Calendarios-1

INTRODUCCIÓN

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El estudio del calendario de un pueblo tiene gran interés para el historiador de las religiones y el etnólogo. Con él se aclaran muchas cuestiones relacionadas con las festividades propias de él, su carácter, periodicidad, etc. Julio Caro Baroja

Calendario - Sistema de distribución de los días del año en meses: la mayoría de los pueblos disponen de calendarios guiados por astros, ya sea el Sol o la Luna.
Almanaque - Indica los días de la semana, los meses y las fechas correspondientes.

CALENDARIO
Sistema de división, ordenación y coordinación del tiempo aplicado a períodos extensos como los días, meses o años con el fin de registrar, describir y organizar los fenómenos astronómicos y estacionales, así como los religiosos y socioculturales.
El hecho de que las tres unidades básicas del calendario (el día, el mes y el año) no puedan expresarse en múltiplos ni en divisores exactos entre sí, ha determinado todo tipo de desajustes, vacilaciones y cambios en la división y organización del tiempo y del calendario en la mayoría de las sociedades.

El día es la unidad cronológica natural y básica en todos los sistemas de calendario. Corresponde al tiempo medio que separa dos ortos o dos ocasos consecutivos del sol, o a dos pasos consecutivos de éste por el meridiano de un mismo lugar. En algunas sociedades arcaicas, como por ejemplo en la primitiva vasca, parece que las divisiones del tiempo se basaban en la noche, con el fin de adecuarse mejor a la cronología lunar. Las unidades menores, como las horas, no son naturales, sino convencionales y no universales.

Dentro de las unidades mayores, la semana de siete días constituye una división también artificial, convencional y no universal, cuyos orígenes se creen relacionados con el simbolismo mágico del número siete en numerosas culturas. El hecho de que, en las tradiciones indoeuropeas y semíticas, por ejemplo, los nombres y sentidos de los días de la semana estén relacionados con teónimos o con conceptos y tabúes sagrados parece reforzar esta teoría. También es posible que la semana de siete días guarde relación con la división cuatripartita del mes lunar según las cuatro fases de la luna.

El año es otra unidad cronológica natural y universal que se define como el período que tarda la tierra en completar una órbita completa alrededor del sol. Aunque existen varios modos de medir este período, el más común es el que define el año trópico, que corresponde al intervalo entre pasos sucesivos del sol por el equinoccio de primavera, es decir, por el punto en que la eclíptica corta el ecuador celeste. La equivalencia exacta de este tipo de año es de 365 días, 5 horas 48 minutos y 45´5 segundos, es decir, de 365´242199 días solares, cada uno de los cuales puede subdivirse en 24 horas, 3 minutos y 56´55 segundos. El día solar medio sería, en consecuencia, el tiempo que tarda el sol en cruzar dos veces el meridiano.

La estabilidad de los sistemas de organización y categorización del tiempo se explica, en primer lugar, porque el calendario pretende ser un calco sociocultural del repetitivo e inexorable ciclo estacional y ecológico que regula la relación de cualquier pueblo con su entorno natural. Toda la actividad económica, cultural y espiritual de las sociedades más tradicionales se ajustaba al ritmo que marcaba la meteorología y el devenir de las estaciones; asimismo, el calendario de efemérides (sagradas y laborales, fastas y nefastas) quedaba como marcador y regulador básico de los ciclos productivos y espirituales de la sociedad, funcionaba como una especie de referente sociocultural del ciclo ecológico y estacional al que se superponía. Las efemérides de primavera, verano, otoño e invierno, por ejemplo, se concretaban en fiestas y celebraciones de tipo tan diverso como las circunstancias meteorológicas y habitacionales en que cada una tenía lugar. La antigua costumbre, arraigada desde tiempo inmemorial en toda Europa, de quemar durante la noche de Navidad un tronco de árbol cuyos restos se consideraban mágicos y sagrados y se guardaban cuidadosamente, tiene una innegable dimensión "invernal"; mientras que las grandes fiestas comunales y al aire libre de los meses de agosto y septiembre, coincidentes con la recolección de los productos agrícolas, tienen evidentes condicionamientos y proyección "veraniegos".

En algunas culturas primitivas del norte de Europa, el final de la hibernación del oso marcaba el inicio del calendario anual, debido a la extrema sensibilidad y perfecta sincronización de este animal con el ciclo bioecológico. Ello llevó a la consideración del oso como un ser mágico-religioso condicionante y determinante del ciclo sociocultural del hombre, así como a la concreción en torno a él de un complejo de mitos, creencias, cuentos, ritos, cultos y fiestas periódicas cuyos ecos siguen sintiéndose en la tradición contemporánea, tal como apreció, ya en 1863, Johann Jakob Bachofen (1815-1887) en su libro Der Bär in den Religionen des Altertums (El oso en las religiones de la antigüedad) (1863). De hecho, en las mascaradas carnavalescas contemporáneas que cierran el ciclo festivo del invierno y dan paso al de la primavera en gran parte de Europa, la figura del oso ha desempeñado y desempeña (incluso en España) un papel destacado. Es éste un ejemplo de cómo, desde tiempos prehistóricos y hasta hoy, el calendario se ha conformado como registro y síntesis ritualizada de los condicionantes ecológicos, sociales y espirituales de la vida del hombre.

La otra característica básica de los sistemas de medida y organización del tiempo es su hibridismo. Los calendarios de culturas colindantes siempre muestran coincidencias y elementos compartidos muy significativos, de modo que en las contadas (y a menudo traumáticas) ocasiones en que un sistema de calendario es sustituido por otro, lo normal es que mantenga abundantes elementos heredados del anterior. Por ejemplo, es bien sabido que lo más importante del calendario de celebraciones cristiano se fue construyendo, especialmente entre los siglos IV y VII, sobre la base de festividades paganas anteriores, cuyo culto pretendió (sin demasiado éxito) erradicar y luego parcialmente asimilar, la emergente autoridad religioso-política de la Iglesia Romana. Hoy es bien sabido que la fiesta de la Natividad de Cristo, que originalmente se celebraba cada 25 de marzo coincidiendo con el equinoccio de primavera, se acabó trasladando al 25 de diciembre para que se superpusiera, anulase y asimilase las arraigadísimas celebraciones paganas del nacimiento del dios Sol. De la misma manera, la conmemoración de la muerte de Cristo se hizo coincidir a propósito (con iguales objetivos) con la de la muerte de Atis, que la Iglesia Romana pretendía desde hacía tiempo erradicar. Lo mismo puede decirse de las fiestas de carnaval, mayo o San Juan, que tienen paralelos en los calendarios festivo-religiosos de numerosos pueblos de religión no cristiana; lo mismo sucedió con muchos otros santos particulares que se superpusieron con gran precisión temporal al ciclo festivo pagano precedente. Donde no obtuvo demasiado éxito (salvo, parcialmente, en Portugal) la Iglesia fue en sus intentos de sustituir las denominaciones paganas de los días de las semana referidas a divinidades romanas (dies Martis, dies Mercurii, dies Iovis, dies Veneris...) por las denominaciones de día primero, día segundo, día tercero, etc.

Este tipo de hibridismo interreligioso se halla muy bien documentado, por ejemplo, en el llamado "calendario del año 354" o filocaliano, diseñado por el calígrafo Furius Dionisius Filocalus, que mezclaba de manera indiscriminada elementos y referencias paganas y cristianas, en acertado reflejo de lo que debía ser el sistema de creencias y cultura de su época. Así, conserva tanto las fechas de reinado de los Césares, de los signos planetarios y del Zodíaco, de las figuras de los meses y de los emperadores reinantes o de los fastos consulares hasta el año 354 como los elencos de los mártires y de los Papas, y las tablas para determinar los días en que se celebraba la Pascua desde el año 312 hasta el 354. Numerosos fenómenos de hibridismo entre ritos y fiestas procedentes de religiones y tradiciones diversas se han documentado hasta bien entrada la Edad Moderna en áreas de cultura escandinava, celta, eslava, vasca o amerindia por ejemplo, y puede decirse que en determinadas áreas culturales fuertemente tradicionales no han llegado a desaparecer del todo. Como ha señalado Gabriel Llompart, "el calendario cristiano es, por lo tanto, una realidad evolutiva. En Occidente tenemos la primera ordenación de fiestas en los Estatutos de Reims (de principios del siglo VII). En él las fiestas del Señor son las siguientes: Navidad, Circuncisión, Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés... Las de la Virgen son: Anunciación, Asunción y Natividad. Las de los Santos: San Juan Bautista, Santos San Pedro y San Pablo y San Andrés. En total, arroja sesenta y cinco días de fiestas, añadidos los domingos. La primera ordenación para Italia es del 856. En el grupo del Señor añade las Rogativas, y en el grupo de los santos: San Esteban, San Juan Evangelista, los Inocentes y San Miguel. Resultan, en total, ochenta y ocho días festivos. Del culto de los mártires (el cual tuvo lugar en Roma, conforme a las costumbres de la Roma antigua, con los correspondientes trigésimos y aniversarios) se pasó al de los ascetas, obispos y vírgenes. En un sentido diferente también se pasó del culto local al culto regional y también universal".

Un último rasgo fundamental que cabe señalar con respecto a los sistemas de calendario, además de su estabilidad y su hibridismo, es el carácter conflictivo de sus períodos de transición. Como se ha puesto muchas veces de relieve, los desajustes entre el día, el mes lunar y el año solar han dado lugar a numerosas vacilaciones y reformas que tienen relación con la conflictividad que también se atribuye, en todas las culturas, a los períodos de tránsito de una estación a otra, de un mes a otro, etc. W. Liungmann publicó en 1941 un significativo libro titulado Der Kampf zwischen Sommer und Winter (La lucha entre el verano y el invierno), analizador de este tipo de fenómenos, que también han sido documentados en las tradiciones española, indoeuropea y semítica en general, tal y como ha puesto de relieve el estudio de José Manuel Pedrosa (1995) sobre el mito de El pastor y marzo y las creencias y cultos asociados a la festividad del 25 de marzo. Consecuentemente, el calendario gregoriano y el calendario de fiestas religiosas y profanas vigentes en la actualidad en la mayor parte del mundo constituyen, más que sistemas de medición y organización del tiempo, grandes paradigmas socioculturales donde se pueden rastrear y analizar huellas de creencias, mitos y religiones tanto cristianas y occidentales como pre y extracristianas conectadas, en última instancia, con los estratos más arcaicos de pensamiento y comportamiento del hombre y con su relación directa con los ciclos bioecológicos de la naturaleza.

Hasta bien entrado el siglo IX, la iglesia de Roma estimaba los años transcurridos de acuerdo con la costumbre que provenía del Imperio Romano, desde la fundación de Roma (ab urbe condita). Sin embargo a partir del mandato de Diocleciano (283 313) se comenzaron a contar los años, no desde la fundación de Roma, sino desde el comienzo de su gobierno: la era diocleciana.

Para los cristianos era muy importante determinar con absoluta exactitud la celebración de la fecha de la Pascua. Pero esto no era fácil, ya que tenían que coincidir los cálculos del calendario judío con los del romano (o juliano). De hecho, las dos sedes más importantes de la cristiandad de aquellos tiempos, Roma y Alejandría, discrepaban en la fecha de su celebración.
En el año 526 la diferencia era ya considerable, pues las desigualdades en el cómputo se habían acumulado durante muchos años. Con objeto de evitar que la pascua fuera festejada en dos fechas distintas, el Papa Juan I encargó a Dionisio el Exiguo (470 550) que hiciera los estudios necesarios para tomar una decisión definitiva. Este monje escita, que residía en Roma, era famoso por su erudición. Dionisio el Exiguo, elaboró una tabla de fiestas de Pascua valederas para 95 años, que entraría en vigor después de que acabaran en el 531 otras que elaboró el obispo Cirilo de Alejandría. Ahora bien, el patriarca Cirilo había confeccionado sus fechas de Pascua utilizando como inicio del cálculo la era de Diocleciano. Esto puso furioso a Dionisio el Exiguo, ya que este emperador se había convertido al final de su gobierno en un implacable perseguidor de los cristianos. Cierto día, tuvo una ocurrencia que le pareció absolutamente feliz: )porqué había de contar los años a partir de un emperador pagano, cruel asesino de creyentes? )Porqué no hacerlo comenzando por el momento en que Jesús, el Salvador, había iniciado su vida terrena? En su obra Sobre la Pascua escribió así:

"No hemos querido ligar el cómputo de nuestros ciclos con la memoria de un perseguidor impío de la Iglesia; más bien hemos elegido designar la numeración de los años a partir de la fecha de encarnación de Nuestro Señor Jesucristo".

La idea le pareció muy acertada. Dionisio tomó como día del nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, fijándose en una tradición firmemente arraigada en su época, aunque esta fecha se había establecido artificialmente tan sólo tres siglos antes, de manera que coincidiese con la del dios Mitra. Así se obligaba a las gentes recién convertidas a olvidarse del dios pagano y a celebrar en ese día la encarnación del Hijo de Dios. Pero esa es otra historia...

Por medio del estudio de una tabla en la que aparecerían los emperadores romanos desde adelante hacia atrás, y contando los años que habían gobernado cada uno de ellos, Dionisio fijó la fecha del nacimiento del Salvador en la nochebuena del año 753 "ab urbe condita" (desde la fundación de Roma). Según la tradición religiosa judía, un varón judío no es nombrado ni considerado como parte de la congregación hasta haber sido circuncidado, el octavo día después de su nacimiento, así que el 1 de enero del año 754 AUC sería el primer día del primer año de la Era Cristiana.

Nota: Hay que mencionar que, en los tiempos de Dionisio el Exiguo, el año eclesiástico comenzaba el 25 de diciembre, precisamente como homenaje a la supuesta fecha del nacimiento de Cristo, y no el 1 de enero como sucede ahora. De hecho esto fue así para la Iglesia Romana hasta el año 1691. Pero Dionisio se equivocó en sus cálculos. El evangelio de san Mateo (2,1), nos dice que Jesucristo vino al mundo durante el reinado de Herodes el Grande y que éste tardó cierto tiempo probablemente algo menos de 2 años en tomar la decisión de acabar con todos los niños de Belén para eliminar a un posible pretendiente al trono (Mateo 2,16). Y ahí reside su error, ya que Herodes el Grande murió en el 750 AUC; por lo tanto, Cristo debió nacer en el 748 AUC o 749 AUC, uno o dos años antes.

El sistema de Dionisio funcionaba pero éste no tuvo en cuenta que Augusto César gobernó con su verdadero nombre, Octavio, durante cuatro años. Así, según el sistema de Dionisio, la fecha de la Natividad sería el 749 AUC. Esta hipótesis es corroborada por algunos investigadores, entre los que se encuentra Mark Kidger del Instituto de Astrofísica de Canarias, que tomando como base la aparición de una nova (la Estrella de Belén) el año 749 AUC (5 a.C.) creen posible la determinación de éste como el año en que nació Jesús. El caso es que este error de cuatro años perdura hasta hoy.

Dionisio, no se percató de su equivocación y entregó los resultados al Papa en el año 526. La difusión de su obra Sobre la Pascua comenzó a extender entre las gentes la nueva manera de calcular el tiempo a partir de la fecha del nacimiento de Jesús. Ésta no se impuso de inmediato, ya que se difundió de un modo lento y extraoficial, hasta que en el 644 fue aceptada por la Iglesia de Inglaterra. La Iglesia de Francia la asumió en el 742, y más tarde lo hicieron las Iglesias de Hispania e Italia. En Roma se siguió utilizando hasta el siglo IX el sistema romano tardío de la indicción introducido por Constantino en el 312.
El año juliano era 11 minutos y 14 segundos más largo que el año solar. Esta diferencia se acumuló hasta que hacia 1582 el equinoccio de primavera se produjo 10 días antes y las fiestas de la iglesia no tenían lugar en las estaciones apropiadas. Para conseguir que el equinoccio de primavera se produjera hacia el 21 de marzo, como ocurrió en el 325 d.C., año del primer Concilio de Nicea, el papa Gregorio XIII promulgó un decreto eliminando 10 días del calendario. Para prevenir nuevos desplazamientos instituyó un calendario, conocido como calendario gregoriano, que estipulaba que los años centenarios divisibles por 400 debían ser años bisiestos y que todos los demás años centenarios debían ser años normales. Por ejemplo, 1600 y 2000 fueron años bisiestos, pero 1700, 1800 y 1900 no lo fueron. El calendario gregoriano recibe también el nombre de cristiano, porque emplea el nacimiento de Cristo como punto de partida. Las fechas de la Era Cristiana son designadas a menudo con las abreviaturas d.C. (después de Cristo) y a.C. (antes de Cristo).

El calendario gregoriano se fue adoptando lentamente en toda Europa. Hoy está vigente en casi todo el mundo occidental y en partes de Asia. La Unión Soviética adoptó el calendario gregoriano en 1918, y Grecia lo adoptó en 1923 por motivos administrativos, aunque muchos países de religión cristiana oriental conservaron el calendario juliano para la celebración de las fiestas de la iglesia.

¿Porqué no existe un año cero?
Cuando Dionisio el Exiguo propuso iniciar el calendario a partir del nacimiento de Cristo, no incluyó en este sistema el año cero. Es decir que el año anterior al año 1 de la Era Cristiana (1 d.C.) fue el año 1 antes de Cristo (1 a.C.). De este modo el siglo I de la Era Cristiana comenzó con el año 1 y concluyó el 31 de diciembre del año 100 comprendiendo exactamente 100 años completos (1, 2, 3, ..., 100), y el siglo II comenzó el 1 de enero del 101. Asimismo el siglo I antes de Cristo comprendió los años 1 a.C., 2 a.C., 3 a.C., hasta el 100 a.C. (otros 100 años completos).

Dionisio el Exiguo no incluyó un año cero sencillamente porque el concepto de cero no existía en su época. El número cero fue introducido en Europa en el siglo IX por los árabes, que lo habían tomado a su vez del sistema indio. Pero aunque Dionisio hubiera incluido un año cero (que no lo hizo), )a qué siglo pertenecería este año, al siglo I antes de Cristo, al siglo I después de Cristo, o a los dos a la vez? De haberlo hecho, posiblemente habría provocado aún más confusión. Además, teniendo en cuenta que el tiempo es una magnitud continua, no tendría sentido hablar de un año cero sino de un instante cero, el paso del año 1 a.C. al año 1 d.C., es decir las 00:00 horas del 1 de enero del año 1 d.C.

De este modo, el primer año no terminaría hasta el final del día 31 de diciembre del año 1 cuando transcurriera un año completo desde el instante cero. La primera década no terminaría hasta el final del día 31 de diciembre del año 10 cuando transcurrieran diez años completos desde el instante cero. El primer siglo no terminaría hasta el final del día 31 de diciembre del año 100 cuando transcurrieran cien años completos desde el instante cero. El primer milenio no terminaría hasta el final del día 31 de diciembre del año 1000 cuando transcurrieran mil años completos desde el instante cero. El segundo milenio no terminaría hasta el final del día 31 de diciembre del año 2000 cuando transcurrieran dos mil años completos desde el instante cero. Y por fin, el tercer milenio (y por tanto el siglo XXI) dará comienzo el 1 de enero del año 2001.

Esto no se basa en una opinión, sino en unos hechos, y en una tradición que dura ya casi 1500 años. Por tanto la nochevieja del año 1999 no se cambió, ni de década, ni de siglo, ni de milenio. Todo eso ocurrió el 31 de diciembre del año 2000, aunque más de uno (incluso el actual Presidente de Gobierno) se empeñó en decirnos lo contrario.

La clave del asunto (y lo que indujo a error), es que se piensa que hubo un año cero, cuando éste realmente nunca existió.

ALMANAQUE
Del árabe al manaj, (círculo de los meses). El diccionario lo define como "catálogo que comprende la distribución del año en meses, semanas y días, con noticias astronómicas, meteorológicas, agrícolas, de fiestas y otras". Han existido también almanaques literarios, artísticos, políticos, etc.

Pero no hay certeza de que se la inventaran los árabes, esta palabra. En latín existe el término mánacus y la expresión mánachus círculus, para denominar el círculo de un meridiano que servía para indicar los meses. Al no pertenecer esta terminología al latín clásico, hay razonables dudas de que no proceda del griego mhnakoV (ménacos), cuya forma dórica es manacoV (mánajos), derivados ambos de men (men) que significa mes, y su adjetivo mhniaioV (meniáios), que significa mensual. Es posible que hayan pasado al latín y al griego a través del árabe. Eusebio, en el siglo III usa la palabra almenacika (almenajiká) para referirse a los "almanaques" en que los egipcios se informaban de los horóscopos, de los "señores del ascendente", de las facultades curativas que tienen, de los presagios. Éste podría ser el precursor de nuestros almanaques y calendarios, sin parecerse todavía excesivamente a ellos, sino más bien a un horóscopo cíclico.

Justamente a partir de este hecho, argumenta Corominas la verosimilitud (aunque reconoce que es imposible probarla) de que la palabra árabe manah (que nos dará con el artículo almanah), que significa exactamente "lugar donde se para en un viaje", "residencia", "campamento", "descanso del camello", haya sido la utilizada por los astrólogos para denominar las constelaciones, que eran entendidas por los antiguos como las doce "paradas" que hace la tierra en su recorrido alrededor del sol. De ahí pasamos a las mansiones (palabra derivada del latín manere = permanecer, quedarse), elegida probablemente por su similitud tanto léxica como semántica con el término manah de los árabes. De las "mansiones" se pasó a las "casas", que es el término que actualmente se usa en astrología.

Como dicen los italianos, se non é vero, é ben trovato. Esta explicación, además de tener grandes visos de verosimilitud, es preciosa. Nos hace venir el almanaque de la astrología, que al fin y al cabo es la madre de la astronomía, y ésta el origen de la medición del tiempo. El hecho de que en sus inicios los almanaques fuesen astronómicos y meteorológicos, aplicados especialmente a la agricultura, abona la bondad de este origen.

La palabra calendario procede del latín calendas, que es como se denominaba el primer día de cada mes, que al ser lunar, se correspondía con la luna nueva. El día 5 ó 7 se llamaba las nonas y el 13 ó 15, que correspondía a la luna llena, los idus. "Hacer almanaques" es "hacer castillos en el aire".

CALENDARIO AMERINDIO
El Horóscopo de los Indios Norteamericanos está basado en la Rueda de la Medicina, primer calendario que tuvieron los Indios de Norteamérica, cuyo círculo mágico abarca a todo el planeta.

Según los historiadores, los Indios Norteamericanos comprobaron como cada trece lunas se repetía la misma estación y crearon su calendario sobre el caparazón de una tortuga cuyos círculos sumaban trece y a la que denominaron como Rueda de la Medicina

CALENDARIO AZTECA
Cuando llegó Hernán Cortés a México, el calendario azteca acababa de ser reformado, y el año empezaba el día 1 de Atlacalmaco, que coincidía con nuestro 1 de marzo. No está claro si fue el mes o la Asemana@ la más antigua unidad de medida de los días. De todos modos, en todos los calendarios de la historia vemos cómo son los días de mercado los que marcan la cadencia de las semanas (en algunas lenguas se usa la misma palabra para denominar la feria o mercado y la semana). Entre las culturas centroamericanas se instituyó la celebración del mercado cada 5 días y por tanto la semana de 5 días (fue la sacralización del número 7 en nuestra cultura lo que determinó que nuestra semana sea de 7 días). La siguiente unidad era el mes de 20 días, con un total de 18 meses al año, que sumaban 360 días. Para completar los 365 días del año solar (366 los bisiestos, que también los tenían) añadían al final del año los 5 (o 6) días llamados nomentemis, que dedicaban íntegramente al placer y la diversión; en esta última semana del año no había feria, para no interrumpir las celebraciones. Algo muy parecido a las saturnales romanas y las navidades cristianas con que se despide el año viejo y se recibe al nuevo.
El hecho de que las culturas de centroamérica no hubiesen desarrollado la escritura, no representó ningún impedimento para el desarrollo de un calendario perfecto. Asignaron nombres con los respectivos pictogramas a los 20 días del mes (1 flecha, 2 tigre, 3 águila, 4 cuervo, 5 los cuatro movimientos del sol, 6 pedernal, 7 lluvia, 8 flor, 9 serpiente armada de harpones, 10 Ehecatl (el gran dios Ketzalcoatl en figura de viento), 11 casa, 12 lagartija, 13 culebra, 14 muerte, 15 venado, 16 conejo, 17 agua, 18 perro, 19 mona, y 20 hierba). De este modo era fácil representar el desarrollo del tiempo. Parece que antes de llegar a este nivel de denominación, sólo tuvieron cuatro nombres (como una semana de 4 días) que se iban repitiendo hasta completar el mes. Estos nombres eran ácatl, tepatl, calli y tochtli, que representaban a los cuatro astros (Sol, Luna, Venus, Tierra), a los cuatro vientos, a las cuatro estaciones, o a los cuatro elementos. Parece que desde muy antiguo dividían el año en cuatro estaciones; que se guiaban por los equinoccios y los solsticios; y que dividieron el día en 16 Ahoras@: 8 laborables, desde la salida a la puesta del sol, y las 8 restantes de descanso.

Al igual que ocurrió en el viejo continente, los calendarios avanzaban con las respectivas culturas. Por más que en los mitos respectivos cada uno aparezca como iniciador del tiempo, el caso es que los calendarios maya, nahoa y azteca pertenecen a una misma fuente cultural. En el año 249 a. de J.C, cuando el calendario romano era un auténtico caos, y aún faltaban siglos para la reforma juliana que instituyó los años bisiestos, en ese año se reunieron los sacerdotes de las tribus nahuas para corregir las desviaciones de su calendario, introduciendo el año Abisiesto@ (la repetición cada cuatro años del último de los días nomentemis). Esta reunión tuvo lugar en Huehuetlapallan, una de las siete ciudades mexicanas que formaron Chicomoztoc, la ciudad mexicana más importante de los nahuas. Instituyeron también el período de 52 años, formado por cuatro haces o gavillas de años (13 x 4). Con esta ocasión en que ajustaban exactamente el calendario al sol, celebraban una extraordinaria fiesta religiosa en la que se extinguía el fuego viejo y se encendía un nuevo fuego sobre el cuerpo de la víctima humana que con esta ocasión se iba a sacrificar. Todos los fuegos del imperio se extinguían antes de tan gran ceremonia (en épocas, los días nomentemis que la precedían tuvieron carácter de duelo, penitencia y sangrientas disciplinas, simbolizando la preparación para el fin del mundo); y después de la gran oscuridad, llegaba la explosión de la luz: infinidad de antorchas encendidas en el fuego nuevo de la pira del sacrificio, partían en dirección a todas las ciudades y poblados. Es de notar el singular paralelo con la celebración judeocristiana de los jubileos cada 49 años (7 x 7), siendo el quincuagésimo, el año jubilar.

CALENDARIO BABILONIO
Fue el modelo del calendario judío primitivo, cuya regulación se ajustaba también, con el objeto de resolver los desajustes entre meses y años, al ciclo de 19 años. Ello se lograba mediante la interpolación de un año embolismal (de 13 meses lunares) cada dos o tres años, por el procedimiento de repetir el mes de Adar, que precede a la luna de primavera. Uno de los más antiguos sistemas de calendario que se conocen, el babilónico, era lunar, y se caracterizó por la gran precisión con que resolvió muchos problemas de cronología. Permitía la predicción de los momentos de primera visibilidad de la luna tras su conjunción con el sol, con lo que se podía saber anticipadamente si la duración de un mes sería de 29 o de 30 días. Asimismo, resolvía sus desajustes en relación con la duración del año mediante la introducción de hasta 7 meses a lo largo de 19 años.

CALENDARIO CHINO
Las sociedades desarrolladas se distinguen por su alto índice de producción frente a un bajo índice de reproducción, lo que genera un vacío demográfico que succiona con fuerza los excedentes demográficos de regiones más pobres y más prolíficas. De ahí resulta una mezcla de culturas que contribuye a un fructífero conocimiento recíproco. Forman parte de nuestro paisaje urbano los restaurantes chinos, que son la actividad más notoria de este pueblo inmenso en nuestros lares. Gracias a los magníficos calendarios que editan, síntesis del calendario chino y del occidental, tenemos un cierto conocimiento de cuáles son las coordenadas en que se mueve el calendario chino. Las imágenes que ofrecemos en la web están obtenidas de esos calendarios.

Lo que más nos llama la atención a los occidentales no es tanto su sistema de contar los meses y los años, que se parece bastante al nuestro, incluidas las técnicas para fijar la sucesión de años bisiestos (lo hacen mediante la intercalación de un mes lunar según el ciclo de Metón de 19 años, ya nombrado en relación con otros calendarios). Lo más llamativo para los occidentales, y lo que más promocionan de su calendario (propiamente almanaque), es su horóscopo. Pero antes de pasar a él, he aquí unos cuantos datos sobre las singularidades del calendario chino: su año es lunar, compuesto de 12 meses equivalentes a otras tantas lunaciones, de 29 y 30 días, con la adición de una lunación más en los años Abisiestos@. Por las referencias de que se dispone, en el siglo XII a. de J.C. tenían el calendaro en la situación en que se encontró Julio César más de mil años más tarde el calendario romano, y abordaban la reforma que en nuestro calendario llamamos juliana, y que se refiere a la introducción de los años bisiestos para corregir el diferencial de un día y algo más cada cuatro años. La fecha de la que arranca el calendario chino es el año 2697 a. de J.C. Eso significa que hemos de añadir esa cifra al año que marca nuestro calendario para saber en qué año están los chinos. El año empieza cuando el sol entra en piscis; ese mes tendrá el nombre de primero del año (los nombre de los meses son ordinales, como la mayoría de los antiguos meses romanos). Siendo lunar la cultura china, celebran los novilunios y los plenilunios; y cuando añaden una lunación más al año, lo celebran con unos festejos y rituales especiales. En vez de nuestro gran ciclo de cien años (el siglo), tienen el ciclo de 60 años (relacionado con un determinado número de lunaciones) que celebran con grandes festejos. Con esta celebración se inicia realmente un nuevo ciclo y vuelve a iniciarse la numeración de los meses. Los meses están divididos en dos partes, que se cuentan por el tiempo que tarda el sol en avanzar desde el principio a la mitad de cada signo zodiacal, y desde aquí al final. El mes lunar lo dividen en tres Asemanas@ de 10 días cada una. Los días 1, 11 y 21 son considerados días especialmente faustos. Los días se denominan por su ordinal (de hecho igual que nosotros, si hablásemos con estricta propiedad). El día chino empieza a medianoche, y está dividido en 12 partes llamadas schi. Cada schi consta por tanto de dos horas. Cada schi consta de 8 ko, es decir de 8 cuartos de hora; y cada ko consta de 15 feu ( = minutos).

Respecto al horóscopo chino consta, como el nuestro, de 12 casas o eras que son: la del dragón, la de la serpiente, la del caballo, la del carnero (única coincidencia de signo con el occidental), la del mono, la del gallo, la del perro, la del cerdo, la de la rata, la del buey, la del tigre y la del conejo. El reinado de cada signo dura un año, y no vuelve hasta haber dado la vuelta todo el zodíaco. Así, fueron años del dragón el 1940, 1952, 1964, 1976, 1988, 2000; y lo serán el 2012, etc. De la serpiente, el 1941, el 1953, el 1965, el 1977, el 1989; y lo es el año 2001, etc. Cada uno está bajo el dominio del signo del año en que nació, y vuelve a estar en ese signo cada 12 años. A partir de estos cálculos, que se vienen haciendo desde milenios, determinan los chinos la suerte de cada uno.

CALENDARIO COPTO
Presente por sus monumentos, el antiguo Egipto queda inconscientemente vivo en innumerables gestos y costumbres, cuya antigüedad desconocen los felás modernos (Serge Sauneron, Dictionnaire de la civilisation égyptienne),

La sorprendente vitalidad de la antigua cultura egipcia sigue todavía presente en no pocos aspectos de la vida del actual Egipto. Los años transcurridos, y sobre todo, la implacable superposición de culturas, no han logrado, sin embargo, desarraigar costumbres y tradiciones que, muchas veces inconscientemente, perviven en múltiples facetas de la vida religiosa, agrícola y cultural del pueblo egipcio. Caso típico de esta supervivencia es el del calendario del antiguo Egipto, al que Posener define como "el único inteligente que existió jamás en la historia humana". Este calendario preside aún hoy la vida religiosa de los cristianos coptos, la actividad agrícola de los egipcios y conserva los nombres de los dioses y de las fiestas de época faraónica.
Para medir el tiempo, los egipcios acudían a una división racional, consecuencia de observar los fenómenos celestes y relacionarlos con la crecida del Nilo y el retorno de las estaciones. Para los egipcios, el tiempo se encerraba en lo que tarda en sazonar un determinado cultivo. A su vez, este tiempo estaba caracterizado por dos fenómenos naturales: la inundación del Nilo y la aparición helíaca de Sothis, nuestro Sirio, visible tras un periodo de setenta días de ocultación.

De acuerdo con estas premisas se confeccionó un calendario lunar que repartía el año en doce lunas, unas de veintinueve y otras de treinta días. Estos doce meses se dividían en tres estaciones de cuatro meses cada una: la estación de la inundación o Akhet, la de la siembra o Peret y la de la cosecha o Chemou. A su vez, cada mes se subdividía en tres décadas, pero como a este ciclo lunar le faltaban once días para coincidir con la aparición de Sotis, se intercalaba un mes supletorio cada dos o tres años consagrado al dios Thot.

La cifra de trescientos sesenta y cinco días para el conjunto del año solía coincidir con la crecida de las aguas. Las observaciones astronómicas demostraron que el año sotíaco relacionado por los egipcios con el principio de la crecida equivalía aproximadamente a un año solar. El año lunar, que cuenta de 354 días mínimo a 384 máximo, da asimismo la cifra de 365 días si se considera la media de veinticinco años lunares.


Pero la desigualdad de los meses y la incrustación de uno irregular descabalaba el funcionamiento de las instituciones civiles hacía dificil la recaudación de impuestos. Un año en que la riada coincida con la aparición helíaca de Sotis se produce la primera reforma del calendario. El año de 365 días se divide entonces en doce meses regulares de treinta días a los que se añaden 4, 5 ó 6 días epagomenes.

CALENDARIO ECLESIÁSTICO
Distribución de los ritos de la iglesia durante el año.

CALENDARIO EGIPCIO
Como dice el padre de la Historia, Herodoto, Egipto es un don del Nilo: un don no sólo en el aspecto económico y político, sino también en el religioso y científico. Del mismo modo que el Nilo condicionó su unidad política, su forma de economía, su extraordinario sentido higiénico cuya expresión última era la momificación (las crecidas del Nilo dejaban tras sí mucha podredumbre, con la que era preciso saber manejarse), su conocimiento avanzado de la geometría (las crecidas son de nuevo el motor), y con ella la aritmética, también fue el Nilo el padre del profundo conocimiento astronómico que desarrollaron los egipcios, porque éste se desbordaba cada año con precisión de cronómetro, iniciándose las crecidas siempre el mismo día, y con ellas todo un proceso inmutable de vida y muerte vegetal, animal y humana. El gran referente celeste era la estrella Sirio, a la que los egipcios llamaban Sotis. Se trata de la estrella a de la constelación del Perro Mayor. Es la estrella más resplandeciente del cielo. Su nombre significa Brillante, y su salida helíaca coincidía con el solsticio de verano, la gran fiesta solar, y con la crecida del Nilo.

Siendo Sirio el gran astro, cuyo resplandor prodigioso cantan Homero y Hesíodo y celebran muchos otros autores antiguos, los egipcios iniciaron su calendario cuando coincidió su orto helíaco con el día 1 del mes Thoth, el primero de los doce meses egipcios. Este fenómeno astronómico de produjo el año 2782 antes de Cristo, en el que se inició la llamada era sotíaca. El año egipcio constaba de 12 meses iguales, de 30 días, con lo que la suma del año era de 360 días, a los que se añadían al final los 5 epagómenos (complementarios). Los meses se agrupaban en tres estaciones de cuatro meses cada una. El día era de 24 horas, y se consideraba su inicio a las 12 de la noche.

Les ocurrió a los egipcios lo mismo que a los romanos antes de la reforma juliana, que la acumulación de los decimales de día habían desplazado el calendario civil muchos días con respecto al calendario astronómico. El año 238 a. de J.C. se reunieron en Cánope, en el templo de los dioses Evergetas los jefes de los sacerdotes sabios, los llamados hierográmatas (los gramáticos o letrados sagrados) y demás jefes religiosos de Egipto para afrontar la reforma del calendario: se trataba de hacer coincidir la celebración de la aparición de Sotis en el cielo, con su aparición real. La solución fue la misma que adoptó el calendario juliano unos siglos más tarde: añadir cada cuatro años un día más a los días epagómenos (los sobrantes de la cuenta de 12 meses iguales). Los celos entre los sacerdotes de distintas regiones hicieron fracasar la reforma.

Se hizo célebre Cánope porque allí se encontró en 1866 una estela erigida por Tolomeo III Evergetes I, en griego, en jeroglífico y en demótico, conteniendo un edicto (el Decreto de Cánope) en el que de paso que se manda rendir culto a él, a su esposa y a una hija de ambos prematuramente muerta, se hace referencia a una reforma del calendario en estos términos: APara que las estaciones se sucedan según una regla absoluta y según el orden del mundo, y para que no suceda que los ritos y fiestas que corresponde celebrar en invierno caigan en verano, a causa de la alteración de un día cada cuatro años, en la salida del astro (Sirio); y que tampoco otros ritos y fiestas celebradas en verano caigan más tarde en invierno, como ya se ha visto y acaba de suceder; de hoy en adelante, en el presente año, compuesto de 365 días más los 5 adicionales, y luego cada cuatro años se intercalará, entre los 5 días epagómenos y el nuevo año, un día consagrado a la fiesta de los dioses Evergetes.@ (Evergetes son los dioses bienhechores, los que obran bien). He ahí en el decreto bien resumida la reforma del calendario egipcio tan decisiva como la de Julio César en el calendario romano, pero con siglos de adelanto. Como nota arqueológica conviene observar que gracias a este decreto pudo Champolión culminar la interpretación de los jeroglíficos.

CALENDARIO GREGORIANO
Es el más adoptado en el mundo occidental. Nace de la reforma introducida por el papa Gregorio XIII. La reforma anterior, propiciada por Julio César, había establecido que el año debía conformarse con once meses de 30 y 31, y febrero de 28. La excepción a la regla se daba cada cuatro años: febrero se compondría de 29 días en los llamados años bisiestos. La lógica de este calendario residía en suponer que la duración del año era de trescientos sesenta y cinco días y seis horas. En realidad la duración del año es algo menor: trescientos sesenta y cinco días, cinco horas, cuarenta y ocho minutos y cuarenta y seis segundos. La suma de estos once minutos que sobraban cada año alcanzaba en el siglo XVI un total de diez días. El concilio de Trento se ocupó de este asunto y puso en manos del Papa la tarea de encontrar una solución. Fue el papa Gregorio XIII, en el año 1582, quien emprendió la reforma del Calendario Juliano. Para eliminar los diez días que sobraban se suprimieron del mencionado año de la reforma (1582) y en el mes de Octubre los días comprendidos entre el 5 y el 14 (del día 4 se pasó al 15); y para que esta anomalía no volviera a repetirse, se decretó que los años del principio de cada centuria no serian bisiestos excepto en el caso de que fueran múltiplos de cuatrocientos (así, por ejemplo, el año 1900 no fue bisiesto; pero si lo fue el año 2000).

En nuestra civilización occidental hemos conocido sólo dos eras auténticas: la era "ab urbe cóndita" (la que se inicia con la fundación de Roma), y la era "ab incarnatione Dómini" (desde la Encarnación del Señor), que propuso en el año 527 el monje Dionisio el Exiguo, y que el año 607 asumió como propia el papa Bonifacio IV. Esta fecha se fijó en el 25 de marzo (fiesta de la Anunciación y por tanto de la Encarnación) del año 753 ab urbe cóndita; luego se desplazó hacia el 25 de diciembre y el 1 de enero, en que se conmemora el nacimiento de Cristo (está clara la incongruencia de celebrar en días distintos el nacimiento de Cristo y el principio del año, cuando se pretende que la cuenta de los años empieza en este acontecimiento).

Para hacernos una idea de lo costoso que fue llegar al calendario único para toda la cristiandad, no hay más que anotar que en Portugal no se adoptó la era cristiana hasta casi las vísperas del descubrimiento de América. Otras "eras" de menor entidad, de corta duración por tanto, son las que impusieron los romanos a los pueblos conquistados: la era de Augusto en Egipto, la Antíoco Cesárea en Asia Menor, la era de España, la era de los Anni Augustorum, la de Diocleciano. Y ya en el cristianismo, en la zona de Oriente, la era bizantina, que empezaba el 5509 a. de J.C. (por la cuenta bíblica del principio del mundo).

Está claro que mientras se le daba vueltas al tema de la era (del principio de la cuenta de los años), que al fin y al cabo era un tema menor, se iba tirando de Calendario Juliano, el instituido por Julio César en el año 47 a. de J.C. (707 de la era romana, es decir de la fundación de Roma), a la sazón dictador y gran pontífice.

En 1582 el papa Gregorio XIII promulgó el nuevo calendario, llamado Gregoriano por ser él su promotor. Habían pasado más de 1.600 años de vigencia del calendario Juliano y los pequeños desajustes se habían hecho muy ostensibles al cabo de tanto tiempo. El calendario civil se había retrasado 10 días respecto al calendario astronómico; por lo que Gregorio XIII tuvo que decretar en 1583 el salto del día 10 al 20 de diciembre. Ese año, diciembre tuvo sólo 21 días.

En esencia, la principal aportación de la reforma gregoriana consiste en que la cuenta de los años bisiestos no es rígida como en el juliano; así pues, de la regla general del bisiesto cada cuatro años, se exceptuaban los años múltiplos de 100, excepción que a su vez tenía otra excepción, la de los años múltiplos de 400, que sí eran bisiestos. La nueva norma de los años bisiestos se formuló del siguiente modo: La duración básica del año es de 365 días; pero serán bisiestos (es decir tendrán 366 días) aquellos años cuyas dos últimas cifras son divisibles por 4, exceptuando los años que expresan el número exacto del siglo (100, 200..., 800..., 1800, 1900, 2000...), de los que se exceptúan a su vez aquellos cuyo número de siglo sea divisible por 4. Asimismo se corrigió en el calendario gregoriano la duración de los meses, ya fijada básicamente en el calendario juliano.

El año bisiesto fue ya instituido por el calendario juliano, que añadía un día cada cuatro años en el mes de febrero, intercalándolo entre los días 23 y 24. Los romanos llamaban al 23 de febrero, "sexto calendas Martii" (el sexto día antes de las calendas de marzo). Al no permitir la peculiar cuenta y denominación de los días por los romanos "alargar" el mes, sólo les quedaba la opción de "repetir" un día. El día elegido para ser repetido fue el 23 de febrero, el sexto calendas, por lo que a los años en que se repetía (bis) ese día se les llamó bis sextilis, que nos dio finalmente el nombre de bisiesto. "23 F bis" es un buen recurso mnemotécnico para recordar el origen de la palabra "bisiesto".

El Papa Gregorio XIII reunió un grupo de expertos que, después de cinco años de estudios, implantó el calendario que actualmente tenemos en vigor en la sociedad occidental, realizando las siguientes reformas al calendario juliano.
Se excluyeron diez días, disponiéndose que el 5 de octubre se contase como 15 de octubre.

Se corrigió la duración del año solar, estableciéndose en 365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos.

Se hizo empezar el año el 1 de enero.
Los años seculares se convirtieron en bisiestos sólo si resultaban divisibles por 400, de este modo se ganaba la fracción de un día cada cien años, que en 15 siglos había ascendido a 10 días.

El nuevo calendario fue inmediatamente adoptado en todos los países católicos, pero el resto del mundo tardó en aceptarlo, siendo Rusia el último país que lo adoptó en 1918.

CALENDARIO GRIEGO
Estaba basado en meses de 30 días, que pasaron luego a ser de 29 y 30 días alternativamente, para mantenerse de acuerdo con las fases de la luna. Con posterioridad, adoptaría reglas de intercalación: a partir de la adición de un mes suplementario cada 2 o 3 años, se elaboró la regla consistente en intercalar 3 meses de 30 días a lo largo de cada ciclo de 8 años, añadiéndolos a los años 3, 5 y 8 de dicho período. Con ello, la duración media quedaba fijada en 365´25 días. Pero ello producía, al cabo de cada ciclo, un desfase de 15 días entre las fases reales de la luna y las previstas por el calendario. Para resolver este problema, Metón propuso, en el año 432 a.C., una reforma basada en la constatación de que 19 años de 365´25 días corresponden a un período de 6.939´750 días, prácticamente coincidente con la duración de 235 lunaciones (6.939,688 días); y puesto que 235 lunaciones exceden en 7 meses lunares a 19 años integrados por 12 meses sinódicos, dicha equivalencia permitía establecer una regla de intercalación consistente en repartir 7 meses suplementarios a lo largo de 19 años, con lo que el desfase se reducía a 1 día, aproximadamente, cada 320 años. El sistema propuesto por Metón fue perfeccionado todavía más por Calipo, quien combinó 4 períodos de 19 años en cada ciclo de 76 años, del que suprimió un día. Esta reforma, una de las más precisas que se hayan propuesto nunca, no obtuvo la aceptación oficial, aunque sería aprovechada por algunos astrónomos posteriores como el propio Claudio Tolomeo (ca. 100-ca. 170).

CALENDARIO HAAB
Se basa en el recorrido anual de la Tierra alrededor del Sol en 365 días. Los mayas dividieron el año de 365 días en 18 "meses" llamados Winal de 20 días cada uno y 5 días sobrantes que se les denominaba Wayeb. Cada día se escribe usando un número del 0 al 19 y un nombre del Winal representado por un glifo, con la excepción de los días del Wayeb que se acompañan de números del 0 al 4.

CALENDARIO HEBREO ANTIGUO
Fue el que introdujo además la semana de siete días, cuyo origen guarda, quizá, relación con la división cuatripartita del mes lunar según las fases de la luna.

CALENDARIO HEBREO
La cultura cristiana, heredera directa de la cultura hebrea, mantiene en común con ella una fiesta, la Pascua, y su peculiar situación variable en el calendario. Siendo el nuestro un calendario solar, y el hebreo lunar, cada año nos cae la Pascua, y la Semana Santa que la precede, en fechas distintas. Es por tanto la influencia del calendario hebreo en el nuestro, lo que determina esta peculiaridad no sólo litúrgica, sino también civil. Hay que estar pendiente, pues, del plenilunio de marzo, para cuyo cálculo a largo plazo se han construido diversas tablas o epactas.

El calendario hebreo es eminentemente religioso (todos lo son, pero de éste tenemos más clara constancia). Tiene instituida la semana, cuyos días se nombran por ordinales y empezando por el domingo, para ajustarse a los días de la creación del mundo. Los seis primeros días son laborables, y el séptimo, que sí tiene nombre, el Shabbath (reposo), es el día de descanso, como en el relato bíblico. Obsérvese la coincidencia con la manera española de contar los días de la semana empezando por el primer día laborable (en nuestro caso el lunes) y acabando en el día de descanso; a diferencia de otras lenguas de nuestra cultura, que empiezan la semana por el domingo (día del Sol). Tal como la propia denominación indica, toda la semana está al servicio del sábado, del día de descanso, la gran institución judía, con raíces bíblicas, en torno a la que se fundó una nueva civilización que dio el mayor paso de toda la historia para la abolición de la esclavitud: empezando por el inmenso lujo del descanso sabático también para los esclavos ("no olvides que fuiste esclavo en Egipto"), y continuando por las leyes que limitaban el tiempo y las condiciones de esclavitud.

Al ser lunar el calendario hebreo, porque además es la luna la que marca el tiempo, los meses del año oscilan entre 12 y 13. Con una frecuencia muy complicada de determinar (en el ciclo de Metón, de 19 años, son embolísmicos (de un mes más) los años 61, 81, 91,111, 141, 171 y 191). Esto ya en la reforma del rabí Samuel (383 a de J.C.), que vino a poner orden en un calendario absolutamente variable, en el que las fiestas caían fuera de la estación que les daba sentido. Con esta reforma quedaron los años regulares en 353, 354 y 355 días; y los embolísmicos (que llamamos bisiestos para entendernos), eran de 383, 384 y 385 días. Para ajustar las cuentas hay dos meses, el kislew (del 6 de octubre al 4 de noviembre) y el marjeshván (del 6 de octubre al 4 de noviembre) que oscilan en un día. Los meses son de 29 días los pares, y de 30 los impares. Al principio no tenían nombre, sino tan sólo numeración (recordemos que en el calendario romano antiguo, sólo cuatro meses tenían nombre; el resto, hasta los diez, eran ordinales); pero con la deportación de Babilonia se trajeron algunos nombres de meses. El inicio de las épocas fue también oscilando,hasta que el rabí Samuel marcó como inicio del calendario judío el año de la creación del mundo, que siguiendo la cronología bíblica sería el 7 de octubre del año 3761 a. de J.C. Sumando este número al del año cristiano, sabemos en qué año del calendario judío estamos (a día de hoy, en el 5.762). Y en cuanto a la fecha de inicio del año nuevo, es de una gran complejidad. Se debe celebrar en el Moled que sigue inmediatamente al equinoccio de otoño. Pero al tener que caer en determinado día de la semana, y al contar desde la salida de la luna, y no desde el inicio del día (a las 6 de la tarde) los desplazamientos resultantes son considerables. El calendario hebreo está jalonado por las grandes fiestas: en el mes de Nissán se celebra la Pascua, con el sacrificio del cordero y la ofrenda de las primicias de la cebada; en el mes de Iyar, la segunda Pascua; en el de Siván, la ofrenda de las primicias del trigo (Pentecostés); en el de Tammuz el gran ayuno en conmemoración de la toma de Jerusalén por Tito; en el de Abh, el ayuno por la destrucción del templo; en el de Tishri, el año nuevo la expiación y la fiesta de los tabernáculos; en el de Kislew, la fiesta de la dedicación del templo.

CALENDARIO INDIO
Para hablar con propiedad deberíamos decir calendarios indios, porque la mayor singularidad en cuanto a la medición del tiempo por parte de los indios es que pretenden remontarse al principio de los tiempos (un principio infinito no sólo por indefinido, sino también por la inmensidad de su lejanía). Si los calendarios que se confeccionaron sobre la cronología bíblica se remontan a la creación de Adán, el calendario brahmánico se remonta al origen de Brahma y de Sira, prácticamente a la eternidad. Pero al margen de estas elucubraciones místico matemáticas de corte pitagórico, el calendario convencional de la India se mueve dentro de las coordenadas de los calendarios de las demás culturas, y resuelve de forma análoga el problema de que la duración de la órbita de la Tierra alrededor del Sol no sea divisible por un número exacto de días, sino que da 365=2422008. Es decir que un día sidéreo (dividiendo el tiempo que dura el viaje anual de la Tierra alrededor del Sol entre 365), nos da un pico de casi 4 minutos más por día, con lo que el día sidéreo viene a ser de 24 horas, 3 minutos, y 56,555 segundos. Pero como la rotación de la Tierra sobre sí misma dura exactamente 24 horas, y el día es la unidad más inamovible, he aquí que periódicamente hay que intercalar los días que acaban faltando. El año sidéreo lo computan en 365 días, 6 horas, 12 minutos, 36 segundos y 56 centésimas. La regulación la hacen por ciclos de 12 años y de 60 años (12 x 5). A los años se les asignan los nombres por reglas muy complejas.

El calendario indio está formado por meses lunares puros, que se cuentan por tanto de luna nueva a luna nueva. Los años ordinarios son de 354 o 355 días (Samvatsara Mana), y los embolísmicos (bisiestos) son de 383, 384 o 385 días (Adhica Samvatsara). Pero con los meses lunares persisten los meses solares, recibiendo los lunares el nombre del mes solar; y cuando en un mismo mes solar tienen comienzo dos meses lunares, ambos reciben el mismo nombre, llevando el primero el sobrenombre de Adhica, y el segundo el de Nija. El Año Bisiesto recibe el nombre de fasli. El mes lunar está formado por una mitad clara, llamada Sudi, y otra oscura llamada Badi. Cada una de estas mitades está formada por 15 tithis; el nombre de los 14 primeros es su numeral, mientras el del 151 es Sudi Purnihma si corresponde al plenilunio, y Badi Amavasia si corresponde al novilunio. También las horas del día tienen sus propios nombres. Y como veíamos en el calendario babilonio, es la hora con que empieza el día la que da nombre a éste. La cuenta de los días del mes tiene también su singularidad, al depender totalmente de la luna. De hecho se cuentan los meses por números exactos de días: cuando la parte decimal es inferior a 0=5 días, no se cuenta; y cuando es superior a 0=5, se le añade un día entero al mes.

La semana india coincide con la nuestra: es de 7 días. Sus equivalencias son: Domingo, Ravi vara; Lunes, Soma vara; Martes, Mangala vara; Miércoles, Budha vahra; Jueves, Gurú vara; Viernes, Sukra vara; Sábado, Sani vara. El día sideral se divide en 60 gharis; cada ghari se subdivide en 60 palas; éstas en 60 vipalas; ésta en 60 atipalas; éstas en 60 kachthas; ésta en 60 nimechas; ésta en 60 lavas; y finalmente la lava se divide en 60 kchanas. El día civil tiene también sus propias divisiones: está formado por 60 dhatas, que se dividen en 60 vinadikas, formadas a su vez por 60 vipalas. Y finalmente el día solar está compuesto por 60 dandas, que se dividen en 60 vibealas. He ahí una catarata de divisiones sexagesimales, capaces de eternizar cada instante.

El año indio está dividido en 6 estaciones, una cada dos meses: Vesanta (primavera), Grichma (verano), Varea (lluvias), Sarad (otoño), Hemanta (invierno) Sisiva (fresco). Además de estas divisiones tienen las eras: el 3102 a. de J.C. empieza la era Kaliyuga; el 3078, la era Lokakala; el 545, la era de Buda; el 59, la era Samvat Vrikramadityak; y ya en nuestra era, en el año 249 empieza la era Kulachuri. Un auténtico diluvio de nombres.

CALENDARIO ISLÁMICO
Todos los calendarios tienen en común el marcar las calendas, que como queda dicho son las fechas en que toca leer, celebrar y conmemorar las vidas de los santos; es decir que son las celebraciones religiosas lo que da nombre y sentido a los calendarios. En este sentido el calendario islámico no difiere en absoluto del romano, el hebreo o los cristianos. A través de los calendarios podemos conocer cuáles son las actividades más significativas de cada cultura, y cómo la religión procura religarlas a la vida y a las fiestas (convertirlas en culto), de manera que queden plenamente garantizadas su aceptación entusiasta y su perpetuación.

El calendario islámico pues, muy análogo al hebreo en este aspecto, nombra el tiempo por las grandes festividades y prácticas religiosas que tienen lugar a lo largo del año. Los nombres de los meses, a pesar de ser preislámicos, llevan ya, junto con la marcación del tiempo agrícola ganadero, una buena carga religiosa: el primer mes se llama Moharrem (Mes sagrado); el 21, Safar (Partida para la guerra); el 31, Rabi I (Primavera); el 41, Rabi II (Primavera II); el 51, Djumada I (Verano I); el 61, Djumada II (Verano II); el 71, Radjeb (Abstinencia); el 81 Chaabán (Germinación); el 91, Ramadhán (Gran calor); el 101, Chaual (Emparejamiento de los animales); el 111, Dhulcada (Descanso); el 121, Dhulhidjah (Peregrinación). Pero, claro está, junto a estas marcaciones preislámicas no falta en ningún calendario musulmán la señalación de las fiestas religiosas: En el Rabi I se celebra, además del Nacimiento de Mahoma, la Primera noche de Veneración por la institución de los grandes misterios y dogmas del islamismo. El primer viernes de Radjeb se celebra, además de la Concepción de Mahoma, la Segunda noche de Veneración. En el mismo mes se celebra, junto con la Asunción de Mahoma, la Tercera noche de Veneración. En el mes de Chaabán se celebra la Cuarta noche de Veneración, que se caracteriza por las muestras de espanto, por ser la noche en que los ángeles, situados a diestra y siniestra de los fieles musulmanes, ponen al día los libros en que se registran sus buenas y malas obras. Todo el mes de Ramadhan está consagrado al ayuno y a la abstinencia; en él se celebra la Quinta noche de Veneración, la de los Misterios inefables. En esta noche se intensifican las plegarias, pues en ella las oraciones equivalen a las de mil lunas. En el mes de Chaual se celebra la Sexta noche de Veneración y la fiesta del primer Beyram. En el mes de Dhulhidjah, el último del año, el de la Pergrinación, se celebra la Séptima noche de Veneración, el segundo Beyram y la Peregrinación a la Meca. Cinco de los 12 meses del año están declarados sagrados.

El calendario islámico, desde sus orígenes, fue lunar; por lo que cada tres años había que añadir un decimotercer mes para evitar que las fiestas, que siempre guardan alguna relación con la agricultura y la ganadería, se desplazasen de su estación. Tuvo que crearse para ello la figura del nasi, un ministro de carácter religioso y civil cuya misión era proclamar los años embolísmicos (dimasah). Algo parecido a lo que ocurría en Roma antes de la reforma juliana del calendario. Pero aún quedaba un remanente de tres días y dos horas cada tres años, que escapaban a la regulación, por lo que la peregrinación a la Meca, que era lugar sagrado y por tanto de peregrinación antes del islamismo, en el año 10 de la Hégira (632 de la era cristiana) se había desplazado ya de octubre a abril. Mahoma, tres meses antes de su muerte, había prohibido la intercalación de un mes en los años embolísmicos (fórmula copiada de los judíos residentes en Medina), y ordenó que en cada perído de 30 años, once de éstos fuesen Asuperabundantes@. Pero tampoco esta fórmula resolvió el problema, sino que dejó el calendario islámico en una inestabilidad que hace difícil establecer la correspondencia de cualquier fecha del calendario islámico con el nuestro.

CALENDARIO JUDÍO MODERNO
El calendario judío actual, derivado del calendario judío antiguo, ha estado vigente prácticamente sin cambios desde el año 900 d.C. aproximadamente. Es el calendario oficial del estado de Israel y determina las fiestas religiosas de los judíos creyentes de todo el mundo. Su punto de partida se sitúa en el año que según la tradición judía fue el de la creación del mundo: el 3761 a.C. Está basado tanto en el sistema lunar como en el solar, así como en unidades mensuales de 29 y 30 días, alternativamente. Cada 3 años se suma un mes corrector.

CALENDARIO JULIANO
Se llama así al creado por Julio César el año 47 antes de Jesucristo (antes de la era cristiana). Si el calendario juliano es el punto de referencia del calendario romano, esto es debido a que la reforma que decretó Julio César puso fin a una situación en algunos momentos caótica.

Entre los primitivos romanos, los habitantes de Alba Longa tenían un calendario de 10 meses, cuya duración oscilaba entre los 18 y los 36 días; los de Labinia tenían un año de 374 días distribuido en 13 meses; los etruscos sólo tenían meses lunares. Finalmente se llegó a un calendario de 304 días agrupados en 10 meses: 6 de 30 días, y 4 de 31. Con estas oscilaciones está claro que todos los años había que estar haciendo reajustes. Por empezar, febrero era el último mes del año y en él se hacían los ajustes. En la época de Numa Pompilio cada dos años se intercalaba entre el 23 (el sexto calendas) y el 24 de febrero un mes de 22 o 23 días llamado mercedinus (de mercedem, que entre otras cosas significa "paga"), porque ese era el mes en que se pagaba a la servidumbre. Ese sistema daba unos desajustes que debían regular los pontífices; y lo hacían no con criterios astronómicos, sino políticos; con lo que el invierno "civil" acabó cayendo en el otoño astronómico.

Fue Julio César, en el año 47 a. de J.C. (707 de la fundación de Roma) quien puso orden en este caos. Por empezar, para que volviese a caer cada estación, con las fiestas y celebraciones correspondientes, en el tiempo astronómico que le correspondía, se vio obligado a hacer el primer año de 445 días. Fe conocido con el nombre de año de la confusión. A partir de ahí ya todos los años eran de 365 días, menos los bisiestos, que eran de 366. Año bi siesto era aquel en que se repetía (bis) el sexto calendas martii, es decir el 23 de febrero, y se le llamaba bissextocalendas. Con esto se corrigió de forma importante, pero no del todo, la diferencia que iban acumulando el exceso de poco más de un cuarto de día que le sobraba a cada año. No del todo, porque cada 128 años los minutos sobrantes sumaban un día más.

El año juliano quedó pues con los 12 meses que hoy conocemos, pero con una pequeña variación: enero, marzo, mayo, julio, septiembre y noviembre (los meses impares) tenían 31 días, y los demás (los pares) 30, (incluido febrero en los años bisiestos! Pero, lo que hace la vanidad, Augusto no podía consentir que el mes de julio(en honor de Julio César) tuviese 31 días, y el mes instituido en su honor, agosto, tuviese sólo 30. Así que deshizo el orden de meses alternos, y le puso también 31 días al mes que llevaba su nombre. Se lo tuvo que quitar a febrero, al que dejó con 28 los años no bisiestos, y 29 los bisiestos.

Pero tampoco es este el único desajuste del calendario juliano, que al fin y al cabo no es importante para que salgan las cuentas. Es que en los nombres de los meses vuelve a pecar de inconsecuente: los antiguos meses de los romanos, eran: 11, Martius, de 31 días; 21, Aprilis, de 30; 31, Maius, de 31; 41 Junius, de 30; 51, Quintilis, de 31 (obsérvese que desde este mes hasta el décimo, el nombre es simplemente el del número de orden que ocupan en el calendario); el 61, Sextilis, de 30 días; el 71, September, de 30 días; el 81, October, de 31 días; el 91, November, de 30 días, y el 101, el december, de 30 días. Más adelante se añadió un undécimo mes, el Februarius, al final del año; y finalmente el duodécimo, el Januarius, que se colocó al principio del año.

Al poner orden Julio César en el calendario, asesorado por el astrónomo alejandrino Sosígenes, no se preocupó de recuperar la coherencia léxica para los meses de september, october, november y december, que dejaron de ser los meses séptimo, octavo, noveno y décimo, para convertirse en noveno, décimo, undécimo y duodécimo respectivamente. Conservaron el nombre ordinal, pero bien desordenado.

CALENDARIO MAYA
Las civilizaciones antiguas de Meso América desarrollaron calendarios escritos precisos y de estos el calendario de los mayas es el más sofisticado. Fue el centro de su vida y su mayor logro cultural. Su precisión deriva del hecho de que se basa en una cuenta continua e ininterrumpida de los días (llamados Kin en maya) a partir de un día cero inicial. A lo largo de la historia los pueblos han sentido la necesidad de contar con un punto fijo donde iniciar sus cálculos del tiempo. Con este fin, generalmente se ha determinado el punto inicial o bien usando un evento histórico (el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo) o por un evento hipotético (la fecha de la creación del mundo). Los mayas también descubrieron la necesidad de tal fecha y así, probablemente usando un evento astronómico significativo, ubicaron ese día inicial el 13 de agosto de 3114 a.C.

El conocimiento ancestral del calendario guiaba la existencia de los mayas a partir del momento de su nacimiento y era muy poco lo que escapaba a la influencia calendárica. Sabemos que los mayas llevaban varias cuentas calendaricas independientes de los Kin que estaban sincronizadas, siendo las de 260 y 365 días las más importantes. Las cuentas mayas de los días se escriben combinando números con glifos.

CALENDARIO MAYA DE 260 DIAS TZOLKIN
El calendario Tzolkin de 260 días es el más usado por los pueblos del mundo maya. Lo usaban para regir los tiempos de su quehacer agrícola, su ceremonial religioso y sus costumbres familiares, pues la vida del hombre maya estaba predestinada por el día del Tzolkin que correspondía a la fecha de su nacimiento. Esta cuenta consta de los números del 1 al 13 y 20 nombres para los días representados asimismo por glifos individuales. Al llegar al decimocuarto día, el número del día regresa al 1 continuando la sucesión del 1 al 13 una y otra vez. El día 21 se repite la sucesión de los nombres de los días y así sucesivamente. Ambos ciclos continúan de esta manera hasta los 260 días sin que se repita la combinación de número y nombre pues 260 es el mínimo común múltiplo de 13 y 20. Después el ciclo de 260 días a su vez se repite.

CALENDARIO MAYA DE 365 DIAS HAAB
El calendario Haab se basa en el recorrido anual de la Tierra alrededor del Sol en 365 días. Los mayas dividieron el año de 365 días en 18 "meses" llamados Winal de 20 días cada uno y 5 días sobrantes que se les denominaba Wayeb. Cada día se escribe usando un número del 0 al 19 y un nombre del Winal representado por un glifo, con la excepción de los días del Wayeb que se acompañan de números del 0 al 4.

CICLO DE 18,980 DIAS LA RUEDA CALENDARICA
La combinación de los calendarios de 260 y 365 días crea un ciclo mayor de 18,980 días (el mínimo común múltiplo de 260 y 365), a esta combinación se le ha llamado la Rueda Calendárica. Sus cuatro elementos (numeral glifo Kin y numeral glifo Winal) juntos solo se repiten cada 18,980 días. Una gran cantidad de monumentos mayas solamente registran la fecha de la Rueda Calendárica. Aquí se ven los cuatro elementos de la Rueda Calendárica para el Wuinal maya llamado Pop que corresponde a las fechas del 7 al 26 de abril del año 2000 y el primer día del siguiente Winal maya llamado Uo.
Este método de fechamiento se ilustra en la inscripción del dintel 16 de Yaxchilán, Chiapas, México.

LA "CUENTA LARGA" O "SERIE INICIAL"
Los mayas también llevaban una cuenta de los días transcurridos a partir de una fecha que ellos determinaron como el inicio de la era maya actual. A esta cuenta se le denomina la "Cuenta Larga" o "Serie Inicial".
De acuerdo a la correlación Goodman Martínez Thompson (GMT) 584,285 la cuenta larga actual tiene su fecha inicial el 13 de agosto de 3,114 a. C. del calendario Gregoriano.
Según la Cuenta Larga el inicio del año 2001 se expresa como lo muestra esta Estela Maya personalizada que realiza el Centro de Estudios del Mundo Maya.

CALENDARIO MUSULMÁN
El calendario musulmán actual es de tipo lunar y está vigente en la mayoría de los países musulmanes. Su cómputo se inicia en el 622 d.C., año en que la tradición musulmana fija la Hégira o vuelo de Mahoma desde La Meca a Medina. El calendario musulmán está basado de manera estricta en el ciclo lunar. El año musulmán se compone de 12 meses en los que alternan 29 o 30 días. Para corregir el desfase entre el principio del mes y la fase real de la luna, se añade un día a los años que ocupan los lugares 2, 5, 7, 10, 13, 16, 18, 21, 24, 26 y 29 en cada ciclo de 30 años, con lo cual estos años computan 355 días, y los restantes 354. De esta forma, 34 años musulmanes equivalen a 33 de los medidos según el calendario gregoriano y el principio de cada año avanza a través de las estaciones hasta que termina de recorrer un año solar al cabo de 34 años musulmanes.

CALENDARIO REPUBLICANO FRANCÉS
Los afanes reformistas, racionalistas y anticlericales llevaron, en la Francia revolucionaria, a la supresión del calendario gregoriano y a su sustitución por un nuevo calendario republicano que tuvo su primer día de vigencia el 6 de octubre de 1793. El año republicano comprendía 12 meses de 30 días cada uno, a los que se añadían cada año 5 jornadas suplementarias después del último mes, y un sexto día, llamado de la República, cada año bisiesto. Los meses se dividían en tres décadas, en vez de en un número no entero de semanas, y el año comenzaba el día del equinoccio de otoño, aprovechando la coincidencia de que la República había sido proclamada el 22 de septiembre de 1792. Los nombres de los doce meses, propuestos por Fabre d´Eglantine, pasaron a ser los siguientes: Vendimiario, Brumario y Frimario en otoño; Nivoso, Pluvioso y Ventoso en invierno; Germinal, Floreal y Pradial en primavera; y Mesidor, Termidor y Fructidor en verano. La instauración del nuevo calendario republicano encontró numerosas resistencias y provocó importantes dificultades de coordinación con los de otros países, por lo que fue abolido por Napoleón I, quien restableció el calendario gregoriano a partir del día 1 de enero de 1806.

CALENDARIO REPUBLICANO ROMANO
Hasta bien entrado el siglo IX, la iglesia de Roma estimaba los años transcurridos de acuerdo con la costumbre que provenía del Imperio Romano, desde la fundación de Roma (ab urbe condita). Sin embargo a partir del mandato de Diocleciano (283 313) se comenzaron a contar los años, no desde la fundación de Roma, sino desde el comienzo de su gobierno: la era diocleciana. Tras todos estos cambios, resultó que el calendario republicano romano, de carácter lunar, tenía 12 meses con un total de 355 días. Como subsistía el problema del desajuste con respecto al año trópico de 365 días y cuarto, así como con respecto a los ciclos estacionales, hubo que recurrir también a otro tipo de ajuste: la intercalación de un mes especial entre el 23 y el 24 de febrero de cada dos años. Pero debido a una serie de complicadas razones políticas y de negligencias, entre las que hubo arbitrarios adelantos y retrasos de fechas decididos por los responsables del calendario para disminuir sus días de servicio o adelantar o retrasar elecciones, las intercalaciones se hicieron de modo incorrecto, hasta el extremo de que en el año 46 a.C. el calendario llegó a presentar un aspecto tan caótico que Julio César decidió una completa reforma y encomendó esta tarea al astrónomo griego Sosígenes. Este astrónomo alejandrino aconsejó abandonar el sistema lunar y adaptar un sistema solar basado sobre el año trópico de 365 días y cuarto. Otra de sus primeras disposiciones fue la de cambiar el nombre del mes Quintilis por el de Julius, en honor del promotor de la reforma. Para corregir los errores y desajustes que se arrastraban desde tiempos anteriores y hacer coincidir el equinoccio de primavera con el 25 de marzo, hubo que sumar un total de 90 días correctores al año 46 a.C, que de este modo comprendió 455 días; y se decidió también que, desde entonces en adelante, se intercalase un día adicional a finales de febrero cada cuatro años. La voz bisiesto que se aplicó a tales años especiales se debe a que el día que se decidió contabilizar doblemente fue el 24 de febrero, que dentro del calendario romano correspondía al sexto día antes de las calendas de marzo, por lo que el día añadido se llamó bis sexto ante calendas Martii, y el año en que tenía lugar la adición se denominó bisextilis. De este modo y en un primer momento, el año quedó dividido en 12 meses de 31 y 30 días en los años bisiestos, mientras que febrero tenía 29 días en los años normales. Pero más adelante, cuando se consagró a Augusto el octavo mes (agosto), que antes se había llamado Sextilis, se decidió que su mes pasara a contar 31 días con el fin de igualarlo con el séptimo mes (julio), el dedicado a Julio César. Por ello hubo que restar un día al mes de febrero, que pasó a tener 28 días, excepto en los años bisiestos, en que tenía 29. Por otro lado, los días eran designados mediante cómputos numerales a partir de tres tipos de fechas: las calendas, que correspondían al primer día del mes; los idus, que marcaban la mitad del mes y caían a veces el día 13 y otras el día 15; y las nonas, o día noveno antes de los idus.

CALENDARIO ROMANO PRIMITIVO
El primer calendario romano del que tenemos conocimiento directo fue instaurado, según la tradición, en tiempos del quinto rey de Roma, Tarquinius Priscus (616-579 a.C.). Aunque se sabe que aquel sistema tenía también relación con el de los antiguos griegos, lo más probable es que derivase más directamente de un tipo de calendario romano anterior y de carácter lunar, que según otra tradición había sido ideado por Rómulo, uno de los míticos gemelos fundadores de Roma, en el año 738 a.C. Según parece, aquel calendario arcaico definía un año de 304 días, repartidos en un total de 4 meses de 31 días y de 6 meses de 30 días. Más adelante, en tiempos de Tarquino o de Numa, se añadirían 2 meses a los 10 restantes para corregir el pronunciadísimo desajuste con el año trópico, con lo que quedó conformado un calendario de 4 meses de 31 días, 7 meses de 29 días y 1 mes de 28 días. Para terminar de ajustarlo, hubo que recurrir también a la intercalación de 1 mes de 29 días cada dos años.

CALENDARIO SINÓDICO o LUNAR
Es una unidad cronológica natural y universal que se define como el período en que la luna completa el ciclo completo de todas sus fases. Este período corresponde exactamente a 29´53059 días y recibe el nombre de mes sinódico porque es igual a la duración de una revolución sinódica o lunar. El mes lunar es la unidad básica, natural y estable del calendario que más ha condicionado los sistemas de medición y organización del tiempo en numerosas culturas, especialmente en sus estadios más antiguos de evolución sociocultural. En épocas modernas, los calendarios lunares han perdido vigencia en relación con los calendarios solares, si bien se hallan todavía en vigor en el mundo musulmán y en algunos pueblos de África.

CALENDARIO SOLAR o TRÓPICO
El año trópico solar no es múltiplo exacto del mes sinódico o lunar. Doce meses lunares equivalen a 354´36706 días, que resultan ser casi 11 días menos que un año trópico. Por otro lado, ni el año trópico ni el mes sinódico pueden dividirse de manera exacta por la longitud de un día. Debido a ello, cualquier calendario que pretenda ajustarse simultáneamente a las fases de la luna y a la secuencia de las estaciones precisa interpolar diversos días de ajuste en los intervalos correspondientes. Esto explica la existencia de un día adicional al final del mes de febrero de cada cuatro años (año bisiesto).

CALENDARIO UNIVERSAL
Pese a todas las mejoras y ajustes introducidos por el calendario gregoriano, éste sigue presentando diversas imprecisiones en su cómputo y aplicación. En primer lugar porque excede en 0´0003 días el año trópico y, además, porque los movimientos de rotación y traslación terrestres provocan una disminución de 5 segundos cada 1000 años en la duración del año trópico y determinan una prolongación del día de 0´00164 segundos cada 100 años. Por otro lado, algunos meses tienen 4 domingos y otros 5, y el final de un mes coincide algunas veces con el fin de la semana y otras veces no. Algunas festividades religiosas institucionalizadas, como la Navidad, corresponden a fechas fijas, pero otras están condicionadas por la sucesión de los días de la semana, como la Pascua o Pentecostés. Todo ello ha causado y causa abundantes problemas de distribución de las jornadas y fiestas laborales, escolares, etc. Para intentar resolver esta situación, la Sociedad de Naciones convocó un concurso de propuestas para una reforma que los gobiernos de algunos países consideraron pertinente, pero que otros acogieron con reservas, con lo que no logró un consenso suficiente como para ser implantado de manera universal. De los dos centenares de propuestas de reforma que se sometieron a la consideración de la Sociedad de Naciones en 1927, el que ganó mayor número de partidarios fue el denominado calendario universal, que propone un año de 364 días repartidos en 12 meses y 52 semanas; al final del año habría una jornada festiva sin numerar y sin correspondencia con ningún día de la semana; también se añadiría un día sin numerar al final del mes de junio de cada año bisiesto. Con ello, los meses pasarían a ser de 30 y de 31 días, pero los trimestres serían siempre de 91, y tendrían 13 semanas exactas, con lo cual el número mensual de días laborables sería siempre invariable. Pese a la precisión y a las ventajas prácticas que conllevaría la universalización de este calendario, la resistencia de numerosos gobiernos a adoptarlo hizo que cayese en un olvido de donde difícilmente podrá ser rescatado.

CALENDARIO TZOLKIN
De 260 días es el más usado por los pueblos del mundo maya. Lo usaban para regir los tiempos de su quehacer agrícola, su ceremonial religioso y sus costumbres familiares, pues la vida del hombre maya estaba predestinada por el día del Tzolkin que correspondía a la fecha de su nacimiento. Esta cuenta consta de los números del 1 al 13 y 20 nombres para los días representados asimismo por glifos individuales. Al llegar al decimocuarto día, el número del día regresa al 1 continuando la sucesión del 1 al 13 una y otra vez. El día 21 se repite la sucesión de los nombres de los días y así sucesivamente. Ambos ciclos continúan de esta manera hasta los 260 días sin que se repita la combinación de número y nombre pues 260 es el mínimo común múltiplo de 13 y 20.

 

Calendario1- INTRODUCCIÓN

Calendario-2- ICONOGRAFÍA

Calendario-3- ALMANAQUE

Calendario-4- CRISTIANO

Calendario-5- AMERINDIO

Calendario-6- AZTECA

Calendario-7- CHINO

Calendario-8- COPTO

Calendario-9- EGIPCIO

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Calendario-11- HEBREO

Calendario-12- ISLÁMICO

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Calendario-14- MAYA

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