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Poco es lo que se sabe de
Fedro. Pero muchas de las fábulas de Esopo fueron reescritas en
verso por el poeta griego Babrio, probablemente en los siglos I y II a.C.,
y en latín por el poeta romano Fedro en el siglo I d.C.
EL
CABALLO Y EL JABALÍ
Todos los días el caballo salvaje saciaba su sed en un río
poco profundo.
Allí también acudía
un jabalí que, al remover el barro del fondo con la trompa y las
patas, enturbiaba el agua.
El caballo le pidió que tuviera
más cuidado, pero el jabalí se ofendió y lo trató
de loco.
Terminaron mirándose con odio, como los peores enemigos.
Entonces el caballo salvaje, lleno
de ira, fue a buscar al hombre y le pidió ayuda.
-Yo enfrentaré a esa bestia
-dijo el hombre- pero debes permitirme montar sobre tu lomo.
El caballo estuvo de acuerdo y allá fueron, en busca del enemigo.
Lo encontraron cerca del bosque y,
antes de que pudiera ocultarse en la espesura, el hombre lanzó
su jabalina y le dio muerte.
Libre ya del jabalí, el caballo
enfiló hacia el río para beber en sus aguas claras, seguro
de que no volvería a ser molestado.
Pero el hombre no pensaba desmontar.
-Me alegro de haberte ayudado -le dijo-. No sólo maté a
esa bestia, sino que capturé a un espléndido caballo.
Y, aunque el animal se resistió,
lo obligó a hacer su voluntad y le puso rienda y montura.
Él, que siempre había
sido libre como el viento, por primera vez en su vida tuvo que obedecer
a un amo.
Aunque su suerte estaba echada, desde
entonces se lamentó noche y día:
-¡Tonto de mí! ¡Las
molestias que me causaba el jabalí no eran nada comparadas con
esto! ¡Por magnificar un asunto sin importancia, terminé
siendo esclavo!
A veces, con el afán de
castigar el daño que nos hacen, nos aliamos con quien sólo
tiene interés en dominarnos.
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