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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO XLI. Donde
todavía prosigue el cautivo su suceso
»No se pasaron quince días,
cuando ya nuestro renegado tenía comprada una muy buena barca,
capaz de más de treinta personas: y, para asegurar su hecho y dalle
color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se llamaba Sargel,
que está treinta leguas de Argel hacia la parte de Orán,
en el cual hay mucha contratación de higos pasos. Dos o tres veces
hizo este viaje, en compañía del tagarino que había
dicho. Tagarinos llaman en Berbería a los moros de Aragón,
y a los de Granada, mudéjares; y en el reino de Fez llaman a los
mudéjares elches, los cuales son la gente de quien aquel rey más
se sirve en la guerra.
»Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en
una caleta que estaba no dos tiros de ballesta del jardín donde
Zoraida esperaba; y allí, muy de propósito, se ponía
el renegado con los morillos que bogaban el remo, o ya a hacer la zalá,
o a como por ensayarse de burlas a lo que pensaba hacer de veras; y así,
se iba al jardín de Zoraida y le pedía fruta, y su padre
se la daba sin conocelle; y, aunque él quisiera hablar a Zoraida,
como él después me dijo, y decille que él era el
que por orden mía le había de llevar a tierra de cristianos,
que estuviese contenta y segura, nunca le fue posible, porque las moras
no se dejan ver de ningún moro ni turco, si no es que su marido
o su padre se lo manden. De cristianos cautivos se dejan tratar y comunicar,
aun más de aquello que sería razonable; y a mí me
hubiera pesado que él la hubiera hablado, que quizá la alborotara,
viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios, que lo ordenaba
de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro renegado tenía;
el cual, viendo cuán seguramente iba y venía a Sargel, y
que daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el tagarino,
su compañero, no tenía más voluntad de lo que la
suya ordenaba, y que yo estaba ya rescatado, y que sólo faltaba
buscar algunos cristianos que bogasen el remo, me dijo que mirase yo cuáles
quería traer conmigo, fuera de los rescatados, y que los tuviese
hablados para el primer viernes, donde tenía determinado que fuese
nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce españoles, todos
valientes hombres del remo, y de aquellos que más libremente podían
salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en aquella coyuntura,
porque estaban veinte bajeles en corso, y se habían llevado toda
la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera que su amo
se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que
tenía en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que
el primer viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente,
y se fuesen la vuelta del jardín de Agi Morato, y que allí
me aguardasen hasta que yo fuese. A cada uno di este aviso de por sí,
con orden que, aunque allí viesen a otros cristianos, no les dijesen
sino que yo les había mandado esperar en aquel lugar.
»Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más
me convenía: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban
los negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se sobresaltase
si de improviso la asaltásemos antes del tiempo que ella podía
imaginar que la barca de cristianos podía volver. Y así,
determiné de ir al jardín y ver si podría hablarla;
y, con ocasión de coger algunas yerbas, un día, antes de
mi partida, fui allá, y la primera persona con quién encontré
fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbería,
y aun en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca,
ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas
las lenguas con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta
manera de lenguaje me preguntó que qué buscaba en aquel
su jardín, y de quién era. Respondíle que era esclavo
de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo por muy
cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas
yerbas, para hacer ensalada. Preguntóme, por el consiguiente, si
era hombre de rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por
mí. Estando en todas estas preguntas y respuestas, salió
de la casa del jardín la bella Zoraida, la cual ya había
mucho que me había visto; y, como las moras en ninguna manera hacen
melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como ya
he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba; antes,
luego cuando su padre vio que venía, y de espacio, la llamó
y mandó que llegase.
»Demasiada cosa sería decir yo agora la mucha hermosura,
la gentileza, el gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se
mostró a mis ojos: sólo diré que más perlas
pendían de su hermosísimo cuello, orejas y cabellos, que
cabellos tenía en la cabeza. En las gargantas de los sus pies,
que descubiertas, a su usanza, traía, traía dos carcajes
(que así se llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco)
de purísimo oro, con tantos diamantes engastados, que ella me dijo
después que su padre los estimaba en diez mil doblas, y las que
traía en las muñecas de las manos valían otro tanto.
Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la mayor gala y
bizarría de las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar,
y así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre
todas las demás naciones; y el padre de Zoraida tenía fama
de tener muchas y de las mejores que en Argel había, y de tener
asimismo más de docientos mil escudos españoles, de todo
lo cual era señora esta que ahora lo es mía. Si con todo
este adorno podía venir entonces hermosa, o no, por las reliquias
que le han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál
debía de ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura
de algunas mujeres tiene días y sazones, y requiere accidentes
para diminuirse o acrecentarse; y es natural cosa que las pasiones del
ánimo la levanten o abajen, puesto que las más veces la
destruyen.
»Digo, en fin, que entonces llegó en todo estremo aderezada
y en todo estremo hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció
serlo la más que hasta entonces había visto; y con esto,
viendo las obligaciones en que me había puesto, me parecía
que tenía delante de mí una deidad del cielo, venida a la
tierra para mi gusto y para mi remedio. Así como ella llegó,
le dijo su padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arnaúte
Mamí, y que venía a buscar ensalada. Ella tomó la
mano, y en aquella mezcla de lenguas que tengo dicho me preguntó
si era caballero y qué era la causa que no me rescataba. Yo le
respondí que ya estaba rescatado, y que en el precio podía
echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues había dado por
mí mil y quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió:
''En verdad que si tú fueras de mi padre, que yo hiciera que no
te diera él por otros dos tantos, porque vosotros, cristianos,
siempre mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres
por engañar a los moros''. ''Bien podría ser eso, señora
-le respondí-, mas en verdad que yo la he tratado con mi amo, y
la trato y la trataré con cuantas personas hay en el mundo''. ''Y
¿cuándo te vas?'', dijo Zoraida. ''Mañana, creo yo
-dije-, porque está aquí un bajel de Francia que se hace
mañana a la vela, y pienso irme en él''. ''¿No es
mejor -replicó Zoraida-, esperar a que vengan bajeles de España,
y irte con ellos, que no con los de Francia, que no son vuestros amigos?''
''No -respondí yo-, aunque si como hay nuevas que viene ya un bajel
de España, es verdad, todavía yo le aguardaré, puesto
que es más cierto el partirme mañana; porque el deseo que
tengo de verme en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto
que no me dejará esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor
que sea''. ''Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-,
y por eso deseas ir a verte con tu mujer''. ''No soy -respondí
yo- casado, mas tengo dada la palabra de casarme en llegando allá''.
''Y ¿es hermosa la dama a quien se la diste?'', dijo Zoraida. ''Tan
hermosa es -respondí yo- que para encarecella y decirte la verdad,
te parece a ti mucho''. Desto se riyó muy de veras su padre, y
dijo: ''Gualá, cristiano, que debe de ser muy hermosa si se parece
a mi hija, que es la más hermosa de todo este reino. Si no, mírala
bien, y verás cómo te digo verdad''. Servíanos de
intérprete a las más de estas palabras y razones el padre
de Zoraida, como más ladino; que, aunque ella hablaba la bastarda
lengua que, como he dicho, allí se usa, más declaraba su
intención por señas que por palabras.
»Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo,
y dijo, a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín
habían saltado cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque
no estaba madura. Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida,
porque es común y casi natural el miedo que los moros a los turcos
tienen, especialmente a los soldados, los cuales son tan insolentes y
tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos están sujetos,
que los tratan peor que si fuesen esclavos suyos. Digo, pues, que dijo
su padre a Zoraida: ''Hija, retírate a la casa y enciérrate,
en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y tú, cristiano, busca
tus yerbas, y vete en buen hora, y llévete Alá con bien
a tu tierra''. Yo me incliné, y él se fue a buscar los turcos,
dejándome solo con Zoraida, que comenzó a dar muestras de
irse donde su padre la había mandado. Pero, apenas él se
encubrió con los árboles del jardín, cuando ella,
volviéndose a mí, llenos los ojos de lágrimas, me
dijo: ''Ámexi, cristiano, ámexi''; que quiere decir: "¿Vaste,
cristiano, vaste?" Yo la respondí: ''Señora, sí,
pero no en ninguna manera sin ti: el primero jumá me aguarda, y
no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos a tierra
de cristianos''.
»Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien
a todas las razones que entrambos pasamos; y, echándome un brazo
al cuello, con desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa;
y quiso la suerte, que pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara
de otra manera, que, yendo los dos de la manera y postura que os he contado,
con un brazo al cuello, su padre, que ya volvía de hacer ir a los
turcos, nos vio de la suerte y manera que íbamos, y nosotros vimos
que él nos había visto; pero Zoraida, advertida y discreta,
no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se llegó más
a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas,
dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo,
di a entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó
corriendo adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera,
le preguntó que qué tenía; pero, como ella no le
respondiese, dijo su padre: ''Sin duda alguna que con el sobresalto de
la entrada de estos canes se ha desmayado''. Y, quitándola del
mío, la arrimó a su pecho; y ella, dando un suspiro y aún
no enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: ''Ámexi,
cristiano, ámexi'': "Vete, cristiano, vete". A lo que
su padre respondió: ''No importa, hija, que el cristiano se vaya,
que ningún mal te ha hecho, y los turcos ya son idos. No te sobresalte
cosa alguna, pues ninguna hay que pueda darte pesadumbre, pues, como ya
te he dicho, los turcos, a mi ruego, se volvieron por donde entraron''.
''Ellos, señor, la sobresaltaron, como has dicho -dije yo a su
padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la quiero dar pesadumbre:
quédate en paz, y, con tu licencia, volver[é], si fuere
menester, por yerbas a este jardín; que, según dice mi amo,
en ninguno las hay mejores para ensalada que en él''. ''Todas las
que quisieres podrás volver -respondió Agi Morato-, que
mi hija no dice esto porque tú ni ninguno de los cristianos la
enojaban, sino que, por decir que los turcos se fuesen, dijo que tú
te fueses,
o porque ya era hora que buscases tus yerbas''.
»Con esto, me despedí al punto de entrambos; y ella, arrancándosele
el alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar
las yerbas, rodeé muy bien y a mi placer todo el jardín:
miré bien las entradas y salidas, y la fortaleza de la casa, y
la comodidad que se podía ofrecer para facilitar todo nuestro negocio.
Hecho esto, me vine y di cuenta de cuanto había pasado al renegado
y a mis compañeros; y ya no veía la hora de verme gozar
sin sobresalto del bien que
en la hermosa y bella Zoraida la suerte me ofrecía.
»En fin, el tiempo se pasó, y se llegó el día
y plazo de nosotros tan deseado; y, siguiendo todos el orden y parecer
que, con discreta consideración y largo discurso, muchas veces
habíamos dado, tuvimos el buen suceso que deseábamos; porque
el viernes que se siguió al día que yo con Zoraida hablé
en el jardín, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con la
barca casi frontero de donde la hermosísima Zoraida estaba. Ya
los cristianos que habían de bogar el remo estaban prevenidos y
escondidos por diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban
suspensos y alborozados, aguardándome, deseosos ya de embestir
con el bajel que a los ojos tenían; porque ellos no sabían
el concierto del renegado, sino que pensaban que a fuerza de brazos habían
de haber y ganar la libertad, quitando la vida a los moros que dentro
de la barca estaban.
»Sucedió, pues, que, así como yo me mostré
y mis compañeros, todos los demás escondidos que nos vieron
se vinieron llegando a nosotros. Esto era ya a tiempo que la ciudad estaba
ya cerrada, y por toda aquella campaña ninguna persona parecía.
Como estuvimos juntos, dudamos si sería mejor ir primero por Zoraida,
o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el remo en la barca.
Y, estando en esta duda, llegó a nosotros nuestro renegado diciéndonos
que en qué nos deteníamos, que ya era hora, y que todos
sus moros estaban descuidados, y los más dellos durmiendo. Dijímosle
en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más importaba
era rendir primero el bajel, que se podía hacer con grandísima
facilidad y sin peligro alguno, y que luego podíamos ir por Zoraida.
Pareciónos bien a todos lo que decía, y así, sin
detenernos más, haciendo él la guía, llegamos al
bajel, y, saltando él dentro primero, metió mano a un alfanje,
y dijo en morisco: ''Ninguno de vosotros se mueva de aquí, si no
quiere que le cueste la vida''. Ya, a este tiempo, habían entrado
dentro casi todos los cristianos. Los moros, que eran de poco ánimo,
viendo hablar de aquella manera a su arráez, quedáronse
espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a las armas, que pocas
o casi ningunas tenían, se dejaron, sin hablar alguna palabra,
maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo hicieron,
amenazando a los moros que si alzaban por alguna vía o manera la
voz,
que luego al punto los pasarían todos a cuchillo.
»Hecho ya esto, quedándose en guardia dellos la mitad de
los nuestros, los que quedábamos, haciéndonos asimismo el
renegado la guía, fuimos al jardín de Agi Morato, y quiso
la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se abrió con tanta
facilidad como si cerrada no estuviera; y así, con gran quietud
y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la bellísima
Zoraida aguardándonos a una ventana, y, así como sintió
gente, preguntó con voz baja si éramos nizarani, como si
dijera o preguntara si éramos cristianos. Yo le respondí
que sí, y que bajase. Cuando ella me conoció, no se detuvo
un punto, porque, sin responderme palabra, bajó en un instante,
abrió la puerta y mostróse a todos tan hermosa y ricamente
vestida que no lo acier[t]o a encarecer. Luego que yo la vi, le tomé
una mano y la comencé a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis
dos camaradas; y los demás, que el caso no sabían, hicieron
lo que vieron que nosotros hacíamos, que no parecía sino
que le dábamos las gracias y la reconocíamos por señora
de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua morisca si estaba su
padre en el jardín. Ella respondió que sí y que dormía.
''Pues será menester despertalle -replicó el renegado-,
y llevárnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este
hermoso jardín.'' ''No -dijo ella-, a mi padre no se ha de tocar
en ningún modo, y en esta casa no hay otra cosa que lo que yo llevo,
que es tanto, que bien habrá para que todos quedéis ricos
y contentos; y esperaros un poco y lo veréis''. Y, diciendo esto,
se volvió a entrar, diciendo que muy presto volvería; que
nos estuviésemos quedos, sin hacer ningún ruido. Preguntéle
al renegado lo que con ella había pasado, el cual me lo contó,
a quien yo dije que en ninguna cosa se había de hacer más
de lo que Zoraida quisiese; la cual ya que volvía cargada con un
cofrecillo lleno de escudos de oro, tantos, que apenas lo podía
sustentar, quiso la mala suerte que su padre despertase en el ínterin
y sintiese el ruido que andaba en el jardín; y, asomándose
a la ventana, luego conoció que todos los que en él estaban
eran cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzó
a decir en arábigo: ''¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones,
ladrones!''; por los cuales gritos nos vimos todos puestos en grandísima
y temerosa confusión. Pero el renegado, viendo el peligro en que
estábamos, y lo mucho que le importaba salir con aquella empresa
antes de ser sentido, con grandísima presteza, subió donde
Agi Morato estaba, y juntamente con él fueron algunos de nosotros;
que yo no osé desamparar a la Zoraida, que como desmayada se había
dejado caer en mis brazos. En resolución, los que subieron se dieron
tan buena maña que en un momento bajaron con Agi Morato, trayéndole
atadas las manos y puesto un pañizuelo en la boca, que no le dejaba
hablar palabra, amenazándole que el hablarla le había de
costar la vida. Cuando su hija le vio, se cubrió los ojos por no
verle, y su padre quedó espantado, ignorando cuán de su
voluntad se había puesto en nuestras manos. Mas, entonces siendo
más necesarios los pies, con diligencia y presteza nos pusimos
en la barca; que ya los que en ella habían quedado nos esperaban,
temerosos de algún mal suceso nuestro.
»Apenas serían dos horas pasadas de la noche, cuando ya estábamos
todos en la barca, en la cual se le quitó al padre de Zoraida la
atadura de las manos y el paño de la boca; pero tornóle
a decir el renegado que no hablase palabra, que le quitarían la
vida. Él, como vio allí a su hija, comenzó a suspirar
ternísimamente, y más cuando vio que yo estrechamente la
tenía abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse,
se estaba queda; pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efeto
las muchas amenazas que el renegado le hacía. Viéndose,
pues, Zoraida ya en la barca, y que queríamos dar los remos al
agua, y viendo allí a su padre y a los demás moros que atados
estaban, le dijo al renegado que me dijese le hiciese merced de soltar
a aquellos moros y de dar libertad a su padre, porque antes se arrojaría
en la mar que ver delante de sus ojos y por causa suya llevar cautivo
a un padre que tanto la había querido. El renegado me lo dijo;
y yo respondí que era muy contento; pero él respondió
que no convenía, a causa que, si allí los dejaban apellidarían
luego la tierra y alborotarían la ciudad, y serían causa
que saliesen a buscallos con algunas fragatas ligeras, y les tomasen la
tierra y la mar, de manera que no pudiésemos escaparnos; que lo
que se podría hacer era darles libertad en llegando a la primera
tierra de cristianos. En este parecer venimos todos, y Zoraida, a quien
se le dio cuenta, con las causas que nos movían a no hacer luego
lo que quería, también se satisfizo; y luego, con regocijado
silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros valientes remeros tomó
su remo, y comenzamos, encomendándonos a Dios de todo corazón,
a navegar la vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra de cristianos
más cerca.
»Pero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la
mar algo picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos
forzoso dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Orán, no sin mucha
pesadumbre nuestra, por no ser descubiertos del lugar de Sargel, que en
aquella costa cae sesenta millas de Argel. Y, asimismo, temíamos
encontrar por aquel paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen
con mercancía de Tetuán, aunque cada uno por sí,
y todos juntos, presumíamos de que, si se encontraba galeota de
mercancía, como no fuese de las que andan en corso, que no sólo
no nos perderíamos, mas que tomaríamos bajel donde con más
seguridad pudiésemos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en tanto
que se navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su padre,
y sentía yo que iba llamando a Lela Marién que nos ayudase.
»Bien habríamos navegado treinta millas, cuando nos amaneció,
como tres tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta
y sin nadie que nos descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza
de brazos entrando un poco en la mar, que ya estaba algo más sosegada;
y, habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase a cuarteles
en tanto que comíamos algo, que iba bien proveída la barca,
puesto que los que bogaban dijeron que no era aquél tiempo de tomar
reposo alguno, que les diesen de comer los que no bogaban, que ellos no
querían soltar los remos de las manos en manera alguna. Hízose
ansí, y en esto comenzó a soplar un viento largo, que nos
obligó a hacer luego vela y a dejar el remo, y enderezar a Orán,
por no ser posible poder hacer otro viaje. Todo se hizo con muchísima
presteza; y así, a la vela, navegamos por más de ocho millas
por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar con bajel
que de corso fuese.
»Dimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consoló
diciéndoles como no iban cautivos, que en la primera ocasión
les darían libertad. Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el
cual respondió: ''Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer
de vuestra liberalidad y buen término, ¡oh cristianos!, mas
el darme libertad, no me tengáis por tan simple que lo imagine;
que nunca os pusistes vosotros al peligro de quitármela para volverla
tan liberalmente, especialmente sabiendo quién soy yo, y el interese
que se os puede seguir de dármela; el cual interese, si le queréis
poner nombre, desde aquí os ofrezco todo aquello que quisiéredes
por mí y por esa desdichada hija mía, o si no, por ella
sola, que es la mayor y la mejor parte de mi alma''. En diciendo esto,
comenzó a llorar tan amargamente que a todos nos movió a
compasión, y forzó a Zoraida que le mirase; la cual, viéndole
llorar, así se enterneció que se levantó de mis pies
y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro con el suyo, comenzaron
los dos tan tierno llanto que muchos de los que allí íbamos
le acompañamos en él. Pero, cuando su padre la vio adornada
de fiesta y con tantas joyas sobre sí, le dijo en su lengua: ''¿Qué
es esto, hija, que ayer al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible
desgracia en que nos vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos,
y agora, sin que hayas tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna
nueva alegre de solenizalle con adornarte y pulirte, te veo compuesta
con los mejores vestidos que yo supe y pude darte cuando nos fue la ventura
más favorable?
Respóndeme a esto, que me tiene más suspenso y admirado
que la misma desgracia en que me hallo''.
»Todo lo que el moro decía a su hija nos lo declaraba el
renegado, y ella no le respondía palabra. Pero, cuando él
vio a un lado de la barca el cofrecillo donde ella solía tener
sus joyas, el cual sabía él bien que le había dejado
en Argel, y no traídole al jardín, quedó más
confuso, y preguntóle que cómo aquel cofre había
venido a nuestras manos, y qué era lo que venía dentro.
A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le respondiese, le respondió:
''No te canses, señor, en preguntar a Zoraida, tu hija, tantas
cosas, porque con una que yo te responda te satisfaré a todas;
y así, quiero que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido
la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella
va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse
en este estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte
a la vida y de la pena a la gloria''. ''¿Es verdad lo que éste
dice, hija?'', dijo el moro. ''Así es'', respondió Zoraida.
''¿Que, en efeto -replicó el viejo-, tú eres cristiana,
y la que ha puesto a su padre en poder de sus enemigos?'' A lo cual respondió
Zoraida: ''La que es cristiana yo soy, pero no la que te ha puesto en
este punto, porque nunca mi deseo se estendió a dejarte ni a hacerte
mal, sino a hacerme a mí bien''. ''Y ¿qué bien es
el que te has hecho, hija?'' ''Eso -respondió ella- pregúntaselo
tú a Lela Marién, que ella te lo sabrá decir mejor
que no yo''.
»Apenas hubo oído esto el moro, cuando, con una increíble
presteza, se arrojó de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda
se ahogara, si el vestido largo y embarazoso que traía no le entretuviera
un poco sobre el agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y así,
acudimos luego todos, y, asiéndole de la almalafa, le sacamos medio
ahogado y sin sentido, de que recibió tanta pena Zoraida que, como
si fuera ya muerto, hacía sobre él un tierno y doloroso
llanto. Volvímosle boca abajo, volvió mucha agua, tornó
en sí al cabo de dos horas, en las cuales, habiéndose trocado
el viento, nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de remos, por
no embestir en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una
cala que se hace al lado de un pequeño promontorio o cabo que de
los moros es llamado el de La Cava Rumía, que en nuestra lengua
quiere decir La mala mujer cristiana; y es tradición entre los
moros que en aquel lugar está enterrada la Cava, por quien se perdió
España, porque cava en su lengua quiere decir mujer mala, y rumía,
cristiana; y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar fondo
cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella; puesto
que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro
remedio, según andaba alterada la mar.
»Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jamás
los remos de la mano; comimos de lo que el renegado había proveído,
y rogamos a Dios y a Nuestra Señora, de todo nuestro corazón,
que nos ayudase y favoreciese para que felicemente diésemos fin
a tan dichoso principio. Diose orden, a suplicación de Zoraida,
como echásemos en tierra a su padre y a todos los demás
moros que allí atados venían, porque no le bastaba el ánimo,
ni lo podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante de
sus ojos atado a su padre y aquellos de su tierra presos. Prometímosle
de hacerlo así al tiempo de la partida, pues no corría peligro
el dejallos en aquel lugar, que era despoblado. No fueron tan vanas nuestras
oraciones que no fuesen oídas del cielo; que, en nuestro favor,
luego volvió el viento, tranquilo el mar,
convidándonos a que tornásemos alegres a proseguir nuestro
comenzado viaje.
»Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en
tierra, de lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar
al padre de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ''¿Por
qué pensáis, cristianos, que esta mala hembra huelga de
que me deis libertad? ¿Pensáis que es por piedad que de
mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el estorbo que le
dará mi presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos
deseos; ni penséis que la ha movido a mudar religión entender
ella que la vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra
tierra se usa la deshonestidad más libremente que en la nuestra''.
Y, volviéndose a Zoraida, teniéndole yo y otro cristiano
de entrambos brazos asido, porque algún desatino no hiciese, le
dijo: ''¡Oh infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde
vas, ciega y desatinada, en poder destos perros, naturales enemigos nuestros?
¡Maldita sea la hora en que yo te engendré, y malditos sean
los regalos y deleites en que te he criado!'' Pero, viendo yo que llevaba
término de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra,
y desde allí, a voces, prosiguió en sus maldiciones y lamentos,
rogando a Mahoma rogase a Alá que nos destruyese, confundiese y
acabase; y cuando, por habernos hecho a la vela, no podimos oír
sus palabras, vimos sus obras, que eran arrancarse las barbas, mesarse
los cabellos y arrastrarse por el suelo; mas una vez esforzó la
voz de tal manera que podimos entender que decía: ''¡Vuelve,
amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres
ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo,
que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas!''
Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo sentía y lloraba, y no
supo decirle ni respondelle palabra, sino: ''Plega a Alá, padre
mío, que Lela Marién, que ha sido la causa de que yo sea
cristiana, ella te consuele en tu tristeza. Alá sabe bien que no
pude hacer otra cosa de la que he hecho, y que estos cristianos no deben
nada a mi voluntad, pues, aunque quisiera no venir con ellos y quedarme
en mi casa, me fuera imposible, según la priesa que me daba mi
alma a poner por obra ésta que a mí me parece tan buena
como tú, padre amado, la juzgas por mala''. Esto dijo, a tiempo
que ni su padre la oía, ni nosotros ya le veíamos; y así,
consolando yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos
le facilitaba el proprio viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto
de vernos otro día al amanecer en las riberas de España.
»Mas, como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo,
sin ser acompañado o seguido de algún mal que le turbe o
sobresalte, quiso nuestra ventura, o quizá las maldiciones que
el moro a su hija había echado, que siempre se han de temer de
cualquier padre que sean; quiso, digo, que estando ya engolfados y siendo
ya casi pasadas tres horas de la noche, yendo con la vela tendida de alto
baja, frenillados los remos, porque el próspero viento nos quitaba
del trabajo de haberlos menester, con la luz de la luna, que claramente
resplandecía, vimos cerca de nosotros un bajel redondo, que, con
todas las velas tendidas, llevando un poco a orza el timón, delante
de nosotros atravesaba; y esto tan cerca, que nos fue forzoso amainar
por no embestirle, y ellos, asimesmo, hicieron fuerza de timón
para darnos lugar que pasásemos.
»Habíanse puesto a bordo del bajel a preguntarnos quién
éramos, y adónde navegábamos, y de dónde veníamos;
pero, por preguntarnos esto en lengua francesa, dijo nuestro renegado:
''Ninguno responda; porque éstos, sin duda, son cosarios franceses,
que hacen a toda ropa''. Por este advertimiento, ninguno respondió
palabra; y, habiendo pasado un poco delante, que ya el bajel quedaba sotavento,
de improviso soltaron dos piezas de artillería, y, a lo que parecía,
ambas venían con cadenas, porque con una cortaron nuestro árbol
por medio, y dieron con él y con la vela en la mar; y al momento,
disparando otra pieza, vino a dar la bala en mitad de nuestra barca, de
modo que la abrió toda, sin hacer otro mal alguno; pero, como nosotros
nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a grandes voces a pedir socorro
y a rogar a los del bajel que nos acogiesen, porque nos anegábamos.
Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la mar, entraron en
él hasta doce franceses bien armados, con sus arcabuces y cuerdas
encendidas, y así llegaron junto al nuestro; y, viendo cuán
pocos éramos y cómo el bajel se hundía, nos recogieron,
diciendo que, por haber usado de la descortesía de no respondelles,
nos había sucedido aquello. Nuestro renegado tomó el cofre
de las riquezas de Zoraida, y dio con él en la mar, sin que ninguno
echase de ver en lo que hacía. En resolución, todos pasamos
con los franceses, los cuales, después de haberse informado de
todo aquello que de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros
capitales enemigos, nos despojaron de todo cuanto teníamos, y a
Zoraida le quitaron hasta los carcajes que traía en los pies. Pero
no me daba a mí tanta pesadumbre la que a Zoraida daban, como me
la daba el temor que tenía de que habían de pasar del quitar
de las riquísimas y preciosísimas joyas al quitar de la
joya que más valía y ella más estimaba. Pero los
deseos de aquella gente no se estienden a más que al dinero, y
desto jamás se vee harta su codicia; lo cual entonces llegó
a tanto, que aun hasta los vestidos de cautivos nos quitaran si de algún
provecho les fueran. Y hubo parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen
a la mar envueltos en una vela, porque tenían intención
de tratar en algunos puertos de España con nombre de que eran bretones,
y si nos llevaban vivos, serían castigados, siendo descubierto
su hurto. Mas el capitán, que era el que había despojado
a mi querida Zoraida, dijo que él se contentaba con la presa que
tenía, y que no quería tocar en ningún puerto de
España, sino pasar el estrecho de Gibraltar de noche, o como pudiese,
y irse a la Rochela, de donde había salido; y así, tomaron
por acuerdo de darnos el esquife de su navío, y todo lo necesario
para la corta navegación que nos quedaba, como lo hicieron otra
día, ya a vista de tierra de España, con la cual vista,
todas nuestras pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto,
como si no hubieran pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar
la libertad perdida.
»Cerca de mediodía podría ser cuando nos echaron en
la barca, dándonos dos barriles de agua y algún bizcocho;
y el capitán, movido no sé de qué misericordia, al
embarcarse la hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta escudos
de oro, y no consintió que le quitasen sus soldados estos mesmos
vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel; dímosles
las gracias por el bien que nos hacían, mostrándonos más
agradecidos que quejosos; ellos se hicieron a lo largo, siguiendo la derrota
del estrecho; nosotros, sin mirar a otro norte que a la tierra que se
nos mostraba delante, nos dimos tanta priesa a bogar que al poner del
sol estábamos tan cerca que bien pudiéramos, a nuestro parecer,
llegar antes que fuera muy noche; pero, por no parecer en aquella noche
la luna y el cielo mostrarse escuro, y por ignorar el paraje en que estábamos,
no nos pareció cosa segura embestir en tierra, como a muchos de
nosotros les parecía, diciendo que diésemos en ella, aunque
fuese en unas peñas y lejos de poblado, porque así aseguraríamos
el temor que de razón se debía tener que por allí
anduviesen bajeles de cosarios de Tetuán, los cuales anochecen
en Berbería y amanecen en las costas de España, y hacen
de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus casas. Pero, de los contrarios
pareceres, el que se tomó fue que nos llegásemos poco a
poco, y que si el sosiego del mar lo concediese, desembarcásemos
donde pudiésemos.
»Hízose así, y poco antes de la media noche sería
cuando llegamos al pie de una disformísima y alta montaña,
no tan junto al mar que no concediese un poco de espacio para poder desembarcar
cómodamente. Embestimos en la arena, salimos a tierra, besamos
el suelo, y, con lágrimas de muy alegrísimo contento, dimos
todos gracias a Dios, Señor Nuestro, por el bien tan incomparable
que nos había hecho. Sacamos de la barca los bastimentos que tenía,
tirámosla en tierra, y subímonos un grandísimo trecho
en la montaña, porque aún allí estábamos,
y aún no podíamos asegurar el pecho, ni acabábamos
de creer que era tierra de cristianos la que ya nos sostenía. Amaneció
más tarde, a mi parecer, de lo [que] quisiéramos. Acabamos
de subir toda la montaña, por ver si desde allí algún
poblado se descubría, o algunas cabañas de pastores; pero,
aunque más tendimos la vista, ni poblado, ni persona, ni senda,
ni camino descubrimos. Con todo esto, determinamos de entrarnos la tierra
adentro, pues no podría ser menos sino que presto descubriésemos
quien nos diese noticia della. Pero lo que a mí más me fatigaba
era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que, puesto que
alguna vez la puse sobre mis hombros, más le cansaba a ella mi
cansancio que la reposaba su reposo; y así, nunca más quiso
que yo aquel trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegría,
llevándola yo siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua
debíamos de haber andado, cuando llegó a nuestros oídos
el son de una pequeña esquila, señal clara que por allí
cerca había ganado; y, mirando todos con atención si alguno
se parecía, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con
grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. Dimos
voces, y él, alzando la cabeza, se puso ligeramente en pie, y,
a lo que después supimos, los primeros que a la vista se le ofrecieron
fueron el renegado y Zoraida, y, como él los vio en hábito
de moros, pensó que todos los de la Berbería estaban sobre
él; y, metiéndose con estraña ligereza por el bosque
adelante, comenzó a dar los mayores gritos del mundo diciendo:
''¡Moros, moros hay en la tierra! ¡Moros, moros! ¡Arma,
arma!''
»Con estas voces quedamos todos confusos, y no sabíamos qué
hacernos; pero, considerando que las voces del pastor habían de
alborotar la tierra, y que la caballería de la costa había
de venir luego a ver lo que era, acordamos que el renegado se desnudase
las ropas del turco y se vistiese un gilecuelco o casaca de cautivo que
uno de nosotros le dio luego, aunque se quedó en camisa; y así,
encomendándonos a Dios, fuimos por el mismo camino que vimos que
el pastor llevaba, esperando siempre cuándo había de dar
sobre nosotros la caballería de la costa. Y no nos engañó
nuestro pensamiento, porque, aún no habrían pasado dos horas
cuando, habiendo ya salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos
hasta cincuenta caballeros, que con gran ligereza, corriendo a media rienda,
a nosotros se venían, y así como los vimos, nos estuvimos
quedos aguardándolos; pero, como ellos llegaron y vieron, en lugar
de los moros que buscaban, tanto pobre cristiano, quedaron confusos, y
uno dellos nos preguntó si éramos nosotros acaso la ocasión
por que un pastor había apellidado al arma. ''Sí'', dije
yo; y, queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de dónde veníamos
y quién éramos, uno de los cristianos que con nosotros venían
conoció al jinete que nos había hecho la pregunta, y dijo,
sin dejarme a mí decir más palabra: ''¡Gracias sean
dadas a Dios, señores, que a tan buena parte nos ha conducido!,
porque, si yo no me engaño, la tierra que pisamos es la de Vélez
Málaga, si ya los años de mi cautiverio no me han quitado
de la memoria el acordarme que vos, señor, que nos preguntáis
quién somos, sois Pedro de Bustamante, tío mío''.
Apenas hubo dicho esto el cristiano cautivo, cuando el jinete se arrojó
del caballo y vino a abrazar al mozo, diciéndole: ''Sobrino de
mi alma y de mi vida, ya te conozco, y ya te he llorado por muerto yo,
y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que aún viven; y Dios
ha sido servido de darles vida para que gocen el placer de verte: ya sabíamos
que estabas en Argel, y por las señales y muestras de tus vestidos,
y la de todos los desta compañía, comprehendo que habéis
tenido milagrosa libertad''. ''Así es -respondió el mozo-,
y tiempo nos quedará para contároslo todo''.
»Luego que los jinetes entendieron que éramos cristianos
cautivos, se apearon de sus caballos, y cada uno nos convidaba con el
suyo para llevarnos a la ciudad de Vélez Málaga, que legua
y media de allí estaba. Algunos dellos volvieron a llevar la barca
a la ciudad, diciéndoles dónde la habíamos dejado;
otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las del caballo del tío
del cristiano. Saliónos a recebir todo el pueblo, que ya de alguno
que se había adelantado sabían la nueva de nuestra venida.
No se admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque toda
la gente de aquella costa está hecha a ver a los unos y a los otros;
pero admirábanse de la hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante
y sazón estaba en su punto, ansí con el cansancio del camino
como con la alegría de verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto
de perderse; y esto le había sacado al rostro tales colores que,
si no es que la afición entonces me engañaba,
osaré decir que más hermosa criatura no había en
el mundo; a lo menos, que yo la hubiese visto.
»Fuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced
recebida; y, así como en ella entró Zoraida, dijo que allí
había rostros que se parecían a los de Lela Marién.
Dijímosle que eran imágines suyas, y como mejor se pudo
le dio el renegado a entender lo que significaban, para que ella las adorase
como si verdaderamente fueran cada una dellas la misma Lela Marién
que la había hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y un natural
fácil y claro, entendió luego cuanto acerca de las imágenes
se le dijo. Desde allí nos llevaron y repartieron a todos en diferentes
casas del pueblo; pero al renegado, Zoraida y a mí nos llevó
el cristiano que vino con nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente
eran acomodados de los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor
como a su mismo hijo.
»Seis días estuvimos en Vélez, al cabo de los cuales
el renegado, hecha su información de cuanto le convenía,
se fue a la ciudad de Granada, a reducirse por medio de la Santa Inquisición
al gremio santísimo de la Iglesia; los demás cristianos
libertados se fueron cada uno donde mejor le pareció; solos quedamos
Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesía del francés
le dio a Zoraida, de los cuales compré este animal en que ella
viene; y, sirviéndola yo hasta agora de padre y escudero, y no
de esposo, vamos con intención de ver si mi padre es vivo, o si
alguno de mis hermanos ha tenido más próspera ventura que
la mía, puesto que, por haberme hecho el cielo compañero
de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera venir, por buena
que fuera, que más la estimara. La paciencia con que Zoraida lleva
las incomodidades que la pobreza trae consigo, y el deseo que muestra
tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me mueve a
servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengo de verme
suyo y de que ella sea mía me lo turba y deshace no saber si hallaré
en mi tierra algún rincón donde recogella, y si habrán
hecho el tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre
y hermanos que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.»
No tengo más, señores, que deciros de mi historia; la cual,
si es agradable y peregrina, júzguenlo vuestros buenos entendimientos;
que de mí sé decir que quisiera habérosla contado
más brevemente, puesto que el temor de enfadaros más de
cuatro circustancias me ha quitado de la lengua.
CAPÍTULO XLII. Que trata de lo que más sucedió en
la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse
Calló, en diciendo esto, el
cautivo, a quien don Fernando dijo:
-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis
contado este estraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad
y estrañeza del mesmo caso. Todo es peregrino y raro, y lleno de
accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye; y es de tal manera
el gusto que hemos recebido en escuchalle, que, aunque nos hallara el
día de mañana entretenidos en el mesmo cuento, holgáramos
que de nuevo se comenzara.
Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los demás se le ofrecieron,
con todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan
amorosas y tan verdaderas que el capitán se tuvo por bien satisfecho
de sus voluntades. Especialmente, le ofreció don Fernando que si
quería volverse con él, que él haría que el
marqués, su hermano, fuese padrino del bautismo de Zoraida, y que
él, por su parte, le acomodaría de manera que pudiese entrar
en su tierra con el autoridad y cómodo que a su persona se debía.
Todo lo agradeció cortesísimamente el cautivo, pero no quiso
acetar ninguno de sus liberales ofrecimientos.
En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegó a la venta
un coche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la
ventera respondió que no había en toda la venta un palmo
desocupado.
-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habían
entrado-, no ha de faltar para el señor oidor que aquí viene.
A este nombre se turbó la güéspeda, y dijo:
-Señor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su
merced del señor oidor la trae, que sí debe de traer, entre
en buen hora, que yo y mi marido nos saldremos de nuestro aposento por
acomodar a su merced.
-Sea en buen hora -dijo el escudero.
Pero, a este tiempo, ya había salido del coche un hombre, que en
el traje mostró luego el oficio y cargo que tenía, porque
la ropa luenga, con las mangas arrocadas, que vestía, mostraron
ser oidor, como su criado había dicho. Traía de la mano
a una doncella, al parecer de hasta diez y seis años, vestida de
camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a todos puso en admiración
su vista; de suerte que, a no haber visto a Dorotea y a Luscinda y Zoraida,
que en la venta estaban, creyeran que otra tal hermosura como la desta
doncella difícilmente pudiera hallarse.
Hallóse don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, así
como le vio, dijo:
-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,
que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad
en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más
si las armas y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como
la traen las letras de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien
deben no sólo abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse
los riscos, y devidirse y abajarse las montañas, para dalle acogida.
Entre vuestra merced, digo, en este paraíso, que aquí hallará
estrellas y soles que acompañen el cielo que vuestra merced trae
consigo; aquí hallará las armas en su punto y la hermosura
en su estremo.
Admirado quedó el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien
se puso a mirar muy de propósito, y no menos le admiraba su talle
que sus palabras; y, sin hallar ningunas con que respondelle, se tornó
a admirar de nuevo cuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea
y a Zoraida, que, a las nuevas de los nuevos güéspedes y a
las que la ventera les había dado de la hermosura de la doncella,
habían venido a verla y a recebirla. Pero don Fernando, Cardenio
y el cura le hicieron más llanos y más cortesanos ofrecimientos.
En efecto, el señor oidor entró confuso, así de lo
que veía como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron
la bienllegada a la hermosa doncella.
En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal
toda la que allí estaba; pero el talle, visaje y la apostura de
don Quijote le desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos
y tanteado la comodidad de la venta, se ordenó lo que antes estaba
ordenado: que todas las mujeres se entrasen en el camaranchón ya
referido, y que los hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y así,
fue contento el oidor que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas
señoras, lo que ella hizo de muy buena gana. Y con parte de la
estrecha cama del ventero, y con la mitad de la que el oidor traía,
se acomodaron aquella noche mejor de lo que pensaban.
El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazón
y barruntos de que aquél era su hermano, preguntó a uno
de los criados que con él venían que cómo se llamaba
y si sabía de qué tierra era. El criado le respondió
que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que había
oído decir que era de un lugar de las montañas de León.
Con esta relación y con lo que él había visto se
acabó de confirmar de que aquél era su hermano, que había
seguido las letras por consejo de su padre; y, alborotado y contento,
llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y al cura, les contó
lo que pasaba, certificándoles que aquel oidor era su hermano.
Habíale dicho también el criado como iba proveído
por oidor a las Indias, en la Audiencia de Méjico. Supo también
como aquella doncella era su hija, de cuyo parto había muerto su
madre, y que él había quedado muy rico con el dote que con
la hija se le quedó en casa. Pidióles consejo qué
modo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después
de descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebía
con buenas entrañas.
-Déjeseme a mí el hacer esa experiencia -dijo el cura-;
cuanto más, que no hay pensar sino que vos, señor capitán,
seréis muy bien recebido; porque el valor y prudencia que en su
buen parecer descubre vuestro hermano no da indicios de ser arrogante
ni desconocido, ni que no ha de saber poner los casos de la fortuna en
su punto.
-Con todo eso -dijo el capitán- yo querría, no de improviso,
sino por rodeos, dármele a conocer.
-Ya os digo -respondió el cura- que yo lo trazaré de modo
que todos quedemos satisfechos.
Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa,
eceto el cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en
su aposento. En la mitad de la cena dijo el cura:
-Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada
en Costantinopla, donde estuve cautivo algunos años; la cual camarada
era uno de los valientes soldados y capitanes que había en toda
la infantería española, pero tanto cuanto tenía de
esforzado y valeroso lo tenía de desdichado.
-Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío?
-preguntó el oidor.
-Llamábase -respondió el cura- Ruy Pérez de Viedma,
y era natural de un lugar de las montañas de León, el cual
me contó un caso que [a] su padre con sus hermanos le había
sucedido, que, a no contármelo un hombre tan verdadero como él,
lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas cuentan el invierno
al fuego. Porque me dijo que su padre había dividido su hacienda
entre tres hijos que tenía, y les había dado ciertos consejos,
mejores que los de Catón. Y sé yo decir que el que él
escogió de venir a la guerra le había sucedido tan bien
que en pocos años, por su valor y esfuerzo, sin otro brazo que
el de su mucha virtud, subió a ser capitán de infantería,
y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de campo. Pero
fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y tener buena,
allí la perdió, con perder la libertad en la felicísima
jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo
la perdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos,
nos hallamos camaradas en Costantinopla. Desde allí vino a Argel,
donde sé que le sucedió uno de los más estraños
casos que en el mundo han sucedido.
De aquí fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contó
lo que con Zoraida a su hermano había sucedido; a todo lo cual
estaba tan atento el oidor, que ninguna vez había sido tan oidor
como entonces. Sólo llegó el cura al punto de cuando los
franceses despojaron a los cristianos que en la barca venían, y
la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora habían
quedado; de los cuales no había sabido en qué habían
parado,
ni si habían llegado a España, o llevádolos los franceses
a Francia.
Todo lo que el cura decía estaba escuchando, algo de allí
desviado, el capitán, y notaba todos los movimientos que su hermano
hacía; el cual, viendo que ya el cura había llegado al fin
de su cuento,
dando un grande suspiro y llenándosele los ojos de agua, dijo:
-¡Oh, señor, si supiésedes las nuevas que me habéis
contado, y cómo me tocan tan en parte que me es forzoso dar muestras
dello con estas lágrimas que, contra toda mi discreción
y recato, me salen por los ojos! Ese capitán tan valeroso que decís
es mi mayor hermano, el cual, como más fuerte y de más altos
pensamientos que yo ni otro hermano menor mío, escogió el
honroso y digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos
que nuestro padre nos propuso, según os dijo vuestra camarada en
la conseja que, a vuestro parecer, le oístes. Yo seguí el
de las letras, en las cuales Dios y mi diligencia me han puesto en el
grado que me veis. Mi menor hermano está en el Pirú, tan
rico que con lo que ha enviado a mi padre y a mí ha satisfecho
bien la parte que él se llevó, y aun dado a las manos de
mi padre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo,
he podido con más decencia y autoridad tratarme en mis estudios
y llegar al puesto en que me veo. Vive aún mi padre, muriendo con
el deseo de saber de su hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones
no cierre la muerte sus ojos hasta que él vea con vida a los de
su hijo; del cual me maravillo, siendo tan discreto, cómo en tantos
trabajos y afliciones, o prósperos sucesos, se haya descuidado
de dar noticia de sí a su padre; que si él lo supiera, o
alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro de la
caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo
es de pensar si aquellos franceses le habrán dado libertad, o le
habrán muerto por encubrir su hurto. Esto todo será que
yo prosiga mi viaje, no con aquel contento con que le comencé,
sino con toda melancolía y tristeza. ¡Oh buen hermano mío,
y quién supiera agora dónde estabas; que yo te fuera a buscar
y a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los míos! ¡Oh,
quién llevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenías
vida, aunque estuvieras en las mazmorras más escondidas de Berbería;
que de allí te sacaran sus riquezas, las de mi hermano y las mías!
¡Oh Zoraida hermosa y liberal, quién pudiera pagar el bien
que a un hermano hiciste!; ¡quién pudiera hallarse al renacer
de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos dieran!
Estas y otras semejantes palabras decía el oidor, lleno de tanta
compasión con las nuevas que de su hermano le habían dado,
que todos los que le oían le acompañaban en dar muestras
del sentimiento que tenían de su lástima.
Viendo, pues, el cura que tan bien había salido con su intención
y con lo que deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más
tiempo tristes, y así, se levantó de la mesa, y, entrando
donde estaba Zoraida, la tomó por la mano, y tras ella se vinieron
Luscinda, Dorotea y la hija del oidor. Estaba esperando el capitán
a ver lo que el cura quería hacer, que fue que, tomándole
a él asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde
el oidor y los demás caballeros estaban, y dijo:
-Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese
vuestro deseo de todo el bien que acertare a desearse, pues tenéis
delante a vuestro buen hermano y a vuestra buena cuñada. Éste
que aquí veis es el capitán Viedma, y ésta, la hermosa
mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron en
la estrecheza que veis,
para que vos mostréis la liberalidad de vuestro buen pecho.
Acudió el capitán a abrazar a su hermano, y él le
puso ambas manos en los pechos por mirarle algo más apartado; mas,
cuando le acabó de conocer, le abrazó tan estrechamente,
derramando tan tiernas lágrimas de contento,que los más
de los que presentes estaban le hubieron de acompañar en ellas.
Las palabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,
apenas creo que pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí,
en breves razones, se dieron cuenta de sus sucesos; allí mostraron
puesta en su punto la buena amistad de dos hermanos; allí abrazó
el oidor a Zoraida; allí la ofreció su hacienda; allí
hizo que la abrazase su hija; allí la cristiana hermosa y la mora
hermosísima renovaron las lágrimas de todos.
Allí don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando
estos tan estraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras
de la andante caballería. Allí concertaron que el capitán
y Zoraida se volviesen con su hermano a Sevilla y avisasen a su padre
de su hallazgo y libertad, para que, como pudiese, viniese a hallarse
en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le ser al oidor posible dejar
el camino que llevaba, a causa de tener nuevas que de allí a un
mes partía la flota de Sevilla
a la Nueva España, y fuérale de grande incomodidad perder
el viaje.
En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso
del cautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada,
acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote
se ofreció a hacer la guardia del castillo, porque de algún
gigante o otro mal andante follón no fuesen acometidos, codiciosos
del gran tesoro de hermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeciéronselo
los que le conocían,
y dieron al oidor cuenta del humor estraño de don Quijote, de que
no poco gusto recibió.
Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento,
y sólo él se acomodó mejor que todos, echándose
sobre los aparejos de su jumento, que le costaron tan caros como adelante
se dirá.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose
como menos mal pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta
a hacer la centinela del castillo, como lo había prometido.
Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó
a los oídos de las damas una voz tan entonada y tan buena, que
les obligó a que todas le prestasen atento oído, especialmente
Dorotea, que despierta estaba, a cuyo lado dormía doña Clara
de Viedma, que ansí se llamaba la hija del oidor. Nadie podía
imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era una voz
sola, sin que la acompañase instrumento alguno. Unas veces les
parecía que cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza;
y, estando en esta confusión muy atentas, llegó a la puerta
del aposento Cardenio y dijo:
-Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas,
que de tal manera canta que encanta.
-Ya lo oímos, señor -respondió Dorotea.
Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atención
posible, entendió que lo que se cantaba era esto:
[CAPÍTULO XLIII. Donde
se cuenta la agradable historia del mozo de mulas,
con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos]
-Marinero soy de amor,
y en su piélago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno.
Siguiendo voy a una estrella
que desde lejos descubro,
más bella y resplandeciente
que cuantas vio Palinuro.
Yo no sé adónde me guía,
y así, navego confuso,
el alma a mirarla atenta,
cuidadosa y con descuido.
Recatos impertinentes,
honestidad contra el uso,
son nubes que me la encubren
cuando más verla procuro.
¡Oh clara y luciente estrella,
en cuya lumbre me apuro!;
al punto que te me encubras,
será de mi muerte el punto.
Llegando el que cantaba a este punto,
le pareció a Dorotea que no sería bien que dejase Clara
de oír una tan buena voz; y así, moviéndola a una
y a otra parte, la despertó diciéndole:
-Perdóname, niña, que te despierto, pues lo hago porque
gustes de oír la mejor voz que quizá habrás oído
en toda tu vida.
Clara despertó toda soñolienta, y de la primera vez no entendió
lo que Dorotea le decía; y, volviéndoselo a preguntar, ella
se lo volvió a decir, por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas
hubo oído dos versos que el que cantaba iba prosiguiendo, cuando
le tomó un temblor tan estraño como si de algún grave
accidente de cuartana estuviera enferma,
y, abrazándose estrechamente con Teodora, le dijo:
-¡Ay señora de mi alma y de mi vida!, ¿para qué
me despertastes?; que el mayor bien que la fortuna me podía hacer
por ahora era tenerme cerrados los ojos y los oídos, para no ver
ni oír a ese desdichado músico.
-¿Qué es lo que dices, niña?; mira que dicen que
el que canta es un mozo de mulas.
-No es sino señor de lugares -respondió Clara-, y el que
le tiene en mi alma con tanta seguridad que si él no quiere dejalle,
no le será quitado eternamente.
Admirada quedó Dorotea de las sentidas razones de la muchacha,
pareciéndole que se aventajaban en mucho a la discreción
que sus pocos años prometían; y así, le dijo:
-Habláis de modo, señora Clara, que no puedo entenderos:
declaraos más y decidme qué es lo que decís de alma
y de lugares, y deste músico, cuya voz tan inquieta os tiene. Pero
no me digáis nada por ahora, que no quiero perder, por acudir a
vuestro sobresalto, el gusto que recibo de oír al que canta; que
me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.
-Sea en buen hora -respondió Clara.
Y, por no oílle, se tapó con las manos entrambos oídos,
de lo que también se admiró Dorotea; la cual, estando atenta
a lo que se cantaba, vio que proseguían en esta manera:
-Dulce esperanza mía,
que, rompiendo imposibles y malezas,
sigues firme la vía
que tú mesma te finges y aderezas:
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte.
No alcanzan perezosos
honrados triunfos ni vitoria alguna,
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando a la fortuna,
entregan, desvalidos,
al ocio blando todos los sentidos.
Que amor sus glorias venda
caras, es gran razón, y es trato justo,
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto;
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta.
Amorosas porfías
tal vez alcanzan imposibles cosas;
y ansí, aunque con las mías
sigo de amor las más dificultosas,
no por eso recelo
de no alcanzar desde la tierra el cielo.
Aquí dio fin la voz, y principio
a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual encendía el deseo de Dorotea,
que deseaba saber la causa de tan suave canto y de tan triste lloro. Y
así, le volvió a preguntar qué era lo que le quería
decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese,
abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del oído
de Dorotea, que seguramente podía hablar sin ser de otro sentida,
y así le dijo:
-Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero
natural del reino de Aragón, señor de dos lugares, el cual
vivía frontero de la casa de mi padre en la Corte; y, aunque mi
padre tenía las ventanas de su casa con lienzos en el invierno
y celosías en el verano, yo no sé lo que fue, ni lo que
no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si
en la iglesia o en otra parte. Finalmente, él se enamoró
de mí, y me lo dio a entender desde las ventanas de su casa con
tantas señas y con tantas lágrimas, que yo le hube de creer,
y aun querer, sin saber lo que me quería. Entre las señas
que me hacía, era una de juntarse la una mano con la otra, dándome
a entender que se casaría conmigo; y, aunque yo me holgaría
mucho de que ansí fuera, como sola y sin madre, no sabía
con quién comunicallo, y así, lo dejé estar sin dalle
otro favor si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo también,
alzar un poco el lienzo o la celosía y dejarme ver toda, de lo
que él hacía tanta fiesta, que daba señales de volverse
loco. Llegóse en esto el tiempo de la partida de mi padre, la cual
él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo. Cayó
malo, a lo que yo entiendo, de pesadumbre; y así, el día
que nos partimos nunca pude verle para despedirme dél, siquiera
con los ojos. Pero, a cabo de dos días que caminábamos,
al entrar de una posada, en un lugar una jornada de aquí, le vi
a la puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas,
tan al natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera
imposible conocelle. Conocíle, admiréme y alegréme;
él me miró a hurto de mi padre, de quien él siempre
se esconde cuando atraviesa por delante de mí en los caminos y
en las posadas do llegamos; y, como yo sé quién es, y considero
que por amor de mí viene a pie y con tanto trabajo, muérome
de pesadumbre, y adonde él pone los pies pongo yo los ojos. No
sé con qué intención viene, ni cómo ha podido
escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente, porque no tiene
otro heredero, y porque él lo merece, como lo verá vuestra
merced cuando le vea. Y más le sé decir: que todo aquello
que canta lo saca de su cabeza; que he oído decir que es muy gran
estudiante y poeta. Y hay más: que cada vez que le veo o le oigo
cantar, tiemblo toda y me sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca
y venga en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra,
y, con todo eso, le quiero de manera que no he de poder vivir sin él.
Esto es, señora mía, todo lo que os puedo decir deste músico,
cuya voz tanto os ha contentado; que en sola ella echaréis bien
de ver que no es mozo de mulas,
como decís, sino señor de almas y lugares, como yo os he
dicho.
-No digáis más, señora doña Clara -dijo a
esta sazón Dorotea, y esto, besándola mil veces-; no digáis
más, digo, y esperad que venga el nuevo día, que yo espero
en Dios de encaminar de manera vuestros negocios,
que tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.
-¡Ay señora! -dijo doña Clara-, ¿qué
fin se puede esperar, si su padre es tan principal y tan rico que le parecerá
que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto más esposa? Pues
casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré por cuanto hay en el
mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me dejase; quizá
con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviaría
la pena que ahora llevo, aunque sé decir que este remedio que me
imagino me ha de aprovechar bien poco. No sé qué diablos
ha sido esto, ni por dónde se ha entrado este amor que le tengo,
siendo yo tan muchacha y él tan muchacho, que en verdad que creo
que somos de una edad mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis años;
que para el día de San Miguel que vendrá dice mi padre que
los cumplo.
No pudo dejar de reírse Dorotea, oyendo cuán como niña
hablaba doña Clara, a quien dijo:
-Reposemos, señora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecerá
Dios y medraremos, o mal me andarán las manos.
Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande
silencio; solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes,
su criada, las cuales, como ya sabían el humor de que pecaba don
Quijote, y que estaba fuera de la venta armado y a caballo haciendo la
guarda, determinaron las dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos,
de pasar un poco el tiempo oyéndole sus disparates.
Es, pues, el caso que en toda la venta no había ventana que saliese
al campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera.
A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote
estaba a caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en
cuando tan dolientes y profundos suspiros que parecía, que con
cada uno se le arrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que decía con
voz blanda, regalada y amorosa:
-¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura,
fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito
de la honestidad, y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto
y deleitable que hay en el mundo! Y ¿qué fará agora
la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las mientes en tu
cautivo caballero, que a tantos peligros, por sólo servirte, de
su voluntad ha querido ponerse? Dame tú nuevas della, ¡oh
luminaria de las tres caras! Quizá con envidia de la suya la estás
ahora mirando; que, o paseándose por alguna galería de sus
suntuosos palacios, o ya puesta de pechos sobre algún balcón,
está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza,
ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazón
padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a
mi cuidado y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio
a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando
tus caballos, por madrugar y salir a ver a mi señora, así
como la veas, suplícote que de mi parte la saludes; pero guárdate
que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que tendré
más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata
que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las
riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces
celoso y enamorado.
A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento,
cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear y a decirle:
-Señor mío, lléguese acá la vuestra merced
si es servido.
A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza, y vio,
a la luz de la luna, que entonces estaba en toda su claridad, cómo
le llamaban del agujero que a él le pareció ventana, y aun
con rejas doradas, como conviene que las tengan tan ricos castillos como
él se imaginaba que era aquella venta; y luego en el instante se
le representó en su loca imaginación que otra vez, como
la pasada, la doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo,
vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por
no mostrarse descortés y desagradecido, volvió las riendas
a Rocinante
y se llegó al agujero, y, así como vio a las dos mozas,
dijo:
-Lástima os tengo, fermosa señora, de que hayades puesto
vuestras amorosas mientes en parte donde no es posible corresponderos
conforme merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no debéis
dar culpa a este miserable andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado
de poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que
sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma. Perdonadme,
buena señora, y recogeos en vuestro aposento, y no queráis,
con significarme más vuestros deseos, que yo me muestre más
desagradecido; y si del amor que me tenéis halláis en mí
otra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, pedídmela;
que yo os juro, por aquella ausente enemiga dulce mía, de dárosla
en continente, si bien me pidiésedes una guedeja de los cabellos
de Medusa,
que eran todos culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una
redoma.
-No ha menester nada deso mi señora, señor caballero -dijo
a este punto Maritornes.
-Pues, ¿qué ha menester, discreta dueña, vuestra
señora? -respondió don Quijote.
-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar
con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro
de su honor que si su señor padre la hubiera sentido, la menor
tajada della fuera la oreja.
-¡Ya quisiera yo ver eso! -respondió don Quijote-; pero él
se guardará bien deso, si ya no quiere hacer el más desastrado
fin que padre hizo en el mundo, por haber puesto las manos en los delicados
miembros de su enamorada hija.
Parecióle a Maritornes que sin duda don Quijote daría la
mano que le habían pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo
que había de hacer, se bajó del agujero y se fue a la caballeriza,
donde tomó el cabestro del jumento de Sancho Panza, y con mucha
presteza se volvió a su agujero, a tiempo que don Quijote se había
puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a la ventana
enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al darle la
mano, dijo:
-Tomad, señora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los
malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra
de mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesión
de todo mi cuerpo. No os la doy para que la beséis, sino para que
miréis la contestura de sus nervios, la trabazón de sus
músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde sacaréis
qué tal debe de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene.
-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.
Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca,
y, bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo
de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sintió
la aspereza del cordel en su muñeca, dijo:
-Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la
mano; no la tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal
que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca parte venguéis
el todo de vuestro enojo.
Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.
Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque,
así como Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas
de risa, y le dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.
Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el
brazo por el agujero y atado de la muñeca, y al cerrojo de la puerta,
con grandísimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a
un cabo o a otro, había de quedar colgado del brazo; y así,
no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la paciencia
y quietud de Rocinante bien se podía esperar que estaría
sin moverse un siglo entero.
En resolución, viéndose don Quijote atado, y que ya las
damas se habían ido, se dio a imaginar que todo aquello se hacía
por vía de encantamento, como la vez pasada, cuando en aquel mesmo
castillo le molió aquel moro encantado del arriero; y maldecía
entre sí su poca discreción y discurso, pues, habiendo salido
tan mal la vez primera de aquel castillo, se había aventurado a
entrar en él la segunda, siendo advertimiento de caballeros andantes
que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es señal
que no está para ellos guardada, sino para otros; y así,
no tienen necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de
su brazo, por ver si podía soltarse; mas él estaba tan bien
asido, que todas sus pruebas fueron en vano. Bien es verdad que tiraba
con tiento, porque Rocinante no se moviese; y, aunque él quisiera
sentarse
y ponerse en la silla, no podía sino estar en pie, o arrancarse
la mano.
Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien
no tenía fuerza de encantamento alguno; allí fue el maldecir
de su fortuna; allí fue el exagerar la falta que haría en
el mundo su presencia el tiempo que allí estuviese encantado, que
sin duda alguna se había creído que lo estaba; allí
el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allí fue
el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño
y tendido sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante
de la madre que lo había parido; allí llamó a los
sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; allí invocó
a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y, finalmente, allí
le tomó la mañana, tan desesperado y confuso que bramaba
como un toro; porque no esperaba él que con el día se remediara
su cuita, porque la tenía por eterna, teniéndose por encantado.
Y hacíale creer esto ver que Rocinante poco ni mucho se movía,
y creía que de aquella suerte, sin comer ni beber ni dormir, habían
de estar él y su caballo, hasta que aquel mal influjo de las estrellas
se pasase, o hasta que otro más sabio encantador le desencantase.
Pero engañóse mucho en su creencia, porque, apenas comenzó
a amanecer, cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy
bien puestos y aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron
a la puerta de la venta, que aún estaba cerrada, con grandes golpes;
lo cual, visto por don Quijote desde donde aún no dejaba de hacer
la centinela,
con voz arrogante y alta dijo:
-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis: no tenéis
para qué llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro
está que a tales horas, o los que están dentro duermen,
o no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas hasta que el sol esté
tendido por todo el suelo. Desviaos afuera, y esperad que aclare el día,
y entonces veremos si será justo o no que os abran.
-¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste -dijo
uno-, para obligarnos a guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad
que nos abran, que somos caminantes que no queremos más de dar
cebada a nuestras cabalgaduras
y pasar adelante, porque vamos de priesa.
-¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondió
don Quijote.
-No sé de qué tenéis talle -respondió el otro-,
pero sé que decís disparates en llamar castillo a esta venta.
-Castillo es -replicó don Quijote-, y aun de los mejores de toda
esta provincia;
y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.
-Mejor fuera al revés -dijo el caminante-: el cetro en la cabeza
y la corona en la mano. Y será, si a mano viene, que debe de estar
dentro alguna compañía de representantes, de los cuales
es tener a menudo esas coronas y cetros que decís, porque en una
venta tan pequeña, y adonde se guarda tanto silencio como ésta,
no creo yo que se alojan personas dignas de corona y cetro.
-Sabéis poco del mundo -replicó don Quijote-, pues ignoráis
los casos que suelen acontecer en la caballería andante.
Cansábanse los compañeros que con el preguntante venían
del coloquio que con don Quijote pasaba, y así, tornaron a llamar
con grande furia; y fue de modo que el ventero despertó, y aun
todos cuantos en la venta estaban; y así, se levantó a preguntar
quién llamaba. Sucedió en este tiempo que una de las cabalgaduras
en que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler a
Rocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas,
sostenía sin moverse a su estirado señor; y como, en fin,
era de carne, aunque parecía de leño, no pudo dejar de resentirse
y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias; y así, no
se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron los juntos pies de don
Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con él en el suelo,
a no quedar colgado del brazo: cosa que le causó tanto dolor que
creyó o que la muñeca le cortaban, o que el brazo se le
arrancaba; porque él quedó tan cerca del suelo que con los
estremos de las puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio,
porque, como sentía lo poco que le faltaba para poner las plantas
en la tierra, fatigábase y estirábase cuanto podía
por alcanzar al suelo: bien así como los que están en el
tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son
causa de acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse,
engañados de la esperanza que se les representa,
que con poco más que se estiren llegarán al suelo.
CAPÍTULO XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta
En efeto, fueron tantas las voces que
don Quijote dio, que, abriendo de presto las puertas de la venta, salió
el ventero, despavorido, a ver quién tales gritos daba, y los que
estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que ya había despertado
a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, se fue al pajar
y desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote
sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero
y de los caminantes, que, llegándose a él, le preguntaron
qué tenía, que tales voces daba. Él, sin responder
palabra, se quitó el cordel de la muñeca, y, levantándose
en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró
su lanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió a medio
galope, diciendo:
-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado,
como mi señora la princesa Micomicona me dé licencia para
ello, yo le desmiento, le rieto y desafío a singular batalla.
Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote,
pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles
que era don Quijote, y que no había que hacer caso dél,
porque estaba fuera de juicio.
Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella
venta un muchacho de hasta edad de quince años, que venía
vestido como mozo de mulas, de tales y tales señas, dando las mesmas
que traía el amante de doña Clara. El ventero respondió
que había tanta gente en la venta, que no había echado de
ver en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde
había venido el oidor, dijo:
-Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que
él dicen que sigue; quédese uno de nosotros a la puerta
y entren los demás a buscarle; y aun sería bien que uno
de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las bardas de
los corrales.
-Así se hará -respondió uno dellos.
Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y
el otro se fue a rodear la venta; todo lo cual veía el ventero,
y no sabía atinar para qué se hacían aquellas diligencias,
puesto que bien creyó que buscaban aquel mozo cuyas señas
le habían dado.
Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto
como por el ruido que don Quijote había hecho, estaban todos despiertos
y se levantaban, especialmente doña Clara y Dorotea, que la una
con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo
de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche. Don Quijote,
que vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso dél,
ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho
y saña; y si él hallara en las ordenanzas de su caballería
que lícitamente podía el caballero andante tomar y emprender
otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta
acabar la que había prometido, él embistiera con todos,
y les hiciera responder mal de su grado. Pero, por parecerle no convenirle
ni estarle bien comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su
reino, hubo de callar y estarse quedo, esperando a ver en qué paraban
las diligencias de aquellos caminantes; uno de los cuales halló
al mancebo que buscaba, durmiendo al lado de un mozo de mulas, bien descuidado
de que nadie ni le buscase, ni menos de que le hallase. El hombre le trabó
del brazo y le dijo:
-Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois
el hábito que tenéis, y que dice bien la cama en que os
hallo al regalo con que vuestra madre os crió.
Limpióse el mozo los soñolientos ojos y miró de espacio
al que le tenía asido, y luego conoció que era criado de
su padre, de que recibió tal sobresalto, que no acertó o
no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y el criado prosiguió
diciendo:
-Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar
paciencia y dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su
padre y mi señor la dé al otro mundo, porque no se puede
esperar otra cosa de la pena con que queda por vuestra ausencia.
-Pues, ¿cómo supo mi padre -dijo don Luis- que yo venía
este camino y en este traje?
-Un estudiante -respondió el criado- a quien distes cuenta de vuestros
pensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de
las que vio que hacía vuestro padre al punto que os echó
de menos; y así, despachó a cuatro de sus criados en vuestra
busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio, más contentos
de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que tornaremos,
llevándoos a los ojos que tanto os quieren.
-Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare -respondió
don Luis.
-¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar
el cielo, fuera de consentir en volveros?; porque no ha de ser posible
otra cosa.
Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas
junto a quien don Luis estaba; y, levantándose de allí,
fue a decir lo que pasaba a don Fernando y a Cardenio, y a los demás,
que ya vestido se habían; a los cuales dijo cómo aquel hombre
llamaba de don a aquel muchacho, y las razones que pasaban, y cómo
le quería volver a casa de su padre, y el mozo no quería.
Y con esto, y con lo que dél sabían de la buena voz que
el cielo le había dado, vinieron todos en gran deseo de saber más
particularmente quién era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le
quisiesen hacer; y así, se fueron hacia la parte donde aún
estaba hablando y porfiando con su criado.
Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara,
toda turbada; y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en
breves razones la historia del músico y de doña Clara, a
quien él también dijo lo que pasaba de la venida a buscarle
los criados de su padre, y no se lo dijo tan callando que lo dejase de
oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí que, si
Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo
a Dorotea que se volviesen al aposento, que él procuraría
poner remedio en todo, y ellas lo hicieron.
Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro
de la venta y rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin
detenerse un punto, volviese a consolar a su padre. Él respondió
que en ninguna manera lo podía hacer hasta dar fin a un negocio
en que le iba la vida, la honra y el alma. Apretáronle entonces
los criados, diciéndole que en ningún modo volverían
sin él, y que le llevarían, quisiese o no quisiese.
-Eso no haréis vosotros -replicó don Luis-, si no es llevándome
muerto; aunque,
de cualquiera manera que me llevéis, será llevarme sin vida.
Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos
los más que en la venta estaban, especialmente Cardenio, don Fernando,
sus camaradas, el oidor, el cura, el barbero y don Quijote, que ya le
pareció que no había necesidad de guardar más el
castillo. Cardenio, como ya sabía la historia del mozo, preguntó
a los que llevarle querían que qué les movía a querer
llevar contra su voluntad aquel muchacho.
-Muévenos -respondió uno de los cuatro- dar la vida a su
padre, que por la ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.
A esto dijo don Luis:
-No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas:
yo soy libre, y volveré si me diere gusto, y si no,
ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.
-Harásela a vuestra merced la razón -respondió el
hombre-; y, cuando ella
no bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para hacer
a lo que venimos y lo que somos obligados.
-Sepamos qué es esto de raíz -dijo a este tiempo el oidor.
Pero el hombre, que lo conoció, como vecino de su casa, respondió:
-¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero,
que es el hijo de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre
en el hábito tan indecente a su calidad como vuestra merced puede
ver?
Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle;
y, abrazándole, dijo:
-¿Qué niñerías son éstas, señor
don Luis, o qué causas tan poderosas, que os hayan movido a venir
desta manera, y en este traje, que dice tan mal con la calidad vuestra?
Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder
palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría
bien; y, tomando por la mano a don Luis, le apartó a una parte
y le preguntó qué venida había sido aquélla.
Y, en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes
voces a la puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes
que aquella noche habían alojado en ella, viendo a toda la gente
ocupada en saber lo que los cuatro buscaban, habían intentado a
irse sin pagar lo que debían; mas el ventero, que atendía
más a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de
la puerta y pidió su paga, y les afeó su mala intención
con tales palabras, que les movió a que le respondiesen con los
puños; y así, le comenzaron a dar tal mano, que el pobre
ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y su hija
no vieron a otro más desocupado para poder socorrerle que a don
Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:
-Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios
le dio, a mi pobre padre,
que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.
A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:
-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque
estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere
cima a una en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré
hacer por serviros es lo que ahora diré: corred y decid a vuestro
padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que pudiere, y que no
se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido licencia a
la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella
me la da,
tened por cierto que yo le sacaré della.
-¡Pecadora de mí! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-:
primero que vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará
ya mi señor en el otro mundo.
-Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo -respondió
don Quijote-; que, como yo la tenga, poco hará al caso que él
esté en el otro mundo; que de allí le sacaré a pesar
del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os daré tal
venganza de los que allá le hubieren enviado, que quedéis
más que medianamente satisfechas.
Y sin decir más se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole
con palabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida
de darle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo,
que estaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante,
y él luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudió
a la puerta de la venta, adonde aún todavía traían
los dos huéspedes a mal traer al ventero; pero, así como
llegó, embazó y se estuvo quedo, aunque Maritornes y la
ventera le decían que en qué se detenía, que socorriese
a su señor y marido.
-Deténgome -dijo don Quijote- porque no me es lícito poner
mano a la espada contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi
escudero Sancho, que a él toca y atañe esta defensa y venganza.
Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas
y mojicones muy en su punto, todo en daño del ventero y en rabia
de Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobardía
de don Quijote,
y de lo mal que lo pasaba su marido, señor y padre.
Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra,
o si no, sufra y calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas
le prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos, a ver qué
fue lo que don Luis respondió al oidor, que le dejamos aparte,
preguntándole la causa de su venida a pie y de tan vil traje vestido.
A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de las manos, como en
señal de que algún gran dolor le apretaba el corazón,
y derramando lágrimas en grande abundancia, le dijo:
-Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde
el punto que quiso el cielo y facilitó nuestra vecindad que yo
viese a mi señora doña Clara, hija vuestra y señora
mía, desde aquel instante la hice dueño de mi voluntad;
y si la vuestra, verdadero señor y padre mío, no lo impide,
en este mesmo día ha de ser mi esposa. Por ella dejé la
casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, para seguirla dondequiera
que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte. Ella
no sabe de mis deseos más de lo que ha podido entender de algunas
veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabéis
la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo soy su único heredero:
si os parece que éstas son partes para que os aventuréis
a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo; que si
mi padre, llevado de otros disignios suyos, no gustare deste bien que
yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar
las cosas que las humanas voluntades.
Calló, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor quedó
en oírle suspenso, confuso y admirado, así de haber oído
el modo y la discreción con que don Luis le había descubierto
su pensamiento, como de verse en punto que no sabía el que poder
tomar en tan repentino y no esperado negocio; y así, no respondió
otra cosa sino que se sosegase por entonces, y entretuviese a sus criados,
que por aquel día no le volviesen, porque se tuviese tiempo para
considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle las manos por
fuerza don Luis, y aun se las bañó con lágrimas,
cosa que pudiera enternecer un corazón de mármol, no sólo
el del oidor, que, como discreto, ya había conocido cuán
bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto que, si fuera posible,
lo quisiera efetuar con voluntad del padre de don Luis, del cual sabía
que pretendía hacer de título a su hijo.
Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero,
pues, por persuasión y buenas razones de don Quijote, más
que por amenazas, le habían pagado todo lo que él quiso,
y los criados de don Luis aguardaban el fin de la plática del oidor
y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no duerme, ordenó
que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a quien don
Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos
del asno, que trocó con los del suyo; el cual barbero, llevando
su jumento a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando
no sé qué de la albarda,
y así como la vio la conoció, y se atrevió a arremeter
a Sancho, diciendo:
-¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi
bacía y mi albarda, con todos mis aparejos que me robastes!
Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios
que le decían, con la una mano asió de la albarda, y con
la otra dio un mojicón al barbero que le bañó los
dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero la presa que
tenía hecha en el albarda; antes, alzó la voz de tal manera
que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y decía:
-¡Aquí del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda,
me quiere matar este ladrón salteador de caminos!
-Mentís -respondió Sancho-, que yo no soy salteador de caminos;
que en buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos.
Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien
se defendía y ofendía su escudero, y túvole desde
allí adelante por hombre de pro, y propuso en su corazón
de armalle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese,
por parecerle que sería en él bien empleada la orden de
la caballería. Entre otras cosas que el barbero decía en
el discurso de la pendencia, vino a decir:
-Señores, así esta albarda es mía como la muerte
que debo a Dios, y así la conozco como si la hubiera parido; y
ahí está mi asno en el establo, que no me dejará
mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo
quedaré por infame. Y hay más: que el mismo día que
ella se me quitó, me quitaron también una bacía de
azófar nueva,
que no se había estrenado, que era señora de un escudo.
Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poniéndose
entre los dos y apartándoles, depositando la albarda en el suelo,
que la tuviese de manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:
-¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error
en que está este buen escudero, pues llama bacía a lo que
fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se lo quité yo
en buena guerra, y me hice señor dél con ligítima
y lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto, que
lo que en ello sabré decir es que mi escudero Sancho me pidió
licencia para quitar los jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con
ellos adornar el suyo; yo se la di, y él los tomó, y, de
haberse convertido de jaez en albarda, no sabré dar otra razón
si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se ven en los sucesos
de la caballería; para confirmación de lo cual, corre, Sancho
hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice ser bacía.
-¡Pardiez, señor -dijo Sancho-, si no tenemos otra prueba
de nuestra intención que la que vuestra merced dice, tan bacía
es el yelmo de Malino como el jaez deste buen hombre albarda!
-Haz lo que te mando -replicó don Quijote-, que no todas las cosas
deste castillo han de ser guiadas por encantamento.
Sancho fue a do estaba la bacía y la trujo; y, así como
don Quijote la vio, la tomó en las manos y dijo:
-Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero
que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro
por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo
que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado
cosa alguna.
-En eso no hay duda -dijo a esta sazón Sancho-, porque desde que
mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más
de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si
no fuera por este baciyelmo,
no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel
trance.
CAPÍTULO XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo
de Mambrino
y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad
-¿Qué les parece a vuestras
mercedes, señores -dijo el barbero-, de lo que afirman estos gentiles
hombres, pues aún porfía[n] que ésta no es bacía,
sino yelmo?
-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le haré yo conocer
que miente, si fuere caballero,
y si escudero, que remiente mil veces.
Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien
conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar
adelante la burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro
barbero:
-Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de
vuestro oficio, y tengo más ha de veinte años carta de examen,
y conozco muy bien de todos los instrumentos de la barbería, sin
que le falte uno; y ni más ni menos fui un tiempo en mi mocedad
soldado, y sé también qué es yelmo, y qué
es morrión, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia,
digo, a los géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor
parecer, remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta
pieza que está aquí delante y que este buen señor
tiene en las manos, no sólo no es bacía de barbero, pero
está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo
negro y la verdad de la mentira; también digo que éste,
aunque es yelmo, no es yelmo entero.
-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la
babera.
-Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención
de su amigo el barbero.
Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun
el oidor, si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara,
por su parte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían
tan suspenso,
que poco o nada atendía a aquellos donaires.
-¡Válame Dios! -dijo a esta sazón el barbero burlado-;
¿que es posible que tanta gente honrada diga que ésta no
es bacía, sino yelmo? Cosa parece ésta que puede poner en
admiración a toda una Universidad, por discreta que sea. Basta:
si es que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta
albarda jaez de caballo, como este señor ha dicho.
-A mí albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que
en eso no me entremeto.
-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no está en más
de decirlo el señor don Quijote; que en estas cosas de la caballería
todos estos señores y yo le damos la ventaja.
-Por Dios, señores míos -dijo don Quijote-, que son tantas
y tan estrañas las cosas que en este castillo, en dos veces que
en él he alojado, me han sucedido, que no me atreva a decir afirmativamente
ninguna cosa de lo que acerca de lo que en él se contiene se preguntare,
porque imagino que cuanto en él se trata va por vía de encantamento.
La primera vez me fatigó mucho un moro encantado que en él
hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros sus secuaces; y anoche estuve
colgado deste brazo casi dos horas, sin saber cómo ni cómo
no vine a caer en aquella desgracia. Así que, ponerme yo agora
en cosa de tanta confusión a dar mi parecer, será caer en
juicio temerario. En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía,
y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero, en lo de declarar si ésa
es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia difinitiva: sólo
lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes. Quizá por no ser
armados caballeros, como yo lo soy, no tendrán que ver con vuestras
mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán los entendimientos
libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo
como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.
-No hay duda -respondió a esto don Fernando-, sino que el señor
don Quijote ha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición
deste caso; y, porque vaya con más fundamento, yo tomaré
en secreto los votos
destos señores, y de lo que resultare daré entera y clara
noticia.
Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo
esto materia de grandísima risa; pero, para los que le ignoraban,
les parecía el mayor disparate del mundo, especialmente a los cuatro
criados de don Luis, y a don Luis ni más ni menos, y a otros tres
pasajeros que acaso habían llegado a la venta, que tenían
parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo eran. Pero el que más
se desesperaba era el barbero, cuya bacía, allí delante
de sus ojos, se le había vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya albarda
pensaba sin duda alguna que se le había de volver en jaez rico
de caballo; y los unos y los otros se reían de ver cómo
andaba don Fernando tomando los votos de unos en otros, hablándolos
al oído para que en secreto declarasen si era albarda o jaez aquella
joya sobre quien tanto se había peleado.
Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote
conocían, dijo en alta voz:
-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos pareceres,
porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me diga que
es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez
de caballo, y aun de caballo castizo; y así, habréis de
tener paciencia, porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste
es jaez y no albarda, y vos habéis alegado y probado muy mal de
vuestra parte.
-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras mercedes
no se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios
como ella me parece a mí albarda, y no jaez; pero allá van
leyes..., etcétera; y no digo más; y en verdad que no estoy
borracho: que no me he desayunado, si de pecar no.
No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que los
disparates de don Quijote, el cual a esta sazón dijo:
-Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que
es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
Uno de los cuatro dijo:
-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres
de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí
están, se atrevan a decir y afirmar que ésta no es bacía,
ni aquélla albarda; mas, como veo que lo afirman y lo dicen, me
doy a entender que no carece de misterio el porfiar una cosa tan contraria
de lo que nos muestra la misma verdad y la misma experiencia; porque,
¡voto a tal! -y arrojóle redondo-, que no me den a mí
a entender cuantos hoy viven en el mundo al revés de que ésta
no sea bacía de barbero y ésta albarda de asno.
-Bien podría ser de borrica -dijo el cura.
-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en
si es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.
Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había
oído la pendencia y quistión, lleno de cólera y de
enfado, dijo:
-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe
de estar hecho uva.
-Mentís como bellaco villano -respondió don Quijote.
Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba
a descargar tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero,
se le dejara allí tendido. El lanzón se hizo pedazos en
el suelo, y los demás cuadrilleros, que vieron tratar mal a su
compañero, alzaron la voz pidiendo favor a la Santa Hermandad.
El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla
y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados
de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese;
el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda,
y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió
a los cuadrilleros. Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a
él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando,
que todos favorecían a don Quijote. El cura daba voces, la ventera
gritaba, su hija se afligía, Maritornes lloraba, Dorotea estaba
confusa, Luscinda suspensa y doña Clara desmayada. El barbero aporreaba
a Sancho, Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado
suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se fuese, le dio una
puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor
le defendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un
cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El
ventero tornó a reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad:
de modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores,
sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión
de sangre. Y, en la mitad deste caos, máquina y laberinto de cosas,
se le representó en la memoria de don Quijote que se veía
metido de hoz y de coz en la discordia del campo de Agramante; y así
dijo, con voz que atronaba la venta:
-¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme
todos, si todos quieren quedar con vida!
A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:
-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado,
y que alguna región de demonios debe de habitar en él? En
confirmación de lo cual, quiero que veáis por vuestros ojos
cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la discordia
del campo de Agramante. Mirad cómo allí se pelea por la
espada, aquí por el caballo, acullá por el águila,
acá por el yelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos.
Venga, pues, vuestra merced, señor oidor, y vuestra merced, señor
cura, y el uno sirva de rey Agramante, y el otro de rey Sobrino, y pónganos
en paz; porque por Dios Todopoderoso que es gran bellaquería que
tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan
livianas.
Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote, y
se veían malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas,
no querían sosegarse; el barbero sí, porque en la pendencia
tenía deshechas las barbas y el albarda; Sancho, a la más
mínima voz de su amo, obedeció como buen criado; los cuatro
criados de don Luis también se estuvieron quedos, viendo cuán
poco les iba en no estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían
de castigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba
la venta. Finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda
se quedó por jaez hasta el día del juicio, y la bacía
por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.
Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasión
del oidor y del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que
al momento se viniese con ellos; y, en tanto que él con ellos se
avenía, el oidor comunicó con don Fernando, Cardenio y el
cura qué debía hacer en aquel caso, contándoseles
con las razones que don Luis le había dicho. En fin, fue acordado
que don Fernando dijese a los criados de don Luis quién él
era y cómo era su gusto que don Luis se fuese con él al
Andalucía, donde de su hermano el marqués sería estimado
como el valor de don Luis merecía; porque desta manera se sabía
de la intención de don Luis que no volvería por aquella
vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida, pues, de
los cuatro la calidad de don Fernando y la intención de don Luis,
determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba
a su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hasta
que ellos volviesen por él,
o viese lo que su padre les ordenaba.
Desta manera se apaciguó aquella máquina de pendencias,
por la autoridad de Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viéndose
el enemigo de la concordia y el émulo de la paz menospreciado y
burlado, y el poco fruto que había granjeado de haberlos puesto
a todos en tan confuso laberinto,
acordó de probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias
y desasosiegos.
Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoído
la calidad de los que con ellos se habían combatido, y se retiraron
de la pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese,
habían de llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue
el que fue molido y pateado por don Fernando, le vino a la memoria que,
entre algunos mandamientos que traía para prender a algunos delincuentes,
traía uno contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad había
mandado prender, por la libertad que dio a los galeotes, y como Sancho,
con mucha razón, había temido.
Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de
don Quijote traía venían bien, y, sacando del seno un pergamino,
topó con el que buscaba; y, poniéndosele a leer de espacio,
porque no era buen lector, a cada palabra que leía ponía
los ojos en don Quijote, y iba cotejando las señas del mandamiento
con el rostro de don Quijote, y halló que, sin duda alguna, era
el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado, cuando, recogiendo
su pergamino, en la izquierda tomó el mandamiento, y con la derecha
asió a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba alentar,
y a grandes voces decía:
-¡Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de
veras, léase este mandamiento,
donde se contiene que se prenda a este salteador de caminos.
Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero
decía, y cómo convenía con las señas con don
Quijote; el cual, viéndose tratar mal de aquel villano malandrín,
puesta la cólera en su punto y crujiéndole los huesos de
su cuerpo, como mejor pudo él, asió al cuadrillero con entrambas
manos de la garganta, que, a no ser socorrido de sus compañeros,
allí dejara la vida antes que don Quijote la presa. El ventero,
que por fuerza había de favorecer a los de su oficio, acudió
luego a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias,
de nuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y
su hija, pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho
dijo, viendo lo que pasaba:
-¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los
encantos deste castillo,
pues no es posible vivir una hora con quietud en él!
Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto
de entrambos, les desenclavijó las manos, que el uno en el collar
del sayo del uno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenían;
pero no por esto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les
ayudasen a dársele atado y entregado a toda su voluntad, porque
así convenía al servicio del rey y de la Santa Hermandad,
de cuya parte de nuevo les pedían socorro y favor para hacer aquella
prisión de aquel robador y salteador de sendas y de carreras. Reíase
de oír decir estas razones don Quijote; y, con mucho sosiego, dijo:
-Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos
llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer
a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos?
¡Ah gente infame, digna por vuestro bajo y vil entendimiento que
el cielo no os comunique el valor que se encierra en la caballería
andante, ni os dé a entender el pecado e ignorancia en que estáis
en no reverenciar la sombra, cuanto más la asistencia, de cualquier
caballero andante! Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros,
salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad; decidme: ¿quién
fue el ignorante que firmó mandamiento de prisión contra
un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que ignoró
que son esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que
su ley es su espada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas,
su voluntad? ¿Quién fue el mentecato, vuelvo a decir, que
no sabe que no hay secutoria de hidalgo con tantas preeminencias, ni esenciones,
como la que adquiere un caballero andante el día que se arma caballero
y se entrega al duro ejercicio de la caballería? ¿Qué
caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina,
moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó
hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió
en su castillo que le hiciese pagar el escote? ¿Qué rey
no le asentó a su mesa? ¿Qué doncella no se le aficionó
y se le entregó rendida, a todo su talante y voluntad? Y, finalmente,
¿qué caballero andante ha habido, hay ni habrá en
el mundo, que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos
palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante.
CAPÍTULO XLVI. De la
notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad de nuestro buen
caballero don Quijote
En tanto que don Quijote esto decía,
estaba persuadiendo el cura a los cuadrilleros como don Quijote era falto
de juicio, como lo veían por sus obras y por sus palabras, y que
no tenían para qué llevar aquel negocio adelante, pues,
aunque le prendiesen y llevasen, luego le habían de dejar por loco;
a lo que respondió el del mandamiento que a él no tocaba
juzgar de la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le
era mandado, y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.
-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habéis de llevar,
ni aun él dejará llevarse, a lo que yo entiendo.
En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote
hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si
no conocieran la falta de don Quijote; y así, tuvieron por bien
de apaciguarse, y aun de ser medianeros de hacer las paces entre el barbero
y Sancho Panza, que todavía asistían con gran rancor a su
pendencia. Finalmente, ellos, como miembros de justicia, mediaron la causa
y fueron árbitros della, de tal modo que ambas partes quedaron,
si no del todo contentas, a lo menos en algo satisfechas, porque se trocaron
las albardas, y no las cinchas y jáquimas; y en lo que tocaba a
lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que don Quijote lo entendiese,
le dio por la bacía ocho reales, y el barbero le hizo una cédula
del recibo y de no llamarse a engaño por entonces, ni por siempre
jamás amén.
Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales
y de más tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen
de volver los tres, y que el uno quedase para acompañarle donde
don Fernando le quería llevar; y, como ya la buena suerte y mejor
fortuna había comenzado a romper lanzas y a facilitar dificultades
en favor de los amantes de la venta y de los valientes della, quiso llevarlo
al cabo y dar a todo felice suceso, porque los criados se contentaron
de cuanto don Luis quería; de que recibió tanto contento
doña Clara, que ninguno en aquella sazón la mirara al rostro
que no conociera el regocijo de su alma.
Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había
visto, se entristecía y alegraba a bulto, conforme veía
y notaba los semblantes a cada uno, especialmente de su español,
en quien tenía siempre puestos los ojos y traía colgada
el alma. El ventero, a quien [no] se le pasó por alto la dádiva
y recompensa que el cura había hecho al barbero, pidió el
escote de don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino,
jurando que no saldría de la venta Rocinante, ni el jumento de
Sancho, sin que se le pagase primero hasta el último ardite. Todo
lo apaciguó el cura, y lo pagó don Fernando, puesto que
el oidor, de muy buena voluntad, había también ofrecido
la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya no parecía
la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote había
dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo lo
cual fue común opinión que se debían dar las gracias
a la buena intención y mucha elocuencia del señor cura y
a la incomparable liberalidad de don Fernando.
Viéndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias,
así de su escudero como suyas, le pareció que sería
bien seguir su comenzado viaje y dar fin a aquella grande aventura para
que había sido llamado y escogido; y así, con resoluta determinación
se fue a poner de hinojos ante Dorotea, la cual no le consintió
que hablase palabra hasta que se levantase; y él, por obedecella,
se puso en pie y le dijo:
-Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es
madre de la buena ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia
que la solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero
en ningunas cosas se muestra [más] esta verdad que en las de la
guerra, adonde la celeridad y presteza previene los discursos del enemigo,
y alcanza la vitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo
esto digo, alta y preciosa señora, porque me parece que la estada
nuestra en este castillo ya es sin provecho, y podría sernos de
tanto daño que lo echásemos de ver algún día;
porque, ¿quién sabe si por ocultas espías y diligentes
habrá sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?;
y, dándole lugar el tiempo, se fortificase en algún inexpugnable
castillo o fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza
de mi incansable brazo. Así que, señora mía, prevengamos,
como tengo dicho, con nuestra diligencia sus designios, y partámonos
luego a la buena ventura; que no está más de tenerla vuestra
grandeza como desea, de cuanto yo tarde de verme con vuestro contrario.
Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho
sosiego la respuesta de la fermosa infanta; la cual, con ademán
señoril y acomodado al estilo de don Quijote, le respondió
desta manera:
-Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis
tener de favorecerme en mi gran cuita, bien así como caballero,
a quien es anejo y concerniente favorecer los huérfanos y menesterosos;
y quiera el cielo que el vuestro y mi deseo se cumplan, para que veáis
que hay agradecidas mujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego;
que yo no tengo más voluntad que la vuestra: disponed vos de mí
a toda vuestra guisa y talante; que la que una vez os entregó la
defensa de su persona y puso en vuestras manos la restauración
de sus señoríos no ha de querer ir contra lo que la vuestra
prudencia ordenare.
-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues así es que una señora
se me humilla, no quiero yo perder la ocasión de levantalla y ponella
en su heredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas
al deseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza está
el peligro. Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno
que me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu
jumento y el palafrén de la reina,
y despidámonos del castellano y destos señores, y vamos
de aquí luego al punto.
Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte
y a otra:
-¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal
en el aldegüela que se suena, con perdón sea dicho de las
tocadas honradas!
-¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las
ciudades del mundo, que pueda sonarse en menoscabo mío, villano?
-Si vuestra merced se enoja -respondió Sancho-, yo callaré,
y dejaré [de] decir lo que soy obligado como buen escudero,
y como debe un buen criado decir a su señor.
-Di lo que quisieres -replicó don Quijote-, como tus palabras no
se encaminen a ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien
eres, y si yo no le tengo, hago como quien soy.
-No es eso, ¡pecador fui yo a Dios! -respondió Sancho-, sino
que yo tengo por cierto y por averiguado que esta señora que se
dice ser reina del gran reino Micomicón no lo es más que
mi madre; porque, a ser lo que ella dice, no se anduviera hocicando con
alguno de los que están en la rueda, a vuelta de cabeza y a cada
traspuesta.
Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad
que su esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, había
cogido con los labios parte del premio que merecían sus deseos
(lo cual había visto Sancho, y pareciéndole que aquella
desenvoltura más era de dama cortesana que de reina de tan gran
reino), y no pudo ni quiso responder palabra a Sancho, sino dejóle
proseguir en su plática, y él fue diciendo:
-Esto digo, señor, porque, si al cabo de haber andado caminos y
carreras, y pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger
el fruto de nuestros trabajos el que se está holgando en esta venta,
no hay para qué darme priesa a que ensille a Rocinante, albarde
el jumento y aderece al palafrén, pues será mejor que nos
estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.
¡Oh, válame Dios, y cuán grande que fue el enojo que
recibió don Quijote, oyendo las descompuestas palabras de su escudero!
Digo que fue tanto, que, con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando
vivo fuego por los ojos, dijo:
-¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,
deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras
has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras,
y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación?
¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras,
almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades,
publicador de sandeces,
enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete; no
parezcas delante de mí, so pena de mi ira!
Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos,
miró a todas partes, y dio con el pie derecho una gran patada en
el suelo, señales todas de la ira que encerraba en sus entrañas.
A cuyas palabras y furibundos ademanes quedó Sancho tan encogido
y medroso, que se holgara que en aquel instante se abriera debajo de sus
pies la tierra y le tragara. Y no supo qué hacerse, sino volver
las espaldas y quitarse de la enojada presencia de su señor. Pero
la discreta Dorotea,
que tan entendido tenía ya el humor de don Quijote, dijo, para
templarle la ira:
-No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura,
de las sandeces que vuestro buen escudero ha dicho, porque quizá
no las debe de decir sin ocasión, ni de su buen entendimiento y
cristiana conciencia se puede sospechar que levante testimonio a nadie;
y así, se ha de creer, sin poner duda en ello, que, como en este
castillo, según vos, señor caballero, decís, todas
las cosas van y suceden por modo de encantamento, podría ser, digo,
que Sancho hubiese visto por esta diabólica vía lo que él
dice que vio, tan en ofensa de mi honestidad.
-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazón don Quijote-,
que la vuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión
se le puso delante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera
imposible verse de otro modo que por el de encantos no fuera; que sé
yo bien de la bondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar
testimonios a nadie.
-Ansí es y ansí será -dijo don Fernando-; por lo
cual debe vuestra merced, señor don Quijote, perdonalle y reducille
al gremio de su gracia, sicut erat in principio, antes que las tales visiones
le sacasen de juicio.
Don Quijote respondió que él le perdonaba, y el cura fue
por Sancho, el cual vino muy humilde, y, hincándose de rodillas,
pidió la mano a su amo; y él se la dio, y, después
de habérsela dejado besar, le echó la bendición,
diciendo:
-Agora acabarás de conocer,
Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas veces te he dicho de que
todas las cosas deste castillo son hechas por vía de encantamento.
-Así lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que
realmente sucedió por vía ordinaria.
-No lo creas -respondió don Quijote-; que si así fuera,
yo te vengara entonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni
vi en quién tomar venganza de tu agravio.
Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero
lo contó, punto por punto: la volatería de Sancho Panza,
de que no poco se rieron todos; y de que no menos se corriera Sancho,
si de nuevo no le asegurara su amo que era encantamento; puesto que jamás
llegó la sandez de Sancho a tanto, que creyese no ser verdad pura
y averiguada, sin mezcla de engaño alguno, lo de haber sido manteado
por personas de carne y hueso, y no por fantasmas soñadas ni imaginadas,
como su señor lo creía y lo afirmaba.
Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella
ilustre compañía estaba en la venta; y, pareciéndoles
que ya era tiempo de partirse, dieron orden para que, sin ponerse al trabajo
de volver Dorotea y don Fernando con don Quijote a su aldea, con la invención
de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele,
como deseaban, y procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que
ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes que acaso
acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma:
hicieron una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella
caber holgadamente don Quijote; y luego don Fernando y sus camaradas,
con los criados de don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero,
todos por orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron,
quién de una manera y quién de otra, de modo que a don Quijote
le pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo había visto.
Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él
estaba durmiendo y descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse
a él, que libre y seguro de tal acontecimiento dormía, y,
asiéndole fuertemente, le ataron muy bien las manos y los pies,
de modo que, cuando él despertó con sobresalto, no pudo
menearse, ni hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de
ver delante de sí tan estraños visajes; y luego dio en la
cuenta de lo que su continua y desvariada imaginación le representaba,
y se creyó que todas aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado
castillo, y que, sin duda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía
menear ni defender: todo a punto como había pensado que sucedería
el cura, trazador desta máquina. Sólo Sancho, de todos los
presentes, estaba en su mesmo juicio y en su mesma figura; el cual, aunque
le faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo, no dejó
de conocer quién eran todas aquellas contrahechas figuras; mas
no osó descoser su boca, hasta ver en qué paraba aquel asalto
y prisión de su amo, el cual tampoco hablaba palabra, atendiendo
a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo allí la
jaula,
le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente que no
se pudieran romper a dos tirones.
Tomáronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyó
una voz temerosa,
todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el otro,
que decía:
-¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento
la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más
presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso; la cual se acabará
cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina
yog[u]i[e]ren en uno, ya después de humilladas las altas cervices
al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán
a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán las rumpantes
garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de
la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines
con su rápido y natural curso. Y tú, ¡oh, el más
noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en rostro
y olfato en las narices!, no te desmaye ni descontente ver llevar ansí
delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballería andante;
que presto, si al plasmador del mundo le place, te verás tan alto
y tan sublimado que no te conozcas, y no saldrán defraudadas las
promesas que te ha fecho tu buen señor. Y asegúrote, de
parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo
verás por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado
caballero, que conviene que vayas donde paréis entrambos.
Y, porque no me es lícito decir otra cosa, a Dios quedad, que yo
me vuelvo adonde yo me sé.
Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla
después, con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla
estuvieron por creer que era verdad lo que oían.
Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, porque
luego coligió de todo en todo la significación de ella;
y vio que le prometían el verse ayuntados en santo y debido matrimonio
con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldrían
los cachorros, que eran sus hijos, para gloria perpetua de la Mancha.
Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó la voz, y, dando un gran
suspiro, dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!,
ruégote que pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas
tiene a cargo, que no me deje perecer en esta prisión donde agora
me llevan, hasta ver cumplidas tan alegres e incomparables promesas como
son las que aquí se me han hecho; que, como esto sea, tendré
por gloria las penas de mi cárcel, y por alivio estas cadenas que
me ciñen, y no por duro campo de batalla este lecho en que me acuestan,
sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y, en lo que toca a la consolación
de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de su bondad y buen proceder
que no me dejará en buena ni en mala suerte; porque, cuando no
suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la ínsula,
o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos su salario
no podrá perderse; que en mi testamento, que ya está hecho,
dejo declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos
servicios, sino a la posibilidad mía.
Sancho Panza se le inclinó con mucho comedimiento,
y le besó entrambas las manos, porque la una no pudiera, por estar
atadas entrambas.
Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en
el carro de los bueyes.
CAPÍTULO XLVII. Del estraño modo con que fue encantado don
Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos
Cuando don Quijote se vio de aquella
manera enjaulado y encima del carro, dijo:
-Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes,
pero jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los
caballeros encantados los lleven desta manera y con el espacio que prometen
estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar
por los aires, con estraña ligereza, encerrados en alguna parda
y escura nube, o en algún carro de fuego, o ya sobre algún
hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me lleven a mí agora
sobre un carro de bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión!
Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros
tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también
podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero
que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera,
también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos
y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece
desto, Sancho hijo?
-No sé yo lo que me parece -respondió Sancho-, por no ser
tan leído como vuestra merced en las escrituras andantes; pero,
con todo eso, osaría afirmar y jurar que estas visiones que por
aquí andan, que no son del todo católicas.
-¿Católicas? ¡Mi padre! -respondió don Quijote-.
¿Cómo han de ser católicas si son todos demonios
que han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer esto y a
ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tócalos y
pálpalos, y verás como no tienen cuerpo sino de aire, y
como no consiste más de en la apariencia.
-Par Dios, señor -replicó Sancho-, ya yo los he tocado;
y este diablo que aquí anda tan solícito es rollizo de carnes,
y tiene otra propiedad muy diferente de la que yo he oído decir
que tienen los demonios; porque, según se dice, todos huelen a
piedra azufre y a otros malos olores; pero éste huele a ámbar
de media legua.
Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor,
debía de oler a lo que Sancho decía.
-No te maravilles deso, Sancho amigo -respondió don Quijote-, porque
te hago saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores
consigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen,
no pueden oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razón
es que como ellos, dondequiera que están, traen el infierno consigo,
y no pueden recebir género de alivio alguno en sus tormentos, y
el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible que ellos
huelan cosa buena. Y si a ti te parece que ese demonio que dices huele
a ámbar, o tú te engañas,
o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio.
Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando
y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su invención,
a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar con la
partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a Rocinante
y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha presteza.
Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que
le acompañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada día.
Colgó Cardenio del arzón de la silla de Rocinante, del un
cabo la adarga y del otro la bacía, y por señas mandó
a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante, y
puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con sus escopetas.
Pero, antes que se moviese el carro, salió la ventera, su hija
y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de dolor
de su desgracia; a quien don Quijote dijo:
-No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas
son anexas a los que profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades
no me acontecieran, no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque
a los caballeros de poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos,
porque no hay en el mundo quien se acuerde dellos. A los valerosos sí,
que tienen envidiosos de su virtud y valentía a muchos príncipes
y a muchos otros caballeros, que procuran por malas vías destruir
a los buenos. Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa que, por sí
sola, a pesar de toda la nigromancia que supo su primer inventor, Zoroastes,
saldrá vencedora de todo trance, y dará de sí luz
en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas damas,
si algún desaguisado, por descuido mío, os he fecho, que,
de voluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie; y rogad a Dios
me saque destas prisiones, donde algún mal intencionado encantador
me ha puesto; que si de ellas me veo libre, no se me caerá de la
memoria las mercedes que en este castillo me habedes fecho, para gratificallas,
servillas y recompensallas como ellas merecen.
En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura
y el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitán
y de su hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente
de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia
de sus sucesos, diciendo don Fernando al cura dónde había
de escribirle para avisarle en lo que paraba don Quijote, asegurándole
que no habría cosa que más gusto le diese que saberlo; y
que él, asimesmo, le avisaría de todo aquello que él
viese que podría darle gusto, así de su casamiento como
del bautismo de Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a
su casa. El cura ofreció de hacer cuanto se le mandaba, con toda
puntualidad. Tornaron a abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos
ofrecimientos.
El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole
que los había hallado en un aforro de la maleta donde se halló
la Novela del curioso impertinente, y que, pues su dueño no había
vuelto más por allí, que se los llevase todos; que, pues
él no sabía leer, no los quería. El cura se lo agradeció,
y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna
novela y coligió que, pues la del Curioso impertinente había
sido buena, que también lo sería aquélla, pues podría
ser fuesen todas de un mesmo autor;
y así, la guardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese
comodidad.
Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus
antifaces, porque no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse
a caminar tras el carro. Y la orden que llevaban era ésta: iba
primero el carro, guiándole su dueño; a los dos lados iban
los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus escopetas; seguía luego
Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante. Detrás
de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos
los rostros, como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando
más de lo que permitía el paso tardo de los bueyes. Don
Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies,
y arrimado a las verjas,
con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne,
sino estatua de piedra.
Y así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas,
que llegaron a un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado
para reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunicándolo con el
cura, fue de parecer el barbero que caminasen un poco más, porque
él sabía, detrás de un recuesto que cerca de allí
se mostraba, había un valle de más yerba y mucho mejor que
aquel donde parar querían. Tomóse el parecer del barbero,
y así, tornaron a proseguir su camino.
En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían
hasta seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de
los cuales fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema
y reposo de los bueyes, sino como quien iba sobre mulas de canónigos
y con deseo de llegar presto a sestear a la venta, que menos de una legua
de allí se parecía. Llegaron los diligentes a los perezosos
y saludáronse cortésmente; y uno de los que venían,
que, en resolución, era canónigo de Toledo y señor
de los demás que le acompañaban, viendo la concertada procesión
del carro, cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y más
a don Quijote, enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qué
significaba llevar aquel hombre de aquella manera; aunque ya se había
dado a entender, viendo las insignias de los cuadrilleros, que debía
de ser algún facinoroso salteador, o otro delincuente cuyo castigo
tocase a la Santa Hermandad.
Uno de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondió
ansí:
-Señor, lo que significa ir este caballero desta manera, dígalo
él, porque nosotros no lo sabemos.
Oyó don Quijote la plática, y dijo:
-¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados
y perictos en esto de la caballería andante? Porque si lo son,
comunicaré con ellos mis desgracias, y si no, no hay para qué
me canse en decillas.
Y, a este tiempo, habían ya llegado el cura y el barbero, viendo
que los caminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha,
para responder de modo que no fuese descubierto su artificio.
El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió:
-En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías
que de las Súmulas de Villalpando. Ansí que, si no está
más que en esto, seguramente podéis comunicar conmigo lo
que quisiéredes.
-A la mano de Dios -replicó don Quijote-. Pues así es, quiero,
señor caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula,
por envidia y fraude de malos encantadores; que la virtud más es
perseguida de los malos que amada de los buenos. Caballero andante soy,
y no de aquellos de cuyos nombres jamás la Fama se acordó
para eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que, a despecho y pesar
de la mesma envidia, y de cuantos magos crió Persia, bracmanes
la India, ginosofistas la Etiopía, ha de poner su nombre en el
templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros
siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que han de seguir,
si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las armas.
-Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazón
el cura-; que él va encantado en esta carreta, no por sus culpas
y pecados, sino por la mala intención de aquellos a quien la virtud
enfada y la valentía enoja. Éste es, señor, el Caballero
de la Triste Figura, si ya le oístes nombrar en algún tiempo,
cuyas valerosas hazañas y grandes hechos se[r]án escritas
en bronces duros y en eternos mármoles, por más que se canse
la envidia en escurecerlos y la malicia en ocultarlos.
Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante
estilo, estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no podía saber
lo que le había acontencido; y en la mesma admiración cayeron
todos los que con él venían. En esto, Sancho Panza, que
se había acercado a oír la plática, para adobarlo
todo, dijo:
-Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por
lo que dijere, el caso de ello es que así va encantado mi señor
don Quijote como mi madre; él tiene su entero juicio, él
come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y como
las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto ansí,
¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado?
Pues yo he oído decir a muchas personas que los encantados ni comen,
ni duermen, ni hablan,
y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que treinta
procuradores.
Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo:
-¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra
merced que no le conozco, y pensará que yo no calo y adivino adónde
se encaminan estos nuevos encantamentos? Pues sepa que le conozco, por
más que se encubra el rostro, y sepa que le entiendo, por más
que disimule sus embustes. En fin, donde reina la envidia no puede vivir
la virtud, ni adonde hay escaseza la liberalidad. !Mal haya el diablo!;
que, si por su reverencia no fuera, ésta fuera ya la hora que mi
señor estuviera casado con la infanta Micomicona, y yo fuera conde,
por lo menos, pues no se podía esperar otra cosa, así de
la bondad de mi señor el de la Triste Figura como de la grandeza
de mis servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí:
que la rueda de la Fortuna anda más lista que una rueda de molino,
y que los que ayer estaban en pinganitos hoy están por el suelo.
De mis hijos y de mi mujer me pesa, pues cuando podían y debían
esperar ver entrar a su padre por sus puertas hecho gobernador o visor[r]ey
de alguna ínsula o reino, le verán entrar hecho mozo de
caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no es más
de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento que
a mi señor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida
esta prisión de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros
y bienes que mi señor
don Quijote deja de hacer en este tiempo que está preso.
-¡Adóbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-.
¿También vos, Sancho, sois de la cofradía de vuestro
amo? ¡Vive el Señor, que voy viendo que le habéis
de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar
tan encantado como él, por lo que os toca de su humor y de su caballería!
En mal punto os empreñastes de sus promesas, y en mal hora se os
entró en los cascos la ínsula que tanto deseáis.
-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy
hombre que me dejaría empreñar, del rey que fuese; y, aunque
pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si ínsulas
deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es hijo de sus obras;
y, debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador
de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor
que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómo habla, señor
barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Dígolo
porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado falso.
Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédese
aquí, porque es peor meneallo.
No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir; y,
por este mesmo temor, había el cura dicho al canónigo que
caminasen un poco delante: que él le diría el misterio del
enjaulado, con otras cosas que le diesen gusto. Hízolo así
el canónigo, y adelantóse con sus criados y con él:
estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condición,
vida, locura y costumbres de don Quijote, contándole brevemente
el principio y causa de su desvarío, y todo el progreso de sus
sucesos, hasta haberlo puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban
de llevarle a su tierra, para ver si por algún medio hallaban remedio
a su locura. Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo
de oír la peregrina historia de don Quijote, y, en acabándola
de oír, dijo:
-Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales
en la república estos que llaman libros de caballerías;
y, aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el
principio de todos los más que hay impresos, jamás me he
podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me parece
que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma
cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que
el otro. Y, según a mí me parece, este género de
escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas
que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente
a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las fábulas
apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y, puesto que
el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé
yo cómo puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados
disparates; que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura
y concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginación
le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura
no nos puede causar contento alguno. Pues, ¿qué hermosura
puede haber, o qué proporción de partes con el todo y del
todo con las partes, en un libro o fábula donde un mozo de diez
y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre, y le
divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; y que, cuando
nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay
de la parte de los enemigos un millón de competientes, como sea
contra ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese,
habemos de entender que el tal caballero alcanzó la vitoria por
solo el valor de su fuerte brazo? Pues, ¿qué diremos de
la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en los
brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio,
si no es del todo bárbaro e inculto, podrá contentarse leyendo
que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave
con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía, y mañana
amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que ni las
descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondiese
que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira,
y que así, no están obligados a mirar en delicadezas ni
verdades, responderles hía yo que tanto la mentira es mejor cuanto
más parece verdadera, y tanto más agrada cuanto tiene más
de lo dudoso y posible. Hanse de casar las fábulas mentirosas con
el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte
que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo
los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo
que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas;
y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verisimilitud
y de la imitación, en quien consiste la perfeción de lo
que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías
que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de
manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y
al medio; sino que los componen con tantos miembros, que más parece
que llevan intención a formar una quimera o un monstruo que a hacer
una figura proporcionada. Fuera desto, son en el estilo duros; en las
hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías,
mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados
en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por
esto dignos de ser desterrados de la república cristiana, como
a gente inútil.
El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle
hombre de buen entendimiento, y que tenía razón en cuanto
decía; y así, le dijo que, por ser él de su mesma
opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías, había
quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle el
escrutinio que dellos había hecho, y los que había condenado
al fuego y dejado con vida, de que no poco se rió el canónigo,
y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba
en ellos una cosa buena: que era el sujeto que ofrecían para que
un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y
espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma,
descubriendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas; pintando un
capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren,
mostrándose prudente previniendo las astucias de sus enemigos,
y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en
el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como
en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora
un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima
dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano,
valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón;
acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando
bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores.
Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya
músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le
vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede
mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía
de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón,
la amistad de Eurialio, la liberalidad de Alejandro, el valor de César,
la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia
de Catón; y, finalmente, todas aquellas acciones que pueden hacer
perfecto a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo,
ahora dividiéndolas en muchos.
-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención,
que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá
una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada,
tal perfeción y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que
se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente,
como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada destos libros da lugar
a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico,
cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las
dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria;
que la épica también puede escrebirse en prosa como en verso.
CAPÍTULO XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia
de los libros de caballerías,
con otras cosas dignas de su ingenio
-Así es como vuestra merced
dice, señor canónigo -dijo el cura-, y por esta causa son
más dignos de reprehensión los que hasta aquí han
compuesto semejantes libros sin tener advertencia a ningún buen
discurso, ni al arte y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos
en prosa, como lo son en verso los dos príncipes de la poesía
griega y latina.
-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta
tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en
él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la
verdad, tengo escritas más de cien hojas. Y para hacer la experiencia
de si correspondían a mi estimación, las he comunicado con
hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes,
que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos
he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no he
proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi
profesión, como por ver que es más el número de los
simples que de los prudentes; y que, puesto que es mejor ser loado de
los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme
al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca
leer semejantes libros. Pero lo que más me le quitó de las
manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento que hice conmigo
mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa, diciendo: ''Si
estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia,
todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan
pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene
y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que
las componen y los actores que las representan dicen que así han
de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera; y
que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide,
no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás
se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está
mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos,
deste modo vendrá a ser un libro, al cabo de haberme quemado las
cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a ser el sastre
del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores
que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más
gente atraerán y más fama cobrarán representando
comedias que hagan el arte que no con las disparatadas, y están
tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia
que dél los saque. Acuérdome que un día dije a uno
destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que ha pocos
años que se representaron en España tres tragedias que compuso
un famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,
alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples
como prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más
dineros a los representantes ellas tres solas que treinta de las mejores
que después acá se han hecho?'' ''Sin duda -respondió
el autor que digo-, que debe de decir vuestra merced por La Isabela, La
Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo -le repliqué yo-;
y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si por guardarlos
dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo. Así
que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en
aquellos que no saben representar otra cosa. Sí, que no fue disparate
La ingratitud vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en
la del Mercader amante, ni menos en La enemiga favorable, ni en otras
algunas que de algunos entendidos poetas han sido compuestas, para fama
y renombre suyo, y para ganancia de los que las han representado''. Y
otras cosas añadí a éstas, con que, a mi parecer,
le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni convencido para sacarle
de su errado pensamiento.
-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo -dijo
a esta sazón el cura-, que ha despertado en mí un antiguo
rancor que tengo con las comedias que agora se usan, tal, que iguala al
que tengo con los libros de caballerías; porque, habiendo de ser
la comedia, según le parece a Tulio, espejo de la vida humana,
ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan
son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de
lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto
que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cena
del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué
mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo rectórico,
un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué
diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que
pueden o podían suceder las acciones que representan, sino que
he visto comedia que la primera jornada comenzó en Europa, la segunda
en Asia, la tercera se acabó en Africa, y ansí fuera de
cuatro jornadas, la cuarta acababa en América, y así se
hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación
es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible
que satisfaga a ni[n]gún mediano entendimiento que, fingiendo una
acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo
que en ella hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador
Heraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó
la Casa Santa, como Godofre de Bullón, habiendo infinitos años
de lo uno a lo otro; y fundá[n]dose la comedia sobre cosa fingida,
atribuirle verdades de historia, y mezclarle pedazos de otras sucedidas
a diferentes personas y tiempos, y esto, no con trazas verisímiles,
sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y es lo malo que
hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo demás
es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las
comedias divinas?: ¡qué de milagros falsos fingen en ellas,
qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo a un
santo los milagros de otro! Y aun en las humanas se atreven a hacer milagros,
sin más respeto ni consideración que parecerles que allí
estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman, para
que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es en
perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobrio
de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con mucha
puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros
e ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no
sería bastante disculpa desto decir que el principal intento que
las repúblicas bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan
públicas comedias, es para entretener la comunidad con alguna honesta
recreación, y divertirla a veces de los malos humores que suele
engendrar la ociosidad; y que, pues éste se consigue con cualquier
comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes, ni estrechar
a los que las componen y representan a que las hagan como debían
hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con ellas
se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiría
mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que
con las no tales; porque, de haber oído la comedia artificiosa
y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado
con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido
con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado
de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia
en el ánimo del que la escuchare, por rústico y torpe que
sea; y de toda imposibilidad es imposible dejar de alegrar y entretener,
satisfacer y contentar, la comedia que todas estas partes tuviere mucho
más que aquella que careciere dellas, como por la mayor parte carecen
estas que de ordinario agora se representan. Y no tienen la culpa desto
los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy
bien en lo que yerran, y saben estremadamente lo que deben hacer; pero,
como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen
verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen
de aquel jaez; y así, el poeta procura acomodarse con lo que el
representante que le ha de pagar su obra le pide. Y que esto sea verdad
véase por muchas e infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo
ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante
verso, con tan buenas razones, con tan graves sentencias y, finalmente,
tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el
mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los representantes,
no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la perfección
que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que después
de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse,
temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber
representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos
linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchos
más que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente
y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen
(no sólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que
se quisiesen representar en España), sin la cual aprobación,
sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase representar comedia
alguna; y, desta manera, los comediantes tendrían cuidado de enviar
las comedias a la Corte, y con seguridad podrían representallas,
y aquellos que las componen mirarían con más cuidado y estudio
lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obras por el riguroso
examen de quien lo entiende; y desta manera se harían buenas comedias
y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se pretende:
así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los
ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes
y el ahorro del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este
mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se
compusiesen, sin duda podrían salir algunos con la perfección
que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra lengua del agradable
y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasión que los libros
viejos se escureciesen a la luz de los nuevos que saliesen, para honesto
pasatiempo, no solamen[te] de los ociosos, sino de los más ocupados;
pues no es posible que esté continuo el arco armado, ni la condición
y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación.
A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,
adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:
-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era
bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.
-Así me lo parece a mí -respondió el cura.
Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él
también quiso quedarse con ellos, convidado del sitio de un hermoso
valle que a la vista se les ofrecía. Y, así por gozar dél
como de la conversación del cura, de quien ya iba aficionado, y
por saber más por menudo las hazañas de don Quijote, mandó
a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de allí
estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque él
determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de
sus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya
debía de estar en la venta, traía recado bastante para no
obligar a no tomar de la venta más que cebada.
-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá
todas las cabalgaduras, y haced volver la acémila.
En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo
sin la continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por
sospechosos, se llegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:
-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que
pasa cerca de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí
cubiertos los rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino
han dado esta traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen
como vuestra merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta,
pues, esta verdad, síguese que no va encantado, sino embaído
y tonto. Para prueba de lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me
responde como creo que me ha de responder, tocará con la mano este
engaño y verá como no va encantado, sino trastornado el
juicio.
-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-,
que yo te satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en
lo que dices que aquellos que allí van y vienen con nosotros son
el cura y el barbero, nuestros compatriotos y conocidos, bien podrá
ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean realmente y en
efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y entender
es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me
han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque
es fácil a los encantadores tomar la figura que se les antoja,
y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasión
de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,
que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo.
Y también lo habrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento,
y no sepa atinar de dónde me viene este daño; porque si,
por una parte, tú me dices que me acompañan el barbero y
el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo enjaulado, y sé
de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran
bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense
sino que la manera de mi encantame[n]to excede a cuantas yo he leído
en todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido
encantados? Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de
creer que son los que dices, porque así son ellos como yo soy turco.
Y, en lo que toca a querer preguntarme algo, di, que yo te responderé,
aunque me preguntes de aquí a mañana.
-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho,
dando una gran voz-. Y ¿es posible que sea vuestra merced tan duro
de celebro, y tan falto de meollo, que no eche de ver que es pura verdad
la que le digo, y que en esta su prisión y desgracia tiene más
parte la malicia que el encanto? Pero, pues así es, yo le quiero
probar evidentemente como no va encantado. Si no, dígame, así
Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi
señora Dulcinea cuando menos se piense...
-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres;
que ya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.
-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga,
sin añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se
espera que la han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las
armas, como vuestra merced las profesa, debajo de título de caballeros
andantes...
-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-.
Acaba ya de preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas,
plegarias y prevenciones, Sancho.
-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así,
porque hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento,
si acaso después que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer,
encantado en esta jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores
o menores, como suele decirse.
-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si
quieres que te responda derechamente.
-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores
o mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues
sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.
-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo.
¡Sácame deste peligro, que no anda todo limpio!
CAPÍTULO XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que
Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote
-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le
tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como al alma y como a la vida.
Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente
suele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad:
"No sé qué tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme,
ni responde a propósito a lo que le preguntan, que no parece sino
que está encantado"? De donde se viene a sacar que los que
no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo digo,
estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la gana
que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo
tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.
-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho
que hay muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el
tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que los
encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían.
De manera que contra el uso de los tiempos no hay que argüir ni de
qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mí que
voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que
la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y
me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro
que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi ayuda
y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.
-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia
y satisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir
desta cárcel, que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo,
y aun a sacarle della, y probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante,
que también parece que va encantado, según va de malencólico
y triste; y, hecho esto, probásemos otra vez la suerte de buscar
más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para
volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero,
de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere vuestra merced
tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que digo.
-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó
don Quijote-; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad,
yo te obedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás
como te engañas en el conocimiento de mi desgracia.
En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal
andante escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban
el cura, el canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes
de la carreta el boyero, y dejólos andar a sus anchuras por aquel
verde y apacible sitio, cuya frescura convidaba a quererla gozar, no a
las personas tan encantadas como don Quijote, sino a los tan advertidos
y discretos como su escudero; el cual rogó al cura que permitiese
que su señor saliese por un rato de la jaula, porque si no le dejaban
salir, no iría tan limpia aquella prisión como requiría
la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle el cura,
y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no
temiera que, en viéndose su señor en libertad, había
de hacer de las suyas, y irse donde jamás gentes le viesen.
-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.
-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da
la palabra, como caballero,
de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.
-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-;
cuanto más, que el que está encantado, como yo, no tiene
libertad para hacer de su persona lo que quisiere, porque el que le encantó
le puede hacer que no se mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere
huido, le hará volver en volandas. -Y que, pues esto era así,
bien podían soltalle, y más, siendo tan en provecho de todos;
y del no soltalle les protestaba que no podía dejar de fatigalles
el olfato, si de allí no se desviaban.
Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas,
y, debajo de su buena fe y palabra, le desenjaularon, de que él
se alegró infinito y en grande manera de verse fuera de la jaula.
Y lo primero que hizo fue estirarse todo el cuerpo, y luego se fue donde
estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas en las ancas, dijo:
-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los
caballos, que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú,
con tu señor a cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio
para que Dios me echó al mundo.
Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte,
de donde vino más aliviado
y con más deseos de poner en obra lo que su escudero ordenase.
Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza
de su grande locura, y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba
tener bonísimo entendimiento: solamente venía a perder los
estribos, como otras veces se ha dicho, en tratándole de caballería.
Y así, movido de compasión, después de haberse sentado
todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del canónigo,
le dijo:
-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra
merced la amarga y ociosa letura de los libros de caballerías,
que le hayan vuelto el juicio de modo que venga a creer que va encantado,
con otras cosas deste jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está
la mesma mentira de la verdad? Y ¿cómo es posible que haya
entendimiento humano que se dé a entender que ha habido en el mundo
aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso caballero,
tanto emperador de Trapisonda, tanto F[e]lixmarte de Hircania, tanto palafrén,
tanta doncella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes,
tantas inauditas aventuras, tanto género de encantamentos, tantas
batallas, tantos desaforados encuentros, tanta bizarría de trajes,
tantas princesas enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos,
tanto billete, tanto requiebro, tantas mujeres valientes; y, finalmente,
tantos y tan disparatados casos como los libros de caballerías
contienen? De mí sé decir que, cuando los leo, en tanto
que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y liviandad,
me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que
son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en
el fuego si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal
pena, por ser falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común
naturaleza, y como a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida,
y como a quien da ocasión que el vulgo ignorante venga a creer
y a tener por verdaderas tantas necedades como contienen. Y aun tienen
tanto atrevimiento, que se atreven a turbar los ingenios de los discretos
y bien nacidos hidalgos, como se echa bien de ver por lo que con vuestra
merced han hecho, pues le han traído a términos que sea
forzoso encerrarle en una jaula, y traerle sobre un carro de bueyes, como
quien trae o lleva algún león o algún tigre, de lugar
en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor
don Quijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al
gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fue
servido de darle, empleando el felicísimo talento de su ingenio
en otra letura que redunde en aprovechamiento de su conciencia y en aumento
de su honra! Y si todavía, llevado de su natural inclinación,
quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en
la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará verdades
grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania;
un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un conde
Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo
Fernández, Andalucía; un Diego García de Paredes,
Estremadura; un Garci Pérez de Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo;
un don Manuel de León, Sevilla, cuya leción de sus valerosos
hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más
altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura
digna del buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote
mío, de la cual saldrá erudito en la historia, enamorado
de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres,
valiente sin temeridad, osado sin cobardía, y todo esto, para honra
de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha; do, según he sabido,
trae vuestra merced su principio y origen.
Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo;
y, cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de
haberle estado un buen espacio mirando, le dijo:
-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra
merced se ha encaminado a querer darme a entender que no ha habido caballeros
andantes en el mundo, y que todos los libros de caballerías son
falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república;
y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más mal
en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión
de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome
que no ha habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos
los otros caballeros de que las escrituras están llenas.
-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo
a está sazón el canónigo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían
hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el
juicio y puéstome en una jaula, y que me sería mejor hacer
la enmienda y mudar de letura,
leyendo otros más verdaderos y que mejor deleitan y enseñan.
-Así es -dijo el canónigo.
-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio
y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias
contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera,
que el que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la
mesma pena que vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee
y le enfadan. Porque querer dar a entender a nadie que Amadís no
fue en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que están
colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra,
ni el yelo enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué
ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fue
verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo de Fierabrás
con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de Carlomagno;
que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y si es
mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles,
ni la guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús
de Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan
en su reino por momentos. Y también se atreverán a decir
que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del
Santo Grial, y que son apócrifos los amores de don Tristán
y la reina Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote, habiendo personas que
casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que
fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es
esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela
de partes de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas
reverendas: ''Aquélla, nieto, se parece a la dueña Quintañona'';
de donde arguyo yo que la debió de conocer ella o, por lo menos,
debió de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues, ¿quién
podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda
Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de
los reyes la clavija con que volvía al caballo de madera, sobre
quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que
un timón de carreta? Y junto a la clavija está la silla
de Babieca, y en Roncesvalles está el cuerno de Roldán,
tamaño como una grande viga: de donde se infiere que hubo Doce
Pares, que hubo Pierres,
que hubo Cides, y otros caballeros semejantes, déstos
que dicen las gentes que a sus aventuras van.
Si no, díganme también que no
es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo,
que fue a Borgoña y se combatió en la ciudad de Ras con
el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres,
y después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de
Remestán, saliendo de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa
fama; y las aventuras y desafíos que también acabaron en
Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada
(de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta de varón),
venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimesmo,
que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara,
donde se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque
de Austria; digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones,
del Paso; las empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo
de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas
hechas por caballeros cristianos, déstos y de los reinos estranjeros,
tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase
carecería de toda razón y buen discurso.
Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don
Quijote hacía de verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía
de todas aquellas cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante
caballería; y así, le respondió:
-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de
lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros
andantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce
Pares de Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas
que el arzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello
es que fueron caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron
pares por ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía;
a lo menos, si no lo eran, era razón que lo fuesen y era como una
religión de las que ahora se usan de Santiago o de Calatrava, que
se presupone que los que la profesan han de ser, o deben ser, caballeros
valerosos, valientes y bien nacidos; y, como ahora dicen caballero de
San Juan, o de Alcántara, decían en aquel tiempo caballero
de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que para esta religión
militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo
del Carpio, pero de que hicieron las hazañas que dicen, creo que
la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del
conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería
de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan corto de
vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija,
y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.
-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-;
y, por más señas, dicen que está metida en una funda
de vaqueta, porque no se tome de moho.
-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes
que recebí, que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda
que está allí, no por eso me obligo a creer las historias
de tantos Amadises, ni las de tanta turbamulta de caballeros como por
ahí nos cuentan; ni es razón que un hombre como vuestra
merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento,
se dé a entender que son verdaderas tantas y tan estrañas
locuras como las que están escritas en los disparatados libros
de caballerías.
CAPÍTULO L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el
canónigo tuvieron, con otros sucesos
-¡Bueno está eso! -respondió
don Quijote-. Los libros que están impresos con licencia de los
reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron, y que
con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los
chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de
los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de personas,
de cualquier estado y condición que sean, ¿habían
de ser mentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad, pues
nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el
lugar y las hazañas, punto por punto y día por día,
que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron. Calle vuestra merced,
no diga tal blasfemia (y créame que le aconsejo en esto lo que
debe de hacer como discreto), sino léalos, y verá el gusto
que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento
que ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante
de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando
y cruzando por él muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros
muchos géneros de animales feroces y espantables, y que del medio
del lago sale una voz tristísima que dice: ''Tú, caballero,
quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres
alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el
valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido
licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver
las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete
castillos de las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y
que, apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa,
cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse a considerar
el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus
fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja
en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata ni sabe dónde
ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos
no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo
es más transparente, y que el sol luce con claridad más
nueva; ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes
y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura,
y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto de los pequeños,
infinitos y pintados pajarillos que por los intricados ramos van cruzando.
Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos
cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas,
que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee una artificiosa
fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá
vee otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas,
con las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden
desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas
esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte, imitando a
la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá de improviso
se le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas
son de macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos;
finalmente, él es de tan admirable compostura que, con ser la materia
de que está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de
rubíes, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación
su hechura. Y ¿hay más que ver, después de haber
visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen número
de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese ahora
a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar;
y tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al
atrevido caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle,
sin hablarle palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle
desnudar como su madre le parió, y bañarle con templadas
aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una
camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir
otra doncella y echarle un mantón sobre los hombros, que, por lo
menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun más? ¿Qué
es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a otra
sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda suspenso
y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos, toda de
ámbar y de olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle
sentar sobre una silla de marfil?; ¿qué, verle servir todas
las doncellas, guardando un maravilloso silencio?; ¿qué,
el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente guisados, que
no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál
será oír la música que en tanto que come suena, sin
saberse quién la canta ni adónde suena? ¿Y, después
de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero recostado
sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es
costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más
hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero,
y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de
cómo ella está encantada en él, con otras cosas que
suspenden al caballero y admiran a los leyentes que van leyendo su historia?
No quiero alargarme más en esto, pues dello se puede colegir que
cualquiera parte que se lea, de cualquiera historia de caballero andante,
ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced
créame, y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá
cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran
la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir
que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido,
liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente,
sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco
que me vi encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi
brazo, favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna,
en pocos días verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar
el agradecimiento y liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía
fe, señor, el pobre está inhabilitado de poder mostrar la
virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea; y el
agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como
es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la fortuna me ofreciese
presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi
pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de Sancho
Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría
darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que
temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado.
Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien
dijo:
-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado,
tan prometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le
prometo que no me falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando
me faltare, yo he oído decir que hay hombres en el mundo que toman
en arrendamiento los estados de los señores, y les dan un tanto
cada año, y ellos se tienen cuidado del gobierno, y el señor
se está a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, sin curarse
de otra cosa;
y así haré yo, y no repararé en tanto más
cuanto, sino que luego me desistiré de todo,
y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.
-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto
al gozar la renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor
del estado, y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente
la buena intención de acertar; que si ésta falta en los
principios, siempre irán errados los medios y los fines; y así
suele
Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del discreto.
-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-;
mas sólo sé que tan presto tuviese yo el condado como sabría
regirle; que tanta alma tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que
más, y tan rey sería yo de mi estado como cada uno del suyo;
y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que quisiese,
haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento;
y, en estando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo
más que desear, acabóse;
y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego a otro.
-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho;
pero, con todo eso, hay mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replicó don Quijote:
-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío
por el ejemplo que me da el grande Amadís de Gaula, que hizo a
su escudero conde de la Ínsula Firme; y así, puedo yo, sin
escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que es uno
de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.
Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates
que don Quijote había dicho, del modo con que había pintado
la aventura del Caballero del Lago, de la impresión que en él
habían hecho las pensadas mentiras de los libros que había
leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,
que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le
había prometido.
Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta
habían ido por la acémila del repuesto, y, haciendo mesa
de una alhombra y de la verde yerba del prado, a la sombra de unos árboles
se sentaron, y comieron allí, porque el boyero no perdiese la comodidad
de aquel sitio, como queda dicho. Y, estando comiendo, a deshora oyeron
un recio estruendo y un son de esquila, que por entre unas zarzas y espesas
matas que allí junto estaban sonaba, y al mesmo instante vieron
salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra, toda la piel manchada
de negro, blanco y pardo. Tras ella venía un cabrero dándole
voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se detuviese, o
al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,
se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo.
Llegó el cabrero,
y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y
entendimiento, le dijo:
-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis
vos estos días de pie cojo! ¿Qué lobos os espantan,
hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa? Mas ¡qué
puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que
mal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis!
Volved, volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis
más segura en vuestro aprisco, o con vuestras compañeras;
que si vos que las habéis de guardar y encaminar andáis
tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán
parar ellas?
Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron, especialmente
al canónigo, que le dijo:
-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis
en volver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra,
como vos decís, ha de seguir su natural distinto, por más
que vos os pongáis a estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una
vez, con que templaréis la cólera, y en tanto, descansará
la cabra.
Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno.
Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse,
y luego dijo:
-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan
en seso, me tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad
que no carecen de misterio las palabras que le dije.
Rústico soy, pero no tanto que no entienda cómo se ha de
tratar con los hombres y con las bestias.
-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia
que los montes
crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.
-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres
escarmentados; y para que creáis esta verdad y la toquéis
con la mano, aunque parezca que sin ser rogado me convido, si no os enfadáis
dello y queréis, señores, un breve espacio prestarme oído
atento, os contaré una verdad que acredite lo que ese señor
(señalando al cura) ha dicho, y la mía.
A esto respondió don Quijote:
-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura
de caballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy
buena gana, y así lo harán todos estos señores, por
lo mucho que tienen de discretos y de ser amigos de curiosas novedades
que suspendan, alegren y entretengan los sentidos, como, sin duda, pienso
que lo ha de hacer vuestro cuento.
Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.
-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta
empanada, donde pienso hartarme por tres días; porque he oído
decir a mi señor don Quijote que el escudero de caballero andante
ha de comer, cuando se le ofreciere, hasta no poder más, a causa
que se les suele ofrecer entrar acaso por una selva tan intricada que
no aciertan a salir della en seis días; y si el hombre no va harto,
o bien proveídas las alforjas, allí se podrá quedar,
como muchas veces se queda, hecho carne momia.
-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete
adonde quisieres, y come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho,
y sólo me falta dar al alma su refacción, como se la daré
escuchando el cuento deste buen hombre.
-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.
Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido
había. El cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra,
que por los cuernos tenía, diciéndole:
-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para
volver a nuestro apero.
Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su
dueño, se tendió ella junto a él con mucho sosiego,
y, mirándole al rostro, daba a entender que estaba atenta a lo
que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su historia desta
manera:
CAPÍTULO LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos
los que llevaban a don Quijote
-«Tres leguas deste valle está
una aldea que, aunque pequeña, es de las más ricas que hay
en todos estos contornos; en la cual había un labrador muy honrado,
y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, más lo
era él por la virtud que tenía que por la riqueza que alcanzaba.
Mas lo que le hacía más dichoso, según él
decía, era tener una hija de tan estremada hermosura, rara discreción,
donaire y virtud, que el que la conocía y la miraba se admiraba
de ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la habían
enriquecido. Siendo niña fue hermosa, y siempre fue creciendo en
belleza, y en la edad de diez y seis años fue hermosísima.
La fama de su belleza se comenzó a estender por todas las circunvecinas
aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas no más,
si se estendió a las apartadas ciudades, y aun se entró
por las salas de los reyes, y por los oídos de todo género
de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de milagros, de todas
partes a verla venían? Guardábala su padre, y guardábase
ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una
doncella que las del recato proprio.
»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos,
así del pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen;
mas él, como a quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso,
sin saber determinarse a quién la entregaría de los infinitos
que le importunaban. Y, entre los muchos que tan buen deseo tenían,
fui yo uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de buen suceso
conocer que el padre conocía quien yo era, el ser natural del mismo
pueblo, limpio en sangre, en la edad floreciente, en la hacienda muy rico
y en el ingenio no menos acabado. Con todas estas mismas partes la pidió
también otro del mismo pueblo, que fue causa de suspender y poner
en balanza la voluntad del padre, a quien parecía que con cualquiera
de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por salir desta confusión,
determinó decírselo a Leandra, que así se llama la
rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos
iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a
su gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren
poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas,
sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto.
No sé yo el que tuvo Leandra; sólo sé que el padre
nos entretuvo a entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales,
que ni le obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Llámase mi competidor
Anselmo, y yo Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas
que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aún está pendiente;
pero bien se deja entender que será desastrado.
»En esta sazón, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa,
hijo de un pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente venía
de las Italias, y de otras diversas partes, de ser soldado. Llevóle
de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un capitán
que con su compañía por allí acertó a pasar,
y volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca,
pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas
de acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra; pero todas
sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que
de suyo es maliciosa, y dándole el ocio lugar es la misma malicia,
lo notó, y contó punto por punto sus galas y preseas, y
halló que los vestidos eran tres, de diferentes colores, con sus
ligas y medias; pero él hacía tantos guisados e invenciones
dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que había
hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más
de veinte plumajes. Y no parezca impertinencia y demasía esto que
de los vestidos voy contando, porque ellos hacen una buena parte en esta
historia.
»Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo
está en nuestra plaza, y allí nos tenía a todos la
boca abierta, pendientes de las hazañas que nos iba contando. No
había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde
no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene
Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos,
según él decía, que Gante y Luna, Diego García
de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos había salido con
vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre. Por otra
parte, mostraba señales de heridas que, aunque no se divisaban,
nos hacía entender que eran arcabuzazos dados en diferentes rencuentros
y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de vos a
sus iguales y a los mismos que le conocían, y decía que
su padre era su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado,
al mismo rey no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias
ser un poco músico y tocar una guitarra a lo rasgado, de manera
que decían algunos que la hacía hablar; pero no pararon
aquí sus gracias, que también la tenía de poeta,
y así, de cada niñería que pasaba en el pueblo, componía
un romance de legua y media de escritura.
»Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de
la Rosa, este bravo, este galán, este músico, este poeta
fue visto y mirado muchas veces de Leandra, desde una ventana de su casa
que tenía la vista a la plaza. Enamoróla el oropel de sus
vistosos trajes, encantáronla sus romances, que de cada uno que
componía daba veinte traslados, llegaron a sus oídos las
hazañas que él de sí mismo había referido,
y, finalmente, que así el diablo lo debía de tener ordenado,
ella se vino a enamorar dél, antes que en él naciese presunción
de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay ninguno que con más
facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el deseo de la dama,
con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y, primero que alguno
de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su deseo, ya ella
le tenía cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y amado
padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el
soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de
todas las muchas que él se aplicaba.
»Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que
dél noticia tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo, atónito,
el padre triste, sus parientes afrentados, solícita la justicia,
los cuadrilleros listos; tomáronse los caminos, escudriñáronse
los bosques y cuanto había, y, al cabo de tres días, hallaron
a la antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en camisa, sin
muchos dineros y preciosísimas joyas que de su casa había
sacado. Volviéronla a la presencia del lastimado padre; preguntáronle
su desgracia; confesó sin apremio que Vicente de la Roca la había
engañado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió
que dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la
más rica y más viciosa ciudad que había en todo el
universo mundo, que era Nápoles; y que ella, mal advertida y peor
engañada, le había creído; y, robando a su padre,
se le entregó la misma noche que había faltado; y que él
la llevó a un áspero monte, y la encerró en aquella
cueva donde la habían hallado. Contó también como
el soldado, sin quitalle su honor, le robó cuanto tenía,
y la dejó en aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en
admiración a todos.
»Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo
afirmó con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado
padre se consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban,
pues le habían dejado a su hija con la joya que, si una vez se
pierde, no deja esperanza de que jamás se cobre. El mismo día
que pareció Leandra la despareció su padre de nuestros ojos,
y la llevó a encerrar en un monesterio de una villa que está
aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala
opinión en que su hija se puso. Los pocos años de Leandra
sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos que no les
iba algún interés en que ella fuese mala o buena; pero los
que conocían su discreción y mucho entendimiento no atribuyeron
a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinación
de las mujeres, que, por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta.
»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos
sin tener cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas,
sin luz que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de
Leandra, crecía nuestra tristeza, apocábase nuestra paciencia,
maldecíamos las galas del soldado y abominábamos del poco
recato del padre de Leandra. Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos
de dejar el aldea y venirnos a este valle, donde él, apacentando
una gran cantidad de ovejas suyas proprias, y yo un numeroso rebaño
de cabras, también mías, pasamos la vida entre los árboles,
dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos alabanzas o vituperios
de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas comunicando con el
cielo nuestras querellas.
»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de
Leandra se han venido a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio
nuestro; y son tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la
pastoral Arcadia, según está colmo de pastores y de apriscos,
y no hay parte en él donde no se oiga el nombre de la hermosa Leandra.
Éste la maldice y la llama antojadiza, varia y deshonesta; aquél
la condena por fácil y ligera; tal la absuelve y perdona, y tal
la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura, otro reniega de su condición,
y, en fin, todos la deshonran, y todos la adoran, y de todos se estiende
a tanto la locura, que hay quien se queje de desdén sin haberla
jamás hablado, y aun quien se lamente y sienta la rabiosa enfermedad
de los celos, que ella jamás dio a nadie; porque, como ya tengo
dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de peña,
ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada
de algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco
repite el nombre de Leandra dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan
los montes, Leandra murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos
suspensos y encantados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber de
qué tememos. Entre estos disparatados, el que muestra que menos
y más juicio tiene es mi competidor Anselmo, el cual, teniendo
tantas otras cosas de que quejarse, sólo se queja de ausencia;
y al son de un rabel, que admirablemente toca, con versos donde muestra
su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro camino más
fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal
de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato,
de sus promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso
que tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.»
Y ésta fue la ocasión, señores, de las palabras y
razones que dije a esta cabra cuando aquí llegué; que por
ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi apero. Ésta
es la historia que prometí contaros; si he sido en el contarla
prolijo, no seré en serviros corto: cerca de aquí tengo
mi majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso,
con otras varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto
agradables.
CAPÍTULO LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con
el cabrero, con la rara aventura de los deceplinantes,
a quien dio felice fin a costa de su sudor
General gusto causó el cuento
del cabrero a todos los que escuchado le habían; especialmente
le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad
notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer
rústico cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así,
dijo que había dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban
letrados. Todos se ofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró
liberal en esto fue don Quijote, que le dijo:
-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque
vos la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin
duda alguna, debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la
abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras
manos, para que hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante,
guardando, pero, las leyes de la caballería, que mandan que a ninguna
doncella se le sea fecho desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios
Nuestro Señor que no ha de poder tanto la fuerza de un encantador
malicioso, que no pueda más la de otro encantador mejor intencionado,
y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi profesión,
que no es otra si no es favorecer a los desvalidos y menesterosos.
Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje
y catadura, admiróse y preguntó al barbero, que cerca de
sí tenía:
-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene
y de tal manera habla?
-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el
famoso don Quijote de la Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de
tuertos, el amparo de las doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor
de las batallas?
-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros
de caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre
vuestra merced dice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced
se burla, o que este gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos
de la cabeza.
-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-;
y vos sois el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno
que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió.
Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí
tenía, y dio con él al cabrero en todo el rostro, con tanta
furia, que le remachó las narices; mas el cabrero, que no sabía
de burlas, viendo con cuántas veras le maltrataban, sin tener respeto
a la alhombra, ni a los manteles, ni a todos aquellos que comiendo estaban,
saltó sobre don Quijote, y, asiéndole del cuello con entrambas
manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no llegara en aquel punto,
y le asiera por las espaldas y diera con él encima de la mesa,
quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo cuanto en
ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse sobre
el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de Sancho,
andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna
sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo
y el cura; mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo
de sí a don Quijote, sobre el cual llovió tanto número
de mojicones, que del rostro del pobre caballero llovía tanta sangre
como del suyo.
Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros
de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando
en pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba,
porque no se podía desasir de un criado del canónigo, que
le estorbaba que a su amo no ayudase.
En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos
aporreantes que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan
triste que les hizo volver los rostros hacia donde les pareció
que sonaba; pero el que más se alborotó de oírle
fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra
su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:
-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido
valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos
treguas, no más de por una hora; porque el doloroso son de aquella
trompeta que a nuestros oídos llega me parece que a alguna nueva
aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó
luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde
el son se oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos
hombres vestidos de blanco, a modo de diciplinantes.
Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío
a la tierra, y por todos los lugares de aquella comarca se hacían
procesiones, rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos
de su misericordia y les lloviese; y para este efecto la gente de una
aldea que allí junto estaba venía en procesión a
una devota ermita que en un recuesto de aquel valle había.
Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes,
sin pasarle por la memoria las muchas veces que los había de haber
visto, se imaginó que era cosa de aventura, y que a él solo
tocaba, como a caballero andante, el acometerla; y confirmóle más
esta imaginación pensar que una imagen que traían cubierta
de luto fuese alguna principal señora que llevaban por fuerza aquellos
follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó en las
mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo
andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en
un punto le enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió
sobre Rocinante y embrazó su adarga, y dijo en alta voz a todos
los que presentes estaban:
-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa
que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballería;
agora digo que veredes, en la libertad de aquella buena señora
que allí va cautiva,
si se han de estimar los caballeros andantes.
Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas
no las tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee
en toda esta verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se
fue a encontrar con los diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo
y barbero a detenelle; mas no les fue posible, ni menos le detuvieron
las voces que Sancho le daba, diciendo:
-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué
demonios lleva en el pecho, que le incitan a ir contra nuestra fe católica?
Advierta, mal haya yo, que aquélla es procesión de diciplinantes,
y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima
de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo que hace, que por esta
vez se puede decir que no es lo que sabe.
Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar
a los ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó
palabra; y, aunque la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó,
pues, a la procesión, y paró a Rocinante, que ya llevaba
deseo de quietarse un poco, y, con turbada y ronca voz, dijo:
-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los
rostros, atended y escuchad lo que deciros quiero.
Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno
de los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo
la estraña catadura de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y
otras circunstancias de risa que notó
y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:
-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto,
porque se van estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es
razón que nos detengamos a oír cosa alguna, si ya no es
tan breve que en dos palabras se diga.
-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta:
que luego al punto dejéis libre a esa hermosa señora, cuyas
lágrimas y triste semblante dan claras muestras que la lleváis
contra su voluntad y que algún notorio desaguisado le habedes fecho;
y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes agravios, no
consentiré
que un solo paso adelante pase sin darle la deseada libertad que merece.
En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía
de ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy
de gana; cuya risa fue poner pólvora a la cólera de don
Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando la espada, arremetió
a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus
compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando
una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que
descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró
don Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio,
que le quedó en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de
un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga
contra villana fuerza,
que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.
Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído,
dio voces a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre
caballero encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los
días de su vida. Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces
de Sancho, sino el ver que don Quijote no bullía pie ni mano; y
así, creyendo que le había muerto, con priesa se alzó
la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña como un
gamo.
Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijo[te]
adonde él estaba; y más los de la procesión, que
los vieron venir corriendo, y con ellos los cuadrilleros con sus ballestas,
temieron algún mal suceso, y hiciéronse todos un remolino
alrededor de la imagen; y, alzados los capirotes, empuñando las
diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban el asalto con
determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a sus
acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque Sancho
no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor, haciendo
sobre él el más doloroso
y risueño llanto del mundo, creyendo que estaba muerto.
El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía,
cuyo conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones.
El primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién
era don Quijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes
fueron a ver si estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho
Panza, con lágrimas en los ojos, decía:
-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste
la carrera de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu
linaje, honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual,
faltando tú en él, quedará lleno de malhe[c]hores,
sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal
sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías
dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh
humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de
peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos,
azote de los malos,
enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir
se puede!
Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer
palabra que dijo fue:
-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias
que éstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme
sobre el carro encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante,
porque tengo todo este hombro hecho pedazos.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió
Sancho-, y volvamos a mi aldea en compañía destos señores,
que su bien desean, y allí daremos orden de hacer otra salida que
nos sea de más provecho y fama.
-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran
prudencia dejar pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.
El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy
bien en hacer lo que decía; y así, habiendo recebido grande
gusto de las simplicidades de Sancho Panza, pusieron a don Quijote en
el carro, como antes venía. La procesión volvió a
ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se despidió de todos;
los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura les pagó
lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le
avisase el suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía
en ella, y con esto tomó licencia para seguir su viaje. En fin,
todos se dividieron y apartaron, quedando solos el cura y barbero, don
Quijote y Panza, y el bueno de Rocinante, que a todo lo que había
visto estaba con tanta paciencia como su amo.
El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre
un haz de heno, y con su acostumbrada flema siguió el camino que
el cura quiso, y a cabo de seis días llegaron a la aldea de don
Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó
a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual
atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que
en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron
maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a
su ama y a su sobrina de que su tío y su señor venía
flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un
carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los gritos que
las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las
maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías;
todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus
puertas.
A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho
Panza, que ya había sabido que había ido con él sirviéndole
de escudero, y, así como vio a Sancho, lo primero que le preguntó
fue que si venía bueno el asno.
Sancho respondió que venía mejor que su amo.
-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha
hecho; pero contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis
sacado de vuestras escuderías?, ¿qué saboyana me
traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?
-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras
cosas de más momento y consideración.
-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas
cosas de más consideración y más momento, amigo mío,
que las quiero ver, para que se me alegre este corazón, que tan
triste
y descontento ha estado en todos los siglos de vuestra ausencia.
-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad
contenta, que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a
buscar aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una
ínsula,
y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.
-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos
menester. Mas, decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que
no lo entiendo?
-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo
lo verás, mujer,
y aun te admirarás de oírte llamar Señoría
de todos tus vasallos.
-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías,
ínsulas y vasallos? -respondió Juana Panza, que así
se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se
usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.
-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así
de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre
honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es
verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto como el hombre
querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve
suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de expiriencia, porque
de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero, con todo eso,
es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando
selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas
a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.
Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza,
su mujer, en tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron,
y le desnudaron, y le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas
él con ojos atravesados, y no acababa de entender en qué
parte estaba. El cura encargó a la sobrina tuviese gran cuenta
con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que otra vez no
se les escapase, contando lo que había sido menester para traelle
a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí
se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí
pidieron al cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores
de tantas mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y
temerosas de que se habían de ver sin su amo y tío en el
mesmo punto que tuviese alguna mejoría; y sí fue como ellas
se lo imaginaron.
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha
buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido
hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas;
sólo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don
Quijote, la tercera vez que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde
se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron,
y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento.
Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara
ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico
que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él
dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua
ermita que se renovaba; en la cual caja se habían hallado unos
pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos,
que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la
hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad
de Sancho Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes
epitafios y elogios de su vida y costumbres.
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí
pone el fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El
cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo
que le costó inquerir y buscar todos los archivos manchegos, por
sacarla a luz, sino que le den el mesmo crédito que suelen dar
los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan
en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y satisfecho,
y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo
menos de tanta invención y pasatiempo.
Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló
en la caja de plomo eran éstas:
LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,
HOC SCRIPSERUNT:
EL MONICONGO,
ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
EPITAFIO
El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón decreta;
el jüicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en la broncínea plancha,
el que a cola dejó los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarría,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa fría.
DEL PANIAGUADO,
ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
In laudem Dulcineae del Toboso
SONETO
Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y ademán brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montïel, hasta el herboso
llano de Aranjüez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos años,
ella dejó, muriendo, de ser bella;
y él, aunque queda en mármores escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños.
DEL CAPRICHOSO,
DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE,
CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
SONETO
En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su Amadís se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunfó mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y dél se precia,
más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.
DEL BURLADOR,
ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA
SONETO
Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,
pero grande en valor, ¡milagro estraño!
Escudero el más simple y sin engaño
que tuvo el mundo, os juro y certifico.
De ser conde no estuvo en un tantico,
si no se conjuraran en su daño
insolencias y agravios del tacaño
siglo, que aun no perdonan a un borrico.
Sobre él anduvo -con perdón se miente-
este manso escudero, tras el manso
caballo Rocinante y tras su dueño.
¡Oh vanas esperanzas de la gente;
cómo pasáis con prometer descanso,
y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!
DEL CACHIDIABLO,
ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
EPITAFIO
Aquí yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero.
DEL TIQUITOC,
ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO
EPITAFIO
Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.
Éstos fueron los versos que
se pudieron leer; los demás, por estar carcomida la letra, se entregaron
a un académico para que por conjeturas los declarase. Tiénese
noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y
que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de la tercera
salida de don Quijote.
Forsi altro canterà con miglior
plectio.
Finis
TABLA DE LOS CAPÍTULOS
QUE CONTIENE ESTA FAMOSA
Historia del valeroso caballero
don Quijote de la Mancha
Primera
parte del ingenioso (hidalgo) don Quijote de la Mancha.
Capítulo primero:
que trata de la condición y ejercicio del famoso [y valiente] hidalgo
don Quijote de la Mancha.
Capítulo segundo: que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quijote.
Capítulo tercero: donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don
Quijote en armarse caballero.
Capítulo cuarto: de lo que le sucedió a nuestro caballero
cuando salió de la venta.
Capítulo quinto: donde se prosigue la narración de la desgracia
de nuestro caballero.
Capítulo sexto: del donoso (y grande) escrutinio que el cura y
el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo.
Capítulo séptimo: de la segunda salida
de nuestro buen caballero (don Quijote de la Mancha).
Capítulo octavo: del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo
en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento
(con otros sucesos dignos de felice recordación) [etc.].
(Segunda) Parte
[segunda] del ingenioso (hidalgo)
don Quijote de la Mancha.
Capítulo nono:
donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno
y el valiente manchego tuvieron.
Capítulo décimo: de lo que más le
avino a don Quijote con el vizcaíno,
y del peligro en que se vio con una (turba) [caterva] de yangüeses.
Capítulo undécimo: de lo que le sucedió a don Quijote
con unos cabreros.
Capítulo duodécimo: de lo que contó un cabrero a
los que estaban con don Quijote.
Capítulo trece: donde se da fin al cuento de la pastora Marcela,
con otros sucesos.
Capítulo catorce: donde se ponen los versos desesperados del difunto
pastor, con otros (no esperados) sucesos.
Tercera parte del ingenioso (hidalgo) don
Quijote de la Mancha.
Capítulo quince: donde se cuenta
la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos
desalmados yangüeses.
Capítulo deciséis: de lo que le sucedió al ingenioso
hidalgo en la venta que él se imaginaba ser castillo.
Capítulo dicisiete: donde se prosiguen los innumerables trabajos
que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron (en la
venta que, por su mal, pensó que era castillo) [etc.].
Capítulo deciocho: donde se cuentan las razones que pasó
Sancho Panza con su señor don Quijote,
con otras aventuras dignas de ser contadas.
Capítulo decinueve: de las discretas razones que Sancho pasaba
con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto
(con otros acontecimientos famosos) [etc.].
Capítulo veinte: de la jamás vista ni oída aventura
que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el
mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote (de la Mancha).
Capítulo veinte y uno: que trata de la alta aventura y rica ganancia
del yelmo de Mambrino
(con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero) [etc.].
Capítulo veintidós: de la libertad que dio don Quijote a
muchos desdichados [galeotes]
(que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir).
Capítulo veintitrés: de lo que le aconteció al famoso
don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras
que en esta verdadera historia se cuenta(n).
Capítulo veinticuatro: donde se prosigue la aventura de la Sierra
Morena. [Dice la historia que era grandísima la atención
con que don Quijote escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual,
prosiguiendo su plática, dijo: "Quienquiera que seáis",
etc.].
Capítulo veinticinco: que trata de las estrañas cosas que
en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la
imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros.
Capítulo veintiséis: donde se prosiguen las finezas que
de enamorado hizo [el nuestro] don Quijote en Sierra Morena.
Capítulo veintisiete: de cómo salieron con su intención
el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten (en esta
grande historia).
Cuarta
parte [de la historia] del ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha.
Capítulo veintiocho: que trata de la
nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la
m(e)[i]sma sierra.
Capítulo veintinueve: que trata de la discreción de la hermosa
Dorotea, con otras cosas de (mucho) gusto y pasatiempo.
Capítulo treinta: que trata del gracioso artificio y orden que
se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima
penitencia en que se había puesto.
Capítulo treinta y uno: de los sabrosos razonamientos que pasaron
entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos.
Capítulo treinta y dos: que trata de lo que sucedió en la
venta a toda la cuadrilla de don Quijote.
Capítulo treinta y tres: donde se cuenta la novela del Curioso
impertinente.
Capítulo treinta y cuatro: donde se prosigue la novela del Curioso
impertinente.
Capítulo treinta y cinco: donde se da fin a la novela del Curioso
impertinente.
Capítulo treinta y seis: que trata de la brava y descomunal batalla
que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos
que en la venta sucedieron.
Capítulo treinta y siete: que prosigue la historia de la famosa
infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras.
Capítulo treinta y ocho: que trata del discurso que hizo don Quijote
de las armas y las letras.
Capítulo treinta y nueve: donde el cautivo cuenta su vida y sucesos.
Capítulo cuarenta: donde se prosigue la historia del cautivo.
Capítulo cuarenta y uno: donde todavía prosigue el cautivo
su suceso.
Capítulo cuarenta y dos: que trata de lo que más sucedió
en la venta, y de otras muchas cosas dignas de saberse.
[Capítulo cuarenta y tres: donde se cuenta la agradable historia
del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta
sucedidos. Comienza:] "Marinero soy de amor".
Capítulo cuarenta y cuatro: donde se prosiguen los inauditos sucesos
de la venta.
Capítulo cuarenta y cinco: donde se acaba de averiguar la duda
del yelmo de Mambrino
y de la albarda (y otras aventuras sucedidas, con toda verdad).
Capítulo cuarenta y seis: de la notable aventura de los cuadrilleros,
y la gran ferocidad de nuestro buen caballero (don Quijote).
Capítulo cuarenta y siete: del estraño modo con que fue
encantado don Quijote (de la Mancha), con otros famosos sucesos.
Capítulo cuarenta y ocho: donde prosigue el canónigo la
materia de los libros de caballerías,
con otras cosas dignas de su ingenio.
Capítulo cuarenta y nueve: donde se trata del discreto coloquio
que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote.
Capítulo cincuenta: de las discretas altercaciones que don Quijote
y el canónigo tuvieron, con otros sucesos.
Capítulo cincuenta y uno: que trata de lo que contó el cabrero
a todos los que llevaban a[l valiente] don Quijote.
Capítulo cincuenta y dos: de la pendencia que don Quijote tuvo
con el cabrero, con la rara aventura de los deceplinantes, a quien dio
felice fin a costa de su sudor.
Fin de la
Tabla

Obras
de CERVANTES:
Don
Quixote de la Mancha
El Amante Liberal
El Casamiento Engañoso
El Celoso Extremeño
El Coloquio de los Perros
El Licenciado Vidriera
El Trato de Argel
«Entremeses»
Entremés de la CUEVA
DE SALAMANCA
Entremés de la ELECCIÓN
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO
Entremés de la GUARDA
CUIDADOSA
Entremés del JUEZ
DE LOS DIVORCIOS
Entremés del RETABLO
DE LAS MARAVILLAS
Entremés del RUFIÁN
VIUDO LLAMADO TRAMPAGOS
Entremés del VIEJO
CELOSO
Entremés del VIZCAÍNO
FINGIDO
La
Española Inglesa
La Fuerza de
la Sangre
La Galatea
La Gitanilla
La Ilustre Fregona
La Numancia
La Señora Cornelia
Las Dos Doncellas
Los Trabajos de Persiles
y Segismunda
Rinconete y Cortadillo
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