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FABULAS de Hartzembuch Juan Eugenio Hartzembuch fue un escritor romántico español del Siglo XIX. Nació en Madrid el 6 de septiembre de 1806. Su obra más célebre, basada en un tema legendario fue Los amantes de Teruel, de 1837. Escribió dramas históricos y comedias en verso; tres sainetes en prosa. Entre sus publicaciones, se pueden citar: Las hijas de Gracián Ramírez (1831), Doña Mencía (1838), Alfonso el Casto (1841), La jura de Santa Gadea (1845), La madre de Pelayo (1848), La luz de la raza (1852), La redoma encantada (1839), Los polvos de la madre Celestina (1840), Las Batuecas (1843), y las fábulas que en esta página encontrará el visitante. Editó y prologó obras de Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y Alarcón. Fue miembro de la Real Academia Española, en 1847; director de la Escuela Normal, de 1854 a 1862, y de la Biblioteca Nacional, de 1862 a 1875. Murió el 2 de agosto de 1880 en Madrid. BLASITO EL TREINTA DE ABRIL Náufrago libre de borrasca fiera, día treinta de abril, pisaba un hombre la plácida ribera de una isla verde, cuyo propio nombre Isla del Nacimiento ser debiera. Observando solícito el paraje, y no viendo la tierra cultivada, preguntó para sí con amargura: -¿Si no estará poblada? ¿Si aquí la población será salvaje?- De este modo confuso discurría, cruzando una espesura; cuando, ¡válgame Dios! ¡Con qué alegría vio un trillado sendero, donde había diversas en tamaño y en figura, huellas de cuatro pies con herradura! -Ya (exclamó) no hay cuidado: estoy en un país civilizado: sólo en un pueblo culto se procura que gasten los cuadrúpedos calzado. Siguiendo la vereda, en un camino entró llano y derecho. -No hay camino sin gente. -Dicho y hecho. Una gran polvareda se alza en la extremidad del horizonte; divísanse entre el polvo diferentes caballeros con armas relucientes, plumas, preseas y admirable pompa; repite el eco del vecino monte rudo son de timbales y de trompa, y óyese luego aclamación festiva de ¡Viva el nuevo Rey! ¡Viva el Rey ¡Viva! Los jinetes se apean, obsequiosos al náufrago rodean, y antes que diga nada ni acierte a disponer de su persona, pónenle un manto real y una corona, que a prevención la comitiva trajo; súbenle a una carroza engalanada; y entre clamores mil, con gozo grande, majestad por arriba y por abajo, mucho tirar al aire los sombreros, y dale que le das los timbaleros, dicen al nuevo príncipe que mande a su cochero que ande; y haciendo los caballos una curva, por donde vino tórnase la turba, gritando sin cesar: ¡Viva Facundo milésimo octogésimo segundo! -Vamos, (dijo el monarca improvisado), sin duda en esta tierra, que ya es mía, Facundo se le pone, llámese Andrés o Juan, Luis o Conrado, a todo hombre de bien que se corone. Bien antigua será la monarquía donde, si llevan sin error la cuenta, los reyes pasan ya de mil y ochenta. Un paje que le oía repuso: No es extraño, porque duran aquí tan sólo un año. Hoy, último de abril, la Providencia cada año nos envía un joven para rey: desde tal día, trescientos, reinará, sesenta y cinco sobre vasallos, cuyo solo ahínco darle gusto será con su obediencia. Pero (estén disgustados o contentos ellos con él), corridos los trescientos sesenta y cinco días, ordinario número que tener el año debe, no trayendo febrero veintinueve, su majestad allá de mañanita recibe la visita de catorce alguaciles y un notario, que le dice cortés, pero algo recio: Llegó San Indalecio; treinta de abril es hoy, y el calendario de este dominio reza que mude la corona de cabeza. Dejarla es necesario. Ya vuestra majestad es rey cumplido: vuestra merced se dé por despedido. Con lo cual, y sin dimes ni diretes, cogen a Don Facundo los corchetes, y en una estéril y desierta playa le dejan que se quede o que se vaya. -Oyes, oyes, querido, (replica el soberano principiante) ¿y de qué vive ese hombre en adelante? -Vive de la carrera que ha emprendido para poderse manejar mañana, bien o mal o peor, conforme gana. Sujetos hay de los que fueron reyes, que dándose al estudio de las leyes, celebridad consiguen y dinero: uno toma el fusil, otro el arado; éste vende licores o pescado, esotro es eclesiástico eminente, aquél, diestro pintor: últimamente, para adquirir el pan el forastero, le ha de sudar la frente, pues ni en la clase ilustre ni en la baja ninguno come aquí si no trabaja. Cesó el paje de hablar, y el rey contesta: Eso no me disgusta: vivir de mi trabajo no me asusta. Sepa el amigo paje que por juego una vez tejí una cesta; con un año cabal de aprendizaje, cualquiera alcanzaría destreza regular en cestería. Desde hoy constantemente seis horas al oficio me consagro, hasta que labre un cesto, que en su clase por un esfuerzo pase del arte cesteril, por un milagro. Su majestad salió tan excelente compositor de mimbre gordo y fino, que en el concurso de la industria, vino a conseguir el respectivo premio, siendo solemnemente declarado primoroso oficial, honra del gremio. Al fin de su reinado, quedándole por única prebenda su rara habilidad, abrió su tienda, que nunca se veía de concurrentes útiles vacía. Trabajador y gastador juicioso, riquezas allegó, se hizo famoso, y sucesivamente fue nombrado alcalde, diputado, inspector del marítimo registro, cuatro veces virrey y al fin ministro; todo por ser sujeto que observaba su ley con fe y respeto, ser íntegro y veraz, de buena pasta, y único para armar una canasta; de modo que a porfía cada insular, al verle, prorrumpía: No tenemos aquí, ni habrá en el mundo mejor conciudadano ni cestero, que el sucesor insigne de Facundo milésimo octogésimo primero. LECTORES Y LECTORAS JÓVENES, que en estudio provechoso vais a ocupar las fugitivas horas, mirad en ese náufrago dichoso, cuya vida tracé con desaliño, la historia general de todo niño. Nace: padres, abuelos y parientes le reciben con júbilo y cariño; le miman con frecuencia, sobrado complacientes; y en fuerza de los lloros exigentes con que por todo a todos importuna, reina con veleidosa omnipotencia desde el movible trono de la cuna. Pero el tiempo voraz, el que sin duelo traga vidas, y mármoles y bronces, pronto deja al muchacho sin abuelo, y sin padre tal vez y sin herencia, y es forzoso por sí vivir entonces. A peligros tan ciertos y fatales, otro remedio no hay que la enseñanza, que aprovecha en la edad plácida y verde las ventajosas prendas naturales, ilustra corazón y entendimiento, y un tesoro nos da que no se pierde. Forma, QUERIDOS JÓVENES, la vida serie no interrumpida de gusto y de tormento, de hórridas tempestades y bonanza; pero, aunque en medio de vaivenes tales, fiero tropel de males amenace violento doblegar vuestras débiles cervices, con virtud y talento no tenéis que temer, seréis felices. LA JOYA MILAGROSA Hay, según los navegantes, allá lejos un país, cuyos pobres habitantes andan a todos instantes con sus bienes en un tris. Ya un espantoso huracán hace en la cosecha riza, ya sepultura le dan las piedras, lava y ceniza de un repentino volcán. Los de ilustre jerarquía y los míseros gañanes, todos viven entre afanes, recelando cada día terremotos y huracanes. Para auxilio en tales daños, entrega el común señor allí a cada morador, ya desde sus tiernos años, una joya de valor. Y tales prodigios obra la joya a los niños dada, que con ella todo sobra, y sin ella no se cobra, de lo que se pierde, nada. Sin embargo, aquella gente se echa tanto el alma atrás, que es la cosa más frecuente perder la joya excelente, y no recobrarla más. Causará sin duda espanto su locura; pero ¡qué! ¿Nada igual aquí se ve? ¿No hacen muchos otro tanto con la joya de la fe? Y sus luces, en verdad, son las que nos guían solas a puerto de claridad en la noche y en las olas de la ruda adversidad. LA ROSA Y LA ZARZA Murmuraba impaciente una rosa naciente del cautiverio duro que sufría, porque una zarza espesa la tenía con sus punzantes vástagos cercada. -Yo (sin cesar decía), yo no disfruto aquí ni sé de nada; sin un rayo de sol, tasado el aire, desperdicio, de todos ignorada, y entre espinas incómodas reclusa, mi fragancia, colores y donaire. La zarza respondió: Joven ilusa, tu previsión escasa, del bien que te hago, sin razón me acusa. Bajo mis ramas a cubierto vives del sol canicular que nos abrasa; el golpe no recibes del granizo cruel que nos deshoja; y ese muro de espinas que te enoja, defiende tu hermosura de que una mano rústica la coja. La flor entonces, de despecho roja, ¡Mal haya (replicó) la ruin cordura, que de riesgos que no hay, tiembla y se apura! No fue la maldición echada en vano. A los pocos momentos un villano llega con la cortante podadera: la despiadada mano descarga en el zarzal; hiere, destroza, y tan completamente me le roza, que ni un retoño le dejó siquiera. Poco de la catástrofe se duele, persuadida la rosa de que gana, quedándose sin aya que la cele. Descanse en paz la rígida guardiana. ¡Qué feliz su discípula es ahora! Bañada en el relente de la aurora, descoge con orgullo su tierno y odorífero capullo: princesa de las flores la proclaman los pájaros cantores. Pero el viento la empolva y la molesta, sol picante la tuesta, la ensucia el caracol impertinente con pegajosa baba, y apenas se la enjuga, cuando voraz la oruga su venenoso diente una vez y otra vez en ella clava. Se descolora la infeliz, se arruga, y una ráfaga recia de solano desparramó sus hojas por el llano. Es el recogimiento condición de las jóvenes precisa: falta en la mocedad conocimiento del suelo que se pisa. La niña que imprudente, sola y sin guía recorrer intente la senda de la vida peligrosa, tema la suerte de la indócil rosa. LOS PREMIOS DE LA EMPERATRIZ La emperatriz Sofía cuatro veces al año repartía en pública sesión dos medallones, cada cual de valor de cien doblones, premio del colegial y colegiala, que eran en los exámenes juzgados en grado superior aventajados. Vestiditos de gala, y de curiosa multitud cercados, entraban juntos en la rica sala, donde, al son de trompetas y atabales, a veces con la joya recibían otros diversos dones de las pródigas manos imperiales; al paso que en algunas ocasiones corridos niño y niña se veían al recibir, delante de aquel numerosísimo concurso, dádiva tan chocante, que la plebe y la corte, sin recurso, burlábanse con dura pertinacia de los dos angelitos: verbi gracia. Benito y Valentina, chicos de doce abriles, él docto en la gramática latina, y hábil ella en labores femeniles, fueron los dos electos por la junta de escuelas competente como pareja igual, sobresaliente, como alumnos perfectos de latín y costura. Lindamente. Pero es el caso que en palacio había un pajarito azul, que los defectos de los niños de escuela descubría; y el pájaro maldito contó a la Emperatriz... -¡Qué picardía! Yo, vamos, el pescuezo le torciera. Contó de Valentina y de Benito la corta friolera de que él era un llorón, y ella una fiera. Ya llegó el día de función prescrito. La señorita, pues, y el señorito prepáranse de prisa y van despacio (porque mejor los miren) a palacio. Su Majestad al cuello les pone, al son del atabal sonoro, los codiciados medallones de oro; y después (aquí es ello) dice a Benito así: Cierta avecilla que os atisba las faltas y las pilla, te acusa de marica y apocado; por lo cual, que te compren he mandado ese cumplido chal y esa mantilla: póntelos de contado. Y usted (dijo a la niña) que es persona del sexo débil y de clase fina; pero que audaz y díscola y gritona, en vez de Valentina, merece se la llame Valentona, sepa que por sus rústicas hombradas, le va a plantar aquí mi camarera un par de charreteras encarnadas y una gorra de pelo granadera. Pues o renuncian a su ser y nombre, o han de tener por cualidad primera dulzura la mujer, valor el hombre. LA VERDAD SOSPECHOSA Llevaban a enterrar dos granaderos al soldado andaluz Fermín Trigueros, embrollón sin igual, que de un balazo cayó sin menear ni pie ni brazo. -¡Hola, sepultureros! (les dijo un oficial), ¿murió ese tuno? -Murió, (contesta, de los dos, el uno). Aquí Trigueros en su acuerdo torna, y oyendo la expresión, dice con sorna: Lo que es por la presente, me figuro que vivo, mi teniente. A lo cual replicó su camarada: No dé usted a Fermín crédito en nada. Siempre embustero fue: su fin es cierto; pero aún miente el bribón después de muerto. Quien falte a la verdad, con eso cuente: dirá que hay Dios, y le dirán que miente. PEDRO ENREDA De aquel célebre Juan, por mote Lanas, hijo fue Pedro, por apodo Enreda, buscador impertérrito de nidos en tiempo de la veda, verdugo de lagartos y de ranas, y apedreador insigne de ventanas. Estudiaba latín... Miento: asistía quince días al mes, y no seguidos, a la clase del dómine García; pero eso de estudiar... ¡qué tontería! Les embelesa tanto los sentidos a ciertas criaturas el placer sin igual de hacer diabluras, que es trabajar en vano enseñarles latín ni castellano. Al salir, pues, el estudiante maula un miércoles del aula, le fue Juan a esperar: llegó temprano, y estando enfermo por allí un vecino, pasose Juan a verle de camino. Perico Enreda en tanto se anticipó a salir. -A jugar, ea. Hoy me toca ejercicio de pedrea; mas que venga, provisto de antiparras por la calle y me vea ese dómine abanto, gruñidor y estafermo. Yo sabré libertarme de sus garras. Dice: y agarra un canto, mira con precaución a la redonda, ve una ventana abierta, (era la de la alcoba del enfermo), lanza por ella el proyectil con honda, y al inocente Juan a darle acierta en lo alto de la calva descubierta, causándole del golpe tal herida, que por gracia de Dios quedó con vida. Malas inclinaciones de muchachos, que el rigor a su tiempo no endereza, darán el fruto de partir en cachos al indolente padre la cabeza. EL ENVIDIOSO Magnífico manzano en el corral de un clérigo crecía. Un vecino, de envidia se moría viéndole tan fecundo y tan lozano: él ni manzano ni corral tenía. Y ya que de otro modo no supo desfogar su encono fiero, arrojaba al frutal desde un granero el desperdicio de su casa todo, haciendo del corral estercolero. Bien ensució el ramaje; mas la lluvia a su tiempo le limpiaba, la tierra con la broza se abonaba, y el resultado fue del ruin ultraje que más fruto y mejor el árbol daba. Más útil que nociva es la gente mordaz que tanto abunda, pues hace con su rabia furibunda que el íntegro varón más cauto viva, y más pronto a sus émulos confunda. LA ROSA AMARILLA Amarilla volviose la rosa blanca, por envidia que tuvo de la encarnada. Teman las niñas convertirse de blancas en amarillas. LOS CASCABELES DE ORO Blanca, rubia, lindísima, salada, risueña, bien hablada y en mil habilidades eminente para su corta edad, tal era Rosa; mas ¡ay! Enteramente sus raras prendas olvidar hacía una falta notable que tenía. Rosita, la discreta, la donosa, dio en la maña fatal de ser curiosa. En acechar pasaba todo el día: todito, mal o bien, lo averiguaba, y en seguida a parientes y lejanos todo con adiciones lo contaba: curiosidad y chisme son hermanos. Y si alguno lo duda, gente seria le enseñará, tratando la materia con grande copia de razones altas, que rarísima vez existe sola una de aquellas faltas. Atisbar y contar, allá en el juicio de muchos y doctísimos varones, son como en el reptil cabeza y cola: son dos partes de un cuerpo, dos acciones unidas con recíproco ejercicio: dos formas de pecar que tiene un vicio. -Basta de digresión, que va larguita. Sigamos con la historia de Rosita. Era bien infeliz: a cada paso llenaban a su madre las orejas de avisos y de quejas diferentes personas dignas de hacer de su dictamen caso; y Rosa castigada, sin tregua ni descanso padecía dolorosos ayunos y encerronas, y siempre se veía de toda suerte de placer privada, raramente vestida y mal peinada. Doña Tomasa, su mamá, se dijo: Veré, con un ardid, si la corrijo. No se trate ya más de penitencia. Tomó la diligencia, y marchóse a vivir en un cortijo. Como por incidencia, vino allí de la corte el médico ordinario de la casa. Encerróse con él doña Tomasa, y atando por adentro el picaporte por no tener la cerradura llave, fingieron ventilar negocio grave. Rosita, con aquellos aparatos, ya se supone que se puso alerta: quitóse los zapatos, y alzados los talones, pasito a paso fue como un pilluelo, y atisbó por debajo de la puerta. Echada la curiosa por el suelo, besando los ladrillos, oyó decir a su mamá: Razones, indulgencia, rigor, todo se aplica; pero nada me vale con la chica. Hay otros defectillos que se pueden sufrir; pero éste, creo que si no es el más feo, es el que excita más la antipatía: nadie quiere vivir con una espía. -Vamos, señora, vamos (contestaba el doctor), compadezcamos a tales infelices, pues nace el ser curioso de un órgano facial defectuoso. -¡Calle! ¿Qué órgano es ése? -Las narices. Persona con nariz de poco peso tiene que ser curiosa con exceso. La curación del mal está en la mano. ¿Es un sujeto de nariz liviano? Bueno: inmediatamente se le hace un añadido suficiente de cualquiera metal, y agur, amigo: en menos que lo digo, la persona más terca, la más zafia, se olvida de espionaje y chismografía. -¿Está seguro usted? -Y tan seguro que más no puede ser: la señorita corre ya por mi cuenta. ¡Pobrecita! Usted la castigaba; yo la curo... Y sacará una moda muy bonita, que a costa de un pequeño sacrificio, les hará mucho bien a varias gentes. -Y ¿cuál es esa moda, Don Patricio? -La de llevar en la nariz pendientes. Voy a Madrid: me labrará un platero dos arillitos de oro con esmero, y haré que les agregue por colgantes un par de cascabeles elegantes, cuidando que les ponga la bolita del peso que la niña necesita. Romper en la nariz los agujeros es obra de poquísimos instantes: durante los primeros duele, pero poquito, casi nada. Es mortificación por conveniencia; y Rosa, como niña bien criada, recibirá la aguja con paciencia. En estando aviada con sus bonitos cascabeles de oro, le juro a usted por Avicena el moro que no ha de haber por la muchacha riña. -Corriente: cascabeles a la niña. Rosita sin estruendo, pero con miedo atroz, se fue corriendo. -Es verdad (exclamó), verdad y mucha, que siempre oye su daño quien escucha. ¡Vaya que los doctores son crueles! ¡A mí querer abrirme a hierro la nariz! ¡Yo cascabeles! Las pinchaduras dolerán de firme; y luego, para alivio de trabajos, ¿qué papel haré yo con dos colgajos que nadie gastará? ¿Quién se acomoda con tan extraña, tan horrible moda? ¿Qué moda? Si eso iguala a un letrero que diga: Yo soy mala. Y si voy a Madrid... ¡Virgen del Carmen! Conmoverá la población entera el alboroto que armen los cascabeles de Rosita Vera. Por no estrenar el afrentoso dije, pesado a la nariz, molesto al labio, me corrijo. -En efecto, se corrige, y tan completamente, que al regresar el naricista sabio trayendo el salutífero presente, le dijo la mamá, de gozo llena: Estamos por acá de enhorabuena. La nariz de Rosita, no sé cómo, era de pluma, y se volvió de plomo. Ya no atisba jamás ni picotea, y está, gracias a Dios, desconocida. Por eso convendrá que suspendamos la operación aquella consabida; pero si hay recaída, y otra vez repitiere sus deslices, entonces le plantamos cascabelitos de oro en las narices. Cascabeles, cencerros, esquilones de buque bien capaz y brocal ancho llevar a la garganta debería la turba de curiosos embrollones, traperos de perdidas expresiones, que lo revuelven todo con su gancho. Con el ruido el soplón se anunciaría; y al llegar a un corrillo, alguien diría: Quédese aquí la plática pendiente, porque el buen perillán que nos acecha, lo parla todo, y al contarlo, miente. Oye lo que le llega buenamente, y añade lo demás de su cosecha. TIMANTES Pintaba el celebérrimo Timantes un Júpiter con ojos fulgurantes, rayo en la diestra y en la izquierda rayo; y al severo pintor díjole un payo: Si en ambas manos el rigor le pones, ¿con cuál vierte ese Dios premios y dones? Es en la Omnipotencia igual a la justicia la clemencia. EL RETRATO DE JÚPITER Haciendo por Tetuán una jornada, ocurriole a Mercurio la humorada de conducir un mono a ver el cielo. Cogiole, pues, al vuelo, túvole allá una buena temporada, y cuando al fin se le pasó el capricho, puso otra vez en el nativo suelo al venturoso trasplantado bicho. En tropel acudieron sus iguales a pedir al viajero noticia de las cosas celestiales. -Que nos retrate a Júpiter, (decían), que a Júpiter describa, lo primero. Tose el mono y empieza la majestad pintando y la grandeza de la suma deidad... No le entendían. Habla después con religioso fuego del amor y respeto que inspiraba... Ninguno le escuchaba. -Todo eso que nos dices (interrumpió un tití), vendrá bien luego; pero los circunstantes quisieran más que refirieras antes si tiene el dios azules las narices, si es peludo, si es flaco, si es de origen papión, o si es macaco, si de patas con garbo se enarbola, y hasta dónde se alcanza con la cola. -Calla y no escandalices (prorrumpió el orador): ¡habrá perverso! ¡Cola pone al señor del Universo! El Júpiter que vi de rayo armado, el poderoso numen que sentado vi del Olimpo en el sublime trono, en nada, en nada se parece al mono. Ningún dios, grande o chico, tiene un pelo de mono ni de mico. Pero quien más no alcanza, lo hace todo a su pobre semejanza. BLASITO Estaba el niño Gil postrado en cama de una fiebre tenaz y peligrosa, y el médico mandó que el tierno brazo tendiese a la lanceta salvadora. No era Gil de los tímidos chicuelos, que si de sangre pierden una gota, se ponen a temblar; brioso y dócil, se conformó con la sentencia docta. A presenciar la interesante escena, solícitos acuden a la alcoba los padres, la criada, y el primero Blas, hermano de Gil, que en él adora. Átale a Gil el sangrador la venda, báñale el brazo en agua, se le frota, y la vena infantil hinchada al cabo, el hombre el pincho con los dedos toma. Callado Blas y atónito observaba la tal operación preparatoria, sin saber qué pensar; mas en el punto que la lanceta vio... ¡Virgen de Atocha! ¡Qué lágrimas! ¡Qué gritos! -Yo no quiero (clamaba sin cesar aquella boca), yo no quiero que pinchen a mi hermano. ¡Váyase usted de aquí, mata-personas! -¡Cuánto me quiere Blas!, dijo el paciente. -Es muy buen corazón, dijo llorosa de placer la mamá: lo mismo el padre sintió, y el cirujano y la fregona. Retiraron a Blas, pues de otro modo su fraternal dolor allí le ahoga. Corrió la sangre del querido enfermo, y se alivió y curóse por la posta. El júbilo de Blas ya se supone. Como su afecto a Gil era una cosa fuera de lo común, su madre en pago diole unos mazapanes de Vitoria. -A la parte me llamo, Gil le dijo. -Guardarlos quiero, contestó con sorna el cariñoso Blas. Para guardarlos, se los comió en seguida el zampatortas. -¡Bravo! (exclamaba Gil) señor goloso, usted que tanto por su hermano llora, ¡un miserable mazapán le niega, y sin reparo los engulle a solas! Pues el tener buen alma no consiste sólo en gimotear; consiste en obras. Blasito relamiéndose, repuso: -Una cosa es llorar, y dar es otra. LAS ESPIGAS La espiga rica en fruto se inclina a tierra; la que no tiene grano, se empina tiesa. Es en su porte modesto el hombre sabio, y altivo el zote. LA PEONZA Y LA PERINOLA La rebelde, la rústica peonza dijo a la perinola con enfado allá en su jerigonza: Suerte bien desigual nos ha tocado. A ti con mucho mimo, cuando te hacen andar, te dan impulso, entre dos dedos revolviendo tu eje: no se me trata a mí con tanto pulso. Yo, cuando me andan, gimo al compás de la bárbara correa, con que un muchacho hereje me arrima cada golpe que me brea; y cuanto más el movimiento animo, con más fuerte rigor me zarandea. -Querida (respondió la perinola), en ti consiste sola el trato que te dan: tú lo evitaras, a ser juguete, como yo, ligero; mas ¿qué han de hacer contigo, si en apartando el látigo te paras? Yo sin embargo consolarte espero. Nuestro papá el tornero, puede, si se lo digo y quieres animosa decidirte, quitarte la madera que te sobra, y en ágil perinola convertirte. ¡Friolera es la obra! (exclamó la peonza sofocada.) Prefiero que el zurriago me atormente, a sufrir que la gubia me hinque el diente. ¡No sabes ni empezar el catecismo, y al preceptor acusas de inclemencia! Quéjate de ti mismo: para buen escolar no hay penitencia. EL LÁTIGO La madre de un muchacho campesino ganaba de comer hilando lino, y el muchacho, grandísimo galopo, le hurtaba una porción de cada copo. Juntando las porciones, fue tejiendo un látigo tremendo, con la villana idea de pegar a los chicos de la aldea. Los ocios del amigo no eran buenos; la intención, por lo visto, mucho menos. Diose a pelar la rueca tanta prisa, que hubo la madre de notar la sisa, y registrando con afán prolijo el arca donde el hijo guardaba con su ropa sus peones, el látigo encontró de repelones. Cogiole furibunda, y al muchacho le dio tan larga tunda, que a contar de las piernas al cogote, no le dejó lugar libre de azote, diciendo, al batanarle de alto a bajo: ¡Mira cómo te luce tu trabajo! A robar te llevó tu mal deseo, y con el robo yo te vapuleo. Siempre verás que el vicio se labra por sus manos el suplicio. LA SARDINA Y LA OSTRA A la ostra le dijo la sardina: ¿Qué se hace usted, vecina? Por más que nado yo, por más que miro, sólo en este rincón alcanzo a verla. ¿En qué se ocupa usted en su retiro? -En criar una perla. Esa perla eres tú, cándida ROSA. ¡Dichosa tú! ¡Dichosa la niña a quien instruya madre tan ejemplar como la tuya! EL NIÑO MONO A Curro el figurero, grande remedador y gran gestero, llevó su padre a ver con otros chicos una porción de monos y de micos, que, previa la licencia del alcalde, un charlatán al público enseñaba, ya se deja pensar que no de balde. Cualquier extravagante monería que uno de los cuadrúpedos hacía, Currito la imitaba; pero ¡cómo! tan bien, que sin empacho con los bichos podía competir y vencerlos el muchacho. Verle saltar allí, verle rascarse, quebrantar una nuez, una avellana, y al encontrarla vana escupir y enfadarse, fue ver, no una persona, sino la más estrafalaria mona. -Usted con su cuadrilla (le dijo en esto al charlatán el padre) por fuerza gana patacones buenos, porque en verdad, compadre, para animales, de razón ajenos, el instinto que tienen, maravilla; el habla sólo se les echa menos. -Ahí, señor don Roque (respondió el charlatán), ahí es el toque. Seis años hace que ando a realitos ahuchando cantidad que resulte razonable para poder comprar un mono que hable. Ya, gracias al Señor, junté el dinero; mas no hallo mono como yo le quiero. Aquí mi charlatán vuelve la cara, y en las diabluras de Pachín repara. -¡Jesús! (exclama con asombro chusco.) Esto es lo que yo busco. Un mono verdadero, pero blanco, pelón, buena figura, diestro para llevar nuestro vestido, y que hable por cualquiera coyuntura. Ya dí con él por fin; ya ha parecido el animal famoso que yo busqué afanoso por todo el mundo, caminando a pata. Si me le vende usted, me hago de plata. Erraba el charlatán: sobrado abunda la raza de monillos con calzones, que divierte de balde los salones con esa habilidad, que Dios confunda. EL ESPEJO Y EL AGUA Disputaron el agua y el espejo, y fue la riña del tenor siguiente. -ÉL: Yo, de genio duro, lo reflejo todo sin aprensión exactamente. -ELLA: Pues yo, con mi carácter blando, todo lo pinto a medias y jugando. -El defecto menor, el más pequeño tizne que manche un rostro, yo lo enseño. -La mancha enseñarás; pero, amiguito, hago yo más que tú, pues yo la quito. Enoja la desnuda reprimenda; dulce amonestación produce enmienda. LA TOALLA ¡Ay! (Exclamó Isabel) ¡ay qué toalla! Cuando me enjugo el rostro, me le ralla. Su aya le dice: Si la broza quita, perdona el refregón, Isabelita. EL CABALLO DE BRONCE Niños que de seis a once, tarde y noche alegremente, jugáis en torno a la fuente del gran caballo de bronce que hay en la plaza de Oriente. Suspended vuestras carreras, pues hace calor; y oíd una historia muy de veras, y de las más lastimeras que se cuentan por Madrid. Ese caballo años ha estaba, como quizá sabréis sin que yo lo indique, dentro del Retiro, allá frente a la casa del Dique Allí da el jardín frescura con sus aguas y verdor, y el canoro ruiseñor tiene morada segura de enemigo cazador. Allí al caballo volaban con fácil y presto arranque mil pájaros que llegaban a beber en el estanque, cuyas ondas le cercaban. Allí, con reserva poca, le corría todo entero la turba intrépida y loca, y hallábale un agujero que tiene el bruto en la boca. Es tal la disposición, que por la parte de afuera da fácil introducción a un pajarillo cualquiera del tamaño de un gorrión. Por adentro, sin percance, todo el cuello de un avance mete el pájaro; después, como no hay dónde afiance ni las alas ni los pies, ni ellos le son de provecho, ni ellas le hacen sino estorbo; y empujando con despecho, se hiere garganta y pecho contra el borde áspero y corvo. Y víctima el animal de su imprudencia fatal que salir de allí le veda, vuela, anda, se atonta y rueda por la cárcel de metal. Donde triste prisionero, pidiendo en vano merced, sobre muchos que primero tuvieron su paradero, perece de hambre y de sed. Mil avecillas, buscando sombra densa en el estío, mil en el invierno, cuando ya lloviendo, ya nevando, traspasábalas el frío, embocáronse en la panza del caballo, que en venganza debió decir para sí: Renunciad a la esperanza, pájaros que entráis en mí. Con el tiempo se mudó del jardín en que habitó a la plaza donde está, y entonces se le quitó el cuerpo que encima va. Y los cóncavos secretos del cuadrúpedo cruel aparecieron repletos de plumas y de esqueletos de aves tragadas por él. Dañosa curiosidad las condujo a muerte cruda. -¡Ay! ¡Cuántos en nuestra edad por la brecha de la duda se abisman en la impiedad! Abismo donde pedir favor al mortal discurso no basta para salir: él nos deja sin recurso desesperar y morir. EL SANTERO A cierta romería, sobre una dócil mula caballero, iba en Andalucía un pícaro santero, que de cada espolazo al animal sacábale un pedazo, y mientras, cariñoso le decía: Corra, que su cachaza me atribula; corra por caridad, hermana mula. Faz de paloma, corazón de arpía, palabras de ángel y obras de demonio: tal es, sin levantarle testimonio, la pérfida, la vil hipocresía. LOS TRES QUEJOSOS ¡Qué mal (gritó la mona) que estoy sin rabo! ¡Qué mal estoy sin astas! Repuso el asno. Y dijo el topo: Más debo yo quejarme, que estoy sin ojos. No reniegues, Camilo, de tu fortuna; que otros podrán dolerse más de la suya. Si se repara, nadie en el mundo tiene dicha colmada. LA LLUVIA DE VERANO Muy de madrugada sale de su aldea Lucas para un viaje de unas ocho leguas. No hay en todas ocho parador ni venta, no hay por el camino árboles siquiera. Gran calor aguarda, porque julio empieza; va por eso Lucas bien a la ligera. De flexible paja sombrerito lleva; pantalón y chupa son de primavera, y alpargata leve calza, que sujetan lazos que le cruzan sobre empeine y pierna. Con lo cual y un palo y un morral de jerga, Lucas diligente del lugar se aleja. Aún el sol no asoma, la mañana es fresca, nubes aparecen, se levanta niebla. Horas van pasando; la humedad se aumenta: ya menudas gotas por el aire ruedan, hasta que a torrentes lanzan las esferas lluvia que amenaza inundar la tierra. Cuál estaba Lucas, júzguelo cualquiera: hízose una sopa de pies a cabeza. No era ciertamente grande su paciencia: enojóse, y loca se soltó su lengua. -Luego quieren (dijo) que uno se someta dócil a las leyes de la Providencia. Esta condenada lluvia que no cesa, ¿qué motivo tiene?, ¿qué bien acarrea? Mala es y remala para la cosecha, y salud y vida puede que yo pierda. Esto hablaba el necio, cuando de unas peñas un ladrón armado sale y se le acerca. Lucas imprudente su garrote apresta, sin mirar que el otro tiene una escopeta. Del gatillo tira el ladrón con fuerza; mas por dicha el tiro sin salir se queda. Lucas acomete con audacia nueva, y el malvado entonces huye entre las quiebras, y para que Lucas algo se detenga, la escopeta arroja, porque ya le pesa. Nuestro caminante discurrió al cogerla: No estará cargada, cuando así la suelta. Mírala, y entonces, ¡cuál fue su sorpresa! Carga doble dentro del cañón encuentra; pero entrambas cargas barro estaban hechas, y aun lo mismo el cebo de la cazoleta. -¡Diantre! (dijo Lucas muerto de vergüenza), locamente al cielo dirigí mis quejas. Pólvora excelente la del ladrón era, y ella se inflamara si estuviese seca. Niebla y lluvia hicieron que se humedeciera: si ellas me calaron, me salvaron ellas. ¡Gloria a Dios que rige la naturaleza! No hay mal en el mundo que por bien no venga. LOS POLVOS DE LA MADRE CELESTINA Señor maestro, (preguntó Raimundo) los polvos de la madre Celestina, que todo lo alcanzaban en el mundo, ¿se sabe o se imagina de qué pudieran ser? -Cuatro ingredientes, (díjole el preceptor) omnipotentes, entraban en la mágica mixtura: oro, saber, esfuerzo y hermosura. Hoy, lo que tantas maravillas obra es el oro no más; el resto sobra. Por gracia, no de Dios, reina el dinero, soberano señor del mundo entero. ÍNDICE ALFABÉTICO A CIERTA ROMERÍA El Asno y El Cochino
Algunas de sus Fábulas son: EL ÁGUILA Y EL CARACOL EL ÁRABE HAMBRIENTO EL CUADRO DEL BURRO EL JUMENTO MURMURADOR EL PÁJARO Y EL NIÑO LA O ENTRE NÚMEROS LA PRUDENCIA HUMANA TAL PARA CUAL
Fábulas Entre las numerosas fábulas de Esopo que han perdurado, a través del tiempo, se presentan aquí, agrupadas según los personajes de las mismas: Caballos El Buey Las Aves Asnos y Mulas El Águila Animales Acuáticos La Cabra El Cuervo Dioses Cosas El Camello Los Ciervos La Corneja El Cazador Insectos La Liebre El Milano El Lobo El León Murciélagos La Rana El Ratón La víbora La Zorra Las Plantas Personas El Pescador El Perro El Hombre La Mujer Otros [Home] [Up] |
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