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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO XI. De la estraña
aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro,
o carreta, de Las Cortes de la Muerte
Pensativo además iba don Quijote
por su camino adelante, considerando la mala burla que le habían
hecho los encantadores, volviendo a su señora Dulcinea en la mala
figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría
para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera
de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante,
el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía
a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento
le volvió Sancho Panza, diciéndole:
-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para
los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:
vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a
Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que
conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos
es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? ¿Estamos
aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas
hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante
que todos los encantos y transformaciones de la tierra.
-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-;
calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora,
que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia
que me tienen los malos ha nacido su mala andanza.
-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee
ahora, ¿cuál es el corazón que no llora?
-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-,
pues la viste en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no
se estendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza: contra
mí solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas,
con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste
mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía
los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo
que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas;
y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes,
que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó
a mí su hermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo
todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder
en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería.
De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras;
que es pensar qué medio se ha de tener cuando vuesa merced venza
a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vaya a presentar
ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde
la ha de hallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero
vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes,
buscando a mi señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad
de la calle, no la conocerán más que a mi padre.
-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se estenderá
el encantamento a quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y
presentados gigantes y caballeros; y, en uno o dos de los primeros que
yo venza y le envíe, haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles
que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto les hubiere
sucedido.
-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo
que vuesa merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento
de lo que deseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la
desgracia más será de vuesa merced que suya; pero, como
la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá
nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando
nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que él
es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo
una carreta que salió al través del camino, cargada de los
más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron
imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un
feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin
toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de
don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella
venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado
estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a
los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los
ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un
caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión,
ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores; con éstas
venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual
visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso
miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote,
creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y
con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier
peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta y amenazadora,
dijo:
-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién
eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche,
que más parece la barca de Carón que carreta de las que
se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía
de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que está detrás
de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto
de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel
lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cerca y escusar
el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con
los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el
otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;
el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy
una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía
los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros,
pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad;
que, como soy demonio, todo se me alcanza.
-Por la fe de caballero andante -respondió don Quijote-, que, así
como vi este carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía;
y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar
lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra
fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho,
que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde
mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban
los ojos tras la farándula.
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la
compañía, que venía vestido de bojiganga, con muchos
cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca
hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó
a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a dar grandes
saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó
a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el
freno entre los dientes, dio a correr por el campo con más ligereza
que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho,
que consideró el peligro en [que] iba su amo de ser derribado,
saltó del rucio, y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a
él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él, Rocinante,
que, con su amo, vino al suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías
de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote,
cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio,
y, sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el
dolor de los golpes, le hizo volar por la campaña hacia el lugar
donde iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera de su rucio y la
caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades
acudiría primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen
criado, pudo más con él el amor de su señor que el
cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar
las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él
tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes
se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más
mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulación
llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho de lo
que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante,
le dijo:
-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
-¿Qué diablo? -preguntó don Quijote.
-El de las vejigas -respondió Sancho.
-Pues yo le cobraré -replicó don Quijote-, si bien se encerrase
con él en los más hondos y escuros calabozos del infierno.
Sígueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con las mulas della
satisfaré la pérdida del rucio.
-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió
Sancho-: vuestra merced temple su cólera, que, según me
parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con
el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie
al pueblo, y el jumento se volvió a su amo.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, será bien castigar el descomedimiento
de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo emperador.
-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó
Sancho-, y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que
es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes
y salir libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres
y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman,
y más siendo de aquellos de las compañías reales
y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura
parecen unos príncipes.
-Pues con todo -respondió don Quijote-, no se me ha de ir el demonio
farsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca
del pueblo. Iba dando voces, diciendo:
-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender
cómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven
de caballería a los escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron
los de la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del
que las decía, en un instante saltó la Muerte de la carreta,
y tras ella, el Emperador, el Diablo carretero y el Ángel, sin
quedarse la Reina ni el dios Cupido; y todos se cargaron de piedras y
se pusieron en ala, esperando recebir a don Quijote en las puntas de sus
guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en tan gallardo escuadrón,
los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las
piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué
modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que
se detuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer
al bien formado escuadrón, le dijo:
-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced,
señor mío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay
arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana
de bronce; y también se ha de considerar que es más temeridad
que valentía acometer un hombre solo a un ejército donde
está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan
los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración
no le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre
todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes
y emperadores, no hay ningún caballero andante.
-Ahora sí -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que
puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo
sacar la espada, como otras veces muchas te he dicho, contra quien no
fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza
del agravio que a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te
ayudaré con voces y advertimientos saludables.
-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar
venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios;
cuanto más, que yo acabaré con mi asno que ponga su ofensa
en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacíficamente
los días que los cielos me dieren de vida.
-Pues ésa es tu determinación -replicó don Quijote-,
Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos
estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras;
que yo veo esta tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y
muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte
con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron
su viaje, y este felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de
la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio
a su amo; al cual, el día siguiente, le sucedió otra con
un enamorado y andante caballero, de no menos suspensión que la
pasada.
CAPÍTULO XII. De la estraña aventura que le sucedió
al valero[so] don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos
La noche que siguió al día
del rencuentro de la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero debajo
de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a persuasión
de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto del
rucio, y entre la cena dijo Sancho a su señor:
-Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido
en albricias los despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara,
antes que las crías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más
vale pájaro en mano que buitre volando.
-Todavía -respondió don Quijote-, si tú, Sancho,
me dejaras acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos,
por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de
Cupido, que yo se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
-Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes -respondió
Sa[n]cho Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado
que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes,
como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés
bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los
que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos
de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo
a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana,
y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente
lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes.
Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia
adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros,
damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el
embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple
discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose
de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.
-Sí he visto -respondió Sancho.
-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste
mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices,
y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia;
pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les
quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la
sepultura.
-¡Brava comparación! -dijo Sancho-, aunque no tan nueva que
yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego
del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular
oficio; y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan,
y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
-Cada día, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple
y más discreto.
-Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra
merced -respondió Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles
y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos
frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido
el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio
ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo
y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición,
tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza
que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.
Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle
ser verdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cuando
hablaba de manera que le admiraba; puesto que todas o las más veces
que Sancho quería hablar de oposición y a lo cortesano,
acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad
al profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba más
elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo
de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado
en el discurso desta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la
noche, y a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de
los ojos, como él decía cuando quería dormir, y,
desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso y libre. No quitó
la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su señor que,
en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo de
techado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida
y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del
arzón de la silla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!;
y así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio,
cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan trabada,
que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor desta
verdadera historia hizo particulares capítulos della; mas que,
por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no
los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su prosupuesto,
y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían
a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos,
cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba
de la otra parte más de media vara), y, mirando los dos atentamente
al suelo, se solían estar de aquella manera tres días; a
lo menos, todo el tiempo que les dejaban, o no les compelía la
hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado
en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades
y Orestes; y si esto es así, se podía echar de ver, para
universal admiración, cuán firme debió ser la amistad
destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres,
que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se
dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo
el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad destos animales
a la de los hombres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos
los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las
cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el
agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia;
de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y
don Quijote dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de
tiempo había pasado, cuando le despertó un ruido que sintió
a sus espaldas, y, levantándose con sobresalto, se puso a mirar
y a escuchar de dónde el ruido procedía, y vio que eran
dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar de la silla,
dijo al otro:
-Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer,
este sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han
menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y,
al arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta
señal por donde conoció don Quijote que debía de
ser caballero andante; y, llegándose a Sancho, que dormía,
le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió
en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
-Hermano Sancho, aventura tenemos.
-Dios nos la dé buena -respondió Sancho-; y ¿adónde
está, señor mío, su merced de esa señora aventura?
-¿Adónde, Sancho? -replicó don Quijote-; vuelve los
ojos y mira, y verás allí tendido un andante caballero,
que, a lo que a mí se me trasluce, no debe de estar demasiadamente
alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo con algunas
muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas.
-Pues ¿en qué halla vuesa merced -dijo Sancho- que ésta
sea aventura?
-No quiero yo decir -respondió don Quijote- que ésta sea
aventura del todo, sino principio della; que por aquí se comienzan
las aventuras. Pero escucha, que, a lo que parece, templando está
un laúd o vigüela, y, según escupe y se desembaraza
el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
-A buena fe que es así -respondió Sancho-, y que debe de
ser caballero enamorado.
-No hay ninguno de los andantes que no lo sea -dijo don Quijote-. Y escuchémosle,
que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta;
que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del
Bosque, que no era muy mala mi muy buena, lo estorbó; y, estando
los dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue este soneto:
-Dadme, señora, un término que
siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el ama ajust[o].
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de
lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero
del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente y lastimada,
dijo:
-¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe!
¿Cómo que será posible, serenísima Casildea
de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas
peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero?
¿No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa
del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los
tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todos los caballeros
de la Mancha?
-Eso no -dijo a esta sazón don Quijote-, que yo soy de la Mancha
y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una
cosa tan perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero
ya vees tú, Sancho, que desvaría.
Pero, escuchemos: quizá se declarará más.
-Si hará -replicó Sancho-, que término lleva de quejarse
un mes ar[r]eo.
Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero
del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación,
se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
-¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es
por ventura de la del número de los contentos, o la del de los
afligidos?
-De los afligidos -respondió don Quijote.
-Pues llég[u]ese a mí -respondió el del Bosque-,
y hará cuenta que se llega a la mesma tristeza y a la aflición
mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó
a él, y Sancho ni más ni menos.
El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:
-Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo
sois, y de los que profesan la andante caballería, bástame
el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen
compañía,
naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
-Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en
mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras,
no por eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las
ajenas desdichas. De lo que contaste poco ha, colegí que las vuestras
son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis
a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en
buena paz y compañía,
como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas.
-Por ventura, señor caballero -preguntó el del Bosque a
don Quijote-, ¿sois en[a]morado?
-Por desventura lo soy -respondió don Quijote-; aunque los daños
que nacen de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por
gracias que por desdichas.
-Así es la verdad -replicó el del Bosque-, si no nos turbasen
la razón y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen
venganzas.
-Nunca fui desdeñado de mi señora -respondió don
Quijote.
-No, por cierto -dijo Sancho, que allí junto estaba-, porque es
mi señora como una borrega mansa: es más blanda que una
manteca.
-¿Es vuestro escudero éste? -preguntó el del Bosque.
-Sí es -respondió don Quijote.
-Nunca he visto yo escudero -replicó el del Bosque- que se atreva
a hablar donde habla su señor; a lo menos, ahí está
ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará
que haya desplegado el labio donde yo hablo.
-Pues a fe -dijo Sancho-, que he hablado yo, y puedo hablar delante de
otro tan..., y aun quédese aquí, que es peor meneallo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
-Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto
quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que
se den de las astas, contándose las historias de sus amores; que
a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han
de haber acabado.
-Sea en buena hora -dijo Sancho-; y yo le diré a vuestra merced
quién soy, para que vea si puedo entrar en docena con los más
hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó
un tan gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.
CAPÍTULO XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero
del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre
los dos escuderos
Divididos estaban caballeros y escuderos:
éstos contándose sus vidas, y aquéllos sus amores;
pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego prosigue
el de los amos; y así, dice que, apartándose un poco dellos,
el del Bosque dijo a Sancho:
-Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío,
estos que somos escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos
el pan en el sudor de nuestros rostros, que es una de las maldiciones
que echó Dios a nuestros primeros padres.
-También se puede decir -añadió Sancho- que lo comemos
en el yelo de nuestros cuerpos; porque, ¿quién más
calor y más frío que los miserables escuderos de la andante
caballería? Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos,
co[n] pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y
dos sin desayunarnos, si no es del viento que sopla.
-Todo eso se puede llevar y conllevar -dijo el del Bosque-, con la esperanza
que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es desgraciado el
caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a pocos lances
se verá premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula,
o con un condado de buen parecer.
Yo -replicó Sancho- ya he dicho a mi amo que me contento con el
gobierno de alguna ínsula; y él es tan noble y tan liberal,
que me le ha prometido muchas y diversas veces.
Yo -dijo el del Bosque-, con un canonicato quedaré satisfecho de
mis servicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!
-Debe de ser -dijo Sancho- su amo de vuesa merced caballero a lo eclesiástico,
y podrá hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero el mío
es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le querían aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que procurase
ser arzobispo; pero él no quiso sino ser emperador, y yo estaba
entonces temblando si le venía en voluntad de ser de la Iglesia,
por no hallarme suficiente de tener beneficios por ella; porque le hago
saber a vuesa merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser
de la Iglesia.
-Pues en verdad que lo yerra vuesa merced -dijo el del Bosque-, a causa
que los gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos,
algunos pobres, algunos malencónicos, y finalmente, el más
erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos
y de incomodidades, que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo
en suerte. Harto mejor sería que los que profesamos esta maldita
servidumbre nos retirásemos a nuestras casas, y allí nos
entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si dijésemos,
cazando o pescando; que, ¿qué escudero hay tan pobre en
el mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una
caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?
-A mí no me falta nada deso -respondió Sancho-: verdad es
que no tengo rocín, pero tengo un asno que vale dos veces más
que el caballo de mi amo. Mala pascua me dé Dios, y sea la primera
que viniere, si le trocara por él, aunque me diesen cuatro fanegas
de cebada encima. A burla tendrá vuesa merced el valor de mi rucio,
que rucio es el color de mi jumento. Pues galgos no me habían de
faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que entonces
es la caza más gustosa cuando se hace a costa ajena.
-Real y verdaderamente -respondió el del Bosque-, señor
escudero, que tengo propuesto y determinado de dejar estas borracherías
destos caballeros, y retirarme a mi aldea, y criar mis h[i]jitos, que
tengo tres como tres orientales perlas.
-Dos tengo yo -dijo Sancho-, que se pueden presentar al Papa en persona,
especialmente una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuere
servido, aunque a pesar de su madre.
-Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría
para condesa? -preguntó el del Bosque.
-Quince años, dos más a menos -respondió Sancho-,
pero es tan grande como una lanza, y tan fresca como una mañana
de abril, y tiene una fuerza de un ganapán.
-Partes son ésas -respondió el del Bosque- no sólo
para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa,
puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
-Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las
dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más
comedidamente, que, para haberse criado vuesa merced entre caballeros
andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas
esas palabras.
-¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced -replicó
el del Bosque- de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo
y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro
en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele
decir el vulgo: "¡Oh hideputa, puto, y qué bien que
lo ha hecho!?" Y aquello que parece vituperio, en aquel término,
es alabanza notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijas
que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
-Sí reniego -respondió Sancho-, y dese modo y por esa misma
razón podía echar vuestra merced a mí y hijos y a
mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen
son estremos dignos de semejantes alabanzas, y para volverlos a ver ruego
yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo será si me saca
deste peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda vez,
cebado y engañado de una bolsa con cien ducados que me hallé
un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo me pone
ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá,
un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso le toco con
la mano, y me abrazo con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos,
y fundo rentas, y vivo como un príncipe; y el rato que en esto
pienso se me hacen fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco
con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más
de loco que de caballero.
-Por eso -respondió el del Bosque- dicen que la codicia rompe el
saco; y si va a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo,
porque es de aquellos que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno";
pues, porque cobre otro caballero el juicio que ha perdido, se hace el
loco, y anda buscando lo que no sé si después de hallado
le ha de salir a los hocicos.
-Y ¿es enamorado, por dicha?
-Sí -dijo el del Bosque-: de una tal Casildea de Vandalia, la más
cruda y la más asada señora que en todo el orbe puede hallarse;
pero no cojea del pie de la crudeza, que otros mayores embustes le gruñen
en las entrañas, y ello dirá antes de muchas horas.
-No hay camino tan llano -replicó Sancho- que no tenga algún
tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía,
a calderadas; más acompañados y paniaguados debe de tener
la locura que la discreción. Mas si es verdad lo que comúnmente
se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de
alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve
a otro amo tan tonto como el mío.
-Tonto, pero valiente -respondió el del Bosque-, y más bellaco
que tonto y que valiente.
-Eso no es el mío -respondió Sancho-: digo, que no tiene
nada de bellaco; antes tiene una alma como un cántaro: no sabe
hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño
le hará entender que es de noche en la mitad del día; y
por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y
no me amaño a dejarle, por más disparates que haga.
-Con todo eso, hermano y señor -dijo el del Bosque-, si el ciego
guía al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es
retirarnos con buen compás de pies, y volvernos a nuestras querencias;
que los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas.
Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de
saliva pegajosa y algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo
bosqueril escudero, dijo:
-Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las
lenguas; pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi
caballo, que es tal como bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con
una gran bota de vino y una empanada de media vara; y no es encarecimiento,
porque era de un conejo albar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendió
ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por
Sancho, dijo:
-Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?
-Pues, ¿qué se pensaba? -respondió el otro-. ¿Soy
yo por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo
yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un
general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados
de nudos de suelta. Y dijo:
-Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente,
magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha
venido aquí por arte de encantamento, parécelo, a lo menos;
y no como yo, mezquino y malaventurado, que sólo traigo en mis
alforjas un poco de queso, tan duro que pueden descalabrar con ello a
un gigante, a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas
y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi dueño,
y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros
andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y con
las yerbas del campo.
-Por mi fe, hermano -replicó el del Bosque-, que yo no tengo hecho
el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces
de los montes. Allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas
nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta
bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no; y
es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan
sin que la dé mil besos y mil abrazos.
Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola,
puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en
acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran
suspiro, dijo:
-¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!
-¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de
Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole
hideputa?
-Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra
llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.
Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere:
¿este vino es de Ciudad Real?
-¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque-. En verdad
que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.
-¡A mí con eso! -dijo Sancho-. No toméis menos, sino
que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No
será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan
grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en dándome
a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura,
y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas?
Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte
de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años
conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo
que ahora diré: «Diéronles a los dos a probar del
vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad,
bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua,
el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo
que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía
a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que
el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor
de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones
se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse
el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña,
pendiente de una correa de cordobán.» Porque vea vuestra
merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes
causas.
-Por eso digo -dijo el del Bosque- que nos dejemos de andar buscando aventuras;
y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras
chozas, que allí nos hallará Dios, si Él quiere.
-Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después
todos nos entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos,
que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles
la sed, que quitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos
de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la
boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar
lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura.
CAPÍTULO XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque
Entre muchas razones que pasaron don
Quijote y el Caballero de la Selva, dice la historia que el del Bosque
dijo a don Quijote:
-Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino,
o, por mejor decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin
par Casildea de Vandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así
en la grandeza del cuerpo como en el estremo del estado y de la hermosura.
Esta tal Casildea, pues, que voy contando, pagó mis buenos pensamientos
y comedidos deseos con hacerme ocupar, como su madrina a Hércules,
en muchos y diversos peligros, prometiéndome al fin de cada uno
que en el fin del otro llegaría el de mi esperanza; pero así
se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen cuento, ni yo sé
cuál ha de ser el último que dé principio al cumplimiento
de mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella
famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte
como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la más movible
y voltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela
estar queda y a raya, porque en más de una semana no soplaron sino
vientos nortes. Vez también hubo que me mandó fuese a tomar
en peso las antiguas piedras de los valientes Toros de Guisando, empresa
más para encomendarse a ganapanes que a caballeros. Otra vez me
mandó que me precipitase y sumiese en la sima de Cabra, peligro
inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación de lo
que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a
la Giralda, pesé los Toros de Guisando, despeñéme
en la sima y saqué a luz lo escondido de su abismo, y mis esperanzas,
muertas que muertas, y sus mandamientos y desdenes, vivos que vivos. En
resolución, últimamente me ha mandado que discurra por todas
las provincias de España y haga confesar a todos los andantes caballeros
que por ellas vagaren que ella sola es la más aventajada en hermosura
de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valiente y el más
bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la mayor
parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se
han atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y
ufano es de haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero
don Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más
hermosa mi Casildea que su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta
que he vencido todos los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote
que digo los ha vencido a todos; y, habiéndole yo vencido a él,
su gloria, su fama y su honra se ha transferido y pasado a mi persona;
y tanto el vencedor es más honrado,
cuanto más el vencido es reputado;
así que, ya corren por mi cuenta
y son mías las inumerables hazañas del ya referido don Quijote.
Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque,
y estuvo mil veces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís
en el pico de la lengua; pero reportóse lo mejor que pudo, por
hacerle confesar por su propia boca su mentira; y así, sosegadamente
le dijo:
-De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más
caballeros andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo
nada; pero de que haya vencido a don Quijote de la Mancha, póngolo
en duda. Podría ser que fuese otro que le pareciese, aunque hay
pocos que le parezcan.
-¿Cómo no? -replicó el del Bosque-. Por el cielo
que nos cubre, que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí;
y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de
miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes
grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero
de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho
Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante,
y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea
del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que,
por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea
de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad,
aquí está mi espada, que la hará dar crédito
a la mesma incredulidad.
-Sosegaos, señor caballero -dijo don Quijote-, y escuchad lo que
decir os quiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís
es el mayor amigo que en este mundo tengo, y tanto, que podré decir
que le tengo en lugar de mi misma persona, y que por las señas
que dél me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no puedo
pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otra parte,
veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo, si
ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores, especialmente
uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos tomado su figura
para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus altas caballerías
le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto de la tierra.
Y, para confirmación desto, quiero también que sepáis
que los tales encantadores sus contrarios no ha más de dos días
que transformaron la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso
en una aldeana soez y baja, y desta manera habrán transformado
a don Quijote; y si todo esto no basta para enteraros en esta verdad que
digo, aquí está el mesmo don Quijote, que la sustentará
con sus armas a pie, o a caballo, o de cualquiera suerte que os agradare.
Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en
la espada, esperando qué resolución tomaría el Caballero
del Bosque; el cual, con voz asimismo sosegada, respondió y dijo:
-Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don
Quijote, pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza
de rendiros en vuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros
hagan sus fechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos
el día, para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición
de nuestra batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor,
para que haga dél todo lo que quisiere, con tal que sea decente
a caballero lo que se le ordenare.
-Soy más que contento desa condición y convenencia -respondió
don Quijote.
Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron
roncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.
Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos,
porque, en saliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta,
singular y desigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito
y pasmado, temeroso de la salud de su amo, por las valentías que
había oído decir del suyo al escudero del Bosque; pero,
sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos a buscar su ganado, que
ya todos tres caballos y el rucio se habían olido, y estaban todos
juntos.
En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
-Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la Andalucía,
cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano sobre
mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté
advertido que mientras nuestros dueños riñeren, nosotros
también hemos de pelear y hacernos astillas.
-Esa costumbre, señor escudero -respondió Sancho-, allá
puede correr y pasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los
escuderos de los caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no
he oído decir a mi amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas
las ordenanzas de la andante caballería. Cuanto más, que
yo quiero que sea verdad y ordenanza expresa el pelear los escuderos en
tanto que sus señores pelean; pero yo no quiero cumplirla, sino
pagar la pena que estuviere puesta a los tales pacíficos escuderos,
que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y más quiero
pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que
las hilas que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento
por partida y dividida en dos partes. Hay más: que me imposibilita
el reñir el no tener espada, pues en mi vida me la puse.
-Para eso sé yo un buen remedio -dijo el del Bosque-: yo traigo
aquí dos talegas de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis
vos la una, y yo la otra, y riñiremos a talegazos, con armas iguales.
-Desa manera, sea en buena hora -respondió Sancho-, porque antes
servirá la tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.
-No ha de ser así -replicó el otro-, porque se han de echar
dentro de las talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de
guijarros lindos y pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y
desta manera nos podremos atalegar sin hacernos mal ni daño.
-¡Mirad, cuerpo de mi padre -respondió Sancho-, qué
martas cebollinas, o qué copos de algodón cardado pone en
las talegas, para no quedar molidos los cascos y hechos alheña
los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos de seda, sepa, señor
mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y allá se
lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de
quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acaben
antes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras.
-Con todo -replicó el del Bosque-, hemos de pelear siquiera media
hora.
-Eso no -respondió Sancho-: no seré yo tan descortés
ni tan desagradecido, que con quien he comido y he bebido trabe cuestión
alguna, por mínima que sea; cuanto más que, estando sin
cólera y sin enojo, ¿quién diablos se ha de amañar
a reñir a secas?
-Para eso -dijo el del Bosque- yo daré un suficiente remedio: y
es que, antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitame[n]te
a vuestra merced y le daré tres o cuatro bofetadas, que dé
con él a mis pies, con las cuales le haré despertar la cólera,
aunque esté con más sueño que un lirón.
-Contra ese corte sé yo otro -respondió Sancho-, que no
le va en zaga: cogeré yo un garrote, y, antes que vuestra merced
llegue a despertarme la cólera, haré yo dormir a garrotazos
de tal suerte la suya, que no despierte si no fuere en el otro mundo,
en el cual se sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear el rostro
de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque lo más acertado
sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadie
el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y
Dios bendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado,
encerrado y apretado se vuelve en león, yo, que soy hombre, Dios
sabe en lo que podré volverme; y así, desde ahora intimo
a vuestra merced, señor escudero, que corra por su cuenta todo
el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.
-Está bien -replicó el del Bosque-. Amanecerá Dios
y medraremos.
En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de
pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía
que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las
puertas y balcones del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro,
sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas
perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía
asimesmo [que] ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar;
los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes,
murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse
los prados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del día
para ver y diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció
a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era
tan grande que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase,
en efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena
de verrugas, de color amoratado, como de berenjena; bajábale dos
dedos más abajo de la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento
así le afeaban el rostro, que, en viéndole Sancho, comenzó
a herir de pie y de mano, como niño con alferecía, y propuso
en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que despertar
la cólera para reñir con aquel vestiglo.
Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada
la celada, de modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que
era hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía
una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo,
sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos,
que le hacían en grandísima manera galán y vistoso;
volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas
y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, era
grandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un
palmo.
Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó
de lo visto y mirado que el ya dicho caballero debía de ser de
grandes fuerzas; pero no por eso temió, como Sancho Panza; antes,
con gentil denuedo, dijo al Caballero de los Espejos:
-Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía,
por ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si
la gallardía de vuestro rostro responde a la de vuestra disposición.
-O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero
-respondió el de los Espejos-, os quedará tiempo y espacio
demasiado para verme; y si ahora no satisfago a vuestro deseo, es por
parecerme que hago notable agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en
dilatar el tiempo que tardare en alzarme la visera, sin haceros confesar
lo que ya sabéis que pretendo.
-Pues, en tanto que subimos a caballo -dijo don Quijote-, bien podéis
decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.
-A eso vos respondemos -dijo el de los Espejos- que parecéis, como
se parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero,
según vos decís que le persiguen encantadores, no osaré
afirmar si sois el contenido o no.
-Eso me basta a mí -respondió don Quijote- para que crea
vuestro engaño; empero, para sacaros dél de todo punto,
vengan nuestros caballos; que, en menos tiempo que el que tardárades
en alzaros la visera, si Dios, si mi señora y mi brazo me valen,
veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido
don Quijote que pensáis.
Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió
las riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para
volver a encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos.
Pero, no se había apartado don Quijote veinte pasos, cuando se
oyó llamar del de los Espejos, y, partiendo los dos el camino,
el de los Espejos le dijo:
-Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra
batalla es que el vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción
del vencedor.
-Ya la sé -respondió do[n] Quijote-; con tal que lo que
se le impusiere y mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de
los límites de la caballería.
-Así se entiende -respondió el de los Espejos.
Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas
narices del escudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho;
tanto, que le juzgó por algún monstro, o por hombre nuevo
y de aquellos que no se usan en el mundo. Sancho, que vio partir a su
amo para tomar carrera, no quiso quedar solo con el narigudo, temiendo
que con solo un pasagonzalo con aquellas narices en las suyas sería
acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o del miedo, tendido en
el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de Rocinante;
y, cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:
-Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva
a encontrarse me ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré
ver más a mi sabor, mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro
que vuesa merced ha de hacer con este caballero.
-Antes creo, Sancho -dijo don Quijote-, que te quieres encaramar y subir
en andamio por ver sin peligro los toros.
-La verdad que diga -respondió Sancho-, las desaforadas narices
de aquel escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me
atrevo a estar junto a él.
-Ellas son tales -dijo don Quijote-, que, a no ser yo quien soy, también
me asombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices.
En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque,
tomó el de los Espejos del campo lo que le pareció necesario;
y, creyendo que lo mismo habría hecho don Quijote, sin esperar
son de trompeta ni otra señal que los avisase, volvió las
riendas a su caballo -que no era más ligero ni de mejor parecer
que Rocinante-, y, a todo su correr, que era un mediano trote, iba a encontrar
a su enemigo; pero, viéndole ocupado en la subida de Sancho, detuvo
las riendas y paróse en la mitad de la carrera, de lo que el caballo
quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse.
Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando,
arrimó reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante,
y le hizo aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez
se conoció haber corrido algo, porque todas las demás siempre
fueron trotes declarados; y con esta no vista furia llegó donde
el de los Espejos estaba hincando a su caballo las espuelas hasta los
botones, sin que le pudiese mover un solo dedo del lugar donde había
hecho estanco de su carrera.
En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario
embarazado con su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó,
o no tuvo lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos
inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontró al de
los Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo
por las ancas del caballo, dando tal caída, que, sin mover pie
ni mano, dio señales de que estaba muerto.
Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque
y a toda priesa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose
de Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y, quitándole las lazadas
del yelmo para ver si era muerto y para que le diese el aire si acaso
estaba vivo; y vio... ¿Quién podrá decir lo que vio,
sin causar admiración, maravilla y espanto a los que lo oyeren?
Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto,
la misma fisonomía, la mesma efigie, la pespetiva mesma del bachiller
Sansón Carrasco; y, así como la vio, en altas voces dijo:
-¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija,
hijo, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y
los encantadores!
Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó
a hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba
muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
-Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por no,
vuesa merced hinque y meta la espada por la boca a este que parece el
bachiller Sansón Carrasco; quizá matará en él
a alguno de sus enemigos los encantadores.
-No dices mal -dijo don Quijote-, porque de los enemigos, los menos.
Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho,
llegó el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan
feo le habían hecho, y a grandes voces dijo:
-Mire vuesa merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que
tiene a los pies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo
soy su escudero.
Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:
-¿Y las narices?
A lo que él respondió:
-Aquí las tengo, en la faldriquera.
Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz,
de máscara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirándole
más y más Sancho, con voz admirativa y grande, dijo:
-¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé
Cecial, mi vecino y mi compadre?
-Y ¡cómo si lo soy! -respondió el ya desnarigado escudero-:
Tomé Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré
los arcaduces, embustes y enredos por donde soy aquí venido; y
en tanto, pedid y suplicad al señor vuestro amo que no toque, maltrate,
hiera ni mate al caballero de los Espejos, que a sus pies tiene, porque
sin duda alguna es el atrevido y mal aconsejado [d]el bachiller Sansón
Carrasco, nuestro compatrioto.
En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por
don Quijote, le puso la punta desnuda de su espada encima del rostro,
y le dijo:
-Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea
del Toboso se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás
de esto habéis de prometer, si de esta contienda y caída
quedárades con vida, de ir a la ciudad del Toboso y presentaros
en su presencia de mi parte, para que haga de vos lo que más en
voluntad le viniere; y si os dejare en la vuestra, asimismo habéis
de volver a buscarme, que el rastro de mis hazañas os servirá
de guía que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con
ella hubiéredes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos
antes de nuestra batalla, no salen de los términos de la andante
caballería.
-Confieso -dijo el caído caballero- que vale más el zapato
descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas
mal peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de
su presencia a la vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que
me pedís.
-También habéis de confesar y creer -añadió
don Quijote- que aquel caballero que vencistes no fue ni pudo ser don
Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía, como yo confieso
y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco,
no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me
le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el ímpetu
de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria del vencimiento.
-Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis
y sentís -respondió el derrengado caballero-. Dejadme levantar,
os ruego, si es que lo permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho
me tiene.
Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial, su escudero,
del cual no apartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas cuyas
respuestas le daban manifiestas señales de que verdaderamente era
el Tomé Cecial que decía; mas la aprehensión que
en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores
habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del
bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con
los ojos estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño
amo y mozo, y el de los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes,
se apartaron de don Quijote y Sancho, con intención de buscar algún
lugar donde bizmarle y entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho
volvieron a proseguir su camino de Zaragoza, donde los deja la historia,
por dar cuenta de quién era el Caballero de los Espejos y su narigante
escudero.
CAPÍTULO XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el
Caballero de los Espejos y su escudero
En estremo contento, ufano y vanaglorioso
iba don Quijote por haber alcanzado vitoria de tan valiente caballero
como él se imaginaba que era el de los Espejos, de cuya caballeresca
palabra esperaba saber si el encantamento de su señora pasaba adelante,
pues era forzoso que el tal vencido caballero volviese, so pena de no
serlo, a darle razón de lo que con ella le hubiese sucedido. Pero
uno pensaba don Quijote y otro el de los Espejos, puesto que por entonces
no era otro su pensamiento sino buscar donde bizmarse, como se ha dicho.
Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco
aconsejó a don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías,
fue por haber entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre
qué medio se podría tomar para reducir a don Quijote a que
se estuviese en su casa quieto y sosegado, sin que le alborotasen sus
mal buscadas aventuras; de cuyo consejo salió, por voto común
de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a don Quijote,
pues el detenerle parecía imposible, y que Sansón le saliese
al camino como caballero andante, y trabase batalla con él, pues
no faltaría sobre qué, y le venciese, teniéndolo
por cosa fácil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase
a merced del vencedor; y así vencido don Quijote, le había
de mandar el bachiller caballero se volviese a su pueblo y casa, y no
saliese della en dos años, o hasta tanto que por él le fuese
mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote vencido cumpliría
indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes de la caballería,
y podría ser que en el tiempo de su reclusión se le olvidasen
sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algún conveniente
remedio.
Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero Tomé
Cecial, compadre y vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos.
Armóse Sansón como queda referido y Tomé Cecial acomodó
sobre sus naturales narices las falsas y de máscara ya dichas,
porque no fuese conocido de su compadre cuando se viesen; y así,
siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote, y llegaron casi a hallarse
en la aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente, dieron con ellos
en el bosque, donde les sucedió todo lo que el prudente ha leído;
y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de don Quijote, que
se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el señor
bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse de licenciado,
por no haber hallado nidos donde pensó hallar pájaros.
Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos
y el mal paradero que había tenido su camino, dijo al bachiller:
-Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro
merecido: con facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad
las más veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos:
él se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos,
pues, ahora, cuál es más loco: ¿el que lo es por
no poder menos, o el que lo es por su voluntad?
A lo que respondió Sansón:
-La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza
lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser
cuando quisiere.
-Pues así es -dijo Tomé Cecial-, yo fui por mi voluntad
loco cuando quise hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero
dejar de serlo y volverme a mi casa.
-Eso os cumple -respondió Sansón-, porque pensar que yo
he de volver a la mía, hasta haber molido a palos a don Quijote,
es pensar en lo escusado; y no me llevará ahora a buscarle el deseo
de que cobre su juicio, sino el de la venganza; que el dolor grande de
mis costillas no me deja hacer más piadosos discursos.
En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde
fue ventura hallar un algebrista, con quien se curó el Sansón
desgraciado. Tomé Cecial se volvió y le dejó, y él
quedó imaginando su venganza; y la historia vuelve a hablar dél
a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora con don Quijote.
CAPÍTULO XVI. De lo que sucedió a don Quijote con
un discreto caballero de la Mancha
Con la alegría, contento y ufanidad
que se ha dicho, seguía don Quijote su jornada, imaginándose
por la pasada vitoria ser el caballero andante más valiente que
tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin
conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante;
tenía en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba
de los inumerables palos que en el discurso de sus caballerías
le habían dado, ni de la pedrada que le derribó la mitad
de los dientes, ni del desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento
y lluvia de estacas de los yangüeses. Finalmente, decía entre
sí que si él hallara arte, modo o manera como desencantar
a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayor ventura que alcanzó
o pudo alcanzar el más venturoso caballero andante de los pasados
siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho le dijo:
-¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre
los ojos las desaforadas narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé
Cecial?
-Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los
Espejos era el bachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial,
tu compadre?
-No sé qué me diga a eso -respondió Sancho-; sólo
sé que las señas que me dio de mi casa, mujer y hijos no
me las podría dar otro que él mesmo; y la cara, quitadas
las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto
muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el tono
de la habla era todo uno.
-Estemos a razón, Sancho -replicó don Quijote-. Ven acá:
¿en qué consideración puede caber que el bachiller
Sansón Carrasco viniese como caballero andante, armado de armas
ofensivas y defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo
por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión para tenerme
ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de
las armas, para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?
-Pues, ¿qué diremos, señor -respondió Sancho-,
a esto de parecerse tanto aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller
Carrasco, y su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es
encantamento, como vuestra merced ha dicho, ¿no había en
el mundo otros dos a quien se parecieran?
-Todo es artificio y traza -respondió don Quijote- de los malignos
magos que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de
quedar vencedor en la contienda, se previnieron de que el caballero vencido
mostrase el rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le
tengo se pusiese entre los filos de mi espada y el rigor de mi brazo,
y templase la justa ira de mi corazón, y desta manera quedase con
vida el que con embelecos y falsías procuraba quitarme la mía.
Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia que
no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil
sea a los encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso
feo y de lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus
mismos ojos la hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en
toda su entereza y natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza
de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la
boca; y más, que el perverso encantador que se atrevió a
hacer una transformación tan mala no es mucho que haya hecho la
de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la gloria
del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo; porque,
en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de mi
enemigo.
-Dios sabe la verdad de todo -respondió Sancho.
Y como él sabía que la transformación de Dulcinea
había sido traza y embeleco suyo, no le satisfacían las
quimeras de su amo; pero no le quiso replicar, por no decir alguna palabra
que descubriese su embuste.
En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás
dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla,
vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo
leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua
era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde. Traía
un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro,
y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas
no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas
que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si
fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludó
cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don
Quijote le dijo:
-Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que
nosotros y no importa el darse priesa, merced recibiría en que
nos fuésemos juntos.
-En verdad -respondió el de la yegua- que no me pasara tan de largo,
si no fuera por temor que con la compañía de mi yegua no
se alborotara ese caballo.
-Bien puede, señor -respondió a esta sazón Sancho-,
bien puede tener las riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el
más honesto y bien mirado del mundo: jamás en semejantes
ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmandó a hacerla
la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra vez que puede
vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la den entre dos
platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.
Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro
de don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta
en el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba
el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de
lo verde, pareciéndole hombre de chapa. La edad mostraba ser de
cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño;
la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba
a entender ser hombre de buenas prendas.
Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que
semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás:
admiróle la longura de su caballo, la grandeza de su cuerpo, la
flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y compostura:
figura y retrato no visto por luengos tiempos atrás en aquella
tierra. Notó bien don Quijote la atención con que el caminante
le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era
tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase
nada, le salió al camino, diciéndole:
-Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva
y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me maravillaría
yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo
cuando le diga, como le digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Salí de mi patria, empeñé
mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los brazos
de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar
la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando
aquí, cayendo allí, despeñándome acá
y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo,
socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos
y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así,
por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar
ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta
mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia. Finalmente,
por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy
don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste
Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir
yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente
quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo,
esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas,
ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá
admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y
la profesión que hago.
Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según
se tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero
de allí a buen espacio le dijo:
-Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión
mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que en
mí causa el haberos visto; que, puesto que, como vos, señor,
decís, que el saber ya quién sois me lo podría quitar,
no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más
suspenso y maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros
andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías?
No me puedo persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas,
ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no
lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito
sea el cielo!, que con esa historia, que vuesa merced dice que está
impresa, de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán
puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes,
de que estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres
y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias.
-Hay mucho que decir -respondió don Quijote- en razón de
si son fingidas, o no, las historias de los andantes caballeros.
-Pues, ¿hay quien dude -respondió el Verde- que no son falsas
las tales historias?
-Yo lo dudo -respondió don Quijote-, y quédese esto aquí;
que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa
merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por
cierto que no son verdaderas.
Desta última razón de don Quijote tomó barruntos
el caminante de que don Quijote debía de ser algún mentecato,
y aguardaba que con otras lo confirmase; pero, antes que se divertiesen
en otros razonamientos, don Quijote le rogó le dijese quién
era, pues él le había dado parte de su condición
y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
-Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural
de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más
que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida
con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el
de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino
algún perdigón manso, o algún hurón atrevido.
Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles
de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de
caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas.
Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto
entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con
la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España.
Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido;
son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar,
ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño
las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada
día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de
las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía
y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón
más recatado; procuro poner en paz los que sé que están
desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre
en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos
del hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía
debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran
priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón
y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto
lo cual por el hidalgo, le preguntó:
-¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son
éstos?
-Déjenme besar -respondió Sancho-, porque me parece vuesa
merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días
de mi vida.
-No soy santo -respondió el hidalgo-, sino gran pecador; vos sí,
hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.
Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa
de la profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración
a don Diego. Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía,
y díjole que una de las cosas en que ponían el sumo bien
los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento
de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en
tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.
-Yo, señor don Quijote -respondió el hidalgo-, tengo un
hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso
de lo que soy; y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno
como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años: los
seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega;
y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan
embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia,
que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que
estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Qu[i]siera yo
que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes
premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud
son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si
dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo
deshonesto, o no, en tal epigrama; si se han de entender de una manera
o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones
son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio,
Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta;
y, con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía
de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una
glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son
de justa literaria.
A todo lo cual respondió don Quijote:
-Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres,
y así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren
las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños
por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas
costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de
sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien
esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles
no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane
lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres
que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella
ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la poesía
es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar
a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer,
es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa,
a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas,
que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas
se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada,
ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las
plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia
de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo
de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola
correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser
vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables
tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar
de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar
los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor,
que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde;
que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe,
puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con
los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será
famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del
mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima
mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado
en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió
en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en
griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar
las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto
así, razón sería se estendiese esta costumbre por
todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque
escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que
escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino,
no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas
que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que
adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede
haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta
nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale
poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más
estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est
Deus in nobis..., etcétera. También digo que el natural
poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará
al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo; la razón
es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala;
así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza,
sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión
de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar
a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen
estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer
escalón de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por
sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales
tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan,
honran y engrandecen, como las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere
sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele,
y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde
reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo
hizo, alábele: porque lícito es al poeta escribir contra
la invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y así
de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay
poetas que, a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro
que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus
costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua
del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales
serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen
la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos
y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan
con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal
que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas veen honrados
y adornadas sus sienes.
Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don
Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él
tenía, de ser mentecato. Pero, a la mitad desta plática,
Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desviado del camino
a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban
ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la
plática el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción
y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza,
vio que por el camino por donde ellos iban venía un carro lleno
de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura,
a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada. El
cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda
priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a quien
sucedió una espantosa y desatinada aventura.
CAPÍTULO XVII. De donde se declaró el último
punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo
de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones
Cuenta la historia que cuando don Quijote
daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando
unos requesones que los pastores le vendían; y, acosado de la mucha
priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos,
y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de
echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió
a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:
-Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que
allí descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita,
a tomar mis armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista
por todas partes, y no descubrió otra cosa que un carro que hacia
ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron
a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su Majestad,
y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio crédito,
siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían
de ser aventuras y más aventuras, y así, respondió
al hidalgo:
-Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba,
que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,
y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo,
ni en qué figuras me han de acometer.
Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como
no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como
estaba. Tomóla don Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro
venía, con toda priesa se la encajó en la cabeza; y, como
los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el
suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió
tal susto, que dijo a Sancho:
-¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan
los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza?
Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible
la aventura que agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie,
que el copioso sudor me ciega los ojos.
Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias
a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso. Limpióse
don Quijote y quitóse la celada por ver qué cosa era la
que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo aquellas gachas blancas
dentro de la celada, las llegó a las narices, y en oliéndolas
dijo:
-Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones
los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.
A lo que, con gran flema y disimul[a]ción, respondió Sancho:
-Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré...
Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí
los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el
yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo
yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de
vuesa merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover
a cólera su paciencia y hacer que me muela, como suele, las costillas.
Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo confío
en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que
ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si
la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.
-Todo puede ser -dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,
después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas
y celada, se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos,
requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:
-Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de
tomarme con el mesmo Satanás en persona.
Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía
otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera.
Púsose don Quijote delante y dijo:
-¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste,
qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?
A lo que respondió el carretero:
-El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones
enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados
a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal
que aquí va cosa suya.
-Y ¿son grandes los leones? -preguntó don Quijote.
-Tan grandes -respondió el hombre que iba a la puerta del carro-,
que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás;
y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno.
Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en
la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy;
y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto
donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:
-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales
horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos señores que acá
los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen
hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias
fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién
es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que
a mí los envían.
-¡Ta, ta! -dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-,
dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones,
sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho y díjole:
-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que
mi señor don Quijote no se tome con estos leones, que si se toma,
aquí nos han de hacer pedazos a todos.
-Pues, ¿tan loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-,
que teméis, y creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?
-No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.
-Yo haré que no lo sea -replicó el hidalgo.
Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero
que abriese las jaulas, le dijo:
-Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras
que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo
la quitan; porque la valentía que se entra en la juridición
de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más,
que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van
presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles
su viaje.
-Váyase vuesa merced, señor hidalgo -respondió don
Quijote-, a entender con su perdigón manso y con su hurón
atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío,
y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.
Y, volviéndose al leonero, le dijo:
-¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las
jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!
El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía,
le dijo:
-Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme
desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen
los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para toda
mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.
-¡Oh hombre de poca fe! -respondió don Quijote-, apéate
y desunce, y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste
en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.
Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero
dijo a grandes voces:
-Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra
mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto
a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren
corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y derechos. Vuestras
mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra, que yo seguro
estoy que no me han de hacer daño.
Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante,
que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió
don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondióle
el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba.
-Ahora, señor -replicó don Quijote-, si vuesa merced no
quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la
tordilla y póngase en salvo.
Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó
desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido
tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los
batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había acometido
en todo el discurso de su vida.
-Mire, señor -decía Sancho-, que aquí no hay encanto
ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios
de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que
el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una
montaña.
-El miedo, a lo menos -respondió don Quijo[te]-, te le hará
parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame;
y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás
a Dulcinea, y no te digo más.
A éstas añadió otras razones, con que quitó
las esperanzas de que no había de dejar de proseguir su desvariado
intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero viose
desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse con un loco,
que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual,
volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión
al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a
sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen,
antes que los leones se desembanastasen.
Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda
creía que llegaba en las garras de los leones; maldecía
su ventura, y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver
a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio
para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que
iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a intimar
a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual
respondió que lo oía, y que no se curase de más intimaciones
y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese
priesa.
En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo
considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a
pie que a caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo
que Rocinante se espantaría con la vista de los leones. Por esto
saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo,
y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y
corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose
a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea.
Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia
exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso
don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes
del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y
honra de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras
contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones
la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas
habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles
sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú
intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no
de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio
acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros
leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos
sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí
en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos''.
Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó
adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero
ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar
al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y
atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde
estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza
extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue
revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra,
y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio,
y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó
los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza
fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas,
vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo
don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y
viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura.
Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo
caso de niñerías, ni de bravatas, después de haber
mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas
y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema
y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote,
mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle
fuera.
-Eso no haré yo -respondió el leonero-, porque si yo le
instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí
mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho,
que es todo lo que puede decirse en género de valentía,
y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta:
en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta
ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón
de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante,
según a mí se me alcanza, está obligado a más
que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario
no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona
del vencimiento.
-Así es verdad -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la
puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que
aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú
abriste al león, yo le esperé, él no salió;
volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar.
No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón
y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como he dicho,
en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan
de tu boca esta hazaña.
Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta
de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la
lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban
de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos
del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a ver la señal del blanco
paño, dijo:
-Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues
nos llama.
Detuviéronse todos, y con[o]cieron que el que hacía las
señas era don Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco
a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de
don Quijote, que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando,
dijo don Quijote al carretero:
-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje;
y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el
leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.
-Ésos daré yo de muy buena gana -respondió Sancho-;
pero, ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos,
o vivos?
Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin
de la contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor
de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni
osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio
abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a aquel
caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza
saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado
y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.
-¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay
encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán
los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo,
será imposible.
Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos
el leonero a don Quijote por la merced recebida, y prometióle de
contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte
se viese.
-Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle
que el Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que
en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí
he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua
usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían,
o cuando les venía a cuento.
Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde
Gabán prosiguieron el suyo.
En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda,
todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole
que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había
aún llegado a su noticia la primera parte de su historia; que si
la hubiera leído, cesara la admiración en que lo ponían
sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura;
pero, como no la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por
loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo
que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre
sí:
-¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada
llena de requesones y darse a entender que le ablandaba[n] los cascos
los enca[n]tadores? Y ¿qué mayor temeridad y disparate que
querer pelear por fuerza con leones?
Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:
-¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra
merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco?
Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden
dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced
advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido.
Bien parece un gallardo caballero, a los ojos de su rey, en la mitad de
una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien
parece un caballero, armado de resplandecientes armas, pasar la tela en
alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros
que en ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran,
y, si se puede decir, honran las cortes de sus príncipes; pero
sobre todos éstos parece mejor un caballero andante, que por los
desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por
los montes anda buscando peligrosas aventuras, con intención de
darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por alcanzar gloriosa
fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante, socorriendo
a una viuda en algún despoblado, que un cortesano caballero, requebrando
a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares
ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su rey
con libreas; sustente los caballeros pobres con el espléndido plato
de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y muéstrese grande,
liberal y magnífico, y buen cristiano, sobre todo, y desta manera
cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante caballero
busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricados
laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramos
despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el
invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren
leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar
éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales
y verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del
número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer
todo aquello que a mí me pareciere que cae debajo de la juridición
de mis ejercicios; y así, el acometer los leones que ahora acometí
derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad esorbitante,
porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que
está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía
y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque
y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde;
que así como es más fácil venir el pródigo
a ser liberal que al avaro, así es más fácil dar
el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera
valentía; y, en esto de acometer aventuras, créame vuesa
merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de
más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo
oyen "el tal caballero es temerario y atrevido" que no "el
tal caballero es tímido y cobarde".
-Digo, señor don Quijote -respondió don Diego-, que todo
lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma
razón, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería
andante se perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced
como en su mismo depósito y archivo. Y démonos priesa, que
se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará
vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido
del espíritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.
-Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego-
respondió don Quijote.
Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las
dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a
quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gabán.
CAPÍTULO XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo
o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes
Halló don Quijote ser la casa
de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las armas, empero, aunque
de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega, en el patio;
la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda, que, por ser del
Toboso, le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea;
y sospirando, y sin mirar lo que decía, ni delante de quién
estaba, dijo:
-¡Oh dulces prendas, por mi
mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
¡Oh tobosescas tinajas, que me
habéis traído a la memoria la dulce prenda de mi mayor amargura!
Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con
su madre había salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos
de ver la estraña figura de don Quijote; el cual, apeándose
de Rocinante, fue con mucha cortesía a pedirle las manos para besárselas,
y don Diego dijo:
-Recebid, señora, con vuestro sólito agrado al señor
don Quijote de la Mancha, que es el que tenéis delante, andante
caballero y el más valiente y el más discreto que tiene
el mundo.
La señora, que doña Cristina se llamaba, le recibió
con muestras de mucho amor y de mucha cortesía, y don Quijote se
le ofreció con asaz de discretas y comedidas razones. Casi los
mismos comedimientos pasó con el estudiante, que, en oyéndole
hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.
Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don
Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero
labrador y rico; pero al traductor desta historia le pa[re]ció
pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían
bien con el propósito principal de la historia, la cual más
tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.
Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó
en valones y en jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las
armas: el cuello era valona a lo estudiantil, sin almidón y sin
randas; los borceguíes eran datilados, y encerados los zapatos.
Ciñóse su buena espada, que pendía de un tahalí
de lobos marinos; que es opinión que muchos años fue enfermo
de los riñones; cubrióse un herreruelo de buen paño
pardo; pero antes de todo, con cinco calderos, o seis, de agua, que en
la cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se lavó la cabeza
y rostro, y todavía se quedó el agua de color de suero,
merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus negros requesones,
que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos atavíos, y
con gentil donaire y gallardía, salió don Quijote a otra
sala, donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto
que las mesas se ponían; que, por la venida de tan noble huésped,
quería la señora doña Cristina mostrar que sabía
y podía regalar a los que a su casa llegasen.
En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo,
que así se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:
-¿Quién diremos, señor, que es este caballero que
vuesa merced nos ha traído a casa? Que el nombre, la figura, y
el decir que es caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene
suspensos.
-No sé lo que te diga, hijo -respondió don Diego-; sólo
te sabré decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo,
y decir razones tan discretas que borran y deshacen sus hechos: háblale
tú, y toma el pulso a lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga
de su discreción o tontería lo que más puesto en
razón estuviere; aunque, para decir verdad, antes le tengo por
loco que por cuerdo.
Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho,
y, entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a
don Lorenzo:
-El señor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado
noticia de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene,
y, sobre todo, que es vuesa merced un gran poeta.
-Poeta, bien podrá ser -respondió don Lorenzo-, pero grande,
ni por pensamiento. Verdad es que yo soy algún tanto aficionado
a la poesía y a leer los buenos poetas, pero no de manera que se
me pueda dar el nombre de grande que mi padre dice.
-No me parece mal esa humildad -respondió don Quijote-, porque
no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor
poeta del mundo.
-No hay regla sin excepción -respondió don Lorenzo-, y alguno
habrá que lo sea y no lo piense.
-Pocos -respondió don Quijote-; pero dígame vuesa merced:
¿qué versos son los que agora trae entre manos, que me ha
dicho el señor su padre que le traen algo inquieto y pensativo?
Y si es alguna glosa, a mí se me entiende algo de achaque de glosas,
y holgaría saberlos; y si es que son de justa literaria, procure
vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se lleva
el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera
justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta,
será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades;
pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.
-Hasta ahora -dijo entre sí don Lorenzo-, no os podré yo
juzgar por loco; vamos adelante.
Y díjole:
-Paréceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: ¿qué
ciencias ha oído?
-La de la caballería andante -respondió don Quijote-, que
es tan buena como la de la poesía, y aun dos deditos más.
-No sé qué ciencia sea ésa -replicó don Lorenzo-,
y hasta ahora no ha llegado a mi noticia.
-Es una ciencia -replicó don Quijote- que encierra en sí
todas o las más ciencias del mundo, a causa que el que la profesa
ha de ser jurisperito, y saber las leyes de la justicia distributiva y
comutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha
de ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley
que profesa, clara y distintamente, adondequiera que le fuere pedido;
ha de ser médico y principalmente herbolario, para conocer en mitad
de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen virtud de sanar las
heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada triquete buscando
quien se las cure; ha de ser astrólogo, para conocer por las estrellas
cuántas horas son pasadas de la noche, y en qué parte y
en qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas,
porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas; y, dejando
aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales,
decendiendo a otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen
que nadaba el peje Nicolás o Nicolao; ha de saber herrar un caballo
y aderezar la silla y el freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar
la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto
en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido
en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor
de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla. De todas estas grandes
y mínimas partes se compone un buen caballero andante; porque vea
vuesa merced, señor don Lorenzo, si es ciencia mocosa lo que aprende
el caballero que la estudia y la profesa, y si se puede igualar a las
más estiradas que en los ginasios y escuelas se enseñan.
-Si eso es así -replicó don Lorenzo-, yo digo que se aventaja
esa ciencia a todas.
-¿Cómo si es así? -respondió don Quijote.
Lo que yo quiero decir -dijo don Lorenzo- es que dudo q[ue] haya habido,
ni que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.
-Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora -respondió don
Quijote-: que la mayor parte de la gente del mundo está de parecer
de que no ha habido en él caballeros andantes; y, por parecerme
a mí que si el cielo milagrosamente no les da a entender la verdad
de que los hubo y de que los hay, cualquier trabajo que se tome ha de
ser en vano, como muchas veces me lo ha mostrado la experiencia, no quiero
detenerme agora en sacar a vuesa merced del error que con los muchos tiene;
lo que pienso hacer es el rogar al cielo le saque dél, y le dé
a entender cuán provechosos y cuán necesarios fueron al
mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y cuán útiles
fueran en el presente si se usaran; pero triunfan ahora, por pecados de
las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.
-Escapado se nos ha nuestro huésped -dijo a esta sazón entre
sí don Lorenzo-, pero, con todo eso, él es loco bizarro,
y yo sería mentecato flojo si así no lo creyese.
Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer.
Preguntó don Diego a su hijo qué había sacado en
limpio del ingenio del huésped. A lo que él respondió:
-No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos
y buenos escribanos tiene el mundo: él es un entreverado loco,
lleno de lúcidos intervalos.
Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había
dicho en el camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante
y sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue
del maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba
un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los ma[n]teles, y dadas gracias
a Dios y agua a las manos, don Quijote pidió ahincadamente a don
Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo que él respondió
que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus
versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan,...
-...yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que sólo
por ejercitar el ingenio la he hecho.
-Un amigo y discreto -respondió don Quijote- era de parecer que
no se había de cansar nadie en glosar versos; y la razón,
decía él, era que jamás la glosa podía llegar
al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa fuera de la
intención y propósito de lo que pedía lo que se glosaba;
y más, que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas:
que no sufrían interrogantes, ni dijo, ni diré, ni hacer
nombres de verbos, ni mudar el sentido, con otras ataduras y estrechezas
con que van atados los que glosan, como vuestra merced debe de saber.
-Verdaderamente, señor don Quijote -dijo don Lorenzo-, que deseo
coger a vuestra merced en un mal latín continuado, y no puedo,
porque se me desliza de entre las manos como anguila.
-No entiendo -respondió don Quijote- lo que vuestra merced dice
ni quiere decir en eso del deslizarme.
-Yo me daré a entender -respondió don Lorenzo-; y por ahora
esté vuesa merced atento a los versos glosados y a la glosa, que
dicen desta manera:
¡Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después...!
GLOSA
Al fin, como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
Fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvió,
ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me vees,
Fortuna, puesto a tus pies;
vuélveme a ser venturoso,
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra vitoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será.
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya estendido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
o volviese el tiempo ya.
Vivo en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo:
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después.
En acabando de decir su glosa don Lorenzo,
se levantó en pie don Quijote, y, en voz levantada, que parecía
grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo:
-¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo
generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar
laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone,
sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven
de París, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo que los jueces que
os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas jamás
atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido,
algunos versos mayores, que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro
admirable ingenio.
¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse
alabar de don Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza
de la adulación, a cuánto te estiendes, y cuán dilatados
límites son los de tu juridición agradable! Esta verdad
acreditó don Lorenzo, pues concedió con la demanda y deseo
de don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia
de Píramo y Tisbe:
SONETO
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
-¡Bendito sea Dios! -dijo don
Quijote habiendo oído el soneto a don Lorenzo-, que entre los infinitos
poetas consumidos que hay, he visto un consumado poeta, como lo es vuesa
merced, señor mío; que así me lo da a entender el
artificio deste soneto.
Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo en la casa de
don Diego, al cabo de los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole
que le agradecía la merced y buen tratamiento que en su casa había
recebido; pero que, por no parecer bien que los caballeros andantes se
den muchas horas a ocio y al regalo, se quería ir a cumplir con
su oficio, buscando las aventuras, de quien tenía noticia que aquella
tierra abundaba, donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase
el día de las justas de Zaragoza, que era el de su derecha derrota;
y que primero había de entrar en la cueva de Montesinos, de quien
tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo
e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete
lagunas llamadas comúnmente de Ruidera.
Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinación, y le
dijeron que tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le
viniese, que le servirían con la voluntad posible; que a ello les
obligaba el valor de su persona y la honrosa profesión suya.
Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don
Quijote como triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien
con la abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre
que se usa en las florestas, despoblados, y a la estrecheza de sus mal
proveídas alforjas. Con todo esto, las llenó y colmó
de lo más necesario que le pareció; y al despedirse dijo
don Quijote a don Lorenzo:
-No sé si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo
vuelvo a decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos
para llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que
hacer otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo
estrecha, y tomar la estrechísima de la andante caballería,
bastante para hacerle emperador en daca las pajas.
Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su
locura, y más con las que añadió, diciendo:
-Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo, para
enseñarle cómo se han de perdonar los sujetos, y supeditar
y acocear los soberbios, virtudes anejas a la profesión que yo
profeso; pero, pues no lo pide su poca edad, ni lo querrán consentir
sus loables ejercicios, sólo me contento con advertirle a vuesa
merced que, siendo poeta, podrá ser famoso si se guía más
por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni madre a
quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento
corre más este engaño.
De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don
Quijote, ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón que
llevaba de acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras,
que las tenía por fin y blanco de sus deseos. Reiteráronse
los ofrecimientos y comedimientos, y, con la buena licencia de la señora
del castillo, don Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.
CAPÍTULO XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado,
con otros en verdad graciosos sucesos
Poco trecho se había alongado
don Quijote del lugar de don Diego, cuando encontró con dos como
clérigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre cuatro
bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes traía,
como en portamanteo, en un lienzo de bocací verde envuelto, al
parecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate;
el otro no traía otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas,
y con sus zapatillas. Los labradores traían otras cosas, que daban
indicio y señal que venían de alguna villa grande, donde
las habían comprado, y las llevaban a su aldea; y así estudiantes
como labradores cayeron en la misma admiración en que caían
todos aquellos que la vez primera veían a don Quijote, y morían
por saber qué hombre fuese aquél tan fuera del uso de los
otros hombres.
Saludóles don Quijote, y, después de saber el camino que
llevaban, que era el mesmo que él hacía, les ofreció
su compañía, y les pidió detuviesen el paso, porque
caminaban más sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos,
en breves razones les dijo quién era, y su oficio y profesión,
que era de caballero andante que iba a buscar las aventuras por todas
las partes del mundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio don
Quijote de la Mancha, y por el apelativo, el Caballero de los Leones.
Todo esto para los labradores era hablarles en griego o en jerigonza,
pero no para los estudiantes, que luego entendieron la flaqueza del celebro
de don Quijote; pero, con todo eso, le miraban con admiración y
con respecto, y uno dellos le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado,
como no le suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se
venga con nosotros: verá una de las mejores bodas y más
ricas que hasta el día de hoy se habrán celebrado en la
Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.
Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe,
que así las ponderaba.
-No son -respondió el estudiante- sino de un labrador y una labradora:
él, el más rico de toda esta tierra; y ella, la más
hermosa que han visto los hombres. El aparato con que se han de hacer
es estraordinario y nuevo, porque se han de celebrar en un prado que está
junto al pueblo de la novia, a quien por excelencia llaman Quiteria la
hermosa, y el desposado se llama Camacho el rico; ella de edad de diez
y ocho años, y él de veinte y dos; ambos para en uno, aunque
algunos curiosos que tienen de memoria los linajes de todo el mundo quieren
decir que el de la hermosa Quiteria se aventaja al de Camacho; pero ya
no se mira en esto, que las riquezas son poderosas de soldar muchas quiebras.
En efecto, el tal Camacho es liberal y hásele antojado de enramar
y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte que el sol se ha de ver
en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas verdes de que está
cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, así de espadas
como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique y sacuda
por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio los que tiene
muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas que
he dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino
las que imagino que hará en ellas el despechado Basilio. Es este
Basilio un zagal vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía
su casa pared y medio de la de los padres de Quiteria, de donde tomó
ocasión el amor de renovar al mundo los ya olvidados amores de
Píramo y Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria desde
sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo a su deseo
con mil honestos favores, tanto, que se contaban por entretenimiento en
el pueblo los amores de los dos niños Basilio y Quiteria. Fue creciendo
la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbar a Basilio la
ordinaria entrada que en su casa tenía; y, por quitarse de andar
receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el
rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que
no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza; pues si va
a decir las verdades sin invidia, él es el más ágil
mancebo que conocemos: gran tirador de barra, luchador estremado y gran
jugador de pelota; corre como un gamo, salta más que una cabra
y birla a los bolos como por encantamento; canta como una calandria, y
toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega una espada
como el más pintado.
-Por esa sola gracia -dijo a esta sazón don Quijote-, merecía
ese mancebo no sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la
mesma reina Ginebra, si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos
aquellos que estorbarlo quisieran.
-¡A mi mujer con eso! -dijo Sancho Panza, que hasta entonces había
ido callando y escuchando-, la cual no quiere sino que cada uno case con
su igual, ateniéndose al refrán que dicen "cada oveja
con su pareja". Lo que yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya
me le voy aficionando, se casara con esa señora Quiteria; que buen
siglo hayan y buen poso, iba a decir al revés, los que estorban
que se casen los que bien se quieren.
-Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,
quitaríase la eleción y juridición a los padres de
casar sus hijos con quien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas
quedase escoger los maridos, tal habría que escogiese al criado
de su padre, y tal al que vio pasar por la calle, a su parecer, bizarro
y entonado, aunque fuese un desbaratado espadachín; que el amor
y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan
necesarios para escoger estado, y el del matrimonio está muy a
peligro de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo
para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes
de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible
con quien acompañarse; pues, ¿por qué no hará
lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte,
y más si la compañía le ha de acompañar en
la cama, en la mesa y en todas partes, como es la de la mujer con su marido?
La de la propia mujer no es mercaduría que una vez comprada se
vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidente inseparable, que dura
lo que dura la vida: es un lazo que si una vez le echáis al cuello,
se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta la guadaña de
la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir en
esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda
más que decir al señor licenciado acerca de la historia
de Basilio.
A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como
le llamó don Quijote, que:
-De todo no me queda más que decir sino que desde el punto que
Basilio supo que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca
más le han visto reír ni hablar razón concertada,
y siempre anda pensativo y triste, hablando entre sí mismo, con
que da ciertas y claras señales de que se le ha vuelto el juicio:
come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y en lo que duerme,
si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como animal bruto; mira
de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los ojos en la tierra,
con tal embelesamiento, que no parece sino estatua vestida que el aire
le mueve la ropa. En fin, él da tales muestras de tener apasionado
el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el dar el
sí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de
su muerte.
-Dios lo hará mejor -dijo Sancho-; que Dios, que da la llaga, da
la medicina; nadie sabe lo que está por venir: de aquí a
mañana muchas horas hay, y en una, y aun en un momento, se cae
la casa; yo he visto llover y hacer sol, todo a un mesmo punto; tal se
acuesta sano la noche, que no se puede mover otro día. Y díganme,
¿por ventura habrá quien se alabe que tiene echado un clavo
a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre el sí y el no
de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque
no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón
y de buena voluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco
de buena ventura: que el amor, según yo he oído decir, mira
con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza riqueza,
y a las lagañas perlas.
-¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don
Quijote-; que cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede
esperar sino el mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué
sabes tú de clavos, ni de rodajas, ni de otra cosa ninguna?
-¡Oh! Pues si no me entienden -respondió Sancho-, no es maravilla
que mis sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me
entiendo, y sé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho;
sino que vuesa merced, señor mío, siempre es friscal de
mis dichos, y aun de mis hechos.
-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador
del buen lenguaje, que Dios te confunda.
-No se apunte vuestra merced conmigo -respondió Sancho-, pues sabe
que no me he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber
si añado o quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame
Dios!, no hay para qué obligar al sayagués a que hable como
el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto
del hablar polido.
-Así es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien
los que se crían en las Tenerías y en Zocodover como los
que se pasean casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor,
y todos son toledanos. El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro,
está en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda:
dije discretos porque hay muchos que no lo son, y la discreción
es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el
uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones
en Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón
con palabras claras, llanas y significantes.
-Si no os picáredes más de saber más menear las negras
que lleváis que la lengua -dijo el otro estudiante-, vos llevárades
el primero en licencias, como llevastes cola.
-Mirad, bachiller -respondió el licenciado-: vos estáis
en la más errada opinión del mundo acerca de la destreza
de la espada, teniéndola por vana.
-Para mí no es opinión, sino verdad asentada -replicó
Corchuelo-; y si q[ue]réis que os lo muestre con la experiencia,
espadas traéis, comodidad hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas
de mi ánimo, que no es poco, os harán confesar que yo no
me engaño. Apeaos, y usad de vuestro compás de pies, de
vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yo espero
de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia,
en quien espero, después de Dios, que está por nacer hombre
que me haga volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo
no le haga perder tierra.
-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-;
aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes
el pie, allí os abriesen la sepultura: quiero decir que allí
quedásedes muerto por la despreciada destreza.
-Ahora se verá -respondió Corchuelo.
Y, apeándose con gran presteza de su jumento, tiró con furia
de una de las espadas que llevaba el licenciado en el suyo.
-No ha de ser así -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero
ser el maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada
cuestión.
Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la
mitad del camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de
cuerpo y compás de pies, se iba contra Corchuelo, que contra él
se vino, lanzando, como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos
labradores del acompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron
de aspetatores en la mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos,
reveses y mandobles que tiraba Corchuelo eran sin número, más
espesas que hígado y más menudas que granizo. Arremetía
como un león irritado, pero salíale al encuentro un tapaboca
de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su furia
le detenía, y se la hacía besar como si fuera reliquia,
aunque no con tanta devoción como las reliquias deben y suelen
besarse.
Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los botones
de una media sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras
los faldamentos, como colas de pulpo; derribóle el sombrero dos
veces, y cansóle de manera que de despecho, cólera y rabia
asió la espada por la empuñadura, y arrojóla por
el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era
escribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la
alongó de sí casi tres cuartos de legua; el cual testimonio
sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda verdad cómo
la fuerza es vencida del arte.
Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él Sancho,
le dijo:
-Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo,
de aquí adelante no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar
o a tirar la barra, pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a
quien llaman diestros he oído decir que meten una punta de una
espada por el ojo de una aguja.
-Yo me contento -respondió Corchuelo- de haber caído de
mi burra, y de que me haya mostrado la experiencia la verdad, de quien
tan lejos estaba.
Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más
amigos que de antes, y no queriendo esperar al escribano, que había
ido por la espada, por parecerle que tardaría mucho; y así,
determinaron seguir, por llegar temprano a la aldea de Quiteria, de donde
todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las excelencias
de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas figuras y
demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la
bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que
estaba delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes
estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos,
como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas;
y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada,
que a mano habían puesto a la entrada del pueblo, estaban todos
llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces
no soplaba sino tan manso que no tenía fuerza para mover las hojas
de los árboles. Los músicos eran los regocijadores de la
boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban, unos
bailando, y otros cantando, y otros tocando la diversidad de los referidos
instrumentos. En efecto, no parecía sino que por todo aquel prado
andaba corriendo la alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían
de hacer en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho
y las exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque
se lo pidieron así el labrador como el bachiller; pero él
dio por disculpa, bastantísima a su parecer, ser costumbre de los
caballeros andantes dormir por los campos y florestas antes que en los
poblados, aunque fuese debajo de dorados techos; y con esto, se desvió
un poco del camino, bien contra la voluntad de Sancho, viniéndosele
a la memoria el buen alojamiento que había tenido en el castillo
o casa de don Diego.
CAPÍTULO XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico,
con el suceso de Basilio el pobre
Apenas la blanca aurora había
dado lugar a que el luciente Febo, con el ardor de sus calientes rayos,
las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don
Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó
a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto
por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:
-¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz
de la tierra, pues sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado
espíritu, ni te persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos!
Duerme, digo otra vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan
en contina vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar
deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro día
tú y tu pequeña y angustiada familia. Ni la ambición
te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites
de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que
el de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga
que puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el
criado, y está velando el señor, pensando cómo le
ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo
se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío
no aflige al criado, sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad
y hambre al que le sirvió en la fertilidad y abundancia.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara
tan presto si don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver
en sí. Despertó, en fin, soñoliento y perezoso, y,
volviendo el rostro a todas partes, dijo:
-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor
harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que
por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes
y generosas.
-Acaba, glotón -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios,
por ver lo que hace el desdeñado Basilio.
-Mas que haga lo que quisiere -respondió Sancho-: no fuera él
pobre y casárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener
un cuarto y querer [al]zarse por las nubes? A la fe, señor, yo
soy de parecer que el pobre debe de contentarse con lo que hallare, y
no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré un brazo que puede Camacho
envolver en reales a Basilio; y si esto es así, como debe de ser,
bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe
de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra
y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de barra o sobre
una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la taberna.
Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el conde
Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero,
tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar
un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.
-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que
concluyas con tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir
en las que a cada paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer
ni para dormir, que todo le gastarías en hablar.
-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicó Sancho-, debiérase
acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última
vez saliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar
hablar todo aquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo
ni contra la autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no
he contravenido contra el tal capítulo.
-Yo no me acuerdo, Sancho -respondió don Quijote-, del tal capítulo;
y, puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos
que anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios
se celebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor
de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a
Rocinante y la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se
fueron entrando por la enramada.
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado
en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde
se había de asar ardía un mediano monte de leña,
y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho
en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis
medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así
embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse
de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas
sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas
en las ollas no tenían número; los pájaros y caza
de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles
para que el aire los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos
arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció,
de generosos vinos; así había rimeros de pan blanquísimo,
como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos, puestos
como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos calderas de aceite,
mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de masa,
que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían
en otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos diligentes
y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos
y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de
darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía
haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto
en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico,
pero tan abundante que podía sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba:
primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién
él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le
aficionaron la voluntad los zaques; y, últimamente, las frutas
de sartén, si es que se podían llamar sartenes las tan orondas
calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra
cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y, con
corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojar un mendrugo
de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió:
-Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición
la hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí
un cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
-No veo ninguno -respondió Sancho.
-Esperad -dijo el cocinero-. ¡Pecador de mí, y qué
melindroso y para poco debéis de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en
una de las medias tinajas, sacó en él tres gallinas y dos
gansos, y dijo a Sancho:
-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la
hora del yantar.
-No tengo en qué echarla -respondió Sancho.
-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y el
contento de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,
por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce
hermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con
muchos cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas;
los cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras
por el prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
-¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa,
y ella la más hermosa del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
-Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que
si la hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta
su Quiteria.
De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada
muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas,
de hasta veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos
vestidos de delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños
de tocar, labrados de varias colores de fina seda; y al que los guiaba,
que era un ligero mancebo, preguntó uno de los de las yeguas si
se había herido alguno de los danzantes.
-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros,
con tantas vueltas y con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba
hecho a ver semejantes danzas, ninguna le había parecido tan bien
como aquélla.
También le pareció bien otra que entró de doncellas
hermosísimas, tan mozas que, al parecer, ninguna bajaba de catorce
ni llegaba a diez y ocho años, vestidas todas de palmilla verde,
los cabellos parte tranzados y parte sueltos, pero todos tan rubios, que
con los del sol podían tener competencia, sobre los cuales traían
guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas
un venerable viejo y una anciana matrona, pero más ligeros y sueltos
que sus años prometían. Hacíales el son una gaita
zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad
y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo.
Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman
habladas. Era de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera
era guía el dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél,
adornado de alas, arco, aljaba y saetas; éste, vestido de ricas
y diversas colores de oro y seda. Las ninfas que al Amor seguían
traían a las espaldas, en pargamino blanco y letras grandes, escritos
sus nombres: POESÍA era el título de la primera, el de la
segunda DISCRECIÓN, el de la tercera BUEN LINAJE, el de la cuarta
VALENTÍA; del modo mesmo venían señaladas las que
al Interés seguían: decía LIBERALIDAD el título
de la primera, DÁDIVA el de la segunda, TESORO el de la tercera
y el de la cuarta POSESIÓN PACÍFICA. Delante de todos venía
un castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos
de yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural,
que por poco espantaran a Sancho. En la frontera del castillo y en todas
cuatro partes de sus cuadros traía escrito: CASTILLO DEL BUEN RECATO.
Hacíanles el son cuatro diestros tañedores de tamboril y
flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los
ojos y flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre
las almenas del castillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó
un[a] flecha por lo alto del castillo y retiróse a su puesto. Salió
luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los tamborinos,
y él dijo:
-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés,
y hízose adelante la Poesía; la cual, después de
haber hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la
doncella del castillo, dijo:
-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía, y
de la parte del Interés salió la Liberalidad, y, después
de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron
todas las dos figuras de las dos escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas
y dijo sus versos, algunos elegantes y algunos ridículos, y sólo
tomó de memoria don Quijote -que la tenía grande- los ya
referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo lazos con
gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el Amor por delante del
castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el Interés quebraba
en él alcancías doradas.
Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés
sacó un bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato
romano, que parecía estar lleno de dineros, y, arrojándole
al castillo, con el golpe se desencajaron las tablas y se cayeron, dejando
a la doncella descubierta y sin defensa alguna. Llegó el Interés
con las figuras de su valía, y, echándola una gran cadena
de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual
visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela;
y todas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos,
bailando y danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes,
los cuales con mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas
del castillo, y la doncella se encerró en él como de nuevo,
y con esto se acabó la danza con gran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había
compuesto y ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo,
que tenía gentil caletre para semejantes invenciones.
-Yo apostaré -dijo don Quijote- que debe de ser más amigo
de Camacho que de Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de
tener más de satírico que de vísperas: ¡bien
ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y las riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y
de aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé
que nunca de ollas de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como
es esta que he sacado de las de Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y,
asiendo de una, comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
-¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto
tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo,
como decía una agüela mía, que son el tener y el no
tener, aunque ella al del tener se atenía; y el día de hoy,
mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber:
un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. Así
que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son abundantes
espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de Basilio serán,
si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
-¿Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.
-Habréla acabado -respondió Sancho-, porque veo que vuestra
merced recibe pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio,
obra había cortada para tres días.
-Plega a Dios, Sancho -replicó don Quijote-, que yo te vea mudo
antes que me muera.
-Al paso que llevamos -respondió Sancho-, antes que vuestra merced
se muera estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser
que esté tan mudo que no hable palabra hasta la fin del mundo,
o, por lo menos, hasta el día del Juicio.
-Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! -respondió don
Quijote-, nunca llegará tu silencio a do ha llegado lo que has
hablado, hablas y tienes de hablar en tu vida; y más, que está
muy puesto en razón natural que primero llegue el día de
mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo,
ni aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar
en la descarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero
como carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie
pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres.
Tiene esta señora más de poder que de melindre: no es nada
asquerosa, de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades
y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas,
que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba;
y no parece que masca, sino que engulle y traga cuanto se le pone delante,
porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y, aunque no tiene barriga,
da a entender que está hidrópica y sedienta de beber solas
las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.
-No más, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas,
y no te dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por
tus rústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador.
Dígote, Sancho que si como tienes buen natural y discreción,
pudieras tomar un púlpito en la mano y irte por ese mundo predicando
lindezas...
-Bien predica quien bien vive -respondió Sancho-, y yo no sé
otras tologías.
-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender
ni alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el
temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto que a Él,
sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió
Sancho-, y no se meta en juzgar de los temores o valentías ajenas,
que tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme
vuestra merced despabilar esta espuma, que lo demás todas son palabras
ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la otra vida.
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con
tan buenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda
le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.

Obras
de CERVANTES:
Don
Quixote de la Mancha
El Amante Liberal
El Casamiento Engañoso
El Celoso Extremeño
El Coloquio de los Perros
El Licenciado Vidriera
El Trato de Argel
«Entremeses»
Entremés de la CUEVA
DE SALAMANCA
Entremés de la ELECCIÓN
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO
Entremés de la GUARDA
CUIDADOSA
Entremés del JUEZ
DE LOS DIVORCIOS
Entremés del RETABLO
DE LAS MARAVILLAS
Entremés del RUFIÁN
VIUDO LLAMADO TRAMPAGOS
Entremés del VIEJO
CELOSO
Entremés del VIZCAÍNO
FINGIDO
La
Española Inglesa
La Fuerza de
la Sangre
La Galatea
La Gitanilla
La Ilustre Fregona
La Numancia
La Señora Cornelia
Las Dos Doncellas
Los Trabajos de Persiles
y Segismunda
Rinconete y Cortadillo
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