|
FABULAS-22 FÉLIX MARÍA SAMANIEGO-3- |
![]() |
LA ÁGUILA,
LA CORNEJA Y LA TORTUGA LA ÁGUILA, LA CORNEJA Y LA TORTUGA A una Tortuga una Águila arrebata; La ladrona se apura y desbarata Por hacerla pedazos, Ya que no con la garra, a picotazos. Viéndola una Corneja en tal,faena, La dice: «En vano tomas tanta pena: ¿No ves que es la Tortuga, cuya casa Diente, cuerno ni pico la traspasa, Y si siente que llaman a su puerta, Se finge la dormida, sorda o muerta?» «Pues ¿qué he de hacer?» «Remontarás tu vuelo, Y en mirándote allá cerca del cielo La dejarás caer sobre un peñasco, Y se hará una tortilla el duro casco.» La Águila, porque diestra lo ejecuta, Y la Comeja astuta, Por autora de aquella maravilla, juntamente comieron la tortilla. ¿Qué podrá resistirse a un poderoso Guiado de un consejo malicioso? De estos tales se aparta el que es prudente; Y así por escaparse de esta gente Las descendientes de la tal Tortuga A cuevas ignoradas hacen fuga. LA ÁGUILA, LA GATA Y LA JABALINA Una Águila anidó sobre una encina. Al pie criaba cierta Jabalina, Y era un hueco del tronco corpulento De una Gata y sus crías aposento. Esta gran marrullera Sube al nido del Águila altanera, Y con fingidas lágrimas la dice: «¡Ay mísera de mí! ¡ay infelice! Este si que es trabajo: La vecina que habita el cuarto bajo, Como tú misma ves, el día pasa Hozando los cimientos de la casa. La amainará, y en viendo la traidora Por tierra a nuestros hijos, los devora.» Después que dejó al Águila asustada, A la cueva se baja de callada, Y dice a la cerdosa: «Buena amiga, Has de saber que la Águila enemiga, Cuando saques tus crías hacia el monte, Las ha de devorar; así disponte.» La Gata, aparentando que temía, Se retiró a su cuarto, y no salía Sino de noche, que con maña astuta Abastecía su pequeña gruta. La Jabalina, con tan triste nueva, No salió de su cueva. La Águila, en el ramaje temerosa Haciendo centinela, no reposa. En fin, a ambas familias la hambre mata, Y de ellas hizo víveres la Gata. Jóvenes, ojo alerta, gran cuidado; Que un chismoso en amigo disfrazado Con copa de amistad cubre sus trazas, Y así causan el mal sus añagazas. LA ALFORJA En una Alforja al hombro Llevo los vicios: Los ajenos delante, Detrás los míos. Esto hacen todos; Así ven los ajenos, Mas no los propios. LA CIERVA Y EL CERVATO A una Cierva decía Su tierno Cervatillo: «Madre mía, ¡Es posible que un perro solamente Al bosque te haga huir cobardemente, Siendo él mucho menor, menos pujante! ¿Por qué no has de ser tú más arrogante?» «Todo es cierto, hijo mío; Y cuando así lo pienso, desafío A mis solas a veinte perros juntos. Figúrome luchando, y que difuntos Dejo a los unos; que otros, falleciendo, Pisándose las tripas, van huyendo En vano de la muerte, Y a todos venzo de gallarda suerte; Mas si embebida en este pensamiento, A un perro ladrar siento, Escapo más ligera que un venablo, Y mi victoria se la lleva el diablo.» A quien no sea de ánimo esforzado No armarlo de soldado, Pues por más que, al mirarse la armadura, Piense, en tiempo de paz, que su bravura Herirá, matará cuanto acometa, En oyendo en campaña la trompeta, Hará lo que la Corza de la historia, Mas que el diablo se lleve la victoria. LA CIERVA Y EL LEÓN Más ligera que el viento, Precipitada huía Una inocente Cierva, De un cazador seguida. En una oscura gruta, Entre espesas encinas, Atropelladamente Entró la fugitiva. Mas ¡ay! que un León sañudo, Que allí mismo tenía Su albergue, y era susto De la selva vecina, Cogiendo entre sus garras A la res fugitiva, Dio con cruel fiereza Fin sangriento a su vida. Si al evitar los riesgos La razón no nos guía, Por huir de un tropiezo, Damos mortal caída. LA CIERVA Y LA VIÑA Huyendo de enemigos cazadores Una Cierva ligera; Siente ya fatigada en la carrera Más cercanos los perros y ojeadores. No viendo la infeliz algún seguro Y vecino paraje De gruta o de ramaje, Crece su timidez, crece su apuro. Al fin, sacando fuerzas de flaqueza, Continúa la fuga presurosa; Halla al paso una Viña muy frondosa, Y en lo espeso se oculta con presteza. Cambia el susto y pesar en alegría, Viéndose a paz y a salvo en tan buen hora. Olvida el bien, y de su defensora Los frescos verdes pámpanos comía. Mas ¡ay! que de esta suerte, Quitando ella las hojas de delante, Abrió puerta a la flecha penetrante, Y el listo Cazador la dio la muerte. Castigó con la pena merecida El justo cielo a la cierva ingrata. Mas ¿qué puede esperar el que maltrata Al mismo que le está dando la vida? LA CIGARRA Y LA HORMIGA Cantando la Cigarra pasó el verano entero, sin hacer provisiones allá para el invierno; los fríos la obligaron a guardar el silencio y a acogerse al abrigo de su estrecho aposento. Viose desproveída del precioso sustento: sin mosca, sin gusano, sin trigo, sin centeno. Habitaba la Hormiga allí tabique en medio, y con mil expresiones de atención y respeto la dijo: «Doña Hormiga, pues que en vuestro granero sobran las provisiones para vuestro alimento, prestad alguna cosa con que viva este invierno esta triste cigarra, que alegre en otro tiempo, nunca conoció el daño, nunca supo temerlo. No dudéis en prestarme; que fielmente prometo pagaros con ganancias, por el nombre que tengo.» La codiciosa hormiga respondió con denuedo, ocultando a la espalda las llaves del granero: «¡Yo prestar lo que gano con un trabajo inmenso! Dime, pues, holgazana, ¿qué has hecho en el buen tiempo?» «Yo, dijo la Cigarra, a todo pasajero cantaba alegremente, sin cesar ni un momento.» «¡Hola! ¿conque cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila, pese a tu cuerpo. LA CODORNIZ Presa en estrecho lazo la Codorniz sencilla, daba quejas al aire, ya tarde arrepentida. «¡Ay de mí miserable infeliz avecilla, que antes cantaba libre, y ya lloro cautiva! Perdí mi nido amado, perdí en él mis delicias, al fin perdilo todo, pues que perdí la vida. ¿Por qué desgracia tanta? ¿Por qué tanta desdicha? ¡Por un grano de trigo! ¡oh cara golosina!» El apetito ciego ¡a cuántos precipita, que por lograr un nada, un todo sacrifican! LA COMADREJA Y LOS RATONES Débil y flaca cierta Comadreja, No pudiendo ya más, de puro vieja, Ni cazaba ni hacía provisiones De abundantes Ratones, Como en tiempos pasados, Que elegía los tiernos, regalados, Para cubrir su mesa. Sólo de tarde en tarde hacía presa En tal cual que pasaba muy cercano, Gotoso, paralítico o anciano. Obligada del hambre cierto día, Urdió el modo mejor con que saldría De aquella pobre situación hambrienta, Pues la necesidad todo lo inventa. Esta vieja taimada Métese entre la harina amontonada. Alerta y con cautela, Cual suele en la garita el centinela, Espera ansiosa su feliz momento Para la ejecución del pensamiento. Llega el Ratón sin conocer su ruina Y mete el hociquillo entre la harina; Entonces ella le echa de repente La garra al cuello, y al hocico el diente. Con este nuevo ardid tan oportuno Se los iba embuchando de uno en uno, Y a merced de discurso tan extraño, Logró sacar su tripa de mal año. Es feliz un ingenio interesante: Él nos ayuda, si el poder nos deja; Y al ver lo que pasó a la Comadreja, ¿Quién no aguzará el suyo en adelante? LA DANZA PASTORIL A la sombra que ofrece Un gran peñón tajado, Por cuyo pie corría Un arroyuelo manso, Se formaba en estío Un delicioso prado. Los árboles silvestres Aquí y allí plantados, El suelo siempre verde, De mil flores sembrado, Más agradable hacían El lugar solitario. Contento en él pasaba La siesta, recostado . Debajo de una encina, Con el albogue, Bato. Al son de sus tonadas, Los pastores cercanos, Sin olvidar algunos La guarda del ganado, Descendían ligeros Desde la sierra al llano. Las honestas zagalas, Según iban llegando, Bailaban lindamente, Asidas de las manos, En tomo de la encina Donde tocaba Bato. De las espesas ramas Se veía colgando Una guirnalda bella De rosas y amaranto. La fiesta presidía Un mayoral anciano; Y ya que el regocijo Bastó para descanso, Antes que se volviesen Alegres al rebaño, El viejo presidente Con su corvo cayado Alcanzó la guimalda Que pendía del árbol, Y coronó con ella Los cabellos dorados De la gentil zagala Que con sencillo agrado Supo ganar a todas En modestia y recato. Si la virtud premiaran Así los cortesanos, Yo sé que no huiría Desde la corte al campo. LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO Érase una Gallina que ponía Un huevo de oro al dueño cada día. Aun con tanta ganancia mal contento, Quiso el rico avariento Descubrir de una vez la mina de oro, Y hallar en menos tiempo más tesoro. Matóla, abrióla el vientre de contado; Pero, después de haberla registrado, ¿Qué sucedió? que muerta la Gallina, Perdió su huevo de oro y no halló mina. ¡Cuántos hay que teniendo lo bastante Enriquecerse quieren al instante, Abrazando proyectos A veces de tan rápidos efectos Que sólo en pocos meses, Cuando se contemplaban ya marqueses, Contando sus millones Se vieron en la calle sin calzones. LA GATA CON CASCABELES Salió cierta mañana Zapaquilda al tejado Con un collar de grana, De pelo y cascabeles adornado. Al ver tal maravilla, Del alto corredor y la guardilla Van saltando los gatos de uno en uno. Congrégase al instante Tal concurso gatuno En tomo de la dama rozagante, Que entre flexibles colas arboladas Apenas divisarla se podía. Ella con mil monadas El cascabel parlero sacudía; Pero cesando al fin el sonsonete, Dijo que por juguete Quitó el collar al perro su señora, Y se lo puso a ella. Cierto que Zapaquilda estaba bella. A todos enamora, Tanto, que en la gatesca compañía Cuál dice su atrevido pensamiento Cuál se encrespa celoso; Riñen éste y aquél con ardimiento, Pues con ansia quería Cada gato soltero ser su esposo. Entre los arañazos y maullidos Levántase Garraf gato prudente, Y a los enfurecidos Les grita: «Novel gente, ¡Gata con cascabeles por esposa! ¿Quién pretende tal cosa? ¿No veis que el cascabel la caza ahuyenta Y que la dama hambrienta Necesita sin duda que el marido, Ausente y aburrido, Busque la provisión en los desvanes, Mientras ella, cercada de galanes, Porque el mundo la vea, De tejado en tejado se pasea?» Marchóse Zapaquilda convencida, Y lo mismo quedó la concurrencia. ¡Cuántos chascos se llevan en la vida Los que no miran más que la apariencia! LA GATA MUJER Zapaquilda la bella Era gata doncella, Muy recatada, no menos hermosa. Queríala su dueño por esposa, Si Venus consintiese, Y en mujer a la Gata convirtiese. De agradable manera Vino en ello la diosa placentera, Y ved a Zapaquilda en un instante Hecha moza gallarda, rozagante. Celébrase la boda; Estaba ya la sala nupcial toda De un lucido concurso coronada; La novia relamida, almidonada, Junto al novio, galán enamorado; Todo brillantemente preparado, Cuando quiso la diosa Que cerca de la esposa Pasase un ratoncillo de repente. Al punto que le ve, violentamente, A pesar del concurso y de su amante, Salta, corre tras él y échale el guante. Aunque del valle humilde a la alta cumbre Inconstante nos mude la fortuna, La propensión del natural es una En todo estado, y más con la costumbre. LA HACHA Y EL MANGO Un hombre que en el bosque se miraba Con una Hacha sin Mango, suplicaba A los árboles diesen la madera Que más sólida fuera Para hacerle uno fuerte y muy durable. Al punto la arboleda innumerable Le cedió el acebuche; y él, contento, Perfeccionando luego su instrumento, De rama en rama va cortando a gusto Del alto roble el brazo más robusto. Ya los árboles todos recorría, Y mientras los mejores elegía, Dijo la triste encina al fresno: «Amigo: Infeliz del que ayuda a su enemigo» LA HERMOSA Y EL ESPEJO Anarda la bella Tenía un amigo Con quien consultaba Todos sus caprichos: Colores de moda, Más o menos vivos, Plumas, sombrerete, Lunares y rizos Jamás en su adorno Fueron admitidos, Si él no la decía: Gracioso, bonito. Cuando su hermosura, Llena de atractivo, En sus verdes años Tenía más brillo, Traidoras la roban (Ni acierto a decirlo) Las negras viruelas Sus gracias y hechizos. Llegóse al Espejo: Éste era su amigo; Y como se jacta De fiel y sencillo, Lisa y llanamente La verdad la dijo. Anarda, furiosa; Casi sin sentido, Le vuelve la espalda, Dando mil quejidos. Desde aquel instante Cuentan que no quiso Volver a consultas Con el señor mío. «Escúchame, Ánarda: Si buscas amigos Que te representen Tus gracias y hechizos, Mas que no te adviertan Defectos y aún vicios, De aquellos que nadie Conoce en sí mismo, Dime, ¿de qué modo Podrás corregirlos?» LA LECHERA Llevaba en la cabeza Una Lechera el cántaro al mercado Con aquella presteza, Aquel aire sencillo, aquel agrado, Que va diciendo a todo el que lo advierte «¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!» Porque no apetecía Más compañía que su pensamiento, Que alegre la ofrecía Inocentes ideas de contento, Marchaba sola la feliz Lechera, Y decía entre sí de esta manera: «Esta leche vendida, En limpio me dará tanto dinero, Y con esta partida Un canasto de huevos comprar quiero, Para sacar cien pollos, que al estío Me rodeen cantando el pío, pío. Del importe logrado De tanto pollo mercaré un cochino; Con bellota, salvado, Berza, castaña engordará sin tino, Tanto, que puede ser que yo consiga Ver cómo se le arrastra la barriga. Llevarélo al mercado, Sacaré de él sin duda buen dinero; Compraré de contado Una robusta vaca y un temero, Que salte y corra toda la campaña, Hasta el monte cercano a la cabaña.» Con este pensamiento Enajenada, brinca de manera, Que a su salto violento El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera! ¡Qué compasión! Adiós leche, dinero, Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero. ¡Oh loca fantasía! ¡Qué palacios fabricas en el viento! Modera tu alegría No sea que saltando de contento, Al contemplar dichosa tu mudanza, Quiebre su cantando la esperanza. No seas ambiciosa De mejor o más próspera fortuna, Que vivirás ansiosa Sin que pueda saciarte cosa alguna. No anheles impaciente el bien futuro; Mira que ni el presente está seguro. LA LEONA Y EL OSO Dentro de un bosque oscuro y silencioso, Con un rugir continuo y espantoso, Que en medio de la noche resonaba, Una Leona a las fieras inquietaba. Dícela un Oso: «Escúchame una cosa: ¿Qué tragedia horrorosa O qué sangrienta guerra, Qué rayos o qué plagas a la tierra Anuncia tu clamor desesperado, En el nombre de Júpiter airado?» «¡Ah! mayor causa tienen mis rugidos. Yo, la más infeliz de los nacidos, ¿Cómo no moriré desesperada, Si me han robado el hijo, ¡ay desdichada!» «¡Hola! ¿Con que, eso es todo? Pues si se lamentasen de ese modo Las madres de los muchos que devoras, Buena música hubiera a todas horas. Vaya, vaya, consuélate como ellas; No nos quiten el sueño tus querellas.» A desdichas y males Vivimos condenados los mortales. A cada cual, no obstante, le parece Que de esta ley una excepción merece. Así nos conformamos con la pena, No cuando es propia, sí cuando es ajena. LA MARIPOSA Y EL CARACOL Aunque te haya elevado la fortuna Desde el polvo a los cuernos de la luna, Si hablas, Fabio, al humilde con desprecio Tanto como eres grande serás necio. ¡Qué! ¿Te irritas? ¿Te ofende mi lenguaje? «No se habla de ese modo a un personaje.» Pues haz cuenta, señor, que no me oíste, Y escucha a un Caracol. Vaya de chiste En un bello jardín, cierta mañana, Se puso muy ufana Sobre la blanca rosa Una recién nacida Mariposa. El sol resplandeciente Desde su claro oriente Los rayos esparcía; Ella, a su luz, las alas extendía, Sólo porque envidiasen sus colores Manchadas aves y pintadas flores. Esta vana, preciada de belleza, Al volver la cabeza, Vio muy cerca de sí, sobre una rama, A un pardo Caracol. La bella dama, Irritada, exclamó: «¿Cómo, grosero, A mi lado te acercas? Jardinero, ¿De qué sirve que tengas con cuidado El jardín cultivado, Y guarde tu desvelo La rica fruta del rigor del hielo, Y los tiernos botones de las plantas, Si ensucia y come todo cuanto plantas Este vil Caracol de baja esfera? O mátale al instante, o vaya fuera.» «Quien ahora te oyese, Si no te conociese, Respondió el Caracol, en mi conciencia, Que pudiera temblar en tu presencia. Mas dime, miserable criatura, Que acabas de salir de la basura, ¿Puedes negar que aún no hace cuatro días Que gustosa solías Como humilde reptil andar conmigo, Y yo te hacía honor en ser tu amigo? ¿No es también evidente Que eres por línea recta descendiente De las orugas, pobres hilanderos, Que, mirándose en cueros, De sus tripas hilaban y tejían Un fardo, en que el invierno se metían, Como tú te has metido, Y aún no hace cuatro días que has salido? Pues si éste fue tu origen y tu casa; ¿Por qué tu ventolera se propasa A despreciar a un caracol honrado?» El que tiene de vidrio su tejado, Esto logra de bueno Con tirar las pedradas al ajeno. LA MODA Después de haber corrido Cierto danzante mono Por cantones y plazas, De ciudad en ciudad, el mundo todo, Logró, dice la historia, Aunque no cuenta el cómo, Volverse libremente A los campos del África orgulloso. Los monos al viajero Reciben con más gozo Que a Pedro el zar los rusos, Que los griegos a Ulises generoso. De leyes, de costumbres, Ni él habló ni algún otro Le preguntó palabra; Pero de trajes y de modas todos. En cierta jerigonza, Con extranjero tono Les hizo un gran detalle De lo más remarcable a los curiosos. «Empecemos, decían, Aunque sea por poco.» Hiciéronse zapatos Con cáscaras de nueces, por lo pronto; Toda la raza mona Andaba con sus choclos, Y el no traerlos era Faltar a la decencia y al decoro. Un leopardo hambriento Trepa para los monos: Ellos huir intentan A salvarse en los árboles del soto. Las chinelas lo estorban, Y de muy fácil modo Aquí y allí mataba, Haciendo a su placer dos mil destrozos. En Tetuán, desde entonces manda el senado docto Que cualquier uso o moda, De países cercanos o remotos, Antes que llegue el caso De adoptarse en el propio, Haya de examinarse, En junta de políticos, a fondo Con tan justo decreto Y el suceso horroroso, ¿Dejaron tales modas? Primero dejarían de ser monos. LA MONA Subió una Mona a un nogal. Y cogiendo una nuez verde, En la cáscara la muerde; Con que la supo muy mal. Arrojóla el animal, Y se quedó sin comer. Así suele suceder A quien su empresa abandona. Porque halla, como la mona, Al principio qué vencer. LA MONA CORRIDA - El autor a sus versos - Fieras, aves y peces Corren, vuelan y nadan, Porque Júpiter sumo A general congreso a todos llama. Con sus hijos se acercan, Y es que un premio señala Para aquel cuya prole En hermosura lleve la ventaja. El alto regio trono La multitud cercaba, Cuando en la concurrencia Se sentía decir: la Mona falta. «Ya llega», dijo entonces Una habladora urraca, Que, como centinela, En la alta punta de un ciprés estaba. Entra rompiendo filas, Con su cachorro ufana, Y ante el excelso trono El premio pide de hermosura tanta. El dios Júpiter quiso, Al ver tan fea traza, Disimular la risa, Pero se le soltó la carcajada. Armóse en el concurso Tal burla y algazara, Que corrida la Mona, A Tetuán se volvió desengañada. ¿Es creíble, señores, Que yo mismo pensara En consagrar a Apolo Mis versos, como dignos de su gracia? Cuando, por mi fortuna, Me encontré esta mañana, Continuando mi obrilla, Este cuento moral, esta patraña, Yo dije a mi capote: ¡Con qué chiste, qué gracia Y qué vivos colores El jorobado Esopo me retrata! Mas ya mis producciones Miro con desconfianza, Porque aprendo en la Mona Cuánto el ciego amor propio nos engaña. LA MONA Y LA ZORRA En visita una Mona Con una Zorra estaba cierto día, Y así, ni más ni menos, la decía: «Por mi fe, que tenéis bella persona, Gallardo talle, cara placentera, Airosa en el andar, como vos sola, Y a no ser tan disforme vuestra cola, Seríais en lo hermoso la primera. Escuchad un consejo, Que ha de ser a las dos muy importante Yo os la he de cortar, y lo restante Me lo acomodaré por zagalejo.» «Abrenuncio, la Zorra la responde: Es cosa para mí menos amarga Barrer el suelo con mi cola larga Que verla por pañal bien sé yo dónde.» Por ingenioso que el necesitado Sea para pedir al avariento, Este será de superior talento Para negarse a dar de lo sobrado. LA MUERTE Pensaba en elegir la reina Muerte Un ministro de Estado: Le quería de suerte Que hiciese floreciente su reinado. «El Tabardillo, Gota, Pulmonía Y todas las demás enfermedades, Yo conozco, decía, Que tienen excelentes calidades. Mas ¿qué importa? La Peste, por ejemplo, Un ministro sería sin segundo; Pero ya por inútil la contemplo, Habiendo tanto médico en el mundo. Uno de éstos elijo... Mas no quiero, Que están muy bien premiados sus servicios Sin otra recompensa que el dinero.» Pretendieron la plaza algunos vicios, Alegando en su abono mil razones. Consideró la Reina su importancia, Y después de maduras reflexiones, El empleo ocupó la Intemperancia. LA ONZA Y LOS PASTORES En una trampa una Onza inadvertida Dio mísera caída. Al verla sin defensa, Corrieron a la ofensa Los vecinos Pastores, No valerosos, pero sí traidores. Cada cual por su lado La maltrataba airado, Hasta dejar sus fuerzas desmayadas, Unos a palos, otros a pedradas. Al fin la abandonaron por perdida; Pero viéndola dar muestras de vida, Cierto Pastor, dolido de su suerte, Por evitar su muerte, La arrojó la mitad de su alimento, Con que pudiese recobrar aliento. Llega la noche, témplase la saña; Marchan a descansar a la cabaña Todos, con esperanza muy fundada De hallarla muerta por la madrugada; Mas la fiera entre tanto, Volviendo poco a poco del quebranto, Toma nuevo valor y fuerza nueva; Salta, deja la trampa, va a su cueva, Y al sentirse del todo reforzada, Sale si muy ligera, más airada. Ya destruye ganados, Ya deja los Pastores destrozados; Nada aplaca su cólera violenta, Todo lo tala, en todo se ensangrienta. El buen Pastor, por quien tal vez vivía, Lleno de horror, la vida le pedía. «No serás maltratado, Dijo la Onza, vive descuidado; Que yo sólo persigo a los traidores Que me ofendieron, no a mis bienhechores.» Quien hace agravios tema la venganza; Quien hace bien, al fin el premio alcanza. LA OVEJA Y EL CIERVO Un celemín de trigo Pidió a la Oveja el Ciervo, y la decía: «Si es que usted de mi paga desconfía, A presentar me obligo Un fiador desde luego, Que no dará lugar a tener queja.» «Y ¿quién es éste?», preguntó la Oveja. «Es un lobo abonado, llano y lego.» «¡Un lobo! ya; mas hallo un embarazo: Si no tenéis más fincas que él sus dientes, Y tú los pies para escapar valientes, ¿A quién acudiré, cumplido el plazo?» Si quién es el que pide y sus fiadores, Antes de dar prestado se examina, Será menor, sin otra medicina, La peste de los malos pagadores. LA PALOMA Un pozo pintado vio Una Paloma sedienta: Tiróse a él tan violenta, Que contra la tabla dio. Del golpe, al suelo cayó, Y allí muere de contado. De su apetito guiado, Por no consultar al juicio, Así vuela al precipicio El hombre desenfrenado. LA PAVA Y LA HORMIGA Al salir con las yuntas Los criados de Pedro, El corral se dejaron De par en par abierto. Todos los pavipollos Con su madre se fueron, Aquí y allí picando, Hasta el cercano otero. Muy contenta la Pava Decía a sus polluelos: «Mirad, hijos, el rastro De un copioso hormiguero. Ea, comed hormigas, Y no tengáis recelo, Que yo también las como: Es un sabroso cebo. Picad, queridos míos: ¡Oh qué días los nuestros, Si no hubiese en el mundo Malditos cocineros! Los hombres nos devoran, Y todos nuestros cuerpos Humean en las mesas De nobles y plebeyos. A cualquier fiestecilla Ha de haber pavos muertos. ¡Qué pocas navidades Contaron mis abuelos! ¡Oh glotones humanos, Crueles carniceros!» Mientras tanto una Hormiga Se puso en salvamento Sobre un árbol vecino Y gritó con denuedo: «¡Hola! con que los hombres Son crueles, perversos; ¿Y qué seréis los pavos? ¡Ay de mí! ya lo veo: A mis tristes parientes, ¡Qué digo! a todo el pueblo Sólo por desayuno Os le vais engullendo.» No respondió la Pava Por no saber un cuento, Que era entonces del caso, Y ahora viene a pelo. Un gusano roía un grano de centeno: Véronlo las Hormigas: ¡Qué gritos! ¡Qué aspavientos! «Aquí fue Troya, dicen: Muere, pícaro perro»; Y ellas ¿qué hacían? Nada: Robar todo el granero. Hombres, Pavos, Hormigas, Según estos ejemplos, Cada cual en su libro Esta moral tenemos. La falta leve en otro Es un pecado horrendo; Pero el delito propio No más que pasatiempo. LA SERPIENTE Y LA LIMA En casa de un cerrajero Entró la Serpiente un día, Y la insensata mordía En una Lima de acero. Díjole la Lima: «El mal, Necia, será para ti; ¿Cómo has de hacer mella en mí, Que hago polvos el metal?» Quien pretende sin razón Al más fuerte derribar No consigue sino dar Coces contra el aguijón LA TORTUGA Y EL ÁGUILA Una Tortuga a una Águila rogaba La enseñase a volar; así la hablaba: «Con sólo que me des cuatro lecciones, Ligera volaré por las regiones; Ya remontando el vuelo Por medio de los aires hasta el cielo, Veré cercano al sol y las estrellas, Y otras cien cosas bellas; Ya rápida bajando, De ciudad en ciudad iré pasando; Y de este fácil, delicioso modo, Lograré en pocos días verlo todo.» La Águila se rió del desatino; La aconseja que siga su destinó, Cazando torpemente con paciencia, Pues lo dispuso así la Providencia. Ella insiste en su antojo ciegamente. La reina de las aves prontamente La arrebata, la lleva por las nubes. «Mira, la dice, mira cómo subes.» Y al preguntarla, digo, «¿vas contenta?» Se la deja caer y se revienta. Para que así escarmiente Quien desprecia el consejo del prudente. LA ZORRA Y EL BUSTO Dijo la Zorra al Busto, Después de olerlo: «Tu cabeza es hermosa, Pero sin seso» Como éste hay muchos, Que aunque parecen hombres, Sólo son bustos. LA ZORRA Y EL CHIVO Una Zorra cazaba; Y al seguir a un gazapo, Entre aquí se escabulle, allí le atrapo, En un pozo cayó que al paso estaba. Cuando más la afligía su tristeza, Por no hallar la infeliz salida alguna, Vio asomarse al brocal, por su fortuna, Del Chivo padre la gentil cabeza. «¿Qué tal? dijo el barbón, ¿la agua es salada?» «Es tan dulce, tan fresca y deliciosa, Respondió la Raposa, Que en tal pozo estoy como encantada.» Al agua el Chivo se arrojó, sediento; Monta sobre él la Zorra de manera Que haciendo de sus cuernos escalera, Pilla el brocal y sale en el momento. Quedó el pobre atollado: cosa dura. Mas ¿quién podrá a la Zorra dar castigo, Cuando el hombre, aun a costa de su amigo, Del peligro mayor salir procura? LA ZORRA Y LA CIGÜEÑA Una Zorra se empeña En dar una comida a una Cigüeña; La convidó con tales expresiones, Que anunciaban sin duda provisiones De lo más excelente y exquisito. Acepta alegre, va con apetito; Pero encontró en la mesa solamente jigote claro sobre chata fuente. En vano a la comida picoteaba, Pues era para el guiso que miraba Inútil tenedor su largo pico. La Zorra con la lengua y el hocico Limpió tan bien su fuente, que pudiera Servir de fregatriz si a Holanda fuera. Mas de allí a poco tiempo, convidada De la Cigüeña, halla preparada Una redoma de jigote llena; Allí fue su aflicción, allí su pena; El hocico goloso al punto asoma Al cuello de la hidrópica redoma, Mas en vano, pues era tan estrecho, Cual si por la Cigueña fuese hecho. Envidiosa de ver que a conveniencia Chupaba la del pico a su presencia, Vuelve, tienta, discurre, Huele, se desatina, en fin se aburre; Marchó rabo entre piernas, tan corrida, Que ni aun tuvo siquiera la salida De decir: Están verdes, como antaño. También hay para pícaros engaño. LA ZORRA Y LA GALLINA Una Zorra, cazando, De corral en corral iba saltando; A favor de la noche, en una aldea Oye al gallo cantar: maldito sea. Agachada y sin ruido, A merced del olfato y del oído, Marcha, llega, y oliendo a un agujero, «Este es», dice, y se cuela al gallinero. Las aves se alborotan, menos una, Que estaba en cesta como niño en cuna, Enferma gravemente. Mirándola la Zorra astutamente, La pregunta: «¿Qué es eso, pobrecita? ¿Cuál es tu enfermedad? ¿Tienes pepita? Habla; ¿cómo la pasas, desdichada?» La enferma la responde apresurada: «Muy mal me va, señora, en este instante; Muy bien si usted se quita de delante.» Cuántas veces se vende un enemigo, Como gato por liebre, por amigo; Al oír su fingido cumplimiento, Respondiérale yo para escarmiento: «Muy mal me va, señor, en este instante; Muy bien si usted se quita de delante.» LA ZORRA Y LAS UVAS Es voz común que a más del mediodía, En ayunas la Zorra iba cazando; Halla una parra, quédase mirando De la alta vid el fruto que pendía. Cansábala mil ansias y congojas No alcanzar a las uvas con la garra, Al mostrar a sus dientes la alta parra Negros racimos entre verdes hojas. Miró, saltó y anduvo en probaduras, Pero vio el imposible ya de fijo. Entonces fue cuando la Zorra dijo: «No las quiero comer. No están maduras.» No por eso te muestres impaciente, Si te se frustra, Fabio, algún intento: Aplica bien el cuento, Y di: No están maduras, frescamente. LAS CABRAS Y LOS CHIVOS Desde antaño en el mundo Reina el vano deseo De parecer iguales A los grandes señores los plebeyos. Las Cabras alcanzaron Que Júpiter excelso Les diese barba larga Para su autoridad y su respeto. Indignados los Chivos De que su privilegio Se extendiese a las Cabras, Lampiñas con razón en aquel tiempo, Sucedió la discordia Y los amargos celos A la paz octaviana Con que fue gobernado el barbón pueblo. Júpiter dijo entonces, Acudiendo al remedio: «¿Qué importa que las Cabras Disfruten un adorno propio vuestro Si es mayor ignominia De su vano deseo, Siempre que no igualaren En fuerzas y valor a vuestro cuerpo?» El mérito aparente Es digno de desprecio; La virtud solamente Es del hombre el ornato verdadero. LAS DOS RANAS Tenían dos Ranas Sus pastos vecinos, Una en un estanque, Otra en el camino. Cierto día a ésta Aquélla la dijo: «¡Es creíble, amiga, De tu mucho juicio, Que vivas contenta Entre los peligros, Donde te amenazan, Al paso preciso, Los pies y las ruedas Riesgos infinitos! Deja tal vivienda; Muda de destino; Sigue mi dictamen Y vente conmigo.» En tono de mofa, Haciendo mil mimos, Respondió a su amiga: «¡Excelente aviso! ¡A mí novedades! Vaya, ¡qué delirio! Eso sí que fuera Darme el diablo ruido. ¡Yo dejar la casa Que fue domicilio De padres, abuelos Y todos los míos, Sin que haya memoria De haber sucedido La menor desgracia Desde luengos siglos!» «Allá te compongas; Mas ten entendido Que tal vez sucede Lo que no se ha visto.» Llegó una carreta A este tiempo mismo, Y a la triste Rana Tortilla la hizo. Por hombres de seso Muchos hay tenidos, Que a nuevas razones Cierran los oídos. Recibir consejos Es un desvarío; La rancia costumbre Suele ser su libro. LAS EXEQUIAS DE LA LEONA En su regia caverna, inconsolable El rey león yacía, Porque en el mismo día Murió ¡cruel dolor! su esposa amable. A palacio la corte toda llega, Y en fúnebre aparato se congrega. En la cóncava gruta resonaba Del triste rey el doloroso llanto; Allí los cortesanos entre tanto También gemían porque el rey lloraba; Que si el viudo monarca se riera, La corte lisonjera Trocara en risa el lamentable paso. Perdone la difunta: voy al caso. Entre tanto sollozo El ciervo no lloraba, yo lo creo; Porque, lleno de gozo, Miraba ya cumplido su deseo. La tal reina le había devorado Un hijo y la mujer al desdichado. El ciervo, en fin, no llora; El concurso lo advierte: El monarca lo sabe, y en la hora Ordena con furor darle la muerte. «¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo, Si apenas puedo hablar de regocijo? Ya disfruta, gran rey, más venturosa, Los Elíseos Campos vuestra esposa: Me lo ha revelado, a la venida, Muy cerca de la gruta aparecida. Me mandó lo callase algún momento, Porque gusta mostréis el sentimiento.» Dijo así; y el concurso cortesano Aclamó por milagro la patraña. El ciervo consiguió que el soberano Cambiase en amistad su fiera saña. Los que en la indignación han incurrido De los grandes señores A veces su favor han conseguido Con ser aduladores. Mas no por esto advierto Que el medio sea justo; pues es cierto Que a más príncipes vicia La adulación servil que la malicia. LAS HORMIGAS Lo que hoy las Hormigas son, Eran los hombres antaño: De lo propio y de lo extraño Hacían su provisión. Júpiter, que tal pasión Notó de siglos atrás, No pudiendo aguantar más, En hormigas los transforma: Ellos mudaron de forma; ¿Y de costumbres? Jamás. LAS LIEBRES Y LAS RANAS Asustadas las fiebres de un estruendo, Echaron a correr todas, diciendo: «A quien la vida cuesta tanto susto, La muerte causará menos disgusto» Llegan a una laguna de esta suerte A dar en lo profundo con la muerte. Al ver a tanta Rana que, asustada, A las aguas se arroja a su llegada, «Hola, dijo una liebre, ¿conque, hay otras Tan tímidas, que aún tiemblan de nosotras? Pues suframos con ellas el destino.» Conocieron sin más su desatino. Así la suerte adversa es tolerable Comparada con otra miserable. LAS MOSCAS A un panal de rica miel Dos mil Moscas acudieron, Que por golosas murieron, Presas de patas en él. Otra dentro de un pastel Enterró su golosina. Así si bien se examina Los humanos corazones Perecen en las prisiones Del vicio que los domina. LAS RANAS PIDIENDO REY Sin Rey vivía, libre, independiente, El pueblo de las Ranas felizmente. La amable libertad sola reinaba En la inmensa laguna que habitaba; Mas las Ranas al fin un Rey quisieron, A Júpiter excelso lo pidieron; Conoce el dios la súplica importuna, Y arroja un Rey de palo a la laguna: Debió de ser sin duda buen pedazo, Pues dio su majestad tan gran porrazo, Que el ruido atemoriza al reino todo; Cada cual se zambulle en agua o lodo, Y quedan en silencio tan profundo Cual si no hubiese ranas en el mundo. Una de ellas asoma la cabeza, Y viendo a la real pieza, Publica que el monarca es un zoquete. Congrégase la turba, y por juguete Lo desprecian, lo ensucian con el cieno, Y piden otro Rey, que aquél no es bueno. El padre de los dioses, irritado, Envía a un culebrón, que a diente airado Muerde, traga, castiga, Y a la mísera grey al punto obliga A recurrir al dios humildemente. «Padeced, les responde, eternamente; Que así castigo a aquel que no examina Si su solicitud será su ruina.» LAS RANAS SEDIENTAS Dos ranas que vivían juntamente, En un verano ardiente Se quedaron en seco en su laguna. Saltando aquí y allí, llegó la una A la orilla de un pozo. Llena entonces de gozo, Gritó a su compañera: «Ven y salta ligera.» Llegó, y estando entrambas a la orilla, Notando como grande maravilla, Entre los agotados juncos y heno, El fresco pozo casi de agua lleno, Prorrumpió la primera: «¿A qué esperamos, Que no nos arrojamos Al agua, que apacible nos convida?» La segunda responde: «Inadvertida, Yo tengo igual deseo, Pero pienso y preveo Que, aunque es fácil al pozo nuestra entrada, La agua, con los calores exhalada, Según vaya faltando, Nos irá dulcemente sepultando, Y al tiempo que salir solicitemos, En la Estigia laguna nos veremos.» Por consultar al gusto solamente Entra en la nasa el pez incautamente, El pájaro sencillo en la red queda, Y ten qué lazos el hombre no se enreda? LOS ANIMALES CON PESTE En los montes, los valles y collados, De animales poblados, Se introdujo la peste de tal modo, Que en un momento lo inficiona todo. Allí, donde su corte el León tenía, Mirando cada día Las cacerías, luchas y carreras De mansos brutos y de bestias fieras, Se veían los campos ya cubiertos De enfermos miserables y de muertos. «Mis amados hermanos, Exclamó el triste Rey, mis cortesanos, Ya véis que el justo cielo nos obliga A implorar su piedad, pues nos castiga Con tan horrenda plaga: Tal vez se aplacará con que se le haga Sacrificio de aquel más delincuente, Y muera el pecador, no el inocente. Confiese todo el mundo su pecado. Yo, cruel, sanguinario, he devorado Inocentes corderos, Ya vacas, ya terneros, Y he sido, a fuerza de delito tanto, De la selva terror, del bosque espanto.» «Señor, dijo la Zorra, en todo eso No se halla más exceso Que el de vuestra bondad, pues que se digna De teñir en la sangre ruin, indigna, De los viles cornudos animales Los sacros dientes y las uñas reales.» Trató la corte al Rey de escrupuloso. Allí del Tigre, de la Onza y Oso Se oyeron confesiones De robos y de muertes a millones; Mas entre la grandeza, sin lisonja, Pasaron por escrúpulos de monja. El Asno, sin embargo, muy confuso Prorrumpió: «Yo me acuso Que al pasar por un trigo este verano, Yo hambriento y él lozano, Sin guarda ni testigo, Caí en la tentación: comí del trigo.» «¡Del trigo! ¡y un jumento! Gritó la Zorra, ¡horrible atrevimiento!» Los cortesanos claman: «Éste, éste Irrita al cielo, que nos da la peste.» Pronuncia el Rey de muerte la sentencia. Y ejecutóla el Lobo a su presencia. Te juzgarán virtuoso Si eres, aunque perverso, poderoso; Y aunque bueno, por malo detestable Cuando te miran pobre y miserable. Esto hallará en la corte quien la vea Y aún en el mundo todo. ¡Pobre Astrea! LOS CANGREJOS Los más autorizados, los más viejos De todos los Cangrejos Una gran asamblea celebraron. Entre los graves puntos que trataron, A propuesta de un docto presidente, Como resolución la más urgente Tomaron la que sigue: «Pues que al mundo Estamos dando ejemplo sin segundo, El más vil y grosero En andar hacia atrás como el soguero; Siendo cierto también que los ancianos, Duros de pies y manos, Causándonos los años pesadumbre, No podemos vencer nuestra costumbre; Toda madre desde este mismo instante Ha de enseñar andar hacia delante A sus hijos; y dure la enseñanza Hasta quitar del mundo tal usanza.» «Garras a la obra», dicen las maestras, Que se creían diestras; Y sin dejar ninguno, Ordenan a sus hijos uno a uno Que muevan sus patitas blandamente Hacia adelante sucesivamente. Pasito a paso, al modo que podían, Ellos obedecían; Pero al ver a sus madres que marchaban Al revés de lo que ellas enseñaban, Olvidando los nuevos documentos, Imitaban sus pasos, más contentos. Repetían sus madres sus lecciones, Mas no bastaban teóricas razones; Porque obraba en los jóvenes Cangrejos Sólo un ejemplo más que mil consejos. Cada maestra se aflige y desconsuela, No pudiendo hacer práctica su escuela; De modo que en efecto Abandonaron todas el proyecto. Los magistrados saben el suceso, Y en su pleno congreso La nueva ley al punto derogaron, Porque se aseguraron De que en vano intentaban la reforma, Cuando ellos no sabían ser la norma. Y es así, que la fuerza de las leyes Suele ser el ejemplo de los reyes. LOS DOS AMIGOS Y EL OSO A dos Amigos se aparece un Oso: El uno, muy medroso, En las ramas de un árbol se asegura; El otro, abandonado a la ventura, Se finge muerto repentinamente. El Oso se le acerca lentamente; Mas como este animal, según se cuenta, De cadáveres nunca se alimenta, Sin ofenderlo lo registra y toca, Huélele las narices y la boca; No le siente el aliento, Ni el menor movimiento; Y así, se fue diciendo sin recelo: «Este tan muerto está como mi abuelo.» Entonces el cobarde, De su grande amistad haciendo alarde, Del árbol se desprende muy ligero, Corre, llega y abraza al compañero, Pondera la fortuna De haberle hallado sin lesión alguna, Y al fin le dice: «Sepas que he notado Que el Oso te decía algún recado. ¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido; Estas dos palabritas al oído: Aparta tu amistad de la persona Que si te ve en el riesgo, te abandona.» LOS DOS CAZADORES Que en una marcial función, O cuando el caso lo pida, Arriesgue un hombre su vida, Digo que es mucha razón. Pero el que por diversión Exponer su vida quiera A juguete de una fiera O peligros no menores, Sepa de dos Cazadores Una historia verdadera. Pedro Ponce el valeroso Y Juan Carranza el prudente Vieron venir frente a frente Al lobo más horroroso. El prudente, temeroso, A una encina se abalanza, Y cual otro Sancho Panza, En las ramas se salvó. Pedro Ponce allí murió. Imitemos a Carranza. LOS DOS GALLOS Habiendo a su rival vencido un Gallo, Quedó entre sus gallinas victorioso, Más grave, más pomposo Que el mismo gran Sultán en su serrallo. Desde un alto pregona vocinglero Su gran hazaña: el Gavilán lo advierte; Le pilla, le arrebata, y por su muerte, Quedó el rival señor del gallinero. Consuele al abatido tal mudanza, Sirva también de ejemplo a los mortales Que se juzgan exentos de los males Cuando se ven en próspera bonanza. LOS DOS MACHOS Dos Machos caminaban: el primero, Cargado de dinero, Mostrando su penacho envanecido, Iba marchando erguido Al son de los redondos cascabeles. El segundo, desnudo de oropeles, Con un pobre aparejo solamente, Alargando el pescuezo eternamente, Seguía de reata su jornada, Cargado de costales de cebada. Salen unos ladrones, y al instante Asieron de la rienda al arrogante; Él se defiende, ellos le maltratan, Y después que el dinero le arrebatan, Huyen, y dice entonces el segundo: «Si a estos riesgos exponen en el mundo Las riquezas, no quiero, a fe de Macho, Dinero, cascabeles ni penacho.» LOS DOS PERROS Procure ser en todo lo posible, El que ha de reprender, irreprensible. Sultán, perro goloso y atrevido, En su casa robó, por un descuido, Una pierna excelente de camero. Pinto, gran tragador, su compañero, Le encuentra con la presa encaminado Ojo al través, colmillo acicalado, Fruncidas las narices y gruñendo. «¿Qué cosa estás haciendo, Desgraciado Sultán?» Pinto le dice; «¿No sabes, infelice, Que un Perro infiel, ingrato, No merece ser Perro, sino gato? ¡Al amo, que nos fía La custodia de casa noche y día, Nos halaga, nos cuida y alimenta, Le das tan buena cuenta, Que le robas, goloso, La pierna del camero más jugoso! Como amigo te ruego No la maltrates más: déjala luego.» «Hablas, dijo Sultán, perfectamente. Una duda me queda solamente Para seguir al punto tu consejo: Di, ¿te la comerás, si yo la dejo?» LOS DOS TITIRITEROS Todo el pueblo, admirado, Estaba en una plaza amontonado, Y en medio se empinaba un Titiritero, Enseñando una bolsa sin dinero. «Pase de mano en mano, les decía; Señores, no hay engaño, está vacía.» Se la vuelven; la sopla, y al momento Derrama pesos duros, ¡qué portento! Levántase un murmullo de repente, Cuando ven por encima de la gente Otro Titiritero a competencia. Queda en expectación la concurrencia Con silencio profundo. Cesó el primero, y empezó el segundo. Presenta de licor unas botellas; Algunos se arrojaron hacia ellas, Y al punto las hallaron transformadas En sangrientas espadas. Muestra un par de bolsillos de doblones; Dos personas, sin duda dos ladrones, Les echaron la garra muy ufanos, Y se ven dos cordeles en sus manos. A un relator cargado de procesos Una letra le enseña de mil pesos. «Sople usted»; sopla el hombre apresurado, Y le cierra los labios un candado. A un abate arrimado a su cortejo Le presenta un espejo, Y al mirar su retrato peregrino, Se vio con las orejas de pollino. A un santero le manda Que se acerque; le pilla la demanda, Y allá con sus hechizos La convirtió en merienda de chorizos. A un joven desenvuelto y rozagante: Le regala un diamante: Éste le dio a su dama, y en el punto Pálido se quedó como un difunto, Item más, sin narices y sin dientes. Allí fue la rechifla de las gentes, La burla y la chacota. El primer Titiritero se alborota; Dice por el segundo con denuedo: «Ese hombre tiene un diablo en cada dedo, Pues no encierran virtud tan peregrina Los polvos de la madre Celestina. Que declare su nombre.» El concurso lo pide, y el buen hombre Entonces, más modesto que un novicio, Dijo: «No soy el diablo, sino el vicio.» LOS GATOS ESCRUPULOSOS A las once y aun más de la mañana La cocinera Juana, Con pretexto de hablar a la vecina, Se sale, cierra, y deja en la cocina A Micifuf y Zapirón hambrientos. Al punto, pues no gastan cumplimientos Gatos enhambrecidos, Se avanzan a probar de los cocidos. «¡Fu, dijo Zapirón, maldita olla! ¡Cómo abrasa! Veamos esa polla Que está en el asador lejos del fuego.» Ya también escaldado, desde luego Se arrima Micifuf, y en un instante Muestra cada trinchante Que en el arte cisoria, sin gran pena, Pudiera dar lecciones a Villena. Concluido el asunto, El señor Micifuf tocó este punto. Utrum si se podía o no en conciencia Comer el asador. «¡Oh qué demencia! Exclamó Zapirón en altos gritos, ¡Cometer el mayor de los delitos! ¿No sabes que el herrero Ha llevado por él mucho dinero, Y que, si bien la cosa se examina, Entre la batería de cocina No hay un mueble más serio y respetable? Tu pasión te ha engañado, miserable.» Micifuf en efecto Abandonó el proyecto; Pues eran los dos Gatos De suerte timoratos, Que si el diablo, tentando sus pasiones, Les pusiese asadores a millones (No hablo yo de las pollas), o me engaño, O no comieran uno en todo el año. DE OTRO MODO ¡Qué dolor! por un descuido Micifuf y Zapirón Se comieron un capón, En un asador metido. Después de haberse lamido, Trataron en conferencia Si obrarían con prudencia En comerse el asador. ¿Le comieron? No señor. Era caso de conciencia. LOS NAVEGANTES Lloraban unos tristes Pasajeros Vendo su pobre nave combatida De recias olas y de vientos fieros, Ya casi sumergida; Cuando súbitamente El viento calma, el cielo se serena, Y la afligida gente Convierte en risa la pasada pena; Mas el piloto estuvo muy sereno Tanto en la tempestad como en bonanza, Pues sabe que lo malo y que lo bueno Está sujeto a súbita mudanza. LOS RATONES Y EL GATO Marramaquiz, gran gato, De nariz roma, pero largo olfato, Se metió en una casa de Ratones. En uno de sus lóbregos rincones Puso su alojamiento; Por delante de sí, de ciento en ciento Les dejaba por gusto libre el paso, Como hace el bebedor, que mira al vaso; Y ensanchando así más sus tragaderas, Al fin los escogía como peras. Éste fue su ejercicio cotidiano; Pero tarde o temprano, Al fin ya los Ratones conocían Que por instantes se disminuían. Don Roepan, cacique el más prudente De la Ratona gente, Con los suyos formó pleno consejo, Y dijo así con natural despejo: «Supuesto, hermanos, que el sangriento bruto, Que metidos nos tiene en llanto y luto, Habita el cuarto bajo, Sin que pueda subir ni aun con trabajo Hasta nuestra vivienda,, es evidente Que se atajará el daño solamente Con no bajar allá de modo alguno.» El medio pareció muy oportuno; Y fue tan observado, Que ya Marramaquiz, el muy taimado, Metido por el hambre en calzas prietas, Discurrió entre mil tretas La de colgarse por los pies de un palo, Haciendo el muerto: no era ardid malo; Pero don Roepan, luego que advierte Que su enemigo estaba de tal suerte, Asomando el hocico a su agujero, «Hola, dice, ¿qué es eso, caballero? ¿Estás muerto de burlas o de veras? Si es lo que yo recelo en vano esperas; Pues no nos contaremos ya seguros Aun sabiendo de cierto Que eras, a más de Gato muerto, Gato relleno ya de pesos duros». Si alguno llega con astuta maña, Y una vez nos engaña, Es cosa muy sabida Que puede algunas veces El huir de sus trazas y dobleces Valernos nada menos que la vida. UN COJO Y UN PICARÓN A un buen Cojo un descortés Insultó atrevidamente; Oyólo pacientemente, Continuando su carrera, Cuando al son de la cojera Dijo el otro: «Una, dos, tres, Cojo es.» Oyólo el Cojo: aquí fue Donde el buen hombre perdió Los estribos, pues le dio Tanta cólera y tal ira, Que la muleta le tira, Quedándose, ya se ve, Sobre un pie. «Sólo el no poder correr, Para darte el escarmiento Dijo el Cojo, es lo que siento, Que este mal no me atormenta; Porque al hombre sólo afrenta Lo que supo merecer, Padecer.» |
|||||||
![]() |
DICCIONARIOS_DIGITALES@telefonica.net |
|
|||||