FABULAS-22

FÉLIX MARÍA SAMANIEGO-2-

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FABULAS DE SAMANIEGO

EL LABRADOR Y LA CIGÜEÑA
EL LABRADOR Y LA PROVIDENCIA
EL LADRÓN
EL LEÓN CON SU EJÉRCITO
EL LEÓN ENAMORADO
EL LEÓN ENVEJECIDOS
EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE
EL LEÓN Y EL ASNO CAZANDO
EL LEÓN Y EL RATÓN
EL LEÓN Y LA CABRA
EL LEÓN Y LA RANA
EL LEÓN Y LA ZORRA
EL LEÓN, EL LOBO Y LA ZORRA
EL LEÓN, EL TIGRE Y EL CAMINANTE
EL LEOPARDO Y LAS MONAS
EL LOBO Y EL MASTÍN
EL LOBO Y EL PERRO
EL LOBO Y EL PERRO FLACO
EL LOBO Y LA CIGÜEÑA
EL LOBO Y LA OVEJA
EL LOBO, LA ZORRA Y EL MONO JUEZ
EL MILANO ENFERMO
EL MILANO Y LAS PALOMAS
EL MUCHACHO Y LA FORTUNA
EL MURCIÉLAGO Y LA COMADREJA
EL NAUFRAGIO DE SIMÓNIDES
EL PÁJARO HERIDO DE UNA FLECHA
EL PARTO DE LOS MONTES
EL PASTOR
EL PASTOR Y EL FILÓSOFO
EL PERRO Y EL COCODRILO
EL PESCADOR Y EL PEZ
EL POETA Y LA ROSA
EL RAPOSO ENFERMO
EL RAPOSO Y EL LOBO
EL RAPOSO Y EL PERRO
EL RAPOSO, LA MUJER Y EL GALLO
EL RATÓN DE LA CORTE Y EL DEL CAMPO
EL RUISEÑOR Y EL MOCHUELO
EL TORDO FLAUTISTA
EL TORRENTE Y EL RÍO
EL VIEJO Y EL CHALÁN
EL VIEJO Y LA MUERTE
EL ZAGAL Y LAS OVEJAS
EL ZAPATERO MÉDICO
ESOPO Y UN ATENIENSE
JÚPITER Y LA TORTUGA



EL LABRADOR Y LA CIGÜEÑA
Un Labrador miraba
Con duelo su sembrado,
Porque gansos y grullas
De su trigo solían hacer pasto.
Armó sin más tardanza
Diestramente sus lazos,
Y cayeron en ellos
La Cigüeña, las grullas y los gansos.
«Señor rústico, dijo
La Cigüeña temblando,
Quíteme las prisiones,
Pues no merezco pena de culpados;
La diosa Ceres sabe
Que, lejos de hacer daño,
Limpio de sabandijas,
De culebras y víboras los campos.»
«Nada me satisface,
Respondió el hombre airado:
Te hallé con delincuentes,
Con ellos morirás entre mis manos.»
La inocente Cigüeña
Tuvo el fin desgraciado,
Que pueden prometerse
Los buenos que se juntan con los malos

EL LABRADOR Y LA PROVIDENCIA  
Un labrador cansado,
En el ardiente estío,
Debajo de una encina
Reposaba pacífico y tranquilo.
Desde su dulce estancia
Miraba agradecido
El bien con que la tierra
Premiaba sus penosos ejercicios.
Entre mil producciones,
Hijas de su cultivo,
Veía calabazas,
Melones por los suelos esparcidos.
«¿Por qué la Providencia,
Decía entre sí mismo,
Puso a la ruin bellota
En elevado preeminente sitio?
¿Cuánto mejor sería
Que, trocando el destino,
Pendiesen de las ramas
Calabazas, melones y pepinos?»
Bien oportunamente,
Al tiempo que esto dijo,
Cayendo una bellota,
Le pegó en las narices de improviso.
«Pardiez, prorrumpió entonces
El Labrador sencillo,
Si lo que fue bellota,
Algún gordo melón hubiera sido,
Desde luego pudiera
Tomar a buen partido
En caso semejante
Quedar desnarigado, pero vivo.»
Aquí la Providencia
Manifestarle quiso
Que supo a cada cosa
Señalar sabiamente su destino.
A mayor bien del hombre
Todo está repartido:
Preso el pez en su concha,
Y libre por el aire el pajarillo.
 
EL LADRÓN
Por catar una colmena
Cierto goloso Ladrón,
Del venenoso aguijón
Tuvo que sufrir la pena.
«La miel, dice, está muy buena:
Es un bocado exquisito;
Por el aguijón maldito
No volveré al colmenar.»
¡Lo que tiene el encontrar
La pena tras el delito!
 
EL LEÓN CON SU EJÉRCITO
Mientras que con la espada en mar y tierra
Los ilustres varones
Engrandecen su fama por la guerra,
Sojuzgando naciones,
Tú, Conde, con la pluma y el arado,
Ya enriqueces la patria, ya la instruyes,
Y haciendo venturosos has ganado
El bien que buscas y el laurel que huyes.
Con darte todo al bien de los humanos
No contento tu celo,
Supo unir a los nobles ciudadanos
Para felicidad del patrio suelo.
La hormiga codiciosa
Trabaja en sociedad fructuosamente,
Y la abeja oficiosa
Labra siempre ayudada de su gente.
Así unes a los hombres laboriosos
Para hacer sus trabajos más fructuosos.
Aquél viaja observando
Por las naciones cultas;
Éste con experiencias va mostrando
Las útiles verdades más ocultas.
Cuál cultiva los campos, cuál las ciencias;
Y de diversos modos,
Juntando estudios, viajes y experiencias,
Resulta el bien en que trabajan todos.
¡En que trabajan todos! Ya lo dije,
Por más que yo también sea contado.
El sabio Presidente que nos rige
Tiene aun al más inútil ocupado.
Darme, Conde, querías un destino,
Al contemplarme ocioso e ignorante.
Era difícil; mas al fin tu tino
Encontró un genio en mí versificante.
A Fedro y Lafontaine por modelos
Me pusiste a la vista,
Y hallaron tus desvelos
Que pudiera ensayarme a fabulista.
Y pues viene al intento,
Pasemos al ensayo: va de cuento.

El León, rey de los bosques poderoso,
Quiso armar un ejército famoso.
Juntó sus animales al instante:
Empezó por cargar al elefante
Un castillo con útiles, y encima
Rabiosos lobos, que pusiesen grima.
Al oso le encargó de los asaltos;
Al mono con sus gestos y sus saltos
Mandó que al enemigo entretuviese;
A la Zorra que diese
Ingeniosos ardides al intento.
Uno gritó: «La liebre y el jumento.
Éste por tardo, aquélla por medrosa,
De estorbo servirán, no de otra cosa.»
«¿De estorbo? dijo el Rey; yo no lo creo.
En la liebre tendremos un correo,
Y en el asno mis tropas un trompeta.»
Así quedó la armada bien completa.
Tu retrato es el León, Conde prudente,
Y si a tu imitación, según deseo,
Examinan los jefes a su gente,
A todos han de dar útil empleo.
¿Por qué no lo han de hacer? ¿Habrá cucaña
Como no hallar ociosos en España?.

EL LEÓN ENAMORADO
Amaba un León a una zagala hermosa;
Pidióla por esposa
A su padre, pastor, urbanamente.
El hombre, temeroso mas prudente,
Le respondió: «Señor, en mi conciencia,
Que la muchacha logra conveniencia;
Pero la pobrecita, acostumbrada
A no salir del prado y la majada,
Entre la mansa oveja y el cordero,
Recelará tal vez que seas fiero.
No obstante, bien podremos, si consientes,
Cortar tus uñas y limar tus dientes,
Y así verá que tiene tu grandeza
Cosas de majestad, no de fiereza.»
Consiente el manso León enamorado,
Y el buen hombre lo deja desarmado;
Da luego su silbido:
Llegan el Matalobos y Atrevido,
Perros de su cabaña; de esta suerte
Al indefenso León dieron la muerte.
Un cuarto apostaré a que en este instante
Dice, hablando del León, algún amante,
Que de la misma muerte haría gala,
Con tal que se la diese la zagala.
Deja, Fabio, el amor, déjalo luego;
Mas hablo en vano, porque, siempre ciego,
No ves el desengaño,
Y así te entregas a tu propio daño.

EL LEÓN ENVEJECIDO
Al miserable estado
De una cercana muerte reducido
Estaba ya postrado
Un viejo León, del tiempo consumido,
Tanto más infeliz y lastimoso,
Cuanto había vivido más dichoso.
Los que cuando valiente
Humildes le rendían vasallaje,
Al verlo decadente,
Acuden a tratarle con ultraje;
Que como la experiencia nos enseña,
De árbol caído todos hacen leña.
Cebados a portea,
Lo sitiaban sangrientos y feroces.
El lobo le mordía,
Tirábale el caballo fuertes coces,
Luego le daba el toro una cornada,
Después el jabalí su dentellada.
Sufrió constantemente
Estos insultos, pero reparando
Que hasta el asno insolente
Iba a ultrajarle, falleció clamando:
«Esto es doble morir; no hay sufrimiento,
Porque muero injuriado de un jumento.»
Si en su mudable vida
Al hombre la fortuna ha derribado
Con mísera caída
Desde donde lo había ella encumbrado
¿Qué ventura en el mundo se promete
Si aun de los viles llega a ser juguete?

EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE
Cierto artífice pintó
Una lucha, en que valiente
Un Hombre tan solamente
A un horrible León venció.
Otro león, que el cuadro vio,
Sin preguntar por su autor,
En tono despreciador
Dijo: «Bien se deja ver
Que es pintar como querer,
Y no fue león el pintor.»

EL LEÓN Y EL ASNO CAZANDO
Su majestad leonesa en compañía
De un Borrico se sale a montería.
En la parte al intento acomodada,
Formando el mismo León una enramada,
Mandó al Asno que en ella se ocultase
Y que de tiempo en tiempo rebuznase,
Como trompa de caza en el ojeo.
Logró el Rey su deseo,
Pues apenas se vio bien apostado,
Cuando al son del rebuzno destemplado,
Que los montes y valles repetían,
A su selvoso albergue se volvían
Precipitadamente
Las fieras enemigas juntamente,
Y en su cobarde huida,
En las garras del León pierden la vida.
Cuando el Asno se halló con los despojos
De devoradas fieras a sus ojos,
Dijo: «Pardiez, si llego más temprano,
A ningún muerto dejo hueso sano.»
A tal fanfarronada
Soltó el Rey una grande carcajada;
Y es que jamás convino
Hacer del andaluz al vizcaíno.

EL LEÓN Y EL RATÓN  
Estaba un Ratoncillo aprisionado
En las garras de un León; el desdichado
En la tal ratonera no fue preso
Por ladrón de tocino ni de queso,
Sino porque con otros molestaba
Al León, que en su retiro descansaba.
Pide perdón, llorando su insolencia;
Al oír implorar la real clemencia,
Responde el Rey en majestuoso tono,
No dijera más Tito: «Te perdono.»
Poco después cazando el León tropieza
En una red oculta en la maleza;
Quiere salir, mas queda prisionero,
Atronando la selva ruge fiero.
El libre ratoncillo, que lo siente,
Corriendo llega, roe diligente
Los nudos de la red de tal manera,
Que al fin rompió los grillos de la fiera.
Conviene al poderoso
Para los infelices ser piadoso;
Tal vez se puede ver necesitado
Del auxilio de aquel más desdichado.
 
EL LEÓN Y LA CABRA  
Un señor León andaba, como un perro,
Del valle al monte, de la selva al cerro,
A caza, sin hallar pelo ni lana,
Perdiendo la paciencia y la mañana.
Por un risco escarpado
Ve trepar una Cabra a lo encumbrado,
De modo que parece que se empeña
En hacer creer al León que se despeña.
El pretender seguirla fuera en vano;
El cazador entonces cortesano
La dice: «Baja, baja, mi querida;
No busques precipicios a tu vida:
En el valle frondoso
Pacerás a mi lado con reposó.»
«¿Desde cuándo, señor, la real persona
Cuida con tanto amor de la barbona?
Esos halagos tiernos
No son por bien, apostaré los cuernos.»
Así le respondió la astuta Cabra,
Y el León se fue sin replicar palabra.
Lo paga la infeliz con el pellejo,
Si toma sin examen el consejo.

EL LEÓN Y LA RANA  
Una lóbrega noche silenciosa
Iba un León horroroso
Con mesurado paso majestuoso
Por una selva; oyó una voz ruidosa,
Que con tono molesto y continuado
Llamaba la atención y aun el cuidado
Del reinante animal, que no sabía
De qué bestia feroz quizá saldría
Aquella voz, que tanto más sonaba
Cuanto más en silencio todo estaba.
Su majestad leonesa
La selva toda registrar procura;
Mas nada encuentra con la noche oscura,
Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa!
Que sale de un estanque a la mañana
La tal bestia feroz, y era una Rana.
Llamará la atención de mucha gente
El charlatán con su manía loca;
Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente
Que no es sino una Rana, todo boca?
 
EL LEÓN Y LA ZORRA
Un León en otro tiempo poderoso,
Ya viejo y achacoso,
En vano perseguía, hambriento y fiero,
Al mamón Becerrillo y al Cordero,
Que trepando por la áspera montaña,
Huían libremente de su saña.
Afligido de la hambre a par de muerte,
Discurrió su remedio de esta suerte:
Hace correr la voz de que se hallaba
Enfermo en su palacio, y deseaba
Ser de los animales visitado.
Acudieron algunos de contado;
Mas como el grave mal que lo postraba
Era un hambre voraz, tan sólo usaba
La receta exquisita
De engullirse al monsieur de la visita.
Acércase la Zorra de callada,
Y a la puerta asomada,
Atisba muy despacio
La entrada de aquel cóncavo palacio.
El León la divisó, y en el momento
La dice: «Ven acá; pues que me siento
En el último instante de mi vida,
Visítame como otros, mi querida.»
«¡Como otros! ¡Ah señor! he conocido
Que entraron, sí, pero no han salido.
Mirad, mirad la huella,
Bien claro lo dice ella;
Y no es bien el entrar do no se sale.»
La prudente cautela mucho vale.

EL LEÓN, EL LOBO Y LA ZORRA
Trémulo y achacoso
A fuerza de años un León estaba;
Hizo venir los médicos, ansioso
De ver si alguno de ellos le curaba.
De todas las especies y regiones
Profesores llegaban a millones.
Todos conocen incurable el daño;
Ninguno al Rey propone el desengaño;
Cada cual sus remedios le procura,
Como si la vejez tuviese cura.
Un Lobo cortesano
Con tono adulador y fin torcido
Dijo a su Soberano:
«He notado, Señor, que no ha asistido
La Zorra como médico al congreso,
Y pudiera esperarse buen suceso
De su dictamen en tan grave asunto.»
Quiso su Majestad que luego al punto
Por la posta viniese;
Llega, sube a palacio, y como viese
Al Lobo, su enemigo, ya instruida
De que él era autor de su venida,
Que ella excusaba cautelosamente,
Inclinándose al Rey profundamente,
Dijo: «Quizá, Señor, no habrá faltado
Quien haya mi tardanza acriminado;
Mas será porque ignora
Que vengo de cumplir un voto ahora,
Que por vuestra salud tenía hecho;
Y para más provecho,
En mi viaje traté gentes de ciencia
Sobre vuestra dolencia.
Convienen pues los grandes profesores
En que no tenéis vicio en los humores,
Y que sólo los años han dejado
El calor natural algo apagado;
Pero éste se recobra y vivifica
Sin fastidio, sin drogas de botica,
Con un remedio simple, liso y llano,
Que vuestra majestad tiene en la mano.
A un Lobo vivo arránquenle el pellejo,
Y mandad que os le apliquen al instante,
Y por más que estéis débil, flaco y viejo,
Os sentiréis robusto y rozagante,
Con apetito tal, que sin esfuerzo
El mismo Lobo os servirá de almuerzo.»
Convino el Rey, y entre el furor y el hierro
Murió el infeliz Lobo como un perro.
Así viven y mueren cada día
En su guerra interior los palaciegos
Que con la emulación rabiosa ciegos
Al degüello se tiran a porfía.
Tomen esta lección muy oportuna:
Lleguen a la privanza enhorabuena,
Mas labren su fortuna
Sin cimentarla en la desgracia ajena.

EL LEÓN, EL TIGRE Y EL CAMINANTE  
Entre sus fieras garras oprimía
Un Tigre a un Caminante.
A los tristes quejidos al instante
Un León acudió: con bizarría
Lucha, vence a la fiera, y lleva al hombre
A su regia caverna. «Toma aliento,
Le decía el León; nada te asombre;
Soy tu libertador; estáme atento.
¿Habrá bestia sañuda y enemiga
Que se atreva a mi fuerza incomparable?
Tú puedes responder, o que lo diga
Esa pintada fiera despreciable.
Yo, yo solo, monarca poderoso;
Domino en todo el bosque dilatado.
¡Cuántas veces la onza y aun el oso
Con su sangre el tributo me han pagado!
Los despojos de pieles y cabezas,
Los huesos que blanquean este piso
Dan el más claro aviso
De mi valor sin par y mis proezas.»
«Es verdad, dijo el hombre, soy testigo:
Los triunfos miro de tu fuerza airada,
Contemplo a tu nación amedrentada;
Al librarme venciste a mi enemigo.
En todo esto, señor, con tu licencia,
Sólo es digna del trono tu clemencia.
Sé benéfico, amable,
En lugar de despótico tirano;
Porque, señor, es llano
Que el monarca será más venturoso
Cuanto hiciere a su pueblo más dichoso.»
«Con razón has hablado;
Y ya me causa pena
El haber yo buscado
Mi propia gloria en la desdicha ajena.
En mis jóvenes años
El orgullo produjo mil errores,
Que me los ha encubierto con engaños
Una corte servil de aduladores.
Ellos me aseguraban de concierto
Que por el mundo todo
No reinan los humanos de otro modo,
Tú lo sabrás mejor; dime, ¿y es cierto?»

EL LEOPARDO Y LAS MONAS
No a pares, a docenas encontraba
Las Monas en Tetuán, cuando cazaba,
Un Leopardo; apenas lo veían,
A los árboles todas se subían,
Quedando del contrario tan seguras,
Que pudiera decir: No están maduras.
El cazador, astuto, se hace el muerto
Tan vivamente, que parece cierto.
Hasta las viejas Monas,
Alegres en el caso y juguetonas,
Empiezan a saltar; la más osada
Baja, arrímase al muerto de callada,
Mira, huele y aun tienta,
Y grita muy contenta:
«Llegad, que muerto está de todo punto,
Tanto, que empieza a oler el tal difunto.»
Bajan todas con bulla y algazara:
Ya le tocan la cara,
Ya le saltan encima,
Aquélla se le arrima,
Y haciendo mimos, a su lado queda;
Otra se finge muerta y lo remeda.
Mas luego que las siente fatigadas
De correr, de saltar y hacer monadas,
Levántase ligero,
Y más que nunca fiero,
Pilla, mata, devora, de manera
Que parecía la sangrienta fiera,
Cubriendo con los muertos la campaña,
Al Cid matando moros en España.

Es el peor enemigo el que aparenta
No poder causar daño; porque intenta
Inspirando confianza,
Asegurar su golpe de venganza.

EL LOBO Y EL MASTÍN  
Trampas, redes y perros
Los celosos pastores disponían
En lo oculto del bosque y de los cerros,
Porque matar querían
A un Lobo por el bárbaro delito
De no dejar a vida ni un cabrito.
Hallóse cara a cara
Un Mastín con el Lobo de repente,
Y cada cual se para,
Tal como en Zama estaban frente a frente,
Antes de la batalla, muy serenos
Aníbal y Scipión, ni más ni menos.
En esta suspensión, treguas propone
El Lobo a su enemigo.
El Mastín no se opone,
Antes le dice: «Amigo,
Es cosa bien extraña, por mi vida,
Meterse un señor Lobo a cabricida.
Ese cuerpo brioso
Y de pujanza fuerte,
Que mate al jabalí, que venza al oso.
Mas ¿qué dirán al verte
Que lo valiente y fiero
Empleas en la sangre de un cordero?»
El Lobo le responde: «Camarada,
Tienes mucha razón; en adelante
Propongo no comer sino ensalada.»
Se despiden y toman el portante.
Informados del hecho
Los pastores, se apuran y patean;
Agarran al Mastín y le apalean.
Digo que fue bien hecho;
Pues en vez de ensalada, en aquel año
Se fue comiendo el Lobo su rebaño.
¿Con una reprensión, con un consejo
Se pretende quitar un vicio añejo?
  
EL LOBO Y EL PERRO  
En busca de alimento
Iba un Lobo muy flaco y muy hambriento.
Encontró con un Perro tan relleno,
Tan lucio, sano y bueno,
Que le dijo: «Yo extraño
Que estés de tan buen año
Como se deja ver por tu semblante,
Cuando a mí, más pujante,
Más osado y sagaz, mi triste suerte
Me tiene hecho retrato de la muerte.»
El Perro respondió: «Sin duda alguna
Lograrás si tú quieres, mi fortuna.
Deja el bosque y el prado;
Retírate a poblado;
Servirás de portero
A un rico caballero,
Sin otro afán ni más ocupaciones
Que defender la casa de ladrones.»
«Acepto desde luego tu partido,
Que para mucho más estoy curtido.
Así me libraré de la fatiga,
A que el hambre me obliga,
De andar por montes sendereando peñas,
Trepando riscos y rompiendo breñas,
Sufriendo de los tiempos los rigores,
Lluvias, nieves, escarchas y calores.»
A paso diligente
Marchaban juntos amigablemente,
Varios puntos tratando en confianza,
Pertenecientes a llenar la panza.
En esto el Lobo, por algún recelo
Que comenzó a turbarle su consuelo,
Mirando el Perro, dijo: «He reparado
Que tienes el pescuezo algo pelado.
Dime: ¿Qué es eso?» «Nada.»
«Dímelo, por tu vida, camarada.»
«No es más que la señal de la cadena;
Pero no me da pena,
Pues aunque por inquieto
A ella estoy sujeto,
Me sueltan cuando comen mis señores,
Recíbenme a sus pies con mil amores;
Ya me tiran el pan, ya la tajada,
Y todo aquello que les desagrada;
Éste lo mal asado,
Aquel un hueso descamado;
Y aun un glotón, que todo se lo traga,
A lo menos me halaga,
Pasándome la mano por el lomo;
Yo meneo la cola, callo y como.»
«Todo eso es bueno, yo te lo confieso,
Pero por fin y postre tú estás preso:
Jamás sales de casa,
Ni puedes ver lo que en el pueblo pasa.»
«Es así.» «Pues amigo,
La amada libertad que yo consigo
No he de trocarla de manera alguna
Por tu abundante y próspera fortuna.
Marcha, marcha a vivir encarcelado;
No serás envidiado
De quien pasea el campo libremente,
Aunque tú comas tan glotonamente
Pan, tajadas y huesos; porque al cabo,
No hay bocado en sazón para un esclavo.»

EL LOBO Y EL PERRO FLACO  
Distante de la aldea,
Iba cazando un Perro
Flaco, que parecía
Un andante esqueleto.
Cuando menos lo piensa
Un Lobo le hizo preso.
Aquí de sus clamores,
De sus llantos y ruegos.
«Decidme, señor Lobo.
¿Qué queréis de mi cuerpo,
Si no tiene otra cosa
Que huesos y pellejo?
Dentro de quince días
Casa a su hija mi dueño,
Y ha de haber para todos
Arroz y gallo muerto.
Dejadme ahora libre,
Que pasado este tiempo,
Podréis comerme a gusto,
Lucio, gordo y relleno.»
Quedaron convenidos;
Y apenas se cumplieron
Los días señalados,
El Lobo buscó al Perro.
Estábase en su casa
Con otro compañero,
Llamado Matalobos,
Mastín de los más fieros.
Salen a recibirle;
Al punto que le vieron,
Matalobos bajaba
Con corbatín de hierro.
No era el Lobo persona
De tantos cumplimientos;
Y así, por no gastarlos,
Cedió de su derecho.
Huía, y le llamaban;
Mas él iba diciendo
Con el rabo entre piernas:
«Pies, ¿para qué os quiero?»
Hasta los niños saben
Que es de mayor aprecio
Un pájaro en la mano
Que por el aire ciento.
 
EL LOBO Y LA CIGÜEÑA
Sin duda alguna que se hubiera ahogado
Un Lobo con un hueso atragantado,
Si a la sazón no pasa una Cigüeña.
El paciente la ve, hácela seña;
Llega, y ejecutiva,
Con su pico, jeringa primitiva,
Cual diestro cirujano,
Hizo la operación y quedó sano.
Su salario pedía,
Pero el ingrato Lobo respondía:
«<Tu salario? Pues ¿qué más recompensa
Que el no haberte causado leve ofensa,
Y dejarte vivir para que cuentes
Que pusiste tu vida entre mis dientes?»
Marchó por evitar una desdicha,
Sin decir tus ni mus, la susodicha.
Haz bien, dice el proverbio castellano,
Y no sepas a quién; pero es muy llano
Que no tiene razón ni por asomo:
Es menester saber a quién y cómo.
El ejemplo siguiente
Nos hará esta verdad más evidente.

EL LOBO Y LA OVEJA
Cruzando montes y trepando cerros,
Aquí mato, allí robo,
Andaba cierto Lobo,
Hasta que dio en las manos de los perros.
Mordido y arrastrado
Fue de sus enemigos cruelmente;
Quedó con vida milagrosamente,
Mas inválido, al fin, y derrotado.
Iba el tiempo curando su dolencia;
El hambre al mismo tiempo le afligía;
Pero como cazar aún no podía,
Con las yerbas hacía penitencia.
Una Oveja pasaba, y él la dice:
«Amiga, ven acá, llega al momento;
Enfermo estoy y muero de sediento:
Socorre con el agua a este infelice.»
«¿Agua quieres que yo vaya a llevarte?
Le responde la Oveja recelosa;
Dime pues una cosa:
¿Sin duda que será para enjuagarte,
Limpiar bien el garguero,
Abrir el apetito,
Y tragarme después como a un pollito?
Anda, que te conozco, marrullero.»
Así dijo, y se fue; si no, la mata.

¡Cuánto importa saber con quién se trata!
EL LOBO, LA ZORRA Y EL MONO JUEZ  
Un Lobo se quejó criminalmente
De que una Zorra astuta lo robase.
El Mono juez, como ella lo negase,
Dejólos alegar prolijamente
Enterado, pronuncia la sentencia:
«No consta que te falte nada, Lobo;
Y tú, Raposa, tú tienes el robo.»
Dijo, y los despidió de su presencia.
Esta contradicción es cosa buena;
La dijo el docto Mono con malicia.
Al perverso su fama le condena
Aun cuando alguna vez pida justicia.

EL MILANO ENFERMO
Un Milano, después de haber vivido
Con la conciencia peor que un forajido,
Enfermó gravemente.
Supuesto que el paciente
Ni a Galeno ni a Hipócrates leía,
A bulto conoció que se moría.
A los dioses desea ver propicios,
Y ofrecerles entonces sacrificios
Por medio de su madre, que, afligida,
Rogaría sin duda por su vida.
Mas ésta le responde: «Desdichado,
¿Cómo podré alcanzar para un malvado
De los dioses clemencia,
Si en vez de darles culto y reverencia,
Ni aun perdonaste a víctima sagrada,
En las aras divinas inmolada?»

Así queremos irritando al cielo
Que en la tribulación nos dé consuelo.

EL MILANO Y LAS PALOMAS
A las tristes Palomas un Milano,
Sin poderlas pillar, seguía en vano;
Mas él a todas horas
Servía de lacayo a estas señoras.
Un día, en fin, hambriento e ingenioso,
Así las dice: «¿Amáis vuestro reposo,
Vuestra seguridad y conveniencia?
Pues creedme en mi conciencia:
En lugar de ser yo vuestro enemigo,
Desde ahora me obligo,
Si la banda por rey me aclama luego,
A tenerla con sosiego,
Sin que de garra o pico tema agravio;
Pues tocante a la paz seré un Octavio.»
Las sencillas palomas consintieron;
Aclamándole por rey, «Viva, dijeron,
Nuestro rey el Milano.»
Sin esperar a más, este tirano
Sobre un vasallo mísero se planta;
Déjalo con el viva en la garganta;
Y continuando así sus tiranías,
Acabó con el reino en cuatro días.

Quien al poder se acoja de un malvado
Será, en vez de feliz, un desdichado.


EL MUCHACHO Y LA FORTUNA
A la orilla de un pozo,
sobre la fresca yerba,
un incauto Mancebo
dormía a pierna suelta.
Gritóle la Fortuna:
«Insensato, despierta;
¿no ves que ahogarte puedes,
a poco que te muevas?
Por ti y otros canallas
a veces me motejan,
los unos de inconstante,
y los otros de adversa.
Reveses de Fortuna
llamáis a las miserias;
¿por qué, si son reveses
de la conducta necia?»

EL MURCIÉLAGO Y LA COMADREJA
Cayó, sin saber cómo,
Un Murciélago a tierra;
Al instante le atrapa
La lista Comadreja.
Clamaba el desdichado,
Viendo su muerte cerca.
Ella le dice: «Muere;
Que por naturaleza
Soy mortal enemiga
De todo cuanto vuela.»
El avechucho grita,
Y mil veces protesta
«Que él es ratón, cual todos
Los de su descendencia»
Con esto ¡qué fortuna!
El preso se liberta.
Pasado cierto tiempo,
No sé de qué manera,
Segunda vez le pilla:
Él nuevamente ruega;
Mas ella le responde
«Que Júpiter la ordena
Tenga paz con las aves,
Con los ratones guerra.»
«¿Soy yo ratón acaso?
Yo creo que estás ciega.
¿Quieres ver cómo vuelo?»
En efecto, le deja,
Y a merced de su ingenio
libre el pájaro vuela.
Aquí aprendió de Esopo
La gente marinera,
Murciélagos que fingen
Pasaporte y bandera.
No importa que haya pocos
Ingleses comadrejas;
Tal vez puede de un riesgo
Sacarnos una treta.

EL NAUFRAGIO DE SIMÓNIDES  - A Elisa -
En tanto que tus vanas compañeras,
Cercadas de galanes seductores,
Escuchan placenteras
En la escuela de Venus los amores,
Elisa, retirada te contemplo
De la diosa Minerva al sacro templo.
Ni eres menos donosa,
Ni menos agraciada
Que Clori, ponderada
De gentil y de hermosa:
Pues, Elisa divina, ¿por qué quieres
Huir en tu retiro los placeres?
¡Oh sabia, qué bien haces
En estimar en poco la hermosura,
Los placeres fugaces,
El bien que sólo dura
Como rosa que el ábrego marchita!
Tu prudencia infinita
Busca el sólido bien y permanente
En la virtud y ciencia solamente.
Cuando el tiempo implacable con presteza
O los males tal vez inopinados,
Se lleven la hermosura y gentileza,
Con lágrimas estériles llorados
Serán aquellos días que se fueron
Y a juegos vanos tus amigas dieron;
Pero a tu bien estable
No hay tiempo ni accidente que consuma:
Siempre serás feliz, siempre estimable.
Eres sabia, y en suma
Este bien de la ciencia no perece.
Oye cómo esta fábula lo explica,
Que mi respeto a tu virtud dedica.
Simónides en Asia se enriquece,
Cantando a justo precio los loores
De algunos generosos vencedores.
Este sabio poeta, con deseo
De volver a su amada patria Ceo,
Se embarca, y en la mar embravecida
Fue la mísera nave sumergida.
De la gente a las ondas arrojada,
Sale quien diestro nada,
Y el que nadar no sabe
Fluctúa en las reliquias de la nave.
Pocos llegan a tierra, afortunados,
Con las náufragas tablas abrazados.
Todos cuantos el oro recogieron,
Con el peso abrumados, perecieron.
A Clecémone van. Allí vivía
Un varón literato, que leía
Las obras de Simónides, de suerte
Que al conversar los náufragos, advierte
Que Simónides habla, y en su estilo
Le conoce; le presta todo asilo
De vestidos, criados y dineros;
Pero a sus compañeros
Les quedó solamente por sufragio
Mendigar con la tabla del naufragio.

EL PÁJARO HERIDO DE UNA FLECHA
Un Pájaro inocente,
Herido de una flecha
Guarnecida de acero
Y de plumas ligeras,
Decía en su lenguaje
Con amargas querellas:
«¡Oh crueles humanos!
Más crueles que fieras,
Con nuestras propias alas,
Que la naturaleza
Nos dio, sin otras armas
Para propia defensa,
Forjáis el instrumento
De la desdicha nuestra,
Haciendo que inocentes
Prestemos la materia.
Pero no, no es extraño
Que así bárbaros sean
Aquellos que en su ruina
Trabajan, y no cesan.
Los unos y otros fraguan
Armas para la guerra,
Y es dar contra sus vidas
Plumas para las flechas.»

EL PARTO DE LOS MONTES
Con varios ademanes horrorosos
Los montes de parir dieron señales;
Consintieron los hombres temerosos
Ver nacer los abortos más fatales.
Después que con bramidos espantosos
Infundieron pavor a los mortales,
Estos montes, que al mundo estremecieron,
Un ratoncillo fue lo que parieron.
Hay autores que en voces misteriosas
Estilo fanfarrón y campanudo
Nos anuncian ideas portentosas;
Pero suele a menudo
Ser el gran parto de su pensamiento,
Después de tanto ruido sólo viento.

EL PASTOR 
Salido usaba tañer
La zampoña todo el año,
Y por oírle el rebaño,
Se olvidaba de pacer.
Mejor sería romper
La zampoña al tal Salicio;
Porque si causa perjuicio,
En lugar de utilidad,
La mayor habilidad,
En vez de virtud, es vicio.

EL PASTOR Y EL FILÓSOFO  
De los confusos pueblos apartado,
Un anciano Pastor vivió en su choza,
En el feliz estado en que se goza
Existir ni envidioso ni envidiado.
No turbó con cuidados la riqueza
A su tranquila vida,
Ni la extremada mísera pobreza
Fue del dichoso anciano conocida.
Empleado en su labor gustosamente
Envejeció; sus canas, su experiencia
Y su virtud le hicieron, finalmente,
Respetable varón, hombre de ciencia.
Voló su grande fama por el mundo;
Y llevado de nueva tan extraña,
Acercóse un Filósofo profundo
A la humilde cabaña,
Y preguntó al Pastor: «Dime, ¿en qué escuela
Te hiciste sabio? ¿Acaso te ocupaste
Largas noches leyendo a la candela?
¿A Grecia y Roma sabias observaste?
¿Sócrates refinó tu entendimiento?
¿La ciencia de Platón has tú medido
O pesaste de Tulio el gran talento,
O tal vez, como Ulises, has corrido
Por ignorados pueblos y confusos
Observando costumbres, leyes y usos?»
«Ni las letras seguí, ni como Ulises
(Humildemente respondió el anciano),
Discurrí por incógnitos países.
Sé que el género humano
En la escuela del mundo lisonjero
Se instruye en el doblez y la patraña.
Con la ciencia que engaña
¿Quién podrá hacerse sabio verdadero?
Lo poco que yo sé me lo ha enseñado
Naturaleza en fáciles lecciones:
Un odio firme al vicio me ha inspirado,
Ejemplos de virtud da a mis acciones.
Aprendí de la abeja lo industrioso,
Y de la hormiga, que en guardar se afana,
A pensar en el día de mañana.
Mi mastín, el hermoso
Y fiel sin semejante,
De gratitud y lealtad constante
Es el mejor modelo,
Y si acierto a copiarle, me consuelo.
Si mi nupcial amor lecciones toma,
Las encuentra en la cándida paloma.
La gallina a sus pollos abrigando
Con sus piadosas alas como madre,
Y las sencillas aves aun volando,
Me prestan reglas para ser buen padre.
Sabia naturaleza, mi maestra,
Lo malo y lo ridículo me muestra
Para hacérmelo odioso.
Jamás hablo a las gentes
Con aire grave, tono jactancioso,
Pues saben los prudentes
Que, lejos de ser sabio el que así hable,
Será un búho solemne, despreciable.
Un hablar moderado,
Un silencio oportuno
En mis conversaciones he guardado.
El hablador molesto e importuno
Es digno de desprecio.
Quien escuche a la urraca será un necio.
A los que usan la fuerza y el engaño
Para el ajeno daño,
Y usurpan a los otros su derecho,
Los debe aborrecer un noble pecho.
Únanse con los lobos en la caza,
Con milanos y halcones,
Con la maldita serpentina raza,
Caterva de carnívoros ladrones.
Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados
Ni aún merecen tener esos aliados.
No hay dañino animal tan peligroso
Como el usurpador y el envidioso.
Por último, en el libro interminable
De la naturaleza yo medito;
En todo lo creado es admirable:
Del ente más sencillo y pequeñito
Una contemplación profunda alcanza
Los más preciosos frutos de enseñanza.»
«Tu virtud acredita, buen anciano
(El Filósofo exclama),
Tu ciencia verdadera y justa fama.
Vierte el género humano
En sus libros y escuelas sus errores;
En preceptos mejores
Nos da naturaleza su doctrina.
Así quien sus verdades examina
Con la meditación y la experiencia,
Llegará a conocer virtud y ciencia.»

EL PERRO Y EL COCODRILO  
Bebiendo un Perro en el Nilo,
Al mismo tiempo corría.
«Bebe quieto», le decía
Un taimado Cocodrilo.
Díjole el Perro prudente:
«Dañoso es beber y andar;
Pero ¿es sano el aguardar
A que me claves el diente?»
¡Oh qué docto Perro viejo!
Yo venero su sentir
En esto de no seguir
Del enemigo el consejo.
 
EL PESCADOR Y EL PEZ
Recoge un Pescador su red tendida,
Y saca un pececillo. «Por tu vida,
Exclamó el inocente prisionero,
Dame la libertad: sólo la quiero,
Mira que no te engaño,
Porque ahora soy ruín; dentro de un año
Sin duda lograrás el gran consuelo
De pescarme más grande que mi abuelo.
¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto?
Sólo por otro tanto
A un hermanito mío
Un Señor pescador lo tiró al río.»
«¿Por otro tanto al río? ¡qué manía!
Replicó el pescador: ¿pues no sabía
Que el refrán castellano
Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...!
A sartén te condeno; que mi panza
No se llena jamás con la esperanza.»

EL POETA Y LA ROSA  
Una fresca mañana,
En el florido campo
Un Poeta buscaba
Las delicias de mayo.
Al peso de las flores
Se inclinaban los ramos,
Como para ofrecerse
Al huésped solitario.
Una Rosa lozana,
Movida al aire blando,
Le llama, y él se acerca;
La toma, y dice ufano:
«Quiero, Rosa, que vayas
No más que por un rato
A que la hermosa Clori
Te reciba en su mano.
Mas no, no, pobrecita;
Que si vas a su lado,
Tendrás de su hermosura
Unos celos amargos.
Tu suave fragancia,
Tu color delicado,
El verdor de tus hojas
Y tus pimpollos caros
Entre estas florecillas
Pueden ser alabados;
Mas junto a Clori bella,
Es locura pensarlo.
Marchita, cabizbaja,
Te irías deshojando,
Hasta parar tu vida
En un desnudo cabo.»
La Rosa, que hasta entonces
No despegó sus labios,
Le dijo, resentida:
«Poeta chabacano,
Cuando a un héroe quieras
Coronar con el lauro,
Del jardín de sus hechos
Has de cortar los ramos.
Por labrar su corona,
No es justo que tus manos
Desnuden otras sienes
Que la virtud y el mérito adornaron.»

EL RAPOSO ENFERMO  
El tiempo, que consume de hora
en hora Los fuertes murallones elevados,
Y lo mismo devora
Montes agigantados,
A un Raposo quitó de día en día
Dientes, fuerza, valor, salud; de suerte
Que él mismo conocía
Que se hallaba en las garras de la muerte.
Cercado de parientes y de amigos,
Dijo en trémula voz y lastimera:
«i Oh vosotros, testigos
De mi hora postrera,
Atentos escuchad un desengaño!
Mis ya pasadas culpas me atormentan,
Ahora, conjuradas en mi daño,
¿No veis cómo a mi lado se presentan?
Mirad, mirad los gansos inocentes
Con su sangre teñidos,
Y los pavos en partes diferentes,
Al furor de mis garras, divididos.
Apartad esas aves que aquí veo,
Y me piden sus pollos devorados:
Su infernal cacareo
Me tiene los oídos penetrados.»
Los raposos le afirman con tristeza,
No sin lamerse labios y narices:
«Tienes debilitada la cabeza;
Ni una pluma se ve de cuanto dices.
Y bien lo puedes creer, que si se viese...»
«¡Oh glotones! callad; ya, ya os entiendo,
El enfermo exclamó; ¡si yo pudiese
Corregir las costumbres cual pretendo!
¿No sentís que los gustos,
Si son contra la paz de la conciencia,
Se cambian en disgustos?
Tengo de esta verdad gran experiencia.
Expuestos a las trampas y a los perros,
Matáis y perseguís a todo trapo,
En la aldea gallinas, y en los cerros
Los inocentes lomos del gazapo.
Moderad, hijos míos, las pasiones;
Observad vida quieta y arreglada,
Y con buenas acciones
Ganaréis opinión muy estimada.»
«Aunque nos convirtamos en corderos,
Le respondió un oyente sentencioso,
Otros han de robar los gallineros
A costa de la fama del Raposo.
Jamás se cobra la opinión perdida:
Esto es lo uno. A más, ¿usted pretende
Que mudemos de vida?
Quien malas mañas ha... ya usted me entiende.»
«Sin embargo, hermanito, crea, crea...
El enfermo le dijo. Mas ¡qué siento!...
¿No oís que una gallina cacarea?
Esto sí que no es cuento.»
Adiós, sermón; escápase la gente.
El enfermo orador esfuerza el grito:
«¿Os vais, hermanos? Pues tened presente
Que no me haría daño algún pollito.»

EL RAPOSO Y EL LOBO
Un triste Raposo
Por medio del llano
Marchaba sin piernas,
Cual otro soldado
Que perdió las suyas
Allá en Campo Santo.
Un Lobo le dijo:
«Hola, buen hermano,
Diga, ¿en qué refriega
Quedó tan lisiado?»
«¡Ay de mí! responde;
Un maldito rastro
Me llevó a una trampa,
Donde por milagro,
Dejando una pierna,
Salí con trabajo.
Después de algún tiempo
Iba yo cazando,
Y en la trampa misma
Dejé pierna y rabo.»
El Lobo le dice:
«Creíble es el caso.
Yo estoy tuerto, cojo
Y desorejado
Por ciertos mastines,
Guardas de un rebaño.
Soy de estas montañas
El Lobo decano;
Y como conozco
Las mañas de entrambos,
Temo que acabemos,
No digo enmendados,
Sino tú en la trampa,
Y yo en el rebaño.»
¡Que el ciego apetito
Pueda arrastrar tanto!
A los brutos pase.
¡Pero a los humanos!...
 
EL RAPOSO Y EL PERRO  
De un modo muy afable y amistoso
El Mastín de un pastor con un Raposo
Se solía juntar algunos ratos,
Como tal vez los perros y los gatos
Con amistad se tratan. Cierto día
El Zorro a su compadre le decía:
«Estoy muy irritado;
Los hombres por el mundo han divulgado
Que mi raza inocente (¡qué injusticia!)
Les anda circumcirca en la malicia.
¡Ah maldita canalla!
Si yo pudiera...» En esto el Zorro calla,
Y erizado se agacha. «Soy perdido,
Dice, los cazadores he oído.
¿Qué me sucede?» «Nada.
No temas, le responde el camarada;
Son las gentes que pasan al mercado.
Mira, mira, cuitado,
Marchar haldas en cinta a mis vecinas,
Coronadas con cestas de gallinas.»
«No estoy, dijo el Raposo, para fiestas:
Vete con tus gallinas y tus cestas,
Y satiriza a otro. Porque sabes
Que robaron anoche algunas aves,
¿He de ser yo el ladrón?» «En mi conciencia,
Que hablé, dijo el Mastín, con inocencia.
¿Yo pensar que has robado gallinero,
Cuando siempre te vi como un cordero?»
«¡Cordero! exclama el Zorro; no hay aguante.
Que cordero me vuelva en el instante,
Si he hurtado el que falta en tu majada.»
«¡Hola! concluye el Perro, Camarada,
El ladrón es usted, según se explica»
El estuche molar al punto aplica
Al mísero Raposo,
Para que así escarmiente el cosquilloso,
Que de las fabuliilas se resiente.
Si no estás inocente,
Dime, ¿por qué no bajas las orejas?
Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas?

EL RAPOSO, LA MUJER Y EL GALLO  
Con la orejas gachas
Y la cola entre piernas,
Se llevaba un Raposo
Un Gallo de la aldea.
Muchas gracias al alba,
Que pudo ver la fiesta,
Al salir de su casa
Juana la madruguera.
Como una loca grita:
«Vecinos, que le lleva;
Que es el mío, vecinos.»
Oye el Gallo las quejas,
Y le dice al Raposo:
«Dila que no nos mienta,
Que soy tuyo y muy tuyo.»
Volviendo la cabeza,
La responde el Raposo:
«Oyes, gran embustera,
No es tuyo, sino mío;
Él mismo lo confiesa.»
Mientras esto decía,
El Gallo libre vuela,
Y en la copa de un árbol
Canta que se las pela.
El Raposo burlado
Huyó; ¡quién lo creyera!
Yo, pues a más de cuatro,
Muy zorros en sus tretas,
Por hablar a destiempo,
Los vi perder la presa.

EL RATÓN DE LA CORTE Y EL DEL CAMPO
Un Ratón cortesano
Convidó con un modo muy urbano
A un Ratón campesino.
Diole gordo tocino,
Queso fresco de Holanda,
Y una despensa llena de vianda
Era su alojamiento,
Pues no pudiera haber un aposento
Tan magníficamente preparado,
Aunque fuese en Ratópolis buscado
Con el mayor esmero,
Para alojar a Roepan primero.
Sus sentidos allí se recreaban;
Las paredes y techos adornaban,
Entre mil ratonescas golosinas,
Salchichones, perniles y cecinas.
Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!
De pernil en pernil, de queso en queso.
En esta situación tan lisonjera
Llega la Despensera.
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
Pierden el tino, mas al fin se escapan
Atropelladamente
Por cierto pasadizo abierto a diente.
«¡Esto tenemos! dijo el campesino;
Reniego yo del queso, del tocino
Y de quien busca gustos
Entre los sobresaltos y los sustos»
Volvióse a su campaña en el instante
Y estimó mucho más de allí adelante,
Sin zozobra, temor ni pesadumbres,
Su casita de tierra y sus legumbres.

EL RUISEÑOR Y EL MOCHUELO  
Una noche de Mayo,
Dentro de un bosque espeso,
Donde, según reinaba
La triste oscuridad con el silencio,
Parece que tenía
Su habitación Morfeo;
Cuando todo viviente
Disfrutaba de dulce y blando sueño,
Pendiente de una rama
Un Ruiseñor parlero
Empezó con sus ayes
A publicar sus dolorosos celos.
Después de mil querellas,
Que llegaron al cielo,
A cantar empezaba
La antigua historia del infiel Tereo
Cuando, sin saber cómo,
Un cazador mochuelo
Al músico arrebata
Entre las corvas uñas prisionero.
Jamás Pan con la flauta
Igualó sus gorjeos,
Ni resonó tan grata
La dulce lira del divino Orfeo;
No obstante, cuando daba
Sus últimos lamentos,
Los vecinos del bosque
Aplaudían su muerte; yo lo creo.
Si con sus serenatas
El mismo Farinelo
Viniese a despertarme
Mientras que yo dormía en blando lecho,
En lugar de los bravos
Diría: «Caballero, ¡Que no viniese ahora
Para tal ruiseñor algún mochuelo!»
Clori tiene mil gracias
¿Y gué logra con eso?
Hacerse fastidiosa
Por no querer usarlas a su tiempo.
 
EL TORDO FLAUTISTA  
Era un gusto el oír, era un encanto,
A un Tordo gran flautista; pero tanto,
Que en la gaita gallega,
O la pasión me ciega,
O a Misón le llevaba mil ventajas.
Cuando todas las aves se hacen rajas
Saludando a la aurora,
Y la turba confusa charladora
La canta sin compás y con destreza
Todo cuanto la viene a la cabeza,
El flautista empezó: cesó el concierto
Los pájaros con tanto pico abierto
Oyeron en un tono soberano
Las folias, la gaita y el villano.
Al escuchar las aves tales cosas,
Quedaron admiradas y envidiosas.
Los jilgueros, preciados de cantores,
Los vanos ruiseñores,
Unos y otros corridos,
Callan, entre las hojas escondidos.
Ufano el Tordo grita: «Camaradas,
Ni saben ni sabrán estas tonadas
Los pájaros ociosos,
Sino los retirados estudiosos.
Sabed que con un hábil zapatero
Estudié un año entero:
Él dale que le das a sus zapatos,
Y altemando, silbábamos a ratos.
En fin, viéndome diestro,
Vuela al campo, me dice mi maestro,
Y harás ver a las aves, de mi parte,
Lo que gana el ingenio con el arte».

EL TORRENTE Y EL RÍO
Despeñado un Torrente
De un encumbrado cerro
Caía en una peña,
Y atronaba el recinto con su estruendo.
Seguido de ladrones
Un triste pasajero,
Despreciando el ruido,
Atravesó el raudal sin desaliento;
Que es común en los hombres
Poseídos del miedo,
Para salvar la vida,
Exponerla tal vez a mayor riesgo.
Llegaron los bandidos,
Practicaron lo mesmo
Que antes el caminante,
Y fueron en su alcance y seguimiento.
Encontró el miserable
De allí a muy poco trecho
Un Río caudaloso,
Que corría apacible y con silencio.
Con tan buenas señales,
Y el próspero suceso
Del raudal bullicioso,
Determinó vadearle sin recelo;
Mas apenas dio un paso
Pagó su desacuerdo,
Quedando sepultado
En las aleves aguas sin remedio.
Temamos los peligros
De designios secretos;
Que el ruidoso aparato
Si no se desvanece, anuncia el riesgo.

EL VIEJO Y EL CHALÁN  
«Fabio está, no lo niego, muy notado
De una cierta pasión, que le domina;
Mas ¿qué importa, señor? Si se examina,
Se verá que es un mozo muy honrado,
Generoso, cortés, hábil, activo,
Y que de todo entiende
Cuanto pide el empleo que pretende.»
«Y qué, ¿no se le dan?... ¿Por qué motivo?...»
Trataba un Viejo de comprar un perro
Para que le guardase los doblones;
Le decía el Chalán estas razones:
«Con un collar de hierro
Que tenga el animal, échenle gente:
Es hermoso, pujante,
Leal, bravo, arrogante;
Y aunque tiene la falta solamente
De ser algo goloso...»
«¿Goloso? dice el rico; no le quiero»
«No es para marmitón ni despensero,
Continúa el Chalán muy presuroso;
Sino para valiente centinela.»
«Menos, concluye el Viejo;
Dejará que me quiten el pellejo
Por lamer entre tanto la cazuela.»
 
EL VIEJO Y LA MUERTE  
Entre montes, por áspero camino,
Tropezando con una y otra peña,
Iba un Vejo cargado con su leña,
maldiciendo su mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte
Que apenas levantarse ya podía,
Llamaba con colérica porfía
Una, dos y tres veces a la Muerte.
Armada de guadaña, en esqueleto,
La Parca se le ofrece en aquel punto;
Pero el Viejo, temiendo ser difunto,
Lleno más de terror que de respeto,
Trémulo la decía y balbuciente:
«Yo ... señora... os llamé desesperado;
Pero... «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?»
«Que me cargues la leña solamente.»
Tenga paciencia quien se cree infelice;
Que aun en la situación más lamentable
Es la vida del hombre siempre amable:
El Viejo de la leña nos lo dice.
 
EL ZAGAL Y LAS OVEJAS
Apacentando un joven su ganado,
Gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor! que viene el lobo, labradores.»
Éstos, abandonando sus labores,
Acuden prontamente,
Y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
Segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el Zagal se desgañita,
Y por más que patea, llora y grita,
No se mueve la gente escarmentada,
Y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta de un engaño,
Contra el engañador el mayor daño!

EL ZAPATERO MÉDICO
Un inhábil y hambriento Zapatero
En la corte por médico corría:
Con un contraveneno que fingía
Ganó fama y dinero.
Estaba el Rey postrado en una cama,
De una grave dolencia;
Para hacer experiencia
Del talento del médico, le llama.
El antídoto pide, y en un vaso
Finge el Rey que le mezcla con veneno:
Se lo manda beber; el tal Galeno
Teme morir, confiesa todo el caso,
Y dice que sin ciencia
Logró hacerse doctor de grande precio
Por la credulidad del vulgo necio.
Convoca el Rey al pueblo. «¡Qué demencia
Es la vuestra, exclamó, que habéis fiado
La salud francamente
De un hombre a quien la gente
Ni aun quería fiarle su calzado!»
Esto para los crédulos se cuenta,
En quienes tiene el charlatán su renta.

ESOPO Y UN ATENIENSE
Cercado de muchachos
Y jugando a las nueces,
Estaba el viejo Esopo
Más que todos alegre.
«¡Ah pobre! ya chochea»,
Le dijo un Ateniense.
En respuesta, el anciano
Coge un arco que tiene
La cuerda floja, y dice:
«Ea, si es que lo entiendes,
Dime, ¿qué significa
El arco de esta suerte?»
Lo examina el de Atenas,
Piensa, cavila, vuelve,
Y se fatiga en vano
Pues que no lo comprende.
El frigio victorioso
Le dijo: «Amigo, advierte
Que romperás el arco
Si está tirante siempre;
Si flojo, ha de servirte
Cuando tú lo quisieres.»
Si al ánimo estudioso
Algún recreo dieren,
Volverá a sus tareas
Mucho más útilmente.

JÚPITER Y LA TORTUGA
A las bodas de Júpiter estaban
Todos los animales convidados:
Unos y otros llegaban
A la fiesta nupcial apresurados.
No faltaba a tan grande concurrencia
Ni aun la reptil y más lejana oruga,
Cuando llega muy tarde y con paciencia,
A paso perezoso, la Tortuga.
Su tardanza reprende el dios airado,
Y ella le respondió sencillamente:
«Si es mi casita mi retiro amado,
¿Cómo podré dejarla prontamente?»
Por tal disculpa Júpiter tonante,
Olvidando el indulto de las fiestas,
La ley del caracol le echó al instante,
Que es andar con la casa siempre a cuestas.
Gentes machuchas hay que hacen alarde
De que aman su retiro con exceso;
Pero a su obligación acuden tarde:
Viven como el ratón dentro del queso.

Gracias por su visita. Hasta la próxima

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