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FABULAS-22 FÉLIX MARÍA SAMANIEGO-2- |
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FABULAS DE SAMANIEGO EL
LABRADOR Y LA CIGÜEÑA EL LABRADOR Y LA CIGÜEÑA Un Labrador miraba Con duelo su sembrado, Porque gansos y grullas De su trigo solían hacer pasto. Armó sin más tardanza Diestramente sus lazos, Y cayeron en ellos La Cigüeña, las grullas y los gansos. «Señor rústico, dijo La Cigüeña temblando, Quíteme las prisiones, Pues no merezco pena de culpados; La diosa Ceres sabe Que, lejos de hacer daño, Limpio de sabandijas, De culebras y víboras los campos.» «Nada me satisface, Respondió el hombre airado: Te hallé con delincuentes, Con ellos morirás entre mis manos.» La inocente Cigüeña Tuvo el fin desgraciado, Que pueden prometerse Los buenos que se juntan con los malos EL LABRADOR Y LA PROVIDENCIA Un labrador cansado, En el ardiente estío, Debajo de una encina Reposaba pacífico y tranquilo. Desde su dulce estancia Miraba agradecido El bien con que la tierra Premiaba sus penosos ejercicios. Entre mil producciones, Hijas de su cultivo, Veía calabazas, Melones por los suelos esparcidos. «¿Por qué la Providencia, Decía entre sí mismo, Puso a la ruin bellota En elevado preeminente sitio? ¿Cuánto mejor sería Que, trocando el destino, Pendiesen de las ramas Calabazas, melones y pepinos?» Bien oportunamente, Al tiempo que esto dijo, Cayendo una bellota, Le pegó en las narices de improviso. «Pardiez, prorrumpió entonces El Labrador sencillo, Si lo que fue bellota, Algún gordo melón hubiera sido, Desde luego pudiera Tomar a buen partido En caso semejante Quedar desnarigado, pero vivo.» Aquí la Providencia Manifestarle quiso Que supo a cada cosa Señalar sabiamente su destino. A mayor bien del hombre Todo está repartido: Preso el pez en su concha, Y libre por el aire el pajarillo. EL LADRÓN Por catar una colmena Cierto goloso Ladrón, Del venenoso aguijón Tuvo que sufrir la pena. «La miel, dice, está muy buena: Es un bocado exquisito; Por el aguijón maldito No volveré al colmenar.» ¡Lo que tiene el encontrar La pena tras el delito! EL LEÓN CON SU EJÉRCITO Mientras que con la espada en mar y tierra Los ilustres varones Engrandecen su fama por la guerra, Sojuzgando naciones, Tú, Conde, con la pluma y el arado, Ya enriqueces la patria, ya la instruyes, Y haciendo venturosos has ganado El bien que buscas y el laurel que huyes. Con darte todo al bien de los humanos No contento tu celo, Supo unir a los nobles ciudadanos Para felicidad del patrio suelo. La hormiga codiciosa Trabaja en sociedad fructuosamente, Y la abeja oficiosa Labra siempre ayudada de su gente. Así unes a los hombres laboriosos Para hacer sus trabajos más fructuosos. Aquél viaja observando Por las naciones cultas; Éste con experiencias va mostrando Las útiles verdades más ocultas. Cuál cultiva los campos, cuál las ciencias; Y de diversos modos, Juntando estudios, viajes y experiencias, Resulta el bien en que trabajan todos. ¡En que trabajan todos! Ya lo dije, Por más que yo también sea contado. El sabio Presidente que nos rige Tiene aun al más inútil ocupado. Darme, Conde, querías un destino, Al contemplarme ocioso e ignorante. Era difícil; mas al fin tu tino Encontró un genio en mí versificante. A Fedro y Lafontaine por modelos Me pusiste a la vista, Y hallaron tus desvelos Que pudiera ensayarme a fabulista. Y pues viene al intento, Pasemos al ensayo: va de cuento. El León, rey de los bosques poderoso, Quiso armar un ejército famoso. Juntó sus animales al instante: Empezó por cargar al elefante Un castillo con útiles, y encima Rabiosos lobos, que pusiesen grima. Al oso le encargó de los asaltos; Al mono con sus gestos y sus saltos Mandó que al enemigo entretuviese; A la Zorra que diese Ingeniosos ardides al intento. Uno gritó: «La liebre y el jumento. Éste por tardo, aquélla por medrosa, De estorbo servirán, no de otra cosa.» «¿De estorbo? dijo el Rey; yo no lo creo. En la liebre tendremos un correo, Y en el asno mis tropas un trompeta.» Así quedó la armada bien completa. Tu retrato es el León, Conde prudente, Y si a tu imitación, según deseo, Examinan los jefes a su gente, A todos han de dar útil empleo. ¿Por qué no lo han de hacer? ¿Habrá cucaña Como no hallar ociosos en España?. EL LEÓN ENAMORADO Amaba un León a una zagala hermosa; Pidióla por esposa A su padre, pastor, urbanamente. El hombre, temeroso mas prudente, Le respondió: «Señor, en mi conciencia, Que la muchacha logra conveniencia; Pero la pobrecita, acostumbrada A no salir del prado y la majada, Entre la mansa oveja y el cordero, Recelará tal vez que seas fiero. No obstante, bien podremos, si consientes, Cortar tus uñas y limar tus dientes, Y así verá que tiene tu grandeza Cosas de majestad, no de fiereza.» Consiente el manso León enamorado, Y el buen hombre lo deja desarmado; Da luego su silbido: Llegan el Matalobos y Atrevido, Perros de su cabaña; de esta suerte Al indefenso León dieron la muerte. Un cuarto apostaré a que en este instante Dice, hablando del León, algún amante, Que de la misma muerte haría gala, Con tal que se la diese la zagala. Deja, Fabio, el amor, déjalo luego; Mas hablo en vano, porque, siempre ciego, No ves el desengaño, Y así te entregas a tu propio daño. EL LEÓN ENVEJECIDO Al miserable estado De una cercana muerte reducido Estaba ya postrado Un viejo León, del tiempo consumido, Tanto más infeliz y lastimoso, Cuanto había vivido más dichoso. Los que cuando valiente Humildes le rendían vasallaje, Al verlo decadente, Acuden a tratarle con ultraje; Que como la experiencia nos enseña, De árbol caído todos hacen leña. Cebados a portea, Lo sitiaban sangrientos y feroces. El lobo le mordía, Tirábale el caballo fuertes coces, Luego le daba el toro una cornada, Después el jabalí su dentellada. Sufrió constantemente Estos insultos, pero reparando Que hasta el asno insolente Iba a ultrajarle, falleció clamando: «Esto es doble morir; no hay sufrimiento, Porque muero injuriado de un jumento.» Si en su mudable vida Al hombre la fortuna ha derribado Con mísera caída Desde donde lo había ella encumbrado ¿Qué ventura en el mundo se promete Si aun de los viles llega a ser juguete? EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE Cierto artífice pintó Una lucha, en que valiente Un Hombre tan solamente A un horrible León venció. Otro león, que el cuadro vio, Sin preguntar por su autor, En tono despreciador Dijo: «Bien se deja ver Que es pintar como querer, Y no fue león el pintor.» EL LEÓN Y EL ASNO CAZANDO Su majestad leonesa en compañía De un Borrico se sale a montería. En la parte al intento acomodada, Formando el mismo León una enramada, Mandó al Asno que en ella se ocultase Y que de tiempo en tiempo rebuznase, Como trompa de caza en el ojeo. Logró el Rey su deseo, Pues apenas se vio bien apostado, Cuando al son del rebuzno destemplado, Que los montes y valles repetían, A su selvoso albergue se volvían Precipitadamente Las fieras enemigas juntamente, Y en su cobarde huida, En las garras del León pierden la vida. Cuando el Asno se halló con los despojos De devoradas fieras a sus ojos, Dijo: «Pardiez, si llego más temprano, A ningún muerto dejo hueso sano.» A tal fanfarronada Soltó el Rey una grande carcajada; Y es que jamás convino Hacer del andaluz al vizcaíno. EL LEÓN Y EL RATÓN Estaba un Ratoncillo aprisionado En las garras de un León; el desdichado En la tal ratonera no fue preso Por ladrón de tocino ni de queso, Sino porque con otros molestaba Al León, que en su retiro descansaba. Pide perdón, llorando su insolencia; Al oír implorar la real clemencia, Responde el Rey en majestuoso tono, No dijera más Tito: «Te perdono.» Poco después cazando el León tropieza En una red oculta en la maleza; Quiere salir, mas queda prisionero, Atronando la selva ruge fiero. El libre ratoncillo, que lo siente, Corriendo llega, roe diligente Los nudos de la red de tal manera, Que al fin rompió los grillos de la fiera. Conviene al poderoso Para los infelices ser piadoso; Tal vez se puede ver necesitado Del auxilio de aquel más desdichado. EL LEÓN Y LA CABRA Un señor León andaba, como un perro, Del valle al monte, de la selva al cerro, A caza, sin hallar pelo ni lana, Perdiendo la paciencia y la mañana. Por un risco escarpado Ve trepar una Cabra a lo encumbrado, De modo que parece que se empeña En hacer creer al León que se despeña. El pretender seguirla fuera en vano; El cazador entonces cortesano La dice: «Baja, baja, mi querida; No busques precipicios a tu vida: En el valle frondoso Pacerás a mi lado con reposó.» «¿Desde cuándo, señor, la real persona Cuida con tanto amor de la barbona? Esos halagos tiernos No son por bien, apostaré los cuernos.» Así le respondió la astuta Cabra, Y el León se fue sin replicar palabra. Lo paga la infeliz con el pellejo, Si toma sin examen el consejo. EL LEÓN Y LA RANA Una lóbrega noche silenciosa Iba un León horroroso Con mesurado paso majestuoso Por una selva; oyó una voz ruidosa, Que con tono molesto y continuado Llamaba la atención y aun el cuidado Del reinante animal, que no sabía De qué bestia feroz quizá saldría Aquella voz, que tanto más sonaba Cuanto más en silencio todo estaba. Su majestad leonesa La selva toda registrar procura; Mas nada encuentra con la noche oscura, Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa! Que sale de un estanque a la mañana La tal bestia feroz, y era una Rana. Llamará la atención de mucha gente El charlatán con su manía loca; Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente Que no es sino una Rana, todo boca? EL LEÓN Y LA ZORRA Un León en otro tiempo poderoso, Ya viejo y achacoso, En vano perseguía, hambriento y fiero, Al mamón Becerrillo y al Cordero, Que trepando por la áspera montaña, Huían libremente de su saña. Afligido de la hambre a par de muerte, Discurrió su remedio de esta suerte: Hace correr la voz de que se hallaba Enfermo en su palacio, y deseaba Ser de los animales visitado. Acudieron algunos de contado; Mas como el grave mal que lo postraba Era un hambre voraz, tan sólo usaba La receta exquisita De engullirse al monsieur de la visita. Acércase la Zorra de callada, Y a la puerta asomada, Atisba muy despacio La entrada de aquel cóncavo palacio. El León la divisó, y en el momento La dice: «Ven acá; pues que me siento En el último instante de mi vida, Visítame como otros, mi querida.» «¡Como otros! ¡Ah señor! he conocido Que entraron, sí, pero no han salido. Mirad, mirad la huella, Bien claro lo dice ella; Y no es bien el entrar do no se sale.» La prudente cautela mucho vale. EL LEÓN, EL LOBO Y LA ZORRA Trémulo y achacoso A fuerza de años un León estaba; Hizo venir los médicos, ansioso De ver si alguno de ellos le curaba. De todas las especies y regiones Profesores llegaban a millones. Todos conocen incurable el daño; Ninguno al Rey propone el desengaño; Cada cual sus remedios le procura, Como si la vejez tuviese cura. Un Lobo cortesano Con tono adulador y fin torcido Dijo a su Soberano: «He notado, Señor, que no ha asistido La Zorra como médico al congreso, Y pudiera esperarse buen suceso De su dictamen en tan grave asunto.» Quiso su Majestad que luego al punto Por la posta viniese; Llega, sube a palacio, y como viese Al Lobo, su enemigo, ya instruida De que él era autor de su venida, Que ella excusaba cautelosamente, Inclinándose al Rey profundamente, Dijo: «Quizá, Señor, no habrá faltado Quien haya mi tardanza acriminado; Mas será porque ignora Que vengo de cumplir un voto ahora, Que por vuestra salud tenía hecho; Y para más provecho, En mi viaje traté gentes de ciencia Sobre vuestra dolencia. Convienen pues los grandes profesores En que no tenéis vicio en los humores, Y que sólo los años han dejado El calor natural algo apagado; Pero éste se recobra y vivifica Sin fastidio, sin drogas de botica, Con un remedio simple, liso y llano, Que vuestra majestad tiene en la mano. A un Lobo vivo arránquenle el pellejo, Y mandad que os le apliquen al instante, Y por más que estéis débil, flaco y viejo, Os sentiréis robusto y rozagante, Con apetito tal, que sin esfuerzo El mismo Lobo os servirá de almuerzo.» Convino el Rey, y entre el furor y el hierro Murió el infeliz Lobo como un perro. Así viven y mueren cada día En su guerra interior los palaciegos Que con la emulación rabiosa ciegos Al degüello se tiran a porfía. Tomen esta lección muy oportuna: Lleguen a la privanza enhorabuena, Mas labren su fortuna Sin cimentarla en la desgracia ajena. EL LEÓN, EL TIGRE Y EL CAMINANTE Entre sus fieras garras oprimía Un Tigre a un Caminante. A los tristes quejidos al instante Un León acudió: con bizarría Lucha, vence a la fiera, y lleva al hombre A su regia caverna. «Toma aliento, Le decía el León; nada te asombre; Soy tu libertador; estáme atento. ¿Habrá bestia sañuda y enemiga Que se atreva a mi fuerza incomparable? Tú puedes responder, o que lo diga Esa pintada fiera despreciable. Yo, yo solo, monarca poderoso; Domino en todo el bosque dilatado. ¡Cuántas veces la onza y aun el oso Con su sangre el tributo me han pagado! Los despojos de pieles y cabezas, Los huesos que blanquean este piso Dan el más claro aviso De mi valor sin par y mis proezas.» «Es verdad, dijo el hombre, soy testigo: Los triunfos miro de tu fuerza airada, Contemplo a tu nación amedrentada; Al librarme venciste a mi enemigo. En todo esto, señor, con tu licencia, Sólo es digna del trono tu clemencia. Sé benéfico, amable, En lugar de despótico tirano; Porque, señor, es llano Que el monarca será más venturoso Cuanto hiciere a su pueblo más dichoso.» «Con razón has hablado; Y ya me causa pena El haber yo buscado Mi propia gloria en la desdicha ajena. En mis jóvenes años El orgullo produjo mil errores, Que me los ha encubierto con engaños Una corte servil de aduladores. Ellos me aseguraban de concierto Que por el mundo todo No reinan los humanos de otro modo, Tú lo sabrás mejor; dime, ¿y es cierto?» EL LEOPARDO Y LAS MONAS No a pares, a docenas encontraba Las Monas en Tetuán, cuando cazaba, Un Leopardo; apenas lo veían, A los árboles todas se subían, Quedando del contrario tan seguras, Que pudiera decir: No están maduras. El cazador, astuto, se hace el muerto Tan vivamente, que parece cierto. Hasta las viejas Monas, Alegres en el caso y juguetonas, Empiezan a saltar; la más osada Baja, arrímase al muerto de callada, Mira, huele y aun tienta, Y grita muy contenta: «Llegad, que muerto está de todo punto, Tanto, que empieza a oler el tal difunto.» Bajan todas con bulla y algazara: Ya le tocan la cara, Ya le saltan encima, Aquélla se le arrima, Y haciendo mimos, a su lado queda; Otra se finge muerta y lo remeda. Mas luego que las siente fatigadas De correr, de saltar y hacer monadas, Levántase ligero, Y más que nunca fiero, Pilla, mata, devora, de manera Que parecía la sangrienta fiera, Cubriendo con los muertos la campaña, Al Cid matando moros en España. Es el peor enemigo el que aparenta No poder causar daño; porque intenta Inspirando confianza, Asegurar su golpe de venganza. EL LOBO Y EL MASTÍN Trampas, redes y perros Los celosos pastores disponían En lo oculto del bosque y de los cerros, Porque matar querían A un Lobo por el bárbaro delito De no dejar a vida ni un cabrito. Hallóse cara a cara Un Mastín con el Lobo de repente, Y cada cual se para, Tal como en Zama estaban frente a frente, Antes de la batalla, muy serenos Aníbal y Scipión, ni más ni menos. En esta suspensión, treguas propone El Lobo a su enemigo. El Mastín no se opone, Antes le dice: «Amigo, Es cosa bien extraña, por mi vida, Meterse un señor Lobo a cabricida. Ese cuerpo brioso Y de pujanza fuerte, Que mate al jabalí, que venza al oso. Mas ¿qué dirán al verte Que lo valiente y fiero Empleas en la sangre de un cordero?» El Lobo le responde: «Camarada, Tienes mucha razón; en adelante Propongo no comer sino ensalada.» Se despiden y toman el portante. Informados del hecho Los pastores, se apuran y patean; Agarran al Mastín y le apalean. Digo que fue bien hecho; Pues en vez de ensalada, en aquel año Se fue comiendo el Lobo su rebaño. ¿Con una reprensión, con un consejo Se pretende quitar un vicio añejo? EL LOBO Y EL PERRO En busca de alimento Iba un Lobo muy flaco y muy hambriento. Encontró con un Perro tan relleno, Tan lucio, sano y bueno, Que le dijo: «Yo extraño Que estés de tan buen año Como se deja ver por tu semblante, Cuando a mí, más pujante, Más osado y sagaz, mi triste suerte Me tiene hecho retrato de la muerte.» El Perro respondió: «Sin duda alguna Lograrás si tú quieres, mi fortuna. Deja el bosque y el prado; Retírate a poblado; Servirás de portero A un rico caballero, Sin otro afán ni más ocupaciones Que defender la casa de ladrones.» «Acepto desde luego tu partido, Que para mucho más estoy curtido. Así me libraré de la fatiga, A que el hambre me obliga, De andar por montes sendereando peñas, Trepando riscos y rompiendo breñas, Sufriendo de los tiempos los rigores, Lluvias, nieves, escarchas y calores.» A paso diligente Marchaban juntos amigablemente, Varios puntos tratando en confianza, Pertenecientes a llenar la panza. En esto el Lobo, por algún recelo Que comenzó a turbarle su consuelo, Mirando el Perro, dijo: «He reparado Que tienes el pescuezo algo pelado. Dime: ¿Qué es eso?» «Nada.» «Dímelo, por tu vida, camarada.» «No es más que la señal de la cadena; Pero no me da pena, Pues aunque por inquieto A ella estoy sujeto, Me sueltan cuando comen mis señores, Recíbenme a sus pies con mil amores; Ya me tiran el pan, ya la tajada, Y todo aquello que les desagrada; Éste lo mal asado, Aquel un hueso descamado; Y aun un glotón, que todo se lo traga, A lo menos me halaga, Pasándome la mano por el lomo; Yo meneo la cola, callo y como.» «Todo eso es bueno, yo te lo confieso, Pero por fin y postre tú estás preso: Jamás sales de casa, Ni puedes ver lo que en el pueblo pasa.» «Es así.» «Pues amigo, La amada libertad que yo consigo No he de trocarla de manera alguna Por tu abundante y próspera fortuna. Marcha, marcha a vivir encarcelado; No serás envidiado De quien pasea el campo libremente, Aunque tú comas tan glotonamente Pan, tajadas y huesos; porque al cabo, No hay bocado en sazón para un esclavo.» EL LOBO Y EL PERRO FLACO Distante de la aldea, Iba cazando un Perro Flaco, que parecía Un andante esqueleto. Cuando menos lo piensa Un Lobo le hizo preso. Aquí de sus clamores, De sus llantos y ruegos. «Decidme, señor Lobo. ¿Qué queréis de mi cuerpo, Si no tiene otra cosa Que huesos y pellejo? Dentro de quince días Casa a su hija mi dueño, Y ha de haber para todos Arroz y gallo muerto. Dejadme ahora libre, Que pasado este tiempo, Podréis comerme a gusto, Lucio, gordo y relleno.» Quedaron convenidos; Y apenas se cumplieron Los días señalados, El Lobo buscó al Perro. Estábase en su casa Con otro compañero, Llamado Matalobos, Mastín de los más fieros. Salen a recibirle; Al punto que le vieron, Matalobos bajaba Con corbatín de hierro. No era el Lobo persona De tantos cumplimientos; Y así, por no gastarlos, Cedió de su derecho. Huía, y le llamaban; Mas él iba diciendo Con el rabo entre piernas: «Pies, ¿para qué os quiero?» Hasta los niños saben Que es de mayor aprecio Un pájaro en la mano Que por el aire ciento. EL LOBO Y LA CIGÜEÑA Sin duda alguna que se hubiera ahogado Un Lobo con un hueso atragantado, Si a la sazón no pasa una Cigüeña. El paciente la ve, hácela seña; Llega, y ejecutiva, Con su pico, jeringa primitiva, Cual diestro cirujano, Hizo la operación y quedó sano. Su salario pedía, Pero el ingrato Lobo respondía: «<Tu salario? Pues ¿qué más recompensa Que el no haberte causado leve ofensa, Y dejarte vivir para que cuentes Que pusiste tu vida entre mis dientes?» Marchó por evitar una desdicha, Sin decir tus ni mus, la susodicha. Haz bien, dice el proverbio castellano, Y no sepas a quién; pero es muy llano Que no tiene razón ni por asomo: Es menester saber a quién y cómo. El ejemplo siguiente Nos hará esta verdad más evidente. EL LOBO Y LA OVEJA Cruzando montes y trepando cerros, Aquí mato, allí robo, Andaba cierto Lobo, Hasta que dio en las manos de los perros. Mordido y arrastrado Fue de sus enemigos cruelmente; Quedó con vida milagrosamente, Mas inválido, al fin, y derrotado. Iba el tiempo curando su dolencia; El hambre al mismo tiempo le afligía; Pero como cazar aún no podía, Con las yerbas hacía penitencia. Una Oveja pasaba, y él la dice: «Amiga, ven acá, llega al momento; Enfermo estoy y muero de sediento: Socorre con el agua a este infelice.» «¿Agua quieres que yo vaya a llevarte? Le responde la Oveja recelosa; Dime pues una cosa: ¿Sin duda que será para enjuagarte, Limpiar bien el garguero, Abrir el apetito, Y tragarme después como a un pollito? Anda, que te conozco, marrullero.» Así dijo, y se fue; si no, la mata. ¡Cuánto importa saber con quién se trata! EL LOBO, LA ZORRA Y EL MONO JUEZ Un Lobo se quejó criminalmente De que una Zorra astuta lo robase. El Mono juez, como ella lo negase, Dejólos alegar prolijamente Enterado, pronuncia la sentencia: «No consta que te falte nada, Lobo; Y tú, Raposa, tú tienes el robo.» Dijo, y los despidió de su presencia. Esta contradicción es cosa buena; La dijo el docto Mono con malicia. Al perverso su fama le condena Aun cuando alguna vez pida justicia. EL MILANO ENFERMO Un Milano, después de haber vivido Con la conciencia peor que un forajido, Enfermó gravemente. Supuesto que el paciente Ni a Galeno ni a Hipócrates leía, A bulto conoció que se moría. A los dioses desea ver propicios, Y ofrecerles entonces sacrificios Por medio de su madre, que, afligida, Rogaría sin duda por su vida. Mas ésta le responde: «Desdichado, ¿Cómo podré alcanzar para un malvado De los dioses clemencia, Si en vez de darles culto y reverencia, Ni aun perdonaste a víctima sagrada, En las aras divinas inmolada?» Así queremos irritando al cielo Que en la tribulación nos dé consuelo. EL MILANO Y LAS PALOMAS A las tristes Palomas un Milano, Sin poderlas pillar, seguía en vano; Mas él a todas horas Servía de lacayo a estas señoras. Un día, en fin, hambriento e ingenioso, Así las dice: «¿Amáis vuestro reposo, Vuestra seguridad y conveniencia? Pues creedme en mi conciencia: En lugar de ser yo vuestro enemigo, Desde ahora me obligo, Si la banda por rey me aclama luego, A tenerla con sosiego, Sin que de garra o pico tema agravio; Pues tocante a la paz seré un Octavio.» Las sencillas palomas consintieron; Aclamándole por rey, «Viva, dijeron, Nuestro rey el Milano.» Sin esperar a más, este tirano Sobre un vasallo mísero se planta; Déjalo con el viva en la garganta; Y continuando así sus tiranías, Acabó con el reino en cuatro días. Quien al poder se acoja de un
malvado EL MUCHACHO Y LA FORTUNA A la orilla de un pozo, sobre la fresca yerba, un incauto Mancebo dormía a pierna suelta. Gritóle la Fortuna: «Insensato, despierta; ¿no ves que ahogarte puedes, a poco que te muevas? Por ti y otros canallas a veces me motejan, los unos de inconstante, y los otros de adversa. Reveses de Fortuna llamáis a las miserias; ¿por qué, si son reveses de la conducta necia?» EL MURCIÉLAGO Y LA COMADREJA Cayó, sin saber cómo, Un Murciélago a tierra; Al instante le atrapa La lista Comadreja. Clamaba el desdichado, Viendo su muerte cerca. Ella le dice: «Muere; Que por naturaleza Soy mortal enemiga De todo cuanto vuela.» El avechucho grita, Y mil veces protesta «Que él es ratón, cual todos Los de su descendencia» Con esto ¡qué fortuna! El preso se liberta. Pasado cierto tiempo, No sé de qué manera, Segunda vez le pilla: Él nuevamente ruega; Mas ella le responde «Que Júpiter la ordena Tenga paz con las aves, Con los ratones guerra.» «¿Soy yo ratón acaso? Yo creo que estás ciega. ¿Quieres ver cómo vuelo?» En efecto, le deja, Y a merced de su ingenio libre el pájaro vuela. Aquí aprendió de Esopo La gente marinera, Murciélagos que fingen Pasaporte y bandera. No importa que haya pocos Ingleses comadrejas; Tal vez puede de un riesgo Sacarnos una treta. EL NAUFRAGIO DE SIMÓNIDES - A Elisa - En tanto que tus vanas compañeras, Cercadas de galanes seductores, Escuchan placenteras En la escuela de Venus los amores, Elisa, retirada te contemplo De la diosa Minerva al sacro templo. Ni eres menos donosa, Ni menos agraciada Que Clori, ponderada De gentil y de hermosa: Pues, Elisa divina, ¿por qué quieres Huir en tu retiro los placeres? ¡Oh sabia, qué bien haces En estimar en poco la hermosura, Los placeres fugaces, El bien que sólo dura Como rosa que el ábrego marchita! Tu prudencia infinita Busca el sólido bien y permanente En la virtud y ciencia solamente. Cuando el tiempo implacable con presteza O los males tal vez inopinados, Se lleven la hermosura y gentileza, Con lágrimas estériles llorados Serán aquellos días que se fueron Y a juegos vanos tus amigas dieron; Pero a tu bien estable No hay tiempo ni accidente que consuma: Siempre serás feliz, siempre estimable. Eres sabia, y en suma Este bien de la ciencia no perece. Oye cómo esta fábula lo explica, Que mi respeto a tu virtud dedica. Simónides en Asia se enriquece, Cantando a justo precio los loores De algunos generosos vencedores. Este sabio poeta, con deseo De volver a su amada patria Ceo, Se embarca, y en la mar embravecida Fue la mísera nave sumergida. De la gente a las ondas arrojada, Sale quien diestro nada, Y el que nadar no sabe Fluctúa en las reliquias de la nave. Pocos llegan a tierra, afortunados, Con las náufragas tablas abrazados. Todos cuantos el oro recogieron, Con el peso abrumados, perecieron. A Clecémone van. Allí vivía Un varón literato, que leía Las obras de Simónides, de suerte Que al conversar los náufragos, advierte Que Simónides habla, y en su estilo Le conoce; le presta todo asilo De vestidos, criados y dineros; Pero a sus compañeros Les quedó solamente por sufragio Mendigar con la tabla del naufragio. EL PÁJARO HERIDO DE UNA FLECHA Un Pájaro inocente, Herido de una flecha Guarnecida de acero Y de plumas ligeras, Decía en su lenguaje Con amargas querellas: «¡Oh crueles humanos! Más crueles que fieras, Con nuestras propias alas, Que la naturaleza Nos dio, sin otras armas Para propia defensa, Forjáis el instrumento De la desdicha nuestra, Haciendo que inocentes Prestemos la materia. Pero no, no es extraño Que así bárbaros sean Aquellos que en su ruina Trabajan, y no cesan. Los unos y otros fraguan Armas para la guerra, Y es dar contra sus vidas Plumas para las flechas.» EL PARTO DE LOS MONTES Con varios ademanes horrorosos Los montes de parir dieron señales; Consintieron los hombres temerosos Ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos Infundieron pavor a los mortales, Estos montes, que al mundo estremecieron, Un ratoncillo fue lo que parieron. Hay autores que en voces misteriosas Estilo fanfarrón y campanudo Nos anuncian ideas portentosas; Pero suele a menudo Ser el gran parto de su pensamiento, Después de tanto ruido sólo viento. EL PASTOR Salido usaba tañer La zampoña todo el año, Y por oírle el rebaño, Se olvidaba de pacer. Mejor sería romper La zampoña al tal Salicio; Porque si causa perjuicio, En lugar de utilidad, La mayor habilidad, En vez de virtud, es vicio. EL PASTOR Y EL FILÓSOFO De los confusos pueblos apartado, Un anciano Pastor vivió en su choza, En el feliz estado en que se goza Existir ni envidioso ni envidiado. No turbó con cuidados la riqueza A su tranquila vida, Ni la extremada mísera pobreza Fue del dichoso anciano conocida. Empleado en su labor gustosamente Envejeció; sus canas, su experiencia Y su virtud le hicieron, finalmente, Respetable varón, hombre de ciencia. Voló su grande fama por el mundo; Y llevado de nueva tan extraña, Acercóse un Filósofo profundo A la humilde cabaña, Y preguntó al Pastor: «Dime, ¿en qué escuela Te hiciste sabio? ¿Acaso te ocupaste Largas noches leyendo a la candela? ¿A Grecia y Roma sabias observaste? ¿Sócrates refinó tu entendimiento? ¿La ciencia de Platón has tú medido O pesaste de Tulio el gran talento, O tal vez, como Ulises, has corrido Por ignorados pueblos y confusos Observando costumbres, leyes y usos?» «Ni las letras seguí, ni como Ulises (Humildemente respondió el anciano), Discurrí por incógnitos países. Sé que el género humano En la escuela del mundo lisonjero Se instruye en el doblez y la patraña. Con la ciencia que engaña ¿Quién podrá hacerse sabio verdadero? Lo poco que yo sé me lo ha enseñado Naturaleza en fáciles lecciones: Un odio firme al vicio me ha inspirado, Ejemplos de virtud da a mis acciones. Aprendí de la abeja lo industrioso, Y de la hormiga, que en guardar se afana, A pensar en el día de mañana. Mi mastín, el hermoso Y fiel sin semejante, De gratitud y lealtad constante Es el mejor modelo, Y si acierto a copiarle, me consuelo. Si mi nupcial amor lecciones toma, Las encuentra en la cándida paloma. La gallina a sus pollos abrigando Con sus piadosas alas como madre, Y las sencillas aves aun volando, Me prestan reglas para ser buen padre. Sabia naturaleza, mi maestra, Lo malo y lo ridículo me muestra Para hacérmelo odioso. Jamás hablo a las gentes Con aire grave, tono jactancioso, Pues saben los prudentes Que, lejos de ser sabio el que así hable, Será un búho solemne, despreciable. Un hablar moderado, Un silencio oportuno En mis conversaciones he guardado. El hablador molesto e importuno Es digno de desprecio. Quien escuche a la urraca será un necio. A los que usan la fuerza y el engaño Para el ajeno daño, Y usurpan a los otros su derecho, Los debe aborrecer un noble pecho. Únanse con los lobos en la caza, Con milanos y halcones, Con la maldita serpentina raza, Caterva de carnívoros ladrones. Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados Ni aún merecen tener esos aliados. No hay dañino animal tan peligroso Como el usurpador y el envidioso. Por último, en el libro interminable De la naturaleza yo medito; En todo lo creado es admirable: Del ente más sencillo y pequeñito Una contemplación profunda alcanza Los más preciosos frutos de enseñanza.» «Tu virtud acredita, buen anciano (El Filósofo exclama), Tu ciencia verdadera y justa fama. Vierte el género humano En sus libros y escuelas sus errores; En preceptos mejores Nos da naturaleza su doctrina. Así quien sus verdades examina Con la meditación y la experiencia, Llegará a conocer virtud y ciencia.» EL PERRO Y EL COCODRILO Bebiendo un Perro en el Nilo, Al mismo tiempo corría. «Bebe quieto», le decía Un taimado Cocodrilo. Díjole el Perro prudente: «Dañoso es beber y andar; Pero ¿es sano el aguardar A que me claves el diente?» ¡Oh qué docto Perro viejo! Yo venero su sentir En esto de no seguir Del enemigo el consejo. EL PESCADOR Y EL PEZ Recoge un Pescador su red tendida, Y saca un pececillo. «Por tu vida, Exclamó el inocente prisionero, Dame la libertad: sólo la quiero, Mira que no te engaño, Porque ahora soy ruín; dentro de un año Sin duda lograrás el gran consuelo De pescarme más grande que mi abuelo. ¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto? Sólo por otro tanto A un hermanito mío Un Señor pescador lo tiró al río.» «¿Por otro tanto al río? ¡qué manía! Replicó el pescador: ¿pues no sabía Que el refrán castellano Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...! A sartén te condeno; que mi panza No se llena jamás con la esperanza.» EL POETA Y LA ROSA Una fresca mañana, En el florido campo Un Poeta buscaba Las delicias de mayo. Al peso de las flores Se inclinaban los ramos, Como para ofrecerse Al huésped solitario. Una Rosa lozana, Movida al aire blando, Le llama, y él se acerca; La toma, y dice ufano: «Quiero, Rosa, que vayas No más que por un rato A que la hermosa Clori Te reciba en su mano. Mas no, no, pobrecita; Que si vas a su lado, Tendrás de su hermosura Unos celos amargos. Tu suave fragancia, Tu color delicado, El verdor de tus hojas Y tus pimpollos caros Entre estas florecillas Pueden ser alabados; Mas junto a Clori bella, Es locura pensarlo. Marchita, cabizbaja, Te irías deshojando, Hasta parar tu vida En un desnudo cabo.» La Rosa, que hasta entonces No despegó sus labios, Le dijo, resentida: «Poeta chabacano, Cuando a un héroe quieras Coronar con el lauro, Del jardín de sus hechos Has de cortar los ramos. Por labrar su corona, No es justo que tus manos Desnuden otras sienes Que la virtud y el mérito adornaron.» EL RAPOSO ENFERMO El tiempo, que consume de hora en hora Los fuertes murallones elevados, Y lo mismo devora Montes agigantados, A un Raposo quitó de día en día Dientes, fuerza, valor, salud; de suerte Que él mismo conocía Que se hallaba en las garras de la muerte. Cercado de parientes y de amigos, Dijo en trémula voz y lastimera: «i Oh vosotros, testigos De mi hora postrera, Atentos escuchad un desengaño! Mis ya pasadas culpas me atormentan, Ahora, conjuradas en mi daño, ¿No veis cómo a mi lado se presentan? Mirad, mirad los gansos inocentes Con su sangre teñidos, Y los pavos en partes diferentes, Al furor de mis garras, divididos. Apartad esas aves que aquí veo, Y me piden sus pollos devorados: Su infernal cacareo Me tiene los oídos penetrados.» Los raposos le afirman con tristeza, No sin lamerse labios y narices: «Tienes debilitada la cabeza; Ni una pluma se ve de cuanto dices. Y bien lo puedes creer, que si se viese...» «¡Oh glotones! callad; ya, ya os entiendo, El enfermo exclamó; ¡si yo pudiese Corregir las costumbres cual pretendo! ¿No sentís que los gustos, Si son contra la paz de la conciencia, Se cambian en disgustos? Tengo de esta verdad gran experiencia. Expuestos a las trampas y a los perros, Matáis y perseguís a todo trapo, En la aldea gallinas, y en los cerros Los inocentes lomos del gazapo. Moderad, hijos míos, las pasiones; Observad vida quieta y arreglada, Y con buenas acciones Ganaréis opinión muy estimada.» «Aunque nos convirtamos en corderos, Le respondió un oyente sentencioso, Otros han de robar los gallineros A costa de la fama del Raposo. Jamás se cobra la opinión perdida: Esto es lo uno. A más, ¿usted pretende Que mudemos de vida? Quien malas mañas ha... ya usted me entiende.» «Sin embargo, hermanito, crea, crea... El enfermo le dijo. Mas ¡qué siento!... ¿No oís que una gallina cacarea? Esto sí que no es cuento.» Adiós, sermón; escápase la gente. El enfermo orador esfuerza el grito: «¿Os vais, hermanos? Pues tened presente Que no me haría daño algún pollito.» EL RAPOSO Y EL LOBO Un triste Raposo Por medio del llano Marchaba sin piernas, Cual otro soldado Que perdió las suyas Allá en Campo Santo. Un Lobo le dijo: «Hola, buen hermano, Diga, ¿en qué refriega Quedó tan lisiado?» «¡Ay de mí! responde; Un maldito rastro Me llevó a una trampa, Donde por milagro, Dejando una pierna, Salí con trabajo. Después de algún tiempo Iba yo cazando, Y en la trampa misma Dejé pierna y rabo.» El Lobo le dice: «Creíble es el caso. Yo estoy tuerto, cojo Y desorejado Por ciertos mastines, Guardas de un rebaño. Soy de estas montañas El Lobo decano; Y como conozco Las mañas de entrambos, Temo que acabemos, No digo enmendados, Sino tú en la trampa, Y yo en el rebaño.» ¡Que el ciego apetito Pueda arrastrar tanto! A los brutos pase. ¡Pero a los humanos!... EL RAPOSO Y EL PERRO De un modo muy afable y amistoso El Mastín de un pastor con un Raposo Se solía juntar algunos ratos, Como tal vez los perros y los gatos Con amistad se tratan. Cierto día El Zorro a su compadre le decía: «Estoy muy irritado; Los hombres por el mundo han divulgado Que mi raza inocente (¡qué injusticia!) Les anda circumcirca en la malicia. ¡Ah maldita canalla! Si yo pudiera...» En esto el Zorro calla, Y erizado se agacha. «Soy perdido, Dice, los cazadores he oído. ¿Qué me sucede?» «Nada. No temas, le responde el camarada; Son las gentes que pasan al mercado. Mira, mira, cuitado, Marchar haldas en cinta a mis vecinas, Coronadas con cestas de gallinas.» «No estoy, dijo el Raposo, para fiestas: Vete con tus gallinas y tus cestas, Y satiriza a otro. Porque sabes Que robaron anoche algunas aves, ¿He de ser yo el ladrón?» «En mi conciencia, Que hablé, dijo el Mastín, con inocencia. ¿Yo pensar que has robado gallinero, Cuando siempre te vi como un cordero?» «¡Cordero! exclama el Zorro; no hay aguante. Que cordero me vuelva en el instante, Si he hurtado el que falta en tu majada.» «¡Hola! concluye el Perro, Camarada, El ladrón es usted, según se explica» El estuche molar al punto aplica Al mísero Raposo, Para que así escarmiente el cosquilloso, Que de las fabuliilas se resiente. Si no estás inocente, Dime, ¿por qué no bajas las orejas? Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas? EL RAPOSO, LA MUJER Y EL GALLO Con la orejas gachas Y la cola entre piernas, Se llevaba un Raposo Un Gallo de la aldea. Muchas gracias al alba, Que pudo ver la fiesta, Al salir de su casa Juana la madruguera. Como una loca grita: «Vecinos, que le lleva; Que es el mío, vecinos.» Oye el Gallo las quejas, Y le dice al Raposo: «Dila que no nos mienta, Que soy tuyo y muy tuyo.» Volviendo la cabeza, La responde el Raposo: «Oyes, gran embustera, No es tuyo, sino mío; Él mismo lo confiesa.» Mientras esto decía, El Gallo libre vuela, Y en la copa de un árbol Canta que se las pela. El Raposo burlado Huyó; ¡quién lo creyera! Yo, pues a más de cuatro, Muy zorros en sus tretas, Por hablar a destiempo, Los vi perder la presa. EL RATÓN DE LA CORTE Y EL DEL CAMPO Un Ratón cortesano Convidó con un modo muy urbano A un Ratón campesino. Diole gordo tocino, Queso fresco de Holanda, Y una despensa llena de vianda Era su alojamiento, Pues no pudiera haber un aposento Tan magníficamente preparado, Aunque fuese en Ratópolis buscado Con el mayor esmero, Para alojar a Roepan primero. Sus sentidos allí se recreaban; Las paredes y techos adornaban, Entre mil ratonescas golosinas, Salchichones, perniles y cecinas. Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso! De pernil en pernil, de queso en queso. En esta situación tan lisonjera Llega la Despensera. Oyen el ruido, corren, se agazapan, Pierden el tino, mas al fin se escapan Atropelladamente Por cierto pasadizo abierto a diente. «¡Esto tenemos! dijo el campesino; Reniego yo del queso, del tocino Y de quien busca gustos Entre los sobresaltos y los sustos» Volvióse a su campaña en el instante Y estimó mucho más de allí adelante, Sin zozobra, temor ni pesadumbres, Su casita de tierra y sus legumbres. EL RUISEÑOR Y EL MOCHUELO Una noche de Mayo, Dentro de un bosque espeso, Donde, según reinaba La triste oscuridad con el silencio, Parece que tenía Su habitación Morfeo; Cuando todo viviente Disfrutaba de dulce y blando sueño, Pendiente de una rama Un Ruiseñor parlero Empezó con sus ayes A publicar sus dolorosos celos. Después de mil querellas, Que llegaron al cielo, A cantar empezaba La antigua historia del infiel Tereo Cuando, sin saber cómo, Un cazador mochuelo Al músico arrebata Entre las corvas uñas prisionero. Jamás Pan con la flauta Igualó sus gorjeos, Ni resonó tan grata La dulce lira del divino Orfeo; No obstante, cuando daba Sus últimos lamentos, Los vecinos del bosque Aplaudían su muerte; yo lo creo. Si con sus serenatas El mismo Farinelo Viniese a despertarme Mientras que yo dormía en blando lecho, En lugar de los bravos Diría: «Caballero, ¡Que no viniese ahora Para tal ruiseñor algún mochuelo!» Clori tiene mil gracias ¿Y gué logra con eso? Hacerse fastidiosa Por no querer usarlas a su tiempo. EL TORDO FLAUTISTA Era un gusto el oír, era un encanto, A un Tordo gran flautista; pero tanto, Que en la gaita gallega, O la pasión me ciega, O a Misón le llevaba mil ventajas. Cuando todas las aves se hacen rajas Saludando a la aurora, Y la turba confusa charladora La canta sin compás y con destreza Todo cuanto la viene a la cabeza, El flautista empezó: cesó el concierto Los pájaros con tanto pico abierto Oyeron en un tono soberano Las folias, la gaita y el villano. Al escuchar las aves tales cosas, Quedaron admiradas y envidiosas. Los jilgueros, preciados de cantores, Los vanos ruiseñores, Unos y otros corridos, Callan, entre las hojas escondidos. Ufano el Tordo grita: «Camaradas, Ni saben ni sabrán estas tonadas Los pájaros ociosos, Sino los retirados estudiosos. Sabed que con un hábil zapatero Estudié un año entero: Él dale que le das a sus zapatos, Y altemando, silbábamos a ratos. En fin, viéndome diestro, Vuela al campo, me dice mi maestro, Y harás ver a las aves, de mi parte, Lo que gana el ingenio con el arte». EL TORRENTE Y EL RÍO Despeñado un Torrente De un encumbrado cerro Caía en una peña, Y atronaba el recinto con su estruendo. Seguido de ladrones Un triste pasajero, Despreciando el ruido, Atravesó el raudal sin desaliento; Que es común en los hombres Poseídos del miedo, Para salvar la vida, Exponerla tal vez a mayor riesgo. Llegaron los bandidos, Practicaron lo mesmo Que antes el caminante, Y fueron en su alcance y seguimiento. Encontró el miserable De allí a muy poco trecho Un Río caudaloso, Que corría apacible y con silencio. Con tan buenas señales, Y el próspero suceso Del raudal bullicioso, Determinó vadearle sin recelo; Mas apenas dio un paso Pagó su desacuerdo, Quedando sepultado En las aleves aguas sin remedio. Temamos los peligros De designios secretos; Que el ruidoso aparato Si no se desvanece, anuncia el riesgo. EL VIEJO Y EL CHALÁN «Fabio está, no lo niego, muy notado De una cierta pasión, que le domina; Mas ¿qué importa, señor? Si se examina, Se verá que es un mozo muy honrado, Generoso, cortés, hábil, activo, Y que de todo entiende Cuanto pide el empleo que pretende.» «Y qué, ¿no se le dan?... ¿Por qué motivo?...» Trataba un Viejo de comprar un perro Para que le guardase los doblones; Le decía el Chalán estas razones: «Con un collar de hierro Que tenga el animal, échenle gente: Es hermoso, pujante, Leal, bravo, arrogante; Y aunque tiene la falta solamente De ser algo goloso...» «¿Goloso? dice el rico; no le quiero» «No es para marmitón ni despensero, Continúa el Chalán muy presuroso; Sino para valiente centinela.» «Menos, concluye el Viejo; Dejará que me quiten el pellejo Por lamer entre tanto la cazuela.» EL VIEJO Y LA MUERTE Entre montes, por áspero camino, Tropezando con una y otra peña, Iba un Vejo cargado con su leña, maldiciendo su mísero destino. Al fin cayó, y viéndose de suerte Que apenas levantarse ya podía, Llamaba con colérica porfía Una, dos y tres veces a la Muerte. Armada de guadaña, en esqueleto, La Parca se le ofrece en aquel punto; Pero el Viejo, temiendo ser difunto, Lleno más de terror que de respeto, Trémulo la decía y balbuciente: «Yo ... señora... os llamé desesperado; Pero... «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?» «Que me cargues la leña solamente.» Tenga paciencia quien se cree infelice; Que aun en la situación más lamentable Es la vida del hombre siempre amable: El Viejo de la leña nos lo dice. EL ZAGAL Y LAS OVEJAS Apacentando un joven su ganado, Gritó desde la cima de un collado: «¡Favor! que viene el lobo, labradores.» Éstos, abandonando sus labores, Acuden prontamente, Y hallan que es una chanza solamente. Vuelve a clamar, y temen la desgracia; Segunda vez los burla. ¡Linda gracia! Pero ¿qué sucedió la vez tercera? Que vino en realidad la hambrienta fiera. Entonces el Zagal se desgañita, Y por más que patea, llora y grita, No se mueve la gente escarmentada, Y el lobo le devora la manada. ¡Cuántas veces resulta de un engaño, Contra el engañador el mayor daño! EL ZAPATERO MÉDICO Un inhábil y hambriento Zapatero En la corte por médico corría: Con un contraveneno que fingía Ganó fama y dinero. Estaba el Rey postrado en una cama, De una grave dolencia; Para hacer experiencia Del talento del médico, le llama. El antídoto pide, y en un vaso Finge el Rey que le mezcla con veneno: Se lo manda beber; el tal Galeno Teme morir, confiesa todo el caso, Y dice que sin ciencia Logró hacerse doctor de grande precio Por la credulidad del vulgo necio. Convoca el Rey al pueblo. «¡Qué demencia Es la vuestra, exclamó, que habéis fiado La salud francamente De un hombre a quien la gente Ni aun quería fiarle su calzado!» Esto para los crédulos se cuenta, En quienes tiene el charlatán su renta. ESOPO Y UN ATENIENSE Cercado de muchachos Y jugando a las nueces, Estaba el viejo Esopo Más que todos alegre. «¡Ah pobre! ya chochea», Le dijo un Ateniense. En respuesta, el anciano Coge un arco que tiene La cuerda floja, y dice: «Ea, si es que lo entiendes, Dime, ¿qué significa El arco de esta suerte?» Lo examina el de Atenas, Piensa, cavila, vuelve, Y se fatiga en vano Pues que no lo comprende. El frigio victorioso Le dijo: «Amigo, advierte Que romperás el arco Si está tirante siempre; Si flojo, ha de servirte Cuando tú lo quisieres.» Si al ánimo estudioso Algún recreo dieren, Volverá a sus tareas Mucho más útilmente. JÚPITER Y LA TORTUGA A las bodas de Júpiter estaban Todos los animales convidados: Unos y otros llegaban A la fiesta nupcial apresurados. No faltaba a tan grande concurrencia Ni aun la reptil y más lejana oruga, Cuando llega muy tarde y con paciencia, A paso perezoso, la Tortuga. Su tardanza reprende el dios airado, Y ella le respondió sencillamente: «Si es mi casita mi retiro amado, ¿Cómo podré dejarla prontamente?» Por tal disculpa Júpiter tonante, Olvidando el indulto de las fiestas, La ley del caracol le echó al instante, Que es andar con la casa siempre a cuestas. Gentes machuchas hay que hacen alarde De que aman su retiro con exceso; Pero a su obligación acuden tarde: Viven como el ratón dentro del queso. |
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