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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO XXI. Que trata
de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas
sucedidas a nuestro invencible caballero
En esto, comenzó a llover un
poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas
habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote, por la pesada
burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo
el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían
llevado el día de antes.
De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo,
que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de
oro, y aún él apenas le hubo visto, cuando se volvió
a Sancho y le dijo:
-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero,
porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de
las ciencias todas, especialmente aquel que dice: "Donde una puerta
se cierra, otra se abre". Dígolo porque si anoche nos cerró
la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos
con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y
más cierta aventura; que si yo no acertare a entrar por ella, mía
será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes
ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño,
hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,
sobre que yo hice el juramento que sabes.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-,
que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar
y aporrear el sentido.
-¡Válate el diablo por hombre! -replicó don Quijote-.
¿Qué va de yelmo a batanes?
-No sé nada -respondió Sancho-; mas, a fe que si yo pudiera
hablar tanto como solía, que quizá diera tales razones que
vuestra merced viera que se engañaba en lo que dice.
-¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso?
-dijo don Quijote-. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros
viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un
yelmo de oro?
-Lo que yo veo y columbro -respondió Sancho- no es sino un hombre
sobre un asno pardo,
como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.
-Pues ése es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Apártate
a una parte y déjame con él a solas: verás cuán
sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura y queda
por mío el yelmo que tanto he deseado.
-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replicó Sancho-, mas quiera
Dios, torno a decir, que orégano sea, y no batanes.
-Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más
eso de los batanes -dijo don Quijote-; que voto...,
y no digo más, que os batanee el alma.
Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le
había echado, redondo como una bola.
Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote
veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares,
el uno tan pequeño que ni tenía botica ni barbero, y el
otro, que estaba junto a [él], sí; y así, el barbero
del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo
de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el
barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la
suerte que, al tiempo que venía, comenzó a llover, y, porque
no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso
la bacía sobre la cabeza; y, como estaba limpia, desde media legua
relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y ésta
fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio
rodado, y caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía,
con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías
y malandantes pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero
llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de
Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención
de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener
la furia de su carrera, le dijo:
-¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu
voluntad lo que con tanta razón se me debe!
El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma
sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe
de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado
al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y comenzó
a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dejóse
la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote,
y dijo que el pagano había andado discreto y que había imitado
al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se taraza
y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por distinto
natural, sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo,
el cual, tomándola en las manos, dijo:
-Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como
un maravedí.
Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola
a una parte y a otra,
buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:
-Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa
celada,
debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que
le falta la mitad.
Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener
la risa; mas vínosele a las mientes
la cólera de su amo, y calló en la mitad della.
-¿De qué te ríes, Sancho? -dijo don Quijote.
-Ríome -respondió él- de considerar la gran cabeza
que tenía el pagano dueño deste almete,
que no semeja si[no] una bacía de barbero pintiparada.
-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste
encantado yelmo, por algún estraño acidente, debió
de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin
saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió
de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad
hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices.
Pero, sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso
su trasmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar
donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue,
la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios
de las batallas; y, en este entretanto, la traeré como pudiere,
que más vale algo que no nada;
cuanto más, que bien será bastante para defenderme de alguna
pedrada.
-Eso será -dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron
en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra
merced las muelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo
brebaje que me hizo vomitar las asaduras.along
-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho
-dijo don Quijote-, que yo tengo la receta en la memoria.
-También la tengo yo -respondió Sancho-, pero si yo le hiciere
ni le probare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más,
que no pienso ponerme en ocasión de haberle menester, porque pienso
guardarme con todos mis cinco sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie.
De lo del ser otra vez manteado, no digo nada, que semejantes desgracias
mal se pueden prevenir, y si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger
los hombros, detener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde
la suerte y la manta nos llevare.
-Mal cristiano eres, Sancho -dijo, oyendo esto, don Quijote-, porque nunca
olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es
de pechos nobles y generosos no hacer caso de niñerías.
¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla quebrada, qué
cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla? Que, bien apurada
la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo ansí,
ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más
daño que el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual,
si fuera en este tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera
estar segura que no tuviera tanta fama de hermosa como tiene.
Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:
-[Pase] por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo
sé de qué calidad fueron las veras y las burlas, y sé
también que no se me caerán de la memoria, como nunca se
quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto aparte, dígame
vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que parece
asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que
vuestra merced derribó; que, según él puso los pies
en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio de volver
por él jamás; y ¡para mis barbas, si no es bueno el
rucio!
-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es
uso de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya
no fuese que el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que,
en tal caso, lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra
lícita. Así que, Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo
que tú quisieres que sea,
que, como su dueño nos vea alongados de aquí, volverá
por él.
-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos,
trocalle con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente
que son estrechas las leyes de caballería, pues no se estienden
a dejar trocar un asno por otro; y querría saber si podría
trocar los aparejos siquiera.
-En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y, en caso
de duda, hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que
tienes dellos necesidad estrema.
-Tan estrema es -respondió Sancho- que si fueran para mi misma
persona, no los hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum
y puso su jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio
y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,
bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:
tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les
habían puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron
a caballo, y, sin tomar determinado camino, por ser muy de caballeros
andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la
voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo,
y aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba,
en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al camino
real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:
-Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa
un poco con él? Que, después que me puso aquel áspero
mandamiento del silencio, se me han podrido más de cuatro cosas
en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua
no querría que se mal lograse.
-Dila -dijo don Quijote-, y sé breve en tus razonamientos, que
ninguno hay gustoso si es largo.
-Digo, pues, señor -respondió Sancho-, que, de algunos días
a esta parte, he considerado cuán poco se gana y granjea de andar
buscando estas aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos
y encrucijadas de caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más
eligrosas, no hay quien las vea ni sepa; y así, se han de quedar
en perpetuo silencio, y en perjuicio de la intención de vuestra
merced y de lo que ellas merecen. Y así, me parece que sería
mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced, que nos fuésemos
a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande que
tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor
de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto
del señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar,
a cada cual según sus méritos, y allí no faltará
quien ponga en escrito las hazañas de vuestra merced, para perpetua
memoria. De las mías no digo nada, pues no han de salir de los
límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en la
caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso
que se han de quedar las mías entre renglones.
-No dices mal, Sancho -respondió don Quijote-; mas, antes que se
llegue a ese término, es menester andar por el mundo, como en aprobación,
buscando las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y
fama tal que, cuando se fuere a la corte de algún gran monarca,
ya sea el caballero conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto
entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan
y rodeen, dando voces, diciendo: ''Éste es el Caballero del Sol'',
o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado
grandes hazañas. ''Éste es -dirán- el que venció
en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que
desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en
que había estado casi novecientos años''. Así que,
de mano en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto
de los muchachos y de la demás gente, se parará a las fenestras
de su real palacio el rey de aquel reino, y así como vea al caballero,
conociéndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente
ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis caballeros, cuantos en
mi corte están, a recebir a la flor de la caballería, que
allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos, y él
llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente,
y le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará
por la mano al aposento de la señora reina, adonde el caballero
la hallará con la infanta, su hija, que ha de ser una de las más
fermosas y acabadas doncellas que, en gran parte de lo descubierto de
la tierra, a duras penas se pueda hallar. Sucederá tras esto, luego
en continente, que ella ponga los ojos en el caballero y él en
los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que humana;
y, sin saber cómo ni cómo [no], han de quedar presos y enlazados
en la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no
saber cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos.
Desde allí le llevarán, sin duda, a algún cuarto
del palacio, ricamente aderezado, donde, habiéndole quitado las
armas, le traerán un rico manto de escarlata con que se cubra;
y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer en farseto.
Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde nunca
quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes,
y ella hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo
dicho, es muy discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará
a deshora por la puerta de la sala un feo y pequeño enano con una
fermosa dueña, que, entre dos gigantes, detrás del enano
viene, con cierta aventura, hecha por un antiquísimo sabio, que
el que la acabare será tenido por el mejor caballero del mundo.
Mandará luego el rey que todos los que están presentes la
prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped,
en mucho pro de su fama, de lo cual quedará contentísima
la infanta, y se tendrá por contenta y pagada además, por
haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno
es que este rey, o príncipe, o lo que es, tiene una muy reñida
guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped
le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia
para ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de
muy buen talante, y el caballero le besará cortésmente las
manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedirá de
su señora la infanta por las rejas de un jardín, que cae
en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras muchas veces
la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una doncella
de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse
ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene
la mañana, y no querría que fuesen descubiertos, por la
honra de su señora. Finalmente, la infanta volverá en sí
y dará sus blancas manos por la reja al caballero, el cual se las
besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas.
Quedará concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber
sus buenos o malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga
lo menos que pudiere; prometérselo ha él con muchos juramentos;
tórnale a besar las manos, y despídese con tanto sentimiento
que estará poco por acabar la vida. Vase desde allí a su
aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de la
partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la
reina y de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de
los dos, que la señora infanta está mal dispuesta y que
no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena de su partida,
traspásasele el corazón, y falta poco de no dar indicio
manifiesto de su pena. Está la doncella medianera delante, halo
de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe
con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es
no saber quién sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no;
asegúrala la doncella que no puede caber tanta cortesía,
gentileza y valentía como la de su caballero sino en subjeto real
y grave; consuélase con esto la cuitada; procura consolarse, por
no dar mal indicio de sí a sus padres, y, a cabo de dos días,
sale en público. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,
vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,
vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase
que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere
dar el rey, porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada
o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y
su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que
el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué
reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. Muérese el
padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos palabras. Aquí
entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le
ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella
de la infanta, que será, sin duda, la que fue tercera en sus amores,
que es hija de un duque muy principal.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-; a eso me atengo, porque todo,
al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose
el Caballero de la Triste Figura.
-No lo dudes, Sancho -replicó don Quijote-, porque del mesmo y
por los mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros
andantes a ser reyes y emperadores. Sólo falta agora mirar qué
rey de los cristianos o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa;
pero tiempo habrá para pensar esto, pues, como te tengo dicho,
primero se ha de cobrar fama por otras partes que se acuda a la corte.
También me falta otra cosa; que, puesto caso que se halle rey con
guerra y con hija hermosa, y que yo haya cobrado fama increíble
por todo el universo, no sé yo cómo se podía hallar
que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;
porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está
primero muy enterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos
hechos. Así que, por esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene
bien merecido. Bien es verdad que yo soy hijodalgo de solar conocido,
de posesión y propriedad y de devengar quinientos sueldos; y podría
ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi
parentela y decendencia, que me hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque
te hago saber, Sancho, que hay dos maneras de linajes en el mundo: unos
que traen y derriban su decendencia de príncipes y monarcas, a
quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como
pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente
baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores.
De manera que está la diferencia en que unos fueron, que ya no
son, y otros son, que ya no fueron; y podría ser yo déstos
que, después de averiguado, hubiese sido mi principio grande y
famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que
hubiere de ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que,
a pesar de su padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán,
me ha de admitir por señor y por esposo; y si no, aquí entra
el roballa y llevalla donde más gusto me diere; que el tiempo o
la muerte ha de acabar el enojo de sus padres.
-Ahí entra bien también -dijo Sancho- lo que algunos desalmados
dicen: "No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque
mejor cuadra decir: "Más vale salto de mata que ruego de hombres
buenos". Dígolo porque si el señor rey, suegro de vuestra
merced, no se quisiere domeñar a entregalle a mi señora
la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y trasponella.
Pero está el daño que, en tanto que se hagan las paces y
se goce pacíficamente el reino, el pobre escudero se podrá
estar a diente en esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera,
que ha de ser su mujer, se sale con la infanta, y él pasa con ella
su mala ventura, hasta que el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá,
creo yo, desde luego dársela su señor por ligítima
esposa.
-Eso no hay quien la quite -dijo don Quijote.
-Pues, como eso sea -respondió Sancho-, no hay sino encomendarnos
a Dios,
y dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.
-Hágalo Dios -respondió don Quijote- como yo deseo y tú,
Sancho, has menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.
-Sea par Dios -dijo Sancho-, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde
esto me basta.
-Y aun te sobra -dijo don Quijote-; y cuando no lo fueras, no hacía
nada al caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin
que la compres ni me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde,
cátate ahí caballero, y digan lo que dijeren; que a buena
fe que te han de llamar señoría, mal que les pese.
-Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! -dijo Sancho.
-Dictado has de decir, que no litado -dijo su amo.
-Sea ansí -respondió Sancho Panza-. Digo que le sabría
bien acomodar, porque, por vida mía, que un tiempo fui muñidor
de una cofradía, y que me asentaba tan bien la ropa de muñidor,
que decían todos que tenía presencia para poder ser prioste
de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando
me ponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas,
a uso de conde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a
ver de cien leguas.
-Bien parecerás -dijo don Quijote-, pero será menester que
te rapes las barbas a menudo; que, según las tienes de espesas,
aborrascadas y mal puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos días
por lo menos,
a tiro de escopeta se echará de ver lo que eres.
-¿Qué hay más -dijo Sancho-, sino tomar un barbero
y tenelle asalariado en casa?
Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como
caballerizo de grande.
-Pues, ¿cómo sabes tú -preguntó don Quijote-
que los grandes llevan detrás de sí a sus caballerizos?
-Yo se lo diré -respondió Sancho-: los años pasados
estuve un mes en la corte, y allí vi que, paseándose un
señor muy pequeño, que decían que era muy grande,
un hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, que
no parecía sino que era su rabo. Pregunté que cómo
aquel hombre no se juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dél.
Respondiéronme que era su caballerizo y que era uso de los grandes
llevar tras sí a los tales. Desde entonces lo sé tan bien
que nunca se me ha olvidado.
-Digo que tienes razón -dijo don Quijote-, y que así puedes
tú llevar a tu barbero; que los usos no vinieron todos juntos,
ni se inventaron a una, y puedes ser tú el primero conde que lleve
tras sí su barbero;
y aun es de más confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.
-Quédese eso del barbero a mi cargo -dijo Sancho-,
y al de vuestra merced se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme
conde.
-Así será -respondió don Quijote.
Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos
desdichados que,
mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor
arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima,
dulce e imaginada historia que, después que entre el famoso don
Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas razones
que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas, que don
Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían
hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena
de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venían
ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a
caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas;
y que así como Sancho Panza los vido, dijo:
-Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las
galeras.
-¿Cómo gente forzada? -preguntó don Quijote-. ¿Es
posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
-No digo eso -respondió Sancho-, sino que es gente que, por sus
delitos,
va condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
-En resolución -replicó don Quijote-, comoquiera que ello
sea, esta gente, aunque los llevan,
van de por fuerza, y no de su voluntad.
-Así es -dijo Sancho.
-Pues desa manera -dijo su amo-, aquí encaja la ejecución
de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
-Advierta vuestra merced -dijo Sancho- que la justicia, que es el mesmo
rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga
en pena de sus delitos.
Llegó, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy
corteses razones, pidió a los que iban en su guarda fuesen servidos
de informalle y decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente
de aquella manera.
Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes, gente
de Su Majestad que iba a galeras, y que no había más que
decir, ni él tenía más que saber.
-Con todo eso -replicó don Quijote-, querría saber de cada
uno dellos en particular la causa de su desgracia.
Añadió a éstas otras tales y tan comedidas razones,
para moverlos a que dijesen lo que deseaba,
que la otra guarda de a caballo le dijo:
-Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de
cada uno destos malaventurados, no es tiempo éste de detenerles
a sacarlas ni a leellas; vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos
mesmos, que ellos lo dirán si quisieren, que sí querrán,
porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se
llegó a la cadena, y al primero le preguntó que por qué
pecados iba de tan mala guisa. Él le respondió que por enamorado
iba de aquella manera.
-¿Por eso no más? -replicó don Quijote-. Pues, si
por enamorados echan a galeras,
días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
-No son los amores como los que vuestra merced piensa -dijo el galeote-;
que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada
de ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente que, a no
quitármela la justicia por fuerza, aún hasta agora no la
hubiera dejado de mi voluntad. Fue en fragante, no hubo lugar de tormento;
concluyóse la causa, acomodáronme las espaldas con ciento,
y por añadidura tres precisos de gurapas, y acabóse la obra.
-¿Qué son gurapas? -preguntó don Quijote.
-Gurapas son galeras -respondió el galeote.
El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo
que era natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote
al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de triste
y malencónico; mas respondió por él el primero, y
dijo:
-Éste, señor, va por canario; digo, por músico y
cantor.
-Pues, ¿cómo -repitió don Quijote-, por músicos
y cantores van también a galeras?
-Sí, señor -respondió el galeote-, que no hay peor
cosa que cantar en el ansia.
-Antes, he yo oído decir -dijo don Quijote- que quien canta sus
males espanta.
-Acá es al revés -dijo el galeote-, que quien canta una
vez llora toda la vida.
-No lo entiendo -dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
-Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente
non santa, confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento
y confesó su delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón
de bestias, y, por haber confesado, le condenaron por seis años
a galeras, amén de docientos azotes que ya lleva en las espaldas.
Y va siempre pensativo y triste, porque los demás ladrones que
allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y escarnecen
y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir
nones. Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un sí,
y que harta ventura tiene un delincuente, que está en su lengua
su vida o su muerte, y no en la de los testigos y probanzas; y para mí
tengo que no van muy fuera de camino.
-Y yo lo entiendo así -respondió don Quijote.
El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual,
de presto y con mucho desenfado, respondió y dijo:
-Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme
diez ducados.
-Yo daré veinte de muy buena gana -dijo don Quijote- por libraros
desa pesadumbre.
-Eso me parece -respondió el galeote- como quien tiene dineros
en mitad del golfo y se está muriendo de hambre, sin tener adonde
comprar lo que ha menester. Dígolo porque si a su tiempo tuviera
yo esos veinte ducados que vuestra merced ahora me ofrece, hubiera untado
con ellos la péndola del escribano y avivado el ingenio del procurador,
de manera que hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover, de Toledo,
y no en este camino, atraillado como galgo; pero Dios es grande: paciencia
y basta.
Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro
con una barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyéndose
preguntar la causa por que allí venía, comenzó a
llorar y no respondió palabra;
mas el quinto condenado le sirvió de lengua, y dijo:
-Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, habiendo paseado
las acostumbradas vestido en pompa y a caballo.
-Eso es -dijo Sancho Panza-, a lo que a mí me parece, haber salido
a la vergüenza.
-Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron
esta pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo.
En efecto, quiero decir que este caballero va por alcahuete, y por tener
asimesmo sus puntas y collar de hechicero.
-A no haberle añadido esas puntas y collar -dijo don Quijote-,
por solamente el alcahuete limpio, no merecía él ir a bogar
en las galeras, sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es
así comoquiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos
y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le
debía ejercer sino gente muy bien nacida; y aun había de
haber veedor y examinador de los tales, como le hay de los demás
oficios, con número deputado y conocido, como corredores de lonja;
y desta manera se escusarían muchos males que se causan por andar
este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes de pocos
años y de poca experiencia, que, a la más necesaria ocasión
y cuando es menester dar una traza que importe, se les yelan las migas
entre la boca y la mano y no saben cuál es su mano derecha. Quisiera
pasar adelante y dar las razones por que convenía hacer elección
de los que en la república habían de tener tan necesario
oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algún día
lo diré a quien lo pueda proveer y remediar. Sólo digo ahora
que la pena que me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable
en tanta fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero;
aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover
y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro
albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen
hacer algunas mujercillas simples y algunos embusteros bellacos es algunas
misturas y venenos con que vuelven locos a los hombres, dando a entender
que tienen fuerza para hacer querer bien, siendo, como digo, cosa imposible
forzar la voluntad.
-Así es -dijo el buen viejo-, y, en verdad, señor, que en
lo de hechicero que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar.
Pero nunca pensé que hacía mal en ello: que toda mi intención
era que todo el mundo se holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias
ni penas; pero no me aprovechó nada este buen deseo para dejar
de ir adonde no espero volver, según me cargan los años
y un mal de orina que llevo, que no me deja reposar un rato.
Y aquí tornó a su llanto, como de primero; y túvole
Sancho tanta compasión,
que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.
Pasó adelante don Quijote, y preguntó a otro su delito,
el cual respondió con no menos,
sino con mucha más gallardía que el pasado:
-Yo voy aquí porque me burlé demasiadamente con dos primas
hermanas mías, y con otras dos hermanas que no lo eran mías;
finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó de la
burla crecer la parentela, tan intricadamente que no hay diablo que la
declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve dineros, víame
a pique de perder los tragaderos, sentenciáronme a galeras por
seis años, consentí: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure
la vida, que con ella todo se alcanza. Si vuestra merced, señor
caballero, lleva alguna cosa con que socorrer a estos pobretes, Dios se
lo pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la tierra cuidado
de rogar a Dios en nuestras oraciones por la vida y salud de vuestra merced,
que sea tan larga y tan buena como su buena presencia merece.
Éste iba en hábito de estudiante, y dijo una de las guardas
que era muy grande hablador y muy gentil latino.
Tras todos éstos, venía un hombre de muy buen parecer, de
edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo
en el otro un poco. Venía diferentemente atado que los demás,
porque traía una cadena al pie, tan grande que se la liaba por
todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la una en la cadena, y la
otra de las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de la cual decendían
dos hierros que llegaban a la cintura, en los cuales se asían dos
esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado, de manera
que ni con las manos podía llegar a la boca, ni podía bajar
la cabeza a llegar a las manos. Preguntó don Quijote que cómo
iba aquel hombre con tantas prisiones más que los otros. Respondióle
la guarda porque tenía aquel solo más delitos que todos
los otros juntos, y que era tan atrevido y tan grande bellaco que, aunque
le llevaban de aquella manera, no iban seguros dél, sino que temían
que se les había de huir.
-¿Qué delitos puede tener -dijo don Quijote-, si no han
merecido más pena que echalle a las galeras?
-Va por diez años -replicó la guarda-, que es como muerte
cevil. No se quiera saber más, sino que este buen hombre es el
famoso Ginés de Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo
de Parapilla.
-Señor comisario -dijo entonces el galeote-, váyase poco
a poco, y no andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Ginés
me llamo y no Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla,
como voacé dice; y cada uno se dé una vuelta a la redonda,
y no hará poco.
-Hable con menos tono -replicó el comisario-, señor ladrón
de más de la marca, si no quiere que le haga callar, mal que le
pese.
-Bien parece -respondió el galeote- que va el hombre como Dios
es servido,
pero algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo
de Parapilla o no.
-Pues, ¿no te llaman ansí, embustero? -dijo la guarda.
-Sí llaman -respondió Ginés-, mas yo haré
que no me lo llamen, o me las pelaría donde yo digo entre mis dientes.
Señor caballero, si tiene algo que darnos, dénoslo ya, y
vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas; y si
la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte,
cuya vida está escrita por estos pulgares.
-Dice verdad -dijo el comisario-: que él mesmo ha escrito su historia,
que no hay más,
y deja empeñado el libro en la cárcel en docientos reales.
-Y le pienso quitar -dijo Ginés-, si quedara en docientos ducados.
-¿Tan bueno es? -dijo don Quijote.
-Es tan bueno -respondió Ginés- que mal año para
Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han
escrito o escribieren. Lo que le sé decir a voacé es que
trata verdades,
y que son verdades tan lindas y tan donosas que no pueden haber mentiras
que se le igualen.
-¿Y cómo se intitula el libro? -preguntó don Quijote.
-La vida de Ginés de Pasamonte -respondió el mismo.
-¿Y está acabado? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo puede estar acabado -respondió él-,
si aún no está acabada mi vida? Lo que está escrito
es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han
echado en galeras.
-Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? -dijo don Quijote.
-Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y
ya sé a qué sabe el bizcocho y el corbacho -respondió
Ginés-; y no me pesa mucho de ir a ellas, porque allí tendré
lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que decir, y en las
galeras de España hay mas sosiego de aquel que sería menester,
aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de escribir,
porque me lo sé de coro.
-Hábil pareces -dijo don Quijote.
-Y desdichado -respondió Ginés-; porque siempre las desdichas
persiguen al buen ingenio.
-Persiguen a los bellacos -dijo el comisario.
-Ya le he dicho, señor comisario -respondió Pasamonte-,
que se vaya poco a poco, que aquellos señores no le dieron esa
vara para que maltratase a los pobretes que aquí vamos, sino para
que nos guiase y llevase adonde Su Majestad manda. Si no, ¡por vida
de...! ¡Basta!, que podría ser que saliesen algún
día en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y todo
el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es mucho
regodeo éste.
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta
de sus amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rogó que
no le maltratase, pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos
tuviese algún tanto suelta la lengua. Y, volviéndose a todos
los de la cadena, dijo:
-De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he
sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las
penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy
de mala gana y muy contra vuestra voluntad; y que podría ser que
el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de
dineros déste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido
juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no
haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades. Todo
lo cual se me representa a mí ahora en la memoria de manera que
me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros
el efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar
en él la orden de caballería que profeso, y el voto que
en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores.
Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo
que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores
guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz,
que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; porque
me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres.
Cuanto más, señores guardas -añadió don Quijote-,
que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se
lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida
de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres
honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en
ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís,
algo que agradeceros; y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza
y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis
por fuerza.
-¡Donosa majadería! -respondió el comisario- ¡Bueno
está el donaire con que ha salido a cabo de rato! ¡Los forzados
del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para
soltarlos o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase
vuestra merced, señor, norabuena, su camino adelante, y enderécese
ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al
gato.
-¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondió don
Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que,
sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo,
malherido de una lanzada; y avínole bien, que éste era el
de la escopeta. Las demás guardas quedaron atónitas y suspensas
del no esperado acontecimiento; pero, volviendo sobre sí, pusieron
mano a sus espadas los de a caballo, y los de a pie a sus dardos, y arremetieron
a don Quijote, que con mucho sosiego los aguardaba; y, sin duda, lo pasara
mal si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía
de alcanzar libertad, no la procu[ra]ran, procurando romper la cadena
donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera que las guardas,
ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a don
Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.
Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte,
que fue el primero que saltó en la campaña libre y desembarazado,
y, arremetiendo al comisario caído, le quitó la espada y
la escopeta, con la cual, apuntando al uno y señalando al otro,
sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo el campo,
porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como
de las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó
que los que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa
Hermandad, la cual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes,
y así se lo dijo a su amo, y le rogó que luego de allí
se partiesen y se emboscasen en la sierra, que estaba cerca.
-Bien está eso -dijo don Quijote-, pero yo sé lo que ahora
conviene que se haga.
Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían
despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a
la redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:
-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de
los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo
porque ya habéis visto, señores, con manifiesta experiencia,
el que de mí habéis recebido; en pago del cual querría,
y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que quité de vuestros
cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso,
y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del
Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se
le envía a encomendar, y le contéis, punto por punto, todos
los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad;
y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes a la buena
ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
-Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es
imposible de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos
por los caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando
meterse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la
Santa Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo
que vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio
y montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad
de avemarías y credos, que nosotros diremos por la intención
de vuestra merced; y ésta es cosa que se podrá cumplir de
noche y de día, huyendo o reposando, en paz o en guerra; pero pensar
que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto, digo, a tomar nuestra
cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar que es ahora de noche,
que aún no son las diez del día,
y es pedir a nosotros eso como pedir peras al olmo.
-Pues ¡voto a tal! -dijo don Quijote, ya puesto en cólera-,
don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis,
que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena
a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote
no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de
querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo
del ojo a los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron
a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse
con la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más caso
de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno,
y con él se defendía de la nube y pedrisco que sobre entrambos
llovía. No se pudo escudar tan bien don Quijote que no le acertasen
no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza que
dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue
sobre él el estudiante y le quitó la bacía de la
cabeza, y diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros
tantos en la tierra, con que la hizo pedazos. Quitáronle una ropilla
que traía sobre las armas, y las medias calzas le querían
quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le quitaron el gabán,
y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás
despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más
cuidado de escaparse de la Hermandad, que temían,
que de cargarse de la cadena e ir a presentarse ante la señora
Dulcinea del Toboso.
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento,
cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando
que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que
le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo,
que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y
temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse
tan malparado por los mismos a quien tanto bien había hecho.
CAPÍTULO XXIII. De lo que le aconteció al famoso
don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras
que en esta verdadera historia se cuentan
Viéndose tan malparado don Quijote,
dijo a su escudero:
-Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos
es echar agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste,
yo hubiera escusado esta pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia,
y escarmentar para desde aquí adelante.
-Así escarmentará vuestra merced -respondió Sancho-
como yo soy turco; pero, pues dice que si me hubiera creído se
hubiera escusado este daño, créame ahora y escusará
otro mayor; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no hay usar
de caballerías, que no se le da a ella por cuantos caballeros andantes
hay dos maravedís;
y sepa que ya me parece que sus saetas me zumban por los oídos.
-Naturalmente eres cobarde, Sancho -dijo don Quijote-, pero, porque no
digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por
esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes;
mas ha de ser con una condición: que jamás, en vida ni en
muerte, has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste
peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos; que si otra cosa dijeres,
mentirás en ello, y desde ahora para entonces, y desde entonces
para ahora, te desmiento, y digo que mientes y mentirás todas las
veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me repliques más, que
en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro,
especialmente déste, que parece que lleva algún es no es
de sombra de miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí
solo, no solamente a la Santa Hermandad que dices y temes, sino a los
hermanos de los doce tribus de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor
y a Pólux, y aun a todos los hermanos y hermandades que hay en
el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, que el retirar no es huir, ni
el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de
sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un
día. Y sepa que, aunque zafio y villano, todavía se me alcanza
algo desto que llaman buen gobierno; así que, no se arrepienta
de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no
yo le ayudaré, y sígame, que el caletre me dice que hemos
menester ahora más los pies que las manos.
Subió don Quijote, sin replicarle más palabra, y, guiando
Sancho sobre su asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que
allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla
toda e ir a salir al Viso, o a Almodóvar del Campo, y esconderse
algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la
Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que de la refriega
de los galeotes se había escapado libre la despensa que sobre su
asno venía,
cosa que la juzgó a milagro, según fue lo que llevaron y
buscaron los galeotes.
Así como don Quijote entró por aquellas montañas,
se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares
acomodados para las aventuras que buscaba. Reducíansele a la memoria
los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas
habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas,
tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra se acordaba.
Ni Sancho llevaba otro cuidado -después que le pareció que
caminaba por parte segura- sino de satisfacer su estómago con los
relieves que del despojo clerical habían quedado; y así,
iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un
costal y embaulando en su panza;
y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de aquella
manera, un ardite.
En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando
con la punta del lanzón alzar no sé qué bulto que
estaba caído en el suelo, por lo cual se dio priesa a llegar a
ayudarle si fuese menester; y cuando llegó fue a tiempo que alzaba
con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él,
medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto, que
fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo
que viese lo que en la maleta venía.
Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía
cerrada con una cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo
que en ella había, que eran cuatro camisas de delgada holanda y
otras cosas de lienzo, no menos curiosas que limpias, y en un pañizuelo
halló un buen montoncillo de escudos de oro; y, así como
los vio, dijo:
-¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que
sea de provecho!
Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente
guarnecido. Éste le pidió don Quijote, y mandóle
que guardase el dinero y lo tomase para él. Besóle las manos
Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su lencería,
la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don Quijote,
dijo:
-Paréceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún
caminante descaminado debió de pasar por esta sierra, y, salteándole
malandrines, le debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan
escondida parte.
-No puede ser eso -respondió Sancho-, porque si fueran ladrones,
no se dejaran aquí este dinero.
-Verdad dices -dijo don Quijote-, y así, no adivino ni doy en lo
que esto pueda ser; mas, espérate: veremos si en este librillo
de memoria hay alguna cosa escrita por donde podamos rastrear y venir
en conocimiento de lo que deseamos.
Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como
en borrador, aunque de muy buena letra, fue un soneto, que, leyéndole
alto porque Sancho también lo oyese, vio que decía desta
manera:
O le falta al Amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que sois vos, Fili, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta rüina.
Presto habré de morir, que es lo más cierto;
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.
-Por esa trova -dijo Sancho- no se puede saber nada, si ya no es que por
ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo.
-¿Qué hilo está aquí? -dijo don Quijote.
-Paréceme -dijo Sancho- que vuestra merced nombró ahí
hilo.
-No dije sino Fili -respondió don Quijote-, y éste, sin
duda, es el nombre de la dama de quien se queja el autor deste soneto;
y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte.
-Luego, ¿también -dijo Sancho- se le entiende a vuestra
merced de trovas?
-Y más de lo que tú piensas -respondió don Quijote-,
y veráslo cuando lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo,
a mi señora Dulcinea del Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho,
que todos o los más caballeros andantes de la edad pasada eran
grandes trovadores y grandes músicos; que estas dos habilidades,
o gracias, por mejor decir, son anexas a los enamorados andantes. Verdad
es que las coplas de los pasados caballeros tienen más de espíritu
que de primor.
-Lea más vuestra merced -dijo Sancho-, que ya hallará algo
que nos satisfaga.
Volvió la hoja don Quijote y dijo:
-Esto es prosa, y parece carta.
-¿Carta misiva, señor? -preguntó Sancho.
-En el principio no parece sino de amores -respondió don Quijote.
-Pues lea vuestra merced alto -dijo Sancho-, que gusto mucho destas cosas
de amores.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que
decía desta manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes
volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones
de mis quejas. Desechásteme, ¡oh ingrata!, por quien tiene
más, no por quien vale más que yo; mas si la virtud fuera
riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni llorara desdichas
propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras: por
ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco que eres
mujer. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo
que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos,
porque tú no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no tome
venganza de lo que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
-Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de
que quien la escribió es algún desdeñado amante.
Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas,
que algunos pudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran
quejas, lamentos, desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes,
solenizados los unos y llorados los otros.
En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin
dejar rincón en toda ella, ni en el cojín, que no buscase,
escudriñase e inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija
de lana que no escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni
mal recado: tal golosina habían despertado en él los hallados
escudos, que pasaban de ciento. Y, aunque no halló mas de lo hallado,
dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje,
las bendiciones de las estacas, las puñadas del arriero, la falta
de las alforjas, el robo del gabán y toda la hambre, sed y cansancio
que había pasado en servicio de su buen señor, pareciéndole
que estaba más que rebién pagado con la merced recebida
de la entrega del hallazgo.
Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber
quién fuese el dueño de la maleta, conjeturando, por el
soneto y carta, por el dinero en oro y por las tan buenas camisas, que
debía de ser de algún principal enamorado, a quien desdenes
y malos tratamientos de su dama debían de haber conducido a algún
desesperado término. Pero, como por aquel lugar inhabitable y escabroso
no parecía persona alguna de quien poder informarse, no se curó
de más que de pasar adelante, sin llevar otro camino que aquel
que Rocinante quería, que era por donde él podía
caminar,
siempre con imaginación que no podía faltar por aquellas
malezas alguna estraña aventura.
Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela
que delante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hombre,
de risco en risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Figurósele
que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados,
los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían
unos calzones, al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos
que por muchas partes se le descubrían las carnes. Traía
la cabeza descubierta, y, aunque pasó con la ligereza que se ha
dicho, todas estas menudencias miró y notó el Caballero
de la Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille, porque
no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas asperezas,
y más siendo él de suyo pisacorto y flemático. Luego
imaginó don Quijote que aquél era el dueño del cojín
y de la maleta, y propuso en sí de buscalle, aunque supiese andar
un año por aquellas montañas hasta hallarle; y así,
mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte
de la montaña, que él iría por la otra y podría
ser que topasen, con esta diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa
se les había quitado de delante.
-No podré hacer eso -respondió Sancho-, porque, en apartándome
de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros
de sobresaltos y visiones.
Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí adelante
no me aparte un dedo de su presencia.
-Así será -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy
contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha
de faltar, aunque te falte el ánima del cuerpo. Y vente ahora tras
mí poco a poco, o como pudieres, y haz de los ojos lanternas; rodearemos
esta serrezuela: quizá toparemos con aquel hombre que vimos, el
cual,
sin duda alguna, no es otro que el dueño de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondió:
-Harto mejor sería no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese
el dueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir;
y así, fuera mejor, sin hacer esta inútil diligencia, poseerlo
yo con buena fe hasta que, por otra vía menos curiosa y diligente,
pareciera su verdadero señor; y quizá fuera a tiempo que
lo hubiera gastado, y entonces el rey me hacía franco.
-Engáñaste en eso, Sancho -respondió don Quijote-;
que, ya que hemos caído en sospecha de quién es el dueño,
cuasi delante, estamos obligados a buscarle y volvérselos; y, cuando
no le buscásemos, la vehemente sospecha que tenemos de que él
lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese. Así que,
Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mí
se me quitará si le hallo.
Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su
acostumbrado jumento; y, habiendo rodeado parte de la montaña,
hallaron en un arroyo, caída, muerta y medio comida de perros y
picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirmó
en ellos más la sospecha de que aquel que huía era el dueño
de la mula y del cojín.
Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba
ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad
de cabras, y tras ellas, por cima de la montaña, pareció
el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don
Quijote, y rogóle que bajase donde estaban. Él respondió
a gritos que quién les había traído por aquel lugar,
pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras
fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase,
que de todo le darían buena cuenta. Bajó el cabrero, y,
en llegando adonde don Quijote estaba, dijo:
-Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está
muerta en esa hondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que está
en ese lugar. Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño?
-No hemos topado a nadie -respondió don Quijote-, sino a un cojín
y a una maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
-También la hallé yo -respondió el cabrero-, mas
nunca la quise alzar ni llegar a ella, temeroso de algún desmán
y de que no me la pidiesen por de hurto; que es el diablo sotil, y debajo
de los pies
se levanta allombre cosa donde tropiece y caya, sin saber cómo
ni cómo no.
-Eso mesmo es lo que yo digo -respondió Sancho-: que también
la hallé yo, y no quise llegar a ella con un tiro de piedra; allí
la dejé y allí se queda como se estaba, que no quiero perro
con cencerro.
-Decidme, buen hombre -dijo don Quijote-, ¿sabéis vos quién
sea el dueño destas prendas?
-Lo que sabré yo decir -dijo el cabrero- es que «habrá
al pie de seis meses, poco más a menos, que llegó a una
majada de pastores, que estará como tres leguas deste lugar, un
mancebo de gentil talle y apostura, caballero sobre esa mesma mula que
ahí está muerta, y con el mesmo cojín y maleta que
decís que hallastes y no tocastes. Preguntónos que cuál
parte desta sierra era la más áspera y escondida; dijímosle
que era esta donde ahora estamos; y es ansí la verdad, porque si
entráis media legua más adentro, quizá no acertaréis
a salir; y estoy maravillado de cómo habéis podido llegar
aquí, porque no hay camino ni senda que a este lugar encamine.
Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvió
las riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos,
dejándonos a todos contentos de su buen talle, y admirados de su
demanda y de la priesa con que le víamos caminar y volverse hacia
la sierra; y desde entonces nunca más le vimos, hasta que desde
allí a algunos días salió al camino a uno de nuestros
pastores, y, sin decille nada, se llegó a él y le dio muchas
puñadas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quitó
cuanto pan y queso en ella traía; y, con estraña ligereza,
hecho esto, se volvió a emboscar en la sierra. Como esto supimos
algunos cabreros, le anduvimos a buscar casi dos días por lo más
cerrado desta sierra, al cabo de los cuales le hallamos metido en el hueco
de un grueso y valiente alcornoque. Salió a nosotros con mucha
mansedumbre, ya roto el vestido, y el rostro disfigurado y tostado del
sol, de tal suerte que apenas le conocíamos, sino que los vestidos,
aunque rotos, con la noticia que dellos teníamos, nos dieron a
entender que era el que buscábamos. Saludónos cortésmente,
y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos maravillásemos
de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía
para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había
sido impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca
lo pudimos acabar con él. Pedímosle también que,
cuando hubiese menester el sustento, sin el cual no podía pasar,
nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor y
cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto,
que, a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeció
nuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados,
y ofreció de pedillo de allí adelante por amor de Dios,
sin dar molestia alguna a nadie. En cuanto lo que tocaba a la estancia
de su habitación, dijo que no tenía otra que aquella que
le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y acabó
su plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de
piedra los que escuchado le habíamos, si en él no le acompañáramos,
considerándole cómo le habíamos visto la vez primera,
y cuál le veíamos entonces. Porque, como tengo dicho, era
un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses y concertadas razones
mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona; que, puesto que éramos
rústicos los que le escuchábamos, su gentileza era tanta,
que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando en lo
mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó
los ojos en el suelo por un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos
y suspensos, esperando en qué había de parar aquel embelesamiento,
con no poca lástima de verlo; porque, por lo que hacía de
abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin mover pestaña gran
rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y enarcando las cejas,
fácilmente conocimos que algún accidente de locura le había
sobrevenido. Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo que
pensábamos, porque se levantó con gran furia del suelo,
donde se había echado, y arremetió con el primero que halló
junto a sí, con tal denuedo y rabia que, si no se le quitáramos,
le matara a puñadas y a bocados; y todo esto hacía, diciendo:
''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás
la sinrazón que me heciste: estas manos te sacarán el corazón,
donde albergan y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente
la fraude y el engaño!'' Y a éstas añadía
otras razones, que todas se encaminaban a decir mal de aquel Fernando
y a tacharle de traidor y fementido. Quitámossele, pues, con no
poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó
de nosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas,
de modo que nos imposibilitó el seguille. Por esto conjeturamos
que la locura le venía a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando
le debía de haber hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo
mostraba el término a que le había conducido. Todo lo cual
se ha confirmado después acá con las veces, que han sido
muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a los pastores
le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo por fuerza;
porque cuando está con el accidente de la locura, aunque los pastores
se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a puñadas;
y cuando está en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés
y comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.
Y en verdad os digo, señores -prosiguió el cabrero-, que
ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos
míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y, después
de hallado, ya por fuerza ya por grado, le hemos de llevar a la villa
de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí
le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién es
cuando esté en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia
de su desgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros
de lo que me habéis preguntado; y entended que el dueño
de las prendas que hallastes es el mesmo que vistes pasar con tanta ligereza
como desnudez -que ya le había dicho don Quijote cómo había
visto pasar aquel hombre saltando por la sierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído,
y quedó con más deseo de saber quién era el desdichado
loco; y propuso en sí lo mesmo que ya tenía pensado: de
buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva
en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte
de lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante
pareció, por entre una quebrada de una sierra que salía
donde ellos estaban, el mancebo que buscaba, el cual venía hablando
entre sí cosas que no podían ser entendidas de cerca, cuanto
más de lejos. Su traje era cual se ha pintado, sólo que,
llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que sobre
sí traía era de ámbar; por donde acabó de
entender que persona que tales hábitos traía no debía
de ser de ínfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada
y bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió
las saludes con no menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante,
con gentil continente y donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio
estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera
conocido. El otro, a quien podemos llamar el Roto de la Mala Figura -como
a don Quijote el de la Triste-, después de haberse dejado abrazar,
le apartó un poco de sí, y, puestas sus manos en los hombros
de don Quijote, le estuvo mirando, como que quería ver si le conocía;
no menos admirado quizá de ver la figura, talle y armas de don
Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. En resolución,
el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto,
y dijo lo que se dirá adelante.
CAPÍTULO XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
Dice la historia que era grandísima
la atención con que don Quijote escuchaba al astroso Caballero
de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:
-Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os
conozco, yo os agradezco las muestras y la cortesía que conmigo
habéis usado; y quisiera yo hallarme en términos que con
más que la voluntad pudiera servir la que habéis mostrado
tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas no quiere
mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me
hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.
-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto,
que tenía determinado de no salir destas sierras hasta hallaros
y saber de vos si el dolor que en la estrañeza de vuestra vida
mostráis tener se podía hallar algún género
de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la diligencia posible.
Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las
puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla
y plañirla como mejor pudiera, que todavía es consuelo en
las desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento
merece ser agradecido con algún género de cortesía,
yo os suplico, señor, por la mucha que veo que en vos se encierra,
y juntamente os conjuro por la cosa que en esta vida más habéis
amado o amáis, que me digáis quién sois y la causa
que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como bruto
animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -añadió don Quijote-,
por la orden de caballería que recebí, aunque indigno y
pecador, y por la profesión de caballero andante, que si en esto,
señor, me complacéis, de serviros con las veras a que me
obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra desgracia, si tiene remedio,
ora ayudándoos a llorarla, como os lo he prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la
Triste Figura, no hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a
mirar de arriba abajo; y, después que le hubo bien mirado, le dijo:
-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,
después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda,
en agradecimiento de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con
que satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes
los engullía que tragaba; y, en tanto que comía, ni él
ni los que le miraban hablaban palabra. Como acabó de comer, les
hizo de señas que le siguiesen, como lo hicieron, y él los
llevó a un verde pradecillo que a la vuelta de una peña
poco desviada de allí estaba. En llegando a él se tendió
en el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo mismo;
y todo esto sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después
de haberse acomodado en su asiento, dijo:
-Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad
de mis desventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta,
ni otra cosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia;
porque en el punto que lo hagáis, en ése se quedará
lo que fuere contando.
Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que
le había contado su escudero, cuando no acertó el número
de las cabras que habían pasado el río y se quedó
la historia pendiente. Pero, volviendo al Roto, prosiguió diciendo:
-Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente
por el cuento de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve
de otra cosa que añadir otras de nuevo, y, mientras menos me preguntáredes,
más presto acabaré yo de decillas, puesto que no dejaré
por contar cosa alguna que sea de importancia para no satisfacer del todo
a vuestro deseo.
Don Quijote se lo prometió, en nombre de los demás, y él,
con este seguro, comenzó desta manera:
-«Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta
Andalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura,
tanta que la deben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin
poderla aliviar con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo
poco suelen valer los bienes de fortuna. Vivía en esta mesma tierra
un cielo, donde puso el amor toda la gloria que yo acertara a desearme:
tal es la hermosura de Luscinda, doncella tan noble y tan rica como yo,
pero de más ventura y de menos firmeza de la que a mis honrados
pensamientos se debía. A esta Luscinda amé, quise y adoré
desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mí
con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitía.
Sabían nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello,
porque bien veían que, cuando pasaran adelante, no podían
tener otro fin que el de casarnos, cosa que casi la concertaba la igualdad
de nuestro linaje y riquezas. Creció la edad, y con ella el amor
de entrambos, que al padre de Luscinda le pareció que por buenos
respetos estaba obligado a negarme la entrada de su casa, casi imitando
en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada de los poetas. Y fue
esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo, porque,
aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas,
las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender
a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces
la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más
determinada y la lengua más atrevida. ¡Ay cielos, y cuántos
billetes le escribí! ¡Cuán regaladas y honestas respuestas
tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántos enamorados
versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos, pintaba
sus encendidos deseos, entretenía sus memorias y recreaba su voluntad!
»En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía
con el deseo de verla, determiné poner por obra y acabar en un
punto lo que me pareció que más convenía para salir
con mi deseado y merecido premio; y fue el pedírsela a su padre
por legítima esposa, como lo hice; a lo que él me respondió
que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle, y de querer
honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a él
tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese con
mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse
a hurto.
»Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que
llevaba razón en lo que decía, y que mi padre vendría
en ello como yo se lo dijese; y con este intento, luego en aquel mismo
instante, fui a decirle a mi padre lo que deseaba. Y, al tiempo que entré
en un aposento donde estaba, le hallé con una carta abierta en
la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio y me dijo:
''Por esa carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo
tiene de hacerte merced''.» Este duque Ricardo, como ya vosotros,
señores, debéis de saber, es un grande de España
que tiene su estado en lo mejor desta Andalucía. «Tomé
y leí la carta, la cual venía tan encarecida que a mí
mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella
se le pedía, que era que me enviase luego donde él estaba;
que quería que fuese compañero, no criado, de su hijo el
mayor, y que él tomaba a cargo el ponerme en estado que correspondiese
a la estimación en que me tenía. Leí la carta y enmudecí
leyéndola, y más cuando oí que mi padre me decía:
''De aquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer
la voluntad del duque; y da gracias a Dios que te va abriendo camino por
donde alcances lo que yo sé que mereces''. Añadió
a éstas otras razones de padre consejero.
»Llegóse el término de mi partida, hablé una
noche a Luscinda, díjele todo lo que pasaba, y lo mesmo hice a
su padre, suplicándole se entretuviese algunos días y dilatase
el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo me quería. Él
me lo prometió y ella me lo confirmó con mil juramentos
y mil desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél
tan bien recebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia
a hacer su oficio, teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles
que las muestras que el duque daba de hacerme merced habían de
ser en perjuicio suyo. Pero el que más se holgó con mi ida
fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando, mozo gallardo, gentilhombre,
liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo, quiso que fuese tan su amigo,
que daba que decir a todos; y, aunque el mayor me quería bien y
me hacía merced, no llegó al estremo con que don Fernando
me quería y trataba.
»Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta
que no se comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando
dejada de serlo por ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba,
especialmente uno enamorado, que le traía con un poco de desasosiego.
Quería bien a una labradora, vasalla de su padre (y ella los tenía
muy ricos), y era tan hermosa, recatada, discreta y honesta que nadie
que la conocía se determinaba en cuál destas cosas tuviese
más excelencia ni más se aventajase. Estas tan buenas partes
de la hermosa labradora redujeron a tal término los deseos de don
Fernando, que se determinó, para poder alcanzarlo y conquistar
la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo, porque de
otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su amistad, con
las mejores razones que supe y con los más vivos ejemplos que pude,
procuré estorbarle y apartarle de tal propósito. Pero, viendo
que no aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo,
su padre. Mas don Fernando, como astuto y discreto, se receló y
temió desto, por parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen
criado, no tener encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi
señor el duque venía; y así, por divertirme y engañarme,
me dijo que no hallaba otro mejor remedio para poder apartar de la memoria
la hermosura que tan sujeto le tenía, que el ausentarse por algunos
meses; y que quería que el ausencia fuese que los dos nos viniésemos
en casa de mi padre, con ocasión que darían al duque que
venía a ver y a feriar unos muy
buenos caballos que en mi ciudad había, que es madre de los mejores
del mundo.
»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición,
aunque su determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por
una de las más acertadas que se podían imaginar, por ver
cuán buena ocasión y coyuntura se me ofrecía de volver
a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo, aprobé su parecer
y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese
por obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía
su oficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya cuando él
me vino a decir esto, según después se supo, había
gozado a la labradora con título de esposo, y esperaba ocasión
de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el duque su padre haría
cuando supiese su disparate.
»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor
parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin
el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás
aquello que parecía amor, porque no puede pasar adelante del término
que le puso naturaleza, el cual término no le puso a lo que es
verdadero amor...; quiero decir que, así como don Fernando gozó
a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ahíncos;
y si primero fingía quererse ausentar, por remediarlos, ahora de
veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución. Diole el duque
licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,
recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron
a vivir, aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos,
de los cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que,
en la ley de la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir
nada. Alabéle la hermosura, donaire y discreción de Luscinda
de tal manera, que mis alabanzas movieron en él los deseos de querer
ver doncella de tantas buenas partes adornada. Cumplíselos yo,
por mi corta suerte, enseñándosela una noche, a la luz de
una vela, por una ventana por donde los dos solíamos hablarnos.
Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él
vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido,
quedó absorto y, finalmente, tan enamorado cual lo veréis
en el discurso del cuento de mi desventura. Y, para encenderle más
el deseo, que a mí me celaba y al cielo a solas descubría,
quiso la fortuna que hallase un día un billete suyo pidiéndome
que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto y tan
enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se encerraban
todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las demás
mujeres del mundo estaban repartidas.
»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía
con cuán justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba
de oír aquellas alabanzas de su boca, y comencé a temer
y a recelarme dél, porque no se pasaba momento donde no quisiese
que tratásemos de Luscinda, y él movía la plática,
aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un
no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno
de la bondad y de la fe de Luscinda, pero, con todo eso, me hacía
temer mi suerte lo mesmo que ella me aseguraba. Procuraba siempre don
Fernando leer los papeles que yo a Luscinda enviaba y los que ella me
respondía, a título que de la discreción de los dos
gustaba mucho. Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda
un libro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada,
que era el de Amadís de Gaula...»
No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías,
cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su
merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías,
no fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza
de su entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor,
le habéis pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda:
así que, para conmigo, no es menester gastar más palabras
en declararme su hermosura, valor y entendimiento; que, con sólo
haber entendido su afición, la confirmo por la más hermosa
y más discreta mujer del mundo. Y quisiera yo, señor, que
vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula al
bueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora
Luscinda mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel
y de aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas
por él con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero
tiempo podrá venir en que se enmiende esa falta, y no dura más
en hacerse la enmienda de cuanto quiera vuestra merced ser servido de
venirse conmigo a mi aldea, que allí le podré dar más
de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento
de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced
a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra
merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su
plática, pues, en oyendo cosas de caballerías y de caballeros
andantes, así es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es
en la de los rayos del sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la
luna.
Así que, perdón y proseguir, que es lo que ahora hace más
al caso.
En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le había
caído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar
profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que
prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra;
pero, al cabo de un buen espacio, la levantó y dijo:
-No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite
en el mundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería
un majadero el que lo contrario entendiese o creyese), sino que aquel
bellaconazo del
maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madésima.
-Eso no, ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera
don Quijote (y arrojóle, como tenía de costumbre)-; y ésa
es una muy gran malicia, o bellaquería, por mejor decir: la reina
Madásima fue muy principal señora, y no se ha de presumir
que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras;
y quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se
lo daré a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche
o de día, o como más gusto le diere.
Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había
venido el accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia;
ni tampoco don Quijote se la oyera, según le había disgustado
lo que de Madásima le había oído. ¡Estraño
caso; que así volvió por ella como si verdaderamente fuera
su verdadera y natural señora: tal le tenían sus descomulgados
libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó
tratar de mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes,
parecióle mal la burla, y alzó un guijarro que halló
junto a sí, y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote
que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de tal modo vio parar
a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado;
y el Roto le recibió de tal suerte que con una puñada dio
con él a sus pies, y luego se subió sobre él y le
brumó las costillas muy a su sabor. El cabrero, que le quiso defender,
corrió el mesmo peligro. Y, después que los tuvo a todos
rendidos y molidos,
los dejó y se fue, con gentil sosiego, a emboscarse en la montaña.
Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado
tan sin merecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole
que él tenía la culpa de no haberles avisado que a aquel
hombre le tomaba a tiempos la locura; que, si esto supieran, hubieran
estado sobre aviso para poderse guardar. Respondió el cabrero que
ya lo había dicho, y que si él no lo había oído,
que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó
a replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las
barbas y darse tales puñadas que, si don Quijote no los pusiera
en paz, se hicieran pedazos. Decía Sancho, asido con el cabrero:
-Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura,
que en éste, que es villano como yo y no está armado caballero,
bien puedo a mi salvo satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando
con él mano a mano, como hombre honrado.
-Así es -dijo don Quijote-, pero yo sé que él no
tiene ninguna culpa de lo sucedido.
Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar
al cabrero si sería posible hallar a Cardenio, porque quedaba con
grandísimo deseo de saber el fin de su historia. Díjole
el cabrero lo que primero le había dicho, que era no saber de cierto
su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos contornos, no dejaría
de hallarle, o cuerdo o loco.
CAPÍTULO XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra
Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación
que hizo a la penitencia de Beltenebros
Despidióse del cabrero don Quijote,
y, subiendo otra vez sobre Rocinante, mandó a Sancho que le siguiese,
el cual lo hizo, con su jumento, de muy mala gana. Íbanse poco
a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y
Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase
la plática,
por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:
-Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición
y me dé licencia; que desde aquí me quiero volver a mi casa,
y a mi mujer y a mis hijos, con los cuales, por lo menos, hablaré
y departiré todo lo que quisiere; porque querer vuestra merced
que vaya con él por estas soledades, de día y de noche,
y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya quisiera
la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de Guisopete,
fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me viniera
en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y que no
se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida y
no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y,
con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre
tiene en su corazón, como si fuera mudo.
-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres
porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua.
Dale por alzado y di lo que quisieres, con condición que no ha
de durar este alzamiento
más de en cuanto anduviéremos por estas sierras.
-Sea ansí -dijo Sancho-: hable yo ahora, que después Dios
sabe lo que será; y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo
que ¿qué le iba a vuestra merced en volver tanto por aquella
reina Magimasa, o como se llama? O, ¿qué hacía al
caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced pasara
con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara adelante
con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y las coces,
y aun más de seis torniscones.
-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras,
como yo lo sé, cuán honrada y cuán principal señora
era la reina Madásima, yo sé que dijeras que tuve mucha
paciencia, pues no quebré la boca por donde tales blasfemias salieron;
porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté
amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel maestro
Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy sanos
consejos, y sirvió de ayo y de médico a la reina; pero pensar
que ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque
veas que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo
ya estaba sin juicio.
-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer
cuenta de las palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara
a vuestra merced y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encaminó
al pecho, buenos quedáramos por haber vuelto por aquella mi señora,
que Dios cohonda. Pues, ¡montas que no se librara Cardenio por loco!
-Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero
andante a volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto
más por las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima,
a quien yo tengo particular afición por sus buenas partes; porque,
fuera de haber sido fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida
en sus calamidades, que las tuvo muchas; y los consejos y compañía
del maestro Elisabat le fue y le fueron de mucho provecho y alivio para
poder llevar sus trabajos con prudencia y paciencia. Y de aquí
tomó ocasión el vulgo ignorante y mal intencionado de decir
y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo otra vez, y mentirán
otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.
-Ni yo lo digo ni lo pienso -respondió Sancho-: allá se
lo hayan; con su pan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios
habrán dado la cuenta. De mis viñas vengo, no sé
nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y miente,
en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací, desnudo
me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, ¿qué me
va a mí? Y muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas.
Mas, ¿quién puede poner puertas al campo? Cuanto más,
que de Dios dijeron.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué de necedades
vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los
refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles; y de aquí
adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de ha |