya hecho tomar compañía desigual a su grandeza. Pues si
no hago ni mundo ni uso nuevo, bien es acudir a esta honra que la suerte
me ofrece, puesto que en éste no dure más la voluntad que
me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para
con Dios seré su esposa. Y si quiero con desdenes despedille, en
término le veo que, no usando el que debe, usará el de la
fuerza y vendré a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa
que me podía dar el que no supiere cuán sin ella he venido
a este punto. Porque, ¿qué razones serán bastantes
para persuadir a mis padres, y a otros, que este caballero entró
en mi aposento sin consentimiento mío?''
»Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante
en la imaginación; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza
y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdición: los
juramentos de don Fernando, los testigos que ponía, las lágrimas
que derramaba, y, finalmente, su dispusición y gentileza, que,
acompañada con tantas muestras de verdadero amor, pudieran rendir
a otro tan libre y recatado corazón como el mío. Llamé
a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del
cielo; tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos;
añadió a los primeros nuevos santos por testigos; echóse
mil futuras maldiciones, si no cumpliese lo que me prometía; volvió
a humedecer sus ojos y a acrecentar sus suspiros; apretóme más
entre sus brazos, de los cuales jamás me había dejado; y
con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé
de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.
»El día que sucedió a la noche de mi desgracia se
venía aun no tan apriesa como yo pienso que don Fernando deseaba,
porque, después de cumplido aquello que el apetito pide, el mayor
gusto que puede venir es apartarse de donde le alcanzaron. Digo esto porque
don Fernando dio priesa por partirse de mí, y, por industria de
mi doncella, que era la misma que allí le había traído,
antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de mí,
aunque no con tanto ahínco y vehemencia como cuando vino, me dijo
que estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos;
y, para más confirmación de su palabra, sacó un rico
anillo del dedo y lo puso en el mío. En efecto, él se fue
y yo quedé ni sé si triste o alegre; esto sé bien
decir: que quedé confusa y pensativa, y casi fuera de mí
con el nuevo acaecimiento, y no tuve ánimo, o no se me acordó,
de reñir a mi doncella por la traición cometida de encerrar
a don Fernando en mi mismo aposento, porque aún no me determinaba
si era bien o mal el que me había sucedido. Díjele, al partir,
a don Fernando que por el mesmo camino de aquélla podía
verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando él quisiese,
aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la siguiente,
ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en más de un mes;
que en vano me cansé en solicitallo, puesto que supe que estaba
en la villa y que los más días iba a caza, ejercicio de
que él era muy aficionado.
»Estos días y estas horas bien sé yo que para mí
fueron aciagos y menguadas, y bien sé que comencé a dudar
en ellos, y aun a descreer de la fe de don Fernando; y sé también
que mi doncella oyó entonces las palabras que en reprehensión
de su atrevimiento antes no había oído; y sé que
me fue forzoso tener cuenta con mis lágrimas y con la compostura
de mi rostro, por no dar ocasión a que mis padres me preguntasen
que de qué andaba descontenta y me obligasen a buscar mentiras
que decilles. Pero todo esto se acabó en un punto, llegándose
uno donde se atropellaron respectos y se acabaron los honrados discursos,
y adonde se perdió la paciencia y salieron a plaza mis secretos
pensamientos. Y esto fue porque, de allí a pocos días, se
dijo en el lugar como en una ciudad allí cerca se había
casado don Fernando con una doncella hermosísima en todo estremo,
y de muy principales padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera
aspirar a tan noble casamiento. Díjose que se llamaba Luscinda,
con otras cosas que en sus desposorios sucedieron dignas de admiración.»
Oyó Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger
los hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de allí
a poco caer por sus ojos dos fuentes de lágrimas. Mas no por esto
dejó Dorotea de seguir su cuento, diciendo:
-«Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar
de helárseme el corazón en oílla, fue tanta la cólera
y rabia que se encendió en él, que faltó poco para
no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y
traición que se me había hecho. Mas templóse esta
furia por entonces con pensar de poner aquella mesma noche por obra lo
que puse: que fue ponerme en este hábito, que me dio uno de los
que llaman zagales en casa de los labradores, que era criado de mi padre,
al cual descubrí toda mi desventura, y le rogué me acompañase
hasta la ciudad donde entendí que mi enemigo estaba. Él,
después que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado mi determinación,
viéndome resuelta en mi parecer, se ofreció a tenerme compañía,
como él dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerré
en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros,
por lo que podía suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin
dar cuenta a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada
de mi criado y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad
a pie, llevada en vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que
tenía por hecho, a lo menos a decir a don Fernando me dijese con
qué alma lo había hecho.
»Llegué en dos días y medio donde quería, y,
en entrando por la ciudad, pregunté por la casa de los padres de
Luscinda, y al primero a quien hice la pregunta me respondió más
de lo que yo quisiera oír. Díjome la casa y todo lo que
había sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan pública
en la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. Díjome
que la noche que don Fernando se desposó con Luscinda, después
de haber ella dado el sí de ser su esposa, le había tomado
un recio desmayo, y que, llegando su esposo a desabrocharle el pecho para
que le diese el aire, le halló un papel escrito de la misma letra
de Luscinda, en que decía y declaraba que ella no podía
ser esposa de don Fernando, porque lo era de Cardenio, que, a lo que el
hombre me dijo, era un caballero muy principal de la mesma ciudad; y que
si había dado el sí a don Fernando, fue por no salir de
la obediencia de sus padres. En resolución, tales razones dijo
que contenía el papel, que daba a entender que ella había
tenido intención de matarse en acabándose de desposar, y
daba allí las razones por que se había quitado la vida.
Todo lo cual dicen que confirmó una daga que le hallaron no sé
en qué parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando,
pareciéndole que Luscinda le había burlado y escarnecido
y tenido en poco, arremetió a ella, antes que de su desmayo volviese,
y con la misma daga que le hallaron la quiso dar de puñaladas;
y lo hiciera si sus padres y los que se hallaron presentes no se lo estorbaran.
Dijeron más: que luego se ausentó don Fernando, y que Luscinda
no había vuelto de su parasismo hasta otro día, que contó
a sus padres cómo ella era verdadera esposa de aquel Cardenio que
he dicho. Supe más: que el Cardenio, según decían,
se halló presente en los desposorios, y que, en viéndola
desposada, lo cual él jamás pensó, se salió
de la ciudad desesperado, dejándole primero escrita una carta,
donde daba a entender el agravio que Luscinda le había hecho,
y de cómo él se iba adonde gentes no le viesen.
»Esto todo era público y notorio en toda la ciudad, y todos
hablaban dello; y más hablaron cuando supieron que Luscinda había
faltado de casa de sus padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda
ella, de que perdían el juicio sus padres y no sabían qué
medio se tomar para hallarla. Esto que supe puso en bando mis esperanzas,
y tuve por mejor no haber hallado a don Fernando, que no hallarle casado,
pareciéndome que aún no estaba del todo cerrada la puerta
a mi remedio, dándome yo a entender que podría ser que el
cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por atraerle
a conocer lo que al primero debía, y a caer en la cuenta de que
era cristiano y que estaba más obligado a su alma que a los respetos
humanos. Todas estas cosas revolvía en mi fantasía, y me
consolaba sin tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas,
para entretener la vida, que ya aborrezco.
»Estando, pues, en la ciudad, sin saber qué hacerme, pues
a don Fernando no hallaba, llegó a mis oídos un público
pregón, donde se prometía grande hallazgo a quien me hallase,
dando las señas de la edad y del mesmo traje que traía;
y oí decir que se decía que me había sacado de casa
de mis padres el mozo que conmigo vino, cosa que me llegó al alma,
por ver cuán de caída andaba mi crédito, pues no
bastaba perderle con mi venida, sino añadir el con quién,
siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos pensamientos. Al punto
que oí el pregón, me salí de la ciudad con mi criado,
que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de fidelidad
me tenía prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso
desta montaña, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele
decirse que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser
principio de otra mayor, así me sucedió a mí, porque
mi buen criado, hasta entonces fiel y seguro, así como me vio en
esta soledad, incitado de su mesma bellaquería antes que de mi
hermosura, quiso aprovecharse de la ocasión que, a su parecer,
estos yermos le ofrecían; y, con poca vergüenza y menos temor
de Dios ni respeto mío, me requirió de amores; y, viendo
que yo con feas y justas palabras respondía a las desvergüenzas
de sus propósitos, dejó aparte los ruegos, de quien primero
pensó aprovecharse, y comenzó a usar de la fuerza. Pero
el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de mirar y favorecer a
las justas intenciones, favoreció las mías, de manera que
con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con él por un derrumbadero,
donde le dejé, ni sé si muerto o si vivo; y luego, con más
ligereza que mi sobresalto y cansancio pedían, me entré
por estas montañas, sin llevar otro pensamiento ni otro disignio
que esconderme en ellas y huir de mi padre y de aquellos que de su parte
me andaban buscando.
»Con este deseo, ha no sé cuántos meses que entré
en ellas, donde hallé un ganadero que me llevó por su criado
a un lugar que está en las entrañas desta sierra, al cual
he servido de zagal todo este tiempo, procurando estar siempre en el campo
por encubrir estos cabellos que ahora, tan si pensarlo, me han descubierto.
Pero toda mi industria y toda mi solicitud fue y ha sido de ningún
provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que yo no era varón,
y nació en él el mesmo mal pensamiento que en mi criado;
y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé
derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo, como
le hallé para el criado; y así, tuve por menor inconveniente
dejalle y asconderme de nuevo entre estas asperezas que probar con él
mis fuerzas o mis disculpas. Digo, pues, que me torné a embo[s]car,
y a buscar donde sin impedimento alguno pudiese con suspiros y lágrimas
rogar al cielo se duela de mi desventura y me dé industria y favor
para salir della, o para dejar la vida entre estas soledades, sin que
quede memoria desta triste, que tan sin culpa suya habrá dado materia
para que de ella se hable y murmure en la suya y en las ajenas tierras.»
CAPÍTULO XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa
Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo
-Esta es, señores, la verdadera
historia de mi tragedia: mirad y juzgad ahora si los suspiros que escuchastes,
las palabras que oístes y las lágrimas que de mis ojos salían,
tenían ocasión bastante para mostrarse en mayor abundancia;
y, considerada la calidad de mi desgracia, veréis que será
en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. Sólo os
ruego (lo que con facilidad podréis y debéis hacer) que
me aconsejéis dónde podré pasar la vida sin que me
acabe el temor y sobresalto que tengo de ser hallada de los que me buscan;
que, aunque sé que el mucho amor que mis padres me tienen me asegura
que seré dellos bien recebida, es tanta la vergüenza que me
ocupa sólo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de parecer
a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser vista
que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mío
ajeno de la honestidad que de mí se debían de tener prometida.
Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color
que mostró bien claro el sentimiento y vergüenza del alma.
En las suyas sintieron los que escuchado la habían tanta lástima
como admiración de su desgracia; y, aunque luego quisiera el cura
consolarla y aconsejarla, tomó primero la mano Cardenio, diciendo:
-En fin, señora, que tú eres la hermosa Dorotea, la hija
única del rico Clenardo.
Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre,
y de ver cuán de
poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que
Cardenio estaba vestido; y así, le dijo:
-Y ¿quién sois vos, hermano, que así sabéis
el nombre de mi padre? Porque yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en
todo el discurso del cuento de mi desdicha no le he nombrado.
-Soy -respondió Cardenio- aquel sin ventura que, según vos,
señora, habéis dicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy
el desdichado Cardenio, a quien el mal término de aquel que a vos
os ha puesto en el que estáis me ha traído a que me veáis
cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humano consuelo y, lo que es
peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino cuando al cielo se
le antoja dármele por algún breve espacio. Yo, Teodora,
soy el que me hallé presente a las sinrazones de don Fernando,
y el que aguardó oír el sí que de ser su esposa pronunció
Luscinda. Yo soy el que no tuvo ánimo para ver en qué paraba
su desmayo, ni lo que resultaba del papel que le fue hallado en el pecho,
porque no tuvo el alma sufrimiento para ver tantas desventuras juntas;
y así, dejé la casa y la paciencia, y una carta que dejé
a un huésped mío, a quien rogué que en manos de Luscinda
la pusiese, y víneme a estas soledades, con intención de
acabar en ellas la vida, que desde aquel punto aborrecí como mortal
enemiga mía. Mas no ha querido la suerte quitármela, contentándose
con quitarme el juicio, quizá por guardarme para la buena ventura
que he tenido en hallaros; pues, siendo verdad, como creo que lo es, lo
que aquí habéis contado, aún podría ser que
a entrambos nos tuvi[e]se el cielo guardado mejor suceso en nuestros desastres
que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puede casarse
con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando con ella, por ser
vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar
que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues está todavía
en ser, y no se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos,
nacido no de muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones,
suplícoos, señora, que toméis otra resolución
en vuestros honrados pensamientos, pues yo la pienso tomar en los míos,
acomodándoos a esperar mejor fortuna; que yo os juro, por la fe
de caballero y de cristiano, de no desampararos hasta veros en poder de
don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiere atraer a que conozca
lo que os debe, de usar entonces la libertad que me concede el ser caballero,
y poder con justo título desafialle, en razón de la sinrazón
que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza dejaré
al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.
Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea, y, por no
saber qué gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle
los pies para besárselos; mas no lo consintió Cardenio,
y el licenciado respondió por entrambos, y aprobó el buen
discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rogó, aconsejó
y persuadió que se fuesen con él a su aldea, donde se podrían
reparar de las cosas que les faltaban, y que allí se daría
orden cómo buscar a don Fernando, o cómo llevar a Dorotea
a sus padres, o hacer lo que más les pareciese conveniente. Cardenio
y Dorotea se lo agradecieron, y acetaron la merced que se les ofrecía.
El barbero, que a todo había estado suspenso y callado, hizo también
su buena plática y se ofreció con no menos voluntad que
el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles.
Contó asimesmo con brevedad la causa que allí los había
traído, con la estrañeza de la locura de don Quijote, y
cómo aguardaban a su escudero, que había ido a buscalle.
Vínosele a la memoria a Cardenio, como por sueños, la pendencia
que con don Quijote había tenido y contóla a los demás,
mas no supo decir por qué causa fue su quistión.
En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,
que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los llamaba
a voces. Saliéronle al encuentro, y, preguntándole por don
Quijote, les dijo cómo le había hallado desnudo en camisa,
flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando por su señora
Dulcinea; y que, puesto que le había dicho que ella le mandaba
que saliese de aquel lugar y se fuese al del Toboso, donde le quedaba
esperando, había respondido que estaba determinado de no parecer
ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazañas que le ficiesen
digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corría peligro
de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aun arzobispo, que
era lo menos que podía ser. Por eso, que mirasen lo que se había
de hacer para sacarle de allí.
El licenciado le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarían
de allí, mal que le pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea
lo que tenían pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para
llevarle a su casa. A lo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella
menesterosa mejor que el barbero, y más, que tenía allí
vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber
representar todo aquello que fuese menester para llevar adelante su intento,
porque ella había leído muchos libros de caballerías
y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas
cuando pedían sus dones a los andantes caballeros.
-Pues no es menester más -dijo el cura- sino que luego se ponga
por obra; que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro,
pues, tan sin pensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado
a abrir puerta para vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado
la que habíamos menester.
Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla
rica y una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar
y otras joyas, con que en un instante se adornó de manera que una
rica y gran señora parecía. Todo aquello, y más,
dijo que había sacado de su casa para lo que se ofreciese, y que
hasta entonces no se le había ofrecido ocasión de habello
menester. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire
y hermosura,
y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues tanta belleza
desechaba.
Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle
-como era así verdad- que en todos los días de su vida había
visto tan hermosa criatura; y así, preguntó al cura con
grande ahínco le dijese quién era aquella tan fermosa señora,
y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales.
-Esta hermosa señora -respondió el cura-, Sancho hermano,
es, como quien no dice nada, es la heredera por línea recta de
varón del gran reino de Micomicón, la cual viene en busca
de vuestro amo a pedirle un don, el cual es que le desfaga un tuerto o
agravio que un mal gigante le tiene fecho; y, a la fama que de buen caballero
vuestro amo tiene por todo lo descubierto,
de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.
-Dichosa buscada y dichoso hallazgo -dijo a esta sazón Sancho Panza-,
y más si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece
ese tuerto, matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice;
que sí matará si él le encuentra, si ya no fuese
fantasma, que contra las fantasmas no tiene mi señor poder alguno.
Pero una cosa quiero suplicar a vuestra merced, entre otras, señor
licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome gana de ser arzobispo,
que es lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje que se case luego
con esta princesa, y así quedará imposibilitado de recebir
órdenes arzobispales y vendrá con facilidad a su imperio
y yo al fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi
cuenta que no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo
soy inútil para la Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a
traer dispensaciones para poder tener renta por la Iglesia, teniendo,
como tengo, mujer y hijos, sería nunca acabar. Así que,
señor, todo el toque está en que mi amo se case luego con
esta señora, que hasta ahora no sé su gracia, y así,
no la llamo por su nombre.
-Llámase -respondió el cura- la princesa Micomicona, porque,
llamándose su reino Micomicón,
claro está que ella se ha de llamar así.
-No hay duda en eso -respondió Sancho-, que yo he visto a muchos
tomar el apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose
Pedro de Alcalá, Juan de Úbeda y Diego de Valladolid; y
esto mesmo se debe de usar allá en Guinea: tomar las reinas los
nombres de sus reinos.
-Así debe de ser -dijo el cura-; y en lo del casarse vuestro amo,
yo haré en ello todos mis poderíos.
Con lo que quedó tan contento Sancho cuanto el cura admirado de
su simplicidad, y de ver cuán encajados tenía en la fantasía
los mesmos disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender
que había de venir a ser emperador.
Ya, en esto, se había puesto Dorotea sobre la mula del cura y el
barbero se había acomodado al rostro la barba de la cola de buey,
y dijeron a Sancho que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron
que no dijese que conocía al licenciado ni al barbero, porque en
no conocerlos consistía todo el toque de venir a ser emperador
su amo; puesto que ni el cura ni Cardenio quisieron ir con ellos, porque
no se le acordase a don Quijote la pendencia que con Cardenio había
tenido, y el cura porque no era menester por entonces su presencia. Y
así, los dejaron ir delante, y ellos los fueron siguiendo a pie,
poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que había de hacer
Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría,
sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías.
Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don
Quijote entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado;
y, así como Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél
era don Quijote, dio del azote a su palafrén, siguiéndole
el bien barbado barbero. Y, en llegando junto a él, el escudero
se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos a Dorotea, la
cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de rodillas
ante las de don Quijote; y, aunque él pugnaba por levantarla, ella,
sin levantarse, le fabló en esta guisa:
-De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado
caballero!, fasta que la vuestra bondad y cortesía me otorgue un
don, el cual redundará en honra y prez de vuestra persona, y en
pro de la más desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto.
Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz de vuestra
inmortal fama, obligado estáis a favorecer a la sin ventura que
de tan lueñes tierras viene, al olor de vuestro famoso nombre,
buscándoos para remedio de sus desdichas.
-No os responderé palabra, fermosa señora -respondió
don Quijote-,
ni oiré más cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis
de tierra.
-No me levantaré, señor -respondió la afligida doncella-,
si primero, por la vuestra cortesía, no me es otorgado el don que
pido.
-Yo vos le otorgo y concedo -respondió don Quijote-, como no se
haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella
que de mi corazón y libertad tiene la llave.
-No será en daño ni en mengua de los que decís, mi
buen señor -replicó la dolorosa doncella.
Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su
señor y muy pasito le dijo:
-Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide,
que no es cosa de nada: sólo es matar a un gigantazo, y esta que
lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón
de Etiopía.
-Sea quien fuere -respondió don Quijote-, que yo haré lo
que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia,
conforme a lo que profesado tengo.
Y, volviéndose a la doncella, dijo:
-La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme
quisiere.
-Pues el que pido es -dijo la doncella- que la vuestra magnánima
persona se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no
se ha de entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza
de un traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado
mi reino.
-Digo que así lo otorgo -respondió don Quijote-, y así
podéis, señora, desde hoy más, desechar la malenconía
que os fatiga y hacer que cobre nuevos bríos y fuerzas vuestra
desmayada esperanza; que, con el ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os
veréis presto restituida en vuestro reino y sentada en la silla
de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a despecho de los follones
que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que en la tardanza dicen
que suele estar el peligro.
La menesterosa doncella pugnó, con mucha porfía, por besarle
las manos, mas don Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero,
jamás lo consintió; antes, la hizo levantar y la abrazó
con mucha cortesía y comedimiento, y mandó a Sancho que
requiriese las cinchas a Rocinante y le armase luego al punto. Sancho
descolgó las armas, que, como trofeo, de un árbol estaban
pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a su señor;
el cual, viéndose armado, dijo:
-Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.
Estábase el barbero aún de rodillas, teniendo gran cuenta
de disimular la risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída
quizá quedaran todos sin conseguir su buena intención; y,
viendo que ya el don estaba concedido y con la diligencia que don Quijote
se alistaba para ir a cumplirle, se levantó y tomó de la
otra mano a su señora, y entre los dos la subieron en la mula.
Luego subió don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodó
en su cabalgadura, quedándose Sancho a pie, donde de nuevo se le
renovó la pérdida del rucio, con la falta que entonces le
hacía; mas todo lo llevaba con gusto, por parecerle que ya su señor
estaba puesto en camino, y muy a pique, de ser emperador; porque sin duda
alguna pensaba que se había de casar con aquella princesa, y ser,
por lo menos, rey de Micomicón. Sólo le daba pesadumbre
el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la gente que
por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros;
a lo cual hizo luego en su imaginación un buen remedio, y díjose
a sí mismo:
-¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros?
¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España,
donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado,
de cuyo dinero podré comprar algún título o algún
oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No,
sino dormíos, y no tengáis ingenio ni habilidad para disponer
de las cosas y para vender treinta o diez mil vasallos en dácame
esas pajas! Par Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere,
y que, por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos. ¡Llegaos,
que me mamo el dedo!
Con esto, andaba tan solícito y tan contento que se le olvidaba
la pesadumbre de caminar a pie.
Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el cura, y no
sabían qué hacerse para juntarse con ellos; pero el cura,
que era gran tracista, imaginó luego lo que harían para
conseguir lo que deseaban; y fue que con unas tijeras que traía
en un estuche quitó con mucha presteza la barba a Cardenio, y vistióle
un capotillo pardo que él traía y diole un herreruelo negro,
y él se quedó en calzas y en jubón; y quedó
tan otro de lo que antes parecía Cardenio, que él mesmo
no se conociera, aunque a un espejo se mirara. Hecho esto, puesto ya que
los otros habían pasado adelante en tanto que ellos se disfrazaron,
con facilidad salieron al camino real antes que ellos, porque las malezas
y malos pasos de aquellos lugares no concedían que anduviesen tanto
los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos se pusieron en el
llano, a la salida de la sierra, y, así como salió della
don Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio,
dando señales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle
una buena pieza estado mirando, se fue a él abiertos los brazos
y diciendo a voces:
-Para bien sea hallado el espejo de la caballería, el mi buen compatriote
don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo
y remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes.
Y, diciendo esto, tenía abrazado por la rodilla de la pierna izquierda
a don Quijote; el cual, espantado de lo que veía y oía decir
y hacer aquel hombre, se le puso a mirar con atención, y, al fin,
le conoció y quedó como espantado de verle, y hizo grande
fuerza por apearse; mas el cura no lo consintió, por lo cual don
Quijote decía:
-Déjeme vuestra merced, señor licenciado, que no es razón
que yo esté a caballo,
y una tan reverenda persona como vuestra merced esté a pie.
-Eso no consentiré yo en ningún modo -dijo el cura-: estése
la vuestra grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores
fazañas y aventuras que en nuestra edad se han visto; que a mí,
aunque indigno sacerdote, bastaráme subir en las ancas de una destas
mulas destos señores que con vuestra merced caminan, si no lo han
por enojo. Y aun haré cuenta que voy caballero sobre el caballo
Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque,
que aún hasta ahora yace encantado en la gran cuesta Zulema, que
dista poco de la gran Compluto.
-Aún no caía yo en tanto, mi señor licenciado -respondió
don Quijote-; y yo sé que mi señora la princesa será
servida, por mi amor, de mandar a su escudero dé a vuestra merced
la silla de su mula,
que él podrá acomodarse en las ancas, si es que ella las
sufre.
-Sí sufre, a lo que yo creo -respondió la princesa-; y también
sé que no será menester mandárselo al señor
mi escudero, que él es tan cortés y tan cortesano que no
consentirá que una persona eclesiástica vaya a pie, pudiendo
ir a caballo.
-Así es -respondió el barbero.
Y, apeándose en un punto, convidó al cura con la silla,
y él la tomó sin hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que
al subir a las ancas el barbero, la mula, que, en efeto, era de alquiler,
que para decir que era mala esto basta, alzó un poco los cuartos
traseros y dio dos coces en el aire, que, a darlas en el pecho de maese
Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la venida por
don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayó
en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en
el suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a
cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado
las muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas
y sin sangre,
lejos del rostro del escudero caído, dijo:
-¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas
le ha derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!
El cura, que vio el peligro que corría su invención de ser
descubierta, acudió luego a las barbas y fuese con ellas adonde
yacía maese Nicolás, dando aún voces todavía,
y de un golpe, llegándole la cabeza a su pecho, se las puso, murmurando
sobre él unas palabras, que dijo que era cierto ensalmo apropiado
para pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las tuvo puestas,
se apartó, y quedó el escudero tan bien barbado y tan sano
como de antes, de que se admiró don Quijote sobremanera, y rogó
al cura que cuando tuviese lugar le enseñase aquel ensalmo; que
él entendía que su virtud a más que pegar barbas
se debía de estender, pues estaba claro que de donde las barbas
se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,
pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba.
-Así es -dijo el cura, y prometió de enseñársele
en la primera ocasión.
Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se
fuesen los tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría
hasta dos leguas de allí. Puestos los tres a caballo, es a saber,
don Quijote, la princesa y el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero
y Sancho Panza, don Quijote dijo a la doncella:
-Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde más
gusto le diere.
Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:
-¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra señoría?
¿Es, por ventura, hacia el de Micomicón?;
que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.
Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder
que sí; y así, dijo:
-Sí, señor, hacia ese reino es mi camino.
-Si así es -dijo el cura-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar,
y de allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena,
donde se podrá embarcar con la buena ventura; y si hay viento próspero,
mar tranquilo y sin borrasca, en poco menos de nueve años se podrá
estar a vista de la gran laguna Meona, digo, Meótides,
que está poco más de cien jornadas más acá
del reino de vuestra grandeza.
-Vuestra merced está engañado, señor mío -dijo
ella-, porque no ha dos años que yo partí dél, y
en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso, he llegado a ver
lo que tanto deseaba, que es al señor don Quijote de la Mancha,
cuyas nuevas llegaron a mis oídos así como puse los pies
en España, y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en
su cortesía y fiar mi justicia del valor de su invencible brazo.
-No más: cesen mis alabanzas -dijo a esta sazón don Quijote-,
porque soy enemigo de todo género de adulación; y, aunque
ésta no lo sea, todavía ofenden mis castas orejas semejantes
pláticas. Lo que yo sé decir, señora mía,
que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear
en vuestro servicio hasta perder la vida; y así, dejando esto para
su tiempo, ruego al señor licenciado me diga qué es la causa
que le ha traído por estas partes, tan solo,
y tan sin criados, y tan a la ligera, que me pone espanto.
-A eso yo responderé con brevedad -respondió el cura-, porque
sabrá vuestra merced, señor don Quijote, que yo y maese
Nicolás, nuestro amigo y nuestro barbero, íbamos a Sevilla
a cobrar cierto dinero que un pariente mío que ha muchos años
que pasó a Indias me había enviado, y no tan pocos que no
pasan de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando
ayer por estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y
nos quitaron hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino
al barbero ponérselas postizas; y aun a este mancebo que aquí
va -señalando a Cardenio- le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno
que es pública fama por todos estos contornos que los que nos saltearon
son de unos galeotes que dicen que libertó, casi en este mesmo
sitio, un hombre tan valiente que, a pesar del comisario y de las guardas,
los soltó a todos; y, sin duda alguna, él debía de
estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o
algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo
entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la
miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y señor natural,
pues fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras
sus pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos
años que reposaba; quiso,
finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y no se gane su
cuerpo.
Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los
galeotes, que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba
la mano el cura refiriéndola, por ver lo que hacía o decía
don Quijote; al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba
decir que él había sido el libertador de aquella buena gente.
-Éstos, pues -dijo el cura-, fueron los que nos robaron; que Dios,
por su misericordia,
se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.
CAPÍTULO XXX. Que trata
del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado
caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto
No hubo bien acabado el cura, cuando
Sancho dijo:
-Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña
fue mi amo, y no porque yo no le dije antes y le avisé que mirase
lo que hacía, y que era pecado darles libertad, porque todos iban
allí por grandísimos bellacos.
-¡Majadero! -dijo a esta sazón don Quijote-, a los caballeros
andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados
y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están
en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le
toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no
en sus bellaquerías. Yo topé un rosario y sarta de gente
mohína y desdichada, y hice con ellos lo que mi religión
me pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le ha
parecido, salvo la santa dignidad del señor licenciado y su honrada
persona, digo que sabe poco de achaque de caballería, y que miente
como un hideputa y mal nacido; y esto le haré conocer con mi espada,
donde más largamente se contiene.
Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión;
porque la bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino,
llevaba colgado del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento
que la hicieron los galeotes.
Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía
el menguado humor de don Quijote y que todos hacían burla dél,
sino Sancho Panza, no quiso ser para menos, y, viéndole tan enojado,
le dijo:
-Señor caballero, miémbresele a la vuestra merced el don
que me tiene prometido, y que, conforme a él, no puede entremeterse
en otra aventura, por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho,
que si el señor licenciado supiera que por ese invicto brazo habían
sido librados los galeotes, él se diera tres puntos en la boca,
y aun se mordiera tres veces la lengua, antes que haber dicho palabra
que en despecho de vuestra merced redundara.
-Eso juro yo bien -dijo el cura-, y aun me hubiera quitado un bigote.
-Yo callaré, señora mía -dijo don Quijote-, y reprimiré
la justa cólera que ya en mi pecho se había levantado, y
iré quieto y pacífico hasta tanto que os cumpla el don prometido;
pero, en pago deste buen deseo, os suplico me digáis, si no se
os hace de mal, cuál es la vuestra cuita y cuántas, quiénes
y cuáles son las personas de quien os tengo de dar debida, satisfecha
y entera venganza.
-Eso haré yo de gana -respondió Dorotea-, si es que no os
enfadan oír lástimas y desgracias.
-No enfadará, señora mía -respondió don Quijote.
A lo que respondió Dorotea:
-Pues así es, esténme vuestras mercedes atentos.
No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al
lado, deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta
Dorotea; y lo mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella
como su amo. Y ella, después de haberse puesto bien en la silla
y prevenídose con toser y hacer otros ademanes, con mucho donaire,
comenzó a decir desta manera:
-«Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, señores
míos, que a mí me llaman...»
Y detúvose aquí un poco, porque se le olvidó el nombre
que el cura le había puesto; pero él acudió al remedio,
porque entendió en lo que reparaba, y dijo:
-No es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se
turbe y empache contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales,
que muchas veces quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera
que aun de sus mesmos nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra
gran señoría, que se ha olvidado que se llama la princesa
Micomicona, legítima heredera del gran reino Micomicón;
y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza
reducir ahora fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que
contar quisiere.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y desde aquí
adelante creo que no será menester apuntarme nada, que yo saldré
a buen puerto con mi verdadera historia. «La cual es que el rey
mi padre, que se llama Tinacrio el Sabidor, fue muy docto en esto que
llaman el arte mágica, y alcanzó por su ciencia que mi madre,
que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir primero que él,
y que de allí a poco tiempo él también había
de pasar desta vida y yo había de quedar huérfana de padre
y madre. Pero decía él que no le fatigaba tanto esto cuanto
le ponía en confusión saber, por cosa muy cierta, que un
descomunal gigante, señor de una grande ínsula, que casi
alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque
es cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos,
siempre mira al revés, como si fuese bizco, y esto lo hace él
de maligno y por poner miedo y espanto a los que mira); digo que supo
que este gigante, en sabiendo mi orfandad, había de pasar con gran
poderío sobre mi reino y me lo había de quitar todo, sin
dejarme una pequeña aldea donde me recogiese; pero que podía
escusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar con él;
mas, a lo que él entendía, jamás pensaba que me vendría
a mí en voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto
la pura verdad, porque jamás me ha pasado por el pensamiento casarme
con aquel gigante, pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que
fuese. Dijo también mi padre que, después que él
fuese muerto y viese yo que Pandafilando comenzaba a pasar sobre mi reino,
que no aguardase a ponerme en defensa, porque sería destruirme,
sino que libremente le dejase desembarazado el reino, si quería
escusar la muerte y total destruición de mis buenos y leales vasallos,
porque no había de ser posible defenderme de la endiablada fuerza
del gigante; sino que luego, con algunos de los míos, me pusiese
en camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis
males hallando a un caballero andante, cuya fama en este tiempo se estendería
por todo este reino, el cual se había de llamar,
si mal no me acuerdo, don Azote o don Gigote.»
-Don Quijote diría, señora -dijo a esta sazón Sancho
Panza-, o, por otro nombre, el Caballero de la Triste Figura.
-Así es la verdad -dijo Dorotea-. «Dijo más: que había
de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo
del hombro izquierdo, o por allí junto, había de tener un
lunar pardo con ciertos cabellos a manera de cerdas.»
En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:
-Ten aquí, Sancho, hijo, ayúdame a desnudar, que quiero
ver si soy el caballero que aquel sabio rey dejó profetizado.
-Pues, ¿para qué quiere vuestra merced desnudarse? -dijo
Dorotea.
-Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo -respondió
don Quijote.
-No hay para qué desnudarse -dijo Sancho-, que yo sé que
tiene vuestra merced
un lunar desas señas en la mitad del espinazo, que es señal
de ser hombre fuerte.
-Eso basta -dijo Dorotea-, porque con los amigos no se ha de mirar en
pocas cosas, y que esté en el hombro o que esté en el espinazo,
importa poco; basta que haya lunar, y esté donde estuviere, pues
todo es una mesma carne; y, sin duda, acertó mi buen padre en todo,
y yo he acertado en encomendarme al señor don Quijote, que él
es por quien mi padre dijo, pues las señales del rostro vienen
con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo en España,
pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando
oí decir tantas hazañas suyas,
que luego me dio el alma que era el mesmo que venía a buscar.
-Pues, ¿cómo se desembarcó vuestra merced en Osuna,
señora mía -preguntó don Quijote-, si no es puerto
de mar?
Mas, antes que Dorotea respondiese, tomó el cura la mano y dijo:
-Debe de querer decir la señora princesa que, después que
desembarcó en Málaga,
la primera parte donde oyó nuevas de vuestra merced fue en Osuna.
-Eso quise decir -dijo Dorotea.
-Y esto lleva camino -dijo el cura-, y prosiga vuestra majestad adelante.
-No hay que proseguir -respondió Dorotea-, sino que, finalmente,
mi suerte ha sido tan buena en hallar al señor don Quijote, que
ya me cuento y tengo por reina y señora de todo mi reino, pues
él, por su cortesía y magnificencia, me ha prometido el
don de irse conmigo dondequiera que yo le llevare, que no será
a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de la Fosca Vista,
para que le mate y me restituya lo que tan contra razón me tiene
usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues así
lo dejó profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual
también dejó dicho y escrito en letras caldeas, o griegas,
que yo no las sé leer, que si este caballero de la profecía,
después de haber degollado al gigante, quisiese casarse conmigo,
que yo me otorgase luego sin réplica alguna por su legítima
esposa, y le diese la posesión de mi reino, junto con la de mi
persona.
-¿Qué te parece, Sancho amigo? -dijo a este punto don Quijote-.
¿No oyes lo que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos
ya reino que mandar y reina con quien casar.
-¡Eso juro yo -dijo Sancho- para el puto que no se casare en abriendo
el gaznatico al señor Pandahilado! Pues, ¡monta que es mala
la reina! ¡Así se me vuelvan las pulgas de la cama!
Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandísimo
contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y, haciéndola
detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le
diese las manos para besárselas, en señal que la recibía
por su reina y señora. ¿Quién no había de
reír de los circustantes, viendo la locura del amo y la simplicidad
del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometió de hacerle
gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que
se lo dejase cobrar y gozar. Agradecióselo Sancho con tales palabras
que renovó la risa en todos.
-Ésta, señores -prosiguió Dorotea-, es mi historia:
sólo resta por deciros que de cuanta gente de acompañamiento
saqué de mi reino no me ha quedado sino sólo este buen barbado
escudero, porque todos se anegaron en una gran borrasca que tuvimos a
vista del puerto, y él y yo salimos en dos tablas a tierra, como
por milagro; y así, es todo milagro y misterio el discurso de mi
vida, como lo habréis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada,
o no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el señor
licenciado dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos
y extraordinarios quitan la memoria al que los padece.
-Ésa no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa
señora! -dijo don Quijote-, cuantos yo pasare en serviros, por
grandes y no vistos que sean; y así, de nuevo confirmo el don que
os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del mundo, hasta verme con
el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el ayuda de Dios y de mi
brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos desta... no quiero decir
buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me llevó
la mía.
Esto dijo entre dientes, y prosiguió diciendo:
-Y después de habérsela tajado y puéstoos en pacífica
posesión de vuestro estado, quedará a vuestra voluntad hacer
de vuestra persona lo que más en talante os viniere; porque, mientras
que yo tuviere ocupada la memoria y cautiva la voluntad, perdido el entendimiento,
a aquella..., y no digo más, no es posible que yo arrostre, ni
por pienso, el casarme, aunque fuese con el ave fénix.
Parecióle tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo
acerca de no querer casarse,
que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
-Voto a mí, y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor
don Quijote, cabal juicio. Pues, ¿cómo es posible que pone
vuestra merced en duda el casarse con tan alta princesa como aquésta?
¿Piensa que le ha de ofrecer la fortuna, tras cada cantillo, semejante
ventura como la que ahora se le ofrece? ¿Es, por dicha, más
hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni aun con la mitad,
y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que está delante.
Así, noramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra
merced se anda a pedir cotufas en el golfo. Cásese, cásese
luego, encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino que se
le viene a las manos de vobis, vobis, y, en siendo rey,
hágame marqués o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve
el diablo todo.
Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir contra su señora
Dulcinea, no lo pudo sufrir, y, alzando el lanzón, sin hablalle
palabra a Sancho y sin decirle esta boca es mía, le dio tales dos
palos que dio con él en tierra; y si no fuera porque Dorotea le
dio voces que no le diera más, sin duda le quitara allí
la vida.
-¿Pensáis -le dijo a cabo de rato-, villano ruin, que ha
de haber lugar siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo
ha de ser errar vos y perdonaros yo? Pues no lo penséis, bellaco
descomulgado, que sin duda lo estás, pues has puesto lengua en
la sin par Dulcinea. ¿Y no sabéis vos, gañán,
faquín, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde
en mi brazo, que no le tendría yo para matar una pulga? Decid,
socarrón de lengua viperina, ¿y quién pensáis
que ha ganado este reino y cortado la cabeza a este gigante, y héchoos
a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por cosa pasada
en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por
instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí, y vence en
mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh
hideputa bellaco, y cómo sois desagradecido: que os veis levantado
del polvo de la tierra a ser señor de título, y correspondéis
a tan buena obra con decir mal de quien os la hizo!
No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decía,
y, levantándose con un poco de presteza, se fue a poner detrás
del palafrén de Dorotea, y desde allí dijo a su amo:
-Dígame, señor: si vuestra merced tiene determinado de no
casarse con esta gran princesa, claro está que no será el
reino suyo; y, no siéndolo, ¿qué mercedes me puede
hacer? Esto es de lo que yo me quejo; cásese vuestra merced una
por una con esta reina, ahora que la tenemos aquí como llovida
del cielo, y después puede volverse con mi señora Dulcinea;
que reyes debe de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados.
En lo de la hermosura no me entremeto; que, en verdad, si va a decirla,
que entrambas me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la señora
Dulcinea.
-¿Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? -dijo don
Quijote-. Pues, ¿no acabas de traerme ahora un recado de su parte?
-Digo que no la he visto tan despacio -dijo Sancho- que pueda haber notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero
así, a bulto, me parece bien.
-Ahora te disculpo -dijo don Quijote-, y perdóname el enojo que
te he dado,
que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.
-Ya yo lo veo -respondió Sancho-; y así, en mí la
gana de hablar siempre es primero movimiento, y no puedo dejar de decir,
por una vez siquiera, lo que me viene a la lengua.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, mira, Sancho, lo que hablas, porque
tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo más.
-Ahora bien -respondió Sancho-, Dios está en el cielo, que
ve las trampas, y será juez de quién hace más mal:
yo en no hablar bien, o vuestra merced en obrallo.
-No haya más -dijo Dorotea-: corred, Sancho, y besad la mano a
vuestro señor, y pedilde perdón, y de aquí adelante
andad más atentado en vuestras alabanzas y vituperios, y no digáis
mal de aquesa señora Tobosa, a quien yo no conozco si no es para
servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha de faltar un estado
donde viváis como un príncipe.
Fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él
se la dio con reposado continente; y, después que se la hubo besado,
le echó la bendición, y dijo a Sancho que se adelantasen
un poco, que tenía que preguntalle y que departir con él
cosas de mucha importancia. Hízolo así Sancho y apartáronse
los dos algo adelante, y díjole don Quijote:
-Después que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte
muchas cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de
la respuesta que trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo
y lugar, no me niegues tú la ventura que puedes darme con tan buenas
nuevas.
-Pregunte vuestra merced lo que quisiere -respondió Sancho-, que
a todo daré tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico
a vuestra merced, señor mío, que no sea de aquí adelante
tan vengativo.
-¿Por qué lo dices, Sancho? -dijo don Quijote.
-Dígolo -respondió- porque estos palos de agora más
fueron por la pendencia que entre los dos trabó el diablo la otra
noche, que por lo que dije contra mi señora Dulcinea, a quien amo
y reverencio como a una reliquia, aunque en ella no lo haya, sólo
por ser cosa de vuestra merced.
-No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida -dijo don Quijote-,
que me dan pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú
que suele decirse: a pecado nuevo, penitencia nueva.
En tanto que los dos iban en estas pláticas, dijo el cura a Dorotea
que había andado muy discreta, así en el cuento como en
la brevedad dél, y en la similitud que tuvo con los de los libros
de caballerías. Ella dijo que muchos ratos se había entretenido
en leellos, pero que no sabía ella dónde eran las provincias
ni puertos de mar, y que así había dicho a tiento que se
había desembarcado en Osuna.
-Yo lo entendí así -dijo el cura-, y por eso acudí
luego a decir lo que dije, con que se acomodó todo. Pero, ¿no
es cosa estraña ver con cuánta facilidad cree este desventurado
hidalgo todas estas invenciones y mentiras, sólo porque llevan
el estilo y modo de las necedades de sus libros?
-Sí es -dijo Cardenio-, y tan rara y nunca vista, que yo no sé
si queriendo inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo
ingenio que pudiera dar en ella.
-Pues otra cosa hay en ello -dijo el cura-: que fuera de las simplicidades
que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras
cosas, discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento
claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus caballerías,
no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen entendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió
don Quijote con la suya y dijo a Sancho:
-Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias,
y dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: ¿Dónde,
cómo y cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía?
¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?
¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? ¿Quién
te la trasladó? Y todo aquello que vieres que en este caso es digno
de saberse, de preguntarse y satisfacerse, sin que añadas o mientas
por darme gusto, ni menos te acortes por no quitármele.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, la carta
no me la trasladó nadie, porque yo no llevé carta alguna.
-Así es como tú dices -dijo don Quijote-, porque el librillo
de memoria donde yo la escribí le hallé en mi poder a cabo
de dos días de tu partida, lo cual me causó grandísima
pena, por no saber lo que habías tú de hacer cuando te vieses
sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el lugar donde
la echaras menos.
-Así fuera -respondió Sancho-, si no la hubiera yo tomado
en la memoria cuando vuestra merced me la leyó, de manera que se
la dije a un sacristán, que me la trasladó del entendimiento,
tan punto por punto, que dijo que en todos los días de su vida,
aunque había leído muchas cartas de descomunión,
no había visto ni leído tan linda carta como aquélla.
-Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho? -dijo
don Quijote.
-No, señor -respondió Sancho-, porque después que
la di, como vi que no había de ser de más provecho, di en
olvidalla. Y si algo se me acuerda, es aquello del sobajada, digo, del
soberana señora, y lo último: Vuestro hasta la muerte, el
Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas, le puse más
de trecientas almas, y vidas, y ojos míos.

Obras
de CERVANTES:
Don
Quixote de la Mancha
El Amante Liberal
El Casamiento Engañoso
El Celoso Extremeño
El Coloquio de los Perros
El Licenciado Vidriera
El Trato de Argel
«Entremeses»
Entremés de la CUEVA
DE SALAMANCA
Entremés de la ELECCIÓN
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO
Entremés de la GUARDA
CUIDADOSA
Entremés del JUEZ
DE LOS DIVORCIOS
Entremés del RETABLO
DE LAS MARAVILLAS
Entremés del RUFIÁN
VIUDO LLAMADO TRAMPAGOS
Entremés del VIEJO
CELOSO
Entremés del VIZCAÍNO
FINGIDO
La
Española Inglesa
La Fuerza de
la Sangre
La Galatea
La Gitanilla
La Ilustre Fregona
La Numancia
La Señora Cornelia
Las Dos Doncellas
Los Trabajos de Persiles
y Segismunda
Rinconete y Cortadillo
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