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El
estudio del calendario de un pueblo tiene gran interés
para el historiador de las religiones y el etnólogo. Con él
se aclaran muchas cuestiones relacionadas con las festividades propias
de él, su carácter, periodicidad, etc. Julio
Caro Baroja
Calendario
- Sistema de distribución de los días del año
en meses: la mayoría de los pueblos disponen de calendarios guiados
por astros, ya sea el Sol o la Luna.
Almanaque - Indica los días
de la semana, los meses y las fechas correspondientes.
CALENDARIO
Sistema de división, ordenación y coordinación del
tiempo aplicado a períodos extensos como los días, meses
o años con el fin de registrar, describir y organizar los fenómenos
astronómicos y estacionales, así como los religiosos y socioculturales.
El hecho de que las tres unidades básicas del calendario (el día,
el mes y el año) no puedan expresarse
en múltiplos ni en divisores exactos entre sí, ha determinado
todo tipo de desajustes, vacilaciones y cambios en la división
y organización del tiempo y del calendario en la mayoría
de las sociedades.
El día es la unidad cronológica natural
y básica en todos los sistemas de calendario. Corresponde al tiempo
medio que separa dos ortos o dos ocasos consecutivos del sol, o a dos
pasos consecutivos de éste por el meridiano de un mismo lugar.
En algunas sociedades arcaicas, como por ejemplo en la primitiva vasca,
parece que las divisiones del tiempo se basaban en la noche, con el fin
de adecuarse mejor a la cronología lunar. Las unidades menores,
como las horas, no son naturales, sino convencionales y no universales.
Dentro de las unidades mayores, la semana de siete días
constituye una división también artificial, convencional
y no universal, cuyos orígenes se creen relacionados con el simbolismo
mágico del número siete en numerosas culturas. El hecho
de que, en las tradiciones indoeuropeas y semíticas, por ejemplo,
los nombres y sentidos de los días de la semana estén relacionados
con teónimos o con conceptos y tabúes sagrados parece reforzar
esta teoría. También es posible que la semana de siete días
guarde relación con la división cuatripartita del mes lunar
según las cuatro fases de la luna.
El año es otra unidad cronológica natural
y universal que se define como el período que tarda la tierra en
completar una órbita completa alrededor del sol. Aunque existen
varios modos de medir este período, el más común
es el que define el año trópico, que corresponde al intervalo
entre pasos sucesivos del sol por el equinoccio de primavera, es decir,
por el punto en que la eclíptica corta el ecuador celeste. La equivalencia
exacta de este tipo de año es de 365 días, 5 horas 48 minutos
y 45´5 segundos, es decir, de 365´242199 días solares,
cada uno de los cuales puede subdivirse en 24 horas, 3 minutos y 56´55
segundos. El día solar medio sería, en consecuencia, el
tiempo que tarda el sol en cruzar dos veces el meridiano.
La estabilidad de los sistemas de organización y categorización
del tiempo se explica, en primer lugar, porque el calendario pretende
ser un calco sociocultural del repetitivo e inexorable ciclo estacional
y ecológico que regula la relación de cualquier pueblo con
su entorno natural. Toda la actividad económica, cultural y espiritual
de las sociedades más tradicionales se ajustaba al ritmo que marcaba
la meteorología y el devenir de las estaciones; asimismo, el calendario
de efemérides (sagradas y laborales, fastas y nefastas) quedaba
como marcador y regulador básico de los ciclos productivos y espirituales
de la sociedad, funcionaba como una especie de referente sociocultural
del ciclo ecológico y estacional al que se superponía. Las
efemérides de primavera, verano, otoño e invierno, por ejemplo,
se concretaban en fiestas y celebraciones de tipo tan diverso como las
circunstancias meteorológicas y habitacionales en que cada una
tenía lugar. La antigua costumbre, arraigada desde tiempo inmemorial
en toda Europa, de quemar durante la noche de Navidad un tronco de árbol
cuyos restos se consideraban mágicos y sagrados y se guardaban
cuidadosamente, tiene una innegable dimensión "invernal";
mientras que las grandes fiestas comunales y al aire libre de los meses
de agosto y septiembre, coincidentes con la recolección de los
productos agrícolas, tienen evidentes condicionamientos y proyección
"veraniegos".
En algunas culturas primitivas del norte de Europa, el final de la hibernación
del oso marcaba el inicio del calendario anual, debido a la extrema sensibilidad
y perfecta sincronización de este animal con el ciclo bioecológico.
Ello llevó a la consideración del oso como un ser mágico-religioso
condicionante y determinante del ciclo sociocultural del hombre, así
como a la concreción en torno a él de un complejo de mitos,
creencias, cuentos, ritos, cultos y fiestas periódicas cuyos ecos
siguen sintiéndose en la tradición contemporánea,
tal como apreció, ya en 1863, Johann Jakob Bachofen (1815-1887)
en su libro Der Bär in den Religionen des Altertums (El oso en las
religiones de la antigüedad) (1863). De hecho, en las mascaradas
carnavalescas contemporáneas que cierran el ciclo festivo del invierno
y dan paso al de la primavera en gran parte de Europa, la figura del oso
ha desempeñado y desempeña (incluso en España) un
papel destacado. Es éste un ejemplo de cómo, desde tiempos
prehistóricos y hasta hoy, el calendario se ha conformado como
registro y síntesis ritualizada de los condicionantes ecológicos,
sociales y espirituales de la vida del hombre.
La otra característica básica de los sistemas de medida
y organización del tiempo es su hibridismo. Los calendarios de
culturas colindantes siempre muestran coincidencias y elementos compartidos
muy significativos, de modo que en las contadas (y a menudo traumáticas)
ocasiones en que un sistema de calendario es sustituido por otro, lo normal
es que mantenga abundantes elementos heredados del anterior. Por ejemplo,
es bien sabido que lo más importante del calendario de celebraciones
cristiano se fue construyendo, especialmente entre los siglos IV y VII,
sobre la base de festividades paganas anteriores, cuyo culto pretendió
(sin demasiado éxito) erradicar y luego parcialmente asimilar,
la emergente autoridad religioso-política de la Iglesia Romana.
Hoy es bien sabido que la fiesta de la Natividad de Cristo, que originalmente
se celebraba cada 25 de marzo coincidiendo con el equinoccio de primavera,
se acabó trasladando al 25 de diciembre para que se superpusiera,
anulase y asimilase las arraigadísimas celebraciones paganas del
nacimiento del dios Sol. De la misma manera, la conmemoración de
la muerte de Cristo se hizo coincidir a propósito (con iguales
objetivos) con la de la muerte de Atis, que la Iglesia Romana pretendía
desde hacía tiempo erradicar. Lo mismo puede decirse de las fiestas
de carnaval, mayo o San Juan, que tienen paralelos en los calendarios
festivo-religiosos de numerosos pueblos de religión no cristiana;
lo mismo sucedió con muchos otros santos particulares que se superpusieron
con gran precisión temporal al ciclo festivo pagano precedente.
Donde no obtuvo demasiado éxito (salvo, parcialmente, en Portugal)
la Iglesia fue en sus intentos de sustituir las denominaciones paganas
de los días de las semana referidas a divinidades romanas (dies
Martis, dies Mercurii, dies Iovis, dies Veneris...) por las denominaciones
de día primero, día segundo, día tercero, etc.
Este tipo de hibridismo interreligioso se halla muy bien documentado,
por ejemplo, en el llamado "calendario del año 354" o
filocaliano, diseñado por el calígrafo Furius Dionisius
Filocalus, que mezclaba de manera indiscriminada elementos y referencias
paganas y cristianas, en acertado reflejo de lo que debía ser el
sistema de creencias y cultura de su época. Así, conserva
tanto las fechas de reinado de los Césares, de los signos planetarios
y del Zodíaco, de las figuras de los meses y de los emperadores
reinantes o de los fastos consulares hasta el año 354 como los
elencos de los mártires y de los Papas, y las tablas para determinar
los días en que se celebraba la Pascua desde el año 312
hasta el 354. Numerosos fenómenos de hibridismo entre ritos y fiestas
procedentes de religiones y tradiciones diversas se han documentado hasta
bien entrada la Edad Moderna en áreas de cultura escandinava, celta,
eslava, vasca o amerindia por ejemplo, y puede decirse que en determinadas
áreas culturales fuertemente tradicionales no han llegado a desaparecer
del todo. Como ha señalado Gabriel Llompart, "el calendario
cristiano es, por lo tanto, una realidad evolutiva. En Occidente tenemos
la primera ordenación de fiestas en los Estatutos de Reims (de
principios del siglo VII). En él las fiestas del Señor son
las siguientes: Navidad, Circuncisión, Epifanía, Pascua,
Ascensión, Pentecostés... Las de la Virgen son: Anunciación,
Asunción y Natividad. Las de los Santos: San Juan Bautista, Santos
San Pedro y San Pablo y San Andrés. En total, arroja sesenta y
cinco días de fiestas, añadidos los domingos. La primera
ordenación para Italia es del 856. En el grupo del Señor
añade las Rogativas, y en el grupo de los santos: San Esteban,
San Juan Evangelista, los Inocentes y San Miguel. Resultan, en total,
ochenta y ocho días festivos. Del culto de los mártires
(el cual tuvo lugar en Roma, conforme a las costumbres de la Roma antigua,
con los correspondientes trigésimos y aniversarios) se pasó
al de los ascetas, obispos y vírgenes. En un sentido diferente
también se pasó del culto local al culto regional y también
universal".
Un último rasgo fundamental que cabe señalar con respecto
a los sistemas de calendario, además de su estabilidad y su hibridismo,
es el carácter conflictivo de sus períodos de transición.
Como se ha puesto muchas veces de relieve, los desajustes entre el día,
el mes lunar y el año solar han dado lugar a numerosas vacilaciones
y reformas que tienen relación con la conflictividad que también
se atribuye, en todas las culturas, a los períodos de tránsito
de una estación a otra, de un mes a otro, etc. W. Liungmann publicó
en 1941 un significativo libro titulado Der Kampf zwischen Sommer und
Winter (La lucha entre el verano y el invierno), analizador de este tipo
de fenómenos, que también han sido documentados en las tradiciones
española, indoeuropea y semítica en general, tal y como
ha puesto de relieve el estudio de José Manuel Pedrosa (1995) sobre
el mito de El pastor y marzo y las creencias y cultos asociados a la festividad
del 25 de marzo. Consecuentemente, el calendario gregoriano y el calendario
de fiestas religiosas y profanas vigentes en la actualidad en la mayor
parte del mundo constituyen, más que sistemas de medición
y organización del tiempo, grandes paradigmas socioculturales donde
se pueden rastrear y analizar huellas de creencias, mitos y religiones
tanto cristianas y occidentales como pre y extracristianas conectadas,
en última instancia, con los estratos más arcaicos de pensamiento
y comportamiento del hombre y con su relación directa con los ciclos
bioecológicos de la naturaleza.
Hasta bien entrado el siglo IX, la iglesia de Roma estimaba los años
transcurridos de acuerdo con la costumbre que provenía del Imperio
Romano, desde la fundación de Roma (ab urbe condita). Sin embargo
a partir del mandato de Diocleciano (283 313) se comenzaron a contar los
años, no desde la fundación de Roma, sino desde el comienzo
de su gobierno: la era diocleciana.
Para los cristianos era muy importante determinar con absoluta exactitud
la celebración de la fecha de la Pascua. Pero esto no era fácil,
ya que tenían que coincidir los cálculos del calendario
judío con los del romano (o juliano). De hecho, las dos sedes más
importantes de la cristiandad de aquellos tiempos, Roma y Alejandría,
discrepaban en la fecha de su celebración.
En el año 526 la diferencia era ya considerable, pues las desigualdades
en el cómputo se habían acumulado durante muchos años.
Con objeto de evitar que la pascua fuera festejada en dos fechas distintas,
el Papa Juan I encargó a Dionisio el Exiguo (470 550) que hiciera
los estudios necesarios para tomar una decisión definitiva. Este
monje escita, que residía en Roma, era famoso por su erudición.
Dionisio el Exiguo, elaboró una tabla de fiestas de Pascua valederas
para 95 años, que entraría en vigor después de que
acabaran en el 531 otras que elaboró el obispo Cirilo de Alejandría.
Ahora bien, el patriarca Cirilo había confeccionado sus fechas
de Pascua utilizando como inicio del cálculo la era de Diocleciano.
Esto puso furioso a Dionisio el Exiguo, ya que este emperador se había
convertido al final de su gobierno en un implacable perseguidor de los
cristianos. Cierto día, tuvo una ocurrencia que le pareció
absolutamente feliz: )porqué había de contar los años
a partir de un emperador pagano, cruel asesino de creyentes? )Porqué
no hacerlo comenzando por el momento en que Jesús, el Salvador,
había iniciado su vida terrena? En su obra Sobre la Pascua escribió
así:
"No hemos querido ligar el cómputo de nuestros ciclos con
la memoria de un perseguidor impío de la Iglesia; más bien
hemos elegido designar la numeración de los años a partir
de la fecha de encarnación de Nuestro Señor Jesucristo".
La idea le pareció muy acertada. Dionisio tomó como día
del nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, fijándose en
una tradición firmemente arraigada en su época, aunque esta
fecha se había establecido artificialmente tan sólo tres
siglos antes, de manera que coincidiese con la del dios Mitra. Así
se obligaba a las gentes recién convertidas a olvidarse del dios
pagano y a celebrar en ese día la encarnación del Hijo de
Dios. Pero esa es otra historia...
Por medio del estudio de una tabla en la que aparecerían los emperadores
romanos desde adelante hacia atrás, y contando los años
que habían gobernado cada uno de ellos, Dionisio fijó la
fecha del nacimiento del Salvador en la nochebuena del año 753
"ab urbe condita" (desde la fundación de Roma). Según
la tradición religiosa judía, un varón judío
no es nombrado ni considerado como parte de la congregación hasta
haber sido circuncidado, el octavo día después de su nacimiento,
así que el 1 de enero del año 754 AUC sería el primer
día del primer año de la Era Cristiana.
Nota: Hay que mencionar que, en los tiempos de Dionisio
el Exiguo, el año eclesiástico comenzaba el 25 de diciembre,
precisamente como homenaje a la supuesta fecha del nacimiento de Cristo,
y no el 1 de enero como sucede ahora. De hecho esto fue así para
la Iglesia Romana hasta el año 1691. Pero Dionisio se equivocó
en sus cálculos. El evangelio de san Mateo (2,1), nos dice que
Jesucristo vino al mundo durante el reinado de Herodes el Grande y que
éste tardó cierto tiempo probablemente algo menos de 2 años
en tomar la decisión de acabar con todos los niños de Belén
para eliminar a un posible pretendiente al trono (Mateo 2,16). Y ahí
reside su error, ya que Herodes el Grande murió en el 750 AUC;
por lo tanto, Cristo debió nacer en el 748 AUC o 749 AUC, uno o
dos años antes.
El sistema de Dionisio funcionaba pero éste no tuvo en cuenta que
Augusto César gobernó con su verdadero nombre, Octavio,
durante cuatro años. Así, según el sistema de Dionisio,
la fecha de la Natividad sería el 749 AUC. Esta hipótesis
es corroborada por algunos investigadores, entre los que se encuentra
Mark Kidger del Instituto de Astrofísica de Canarias, que tomando
como base la aparición de una nova (la Estrella de Belén)
el año 749 AUC (5 a.C.) creen posible la determinación de
éste como el año en que nació Jesús. El caso
es que este error de cuatro años perdura hasta hoy.
Dionisio, no se percató de su equivocación y entregó
los resultados al Papa en el año 526. La difusión de su
obra Sobre la Pascua comenzó a extender entre las gentes la nueva
manera de calcular el tiempo a partir de la fecha del nacimiento de Jesús.
Ésta no se impuso de inmediato, ya que se difundió de un
modo lento y extraoficial, hasta que en el 644 fue aceptada por la Iglesia
de Inglaterra. La Iglesia de Francia la asumió en el 742, y más
tarde lo hicieron las Iglesias de Hispania e Italia. En Roma se siguió
utilizando hasta el siglo IX el sistema romano tardío de la indicción
introducido por Constantino en el 312.
El año juliano era 11 minutos y 14 segundos más
largo que el año solar. Esta diferencia se acumuló hasta
que hacia 1582 el equinoccio de primavera se produjo 10 días antes
y las fiestas de la iglesia no tenían lugar en las estaciones apropiadas.
Para conseguir que el equinoccio de primavera se produjera hacia el 21
de marzo, como ocurrió en el 325 d.C., año del primer Concilio
de Nicea, el papa Gregorio XIII promulgó un decreto eliminando
10 días del calendario. Para prevenir nuevos desplazamientos instituyó
un calendario, conocido como calendario gregoriano, que estipulaba que
los años centenarios divisibles por 400 debían ser años
bisiestos y que todos los demás años centenarios debían
ser años normales. Por ejemplo, 1600 y 2000 fueron años
bisiestos, pero 1700, 1800 y 1900 no lo fueron. El calendario gregoriano
recibe también el nombre de cristiano, porque emplea el nacimiento
de Cristo como punto de partida. Las fechas de la Era Cristiana son designadas
a menudo con las abreviaturas d.C. (después de Cristo) y a.C. (antes
de Cristo).
El calendario gregoriano se fue adoptando lentamente
en toda Europa. Hoy está vigente en casi todo el mundo occidental
y en partes de Asia. La Unión Soviética adoptó el
calendario gregoriano en 1918, y Grecia lo adoptó en 1923 por motivos
administrativos, aunque muchos países de religión cristiana
oriental conservaron el calendario juliano para la celebración
de las fiestas de la iglesia.
¿Porqué no existe un año cero?
Cuando Dionisio el Exiguo propuso iniciar el calendario a partir
del nacimiento de Cristo, no incluyó en este sistema el año
cero. Es decir que el año anterior al año 1 de la Era Cristiana
(1 d.C.) fue el año 1 antes de Cristo (1 a.C.). De este modo el
siglo I de la Era Cristiana comenzó con el año 1 y concluyó
el 31 de diciembre del año 100 comprendiendo exactamente 100 años
completos (1, 2, 3, ..., 100), y el siglo II comenzó el 1 de enero
del 101. Asimismo el siglo I antes de Cristo comprendió los años
1 a.C., 2 a.C., 3 a.C., hasta el 100 a.C. (otros 100 años completos).
Dionisio el Exiguo no incluyó un año cero sencillamente
porque el concepto de cero no existía en su época. El número
cero fue introducido en Europa en el siglo IX por los árabes, que
lo habían tomado a su vez del sistema indio. Pero aunque Dionisio
hubiera incluido un año cero (que no lo hizo), )a qué siglo
pertenecería este año, al siglo I antes de Cristo, al siglo
I después de Cristo, o a los dos a la vez? De haberlo hecho, posiblemente
habría provocado aún más confusión. Además,
teniendo en cuenta que el tiempo es una magnitud continua, no tendría
sentido hablar de un año cero sino de un instante cero, el paso
del año 1 a.C. al año 1 d.C., es decir las 00:00 horas del
1 de enero del año 1 d.C.
De este modo, el primer año no terminaría hasta el final
del día 31 de diciembre del año 1 cuando transcurriera un
año completo desde el instante cero. La primera década no
terminaría hasta el final del día 31 de diciembre del año
10 cuando transcurrieran diez años completos desde el instante
cero. El primer siglo no terminaría hasta el final del día
31 de diciembre del año 100 cuando transcurrieran cien años
completos desde el instante cero. El primer milenio no terminaría
hasta el final del día 31 de diciembre del año 1000 cuando
transcurrieran mil años completos desde el instante cero. El segundo
milenio no terminaría hasta el final del día 31 de diciembre
del año 2000 cuando transcurrieran dos mil años completos
desde el instante cero. Y por fin, el tercer milenio (y por tanto el siglo
XXI) dará comienzo el 1 de enero del año 2001.
Esto no se basa en una opinión, sino en unos hechos, y en una tradición
que dura ya casi 1500 años. Por tanto la nochevieja del año
1999 no se cambió, ni de década, ni de siglo, ni de milenio.
Todo eso ocurrió el 31 de diciembre del año 2000, aunque
más de uno (incluso el actual Presidente de Gobierno) se empeñó
en decirnos lo contrario.
La clave del asunto (y lo que indujo a error), es que se piensa que hubo
un año cero, cuando éste realmente nunca existió.
ALMANAQUE
Del árabe al manaj, (círculo de los meses).
El diccionario lo define como "catálogo que comprende la distribución
del año en meses, semanas y días, con noticias astronómicas,
meteorológicas, agrícolas, de fiestas y otras". Han
existido también almanaques literarios, artísticos, políticos,
etc.
Pero no hay certeza de que se la inventaran los árabes, esta palabra.
En latín existe el término mánacus y la expresión
mánachus círculus, para denominar el círculo de un
meridiano que servía para indicar los meses. Al no pertenecer esta
terminología al latín clásico, hay razonables dudas
de que no proceda del griego mhnakoV (ménacos), cuya forma dórica
es manacoV (mánajos), derivados ambos de men (men) que significa
mes, y su adjetivo mhniaioV (meniáios), que significa mensual.
Es posible que hayan pasado al latín y al griego a través
del árabe. Eusebio, en el siglo III usa la palabra almenacika (almenajiká)
para referirse a los "almanaques" en que los egipcios se informaban
de los horóscopos, de los "señores del ascendente",
de las facultades curativas que tienen, de los presagios. Éste
podría ser el precursor de nuestros almanaques y calendarios, sin
parecerse todavía excesivamente a ellos, sino más bien a
un horóscopo cíclico.
Justamente a partir de este hecho, argumenta Corominas la verosimilitud
(aunque reconoce que es imposible probarla) de que la palabra árabe
manah (que nos dará con el artículo almanah), que significa
exactamente "lugar donde se para en un viaje", "residencia",
"campamento", "descanso del camello", haya sido la
utilizada por los astrólogos para denominar las constelaciones,
que eran entendidas por los antiguos como las doce "paradas"
que hace la tierra en su recorrido alrededor del sol. De ahí pasamos
a las mansiones (palabra derivada del latín manere = permanecer,
quedarse), elegida probablemente por su similitud tanto léxica
como semántica con el término manah de los árabes.
De las "mansiones" se pasó a las "casas", que
es el término que actualmente se usa en astrología.
Como dicen los italianos, se non é vero, é ben trovato.
Esta explicación, además de tener grandes visos de verosimilitud,
es preciosa. Nos hace venir el almanaque de la astrología, que
al fin y al cabo es la madre de la astronomía, y ésta el
origen de la medición del tiempo. El hecho de que en sus inicios
los almanaques fuesen astronómicos y meteorológicos, aplicados
especialmente a la agricultura, abona la bondad de este origen.
La palabra calendario procede del latín calendas,
que es como se denominaba el primer día de cada mes, que al ser
lunar, se correspondía con la luna nueva. El día 5 ó
7 se llamaba las nonas y el 13 ó 15, que correspondía a
la luna llena, los idus. "Hacer almanaques" es "hacer castillos
en el aire".
CALENDARIO
AMERINDIO
El Horóscopo de los Indios Norteamericanos está
basado en la Rueda de la Medicina, primer calendario que tuvieron los
Indios de Norteamérica, cuyo círculo mágico abarca
a todo el planeta.
Según los historiadores, los Indios Norteamericanos comprobaron
como cada trece lunas se repetía la misma estación y crearon
su calendario sobre el caparazón de una tortuga cuyos círculos
sumaban trece y a la que denominaron como Rueda de la Medicina
CALENDARIO
AZTECA
Cuando llegó Hernán Cortés a México, el calendario
azteca acababa de ser reformado, y el año empezaba el día
1 de Atlacalmaco, que coincidía con nuestro 1 de marzo. No está
claro si fue el mes o la Asemana@ la más antigua unidad de medida
de los días. De todos modos, en todos los calendarios de la historia
vemos cómo son los días de mercado los que marcan la cadencia
de las semanas (en algunas lenguas se usa la misma palabra para denominar
la feria o mercado y la semana). Entre las culturas centroamericanas se
instituyó la celebración del mercado cada 5 días
y por tanto la semana de 5 días (fue la sacralización del
número 7 en nuestra cultura lo que determinó que nuestra
semana sea de 7 días). La siguiente unidad era el mes de 20 días,
con un total de 18 meses al año, que sumaban 360 días. Para
completar los 365 días del año solar (366 los bisiestos,
que también los tenían) añadían al final del
año los 5 (o 6) días llamados nomentemis, que dedicaban
íntegramente al placer y la diversión; en esta última
semana del año no había feria, para no interrumpir las celebraciones.
Algo muy parecido a las saturnales romanas y las navidades cristianas
con que se despide el año viejo y se recibe al nuevo.
El hecho de que las culturas de centroamérica no hubiesen desarrollado
la escritura, no representó ningún impedimento para el desarrollo
de un calendario perfecto. Asignaron nombres con los respectivos pictogramas
a los 20 días del mes (1 flecha, 2 tigre, 3 águila, 4 cuervo,
5 los cuatro movimientos del sol, 6 pedernal, 7 lluvia, 8 flor, 9 serpiente
armada de harpones, 10 Ehecatl (el gran dios Ketzalcoatl en figura de
viento), 11 casa, 12 lagartija, 13 culebra, 14 muerte, 15 venado, 16 conejo,
17 agua, 18 perro, 19 mona, y 20 hierba). De este modo era fácil
representar el desarrollo del tiempo. Parece que antes de llegar a este
nivel de denominación, sólo tuvieron cuatro nombres (como
una semana de 4 días) que se iban repitiendo hasta completar el
mes. Estos nombres eran ácatl, tepatl, calli y tochtli, que representaban
a los cuatro astros (Sol, Luna, Venus, Tierra), a los cuatro vientos,
a las cuatro estaciones, o a los cuatro elementos. Parece que desde muy
antiguo dividían el año en cuatro estaciones; que se guiaban
por los equinoccios y los solsticios; y que dividieron el día en
16 Ahoras@: 8 laborables, desde la salida a la puesta del sol, y las 8
restantes de descanso.
Al igual que ocurrió en el viejo continente, los calendarios avanzaban
con las respectivas culturas. Por más que en los mitos respectivos
cada uno aparezca como iniciador del tiempo, el caso es que los calendarios
maya, nahoa y azteca pertenecen a una misma fuente cultural. En el año
249 a. de J.C, cuando el calendario romano era un auténtico caos,
y aún faltaban siglos para la reforma juliana que instituyó
los años bisiestos, en ese año se reunieron los sacerdotes
de las tribus nahuas para corregir las desviaciones de su calendario,
introduciendo el año Abisiesto@ (la repetición cada cuatro
años del último de los días nomentemis). Esta reunión
tuvo lugar en Huehuetlapallan, una de las siete ciudades mexicanas que
formaron Chicomoztoc, la ciudad mexicana más importante de los
nahuas. Instituyeron también el período de 52 años,
formado por cuatro haces o gavillas de años (13 x 4). Con esta
ocasión en que ajustaban exactamente el calendario al sol, celebraban
una extraordinaria fiesta religiosa en la que se extinguía el fuego
viejo y se encendía un nuevo fuego sobre el cuerpo de la víctima
humana que con esta ocasión se iba a sacrificar. Todos los fuegos
del imperio se extinguían antes de tan gran ceremonia (en épocas,
los días nomentemis que la precedían tuvieron carácter
de duelo, penitencia y sangrientas disciplinas, simbolizando la preparación
para el fin del mundo); y después de la gran oscuridad, llegaba
la explosión de la luz: infinidad de antorchas encendidas en el
fuego nuevo de la pira del sacrificio, partían en dirección
a todas las ciudades y poblados. Es de notar el singular paralelo con
la celebración judeocristiana de los jubileos cada 49 años
(7 x 7), siendo el quincuagésimo, el año jubilar.
CALENDARIO
BABILONIO
Fue el modelo del calendario judío primitivo, cuya regulación
se ajustaba también, con el objeto de resolver los desajustes entre
meses y años, al ciclo de 19 años. Ello se lograba mediante
la interpolación de un año embolismal (de 13 meses lunares)
cada dos o tres años, por el procedimiento de repetir el mes de
Adar, que precede a la luna de primavera. Uno de los más antiguos
sistemas de calendario que se conocen, el babilónico, era lunar,
y se caracterizó por la gran precisión con que resolvió
muchos problemas de cronología. Permitía la predicción
de los momentos de primera visibilidad de la luna tras su conjunción
con el sol, con lo que se podía saber anticipadamente si la duración
de un mes sería de 29 o de 30 días. Asimismo, resolvía
sus desajustes en relación con la duración del año
mediante la introducción de hasta 7 meses a lo largo de 19 años.
CALENDARIO
CHINO
Las sociedades desarrolladas se distinguen por su alto índice de
producción frente a un bajo índice de reproducción,
lo que genera un vacío demográfico que succiona con fuerza
los excedentes demográficos de regiones más pobres y más
prolíficas. De ahí resulta una mezcla de culturas que contribuye
a un fructífero conocimiento recíproco. Forman parte de
nuestro paisaje urbano los restaurantes chinos, que son la actividad más
notoria de este pueblo inmenso en nuestros lares. Gracias a los magníficos
calendarios que editan, síntesis del calendario chino y del occidental,
tenemos un cierto conocimiento de cuáles son las coordenadas en
que se mueve el calendario chino. Las imágenes que ofrecemos en
la web están obtenidas de esos calendarios.
Lo que más nos llama la atención a los occidentales no es
tanto su sistema de contar los meses y los años, que se parece
bastante al nuestro, incluidas las técnicas para fijar la sucesión
de años bisiestos (lo hacen mediante la intercalación de
un mes lunar según el ciclo de Metón de 19 años,
ya nombrado en relación con otros calendarios). Lo más llamativo
para los occidentales, y lo que más promocionan de su calendario
(propiamente almanaque), es su horóscopo. Pero antes de pasar a
él, he aquí unos cuantos datos sobre las singularidades
del calendario chino: su año es lunar, compuesto de 12 meses equivalentes
a otras tantas lunaciones, de 29 y 30 días, con la adición
de una lunación más en los años Abisiestos@. Por
las referencias de que se dispone, en el siglo XII a. de J.C. tenían
el calendaro en la situación en que se encontró Julio César
más de mil años más tarde el calendario romano, y
abordaban la reforma que en nuestro calendario llamamos juliana, y que
se refiere a la introducción de los años bisiestos para
corregir el diferencial de un día y algo más cada cuatro
años. La fecha de la que arranca el calendario chino es el año
2697 a. de J.C. Eso significa que hemos de añadir esa cifra al
año que marca nuestro calendario para saber en qué año
están los chinos. El año empieza cuando el sol entra en
piscis; ese mes tendrá el nombre de primero del año (los
nombre de los meses son ordinales, como la mayoría de los antiguos
meses romanos). Siendo lunar la cultura china, celebran los novilunios
y los plenilunios; y cuando añaden una lunación más
al año, lo celebran con unos festejos y rituales especiales. En
vez de nuestro gran ciclo de cien años (el siglo), tienen el ciclo
de 60 años (relacionado con un determinado número de lunaciones)
que celebran con grandes festejos. Con esta celebración se inicia
realmente un nuevo ciclo y vuelve a iniciarse la numeración de
los meses. Los meses están divididos en dos partes, que se cuentan
por el tiempo que tarda el sol en avanzar desde el principio a la mitad
de cada signo zodiacal, y desde aquí al final. El mes lunar lo
dividen en tres Asemanas@ de 10 días cada una. Los días
1, 11 y 21 son considerados días especialmente faustos. Los días
se denominan por su ordinal (de hecho igual que nosotros, si hablásemos
con estricta propiedad). El día chino empieza a medianoche, y está
dividido en 12 partes llamadas schi. Cada schi consta por tanto de dos
horas. Cada schi consta de 8 ko, es decir de 8 cuartos de hora; y cada
ko consta de 15 feu ( = minutos).
Respecto al horóscopo chino consta, como el nuestro,
de 12 casas o eras que son: la del dragón, la de la serpiente,
la del caballo, la del carnero (única coincidencia de signo con
el occidental), la del mono, la del gallo, la del perro, la del cerdo,
la de la rata, la del buey, la del tigre y la del conejo. El reinado de
cada signo dura un año, y no vuelve hasta haber dado la vuelta
todo el zodíaco. Así, fueron años del dragón
el 1940, 1952, 1964, 1976, 1988, 2000; y lo serán el 2012, etc.
De la serpiente, el 1941, el 1953, el 1965, el 1977, el 1989; y lo es
el año 2001, etc. Cada uno está bajo el dominio del signo
del año en que nació, y vuelve a estar en ese signo cada
12 años. A partir de estos cálculos, que se vienen haciendo
desde milenios, determinan los chinos la suerte de cada uno.
CALENDARIO
COPTO
Presente por sus monumentos, el antiguo Egipto queda inconscientemente
vivo en innumerables gestos y costumbres, cuya antigüedad desconocen
los felás modernos (Serge Sauneron, Dictionnaire de la civilisation
égyptienne),
La sorprendente vitalidad de la antigua cultura egipcia sigue todavía
presente en no pocos aspectos de la vida del actual Egipto. Los años
transcurridos, y sobre todo, la implacable superposición de culturas,
no han logrado, sin embargo, desarraigar costumbres y tradiciones que,
muchas veces inconscientemente, perviven en múltiples facetas de
la vida religiosa, agrícola y cultural del pueblo egipcio. Caso
típico de esta supervivencia es el del calendario del antiguo Egipto,
al que Posener define como "el único inteligente que existió
jamás en la historia humana". Este calendario preside aún
hoy la vida religiosa de los cristianos coptos, la actividad agrícola
de los egipcios y conserva los nombres de los dioses y de las fiestas
de época faraónica.
Para medir el tiempo, los egipcios acudían a una división
racional, consecuencia de observar los fenómenos celestes y relacionarlos
con la crecida del Nilo y el retorno de las estaciones. Para los egipcios,
el tiempo se encerraba en lo que tarda en sazonar un determinado cultivo.
A su vez, este tiempo estaba caracterizado por dos fenómenos naturales:
la inundación del Nilo y la aparición helíaca de
Sothis, nuestro Sirio, visible tras un periodo de setenta días
de ocultación.
De acuerdo con estas premisas se confeccionó un calendario lunar
que repartía el año en doce lunas, unas de veintinueve y
otras de treinta días. Estos doce meses se dividían en tres
estaciones de cuatro meses cada una: la estación de la inundación
o Akhet, la de la siembra o Peret y la de la cosecha o Chemou. A su vez,
cada mes se subdividía en tres décadas, pero como a este
ciclo lunar le faltaban once días para coincidir con la aparición
de Sotis, se intercalaba un mes supletorio cada dos o tres años
consagrado al dios Thot.
La cifra de trescientos sesenta y cinco días para el conjunto del
año solía coincidir con la crecida de las aguas. Las observaciones
astronómicas demostraron que el año sotíaco relacionado
por los egipcios con el principio de la crecida equivalía aproximadamente
a un año solar. El año lunar, que cuenta de 354 días
mínimo a 384 máximo, da asimismo la cifra de 365 días
si se considera la media de veinticinco años lunares.
Pero la desigualdad de los meses y la incrustación de uno irregular
descabalaba el funcionamiento de las instituciones civiles hacía
dificil la recaudación de impuestos. Un año en que la riada
coincida con la aparición helíaca de Sotis se produce la
primera reforma del calendario. El año de 365 días se divide
entonces en doce meses regulares de treinta días a los que se añaden
4, 5 ó 6 días epagomenes.
CALENDARIO
ECLESIÁSTICO
Distribución de los ritos de la iglesia durante el año.
CALENDARIO
EGIPCIO
Como dice el padre de la Historia, Herodoto, Egipto es un don del Nilo:
un don no sólo en el aspecto económico y político,
sino también en el religioso y científico. Del mismo modo
que el Nilo condicionó su unidad política, su forma de economía,
su extraordinario sentido higiénico cuya expresión última
era la momificación (las crecidas del Nilo dejaban tras sí
mucha podredumbre, con la que era preciso saber manejarse), su conocimiento
avanzado de la geometría (las crecidas son de nuevo el motor),
y con ella la aritmética, también fue el Nilo el padre del
profundo conocimiento astronómico que desarrollaron los egipcios,
porque éste se desbordaba cada año con precisión
de cronómetro, iniciándose las crecidas siempre el mismo
día, y con ellas todo un proceso inmutable de vida y muerte vegetal,
animal y humana. El gran referente celeste era la estrella Sirio, a la
que los egipcios llamaban Sotis. Se trata de la estrella a de la constelación
del Perro Mayor. Es la estrella más resplandeciente del cielo.
Su nombre significa Brillante, y su salida helíaca coincidía
con el solsticio de verano, la gran fiesta solar, y con la crecida del
Nilo.
Siendo Sirio el gran astro, cuyo resplandor prodigioso cantan Homero y
Hesíodo y celebran muchos otros autores antiguos, los egipcios
iniciaron su calendario cuando coincidió su orto helíaco
con el día 1 del mes Thoth, el primero de los doce meses egipcios.
Este fenómeno astronómico de produjo el año 2782
antes de Cristo, en el que se inició la llamada era sotíaca.
El año egipcio constaba de 12 meses iguales, de 30 días,
con lo que la suma del año era de 360 días, a los que se
añadían al final los 5 epagómenos (complementarios).
Los meses se agrupaban en tres estaciones de cuatro meses cada una. El
día era de 24 horas, y se consideraba su inicio a las 12 de la
noche.
Les ocurrió a los egipcios lo mismo que a los romanos antes de
la reforma juliana, que la acumulación de los decimales de día
habían desplazado el calendario civil muchos días con respecto
al calendario astronómico. El año 238 a. de J.C. se reunieron
en Cánope, en el templo de los dioses Evergetas los jefes de los
sacerdotes sabios, los llamados hierográmatas (los gramáticos
o letrados sagrados) y demás jefes religiosos de Egipto para afrontar
la reforma del calendario: se trataba de hacer coincidir la celebración
de la aparición de Sotis en el cielo, con su aparición real.
La solución fue la misma que adoptó el calendario juliano
unos siglos más tarde: añadir cada cuatro años un
día más a los días epagómenos (los sobrantes
de la cuenta de 12 meses iguales). Los celos entre los sacerdotes de distintas
regiones hicieron fracasar la reforma.
Se hizo célebre Cánope porque allí se encontró
en 1866 una estela erigida por Tolomeo III Evergetes I, en griego, en
jeroglífico y en demótico, conteniendo un edicto (el Decreto
de Cánope) en el que de paso que se manda rendir culto a él,
a su esposa y a una hija de ambos prematuramente muerta, se hace referencia
a una reforma del calendario en estos términos: APara que las estaciones
se sucedan según una regla absoluta y según el orden del
mundo, y para que no suceda que los ritos y fiestas que corresponde celebrar
en invierno caigan en verano, a causa de la alteración de un día
cada cuatro años, en la salida del astro (Sirio); y que tampoco
otros ritos y fiestas celebradas en verano caigan más tarde en
invierno, como ya se ha visto y acaba de suceder; de hoy en adelante,
en el presente año, compuesto de 365 días más los
5 adicionales, y luego cada cuatro años se intercalará,
entre los 5 días epagómenos y el nuevo año, un día
consagrado a la fiesta de los dioses Evergetes.@ (Evergetes son los dioses
bienhechores, los que obran bien). He ahí en el decreto bien resumida
la reforma del calendario egipcio tan decisiva como la de Julio César
en el calendario romano, pero con siglos de adelanto. Como nota arqueológica
conviene observar que gracias a este decreto pudo Champolión culminar
la interpretación de los jeroglíficos.
CALENDARIO
GREGORIANO
Es el más adoptado en el mundo occidental. Nace de la reforma introducida
por el papa Gregorio XIII. La reforma anterior, propiciada por Julio César,
había establecido que el año debía conformarse con
once meses de 30 y 31, y febrero de 28. La excepción a la regla
se daba cada cuatro años: febrero se compondría de 29 días
en los llamados años bisiestos. La lógica de este calendario
residía en suponer que la duración del año era de
trescientos sesenta y cinco días y seis horas. En realidad la duración
del año es algo menor: trescientos sesenta y cinco días,
cinco horas, cuarenta y ocho minutos y cuarenta y seis segundos. La suma
de estos once minutos que sobraban cada año alcanzaba en el siglo
XVI un total de diez días. El concilio de Trento se ocupó
de este asunto y puso en manos del Papa la tarea de encontrar una solución.
Fue el papa Gregorio XIII, en el año 1582, quien emprendió
la reforma del Calendario Juliano. Para eliminar los diez días
que sobraban se suprimieron del mencionado año de la reforma (1582)
y en el mes de Octubre los días comprendidos entre el 5 y el 14
(del día 4 se pasó al 15); y para que esta anomalía
no volviera a repetirse, se decretó que los años del principio
de cada centuria no serian bisiestos excepto en el caso de que fueran
múltiplos de cuatrocientos (así, por ejemplo, el año
1900 no fue bisiesto; pero si lo fue el año 2000).
En nuestra civilización occidental hemos conocido sólo dos
eras auténticas: la era "ab urbe cóndita" (la
que se inicia con la fundación de Roma), y la era "ab incarnatione
Dómini" (desde la Encarnación del Señor), que
propuso en el año 527 el monje Dionisio el Exiguo, y que el año
607 asumió como propia el papa Bonifacio IV. Esta fecha se fijó
en el 25 de marzo (fiesta de la Anunciación y por tanto de la Encarnación)
del año 753 ab urbe cóndita; luego se desplazó hacia
el 25 de diciembre y el 1 de enero, en que se conmemora el nacimiento
de Cristo (está clara la incongruencia de celebrar en días
distintos el nacimiento de Cristo y el principio del año, cuando
se pretende que la cuenta de los años empieza en este acontecimiento).
Para hacernos una idea de lo costoso que fue llegar al calendario único
para toda la cristiandad, no hay más que anotar que en Portugal
no se adoptó la era cristiana hasta casi las vísperas del
descubrimiento de América. Otras "eras" de menor entidad,
de corta duración por tanto, son las que impusieron los romanos
a los pueblos conquistados: la era de Augusto en Egipto, la Antíoco
Cesárea en Asia Menor, la era de España, la era de los Anni
Augustorum, la de Diocleciano. Y ya en el cristianismo, en la zona de
Oriente, la era bizantina, que empezaba el 5509 a. de J.C. (por la cuenta
bíblica del principio del mundo).
Está claro que mientras se le daba vueltas al tema de la era (del
principio de la cuenta de los años), que al fin y al cabo era un
tema menor, se iba tirando de Calendario Juliano, el instituido por Julio
César en el año 47 a. de J.C. (707 de la era romana, es
decir de la fundación de Roma), a la sazón dictador y gran
pontífice.
En 1582 el papa Gregorio XIII promulgó el nuevo calendario, llamado
Gregoriano por ser él su promotor. Habían pasado más
de 1.600 años de vigencia del calendario Juliano y los pequeños
desajustes se habían hecho muy ostensibles al cabo de tanto tiempo.
El calendario civil se había retrasado 10 días respecto
al calendario astronómico; por lo que Gregorio XIII tuvo que decretar
en 1583 el salto del día 10 al 20 de diciembre. Ese año,
diciembre tuvo sólo 21 días.
En esencia, la principal aportación de la reforma gregoriana consiste
en que la cuenta de los años bisiestos no es rígida como
en el juliano; así pues, de la regla general del bisiesto cada
cuatro años, se exceptuaban los años múltiplos de
100, excepción que a su vez tenía otra excepción,
la de los años múltiplos de 400, que sí eran bisiestos.
La nueva norma de los años bisiestos se formuló del siguiente
modo: La duración básica del año es de 365 días;
pero serán bisiestos (es decir tendrán 366 días)
aquellos años cuyas dos últimas cifras son divisibles por
4, exceptuando los años que expresan el número exacto del
siglo (100, 200..., 800..., 1800, 1900, 2000...), de los que se exceptúan
a su vez aquellos cuyo número de siglo sea divisible por 4. Asimismo
se corrigió en el calendario gregoriano la duración de los
meses, ya fijada básicamente en el calendario juliano.
El año bisiesto fue ya instituido por el calendario
juliano, que añadía un día cada cuatro años
en el mes de febrero, intercalándolo entre los días 23 y
24. Los romanos llamaban al 23 de febrero, "sexto calendas Martii"
(el sexto día antes de las calendas de marzo). Al no permitir la
peculiar cuenta y denominación de los días por los romanos
"alargar" el mes, sólo les quedaba la opción de
"repetir" un día. El día elegido para ser repetido
fue el 23 de febrero, el sexto calendas, por lo que a los años
en que se repetía (bis) ese día se les llamó bis
sextilis, que nos dio finalmente el nombre de bisiesto. "23 F bis"
es un buen recurso mnemotécnico para recordar el origen de la palabra
"bisiesto".
El Papa Gregorio XIII reunió un grupo de expertos que, después
de cinco años de estudios, implantó el calendario que actualmente
tenemos en vigor en la sociedad occidental, realizando las siguientes
reformas al calendario juliano.
Se excluyeron diez días, disponiéndose que el 5 de octubre
se contase como 15 de octubre.
Se corrigió la duración del año solar, estableciéndose
en 365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos.
Se hizo empezar el año el 1 de enero.
Los años seculares se convirtieron en bisiestos sólo si
resultaban divisibles por 400, de este modo se ganaba la fracción
de un día cada cien años, que en 15 siglos había
ascendido a 10 días.
El nuevo calendario fue inmediatamente adoptado en todos los países
católicos, pero el resto del mundo tardó en aceptarlo, siendo
Rusia el último país que lo adoptó en 1918.
CALENDARIO
GRIEGO
Estaba basado en meses de 30 días, que pasaron luego a
ser de 29 y 30 días alternativamente, para mantenerse de acuerdo
con las fases de la luna. Con posterioridad, adoptaría reglas de
intercalación: a partir de la adición de un mes suplementario
cada 2 o 3 años, se elaboró la regla consistente en intercalar
3 meses de 30 días a lo largo de cada ciclo de 8 años, añadiéndolos
a los años 3, 5 y 8 de dicho período. Con ello, la duración
media quedaba fijada en 365´25 días. Pero ello producía,
al cabo de cada ciclo, un desfase de 15 días entre las fases reales
de la luna y las previstas por el calendario. Para resolver este problema,
Metón propuso, en el año 432 a.C., una reforma basada en
la constatación de que 19 años de 365´25 días
corresponden a un período de 6.939´750 días, prácticamente
coincidente con la duración de 235 lunaciones (6.939,688 días);
y puesto que 235 lunaciones exceden en 7 meses lunares a 19 años
integrados por 12 meses sinódicos, dicha equivalencia permitía
establecer una regla de intercalación consistente en repartir 7
meses suplementarios a lo largo de 19 años, con lo que el desfase
se reducía a 1 día, aproximadamente, cada 320 años.
El sistema propuesto por Metón fue perfeccionado todavía
más por Calipo, quien combinó 4 períodos de 19 años
en cada ciclo de 76 años, del que suprimió un día.
Esta reforma, una de las más precisas que se hayan propuesto nunca,
no obtuvo la aceptación oficial, aunque sería aprovechada
por algunos astrónomos posteriores como el propio Claudio Tolomeo
(ca. 100-ca. 170).
CALENDARIO
HAAB
Se basa en el recorrido anual de la Tierra alrededor del Sol
en 365 días. Los mayas dividieron el año de 365 días
en 18 "meses" llamados Winal de 20 días cada uno y 5
días sobrantes que se les denominaba Wayeb. Cada día se
escribe usando un número del 0 al 19 y un nombre del Winal representado
por un glifo, con la excepción de los días del Wayeb que
se acompañan de números del 0 al 4.
CALENDARIO
HEBREO ANTIGUO
Fue el que introdujo además la semana de siete días, cuyo
origen guarda, quizá, relación con la división cuatripartita
del mes lunar según las fases de la luna.
CALENDARIO HEBREO
La cultura cristiana, heredera directa de la cultura hebrea, mantiene
en común con ella una fiesta, la Pascua, y su peculiar situación
variable en el calendario. Siendo el nuestro un calendario solar, y el
hebreo lunar, cada año nos cae la Pascua, y la Semana Santa que
la precede, en fechas distintas. Es por tanto la influencia del calendario
hebreo en el nuestro, lo que determina esta peculiaridad no sólo
litúrgica, sino también civil. Hay que estar pendiente,
pues, del plenilunio de marzo, para cuyo cálculo a largo plazo
se han construido diversas tablas o epactas.
El calendario hebreo es eminentemente religioso (todos lo son, pero de
éste tenemos más clara constancia). Tiene instituida la
semana, cuyos días se nombran por ordinales y empezando por el
domingo, para ajustarse a los días de la creación del mundo.
Los seis primeros días son laborables, y el séptimo, que
sí tiene nombre, el Shabbath (reposo), es el día de descanso,
como en el relato bíblico. Obsérvese la coincidencia con
la manera española de contar los días de la semana empezando
por el primer día laborable (en nuestro caso el lunes) y acabando
en el día de descanso; a diferencia de otras lenguas de nuestra
cultura, que empiezan la semana por el domingo (día del Sol). Tal
como la propia denominación indica, toda la semana está
al servicio del sábado, del día de descanso, la gran institución
judía, con raíces bíblicas, en torno a la que se
fundó una nueva civilización que dio el mayor paso de toda
la historia para la abolición de la esclavitud: empezando por el
inmenso lujo del descanso sabático también para los esclavos
("no olvides que fuiste esclavo en Egipto"), y continuando por
las leyes que limitaban el tiempo y las condiciones de esclavitud.
Al ser lunar el calendario hebreo, porque además es la luna la
que marca el tiempo, los meses del año oscilan entre 12 y 13. Con
una frecuencia muy complicada de determinar (en el ciclo de Metón,
de 19 años, son embolísmicos (de un mes más) los
años 61, 81, 91,111, 141, 171 y 191). Esto ya en la reforma del
rabí Samuel (383 a de J.C.), que vino a poner orden en un calendario
absolutamente variable, en el que las fiestas caían fuera de la
estación que les daba sentido. Con esta reforma quedaron los años
regulares en 353, 354 y 355 días; y los embolísmicos (que
llamamos bisiestos para entendernos), eran de 383, 384 y 385 días.
Para ajustar las cuentas hay dos meses, el kislew (del 6 de octubre al
4 de noviembre) y el marjeshván (del 6 de octubre al 4 de noviembre)
que oscilan en un día. Los meses son de 29 días los pares,
y de 30 los impares. Al principio no tenían nombre, sino tan sólo
numeración (recordemos que en el calendario romano antiguo, sólo
cuatro meses tenían nombre; el resto, hasta los diez, eran ordinales);
pero con la deportación de Babilonia se trajeron algunos nombres
de meses. El inicio de las épocas fue también oscilando,hasta
que el rabí Samuel marcó como inicio del calendario judío
el año de la creación del mundo, que siguiendo la cronología
bíblica sería el 7 de octubre del año 3761 a. de
J.C. Sumando este número al del año cristiano, sabemos en
qué año del calendario judío estamos (a día
de hoy, en el 5.762). Y en cuanto a la fecha de inicio del año
nuevo, es de una gran complejidad. Se debe celebrar en el Moled que sigue
inmediatamente al equinoccio de otoño. Pero al tener que caer en
determinado día de la semana, y al contar desde la salida de la
luna, y no desde el inicio del día (a las 6 de la tarde) los desplazamientos
resultantes son considerables. El calendario hebreo está jalonado
por las grandes fiestas: en el mes de Nissán se celebra la Pascua,
con el sacrificio del cordero y la ofrenda de las primicias de la cebada;
en el mes de Iyar, la segunda Pascua; en el de Siván, la ofrenda
de las primicias del trigo (Pentecostés); en el de Tammuz el gran
ayuno en conmemoración de la toma de Jerusalén por Tito;
en el de Abh, el ayuno por la destrucción del templo; en el de
Tishri, el año nuevo la expiación y la fiesta de los tabernáculos;
en el de Kislew, la fiesta de la dedicación del templo.
CALENDARIO
INDIO
Para hablar con propiedad deberíamos decir calendarios indios,
porque la mayor singularidad en cuanto a la medición del tiempo
por parte de los indios es que pretenden remontarse al principio de los
tiempos (un principio infinito no sólo por indefinido, sino también
por la inmensidad de su lejanía). Si los calendarios que se confeccionaron
sobre la cronología bíblica se remontan a la creación
de Adán, el calendario brahmánico se remonta al origen de
Brahma y de Sira, prácticamente a la eternidad. Pero al margen
de estas elucubraciones místico matemáticas de corte pitagórico,
el calendario convencional de la India se mueve dentro de las coordenadas
de los calendarios de las demás culturas, y resuelve de forma análoga
el problema de que la duración de la órbita de la Tierra
alrededor del Sol no sea divisible por un número exacto de días,
sino que da 365=2422008. Es decir que un día sidéreo (dividiendo
el tiempo que dura el viaje anual de la Tierra alrededor del Sol entre
365), nos da un pico de casi 4 minutos más por día, con
lo que el día sidéreo viene a ser de 24 horas, 3 minutos,
y 56,555 segundos. Pero como la rotación de la Tierra sobre sí
misma dura exactamente 24 horas, y el día es la unidad más
inamovible, he aquí que periódicamente hay que intercalar
los días que acaban faltando. El año sidéreo lo computan
en 365 días, 6 horas, 12 minutos, 36 segundos y 56 centésimas.
La regulación la hacen por ciclos de 12 años y de 60 años
(12 x 5). A los años se les asignan los nombres por reglas muy
complejas.
El calendario indio está formado por meses lunares puros, que se
cuentan por tanto de luna nueva a luna nueva. Los años ordinarios
son de 354 o 355 días (Samvatsara Mana), y los embolísmicos
(bisiestos) son de 383, 384 o 385 días (Adhica Samvatsara). Pero
con los meses lunares persisten los meses solares, recibiendo los lunares
el nombre del mes solar; y cuando en un mismo mes solar tienen comienzo
dos meses lunares, ambos reciben el mismo nombre, llevando el primero
el sobrenombre de Adhica, y el segundo el de Nija. El Año
Bisiesto recibe el nombre de fasli. El mes lunar está
formado por una mitad clara, llamada Sudi, y otra oscura llamada Badi.
Cada una de estas mitades está formada por 15 tithis; el nombre
de los 14 primeros es su numeral, mientras el del 151 es Sudi Purnihma
si corresponde al plenilunio, y Badi Amavasia si corresponde al novilunio.
También las horas del día tienen sus propios nombres. Y
como veíamos en el calendario babilonio, es la hora con que empieza
el día la que da nombre a éste. La cuenta de los días
del mes tiene también su singularidad, al depender totalmente de
la luna. De hecho se cuentan los meses por números exactos de días:
cuando la parte decimal es inferior a 0=5 días, no se cuenta; y
cuando es superior a 0=5, se le añade un día entero al mes.
La semana india coincide con la nuestra: es de 7 días. Sus equivalencias
son: Domingo, Ravi vara; Lunes, Soma vara; Martes, Mangala vara; Miércoles,
Budha vahra; Jueves, Gurú vara; Viernes, Sukra vara; Sábado,
Sani vara. El día sideral se divide en 60 gharis; cada ghari se
subdivide en 60 palas; éstas en 60 vipalas; ésta en 60 atipalas;
éstas en 60 kachthas; ésta en 60 nimechas; ésta en
60 lavas; y finalmente la lava se divide en 60 kchanas. El día
civil tiene también sus propias divisiones: está formado
por 60 dhatas, que se dividen en 60 vinadikas, formadas a su vez por 60
vipalas. Y finalmente el día solar está compuesto por 60
dandas, que se dividen en 60 vibealas. He ahí una catarata de divisiones
sexagesimales, capaces de eternizar cada instante.
El año indio está dividido en 6 estaciones, una cada dos
meses: Vesanta (primavera), Grichma (verano), Varea (lluvias), Sarad (otoño),
Hemanta (invierno) Sisiva (fresco). Además de estas divisiones
tienen las eras: el 3102 a. de J.C. empieza la era Kaliyuga; el 3078,
la era Lokakala; el 545, la era de Buda; el 59, la era Samvat Vrikramadityak;
y ya en nuestra era, en el año 249 empieza la era Kulachuri. Un
auténtico diluvio de nombres.
CALENDARIO ISLÁMICO
Todos los calendarios tienen en común el marcar las calendas, que
como queda dicho son las fechas en que toca leer, celebrar y conmemorar
las vidas de los santos; es decir que son las celebraciones religiosas
lo que da nombre y sentido a los calendarios. En este sentido el calendario
islámico no difiere en absoluto del romano, el hebreo o los cristianos.
A través de los calendarios podemos conocer cuáles son las
actividades más significativas de cada cultura, y cómo la
religión procura religarlas a la vida y a las fiestas (convertirlas
en culto), de manera que queden plenamente garantizadas su aceptación
entusiasta y su perpetuación.
El calendario islámico pues, muy análogo al hebreo en este
aspecto, nombra el tiempo por las grandes festividades y prácticas
religiosas que tienen lugar a lo largo del año. Los nombres de
los meses, a pesar de ser preislámicos, llevan ya, junto con la
marcación del tiempo agrícola ganadero, una buena carga
religiosa: el primer mes se llama Moharrem (Mes sagrado); el 21, Safar
(Partida para la guerra); el 31, Rabi I (Primavera); el 41, Rabi II (Primavera
II); el 51, Djumada I (Verano I); el 61, Djumada II (Verano II); el 71,
Radjeb (Abstinencia); el 81 Chaabán (Germinación); el 91,
Ramadhán (Gran calor); el 101, Chaual (Emparejamiento de los animales);
el 111, Dhulcada (Descanso); el 121, Dhulhidjah (Peregrinación).
Pero, claro está, junto a estas marcaciones preislámicas
no falta en ningún calendario musulmán la señalación
de las fiestas religiosas: En el Rabi I se celebra, además del
Nacimiento de Mahoma, la Primera noche de Veneración por la institución
de los grandes misterios y dogmas del islamismo. El primer viernes de
Radjeb se celebra, además de la Concepción de Mahoma, la
Segunda noche de Veneración. En el mismo mes se celebra, junto
con la Asunción de Mahoma, la Tercera noche de Veneración.
En el mes de Chaabán se celebra la Cuarta noche de Veneración,
que se caracteriza por las muestras de espanto, por ser la noche en que
los ángeles, situados a diestra y siniestra de los fieles musulmanes,
ponen al día los libros en que se registran sus buenas y malas
obras. Todo el mes de Ramadhan está consagrado al ayuno y a la
abstinencia; en él se celebra la Quinta noche de Veneración,
la de los Misterios inefables. En esta noche se intensifican las plegarias,
pues en ella las oraciones equivalen a las de mil lunas. En el mes de
Chaual se celebra la Sexta noche de Veneración y la fiesta del
primer Beyram. En el mes de Dhulhidjah, el último del año,
el de la Pergrinación, se celebra la Séptima noche de Veneración,
el segundo Beyram y la Peregrinación a la Meca. Cinco de los 12
meses del año están declarados sagrados.
El calendario islámico, desde sus orígenes,
fue lunar; por lo que cada tres años había que añadir
un decimotercer mes para evitar que las fiestas, que siempre guardan alguna
relación con la agricultura y la ganadería, se desplazasen
de su estación. Tuvo que crearse para ello la figura del nasi,
un ministro de carácter religioso y civil cuya misión era
proclamar los años embolísmicos (dimasah). Algo parecido
a lo que ocurría en Roma antes de la reforma juliana del calendario.
Pero aún quedaba un remanente de tres días y dos horas cada
tres años, que escapaban a la regulación, por lo que la
peregrinación a la Meca, que era lugar sagrado y por tanto de peregrinación
antes del islamismo, en el año 10 de la Hégira (632 de la
era cristiana) se había desplazado ya de octubre a abril. Mahoma,
tres meses antes de su muerte, había prohibido la intercalación
de un mes en los años embolísmicos (fórmula copiada
de los judíos residentes en Medina), y ordenó que en cada
perído de 30 años, once de éstos fuesen Asuperabundantes@.
Pero tampoco esta fórmula resolvió el problema, sino que
dejó el calendario islámico en una inestabilidad que hace
difícil establecer la correspondencia de cualquier fecha del calendario
islámico con el nuestro.
CALENDARIO
JUDÍO MODERNO
El calendario judío actual, derivado del calendario judío
antiguo, ha estado vigente prácticamente sin cambios desde el año
900 d.C. aproximadamente. Es el calendario oficial del estado de Israel
y determina las fiestas religiosas de los judíos creyentes de todo
el mundo. Su punto de partida se sitúa en el año que según
la tradición judía fue el de la creación del mundo:
el 3761 a.C. Está basado tanto en el sistema lunar como en el solar,
así como en unidades mensuales de 29 y 30 días, alternativamente.
Cada 3 años se suma un mes corrector.
CALENDARIO
JULIANO
Se llama así al creado por Julio César el año 47
antes de Jesucristo (antes de la era cristiana). Si el calendario juliano
es el punto de referencia del calendario romano, esto es debido a que
la reforma que decretó Julio César puso fin a una situación
en algunos momentos caótica.
Entre los primitivos romanos, los habitantes de Alba Longa tenían
un calendario de 10 meses, cuya duración oscilaba entre los 18
y los 36 días; los de Labinia tenían un año de 374
días distribuido en 13 meses; los etruscos sólo tenían
meses lunares. Finalmente se llegó a un calendario de 304 días
agrupados en 10 meses: 6 de 30 días, y 4 de 31. Con estas oscilaciones
está claro que todos los años había que estar haciendo
reajustes. Por empezar, febrero era el último mes del año
y en él se hacían los ajustes. En la época de Numa
Pompilio cada dos años se intercalaba entre el 23 (el sexto calendas)
y el 24 de febrero un mes de 22 o 23 días llamado mercedinus (de
mercedem, que entre otras cosas significa "paga"), porque ese
era el mes en que se pagaba a la servidumbre. Ese sistema daba unos desajustes
que debían regular los pontífices; y lo hacían no
con criterios astronómicos, sino políticos; con lo que el
invierno "civil" acabó cayendo en el otoño astronómico.
Fue Julio César, en el año 47 a. de J.C. (707 de la fundación
de Roma) quien puso orden en este caos. Por empezar, para que volviese
a caer cada estación, con las fiestas y celebraciones correspondientes,
en el tiempo astronómico que le correspondía, se vio obligado
a hacer el primer año de 445 días. Fe conocido con el nombre
de año de la confusión. A partir de ahí ya todos
los años eran de 365 días, menos los bisiestos, que eran
de 366. Año bi siesto era aquel en que se repetía (bis)
el sexto calendas martii, es decir el 23 de febrero, y se le llamaba bissextocalendas.
Con esto se corrigió de forma importante, pero no del todo, la
diferencia que iban acumulando el exceso de poco más de un cuarto
de día que le sobraba a cada año. No del todo, porque cada
128 años los minutos sobrantes sumaban un día más.
El año juliano quedó pues con los 12 meses
que hoy conocemos, pero con una pequeña variación: enero,
marzo, mayo, julio, septiembre y noviembre (los meses impares) tenían
31 días, y los demás (los pares) 30, (incluido febrero en
los años bisiestos! Pero, lo que hace la vanidad, Augusto no podía
consentir que el mes de julio(en honor de Julio César) tuviese
31 días, y el mes instituido en su honor, agosto, tuviese sólo
30. Así que deshizo el orden de meses alternos, y le puso también
31 días al mes que llevaba su nombre. Se lo tuvo que quitar a febrero,
al que dejó con 28 los años no bisiestos, y 29 los bisiestos.
Pero tampoco es este el único desajuste del calendario juliano,
que al fin y al cabo no es importante para que salgan las cuentas. Es
que en los nombres de los meses vuelve a pecar de inconsecuente: los antiguos
meses de los romanos, eran: 11, Martius, de 31 días; 21, Aprilis,
de 30; 31, Maius, de 31; 41 Junius, de 30; 51, Quintilis, de 31 (obsérvese
que desde este mes hasta el décimo, el nombre es simplemente el
del número de orden que ocupan en el calendario); el 61, Sextilis,
de 30 días; el 71, September, de 30 días; el 81, October,
de 31 días; el 91, November, de 30 días, y el 101, el december,
de 30 días. Más adelante se añadió un undécimo
mes, el Februarius, al final del año; y finalmente el duodécimo,
el Januarius, que se colocó al principio del año.
Al poner orden Julio César en el calendario, asesorado por el astrónomo
alejandrino Sosígenes, no se preocupó de recuperar la coherencia
léxica para los meses de september, october, november y december,
que dejaron de ser los meses séptimo, octavo, noveno y décimo,
para convertirse en noveno, décimo, undécimo y duodécimo
respectivamente. Conservaron el nombre ordinal, pero bien desordenado.
CALENDARIO MAYA
Las civilizaciones antiguas de Meso América desarrollaron calendarios
escritos precisos y de estos el calendario de los mayas es el más
sofisticado. Fue el centro de su vida y su mayor logro cultural. Su precisión
deriva del hecho de que se basa en una cuenta continua e ininterrumpida
de los días (llamados Kin en maya) a partir de un día cero
inicial. A lo largo de la historia los pueblos han sentido la necesidad
de contar con un punto fijo donde iniciar sus cálculos del tiempo.
Con este fin, generalmente se ha determinado el punto inicial o bien usando
un evento histórico (el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo)
o por un evento hipotético (la fecha de la creación del
mundo). Los mayas también descubrieron la necesidad de tal fecha
y así, probablemente usando un evento astronómico significativo,
ubicaron ese día inicial el 13 de agosto de 3114 a.C.
El conocimiento ancestral del calendario guiaba la existencia de los mayas
a partir del momento de su nacimiento y era muy poco lo que escapaba a
la influencia calendárica. Sabemos que los mayas llevaban varias
cuentas calendaricas independientes de los Kin que estaban sincronizadas,
siendo las de 260 y 365 días las más importantes. Las cuentas
mayas de los días se escriben combinando números con glifos.
CALENDARIO MAYA DE 260 DIAS TZOLKIN
El calendario Tzolkin de 260 días es el más
usado por los pueblos del mundo maya. Lo usaban para regir los tiempos
de su quehacer agrícola, su ceremonial religioso y sus costumbres
familiares, pues la vida del hombre maya estaba predestinada por el día
del Tzolkin que correspondía a la fecha de su nacimiento. Esta
cuenta consta de los números del 1 al 13 y 20 nombres para los
días representados asimismo por glifos individuales. Al llegar
al decimocuarto día, el número del día regresa al
1 continuando la sucesión del 1 al 13 una y otra vez. El día
21 se repite la sucesión de los nombres de los días y así
sucesivamente. Ambos ciclos continúan de esta manera hasta los
260 días sin que se repita la combinación de número
y nombre pues 260 es el mínimo común múltiplo de
13 y 20. Después el ciclo de 260 días a su vez se repite.
CALENDARIO
MAYA DE 365 DIAS HAAB
El
calendario Haab se basa en el recorrido anual de la Tierra
alrededor del Sol en 365 días. Los mayas dividieron el año
de 365 días en 18 "meses" llamados Winal de 20 días
cada uno y 5 días sobrantes que se les denominaba Wayeb. Cada día
se escribe usando un número del 0 al 19 y un nombre del Winal representado
por un glifo, con la excepción de los días del Wayeb que
se acompañan de números del 0 al 4.
CICLO DE 18,980 DIAS LA RUEDA CALENDARICA
La combinación de los calendarios de 260 y 365 días crea
un ciclo mayor de 18,980 días (el mínimo común múltiplo
de 260 y 365), a esta combinación se le ha llamado la Rueda Calendárica.
Sus cuatro elementos (numeral glifo Kin y numeral glifo Winal) juntos
solo se repiten cada 18,980 días. Una gran cantidad de monumentos
mayas solamente registran la fecha de la Rueda Calendárica. Aquí
se ven los cuatro elementos de la Rueda Calendárica para el Wuinal
maya llamado Pop que corresponde a las fechas del 7 al 26 de abril del
año 2000 y el primer día del siguiente Winal maya llamado
Uo.
Este método de fechamiento se ilustra en la inscripción
del dintel 16 de Yaxchilán, Chiapas, México.
LA "CUENTA LARGA" O "SERIE
INICIAL"
Los mayas también llevaban una cuenta de los días transcurridos
a partir de una fecha que ellos determinaron como el inicio de la era
maya actual. A esta cuenta se le denomina la "Cuenta Larga"
o "Serie Inicial".
De acuerdo a la correlación Goodman Martínez Thompson (GMT)
584,285 la cuenta larga actual tiene su fecha inicial el 13 de agosto
de 3,114 a. C. del calendario Gregoriano.
Según la Cuenta Larga el inicio del año 2001 se expresa
como lo muestra esta Estela Maya personalizada que realiza el Centro de
Estudios del Mundo Maya.
CALENDARIO
MUSULMÁN
El calendario musulmán actual es de tipo lunar y está
vigente en la mayoría de los países musulmanes. Su cómputo
se inicia en el 622 d.C., año en que la tradición musulmana
fija la Hégira o vuelo de Mahoma desde La Meca a Medina. El calendario
musulmán está basado de manera estricta en el ciclo lunar.
El año musulmán se compone de 12 meses en los que alternan
29 o 30 días. Para corregir el desfase entre el principio del mes
y la fase real de la luna, se añade un día a los años
que ocupan los lugares 2, 5, 7, 10, 13, 16, 18, 21, 24, 26 y 29 en cada
ciclo de 30 años, con lo cual estos años computan 355 días,
y los restantes 354. De esta forma, 34 años musulmanes equivalen
a 33 de los medidos según el calendario gregoriano y el principio
de cada año avanza a través de las estaciones hasta que
termina de recorrer un año solar al cabo de 34 años musulmanes.
CALENDARIO
REPUBLICANO FRANCÉS
Los afanes reformistas, racionalistas y anticlericales llevaron, en la
Francia revolucionaria, a la supresión del calendario gregoriano
y a su sustitución por un nuevo calendario republicano que tuvo
su primer día de vigencia el 6 de octubre de 1793. El año
republicano comprendía 12 meses de 30 días cada uno, a los
que se añadían cada año 5 jornadas suplementarias
después del último mes, y un sexto día, llamado de
la República, cada año bisiesto. Los meses se dividían
en tres décadas, en vez de en un número no entero de semanas,
y el año comenzaba el día del equinoccio de otoño,
aprovechando la coincidencia de que la República había sido
proclamada el 22 de septiembre de 1792. Los nombres de los doce meses,
propuestos por Fabre d´Eglantine, pasaron a ser los siguientes:
Vendimiario, Brumario y Frimario en otoño; Nivoso, Pluvioso y Ventoso
en invierno; Germinal, Floreal y Pradial en primavera; y Mesidor, Termidor
y Fructidor en verano. La instauración del nuevo calendario republicano
encontró numerosas resistencias y provocó importantes dificultades
de coordinación con los de otros países, por lo que fue
abolido por Napoleón I, quien restableció el calendario
gregoriano a partir del día 1 de enero de 1806.
CALENDARIO
REPUBLICANO ROMANO
Hasta bien entrado el siglo IX, la iglesia de Roma estimaba los
años transcurridos de acuerdo con la costumbre que provenía
del Imperio Romano, desde la fundación de Roma (ab urbe condita).
Sin embargo a partir del mandato de Diocleciano (283 313) se comenzaron
a contar los años, no desde la fundación de Roma, sino desde
el comienzo de su gobierno: la era diocleciana. Tras todos estos cambios,
resultó que el calendario republicano romano, de carácter
lunar, tenía 12 meses con un total de 355 días. Como subsistía
el problema del desajuste con respecto al año trópico de
365 días y cuarto, así como con respecto a los ciclos estacionales,
hubo que recurrir también a otro tipo de ajuste: la intercalación
de un mes especial entre el 23 y el 24 de febrero de cada dos años.
Pero debido a una serie de complicadas razones políticas y de negligencias,
entre las que hubo arbitrarios adelantos y retrasos de fechas decididos
por los responsables del calendario para disminuir sus días de
servicio o adelantar o retrasar elecciones, las intercalaciones se hicieron
de modo incorrecto, hasta el extremo de que en el año 46 a.C. el
calendario llegó a presentar un aspecto tan caótico que
Julio César decidió una completa reforma y encomendó
esta tarea al astrónomo griego Sosígenes. Este astrónomo
alejandrino aconsejó abandonar el sistema lunar y adaptar un sistema
solar basado sobre el año trópico de 365 días y cuarto.
Otra de sus primeras disposiciones fue la de cambiar el nombre del mes
Quintilis por el de Julius, en honor del promotor de la reforma. Para
corregir los errores y desajustes que se arrastraban desde tiempos anteriores
y hacer coincidir el equinoccio de primavera con el 25 de marzo, hubo
que sumar un total de 90 días correctores al año 46 a.C,
que de este modo comprendió 455 días; y se decidió
también que, desde entonces en adelante, se intercalase un día
adicional a finales de febrero cada cuatro años. La voz bisiesto
que se aplicó a tales años especiales se debe a que el día
que se decidió contabilizar doblemente fue el 24 de febrero, que
dentro del calendario romano correspondía al sexto día antes
de las calendas de marzo, por lo que el día añadido se llamó
bis sexto ante calendas Martii, y el año en que tenía lugar
la adición se denominó bisextilis. De este modo y en un
primer momento, el año quedó dividido en 12 meses de 31
y 30 días en los años bisiestos, mientras que febrero tenía
29 días en los años normales. Pero más adelante,
cuando se consagró a Augusto el octavo mes (agosto), que antes
se había llamado Sextilis, se decidió que su mes pasara
a contar 31 días con el fin de igualarlo con el séptimo
mes (julio), el dedicado a Julio César. Por ello hubo que restar
un día al mes de febrero, que pasó a tener 28 días,
excepto en los años bisiestos, en que tenía 29. Por otro
lado, los días eran designados mediante cómputos numerales
a partir de tres tipos de fechas: las calendas, que correspondían
al primer día del mes; los idus, que marcaban la mitad del mes
y caían a veces el día 13 y otras el día 15; y las
nonas, o día noveno antes de los idus.
CALENDARIO
ROMANO PRIMITIVO
El primer calendario romano del que tenemos conocimiento directo
fue instaurado, según la tradición, en tiempos del quinto
rey de Roma, Tarquinius Priscus (616-579 a.C.). Aunque se sabe que aquel
sistema tenía también relación con el de los antiguos
griegos, lo más probable es que derivase más directamente
de un tipo de calendario romano anterior y de carácter lunar, que
según otra tradición había sido ideado por Rómulo,
uno de los míticos gemelos fundadores de Roma, en el año
738 a.C. Según parece, aquel calendario arcaico definía
un año de 304 días, repartidos en un total de 4 meses de
31 días y de 6 meses de 30 días. Más adelante, en
tiempos de Tarquino o de Numa, se añadirían 2 meses a los
10 restantes para corregir el pronunciadísimo desajuste con el
año trópico, con lo que quedó conformado un calendario
de 4 meses de 31 días, 7 meses de 29 días y 1 mes de 28
días. Para terminar de ajustarlo, hubo que recurrir también
a la intercalación de 1 mes de 29 días cada dos años.
CALENDARIO
SINÓDICO o LUNAR
Es una unidad cronológica natural y universal que se define
como el período en que la luna completa el ciclo completo de todas
sus fases. Este período corresponde exactamente a 29´53059
días y recibe el nombre de mes sinódico porque es igual
a la duración de una revolución sinódica o lunar.
El mes lunar es la unidad
básica, natural y estable del calendario que más ha condicionado
los sistemas de medición y organización del tiempo en numerosas
culturas, especialmente en sus estadios más antiguos de evolución
sociocultural. En épocas modernas, los calendarios lunares han
perdido vigencia en relación con los calendarios solares, si bien
se hallan todavía en vigor en el mundo musulmán y en algunos
pueblos de África.
CALENDARIO
SOLAR o TRÓPICO
El año trópico solar no es múltiplo exacto
del mes sinódico o lunar. Doce meses lunares equivalen a 354´36706
días, que resultan ser casi 11 días menos que un año
trópico. Por otro lado, ni el año trópico ni el mes
sinódico pueden dividirse de manera exacta por la longitud de un
día. Debido a ello, cualquier calendario que pretenda ajustarse
simultáneamente a las fases de la luna y a la secuencia de las
estaciones precisa interpolar diversos días de ajuste en los intervalos
correspondientes. Esto explica la existencia de un día adicional
al final del mes de febrero de cada cuatro años (año bisiesto).
CALENDARIO
UNIVERSAL
Pese a todas las mejoras y ajustes introducidos por el calendario
gregoriano, éste sigue presentando diversas imprecisiones en su
cómputo y aplicación. En primer lugar porque excede en 0´0003
días el año trópico y, además, porque los
movimientos de rotación y traslación terrestres provocan
una disminución de 5 segundos cada 1000 años en la duración
del año trópico y determinan una prolongación del
día de 0´00164 segundos cada 100 años. Por otro lado,
algunos meses tienen 4 domingos y otros 5, y el final de un mes coincide
algunas veces con el fin de la semana y otras veces no. Algunas festividades
religiosas institucionalizadas, como la Navidad, corresponden a fechas
fijas, pero otras están condicionadas por la sucesión de
los días de la semana, como la Pascua o Pentecostés. Todo
ello ha causado y causa abundantes problemas de distribución de
las jornadas y fiestas laborales, escolares, etc. Para intentar resolver
esta situación, la Sociedad de Naciones convocó un concurso
de propuestas para una reforma que los gobiernos de algunos países
consideraron pertinente, pero que otros acogieron con reservas, con lo
que no logró un consenso suficiente como para ser implantado de
manera universal. De los dos centenares de propuestas de reforma que se
sometieron a la consideración de la Sociedad de Naciones en 1927,
el que ganó mayor número de partidarios fue el denominado
calendario universal, que propone un año de 364 días repartidos
en 12 meses y 52 semanas; al final del año habría una jornada
festiva sin numerar y sin correspondencia con ningún día
de la semana; también se añadiría un día sin
numerar al final del mes de junio de cada año bisiesto. Con ello,
los meses pasarían a ser de 30 y de 31 días, pero los trimestres
serían siempre de 91, y tendrían 13 semanas exactas, con
lo cual el número mensual de días laborables sería
siempre invariable. Pese a la precisión y a las ventajas prácticas
que conllevaría la universalización de este calendario,
la resistencia de numerosos gobiernos a adoptarlo hizo que cayese en un
olvido de donde difícilmente podrá ser rescatado.
CALENDARIO
TZOLKIN
De 260 días es el más usado por los pueblos
del mundo maya. Lo usaban para regir los tiempos de su quehacer agrícola,
su ceremonial religioso y sus costumbres familiares, pues la vida del
hombre maya estaba predestinada por el día del Tzolkin que correspondía
a la fecha de su nacimiento. Esta cuenta consta de los números
del 1 al 13 y 20 nombres para los días representados asimismo por
glifos individuales. Al llegar al decimocuarto día, el número
del día regresa al 1 continuando la sucesión del 1 al 13
una y otra vez. El día 21 se repite la sucesión de los nombres
de los días y así sucesivamente. Ambos ciclos continúan
de esta manera hasta los 260 días sin que se repita la combinación
de número y nombre pues 260 es el mínimo común múltiplo
de 13 y 20.
Calendario1-
INTRODUCCIÓN
Calendario-2-
ICONOGRAFÍA
Calendario-3-
ALMANAQUE
Calendario-4-
CRISTIANO
Calendario-5-
AMERINDIO
Calendario-6-
AZTECA
Calendario-7-
CHINO
Calendario-8-
COPTO
Calendario-9-
EGIPCIO
Calendario-10-
GREGORIANO
Calendario-11-
HEBREO
Calendario-12-
ISLÁMICO
Calendario-13-
JULIANO
Calendario-14-
MAYA

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