|
|

Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted la

CAPÍTULO LXI. De lo que le sucedió a don Quijote
en la entrada de Barcelona,
con otras [cosas] que tienen más de lo verdadero que de lo discreto
Tres días y tres noches estuvo
don Quijote con Roque, y si estuviera trecientos años, no le faltara
qué mirar y admirar en el modo de su vida: aquí amanecían,
acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién,
y otras esperaban, sin saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo
el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías,
escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían
pocos, porque todos se servían de pedreñales. Roque pasaba
las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen
saber dónde estaba; porque los muchos bandos que el visorrey de
Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto
y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos,
o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida, por cierto,
miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron
Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron
a su playa la víspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque
a don Quijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que
hasta entonces no se los había dado, los dejó,
con mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron.
Volvióse Roque; quedóse don Quijote esperando el día,
así, a caballo, como estaba, y no tardó mucho cuando comenzó
a descubrirse por los balcones del Oriente la faz de la blanca aurora,
alegrando las yerbas y las flores, en lugar de alegrar el oído;
aunque al mesmo instante alegraron también el oído el son
de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, ''¡trapa,
trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudad
salían. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el
de una rodela, por el más bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.
Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar,
hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo
y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha
habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales,
abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes,
que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban
clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el
aire de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer modo
de escaramuza por las sosegadas aguas, correspondiéndoles casi
al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad sobre hermosos caballos
y con vistosas libreas salían. Los soldados de las galeras disparaban
infinita artillería, a quien respondían los que estaban
en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillería gruesa
con espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían
los cañones de crujía de las galeras. El mar alegre, la
tierra jocunda, el aire claro, sólo tal vez turbio del humo de
la artillería,
parece que iba infundiendo y engendrando gusto súbito en todas
las gentes.
No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies
aquellos bultos que por el mar se movían. En esto, llegaron corriendo,
con grita, lililíes y algazara, los de las libreas adonde don Quijote
suspenso y atónito estaba, y uno dellos, que era el avisado de
Roque, dijo en alta voz a don Quijote:
-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el
norte de toda la caballería andante, donde más largamente
se contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha:
no el falso, no el ficticio, no el apócrifo que en falsas historias
estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel
que
nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores.
No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a
que la respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con
los demás que los seguían, comenzaron a hacer un revuelto
caracol al derredor de don Quijote; el cual, volviéndose a Sancho,
dijo:
-Éstos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído
nuestra historia y aun la del aragonés recién impresa.
Volvió otra vez el caballero que habló a don Quijote, y
díjole:
-Vuesa merced, señor don Quijote, se venga con nosotros, que todos
somos sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don Quijote respondió:
-Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor
caballero, es hija o parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme
do quisiéredes, que yo no tendré otra voluntad que la vuestra,
y más si la quer[é]is ocupar en vuestro servicio.
Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el
caballero, y, encerrándole todos en medio, al son de las chirimías
y de los atabales, se encaminaron con él a la ciudad, al entrar
de la cual, el malo, que todo lo malo ordena, y los muchachos, que son
más malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos se entraron
por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio y el otro la
de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron
los pobres animales las nuevas espuelas, y, apretando las colas, aumentaron
su disgusto, de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños
en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a quitar el
plumaje de la cola de su matalote, y Sancho, el de su rucio. Quisieran
los que guiaban a don Quijote castigar el atrevimiento de los muchachos,
y no fue posible,
porque se encerraron entre más de otros mil que los seguían.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y música
llegaron a la casa de su guía, que era grande y principal, en fin,
como de caballero rico; donde le dejaremos por agora, porque así
lo quiere Cide Hamete.
CAPÍTULO LXII. Que
trata de la aventura de la cabeza encantada,
con otras niñerías que no pueden dejar de contarse
Don Antonio Moreno se llamaba el huésped
de don Quijote, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto
y afable, el cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos
como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras; porque no son burlas
las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de
tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarle
a vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido -como ya otras veces
le hemos descrito y pintado- a un balcón que salía a una
calle de las más principales de la ciudad, a vista de las gentes
y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo delante
dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar
aquel festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentísimo,
por parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo
no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda
y otro castillo como el del duque.
Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando
todos y tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco
y pomposo, no cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho
fueron tantos, que de su boca andaban como colgados todos los criados
de casa y todos cuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio
a Sancho:
-Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar
blanco y de albondiguillas, que, si os sobran,
las guardáis en el seno para el otro día.
-No, señor, no es así -respondió Sancho-, porque
tengo más de limpio que de goloso, y mi señor don Quijote,
que está delante, sabe bien que con un puño de bellotas,
o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que
si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla; quiero
decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y quienquiera
que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, téngase
por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara a
las barbas honradas que están a la mesa.
-Por cierto -dijo don Quijote-, que la parsimonia y limpieza con que Sancho
come se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que
quede en memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando
él tiene hambre, parece algo tragón, porque come apriesa
y masca a dos carrillos; pero la limpieza siempre la tiene en su punto,
y en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer a lo melindroso:
tanto, que comía con tenedor las uvas y aun los granos de la granada.
-¡Cómo! -dijo don Antonio-. ¿Gobernador ha sido Sancho?
-Sí -respondió Sancho-, y de una ínsula llamada la
Barataria. Diez días la goberné a pedir de boca; en ellos
perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos los gobiernos
del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me
tuve por muerto,
de la cual salí vivo por m[i]lagro.
Contó don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho,
con que dio gran gusto a los oyentes.
Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote,
se entró con él en un apartado aposento, en el cual no había
otra cosa de adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie
de lo mesmo se sostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo de
las cabezas de los emperadores romanos, de los pechos arriba, una que
semejaba ser de bronce. Paseóse don Antonio con don Quijote por
todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, después de lo
cual dijo:
-Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y
escucha alguno, y está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra
merced una de las más raras aventuras, o, por mejor decir, novedades
que imaginarse pueden, con condición que lo que a vuestra merced
dijere lo ha de depositar en los últimos retretes del secreto.
-Así lo juro -respondió don Quijote-, y aun le echaré
una losa encima, para más seguridad; porque quiero que sepa vuestra
merced, señor don Antonio -que ya sabía su nombre-, que
está hablando con quien, aunque tiene oídos para oír,
no tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta
que lo ha arrojado en los abismos del silencio.
-En fee de esa promesa -respondió don Antonio-, quiero poner a
vuestra merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme
a mí algún alivio de la pena que me causa no tener con quien
comunicar mis secretos, que no son para fiarse de todos.
Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de
parar tantas prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio,
se la paseó por la cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el
pie de jaspe sobre que se sostenía, y luego dijo:
-Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por
uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que
creo era polaco de nac[i]ón y dicípulo del famoso Escotillo,
de quien tantas maravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi
casa, y por precio de mil escudos que le di, labró esta cabeza,
que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído
le preguntaren. Guardó rumbos, pintó carácteres,
observó astros, miró puntos, y, finalmente, la sacó
con la perfeción que veremos mañana, porque los viernes
está muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana.
En este tiempo podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá
preguntar, que por esperiencia sé que dice verdad en cuanto responde.
Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza,
y estuvo por no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo
había para hacer la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino
que le agradecía el haberle descubierto tan gran secreto. Salieron
del aposento, cerró la puerta don Antonio con llave, y fuéronse
a la sala, donde los demás caballeros estaban. En este tiempo les
había contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su
amo habían acontecido.
Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de rúa,
vestido un balandrán de paño leonado, que pudiera hacer
sudar en aquel tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen
a Sancho de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no
sobre Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.
Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese,
le cosieron un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: Éste
es don Quijote de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rétulo
los ojos de cuantos venían a verle, y como leían: Éste
es don Quijote de la Mancha, admirábase don Quijote de ver que
cuantos le miraban le nombraban y conocían; y, volviéndose
a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:
-Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería,
pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos
de la tierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que
hasta los muchachos desta ciudad,
sin nunca haberme visto, me conocen.
-Así es, señor don Quijote -respondió don Antonio-,
que, así como el fuego no puede estar escondido y encerrado, la
virtud no puede dejar de ser conocida, y la que se alcanza por la profesión
de las armas resplandece y campea sobre todas las otras.
Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha
dicho,
un castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó
la voz, diciendo:
-¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo
que hasta aquí has llegado, sin haberte muerto los infinitos palos
que tienes a cuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de
las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver
locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo
por estos señores que te acompañan. Vuélvete, mentecato,
a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y déjate
destas
vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.
-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos
a quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy
cuerdo, y nosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud
se ha de honrar dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no
os metáis donde no os llaman.
-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-,
que aconsejar a este buen hombre es dar coces contra el aguijón;
pero, con todo eso, me da muy gran lástima que el buen ingenio
que dicen que tiene en todas las cosas este mentecato se le desagüe
por la canal de su andante caballería; y la enhoramala que vuesa
merced dijo, sea para mí y para todos mis descendientes si de hoy
más, aunque viviese más años que Matusalén,
diere consejo a nadie, aunque me lo pida.
Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue
tanta la priesa que los muchachos y toda la gente tenía leyendo
el rétulo, que se le hubo de quitar don Antonio, como que le quitaba
otra cosa.
Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas,
porque la mujer de don Antonio, que era una señora principal y
alegre, hermosa y discreta, convidó a otras sus amigas a que viniesen
a honrar a su huésped y a gustar de sus nunca vistas locuras. Vinieron
algunas, cenóse espléndidamente y comenzóse el sarao
casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto
pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas,
por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Éstas dieron
tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no sólo
el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote,
largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y,
sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas,
y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero,
viéndose apretar de requiebros, alzó la voz y dijo:
-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos.
Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que
es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente
que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan.
Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido
y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen
en peso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho,
diciéndole:
-¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado!
¿Pensáis que todos los valientes son danzadores y todos
los andantes caballeros bailarines? Digo que si lo pensáis, que
estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matar
a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear,
yo supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte;
pero en lo del danzar, no doy puntada.
Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao,
y dio con su amo en la cama,
arropándole para que sudase la frialdad de su baile.
Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia
de la cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos,
con las dos señoras que habían molido a don Quijote en el
baile, que aquella propia noche se habían quedado con la mujer
de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba la cabeza.
Contóles la propiedad que tenía, encargóles el secreto
y díjoles que aquél era el primero día donde se había
de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos
de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto,
y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos,
también ellos cayeran en la admiración en que los demás
cayeron,
sin ser posible otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.
El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo
don Antonio, y díjole en voz sumisa, pero no tanto
que de todos no fuese entendida:
-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué
pensamientos tengo yo agora?
Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y
distinta, de modo que fue de todos entendida, esta razón:
-Yo no juzgo de pensamientos.
Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que
en todo el aposento ni al derredor de la mesa
no había persona humana que responder pudiese.
-¿Cuántos estamos aquí? -tornó a preguntar
don Antonio.
Y fuele respondido por el propio tenor, paso:
-Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas
della, y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su
escudero que Sancho Panza tiene por nombre.
¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí
sí que fue el erizarse los cabellos a todos de puro espanto! Y,
apartándose don Antonio de la cabeza, dijo:
-Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que
te me vendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona
y admirable cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.
Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la
primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don
Antonio, y lo que le preguntó fue:
-Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
Y fuele respondido:
-Sé muy honesta.
-No te pregunto más -dijo la preguntanta.
Llegó luego la compañera, y dijo:
-Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.
Y respondiéronle:
-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.
Apartóse la casada diciendo:
-Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto,
las obras que
se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.
Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:
-¿Quién soy yo?
Y fuele respondido:
-Tú lo sabes.
-No te pregunto eso -respondió el caballero-, sino que me digas
si me conoces tú.
-Sí conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.
-No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh
cabeza!, que lo sabes todo.
Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:
-Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?
-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con
todo eso,
te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.
-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo lo señalo.
Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio,
y dijo:
-Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría
saber de ti si gozaré muchos años de buen marido.
Y respondiéronle:
-Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir
prometen muchos años de vida,
la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.
Llegóse luego don Quijote, y dijo:
-Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño
lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán
ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efeto
el desencanto de Dulcinea?
-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; los
azotes de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará
a debida ejecución.
-No quiero saber más -dijo don Quijote-; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas
que acertare a desear.
El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:
-¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré
de la estrecheza de escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer
y a mis hijos?
A lo que le respondieron:
-Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu
mujer y a tus hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.
-¡Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no
dijera más el profeta Perogrullo.
-Bestia -dijo don Quijote-, ¿qué quieres que te respondan?
¿No basta que las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan
a lo que se le pregunta?
-Sí basta -respondió Sancho-, pero quisiera yo que se declarara
más y me dijera más.
Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó
la admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de
don Antonio, que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli
declarar luego, por no tener suspenso al mundo, creyendo que algún
hechicero y extraordinario misterio en la tal cabeza se encerraba; y así,
dice que don Antonio Moreno, a imitación de otra cabeza que vio
en Madrid, fabricada por un estampero, hizo ésta en su casa, para
entretenerse y suspender a los ignorantes; y la fábrica era de
esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como
jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, con cuatro
garras de águila que dél salían, para mayor firmeza
del peso. La cabeza, que parecía medalla y figura de emperador
romano, y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos
la tabla de la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna señal
de juntura se parecía. El pie de la tabla era ansimesmo hueco,
que respondía a la garganta y pechos de la cabeza, y todo esto
venía a responder a otro aposento que debajo de la estancia de
la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y pechos
de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de
hoja de lata, muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento
de abajo correspondiente al de arriba se ponía el que había
de responder, pegada la boca con el mesmo cañón, de modo
que, a modo de cerbatana, iba la voz de arriba abajo y de abajo arriba,
en palabras articuladas y claras; y de esta manera no era posible conocer
el embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, fue
el respondiente; el cual, estando avisado de su señor tío
de los que habían de entrar con él en aquel día en
el aposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y
puntualidad a la primera pregunta; a las demás respondió
por conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice más Cide
Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa
máquina; pero que, divulgándose por la ciudad que don Antonio
tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban
respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas
centinelas de nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores
inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante,
porque el vulgo ignorante no se escandalizase; pero en la opinión
de don Quijote y de Sancho Panza, la cabeza quedó por encantada
y por respondona, más a satisfación de don Quijote que de
Sancho.
Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar
a don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de
correr sortija de allí a seis días; que no tuvo efecto por
la ocasión que se dirá adelante. Diole gana a don Quijote
de pasear la ciudad a la llana y a pie, temiendo que, si iba a caballo,
le habían de perseguir los mochachos, y así, él y
Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a pasearse.
Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don
Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí
se imprimen libros; de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces
no había visto emprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese.
Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en
una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla,
y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes
se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y preguntaba
qué era aquéllo que allí se hacía; dábanle
cuenta los oficiales, admirábase y pasaba adelante. Llegó
en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía.
El oficial le respondió:
-Señor, este caballero que aquí está -y enseñóle
a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad- ha traducido
un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo,
para darle a la estampa.
-¿Qué título tiene el libro? -preguntó don
Quijote.
-A lo que el autor respondió:
-Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.
-Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? -preguntó
don Quijote.
-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijésemos
los jug[u]etes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene
y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.
-Yo -dijo don Quijote- sé algún tanto de el toscano, y me
precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa
merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar
el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha
hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?
-Sí, muchas veces -respondió el autor.
-Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? -preguntó
don Quijote.
-¿Cómo la había de traducir -replicó el autor-,
sino diciendo olla?
-¡Cuerpo de tal -dijo don Quijote-, y qué adelante está
vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta
que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa merced en el castellano
place; y adonde diga più, dice más,
y el su declara con arriba, y el giù con abajo.
-Sí declaro, por cierto -dijo el autor-, porque ésas son
sus propias correspondencias.
-Osaré yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido
en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables
trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí!
¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes
menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una
lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina,
es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque
se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen
con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles,
ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada
ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que
no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores
se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera
desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal
de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui,
en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución
o cuál el original. Pero dígame vuestra merced: este libro,
¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio
a algún librero?
-Por mi cuenta lo imprimo -respondió el autor-, y pienso ganar
mil ducados, por lo menos, con esta primera impresión, que ha de
ser de dos mil cuerpos, y se han de despachar a seis reales cada uno,
en daca las pajas.
-¡Bien está vuesa merced en la cuenta! -respondió
don Quijote-. Bien parece que no sabe las entradas y salidas de los impresores,
y las correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando
se vea cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo,
que se espante, y más si el libro es un poco avieso y no nada picante.
-Pues, ¿qué? -dijo el autor-. ¿Quiere vuesa merced
que se lo dé a un librero, que me dé por el privilegio tres
maravedís, y aún piensa que me hace merced en dármelos?
Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él
soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él no vale
un cuatrín la buena fama.
-Dios le dé a vuesa merced buena manderecha -respondió don
Quijote.
Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo
un pliego de un libro que se intitulaba Luz del alma;
y,en viéndole, dijo:
-Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que
se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son
menester infinitas luces para tantos desalumbrados.
Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro;
y, preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda
parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un
tal vecino de Tordesillas.
-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en
mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por
impertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada
puerco, que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables
cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto
son mejores cuanto son más verdaderas.
Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió
de la emprenta. Y aquel mesmo día ordenó don Antonio de
llevarle a ver las galeras que en la playa estaban, de que Sancho se regocijó
mucho, a causa que en su vida las había visto. Avisó don
Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde había de
llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la Mancha,
de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían
noticia; y lo que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente
capítulo.
CAPÍTULO LXIII. De
lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras,
y la nueva aventura de la hermosa morisca
Grandes eran los discursos que don
Quijote hacía sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que
ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que
él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. Allí iba
y venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había
de ver presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser
gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y
a ser obedecido; que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea
de burlas.
En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped,
y sus dos amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo,
que estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote
y Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron
tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al
agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí,
y, en poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó
la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras
hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote por la escala derecha, toda
la chusma le saludó como es usanza cuando una persona principal
entra en la galera, diciendo: ''¡Hu, hu, hu!'' tres veces. Diole
la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal
caballero valenciano; abrazó a don Quijote, diciéndole:
-Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser
uno de los mejores que pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor
don Quijote de la Mancha: tiempo y señal que nos muestra que en
él se encierra y cifra todo el valor del andante caballería.
Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre
sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la
popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines,
pasóse el cómitre en crujía, y dio señal con
el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante.
Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más
cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció
que todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron
tortas y pan pintado para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado
sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya
avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole
en los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la
derecha banda, le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma
de banco en banco, con tanta priesa, que el pobre Sancho perdió
la vista de los ojos, y sin duda pensó que los mismos demonios
le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por la siniestra
banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando,
y trasudando,
sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.
Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general
si eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que
entraban en las galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía
intención de profesar en ellas, no quería hace[r] semejantes
ejercicios, y que votaba a Dios que, si alguno llegaba a asirle para voltearle,
que le había de sacar el alma a puntillazos; y, diciendo esto,
se levantó en pie y empuñó la espada.
A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron
caer la entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba
de sus quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola,
lleno de miedo, la puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don
Quijote; que también se estremeció y encogió de hombros
y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con
la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando,
como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre
que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el
corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma,
y a largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos
pies colorados,
que tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí:
-Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las
que mi amo dice. ¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí
los azotan, y cómo este hombre solo, que anda por aquí silbando,
tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que éste
es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.
Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba,
le dijo:
-¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca
costa os podíades vos, si quisiésedes, desnudar de medio
cuerpo arriba, y poneros entre estos señores, y acabar con el desencanto
de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos, no sentiríades
vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que el sabio
Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados
de buena mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de
dar.
Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos,
o qué desencanto de Dulcinea, cuando dijo el marinero:
-Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa
por la banda del poniente.
Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:
-¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios
de Argel debe de ser éste que la atalaya nos señala.
Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber
lo que se les ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a
la mar, y él con la otra iría tierra a tierra, porque ansí
el bajel no se les escaparía. Apretó la chusma los remos,
impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía que volaban.
Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron un bajel,
que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y así
era la verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras, se
puso en caza, con intención y esperanza de escaparse por su ligereza;
pero avínole mal, porque la galera capitana era de los más
ligeros bajeles que en la mar navegaban, y así le fue entrando,
que claramente los del bergantín conocieron que no podían
escaparse; y así, el arráez quisiera que dejaran los remos
y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que nuestras
galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba, ordenó
que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del bajel
oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen,
dos toraquís, que es como decir dos turcos borrachos, que en el
bergantín venían con estos doce, dispararon dos escopetas,
con que dieron muerte a dos soldados que sobre nuestras arrumbadas venían.
Viendo lo cual, juró el general de no dejar con vida a todos cuantos
en el bajel tomase, y, llegando a embestir con toda furia, se le escapó
por debajo de la palamenta. Pasó la galera adelante un buen trecho;
los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera
volvía, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en caza; pero
no les aprovechó su diligencia tanto como les dañó
su atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco más
de media milla,
les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.
Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa volvieron
a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver
lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció
que estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar el
esquife para traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego
luego al arráez y a los demás turcos que en el bajel había
cogido, que serían hasta treinta y seis personas, todos gallardos,
y los más, escopeteros turcos. Preguntó el general quién
era el arráez del bergantín y fuele respondido por uno de
los cautivos, en lengua castellana,
que después pareció ser renegado español:
-Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.
Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera
pintar la humana imaginación.
La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. Preguntóle
el general:
-Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme
mis soldados, pues veías ser imposible el escaparte? ¿Ese
respeto se guarda a las capitanas? ¿No sabes tú que no es
valentía la temeridad?
Las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.
Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por
entonces, oír la respuesta, por acudir a recebir al virrey, que
ya entraba en la galera, con el cual entraron algunos de sus criados y
algunas personas del pueblo.
-¡Buena ha estado la caza, señor general! -dijo el virrey.
-Y tan buena -respondió el general- cual la verá Vuestra
Excelencia agora colgada de esta entena.
-¿Cómo ansí? -replicó el virrey.
-Porque me han muerto -respondió el general-, contra toda ley y
contra toda razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores
que en estas galeras venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos
he cautivado, principalmente a este mozo,
que es el arráez del bergantín.
Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado
el cordel a la garganta, esperando la muerte.
Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo,
y tan humilde, dándole en aquel instante una carta de recomendación
su hermosura, le vino deseo de escusar su muerte; y así, le preguntó:
-Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?
A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:
-Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.
-Pues, ¿qué eres? -replicó el virrey.
-Mujer cristiana -respondió el mancebo.
-¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más
es cosa para admirarla que para creerla.
-Suspended -dijo el mozo-, ¡oh señores!, la ejecución
de mi muerte, que no se perderá mucho
en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi vida.
¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas
razones no se ablandara, o, a lo menos, hasta oír las que el triste
y lastimado mancebo decir quería? El general le dijo que dijese
lo que quisiese, pero que no esperase alcanzar perdón de su conocida
culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a decir desta manera:
-«De aquella nación más desdichada que prudente, sobre
quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo,
de moriscos padres engendrada. En la corriente de su desventura fui yo
por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que me
aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de
las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas.
No me valió, con los que tenían a cargo nuestro miserable
destierro, decir esta verdad, ni mis tíos quisieron creerla; antes
la tuvieron por mentira y por invención para quedarme en la tierra
donde había nacido, y así, por fuerza más que por
grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto
y cristiano, ni más ni menos; mamé la fe católica
en la leche; criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en
ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca. Al
par y al paso destas virtudes, que yo creo que lo son, creció mi
hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque mi recato y mi encerramiento
fue mucho, no debió de ser tanto que no tuviese lugar de verme
un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio, hijo mayorazgo de un
caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene. Cómo me vio,
cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo
yo no muy ganada por él, sería largo de contar, y más
en tiempo que estoy temiendo que, entre la lengua y la garganta, se ha
de atravesar el riguroso cordel que me amenaza; y así, sólo
diré cómo en nuestro destierro quiso acompañarme
don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares salieron,
porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de
dos tíos míos que consigo me traían; porque mi padre,
prudente y prevenido, así como oyó el primer bando de nuestro
destierro, se salió del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos
estraños que nos acogiese. Dejó encerradas y enterradas,
en una parte de quien yo sola tengo noticia, muchas perlas y piedras de
gran valor, con algunos dineros en cruzados y doblones de oro. Mandóme
que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna manera, si acaso antes que
él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con mis
tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si
le hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura,
y la fama se la dio de mis riquezas, q[ue], en parte, fue ventura mía.
Llamóme ante sí, preguntóme de qué parte de
España era y qué dineros y qué joyas traía.
Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él
enterrados, pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma
volviese por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi
hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas,
le llegaron a decir cómo venía conmigo uno de los más
gallardos y hermosos mancebos que se podía imaginar. Luego entendí
que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya belleza se deja atrás
las mayores que encarecer se pueden. Turbéme, considerando el peligro
que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros
turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que
se le trujesen allí delante para verle, y preguntóme si
era verdad lo que de aquel mozo le decían. Entonces yo, casi como
prevenida del cielo, le dije que sí era; pero que le hacía
saber que no era varón, sino mujer como yo, y que le suplicaba
me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en todo
mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia. Díjome
que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el
modo que se podía tener para que yo volviese a España a
sacar el escondido tesoro. Hablé con don Gaspar, contéle
el peligro que corría el mostrar ser hombre; vestíle de
mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el cual,
en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla
para hacer presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro
que en el serrallo de sus mujeres podía tener y temer de sí
mismo, la mandó poner en casa de unas principales moras que la
guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron luego. Lo que los dos sentimos
(que no puedo negar que no le quiero) se deje a la consideración
de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego traza el rey de que
yo volviese a España en este bergantín y que me acompañasen
dos turcos de nación, que fueron los que mataron vuestros soldados.
Vino también conmigo este renegado español -señalando
al que había hablado primero-, del cual sé yo bien que es
cristiano encubierto y que viene con más deseo de quedarse en España
que de volver a Berbería; la demás chusma del bergantín
son moros y turcos, que no sirven de más que de bogar al remo.
Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el orden que traíamos
de que a mí y a este renegado en la primer parte de España,
en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen
en tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si
pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún
acidente que a los dos nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba
el bergantín en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa,
los tomasen. Anoche descubrimos esta playa, y, sin tener notic[i]a destas
cuatro galeras, fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis
visto. En resolución: don Gregorio queda en hábito de mujer
entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse, y yo me veo atadas
las manos, esperando, o, por mejor decir, temiendo perder la vida, que
ya me cansa.» Éste es, señores, el fin de mi lamentable
historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que me dejéis
morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he sido
culpante de la culpa en que los de mi nación han caído.
Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas,
a quien acompañaron muchas de los que presentes estaban. El virrey,
tierno y compasivo, sin hablarle palabra, se llegó a ella y le
quitó con sus manos el cordel que las hermosas de la mora ligaba.
En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba,
tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entró en
la galera cuando entró el virrey; y, apenas dio fin a su plática
la morisca, cuando él se arrojó a sus pies, y, abrazado
dellos, con interrumpidas palabras de mil sollozos y suspiros, le dijo:
-¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre
Ricote, que volvía a buscarte por no poder vivir sin ti, que eres
mi alma.
A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza
(que inclinada tenía, pensando en la desgracia de su paseo), y,
mirando al peregrino, conoció ser el mismo Ricote que topó
el día que salió de su gobierno, y confirmóse que
aquélla era su hija, la cual, ya desatada, abrazó a su padre,
mezclando sus lágrimas con las suyas; el cual dijo al general y
al virrey:
-Ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus
sucesos que en su nombre. Ana Félix se llama, con el sobrenombre
de Ricote, famosa tanto por su hermosura como por mi riqueza. Yo salí
de mi patria a buscar en reinos estraños quien nos albergase y
recogiese, y, habiéndole hallado en Alemania, volví en este
hábito de peregrino, en compañía de otros alemanes,
a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas.
No hallé a mi hija; hallé el tesoro, que conmigo traigo,
y agora, por el estraño rodeo que habéis visto, he hallado
el tesoro que más me enriquece, que es a mi querida hija. Si nuestra
poca culpa y sus lágrimas y las mías, por la integridad
de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la misericordia, usadla con
nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de ofenderos, ni convenimos
en ningún modo con la intención de los nuestros,
que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho:
-Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto
a ser Ana Félix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir,
tener buena o mala intención, no me entremeto.
Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:
-Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi
juramento: vivid, hermosa Ana Félix, los años de vida que
os tiene determinados el cielo, y lleven la pena de su culpa los insolentes
y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos
soldados habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente
no los ahorcase, pues más locura que valentía había
sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le pedía, porque
no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada. Procuraron luego dar
traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba. Ofreció
Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas
tenía. Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como
el que dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció
de volver a Argel en algún barco pequeño, de hasta seis
bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía dónde,
cómo y cuándo podía y debía desembarcar, y
asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general
y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que habían
de bogar el remo; fióle Ana Félix, y Ricote, su padre,
dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se
perdiesen.
Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don
Antonio Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole
el virrey que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de
su parte le ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta
fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió
en su pecho.
CAPÍTULO LXIV. Que
trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote
de cuantas hasta entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno cuenta
la historia que recibió grandísimo contento de ver a Ana
Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así
enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno
y en lo otro era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como
a campana tañida, venían a verla.
Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habían tomado
en la libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenía más
de peligroso que de conveniente, y que sería mejor que le pusiesen
a él en Berbería con sus armas y caballo; que él
le sacaría a pesar de toda la morisma, como había hecho
don Gaiferos a su esposa Melisendra.
-Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el señor
don Gaiferos sacó a sus esposa de tierra firme y la llevó
a Francia por tierra firme; pero aquí, si acaso sacamos a don Gregorio,
no tenemos por dónde traerle a España, pues está
la mar en medio.
-Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondió don
Quijote-; pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en
él, aunque todo el mundo lo impida.
-Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho
al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy
hombre de bien y de muy buenas entrañas.
Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso,
se tomaría el espediente de que el gran don Quijote pasase en Berbería.
De allí a dos días partió el renegado en un ligero
barco de seis remos por banda, armado de valentísima chusma; y
de allí a otros dos se partieron las galeras a Levante, habiendo
pedido el general al visorrey fuese servido de avisarle de lo que sucediese
en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana Félix; quedó
el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.
Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado
de todas sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran
sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto,
vio venir hacía él un caballero, armado asimismo de punta
en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente;
el cual, llegándose a trecho que podía ser oído,
en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
-Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de
la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas
quizá te le habrán traído a la memoria. Vengo a contender
contigo y a probar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte
conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación
más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad si tú
la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el trabajo
que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te
venciere, no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas
y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu
lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a
la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así
conviene al aumento de tu hacienda y a la salvación de tu alma;
y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi
cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará
a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor,
y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo de término
para despachar este negocio.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia
del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba;
y con reposo y ademán severo le respondió:
-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han
llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás habéis
visto a la ilustre Dulcinea; que si visto la hubiérades, yo sé
que procurárades no poneros en esta demanda, porque su vista os
desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con
la suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís,
sino que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis
referido, aceto vuestro desafío, y luego, porque no se pase el
día que traéis determinado; y sólo exceto de las
condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas,
porque no sé cuáles ni qué tales sean: con las mías
me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo que
quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la
diere, San Pedro se la bendiga.
Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna,
y díchoselo al visorrey que estaba hablando con don Quijote de
la Mancha. El visorrey, creyendo sería alguna nueva aventura fabricada
por don Antonio Moreno, o por otro algún caballero de la ciudad,
salió luego a la playa con don Antonio y con otros muchos caballeros
que le acompañaban, a tiempo cuando don Quijote volvía las
riendas a Rocinante para tomar del campo lo necesario.
Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse
a encontrar, se puso en medio, preguntándoles qué era la
causa que les movía a hacer tan de improviso batalla. El Caballero
de la Blanca Luna respondió que era precedencia de hermosura, y
en breves razones le dijo las mismas que había dicho a don Quijote,
con la acetación de las condiciones del desafío hechas por
entrambas partes. Llegóse el visorrey a don Antonio, y preguntóle
paso si sabía quién era el tal Caballero de la Blanca Luna,
o si era alguna burla que querían hacer a don Quijote. Don Antonio
le respondió que ni sabía quién era, ni si era de
burlas ni de veras el tal desafío. Esta respuesta tuvo perplejo
al visorrey en si les dejaría o no pasar adelante en la batalla;
pero, no pudiéndose persuadir a que fuese sino burla, se apartó
diciendo:
-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar
o morir, y el señor don Quijote está en sus trece y vuestra
merced el de la Blanca Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.
Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones
al visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo;
el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su
Dulcinea -como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que
se le ofrecían-, tornó a tomar otro poco más del
campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo, y, sin tocar
trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal
de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos;
y, como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don
Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró
con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó,
al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote
por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él, y,
poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:
-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones
de nuestro desafío.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara
dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el
más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza
defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la
vida, pues me has quitado la honra.
-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva,
viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea
del Toboso, que sólo me contento con que el gran don Quijote se
retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le
fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí
estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no
le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás
cumpliría como caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca
Luna, y, haciendo mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se
entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él, y que
en todas maneras supiese quién era. Levantaron a don Quijote, descubriéronle
el rostro y halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro
malparado, no se pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado,
no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale
que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina
era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado
a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas,
como se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría
o no contrecho Rocinante, o deslocado su amo; que no fuera poca ventura
si deslocado quedara. Finalmente, con una silla de manos, que mandó
traer el visorrey, le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió
también a ella, con deseo de saber quién fuese el Caballero
de la Blanca Luna, que de tan mal talante había dejado a don Quijote.
CAPÍTULO LXV. Donde se da noticia quién era el de la Blanca
Luna,
con la libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos
Siguió don Antonio Moreno al
Caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle también, y aun
persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en un mesón
dentro de la ciudad. Entró el don Antonio con deseo de conocerle;
salió un escudero a recebirle y a desarmarle; encerróse
en una sala baja, y con él don Antonio, que no se le cocía
el pan hasta saber quién fuese. Viendo, pues, el de la Blanca Luna
que aquel caballero no le dejaba, le dijo:
-Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber quién
soy; y, porque no hay para qué negároslo, en tanto que este
mi criado me desarma os lo diré, sin faltar un punto a la verdad
del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el bachiller
Sansón Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha,
cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos
le conocemos, y entre los que más se la han tenido he sido yo;
y, creyendo que está su salud en su reposo y en que se esté
en su tierra y en su casa, di traza para hacerle estar en ella; y así,
habrá tres meses que le salí al camino como caballero andante,
llamándome el Caballero de los Espejos, con intención de
pelear con él y vencerle, sin hacerle daño, poniendo por
condición de nuestra pelea que el vencido quedase a discreción
del vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido,
era que se volviese a su lugar y que no saliese dél en todo un
año, en el cual tiempo podría ser curado; pero la suerte
lo ordenó de otra manera, porque él me venció a mí
y me derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi pensamiento:
él prosiguió su camino, y yo me volví, vencido, corrido
y molido de la caída, que fue además peligrosa; pero no
por esto se me quitó el deseo de volver a buscarle y a vencerle,
como hoy se ha visto. Y como él es tan puntual en guardar las órdenes
de la andante caballería, sin duda alguna guardará la que
le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es, señor, lo [que]
pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna; suplícoos no
me descubráis ni le digáis a don Quijote quién soy,
porque tengan efecto los buenos pensamientos míos y vuelva a cobrar
su juicio un hombre que le tiene bonísimo, como le dejen las sandeces
de la caballería.
-¡Oh señor -dijo don Antonio-, Dios os perdone el agravio
que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más
gracioso loco que hay en él! ¿No veis, señor, que
no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote
a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Pero yo imagino
que toda la industria del señor bachiller no ha de ser parte para
volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y si no fuese contra
caridad, diría que nunca sane don Quijote, porque con su salud,
no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero,
que cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancolía.
Con todo esto, callaré, y no le diré nada, por ver si salgo
verdadero en sospechar
que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el señor Carrasco.
El cual respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel
negocio, de quien esperaba feliz suceso. Y, habiéndose ofrecido
don Antonio de hacer lo que más le mandase, se despidió
dél; y, hecho liar sus armas sobre un macho, luego al mismo punto,
sobre el caballo con que entró en la batalla, se salió de
la ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria, sin sucederle
cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.
Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había
contado, de lo que el visorrey no recibió mucho gusto, porque en
el recogimiento de don Quijote se perdía el que podían tener
todos aquellos que de sus locuras tuviesen noticia.
Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo
y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el
desdichado suceso de su vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre
otras razones, le dijo:
-Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese,
si puede, y dé gracias al cielo que, ya que le derribó en
la tierra, no salió con alguna costilla quebrada; y, pues sabe
que donde las dan las toman, y que no siempre hay tocinos donde hay estacas,
dé una higa al médico, pues no le ha menester para que le
cure en esta enfermedad: volvámonos a nuestra casa y dejémonos
de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos; y, si
bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso, aunque
es vuestra merced el más mal parado. Yo, que dejé con el
gobierno los deseos de ser más gobernador, no dejé la gana
de ser conde, que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja
de ser rey, dejando el ejercicio de su caballería;
y así, vienen a volverse en humo mis esperanzas.
-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar
de un año; que luego volveré a mis honrados ejercicios,
y no me ha de faltar reino que gane y algún condado que darte.
-Dios lo oiga -dijo Sancho-, y el pecado sea sordo, que siempre he oído
decir que más vale buena esperanza que ruin posesión.
En esto estaban cuando entró don Antonio, diciendo con muestras
de grandísimo contento:
-¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado
que fue por él está en la playa! ¿Qué digo
en la playa? Ya está en casa del visorrey, y será aquí
al momento.
Alegróse algún tanto don Quijote, y dijo:
-En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo
al revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde
con la fuerza de mi brazo diera libertad no sólo a don Gregorio,
sino a cuantos cristianos cautivos hay en Berbería. Pero, ¿qué
digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el derribado?
¿No soy yo el que no puede tomar arma en un año? Pues, ¿qué
prometo? ¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de
la rueca que de la espada?
-Déjese deso, señor -dijo Sancho-: viva la gallina, aunque
con su pepita, que hoy por ti y mañana por mí; y en estas
cosas de encuentros y porrazos no ha[y] tomarles tiento alguno, pues el
que hoy cae puede levantarse mañana, si no es que se quiere estar
en la cama; quiero decir que se deje desmayar, sin cobrar nuevos bríos
para nuevas pendencias. Y levántes[e] vuestra merced agora para
recebir a don Gregorio, que me parece que anda la gente alborotada, y
ya debe de estar en casa.
Y así era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio
y el renegado al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de
ver a Ana Félix, vino con el renegado a casa de don Antonio; y,
aunque don Gregorio, cuando le sacaron de Argel, fue con hábitos
de mujer, en el barco los trocó por los de un cautivo que salió
consigo; pero en cualquiera que viniera, mostrara ser persona para ser
codiciada, servida y estimada, porque era hermoso sobremanera, y la edad,
al parecer, de diez y siete o diez y ocho años. Ricote y su hija
salieron a recebirle: el padre con lágrimas y la hija con honestidad.
No se abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho amor no suele haber
demasiada desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don Gregorio y Ana
Félix admiraron en particular a todos juntos los que presentes
estaban. El silencio fue allí el que habló por los dos amantes,
y los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.
Contó el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don
Gregorio; contó don Gregorio los peligros y aprietos en que se
había visto con las mujeres con quien había quedado, no
con largo razonamiento, sino con breves palabras, donde mostró
que su discreción se adelantaba a sus años. Finalmente,
Ricote pagó y satisfizo liberalmente así al renegado como
a los que habían bogado al remo. Reincorporóse y redújose
el renegado con la Iglesia, y, de miembro podrido, volvió limpio
y sano con la penitencia y el arrepentimiento.
De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio
qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen
en España, pareciéndoles no ser de inconveniente alguno
que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bien
intencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a negociarlo,
donde había de venir forzosamente a otros negocios, dando a entender
que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas
dificultosas se acaban.
-No -dijo Ricote, que se halló presente a esta plática-
hay que esperar en favores ni en dádivas, porque con el gran don
Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo
de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas,
no lástimas; porque, aunque es verdad que él mezcla la misericordia
con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación
está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio
que abrasa que del ungüento que molifica; y así, con prudencia,
con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre
sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina,
sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan
podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque
no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raíz
escondida, que con el tiempo venga después a brotar, y a echar
frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los
temores en que nuestra muchedumbre la tenía. ¡Heroica resolución
del gran Filipo Tercero,
y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!
-Una por una, yo haré, puesto allá, las diligencias posibles,
y haga el cielo lo que más fuere servido -dijo don Antonio-. Don
Gregorio se irá conmigo a consolar la pena que sus padres deben
tener por su ausencia; Ana Félix se quedará con mi mujer
en mi casa, o en un monasterio, y yo sé que el señor visorrey
gustará se quede en la suya el buen Ricote,
hasta ver cómo yo negocio.
El visorrey consintió en todo lo propuesto, pero don Gregorio,
sabiendo lo que pasaba, dijo que en ninguna manera podía ni quería
dejar a doña Ana Félix; pero, teniendo intención
de ver a su[s] padres, y de dar traza de volver por ella, vino en el decretado
concierto. Quedóse Ana Félix con la mujer de don Antonio,
y Ricote en casa del visorrey.
Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don
Quijote y Sancho, que fue de allí a otros dos; que la caída
no le concedió que más presto se pusiese en camino. Hubo
lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al despedirse don
Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle Ricote a don Gregorio mil
escudos, si los quería; pero él no tomó ninguno,
sino solos cinco que le prestó don Antonio, prometiendo la paga
dellos en la corte. Con esto, se partieron los do[s], y don Quijote y
Sancho después, como se ha dicho: don Quijote desarmado y de camino,
Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas.
CAPÍTULO LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere,
o lo oirá el que lo escuchare leer
Al salir de Barcelona, volvió
don Quijote a mirar el sitio donde había caído, y dijo:
-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi
cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó
la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron
mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para
jamás levantarse!
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
-Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento
en las desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo
juzgo por mí mismo, que si cuando era gobernador estaba alegre,
agora que soy escudero de a pie, no estoy triste; porque he oído
decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha
y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no vee lo que hace,
ni sabe a quién derriba, ni a quién ensalza.
-Muy filósofo estás, Sancho -respondió don Quijote-,
muy a lo discreto hablas: no sé quién te lo enseña.
Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo, ni las cosas
que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino
por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que
suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he
sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así,
me han salido al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar
que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no podía
resistir la flaqueza de Rocinante. Atrevíme en fin, hice lo que
puede, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí,
ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra. Cuando era caballero
andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis manos acreditaba
mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre, acreditaré mis
palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues, amigo Sancho,
y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado, con cuyo
encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí
olvidado ejercicio de las armas.
-Señor -respondió Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar
a pie, que me mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas
colgadas de algún árbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando
yo las espaldas del rucio, levantados los pies del suelo, haremos las
jornadas como vuestra merced las pidiere y midiere;
que pensar que tengo de caminar a pie y hacerlas grandes es pensar en
lo escusado.
-Bien has dicho, Sancho -respondió don Quijote-: cuélguense
mis armas por trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos
en los árboles lo que en el trofeo de las armas de Roldán
estaba escrito:
NADIE LAS MUEVA
QUE ESTAR NO PUEDA CON ROLDÁN A PRUEBA.
-Todo eso me parece de perlas -respondió
Sancho-; y, si no fuera por la falta que para el camino nos había
de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle colgado.
-¡Pues ni él ni las armas -replicó don Quijote- quiero
que se ahorquen, porque no se diga que a buen servicio, mal galardón!
-Muy bien dice vuestra merced -respondió Sancho-, porque, según
opinión de discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la
albarda; y, pues deste suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese
a sí mesmo, y no revienten sus iras por las ya rotas y sangrientas
armas, ni por las mansedumbres de Rocinante, ni por la blandura de mis
pies,
queriendo que caminen más de lo justo.
En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día,
y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al
quinto día, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de un
mesón mucha gente, que, por ser fiesta, se estaba allí solazando.
Cuando llegaba a ellos don Quijote, un labrador alzó la voz diciendo:
-Alguno destos dos señores que aquí vienen, que no conocen
las partes, dirá lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.
-Sí diré, por cierto -respondió don Quijote-, con
toda rectitud, si es que alcanzo a entenderla.
-«Es, pues, el caso -dijo el labrador-, señor bueno, que
un vecino deste lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió
a correr a otro su vecino, que no pesa más que cinco. Fue la condición
que habían de correr una carrera de cien pasos con pesos iguales;
y, habiéndole preguntado al desafiador cómo se había
de igualar el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se
pusiese seis de hierro a cuestas, y así se igualarían las
once arrobas del flaco con las once del gordo.»
-Eso no -dijo a esta sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese-.
Y a mí, que ha pocos días que salí de ser gobernador
y juez, como todo el mundo sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer
en todo pleito.
-Responde en buen hora -dijo don Quijote-, Sancho amigo, que yo no estoy
para dar migas a un gato,
según traigo alborotado y trastornado el juicio.
Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos alrededor
dél la boca abierta,
esperando la sentencia de la suya:
-Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de justicia
alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger
las armas, no es bien que éste las escoja tales que le impidan
ni estorben el salir vencedor; y así, es mi parecer que el gordo
desafiador se escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis
arrobas de sus carnes, de aquí o de allí de su cuerpo, como
mejor le pareciere y estuviere; y desta manera, quedando en cinco arrobas
de peso, se igualará y ajustará con las cinco de su contrario,
y así podrán correr igualmente.
-¡Voto a tal -dijo un labrador que escuchó la sentencia de
Sancho- que este señor ha hablado como un bendito y sentenciado
como un canónigo! Pero a buen seguro que no ha de querer quitarse
el gordo una onza de sus carnes, cuanto más seis arrobas.
-Lo mejor es que no corran -respondió otro-, porque el flaco no
se muela con el peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad
de la apuesta en vino, y llevemos estos señores a la taberna de
lo caro, y sobre mí la capa cuando llueva.
-Yo, señores -respondió don Quijote-, os lo agradezco, pero
no puedo detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me
hacen parecer descortés y caminar más que de paso.
Y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante,
dejándolos admirados de haber visto y notado así su estraña
figura como la discreción de su criado, que por tal juzgaron a
Sancho. Y otro de los labradores dijo:
-Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo!
Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han
de venir a ser alcaldes de corte; que todo es burla, sino estudiar y más
estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre,
se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.
Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso
y descubierto; y otro día, siguiendo su camino, vieron que hacia
ellos venía un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una
azcona o chuzo en la mano, propio talle de correo de a pie; el cual, como
llegó junto a don Quijote, adelantó el paso, y medio corriendo
llegó a él, y, abrazándole por el muslo derecho,
que no alcanzaba a más, le dijo, con muestras de mucha alegría:
-¡Oh mi señor don Quijote de la Mancha, y qué gran
contento ha de llegar al corazón de mi señor el duque cuando
sepa que vuestra merced vuelve a su castillo, que todavía se está
en él con mi señora la duquesa!
-No os conozco, amigo -respondió don Quijote-, ni sé quién
sois, si vos no me lo decís.
-Yo, señor don Quijote -respondió el correo-, soy Tosilos,
el lacayo del duque mi señor, que no quise pelear con vuestra merced
sobre el casamiento de la hija de doña Rodríguez.
-¡Válame Dios! -dijo don Quijote-. ¿Es posible que
sois vos el que los en[c]antadores mis enemigos transformaron en ese lacayo
que decís, por defraudarme de la honra de aquella batalla?
-Calle, señor bueno -replicó el cartero-, que no hubo encanto
alguno ni mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en
la estacada como Tosilos lacayo salí della. Yo pensé casarme
sin pelear, por haberme parecido bien la moza, pero sucedióme al
revés mi pensamiento, pues, así como vuestra merced se partió
de nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos por
haber contravenido a las ordenanzas que me tenía dadas antes de
entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es ya monja,
y doña Rodríguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora
a Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, que le envía
mi amo. Si vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí
llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas
de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador
de la sed, si acaso está durmiendo.
-Quiero el envite -dijo Sancho-, y échese el resto de la cortesía,
y escancie el buen Tosilos,
a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias.
-En fin -dijo don Quijote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón
del mundo y el mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que
este correo es encantado, y este Tosilos contrahecho.
Quédate con él y hártate, que yo me iré adelante
poco a poco, esperándote a que vengas.
Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó
sus rajas, y, sacando un panecillo, él y Sancho se sentaron sobre
la yerba verde, y en buena paz compaña despabilaron y dieron fondo
con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron
el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso. Dijo
Tosilos a Sancho:
-Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.
-¿Cómo debe? -respondió Sancho-. No debe nada a nadie,
que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Bien lo veo
yo, y bien se lo digo a él; pero, ¿qué aprovecha?
Y más agora que va rematado, porque va vencido del Caballero de
la Blanca Luna.
Rogóle Tosilos le contase lo que le había sucedido, pero
Sancho le respondió que era descortesía dejar que su amo
le esperase; que otro día, si se encontrasen, habría lugar
par ello. Y, levantándose, después de haberse sacudido el
sayo y las migajas de las barbas, antecogió al rucio, y, diciendo
''a Dios'', dejó a Tosilos y alcanzó a su amo,
que a la sombra de un árbol le estaba esperando.
CAPÍTULO LXVII. De
la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir
la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa,
con otros sucesos en verdad gustosos y buenos
Si muchos pensamientos fatigaban a
don Quijote antes de ser derribado, muchos más le fatigaron después
de caído. A la sombra del árbol estaba, como se ha dicho,
y allí, como moscas a la miel, le acudían y picaban pensamientos:
unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que había
de hacer en su forzosa retirada. Llegó Sancho
y alabóle la liberal condición del lacayo Tosilos.
-¿Es posible -le dijo don Quijote- que todavía, ¡oh
Sancho!, pienses que aquél sea verdadero lacayo? Parece que se
te ha ido de las mientes haber visto a Dulcinea convertida y transformada
en labradora, y al Caballero de los Espejos en el bachiller Carrasco,
obras todas de los encantadores que me persiguen. Pero dime agora: ¿preguntaste
a ese Tosilos que dices qué ha hecho Dios de Altisidora: si ha
llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en las manos del olvido los enamorados
pensamientos que en mi presencia la fatigaban?
-No eran -respondió Sancho- los que yo tenía tales que me
diesen lugar a preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!,
señor, ¿está vuestra merced ahora en términos
de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
-Mira, Sancho -dijo don Quijote-, mucha diferencia hay de las obras que
se hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser
que un caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor,
que sea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome
los tres tocadores que sabes, lloró en mi partida, maldíjome,
vituperóme, quejóse, a despecho de la vergüenza, públicamente:
señales todas de que me adoraba, que las iras de los amantes suelen
parar en maldiciones. Yo no tuve esperanzas que darle, ni tesoros que
ofrecerle, porque las mías las tengo entregadas a Dulcinea, y los
tesoros de los caballeros andantes son, como los de los duendes, aparentes
y falsos, y sólo puedo darle estos acuerdos que della tengo, sin
perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien tú agravias
con la remisión que tienes en azotarte y en castigar esas carnes,
que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los gusanos
que para el remedio de aquella pobre señora.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, yo no
me puedo persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con
los desencantos de los encantados, que es como si dijésemos: "Si
os duele la cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osaré
jurar que en cuantas historias vuesa merced ha leído que tratan
de la andante caballería no ha visto algún desencantado
por azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré, cuando
tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.
-Dios lo haga -respondió don Quijote-, y los cielos te den gracia
para que caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de
ayudar a mi señora, que lo es tuya, pues tú eres mío.
En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al
mesmo sitio y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle
don Quijote; dijo a Sancho:
-Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos
pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral
Arcadia, pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación,
si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que
nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de
estar recogido. Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás
cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo
el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los
montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando
allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes,
o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Dará[n]nos
con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas,
asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces,
olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados,
aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de
la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo
versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos,
no sólo en los presentes,
sino en los venideros siglos.
-Pardiez -dijo Sancho-, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género
de vida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el
bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás el barbero, cuando
la han de querer seguir, y hacerse pastores con nosotros; y aun quiera
Dios no le venga en voluntad al cura de entrar también en el aprisco,
según es de alegre y amigo de holgarse.
-Tú has dicho muy bien -dijo don Quijote-; y podrá llamarse
el bachiller Sansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como
entrará sin duda, el pastor Sansonino, o ya el pastor Carrascón;
el barbero Nicolás se podrá llamar Miculoso, como ya el
antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé qué
nombre le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole
el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como
entre peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi señora
cuadra así al de pastora como al de princesa, no hay para qué
cansarme en buscar otro que mejor le venga;
tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.
-No pienso -respondió Sancho- ponerle otro alguno sino el de Teresona,
que le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues
se llama Teresa; y más, que, celebrándola yo en mis versos,
vengo a descubrir mis castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo
por las casas ajenas. El cura no será bien que tenga pastora, por
dar buen ejemplo;
y si quisiere el bachiller tenerla, su alma en su palma.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué vida nos hemos
de dar, Sancho amigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a
nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué tamborines,
y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué
si destas diferencias de músicas resuena la de los albogues! Allí
se verá casi todos los instrumentos pastorales.
-¿Qué son albogues -preguntó Sancho-, que ni los
he oído nombrar, ni los he visto en toda mi vida?
-Albogues son -respondió don Quijote- unas chapas a modo de candeleros
de azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco,
hace un son, si no muy agradable ni armónico, no descontenta, y
viene bien con la rusticidad de la gaita y del tamborín; y este
nombre albogues es morisco, como lo son todos aquellos que en nuestra
lengua castellana comienzan en al, conviene a saber: almohaza, almorzar,
alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía, y otros
semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra
lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí
y maravedí. Alhelí y alfaquí, tanto por el al primero
como por el i en que acaban, son conocidos por arábigos. Esto te
he dicho, de paso, por habérmelo reducido a la memoria la ocasión
de haber nombrado albogues; y hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción
este ejercicio el ser yo algún tanto poeta, como tú sabes,
y el serlo también en estremo el bachiller Sansón Carrasco.
Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debe de tener sus puntas
y collares de poeta; y que las tenga también maese Nicolás,
no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas y copleros.
Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme
enamorado; el pastor Carrascón, de desdeñado; y el cura
Curiambro, de lo que él más puede servirse, y así,
andará la cosa que no haya más que desear.
A lo que respondió Sancho:
-Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día
en que en tal ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares
tengo de hacer cuando pastor me vea! ¡Qué de migas, qué
de natas, qué de guirnaldas y qué de zarandajas pastoriles,
que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no dejarán de
granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la comida
al hato. Pero, ¡guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores
más maliciosos que simples, y no querría que fuese por lana
y volviese trasquilada; y también suelen andar los amores y los
no buenos deseos por los campos como por las ciudades, y por las pastorales
chozas como por los reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado;
y ojos que no veen, corazón que no quiebra; y más vale salto
de mata que ruego de hombres buenos.
-No más refranes, Sancho -dijo don Quijote-, pues cualquiera de
los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces
te he aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas
a la mano en decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto,
y "castígame mi madre, y yo trómpogelas".
-Paréceme -respondió Sancho- que vuesa merced es como lo
que dicen: "Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá
ojinegra". Estáme reprehendiendo que no diga yo refranes,
y ensártalos vuesa merced de dos en dos.
-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: yo traigo los refranes a
propósito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero
tráeslos tan por los cabellos, que los arrastras, y no los guías;
y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias
breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos
sabios; y el refrán que no viene a propósito, antes es disparate
que sentencia. Pero dejémonos desto, y, pues ya viene la noche,
retirémonos del camino real algún trecho, donde pasaremos
esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.
Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho,
a quien se le representaban las estrechezas de la andante caballería
usadas en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se
mostraba en los castillos y casas, así de don Diego de Miranda
como en las bodas del rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba
no ser posible ser siempre de día ni siempre de noche, y así,
pasó aquélla durmiendo, y su amo velando.
CAPÍTULO LXVIII. De
la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote
Era la noche algo escura, puesto que
la luna estaba en el cielo, pero no en parte que pudiese ser vista: que
tal vez la señora Diana se va a pasear a los antípodas,
y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don Quijote
con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo;
bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba
|