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Miguel
de Cervantes Saavedra

escribió
para usted el
CAPÍTULO XI. De la estraña
aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro,
o carreta, de Las Cortes de la Muerte
Pensativo además iba don Quijote
por su camino adelante, considerando la mala burla que le habían
hecho los encantadores, volviendo a su señora Dulcinea en la mala
figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría
para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera
de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante,
el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía
a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento
le volvió Sancho Panza, diciéndole:
-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para
los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:
vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a
Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que
conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos
es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? ¿Estamos
aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas
hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante
que todos los encantos y transformaciones de la tierra.
-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-;
calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora,
que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia
que me tienen los malos ha nacido su mala andanza.
-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee
ahora, ¿cuál es el corazón que no llora?
-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-,
pues la viste en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no
se estendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza: contra
mí solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas,
con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste
mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía
los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo
que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas;
y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes,
que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó
a mí su hermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo
todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder
en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería.
De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras;
que es pensar qué medio se ha de tener cuando vuesa merced venza
a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vaya a presentar
ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde
la ha de hallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero
vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes,
buscando a mi señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad
de la calle, no la conocerán más que a mi padre.
-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se estenderá
el encantamento a quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y
presentados gigantes y caballeros; y, en uno o dos de los primeros que
yo venza y le envíe, haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles
que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto les hubiere
sucedido.
-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo
que vuesa merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento
de lo que deseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la
desgracia más será de vuesa merced que suya; pero, como
la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá
nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando
nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que él
es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo
una carreta que salió al través del camino, cargada de los
más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron
imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un
feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin
toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de
don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella
venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado
estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a
los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los
ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un
caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión,
ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores; con éstas
venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual
visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso
miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote,
creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y
con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier
peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta y amenazadora,
dijo:
-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién
eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche,
que más parece la barca de Carón que carreta de las que
se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía
de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que está detrás
de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto
de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel
lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cerca y escusar
el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con
los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el
otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;
el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy
una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía
los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros,
pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad;
que, como soy demonio, todo se me alcanza.
-Por la fe de caballero andante -respondió don Quijote-, que, así
como vi este carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía;
y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar
lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra
fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho,
que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde
mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban
los ojos tras la farándula.
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la
compañía, que venía vestido de bojiganga, con muchos
cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca
hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó
a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a dar grandes
saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó
a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el
freno entre los dientes, dio a correr por el campo con más ligereza
que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho,
que consideró el peligro en [que] iba su amo de ser derribado,
saltó del rucio, y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a
él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él, Rocinante,
que, con su amo, vino al suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías
de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote,
cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio,
y, sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el
dolor de los golpes, le hizo volar por la campaña hacia el lugar
donde iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera de su rucio y la
caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades
acudiría primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen
criado, pudo más con él el amor de su señor que el
cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar
las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él
tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes
se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más
mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulación
llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho de lo
que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante,
le dijo:
-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
-¿Qué diablo? -preguntó don Quijote.
-El de las vejigas -respondió Sancho.
-Pues yo le cobraré -replicó don Quijote-, si bien se encerrase
con él en los más hondos y escuros calabozos del infierno.
Sígueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con las mulas della
satisfaré la pérdida del rucio.
-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió
Sancho-: vuestra merced temple su cólera, que, según me
parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con
el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie
al pueblo, y el jumento se volvió a su amo.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, será bien castigar el descomedimiento
de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo emperador.
-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó
Sancho-, y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que
es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes
y salir libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres
y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman,
y más siendo de aquellos de las compañías reales
y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura
parecen unos príncipes.
-Pues con todo -respondió don Quijote-, no se me ha de ir el demonio
farsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca
del pueblo. Iba dando voces, diciendo:
-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender
cómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven
de caballería a los escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron
los de la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del
que las decía, en un instante saltó la Muerte de la carreta,
y tras ella, el Emperador, el Diablo carretero y el Ángel, sin
quedarse la Reina ni el dios Cupido; y todos se cargaron de piedras y
se pusieron en ala, esperando recebir a don Quijote en las puntas de sus
guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en tan gallardo escuadrón,
los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las
piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué
modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que
se detuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer
al bien formado escuadrón, le dijo:
-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced,
señor mío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay
arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana
de bronce; y también se ha de considerar que es más temeridad
que valentía acometer un hombre solo a un ejército donde
está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan
los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración
no le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre
todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes
y emperadores, no hay ningún caballero andante.
-Ahora sí -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que
puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo
sacar la espada, como otras veces muchas te he dicho, contra quien no
fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza
del agravio que a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te
ayudaré con voces y advertimientos saludables.
-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar
venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios;
cuanto más, que yo acabaré con mi asno que ponga su ofensa
en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacíficamente
los días que los cielos me dieren de vida.
-Pues ésa es tu determinación -replicó don Quijote-,
Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos
estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras;
que yo veo esta tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y
muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte
con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron
su viaje, y este felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de
la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio
a su amo; al cual, el día siguiente, le sucedió otra con
un enamorado y andante caballero, de no menos suspensión que la
pasada.
CAPÍTULO XII. De la estraña aventura que le sucedió
al valero[so] don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos
La noche que siguió al día
del rencuentro de la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero debajo
de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a persuasión
de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto del
rucio, y entre la cena dijo Sancho a su señor:
-Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido
en albricias los despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara,
antes que las crías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más
vale pájaro en mano que buitre volando.
-Todavía -respondió don Quijote-, si tú, Sancho,
me dejaras acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos,
por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de
Cupido, que yo se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
-Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes -respondió
Sa[n]cho Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado
que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes,
como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés
bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los
que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos
de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo
a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana,
y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente
lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes.
Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia
adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros,
damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el
embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple
discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose
de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.
-Sí he visto -respondió Sancho.
-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste
mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices,
y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia;
pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les
quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la
sepultura.
-¡Brava comparación! -dijo Sancho-, aunque no tan nueva que
yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego
del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular
oficio; y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan,
y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
-Cada día, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple
y más discreto.
-Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra
merced -respondió Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles
y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos
frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido
el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio
ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo
y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición,
tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza
que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.
Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle
ser verdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cuando
hablaba de manera que le admiraba; puesto que todas o las más veces
que Sancho quería hablar de oposición y a lo cortesano,
acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad
al profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba más
elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo
de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado
en el discurso desta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la
noche, y a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de
los ojos, como él decía cuando quería dormir, y,
desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso y libre. No quitó
la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su señor que,
en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo de
techado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida
y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del
arzón de la silla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!;
y así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio,
cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan trabada,
que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor desta
verdadera historia hizo particulares capítulos della; mas que,
por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no
los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su prosupuesto,
y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían
a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos,
cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba
de la otra parte más de media vara), y, mirando los dos atentamente
al suelo, se solían estar de aquella manera tres días; a
lo menos, todo el tiempo que les dejaban, o no les compelía la
hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado
en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades
y Orestes; y si esto es así, se podía echar de ver, para
universal admiración, cuán firme debió ser la amistad
destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres,
que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se
dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo
el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad destos animales
a la de los hombres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos
los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las
cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el
agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia;
de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y
don Quijote dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de
tiempo había pasado, cuando le despertó un ruido que sintió
a sus espaldas, y, levantándose con sobresalto, se puso a mirar
y a escuchar de dónde el ruido procedía, y vio que eran
dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar de la silla,
dijo al otro:
-Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer,
este sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han
menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y,
al arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta
señal por donde conoció don Quijote que debía de
ser caballero andante; y, llegándose a Sancho, que dormía,
le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió
en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
-Hermano Sancho, aventura tenemos.
-Dios nos la dé buena -respondió Sancho-; y ¿adónde
está, señor mío, su merced de esa señora aventura?
-¿Adónde, Sancho? -replicó don Quijote-; vuelve los
ojos y mira, y verás allí tendido un andante caballero,
que, a lo que a mí se me trasluce, no debe de estar demasiadamente
alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo con algunas
muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas.
-Pues ¿en qué halla vuesa merced -dijo Sancho- que ésta
sea aventura?
-No quiero yo decir -respondió don Quijote- que ésta sea
aventura del todo, sino principio della; que por aquí se comienzan
las aventuras. Pero escucha, que, a lo que parece, templando está
un laúd o vigüela, y, según escupe y se desembaraza
el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
-A buena fe que es así -respondió Sancho-, y que debe de
ser caballero enamorado.
-No hay ninguno de los andantes que no lo sea -dijo don Quijote-. Y escuchémosle,
que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta;
que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del
Bosque, que no era muy mala mi muy buena, lo estorbó; y, estando
los dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue este soneto:
-Dadme, señora, un término que
siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el ama ajust[o].
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de
lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero
del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente y lastimada,
dijo:
-¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe!
¿Cómo que será posible, serenísima Casildea
de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas
peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero?
¿No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa
del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los
tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todos los caballeros
de la Mancha?
-Eso no -dijo a esta sazón don Quijote-, que yo soy de la Mancha
y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una
cosa tan perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero
ya vees tú, Sancho, que desvaría.
Pero, escuchemos: quizá se declarará más.
-Si hará -replicó Sancho-, que término lleva de quejarse
un mes ar[r]eo.
Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero
del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación,
se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
-¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es
por ventura de la del número de los contentos, o la del de los
afligidos?
-De los afligidos -respondió don Quijote.
-Pues llég[u]ese a mí -respondió el del Bosque-,
y hará cuenta que se llega a la mesma tristeza y a la aflición
mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó
a él, y Sancho ni más ni menos.
El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:
-Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo
sois, y de los que profesan la andante caballería, bástame
el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen
compañía,
naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
-Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en
mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras,
no por eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las
ajenas desdichas. De lo que contaste poco ha, colegí que las vuestras
son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis
a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en
buena paz y compañía,
como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas.
-Por ventura, señor caballero -preguntó el del Bosque a
don Quijote-, ¿sois en[a]morado?
-Por desventura lo soy -respondió don Quijote-; aunque los daños
que nacen de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por
gracias que por desdichas.
-Así es la verdad -replicó el del Bosque-, si no nos turbasen
la razón y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen
venganzas.
-Nunca fui desdeñado de mi señora -respondió don
Quijote.
-No, por cierto -dijo Sancho, que allí junto estaba-, porque es
mi señora como una borrega mansa: es más blanda que una
manteca.
-¿Es vuestro escudero éste? -preguntó el del Bosque.
-Sí es -respondió don Quijote.
-Nunca he visto yo escudero -replicó el del Bosque- que se atreva
a hablar donde habla su señor; a lo menos, ahí está
ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará
que haya desplegado el labio donde yo hablo.
-Pues a fe -dijo Sancho-, que he hablado yo, y puedo hablar delante de
otro tan..., y aun quédese aquí, que es peor meneallo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
-Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto
quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que
se den de las astas, contándose las historias de sus amores; que
a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han
de haber acabado.
-Sea en buena hora -dijo Sancho-; y yo le diré a vuestra merced
quién soy, para que vea si puedo entrar en docena con los más
hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó
un tan gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.
CAPÍTULO XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero
del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre
los dos escuderos
Divididos estaban caballeros y escuderos:
éstos contándose sus vidas, y aquéllos sus amores;
pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego prosigue
el de los amos; y así, dice que, apartándose un poco dellos,
el del Bosque dijo a Sancho:
-Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío,
estos que somos escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos
el pan en el sudor de nuestros rostros, que es una de las maldiciones
que echó Dios a nuestros primeros padres.
-También se puede decir -añadió Sancho- que lo comemos
en el yelo de nuestros cuerpos; porque, ¿quién más
calor y más frío que los miserables escuderos de la andante
caballería? Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos,
co[n] pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y
dos sin desayunarnos, si no es del viento que sopla.
-Todo eso se puede llevar y conllevar -dijo el del Bosque-, con la esperanza
que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es desgraciado el
caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a pocos lances
se verá premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula,
o con un condado de buen parecer.
Yo -replicó Sancho- ya he dicho a mi amo que me contento con el
gobierno de alguna ínsula; y él es tan noble y tan liberal,
que me le ha prometido muchas y diversas veces.
Yo -dijo el del Bosque-, con un canonicato quedaré satisfecho de
mis servicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!
-Debe de ser -dijo Sancho- su amo de vuesa merced caballero a lo eclesiástico,
y podrá hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero el mío
es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le querían aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que procurase
ser arzobispo; pero él no quiso sino ser emperador, y yo estaba
entonces temblando si le venía en voluntad de ser de la Iglesia,
por no hallarme suficiente de tener beneficios por ella; porque le hago
saber a vuesa merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser
de la Iglesia.
-Pues en verdad que lo yerra vuesa merced -dijo el del Bosque-, a causa
que los gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos,
algunos pobres, algunos malencónicos, y finalmente, el más
erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos
y de incomodidades, que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo
en suerte. Harto mejor sería que los que profesamos esta maldita
servidumbre nos retirásemos a nuestras casas, y allí nos
entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si dijésemos,
cazando o pescando; que, ¿qué escudero hay tan pobre en
el mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una
caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?
-A mí no me falta nada deso -respondió Sancho-: verdad es
que no tengo rocín, pero tengo un asno que vale dos veces más
que el caballo de mi amo. Mala pascua me dé Dios, y sea la primera
que viniere, si le trocara por él, aunque me diesen cuatro fanegas
de cebada encima. A burla tendrá vuesa merced el valor de mi rucio,
que rucio es el color de mi jumento. Pues galgos no me habían de
faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que entonces
es la caza más gustosa cuando se hace a costa ajena.
-Real y verdaderamente -respondió el del Bosque-, señor
escudero, que tengo propuesto y determinado de dejar estas borracherías
destos caballeros, y retirarme a mi aldea, y criar mis h[i]jitos, que
tengo tres como tres orientales perlas.
-Dos tengo yo -dijo Sancho-, que se pueden presentar al Papa en persona,
especialmente una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuere
servido, aunque a pesar de su madre.
-Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría
para condesa? -preguntó el del Bosque.
-Quince años, dos más a menos -respondió Sancho-,
pero es tan grande como una lanza, y tan fresca como una mañana
de abril, y tiene una fuerza de un ganapán.
-Partes son ésas -respondió el del Bosque- no sólo
para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa,
puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
-Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las
dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más
comedidamente, que, para haberse criado vuesa merced entre caballeros
andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas
esas palabras.
-¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced -replicó
el del Bosque- de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo
y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro
en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele
decir el vulgo: "¡Oh hideputa, puto, y qué bien que
lo ha hecho!?" Y aquello que parece vituperio, en aquel término,
es alabanza notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijas
que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
-Sí reniego -respondió Sancho-, y dese modo y por esa misma
razón podía echar vuestra merced a mí y hijos y a
mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen
son estremos dignos de semejantes alabanzas, y para volverlos a ver ruego
yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo será si me saca
deste peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda vez,
cebado y engañado de una bolsa con cien ducados que me hallé
un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo me pone
ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá,
un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso le toco con
la mano, y me abrazo con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos,
y fundo rentas, y vivo como un príncipe; y el rato que en esto
pienso se me hacen fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco
con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más
de loco que de caballero.
-Por eso -respondió el del Bosque- dicen que la codicia rompe el
saco; y si va a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo,
porque es de aquellos que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno";
pues, porque cobre otro caballero el juicio que ha perdido, se hace el
loco, y anda buscando lo que no sé si después de hallado
le ha de salir a los hocicos.
-Y ¿es enamorado, por dicha?
-Sí -dijo el del Bosque-: de una tal Casildea de Vandalia, la más
cruda y la más asada señora que en todo el orbe puede hallarse;
pero no cojea del pie de la crudeza, que otros mayores embustes le gruñen
en las entrañas, y ello dirá antes de muchas horas.
-No hay camino tan llano -replicó Sancho- que no tenga algún
tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía,
a calderadas; más acompañados y paniaguados debe de tener
la locura que la discreción. Mas si es verdad lo que comúnmente
se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de
alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve
a otro amo tan tonto como el mío.
-Tonto, pero valiente -respondió el del Bosque-, y más bellaco
que tonto y que valiente.
-Eso no es el mío -respondió Sancho-: digo, que no tiene
nada de bellaco; antes tiene una alma como un cántaro: no sabe
hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño
le hará entender que es de noche en la mitad del día; y
por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y
no me amaño a dejarle, por más disparates que haga.
-Con todo eso, hermano y señor -dijo el del Bosque-, si el ciego
guía al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es
retirarnos con buen compás de pies, y volvernos a nuestras querencias;
que los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas.
Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de
saliva pegajosa y algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo
bosqueril escudero, dijo:
-Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las
lenguas; pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi
caballo, que es tal como bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con
una gran bota de vino y una empanada de media vara; y no es encarecimiento,
porque era de un conejo albar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendió
ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por
Sancho, dijo:
-Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?
-Pues, ¿qué se pensaba? -respondió el otro-. ¿Soy
yo por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo
yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un
general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados
de nudos de suelta. Y dijo:
-Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente,
magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha
venido aquí por arte de encantamento, parécelo, a lo menos;
y no como yo, mezquino y malaventurado, que sólo traigo en mis
alforjas un poco de queso, tan duro que pueden descalabrar con ello a
un gigante, a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas
y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi dueño,
y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros
andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y con
las yerbas del campo.
-Por mi fe, hermano -replicó el del Bosque-, que yo no tengo hecho
el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces
de los montes. Allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas
nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta
bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no; y
es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan
sin que la dé mil besos y mil abrazos.
Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola,
puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en
acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran
suspiro, dijo:
-¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!
-¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de
Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole
hideputa?
-Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra
llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.
Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere:
¿este vino es de Ciudad Real?
-¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque-. En verdad
que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.
-¡A mí con eso! -dijo Sancho-. No toméis menos, sino
que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No
será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan
grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en dándome
a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura,
y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas?
Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte
de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años
conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo
que ahora diré: «Diéronles a los dos a probar del
vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad,
bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua,
el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo
que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía
a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que
el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor
de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones
se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse
el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña,
pendiente de una correa de cordobán.» Porque vea vuestra
merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes
causas.
-Por eso digo -dijo el del Bosque- que nos dejemos de andar buscando aventuras;
y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras
chozas, que allí nos hallará Dios, si Él quiere.
-Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después
todos nos entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos,
que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles
la sed, que quitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos
de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la
boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar
lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura.
CAPÍTULO XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque
Entre muchas razones que pasaron don
Quijote y el Caballero de la Selva, dice la historia que el del Bosque
dijo a don Quijote:
-Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino,
o, por mejor decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin
par Casildea de Vandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así
en la grandeza del cuerpo como en el estremo del estado y de la hermosura.
Esta tal Casildea, pues, que voy contando, pagó mis buenos pensamientos
y comedidos deseos con hacerme ocupar, como su madrina a Hércules,
en muchos y diversos peligros, prometiéndome al fin de cada uno
que en el fin del otro llegaría el de mi esperanza; pero así
se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen cuento, ni yo sé
cuál ha de ser el último que dé principio al cumplimiento
de mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella
famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte
como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la más movible
y voltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela
estar queda y a raya, porque en más de una semana no soplaron sino
vientos nortes. Vez también hubo que me mandó fuese a tomar
en peso las antiguas piedras de los valientes Toros de Guisando, empresa
más para encomendarse a ganapanes que a caballeros. Otra vez me
mandó que me precipitase y sumiese en la sima de Cabra, peligro
inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación de lo
que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a
la Giralda, pesé los Toros de Guisando, despeñéme
en la sima y saqué a luz lo escondido de su abismo, y mis esperanzas,
muertas que muertas, y sus mandamientos y desdenes, vivos que vivos. En
resolución, últimamente me ha mandado que discurra por todas
las provincias de España y haga confesar a todos los andantes caballeros
que por ellas vagaren que ella sola es la más aventajada en hermosura
de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valiente y el más
bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la mayor
parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se
han atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y
ufano es de haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero
don Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más
hermosa mi Casildea que su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta
que he vencido todos los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote
que digo los ha vencido a todos; y, habiéndole yo vencido a él,
su gloria, su fama y su honra se ha transferido y pasado a mi persona;
y tanto el vencedor es más honrado,
cuanto más el vencido es reputado;
así que, ya corren por mi cuenta
y son mías las inumerables hazañas del ya referido don Quijote.
Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque,
y estuvo mil veces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís
en el pico de la lengua; pero reportóse lo mejor que pudo, por
hacerle confesar por su propia boca su mentira; y así, sosegadamente
le dijo:
-De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más
caballeros andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo
nada; pero de que haya vencido a don Quijote de la Mancha, póngolo
en duda. Podría ser que fuese otro que le pareciese, aunque hay
pocos que le parezcan.
-¿Cómo no? -replicó el del Bosque-. Por el cielo
que nos cubre, que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí;
y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de
miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes
grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero
de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho
Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante,
y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea
del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que,
por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea
de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad,
aquí está mi espada, que la hará dar crédito
a la mesma incredulidad.
-Sosegaos, señor caballero -dijo don Quijote-, y escuchad lo que
decir os quiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís
es el mayor amigo que en este mundo tengo, y tanto, que podré decir
que le tengo en lugar de mi misma persona, y que por las señas
que dél me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no puedo
pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otra parte,
veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo, si
ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores, especialmente
uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos tomado su figura
para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus altas caballerías
le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto de la tierra.
Y, para confirmación desto, quiero también que sepáis
que los tales encantadores sus contrarios no ha más de dos días
que transformaron la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso
en una aldeana soez y baja, y desta manera habrán transformado
a don Quijote; y si todo esto no basta para enteraros en esta verdad que
digo, aquí está el mesmo don Quijote, que la sustentará
con sus armas a pie, o a caballo, o de cualquiera suerte que os agradare.
Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en
la espada, esperando qué resolución tomaría el Caballero
del Bosque; el cual, con voz asimismo sosegada, respondió y dijo:
-Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don
Quijote, pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza
de rendiros en vuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros
hagan sus fechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos
el día, para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición
de nuestra batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor,
para que haga dél todo lo que quisiere, con tal que sea decente
a caballero lo que se le ordenare.
-Soy más que contento desa condición y convenencia -respondió
don Quijote.
Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron
roncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.
Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos,
porque, en saliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta,
singular y desigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito
y pasmado, temeroso de la salud de su amo, por las valentías que
había oído decir del suyo al escudero del Bosque; pero,
sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos a buscar su ganado, que
ya todos tres caballos y el rucio se habían olido, y estaban todos
juntos.
En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
-Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la Andalucía,
cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano sobre
mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté
advertido que mientras nuestros dueños riñeren, nosotros
también hemos de pelear y hacernos astillas.
-Esa costumbre, señor escudero -respondió Sancho-, allá
puede correr y pasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los
escuderos de los caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no
he oído decir a mi amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas
las ordenanzas de la andante caballería. Cuanto más, que
yo quiero que sea verdad y ordenanza expresa el pelear los escuderos en
tanto que sus señores pelean; pero yo no quiero cumplirla, sino
pagar la pena que estuviere puesta a los tales pacíficos escuderos,
que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y más quiero
pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que
las hilas que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento
por partida y dividida en dos partes. Hay más: que me imposibilita
el reñir el no tener espada, pues en mi vida me la puse.
-Para eso sé yo un buen remedio -dijo el del Bosque-: yo traigo
aquí dos talegas de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis
vos la una, y yo la otra, y riñiremos a talegazos, con armas iguales.
-Desa manera, sea en buena hora -respondió Sancho-, porque antes
servirá la tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.
-No ha de ser así -replicó el otro-, porque se han de echar
dentro de las talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de
guijarros lindos y pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y
desta manera nos podremos atalegar sin hacernos mal ni daño.
-¡Mirad, cuerpo de mi padre -respondió Sancho-, qué
martas cebollinas, o qué copos de algodón cardado pone en
las talegas, para no quedar molidos los cascos y hechos alheña
los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos de seda, sepa, señor
mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y allá se
lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de
quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acaben
antes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras.
-Con todo -replicó el del Bosque-, hemos de pelear siquiera media
hora.
-Eso no -respondió Sancho-: no seré yo tan descortés
ni tan desagradecido, que con quien he comido y he bebido trabe cuestión
alguna, por mínima que sea; cuanto más que, estando sin
cólera y sin enojo, ¿quién diablos se ha de amañar
a reñir a secas?
-Para eso -dijo el del Bosque- yo daré un suficiente remedio: y
es que, antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitame[n]te
a vuestra merced y le daré tres o cuatro bofetadas, que dé
con él a mis pies, con las cuales le haré despertar la cólera,
aunque esté con más sueño que un lirón.
-Contra ese corte sé yo otro -respondió Sancho-, que no
le va en zaga: cogeré yo un garrote, y, antes que vuestra merced
llegue a despertarme la cólera, haré yo dormir a garrotazos
de tal suerte la suya, que no despierte si no fuere en el otro mundo,
en el cual se sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear el rostro
de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque lo más acertado
sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadie
el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y
Dios bendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado,
encerrado y apretado se vuelve en león, yo, que soy hombre, Dios
sabe en lo que podré volverme; y así, desde ahora intimo
a vuestra merced, señor escudero, que corra por su cuenta todo
el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.
-Está bien -replicó el del Bosque-. Amanecerá Dios
y medraremos.
En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de
pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía
que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las
puertas y balcones del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro,
sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas
perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía
asimesmo [que] ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar;
los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes,
murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse
los prados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del día
para ver y diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció
a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era
tan grande que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase,
en efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena
de verrugas, de color amoratado, como de berenjena; bajábale dos
dedos más abajo de la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento
así le afeaban el rostro, que, en viéndole Sancho, comenzó
a herir de pie y de mano, como niño con alferecía, y propuso
en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que despertar
la cólera para reñir con aquel vestiglo.
Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada
la celada, de modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que
era hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía
una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo,
sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos,
que le hacían en grandísima manera galán y vistoso;
volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas
y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, era
grandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un
palmo.
Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó
de lo visto y mirado que el ya dicho caballero debía de ser de
grandes fuerzas; pero no por eso temió, como Sancho Panza; antes,
con gentil denuedo, dijo al Caballero de los Espejos:
-Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía,
por ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si
la gallardía de vuestro rostro responde a la de vuestra disposición.
-O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero
-respondió el de los Espejos-, os quedará tiempo y espacio
demasiado para verme; y si ahora no satisfago a vuestro deseo, es por
parecerme que hago notable agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en
dilatar el tiempo que tardare en alzarme la visera, sin haceros confesar
lo que ya sabéis que pretendo.
-Pues, en tanto que subimos a caballo -dijo don Quijote-, bien podéis
decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.
-A eso vos respondemos -dijo el de los Espejos- que parecéis, como
se parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero,
según vos decís que le persiguen encantadores, no osaré
afirmar si sois el contenido o no.
-Eso me basta a mí -respondió don Quijote- para que crea
vuestro engaño; empero, para sacaros dél de todo punto,
vengan nuestros caballos; que, en menos tiempo que el que tardárades
en alzaros la visera, si Dios, si mi señora y mi brazo me valen,
veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido
don Quijote que pensáis.
Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió
las riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para
volver a encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos.
Pero, no se había apartado don Quijote veinte pasos, cuando se
oyó llamar del de los Espejos, y, partiendo los dos el camino,
el de los Espejos le dijo:
-Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra
batalla es que el vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción
del vencedor.
-Ya la sé -respondió do[n] Quijote-; con tal que lo que
se le impusiere y mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de
los límites de la caballería.
-Así se entiende -respondió el de los Espejos.
Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas
narices del escudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho;
tanto, que le juzgó por algún monstro, o por hombre nuevo
y de aquellos que no se usan en el mundo. Sancho, que vio partir a su
amo para tomar carrera, no quiso quedar solo con el narigudo, temiendo
que con solo un pasagonzalo con aquellas narices en las suyas sería
acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o del miedo, tendido en
el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de Rocinante;
y, cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:
-Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva
a encontrarse me ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré
ver más a mi sabor, mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro
que vuesa merced ha de hacer con este caballero.
-Antes creo, Sancho -dijo don Quijote-, que te quieres encaramar y subir
en andamio por ver sin peligro los toros.
-La verdad que diga -respondió Sancho-, las desaforadas narices
de aquel escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me
atrevo a estar junto a él.
-Ellas son tales -dijo don Quijote-, que, a no ser yo quien soy, también
me asombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices.
En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque,
tomó el de los Espejos del campo lo que le pareció necesario;
y, creyendo que lo mismo habría hecho don Quijote, sin esperar
son de trompeta ni otra señal que los avisase, volvió las
riendas a su caballo -que no era más ligero ni de mejor parecer
que Rocinante-, y, a todo su correr, que era un mediano trote, iba a encontrar
a su enemigo; pero, viéndole ocupado en la subida de Sancho, detuvo
las riendas y paróse en la mitad de la carrera, de lo que el caballo
quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse.
Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando,
arrimó reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante,
y le hizo aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez
se conoció haber corrido algo, porque todas las demás siempre
fueron trotes declarados; y con esta no vista furia llegó donde
el de los Espejos estaba hincando a su caballo las espuelas hasta los
botones, sin que le pudiese mover un solo dedo del lugar donde había
hecho estanco de su carrera.
En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario
embarazado con su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó,
o no tuvo lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos
inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontró al de
los Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo
por las ancas del caballo, dando tal caída, que, sin mover pie
ni mano, dio señales de que estaba muerto.
Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque
y a toda priesa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose
de Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y, quitándole las lazadas
del yelmo para ver si era muerto y para que le diese el aire si acaso
estaba vivo; y vio... ¿Quién podrá decir lo que vio,
sin causar admiración, maravilla y espanto a los que lo oyeren?
Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto,
la misma fisonomía, la mesma efigie, la pespetiva mesma del bachiller
Sansón Carrasco; y, así como la vio, en altas voces dijo:
-¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija,
hijo, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y
los encantadores!
Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó
a hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba
muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
-Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por no,
vuesa merced hinque y meta la espada por la boca a este que parece el
bachiller Sansón Carrasco; quizá matará en él
a alguno de sus enemigos los encantadores.
-No dices mal -dijo don Quijote-, porque de los enemigos, los menos.
Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho,
llegó el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan
feo le habían hecho, y a grandes voces dijo:
-Mire vuesa merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que
tiene a los pies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo
soy su escudero.
Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:
-¿Y las narices?
A lo que él respondió:
-Aquí las tengo, en la faldriquera.
Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz,
de máscara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirándole
más y más Sancho, con voz admirativa y grande, dijo:
-¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé
Cecial, mi vecino y mi compadre?
-Y ¡cómo si lo soy! -respondió el ya desnarigado escudero-:
Tomé Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré
los arcaduces, embustes y enredos por donde soy aquí venido; y
en tanto, pedid y suplicad al señor vuestro amo que no toque, maltrate,
hiera ni mate al caballero de los Espejos, que a sus pies tiene, porque
sin duda alguna es el atrevido y mal aconsejado [d]el bachiller Sansón
Carrasco, nuestro compatrioto.
En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por
don Quijote, le puso la punta desnuda de su espada encima del rostro,
y le dijo:
-Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea
del Toboso se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás
de esto habéis de prometer, si de esta contienda y caída
quedárades con vida, de ir a la ciudad del Toboso y presentaros
en su presencia de mi parte, para que haga de vos lo que más en
voluntad le viniere; y si os dejare en la vuestra, asimismo habéis
de volver a buscarme, que el rastro de mis hazañas os servirá
de guía que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con
ella hubiéredes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos
antes de nuestra batalla, no salen de los términos de la andante
caballería.
-Confieso -dijo el caído caballero- que vale más el zapato
descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas
mal peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de
su presencia a la vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que
me pedís.
-También habéis de confesar y creer -añadió
don Quijote- que aquel caballero que vencistes no fue ni pudo ser don
Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía, como yo confieso
y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco,
no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me
le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el ímpetu
de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria del vencimiento.
-Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis
y sentís -respondió el derrengado caballero-. Dejadme levantar,
os ruego, si es que lo permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho
me tiene.
Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial, su escudero,
del cual no apartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas cuyas
respuestas le daban manifiestas señales de que verdaderamente era
el Tomé Cecial que decía; mas la aprehensión que
en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores
habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del
bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con
los ojos estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño
amo y mozo, y el de los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes,
se apartaron de don Quijote y Sancho, con intención de buscar algún
lugar donde bizmarle y entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho
volvieron a proseguir su camino de Zaragoza, donde los deja la historia,
por dar cuenta de quién era el Caballero de los Espejos y su narigante
escudero.
CAPÍTULO XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el
Caballero de los Espejos y su escudero
En estremo contento, ufano y vanaglorioso
iba don Quijote por haber alcanzado vitoria de tan valiente caballero
como él se imaginaba que era el de los Espejos, de cuya caballeresca
palabra esperaba saber si el encantamento de su señora pasaba adelante,
pues era forzoso que el tal vencido caballero volviese, so pena de no
serlo, a darle razón de lo que con ella le hubiese sucedido. Pero
uno pensaba don Quijote y otro el de los Espejos, puesto que por entonces
no era otro su pensamiento sino buscar donde bizmarse, como se ha dicho.
Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco
aconsejó a don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías,
fue por haber entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre
qué medio se podría tomar para reducir a don Quijote a que
se estuviese en su casa quieto y sosegado, sin que le alborotasen sus
mal buscadas aventuras; de cuyo consejo salió, por voto común
de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a don Quijote,
pues el detenerle parecía imposible, y que Sansón le saliese
al camino como caballero andante, y trabase batalla con él, pues
no faltaría sobre qué, y le venciese, teniéndolo
por cosa fácil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase
a merced del vencedor; y así vencido don Quijote, le había
de mandar el bachiller caballero se volviese a su pueblo y casa, y no
saliese della en dos años, o hasta tanto que por él le fuese
mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote vencido cumpliría
indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes de la caballería,
y podría ser que en el tiempo de su reclusión se le olvidasen
sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algún conveniente
remedio.
Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero Tomé
Cecial, compadre y vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos.
Armóse Sansón como queda referido y Tomé Cecial acomodó
sobre sus naturales narices las falsas y de máscara ya dichas,
porque no fuese conocido de su compadre cuando se viesen; y así,
siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote, y llegaron casi a hallarse
en la aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente, dieron con ellos
en el bosque, donde les sucedió todo lo que el prudente ha leído;
y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de don Quijote, que
se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el señor
bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse de licenciado,
por no haber hallado nidos donde pensó hallar pájaros.
Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos
y el mal paradero que había tenido su camino, dijo al bachiller:
-Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro
merecido: con facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad
las más veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos:
él se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos,
pues, ahora, cuál es más loco: ¿el que lo es por
no poder menos, o el que lo es por su voluntad?
A lo que respondió Sansón:
-La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza
lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser
cuando quisiere.
-Pues así es -dijo Tomé Cecial-, yo fui por mi voluntad
loco cuando quise hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero
dejar de serlo y volverme a mi casa.
-Eso os cumple -respondió Sansón-, porque pensar que yo
he de volver a la mía, hasta haber molido a palos a don Quijote,
es pensar en lo escusado; y no me llevará ahora a buscarle el deseo
de que cobre su juicio, sino el de la venganza; que el dolor grande de
mis costillas no me deja hacer más piadosos discursos.
En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde
fue ventura hallar un algebrista, con quien se curó el Sansón
desgraciado. Tomé Cecial se volvió y le dejó, y él
quedó imaginando su venganza; y la historia vuelve a hablar dél
a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora con don Quijote.
CAPÍTULO XVI. De lo que sucedió a don Quijote con
un discreto caballero de la Mancha
Con la alegría, contento y ufanidad
que se ha dicho, seguía don Quijote su jornada, imaginándose
por la pasada vitoria ser el caballero andante más valiente que
tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin
conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante;
tenía en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba
de los inumerables palos que en el discurso de sus caballerías
le habían dado, ni de la pedrada que le derribó la mitad
de los dientes, ni del desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento
y lluvia de estacas de los yangüeses. Finalmente, decía entre
sí que si él hallara arte, modo o manera como desencantar
a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayor ventura que alcanzó
o pudo alcanzar el más venturoso caballero andante de los pasados
siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho le dijo:
-¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre
los ojos las desaforadas narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé
Cecial?
-Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los
Espejos era el bachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial,
tu compadre?
-No sé qué me diga a eso -respondió Sancho-; sólo
sé que las señas que me dio de mi casa, mujer y hijos no
me las podría dar otro que él mesmo; y la cara, quitadas
las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto
muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el tono
de la habla era todo uno.
-Estemos a razón, Sancho -replicó don Quijote-. Ven acá:
¿en qué consideración puede caber que el bachiller
Sansón Carrasco viniese como caballero andante, armado de armas
ofensivas y defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo
por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión para tenerme
ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de
las armas, para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?
-Pues, ¿qué diremos, señor -respondió Sancho-,
a esto de parecerse tanto aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller
Carrasco, y su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es
encantamento, como vuestra merced ha dicho, ¿no había en
el mundo otros dos a quien se parecieran?
-Todo es artificio y traza -respondió don Quijote- de los malignos
magos que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de
quedar vencedor en la contienda, se previnieron de que el caballero vencido
mostrase el rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le
tengo se pusiese entre los filos de mi espada y el rigor de mi brazo,
y templase la justa ira de mi corazón, y desta manera quedase con
vida el que con embelecos y falsías procuraba quitarme la mía.
Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia que
no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil
sea a los encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso
feo y de lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus
mismos ojos la hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en
toda su entereza y natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza
de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la
boca; y más, que el perverso encantador que se atrevió a
hacer una transformación tan mala no es mucho que haya hecho la
de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la gloria
del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo; porque,
en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de mi
enemigo.
-Dios sabe la verdad de todo -respondió Sancho.
Y como él sabía que la transformación de Dulcinea
había sido traza y embeleco suyo, no le satisfacían las
quimeras de su amo; pero no le quiso replicar, por no decir alguna palabra
que descubriese su embuste.
En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás
dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla,
vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo
leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua
era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde. Traía
un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro,
y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas
no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas
que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si
fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludó
cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don
Quijote le dijo:
-Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que
nosotros y no importa el darse priesa, merced recibiría en que
nos fuésemos juntos.
-En verdad -respondió el de la yegua- que no me pasara tan de largo,
si no fuera por temor que con la compañía de mi yegua no
se alborotara ese caballo.
-Bien puede, señor -respondió a esta sazón Sancho-,
bien puede tener las riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el
más honesto y bien mirado del mundo: jamás en semejantes
ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmandó a hacerla
la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra vez que puede
vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la den entre dos
platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.
Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro
de don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta
en el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba
el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de
lo verde, pareciéndole hombre de chapa. La edad mostraba ser de
cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño;
la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba
a entender ser hombre de buenas prendas.
Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que
semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás:
admiróle la longura de su caballo, la grandeza de su cuerpo, la
flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y compostura:
figura y retrato no visto por luengos tiempos atrás en aquella
tierra. Notó bien don Quijote la atención con que el caminante
le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era
tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase
nada, le salió al camino, diciéndole:
-Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva
y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me maravillaría
yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo
cuando le diga, como le digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Salí de mi patria, empeñé
mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los brazos
de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar
la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando
aquí, cayendo allí, despeñándome acá
y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo,
socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos
y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así,
por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar
ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta
mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia. Finalmente,
por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy
don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste
Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir
yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente
quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo,
esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas,
ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá
admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y
la profesión que hago.
Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según
se tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero
de allí a buen espacio le dijo:
-Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión
mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que en
mí causa el haberos visto; que, puesto que, como vos, señor,
decís, que el saber ya quién sois me lo podría quitar,
no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más
suspenso y maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros
andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías?
No me puedo persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas,
ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no
lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito
sea el cielo!, que con esa historia, que vuesa merced dice que está
impresa, de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán
puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes,
de que estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres
y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias.
-Hay mucho que decir -respondió don Quijote- en razón de
si son fingidas, o no, las historias de los andantes caballeros.
-Pues, ¿hay quien dude -respondió el Verde- que no son falsas
las tales historias?
-Yo lo dudo -respondió don Quijote-, y quédese esto aquí;
que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa
merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por
cierto que no son verdaderas.
Desta última razón de don Quijote tomó barruntos
el caminante de que don Quijote debía de ser algún mentecato,
y aguardaba que con otras lo confirmase; pero, antes que se divertiesen
en otros razonamientos, don Quijote le rogó le dijese quién
era, pues él le había dado parte de su condición
y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
-Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural
de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más
que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida
con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el
de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino
algún perdigón manso, o algún hurón atrevido.
Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles
de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de
caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas.
Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto
entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con
la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España.
Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido;
son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar,
ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño
las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada
día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de
las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía
y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón
más recatado; procuro poner en paz los que sé que están
desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre
en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos
del hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía
debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran
priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón
y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto
lo cual por el hidalgo, le preguntó:
-¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son
éstos?
-Déjenme besar -respondió Sancho-, porque me parece vuesa
merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días
de mi vida.
-No soy santo -respondió el hidalgo-, sino gran pecador; vos sí,
hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.
Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa
de la profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración
a don Diego. Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía,
y díjole que una de las cosas en que ponían el sumo bien
los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento
de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en
tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.
-Yo, señor don Quijote -respondió el hidalgo-, tengo un
hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso
de lo que soy; y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno
como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años: los
seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega;
y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan
embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia,
que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que
estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Qu[i]siera yo
que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes
premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud
son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si
dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo
deshonesto, o no, en tal epigrama; si se han de entender de una manera
o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones
son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio,
Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta;
y, con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía
de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una
glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son
de justa literaria.
A todo lo cual respondió don Quijote:
-Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres,
y así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren
las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños
por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas
costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de
sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien
esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles
no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane
lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres
que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella
ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la poesía
es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar
a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer,
es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa,
a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas,
que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas
se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada,
ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las
plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia
de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo
de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola
correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser
vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables
tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar
de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar
los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor,
que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde;
que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe,
puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con
los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será
famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del
mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima
mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado
en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió
en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en
griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar
las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto
así, razón sería se estendiese esta costumbre por
todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque
escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que
escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino,
no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas
que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que
adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede
haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta
nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale
poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más
estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est
Deus in nobis..., etcétera. También digo que el natural
poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará
al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo; la razón
es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala;
así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza,
sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión
de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar
a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen
estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer
escalón de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por
sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales
tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan,
honran y engrandecen, como las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere
sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele,
y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde
reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo
hizo, alábele: porque lícito es al poeta escribir contra
la invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y así
de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay
poetas que, a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro
que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus
costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua
del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales
serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen
la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos
y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan
con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal
que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas veen honrados
y adornadas sus sienes.
Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don
Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él
tenía, de ser mentecato. Pero, a la mitad desta plática,
Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desviado del camino
a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban
ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la
plática el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción
y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza,
vio que por el camino por donde ellos iban venía un carro lleno
de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura,
a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada. El
cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda
priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a quien
sucedió una espantosa y desatinada aventura.
CAPÍTULO XVII. De donde se declaró el último
punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo
de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones
Cuenta la historia que cuando don Quijote
daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando
unos requesones que los pastores le vendían; y, acosado de la mucha
priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos,
y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de
echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió
a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:
-Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que
allí descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita,
a tomar mis armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista
por todas partes, y no descubrió otra cosa que un carro que hacia
ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron
a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su Majestad,
y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio crédito,
siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían
de ser aventuras y más aventuras, y así, respondió
al hidalgo:
-Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba,
que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,
y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo,
ni en qué figuras me han de acometer.
Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como
no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como
estaba. Tomóla don Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro
venía, con toda priesa se la encajó en la cabeza; y, como
los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el
suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió
tal susto, que dijo a Sancho:
-¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan
los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza?
Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible
la aventura que agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie,
que el copioso sudor me ciega los ojos.
Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias
a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso. Limpióse
don Quijote y quitóse la celada por ver qué cosa era la
que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo aquellas gachas blancas
dentro de la celada, las llegó a las narices, y en oliéndolas
dijo:
-Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones
los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.
A lo que, con gran flema y disimul[a]ción, respondió Sancho:
-Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré...
Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí
los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el
yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo
yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de
vuesa merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover
a cólera su paciencia y hacer que me muela, como suele, las costillas.
Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo confío
en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que
ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si
la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.
-Todo puede ser -dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,
después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas
y celada, se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos,
requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:
-Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de
tomarme con el mesmo Satanás en persona.
Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía
otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera.
Púsose don Quijote delante y dijo:
-¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste,
qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?
A lo que respondió el carretero:
-El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones
enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados
a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal
que aquí va cosa suya.
-Y ¿son grandes los leones? -preguntó don Quijote.
-Tan grandes -respondió el hombre que iba a la puerta del carro-,
que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás;
y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno.
Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en
la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy;
y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto
donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:
-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales
horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos señores que acá
los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen
hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias
fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién
es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que
a mí los envían.
-¡Ta, ta! -dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-,
dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones,
sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho y díjole:
-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que
mi señor don Quijote no se tome con estos leones, que si se toma,
aquí nos han de hacer pedazos a todos.
-Pues, ¿tan loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-,
que teméis, y creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?
-No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.
-Yo haré que no lo sea -replicó el hidalgo.
Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero
que abriese las jaulas, le dijo:
-Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras
que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo
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