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Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
LIBRO
PRIMERO DE LA
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE
PERSILES Y SIGISMUNDA

CAPÍTULO PRIMERO
Voces daba
el bárbaro Corsicurvo a la estrecha boca de una profunda mazmorra,
antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella
estaban sepultados. Y, aunque su terrible y espantoso estruendo cerca
y lejos se escuchaba, de nadie eran entendidas articuladamente las razones
que pronunciaba, sino de la miserable Cloelia, a quien sus desventuras
en aquella profundidad tenían encerrada.
-Haz, ¡oh Cloelia! -decía el bárbaro-, que así
como está, ligadas las manos atrás, salga acá arriba,
atado a esa cuerda que descuelgo, aquel mancebo que habrá dos días
que te entregamos; y mira bien si, entre las mujeres de la pasada presa,
hay alguna que merezca nuestra compañía y gozar de la luz
del claro cielo que nos cubre y del aire saludable que nos rodea.
Descolgó en esto una gruesa cuerda de cáñamo, y,
de allí a poco espacio, él y otros cuatro bárbaros
tiraron hacia arriba; en la cual cuerda, ligado por debajo de los brazos,
sacaron asido fuertemente a un mancebo, al parecer de hasta diez y nueve
o veinte años, vestido de lienzo basto, como marinero, pero hermoso
sobre todo encarecimiento.
Lo primero que hicieron los bárbaros fue requerir las esposas y
cordeles con que a las espaldas traía ligadas las manos; luego
le sacudieron los cabellos, que, como infinitos anillos de puro oro, la
cabeza le cubrían; limpiáronle el rostro, que cubierto de
polvo tenía, y descubrió una tan maravillosa hermosura,
que suspendió y enterneció los pechos de aquellos que para
ser sus verdugos le llevaban.
No mostraba el gallardo mozo en su semblante género de aflición
alguna; antes, con ojos al parecer alegres, alzó el rostro y miró
al cielo por todas partes, y con voz clara y no turbada lengua dijo:
-Gracias os hago, ¡oh inmensos y piadosos cielos!, de que me habéis
traído a morir adonde vuestra luz vea mi muerte, y no adonde estos
escuros calabozos, de donde agora salgo, de sombras caliginosas la cubran.
Bien querría yo no morir desesperado, a lo menos, porque soy cristiano;
pero mis desdichas son tales, que me llaman y casi fuerzan a desearlo.
Ninguna destas razones fue entendida de los bárbaros, por ser dichas
en diferente lenguaje que el suyo; y así, cerrando primero la boca
de la mazmorra con una gran piedra y cogiendo al mancebo, sin desatarle,
entre los cuatro llegaron con él a la marina, donde tenían
una balsa de maderos, y atados unos con otros con fuertes bejucos y flexibles
mimbres. Este artificio les servía, como luego pareció,
de bajel en que pasaban a otra isla que no dos millas o tres de allí
se parecía.
Saltaron luego en los maderos, y pusieron en medio dellos sentado al prisionero,
y luego uno de los bárbaros asió de un grandísimo
arco que en la balsa estaba; y, poniendo en él una desmesurada
flecha, cuya punta era de pedernal, con mucha presteza le flechó,
y, encarando al mancebo, le señaló por su blanco, dando
señales y muestras de que ya le quería pasar el pecho. Los
bárbaros que quedaban asieron de tres palos gruesos, cortados a
manera de remos, y el uno se puso a ser timonero, y los dos a encaminar
la balsa a la otra isla.
El hermoso mozo, que por instantes esperaba y temía el golpe de
la flecha amenazadora, encogía los hombros, apretaba los labios,
enarcaba las cejas, y, con silencio profundo, dentro en su corazón
pedía al cielo, no que le librase de aquel tan cercano como cruel
peligro, sino que le diese ánimo para sufrillo. Viendo lo cual
el bárbaro flechero, y sabiendo que no había de ser aquel
el género de muerte con que le habían de quitar la vida,
hallando la belleza del mozo piedad en la dureza de su corazón,
no quiso darle dilatada muerte, teniéndole siempre encarada la
flecha al pecho; y así, arrojó de sí el arco, y,
llegándose a él, por señas, como mejor pudo, le dio
a entender que no quería matarle.
En esto estaban, cuando los maderos llegaron a la mitad del estrecho que
las dos islas formaban, en el cual de improviso se levantó una
borrasca, que, sin poder remediallo los inexpertos marineros, los leños
de la balsa se desligaron y dividieron en partes, quedando en la una,
que sería de hasta seis maderos compuesta, el mancebo, que de otra
muerte que de ser anegado, tan poco había que estaba temeroso.
Levantaron remolinos las aguas, pelearon entre sí los contrapuestos
vientos, anegáronse los bárbaros, salieron los leños
del atado prisionero al mar abierto, pasábanle las olas por cima,
no solamente impidiéndole ver el cielo, pero negándole el
poder pedirle tuviese compasión de su desventura. Y sí tuvo,
pues las continuas y furiosas ondas, que a cada punto le cubrían,
no le arrancaron de los leños, y se le llevaron consigo a su abismo;
que, como llevaba atadas las manos a las espaldas, ni podía asirse,
ni usar de otro remedio alguno.
Desta manera que se ha dicho salió a lo raso del mar, que se mostró
algún tanto sosegado y tranquilo al volver una punta de la isla,
adonde los leños milagrosamente se encaminaron y del furioso mar
se defendieron. Sentóse el fatigado joven, y, tendiendo la vista
a todas partes, casi junto a él descubrió un navío
que en aquel redoso del alterado mar, como en seguro puerto, se reparaba.
Descubrieron asimismo los del navío los maderos y el bulto que
sobre ellos venía; y, por certificarse qué podía
ser aquello, echaron el esquife al agua y llegaron a verlo, y, hallando
allí al tan desfigurado como hermoso mancebo, con diligencia y
lástima le pasaron a su navío, dando con el nuevo hallazgo
admiración a cuantos en él estaban.
Subió el mozo en brazos ajenos, y, no pudiendo tenerse en sus pies
de puro flaco -porque había tres días que no había
comido- y de puro molido y maltratado de las olas, dio consigo un gran
golpe sobre la cubierta del navío, el capitán del cual,
con ánimo generoso y compasión natural, mandó que
le socorriesen. Acudieron luego unos a quitarle las ataduras, otros a
traer conservas y odoríferos vinos, con cuyos remedios volvió
en sí, como de muerte a vida, el desmayado mozo, el cual, poniendo
los ojos en el capitán, cuya gentileza y rico traje le llevó
tras sí la vista y aun la lengua, y le dijo:
-Los piadosos cielos te paguen, piadoso señor, el bien que me has
hecho, que mal se pueden llevar las tristezas del ánimo, si no
se esfuerzan los descaecimientos del cuerpo. Mis desdichas me tienen de
manera que no te puedo hacer ninguna recompensa deste beneficio, si no
es con el agradecimiento. Y si se sufre que un pobre afligido pueda decir
de sí mismo alguna alabanza, yo sé que en ser agradecido
ninguno en el mundo me podrá llevar alguna ventaja.
Y en esto probó a levantarse para ir a besarle los pies, mas la
flaqueza no se lo permitió, porque tres veces lo probó y
otras tantas volvió a dar consigo en el suelo. Viendo lo cual el
capitán, mandó que le llevasen debajo de cubierta y le echasen
en dos traspontines, y que, quitándole los mojados vestidos, le
vistiesen otros enjutos y limpios, y le hiciesen descansar y dormir. Hízose
lo que el capitán mandó. Obedeció, callando, el mozo,
y en el capitán creció la admiración de nuevo, viéndolo
levantar en pie, con la gallarda disposición que tenía,
y luego le comenzó a fatigar el deseo de saber dél, lo más
presto que pudiese, quién era, cómo se llamaba y de qué
causas había nacido el efeto que en tanta estrecheza le había
puesto; pero, excediendo su cortesía a su deseo, quiso que primero
se acudiese a su debilidad que cumplir la voluntad suya.
CAPÍTULO
SEGUNDO DEL LIBRO PRIMERO
Reposando dejaron
los ministros de la nave al mancebo, en cumplimiento de lo que su señor
les había mandado; pero, como le acosaban varios y tristes pensamientos,
no podía el sueño tomar posesión de sus sentidos,
ni menos lo consintieron unos congojosos suspiros y unas angustiadas lamentaciones
que a sus oídos llegaron, a su parecer, salidos de entre unas tablas
de otro apartamiento que junto al suyo estaba. Y, poniéndose con
grande atención a escucharlas, oyó que decían:
-¡En triste y menguado signo mis padres me engendraron, y en no
benigna estrella mi madre me arrojó a la luz del mundo! ¡Y
bien digo arrojó, porque nacimiento como el mío, antes se
puede decir arrojar que nacer! Libre pensé yo que gozara de la
luz del sol en esta vida, pero engañóme mi pensamiento,
pues me veo a pique de ser vendida por esclava: desventura a quien ninguna
puede compararse.
-¡Oh tú, quienquiera que seas! -dijo a esta sazón
el mancebo-. Si es, como decirse suele, que las desgracias y trabajos
cuando se comunican suelen aliviarse, llégate aquí, y, por
entre los espacios descubiertos destas tablas, cuéntame los tuyos;
que si en mí no hallares alivio, hallarás quien dellos se
compadezca.
-Escucha, pues -le fue respondido-, que en las más breves razones
te contaré las sinrazones que la fortuna me ha hecho. Pero querría
saber primero a quién las cuento. Dime si eres, por ventura, un
mancebo que poco ha hallaron medio muerto en unos maderos que dicen sirven
de barcos a unos bárbaros que están en esta isla, donde
habemos dado fondo, reparándonos de la borrasca que se ha levantado.
-El mismo soy -respondió el mancebo.
-Pues ¿quién eres? -preguntó la persona que hablaba.
-Dijératelo, si no quisiera que primero me obligaras con contarme
tu vida; que, por las palabras que poco ha que te oí decir, imagino
que no debe de ser tan buena como quisieras.
A lo que le respondieron:
-Escucha, que en cifra te diré mis males. «El capitán
y señor deste navío se llama Arnaldo, es hijo heredero del
rey de Dinamarca; a cuyo poder vino por diferentes y estraños acontecimientos
una principal doncella, a quien yo tuve por señora, a mi parecer,
de tanta hermosura que entre las que hoy viven en el mundo, y entre aquellas
que puede pintar en la imaginación el más agudo entendimiento,
puede llevar la ventaja. Su discreción iguala a su belleza, y sus
desdichas a su discreción y a su hermosura. Su nombre es Auristela.
Sus padres, de linaje de reyes y de riquísimo estado.
ȃsta, pues, a quien todas estas alabanzas vienen cortas,
se vio vendida, y comprada de Arnaldo, y con tanto ahínco y con
tantas veras la amó y la ama, que mil veces de esclava la quiso
hacer su señora, admitiéndola por su legítima esposa;
y esto con voluntad del rey, padre de Arnaldo, que juzgó que las
raras virtudes y gentileza de Auristela mucho más que ser reina
merecían. Pero ella se defendía, diciendo no ser posible
romper un voto que tenía hecho de guardar virginidad toda su vida,
y que no pensaba quebrarle en ninguna manera, si bien la solicitasen promesas
o la amenazasen muertes. Pero no por esto ha dejado Arnaldo de entretener
sus esperanzas con dudosas imaginaciones, arrimándolas a la variación
de los tiempos y a la mudable condición de las mujeres, hasta que
sucedió que, andando mi señora Auristela por la ribera del
mar, solazándose, no como esclava, sino como reina, llegaron unos
bajeles de cosarios, y la robaron y llevaron no se sabe adónde.
»El príncipe Arnaldo, imaginando que estos cosarios eran
los mismos que la primera vez se la vendieron (los cuales cosarios andan
por todos estos mares, ínsulas y riberas, robando o comprando las
más hermosas doncellas que hallan, para traellas por granjería
a vender a esta ínsula, donde dicen que estamos, la cual es habitada
de unos bárbaros, gente indómita y cruel, los cuales tienen
entre sí por cosa inviolable y cierta, persuadidos, o ya del demonio
o ya de un antiguo hechicero a quien ellos tienen por sapientísimo
varón, que de entre ellos ha de salir un rey que conquiste y gane
gran parte del mundo; este rey que esperan no saben quién ha de
ser, y para saberlo, aquel hechicero les dio esta orden: que sacrificasen
todos los hombres que a su ínsula llegasen, de cuyos corazones,
digo de cada uno de por sí, hiciesen polvos y los diesen a beber
a los bárbaros más principales de la ínsula, con
expresa orden que, el que los pasase sin torcer el rostro ni dar muestras
de que le sabía mal, le alzasen por su rey; pero no ha de ser éste
el que conquiste el mundo, sino un hijo suyo. También les mandó
que tuviesen en la isla todas las doncellas que pudiesen o comprar o robar,
y que la más hermosa dellas se la entregasen luego al bárbaro,
cuya sucesión valerosa prometía la bebida de los polvos.
Estas doncellas, compradas o robadas, son bien tratadas de ellos, que
sólo en esto muestran no ser bárbaros, y las que compran,
son a subidísimos precios, que los pagan en pedazos de oro sin
cuño y en preciosísimas perlas, de que los mares de las
riberas destas islas abundan; y a esta causa, llevados deste interés
y ganancia, muchos se han hecho cosarios y mercaderes).
»Arnaldo, pues, que, como te he dicho, ha imaginado que en esta
isla podría ser que estuviese Auristela, mitad de su alma sin la
cual no puede vivir, ha ordenado, para certificarse desta duda, de venderme
a mí a los bárbaros, porque, quedando yo entre ellos, sirva
de espía de saber lo que desea, y no espera otra cosa sino que
el mar se amanse para hacer escala y concluir su venta. Mira, pues, si
con razón me quejo, pues la ventura que me aguarda es venir a vivir
entre bárbaros, que de mi hermosura no me puedo prometer venir
a ser reina, especialmente si la corta suerte hubiese traído a
esta tierra a mi señora, la sin par Auristela. De esta causa nacieron
los suspiros que me has oído, y destos temores, las quejas que
me atormentan.»
Calló, en diciendo esto, y al mancebo se le atravesó un
ñudo en la garganta; pegó la boca con las tablas, que humedeció
con copiosas lágrimas, y al cabo de un pequeño espacio le
preguntó si, por ventura, tenía algunos barruntos de que
Arnaldo hubiese gozado de Auristela, o ya de que Auristela, por estar
en otra parte prendada, desdeñase a Arnaldo, y no admitiese tan
gran dádiva como la de un reino, porque a él le parecía
que tal vez las leyes del gusto humano tienen más fuerza que las
de la religión.
Respondióle que, aunque ella imaginaba que el tiempo había
podido dar a Auristela ocasión de querer bien a un tal Periandro,
que la había sacado de su patria (caballero generoso, dotado de
todas las partes que le podían hacer amable de todos aquellos que
le conociesen), nunca se le había oído nombrar en las continuas
quejas que de sus desgracias daba al cielo, ni en otro modo alguno.
Preguntóle si conocía ella a aquel Periandro que decía.
Díjole que no, sino que por relación sabía ser el
que llevó a su señora, a cuyo servicio ella había
venido después que Periandro, por un estraño acontecimiento,
la había dejado.
En esto estaban, cuando de arriba llamaron a Taurisa -que éste
era el nombre de la que sus desgracias había contado-, la cual,
oyéndose llamar, dijo:
-Sin duda alguna el mar está manso y la borrasca quieta, pues me
llaman para hacer de mí la desdichada entrega. A Dios te queda,
quienquiera que seas, y los cielos te libren de ser entregado para que
los polvos de tu abrasado corazón testifiquen esta vanidad e impertinente
profecía; que también estos insolentes moradores desta ínsula
buscan corazones que abrasar, como doncellas que guardar para lo que procuran.
Apartáronse. Subió Taurisa a la cubierta. Quedó el
mancebo pensativo, y pidió que le diesen de vestir, que quería
levantarse. Trujéronle un vestido de damasco verde, cortado al
modo del que él había traído de lienzo. Subió
arriba. Recibióle Arnaldo con agradable semblante. Sentóle
junto a sí. Vistieron a Taurisa rica y gallardamente, al modo que
suelen vestirse las ninfas de las aguas, o las amadríades de los
montes. En tanto que esto se hacía, con admiración del mozo,
Arnaldo le contó todos sus amores y sus intentos, y aun le pidió
consejo de lo que haría, y le preguntó si los medios que
ponía para saber de Auristela iban bien encaminados.
El mozo, que del razonamiento que había tenido con Taurisa y de
lo que Arnaldo le contaba, tenía el alma llena de mil imaginaciones
y sospechas, discurriendo con velocísimo curso del entendimiento
lo que podía suceder si acaso Auristela entre aquellos bárbaros
se hallase, le respondió:
-Señor, yo no tengo edad para saberte aconsejar, pero tengo voluntad
que me mueve a servirte, que la vida que me has dado con el recibimiento
y mercedes que me has hecho me obligan a emplearla en tu servicio. Mi
nombre es Periandro, de nobilísimos padres nacido, y al par de
mi nobleza corre mi desventura y mis desgracias, las cuales por ser tantas
no conceden ahora lugar para contártelas. Esa Auristela que buscas
es una hermana mía que también yo ando buscando, que, por
varios acontecimientos, ha un año que nos perdimos. Por el nombre
y por la hermosura que me encareces conozco sin duda que es mi perdida
hermana, que daría por hallarla, no sólo la vida que poseo,
sino el contento que espero recebir de haberla hallado, que es lo más
que puedo encarecer. Y así, como tan interesado en este hallazgo,
voy escogiendo, [entre] otros muchos medios que en la imaginación
fabrico, éste, que, aunque venga a ser con más peligro de
mi vida, será más cierto y más breve. Tú,
señor Arnaldo, estás determinado de vender esta doncella
a estos bárbaros, para que, estando en su poder, vea si está
en el suyo Auristela, de que te podrás informar volviendo otra
vez a vender otra doncella a los mismos bárbaros, y a Taurisa no
le faltará modo, o dará señales si está o
no Auristela con las demás que, para el efeto que se sabe, los
bárbaros guardan y con tanta solicitud compran.
-Así es la verdad -dijo Arnaldo-, y he escogido antes a Taurisa
que a otra, de cuatro que van en el navío para el mismo efeto,
porque Taurisa la conoce, que ha sido su doncella.
-Todo eso está muy bien pensado -dijo Periandro-, pero yo soy de
parecer que ninguna persona hará esa diligencia tan bien como yo,
pues mi edad, mi rostro, el interés que se me sigue, juntamente
con el conocimiento que tengo de Auristela, me está incitando a
aconsejarme que tome sobre mis hombros esta empresa. Mira, señor,
si vienes en este parecer, y no lo dilates, que, en los casos arduos y
dificultosos, en un mismo punto han de andar el consejo y la obra.
Cuadráronle a Arnaldo las razones de Periandro, y, sin reparar
en algunos inconvenientes que se le ofrecían, las puso en obra,
y de muchos y ricos vestidos de que venía proveído por si
hallaba a Auristela, vistió a Periandro, que quedó, al parecer,
la más gallarda y hermosa mujer que hasta entonces los ojos humanos
habían visto, pues si no era la hermosura de Auristela, ninguna
otra podía igualársele. Los del navío quedaron admirados;
Taurisa, atónita; el príncipe, confuso; el cual, a no pensar
que era hermano de Auristela, el considerar que era varón le traspasara
el alma con la dura lanza de los celos, cuya punta se atreve a entrar
por las del más agudo diamante: quiero decir que los celos rompen
toda seguridad y recato, aunque dél se armen los pechos enamorados.
Finalmente, hecho el metamorfosis de Periandro, se hicieron un poco a
la mar, para que de todo en todo de los bárbaros fuesen descubiertos.
La priesa con que Arnaldo quiso saber de Auristela no consintió
en que preguntase primero a Periandro quién eran él y su
hermana, y por qué trances habían venido al miserable en
que le había hallado; que todo esto, según buen discurso,
había de preceder a la confianza que dél hacía. Pero,
como es propia condición de los amantes ocupar los pensamientos
antes en buscar los medios de alcanzar el fin de su deseo que en otras
curiosidades, no le dio lugar a que preguntase lo que fuera bien que supiera,
y lo que supo después cuando no le estuvo bien el saberlo.
Alongados, pues, un tanto de la isla, como se ha dicho, adornaron la nave
con flámulas y gallardetes, que ellos azotando el aire y ellas
besando las aguas, hermosísima vista hacían. El mar tranquilo,
el cielo claro, el son de las chirimías y de otros instrumentos,
tan bélicos como alegres, suspendían los ánimos;
y los bárbaros, que de no muy lejos lo miraban, quedaron más
suspensos, y en un momento coronaron la ribera, armados de arcos y saetas
de la grandeza que otra vez se ha dicho.
Poco menos de una milla llegaba la nave a la isla, cuando, disparando
toda la artillería, que traía mucha y gruesa, arrojó
el esquife al agua, y, entrando en él Arnaldo, Taurisa y Periandro,
y otros seis marineros, pusieron en una lanza un lienzo blanco, señal
de que venían de paz, como es costumbre casi en todas las naciones
de la tierra. Y lo que en ésta les sucedió se cuenta en
el capítulo que se sigue.
CAPÍTULO
TERCERO DEL PRIMER LIBRO
Como se iba
acercando el barco a la ribera, se iban apiñando los bárbaros,
cada uno deseoso de saber, primero que viese, lo que en él venía;
y, en señal que lo recibirían de paz, y no de guerra, sacaron
muchos lienzos y los campearon por el aire, tiraron infinitas flechas
al viento, y, con increíble ligereza, saltaban algunos de unas
partes en otras.
No pudo llegar el barco a bordas con la tierra, por ser la mar baja, que
en aquellas partes crece y mengua como en las nuestras; pero los bárbaros,
hasta cantidad de veinte, se entraron a pie por la mojada arena, y llegaron
a él casi a tocarse con las manos. Traían sobre los hombros
a una mujer bárbara, pero de mucha hermosura, la cual, antes que
otro alguno hablase, dijo en lengua polaca:
-A vosotros, quienquiera que seáis, pide nuestro príncipe
(o, por mejor decir, nuestro gobernador) que le digáis quién
sois, a qué venís y qué es lo que buscáis.
Si por ventura traéis alguna doncella que vender, se os será
muy bien pagada, pero si son otras mercancías las vuestras, no
las hemos menester, porque en esta nuestra isla, merced al cielo, tenemos
todo lo necesario para la vida humana, sin tener necesidad de salir a
otra parte a buscarlo.
Entendióla muy bien Arnaldo, y preguntóle si era bárbara
de nación, o si acaso era de las compradas en aquella isla. A lo
que le respondió:
-Respóndeme tú a lo que he preguntado, que estos mis amos
no gustan que en otras pláticas me dilate, sino en aquellas que
hacen al caso para su negocio.
Oyendo lo cual Arnaldo, respondió:
-Nosotros somos naturales del reino de Dinamarca, usamos el oficio de
mercaderes y de cosarios, trocamos lo que podemos, vendemos lo que nos
compran y despachamos lo que hurtamos; y, entre otras presas que a nuestras
manos han venido, ha sido la de esta doncella -y señaló
a Periandro-, la cual, por ser una de las más hermosas (o, por
mejor decir, la más hermosa del mundo), os la traemos a vender,
que ya sabemos el efeto para que las compran en esta isla; y si es que
ha de salir verdadero el vaticinio que vuestros sabios han dicho, bien
podéis esperar desta sin igual belleza y disposición gallarda
que os dará hijos hermosos y valientes.
Oyendo esto algunos de los bárbaros, preguntaron a la bárbara
les dijese lo que decía. Díjolo ella, y al momento se partieron
cuatro dellos, y fueron -a lo que pareció- a dar aviso a su gobernador.
En este espacio que volvían, preguntó Arnaldo a la bárbara
si tenían algunas mujeres compradas en la isla, y si había
alguna entre ellas de belleza tanta, que pudiese igualar a la que ellos
traían para vender.
-No -dijo la bárbara-, porque, aunque hay muchas, ninguna dellas
se me iguala, porque, en efeto, yo soy una de las desdichadas para ser
reina destos bárbaros, que sería la mayor desventura que
me pudiese venir.
Volvieron los que habían ido a la tierra, y con ellos otros muchos
y su príncipe, que lo mostró ser en el rico adorno que traía.
Habíase echado sobre el rostro un delgado y trasparente velo Periandro,
por [no] dar de improviso, como rayo, con la luz de sus ojos en los de
aquellos bárbaros, que con grandísima atención le
estaban mirando.
Habló el gobernador con la bárbara, de que resultó
que ella dijo a Arnaldo que su príncipe decía que mandase
alzar el velo a su doncella. Hízose así: levantóse
en pie Periandro, descubrió el rostro, alzó los ojos al
cielo, mostró dolerse de su ventura, estendió los rayos
de sus dos soles a una y otra parte, que, encontrándose con los
del bárbaro capitán, dieron con él en tierra (a lo
menos, así lo dio a entender el hincarse de rodillas, como se hincó,
adorando a su modo en la hermosa imagen, que pensaba ser mujer); y, hablando
con la bárbara, en pocas razones concertó la venta, y dio
por ella todo lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra alguna.
Partieron todos los bárbaros a la isla; en un instante volvieron
con infinitos pedazos de oro, y con luengas sartas de finísimas
perlas, que sin cuenta y a montón confuso se las entregaron a Arnaldo;
el cual luego, tomando de la mano a Periandro, le entregó al bárbaro,
y dijo a la intérprete dijese a su dueño que dentro de pocos
días volvería a venderle otra doncella, si no tan hermosa,
a lo menos tal que pudiese merecer ser comprada.
Abrazó Periandro a todos los que en el barco venían, casi
preñados los ojos de lágrimas, que no le nacían de
corazón afeminado, sino de la consideración de los rigurosos
trances que por él habían pasado.
Hizo señal Arnaldo a la nave que disparase la artillería,
y el bárbaro a los suyos que tocasen sus instrumentos, y en un
instante atronó el cielo la artillería, y la música
de los bárbaros llenaron los aires de confusos y diferentes sones.
Con este aplauso, llevado en hombros de los bárbaros, puso los
pies en tierra Periandro. Llegó a su nave Arnaldo y los que con
él venían, quedando concertado entre Periandro y Arnaldo
que, si el viento no le forzase, procuraría no desviarse de la
isla sino lo que bastase para no ser de ella descubierto, y volver a ella
a vender, si fuese necesario, a Taurisa, que, con la seña que Periandro
le hiciese, se sabría el sí o el no del hallazgo de Auristela;
y, en caso que no estuviese en la isla, no faltaría traza para
libertar a Periandro, aunque fuese moviendo guerra a los bárbaros
con todo su poder y el de sus amigos.
CAPÍTULO
CUARTO DEL LIBRO PRIMERO
Entre los que
vinieron a concertar la compra de la doncella, vino con el capitán
un bárbaro, llamado Bradamiro, de los más valientes y más
principales de toda la isla, menospreciador de toda ley, arrogante sobre
la misma arrogancia, y atrevido tanto como él mismo, porque no
se halla con quién compararlo.
Éste, pues, desde el punto que vio a Periandro, creyendo ser mujer,
como todos lo creyeron, hizo disinio en su pensamiento de escogerla para
sí, sin esperar a que las leyes del vaticinio se probasen o cumpliesen.
Así como puso los pies en la ínsula Periandro, muchos bárbaros,
a porfía, le tomaron en hombros, y, con muestras de infinita alegría,
le llevaron a una gran tienda que, entre otras muchas pequeñas,
en un apacible y deleitoso prado estaban puestas, todas cubiertas de pieles
de animales, cuáles domésticos, cuáles selváticos.
La bárbara que había servido de intérprete de la
compra y venta no se le quitaba del lado, y con palabras y en lenguaje
que él no entendía le consolaba.
Ordenó luego el gobernador que pasasen a la ínsula de la
prisión, y trajesen de ella algún varón, si le hubiese,
para hacer la prueba de su engañosa esperanza. Fue obedecido al
punto, y al mismo instante tendieron por el suelo pieles curtidas, olorosas,
limpias y lisas, de animales, para que de manteles sirviesen, sobre las
cuales arrojaron y tendieron sin concierto ni policía alguna, diversos
géneros de frutas secas; y, sentándose él y algunos
de los principales bárbaros que allí estaban, comenzó
a comer y a convidar por señas a Periandro que lo mismo hiciese.
Sólo se quedó en pie Bradamiro, arrimado a su arco, clavados
los ojos en la que pensaba ser mujer. Rogóle el gobernador se sentase,
pero no quiso obedecerle; antes, dando un gran sospiro, volvió
las espaldas, y se salió de la tienda.
En esto, llegó un bárbaro que dijo al capitán que,
al tiempo que habían llegado él y otros cuatro para pasar
a la prisión, llegó a la marina una balsa, la cual traía
un varón y a la mujer guardiana de la mazmorra, cuyas nuevas pusieron
fin a la comida, y, levantándose el capitán, con todos los
que allí estaban, acudió a ver la balsa. Quiso acompañarle
Periandro, de lo que él fue muy contento.
Cuando llegaron, ya estaban en tierra el prisionero y la custodia. Miró
atentamente Periandro, por ver si por ventura conocía al desdichado
a quien su corta suerte había puesto en el mismo estremo en que
él se había visto, pero no pudo verle el rostro de lleno
en lleno, a causa que tenía inclinada la cabeza, y, como de industria,
parecía que no dejaba verse de nadie; pero no dejó de conocer
a la mujer que decían ser guardiana de la prisión, cuya
vista y conocimiento le suspendió el alma y le alborotó
los sentidos, porque claramente, y sin poner duda en ello, conoció
ser Cloelia, ama de su querida Auristela. Quisiérala hablar, pero
no se atrevió, por no entender si acertaría o no en ello;
y, así reprimiendo su deseo como sus labios, estuvo esperando en
lo que pararía semejante acontecimiento.
El gobernador, con deseo de apresurar sus pruebas y dar felice compañía
a Periandro, mandó que al momento se sacrificase aquel mancebo,
de cuyo corazón se hiciesen los polvos de la ridícula y
engañosa prueba.
Asieron al momento del mancebo muchos bárbaros; sin más
ceremonias que atarle un lienzo por los ojos, le hicieron hincar de rodillas,
atándole por atrás las manos, el cual, sin hablar palabra,
como un manso cordero, esperaba el golpe que le había de quitar
la vida. Visto lo cual por la antigua Cloelia, alzó la voz, y,
con más aliento que de sus muchos años se esperaba, comenzó
a decir:
-Mira, ¡oh gran gobernador!, lo que haces, porque ese varón
que mandas sacrificar no lo es, ni puede aprovechar ni servir en cosa
alguna a tu intención, porque es la más hermosa mujer que
puede imaginarse. Habla, hermosísima Auristela, y no permitas,
llevada de la corriente de tus desgracias, que te quiten la vida, poniendo
tasa a la providencia de los cielos, que te la pueden guardar y conservar,
para que felicemente la goces.
A estas razones, los crueles bárbaros detuvieron el golpe, que
ya ya la sombra del cuchillo se señalaba en la garganta del arrodillado.
Mandó el capitán desatarle y dar libertad a las manos y
luz a los ojos; y, mirándole con atención, le pareció
ver el más hermoso rostro de mujer que hubiese visto, y juzgó,
aunque bárbaro, que si no era el de Periandro, ninguno otro en
el mundo podría igualársele.
¿Qué lengua podrá decir, o qué pluma escribir,
lo que sintió Periandro cuando conoció ser Auristela la
condenada y la libre? Quitósele la vista de los ojos, cubriósele
el corazón, y con pasos torcidos y flojos fue a abrazarse con Auristela,
a quien dijo, teniéndola estrechamente entre sus brazos:
-¡Oh querida mitad de mi alma, oh firme coluna de mis esperanzas,
oh prenda, que no sé si diga por mi bien o por mi mal hallada,
aunque no será sino por bien, pues de tu vista no puede proceder
mal ninguno! Ves aquí a tu hermano Periandro.
Y esta razón dijo con voz tan baja, que de nadie pudo ser oída,
y prosiguió diciendo:
-Vive, señora y hermana mía, que en esta isla no hay muerte
para las mujeres, y no quieras tú para contigo ser más cruel
que sus moradores; confía en los cielos, que, pues te han librado
hasta aquí de los infinitos peligros en que te debes de haber visto,
te librarán de los que se pueden temer de aquí adelante.
-¡Ay, hermano! -respondió Auristela (que era la misma que
por varón pensaba ser sacrificada)-. ¡Ay, hermano -replicó
otra vez-, y cómo creo que éste en que nos hallamos ha de
ser el último trance que de nuestras desventuras puede temerse!
Suerte dichosa ha sido el hallarte, pero desdichada ser en tal lugar y
en semejante traje.
Lloraban entrambos, cuyas lágrimas vio el bárbaro Bradamiro;
y, creyendo que Periandro las vertía del dolor de la muerte de
aquél, que pensó ser su conocido, pariente o amigo, determinó
de libertarle, aunque se pusiese a romper por todo inconveniente. Y así,
llegándose a los dos, asió de la una mano a Auristela y
de la otra a Periandro, y, con semblante amenazador y ademán soberbio,
en alta voz dijo:
-Ninguno sea osado, si es que estima en algo su vida, de tocar a estos
dos, aun en un solo cabello. Esta doncella es mía, porque yo la
quiero, y este hombre ha de ser libre, porque ella lo quiere.
Apenas hubo dicho esto, cuando el bárbaro gobernador, indignado
e impaciente sobremanera, puso una grande y aguda flecha en el arco, y,
desviándole de sí cuanto pudo estenderse el brazo izquierdo,
puso la empulguera con el derecho junto al diestro oído, y disparó
la flecha con tan buen tino y con tanta furia, que en un instante llegó
a la boca de Bradamiro, y se la cerró, quitándole el movimiento
de la lengua y sacándole el alma, con que dejó admirados,
atónitos y suspensos a cuantos allí estaban.
Pero no hizo tan a su salvo el tiro, tan atrevido como certero, que no
recibiese por el mismo estilo la paga de su atrevimiento; porque un hijo
de Corsicurvo, el bárbaro que se ahogó en el pasaje de Periandro,
pareciéndole ser más ligeros sus pies que las flechas de
su arco, en dos brincos se puso junto al capitán, y, alzando el
brazo, le envainó en el pecho un puñal, que, aunque de piedra,
era más fuerte y agudo que si de acero forjado fuera.
Cerró el capitán en sempiterna noche los ojos, y dio con
su muerte venganza a la de Bradamiro, alborotó los pechos y los
corazones de los parientes de entrambos, puso las armas en las manos de
todos, y en un instante, incitados de la venganza y cólera, comenzaron
a enviar muertes en las flechas de unas partes a otras. Acabadas las flechas,
como no se acabaron las manos ni los puñales, arremetieron los
unos a los otros, sin respetar el hijo al padre ni el hermano al hermano;
antes, como si de muchos tiempos atrás fueran enemigos mortales
por muchas injurias recebidas, con las uñas se despedazaban y con
los puñales se herían sin haber quién los pusiese
en paz.
Entre estas flechas, entre estas heridas, entre estos golpes y entre estas
muertes, estaban juntos la antigua Cloelia, la doncella intérprete,
Periandro y Auristela, todos apiñados, y todos llenos de confusión
y de miedo.
En mitad desta furia, llevados en vuelo algunos bárbaros, de los
que debían de ser de la parcialidad de Bradamiro, se desviaron
de la contienda y fueron a poner fuego a una selva, que estaba allí
cerca, como a hacienda del gobernador. Comenzaron a arder los árboles
y a favorecer la ira el viento, que, aumentando las llamas y el humo,
todos temieron ser ciegos y abrasados.
Llegábase la noche, que, aunque fuera clara, se escureciera, cuanto
más siendo escura y tenebrosa. Los gemidos de los que morían,
las voces de los que amenazaban, los estallidos del fuego, no en los corazones
de los bárbaros ponían miedo alguno, porque estaban ocupados
con la ira y la venganza; poníanle, sí, en los de los miserables
apiñados, que no sabían qué hacerse, adónde
irse o cómo valerse; y, en esta sazón tan confusa, no se
olvidó el cielo de socorrerles por tan estraña novedad que
la tuvieron por milagro.
Ya casi cerraba la noche, y, como se ha dicho, escura y temerosa, y solas
las llamas de la abrasada selva daban luz bastante para divisar las cosas,
cuando un bárbaro mancebo se llegó a Periandro, y, en lengua
castellana, que dél fue bien entendida, le dijo:
-Sígueme, hermosa doncella, y di que hagan lo mismo las personas
que contigo están, que yo os pondré en salvo, si los cielos
me ayudan.
No le respondió palabra Periandro, sino hizo que Auristela, Cloelia
y la intérprete se animasen y le siguiesen; y así, pisando
muertos y hollando armas, siguieron al joven bárbaro que les guiaba.
Llevaban las llamas de la ardiente selva a las espaldas, que les servían
de viento que el paso les aligerase. Los muchos años de Cloelia
y los pocos de Auristela no permitían que al paso de su guía
tendiesen el suyo. Viendo lo cual el bárbaro, robusto y de fuerzas,
asió de Cloelia y se la echó al hombro, y Periandro hizo
lo mismo de Auristela; la intérprete, menos tierna, más
animosa, con varonil brío los seguía.
Desta manera, cayendo y levantando, como decirse suele, llegaron a la
marina, y, habiendo andado como una milla por ella hacia la banda del
norte, se entró el bárbaro por una espaciosa cueva, en quien
la saca del mar entraba y salía. Pocos pasos anduvieron por ella,
torciéndose a una y otra parte, estrechándose en una y alargándose
en otra, ya agazapados, ya inclinados, ya agobiados al suelo, y ya en
pie y derechos, hasta que salieron, a su parecer, a un campo raso, pues
les pareció que podían libremente enderezarse, que así
se lo dijo su guiador, no pudiendo verlo ellos por la escuridad de la
noche, y porque las luces de los encendidos montes, que entonces con más
rigor ardían, allí llegar no podían.
-¡Bendito sea Dios -dijo el bárbaro en la misma lengua castellana-
que nos ha traído a este lugar, que, aunque en él se puede
temer algún peligro, no será de muerte!
En esto, vieron que hacia ellos venía corriendo una gran luz, bien
así como cometa, o por mejor decir exhalación que por el
aire camina. Esperáranla con temor, si el bárbaro no dijera:
-Este es mi padre, que viene a recebirme.
Periandro, que, aunque no muy despiertamente, sabía hablar la lengua
castellana, le dijo:
-El cielo te pague, ¡oh ángel humano, o quienquiera que seas!,
el bien que nos has hecho, que, aunque no sea otro que el dilatar nuestra
muerte, lo tenemos por singular beneficio.
Llegó en esto la luz, que la traía uno, al parecer bárbaro,
cuyo aspecto la edad de poco más de cincuenta años le señalaba.
Llegando, puso la luz en tierra, que era un grueso palo de tea, y a brazos
abiertos se fue a su hijo, a quien preguntó en castellano que qué
le había sucedido, que con tal compañía volvía.
-Padre -respondió el mozo- vamos a nuestro rancho, que hay muchas
cosas que decir y muchas más que pensar. La isla se abrasa, casi
todos los moradores della quedan hechos ceniza o medio abrasados; estas
pocas reliquias que aquí veis, por impulso del cielo las he hurtado
a las llamas y al filo de los bárbaros puñales. Vamos, señor,
como tengo dicho, a nuestro rancho, para que la caridad de mi madre y
de mi hermana se muestre y ejercite en acariciar a estos mis cansados
y temerosos huéspedes.
Guió el padre, siguiéronle todos, animóse Cloelia,
pues caminó a pie, no quiso dejar Periandro la hermosa carga que
llevaba, por no ser posible que le diese pesadumbre, siendo Auristela
único bien suyo en la tierra.
Poco anduvieron, cuando llegaron a una altísima peña, al
pie de la cual descubrieron un anchísimo espacio o cueva, a quien
servían de techo y de paredes las mismas peñas. Salieron
con teas encendidas en las manos dos mujeres vestidas al traje bárbaro:
la una muchacha de hasta quince años, y la otra hasta treinta;
ésta hermosa, pero la muchacha hermosísima.
La una dijo:
-¡Ay, padre y hermano mío!
Y la otra no dijo más sino:
-Seáis bien venido, regalado hijo de mi alma.
La intérprete estaba admirada de oír hablar en aquella parte,
y a mujeres que parecían bárbaras, otra lengua de aquélla
que en la isla se acostumbraba; y, cuando les iba a preguntar qué
misterio tenía saber ellas aquel lenguaje, lo estorbó mandar
el padre a su esposa y a su hija que aderezasen con lanudas pieles el
suelo de la inculta cueva. Ellas le obedecieron, arrimando a las paredes
las teas; en un instante, solícitas y diligentes, sacaron de otra
cueva que más adentro se hacía, pieles de cabras y ovejas
y de otros animales, con que quedó el suelo adornado y se reparó
el frío, que comenzaba a fatigarles.
CAPÍTULO
QUINTO.
De la cuenta
que dio de sí el bárbaro español a sus nuevos huéspedes
Presta y breve
fue la cena; pero, por cenarla sin sobresalto, la hizo sabrosa. Renovaron
las teas, y, aunque quedó ahumado el aposento, quedó caliente.
Las vajillas que en la cena sirvieron, ni fueron de plata ni de Pisa:
las manos de la bárbara y bárbaro pequeños fueron
los platos, y unas cortezas de árboles, un poco más agradables
que de corcho, fueron los vasos. Quedóse Candia lejos, y sirvió
en su lugar agua pura, limpia y frigidísima.
Quedóse dormida Cloelia, porque los luengos años más
amigos son del sueño que de otra cualquiera conversación,
por gustosa que sea. Acomodóla la bárbara grande en el segundo
apartamiento, haciéndole de pieles así colchones como frazadas;
volvió a sentarse con los demás, a quien el español
dijo en lengua castellana desta manera:
-Puesto que estaba en razón que yo supiera primero, señores
míos, algo de vuestra hacienda y sucesos, antes que os dijera los
míos, quiero, por obligaros, que los sepáis, porque los
vuestros no se me encubran después que los míos hubiéredes
oído.
«Yo, según la buena suerte quiso, nací en España,
en una de las mejores provincias de ella. Echáronme al mundo padres
medianamente nobles; criáronme como ricos. Llegué a las
puertas de la gramática, que son aquéllas por donde se entra
a las demás ciencias. Inclinóme mi estrella, si bien en
parte a las letras, mucho más a las armas. No tuve amistad en mis
verdes años ni con Ceres ni con Baco; y así, en mí
siempre estuvo Venus fría. Llevado, pues, de mi inclinación
natural, dejé mi patria, y fuime a la guerra que entonces la majestad
del César Carlo Quinto hacía en Alemania contra algunos
potentados de ella. Fueme Marte favorable, alcancé nombre de buen
soldado, honróme el Emperador, tuve amigos, y, sobre todo, aprendí
a ser liberal y bien criado, que estas virtudes se aprenden en la escuela
del Marte cristiano. Volví a mi patria honrado y rico, con propósito
de estarme en ella algunos días gozando de mis padres, que aun
vivían, y de los amigos que me esperaban. Pero esta que llaman
Fortuna, que yo no sé lo que se sea, envidiosa de mi sosiego, volviendo
la rueda que dicen que tiene, me derribó de su cumbre, adonde yo
pensé que estaba puesto, al profundo de la miseria en que me veo,
tomando por instrumento para hacerlo a un caballero, hijo segundo de un
titulado que junto a mi lugar el de su estado tenía.
ȃste, pues, vino a mi pueblo a ver unas fiestas. Estando
en la plaza en una rueda o corro de hidalgos y caballeros, donde yo también
hacía número, volviéndose a mí, con ademán
arrogante y risueño, me dijo: ''Bravo estáis, señor
Antonio: mucho le ha aprovechado la plática de Flandes y de Italia,
porque en verdad que está bizarro. Y sepa el buen Antonio que yo
le quiero mucho''. Yo le respondí: ''Porque yo soy aquel Antonio,
beso a vuesa señoría las manos mil veces por la merced que
me hace. En fin, vuesa señoría hace como quien es en honrar
a sus compatriotos y servidores; pero, con todo eso, quiero que vuesa
señoría entienda que las galas yo me las llevé de
mi tierra a Flandes, y con la buena crianza nací del vientre de
mi madre. Ansí que, por esto, ni merezco ser alabado ni vituperado;
y, con todo, bueno o malo que yo sea, soy muy servidor de vuesa señoría,
a quien suplico me honre, como merecen mis buenos deseos''. Un hidalgo
que estaba a mi lado, grande amigo mío, me dijo, y no tan bajo
que no lo pudo oír el caballero: ''Mirad, amigo Antonio, cómo
habláis, que al señor don Fulano no le llamamos acá
señoría''. A lo que respondió el caballero, antes
que yo respondiese: ''El buen Antonio habla bien, porque me trata al modo
de Italia, donde en lugar de merced dicen señoría''. ''Bien
sé -dije yo- los usos y las ceremonias de cualquiera buena crianza,
y el llamar a vuesa señoría, señoría, no es
al modo de Italia, sino porque entiendo que el que me ha de llamar vos
ha de ser señoría, a modo de España; y yo, por ser
hijo de mis obras y de padres hidalgos, merezco el merced de cualquier
señoría, y quien otra cosa dijere (y esto echando mano a
mi espada) está muy lejos de ser bien criado''.
»Y, diciendo y haciendo, le di dos cuchilladas en la cabeza muy
bien dadas, con que le turbé de manera que no supo lo que le había
acontecido, ni hizo cosa en su desagravio que fuese de provecho, y yo
sustenté la ofensa, estándome quedo con mi espada desnuda
en la mano. Pero, pasándosele la turbación, puso mano a
su espada, y con gentil brío procuró vengar su injuria.
Mas yo no le dejé poner en efeto su honrada determinación,
ni a él la sangre que le corría de la cabeza, de una de
las dos heridas. Alborotáronse los circunstantes, pusieron mano
contra mí, retiréme a casa de mis padres, contéles
el caso, y, advertidos del peligro en que estaba, me proveyeron de dineros
y de un buen caballo, aconsejándome a que me pusiese en cobro,
porque me había granjeado muchos, fuertes y poderosos enemigos.
Hícelo ansí, y en dos días pisé la raya de
Aragón, donde respiré algún tanto de mi no vista
priesa.
»En resolución, con poco menos diligencia me puse en Alemania,
donde volví a servir al Emperador. Allí me avisaron que
mi enemigo me buscaba, con otros muchos, para matarme del modo que pudiese.
Temí este peligro, como era razón que lo temiese; volvíme
a España, porque no hay mejor asilo que el que promete la casa
del mismo enemigo; vi a mis padres de noche, tornáronme a proveer
de dineros y joyas, con que vine a Lisboa, y me embarqué en una
nave que estaba con las velas en alto para partirse en Inglaterra, en
la cual iban algunos caballeros ingleses, que habían venido, llevados
de su curiosidad, a ver a España; y, habiéndola visto toda,
o por lo menos las mejores ciudades della, se volvían a su patria.
»Sucedió, pues, que yo me revolví sobre una cosa de
poca importancia con un marinero inglés, a quien fue forzoso darle
un bofetón; llamó este golpe la cólera de los demás
marineros y de toda la chusma de la nave, que comenzaron a tirarme todos
los instrumentos arrojadizos que les vinieron a las manos. Retiréme
al castillo de popa, y tomé por defensa a uno de los caballeros
ingleses, poniéndome a sus espaldas, cuya defensa me valió
de modo que no perdí luego la vida. Los demás caballeros
sosegaron la turba, pero fue con condición que me arrojasen a la
mar, o que me diesen el esquife o barquilla de la nave, en que me volviese
a España, o adonde el cielo me llevase.
»Hízose así: diéronme la barca proveída
con dos barriles de agua, uno de manteca y alguna cantidad de bizcocho.
Agradecí a mis valedores la merced que me hacían, entré
en la barca con solos dos remos, alargóse la nave, vino la noche
escura, halléme solo en la mitad de la inmensidad de aquellas aguas,
sin tomar otro camino que aquel que le concedía el no contrastar
contra las olas ni contra el viento. Alcé los ojos al cielo, encomendéme
a Dios con la mayor devoción que pude, miré al norte, por
donde distinguí el camino que hacía, pero no supe el paraje
en que estaba.
»Seis días y seis noches anduve desta manera, confiando más
en la benignidad de los cielos que en la fuerza de mis brazos, los cuales,
ya cansados y sin vigor alguna del contino trabajo, abandonaron los remos,
que quité de los escálamos y los puse dentro la barca, para
servirme dellos cuando el mar lo consintiese o las fuerzas me ayudasen.
Tendíme de largo a largo de espaldas en la barca, cerré
los ojos y en lo secreto de mi corazón no quedó santo en
el cielo a quien no llamase en mi ayuda. Y en mitad deste aprieto, y en
medio desta necesidad -cosa dura de creer-, me sobrevino un sueño
tan pesado que, borrándome de los sentidos el sentimiento, me quedé
dormido (tales son las fuerzas de lo que pide y ha menester nuestra naturaleza);
pero allá en el sueño me representaba la imaginación
mil géneros de muertes espantosas, pero todas en el agua, y en
algunas dellas me parecía que me comían lobos y despedazaban
fieras, de modo que, dormido y despierto, era una muerte dilatada mi vida.
»Deste no apacible sueño me despertó con sobresalto
una furiosa ola del mar, que, pasando por cima de la barca, la llenó
de agua. Reconocí el peligro; volví, como mejor pude, el
mar al mar; torné a valerme de los remos, que ninguna cosa me aprovecharon.
Vi que el mar se ensoberbecía, azotado y herido de un viento ábrego,
que en aquellas partes parece que más que en otros mares muestra
su poderío. Vi que era simpleza oponer mi débil barca a
su furia, y, con mis flacas y desmayadas fuerzas, a su rigor; y así,
torné a recoger los remos, y a dejar correr la barca por donde
las olas y el viento quisiesen llevarla. Reiteré plegarias, añadí
promesas, aumenté las aguas del mar con las que derramaba de mis
ojos, no de temor de la muerte, que tan cercana se me mostraba, sino por
el de la pena que mis malas obras merecían. Finalmente, no sé
a cabo de cuántos días y noches que anduve vagamundo por
el mar, siempre más inquieto y alterado, me vine a hallar junto
a una isla despoblada de gente humana, aunque llena de lobos, que por
ella a manadas discurrían. Lleguéme al abrigo de una peña,
que en la ribera estaba, sin osar saltar en tierra por temor de los animales
que había visto. Comí del bizcocho ya remojado, que la necesidad
y la hambre no reparan en nada. Llegó la noche, menos escura que
había sido la pasada; pareció que el mar se sosegaba, y
prometía más quietud el venidero día; miré
al cielo, vi las estrellas con aspecto de prometer bonanza en las aguas
y sosiego en el aire.
»Estando en esto, me pareció, por entre la dudosa luz de
la noche, que la peña que me servía de puerto se coronaba
de los mismos lobos que en la marina había visto, y que uno dellos
-como es la verdad- me dijo en voz clara y distinta, y en mi propia lengua:
''Español, hazte a lo largo, y busca en otra parte tu ventura,
si no quieres en ésta morir hecho pedazos por nuestras uñas
y dientes; y no preguntes quién es el que esto te dice, sino da
gracias al cielo de que has hallado piedad entre las mismas fieras''.
»Si quedé espantado o no, a vuestra consideración
lo dejo; pero no fue bastante la turbación mía para dejar
de poner en obra el consejo que se me había dado. Apreté
los escálamos, até los remos, esforcé los brazos
y salí al mar descubierto. Mas, como suele acontecer que las desdichas
y afliciones turban la memoria de quien las padece, no os podré
decir cuántos fueron los días que anduve por aquellos mares,
tragando, no una, sino mil muertes a cada paso, hasta que, arrebatada
mi barca en los brazos de una terrible borrasca, me hallé en esta
isla, donde di al través con ella, en la misma parte y lugar adonde
está la boca de la cueva por donde aquí entrastes. Llegó
la barca a dar casi en seco por la cueva adentro, pero volvíala
a sacar la resaca; viendo yo lo cual, me arrojé della, y, clavando
las uñas en la arena, no di lugar a que la resaca al mar me volviese.
Y, aunque con la barca me llevaba el mar la vida, pues me quitaba la esperanza
de cobrarla, holgué de mudar género de muerte, y quedarme
en tierra: que, como se dilate la vida, no se desmaya la esperanza.»
A este punto llegaba el bárbaro español, que este título
le daba sus traje, cuando en la estancia más adentro, donde habían
dejado a Cloelia, se oyeron tiernos gemidos y sollozos. Acudieron al instante
con luces Auristela, Periandro y todos los demás a ver qué
sería, y hallaron que Cloelia, arrimadas las espaldas a la peña,
sentada en las pieles, tenía los ojos clavados en el cielo, y casi
quebrados.
Llegóse a ella Auristela, y, a voces compasivas y dolorosas, le
dijo:
-¿Qué es esto, ama mía? ¿Cómo; y es
posible que me queréis dejar en esta soledad y a tiempo que más
he menester valerme de vuestros consejos?
Volvió en sí algún tanto Cloelia, y, tomando la mano
de Auristela, le dijo:
-Ves ahí, hija de mi alma, lo que tengo tuyo. Yo quisiera que mi
vida durara hasta que la tuya se viera en el sosiego que merece; pero
si no lo permite el cielo, mi voluntad se ajusta con la suya, y de la
mejor que es en mi mano le ofrezco mi vida. Lo que te ruego es, señora
mía, que, cuando la buena suerte quisiere -que sí querrá-
que te veas en tu estado, y mis padres aún fueren vivos, o alguno
de mis parientes, les digas cómo yo muero cristiana en la fe de
Jesucristo, y en la que tiene, que es la misma, la santa Iglesia católica
romana. Y no te digo más, porque no puedo.
Esto dicho, y muchas veces pronunciando el nombre de Jesús, cerró
los ojos en tenebrosa noche, a cuyo espetáculo también cerró
los suyos Auristela, con un profundo desmayo. Hiciéronse fuentes
los de Periandro y ríos los de todos los circunstantes. Acudió
Periandro a socorrer a Auristela, la cual, vuelta en sí, acrecentó
las lágrimas y comenzó sospiros nuevos, y dijo razones que
movieran a lástima a las piedras. Ordenóse que otro día
la sepultasen, y, quedando en guarda del cuerpo muerto la doncella bárbara
y su hermano, los demás se fueron a reposar lo poco que de la noche
les faltaba.
CAPÍTULO
SEXTO.
Donde el bárbaro
español prosigue su historia
Tardó
aquel día en mostrarse al mundo, al parecer, más de lo acostumbrado,
a causa que el humo y pavesas del incendio de la isla, que aún
duraba, impedía que los rayos del sol por aquella parte no pasasen
a la tierra.
Mandó el bárbaro español a su hijo que saliese de
aquel sitio, como otras veces solía, y se informase de lo que en
la isla pasaba.
Con alborotado sueño pasaron los demás aquella noche, porque
el dolor y sentimiento de la muerte de su ama Cloelia no consintió
que Auristela dormiese, y el no dormir de Auristela tuvo en continua vigilia
a Periandro, el cual con Auristela salió al raso de aquel sitio,
y vio que era hecho y fabricado de la naturaleza como si la industria
y el arte le hubieran compuesto. Era redondo, cercado de altísimas
y peladas peñas, y, a su parecer, tanteó que bojaba poco
más de una legua, todo lleno de árboles silvestres, que
ofrecían frutos, si bien ásperos, comestibles a lo menos.
Estaba crecida la yerba, porque las muchas aguas que de las peñas
salían las tenían en perpetua verdura; todo lo cual le admiraba
y suspendía.
Y llegó en esto el bárbaro español, y dijo:
-Venid, señores, y daremos sepultura a la difunta, y fin a mi comenzada
historia.
Hiciéronlo así, y enterraron a Cloelia en lo hueco de una
peña, cubriéndola con tierra y con otras peñas menores.
Auristela le rogó que le pusiese una cruz encima, para señal
de que aquel cuerpo había sido cristiano. El español respondió
que él traería una gran cruz que en su estancia tenía,
y la pondría encima de aquella sepultura. Diéronle todos
el último vale; renovó el llanto Auristela, cuyas lágrimas
sacaron al momento las de los ojos de Periandro.
En tanto, pues, que el mozo bárbaro volvía, se volvieron
todos a encerrar en el cóncavo de la peña donde habían
dormido, por defenderse del frío que con rigor amenazaba. Y, habiéndose
sentado en las blandas pieles, pidió el bárbaro silencio
y prosiguió su cuento en esta forma:
-«Cuando me dejó la barca en que venía en la arena,
y la mar tornó a cobrarla -ya dije que con ella se me fue la esperanza
de la libertad, pues aun ahora no la tengo de cobrarla-, entré
aquí dentro, vi este sitio y parecióme que la naturaleza
le había hecho y formado para ser teatro donde se representase
la tragedia de mis desgracias. Admiróme el no ver gente alguna,
sino algunas cabras monteses y animales pequeños de diversos géneros.
Rodeé todo el sitio, hallé esta cueva cavada en estas peñas,
y señaléla para mi morada. Finalmente, habiéndolo
rodeado todo, volví a la entrada, que aquí me había
conducido, por ver si oía voz humana o descubría quién
me dijese en qué parte estaba; y la buena suerte y los piadosos
cielos, que aún del todo no me tenían olvidado, me depararon
una muchacha bárbara de hasta edad de quince años, que por
entre las peñas, riscos y escollos de la marina, pintadas conchas
y apetitoso marisco andaba buscando.
»Pasmóse viéndome, pegáronsele los pies en
la arena, soltó las cogidas conchuelas y derramósele el
marisco; y, cogiéndola entre mis brazos sin decirla palabra, ni
ella a mí tampoco, me entré por la cueva adelante y la truje
a este mismo lugar donde agora estamos. Púsela en el suelo, beséle
las manos, halaguéle el rostro con las mías, y hice todas
las señales y demostraciones que pude para mostrarme blando y amoroso
con ella. Ella, pasado aquel primer espanto, con atentísimos ojos
me estuvo mirando, y con las manos me tocaba todo el cuerpo, y de cuando
en cuando, ya perdido el miedo, se reía y me abrazaba; y, sacando
del seno una manera de pan hecho a su modo, que no era de trigo, me lo
puso en la boca, y en su lengua me habló, y, a lo que después
acá he sabido, en lo que decía me rogaba que comiese. Yo
lo hice ansí porque lo había bien menester. Ella me asió
por la mano, y me llevó a aquel arroyo que allí está,
donde ansimismo, por señas, me rogó que bebiese. Yo no me
hartaba de mirarla, pareciéndome antes ángel del cielo que
bárbara de la tierra. Volví a la entrada de la cueva, y
allí, con señas y con palabras, que ella no entendía,
le supliqué, como si ella las entendiera, que volviese a verme.
Con esto la abracé de nuevo, y ella, simple y piadosa, me besó
en la frente, y me hizo claras y ciertas señas de que volvería
a verme. Hecho esto, torné a pisar este sitio, y a requerir y probar
la fruta de que algunos árboles estaban cargados, y hallé
nueces y avellanas y algunas peras silvestres. Di gracias a Dios del hallazgo,
y alenté las desmayadas esperanzas de mi remedio. Pasé aquella
noche en este mismo lugar, esperé el día, y en él
esperé también la vuelta de mi bárbara hermosa, de
quien comencé a temer y a recelar que me había de descubrir
y entregarme a los bárbaros, de quien imaginé estar llena
esta isla; pero sacóme deste temor el verla volver algo entrado
el día, bella como el sol, mansa como una cordera, no acompañada
de bárbaros que me prendiesen, sino cargada de bastimentos que
me sustentasen.»
Aquí llegaba de su historia el español gallardo, cuando
llegó el que había ido a saber lo que en la isla pasaba,
el cual dijo que casi toda estaba abrasada, y todos o los más de
los bárbaros muertos, unos a hierro y otros a fuego, y que si algunos
había vivos, eran los que en algunas balsas de maderos se habían
entrado al mar por huir en el agua el fuego de la tierra; que bien podían
salir de allí, y pasear la isla por la parte que el fuego les diese
licencia, y que cada uno pensase qué remedio se tomaría
para escapar de aquella tierra maldita; que por allí cerca había
otras islas de gente menos bárbara habitadas; que quizá,
mudando de lugar, mudarían de ventura.
-Sosiégate, hijo, un poco, que estoy dando cuenta a estos señores
de mis sucesos, y no me falta mucho, aunque mis desgracias son infinitas.
-No te canses, señor mío -dijo la bárbara grande-,
en referirlos tan por estenso, que podrá ser que te canses, o que
canses. Déjame a mí que cuente lo que queda, a lo menos
hasta este punto en que estamos.
-Soy contento -respondió el español-, porque me le dará
muy grande el ver cómo las relatas.
-«Es, pues, el caso -replicó la bárbara- que mis muchas
entradas y salidas en este lugar le dieron bastante para que de mí
y de mi esposo naciesen esta muchacha y este niño. Llamo esposo
a este señor, porque, antes que me conociese del todo, me dio palabra
de serlo, al modo que él dice que se usa entre verdaderos cristianos.
Hame enseñado su lengua, y yo a él la mía, y en ella
ansimismo me enseñó la ley católica cristiana. Diome
agua de bautismo en aquel arroyo, aunque no con las ceremonias que él
me ha dicho que en su tierra se acostumbran. Declaróme su fe como
él la sabe, la cual yo asenté en mi alma y en mi corazón,
donde le he dado el crédito que he podido darle. Creo en la Santísima
Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas
distintas, y que todas tres son un solo Dios verdadero, y que, aunque
es Dios el Padre, y Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo, no
son tres dioses distintos y apartados, sino un solo Dios verdadero. Finalmente,
creo todo lo que tiene y cree la santa Iglesia católica romana,
regida por el Espíritu Santo y gobernada por el Sumo Pontífice,
vicario y visorrey de Dios en la tierra, sucesor legítimo de San
Pedro, su primer pastor después de Jesucristo, primero y universal
pastor de su esposa la Iglesia. Díjome grandezas de la siempre
Virgen María, reina de los cielos y señora de los ángeles
y nuestra, tesoro del Padre, relicario del Hijo y amor del Espíritu
Santo, amparo y refugio de los pecadores. Con éstas me ha enseñado
otras cosas, que no las digo por parecerme que las dichas bastan para
que entendáis que soy católica cristiana. Yo, simple y compasiva,
le entregué un alma rústica, y él (merced a los cielos)
me la ha vuelta discreta y cristiana. Entreguéle mi cuerpo, no
pensando que en ello ofendía a nadie, y deste entrego resultó
haberle dado dos hijos, como los que aquí veis, que acrecientan
el número de los que alaban al Dios verdadero. En veces le truje
alguna cantidad de oro, de lo que abunda esta isla, y algunas perlas que
yo tengo guardadas, esperando el día, que ha de ser tan dichoso,
que nos saque desta prisión y nos lleve adonde con libertad y certeza,
y sin escrúpulo, seamos unos de los del rebaño de Cristo,
en quien adoro en aquella cruz que allí veis.» Esto que he
dicho me pareció a mí era lo que le faltaba por decir a
mi señor Antonio -que así se llamaba el español bárbaro.
El cual dijo:
-Dices verdad, Ricla mía -que éste era el propio nombre
de la bárbara.
Con cuya variable historia admiraron a los presentes, y despertaron mil
alabanzas que les dieron, y mil buenas esperanzas que les anunciaron,
especialmente Auristela, que quedó aficionadísima a las
dos bárbaras, madre y hija.
El mozo bárbaro, que también, como su padre, se llamaba
Antonio, dijo a esta sazón no ser bien estarse allí ociosos,
sin dar traza y orden cómo salir de aquel encerramiento, porque
si el fuego de la isla, que a más andar ardía, sobrepujase
las altas sierras, o traídas del viento cayesen en aquel sitio,
todos se abrasarían.
-Dices verdad, hijo -respondió el padre.
-Soy de parecer -dijo Ricla- que aguardemos dos días, porque de
una isla que está tan cerca desta que algunas veces, estando el
sol claro y el mar tranquilo, alcanzó la vista a verla, della vienen
a ésta sus moradores a vender y a trocar lo que tienen con lo que
tenemos, y a trueco por trueco. Yo saldré de aquí, y, pues
ya no hay nadie que me escuche o que me impida, pues ni oyen ni impiden
los muertos, concertaré que me vendan una barca, por el precio
que quisieren, que la he menester para escaparme con mis hijos y mi marido,
que encerrados en una cueva tengo de la riguridad del fuego. Pero quiero
que sepáis que estas barcas son fabricadas de madera, y cubiertas
de cueros fuertes de animales, bastantes a defender que no entre agua
por los costados; pero, a lo que he visto y notado, nunca ellos navegan
sino con mar sosegado, y no traen aquellos lienzos que he visto que traen
otras barcas que suelen llegar a nuestras riberas a vender doncellas o
varones para la vana superstición que habréis oído
decir que en esta isla ha muchos tiempos que se acostumbra, por donde
vengo a entender que estas tales barcas no son buenas para fiarlas del
mar grande, y de las borrascas y tormentas que dicen que suceden a cada
paso.
A lo que añadió Periandro:
-¿No ha usado el señor Antonio deste remedio en tantos años
como ha que está aquí encerrado?
-No -respondió Ricla-, porque no me han dado lugar los muchos ojos
que miran para poder concertarme con los dueños de las barcas,
y por no poder hallar escusa que dar para la compra.
-Así es -dijo Antonio-, y no por no fiarme de la debilidad de los
bajeles; pero, agora que me ha dado el cielo este consejo, pienso tomarle,
y mi hermosa Ricla estará atenta a ver cuando vengan los mercaderes
de la otra isla; y, sin reparar en precio, comprará una barca con
todo el necesario matalotaje, diciendo que la quiere para lo que tiene
dicho.
En resolución, todos vinieron en este parecer, y, saliendo de aquel
lugar, quedaron admirados de ver el estrago que el fuego había
hecho y las armas. Vieron mil diferentes géneros de muertes, de
quien la cólera, sinrazón y enojo suelen ser inventores.
Vieron, asimismo, que los bárbaros que habían quedado vivos,
recogiéndose a sus balsas, desde lejos estaban mirando el riguroso
incendio de su patria, y algunos se habían pasado a la isla que
servía de prisión a los cautivos. Quisiera Auristela que
pasaran a la isla, a ver si en la escura mazmorra quedaban algunos; pero
no fue menester, porque vieron venir una balsa, y en ella hasta veinte
personas, cuyo traje dio a entender ser los miserables que en la mazmorra
estaban. Llegaron a la marina, besaron la tierra y casi dieron muestras
de adorar el fuego, por haberles dicho el bárbaro que los sacó
del calabozo escuro, que la isla se abrasaba, y que ya no tenían
que temer a los bárbaros.
Fueron recebidos de los libres amigablemente, y consolados en la mejor
manera que les fue posible. Algunos contaron sus miserias, y otros las
dejaron en silencio, por no hallar palabras para decirlas. Ricla se admiró
de que hubiese habido bárbaro tan piadoso que los sacase, y de
que no hubiesen pasado a la isla de la prisión parte de aquellos
que a las balsas se habían recogido.
Uno de los prisioneros dijo que el bárbaro que los había
libertado, en lengua italiana les había dicho todo el suceso miserable
de la abrasada isla, aconsejándoles que pasasen a ella a satisfacerse
de sus trabajos con el oro y perlas que en ella hallarían, y que
él vendría en otra balsa, que allá quedaba, a tenerles
compañía, y a dar traza en su libertad. Los sucesos que
contaron fueron tan diferentes, tan estraños y tan desdichados,
que unos les sacaban las lágrimas a los ojos y otros la risa del
pecho.
En esto, vieron venir hacia la isla hasta seis barcas de aquellas de quien
Ricla había dado noticia; hicieron escala, pero no sacaron mercadería
alguna, por no parecer bárbaro que la comprase. Concertó
Ricla todas las barcas con las mercancías, sin tener intención
de llevarlas. No quisieron venderle sino las cuatro, porque les quedasen
dos para volverse. Hízose el precio con liberalidad notable, sin
que en él hubiese tanto más cuanto. Fue Ricla a su cueva,
y, en pedazos de oro no acuñado, como se ha dicho, pagó
todo lo que quisieron. Dieron dos barcas a los que habían salido
de la mazmorra, y en otras dos se embarcaron, en la una todos los bastimentos
que pudieron recoger, con cuatro personas de las recién libres,
y en la otra se entraron Auristela, Periandro, Antonio el padre y Antonio
el hijo, con la hermosa Ricla y la discreta Transila, y la gallarda Constanza,
hija de Ricla y de Antonio. Quiso Auristela ir a despedirse de los huesos
de su querida Cloelia; acompañáronla todos; lloró
sobre la sepultura, y, entre lágrimas de tristeza y entre muestras
de alegría, volvieron a embarcarse, habiendo primero en la marina
hincádose de rodillas y suplicado al cielo, con tierna y devota
oración, les diese felice viaje y los enseñase el camino
que tomarían.
Sirvió la barca de Periandro de capitana, a quien siguieron los
demás, y, al tiempo que querían dar los remos al agua, porque
velas no las tenían, llegó a la orilla del mar un bárbaro
gallardo, que a grandes voces, en lengua toscana, dijo:
-Si por ventura sois cristianos los que vais en esas barcas, recoged a
este que lo es y por el verdadero Dios os lo suplica.
Uno de las otras barcas dijo:
-Este bárbaro, señores, es el que nos sacó de la
mazmorra. Si queréis corresponder a la bondad que parece que tenéis
-y esto encaminando su plática a los de la barca primera-, bien
será que le paguéis el bien que nos hizo con el que le hacéis
recogiéndole en nuestra compañía.
Oyendo lo cual Periandro, le mandó llegase su barca a tierra y
le recogiese en la que llevaba los bastimentos. Hecho esto, alzaron las
voces con alegres acentos, y, tomando los remos en las manos, dieron alegre
principio a su viaje.
CAPÍTULO
SÉPTIMO DEL PRIMER LIBRO
Cuatro millas,
poco más o menos, habrían navegado las cuatro barcas, cuando
descubrieron una poderosa nave, que, con todas las velas tendidas y viento
en popa, parecía que venía a embestirles. Periandro dijo,
habiéndola visto:
-Sin duda, este navío debe de ser el de Arnaldo, que vuelve a saber
de mi suceso, y tuviéralo yo por muy bueno agora no verle.
Había ya contado Periandro a Auristela todo lo que con Arnaldo
le había pasado, y lo que entre los dos dejaron concertado. Turbóse
Auristela, que no quisiera volver al poder de Arnaldo, de quien había
dicho, aunque breve y sucintamente, lo que en un año que estuvo
en su poder le había acontecido. No quisiera ver juntos a los dos
amantes, que, puesto que Arnaldo estaría seguro con el fingido
hermanazgo suyo y de Periandro, todavía el temor de que podía
ser descubierto el parentesco la fatigaba, y más que ¿quién
le quitaría a Periandro no estar celoso, viendo a los ojos tan
poderoso contrario?; que no hay discreción que valga, ni amorosa
fee que asegure al enamorado pecho, cuando por su desventura entran en
él celosas sospechas. Pero de todas éstas le aseguró
el viento, que volvió en un instante el soplo, que daba de lleno
y en popa a las velas en contrario, de modo que a vista suya y en un momento
breve dejó la nave derribar las velas de alto abajo, y en otro
instante, casi invisible, las izaron y levantaron hasta las gavias, y
la nave comenzó a correr en popa por el contrario rumbo que venía,
alongándose de las barcas con toda priesa. Respiró Auristela,
cobró nuevo aliento Periandro; pero los demás que en las
barcas iban quisieran mudarlas, entrándose en la nave, que por
su grandeza, más seguridad de las vidas y más felice viaje
pudiera prometerles.
En menos de dos horas se les encubrió la nave, a quien quisieran
seguir si pudieran; mas no les fue posible, ni pudieron hacer otra cosa
que encaminarse a una isla, cuyas altas montañas, cubiertas de
nieve, hacían parecer que estaban cerca, distando de allí
más de seis leguas. Cerraba la noche algo escura, picaba el viento
largo y en popa, que fue alivio a los brazos, que, volviendo a tomar los
remos, se dieron priesa a tomar la isla.
La media noche sería, según el tanteo que el bárbaro
Antonio hizo del norte y de las guardas, cuando llegaron a ella, y por
herir blandamente las aguas en la orilla, y ser la resaca de poca consideración,
dieron con las barcas en tierra, y a fuerza de brazos las vararon.
Era la noche fría de tal modo, que les obligó a buscar reparos
para el yelo, pero no hallaron ninguno. Ordenó Periandro que todas
las mujeres se entrasen en la barca capitana, y, apiñándose
en ella, con la compañía y estrecheza, templasen el frío.
Hízose así; y los hombres hicieron cuerpo de guarda a la
barca, paseándose como centinelas de una parte a otra, esperando
el día para descubrir en qué parte estaban, porque no pudieron
saber por entonces si era o no despoblada la isla; y, como es cosa natural
que los cuidados destierran el sueño, ninguno de aquella cuidadosa
compañía pudo cerrar los ojos, lo cual visto por el bárbaro
Antonio, dijo al bárbaro italiano que, para entretener el tiempo
y no sentir tanto la pesadumbre de la mala noche, fuese servido de entretenerles,
contándoles los sucesos de su vida, porque no podían dejar
de ser peregrinos y raros, pues en tal traje y en tal lugar le habían
puesto.
-Haré yo eso de muy buena gana -respondió el bárbaro
italiano-, aunque temo que por ser mis desgracias tantas, tan nuevas y
tan extraordinarias, no me habéis de dar crédito alguno.
A lo que dijo Periandro:
-En las que a nosotros nos han sucedido, nos hemos ensayado y dispuesto
a creer cuantas nos contaren, puesto que tengan más de lo imposible
que de lo verdadero.
-Lleguémonos aquí -respondió el bárbaro-,
al borde desta barca donde están estas señoras; quizá
alguna, al son de la voz de mi cuento, se quedará dormida, y quizá
alguna, desterrando el sueño, se mostrará compasiva: que
es alivio al que cuenta sus desventuras ver o oír que hay quien
se duela dellas.
-A lo menos por mí -respondió Ricla de dentro de la barca-,
y a pesar del sueño, tengo lágrimas que ofrecer a la compasión
de vuestra corta suerte, del largo tiempo de vuestras fatigas.
Casi lo mismo dijo Auristela; y así, todos rodearon la barca, y
con atento oído estuvieron escuchando lo que el que parecía
bárbaro decía, el cual comenzó su historia desta
manera:
CAPÍTULO
OCTAVO.
Donde Rutilio
da cuenta de su vida
-«Mi
nombre es Rutilio; mi patria, Sena, una de las más famosas ciudades
de Italia; mi oficio, maestro de danzar, único en él, y
venturoso si yo quisiera. Había en Sena un caballero rico, a quien
el cielo dio una hija más hermosa que discreta, a la cual trató
de casar su padre con un caballero florentín; y, por entregársela
adornada de gracias adquiridas, ya que las del entendimiento le faltaban,
quiso que yo la enseñase a danzar; que la gentileza, gallardía
y disposición del cuerpo en los bailes honestos más que
en otros pasos se señalan, y a las damas principales les está
muy bien saberlos, para las ocasiones forzosas que les pueden suceder.
Entré a enseñarla los movimientos del cuerpo, pero movíla
los del alma, pues, como no discreta, como he dicho, rindió la
suya a la mía; y la suerte, que de corriente larga traía
encaminadas mis desgracias, hizo que, para que los dos nos gozásemos,
yo la sacase de en casa de su padre y la llevase a Roma. Pero, como el
amor no da baratos sus gustos, y los delitos llevan a las espaldas el
castigo (pues siempre se teme), en el camino nos prendieron a los dos,
por la diligencia que su padre puso en buscarnos. Su confesión
y la mía, que fue decir que yo llevaba a mi esposa y ella se iba
con su marido, no fue bastante para no agravar mi culpa: tanto, que obligó
al juez, movió y convenció a sentenciarme a muerte. Apartáronme
en la prisión con los ya condenados a ella por otros delitos no
tan honrados como el mío. Visitóme en el calabozo una mujer,
que decían estaba presa por fatucherie, que en castellano se llaman
hechiceras, que la alcaidesa de la cárcel había hecho soltar
de las prisiones y llevádola a su aposento, a título de
que con yerbas y palabras había de curar a una hija suya de una
enfermedad que los médicos no acertaban a curarla.
»Finalmente, por abreviar mi historia, pues no hay razonamiento
que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca, viéndome yo atado,
y con el cordel a la garganta, sentenciado al suplicio, sin orden ni esperanza
de remedio, di el sí a lo que la hechicera me pidió, de
ser su marido, si me sacaba de aquel trabajo. Díjome que no tuviese
pena, que aquella misma noche del día que sucedió esta plática,
ella rompería las cadenas y los cepos, y, a pesar de otro cualquier
impedimento, me pondría en libertad, y en parte donde no me pudiesen
ofender mis enemigos, aunque fuesen muchos y poderosos. Túvela,
no por hechicera, sino por ángel que enviaba el cielo para mi remedio.
Esperé la noche, y en la mitad de su silencio llegó a mí,
y me dijo que asiese de la punta de una caña que me puso en la
mano, diciéndome la siguiese. Turbéme algún tanto;
pero como el interés era tan grande, moví los pies para
seguirla, y hallélos sin grillos y sin cadenas, y las puertas de
toda la prisión de par en par abiertas, y los prisioneros y guardas
en profundísimo sueño sepultados.
»En saliendo a la calle, tendió en el suelo mi guiadora un
manto, y, mandándome que pusiese los pies en él, me dijo
que tuviese buen ánimo, que por entonces dejase mis devociones.
Luego vi mala señal; luego conocí que quería llevarme
por los aires, y aunque, como cristiano bien enseñado, tenía
por burla todas estas hechicerías -como es razón que se
tengan-, todavía el peligro de la muerte, como ya he dicho, me
dejó atropellar por todo; y, en fin, puse los pies en la mitad
del manto, y ella ni más ni menos, murmurando unas razones que
yo no pude entender, y el manto comenzó a levantarse en el aire,
y yo comencé a temer poderosamente, y en mi corazón no tuvo
santo la letanía a quien no llamase en mi ayuda. Ella debió
de conocer mi miedo y presentir mis rogativas, y volvióme a mandar
que las dejase. ''¡Desdichado de mí! -dije-; ¿qué
bien puedo esperar, si se me niega el pedirle a Dios, de quien todos los
bienes vienen?''
»En resolución, cerré los ojos y dejéme llevar
de los diablos, que no son otras las postas de las hechiceras, y, al parecer,
cuatro horas o poco más había volado, cuando me hallé
al crepúsculo del día en una tierra no conocida. Tocó
el manto el suelo, y mi guiadora me dijo: ''En parte estás, amigo
Rutilio, que todo el género humano no podrá ofenderte''.
Y, diciendo esto, comenzó a abrazarme no muy honestamente. Apartéla
de mí con los brazos, y, como mejor pude, divisé que la
que me abrazaba era una figura de lobo, cuya visión me heló
el alma, me turbó los sentidos y dio con mi mucho ánimo
al través. Pero, como suele acontecer que en los grandes peligros
la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperadas fuerzas,
las pocas mías me pusieron en la mano un cuchillo, que acaso en
el seno traía, y con furia y rabia se le hinqué por el pecho
a la que pensé ser loba, la cual, cayendo en el suelo, perdió
aquella fea figura, y hallé muerta y corriendo sangre a la desventurada
encantadora.
»Considerad, señores, cuál quedaría yo, en
tierra no conocida y sin persona que me guiase. Estuve esperando el día
muchas horas, pero nunca acababa de llegar, ni por los horizontes se descubría
señal de que el sol viniese. Apartéme de aquel cadáver,
porque me causaba horror y espanto el tenerle cerca de mí. Volvía
muy a menudo los ojos al cielo, contemplaba el movimiento de las estrellas
y parecíame, según el curso que habían hecho, que
ya había de ser de día.
»Estando en esta confusión, oí que venía hablando,
por junto de donde estaba, alguna gente, y así fue verdad. Y, saliéndoles
al encuentro, les pregunté en mi lengua toscana que me dijesen
qué tierra era aquella; y uno de ellos, asimismo en italiano, me
respondió: ''Esta tierra es Noruega; pero, ¿quién
eres tú, que lo preguntas, y en lengua que en estas partes hay
muy pocos que la entiendan?'' ''Yo soy -respondí- un miserable,
que por huir de la muerte he venido a caer en sus manos''. Y en breves
razones le di cuenta de mi viaje, y aun de la muerte de la hechicera.
Mostró condolerse el que me hablaba, y díjome: ''Puedes,
buen hombre, dar infinitas gracias al cielo por haberte librado del poder
destas maléficas hechiceras, de las cuales hay mucha abundancia
en estas setentrionales partes. Cuéntase dellas que se convierten
en lobos, así machos como hembras, porque de entrambos géneros
hay maléficos y encantadores. Cómo esto pueda ser yo lo
ignoro, y como cristiano que soy católico no lo creo, pero la esperiencia
me muestra lo contrario. Lo que puedo alcanzar es que todas estas transformaciones
son ilusiones del demonio, y permisión de Dios y castigo de los
abominables pecados deste maldito género de gente''.
»Preguntéle qué hora podría ser, porque me
parecía que la noche se alargaba, y el día nunca venía.
Respondióme que en aquellas partes remotas se repartía el
año en cuatro tiempos: tres meses había de noche escura,
sin que el sol pareci[e]se en la tierra en manera alguna; y tres meses
había de crepúsculo del día, sin que bien fuese noche
ni bien fuese día; otros tres meses había de día
claro continuado, sin que el sol se escondiese, y otros tres de crepúsculo
de la noche; y que la sazón en que estaban era la del crepúsculo
del día: así que, esperar la claridad del sol por entonces
era esperanza vana, y que también lo sería esperar yo volver
a mi tierra tan presto, si no fuese cuando llegase la sazón del
día grande, en la cual parten navíos de estas partes a Inglaterra,
Francia y España con algunas mercancías. Preguntóme
si tenía algún oficio en que ganar de comer, mientras llegaba
tiempo de volverme a mi tierra. Díjele que era bailarín
y grande hombre de hacer cabriolas, y que sabía jugar de manos
sutilísimamente. Rióse de gana el hombre, y me dijo que
aquellos ejercicios o oficios (o como llamarlos quisiese) no corrían
en Noruega ni en todas aquellas partes. Preguntóme si sabría
oficio de orífice. Díjele que tenía habilidad para
aprender lo que me enseñase. ''Pues veníos, hermano, conmigo,
aunque primero será bien que demos sepultura a esta miserable''.
»Hicímoslo así, y llevóme a una ciudad donde
toda la gente andaba por las calles con palos de tea encendidos en las
manos, negociando lo que les importaba. Preguntéle en el camino
que cómo o cuándo había venido a aquella tierra,
y que si era verdaderamente italiano. Respondió que uno de sus
pasados abuelos se había casado en ella, viniendo de Italia a negocios
que le importaban, y a los hijos que tuvo les enseñó su
lengua, y de uno en otro se estendió por todo su linaje, hasta
llegar a él, que era uno de sus cuartos nietos. ''Y así,
como vecino y morador tan antiguo, llevado de la afición de mis
hijos y mujer, me he quedado hecho carne y sangre entre esta gente, sin
acordarme de Italia ni de los parientes que allá dijeron mis padres
que tenían''.
»Contar yo ahora la casa donde entré, la mujer e hijos que
hallé, y criados (que tenía muchos), el gran caudal, el
recibimiento y agasajo que me hicieron, sería proceder en infinito:
basta decir, en suma, que yo aprendí su oficio, y en pocos meses
ganaba de comer por mi trabajo. En este tiempo se llegó el de llegar
el día grande, y mi amo y maestro -que así le puedo llamar-
ordenó de llevar gran cantidad de su mercancía a otras islas
por allí cercanas y a otras bien apartadas. Fuime con él,
así por curiosidad como por vender algo que ya tenía de
caudal, en el cual viaje vi cosas dignas de admiración y espanto,
y otras de risa y contento; noté costumbres, advertí en
ceremonias no vistas y de ninguna otra gente usadas. En fin, a cabo de
dos meses, corrimos una borrasca que nos duró cerca de cuarenta
días, al cabo de los cuales dimos en esta isla, de donde hoy salimos,
entre unas peñas, donde nuestro bajel se hizo pedazos, y ninguno
de los que en él venían quedó vivo, sino yo.
CAPÍTULO
NONO.
Donde Rutilio
prosigue la historia de su vida
»Lo primero
que se me ofreció a la vista, antes que viese otra cosa alguna,
fue un bárbaro pendiente y ahorcado de un árbol, por donde
conocí que estaba en tierra de bárbaros salvajes, y luego
el miedo me puso delante mil géneros de muertes; y, no sabiendo
qué hacerme, alguna o todas juntas las temía y las esperaba.
En fin, como la necesidad, según se dice, es maestra de sutilizar
el ingenio, di en un pensamiento harto extraordinario, y fue que descolgué
al bárbaro del árbol, y, habiéndome desnudado de
todos mis vestidos, que enterré en la arena, me vestí de
los suyos, que me vinieron bien, pues no tenían otra hechura que
ser de pieles de animales, no cosidos ni cortados a medida, sino ceñidos
por el cuerpo, como lo habéis visto. Para disimular la lengua,
y que por ella no fuese conocido por estranjero, me fingí mudo
y sordo, y con esta industria me entré por la isla adentro, saltando
y haciendo cabriolas en el aire.
»A poco trecho descubrí una gran cantidad de bárbaros,
los cuales me rodearon, y en su lengua unos y otros, con gran priesa me
preguntaron -a lo que después acá he entendido- quién
era, cómo me llamaba, adónde venía y adónde
iba. Respondíles con callar y hacer todas las señales de
mudo más aparentes que pude, y luego reiteraba los saltos y menudeaba
las cabriolas. Salíme de entre ellos, siguiéronme los muchachos,
que no me dejaban adonde quiera que iba. Con esta industria pasé
por bárbaro y por mudo, y los muchachos, por verme saltar y hacer
gestos, me daban de comer de lo que tenían. Desta manera he pasado
tres años entre ellos, y aun pasara todos los de mi vida, sin ser
conocido. Con la atención y curiosidad noté su lengua, y
aprendí mucha parte de ella, supe la profecía que de la
duración de su reino tenía profetizada un antiguo y sabio
bárbaro, a quien ellos daban gran crédito. He visto sacrificar
algunos varones para hacer la esperiencia de su cumplimiento, y he visto
comprar algunas doncellas para el mismo efeto, hasta que sucedió
el incendio de la isla, que vosotros, señores, habéis visto.
Guardéme de las llamas; fui a dar aviso a los prisioneros de la
mazmorra, donde vosotros sin duda habréis estado; vi estas barcas,
acudí a la marina; hallaron en vuestros generosos pechos lugar
mis ruegos; recogístesme en ellas, por lo que os doy infinitas
gracias, y agora espero en la del cielo, que, pues nos sacó de
tanta miseria a todos, nos ha de dar en este que pretendemos felicísimo
viaje.»
Aquí dio fin Rutilio a su plática, con que dejó admirados
y contentos a los oyentes.
Llegóse el día áspero, turbio y con señales
de nieve muy ciertas. Diole Auristela a Periandro lo que Cloelia le había
dado la noche que murió, que fueron dos pelotas de cera, que la
una, como se vio, cubría una cruz de diamantes, tan rica que no
acertaron a estimarla, por no agraviar su valor; y la otra, dos perlas
redondas, asimismo de inestimable precio. Por estas joyas vinieron en
conocimiento de que Auristela y Periandro eran gente principal, puesto
que mejor declaraba esta verdad su gentil disposición y agradable
trato.
El bárbaro Antonio, viniendo el día, se entró un
poco por la isla, pero no descubrió otra cosa que montañas
y sierras de nieve; y, volviendo a las barcas, dijo que la isla era despoblada,
y que convenía partirse de allí luego a buscar otra parte
donde recogerse del frío que amenazaba y proveerse de los mantenimientos
que presto le harían falta.
Echaron con presteza las barcas al agua, embarcáronse todos, y
pusieron las proas en otra isla, que no lejos de allí se descubría.
En esto, yendo navegando, con el espacio que podían prometer dos
remos, que no llevaba más cada barca, oyeron que de la una de las
otras dos salía una voz blanda, suave, de manera que les hizo estar
atentos a escuchalla. Notaron, especialmente el bárbaro Antonio
el padre, que notó que lo que se cantaba era en lengua portuguesa,
que él sabía muy bien. Calló la voz, y de allí
a poco volvió a cantar en castellano, y no a otro tono de instrumentos
que al de remos que sesgamente por el tranquilo mar las barcas impelían;
y notó que lo que cantaron fue esto:
Mar sesgo,
viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.
En Scilas ni en Caribdis no repara,
ni en peligro que el mar tenga encubierto,
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.
Con todo, si os faltare la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.
Que es enemigo amor de la mudanza,
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza.
La bárbara Ricla dijo, en callando la voz:
-Despacio debe de estar y ocioso el cantor que en semejante tiempo da
su voz a los vientos.
Pero no lo juzgaron así Periandro y Auristela, porque le tuvieron
por más enamorado que ocioso al que cantado había; que los
enamorados fácilmente reconcilian los ánimos, y traban amistad
con los que conocen que padecen su misma enfermedad. Y así, con
licencia de los demás que en su barca venían, aunque no
fuera menester pedirla, hizo que el cantor se pasase a su barca, así
por gozar de cerca de su voz como saber de sus sucesos, porque persona
que en tales tiempos cantaba, o sentía mucho o no tenía
sentimiento alguno.
Juntáronse las barcas, pasó el músico a la de Periandro,
y todos los della le hicieron agradable recogida. En entrando el músico,
en medio portugués y en medio castellano, dijo:
-Al cielo y a vosotros, señores, y a mi voz agradezco esta mudanza
y esta mejora de navío, aunque creo que con mucha brevedad le dejaré
libre de la carga de mi cuerpo, porque las penas que siento en el alma
me van dando señales de que tengo la vida en sus últimos
términos.
-Mejor lo hará el cielo -respondió Periandro-, que, pues
yo soy vivo, no habrá trabajos que puedan matar a alguno.
No sería esperanza aquella -dijo a esta sazón Auristela-
a que pudiesen contrastar y derribar infortunios, pues, así como
la luz resplandece más en las tinieblas, así la esperanza
ha de estar más firme en los trabajos; que el desesperarse en ellos
es acción de pechos cobardes, y no hay mayor pusilanimidad ni bajeza
que entregarse el trabajado -por más que lo sea- a la desesperación.
-El alma ha de estar -dijo Periandro- el un pie en los labios y el otro
en los dientes, si es que hablo con propiedad, y no ha de dejar de esperar
su remedio, porque sería agraviar a Dios, que no puede ser agraviado,
poniendo tasa y coto a sus infinitas misericordias.
-Todo es así -respondió el músico-, y yo lo creo,
a despecho y pesar de las esperiencias que en el discurso de mi vida en
mis muchos males tengo hechas.
No por estas pláticas dejaban de bogar, de modo que, antes de anochecer,
con dos horas, llegaron a una isla también despoblada, aunque no
de árboles, porque tenía muchos y llenos de fruto, que,
aunque pasado de sazón y seco, se dejaba comer.
Saltaron todos en tierra, en la cual vararon las barcas, y con gran priesa
se dieron a desgajar árboles y hacer una gran barraca para defenderse
aquella noche del frío; hicieron asimismo fuego, ludiendo dos secos
palos, el uno con el otro (artificio tan sabido como usado); y, como todos
trabajaban, en un punto se vio levantada la pobre máquina, donde
se recogieron todos, supliendo con mucho fuego la incomodidad del sitio,
pareciéndoles aquella choza dilatado alcázar. Satisfacieron
la hambre, y acomodáranse a dormir luego, si el deseo que Periandro
tenía de saber el suceso del músico no lo estorbara, porque
le rogó, si era posible, les hiciese sabidores de sus desgracias,
pues no podían ser venturas las que en aquellas partes le habían
traído.
Era cortés el cantor, y así, sin hacerse de rogar, dijo:
CAPÍTULO
DIEZ.
De lo que contó
el enamorado portugués
-Con más
breves razones de las que sean posibles, daré fin a mi cuento,
con darle al de mi vida, si es que tengo de dar crédito a cierto
sueño que la pasada noche me turbó el alma.
«Yo, señores, soy portugués de nación, noble
en sangre, rico en los bienes de fortuna y no pobre en los de naturaleza.
Mi nombre es Manuel de Sosa Coitiño; mi patria, Lisboa, y mi ejercicio
el de soldado. Junto a las casas de mis padres, casi pared en medio, estaba
la de otro caballero del antiguo linaje de los Pereiras, el cual tenía
sola una hija, única heredera de sus bienes, que eran muchos, báculo
y esperanza de la prosperidad de sus padres; la cual, por el linaje, por
la riqueza y por la hermosura, era deseada de todos los mejores del reino
de Portugal. Y yo, que, como más vecino de su casa, tenía
más comodidad de verla, la miré, la conocí y la adoré
con una esperanza más dudosa que cierta, de que podría ser
viniese a ser mi esposa; y, por ahorrar de tiempo, y por entender que
con ella habían de valer poco requiebros, promesas ni dádivas,
determiné de que un pariente mío se la pidiese a sus padres
para esposa mía, pues ni en el linaje, ni en la hacienda, ni aun
en la edad, diferenciábamos en nada.
»La respuesta que trujo fue que su hija Leonora aún no estaba
en edad de casarse; que dejase pasar dos años, que le daba la palabra
de no disponer de su hija en todo aquel tiempo sin hacerme sabidor dello.
Llevé este primer golpe en los hombros de mi paciencia y en el
escudo de la esperanza, pero no dejé por esto de servirla públicamente
a sombra de mi honesta pretensión, que luego se supo por toda la
ciudad; pero ella, retirada en la fortaleza de su prudencia y en los retretes
de su recato, con honestidad y licencia de sus padres, admitía
mis servicios, y daba a entender que, si no los agradecía con otros,
por lo menos no los desestimaba.
»Sucedió que, en este tiempo, mi rey me envió por
capitán general a una de las fuerzas que tiene en Berbería,
oficio de calidad y de confianza. Llegóse el día de mi partida,
y, pues en él no llegó el de mi muerte, no hay ausencia
que mate ni dolor que consuma. Hablé a su padre, hícele
que me volviese a dar la palabra de la espera de los dos años;
túvome lástima, porque era discreto, y consintió
que me despidiese de su mujer y de su hija Leonor, la cual, en compañía
de su madre, salió a verme a una sala, y salieron con ella la honestidad,
la gallardía y el silencio. Pasméme cuando vi tan cerca
de mí tanta hermosura; quise hablar, y anudóseme la voz
a la garganta y pegóseme al paladar la lengua, y ni supe ni pude
hacer otra cosa que callar y dar con mi silencio indicio de mi turbación,
la cual vista por el padre, que era tan cortés como discreto, se
abrazó conmigo, y dijo: ''Nunca, señor Manuel de Sosa, los
días de partida dan licencia a la lengua que se desmande, y puede
ser que este silencio hable en su favor de vuesa merced más que
alguna otra retórica. Vuesa merced vaya a ejercer su cargo, y vuelva
en buen punto, que yo no faltaré ninguno en lo que tocare a servirle.
Leonora, mi hija, es obediente, y mi mujer desea darme gusto, y yo tengo
el deseo que he dicho; que con estas tres cosas, me parece que puede esperar
vuesa merced buen suceso en lo que desea''. Estas palabras todas me quedaron
en la memoria y en el alma impresas de tal manera que no se me han olvidado,
ni se me olvidarán en tanto que la vida me durare. Ni la hermosa
Leonora ni su madre me dijeron palabra, ni yo pude, como he dicho, decir
alguna.
»Partíme a Berbería; ejercité mi cargo, con
satisfación de mi rey, dos años; volví a Lisboa,
hallé que la fama y hermosura de Leonora había salido ya
de los límites de la ciudad y del reino, y estendídose por
Castilla y otras partes, de las cuales venían embajadas de príncipes
y señores que la pretendían por esposa; pero, como ella
tenía la voluntad tan sujeta a la de sus padres, no miraba si era
o no solicitada. En fin, viendo yo pasado el término de los dos
años, volví a suplicar a su padre me la diese por esposa.
¡Ay de mí, que no es posible que me detenga en estas circunstancias,
porque a las puertas de mi vida está llamando la muerte, y temo
que no me ha de dar espacio para contar mis desventuras; que, si así
fuese, no las tendría yo por tales!
»Finalmente, un día me avisaron que, para un domingo venidero,
me entregarían a mi deseada Leonora, cuya nueva faltó poco
para no quitarme la vida de contento. Convidé a mis parientes,
llamé a mis amigos, hice galas, envié presentes, con todos
los requisitos que pudiesen mostrar ser yo el que me casaba y Leonora
la que había de ser mi esposa. Llegóse este día,
y yo fui acompañado de todo lo mejor de la ciudad a un monasterio
de monjas que se llama de la Madre de Dios, adonde me dijeron que mi esposa,
desde el día antes, me esperaba; que había sido su gusto
que en aquel monasterio se celebrase su desposorio, con licencia del arzobispo
de la ciudad.»
Detúvose algún tanto el lastimado caballero, como para tomar
aliento de proseguir su plática, y luego dijo:
-«Llegué al monasterio, que real y pomposamente estaba adornado.
Salieron a recebirme casi toda la gente principal del reino, que allí
aguardándome estaba, con infinitas señoras de la ciudad,
de las más principales. Hundíase el templo de música,
así de voces como de instrumentos, y en esto salió por la
puerta del claustro la s |