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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO XXXI. De los
sabrosos razonamientos que pasaron entre
don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos
-Todo eso no me descontenta; prosigue
adelante -dijo don Quijote-. Llegaste, ¿y qué hacía
aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando
perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo para este
su cautivo caballero.
-No la hallé -respondió Sancho- sino ahechando dos hanegas
de trigo en un corral de su casa.
-Pues haz cuenta -dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran
granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo
¿era candeal, o trechel?
-No era sino rubión -respondió Sancho.
-Pues yo te aseguro -dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizo
pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,
¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo
alguna ceremonia digna de tal carta, o qué hizo?
-Cuando yo se la iba a dar -respondió Sancho-, ella estaba en la
fuga del meneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba,
y díjome: ''Poned, amigo, esa carta sobre aquel costal, que no
la puedo leer
hasta que acabe de acribar todo lo que aquí está''.
-¡Discreta señora! -dijo don Quijote-. Eso debió de
ser por leerla despacio y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en
tanto que estaba en su menester, ¿qué coloquios pasó
contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú,
¿qué le respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no se
te quede en el tintero una mínima.
-Ella no me preguntó nada -dijo Sancho-, mas yo le dije de la manera
que vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo
de la cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje,
durmiendo en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba,
llorando y maldiciendo su fortuna.
-En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal -dijo don Quijote-,
porque antes la bendigo y bendeciré todos los días de mi
vida, por haberme hecho digno de merecer amar tan alta señora como
Dulcinea del Toboso.
-Tan alta es -respondió Sancho-, que a buena fe que me lleva a
mí más de un coto.
-Pues, ¿cómo, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Haste
medido tú con ella?
-Medíme en esta manera -respondió Sancho-: que, llegándole
a ayudar a poner un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos
que eché de ver que me llevaba más de un gran palmo.
-Pues ¡es verdad -replicó don Quijote- que no acompaña
esa grandeza y la adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no
me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no
sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática, y un no sé
qué de bueno, que yo no acierto a dalle nombre? Digo, ¿un
tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún curioso guantero?
-Lo que sé decir -dijo Sancho- es que sentí un olorcillo
algo hombruno; y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio,
estaba sudada y algo correosa.
-No sería eso -respondió don Quijote-, sino que tú
debías de estar romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque
yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio
del campo, aquel ámbar desleído.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, que muchas veces sale de mí
aquel olor que entonces me pareció que salía de su merced
de la señora Dulcinea; pero no hay de qué maravillarse,
que un diablo parece a otro.
-Y bien -prosiguió don Quijote-, he aquí que acabó
de limpiar su trigo y de enviallo al molino. ¿Qué hizo cuando
leyó la carta?
-La carta -dijo Sancho- no la leyó, porque dijo que no sabía
leer ni escribir; antes, la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo
que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el
lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra
acerca del amor que vuestra merced le tenía y de la penitencia
extraordinaria que por su causa quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo
que dijese a vuestra merced que le besaba las manos, y que allí
quedaba con más deseo de verle que de escribirle; y que, así,
le suplicaba y mandaba que, vista la presente, saliese de aquellos matorrales
y se dejase de hacer disparates, y se pusiese luego luego en camino del
Toboso, si otra cosa de más importancia no le sucediese, porque
tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Rióse mucho cuando
le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la Triste Figura.
Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de
marras; díjome que sí, y que era un hombre muy de bien.
También le pregunté por los galeotes, mas díjome
que no había visto hasta entonces alguno.
-Todo va bien hasta agora -dijo don Quijote-. Pero dime: ¿qué
joya fue la que te dio, al despedirte, por las nuevas que de mí
le llevaste? Porque es usada y antigua costumbre entre los caballeros
y damas andantes dar a los escuderos, doncellas o enanos que les llevan
nuevas, de sus damas a ellos, a ellas de sus andantes, alguna rica joya
en albricias,
en agradecimiento de su recado.
-Bien puede eso ser así, y yo la tengo por buena usanza; pero eso
debió de ser en los tiempos pasados, que ahora sólo se debe
de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me
dio mi señora Dulcinea, por las bardas de un corral, cuando della
me despedí; y aun, por más señas, era el queso ovejuno.
-Es liberal en estremo -dijo don Quijote-, y si no te dio joya de oro,
sin duda debió de ser porque no la tendría allí a
la mano para dártela; pero buenas son mangas después de
Pascua: yo la veré, y se satisfará todo. ¿Sabes de
qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste
por los aires, pues poco más de tres días has tardado en
ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá
más de treinta leguas; por lo cual me doy a entender que aquel
sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo (porque
por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena que yo no sería buen
caballero andante); digo que este tal te debió de ayudar a caminar,
sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge a
un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o
en qué manera, amanece otro día más de mil leguas
de donde anocheció. Y si no fuese por esto, no se podrían
socorrer en sus peligros los caballeros andantes unos a otros, como se
socorren a cada paso. Que acaece estar uno peleando en las sierras de
Armenia con algún endriago, o con algún fiero vestiglo,
o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está
ya a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acullá,
encima de una nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo,
que poco antes se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la
muerte, y a la noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y
suele haber de la una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto
se hace por industria y sabiduría destos sabios encantadores que
tienen cuidado destos valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho,
no se me hace dificultoso creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido
desde este lugar al del Toboso, pues, como tengo dicho, algún sabio
amigo te debió de llevar en volandillas, sin que tú lo sintieses.
-Así sería -dijo Sancho-; porque a buena fe que andaba Rocinante
como si fuera asno de gitano con azogue en los oídos.
-Y ¡cómo si llevaba azogue! -dijo don Quijote-, y aun una
legión de demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin
cansarse, todo aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué
te parece a ti que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora
me manda que la vaya a ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir
su mandamiento, véome también imposibilitado del don que
he prometido a la princesa que con nosotros viene, y fuérzame la
ley de caballería a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por
una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi señora; por otra,
me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar en esta
empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar apriesa y llegar
presto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré
la cabeza, y pondré a la princesa pacíficamente en su estado,
y al punto daré la vuelta a ver a la luz que mis sentidos alumbra,
a la cual daré tales disculpas que ella venga a tener por buena
mi tardanza, pues verá que todo redunda en aumento de su gloria
y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y alcanzare por las armas
en esta vida, toda me viene del favor que ella me da y de ser yo suyo.
-¡Ay -dijo Sancho-, y cómo está vuestra merced lastimado
de esos cascos! Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra
merced caminar este camino en balde, y dejar pasar y perder un tan rico
y tan principal casamiento como éste, donde le dan en dote un reino,
que a buena verdad que he oído decir que tiene más de veinte
mil leguas de contorno, y que es abundantísimo de todas las cosas
que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es mayor
que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga vergüenza
de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cásese
luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está
nuestro licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo
edad para dar consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que
más vale pájaro en mano que buitre volando, porque quien
bien tiene y mal escoge,
por bien que se enoja no se venga.
-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: si el consejo que me das
de que me case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga
cómodo para hacerte mercedes y darte lo prometido, hágote
saber que sin casarme podré cumplir tu deseo muy fácilmente,
porque yo sacaré de adahala, antes de entrar en la batalla, que,
saliendo vencedor della, ya que no me case, me han de dar una parte del
reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere; y, en dándomela,
¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?
-Eso está claro -respondió Sancho-, pero mire vuestra merced
que la escoja hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda,
pueda embarcar mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho.
Y vuestra merced no se cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea,
sino váyase a matar al gigante, y concluyamos este negocio; que
por Dios que se me asienta que ha de ser de mucha honra y de mucho provecho.
-Dígote, Sancho -dijo don Quijote-, que estás en lo cierto,
y que habré de tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa
que a ver a Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a
los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado;
que, pues Dulcinea es tan recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos,
no será bien que yo, ni otro por mí, los descubra.
-Pues si eso es así -dijo Sancho-, ¿cómo hace vuestra
merced que todos los que vence por su brazo se vayan a presentar ante
mi señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre que la quiere
bien y que es su enamorado? Y, siendo forzoso que los que fueren se han
de ir a hincar de finojos ante su presencia, y decir que van de parte
de vuestra merced a dalle la obediencia, ¿cómo se pueden
encubrir los pensamientos de entrambos?
-¡Oh, qué necio y qué simple que eres! -dijo don Quijote-.
¿Tú no ves, Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento?
Porque has de saber que en este nuestro estilo de caballería es
gran honra tener una dama muchos caballeros andantes que la sirvan, sin
que se estiendan más sus pensamientos que a servilla, por sólo
ser ella quien es, sin esperar otro premio de sus muchos y buenos deseos,
sino que ella se contente de acetarlos por sus caballeros.
-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oído yo predicar que se
ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva
esperanza de gloria o temor de pena. Aunque yo le querría amar
y servir por lo que pudiese.
-¡Válate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qué
de discreciones dices a las veces! No parece sino que has estudiado.
-Pues a fe mía que no sé leer -respondió Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que
querían detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba.
Detúvose don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya estaba
cansado de mentir tanto y temía no le cogiese su amo a palabras;
porque, puesto que él sabía que Dulcinea era una labradora
del Toboso, no la había visto en toda su vida.
Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea
traía cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían
mucha ventaja a los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y
con lo que el cura se acomodó en la venta satisficieron, aunque
poco, la mucha hambre que todos traían.
Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que
iba de camino, el cual, poniéndose a mirar con mucha atención
a los que en la fuente estaban, de allí a poco arremetió
a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,
comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:
-¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced?
Pues míreme bien, que yo soy aquel mozo Andrés que quitó
vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió
a los que allí estaban y dijo:
-Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballeros
andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él
se hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan
vuestras mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque,
oí unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida
y menesterosa; acudí luego, llevado de mi obligación, hacia
la parte donde me pareció que las lamentables voces sonaban, y
hallé atado a una encina a este muchacho que ahora está
delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo que
no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina,
desnudo del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con
las riendas de una yegua un villano, que después supe que era amo
suyo; y, así como yo le vi, le pregunté la causa de tan
atroz vapulamiento; respondió el zafio que le azotaba porque era
su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían más
de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ''Señor,
no me azota sino porque le pido mi salario''. El amo replicó no
sé qué arengas y disculpas, las cuales, aunque de mí
fueron oídas, no fueron admitidas. En resolución, yo le
hice desatar, y tomé juramento al villano de que le llevaría
consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No
es verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto
imperio se lo mandé, y con cuánta humildad prometió
de hacer todo cuanto yo le impuse, y notifiqué y quise? Responde;
no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasó a estos señores,
porque se vea y considere ser del provecho
que digo haber caballeros andantes por los caminos.
-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondió
el muchacho-,
pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra
merced se imagina.
-¿Cómo al revés? -replicó don Quijote-; luego,
¿no te pagó el villano?
-No sólo no me pagó -respondió el muchacho-, pero,
así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me
volvió a atar a la mesma encina, y me dio de nuevo tantos azotes
que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y, a cada azote
que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla
de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que
decía. En efeto: él me paró tal, que hasta ahora
he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces
me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera
su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera
en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de
azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas, como
vuestra merced le deshonró tan sin propósito y le dijo tantas
villanías, encendiósele la cólera, y, como no la
pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre
mí el nublado, de modo que me parece que no seré más
hombre en toda mi vida.
-El daño estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de allí; que
no me había de ir hasta dejarte pagado, porque bien debía
yo de saber, por luengas experiencias, que no hay villano que guarde palabra
que tiene, si él vee que no le está bien guardalla. Pero
ya te acuerdas, Andrés, que yo juré que si no te pagaba,
que había de ir a buscarle, y que le había de hallar, aunque
se escondiese en el vientre de la ballena.
-Así es la verdad -dijo Andrés-, pero no aprovechó
nada.
-Ahora verás si aprovecha -dijo don Quijote.
Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho
que enfrenase a Rocinante,
que estaba paciendo en tanto que ellos comían.
Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él
le respondió que quería ir a buscar al villano y castigalle
de tan mal término, y hacer pagado a Andrés hasta el último
maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanos hubiese en el
mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía,
conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar
la suya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno,
que sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino.
-Así es verdad -respondió don Quijote-, y es forzoso que
Andrés tenga paciencia hasta la vuelta, como vos, señora,
decís; que yo le torno a jurar y a prometer de nuevo de no parar
hasta hacerle vengado y pagado.
-No me creo desos juramentos -dijo Andrés-; más quisiera
tener agora con qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del
mundo: déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve, y quédese
con Dios su merced y todos los caballeros andantes; que tan bien andantes
sean ellos para consigo como lo han sido para conmigo.
Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y,
dándoselo al mozo, le dijo:
-Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de
vuestra desgracia.
-Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? -preguntó Andrés.
-Esta parte de queso y pan que os doy -respondió Sancho-, que Dios
sabe si me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los
escuderos de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y
a mala ventura,
y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba
otra cosa, abajó su cabeza y tomó el camino en las manos,
como suele decirse. Bien es verdad que, al partirse, dijo a don Quijote:
-Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me
encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino
déjeme con mi desgracia; que no será tanta, que no sea mayor
la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga,
y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo.
Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se
puso a correr de modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó
corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester
que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no
acaballe de correr del todo.
CAPÍTULO XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta
a toda la cuadrilla de don Quijote
Acabóse la buena comida, ensillaron
luego, y, sin que les sucediese cosa digna de contar, llegaron otro día
a la venta, espanto y asombro de Sancho Panza; y, aunque él quisiera
no entrar en ella, no lo pudo huir. La ventera, ventero, su hija y Maritornes,
que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recebir con
muestras de mucha alegría, y él las recibió con grave
continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro mejor lecho
que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que
como la pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes.
Don Quijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron
uno razonable en el mismo caramanchón de marras, y él se
acostó luego, porque venía muy quebrantado y falto de juicio.
No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió
al barbero, y, asiéndole de la barba, dijo:
-Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más
de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de
mi marido por esos suelos, que es vergüenza; digo, el peine, que
solía yo colgar de mi buena cola.
No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba,
hasta que el licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester
más usar de aquella industria, sino que se descubriese y mostrase
en su misma forma, y dijese a don Quijote que cuando le despojaron los
ladrones galeotes se habían venido a aquella venta huyendo; y que
si preguntase por el escudero de la princesa, le dirían que ella
le había enviado adelante a dar aviso a los de su reino como ella
iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con esto, dio de buena gana
la cola a la ventera el barbero, y asimismo le volvieron todos los adherentes
que había prestado para la libertad de don Quijote. Espantáronse
todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y aun del buen talle
del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de comer de lo que
en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor paga,
con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto
dormía don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque
más provecho le haría por entonces el dormir que el comer.
Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,
Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote
y del modo que le habían hallado. La huéspeda les contó
lo que con él y con el arriero les había acontecido, y,
mirando si acaso estaba allí Sancho, como no le viese, contó
todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto recibieron. Y, como el
cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había
leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:
-No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que
yo entiendo, no hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí
dos o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la
vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. Porque, cuando
es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores,
y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en
las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí
sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes
que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que
querría estar oyéndolos noches y días.
-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen
rato en mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que
estáis tan embobado, que no os acordáis de reñir
por entonces.
-Así es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo también
gusto mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más,
cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos
naranjos abrazada con su caballero, y que les está una dueña
haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto.
Digo que todo esto es cosa de mieles.
-Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el
cura, hablando con la hija del ventero.
-No sé, señor, en mi ánima -respondió ella-;
también yo lo escucho, y en verdad que, aunque no lo entiendo,
que recibo gusto en oíllo; pero no gusto yo de los golpes de que
mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando
están ausentes de sus señoras: que en verdad que algunas
veces me hacen llorar de compasión que les tengo.
-Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella
-dijo Dorotea-, si por vos lloraran?
-No sé lo que me hiciera -respondió la moza-; sólo
sé que hay algunas señoras de aquéllas tan crueles,
que las llaman sus caballeros tigres y leones y otras mil inmundicias.
Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla
tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,
le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué
es tanto melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos,
que ellos no desean otra cosa.
-Calla, niña -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas
cosas, y no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.
-Como me lo pregunta este señor -respondió ella-, no pude
dejar de respondelle.
-Ahora bien -dijo el cura-, traedme, señor huésped, aquesos
libros,
que los quiero ver.
-Que me place -respondió él.
Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja,
cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella
tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano.
El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia;
y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro, la Historia del Gran
Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida
de Diego García de Paredes. Así como el cura leyó
los dos títulos primeros, volvió el rostro al barbero y
dijo:
-Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.
-No hacen -respondió el barbero-, que también sé
yo llevallos al corral o a la chimenea;
que en verdad que hay muy buen fuego en ella.
-Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? -dijo
el ventero.
-No más -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el
de Felixmarte.
-Pues, ¿por ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o
flemáticos, que los quiere quemar?
-Cismáticos queréis decir, amigo -dijo el barbero-, que
no flemáticos.
-Así es -replicó el ventero-; mas si alguno quiere quemar,
sea ese del Gran Capitán y dese Diego García, que antes
dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno desotros.
-Hermano mío -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y
están llenos de disparates y devaneos; y este del Gran Capitán
es historia verdadera, y tiene los hechos de Gonzalo Hernández
de Córdoba, el cual, por sus muchas y grandes hazañas, mereció
ser llamado de todo el mundo Gran Capitán, renombre famoso y claro,
y dél sólo merecido. Y este Diego García de Paredes
fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Estremadura,
valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía
con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con
un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable
ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que,
como si él las cuenta y las escribe él asimismo, con la
modestia de caballero y de coronista propio, las escribiera otro, libre
y desapasionado, pusieran en su olvido las de los Hétores, Aquiles
y Roldanes.
-¡Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. ¡Mirad de
qué se espanta: de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora
había vuestra merced de leer lo que hizo Felixmarte de Hircania,
que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura,
como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los niños.
Y otra vez arremetió con un grandísimo y poderosísimo
ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos
mil soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató
a todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me
dirán del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente
y animoso como se verá en el libro, donde cuenta que, navegando
por un río, le salió de la mitad del agua una serpiente
de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre
ella, y se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó
con ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente
que la iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del
río, llevándose tras sí al caballero, que nunca la
quiso soltar? Y, cuando llegaron allá bajo, se halló en
unos palacios y en unos jardines tan lindos que era maravilla; y luego
la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le dijo tantas de
cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si
oyese esto, se volvería loco de placer.
¡Dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García
que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
-Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de
don Quijote.
-Así me parece a mí -respondió Cardenio-, porque,
según da indicio, él tiene por cierto que todo lo que estos
libros cuentan pasó ni más ni menos que lo escriben, y no
le harán creer otra cosa frailes descalzos.
-Mirad, hermano -tornó a decir el cura-, que no hubo en el mundo
Felixmarte de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros
semejantes que los libros de caballerías cuentan, porque todo es
compostura y ficción de ingenios ociosos, que los compusieron para
el efeto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienen
leyéndolos vuestros segadores; porque realmente os juro que nunca
tales caballeros fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates
acontecieron en él.
-¡A otro perro con ese hueso! -respondió el ventero-. ¡Como
si yo no supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el
zapato! No piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no
soy nada blanco. ¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender
que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras,
estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como
si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira
junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que quitan el juicio!
-Ya os he dicho, amigo -replicó el cura-, que esto se hace para
entretener nuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente
en las repúblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez,
de pelota y de trucos, para entretener a algunos que ni tienen, ni deben,
ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y que haya tales
libros, creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante
que tenga por historia verdadera ninguna destos libros. Y si me fuera
lícito agora, y el auditorio lo requiriera, yo dijera cosas acerca
de lo que han de tener los libros de caballerías para ser buenos,
que quizá fueran de provecho y aun de gusto para algunos; pero
yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar con quien
pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, lo
que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con
sus verdades o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no
cojeéis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote.
-Eso no -respondió el ventero-, que no seré yo tan loco
que me haga caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que
se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos
famosos caballeros.
A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó
muy confuso y pensativo de lo que había oído decir que ahora
no se usaban caballeros andantes, y que todos los libros de caballerías
eran necedades y mentiras, y propuso en su corazón de esperar en
lo que paraba aquel viaje de su amo, y que si no salía con la felicidad
que él pensaba, determinaba de dejalle y volverse con su mujer
y sus hijos a su acostumbrado trabajo.
Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:
-Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena
letra están escritos.
Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta
obra de ocho pliegos escritos de mano, y al principio tenían un
título grande que decía: Novela del curioso impertinente.
Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y dijo:
-Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me viene
voluntad de leella toda.
A lo que respondió el ventero:
-Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos
huéspedes que aquí la han leído les ha contentado
mucho, y me la han pedido con muchas veras; mas yo no se la he querido
dar, pensando volvérsela a quien aquí dejó esta maleta
olvidada con estos libros y esos papeles; que bien puede ser que vuelva
su dueño por aquí algún tiempo, y, aunque sé
que me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que,
aunque ventero, todavía soy cristiano.
-Vos tenéis mucha razón, amigo -dijo el cura-, mas, con
todo eso, si la novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.
-De muy buena gana -respondió el ventero.
Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela
y comenzado a leer en ella; y, pareciéndole lo mismo que al cura,
le rogó que la leyese de modo que todos la oyesen.
-Sí leyera -dijo el cura-, si no fuera mejor gastar este tiempo
en dormir que en leer.
-Harto reposo será para mí -dijo Dorotea- entretener el
tiempo oyendo algún cuento, pues aún no tengo el espíritu
tan sosegado que me conceda dormir cuando fuera razón.
-Pues desa manera -dijo el cura-, quiero leerla, por curiosidad siquiera;
quizá tendrá alguna de gusto.
Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también;
lo cual visto del cura, y entendiendo que a todos daría gusto y
él le recibiría, dijo:
-Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza
desta manera:
CAPÍTULO XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso
impertinente
«En Florencia, ciudad rica y
famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, vivían Anselmo
y Lotario, dos ca[ba]lleros ricos y principales, y tan amigos que, por
excelencia y antonomasia, de todos los que los conocían los dos
amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de unas
mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con recíproca
amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era algo más
inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual llevaban
tras sí los de la caza; pero, cuando se ofrecía, dejaba
Anselmo de acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba
los suyos por acudir a los de Anselmo; y, desta manera, andaban tan a
una sus voluntades, que no había concertado reloj que así
lo anduviese.
»Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa
de la misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por sí,
que se determinó, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual
ninguna cosa hacía, de pedilla por esposa a sus padres, y así
lo puso en ejecución; y el que llevó la embajada fue Lotario,
y el que concluyó el negocio tan a gusto de su amigo, que en breve
tiempo se vio puesto en la posesión que deseaba, y Camila tan contenta
de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias
al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le había venido.
»Los primeros días, como todos los de boda suelen ser alegres,
continuó Lotario, como solía, la casa de su amigo Anselmo,
procurando honralle, festejalle y regocijalle con todo aquello que a él
le fue posible; pero, acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de
las visitas y parabienes, comenzó Lotario a descuidarse con cuidado
de las idas en casa de Anselmo, por parecerle a él -como es razón
que parezca a todos los que fueren discretos- que no se han de visitar
ni continuar las casas de los amigos casados de la misma manera que cuando
eran solteros; porque, aunque la buena y verdadera amistad no puede ni
debe de ser sospechosa en nada, con todo esto, es tan delicada la honra
del casado, que parece que se puede ofender aun de los mesmos hermanos,
cuanto más de los amigos.
»Notó Anselmo la remisión de Lotario, y formó
dél quejas grandes, diciéndole que si él supiera
que el casarse había de ser parte para no comunicalle como solía,
que jamás lo hubiera hecho, y que si, por la buena correspondencia
que los dos tenían mientras él fue soltero, habían
alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que
no permitiese, por querer hacer del circun[s]pecto, sin otra ocasión
alguna, que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que así,
le suplicaba, si era lícito que tal término de hablar se
usase entre ellos, que volviese a ser señor de su casa, y a entrar
y salir en ella como de antes, asegurándole que su esposa Camila
no tenía otro gusto ni otra voluntad que la que él quería
que tuviese, y que, por haber sabido ella con cuántas veras los
dos se amaban, estaba confusa de ver en él tanta esquiveza.
»A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario
para persuadille volviese como solía a su casa, respondió
Lotario con tanta prudencia, discreción y aviso, que Anselmo quedó
satisfecho de la buena intención de su amigo, y quedaron de concierto
que dos días en la semana y las fiestas fuese Lotario a comer con
él; y, aunque esto quedó así concertado entre los
dos, propuso Lotario de no hacer más de aquello que viese que más
convenía a la honra de su amigo, cuyo crédito est[im]aba
en más que el suyo proprio. Decía él, y decía
bien, que el casado a quien el cielo había concedido mujer hermosa,
tanto cuidado había de tener qué amigos llevaba a su casa
como en mirar con qué amigas su mujer conversaba, porque lo que
no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni en las fiestas
públicas, ni estaciones -cosas que no todas veces las han de negar
los maridos a sus mujeres-, se concierta y facilita en casa de la amiga
o la parienta de quien más satisfación se tiene.
»También decía Lotario que tenían necesidad
los casados de tener cada uno algún amigo que le advirtiese de
los descuidos que en su proceder hiciese, porque suele acontecer que con
el mucho amor que el marido a la mujer tiene, o no le advierte o no le
dice, por no enojalla, que haga o deje de hacer algunas cosas, que el
hacellas o no, le sería de honra o de vituperio; de lo cual, siendo
del amigo advertido, fácilmente pondría remedio en todo.
Pero, ¿dónde se hallará amigo tan discreto y tan
leal y verdadero como aquí Lotario le pide? No lo sé yo,
por cierto; sólo Lotario era éste, que con toda solicitud
y advertimiento miraba por la honra de su amigo y procuraba dezmar, frisar
y acortar los días del concierto del ir a su casa, porque no pareciese
mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y maliciosos la entrada de
un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las buenas partes que él
pensaba que tenía, en la casa de una mujer tan hermosa como Camila;
que, puesto que su bondad y valor podía poner freno a toda maldiciente
lengua, todavía no quería poner en duda su crédito
ni el de su amigo, y por esto los más de los días del concierto
los ocupaba y entretenía en otras cosas, que él daba a entender
ser inexcusables. Así que, en quejas del uno y disculpas del otro
se pasaban muchos ratos y partes del día.
»Sucedió, pues, que uno que los dos se andaban paseando por
un prado fuera de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones:
»-Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho
en hacerme hijo de tales padres como fueron los míos y al darme,
no con mano escasa, los bienes, así los que llaman de naturaleza
como los de fortuna, no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue
al bien recebido, y sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila
por mujer propria: dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo,
en el que puedo. Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con
que los hombres suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el más
despechado y el más desabrido hombre de todo el universo mundo;
porque no sé qué días a esta parte me fatiga y aprieta
un deseo tan estraño, y tan fuera del uso común de otros,
que yo me maravillo de mí mismo, y me culpo y me riño a
solas, y procuro callarlo y encub[r]irlo de mis proprios pensamientos;
y así me ha sido posible salir con este secreto como si de industria
procurara decillo a todo el mundo. Y, pues que, en efeto, él ha
de salir a plaza,quiero que sea en la del archivo de tu secreto, confiado
que, con él y con la diligencia que pondrás, como mi amigo
verdadero, en remediarme, yo me veré presto libre de la angustia
que me causa, y llegará mi alegría por tu solicitud al grado
que ha llegado mi descontento por mi locura.
»Suspenso tenían a Lotario las razones de Anselmo, y no sabía
en qué había de parar tan larga prevención o preámbulo;
y, aunque iba revolviendo en su imaginación qué deseo podría
ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio siempre muy lejos del blanco
de la verdad; y, por salir presto de la agonía que le causaba aquella
suspensión, le dijo que hacía notorio agravio a su mucha
amistad en andar buscando rodeos para decirle sus más encubiertos
pensamientos, pues tenía cierto que se podía prometer dél,
o ya consejos para entretenellos, o ya remedio para cumplillos.
»-Así es la verdad -respondió Anselmo-, y con esa
confianza te hago saber, amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es
pensar si Camila, mi esposa, es tan buena y tan perfeta como yo pienso;
y no puedo enterarme en esta verdad, si no es probándola de manera
que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra
los del oro. Porque yo tengo para mí, ¡oh amigo!, que no
es una mujer más buena de cuanto es o no es solicitada, y que aquella
sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las dádivas, a
las lágrimas y a las continuas importunidades de los solícitos
amantes. Porque, ¿qué hay que agradecer -decía él-
que una mujer sea buena, si nadie le dice que sea mala? ¿Qué
mucho que esté recogida y temerosa la que no le dan ocasión
para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en cogiéndola
en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ansí que,
la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener
en aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que
salió con la corona del vencimiento. De modo que, por estas razones
y por otras muchas que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la
opinión que tengo, deseo que Camila, mi esposa, pase por estas
dificultades y se acrisole y quilate en el fuego de verse requerida y
solicitada, y de quien tenga valor para poner en ella sus deseos; y si
ella sale, como creo que saldrá, con la palma desta batalla, tendré
yo por sin igual mi ventura; podré yo decir que está colmo
el vacío de mis deseos; diré que me cupo en suerte la mujer
fuerte, de quien el Sabio dice que ¿quién la hallará?
Y, cuando esto suceda al revés de lo que pienso, con el gusto de
ver que acerté en mi opinión, llevaré sin pena la
que de razón podrá causarme mi tan costosa experiencia.
Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi
deseo ha de ser de algún provecho para dejar de ponerle por la
obra, quiero, ¡oh amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento
que labre aquesta obra de mi gusto; que yo te daré lugar para que
lo hagas, sin faltarte todo aquello que yo viere ser necesario para solicitar
a una mujer honesta, honrada, recogida y desinteresada. Y muéveme,
entre otras cosas, a fiar de ti esta tan ardua empresa, el ver que si
de ti es vencida Camila, no ha de llegar el vencimiento a todo trance
y rigor, sino a sólo a tener por hecho lo que se ha de hacer, por
buen respeto; y así, no quedaré yo ofendido más de
con el deseo, y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu
silencio, que bien sé que en lo que me tocare ha de ser eterno
como el de la muerte. Así que, si quieres que yo tenga vida que
pueda decir que lo es, desde luego has de entrar en esta amorosa batalla,
no tibia ni perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que
mi deseo pide, y con la confianza que nuestra amistad me asegura.
ȃstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas
las cuales estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas
que le dijo, no desplegó sus labios hasta que hubo acabado; y,
viendo que no decía más, después que le estuvo mirando
un buen espacio, como si mirara otra cosa que jamás hubiera visto,
que le causara admiración y espanto, le dijo:
»-No me puedo persuadir, ¡oh amigo Anselmo!, a que no sean
burlas las cosas que me has dicho; que, a pensar que de veras las decías,
no consintiera que tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera
tu larga arenga. Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te
conozco. Pero no; que bien sé que eres Anselmo, y tú sabes
que yo soy Lotario; el daño está en que yo pienso que no
eres el Anselmo que solías, y tú debes de haber pensado
que tampoco yo soy el Lotario que debía ser, porque las cosas que
me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se
han de pedir a aquel Lotario que tú conoces; porque los buenos
amigos han de probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta,
usque ad aras; que quiso decir que no se habían de valer de su
amistad en cosas que fuesen contra Dios. Pues, si esto sintió un
gentil de la amistad, ¿cuánto mejor es que lo sienta el
cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la amistad divina?
Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte los respetos
del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas ligeras
y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida de
su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo: ¿cuál destas
dos cosas tienes en peligro para que yo me aventure a complacerte y a
hacer una cosa tan detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes,
me pides, según yo entiendo, que procure y solicite quitarte la
honra y la vida, y quitármela a mí juntamente. Porque si
yo he de procurar quitarte la honra, claro está que te quito la
vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y, siendo yo el
instrumento, como tú quieres que lo sea, de tanto mal tuyo, ¿no
vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida? Escucha,
amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe de decirte
lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo; que tiempo
quedará para que tú me repliques y yo te escuche.
»-Que me place -dijo Anselmo-: di lo que quisieres.
»Y Lotario prosiguió diciendo:
»-Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora
el ingenio como el que siempre tienen los moros, a los cuales no se les
puede dar a entender el error de su secta con las acotaciones de la Santa
Escritura, ni con razones que consistan en especulación del entendimiento,
ni que vayan fundadas en artículos de fe, sino que les han de traer
ejemplos palpables, fáciles, intelegibles, demonstrativos, indubitables,
con demostraciones matemáticas que no se pueden negar, como cuando
dicen: "Si de dos partes iguales quitamos partes iguales, las que
quedan también son iguales"; y, cuando esto no entiendan de
palabra, como, en efeto, no lo entienden, háseles de mostrar con
las manos y ponérselo delante de los ojos, y, aun con todo esto,
no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra religión.
Y este mesmo término y modo me convendrá usar contigo, porque
el deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le
quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena
de tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo,
la cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte.
Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tú no me has dicho
que tengo de solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer
a una desinteresada, servir a una prudente? Sí que me lo has dicho.
Pues si tú sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada
y prudente, ¿qué buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos
ha de salir vencedora, como saldrá sin duda, ¿qué
mejores títulos piensas darle después que los que ahora
tiene, o qué será más después de lo que es
ahora? O es que tú no la tienes por la que dices, o tú no
sabes lo que pides. Si no la tienes por lo que dices, ¿para qué
quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo que más te
viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente cosa será
hacer experiencia de la mesma verdad, pues, después de hecha, se
ha de quedar con la estimación que primero tenía. Así
que, es razón concluyente que el intentar las cosas de las cuales
antes nos puede suceder daño que provecho es de juicios sin discurso
y temerarios, y más cuando quieren intentar aquellas a que no son
forzados ni compelidos, y que de muy lejos traen descubierto que el intentarlas
es manifiesta locura. Las cosas dificultosas se intentan por Dios, o por
el mundo, o por entrambos a dos: las que se acometen por Dios son las
que acometieron los santos, acometiendo a vivir vida de ángeles
en cuerpos humanos; las que se acometen por respeto del mundo son las
de aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta diversidad de climas,
tanta estrañeza de gentes, por adquirir estos que llaman bienes
de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el mundo juntamente son
aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en el contrario muro
abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una redonda bala de
artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer discurso
ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en vuelo de
las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su
rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas
muertes que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y
es honra, gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes
y peligros. Pero la que tú dices que quieres intentar y poner por
obra, ni te ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama
con los hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has
de quedar ni más ufano, ni más rico, ni más honrado
que estás ahora; y si no sales, te has de ver en la mayor miseria
que imaginarse pueda, porque no te ha de aprovechar pensar entonces que
no sabe nadie la desgracia que te ha sucedido, porque bastará para
afligirte y deshacerte que la sepas tú mesmo. Y, para confirmación
desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el famoso poeta Luis
Tansilo, en el fin de su primera parte de Las lágrimas de San Pedro,
que dice así:
Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando el día se ha mostrado;
y, aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mesmo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza
no sólo ha de moverle el ser mirado;
que de sí se avergüenza cuando yerra,
si bien otro no vee que cielo y tierra.
Así que, no escusarás
con el secreto tu dolor; antes, tendrás que llorar contino, si
no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del corazón,
como las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que
hizo la prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escusó de
hacerla el prudente Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficción
poética, tiene en sí encerrados secretos morales dignos
de ser advertidos y entendidos e imitados. Cuanto más que, con
lo que ahora pienso decirte, acabarás de venir en conocimiento
del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo, si el cielo, o la
suerte buena, te hubiera hecho señor y legítimo posesor
de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de común
parecer dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía
estender la naturaleza de tal piedra, y tú mesmo lo creyeses así,
sin saber otra cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese
en deseo de tomar aquel diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo,
y allí, a pura fuerza de golpes y brazos, probar si es tan duro
y tan fino como dicen? Y más, si lo pusieses por obra; que, puesto
caso que la piedra hiciese resistencia a tan necia prueba, no por eso
se le añadiría más valor ni más fama; y si
se rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería
todo? Sí, por cierto, dejando a su dueño en estimación
de que todos le tengan por simple. Pues haz cuenta, Anselmo amigo, que
Camila es fínisimo diamante, así en tu estimación
como en la ajena, y que no es razón ponerla en contingencia de
que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir
a más valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese,
considera desde ahora cuál quedarías sin ella, y con cuánta
razón te podrías quejar de ti mesmo, por haber sido causa
de su perdición y la tuya. Mira que no hay joya en el mundo que
tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el honor de las
mujeres consiste en la opinión buena que dellas se tiene; y, pues
la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, ¿para
qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer
es animal imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece
y caiga, sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente,
para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfeción que
le falta, que consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el
arminio es un animalejo que tiene una piel blanquísima, y que cuando
quieren cazarle, los cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las
partes por donde suele pasar y acudir, las atajan con lodo, y después,
ojeándole, le encaminan hacia aquel lugar, y así como el
arminio llega al lodo, se está quedo y se deja prender y cautivar,
a trueco de no pasar por el cieno y perder y ensuciar su blancura, que
la estima en más que la libertad y la vida. La honesta y casta
mujer es arminio, y es más que nieve blanca y limpia la virtud
de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la guarde
y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio se
tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y servicios
de los importunos amantes, porque quizá, y aun sin quizá,
no tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por sí mesma atropellar
y pasar por aquellos embarazos, y es necesario quitárselos y ponerle
delante la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en sí
la buena fama. Es asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente
y claro; pero está sujeto a empañarse y escurecerse con
cualquiera aliento que le toque. Hase de usar con la honesta mujer el
estilo que con las reliquias: adorarlas y no tocarlas. Hase de guardar
y estimar la mujer buena como se guarda y estima un hermoso jardín
que está lleno de flores y rosas, cuyo dueño no consiente
que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre las
verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente, quiero
decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los oí
en una comedia moderna, que me parece que hacen al propósito de
lo que vamos tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una
doncella, que la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones,
le dijo éstas:
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo:
que si hay Dánaes en el mundo,
hay pluvias de oro también.
Cuanto hasta aquí te he dicho,
¡oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te toca; y ahora es bien que
se oiga algo de lo que a mí me conviene; y si fuere largo, perdóname,
que todo lo requiere el laberinto donde te has entrado y de donde quieres
que yo te saque. Tú me tienes por amigo y quieres quitarme la honra,
cosa que es contra toda amistad; y aun no sólo pretendes esto,
sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la quieres quitar a
mí está claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito,
como me pides, cierto está que me ha de tener por hombre sin honra
y mal mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el
ser quien soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la quite a
ti no hay duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar
que yo he visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle
mi mal deseo; y, teniéndose por deshonrada, te toca a ti, como
a cosa suya, su mesma deshonra. Y de aquí nace lo que comúnmente
se platica: que el marido de la mujer adúltera, puesto que él
no lo sepa ni haya dado ocasión para que su mujer no sea la que
debe, ni haya sido en su mano, ni en su descuido y poco recato estorbar
su desgracia, con todo, le llaman y le nombran con nombre de vituperio
y bajo; y en cierta manera le miran, los que la maldad de su mujer saben,
con ojos de menosprecio, en cambio de mirarle con los de lástima,
viendo que no por su culpa, sino por el gusto de su mala compañera,
está en aquella desventura. Pero quiérote decir la causa
por que con justa razón es deshonrado el marido de la mujer mala,
aunque él no sepa que lo es, ni tenga culpa, ni haya sido parte,
ni dado ocasión, para que ella lo sea. Y no te canses de oírme,
que todo ha de redundar en tu provecho. Cuando Dios crió a nuestro
primero padre en el Paraíso terrenal, dice la Divina Escritura
que infundió Dios sueño en Adán, y que, estando durmiendo,
le sacó una costilla del lado siniestro, de la cual formó
a nuestra madre Eva; y, así como Adán despertó y
la miró, dijo: ''Ésta es carne de mi carne y hueso de mis
huesos''. Y Dios dijo: ''Por ésta dejará el hombre a su
padre y madre, y serán dos en una carne misma''. Y entonces fue
instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos que sola
la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud este milagroso
sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una mesma carne;
y aún hace más en los buenos casados, que, aunque tienen
dos almas, no tienen más de una voluntad. Y de aquí viene
que, como la carne de la esposa sea una mesma con la del esposo, las manchas
que en ella caen, o los defectos que se procura, redundan en la carne
del marido, aunque él no haya dado, como queda dicho, ocasión
para aquel daño. Porque, así como el dolor del pie o de
cualquier miembro del cuerpo humano le siente todo el cuerpo, por ser
todo de una carne mesma, y la cabeza siente el daño del tobillo,
sin que ella se le haya causado, así el marido es participante
de la deshonra de la mujer, por ser una mesma cosa con ella. Y como las
honras y deshonras del mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y
las de la mujer mala sean deste género, es forzoso que al marido
le quepa parte dellas, y sea tenido por deshonrado sin que él lo
sepa. Mira, pues, ¡oh Anselmo!, al peligro que te pones en querer
turbar el sosiego en que tu buena esposa vive. Mira por cuán vana
e impertinente curiosidad quieres revolver los humores que ahora están
sosegados en el pecho de tu casta esposa. Advierte que lo que aventuras
a ganar es poco, y que lo que perderás será tanto que lo
dejaré en su punto, porque me faltan palabras para encarecerlo.
Pero si todo cuanto he dicho no basta a moverte de tu mal propósito,
bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura, que yo
no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor pérdida
que imaginar puedo.
»Calló, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario,
y Anselmo quedó tan confuso y pensativo que por un buen espacio
no le pudo responder palabra; pero, en fin, le dijo:
»-Con la atención que has visto he escuchado, Lotario amigo,
cuanto has querido decirme, y en tus razones, ejemplos y comparaciones
he visto la mucha discreción que tienes y el estremo de la verdadera
amistad que alcanzas; y ansimesmo veo y confieso que si no sigo tu parecer
y me voy tras el mío, voy huyendo del bien y corriendo tras el
mal. Prosupuesto esto, has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad
que suelen tener algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso,
carbón y otras cosas peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto
más para comerse; así que, es menester usar de algún
artificio para que yo sane, y esto se podía hacer con facilidad,
sólo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a solicitar
a Camila, la cual no ha de ser tan tierna que a los primeros encuentros
dé con su honestidad por tierra; y con solo este principio quedaré
contento y tú habrás cumplido con lo que debes a nuestra
amistad, no solamente dándome la vida, sino persuadiéndome
de no verme sin honra. Y estás obligado a hacer esto por una razón
sola; y es que, estando yo, como estoy, determinado de poner en plática
esta prueba, no has tú de consentir que yo dé cuenta de
mi desatino a otra persona, con que pondría en aventura el honor
que tú procuras que no pierda; y, cuando el tuyo no esté
en el punto que debe en la intención de Camila en tanto que la
solicitares, importa poco o nada, pues con brevedad, viendo [en] ella
la entereza que esperamos, le podrás decir la pura verdad de nuestro
artificio, con que volverá tu crédito al ser primero. Y,
pues tan poco aventuras y tanto contento me puedes dar aventurándote,
no lo dejes de hacer, aunque más inconvenientes se te pongan delante,
pues, como ya he dicho, con sólo que comiences daré por
concluida la causa.
»Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y no sabiendo qué
más ejemplos traerle ni qué más razones mostrarle
para que no la siguiese, y viendo que le amenazaba que daría a
otro cuenta de su mal deseo, por evitar mayor mal, determinó de
contentarle y hacer lo que le pedía, con propósito e intención
de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar los pensamientos de Camila,
quedase Anselmo satisfecho; y así, le respondió que no comunicase
su pensamiento con otro alguno, que él tomaba a su cargo aquella
empresa, la cual comenzaría cuando a él le diese más
gusto. Abrazóle Anselmo tierna y amorosamente, y agradecióle
su ofrecimiento, como si alguna grande merced le hubiera hecho; y quedaron
de acuerdo entre los dos que desde otro día siguiente se comenzase
la obra; que él le daría lugar y tiempo como a sus solas
pudiese hablar a Camila, y asimesmo le daría dineros y joyas que
darla y que ofrecerla. Aconsejóle que le diese músicas,
que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando él no quisiese
tomar trabajo de hacerlos, él mesmo los haría. A todo se
ofreció Lotario, bien con diferente intención que Anselmo
pensaba.
»Y con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron
a Camila con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel día
tardaba en venir más de lo acostumbrado.
»Fuese Lotario a su casa, y Anselmo quedó en la suya, tan
contento como Lotario fue pensativo, no sabiendo qué traza dar
para salir bien de aquel impertinente negocio. Pero aquella noche pensó
el modo que tendría para engañar a Anselmo, sin ofender
a Camila; y otro día vino a comer con su amigo, y fue bien recebido
de Camila, la cual le recebía y regalaba con mucha voluntad, por
entender la buena que su esposo le tenía.
»Acabaron de comer, levantaron los manteles y Anselmo dijo a Lotario
que se quedase allí con Camila, en tanto que él iba a un
negocio forzoso, que dentro de hora y media volvería. Rogóle
Camila que no se fuese y Lotario se ofreció a hacerle compañía,
más nada aprovechó con Anselmo; antes, importunó
a Lotario que se quedase y le aguardase, porque tenía que tratar
con él una cosa de mucha importancia. Dijo también a Camila
que no dejase solo a Lotario en tanto que él volviese. En efeto,
él supo tan bien fingir la necesidad, o necedad, de su ausencia,
que nadie pudiera entender que era fingida. Fuese Anselmo, y quedaron
solos a la mesa Camila y Lotario, porque la demás gente de casa
toda se había ido a comer. Viose Lotario puesto en la estacada
que su amigo deseaba y con el enemigo delante, que pudiera vencer con
sola su hermosura a un escuadrón de caballeros armados: mirad si
era razón que le temiera Lotario.
»Pero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y
la mano abierta en la mejilla, y, pidiendo perdón a Camila del
mal comedimiento, dijo que quería reposar un poco en tanto que
Anselmo volvía. Camila le respondió que mejor reposaría
en el estrado que en la silla, y así, le rogó se entrase
a dormir en él. No quiso Lotario, y allí se quedó
dormido hasta que volvió Anselmo, el cual, como halló a
Camila en su aposento y a Lotario durmiendo, creyó que, como se
había tardado tanto, ya habrían tenido los dos lugar para
hablar, y aun para dormir, y no vio la hora
en que Lotario despertase, para volverse con él fuera y preguntarle
de su ventura.
»Todo le sucedió como él quiso: Lotario despertó,
y luego salieron los dos de casa, y [a]sí, le preguntó lo
que deseaba, y le respondió Lotario que no le había parecido
ser bien que la primera vez se descubriese del todo; y así, no
había hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, diciéndole
que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y
discreción, y que éste le había parecido buen principio
para entrar ganando la voluntad, y disponiéndola a que otra vez
le escuchase con gusto, usando en esto del artificio que el demonio usa
cuando quiere engañar a alguno que está puesto en atalaya
de mirar por sí: que se transforma en ángel de luz, siéndolo
él de tinieblas, y, poniéndole delante apariencias buenas,
al cabo descubre quién es y sale con su intención, si a
los principios no es descubierto su engaño. Todo esto le contentó
mucho a Anselmo, y dijo que cada día daría el mesmo lugar,
aunque no saliese de casa, porque en ella se ocuparía en cosas
que Camila no pudiese venir en conocimiento de su artificio.
»Sucedió, pues, que se pasaron muchos días que, sin
decir Lotario palabra a Camila, respondía a Anselmo que la hablaba
y jamás podía sacar della una pequeña muestra de
venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una señal de sombra
de esperanza; antes, decía que le amenazaba que si de aquel mal
pensamiento no se quitaba, que lo había de decir a su esposo.
»-Bien está -dijo Anselmo-. Hasta aquí ha resistido
Camila a las palabras; es menester ver cómo resiste a las obras:
yo os daré mañana dos mil escudos de oro para que se los
ofrezcáis, y aun se los deis, y otros tantos para que compréis
joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas, y más
si son hermosas, por más castas que sean, a esto de traerse bien
y andar galanas; y si ella resiste a esta tentación, yo quedaré
satisfecho y no os daré más pesadumbre.
»Lotario respondió que ya que había comenzado, que
él llevaría hasta el fin aquella empresa, puesto que entendía
salir della cansado y vencido. Otro día recibió los cuatro
mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones, porque no sabía
qué decirse para mentir de nuevo; pero, en efeto, determinó
de decirle que Camila estaba tan entera a las dádivas y promesas
como a las palabras, y que no había para qué cansarse más,
porque todo el tiempo se gastaba en balde.
»Pero la suerte, que las cosas guiaba de otra manera, ordenó
que, habiendo dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces
solía, él se encerró en un aposento y por los agujeros
de la cerradura estuvo mirando y escuchando lo que los dos trataban, y
vio que en más de media hora Lotario no habló palabra a
Camila, ni se la hablara si allí estuviera un siglo, y cayó
en la cuenta de que cuanto su amigo le había dicho de las respuestas
de Camila todo era ficción y mentira. Y, para ver si esto era ansí,
salió del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le preguntó
qué nuevas había y de qué temple estaba Camila. Lotario
le respondió que no pensaba más darle puntada en aquel negocio,
porque respondía tan áspera y desabridamente, que no tendría
ánimo para volver a decirle cosa alguna.
»-¡Ah! -dijo Anselmo-, Lotario, Lotario, y cuán mal
correspondes a lo que me debes y a lo mucho que de ti confío! Ahora
te he estado mirando por el lugar que concede la entrada desta llave,
y he visto que no has dicho palabra a Camila, por donde me doy a entender
que aun las primeras le tienes por decir; y si esto es así, como
sin duda lo es, ¿para qué me engañas, o por qué
quieres quitarme con tu industria los medios que yo podría hallar
para conseguir mi deseo?
»No dijo más Anselmo, pero bastó lo que había
dicho para dejar corrido y confuso a Lotario; el cual, casi como tomando
por punto de honra el haber sido hallado en mentira, juró a Anselmo
que desde aquel momento tomaba tan a su cargo el contentalle y no mentille,
cual lo vería si con curiosidad lo espiaba; cuanto más,
que no sería menester usar de ninguna diligencia, porque la que
él pensaba poner en satisfacelle le quitaría de toda sospecha.
Creyóle Anselmo, y para dalle comodidad más segura y menos
sobresaltada, determinó de hacer ausencia de su casa por ocho días,
yéndose a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos
de la ciudad, con el cual amigo concertó que le enviase
a llamar con muchas veras, para tener ocasión con Camila de su
partida.
»¡Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! ¿Qué
es lo que haces? ¿Qué es lo que trazas? ¿Qué
es lo que ordenas? Mira que haces contra ti mismo, trazando tu deshonra
y ordenando tu perdición. Buena es tu esposa Camila, quieta y sosegadamente
la posees, nadie sobresalta tu gusto, sus pensamientos no salen de las
paredes de su casa, tú eres su cielo en la tierra, el blanco de
sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida por donde mide su
voluntad, ajustándola en todo con la tuya y con la del cielo. Pues
si la mina de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento te da sin
ningún trabajo toda la riqueza que tiene y tú puedes desear,
¿para qué quieres ahondar la tierra y buscar nuevas vetas
de nuevo y nunca visto tesoro, poniéndote a peligro que toda venga
abajo, pues, en fin, se sustenta sobre los débiles arrimos de su
flaca naturaleza? Mira que el que busca lo imposible es justo que lo posible
se le niegue, como lo dijo mejor un poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
»Fuese otro día Anselmo
a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo que él estuviese
ausente vendría Lotario a mirar por su casa y a comer con ella;
que tuviese cuidado de tratalle como a su mesma persona. Afligióse
Camila, como mujer discreta y honrada, de la orden que su marido le dejaba,
y díjole que advirtiese que no estaba bien que nadie, él
ausente, ocupase la silla de su mesa, y que si lo hacía por no
tener confianza que ella sabría gobernar su casa, que probase por
aquella vez, y vería por experiencia como para mayores cuidados
era bastante. Anselmo le replicó que aquél era su gusto,
y que no tenía más que hacer que bajar la cabeza y obedecelle.
Camila dijo que ansí lo haría, aunque contra su voluntad.
»Partióse Anselmo, y otro día vino a su casa Lotario,
donde fue rescebido de Camila con amoroso y honesto acogimiento; la cual
jamás se puso en parte donde Lotario la viese a solas, porque siempre
andaba rodeada de sus criados y criadas, especialmente de una doncella
suya, llamada Leonela, a quien ella mucho quería, por haberse criado
desde niñas las dos juntas en casa de los padres de Camila, y cuando
se casó con Anselmo la trujo consigo.
»En los tres días primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque
pudiera, cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a comer con
mucha priesa, porque así se lo tenía mandado Camila. Y aun
tenía orden Leonela que comiese primero que Camila, y que de su
lado jamás se quitase; mas ella, que en otras cosas de su gusto
tenía puesto el pensamiento y había menester aquellas horas
y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no cumplía todas
veces el mandamiento de su señora; antes, los dejaba solos, como
si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la
gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que ponía
freno a la lengua de Lotario.
»Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo
silencio en la lengua de Lotario, redundó más en daño
de los dos, porque si la lengua callaba, el pensamiento discurría
y tenía lugar de contemplar, parte por parte, todos los estremos
de bondad y de hermosura que Camila tenía, bastantes a enamorar
una estatua de mármol, no que un corazón de carne.
»Mirábala Lotario en el lugar y espacio que había
de hablarla, y consideraba cuán digna era de ser amada; y esta
consideración comenzó poco a poco a dar asaltos a los respectos
que a Anselmo tenía, y mil veces quiso ausentarse de la ciudad
y irse donde jamás Anselmo le viese a él, ni él viese
a Camila; mas ya le hacía impedimento y detenía el gusto
que hallaba en mirarla. Hacíase fuerza y peleaba consigo mismo
por desechar y no sentir el contento que le llevaba a mirar a Camila.
Culpábase a solas de su desatino, llamábase mal amigo y
aun mal cristiano; hacía discursos y comparaciones entre él
y Anselmo, y todos paraban en decir que más había sido la
locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si así
tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba
hacer, que no temiera pena por su culpa.
»En efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la
ocasión que el ignorante marido le había puesto en las manos,
dieron con la lealtad de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que
aquella a que su gusto le inclinaba, al cabo de tres días de la
ausencia de Anselmo, en los cuales estuvo en continua batalla por resistir
a sus deseos, comenzó a requebrar a Camila, con tanta turbación
y con tan amorosas razones que Camila quedó suspensa, y no hizo
otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse a su aposento, sin
respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad se desmayó
en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor; antes,
tuvo en más a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que
jamás pensara, no sabía qué hacerse. Y, pareciéndole
no ser cosa segura ni bien hecha darle ocasión ni lugar a que otra
vez la hablase, determinó de enviar aquella mesma noche, como lo
hizo, a un criado suyo con un billete a Anselmo, donde le escribió
estas razones:
CAPÍTULO XXXIV. Donde
se prosigue la novela del Curioso impertinente
»Así como suele decirse
que parece mal el ejército sin su general y el castillo sin su
castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y moza sin su
marido, cuando justísimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia,
que si presto no venís, me habré de ir a entretener en casa
de mis padres, aunque deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes,
si es que quedó con tal título, creo que mira más
por su gusto que por lo que a vos os toca; y, pues sois discreto, no tengo
más que deciros, ni aun es bien que más os diga.
»Esta carta recibió Anselmo, y
entendió por ella que Lotario había ya comenzado la empresa,
y que Camila debía de haber respondido como él deseaba;
y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondió a Camila, de palabra,
que no hiciese mudamiento de su casa en modo ninguno, porque él
volvería con mucha brevedad. Admirada quedó Camila de la
respuesta de Anselmo, que la puso en más confusión que primero,
porque ni se atrevía a estar en su casa, ni menos irse a la de
sus padres; porque en la quedada corría peligro su honestidad,
y en la ida iba contra el mandamiento de su esposo.
»En fin, se resolvió en lo que le estuvo peor, que fue en
el quedarse, con determinación de no huir la presencia de Lotario,
por no dar que decir a sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo
que escribió a su esposo, temerosa de que no pensase que Lotario
había visto en ella alguna desenvoltura que le hubiese movido a
no guardalle el decoro que debía. Pero, fiada en su bondad, se
fió en Dios y en su buen pensamiento, con que pensaba resistir
callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin dar más
cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y trabajo. Y aun
andaba buscando manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le
preguntase la ocasión que le había movido a escribirle aquel
papel. Con estos pensamientos, más honrados que acertados ni provechosos,
estuvo otro día escuchando a Lotario, el cual cargó la mano
de manera que comenzó a titubear la firmeza de Camila, y su honestidad
tuvo harto que hacer en acudir a los ojos, para que no diesen muestra
de alguna amorosa compasión que las lágrimas y las razones
de Lotario en su pecho habían despertado. Todo esto notaba Lotario,
y todo le encendía.
»Finalmente, a él le pareció que era menester, en
el espacio y lugar que daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a
aquella fortaleza. Y así, acometió a su presunción
con las alabanzas de su hermosura, porque no hay cosa que más presto
rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad de las hermosas
que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la adulación. En
efecto, él, con toda diligencia, minó la roca de su entereza,
con tales pertrechos que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera
al suelo. Lloró, rogó, ofreció, aduló, porfió,
y fingió Lotario con tantos sentimientos, con muestras de tantas
veras, que dio al través con el recato de Camila y vino a triunfar
de lo que menos se pensaba y más deseaba.
»Rindióse Camila, Camila se rindió; pero, ¿qué
mucho, si la amistad de Lotario no quedó en pie? Ejemplo claro
que nos muestra que sólo se vence la pasión amorosa con
huilla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo,
porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas humanas. Sólo
supo Leonela la flaqueza de su señora, porque no se la pudieron
encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario decir
a Camila la pretensión de Anselmo, ni que él le había
dado lugar para llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor
y pensase que así, acaso y sin pensar, y no de propósito,
la había solicitado.
»Volvió de allí a pocos días Anselmo a su casa,
y no echó de ver lo que faltaba en ella, que era lo que en menos
tenía y más estimaba. Fuese luego a ver a Lotario, y hallóle
en su casa; abrazáronse los dos,
y el uno preguntó por las nuevas de su vida o de su muerte.
»-Las nuevas que te podré dar, ¡oh amigo Anselmo! -dijo
Lotario-, son de que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo
y corona de todas las mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se
las ha llevado el aire, los ofrecimientos se han tenido en poco, las dádivas
no se han admitido, de algunas lágrimas fingidas mías se
ha hecho burla notable. En resolución, así como Camila es
cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la honestidad y vive el
comedimiento y el recato, y todas las virtudes que pueden hacer loable
y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar tus dineros, amigo,
que aquí los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar a ellos;
que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son dádivas
ni promesas. Conténtate, Anselmo, y no quieras hacer más
pruebas de las hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades
y sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar
de nuevo en el profundo piélago de nuevos inconvenientes, ni quieras
hacer experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navío
que el cielo te dio en suerte para que en él pasases la mar deste
mundo, sino haz cuenta que estás ya en seguro puerto, y aférrate
con las áncoras de la buena consideración, y déjate
estar hasta que te vengan a pedir la deuda
que no hay hidalguía humana que de pagarla se escuse.
»Contentísimo quedó Anselmo de las razones de Lotario,
y así se las creyó como si fueran dichas por algún
oráculo. Pero, con todo eso, le rogó que no dejase la empresa,
aunque no fuese más de por curiosidad y entretenimiento, aunque
no se aprovechase de allí adelante de tan ahincadas diligencias
como hasta entonces; y que sólo quería que le escribiese
algunos versos en su alabanza, debajo del nombre de Clori, porque él
le daría a entender a Camila que andaba enamorado de una dama,
a quien le había puesto aquel nombre por poder celebrarla con el
decoro que a su honestidad se le debía; y que, cuando Lotario no
quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que él los haría.
»-No será menester eso -dijo Lotario-, pues no me son tan
enemigas las musas que algunos ratos del año no me visiten. Dile
tú a Camila lo que has dicho del fingimiento de mis amores, que
los versos yo los haré; si no tan buenos como el subjeto merece,
serán, por lo menos, los mejores que yo pudiere.
»Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto
Anselmo a su casa, preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba
que no se lo hubiese preguntado: que fue que le dijese la ocasión
por que le había escrito el papel que le envió. Camila le
respondió que le había parecido que Lotario la miraba un
poco más desenvueltamente que cuando él estaba en casa;
pero que ya estaba desengañada y creía que había
sido imaginación suya, porque ya Lotario huía de vella y
de estar con ella a solas. Díjole Anselmo que bien podía
estar segura de aquella sospecha, porque él sabía que Lotario
andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a quien él
celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo estuviera, no
había que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad de
entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos
aquellos amores de Clori, y que él se lo había dicho a Anselmo
por poder ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella,
sin duda, cayera en la desesperada red de los celos; mas, por estar ya
advertida,
pasó aquel sobresalto sin pesadumbre.
»Otro día, estando los tres sobre mesa, rogó Anselmo
a Lotario dijese alguna cosa de las que había compuesto a su amada
Clori; que, pues Camila no la conocía, seguramente podía
decir lo que quisiese.
»-Aunque la conociera -respondió Lotario-, no encubriera
yo nada, porque cuando algún amante loa a su dama de hermosa y
la nota de cruel, ningún oprobrio hace a su buen crédito.
Pero, sea lo que fuere, lo que sé decir, que ayer hice un soneto
a la ingratitud desta Clori, que dice ansí:
SONETO
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales,
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.
»Bien le pareció el soneto
a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabó, y dijo que era demasiadamente
cruel la dama que a tan claras verdades no correspondía. A lo que
dijo Camila:
»-Luego, ¿todo aquello que los poetas enamorados dicen es
verdad?
»-En cuanto poetas, no la dicen -respondió Lotario-; mas,
en cuanto enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.
»-No hay duda deso -replicó Anselmo, todo por apoyar y acreditar
los pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de
Anselmo como ya enamorada de Lotario.
»Y así, con el gusto que de sus cosas tenía, y más,
teniendo por entendido que sus deseos y escritos a ella se encaminaban,
y que ella era la verdadera Clori, le rogó que si otro soneto o
otros versos sabía, los dijese:
»-Sí sé -respondió Lotario-, pero no creo que
es tan bueno como el primero, o, por mejor decir, menos malo. Y podréislo
bien juzgar, pues es éste:
SONETO
Yo sé que muero; y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto,
antes que de adorarte arrepentido.
Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
cómo tu hermoso rostro está esculpido.
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.
¡Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
adonde norte o puerto no se ofrece!
»También alabó
este segundo soneto Anselmo, como había hecho el primero, y desta
manera iba añadiendo eslabón a eslabón a la cadena
con que se enlazaba y trababa su deshonra, pues cuando más Lotario
le deshonraba, entonces le decía que estaba más honrado;
y, con esto, todos los escalones que Camila baja[ba] hacia el centro de
su menosprecio, los subía, en la opinión de su marido, hacia
la cumbre de la virtud y de su buena fama.
»Sucedió en esto que, hallándose una vez, entre otras,
sola Camila con su doncella, le dijo:
»-Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cuán poco he sabido
estimarme, pues siquiera no hice que con el tiempo comprara Lotario la
entera posesión que le di tan presto de mi voluntad. Temo que ha
de estimar mi presteza o ligereza, sin que eche de ver la fuerza que él
me hizo para no poder resistirle.
»-No te dé pena eso, señora mía -respondió
Leonela-, que no está la monta, ni es causa para mengua[r] la estimación,
darse lo que se da presto, si, en efecto, lo que se da es bueno, y ello
por sí digno de estimarse.
Y aun suele decirse que el que luego da, da dos veces.
»-También se suele decir -dijo Camila- que lo que cuesta
poco se estima en menos.
»-No corre por ti esa razón -respondió Leonela-, porque
el amor, según he oído decir, unas veces vuela y otras anda,
con éste corre y con aquél va despacio, a unos entibia y
a otros abrasa, a unos hiere y a otros mata, en un mesmo punto comienza
la carrera de sus deseos y en aquel mesmo punto la acaba y concluye, por
la mañana suele poner el cerco a una fortaleza y a la noche la
tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo así,
¿de qué te espantas, o de qué temes, si lo mismo
debe de haber acontecido a Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento
de rendirnos la ausencia de mi señor? Y era forzoso que en ella
se concluyese lo que el amor tenía determinado, sin dar tiempo
al ti[e]mpo para que Anselmo le tuviese de volver, y con su presencia
quedase imperfecta la obra. Porque el amor no tiene otro mejor ministro
para ejecutar lo que desea que es la ocasión: de la ocasión
se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios. Todo esto
sé yo muy bien, más de experiencia que de oídas,
y algún día te lo diré, señora, que yo también
soy de carne y de sangre moza. Cuanto más, señora Camila,
que no te entregaste ni diste tan luego, que primero no hubieses visto
en los ojos, en los suspiros, en las razones y en las promesas y dádivas
de Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus virtudes cuán
digno era Lotario de ser amado. Pues si esto es ansí, no te asalten
la imaginación esos escrupulosos y melindrosos pensamientos, sino
asegúrate que Lotario te estima como tú le estimas a él,
y vive con contento y satisfación de que, ya que caíste
en el lazo amoroso, es el que te aprieta de valor y de estima. Y que no
sólo tiene las cuatro eses que dicen que han de tener los buenos
enamorados, sino todo un ABC entero: si no, escúchame y verás
como te le digo de coro. Él es, según yo veo y a mí
me parece, agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado, firme, gallardo,
honrado, ilustre, leal, mozo, noble, onesto, principal, quantioso, rico,
y las eses que dicen; y luego, tácito, verdadero. La X no le cuadra,
porque es letra áspera; la Y ya está dicha; la Z, zelador
de tu honra.
»Rióse Camila del ABC de su doncella, y túvola por
más plática en las cosas de amor que ella decía;
y así lo confesó ella, descubriendo a Camila como trataba
amores con un mancebo bien nacido, de la mesma ciudad; de lo cual se turbó
Camila, temiendo que era aquél camino por donde su honra podía
correr riesgo. Apuróla si pasaban sus pláticas a más
que serlo. Ella, con poca vergüenza y mucha desenvoltura, le respondió
que sí pasaban; porque es cosa ya cierta que los descuidos de las
señoras quitan la vergüenza a las criadas, las cuales, cuando
ven a las amas echar traspiés,
no se les da nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan.
»No pudo hacer otra cosa Camila sino rogar a Leonela no dijese nada
de su hecho al que decía ser su amante, y que tratase sus cosas
con secreto, porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela
respondió que así lo haría, mas cumpliólo
de manera que hizo cierto el temor de Camila de que por ella había
de perder su crédito. Porque la deshonesta y atrevida Leonela,
después que vio que el proceder de su ama no era el que solía,
atrevióse a entrar y poner dentro de casa a su amante, confiada
que, aunque su señora le viese, no había de osar descubrille;
que este daño acarrean, entre otros, los pecados de las señoras:
que se hacen esclavas de sus mesmas criadas y se obligan a encubrirles
sus deshonestidades y vilezas, como aconteció con Camila; que,
aunque vio una y muchas veces que su Leonela estaba con su galán
en un aposento de su casa, no sólo no la osaba reñir, mas
dábale lugar a que lo encerrase, y quitábale todos los estorbos,
para que no fuese visto de su marido.
»Pero no los pudo quitar que Lotario no le viese una vez salir,
al romper del alba; el cual, sin conocer quién era, pensó
primero que debía de ser alguna fantasma; mas, cuando le vio caminar,
embozarse y encubrirse con cuidado y recato, cayó de su simple
pensamiento y dio en otro, que fuera la perdición de todos si Camila
no lo remediara. Pensó Lotario que aquel hombre que había
visto salir tan a deshora de casa de Anselmo no había entrado en
ella por Leonela, ni aun se acordó si Leonela era en el mundo;
sólo creyó que Camila, de la misma manera que había
sido fácil y ligera con él, lo era para otro; que estas
añadiduras trae consigo la maldad de la mujer mala: que pierde
el crédito de su honra con el mesmo a quien se entregó rogada
y persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a otros, y da
infalible crédito a cualquiera sospecha que desto le venga. Y no
parece sino que le faltó a Lotario en este punto todo su buen entendimiento,
y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos, pues, sin
hacer alguno que bueno fuese, ni aun razonable, sin más ni más,
antes que Anselmo se levantase, impaciente y ciego de la celosa rabia
que las entrañas le roía, muriendo por vengarse de Camila,
que en ninguna cosa le había ofendido, se fue a Anselmo y le dijo:
»-Sábete, Anselmo, que ha muchos días que he andado
peleando conmigo mesmo, haciéndome fuerza a no decirte lo que ya
no es posible ni justo que más te encubra. Sábete que la
fortaleza de Camila está ya rendida y sujeta a todo aquello que
yo quisiere hacer della; y si he tardado en descubrirte esta verdad, ha
sido por ver si era algún liviano antojo suyo, o si lo hacía
por probarme y ver si eran con propósito firme tratados los amores
que, con tu licencia, con ella he comenzado. Creí, ansimismo, que
ella, si fuera la que debía y la que entrambos pensábamos,
ya te hubiera dado cuenta de mi solicitud, pero, habiendo visto que se
tarda, conozco que son verdaderas las promesas que me ha dado de que,
cuando otra vez hagas ausencia de tu casa, me hablará en la recámara,
donde está el repuesto de tus alhajas -y era la verdad, que allí
le solía hablar Camila-; y no quiero que precipitosamente corras
a hacer alguna venganza, pues no está aún cometido el pecado
sino con pensamiento, y podría ser que, desde éste hasta
el tiempo de ponerle por obra, se mudase el de Camila y naciese en su
lugar el arrepentimiento. Y así, ya que, en todo o en parte, has
seguido siempre mis consejos, sigue y guarda uno que ahora te diré,
para que sin engaño y con medroso advertimento te satisfagas de
aquello que más vieres que te convenga. Finge que te ausentas por
dos o tres días, como otras veces sueles, y haz de manera que te
quedes escondido en tu recámara, pues los tapices que allí
hay y otras cosas con que te puedas encubrir te ofrecen mucha comodidad,
y entonces verás por tus mismos ojos, y yo por los míos,
lo que Camila quiere; y si fuere la maldad que se puede temer antes que
esperar, con silencio, sagacidad y discre |