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Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
PRIMERO LIBRO DE
«LA
GALATEA»
Mientras que al triste, lamentable
acento
del mal acorde son del canto mío,
en eco amarga de cansado aliento,
responde el monte, el prado, el llano, el río,
demos al sordo y presuroso viento
las quejas que del pecho ardiente y frío
salen a mi pesar, pidiendo en vano
ayuda al río, al monte, al prado, al llano.
Crece el humor de mis cansados ojos
las aguas deste río, y deste prado
las variadas flores son abrojos
y espinas que en el alma s'han entrado.
No escucha el alto monte mis enojos,
y el llano de escucharlos se ha cansado;
y así, un pequeño alivio al dolor mío
no hallo en monte, en llano, en prado, en río.
Creí
que el fuego que en el alma enciende
el niño alado, el lazo con que aprieta,
la red sotil con que a los dioses prende,
y la furia y rigor de su saeta,
que así ofendiera como a mí me ofende
al subjeto sin par que me subjeta;
mas contra un alma que es de mármol hecha,
la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.
Yo sí
que al fuego me consumo y quemo,
y al lazo pongo humilde la garganta,
y a la red invisible poco temo,
y el rigor de la flecha no me espanta.
Por esto soy llegado a tal estremo,
a tanto daño, a desventura tanta,
que tengo por mi gloria y mi sosiego
la saeta, la red, el lazo, el fuego.
Esto cantaba
Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró
tan liberal, cuanto la fortuna y el amor escasos, aunque los discursos
del tiempo, consumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a
términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdichados en que
se había visto, y en los que su deseo le había puesto, por
la incomparable belleza de la sin par Galatea, pastora en las mesmas riberas
nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue
de tan alto y subido entendimiento, que las discretas damas, en los reales
palacios crescidas y al discreto tracto de la corte acostumbradas, se
tuvieran por dichosas de parescerla en algo, así en la discreción
como en la hermosura. Por los infinitos y ricos dones con que el cielo
a Galatea había adornado, fue querida, y con entrañable
ahínco amada, de muchos pastores y ganaderos que por las riberas
de Tajo su ganado apascentaban; entre los cuales se atrevió a quererla
el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad
de Galatea permitía.
De Galatea no se entiende que aborresciese a Elicio, ni menos que le amase;
porque a veces, casi como convencida y obligada a los muchos servicios
de Elicio, con algún honesto favor le subía al cielo; y
otras veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba
que el enamorado pastor la suerte de su estado apenas conoscía.
No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para aborrecerse, ni la
hermosura, gracia y bondad de Galatea para no amarse. Por lo uno, Galatea
no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro, Elicio no podía,
ni debía, ni quería olvidar a Galatea. Parescíale
a Galatea que, pues Elicio con tanto miramiento de su honra la amaba,
que sería demasiada ingratitud no pagarle con algún honesto
favor sus honestos pensamientos. Imaginábase Elicio que, pues Galatea
no desdeñaba sus servicios, que tendrían buen suceso sus
deseos. Y cuando estas imaginaciones le aviva[ba]n la esperanza, hallábase
tan contento y atrevido, que mil veces quiso descubrir a Galatea lo que
con tanta dificultad encubría. Pero la discreción de Galatea
conoscía bien, en los movimientos del rostro, lo que Elicio en
el alma traía; y tal el suyo mostraba, que al enamorado pastor
se le helaban las palabras en la boca, y quedábase solamente con
el gusto de aquel primer movimiento, por parescerle que a la honestidad
de Galatea se le hacía agravio en tratarle de cosas que en alguna
manera pudiesen tener sombra de no ser tan honestas que la misma honestidad
en ella[s] se transformase.
Con estos altibajos de su vida, la pasaba el pastor tan mala que a veces
tuviera por bien el mal de perderla, a trueco de no sentir el que le causaba
no acabarla. Y así, un día, puesta la consideración
en la variedad de sus pensamientos, hallándose en medio de un deleitoso
prado, convidado de la soledad y del murmurio de un deleitoso arroyuelo
que por el llano corría, sacando de su zurrón un polido
rabel, al son del cual sus querellas con el cielo cantando comunicaba,
con voz en estremo buena, cantó los siguientes versos:
Amoroso pensamiento,
si te precias de ser mío,
camina con tan buen tiento
que ni te humille el desvío
ni ensoberbezca el contento.
Ten un medio -si se acierta
a tenerse en tal porfía-:
no huyas el alegría,
ni menos cierres la puerta
al llanto que amor envía.
Si quieres
que de mi vida
no se acabe la carrera,
no la lleves tan corrida
ni subas do no se espera
sino muerte en la caída.
Esa vana presumpción
en dos cosas parará:
la una, en tu perdición;
la otra, en que pagará
tus deudas el corazón.
Dél
naciste, y en naciendo,
pecaste, y págalo él;
huyes dél, y si pretendo
recogerte un poco en él,
ni te alcanzo ni te entiendo.
Ese vuelo peligroso
con que te subes al cielo,
si no fueres venturoso,
ha de poner por el suelo
mi descanso y tu reposo.
Dirás
que quien bien se emplea
y se ofrece a la ventura,
que no es posible que sea
del tal juzgado a locura
el brío de que se arrea.
Y que, en tan alta ocasión,
es gloria que par no tiene
tener tanta presumpción,
cuanto más si le conviene
al alma y al corazón.
Yo lo tengo
así entendido,
mas quiero desengañarte;
que es señal ser atrevido
tener de amor menos parte
qu'el humilde y encogido.
Subes tras una beldad
que no puede ser mayor:
no entiendo tu calidad,
que puedas tener amor
con tanta desigualdad.
Que si el
pensamiento mira
un subjeto levantado,
contémplalo, y se retira,
por no ser caso acertado
poner tan alta la mira.
Cuanto más, que el amor nasce
junto con la confianza,
y en ella [se] ceba y pace;
y, en faltando la esperanza,
como niebla se deshace.
Pues tú,
que vees tan distante
el medio del fin que quieres,
sin esperanza y constante,
si en el camino murieres,
morirás como ignorante.
Pero no se te dé nada,
que, en esta empresa amorosa,
do la causa es sublimada,
el morir es vida honrosa;
la pena, gloria estremada.
No dejara tan
presto el agradable canto el enamorado Elicio, si no sonaran a su derecha
mano las voces de Erastro, que con el rebaño de sus cabras hacia
el lugar donde él estaba se venía. Era Erastro un rústico
ganadero, pero no le valió tanto su rústica y selvática
suerte, que defendiese que de su robusto pecho el blando amor no tomase
entera posesión, haciéndole querer más que a su vida
a la hermosa Galatea, a la cual sus querellas, cuando ocasión se
le ofrecía, declaraba. Y, aunque rústico, era, como verdadero
enamorado, en las cosas del amor tan discreto que cuando en ellas hablaba,
parecía que el mesmo amor se las mostraba y por su lengua las profería;
pero, con todo eso, puesto que de Galatea eran escuchadas, eran en aquella
cuenta tenidas en que las cosas de burla se tienen. No le daba a Elicio
pena la competencia de Erastro, porque entendía del ingenio de
Galatea que a cosas más altas la inclinaba. Antes tenía
lástima y envidia a Erastro: lástima, en ver que al fin
amaba, y en parte donde era imposible coger el fruto de sus deseos; envidia,
por parescerle que quizá no era tal su entendimiento, que diese
lugar al alma a que sintiese los desdenes o favores de Galatea, de suerte,
o que los unos le acabasen, o los otros lo enloqueciesen.
Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores
de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras
de los carniceros dientes de los hambrientos lobos), holgándose
con ellos, y por sus nombres los llamaba, dando a cada uno el título
que su condición y ánimo merescía: a quién
llamaba León, a quién Gavilán, a quién Robusto,
a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados,
con el mover las cabezas, viniéndose para él, daban a entender
el gusto que de su gusto sentían. Desta manera llegó Erastro
adonde de Elicio fue agradablemente rescibido, y aun rogado que, si en
otra parte no había determinado de pasar el sol de la calurosa
siesta, pues aquella en que estaban era tan aparejada para ello, no le
fuese enojoso pasarla en su compañía.
-Con nadie -respondió Erastro- la podría yo tener mejor
que contigo, Elicio, si ya no fuese con aquélla que está
tan enrobrescida a mis demandas, cuan hecha encina a tus continuos quejidos.
Luego los dos se sentaron sobre la menuda yerba, dejando andar a sus anchuras
el ganado despuntando con los rumiadores dientes las tiernas yerbezuelas
del herboso llano. Y como Erastro, por muchas y descubiertas señales,
conocía claramente que Elicio a Galatea amaba, y que el merescimiento
de Elicio era de mayores quilates que el suyo, en señal de que
reconoscía esta verdad, en medio de sus pláticas, entre
otras razones, le dijo las siguientes:
-No sé, gallardo y enamorado Elicio, si habrá sido causa
de darte pesadumbre el amor que a Galatea tengo; y si lo ha sido, debes
perdonarme, porque jamás imaginé de enojarte, ni de Galatea
quise otra cosa que servirla. Mala rabia o cruda roña consuma y
acabe mis retozadores chivatos, y mis ternezuelos corderillos, cuando
dejaren las tetas de las queridas madres, no hallen en el verde prado
para sustentarse sino amargos tueros y ponzoñosas adelfas, si no
he procurado mil veces quitarla de la memoria, y si otras tantas no he
andado a los médicos y curas del lugar a que me diesen remedio
para las ansias que por su causa padezco. Los unos me mandan que tome
no sé qué bebedizos de paciencia; los otros dicen que me
encomiende a Dios, que todo lo cura, o que todo es locura. Permíteme,
buen Elicio, que yo la quiera, pues puedes estar seguro que si tú
con tus habilidades y estremadas gracias y razones no la ablandas, mal
podré yo con mis simplezas enternecerla. Esta licencia te pido
por lo que estoy obligado a tu merescimiento; que, puesto que no me la
dieses, tan imposible sería dejar de amarla, como hacer que estas
aguas no mojasen, ni el sol con sus peinados cabellos no nos alumbrase.
No pudo dejar de reírse Elicio de las razones de Erastro y del
comedimiento con que la licencia de amar a Galatea le pedía; y
ansí, le respondió:
-No me pesa a mí, Erastro, que tú ames a Galatea; pésame
bien de entender de su condición que podrán poco para con
ella tus verdaderas razones y no fingidas palabras; déte Dios tan
buen suceso en tus deseos, cuanto meresce la sinceridad de tus pensamientos.
Y de aquí adelante no dejes por mi respecto de querer a Galatea,
que no soy de tan ruin condición que, ya que a mí me falte
ventura, huelgue de que otros no la tengan; antes te ruego, por lo que
debes a la voluntad que te muestro, que no me niegues tu conversación
y amistad, pues de la mía puedes estar tan seguro como te he certificado.
Anden nuestros ganados juntos, pues andan nuestros pensamientos apareados.
Tú, al son de tu zampoña, publicarás el contento
o pena que el alegre o triste rostro de Galatea te causare; yo, al de
mi rabel, en el silencio de las sosegadas noches, o en el calor de las
ardientes siestas, a la fresca sombra de los verdes árboles de
que esta nuestra ribera está tan adornada, te ayudaré a
llevar la pesada carga de tus trabajos, dando noticia al cielo de los
míos. Y, para señal de nuestro buen propósito y verdadera
amistad, en tanto que se hacen mayores las sombras destos árboles
y el sol hacia el occidente se declina, acordemos nuestros instrumentos
y demos principio al ejercicio que de aquí adelante hemos de tener.
No se hizo de rogar Erastro; antes, con muestras de estraño contento
por verse en tanta amistad con Elicio, sacó su zampoña y
Elicio su rabel; y, comenzando el uno y replicando el otro, cantaron lo
que sigue:
ELICIO
Blanda, suave, reposadamente,
ingrato Amor, me subjetaste el día
que los cabellos de oro y bella frente
miré del sol que al sol escurecía;
tu tósigo cruel, cual de serpiente,
en las rubias madejas se escondía;
yo, por mirar el sol en los manojos,
todo vine a beberle por los ojos.
ERASTRO
Atónito quedé y embelesado,
como estatua sin voz de piedra dura,
cuando de Galatea el estremado
donaire vi, la gracia y hermosura.
Amor me estaba en el siniestro lado,
con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,
haciéndome una puerta por do entrase
Galatea y el alma me robase.
ELICIO
¿Con qué milagro, amor, abres el pecho
del miserable amante que te sigue,
y de la llaga interna que le has hecho
crecida gloria muestra que consigue?
¿Cómo el daño que haces es provecho?
¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?
L' alma que prueba estos efectos todos
la causa sabe, pero no los modos.
ERASTRO
No se ven tantos rostros figurados
en roto espejo, o hecho por tal arte
que, si uno en él se mira, retratados
se ve una multitud en cada parte,
cuantos nacen cuidados y cuidados
de un cuidado crüel que no se parte
del alma mía, a su rigor vencida,
hasta apartarse junto con la vida.
ELICIO
La blanca nieve y colorada rosa,
qu'el verano no gasta ni el invierno;
el sol de dos luceros, do reposa
el blando amor, y a do estará in eterno;
la voz, cual la de Orfeo poderosa
de suspender las furias del infierno,
y otras cosas que vi quedando ciego,
yesca me han hecho al invisible fuego.
ERASTRO
Dos hermosas manzanas coloradas,
que tales me semejan dos mejillas,
y el arco de dos cejas levantadas,
quel de Iris no llegó a sus maravillas;
dos rayos, dos hileras estremadas
de perlas entre grana, y, si hay decillas,
mil gracias que no tienen par ni cuento,
niebla m' han hecho al amoroso viento.
ELICIO
Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;
estoy lejos y cerca de mí mismo;
espero en solo un punto y desespero;
súbome al cielo, bájome al abismo;
quiero lo que aborrezco, blando y fiero;
me pone el amaros parasismo;
y con estos contrarios, paso a paso,
cerca estoy ya del último traspaso.
ERASTRO
Yo te prometo, Elicio, que le diera
todo cuanto en la vida me ha quedado
a Galatea, porque me volviera
el alma y corazón que m'ha robado;
y después del ganado, le añadiera
mi perro Gavilán con el Manchado;
pero, como ella debe de ser diosa,
el alma querrá más que no otra cosa.
ELICIO
Erastro, el corazón que en alta parte
es puesto por el hado, suerte o signo,
quererle derribar por fuerza o arte
o diligencia humana, es desatino.
Debes de su ventura contentarte;
que, aunque mueras sin ella, yo imagino
que no hay vida en el mundo más dichosa
como el morir por causa tan honrosa.
Ya se aparejaba
Erastro para seguir adelante en su canto, cuando sintieron, por un espeso
montecillo que a sus espaldas estaba, un no pequeño estruendo y
ruido; y, levantándose los dos en pie por ver lo que era, vieron
que del monte salía un pastor corriendo a la mayor priesa del mundo,
con un cuchillo desnudo en la mano y la color del rostro mudada; y que
tras él venía otro ligero pastor, que a pocos pasos alcanzó
al primero; y, asiéndole por el cabezón del pellico, levantó
el brazo en el aire cuanto pudo, y un agudo puñal que sin vaina
traía se le escondió dos veces en el cuerpo, diciendo:
-Recibe, ¡oh mal lograda Leonida!, la vida deste traidor, que en
venganza de tu muerte sacrifico.
Y esto fue con tanta presteza hecho que no tuvieron lugar Elicio y Erastro
de estorbárselo, porque llegaron a tiempo que ya el herido pastor
daba el último aliento, envuelto en estas pocas y mal formadas
palabras.
-Dejárasme, Lisandro, satisfacer al cielo con más largo
arrepentimiento el agravio que te hice, y después quitárasme
la vida, que agora, por la causa que he dicho, mal contenta destas carnes
se aparta.
Y, sin poder decir más, cerró los ojos en sempiterna noche.
Por las cuales palabras imaginaron Elicio y Erastro que no con pequeña
causa había el otro pastor ejecutado en él tan cruda y violenta
muerte. Y, por mejor informarse de todo el suceso, quisieran preguntárselo
al pastor homicida, pero él, con tirado paso, dejando al pastor
muerto y a los dos admirados, se tornó a entrar por el montecillo
adelante. Y, queriendo Elicio seguirle y saber dél lo que deseaba,
le vieron tornar a salir del bosque; y, estando por buen espacio desviado
dellos, en alta voz les dijo:
-Perdonadme, comedidos pastores, si yo no lo he sido en haber hecho en
vuestra presencia lo que habéis visto, porque la justa y mortal
ira que contra ese traidor tenía concebida no me dio lugar a más
moderados discursos. Lo que os aviso es que, si no queréis enojar
a la deidad que en el alto cielo mora, no hagáis las obsequias
ni plegarias acostumbradas por el alma traidora dese cuerpo que delante
tenéis, ni a él deis sepultura, si ya aquí en vuestra
tierra no se acostumbra darla a los traidores.
Y, diciendo esto, a todo correr se volvió a entrar por el monte,
con tanta priesa que quitó la esperanza a Elicio de alcanzarle
aunque le siguiese. Y así, se volvieron los dos con tiernas entrañas
a hacer el piadoso oficio y dar sepultura, como mejor pudiesen, al miserable
cuerpo que tan repentinamente había acabado el curso de sus cortos
días. Erastro fue a su cabaña, que no lejos estaba, y, trayendo
suficiente aderezo, hizo una sepultura en el mesmo lugar do el cuerpo
estaba, y, dándole el último vale, le pusieron en ella;
y, no sin compasión de su desdichado caso, se volvieron a sus ganados,
y, recogiéndolos con alguna priesa, porque ya el sol se entraba
a más andar por las puertas de occidente, se recogieron a sus acostumbrados
albergues, donde no su sosiego dellos, ni el poco que sus cuidados le
concedían, podían apartar a Elicio de pensar qué
causas habían movido a los dos pastores para venir a tan desesperado
trance; y ya le pesaba de no haber seguido al pastor homicida, y saber
dél, si fuera posible, lo que deseaba.
Con este pensamiento y con los muchos que sus amores le causaban, después
de haber dejado en segura parte su rebaño, se salió de su
cabaña, como otras veces solía; y con la luz de la hermosa
Diana, que resplandeciente en el cielo se mostraba, se entró por
la espesura de un espeso bosque adelante, buscando algún solitario
lugar adonde en el silencio de la noche con más quietud pudiese
soltar la rienda a sus amorosas imaginaciones, por ser cosa ya averiguada
que a los tristes imaginativos corazones ninguna cosa les es de mayor
gusto que la soledad, despertadora de memorias tristes o alegres. Y así,
yéndose poco a poco gustando de un templado céfiro que en
el rostro le hería, lleno del suavísimo olor que de las
olorosas flores, de que el verde suelo estaba colmado, al pasar por ellas
blandamente robaba, envuelto en el aire delicado, oyó una voz como
de persona que dolorosamente se quejaba; y, recogiendo por un poco en
sí mismo el aliento, porque el ruido no le estorbase de oír
lo que era, sintió que de unas apretadas zarzas que poco desviadas
dél estaban, la entristecida voz salía; y, aunque interrota
de infinitos sospiros, entendió que estas tristes razones pronunciaba:
-Cobarde y temeroso brazo, enemigo mortal de lo que a ti mesmo debes;
mira que ya no queda de quién tomar venganza, sino de ti mesmo.
¿De qué te sirve alargar la vida que tan aborrecida tengo?
Si piensas que es nuestro mal de los que el tiempo suele curar, vives
engañado, porque no hay cosa más fuera de remedio que nuestra
desventura; pues quien la pudiera hacer buena la tuvo tan corta que en
los verdes años de su alegre juventud ofreció la vida al
carnicero cuchillo, que se la quitase por la traición del malvado
Carino, que hoy, con perder la suya, habrá aplacado en parte a
aquella venturosa alma de Leonida, si en la celeste parte donde mora puede
caber deseo de venganza alguna. ¡Ah, Carino, Carino! Ruego yo a
los altos cielos, si dellos las justas plegarias son oídas, que
no admitan la disculpa, si alguna dieres, de la traición que me
heciste, y que permitan que tu cuerpo carezca de sepultura, así
como tu alma careció de misericordia. Y tú, hermosa y mal
lograda Leonida, recibe en muestra del amor que en vida te tuve, las lágrimas
que en tu muerte derramo; y no atribuyas a poco sentimiento el no acabar
la vida con el que de tu muerte recibo, pues sería poca recompensa
a lo que debo y deseo sentir, el dolor que tan presto se acabase. Tú
verás, si de las cosas de acá tienes cuenta, cómo
este miserable cuerpo quedará un día consumido del dolor
poco a poco, para mayor pena y sentimiento: bien ansí como la mojada
y encendida pólvora, que, sin hacer estrépito ni levantar
llama en alto, entre sí mesma se consume, sin dejar de sí
sino el rastro de las consumidas cenizas. Duéleme cuanto puede
dolerme, ¡oh alma del alma mía!, que ya que no pude gozarte
en la vida, en la muerte no puedo hacerte las obsequias y honras que a
tu bondad y virtud se convenían. Pero yo te prometo y juro que
el poco tiempo -que será bien poco- que esta apasionada ánima
mía rigiere la pesada carga deste miserable cuerpo, y la voz cansada
tuviere aliento que la forme, de no tratar otra cosa en mis tristes y
amargas canciones que de tus alabanzas y merescimientos.
A este punto cesó la voz, por la cual Elicio conoció claramente
que aquél era el pastor homicida, de que recibió mucho gusto,
por parecerle que estaba en parte donde podría saber dél
lo que deseaba. Y, queriéndose llegar más cerca, hubo de
tornarse a parar, porque le pareció que el pastor templaba un rabel,
y quiso escuchar primero si al son dél alguna cosa diría;
y no tardó mucho que con suave y acordada voz oyó que desta
manera cantaba:
LISANDRO
¡Oh alma venturosa,
que del humano velo
libre al alta región viva volaste,
dejando en tenebrosa
cárcel de desconsuelo
mi vida, aunque contigo la llevaste!
Sin ti, escura dejaste
la luz clara del día;
por tierra derribada,
la esperanza fundada
en el más firme asiento de alegría;
en fin, con tu partida
quedó vivo el dolor, muerta la vida.
Envuelto en
tus despojos,
la muerte s'ha llevado
el más subido estremo de belleza,
la luz de aquellos ojos
qu'en haberte mirado
tenían encerrada su riqueza;
con presta ligereza,
del alto pensamiento
y enamorado pecho,
la gloria se ha deshecho,
como la cera al sol o niebla al viento;
y toda mi ventura
cierra la piedra de tu sepultura.
¿Cómo
pudo la mano
inexorable y cruda,
y el intento cruel, facinoroso,
del vengativo hermano
dejar libre y desnuda
tu alma del mortal velo hermoso?
¿Por qué tu[r]bó el reposo
de nuestros corazones?
Que, si no se acabaran,
en uno se juntaran
con honestas y sanctas condiciones.
¡Ay, fiera mano esquiva!,
¿cómo ordenaste que muriendo viva?
En llanto
sempiterno
mi ánima mezquina
los años pasará, meses y días;
la tuya, en gozo eterno
y edad firme y contina,
no temerá del tiempo las porfías;
con dulces alegrías
verás firme la gloria
que tu loable vida
te tuvo merescida;
y si puede caber en tu memoria
del suelo no perderla,
de quien tanto te amó debes tenerla.
Mas, ¡oh!,
cuán simple he sido,
alma bendita y bella,
de pedir que te acuerdes, ni aun burlando
de mí que t' he querido,
pues sé que mi querella
se irá con tal favor eternizando.
Mejor es que, pensando
que soy de ti olvidado,
me apriete con mi llaga,
hasta que se deshaga
con el dolor la vida, qu'ha quedado
en tan estraña suerte,
que no tiene por mal el de la muerte.
Goza en el
sancto coro
con otras almas sanctas,
alma, de aquel seguro bien entero,
alto, rico tesoro,
mercedes, gracias tantas
que goza el que no huye el buen sendero;
allí gozar espero,
si por tus pasos guío,
contigo en paz entera
de eterna primavera,
sin temor, sobresalto ni desvío;
a esto me encamina,
pues será hazaña de tus obras digna.
Y, pues vosotras,
celestiales almas,
veis el bien que deseo,
creced las alas a tan buen deseo.
Aquí
cesó la voz, pero no los sospiros del desdichado que cantado había,
y lo uno y lo otro fue parte de acrescentar en Elicio la gana de saber
quién era. Y, rompiendo por las espinosas zarzas, por llegar más
presto a do la voz salía, salió a un pequeño prado,
que todo en redondo, a manera de teatro, de espesísimas e intrincadas
matas estaba ceñido, en el cual vio un pastor que con estremado
brío estaba con el pie derecho delante y el izquierdo atrás,
y el diestro brazo levantado, a guisa de quien esperaba hacer algún
recio tiro. Y así era la verdad, porque, con el ruido que Elicio
al romper por las matas había hecho, pensando ser alguna fiera
de la cual convenía defenderse, el pastor del bosque se había
puesto a punto de arrojarle una pesada piedra que en la mano tenía.
Elicio, conociendo por su postura su intento, antes que le efectuase le
dijo:
-Sosiega el pecho, lastimado pastor, que el que aquí viene trae
el suyo aparejado a lo que mandarle quisieres, y quien el deseo de saber
tu ventura le ha hecho romper tus lágrimas y turbar el alivio que
de estar solo se te podría seguir.
Con estas blandas y comedidas palabras de Elicio, se sosegó el
pastor, y con no menos blandura le respondió diciendo:
-Tu buen ofrecimiento agradezco, cualquiera que tú seas, comedido
pastor, pero si ventura quieres saber de mí, que nunca la tuve,
mal podrás ser satisfecho.
-Verdad dices -respondió Elicio-, pues por las palabras y quejas
que esta noche te he oído, muestras bien claro la poca o ninguna
que tienes; pero no menos satisfarás mi deseo con decirme tus trabajos
que con declararme tus contentos; y así la fortuna te los dé
en lo que deseas, que no me niegues lo que te suplico si ya el no conocerme
no lo impide; aunque, para asegurarte y moverte, te hago saber que no
tengo el alma tan contenta que no sienta en el punto que es razón
las miserias que me contares. Esto te digo porque sé que no hay
cosa más escusada, y aun perdida, que contar el miserable sus desdichas
a quien tiene el pecho colmo de contentos.
-Tus buenas razones me obligan -respondió el pastor- a que te satisfaga
en lo que me pides, así porque no imagines que de poco y acobardado
ánimo nacen las quejas y lamentaciones que dices que de mí
has oído, como porque conozcas que aún es muy poco el sentimiento
que muestro a la causa que tengo de mostrarlo.
Elicio se lo agradeció mucho; y, después de haber pasado
entre los dos más palabras de comedimiento, dando señales
Elicio de ser verdadero amigo del pastor del bosque, y conociendo él
que no eran fingidos ofrecimientos, vino a conceder lo que Elicio rogaba.
Y, sentándose los dos sobre la verde yerba, cubiertos con el resplandor
de la hermosa Diana, que en claridad aquella noche con su hermano competir
podía, el pastor del bosque, con muestras de un interno dolor,
comenzó a decir desta manera:
-«En las riberas de Betis, caudalosísimo río que la
gran Vandalia enriquece, nació Lisandro -que éste es el
nombre desdichado mío-, y de tan nobles padres cual pluviera al
soberano Dios que en más baja fortuna fuera engendrado; porque
muchas veces la nobleza del linaje pone alas y esfuerza el ánimo
a levantar los ojos adonde la humilde suerte no osara jamás levantarlos,
y de tales atrevimientos suelen suceder a menudo semejantes calamidades
como las que de mí oirás si con atención me escuchas.
»Nació ansimesmo en mi aldea una pastora, cuyo nombre era
Leo-nida, summa de toda la hermosura que en gran parte de la tierra -se-gún
yo imagino- pudiera hallarse; de no menos nobles y ricos padres nacida
que su hermosura y virtud merescían. De do nació que, por
ser los parientes de entrambos de los más principales del lugar
y estar en ellos el mando y gobernación del pueblo, la envidia,
enemiga mortal de la sosegada vida, sobre algunas diferencias del gobierno
del pueblo, vino a poner entre ellos cizaña y mortalísima
discordia; de manera que el pueblo fue dividido en dos parcialidades:
la una seguía la de mis parientes, la otra la de los de Leonida,
con tan arraigado rencor y mal ánimo, que no ha sido parte para
ponerlos en paz ninguna humana diligencia. Ordenó, pues, la suerte,
para echar de todo punto el sello a nuestra enemistad, que yo me enamorase
de la hermosa Leonida, hija de Parmindro, principal cabeza del bando contrario.
Y fue mi amor tan de veras que, aunque procuré con infinitos medios
quitarle de mis entrañas, el fin de todos venía a parar
a quedar más vencido y subjeto. Poníaseme delante un monte
de dificultades que conseguir el fin de mi deseo me estorbaban, como eran
el mucho valor de Leonida, la endurecida enemistad de nuestros padres,
las pocas coyunturas, o ninguna, que se me ofrecían para descubrirle
mi pensamiento; y, con todo esto, cuando ponía los ojos de la imaginación
en la singular belleza de Leonida, cualquiera dificultad se allanaba,
de suerte que me parecía poco romper por entre agudas puntas de
diamantes, para llegar al fin de mis amorosos y honestos pensamientos.
Habiendo, pues, por muchos días combatido conmigo mesmo, por ver
si podría apartar el alma de tan ardua empresa, y viendo ser imposible,
recogí toda mi industria a considerar con cuál podría
dar a entender a Leonida el secreto amor de mi pecho; y, como los principios
en cualquier negocio sean siempre dificultosos, en los que tratan de amor
son, por la mayor parte, dificultosísimos, hasta que el mesmo Amor,
cuando se quiere mostrar favorable, abre las puertas del remedio donde
parece que están más cerradas. Y así se pareció
en mí, pues, guiado por su pensamiento el mío, vine a imaginar
que ningún medio se ofrecía mejor a mi deseo que hacerme
amigo de los padres de Silvia, una pastora que era en estremo amiga de
Leonida, y muchas veces la una a la otra, en compañía de
sus padres, en sus casas se visitaban. Tenía Silvia un pariente
que se llamaba Carino, compañero familiar de Crisalbo, hermano
de la hermosa Leonida, cuya bizarría y aspereza de costumbres le
habían dado renombre de cruel; y así, de todos los que le
conoscían, "el cruel Crisalbo" era llamado; y ni más
ni menos a Carino, el pariente de Silvia y compañero de Crisalbo,
por ser entremetido y agudo de ingenio, "el astuto Carino" le
llamaban; del cual y de Silvia, por parecerme que me convenía,
con el medio de muchos presentes y dádivas, forjé la amistad
-al parecer- posible; a lo menos, de parte de Silvia fue más firme
de lo que yo quisiera, pues los regalos y favores que ella con limpias
entrañas me hacía, obligada de mis continuos servicios,
tomó por instrumentos mi fortuna para ponerme en la desdicha en
que agora me veo.
»Era Silvia hermosa en estremo, y de tantas gracias adornada que
la dureza del crudo corazón de Crisalbo se movió a amarla;
y esto yo no lo supe sino con mi daño, y de allí a muchos
días. Y, ya que con la larga experiencia estuve seguro de la voluntad
de Silvia, un día, ofreciéndoseme comodidad, con las más
tiernas palabras que pude, le descubrí la llaga de mi lastimado
pecho, diciéndole que, aunque era tan profunda y peligrosa, no
la sentía tanto, sólo por imaginar que en su solicitud estaba
el remedio della; advirtiéndole ansimesmo el honesto fin a que
mis pensamientos se encaminaban, que era a juntarme por legítimo
matrimonio con la bella Leonida; y que, pues era causa tan justa y buena,
no se había de desdeñar de tomarla a su cargo.
»En fin, por no serte prolijo, el amor me ministró tales
palabras que le dijese, que ella, vencida dellas, y más por la
pena que ella, como discreta, por las señales de mi rostro conoció
que en mi alma moraba, se determinó de tomar a su cargo mi remedio
y decir a Leonida lo que yo por ella sentía, prometiendo de hacer
por mí todo cuanto su fuerza e industria alcanzase, puesto que
se le hacía dificultosa tal empresa, por la inimicicia grande que
entre nuestros padres conocía, aunque, por otra parte, imaginaba
poder dar principio al fin de sus discordias si Leonida conmigo se casase.
Movida, pues, con esta buena intención, y enternecida de las lágrimas
que yo derramaba -como ya he dicho-, se aventuró a ser intercesora
de mi contento. Y, discurriendo consigo qué entrada tendría
para con Leonida, me mandó que le escribiese una carta, la cual
ella se ofrecía a darla cuando tiempo le pareciese. Parecióme
a mí bien su parecer, y aquel mesmo día le envié
una que, por haber sido principio del contento que por su respuesta sentí,
siempre la he tenido en la memoria, puesto que fuera mejor no acordarme
de cosas alegres en tiempo tan triste como es el en que agora me hallo.
Recibió la carta Silvia, y aguardaba ocasión de ponerla
en las manos de Leonida.»
-No -dijo Elicio, atajando las razones de Lisandro-, no es justo que me
dejes de decir la carta que a Leonida enviaste, que por ser la primera
y por hallarte tan enamorado en aquella sazón, sin duda debe de
ser discreta. Y, pues me has dicho que la tienes en la memoria y el gusto
que por ella granjeaste, no me lo niegues agora en no decírmela.
-Bien dices, amigo -respondió Lisandro-; que yo estaba entonces
tan enamorado y temeroso, como agora descontento y desesperado, y por
esta razón me parece que no acerté a decir alguna, aunque
fue harto acertamiento que Leonida las creyese las que en la carta iban.
Ya que tanto deseas saberlas, decía desta manera:
«LISANDRO
A LEONIDA
Mientras que he podido, aunque con grandísimo dolor mío,
resistir con las proprias fuerzas a la amorosa llama que por ti, ¡oh,
hermosa Leonida!, me abrasa, jamás he tenido ardimiento, temeroso
del subido valor que en ti conozco, de descubrirte el amor que te tengo;
mas, ya que es consumida aquella virtud que hasta aquí me ha hecho
fuerte, hame sido forzoso, descubriendo la llaga de mi pecho, tentar con
escrebirte su primero y último remedio. Que sea el primero, tú
lo sabes, y de ser el último está en tu mano, de la cual
espero la misericordia que tu hermosura promete y mis honestos deseos
merescen, los cuales y el fin adonde se encaminan conoscerás de
Silvia, que ésta te dará. Y, pues ella se ha atrevido, con
ser quien es, a llevártela, entiende que son tan justos cuanto
a tu merescimiento se deben.»
No le parecieron
mal a Elicio las razones de la carta de Lisandro, el cual, prosiguiendo
la historia de sus amores, dijo:
-«No pasaron muchos días sin que esta carta viniese a las
hermosas manos de Leonida, por medio de las piadosas de Silvia, mi verdadera
amiga, la cual, junto con dársela, le dijo tales cosas que con
ellas templó en gran parte la ira y alteración que con mi
carta Leonida había recebido: como fue decirle cuánto bien
se siguiría si por nuestro casamiento la enemistad de nuestros
padres se acababa, y que el fin de tan buena intención la había
de mover a no desechar mis deseos; cuanto más, que no se debía
compadecer con su hermosura dejar morir sin más respecto a quien
tanto como yo la amaba; añadiendo a estas otras razones que Leonida
conoció que lo eran. Pero, por no mostrarse al primer encuentro
rendida y a los primeros pasos alcanzada, no dio tan agradable respuesta
a Silvia como ella quisiera. Pero, con todo esto, por intercesión
de Silvia, que a ello le forzó, respondió con esta carta
que agora te diré:
LEONIDA A LISANDRO
Si entendiera, Lisandro, que tu mucho atrevimiento había nacido
de mi poca honestidad, en mí mesma ejecutara la pena que tu culpa
meresce; pero, por asegurarme desto lo que yo de mí conozco, vengo
a conocer que más ha procedido tu osadía de pensamientos
ociosos que de enamorados. Y, aunque ellos sean de la manera que dices,
no pienses que me has de mover a mí para remediallos como a Silvia
para creellos, de la cual tengo más queja por haberme forzado a
responderte que de ti que te atreviste a escrebirme, pues el callar fuera
digna respuesta a tu locura. Si te retraes de lo comenzado, harás
como discreto, porque te hago saber que pienso tener más cuenta
con mi honra que con tus vanidades.
ȃsta
fue la respuesta de Leonida, la cual, junto con las esperanzas que Silvia
me dio, aunque ella parecía algo áspera, me hizo tener por
el más bien afortunado del mundo.
»Mientras estas cosas entre nosotros pasaban, no se descuidaba Crisalbo
de solicitar a Silvia con infinitos mensajes, presentes y servicios; mas,
era tan fuerte y desabrida la condición de Crisalbo, que jamás
pudo mover a la de Silvia a que un pequeño favor le diese, de lo
cual estaba tan desesperado e impaciente como un agarrochado y vencido
toro.
»Por causa de sus amores había tomado amistad con el astuto
Carino, pariente de Silvia, habiendo los dos sido primero mortales enemigos,
porque en cierta lucha que un día de una grande fiesta delante
de todo el pueblo los zagales más diestros del lugar tuvieron,
Carino fue vencido de Crisalbo y maltratado; de manera que concibió
en su corazón odio perpetuo contra Crisalbo. Y no menos lo tenía
contra otro hermano mío, por haberle sido contrario en unos amores,
de los cuales mi hermano llevó el fruto que Carino esperaba. Este
rancor y mala voluntad tuvo Carino secreta, hasta que el tiempo le descubrió
ocasión cómo a un mesmo punto se vengase de entrambos por
el más cruel estilo que imaginarse puede.
»Yo le tenía por amigo, porque la entrada en casa de Silvia
no se me impidiese; Crisalbo le adoraba, porque favoreciese sus pensamientos
con Silvia; y era de suerte su amistad, que todas las veces que Leonida
venía a casa de Silvia Carino la acompañaba. Por la cual
causa le pareció bien a Silvia darle cuenta, pues era mi amigo,
de los amores que yo con Leonida trataba, que en aquella sazón
andaban ya tan vivos y venturosos, por la buena intercesión de
Silvia, que ya no esperábamos sino tiempo y lugar donde coger el
honesto fruto de nuestros limpios deseos, los cuales sabidos de Carino,
tomó por instrumento para hacer la mayor traición del mundo.
Porque un día, haciendo del leal con Crisalbo, y dándole
a entender que tenía en más su amistad que la honra de su
parienta, le dijo que la principal causa porque Silvia no le amaba ni
favorescía era por estar de mí enamorada, y que él
lo sabía inefaliblemente; y que ya nuestros amores iban tan al
descubierto, que si él no hubiera estado ciego de la pasión
amorosa, en mil señales lo hubiera ya conocido; y que para certificarse
más de la verdad que le decía, que de allí adelante
mirase en ello, porque vería claramente cómo, sin empacho
alguno, Silvia me daba extraordinarios favores. Con estas nuevas debió
de quedar tan fuera de sí Crisalbo, como pareció por lo
que dellas sucedió.
»De allí adelante Crisalbo traía espías por
ver lo que yo con Silvia pasaba; y, como yo muchas veces procurase hallarme
solo con ella para tratar, no de los amores que él pensaba, sino
de lo que a los míos convenía, éranle a Crisalbo
referidas, con otros favores que, de limpia amistad procedidos, Silvia
a cada paso me hacía; por lo que vino Crisalbo a términos
tan desesperados que muchas veces procuró matarme, aunque yo no
pensaba que era por semejante ocasión, sino por lo de la antigua
enemistad de nuestros padres. Mas, por ser él hermano de Leonida,
tenía yo más cuenta con guardarme que con ofenderle, teniendo
por cierto que si yo con su hermana me casaba, tendrían fin nuestras
enemistades; de lo que él estaba bien ajeno, antes se pensaba que
por serle yo enemigo, había procurado tratar amores con Silvia,
y no porque yo bien la quisiese. Y esto le acrescentaba la cólera
y enojo de manera que le sacaba de juicio, aunque él tenía
tan poco, que poco era menester para acabárselo. Y pudo tanto en
él este mal pensamiento, que vino a aborrecer a Silvia tanto cuanto
la había querido, sólo porque a mí me favorecía,
no con la voluntad que él pensaba, sino como Carino le decía.
Y así, en cualesquier corrillos y juntas que se hallaba, decía
mal de Silvia, dándole títulos y renombres deshonestos;
pero, como todos conoscían su terrible condición y la bondad
de Silvia, daban poco o ningún crédito a sus palabras.
»En este medio, había concertado Silvia con Leonida que los
dos nos desposásemos, y que, para que más a nuestro salvo
se hiciese, sería bien que un día que con Carino Leonida
viniese a su casa, no volviese por aquella noche a la de sus padres, sino
que desde allí, en compañía de Carino, se fuese a
una aldea que media legua de la nuestra estaba, donde unos ricos parientes
míos vivían, en cuya casa con más quietud podíamos
poner en efecto nuestras intenciones; porque si del suceso dellas los
padres de Leonida no fuesen contentos, a lo menos estando ella ausente
sería más fácil el concertarse. Tomado, pues, este
apuntamiento y dada cuenta dél a Carino, se ofreció, con
muestras de grandísimo ánimo, que llevaría a Leonida
a la otra aldea, como ella fuese contenta. Los servicios que yo hice a
Carino por la buena voluntad que mostraba, las palabras de ofrecimiento
que le dije, los abrazos que le di, me parece que bastaran a deshacer
en un corazón de acero cualquiera mala intención que contra
mí tuviera. Pero el traidor de Carino, echando a las espaldas mis
palabras, obras y promesas, sin tener cuenta con la que a sí mesmo
debía, ordenó la traición que agora oirás.
»Informado Carino de la voluntad de Leonida, y viendo ser conforme
a la que Silvia le había dicho, ordenó que la primera noche
que, por las muestras del día, entendiesen que había de
ser escura, se pusiese por obra la ida de Leonida, ofreciéndose
de nuevo a guardar el secreto y lealtad posible. Después de hecho
este concierto que has oído, se fue a Crisalbo, según después
acá he sabido, y le dijo que su parienta Silvia iba tan adelante
en los amores que conmigo traía, que en una cierta noche había
determinado de sacarla de casa de sus padres y llevarla a la otra aldea,
do mis parientes moraban; donde se le ofrecía coyuntura de vengar
su corazón en entrambos: en Silvia, por la poca cuenta que de sus
servicios había hecho; en mí, por nuestra vieja enemistad
y por el enojo que le había hecho en quitarle a Silvia, pues por
sólo mi respecto le dejaba. De tal manera le supo encarecer y decir
Carino lo que quiso, que con mucho menos a otro corazón no tan
cruel como el suyo moviera a cualquier mal pensamiento.
»Llegado, pues, ya el día que yo pensé que fuera el
de mi mayor contento, dejando dicho a Carino, no lo que hizo, sino lo
que había de hacer, me fui a la otra aldea a dar orden cómo
recebir a Leonida. Y fue el dejarla encomendada a Carino como quien deja
a la simple corderuela en poder de los hambrientos lobos, o a la mansa
paloma entre las uñas del fiero gavilán que la despedace.
¡Ay, amigo!, que llegando a este paso con la imaginación,
no sé cómo tengo fuerzas para sostener la vida, ni pensamiento
para pensarlo, cuanto más lengua para decirlo. ¡Ay, mal aconsejado
Lisandro!, ¿cómo, y no sabías tú las condiciones
dobladas de Carino? ¿Mas, quién no se fiara de sus palabras,
aventurando él tan poco en hacerlas verdaderas con las obras? ¡Ay,
mal lograda Leonida, cuán mal supe gozar de la merced que me heciste
en escogerme por tuyo.
»En fin, por concluir con la tragedia de mi desgracia, sabrás,
discreto pastor, que la noche que Carino había de traer consigo
a Leonida a la aldea donde yo la esperaba, él llamó a otro
pastor, que debía de tener por enemigo, aunque él se lo
encubría debajo de su falsa acostumbrada disimulación, el
cual Libeo se llamaba, y le rogó que aquella noche le hiciese compañía,
porque determinaba llevar una pastora, su aficionada, a la aldea que te
he dicho, donde pensaba desposarse con ella. Libeo, que era gallardo y
enamorado, con facilidad le ofreció su compañía.
Despidióse Leonida de Silvia con estrechos abrazos y amorosas lágrimas,
como présaga que había de ser la última despedida.
Debía de considerar entonces la sin ventura la traición
que a sus padres hacía, y no la que a ella Carino le ordenaba,
y cuán mala cuenta daba de la buena opinión que della en
el pueblo se tenía. Mas, pasando de paso por todos estos pensamientos,
forzado del enamorado que la vencía, se entregó a la guardia
de Carino, que adonde yo la aguardaba la trujese.
»¡Cuántas veces se me viene a la memoria, llegando
a este punto, lo que soñé el día que le tuviera yo
por dichoso, si en él feneciera la cuenta de los de mi vida! Acuérdome
que, saliendo del aldea un poco antes que el sol acabase de quitar sus
rayos de nuestro horizonte, me senté al pie de un alto fresno,
en el mesmo camino por donde Leonida había de venir, esperando
que cerrase algo más la noche para adelantarme y recebilla; y,
sin saber cómo y sin yo quererlo, me quedé dormido. Y apenas
hube entregado los ojos al sueño, cuando me pareció que
el árbol donde estaba arrimado, rindiéndose a la furia de
un recísimo viento que soplaba, desarraigando las hondas raíces
de la tierra, sobre mi cuerpo se caía; y que, procurando yo evadirme
del grave peso, a una y otra parte me revolvía. Y, estando en esta
pesadumbre, me pareció ver una blanca cierva junto a mí,
a la cual yo ahincadamente suplicaba que, como mejor pudiese, apartase
de mis hombros la pesada carga; y que, queriendo ella, movida de compasión,
hacerlo, al mismo instante salió un fiero león del bosque,
y, cogiéndola entre sus agudas uñas, se metía con
ella por el bosque adelante; y que, después que con gran trabajo
me había escapado del grave peso, la iba a buscar al monte, y la
hallaba despedazada y herida por mil partes; de lo cual tanto dolor sentía,
que el alma se me arrancaba sólo por la compasión que ella
había mostrado de mi trabajo. Y así, comencé a llorar
entre sueños, de manera que las mismas lágrimas me despertaron,
y, hallando las mejillas bañadas del llanto quedé fuera
de mí, considerando lo que había soñado. Pero con
la alegría que esperaba tener de ver a mi Leonida, no eché
de ver entonces que la fortuna en sueños me mostraba lo que de
allí a poco rato despierto me había de suceder.
»A la sazón que yo desperté, acababa de cerrar la
noche, con tanta escuridad, con tan espantosos truenos y relámpagos,
como convenía para cometerse con más facilidad la crueldad
que en ella se cometió. Así como Carino salió de
casa de Silvia con Leonida, se la entregó a Libeo, diciéndole
que se fuese con ella por el camino de la aldea que he dicho; y, aunque
Leonida se alteró de ver a Libeo, Carino le aseguró que
no era menor amigo mío Libeo que él proprio, y que con toda
seguridad podía ir con él poco a poco, en tanto que él
se adelantaba a darme a mí las nuevas de su llegada. Creyó
la simple -en fin, como enamorada- las palabras del falso Carino, y, con
menor recelo del que convenía, guiada del comedido Libeo, tendía
los temerosos pasos para venir a buscar el último de su vida, pensando
hallar el mejor de su contento.
»Adelantóse Carino de los dos, como ya te he dicho, y vino
a dar aviso a Crisalbo de lo que pasaba, el cual, con otros cuatro parientes
suyos, en el mesmo camino por donde habían de pasar, que todo era
cerrado de bosque de una y otra parte, escondidos estaban. Y díjoles
cómo Silvia venía, y solo yo que la acompañaba, y
que se alegrasen de la buena ocasión que la suerte les ponía
en las manos para vengarse de la injuria que los dos les habíamos
hecho; y que él sería el primero que en Silvia, aunque era
parienta suya, probase los filos de su cuchillo. Apercibiéronse
luego los cinco crueles carniceros para colorarse en la inocente sangre
de los dos que tan sin cuidado de traición semejante por el camino
se venían, los cuales, llegados a do la celada estaba, al instante
fueron con ellos los pérfidos homicidas y cerráronlos en
medio. Crisalbo se llegó a Leonida, pensando ser Silvia, y con
injuriosas y turbadas palabras, con la infernal cólera que le señoreaba,
con seis mortales heridas la dejó tendida en el suelo, a tiempo
que ya Libeo por los otros cuatro -creyendo que a mí me las daban-
con infinitas puñaladas se revolcaba por la tierra. Carino, que
vio cuán bien había salido el traidor intento suyo, sin
aguardar razones, se les quitó delante, y los cinco traidores,
contentísimos, como si hubieran hecho alguna famosa hazaña,
se volvieron a su aldea; y Crisalbo se fue a casa de Silvia a dar él
mesmo a sus padres la nueva de lo que había hecho, por acrescentarles
el pesar y sentimiento, diciéndoles que fuesen a dar sepultura
a su hija Silvia, a quien él había quitado la vida por haber
hecho más caudal de la fría voluntad de Lisandro, su enemigo,
que no de los continuos sirvicios suyos. Silvia, que sintió lo
que Crisalbo decía, dándole el alma lo que había
sido, le dijo cómo ella estaba viva, y aun libre de todo lo que
la imputaba, y que mirase no hubiese muerto a quien le doliese más
su muerte que perder él mismo la vida. Y con esto le dijo que su
hermana Leonida se había partido aquella noche de su casa en traje
no acostumbrado. Atónito quedó Crisalbo de ver a Silvia
viva, teniendo él por cierto que la dejaba ya muerta, y con no
pequeño sobresalto acudió luego a su casa, y, no hallando
en ella a su hermana, con grandísima confusión y furia volvió
él solo a ver quién era la que había muerto, pues
Silvia estaba viva.
»Mientras todas estas cosas pasaban, estaba yo con una ansia estraña
esperando a Carino y Leonida, y, pareciéndome que ya tardaban más
de lo que debían, quise ir a encontrarlos, o a saber si por algún
caso aquella noche se habían detenido, y no anduve mucho por el
camino cuando oí una lastimada voz que decía: "¡Oh
soberano hacedor del cielo!, encoge la mano de tu justicia y abre la de
tu misericordia, para tenerla desta alma, que presto te dará cuenta
de las ofensas que te ha hecho. ¡Ay, Lisandro, Lisandro!, y cómo
la amistad de Carino te costará la vida, pues no es posible sino
que te la acabe el dolor de haberla yo por ti perdido. ¡Ay, cruel
hermano!, ¿es posible que sin oír mis disculpas tan presto
me quesiste dar la pena de mi yerro?" Cuando estas razones oí,
en la voz y en ellas conocí luego ser Leonida la que las decía,
y présago de mi desventura, con el sentido turbado, fui a tiento
a dar adonde Leonida estaba envuelta en su propria sangre; y, habiéndola
conocido luego, dejándome caer sobre el herido cuerpo, haciendo
los estremos de dolor posible, le dije: "¿Qué desdicha
es esta, bien mío? Ánima mía, ¿cuál
fue la cruel mano que no ha tenido respecto a tanta hermosura?" En
estas palabras fui conocido de Leonida, y, levantando con gran trabajo
los cansados brazos, los echó por cima de mi cuello, y, apretando
con la mayor fuerza que pudo, juntando su boca con la mía, con
flacas y mal pronunciadas razones, me dijo solas estas: "Mi hermano
me ha muerto; Carino, vendido; Libeo está sin vida, la cual te
dé Dios a ti, Lisandro mío, largos y felices años,
y a mí me deje gozar en la otra del reposo que aquí me ha
negado". Y, juntando más su boca con la mía, habiendo
cerrado los labios para darme el primero y último beso, al abrillos
se le salió el alma y quedó muerta en mis brazos. Cuando
yo lo sentí, abandonándome sobre el helado cuerpo, quedé
sin ningún sentido. Y si como era yo el vivo, fuera el muerto,
quien en aquel trance nos viera, el lamentable de Píramo y Tisbe
trujera a la memoria. Mas, después que volví en mí,
abriendo ya la boca para llenar el aire de voces y sospiros, sentí
que hacia donde yo estaba venía uno con apresurados pasos; y, llegándose
cerca, aunque la noche hacía escura, los ojos del alma me dieron
a conoscer que el que allí venía era Crisalbo; como era
la verdad, porque él tornaba a certificarse si por ventura era
su hermana Leonida la que había muerto. Y, como yo le conocí,
sin que de mí se guardase, llegué a él como sañudo
león y, dándole dos heridas, di con él en tierra;
y, antes que acabase de espirar, le llevé arrastrando adonde Leonida
estaba; y, puniendo en la mano muerta de Leonida el puñal que su
hermano traía, que era el mesmo con que él la había
muerto, ayudándole yo a ello, tres veces se le hinqué por
el corazón. Y, consolado en algo el mío con la muerte de
Crisalbo, sin más detenerme, tomé sobre mis hombros el cuerpo
de Leonida y llevéle al aldea donde mis parientes vivían;
y, contándoles el caso, les rogué le diesen honrada sepultura,
y luego puse por obra y determiné de tomar en Carino la venganza
que en Crisalbo; la cual, por haberse él ausentado de nuestra aldea,
se ha tardado hasta hoy, que le hallé a la salida deste bosque,
después de haber seis meses que ando en su demanda. Él ha
hecho ya el fin que su traición merescía, y a mí
no me queda ya de quién tomar venganza, si no es de la vida que
tan contra mi voluntad sostengo.» Esta es, pastor, la causa de do
proceden los lamentos que me has oído. Si te parece que es bastante
para causar mayores sentimientos, a tu buena discreción dejo que
lo considere.
Y con esto dio fin a su plática y principio a tantas lágrimas,
que no pudo dejar Elicio de tenerle compañía en ellas. Pero,
después que por largo espacio habían desfogado con tiernos
sospiros, el uno la pena que sentía, el otro la compasión
que della tomaba, Elicio comenzó con las mejores razones que supo
a consolar a Lisandro, aunque era su mal tan sin consuelo como por el
suceso dél había visto. Y entre otras cosas que le dijo,
y la que a Lisandro más le cuadró, fue decirle que en los
males sin remedio, el mejor era no esperarles ninguno; y que, pues de
la honestidad y noble condición de Leonida se podría creer
-según él decía- que de dulce vida gozaba, antes
debía alegrarse del bien que ella había ganado, que no entristecerse
por el que él había perdido. A lo cual respondió
Lisandro:
-Bien conozco, amigo, que tienen fuerza tus razones para hacerme creer
que son verdaderas, pero no que la tienen, ni la tendrán las que
todo el mundo decirme pudiere, para darme consuelo alguno. En la muerte
de Leonida comenzó mi desventura, la cual se acabará cuando
yo la torne a ver; y, pues esto no puede ser sin que yo muera, al que
me induciere a procurar la muerte tendré yo por más amigo
de mi vida.
No quiso Elicio darle más pesadumbre con sus consuelos, pues él
no los tenía por tales; sólo le rogó que se viniese
con él a su cabaña, en la cual estaría todo el tiempo
que gusto le diese, ofreciéndole su amistad en todo aquello que
podía ser buena para servirle. Lisandro se lo agradeció
cuanto fue posible; y, aunque no quería acetar el venir con Elicio,
todavía lo hubo de hacer forzado de su importunación, y
así los dos se levantaron y se vinieron a la cabaña de Elicio,
donde reposaron lo poco que de la noche quedaba. Pero ya que la blanca
Aurora dejaba el lecho del celoso marido y comenzaba a dar muestras del
venidero día, levantándose Erastro, comenzó a poner
en orden el ganado de Elicio y suyo, para sacarle al pasto acostumbrado.
Elicio convidó a Lisandro a que con él se viniese, y así,
viniendo los tres pastores con el manso rebaño de sus ovejas por
una cañada abajo, al subir de una ladera oyeron el sonido de una
suave zampoña, que luego por Elicio y Erastro fue conocido que
era Galatea quien la sonaba. Y no tardó mucho que por la cumbre
de la cuesta se comenzaron a descubrir algunas ovejas, y luego tras ellas
Galatea, cuya hermosura era tanta que sería mejor dejarla en su
punto, pues faltan palabras para encarecerla. Venía vestida a la
serrana, con los luengos cabellos sueltos al viento, de quien el mesmo
sol parescía tener envidia, porque, hiriéndoles con sus
rayos, procuraba quitarles la luz si pudiera, mas la que la salía
de la vislumbre dellos, otro nuevo sol semejaba. Estaba Erastro fuera
de sí mirándola, y Elicio no podía apartar los ojos
de verla. Cuando Galatea vio que el rebaño de Elicio y Erastro
con el suyo se juntaba, mostrando no gustar de tenerles aquel día
compañía, llamó a la borrega mansa de su manada,
a la cual siguieron las demás, y encaminóla a otra parte
diferente de la que los pastores llevaban. Viendo Elicio lo que Galatea
hacía, sin poder sufrir tan notorio desdén, llegándose
a do la pastora estaba, le dijo:
-Deja, hermosa Galatea, que tu rebaño venga con el nuestro, y si
no gustas de nuestra compañía, escoge la que más
te agradare; que no por tu ausencia dejarán tus ovejas de ser bien
apacentadas, pues yo, que nací para servirte, tendré más
cuenta dellas que de las mías proprias. Y no quieras tan a la clara
desdeñarme, pues no lo merece la limpia voluntad que te tengo;
que, según el viaje que traías, a la fuente de las Pizarras
le encaminabas, y agora que me has visto quieres torcer el camino. Y si
esto es así como pienso, dime adónde quieres hoy y siempre
apascentar tu ganado, que yo te juro de no llevar allí jamás
el mío.
-Yo te prometo, Elicio -respondió Galatea-, que no por huir de
tu compañía ni de la de Erastro he vuelto del camino que
tú imaginas que llevaba, porque mi intención es pasar hoy
la siesta en el arroyo de las Palmas, en compañía de mi
amiga Florisa, que allá me aguarda, porque desde ayer concertamos
las dos de apascentar hoy allí nuestros ganados; y, como yo venía
descuidada sonando mi zampoña, la mansa borrega tomó el
camino de las Pizarras, como della más acostumbrado. La voluntad
que me tienes y ofrecimientos que me haces te agradezco, y no tengas en
poco haber dado yo disculpa a tu sospecha.
-¡Ay, Galatea! -replicó Elicio-, y cuán bien que finges
lo que te parece, teniendo tan poca necesidad de usar conmigo artificio,
pues al cabo no tengo de querer más de lo que tú quisieres.
Ora vayas al arroyo de las Palmas, al soto del Concejo o a la fuente de
las Pizarras, ten por cierto que no has de ir sola, que siempre mi alma
te acompaña, y si tú no la vees, es porque no quieres verla,
por no obligarte a remediarla.
-Hasta agora -respondió Galatea- tengo por ver la primera alma,
y así no tengo culpa si no he remediado a ninguna.
-No sé cómo puedes decir eso -respondió Elicio-,
hermosa Galatea, que las veas para herirlas y no para curarlas.
-Testimonio me levantas -replicó Galatea- en decir que yo, sin
armas, pues a mujeres no son concedidas, haya herido a nadie.
-¡Ay, discreta Galatea! -dijo Elicio-, cómo te burlas con
lo que de mi alma sientes, a la cual invisiblemente has llagado, y no
con otras armas que con las de tu hermosura. Y no me quejo yo tanto del
daño que me has hecho, como de que le tengas en poco.
-En menos me tendría yo -respondió Galatea- si en más
le tuviese.
A esta sazón llegó Erastro, y, viendo que Galatea se iba
y les dejaba, le dijo:
-¿Adónde vas, o de quién huyes, hermosa Galatea?
Si de nosotros, que te adoramos, te alejas, ¿quién esperará
de ti compañía? ¡Ay, enemiga!, cuán al desgaire
te vas, triunfando de nuestras voluntades. El cielo destruya la buena
que tengo, si no deseo verte enamorada de quien estime tus quejas en el
grado que tú estimas las mías. ¿Ríeste de
lo que digo, Galatea? Pues yo lloro de lo que tú haces.
No pudo Galatea responder a Erastro, porque andaba guiando su ganado hacia
el arroyo de las Palmas, y, abajando desde lejos la cabeza en señal
de despedirse, los dejó. Y, como se vio sola, en tanto que llegaba
adonde su amiga Florisa creyó que estaría, con la estremada
voz que al cielo plugo darle, fue cantando este soneto:
GALATEA
Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha
de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
que tal llama mi alma no la quiere,
ni queda de tal ñudo satisfecha.
Consuma, ciña, yele, mate; estrecha
tenga otra la voluntad cuanto quisiere;
que por dardo, o por nieve, o red no'spere
tener la mía en su calor deshecha.
Su fuego enfriará mi casto intento,
el ñudo romperé por fuerza o arte,
la nieve deshará mi ardiente celo,
la flecha embotará mi pensamiento;
y así, no temeré en segura parte
de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo.
Con más
justa causa se pudieran parar los brutos, mover los árboles y juntar
las piedras a escuchar el suave canto y dulce armonía de Galatea,
que cuando a la cítara de Orfeo, lira de Apolo y música
de Anfión los muros de Troya y Tebas por sí mismos se fundaron,
sin que artífice alguno pusiese en ellos las manos, y las hermanas,
negras moradoras del hondo caos, a la estremada voz del incauto amante
se ablandaron. El acabar el canto Galatea y llegar adonde Florisa estaba,
fue todo a un tiempo, de la cual fue con alegre rostro recebida, como
aquélla que era su amiga verdadera y con quien Galatea sus pensamientos
comunicaba. Y, después que las dos dejaron ir a su albedrío
a sus ganados a que de la verde yerba paciesen, convidadas de la claridad
del agua de un arroyo que allí corría, determinaron de lavarse
los hermosos rostros, pues no era menester para acrecentarles hermosura
el vano y enfadoso artificio con que los suyos martirizan las damas que
en las grandes ciudades se tienen por más hermosas. Tan hermosas
quedaron después de lavadas como antes lo estaban, excepto que
por haber llegado las manos con movimiento al rostro, quedaron sus mejillas
encendidas y sonroseadas, de modo que un no sé qué de hermosura
les acrescentaba; especialmente a Galatea, en quien se vieron juntas las
tres Gracias, a quien los antiguos griegos pintaban desnudas por mostrar,
entre otros efectos, que eran señoras de la belleza. Comenzaron
luego a coger diversas flores del verde prado, con intención de
hacer sendas guirnaldas con que recoger los desornados cabellos que sueltos
por las espaldas traían.
En este ejercicio andaban ocupadas las dos hermosas pastoras, cuan-do
por el arroyo abajo vieron al improviso venir una pastora de gen-til donaire
y apostura, de que no poco se admiraron, porque les pareció que
no era pastora de su aldea ni de las otras comarcanas a ella, a cuya causa
con más atención la miraron, y vieron que venía poco
a poco hacia donde ellas estaban. Y, aunque estaban bien cerca, ella venía
tan embebida y transportada en sus pensamientos, que nunca las vio hasta
que ellas quisieron mostrarse. De trecho en trecho se paraba, y, vueltos
los ojos al cielo, daba unos sospiros tan dolorosos que de lo más
íntimo de sus entrañas parecían arrancados. Torcía
asimesmo sus blancas manos y dejaba correr por sus mejillas algunas lágrimas,
que líquidas perlas semejaban. Por los estremos de dolor que la
pastora hacía, conocieron Galatea y Florisa que de algún
interno dolor traía el alma ocupada, y por ver en qué paraban
sus sentimientos, entrambas se escondieron entre unos cerrados mirtos,
y desde allí con curiosos ojos miraban lo que la pastora hacía.
La cual, llegándose al margen del arroyo, con atentos ojos se paró
a mirar el agua que por él corría, y, dejándose caer
a la orilla dél como persona cansada, corvando una de sus hermosas
manos, cogió en ella del agua clara, con la cual lavándose
los húmidos ojos, con voz baja y debilitada dijo:
-¡Ay, claras y frescas aguas!, ¡cuán poca parte es
vuestra frialdad para templar el fuego que en mis entrañas siento!
Mal podré esperar de vosotras, ni aun de todas las que contiene
el gran mar océano, el remedio que he menester, pues, aplicadas
todas al ardor que me consume, haríades el mesmo efecto que suele
hacer la pequeña cantidad en la ardiente fragua, que más
su llama acrecienta. ¡Ay, tristes ojos, causadores de mi perdición,
y en qué fuerte punto os alcé para tan gran caída!
¡Ay, fortuna, enemiga de mi descanso, con cuánta velocidad
me derribaste de la cumbre de mis contentos al abismo de la miseria en
que me hallo! ¡Ay, cruda hermana!, ¿cómo no aplacó
la ira de tu desamorado pecho la humilde y amorosa presencia de Artidoro?
¿Qué palabras te pudo decir él para que le dieses
tan aceda y cruel respuesta? Bien parece, hermana, que tú no le
tenías en la cuenta que yo le tengo, que si así fuera, a
fe que tú te mostraras tan humilde cuanto él a ti subjeto.
Todo esto que la pastora decía mezclaba con tantas lágrimas,
que no hubiera corazón que escuchándola no se enterneciera.
Y, después que por algún espacio hubo sosegado el afligido
pecho, al son del agua que mansamente corría, acomodando a su propósito
una copla antigua, con suave y delicada voz cantó esta glosa:
Ya la esperanza
es perdida,
y un solo bien me consuela:
qu'el tiempo, que pasa y vuela,
llevará presto la vida.
Dos cosas
hay en amor
con que su gusto se alcanza:
deseo de lo mejor,
es la otra la esperanza
que pone esfuerzo al temor.
Las dos hicieron manida
en mi pecho, y no las veo;
antes en l'alma afligida,
porque me acabe el deseo,
ya la esperanza es perdida.
Si el deseo
desfallece
cuando la esperanza mengua,
al contrario en mí parece,
pues cuanto ella más desmengua
tanto más él s'engrandece.
Y no hay usar de cautela
con las llagas que me atizan,
que en esta amorosa escuela
mil males me martirizan,
y un solo bien me consuela.
Apenas hubo
llegado
el bien a mi pensamiento,
cuando el cielo, suerte y hado,
con ligero movimiento
l'han del alma arrebatado.
Y si alguno hay que se duela
de mi mal tan lastimero,
al mal amaina la vela,
y al bien pasa más ligero
qu'el tiempo, que pasa y vuela.
¿Quién
hay que no se consuma
con estas ansias que tomo?,
pues en ellas se ve en suma
ser los cuidados de plomo
y los placeres de pluma.
Y aunque va tan de caída
mi dichosa buena andanza
en ella este bien se anida:
que quien llevó la esperanza
llevará presto la vida.
Presto acabó
el canto la pastora, pero no las lágrimas con que lo solemnizaba,
de las cuales movidas a compasión Galatea y Florisa, salieron de
do escondidas estaban, y con amorosas y corteses palabras a la triste
pastora saludaron, diciéndole, entre otras razones:
-Así los cielos, hermosa pastora, se muestren favorables a lo que
pedirles quisieres, y dellos alcances lo que deseas, que nos digas, si
no te es enojoso, qué ventura o qué destino te ha traído
por esta tierra, que según la plática que nosotras tenemos
della, jamás por estas riberas te habemos visto. Y por haber oído
lo que poco ha cantaste, y entender por ello que no tiene tu corazón
el sosiego que ha menester, y por las lágrimas que has derramado,
de que dan indicio tus húmidos y hermosos ojos, en ley de buen
comedimiento estamos obligadas a procurarte el consuelo que de nuestra
parte fuere posible. Y si fuere tu mal de los que no sufren ser consolados,
a lo menos conoscerás en nosotras una buena voluntad de servirte.
-No sé con qué poder pagaros -respondió la forastera
pastora-, hermosas zagalas, los corteses ofrecimientos que me hacéis,
si no es con callar y agradecello, y estimarlos en el punto que merescen,
y con no negaros lo que de mí saber quisiéredes, puesto
que me sería mejor pasar en silencio los sucesos de mi ventura,
que no, con decirlos, daros indicios para que me tengáis por liviana.
-No muestra tu rostro y gentil apostura, hermosa pastora -respon-dió
Galatea-, que el cielo te ha dado tan grosero entendimiento que con él
hicieses cosa que después hubieses de perder reputación
en decirla. Y, pues tu vista y palabras en tan poco ha hecho esta impresión
en nosotras, que ya te tenemos por discreta, muéstranos, con contarnos
tu vida, si llega a tu discreción tu ventura.
-A lo que yo creo -respondió la pastora-, en un igual andan entrambas,
si ya no me ha dado la suerte más juicio para que sienta más
los dolores que se ofrecen. Pero yo estoy bien cierta que sobrepujan tanto
mis males a mi discreción, cuanto dellos es vencida toda mi habilidad,
pues no tengo ninguna para saber remediallos. Y, porque la experiencia
os desengañe, si quisiéredes oírme, bellas zagalas,
yo os contaré con las más breves razones que pudiere, cómo,
del mucho entendimiento que juzgáis que tengo, ha nascido el mal
que le hace ventaja.
-Con ninguna cosa, discreta zagala, satisfarás más nuestros
deseos -respondió Florisa-, que con darnos cuenta de lo que te
hemos rogado.
-Apartémonos, pues -dijo la pastora-, deste lugar y busquemos otro
donde, sin ser vistas ni estorbadas, pueda deciros lo que me pesa de haberos
prometido, porque adivino que no estará más en perderse
la buena opinión que con vosotras he cobrado, que cuanto tarde
en descubriros mis pensamientos, si acaso los vuestros no han sido tocados
de la enfermedad que yo padezco.
Deseosas de que la pastora cumpliese lo que prometía, se levantaron
luego las tres y se fueron a un lugar secreto y apartado que ya Galatea
y Florisa sabían, donde, debajo de la agradable sombra de unos
acopados mirtos, sin ser vistas de alguno, podían todas tres estar
sentadas. Y luego, con estremado donaire y gracia, la forastera pastora
comenzó a decir desta manera:
-«En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo,
hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo, fui
yo nascida y criada, y no en tan baja fortuna que me tuviese por la peor
de mi aldea. Mis padres son labradores y a la labranza del campo acostumbrados,
en cuyo ejercicio les imitaba, trayendo yo una manada de simples ovejas
por las dehesas concejiles de nuestra aldea, acomodando tanto mis pensamientos
al estado en que mi suerte me había puesto, que ninguna cosa me
daba más gusto que ver multiplicar y crecer mi ganado, sin tener
cuenta con más que con procurarle los más fructíferos
y abundosos pastos, claras y frescas aguas que hallar pudiese. No tenía
ni podía tener más cuidados que los que podían nascer
del pastoral oficio en que me ocupaba. Las selvas eran mis compañeras,
en cuya soledad muchas veces, convidada de la suave armonía de
los dulces pajarillos, despedía la voz a mil honestos cantares,
sin que en ellos mezclase sospiros ni razones que de enamorado pecho diesen
indicio alguno. ¡Ay!, cuántas veces, sólo por contentarme
a mí mesma y por dar lugar al tiempo que se pasase, andaba de ribera
en ribera, de valle en valle, cogiendo aquí la blanca azucena,
allí el cárdeno lirio, acá la colorada rosa, acullá
la olorosa clavellina, haciendo de todas suertes de odoríferas
flores una tejida guirnalda, con que adornaba y recogía mis cabellos;
y después, mirándome en las claras y reposadas aguas de
alguna fuente, quedaba tan gozosa de haberme visto que no trocara mi contento
por otro alguno. Y cuántas hice burla de algunas zagalas que, pensando
hallar en mi pecho alguna manera de compasión del mal que los suyos
sentían, con abundancia de lágrimas y sospiros, los secretos
enamorados de su alma me descubrían.
»Acuérdome agora, hermosas pastoras, que llegó a mí
un día una zagala amiga mía, y, echándome los brazos
al cuello y juntando su rostro con el mío, hechos sus ojos fuentes,
me dijo: "¡Ay, hermana Teolinda -que éste es el nombre
desta desdichada-, y cómo creo que el fin de mis días es
llegado, pues amor no ha tenido la cuenta conmigo que mis deseos merescían!"
Yo, entonces, admirada de los estremos que la veía hacer, creyendo
que algún gran mal le había sucedido de pérdida de
ganado, o de muerte de padre o hermano, limpiándole los ojos con
la manga de mi camisa, le rogué que me dijese qué mal era
el que tanto la aquejaba. Ella, prosiguiendo en sus lágrimas y
no dando tregua a sus sospiros, me dijo: "¿Qué mayor
mal quieres, ¡oh Teolinda!, que me haya sucedido que el haberse
ausentado sin decirme nada el hijo del mayoral de nuestra aldea, a quien
yo quiero más que a los proprios ojos de la cara; y haber visto
esta mañana en poder de Leocadia, la hija del rabadán Lisalco,
una cinta encarnada que yo había dado a aquel fementido de Eugenio,
por donde se me ha confirmado la sospecha que yo tenía de los amores
que el traidor con ella trataba?" Cuando yo acabé de entender
sus quejas, os juro, amigas y señoras mías, que no pude
acabar conmigo de no reírme y decirle: "Mía fe, Lidia
-que así se llama la sin ventura-, pensé que de otra mayor
llaga venías herida, según te quejabas, pero agora conozco
cuán fuera de sentido andáis vosotras, las que presumís
de enamoradas, en hacer caso de semejantes niñerías. Dime,
por tu vida, Lidia amiga: ¿cuánto vale una cinta encarnada,
para que te duela de verla en poder de Leocadia, ni de que se la haya
dado Eugenio? Mejor harías de tener cuenta con tu honra y con lo
que conviene al pasto de tus ovejas, y no entremeterte en estas burlerías
de amor, pues no se saca dellas, según veo, sino menoscabo de nuestras
honras y sosiego". Cuando Lidia oyó de mi boca tan contraria
respuesta de la que esperaba de mi piadosa condición, no hizo otra
cosa sino abajar la cabeza, y, acrescentando lágrimas a lágrimas
y sollozos a sollozos, se apartó de mí; y, volviendo a cabo
de poco trecho el rostro, me dijo: "Ruego yo a Dios, Teolinda, que
presto te veas en estado que tengas por dichoso el mío, y que el
amor te trate de manera que cuentes tu pena a quien la estime y sienta
en el grado que tú has hecho la mía". Y con esto se
fue, y yo me quedé riyendo de sus desvaríos. Mas, ¡ay,
desdichada, y cómo a cada paso conozco que me va alcanzando bien
su maldición, pues aun agora temo que estoy contando mi pena a
quien se dolerá poco de haberla sabido!»
A esto respondió Galatea:
-Pluviera a Dios, discreta Teolinda, que así como hallarás
en nosotras compasión de tu daño, pudieras hallar el remedio
dél, que presto perdieras la sospecha que de nuestro conocimiento
tienes.
-Vuestra hermosa presencia y agradable conversación, dulces pastoras
-respondió Teolinda-, me hace esperar eso, pero mi corta ventura
me fuerza a temer estotro. Mas, suceda lo que sucediere, que al fin habré
de contaros lo que os he prometido.
«Con la libertad que os he dicho, y en los ejercicios que os he
contado, pasaba yo mi vida tan alegre y sosegadamente que no sabía
qué pedirme el deseo, hasta que el vengativo Amor me vino a tomar
estrecha cuenta de la poca que con él tenía, y alcanzóme
en ella de manera que, con quedar su esclava, creo que aún no está
pagado ni satisfecho.
»Acaeció, pues, que un día -que fuera para mí
el más venturoso de los de mi vida, si el tiempo y las ocasiones
no hubieran traído tal descuento a mis alegrías-, viniendo
yo con otras pastoras de nuestra aldea a cortar ramos y a coger juncia
y flores y verdes espadañas para adornar el templo y calles de
nuestro lugar, por ser el siguiente día solemnísima fiesta
y estar obligados los moradores de nuestro pueblo por promesa y voto a
guardalla, acertamos a pasar todas juntas por un deleitoso bosque que
entre el aldea y el río está puesto, adonde hallamos una
junta de agraciados pastores, que a la sombra de los verdes árboles
pasaban el ardor de la caliente siesta, los cuales, como nos vieron, al
punto fuimos dellos conoscidas, por ser todos cuál primo y cuál
hermano y cuál pariente nuestro. Y, saliéndonos al encuentro
y entendido de nosotras el intento que llevábamos, con corteses
palabras nos persuadieron y forzaron a que adelante no pasásemos,
porque algunos dellos tomarían el trabajo de traer hasta allí
los ramos y flores por que íbamos. Y así, vencidas de sus
ruegos, por ser ellos tales, hubimos de conceder lo que querían;
y luego seis de los más mozos, apercebidos de sus hocinos, se partieron
con gran contento a traernos los verdes despojos que buscábamos.
Nosotras, que seis éramos, nos juntamos donde los demás
pastores estaban, los cuales nos recibieron con el comedimiento posible,
especialmente de un pastor forastero que allí estaba, que de ninguna
de nosotras fue conoscido, el cual era de tan gentil donaire y brío
que quedaron todas admiradas en verle; pero yo quedé admirada y
rendida. No sé qué os diga, pastoras, sino que, así
como mis ojos le vieron, sentí enternecérseme el corazón,
y comenzó a discurrir por todas mis venas un yelo que me encendía,
y, sin saber cómo, sentí que mi alma se alegraba de tener
puestos los ojos en el hermoso rostro del no conocido pastor. Y en un
punto, sin ser en los casos de amor experimentada, vine a conoscer que
era amor el que salteado me había. Y luego quisiera quejarme dél,
si el tiempo y la ocasión me dieran lugar a ello.
»En fin, yo quedé cual ahora estoy, vencida y enamorada,
aunque con más confianza de salud que la que ahora tengo. ¡Ay!,
cuántas veces en aquella sazón me quise llegar a Lidia,
que con nosotras estaba y decirle: "Perdóname, Lidia hermana,
de la desabrida respuesta que te di el otro día, porque te hago
saber que ya tengo más experiencia del mal de que te quejabas que
tú mesma". Una cosa me tiene maravillada: de cómo cuantas
allí estaban no conocieron, por los movimientos de mi rostro, los
secretos de mi corazón; y debiólo de causar que todos los
pastores se volvieron al forastero y le rogaron que acabase de cantar
una canción que había comenzado antes que nosotras llegásemos;
el cual, sin hacerse de rogar, siguió su comenzado canto con tan
estremada y maravillosa voz, que todos los que la escuchaban estaban transportados
en oírla. Entonces acabé yo de entregarme de todo en todo
a todo lo que el amor quiso, sin quedar en mí más voluntad
que si no la hubiera tenido para cosa alguna en mi vida. Y, puesto que
yo estaba más suspensa que todos escuchando la suave armonía
del pastor, no por eso dejé de poner grandísima atención
a lo que en sus versos cantaba, porque me tenía ya el amor puesta
en tal estremo que me llegara al alma si le oyera cantar cosas de enamorado,
que imaginara que ya tenía ocupados sus pensamientos, y quizá
en parte que no tuviesen alguna los míos en lo que deseaban. Mas
lo que él entonces cantó no fueron sino ciertas alabanzas
del pastoral estado y de la sosegada vida del campo, y algunos avisos
útiles a la conservación del ganado, de que no poco quedé
yo contenta, pareciéndome que si el pastor estuviera enamorado,
que de ninguna cosa tratara que de sus amores, por ser condición
de los amantes parecerles mal gastado el tiempo que en otra cosa que en
ensalzar y alabar la causa de sus tristezas o contentos se gasta. Ved,
amigas, en cuán poco espacio estaba ya maestra en la escuela de
amor.
»El acabar el pastor su canto y el descubrir los que con los ramos
venían fue todo a un tiempo; los cuales, a quien de lejos los miraba,
no parecían sino un pequeño montecillo que con todos sus
árbores se movía, según venían pomposos y
enramados. Y, llegando ya cerca de nosotras, todos seis entonaron sus
voces, y comenzando el uno y respondiendo todos, con muestras de grandísimo
contento, y con muchos placenteros alaridos, dieron principio a un gracioso
villancico. Con este contento y alegría llegaron más presto
de lo que yo quisiera, porque me quitaron la que yo sentía de la
vista del pastor. Descargados, pues, de la verde carga, vimos que traía
cada uno una hermosa guirnalda enroscada en el brazo, compuesta de diversas
y agradables flores, las cuales con graciosas palabras a cada una de nosotras
la suya presentaron, y se ofrecieron de llevar los ramos hasta el aldea.
Mas, agraciéndoles nosotras su buen comedimiento, llenas de alegría,
queríamos dar la vuelta al lugar, cuando Eleuco, un anciano pastor
que allí estaba, nos dijo: "Bien será, hermosas pastoras,
que nos paguéis lo que por vosotras nuestros zagales han hecho,
con dejarnos las guirnaldas, que demasiadas lleváis de lo que a
buscar veníades; pero ha de ser con condición que de vuestra
mano las deis a quien os pareciere". "Si con tan pequeña
paga quedaréis de nosotras satisfechos -respondió la una-,
yo por mí soy contenta". Y, tomando la guirnalda con ambas
manos, la puso en la cabeza de un gallardo primo suyo. Las otras, guiadas
deste ejemplo, dieron las suyas a diferentes zagales que allí estaban;
que todos, sus parientes eran. Yo, que a lo último quedaba, y que
allí deudo alguno no tenía, mostrando hacer de la desenvuelta,
me llegué al forastero pastor, y, puniéndole la guirnalda
en la cabeza, le dije: "Ésta te doy, buen zagal, por dos cosas:
la una, por el contento que a todos nos has dado con tu agradable canto;
la otra, porque en nuestra aldea se usa honrar a los estranjeros".
Todos los circunstantes recibieron gusto de lo que yo hacía; pero,
¿qué os diré yo de lo que mi alma sintió,
viéndome tan cerca de quien me la tenía robada, sino que
diera cualquiera otro bien que acertara a desear en aquel punto, fuera
de quererle, por poder ceñirle con mis brazos al cuello, como le
ceñí las sienes con la guirnalda? El pastor se me humilló
y con discretas palabras me agradeció la merced que le hacía,
y, al despedirse de mí, con voz baja, hurtando la ocasión
a los muchos ojos que allí había, me dijo: "Mejor te
he pagado de lo que piensas, hermosa pastora, la guirnalda que me has
dado: prenda llevas contigo que si la sabes estimar, conocerás
que me quedas deudora". Bien quisiera yo responderle, pero la priesa
que mis compañeras me daban era tanta, que no tuve lugar de replicarle.
»Desta manera me volví al aldea, con tan diferente corazón
del con que había salido, que yo mesma de mí mesma me maravillaba.
La compañía me era enojosa, y cualquiera pensamiento que
me viniese, que a pensar en mi pastor no se encaminase, con gran presteza
procuraba luego de desecharle de mi memoria, como indigno de ocupar el
lugar que de amorosos cuidados estaba lleno. Yo no sé cómo
en tan pequeño espacio de tiempo me transformé en otro ser
del que tenía, porque yo ya no vivía en mí, sino
en Artidoro -que ansí se llama la mitad de mi alma que ando buscando-:
doquiera que volvía los ojos me parecía ver su figura; cualquiera
cosa que escuchaba, luego sonaba en mis oídos su suave música
y armonía; a ninguna parte movía los pies, que no diera
por hallarle en ella mi vida, si él la quisiera; en los manjares
no hallaba el acostumbrado gusto, ni las manos acertaban a tocar cosa
que se le diese. En fin, todos mis sentidos estaban trocados del ser que
primero tenían, ni el alma obraba por ellos como era acostumbrada.
»En considerar la nueva Teolinda que en mí había nacido,
y en contemplar las gracias del pastor, que impresas en el alma me quedaron,
se me pasó todo aquel día y la noche antes de la solemne
fiesta, la cual venida, fue con grandísimo regocijo y aplauso de
todos los moradores de nuestra aldea y de los circunvecinos lugares solemnizada.
Y, después de acabadas en el templo las sacras oblaciones, y cumplidas
las debidas ceremonias, en una ancha plaza que delante del templo se hacía,
a la sombra de cuatro antiguos y frondosos álamos que en ella estaban,
se juntó casi la más gente del pueblo, y, haciéndose
todos un corro, dieron lugar a que los zagales vecinos y forasteros se
ejercitasen, por honra de la fiesta, en algunos pastoriles ejercicios.
Luego en el instante, se mostraron en la plaza un buen número de
dispuestos y gallardos pastores, los cuales, dando alegres muestras de
su juventud y destreza, dieron principios a mil graciosos juegos: ora
tirando la pesada barra, ora mostrando la ligereza de sus sueltos miembros
en los desusados saltos, ora descubriendo su crescida fuerza e industriosa
maña en las intrincadas luchas, ora enseñando la velocidad
de sus pies en las largas carreras, procurando cada uno de ser tal en
todo, que el primero premio alcanzase de muchos que los mayorales del
pueblo tenían puestos para los mejores que en tales ejercicios
se aventajasen. Pero, en estos que he contado, ni en otros muchos que
callo por no ser prolija, ningunos de cuantos allí estaban, vecinos
y comarcanos, llegó al punto que mi Artidoro, el cual con su presencia
quiso honrar y alegrar nuestra fiesta, y llevarse el primero honor y premio
de todos los juegos que se hicieron. Tal era, pastoras, su destreza y
gallardía; las alabanzas que todas le daban eran tantas, que yo
mesma me ensoberbecía, y un desusado contento en el pecho me retozaba,
sólo en considerar cuán bien había sabido ocupar
mis pensamientos. Pero, con todo esto, me daba grandísima pesadumbre
que Artidoro, como forastero, se había de partir presto de nuestra
aldea, y que si él se iba sin saber, a lo menos, lo que de mí
llevaba -que era el alma-, ¿qué vida sería la mía
en su ausencia, o cómo podría yo aliviar mi pena siquiera
con quejarme, pues no tenía de quién, sino de mí
mesma? Estando yo, pues, en estas imaginaciones, se acabó la fiesta
y regocijo, y queriendo Artidoro despedirse de los pastores sus amigos,
todos ellos juntos le rogaron que, por los días que había
de durar el octavario de la fiesta, fuese contento de pasarlos con ellos,
si otra cosa de más gusto no se lo impidía. "Ninguna
me la puede dar a mí mayor, graciosos pastores -respondió
Artidoro-, que serviros en esto y en todo lo que más fuere vuestra
voluntad, que, puesto que la mía era por agora querer buscar a
un hermano mío que pocos días ha falta de nuestra aldea,
cumpliré vuestro deseo, por ser yo el que gano en ello". Todos
se lo agradecieron mucho, y quedaron contentos de su quedada, pero más
lo quedé yo, considerando que en aquellos ocho días no podía
dejar de ofrecérseme ocasión donde le descubriese lo que
ya encubrir no podía. Toda aquella noche casi se nos pasó
en bailes y juegos, y en contar unas a otras las pruebas que habíamos
visto hacer a los pastores aquel día, diciendo: "Fulano bailó
mejor que fulano, puesto que el tal sabía más mudanzas que
el tal; Mingo derribó a Bras, pero Bras corrió más
que Mingo". Y, al fin fin, todas concluían que Artidoro, el
pastor forastero, había llevado la ventaja a todos, loándole
cada una en particular sus particulares gracias; las cuales alabanzas,
como ya he dicho, todas en mi contento redundaban.
»Venida la mañana del día después de la fiesta,
antes que la fresca aurora perdiese el rocío aljofarado de sus
hermosos cabellos, y que el sol acabase de descubrir sus rayos por las
cumbres de los vecinos montes, nos juntamos hasta una docena de pastoras,
de las más miradas del pueblo, y asidas unas de otras de las manos,
al son de una gaita y de una zampoña, haciendo y deshaciendo intricadas
vueltas y bailes, nos salimos de la aldea a un verde prado que no lejos
della estaba, dando gran contento a todos los que nuestra enmarañada
danza miraban. Y la ventura, que hasta entonces mis cosas de bien en mejor
iba guiando, ordenó que en aquel mesmo prado hallásemos
todos los pastores del lugar, y con ellos a Artidoro, los cuales, como
nos vieron, acordando luego el son de un tamborino suyo con el de nuestras
zampoñas, con el mesmo compás y baile nos salieron a recebir,
mezclándonos unos con otros confusa y concertadamente, y mudando
los instrumentos el son, mudamos el baile, de manera que fue menester
que las pastoras nos desasiésemos y diésemos las manos a
los pastores; y quiso mi buena dicha que acerté yo a dar la mía
a Artidoro. No sé cómo os encarezca, amigas, lo que en tal
punto sentí, si no es deciros que me turbé de manera que
no acertaba a dar paso concertado en el baile; tanto, que le convenía
a Artidoro llevarme con fuerza tras sí, porque no rompiese, soltándome,
el hilo de la concertada danza. Y, tomando dello ocasión, le dije:
"¿En qué te ha ofendido mi mano, Artidoro, que ansí
la aprietas?" Él me respondió, con voz que de ninguno
pudo ser oída: "Mas, ¿qué te ha hecho a ti mi
alma, que así la maltratas?" "Mi ofensa es clara -respondí
yo mansamente-; mas la tuya, ni la veo ni podrá verse". "Y
aun ahí está el daño -replicó Artidoro-: que
tengas vista para hacer el mal y te falte para sanarle". En esto
cesaron nuestras razones, porque los bailes cesaron, quedando yo contenta
y pensativa de lo que Artidoro me había dicho; y, aunque consideraba
que eran razones enamoradas, no me aseguraban si era de enamorado.
»Luego nos sentamos todos los pastores y pastoras sobre la verde
yerba; y, habiendo reposado un poco del cansancio de los bailes pasados,
el viejo Eleuco, acordando su instrumento, que un rabel era, con la zampoña
de otro pastor, rogó a Artidoro que alguna cosa cantase, pues él
más que otro alguno lo debía hacer, por haberle dado el
cielo tal gracia que sería ingrato si encubrirla quisiese. Artidoro,
agradeciendo a Eleuco las alabanzas que le daba, comenzó luego
a cantar unos versos, que, por haberme puesto en mí sospecha [a]quel[l]as
palabras que antes me había dicho, los tomé tan en la memoria
que aun hasta agora no se me han olvidado: los cuales, aunque os dé
pesadumbre oírlos, sólo porque hacen al caso para que entendáis
punto por punto por los que me ha traído el amor al desdichado
en que me hallo, os los habré de decir; que son estos:
En áspera,
cerrada, escura noche,
sin ver jamás el esperado día,
y en contino, crecido, amargo llanto,
ajeno de placer, contento y risa,
meresce estar, y en una viva muerte,
aquel que sin amor pasa la vida.
¿Qué
puede ser la más alegre vida,
sino una sombra de una breve noche,
o natural retrato de la muerte,
si en todas cuantas horas tiene el día,
puesto silencio al congojoso llanto,
no admite del amor la dulce risa?
Do vive el
blando amor, vive la risa,
y adonde muere, muere nuestra vida,
y el sabroso placer se vuelve en llanto,
y en tenebrosa sempiterna noche
la clara luz del sosegado día,
y es el vivir sin él amarga muerte.
Los rigurosos
trances de la muerte
no huye el amador; antes con risa
desea la ocasión y espera el día
donde pueda ofrescer la cara vida
hasta ver la tranquila última noche,
al amoroso fuego, al dulce llanto.
No se llama
de amor el llanto, llanto,
ni su muerte llamarse debe muerte,
ni a su noche dar título de noche;
[que] su risa llamarse debe risa,
y su vida tener por cierta vida,
y sólo festejar su alegre día.
¡Oh
venturoso para mí este día,
do pude poner freno al triste llanto,
y alegrarme de haber dado mi vida
a quien dármela puede, o darme muerte!
¿Mas qué puede esperarse, si no es risa,
de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?
Vuelto ha
mi escura noche en claro día
amor, y en risa mi crescido llanto,
y mi cercana muerte en larga vida.
»Estos
fueron los versos, hermosas pastoras, que con maravillosa gracia y no
menos satisfacción de los que le escuchaban aquel día, cantó
mi Artidoro, de los cuales y de las razones que antes me había
dicho, tomé yo ocasión de imaginar si por ventura mi vista
algún nuevo accidente amoroso en el pecho de Artidoro había
causado; y no me salió tan vana mi sospecha que él mesmo
no me la certificase al volvernos al aldea.»
A este punto del cuento de sus amores llegaba Teolinda, cuando las pastoras
sintieron grandísimo estruendo de voces de pastores y ladridos
de perros, que fue causa para que dejasen la comenzada plática
y se parasen a mirar por entre las ramas lo que era. Y así, vieron
que por un verde llano que a su mano derecha estaba, atravesaban una multitud
de perros, los cuales venían siguiendo una temerosa liebre, que
a toda furia a las espesas matas venía a guarecerse. Y no tardó
mucho que por el mesmo lugar donde las pastoras estaban la vieron entrar
y irse derecha al lado de Galatea; y allí, vencida del cansa[n]cio
de la larga carrera y casi como segura del cercano peligro, se dejó
caer en el suelo con tan cansado aliento que parecía que faltaba
poco para dar el espíritu. Los perros, por el olor y rastro, la
siguieron hasta entrar adonde estaban las pastoras; mas Galatea, tomando
la temerosa liebre en los brazos, estorbó su vengativo intento
a los cobdiciosos perros, por parecerle no ser bien si dejaba de defender
a quien della había querido valerse. De allí a poco llegaron
algunos pastores, que en seguimiento de los perros y de la liebre venían,
entre los cuales venía el padre de Galatea, por cuyo respecto ella,
Florisa y Teolinda le salieron a rescebir con la debida cortesía.
Él y los pastores quedaron admirados de la hermosura de Teolinda,
y con deseo de saber quién fuese, porque bien conocieron que era
forastera. No poco les pesó desta llegada a Galatea y Florisa,
por el gusto que les había quitado de saber el suceso de los amores
de Teolinda, a la cual rogaron fuese servida de no partirse por algunos
días de su compañía, si en ello no se estorbaba acaso
el cumplimiento de sus deseos.
-Antes, por ver si pueden cumplirse -respondió Teolinda-, me conviene
estar algún día en esta ribera; y, así por esto como
por no dejar imperfecto mi comenzado cuento, habré de hacer lo
que me mandáis.
Galatea y Florisa la abrazaron y le ofrecieron de nuevo su amistad, y
de servirla en cuanto sus fuerzas alcanzasen. En este entretanto, habiendo
el padre de Galatea y los otros pastores en el margen del claro arroyo
tendido sus gabanes y sacado de sus zurrones algunos rústicos manjares,
convidaron a Galatea y a sus compañeras a que con ellos comiesen.
Acetaron ellas el convite; y, sentándose luego, desecharon la hambre,
que por ser ya subido el día comenzaba a fatigarles. En estos y
en algunos cuentos que, por entretener el tiempo, los pastores contaron,
se llegó la hora acostumbrada de recogerse al aldea. Y luego Galatea
y Florisa, dando vuelta a sus rebaños, los recogieron, y en compañía
de Teolinda y de los otros pastores hacia el lugar poco a poco se encaminaron;
y, al quebrar de la cuesta donde aquella mañana habían topado
a Elicio, oyeron todos la zampoña del desamorado Lenio, el cual
era un pastor en cuyo pecho el amor jamás pudo hacer morada, y
desto vivía él tan alegre y satisfecho que, en cualquiera
conversación y junta de pastores que se hallaba, no era otro su
intento sino decir mal de amor y de los enamorados, y todos sus cantares
a este fin se encaminaban. Y por esta tan estraña condición
que tenía, era de los pastores de todas aquellas comarcas conocido,
y de unos aborrecido y de otros estimado. Galatea y los que allí
venían se pararon a escuchar, por ver si Lenio, como de costumbre
tenía, alguna cosa cantaba. Y luego vieron que, dando su zampoña
a otro compañero suyo, al son della comenzó a cantar lo
que se sigue:
LENIO
Un vano, descuidado pensamiento,
una loca, altanera fantasía,
un no sé qué, que la memoria cría,
sin ser, sin calidad, sin fundamento;
una esperanza que se lleva el viento,
un dolor con renombre de alegría,
una noche confusa do no hay día,
un ciego error de nuestro entendimiento,
son las raíces proprias de do nasce
esta quimera antigua celebrada
que amor tiene por nombre en todo el suelo.
Y el alma qu'en amor tal se complace,
meresce ser del suelo desterrada,
y que no la recojan en el cielo.
A la sazón
que Lenio cantaba lo que habéis oído, habían ya llegado
con sus rebaños Elicio y Erastro, en compañía del
lastimado Lisandro; y, pareciéndole a Elicio que la lengua de Lenio
en decir mal de amor a más de lo que era razón se estendía,
quiso mostrarle a la clara su engaño; y, aprovechándose
del mesmo concepto de los versos que él había cantado, al
tiempo que ya llegaban Galatea, Florisa y Teolinda y los demás
pastores, al son de la zampoña de Erastro, comenzó a cantar
desta manera:
ELICIO
Meresce quien en el suelo
en su pecho a amor no encierra,
que lo desechen del cielo
y no le sufra la tierra.
Am |