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FABULAS-22 FÉLIX MARÍA SAMANIEGO-1- |
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FÁBULAS DE SAMANIEGO BATALLA DE LAS COMADREJAS BATALLA DE LAS COMADREJAS y
de los ratones CONGRESO DE LOS RATONES Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio, Que después de las aguas del diluvio Fue padre universal de todo gato, Ha sido Miauragato Quien más sangrientamente Persiguió a la infeliz ratona gente. Lo cierto es que, obligada De su persecución la desdichada, En Ratópolis tuvo su congreso. Propuso el elocuente Roequeso Echarle un cascabel, y de esa suerte Al ruido escaparían de la muerte. El proyecto aprobaron uno a uno, ¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno. «Yo soy corto de vista. Yo muy viejo. Yo gotoso», decían. El concejo Se acabó como muchos en el mundo. Proponen un proyecto sin segundo: Lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento! Pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento. DEMETRIO Y MENANDRO Si te falta el buen nombre, Fabio, en vano presumes Que en el mundo te tengan por grande hombre, Sin más que por tus galas y perfumes. Demetrio el Faleriano se apodera De Atenas, y aunque fue con tiranía, De agradable manera Los del vulgo le aclaman a porfía. Los grandes y los nobles distinguidos Con fingido placer la mano besan Que los tiene oprimidos; Aun a los que en el ocio se embelesan, Y la poltrona gente Los arrastra el temor al cumplimiento. Con ellos va Menandro juntamente, Dramático escritor de gran talento, Cuyas obras leyó, sin conocerle, Demetrio. Con perfumes olorosos Y pasos afectados entra. Al verle Llegar entre los tardos perezosos, El nuevo Arconte prorrumpió, enojado: «Con qué valor se pone en mi presencia Ese hombre afeminado?» «Señor, le respondió la concurrencia, Es Menandro el autor.» Al punto muda De semblante el tirano; Al escritor saluda, Y con grata expresión le da la mano. EL ÁGUILA Y EL CUERVO - A Don Tomás de Iriarte - En mis versos, Iriarte, Ya no quiero más arte Que poner a los tuyos por modelo. A competir anhelo Con tu numen, que el sabio mundo admira, Si me prestas tu lira, Aquélla en que tocaron dulcemente Música y Poesia juntamente. Esto no puede ser: ordena Apolo Que, digno sólo tú, la pulses solo. ¿Y, por qué sólo tú? Pues cuando menos, ¿No he de hacer versos fáciles, amenos, Sin ambicioso ornato? ¿Gastas otro poético aparato? Si tú sobre el Parnaso te empinases, Y desde allí cantases: Risco tramonto de época altanera, «Góngora que te siga», te dijera; Pero si vas marchando por el llano, Cantándonos en verso castellano Cosas claras, sencillas, naturales, Y todas ellas tales, Que aun aquel que no entiende poesía Dice: Eso yo también me lo diría; ¿Por qué no he de imitarte, y aun acaso Antes que tú trepar por el Parnaso? No imploras las sirenas ni las musas, Ni de númenes usas, Ni aun siquiera confias en Apolo. A la naturaleza imploras solo, Y ella, sabia, te dicta sus verdades. Yo te imito: no invoco a las deidades, Y por mejor consejo, Sea mi sacro numen cierto viejo, Esopo digo. Díctame, machucho, Una de tus patrañas; que te escucho. Una Águila rapante, Con vista perspicaz, rápido vuelo, Descendiendo veloz de junto al cielo, Arrebató un cordero en un instante. Quiere un Cuervo imitarla: de un carnero En el vellón sus uñas hacen presa; Queda enredado entre la lana espesa, Como pájaro en liga prisionero. Hacen de él los pastores vil juguete, Para castigo de su intento necio. Bien merece la burla y el desprecio El Cuervo que a ser Águila se mete. El viejo me ha dictado esta patraña, y astutamente así me desengaña. Esa facilidad, esa destreza, Con que arrebató el Águila su pieza, Fue la que engañó al Cuervo, pues creía Que otro tanto a lo menos él haría. Mas ¿qué logró? Servirme de escarmiento. ¡Ojalá que sirviese a más de ciento, Poetas de mal gusto inficionados, Y dijesen, cual yo, desengañados: «El Águila eres tú, divino Iriarte; Ya no pretendo más sino admirarte: Sea tuyo el laurel, tuya la gloria, Y no sea yo el cuervo de la historia!» EL ÁGUILA Y EL ESCARABAJO «Que me matan; favor»: así clamaba una liebre infeliz, que se miraba en las garras de una Águila sangrienta. A las voces, según Esopo cuenta, acudió un compasivo Escarabajo; y viendo a la cuitada en tal trabajo, por libertarla de tan cruda muerte, lleno de horror, exclama de esta suerte: «¡Oh reina de las aves escogida! ¿Por qué quitas la vida a este pobre animal, manso y cobarde? ¿No sería mejor hacer alarde de devorar a dañadoras fieras, o ya que resistencia hallar no quieras, cebar tus uñas y tu corvo pico en el frío cadáver de un borrico?» Cuando el Escarabajo así decía, la Águila con desprecio se reía, y sin usar de más atenta frase, mata, trincha, devora, pilla y vase. El pequeño animal así burlado quiere verse vengado. En la ocasión primera vuela al nido del Águila altanera, halla solos los huevos, y arrastrando, uno por uno fuelos despeñando; mas como nada alcanza a dejar satisfecha una venganza, cuantos huevos ponía en adelante se los hizo tortilla en el instante. La reina de las aves sin consuelo, remontaba su vuelo, a Júpiter excelso humilde llega, expone su dolor, pídele, ruega remedie tanto mal; el dios propicio, por un incomparable beneficio, en su regazo hizo que pusiese el Águila sus huevos, y se fuese; que a la vuelta, colmada de consuelos, encontraría hermosos sus polluelos. Supo el Escarabajo el caso todo: astuto e ingenioso hace de modo que una bola fabrica diestramente de la materia en que continuamente trabajando se halla, cuyo nombre se sabe, aunque se calla, y que, según yo pienso, para los dioses no es muy buen incienso. Carga con ella, vuela, y atrevido pone su bola en el sagrado nido. Júpiter, que se vio con tal basura, al punto sacudió su vestidura, haciendo, al arrojar la albondiguilla, con la bola y los huevos su tortilla. Del trágico suceso noticiosa, arrepentida el Águila y llorosa aprendió esa lección a mucho precio: a nadie se le trate con desprecio, como al Escarabajo, porque al más miserable, vil y bajo, para tomar venganza, si se irrita, ¿le faltará siquiera una bolita? EL ÁGUILA Y LA ASAMBLEA DE LOS ANIMALES Todos los animales cada instante Se quejaban a Júpiter tonante De la misma manera Que si fuese un alcalde de montera. El Dios, y con razón, amostazado Viéndose importunado, Por dar fin de una vez a las querellas, En lugar de sus rayos y centellas, De receptor envía desde el cielo Al Águila rapante, que de un vuelo En la tierra juntó los animales Y expusieron en suma cosas tales. Pidió el león la astucia del raposo, Este de aquél lo fuerte y valeroso; Envidia la paloma al gallo fiero, El gallo a la paloma lo ligero. Quiere el sabueso patas más felices, Y cuenta como nada sus narices. El galgo lo contrario solicita; Y en fin, cosa inaudita, Los peces, de las ondas ya cansados, Quieren probar los bosques y los prados; Y las bestias, dejando sus lugares, Surcar las olas de los anchos mares. Después de oírlo todo, El Águila concluye de éste modo: «¿Tes, maldita caterva impertinente, Que entre tanto viviente De uno y otro elemento, Pues nadie está contenta, No se encuentra feliz ningún destino? Pues ¿para qué envidiar el del vecino?» Con sólo este discurso, Aun el bruto mayor de aquel concurso Se dio por convencido. De modo que es sabido Que ya sólo se matan los humanos En envidiar la suerte a sus hermanos. EL AMO Y EL PERRO «Callen todos los perros de este mundo Donde está mi Palomo; Es fiel, decía el Amo, sin segundo, Y me guarda la casa... Pero ¿cómo? Con la despensa abierta Le dejé cierto día: En medio de la puerta, De guardia se plantó con bizarría. Un formidable gato, En vez de perseguir a los ratones, Se venía, guiado del olfato, A visitar chorizos y jamones. Palomo le despide buenamente; El gato se encrespa y acalora; Riñen sangrientamente, Y mi guarda jamones le devora.» Esto contaba el Amo a sus amigos, Y después a su casa se los lleva A que fuesen testigos De tal fidelidad en otra prueba. Tenía al buen Palomo prisionero Entre manidas pollas y perdices; Los sebosos riñones de un carnero Casi casi le untaban las narices. Dentro de este retiro a penitencia El triste fue metido, Después de algunos días de abstinencia. Al fin, ya su señor, compadecido, Abre con sus amigos el encierro: Sale rabo entre piernas, agachado; Al Amo se acercaba el pobre Perro, Lamiéndose el hocico ensangrentado. El dueño se alborota y enfurece Con tan fatales nuevas. Yo le preguntaría: ¿Y qué merece Quien la virtud expone a tales pruebas?
EL AMOR Y LA LOCURA Habiendo la Locura Con el Amor reñido, Dejó ciego de un golpe Al miserable niño. Venganza pide al cielo Venus, mas ¡con qué gritos! Era madre y esposa: Con esto queda dicho. Queréllase a los dioses, Presentando a su hijo: «¿De qué sirven las flechas, De qué el arco a Cupido, Faltándole la vista Para asestar sus tiros? Quítensele las alas Y aquel ardiente cirio, Si a su luz ser no pueden Sus vuelos dirigidos.» Atendiendo a que el ciego Siguiese su ejercicio, Y a que la delincuente Tuviese su castigo, Júpiter, presidente De la asamblea, dijo: «Ordeno a la Locura, Desde este instante mismo, Que eternamente sea De Amor el lazarillo.» EL ASNO CARGADO DE RELIQUIAS De reliquias cargado, Un Asno recibía adoraciones, Como si a él se hubiesen consagrado Reverencias, inciensos y oraciones. En lo vano, lo grave y lo severo Que se manifestaba, Hubo quien conoció que se engañaba, Y le dijo: «Yo infiero De vuestra vanidad vuestra locura; El reverente culto que procura Tributar cada cual este momento, No es dirigido a vos, señor Jumento, Que sólo va en honor, aunque lo sientas, De la sagrada carga que sustentas.» Cuando un hombre sin mérito estuviere En elevado empleo o gran riqueza, Y se ensoberbeciere Porque todos le bajan la cabeza, Para que su locura no prosiga Tema encontrar tal vez con quien le diga: «Señor jumento no se engría tanto; Que si besan la peana es por el santo.» EL ASNO INFELIZ Yo conocí un Jumento Que murió muy contento Por creer, y no iba fuera de camino, Que así cesaba su fatal destino. Pero la adversa suerte Aun después de su muerte Le persiguió: dispuso que al difunto Le arrancasen el cuero luego al punto Para hacer tamboriles, Y que en los regocijos pastoriles Bailasen las zagalas en el prado, Al son de su pellejo baqueteado. Quien por su mala estrella es infelice, Aun muerto lo será. Fedro lo dice. EL ASNO SESUDO Cierto Burro pacía En la fresca y hermosa pradería Con tanta paz como si aquella tierra No fuese entonces teatro de la guerra. Su dueño, que con miedo lo guardaba, De centinela en la ribera estaba. Divisa al enemigo en la llanura, Baja, y al buen Borrico le conjura Que huya precipitado. El Asno, muy sesudo y reposado, Empieza a andar a paso perezoso. Impaciente su dueño y temeroso Con el marcial ruido De bélicas trompetas al oído, Le exhorta con fervor a la carrera. «¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera; Que llegue en hora buena Marte fiero; Me rindo, y él me lleva prisionero. ¿Servir aquí o allí no es todo uno? ¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno. Pues nada pierdo, nada me acobarda; Siempre seré un esclavo con albarda.» No estuvo más en sí ni más entero Que el buen Pollino Amiclas el Barquero, Cuando en su humilde choza le despierta César, con sus soldados a la puerta, Para que a la Calabria los guiase. ¿Se podría encontrar quien no temblase Entre los poderosos De insultos militares horrorosos De la guerra enemiga? No hay sino la pobreza que consiga Esta gran exención: de aquí le viene. Nada teme perder quien nada tiene. EL ASNO VESTIDO DE LEÓN Un Asno disfrazado Con una grande piel de León andaba; Por su temible aspecto casi estaba Desierto el bosque, solitario el prado. Pero quiso el destino Que le llegase a ver desde el molino La punta de una oreja el molinero. Armado entonces de un garrote fiero, Dale de palos, llévalo a su casa. Divúlgase al contorno lo que pasa; Llegan todos a ver en el instante Al que habían temido León reinante; Y haciendo mofa de su idea necia, Quien más le respetó, más le desprecia. Desde que oí del Asno contar esto Dos ochavos apuesto, Si es que Pedro Fernández no se deja De andar con el disfraz del caballero, A vueltas del vestido y el sombrero, Que le han de ver la punta de la oreja. EL ASNO Y EL CABALLO «¡Ah! ¡quién fuese Caballo! Un Asno melancólico decía; Entonces sí que nadie me vería Flaco, triste y fatal como me hallo. Tal vez un caballero Me mantendría ocioso y bien comido, Dándose su merced por muy servido Con corvetas y saltos de carnero. Trátanme ahora como vil y bajo; De risa sirve mi contraria suerte; Quien me apalea más, más se divierte, Y menos como cuando más trabajo. No es posible encontrar sobre la tierra Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, Cuando al Caballo ve cómo pasaba, Con su jinete y armas, a la guerra. Entonces conoció su desatino, Rióse de corvetas y regalos, Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos, No me saquen los dioses de Pollino.» EL ASNO Y EL CABALLO EL ASNO Y EL COCHINO Oh jóvenes amables, que en vuestros tiernos años al templo de Minerva dirigís vuestros pasos, seguid, seguid la senda en que marcháis, guiados, a la luz de las ciencias, por profesores sabios. aunque el camino sea, ya difícil, ya largo, lo allana y facilita el tiempo y el trabajo. Rompiendo el duro suelo, con la esteva agobiado, el labrador sus bueyes guía con paso tardo; mas al fin llega a verse, en medio del verano, de doradas espigas, como Ceres, rodeado. A mayores tareas, a más graves cuidados es mayor y más dulce el premio y el descanso. Tras penosas fatigas, la labradora mano ¡con qué gusto recoge los racimos de Baco! Ea, jóvenes, ea, seguid, seguid marchando al templo de Minerva, a recibir el lauro. mas yo sé, caballeros, que un joven entre tantos responderá a mis voces: no puedo, que me canso. Descansa enhorabuena; ¿digo yo lo contrario? Tan lejos estoy de eso, que en estos versos trato de daros un asunto que instruya deleitando, los perros y los lobos, los ratones y gatos, las zorras y las monas, los ciervos y caballos os han de hablar en verso, pero con juicio tanto, que sus máximas sean los consejos más sanos. deleitaos en ello, y con este descanso, a las serias tareas volved más alentados. Ea, jóvenes, ea. Seguid, seguid marchando al templo de Minerva, a recibir el lauro. pero ¡qué! ¿os detiene el ocio y el regalo? Pues escuchad a Esopo, mis jóvenes amados: Envidiando la suerte del Cochinos, un Asno maldecía su destino. «Yo, decía, trabajo y como paja; él come harina, berza, y no trabaja: a mí me dan de palos cada día; a él le rascan y halagan a porfia.» Así se lamentaba de su suerte; pero luego que advierte que a la pocilga alguna gente avanza en guisa de matanza, armada de cuchillo y de caldera, y que con maña fiera dan al gordo Cochino fin sangriento, dijo entre sí el jumento: «si en esto para el ocio y los regalos, al trabajo me atengo y a los palos. EL ASNO Y EL LOBO Un Burro cojo vio que le seguía Un Lobo cazador, y no pudiendo Huir de su enemigo, le decía: «Amigo Lobo, yo me estoy muriendo; Me acaban por instantes los dolores De este maldito pie de que cojeo; Si yo no me valiese de herradores, No me vería así como me veo. Y pues fallezco, sé caritativo; Sácame con los dientes este clavo, Muera yo sin dolor tan excesivo, Y cómeme después de cabo a rabo.» «¡Oh! dijo el cazador con ironía, Contando con la presa ya en la mano, No solamente sé la anatomía, Sino que soy perfecto cirujano. El caso es para mí una patarata, La operación no más que de un momento; Alargue bien la pata, Y no se me acobarde, buen Jumento.» Con su estuche molar desenvainado El nuevo profesor llega al doliente; Mas éste le dispara de contado Una coz que le deja sin un diente. Escapa el cojo, pero el triste herido Llorando se quedó su desventura. «¡Ay infeliz de mí! bien merecido El pago tengo de mi gran locura. Yo siempre me llevé el mejor bocado En mi oficio de Lobo carnicero; Pues si puedo vivir tan regalado, éA qué meterme ahora a curandero?» Hablemos en razón: no tiene juicio Quien deja el propio por ajeno oficio. EL ASNO Y EL PERRO Un Perro y un Borrico caminaban, Sirviendo a un mismo dueño; Rendido éste del sueño, Se tendió sobre el prado que pasaban. El Borrico entretanto aprovechado Descansa y pace; mas el Perro, hambriento, «Bájate, le decía, buen jumento; Pillaré de la alforja algún bocado.» El Asno se le aparta como en chanza; El Perro sigue al lado del Borrico, Levantando las manos y el hocico, Como perro de ciego cuando danza. «No seas bobo, el Asno le decía; Espera a que nuestro amo se despierte, Y será de esta suerte El hambre más, mejor la compañía.» Desde el bosque entre tanto sale un lobo: Pide el Asno favor al compañero; En lugar de ladrar, el marrullero Con fisga respondió: «No seas bobo; Espera a que nuestro amo se despierte; Que pues me aconsejaste la paciencia, Yo la sabré tener en mi conciencia, Al ver al lobo que te da la muerte.» El Pollino murió, no hay que dudarlo; Mas si resucitara Corriendo el mundo a todos predicara: Prestad auxilio si queréis hallarlo. EL ASNO Y JÚPITER «No sé cómo hay jumento Que, teniendo un adarme de talento, Quiera meterse a burro de hortelano. Llevo a la plaza desde muy temprano Cada día cien cargas de verdura, Vuelvo con otras tantas de basura, Y para minorar mi pesadumbre, Un criado me azota por costumbre. Mi vida es ésta; ¿qué será mi muerte, Como no mude Júpiter mi suerte?» Un Asno de este modo se quejaba. El dios, que sus lamentos escuchaba, Al dominio le entrega de un tejero. «Esta vida, decía, no la quiero: Del peso de las tejas oprimido, Bien azotado, pero mal comido, A Júpiter me voy con el empeño De lograr nuevo dueño.» Envióle a un curtidor; entonces dice: «Aun con este amo soy más infelice. Cargado de pellejos de difunto Me hace correr sin sosegar un punto, Para matarme sin llegar a viejo, Y curtir al instante mi pellejo.» Júpiter, por no oír tan largas quejas, Se tapó lindamente las orejas, Y a nadie escucha, desde el tal pollino, Si le hablan de mudanza de destino. Sólo en verso se encuentran los dichosos, Que viven ni envidiados ni envidiosos. La espada por feliz tiene al arado, Como el remo a la pluma y al cayado; Mas se tiene por míseros en suma Remo, espada, cayado, esteva y pluma. Pues ¿a qué estado el hombre llama bueno? Al propio nunca; pero sí al ajeno. EL ASNO Y LAS RANAS Muy cargado de leña un burro viejo, Triste armazón de huesos y pellejo, Pensativo, según lo cabizbajo, Caminaba llevando con trabajo Su débil fuerza la pesada carga. El paso tardo, la carrera larga, Todo, al fin, contra el mísero se empeña, El camino, los años y la leña. Entra en una laguna el desdichado, Queda profundamente empantanado. Viéndose de aquel modo Cubierto de agua y lodo, Trocando lo sufrido en impaciente, Contra el destino dijo neciamente Expresiones ajenas de sus canas; Mas las vecinas Ranas, Al oír sus lamentos y quejidos, Las unas se tapaban los oídos, Las otras, que prudentes le escuchaban, Reprendíanle así y aconsejaban: «Aprenda el mal jumento A tener sufrimiento; Que entre las que habitamos la laguna Ha de encontrar lección muy oportuna. Por Júpiter estamos condenadas A vivir sin remedio encenagadas En agua detenida, lodo espeso, Y a más de todo eso, Aquí perpetuamente nos encierra, Sin esperanza de correr la tierra, Cruzar el anchuroso mar profundo, Ni aun saber lo que pasa por el mundo. Mas llevamos a bien nuestro destino; Y así nos premia Júpiter divino, Repartiendo entre todas cada día La salud, el sustento y alegría.» Es de suma importancia Tener en los trabajos tolerancia; Pues la impaciencia en la contraria suerte Es un mal más amargo que la muerte. EL BÚHO Y EL HOMBRE Vivía en un granero retirado Un reverendo Búho, dedicado A sus meditaciones, Sin olvidar la caza de ratones. Se dejaba ver poco, mas con arte: Al Gran Turco imitaba en esta parte. El dueño del granero Por azar advirtió que en un madero El pájaro nocturno Con gravedad estaba taciturno. El Hombre le miraba y se reía; «¡Qué carita de pascua! le decía; ¿Puede haber más ridículo visaje? Vaya, que eres un raro personaje. ¿Por qué no has de vivir alegremente Con la pájara gente, Seguir desde la aurora A la turba canora De jilgueros, calandrias, ruiseñores, Por valles, fuentes, árboles y flores?» «Piensas a lo vulgar, eres un necio, Dijo el solemne Búho con desprecio; Mira, mira, ignorante, A la sabiduría en mi semblante: Mi aspecto, mi silencio, mi retiro, Aun yo mismo lo admiro. Si rara vez me digno, como sabes, De visitar la luz, todas las aves Me siguen y rodean: desde luego Mi mérito conocen, no lo niego.» «¡Ah tonto presumido!, El Hombre dijo así; ten entendido Que las aves, muy lejos de admirarte, Te siguen y rodean por burlarte. De ignorante orgulloso te motejan, Como yo a aquellos hombres que se alejan Del trato de las gentes, Y con extravagancias diferentes Han llegado a doctores en la ciencia De ser sabios no más que en la apariencia.» De esta suerte de locos Hay hombres como búhos, y no pocos. EL CABALLO Y EL CIERVO Perseguía un Caballo vengativo A un Ciervo que le hizo leve ofensa; Mas hallaba segura la defensa En veloz carrera el fugitivo. El vengador, perdida la esperanza De alcanzarlo, y lograr así su intento, Al hombre le pidió su valimiento Para tomar del ofensor venganza. Consiente el hombre, y el Caballo airado Sale con su jinete a la campaña; Corre con dirección, sigue con maña, Y queda al fin del ofensor vengado. Muéstrase al bienhechor agradecido; Quiere marcharse libre de su peso; Mas desde entonces mismo quedó preso, Y eternamente al hombre sometido. El Caballo que suelto y rozagante En el frondoso bosque y prado ameno Su libertad gozaba tan de lleno, Padece sujeción desde ese instante. Oprimido del yugo ara la tierra; Pasa tal vez la vida más amarga; Sufre la silla, freno, espuela, carga, Y aguanta los horrores de la guerra. En fin perdió la libertad amable Por vengar una ofensa solamente. Tales los frutos son que ciertamente Produce la venganza detestable. EL CALVO Y LA MOSCA Picaba impertinente En la espaciosa calva de un Anciano Una Mosca insolente. Quiso matarla, levantó la mano, Tiró un cachete, pero fuese salva, Hiriendo el golpe la redonda calva. Con risa desmedida La Mosca prorrumpió: «Calvo maldito, Si quitarme la vida Intentaste por un leve delito, ¿A qué pena condenas a tu brazo, Bárbaro ejecutor de tal porrazo?» «Al que obra con malicia, Le respondió el varón prudentemente, Rigurosa justicia Debe dar el castigo conveniente, Y es bien ejercitarse la clemencia En el que peca por inadvertencia. Sabe, Mosca villana, Que coteja el agravio recibido La condición humana, Según la mano de donde ha venido»; Que el grado de la ofensa tanto asciende Cuanto sea más vil aquel que ofende. EL CAMELLO Y LA PULGA Al que ostenta valimiento Cuando su poder es tal, Que ni influye en bien ni en mal, Le quiero contar un cuento. En una larga jornada Un Camello muy cargado Exclamó, ya fatigado: «¡Oh qué carga tan pesada!» Doña Pulga, que montada Iba sobre él, al instante Se apea, y dice arrogante: «Del peso te libro yo.» El Camello respondió: «Gracias, señor elefante.» EL CARRETERO Y HÉRCULES En un atolladero El carro se atascó de Juan Regaña; Él a nada se mueve ni se amaña, Pero jura muy bien: gran Carretero. A Hércules invocó; y el dios le dice: «Aligera la carga; ceja un tanto; Quita ahora ese canto; ¿Está?» «Sí, le responde, ya lo hice.» «Pues enarbola el látigo, y con eso Puedes ya caminar.» De esta manera, Arreando a la Mohina y la Roncera, Salió Juan con su carro del suceso. Si haces lo que estuviere de tu parte Pide al cielo favor: ha de ayudarte. EL CAZADOR Y EL PERRO Mustafá, perro viejo, Lebrel en montería ejercitado, Y de antiguas heridas señalado A colmillo y a cuerno su pellejo, Seguía a un jabalí sin esperanza De poderle alcanzar; pero, no obstante, Aguzándole su amo a cada instante, A duras penas Mustafá le alcanza. El cerdoso valiente No escuchaba recados a la oreja; Y así, su resistencia no le deja Cebar al Perro su cansado diente; Con airado colmillo le rechaza, Y bufando se marcha victorioso. El cazador, furioso, Reniega del Lebrel y de su raza. «Viejo estoy, le responde, ya lo veo; Mas di: ¿sin Mustafá cuándo tuvieras Las pieles y cabezas de las fieras En tu casa, de abrigo y de trofeo? Miras a lo que soy, no a lo que he sido. ¡Oh suerte desgraciada! Presente tienes mi vejez cansada, Y mis robustos años en olvido. Mas ¿para qué me mato, Si no he de conseguir cosa ninguna? Es ladrar a la luna El alegar servicios al ingrato» EL CAZADOR Y LA PERDIZ Una Perdiz en celo reclamada Vino a ser en la red aprisionada. Al Cazador la mísera decía: «Si me das libertad, en este día Te he de proporcionar un gran consuelo. Por ese campo extenderé mi vuelo; Juntaré a mis amigas en bandadas, Que guiaré a tus redes, engañadas, Y tendrás, sin costarte dos ochavos, Doce perdices como doce pavos.» «¡Engañar y vender a tus amigas! ¿Y así crees que me obligas? Respondió el Cazador; pues no, señora; Muere, y paga la pena de traidora.» La Perdiz fue bien muerta; no es dudable. La traición, aun soñada, es detestable. EL CAZADOR Y LOS CONEJOS Poco antes que esparciese Sus cabellos en hebras El rubicundo Apolo Por la faz de la tierra, De cazador armado, Al soto Fabio llega. Por el nudoso tronco De cierta encina vieja Sube para ocultarse En las ramas espesas. Los incautos conejos Alegres se le acercan. Uno del verde prado Igualaba la hierba; Otro, cual jardinero, Las florecillas siega; El tomillo y romero Éste y aquél cercenan; Entre tanto al más gordo Fabio su tiro asesta; Dispara, y al estruendo Se meten en sus cuevas Tan repentinamente, Que a muchos pareciera Que, salvo el muerto, a todos Se los tragó la tierra. Después de tanto espanto, ¿Habrá alguno que crea Que de allí a poco rato La tímida caterva, Olvidando el peligro, Al riesgo se presenta? Cosa extraña parece Mas no se admiren de ella. ¿Acaso los humanos Hacen de otra manera? EL CERDO, EL CARNERO Y LA CABRA Poco antes de morir el corderillo Lame alegre la mano y el cuchillo Que han de ser de su muerte el instrumento, Y es feliz hasta el último momento. Así, cuando es el mal inevitable, Es quien menos prevé más envidiable. Bien oportunamente mi memoria Me presenta al Lechón de cierta historia. Al mercado llevaba un carretero Un Marrano, una Cabra y un Carnero. Con perdón, el Cochino Clamaba sin cesar en el camino: «¡Ésta sí que es miseria! Perdido soy, me llevan a la feria.» Así gritaba; mas ¡con qué gruñidos! No dio en su esclavitud tales gemidos Hécuba la infelice. El carretero al gruñidor le dice: «¿No miras al Carnero y a la Cabra, Que vienen sin hablar una palabra?» «¡Ay, señor, le responde, ya lo veo! Son tontos y no piensan. Yo preveo Nuestra muerte cercana. A los dos por la leche y por la lana Quizá no matarán tan prontamente; Pero a mí, que soy bueno solamente Para pasto del hombre... no lo dudo: Mañana comerán de mi menudo. Adiós, pocilga; adiós, gamella mía.» Sutilmente su muerte preveía. Mas ¿qué lograba el pensador Marrano? Nada, sino sentirla de antemano. El dolor ni los ayes es seguro Que no remediarán el mal futuro. EL CIERVO EN LA FUENTE Un Ciervo se miraba En una hermosa cristalina Fuente; Placentero admiraba Los enramados cuernos de su frente, Pero al ver sus delgadas, largas piernas, Al alto cielo daba quejas tiernas. «¡Oh dioses! ¿A qué intento, A esta fábrica hermosa de cabeza Construir su cimiento Sin guardar proporción en la belleza? ¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo! ¡No haber gloria cumplida en este mundo!» Hablando de esta suerte El Ciervo, vio venir a un lebrel fiero. Por evitar su muerte, Parte al espeso bosque muy ligero; Pero el cuerno retarda su salida, Con una y otra rama entretejida. Mas libre del apuro A duras penas, dijo con espanto: «Si me veo seguro, Pese a mis cuernos, fue por correr tanto; Lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos, Haga mis feos pies el cielo eternos:» Así frecuentemente El hombre se deslumbra con lo hermoso; Elige lo aparente, Abrazando tal vez lo más dañoso; Pero escarmiente ahora en tal cabeza. El útil bien es la mejor belleza. EL CIERVO Y LOS BUEYES Con inminente riesgo de la vida un ciervo se escapó de una batida, Y en la quinta cercana de repente Se metió en el establo incautamente. Dícele un buey: «¿Ignoras, desdichado, Que aquí viven los hombres? ¡Ah cuitado! Detente, y hallarás tanto reposo Como perdiz en boca de raposo.» El Ciervo respondió: «Pero, no obstante, Dejadme descansar algún instante, Y en la ocasión primera Al bosque espeso emprendo mi carrera.» Oculto en el ramaje permanece; A la noche el boyero se aparece, Al ganado reparte su alimento, Nada divisa, sálese al momento. El mayoral y los criados entran, Y tampoco le encuentran. Libre de aquel apuro El ciervo se contaba por seguro; Pero el Buey, más anciano, Le dice: «¿Qué? ¿Te alegras tan temprano? Si el amo llega, lo perdiste todo; Yo le llamo cien-ojos por apodo: Mas chitón, que ya viene.» Entra Cien-ojos; todo lo previene; A los rústicos dice: «No hay consuelo; Las colleras tiradas por el suelo, Limpio el pesebre, pero muy de paso; El ramaje muy seco y más escaso. Señor mayoral, ¿es éste buen gobierno?» En esto mira al enramado cuerno Del triste Ciervo; grita, acuden todos Contra el pobre animal de varios modos, Y a la rústica usanza Se celebró la fiesta de matanza. Esto quiere decir que el amo bueno No se debe fiar del ojo ajeno. EL CIUDADANO PASTOR Cierto joven leía En versos excelentes Las dulces pastorelas Con el mayor deleite. Tenía la cabeza Llena de prados, fuentes, Pastores y zagalas, Zampoñas y rabeles. Al fin, cierta mañana Prorrumpe de esta suerte: «¡Yo he de estar prisionero, Cercado de paredes, Esclavo de los hombres Y sujeto a las leyes, Pudiendo entre pastores Grata y sencillamente Disfrutar desde ahora La libertad campestre! De la ciudad al bosque Me marcho para siempre. Allí naturaleza Me brinda con sus bienes, Los árboles y ríos Con frutas y con peces, Los ganados y abejas Con la miel y la leche; Hasta las duras rocas Habitación me ofrecen En grutas coronadas De pámpanos silvestres. Desde tan bella estancia, ¿Cuántas y cuántas veces, Al son de dulces flautas Y sonoros rabeles, Oiré a los pastores Que discretos contienden, Publicando en sus versos Amores inocentes? Como que ya diviso Entre el ramaje verde A la pastora Nise, Que al lado de una fuente, Sentada al pie de un olmo, Una guirnalda teje. ¿Si será para Mopso?..» Tanto el joven enciende Su loca fantasía, Que ya en fin se resuelve, Y en zagal disfrazado, En los bosques se mete. A un rabadán encuentra, Y le pregunta alegre: «Dime, ¿es de Melibeo Ese ganado?» «Miente, Que es mío; y sobre todo, Sea de quien se fuere.» No respondió el buen hombre Muy poéticamente. El joven, temeroso De que tal vez le diese Con el fiero garrote Que por cayado tiene, Sin chistar más palabra, Huyó bonitamente. Marchaba pensativo, Cuando quiso la suerte Que cogiendo bellotas A la pastora viese. «¡Oh Nise fementida! Exclama; ¡cuántas véces, Siendo niña, querías Que yo te recogiese La fruta con rocío De mis manzanos verdes!» Diciendo así, se acerca, La moza se revuelve, Y dándole un bufido, En las breñas se mete. Sorprendido el mancebo, Dice: «¿Qué me sucede? ¿Son éstos los pastores Discretos, inocentes, Que pintan los poetas Tan delicadamente? A nuevos desengaños Ya no quiero exponerme.» Rendido, caviloso, A la ciudad se vuelve. Yo siento a par del alma Que no se detuviese A disfrutar un poco De la vida campestre. Por mi fe, que las migas, El pastoril albergue, El rigor del verano, Los hielos y las nieves, Le hubieran persuadido Mucho más vivamente. Que es un solemne loco Todo aquel que creyere Hallar en la experiencia Cuanto el hombre nos pinta por deleite. EL CORDERO Y EL LOBO Uno de los corderos mamantones, Que para los glotones Se crían, sin salir jamás al prado, Estando en la cabaña muy cerrado, Vio por una rendija de la puerta Que el caballero Lobo estaba alerta, En silencio esperando astutamente Una calva ocasión de echarle el diente. Mas él, que bien seguro se miraba, Así lo provocaba: «Sepa usted, señor Lobo, que estoy preso, Porque sabe el pastor que soy travieso; Mas si él no fuese bobo, No habría ya en el mundo ningún Lobo. Pues yo corriendo libre por los cerros, Sin pastores ni perros, Con sólo mi pujanza y valentía Contigo y con tu raza acabaría.» «Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza De regalar a mi vacía panza. Cuando este miserable me provoca Es señal de que se halla de mi boca Tan libre como el cielo de ladrones.» Así son los cobardes fanfarrones, Que se hacen en los puestos ventajosos Más valentones cuanto más medrosos. EL CUERVO Y EL ZORRO En la rama de un árbol, Bien ufano y contento, Con un queso en el pico, Estaba el señor Cuervo. Del olor atraído Un Zorro muy maestro, Le dijo estas palabras, A poco más o menos: «Tenga usted buenos días, Señor Cuervo, mi dueño; Vaya que estáis donoso, Mono, lindo en extremo; Yo no gasto lisonjas, Y digo lo que siento; Que si a tu bella traza Corresponde el gorjeo, Juro a la diosa Ceres, Siendo testigo el cielo, Que tú serás el fénix De sus vastos imperios.» Al oír un discurso Tan dulce y halagüeño, De vanidad llevado, Quiso cantar el Cuervo. Abrió su negro pico, Dejó caer el queso; El muy astuto Zorro, Después de haberle preso, Le dijo: «Señor bobo, Pues sin otro alimento, Quedáis con alabanzas Tan hinchado y repleto, Digerid las lisonjas Mientras yo como el queso.» Quien oye aduladores, Nunca espere otro premio. EL CUERVO Y LA SERPIENTE Pilló el Cuervo dormida a la Serpiente, Y al quererse cebar en ella hambriento, Le mordió venenosa. Sepa el cuento Quien sigue a su apetito incautamente. EL CHARLATAN «Si cualquiera de ustedes Se da por las paredes O arroja de un tejado, Y queda, a buen librar, descostillado, Yo me reiré muy bien: importa un pito, Como tenga mi bálsamo exquisito.» Con esta relación un chacharero Gana mucha opinión y más dinero; Pues el vulgo, pendiente de sus labios, Más quiere a un Charlatán que a veinte sabios. Por esta conveniencia Los hay el día de hoy en toda ciencia, Que ocupan, igualmente acreditados, Cátedras, academias y tablados. Prueba de esta verdad será un famoso Doctor en elocuencia, tan copioso En charlatanería, Que ofreció enseñaría A hablar discreto con fecundo pico, En diez años de término, a un borrico. Sábelo el Rey; lo llama, y al momento Le manda dé lecciones a un jumento; Pero bien entendido Que sería, cumpliendo lo ofrecido, Ricamente premiado; Mas cuando no, que moriría ahorcado. El doctor asegura nuevamente Sacar un orador asno elocuente. Dícele callandito un cortesano: «Escuche, buen hermano; Su frescura me espanta: A cáñamo me huele su garganta.» «No temáis, señor mío, Respondió el Charlatán, pues yo me río. ¿En diez años de plazo que tenemos, El Rey, el asno o yo no moriremos?» Nadie encuentra embarazo En dar un largo plazo A importantes negocios; mas no advierte Que ajusta mal su cuenta sin la muerte. EL CHARLATÁN Y EL RÚSTICO «Lo que jamás se ha visto ni se ha oído Verán ustedes. atención les pido.» Así decía un Charlatán famoso, Cercado de un concurso numeroso. En efecto, quedando todo el mundo En silencio profundo, Remedó a un cochinillo de tal modo, Que el auditorio todo, Creyendo que lo tiene y que lo tapa, Atumultuado grita: «Fuera capa.» Descubrióse, y al ver que nada había, Con víctores lo aclaman a porfía. «Pardiez, dijo un patán, que yo prometo Para mañana, hablando con respeto, Hacer el puerco más perfectamente; Si no, que me la claven en la frente.» Con risa prometió la concurrencia A burlarse del payo su asistencia; Llegó la hora, todos acudieron: No bien al Charlatán gruñir oyeron, Gentes a su favor preocupadas, «Viva», dicen, al son de las palmadas. Sube después el Rústico al tablado Con un bulto en la capa, y embozado Imita al Charlatán en la postura De fingir que un lechón tapar procura; Mas estaba la gracia en que era el bulto Un marranillo que tenía oculto. Tírale callandito de la oreja: Gruñendo en tiple el animal se queja; Pero al creer que es remedo el tal gruñido, Aquí se oía un fuera, allí un silbido, Y todo el mundo queda En que es el otro quien mejor remeda. El Rústico descubre su marrano; Al público le enseña, y dice ufano: «¿Así juzgan ustedes?» ¡Oh preocupación, y cuánto puedes! EL CHIVO AFEITADO «Vaya una quisicosa. Si aciertas, Juana hermosa, Cuál es el animal más presumido, Que rabia por hacerse distinguido Entre sus semejantes, Te he de regalar un par de guantes. No es el pavón, ni el gallo, Ni el león, ni el caballo; Y así, no me fatigues coa demandas.» «¿Será tal vez... el mono?» «Cerca le andas.» «¿El mico?» «Que te quemas; Pero no acertarás: no, no lo temas. Déjalo, no te canses el caletre. Yo te diré cuál es: el Petimetre.» Este vano orgulloso Pierde tiempo, doblones y reposo En hacer distinguida su figura. No para en los adornos su locura; Hace estudio de gestos y de acciones A costa de violentas contorsiones. De perfumes va siempre prevenido; No quiere oler a hombre ni en descuido. Que mire, marche o hable, En todo busca hacerse remarcable. ¿Y qué consigue? Lo que todo necio: Cuanto más se distingue, más desprecio. En la historia siguiente yo me fundo. Un Chivo, como muchos en el mundo, Vano extremadamente, Se miraba al espejo de una fuente. «¡Qué lástima, decía, Que esté mi juventud y lozanía Por siempre disfrazada Debajo de esta barba tan poblada! ¿Y cuándo? Cuando en todas las naciones No tienen ni aun bigotes los varones; Pues ya cuentan que son los moscovitas, Si barbones ayer, hoy señoritas. ¡Qué cabrunos estilos tan groseros! A bien que estoy en tierra de barberos.» La historia fue en Tetuán, y todo el día La barberil guitarra se sentía, El Chivo fue, guiado de su tono, A la tienda de un mono, Barberillo afamado, Que afeitó al señorito de contado. Sale barbilampiño a la campaña. Al ver una figura tan extraña, No hubo perro ni gato Que no le hiciese burla al mentecato. Los chivos le desprecian de manera, Que no hay más que decir. ¡Quién lo creyera! Un respetable macho Dicen que rió como un muchacho. EL ELEFANTE, EL TORO, EL ASNO Y LOS DEMÁS ANIMALES Los mansos y los fieros animales, A que se remediasen ciertos males Desde los bosques llegan, Y en la rasa campaña se congregan. Desde la más pelada y alta roca Un Asno trompetero los convoca. El concurso ya junto, Instruido también en el asunto (Pues a todos por Júpiter previno Con cédula ante diem el pollino), Imponiendo silencio el Elefante, Así dijo: «Señores, es constante En todo el vasto mundo Que yo soy en lo fuerte sin segundo: Los árboles arranco con la mano, Venzo al león, y es llano Que un golpe de mi cuerpo en la muralla Abre sin duda brecha. A la batalla Llevo todo un castillo guarnecido; En la paz y en la guerra soy tenido Por un bruto invencible, No sólo por mi fuerza irresistible, Por mi gordo coleto y grave masa, Que hace temblar la tierra donde pasa. Mas, señores, con todo lo que cuento, Sólo de vegetales me alimento, Y como a nadie daño, soy querido, Mucho más respetado que temido. Aprended, pues, de mí, crueles fieras, Las que hacéis profesión de carniceras, Y no hagáis por comer atroces muertes, Puesto que no seréis, ni menos fuertes, Ni menos respetadas, Sino muy estimadas De grandes y pequeños animales, Viviendo, como yo, de vegetales.» «Gran pensamiento, dicen, gran discurso»; Y nadie se le opone del concurso. Habló después un Toro de Jarama: Escarba el polvo, cabecea, brama. «Vengan, dice, los lobos y los osos, Si son tan poderosos, Y en el circo verán con qué donaire Los haré que volteen por el aire. ¡Qué! ¿son menos gallardos y valientes Mis cuernos que sus garras y sus dientes? Pues ¿por qué los villanos carniceros Han de comer mis vacas y terneros? Y si no se contentan Con las hojas y yerbas, que alimentan En los bosques y prados A los más generosos y esforzados, Que muerdan de mis cuernos al instante, O si no, de la trompa al Elefante.» La asamblea aprobó cuanto decía El Toro con razón y valentía. Seguíase a los dos en el asiento, Por falta de buen orden, el Jumento, Y con rubor expuso sus razones. «Los milanos, prorrumpe, y los halcones (No ofendo a los presentes, ni quisiera), Sin esperar tampoco a que me muera, Hallan para sus uñas y su pico Estuche entre los lomos del borrico. Ellos querrán ahora, como bobos, Comer la yerba a los señores lobos. Nada menos: aprendan los malditos De las chochaperdices o chorlitos, Que, sin hacer a los jumentos guerra, Envainan sus picotes en la tierra; Y viva todo el mundo santamente, Sin picar ni morder en lo viviente.» «Necedad, disparate, impertinencia», Gritaba aquí y allí la concurrencia. «Haya silencio, claman, haya modo.» Alborótase todo: Crece la confusión, la grita crece; Por más que el Elefante se enfurece, Se deshizo en desorden la asamblea. Adiós, gran pensamiento; adiós, idea. Señores animales, yo pregunto: ¿Habló el Asno tan mal en el asunto? ¿Discurrieron tal vez con más acierto El Elefante y el Toro? No por cierto. Pues ¿por qué solamente al buen Pollino Le gritan disparate, desatino? Porque nadie en razones se paraba, Sino en la calidad de quien hablaba. Pues, amigo Elefante, no te asombres. Por la misma razón entre los hombres Se desprecia una idea ventajosa. ¡Qué preocupación tan peligrosa! EL ENFERMO Y EL MÉDICO Un miserable Enfermo se moría, Y el Médico importuno le decía: «Usted se muere; yo se lo confieso; Pero por la alta ciencia que profeso, Conozco, y le aseguro firmemente, Que ya estuviera sano, Si se hubiese acudido más temprano Con el benigno clister detergente.» El triste Enfermo, que lo estaba oyendo, Volvió la espalda al Médico, diciendo: «Señor Galeno, su consejo alabo. Al asno muerto la cebada al rabo.» Todo varón prudente Aconseja en el tiempo conveniente; Que es hacer de la ciencia vano alarde Dar el consejo cuando llega tarde. EL ENFERMO Y LA VISIÓN «¡Conque de tus recetas exquisitas, Un Enfermo exclamó, ninguna alcanza!...» El médico se fue sin esperanza, Contando por los dedos sus visitas. Así desengañado, Y creciendo por horas su dolencia, De este modo examina su conciencia: «En todos mis contratos he logrado, No lo niego, ganancia muy segura; Trabajé en calcular mis intereses: Aumenté mi caudal en pocos meses, Más por felicidad que por usura. Sin rencor ni malicia Hice que a mi deudor pusiesen preso: Murió pobre en la cárcel, lo confieso; Mas, en fin, es un hecho de justicia. Si por cierto instrumento Reduje una familia muy honrada A pobreza extremada, Algún día leerán mi testamento. Entonces, muerto yo, se hará patente, En la tierra lo mismo que en el cielo, Para alivio de pobres y consuelo, Mi caridad ardiente.» Una Visión se acerca y dice: «Hermano, La esperanza condeno Del que aguarda a morir para ser bueno. Una acción de piedad está en tu mano: Tus prójimos, según sus oraciones, Están necesitados: Para ser remediados Han menester siquiera cien doblones.» «¡Cien doblones! No es nada. tY si, porque Dios quiera, no me muero, Y después me hace falta ese dinero, Sería caridad bien ordenada?» «Avaro, ¿te resistes? Pues al cabo Te anuncio que tu muerte está cercana.» «¿Me muero? Pues que esperen a mañana.» La Visión se volvió sin un ochavo. EL FILÓSOFO Y EL FAISÁN Llevado de la dulce melodía Del cántico variado y delicioso Que en un bosque frondoso Las aves forman, saludando al día, Entró cierta mañana Un sabio en los dominios de Diana. Sus pasos esparcieron el espanto En la agradable estancia; Interrúmpese el canto; Las aves vuelan a mayor distancia; Todos los animales, asustados, Huyen delante de él precipitados, Y el Filósofo queda Con un triste silencio en la arboleda. Marcha con cauto paso ocultamente; Descubre sobre un árbol eminente A un faisán, rodeado de su cría, Que con amor materno la decía: «Hijos míos, pues ya que en mis lecciones Largamente os hablé de los milanos, De los buitres y halcones, Hoy hemos de tratar de los humanos. La oveja en leche y lana Da abrigo y alimento Para la raza humana, Y en agradecimiento A tan gran bienhechora, La mata el hombre mismo y la devora. A la abeja, que labra sus panales Artificiosamente, La roba, come, vende sus caudales, Y la mata en ejércitos su gente. ¿Qué recompensa, en suma, Consigue al fin el ganso miserable Por el precioso bien, incomparable, De ayudar a las ciencias con su pluma? Le da muerte temprana el hombre ingrato, Y hace de su cadáver un gran plato. Y pues que los humanos son peores Que milanos y azores Y que toda perversa criatura, Huiréis con horror de su figura.» Así charló, y el hombre se presenta. «Ese es», grita la madre, y al instante La familia volante Se desprende del árbol y se ausenta. ¡Oh cómo habló el Faisán! «Mas ¡qué dijera El Filósofo exclama, si supiera Que en sus propios hermanos La ingratitud ejercen los humanos.» EL FILÓSOFO Y EL RÚSTICO La del alba sería La hora en que un Filósofo salía A meditar al campo solitario, En lo hermoso y lo vario, Que a la luz de la aurora nos enseña Naturaleza, entonces más risueña. Distraído sin senda caminaba, Cuando llegó a un cortijo, donde estaba Con un martillo el Rústico en la mano, En la otra un milano, Y sobre una portátil escalera. «¿Qué haces de esa manera?», El Filósofo dijo. «Castigar a un ladrón de mi cortijo, Que en mi corral ha hecho más destrozos Que todos los ladrones en Torozos. Le clavo en la pared... ya estoy contento... Sirve a toda tu raza de escarmiento.» «El matador es digno de la muerte, El Sabio dijo, mas si de esa suerte El milano merece ser tratado, ¿De qué modo será bien castigado El hombre sanguinario, cuyos dientes Devoran a infinitos inocentes, Y cuenta como mísera su vida, Si no hace de cadáveres comida? Y aun tú, que así castigas los delitos, Cenarías anoche tus pollitos.» «Al mundo le encontramos de este modo, Dijo airado el patán. Y sobre todo, Si lo mismo son hombres que milanos. Guárdese no le pille entre mis manos.» El Sabio se dejó de reflexiones. Al tirano le ofenden las razones Que demuestran su orgullo y tiranía; Mientras por su sentencia cada día Muere (viviendo él mismo impunemente) Por menores delitos otra gente. EL FILÓSOFO Y LA PULGA Meditando a sus solas cierto día. Un pensador Filósofo decía: «El jardín adornado de mil flores, Y diferentes árboles mayores, Con su fruta sabrosa enriquecidos, Tal vez entretejidos Con la frondosa vid que se derrama Por una y otra rama, Mostrando a todos lados Las peras y racimos desgajados, Es cosa destinada solamente Para que la disfruten libremente La oruga, el caracol, la mariposa: No se persuaden ellos otra cosa. Los pájaros sin cuento, Burlándose del viento, Por los aires sin dueño van girando. El milano cazando Saca la consecuencia: Para mí los crió la Providencia. El cangrejo, en la playa envanecido, Mira los anchos mares, persuadido A que las olas tienen por empleo Sólo satisfácele su deseo, Pues cree que van y vienen tantas veces Por dejarle en la orilla ciertos peces. No hay, prosigue el Filósofo profundo, Animal sin orgullo en este mundo. El hombre solamente Puede en esto alabarse justamente. Cuando yo me contemplo colocado En la cima de un risco agigantado, Imagino que sirve a mi persona Todo el cóncavo cielo de corona. Veo a mis pies los mares espaciosos, Y los bosques umbrosos, Poblados de animales diferentes, Las escamosas gentes, Los brutos y las fieras, Y las aves ligeras, Y cuanto tiene alimento En la tierra, en el agua y en el viento, Y digo finalmente: Todo es mío. ¡Oh grandeza del hombre y poderío!» Una Pulga que oyó con gran cachaza Al Filósofo maza, Dijo: «Cuando me miro en tus narices, Como tú sobre el risco que nos dices, Y contemplo a mis pies aquel instante Nada menos que al hombre dominante, Que manda en cuanto encierra El agua, viento y tierra, Y que el tal poderoso caballero De alimento me sirve cuando quiero, Concluyo finalmente: Todo es mío. ¡Oh grandeza de pulga y poderío!» Así dijo, y saltando se le ausenta. De este modo se afrenta Aun al más poderoso Cuando se muestra vano y orgulloso. EL GALLO Y EL ZORRO Un Gallo muy maduro, De edad provecta, duros espolones, Pacífico y seguro, Sobre un árbol oía las razones De un Zorro muy cortés y muy atento, Más elocuente cuanto más hambriento. «Hermano, le decía, Ya cesó entre nosotros una guerra, Que cruel repartía Sangre y plumas al viento y a la tierra; Baja; daré, para perpetuo sello, Mis amorosos brazos a tu cuello». «Amigo de mi alma, Responde el Gallo, ¡qué placer inmenso, En deliciosa calma, Deja esta vez mi espíritu suspenso! Allá bajo, allá voy tierno y ansioso A gozar en tu seno mi reposo. Pero aguarda un instante, Porque vienen, ligeros como el viento Y ya están adelante, Dos correos que llegan al momento, De esta noticia portadores fieles, Y son, según la traza, dos lebreles.» «Adiós, adiós, amigo, Dijo el Zorro, que estoy muy ocupado; Luego hablaré contigo Para finalizar este tratado.» El Gallo se quedó lleno de gloria, Cantando en esta letra su victoria: Siempre trabaja en su daño El astuto engañador; A un engaño hay otro engaño A un pícaro otro mayor. EL GATO Y EL CAZADOR Cierto Gato, en poblado descontento, Por mejorar sin duda su destino (Que no sería Gato de convento), Pasó de ciudadano a campesino. Metióse santamente Dentro de una covacha, mas no lejos De un gran soto poblado de conejos. Considere el lector piadosamente Si el novel ermitaño Probaría la yerba en todo el año. Lo mejor de la caza devoraba, Haciendo mil excesos; Mas al fin, por el rastro que dejaba De plumas y de huesos, Un Cazador lo advierte; le persigue, Arma trampas y redes con tal maña, Que al instante consigue Atrapar la carnívora alimaña. Llégase el Cazador al prisionero; Quiere darle la muerte; El animal le dice: «Caballero, Duélase de la suerte De un triste pobrecito, Metido en la prisión, y sin delito.» «¿Sin delito, me dices, Cuando sé que tus uñas y tus dientes Devoran infinitos inocentes?» «Señor, eran conejos y perdices, Y yo no hacía más, a fe de Gato, Que lo que ustedes hacen en el plato.» «Ea, pícaro, muere; Que tu mala razón no satisface.» Con que sea la cosa que se fuere, ¿La podrá usted hacer, si otro la hace? EL GATO Y LAS AVES Charlatanes se ven por todos lados, En plazas y en estrados, Que ofrecen sus servicios ¡cosa rara! A todo el mundo por su linda cara. Éste, químico y médico excelente, Cura a todo doliente; Pero gratis: no se hable de dinero. El otro, petimetre caballero, Canta, toca, dibuja, borda, danza, Y ofrece la enseñanza Gratis por afición, a cierta gente. Veremos en la fábula siguiente Si puede haber en esto algún engaño. La prudente cautela no hace daño. Dejando los desvanes y rincones, El señor Minimiz, gato de maña, Se salió de la villa a la campaña. En paraje sombrío, A la orilla de un río, De sauces coronado, En unas matas se quedó agachado. El Gatazo callaba como un muerto, Escuchando el concierto De dos mil avecillas, Que en las ramas cantaban maravillas; Pero callaba en vano, Mientras no se acercaban a su mano Los músicos volantes, pues quería Minimiz arreglar la sinfonía. Cansado de esperar, prorrumpe al cabo, Sacando la cabeza: Bravo, bravo. La turba calla; cada cual procura Alejarse o meterse en la, espesura; Mas él les persuadió con buenos modos, Y al fin logró que le escuchasen todos. «No soy Gato montés o campesino; Soy honrado vecino De la cercana villa: Fui Gato de un maestro de capilla; La música aprendí, y aún, si me empeño, Veréis cómo os la enseño, Pero gratis y en menos de una hora. ¡Qué cosa tan sonora Será el oír un coro de cantores, Verbigracia calandrias ruiseñores!» Con estas y otras cosas diferentes, Algunas de las aves inocentes Con manso vuelo á Mirrimiz llegaron; Todas en torno a él se colocaron. Entonces con más gracia Y más diestro que el músico de Tracia, Echando su compás hacia el más gordo, Consigue gratis merendarse un tordo. EL GORRIÓN Y LA LIEBRE Un maldito Gorrión así decía A una Liebre que una Águila oprimía: «No eres tú tan ligera, Que si el perro te sigue en la carrera, Lo acarician y alaban como al cabo Acerque sus narices a tu rabo? Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?» De este modo la insulta, cuando viene El diestro Gavilán y la arrebata. El preso chilla, el prendedor lo mata; Y la Liebre exclamó: «Bien merecido. ¿Quién te mandó insultar al afligido, Y a más, a más meterte a consejero, No sabiendo mirar por ti primero?» EL GRAJO VANO Con las plumas de un pavo Un Grajo se vistió; pomposo y bravo En medio de los pavos se pasea; La manada lo advierte, lo rodea: Todos le pican, burlan y lo envían, ¿Dónde, si ni los grajos le querían? ¿Cuánto ha que repetimos este cuento, Sin que haya en los plagiarios escarmiento? EL HERRERO Y EL PERRO Un Herrero tenía Un Perro que no hacía Sino comer, dormir y estarse echado; De la casa jamás tuvo cuidado; Levantábase sólo a mesa puesta; Entonces con gran fiesta Al dueño se acercaba, Con perrunas caricias lo halagaba, Mostrando de cariño mil excesos Por pillar las piltrafas y los huesos. «He llegado a notar, le dijo el amo, Que aunque nunca te llamo A la mesa, te llegas prontamente; En la fragua jamás te vi presente, Y yo me maravillo De que, no despertándote el martillo, Te desveles al ruido de mis dientes. Anda, anda, poltrón; no es bien que cuentes Que el amo, hecho un gañán y sin reposo, Te mantiene a lo conde muy ocioso.» El Perro le responde: ¿Qué más tiene que yo cualquiera conde? Para no trabajar debo al destino Haber nacido perro, no pollino.» «Pues, señor conde, fuera de mi casa; Verás en las demás lo que te pasa.» En efecto salió a probar fortuna, Y las casas anduvo de una en una. Allí le hacen servir de centinela Y que pase la noche toda en vela, Acá de lazarillo y de danzante, Allá dentro de un torno, a cada instante, Asa la carne que comer no espera. Al cabo conoció de esta manera Que el destino, y no es cuento, A todos nos cargó como al jumento. EL HOMBRE Y LA COMADREJA Así decía cierta Comadreja A un Hombre que la había aprisionado: «¿Por qué no me dejáis? ¿Os he yo dado Motivo de disgusto ni de queja? ¿No soy la que desvanes y rincones, Tu casa toda, cual si fuese mía, Cuidadosa registro noche y día, Para que vivas libre de ratones?» «¡Gran fineza por cierto! El Hombre respondió. Pues di, ladrona, Si tu glotonería no perdona Ni a ratón vivo ni a cochino muerto, Ni a cuanto guardan ruines despenseras, ¿Cómo he de creer que tu cuidado apura Por mi bien los ratones? ¡Qué locura! No tendría yo malas tragaderas. Morirás; y el astuto que pretenda Vender como fineza lo que ha hecho Sin mirar a más fin que a su provecho, Sabrá que hay en el mundo quien lo entienda.» EL HOMBRE Y LA CULEBRA A una Culebra que, de frío yerta, En el suelo yacía medio muerta Un labrador cogió; mas fue tan bueno, Que incautamente la abrigó en su seno. Apenas revivió, cuando la ingrata A su gran bienhechor traidora mata. EL HOMBRE Y LA FANTASMA Un joven licencioso Se hallaba en un estado vergonzoso, Con sus males secretos retirado; En soledad, doliente, exasperado, Cavila, llora, canta, jura, reza, Como quien ha perdido la cabeza. «¿Te falta la salud? Pues, caballero, De todo tu dinero, Nobleza, juventud y poderío Sábete que me río; Trata de recobrarla, pues perdida, ¿De qué sirven los bienes de esta vida?» Todo esto una Fantasma le previno, Y al instante se fue como se vino. El enfermo se cuida, se repone; Un nuevo plan de vida se propone. En efecto, se casa. Cércanle los cuidados de la casa, Que se van aumentando de hora en hora. La mujer (Dios nos libre), gastadora Aun mucho más que rica, Los hijos y las deudas multiplica; De modo que el marido, Más que nunca aburrido, Se puso sobre un pie de economía, Que estrechándola más de día en día, Al fin se enriqueció con opulencia. La Fantasma le dice: «En mi conciencia, Que te veo amarillo como el oro; Tienes tu corazón en el tesoro; Miras sobre tu pecho acongojado El puñal del ladrón enarbolado; Las noches pasas en mortal desvelo; ¿Y así quieres vivir?...¡Qué desconsuelo!» El Hombre, como caso milagroso, Se transformó de avaro en ambicioso. Llegó dentro de poco a la privanza: ¡El señor don Dinero qué no alcanza! La Fantasma le muestra claramente Un falso confidente: Cien traidores amigos, Que quieren ser autores y testigos De su pronta caída. Resuélvese a dejar aquella vida, Y ya desengañado, En los campos se mira retirado. Buscaba los placeres inocentes En las flores y frutas diferentes. ¿Quieren ustedes creer (esto me pasma) Que aun allí le persigue la Fantasma? Los insectos, los hielos y los vientos, Todos los elementos Y las plagas de todas estaciones Han de ser en el campo tus ladrones. Pues ¿adónde irá el pobre caballero?... Digo que es un solemne majadero Todo aquel que pretende Vivir en este mundo sin su duende. EL HOMBRE Y LA PULGA «Oye, Júpiter sumo, mis querellas, Y haz, disparando rayos y centellas, Que muera este animal vil y tirano, Plaga fatal para el linaje humano; Y si vos no lo hacéis, Hércules sea Quien acabe con él y su ralea.» Este es un Hombre que a los dioses clama, Porque una Pulga le picó en la cama; Y es justo, ya que el pobre se fatiga, Que de Júpiter y Hércules consiga, De éste, que viva despulgando sayos; De aquél, matando pulgas con sus rayos. Tenemos en el cielo los mortales Recurso en las desdichas y en los males, Mas se suele abusar frecuentemente Por lograr un antojo impertinente. EL JABALÍ Y EL CARNERO De la rama de un árbol un Carnero Degollado pendía; En él a sangre fría Cortaba el remangado Carnicero. El rebaño inocente, Que el trágico espectáculo miraba, De miedo, ni pacía ni balaba. Un jabalí gritó: «Cobarde gente, Que miráis la carnívora matanza, ¿Cómo no os vengáis del enemigo?» «Tendrá, dijo un Carnero, su castigo, Mas no de nuestra parte la venganza. La piel que arranca con sus propias manos Sirve para los pleitos y la guerra, Las dos mayores plagas de la tierra, Que afligen a los míseros humanos. Apenas nos desuellan, se destina Para hacer pergaminos y tambores; Mira cómo los hombres malhechores Labran en su maldad su propia ruina.» EL JABALÍ Y LA ZORRA Sus horribles colmillos aguzaba Un Jabalí en el tronco de una encina. La Zorra, que vecina Del animal cerdoso se miraba, Le dice: «Extraño el verte, Siendo tú en paz señor de la bellota, Cuando ningún contrario te alborota, Que tus armas afiles de esa suerte.» La fiera respondió: «Tenga entendido Que en la paz se prepara el buen guerrero, Así como en la calma el marinero, Y que vale por dos el prevenido.» EL JOVEN FILÓSOFO Y SUS COMPAÑEROS Un joven, educado Con el mayor cuidado Por un viejo Filósofo profundo, Salió por fin a visitar el mundo. Concurrió cierto día, Entre civil y alegre compañía, A una mesa abundante y primorosa. «¡Espectáculo horrendo! ¡fiera cosa! ¡La mesa de cadáveres cubierta A la vista del hombre!... ¡Y éste acierta A comer los despojos de la muerte!» El joven declamaba de esta suerte. Al son de filosóficas razones, Devorando perdices y pichones, Le responden algunos concurrentes: «Si usted ha de vivir entre las gentes, Deberá hacerse a todo.» Con un gracioso modo, Alabando el bocado de exquisito, Le presentan un gordo pajarito. «Cuanto usted ha exclamado será cierto; Mas, en fin, le decían, ya está muerto. Pruébelo por su vida... Considere Que otro le comerá, si no le quiere.» La ocasión, las palabras, el ejemplo, Y según yo contemplo, Yo no sé qué olorcillo Que exhalaba el caliente pajarillo, Al joven persuadieron de manera, Que al fin se lo comió. «¡Quién lo dijera! ¡Haber yo devorado un inocente!» Así clamaba, pero fríamente. Lo cierto es que, llevado de aquel cebo, Con más facilidad cayó de nuevo. La ocasión se repite De uno en otro convite, Y de una codorniz a una becada, Llegó el joven, al fin de la jornada, Olvidando sus máximas primeras, A ser devorador como las fieras. De esta suerte los vicios se insinúan Crecen, se perpetúan Dentro del corazón de los humanos Hasta ser sus señores y tiranos. Pues ¿qué remedio?... Incautos jovencitos Cuenta con los primeros pajaritos. |
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