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Miguel
de Cervantes Saavedra
escribió
para usted el
LIBRO
PRIMERO DE LA
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE
PERSILES Y SIGISMUNDA

CAPÍTULO PRIMERO
Voces daba
el bárbaro Corsicurvo a la estrecha boca de una profunda mazmorra,
antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella
estaban sepultados. Y, aunque su terrible y espantoso estruendo cerca
y lejos se escuchaba, de nadie eran entendidas articuladamente las razones
que pronunciaba, sino de la miserable Cloelia, a quien sus desventuras
en aquella profundidad tenían encerrada.
-Haz, ¡oh Cloelia! -decía el bárbaro-, que así
como está, ligadas las manos atrás, salga acá arriba,
atado a esa cuerda que descuelgo, aquel mancebo que habrá dos días
que te entregamos; y mira bien si, entre las mujeres de la pasada presa,
hay alguna que merezca nuestra compañía y gozar de la luz
del claro cielo que nos cubre y del aire saludable que nos rodea.
Descolgó en esto una gruesa cuerda de cáñamo, y,
de allí a poco espacio, él y otros cuatro bárbaros
tiraron hacia arriba; en la cual cuerda, ligado por debajo de los brazos,
sacaron asido fuertemente a un mancebo, al parecer de hasta diez y nueve
o veinte años, vestido de lienzo basto, como marinero, pero hermoso
sobre todo encarecimiento.
Lo primero que hicieron los bárbaros fue requerir las esposas y
cordeles con que a las espaldas traía ligadas las manos; luego
le sacudieron los cabellos, que, como infinitos anillos de puro oro, la
cabeza le cubrían; limpiáronle el rostro, que cubierto de
polvo tenía, y descubrió una tan maravillosa hermosura,
que suspendió y enterneció los pechos de aquellos que para
ser sus verdugos le llevaban.
No mostraba el gallardo mozo en su semblante género de aflición
alguna; antes, con ojos al parecer alegres, alzó el rostro y miró
al cielo por todas partes, y con voz clara y no turbada lengua dijo:
-Gracias os hago, ¡oh inmensos y piadosos cielos!, de que me habéis
traído a morir adonde vuestra luz vea mi muerte, y no adonde estos
escuros calabozos, de donde agora salgo, de sombras caliginosas la cubran.
Bien querría yo no morir desesperado, a lo menos, porque soy cristiano;
pero mis desdichas son tales, que me llaman y casi fuerzan a desearlo.
Ninguna destas razones fue entendida de los bárbaros, por ser dichas
en diferente lenguaje que el suyo; y así, cerrando primero la boca
de la mazmorra con una gran piedra y cogiendo al mancebo, sin desatarle,
entre los cuatro llegaron con él a la marina, donde tenían
una balsa de maderos, y atados unos con otros con fuertes bejucos y flexibles
mimbres. Este artificio les servía, como luego pareció,
de bajel en que pasaban a otra isla que no dos millas o tres de allí
se parecía.
Saltaron luego en los maderos, y pusieron en medio dellos sentado al prisionero,
y luego uno de los bárbaros asió de un grandísimo
arco que en la balsa estaba; y, poniendo en él una desmesurada
flecha, cuya punta era de pedernal, con mucha presteza le flechó,
y, encarando al mancebo, le señaló por su blanco, dando
señales y muestras de que ya le quería pasar el pecho. Los
bárbaros que quedaban asieron de tres palos gruesos, cortados a
manera de remos, y el uno se puso a ser timonero, y los dos a encaminar
la balsa a la otra isla.
El hermoso mozo, que por instantes esperaba y temía el golpe de
la flecha amenazadora, encogía los hombros, apretaba los labios,
enarcaba las cejas, y, con silencio profundo, dentro en su corazón
pedía al cielo, no que le librase de aquel tan cercano como cruel
peligro, sino que le diese ánimo para sufrillo. Viendo lo cual
el bárbaro flechero, y sabiendo que no había de ser aquel
el género de muerte con que le habían de quitar la vida,
hallando la belleza del mozo piedad en la dureza de su corazón,
no quiso darle dilatada muerte, teniéndole siempre encarada la
flecha al pecho; y así, arrojó de sí el arco, y,
llegándose a él, por señas, como mejor pudo, le dio
a entender que no quería matarle.
En esto estaban, cuando los maderos llegaron a la mitad del estrecho que
las dos islas formaban, en el cual de improviso se levantó una
borrasca, que, sin poder remediallo los inexpertos marineros, los leños
de la balsa se desligaron y dividieron en partes, quedando en la una,
que sería de hasta seis maderos compuesta, el mancebo, que de otra
muerte que de ser anegado, tan poco había que estaba temeroso.
Levantaron remolinos las aguas, pelearon entre sí los contrapuestos
vientos, anegáronse los bárbaros, salieron los leños
del atado prisionero al mar abierto, pasábanle las olas por cima,
no solamente impidiéndole ver el cielo, pero negándole el
poder pedirle tuviese compasión de su desventura. Y sí tuvo,
pues las continuas y furiosas ondas, que a cada punto le cubrían,
no le arrancaron de los leños, y se le llevaron consigo a su abismo;
que, como llevaba atadas las manos a las espaldas, ni podía asirse,
ni usar de otro remedio alguno.
Desta manera que se ha dicho salió a lo raso del mar, que se mostró
algún tanto sosegado y tranquilo al volver una punta de la isla,
adonde los leños milagrosamente se encaminaron y del furioso mar
se defendieron. Sentóse el fatigado joven, y, tendiendo la vista
a todas partes, casi junto a él descubrió un navío
que en aquel redoso del alterado mar, como en seguro puerto, se reparaba.
Descubrieron asimismo los del navío los maderos y el bulto que
sobre ellos venía; y, por certificarse qué podía
ser aquello, echaron el esquife al agua y llegaron a verlo, y, hallando
allí al tan desfigurado como hermoso mancebo, con diligencia y
lástima le pasaron a su navío, dando con el nuevo hallazgo
admiración a cuantos en él estaban.
Subió el mozo en brazos ajenos, y, no pudiendo tenerse en sus pies
de puro flaco -porque había tres días que no había
comido- y de puro molido y maltratado de las olas, dio consigo un gran
golpe sobre la cubierta del navío, el capitán del cual,
con ánimo generoso y compasión natural, mandó que
le socorriesen. Acudieron luego unos a quitarle las ataduras, otros a
traer conservas y odoríferos vinos, con cuyos remedios volvió
en sí, como de muerte a vida, el desmayado mozo, el cual, poniendo
los ojos en el capitán, cuya gentileza y rico traje le llevó
tras sí la vista y aun la lengua, y le dijo:
-Los piadosos cielos te paguen, piadoso señor, el bien que me has
hecho, que mal se pueden llevar las tristezas del ánimo, si no
se esfuerzan los descaecimientos del cuerpo. Mis desdichas me tienen de
manera que no te puedo hacer ninguna recompensa deste beneficio, si no
es con el agradecimiento. Y si se sufre que un pobre afligido pueda decir
de sí mismo alguna alabanza, yo sé que en ser agradecido
ninguno en el mundo me podrá llevar alguna ventaja.
Y en esto probó a levantarse para ir a besarle los pies, mas la
flaqueza no se lo permitió, porque tres veces lo probó y
otras tantas volvió a dar consigo en el suelo. Viendo lo cual el
capitán, mandó que le llevasen debajo de cubierta y le echasen
en dos traspontines, y que, quitándole los mojados vestidos, le
vistiesen otros enjutos y limpios, y le hiciesen descansar y dormir. Hízose
lo que el capitán mandó. Obedeció, callando, el mozo,
y en el capitán creció la admiración de nuevo, viéndolo
levantar en pie, con la gallarda disposición que tenía,
y luego le comenzó a fatigar el deseo de saber dél, lo más
presto que pudiese, quién era, cómo se llamaba y de qué
causas había nacido el efeto que en tanta estrecheza le había
puesto; pero, excediendo su cortesía a su deseo, quiso que primero
se acudiese a su debilidad que cumplir la voluntad suya.
CAPÍTULO
SEGUNDO DEL LIBRO PRIMERO
Reposando dejaron
los ministros de la nave al mancebo, en cumplimiento de lo que su señor
les había mandado; pero, como le acosaban varios y tristes pensamientos,
no podía el sueño tomar posesión de sus sentidos,
ni menos lo consintieron unos congojosos suspiros y unas angustiadas lamentaciones
que a sus oídos llegaron, a su parecer, salidos de entre unas tablas
de otro apartamiento que junto al suyo estaba. Y, poniéndose con
grande atención a escucharlas, oyó que decían:
-¡En triste y menguado signo mis padres me engendraron, y en no
benigna estrella mi madre me arrojó a la luz del mundo! ¡Y
bien digo arrojó, porque nacimiento como el mío, antes se
puede decir arrojar que nacer! Libre pensé yo que gozara de la
luz del sol en esta vida, pero engañóme mi pensamiento,
pues me veo a pique de ser vendida por esclava: desventura a quien ninguna
puede compararse.
-¡Oh tú, quienquiera que seas! -dijo a esta sazón
el mancebo-. Si es, como decirse suele, que las desgracias y trabajos
cuando se comunican suelen aliviarse, llégate aquí, y, por
entre los espacios descubiertos destas tablas, cuéntame los tuyos;
que si en mí no hallares alivio, hallarás quien dellos se
compadezca.
-Escucha, pues -le fue respondido-, que en las más breves razones
te contaré las sinrazones que la fortuna me ha hecho. Pero querría
saber primero a quién las cuento. Dime si eres, por ventura, un
mancebo que poco ha hallaron medio muerto en unos maderos que dicen sirven
de barcos a unos bárbaros que están en esta isla, donde
habemos dado fondo, reparándonos de la borrasca que se ha levantado.
-El mismo soy -respondió el mancebo.
-Pues ¿quién eres? -preguntó la persona que hablaba.
-Dijératelo, si no quisiera que primero me obligaras con contarme
tu vida; que, por las palabras que poco ha que te oí decir, imagino
que no debe de ser tan buena como quisieras.
A lo que le respondieron:
-Escucha, que en cifra te diré mis males. «El capitán
y señor deste navío se llama Arnaldo, es hijo heredero del
rey de Dinamarca; a cuyo poder vino por diferentes y estraños acontecimientos
una principal doncella, a quien yo tuve por señora, a mi parecer,
de tanta hermosura que entre las que hoy viven en el mundo, y entre aquellas
que puede pintar en la imaginación el más agudo entendimiento,
puede llevar la ventaja. Su discreción iguala a su belleza, y sus
desdichas a su discreción y a su hermosura. Su nombre es Auristela.
Sus padres, de linaje de reyes y de riquísimo estado.
ȃsta, pues, a quien todas estas alabanzas vienen cortas,
se vio vendida, y comprada de Arnaldo, y con tanto ahínco y con
tantas veras la amó y la ama, que mil veces de esclava la quiso
hacer su señora, admitiéndola por su legítima esposa;
y esto con voluntad del rey, padre de Arnaldo, que juzgó que las
raras virtudes y gentileza de Auristela mucho más que ser reina
merecían. Pero ella se defendía, diciendo no ser posible
romper un voto que tenía hecho de guardar virginidad toda su vida,
y que no pensaba quebrarle en ninguna manera, si bien la solicitasen promesas
o la amenazasen muertes. Pero no por esto ha dejado Arnaldo de entretener
sus esperanzas con dudosas imaginaciones, arrimándolas a la variación
de los tiempos y a la mudable condición de las mujeres, hasta que
sucedió que, andando mi señora Auristela por la ribera del
mar, solazándose, no como esclava, sino como reina, llegaron unos
bajeles de cosarios, y la robaron y llevaron no se sabe adónde.
»El príncipe Arnaldo, imaginando que estos cosarios eran
los mismos que la primera vez se la vendieron (los cuales cosarios andan
por todos estos mares, ínsulas y riberas, robando o comprando las
más hermosas doncellas que hallan, para traellas por granjería
a vender a esta ínsula, donde dicen que estamos, la cual es habitada
de unos bárbaros, gente indómita y cruel, los cuales tienen
entre sí por cosa inviolable y cierta, persuadidos, o ya del demonio
o ya de un antiguo hechicero a quien ellos tienen por sapientísimo
varón, que de entre ellos ha de salir un rey que conquiste y gane
gran parte del mundo; este rey que esperan no saben quién ha de
ser, y para saberlo, aquel hechicero les dio esta orden: que sacrificasen
todos los hombres que a su ínsula llegasen, de cuyos corazones,
digo de cada uno de por sí, hiciesen polvos y los diesen a beber
a los bárbaros más principales de la ínsula, con
expresa orden que, el que los pasase sin torcer el rostro ni dar muestras
de que le sabía mal, le alzasen por su rey; pero no ha de ser éste
el que conquiste el mundo, sino un hijo suyo. También les mandó
que tuviesen en la isla todas las doncellas que pudiesen o comprar o robar,
y que la más hermosa dellas se la entregasen luego al bárbaro,
cuya sucesión valerosa prometía la bebida de los polvos.
Estas doncellas, compradas o robadas, son bien tratadas de ellos, que
sólo en esto muestran no ser bárbaros, y las que compran,
son a subidísimos precios, que los pagan en pedazos de oro sin
cuño y en preciosísimas perlas, de que los mares de las
riberas destas islas abundan; y a esta causa, llevados deste interés
y ganancia, muchos se han hecho cosarios y mercaderes).
»Arnaldo, pues, que, como te he dicho, ha imaginado que en esta
isla podría ser que estuviese Auristela, mitad de su alma sin la
cual no puede vivir, ha ordenado, para certificarse desta duda, de venderme
a mí a los bárbaros, porque, quedando yo entre ellos, sirva
de espía de saber lo que desea, y no espera otra cosa sino que
el mar se amanse para hacer escala y concluir su venta. Mira, pues, si
con razón me quejo, pues la ventura que me aguarda es venir a vivir
entre bárbaros, que de mi hermosura no me puedo prometer venir
a ser reina, especialmente si la corta suerte hubiese traído a
esta tierra a mi señora, la sin par Auristela. De esta causa nacieron
los suspiros que me has oído, y destos temores, las quejas que
me atormentan.»
Calló, en diciendo esto, y al mancebo se le atravesó un
ñudo en la garganta; pegó la boca con las tablas, que humedeció
con copiosas lágrimas, y al cabo de un pequeño espacio le
preguntó si, por ventura, tenía algunos barruntos de que
Arnaldo hubiese gozado de Auristela, o ya de que Auristela, por estar
en otra parte prendada, desdeñase a Arnaldo, y no admitiese tan
gran dádiva como la de un reino, porque a él le parecía
que tal vez las leyes del gusto humano tienen más fuerza que las
de la religión.
Respondióle que, aunque ella imaginaba que el tiempo había
podido dar a Auristela ocasión de querer bien a un tal Periandro,
que la había sacado de su patria (caballero generoso, dotado de
todas las partes que le podían hacer amable de todos aquellos que
le conociesen), nunca se le había oído nombrar en las continuas
quejas que de sus desgracias daba al cielo, ni en otro modo alguno.
Preguntóle si conocía ella a aquel Periandro que decía.
Díjole que no, sino que por relación sabía ser el
que llevó a su señora, a cuyo servicio ella había
venido después que Periandro, por un estraño acontecimiento,
la había dejado.
En esto estaban, cuando de arriba llamaron a Taurisa -que éste
era el nombre de la que sus desgracias había contado-, la cual,
oyéndose llamar, dijo:
-Sin duda alguna el mar está manso y la borrasca quieta, pues me
llaman para hacer de mí la desdichada entrega. A Dios te queda,
quienquiera que seas, y los cielos te libren de ser entregado para que
los polvos de tu abrasado corazón testifiquen esta vanidad e impertinente
profecía; que también estos insolentes moradores desta ínsula
buscan corazones que abrasar, como doncellas que guardar para lo que procuran.
Apartáronse. Subió Taurisa a la cubierta. Quedó el
mancebo pensativo, y pidió que le diesen de vestir, que quería
levantarse. Trujéronle un vestido de damasco verde, cortado al
modo del que él había traído de lienzo. Subió
arriba. Recibióle Arnaldo con agradable semblante. Sentóle
junto a sí. Vistieron a Taurisa rica y gallardamente, al modo que
suelen vestirse las ninfas de las aguas, o las amadríades de los
montes. En tanto que esto se hacía, con admiración del mozo,
Arnaldo le contó todos sus amores y sus intentos, y aun le pidió
consejo de lo que haría, y le preguntó si los medios que
ponía para saber de Auristela iban bien encaminados.
El mozo, que del razonamiento que había tenido con Taurisa y de
lo que Arnaldo le contaba, tenía el alma llena de mil imaginaciones
y sospechas, discurriendo con velocísimo curso del entendimiento
lo que podía suceder si acaso Auristela entre aquellos bárbaros
se hallase, le respondió:
-Señor, yo no tengo edad para saberte aconsejar, pero tengo voluntad
que me mueve a servirte, que la vida que me has dado con el recibimiento
y mercedes que me has hecho me obligan a emplearla en tu servicio. Mi
nombre es Periandro, de nobilísimos padres nacido, y al par de
mi nobleza corre mi desventura y mis desgracias, las cuales por ser tantas
no conceden ahora lugar para contártelas. Esa Auristela que buscas
es una hermana mía que también yo ando buscando, que, por
varios acontecimientos, ha un año que nos perdimos. Por el nombre
y por la hermosura que me encareces conozco sin duda que es mi perdida
hermana, que daría por hallarla, no sólo la vida que poseo,
sino el contento que espero recebir de haberla hallado, que es lo más
que puedo encarecer. Y así, como tan interesado en este hallazgo,
voy escogiendo, [entre] otros muchos medios que en la imaginación
fabrico, éste, que, aunque venga a ser con más peligro de
mi vida, será más cierto y más breve. Tú,
señor Arnaldo, estás determinado de vender esta doncella
a estos bárbaros, para que, estando en su poder, vea si está
en el suyo Auristela, de que te podrás informar volviendo otra
vez a vender otra doncella a los mismos bárbaros, y a Taurisa no
le faltará modo, o dará señales si está o
no Auristela con las demás que, para el efeto que se sabe, los
bárbaros guardan y con tanta solicitud compran.
-Así es la verdad -dijo Arnaldo-, y he escogido antes a Taurisa
que a otra, de cuatro que van en el navío para el mismo efeto,
porque Taurisa la conoce, que ha sido su doncella.
-Todo eso está muy bien pensado -dijo Periandro-, pero yo soy de
parecer que ninguna persona hará esa diligencia tan bien como yo,
pues mi edad, mi rostro, el interés que se me sigue, juntamente
con el conocimiento que tengo de Auristela, me está incitando a
aconsejarme que tome sobre mis hombros esta empresa. Mira, señor,
si vienes en este parecer, y no lo dilates, que, en los casos arduos y
dificultosos, en un mismo punto han de andar el consejo y la obra.
Cuadráronle a Arnaldo las razones de Periandro, y, sin reparar
en algunos inconvenientes que se le ofrecían, las puso en obra,
y de muchos y ricos vestidos de que venía proveído por si
hallaba a Auristela, vistió a Periandro, que quedó, al parecer,
la más gallarda y hermosa mujer que hasta entonces los ojos humanos
habían visto, pues si no era la hermosura de Auristela, ninguna
otra podía igualársele. Los del navío quedaron admirados;
Taurisa, atónita; el príncipe, confuso; el cual, a no pensar
que era hermano de Auristela, el considerar que era varón le traspasara
el alma con la dura lanza de los celos, cuya punta se atreve a entrar
por las del más agudo diamante: quiero decir que los celos rompen
toda seguridad y recato, aunque dél se armen los pechos enamorados.
Finalmente, hecho el metamorfosis de Periandro, se hicieron un poco a
la mar, para que de todo en todo de los bárbaros fuesen descubiertos.
La priesa con que Arnaldo quiso saber de Auristela no consintió
en que preguntase primero a Periandro quién eran él y su
hermana, y por qué trances habían venido al miserable en
que le había hallado; que todo esto, según buen discurso,
había de preceder a la confianza que dél hacía. Pero,
como es propia condición de los amantes ocupar los pensamientos
antes en buscar los medios de alcanzar el fin de su deseo que en otras
curiosidades, no le dio lugar a que preguntase lo que fuera bien que supiera,
y lo que supo después cuando no le estuvo bien el saberlo.
Alongados, pues, un tanto de la isla, como se ha dicho, adornaron la nave
con flámulas y gallardetes, que ellos azotando el aire y ellas
besando las aguas, hermosísima vista hacían. El mar tranquilo,
el cielo claro, el son de las chirimías y de otros instrumentos,
tan bélicos como alegres, suspendían los ánimos;
y los bárbaros, que de no muy lejos lo miraban, quedaron más
suspensos, y en un momento coronaron la ribera, armados de arcos y saetas
de la grandeza que otra vez se ha dicho.
Poco menos de una milla llegaba la nave a la isla, cuando, disparando
toda la artillería, que traía mucha y gruesa, arrojó
el esquife al agua, y, entrando en él Arnaldo, Taurisa y Periandro,
y otros seis marineros, pusieron en una lanza un lienzo blanco, señal
de que venían de paz, como es costumbre casi en todas las naciones
de la tierra. Y lo que en ésta les sucedió se cuenta en
el capítulo que se sigue.
CAPÍTULO
TERCERO DEL PRIMER LIBRO
Como se iba
acercando el barco a la ribera, se iban apiñando los bárbaros,
cada uno deseoso de saber, primero que viese, lo que en él venía;
y, en señal que lo recibirían de paz, y no de guerra, sacaron
muchos lienzos y los campearon por el aire, tiraron infinitas flechas
al viento, y, con increíble ligereza, saltaban algunos de unas
partes en otras.
No pudo llegar el barco a bordas con la tierra, por ser la mar baja, que
en aquellas partes crece y mengua como en las nuestras; pero los bárbaros,
hasta cantidad de veinte, se entraron a pie por la mojada arena, y llegaron
a él casi a tocarse con las manos. Traían sobre los hombros
a una mujer bárbara, pero de mucha hermosura, la cual, antes que
otro alguno hablase, dijo en lengua polaca:
-A vosotros, quienquiera que seáis, pide nuestro príncipe
(o, por mejor decir, nuestro gobernador) que le digáis quién
sois, a qué venís y qué es lo que buscáis.
Si por ventura traéis alguna doncella que vender, se os será
muy bien pagada, pero si son otras mercancías las vuestras, no
las hemos menester, porque en esta nuestra isla, merced al cielo, tenemos
todo lo necesario para la vida humana, sin tener necesidad de salir a
otra parte a buscarlo.
Entendióla muy bien Arnaldo, y preguntóle si era bárbara
de nación, o si acaso era de las compradas en aquella isla. A lo
que le respondió:
-Respóndeme tú a lo que he preguntado, que estos mis amos
no gustan que en otras pláticas me dilate, sino en aquellas que
hacen al caso para su negocio.
Oyendo lo cual Arnaldo, respondió:
-Nosotros somos naturales del reino de Dinamarca, usamos el oficio de
mercaderes y de cosarios, trocamos lo que podemos, vendemos lo que nos
compran y despachamos lo que hurtamos; y, entre otras presas que a nuestras
manos han venido, ha sido la de esta doncella -y señaló
a Periandro-, la cual, por ser una de las más hermosas (o, por
mejor decir, la más hermosa del mundo), os la traemos a vender,
que ya sabemos el efeto para que las compran en esta isla; y si es que
ha de salir verdadero el vaticinio que vuestros sabios han dicho, bien
podéis esperar desta sin igual belleza y disposición gallarda
que os dará hijos hermosos y valientes.
Oyendo esto algunos de los bárbaros, preguntaron a la bárbara
les dijese lo que decía. Díjolo ella, y al momento se partieron
cuatro dellos, y fueron -a lo que pareció- a dar aviso a su gobernador.
En este espacio que volvían, preguntó Arnaldo a la bárbara
si tenían algunas mujeres compradas en la isla, y si había
alguna entre ellas de belleza tanta, que pudiese igualar a la que ellos
traían para vender.
-No -dijo la bárbara-, porque, aunque hay muchas, ninguna dellas
se me iguala, porque, en efeto, yo soy una de las desdichadas para ser
reina destos bárbaros, que sería la mayor desventura que
me pudiese venir.
Volvieron los que habían ido a la tierra, y con ellos otros muchos
y su príncipe, que lo mostró ser en el rico adorno que traía.
Habíase echado sobre el rostro un delgado y trasparente velo Periandro,
por [no] dar de improviso, como rayo, con la luz de sus ojos en los de
aquellos bárbaros, que con grandísima atención le
estaban mirando.
Habló el gobernador con la bárbara, de que resultó
que ella dijo a Arnaldo que su príncipe decía que mandase
alzar el velo a su doncella. Hízose así: levantóse
en pie Periandro, descubrió el rostro, alzó los ojos al
cielo, mostró dolerse de su ventura, estendió los rayos
de sus dos soles a una y otra parte, que, encontrándose con los
del bárbaro capitán, dieron con él en tierra (a lo
menos, así lo dio a entender el hincarse de rodillas, como se hincó,
adorando a su modo en la hermosa imagen, que pensaba ser mujer); y, hablando
con la bárbara, en pocas razones concertó la venta, y dio
por ella todo lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra alguna.
Partieron todos los bárbaros a la isla; en un instante volvieron
con infinitos pedazos de oro, y con luengas sartas de finísimas
perlas, que sin cuenta y a montón confuso se las entregaron a Arnaldo;
el cual luego, tomando de la mano a Periandro, le entregó al bárbaro,
y dijo a la intérprete dijese a su dueño que dentro de pocos
días volvería a venderle otra doncella, si no tan hermosa,
a lo menos tal que pudiese merecer ser comprada.
Abrazó Periandro a todos los que en el barco venían, casi
preñados los ojos de lágrimas, que no le nacían de
corazón afeminado, sino de la consideración de los rigurosos
trances que por él habían pasado.
Hizo señal Arnaldo a la nave que disparase la artillería,
y el bárbaro a los suyos que tocasen sus instrumentos, y en un
instante atronó el cielo la artillería, y la música
de los bárbaros llenaron los aires de confusos y diferentes sones.
Con este aplauso, llevado en hombros de los bárbaros, puso los
pies en tierra Periandro. Llegó a su nave Arnaldo y los que con
él venían, quedando concertado entre Periandro y Arnaldo
que, si el viento no le forzase, procuraría no desviarse de la
isla sino lo que bastase para no ser de ella descubierto, y volver a ella
a vender, si fuese necesario, a Taurisa, que, con la seña que Periandro
le hiciese, se sabría el sí o el no del hallazgo de Auristela;
y, en caso que no estuviese en la isla, no faltaría traza para
libertar a Periandro, aunque fuese moviendo guerra a los bárbaros
con todo su poder y el de sus amigos.
CAPÍTULO
CUARTO DEL LIBRO PRIMERO
Entre los que
vinieron a concertar la compra de la doncella, vino con el capitán
un bárbaro, llamado Bradamiro, de los más valientes y más
principales de toda la isla, menospreciador de toda ley, arrogante sobre
la misma arrogancia, y atrevido tanto como él mismo, porque no
se halla con quién compararlo.
Éste, pues, desde el punto que vio a Periandro, creyendo ser mujer,
como todos lo creyeron, hizo disinio en su pensamiento de escogerla para
sí, sin esperar a que las leyes del vaticinio se probasen o cumpliesen.
Así como puso los pies en la ínsula Periandro, muchos bárbaros,
a porfía, le tomaron en hombros, y, con muestras de infinita alegría,
le llevaron a una gran tienda que, entre otras muchas pequeñas,
en un apacible y deleitoso prado estaban puestas, todas cubiertas de pieles
de animales, cuáles domésticos, cuáles selváticos.
La bárbara que había servido de intérprete de la
compra y venta no se le quitaba del lado, y con palabras y en lenguaje
que él no entendía le consolaba.
Ordenó luego el gobernador que pasasen a la ínsula de la
prisión, y trajesen de ella algún varón, si le hubiese,
para hacer la prueba de su engañosa esperanza. Fue obedecido al
punto, y al mismo instante tendieron por el suelo pieles curtidas, olorosas,
limpias y lisas, de animales, para que de manteles sirviesen, sobre las
cuales arrojaron y tendieron sin concierto ni policía alguna, diversos
géneros de frutas secas; y, sentándose él y algunos
de los principales bárbaros que allí estaban, comenzó
a comer y a convidar por señas a Periandro que lo mismo hiciese.
Sólo se quedó en pie Bradamiro, arrimado a su arco, clavados
los ojos en la que pensaba ser mujer. Rogóle el gobernador se sentase,
pero no quiso obedecerle; antes, dando un gran sospiro, volvió
las espaldas, y se salió de la tienda.
En esto, llegó un bárbaro que dijo al capitán que,
al tiempo que habían llegado él y otros cuatro para pasar
a la prisión, llegó a la marina una balsa, la cual traía
un varón y a la mujer guardiana de la mazmorra, cuyas nuevas pusieron
fin a la comida, y, levantándose el capitán, con todos los
que allí estaban, acudió a ver la balsa. Quiso acompañarle
Periandro, de lo que él fue muy contento.
Cuando llegaron, ya estaban en tierra el prisionero y la custodia. Miró
atentamente Periandro, por ver si por ventura conocía al desdichado
a quien su corta suerte había puesto en el mismo estremo en que
él se había visto, pero no pudo verle el rostro de lleno
en lleno, a causa que tenía inclinada la cabeza, y, como de industria,
parecía que no dejaba verse de nadie; pero no dejó de conocer
a la mujer que decían ser guardiana de la prisión, cuya
vista y conocimiento le suspendió el alma y le alborotó
los sentidos, porque claramente, y sin poner duda en ello, conoció
ser Cloelia, ama de su querida Auristela. Quisiérala hablar, pero
no se atrevió, por no entender si acertaría o no en ello;
y, así reprimiendo su deseo como sus labios, estuvo esperando en
lo que pararía semejante acontecimiento.
El gobernador, con deseo de apresurar sus pruebas y dar felice compañía
a Periandro, mandó que al momento se sacrificase aquel mancebo,
de cuyo corazón se hiciesen los polvos de la ridícula y
engañosa prueba.
Asieron al momento del mancebo muchos bárbaros; sin más
ceremonias que atarle un lienzo por los ojos, le hicieron hincar de rodillas,
atándole por atrás las manos, el cual, sin hablar palabra,
como un manso cordero, esperaba el golpe que le había de quitar
la vida. Visto lo cual por la antigua Cloelia, alzó la voz, y,
con más aliento que de sus muchos años se esperaba, comenzó
a decir:
-Mira, ¡oh gran gobernador!, lo que haces, porque ese varón
que mandas sacrificar no lo es, ni puede aprovechar ni servir en cosa
alguna a tu intención, porque es la más hermosa mujer que
puede imaginarse. Habla, hermosísima Auristela, y no permitas,
llevada de la corriente de tus desgracias, que te quiten la vida, poniendo
tasa a la providencia de los cielos, que te la pueden guardar y conservar,
para que felicemente la goces.
A estas razones, los crueles bárbaros detuvieron el golpe, que
ya ya la sombra del cuchillo se señalaba en la garganta del arrodillado.
Mandó el capitán desatarle y dar libertad a las manos y
luz a los ojos; y, mirándole con atención, le pareció
ver el más hermoso rostro de mujer que hubiese visto, y juzgó,
aunque bárbaro, que si no era el de Periandro, ninguno otro en
el mundo podría igualársele.
¿Qué lengua podrá decir, o qué pluma escribir,
lo que sintió Periandro cuando conoció ser Auristela la
condenada y la libre? Quitósele la vista de los ojos, cubriósele
el corazón, y con pasos torcidos y flojos fue a abrazarse con Auristela,
a quien dijo, teniéndola estrechamente entre sus brazos:
-¡Oh querida mitad de mi alma, oh firme coluna de mis esperanzas,
oh prenda, que no sé si diga por mi bien o por mi mal hallada,
aunque no será sino por bien, pues de tu vista no puede proceder
mal ninguno! Ves aquí a tu hermano Periandro.
Y esta razón dijo con voz tan baja, que de nadie pudo ser oída,
y prosiguió diciendo:
-Vive, señora y hermana mía, que en esta isla no hay muerte
para las mujeres, y no quieras tú para contigo ser más cruel
que sus moradores; confía en los cielos, que, pues te han librado
hasta aquí de los infinitos peligros en que te debes de haber visto,
te librarán de los que se pueden temer de aquí adelante.
-¡Ay, hermano! -respondió Auristela (que era la misma que
por varón pensaba ser sacrificada)-. ¡Ay, hermano -replicó
otra vez-, y cómo creo que éste en que nos hallamos ha de
ser el último trance que de nuestras desventuras puede temerse!
Suerte dichosa ha sido el hallarte, pero desdichada ser en tal lugar y
en semejante traje.
Lloraban entrambos, cuyas lágrimas vio el bárbaro Bradamiro;
y, creyendo que Periandro las vertía del dolor de la muerte de
aquél, que pensó ser su conocido, pariente o amigo, determinó
de libertarle, aunque se pusiese a romper por todo inconveniente. Y así,
llegándose a los dos, asió de la una mano a Auristela y
de la otra a Periandro, y, con semblante amenazador y ademán soberbio,
en alta voz dijo:
-Ninguno sea osado, si es que estima en algo su vida, de tocar a estos
dos, aun en un solo cabello. Esta doncella es mía, porque yo la
quiero, y este hombre ha de ser libre, porque ella lo quiere.
Apenas hubo dicho esto, cuando el bárbaro gobernador, indignado
e impaciente sobremanera, puso una grande y aguda flecha en el arco, y,
desviándole de sí cuanto pudo estenderse el brazo izquierdo,
puso la empulguera con el derecho junto al diestro oído, y disparó
la flecha con tan buen tino y con tanta furia, que en un instante llegó
a la boca de Bradamiro, y se la cerró, quitándole el movimiento
de la lengua y sacándole el alma, con que dejó admirados,
atónitos y suspensos a cuantos allí estaban.
Pero no hizo tan a su salvo el tiro, tan atrevido como certero, que no
recibiese por el mismo estilo la paga de su atrevimiento; porque un hijo
de Corsicurvo, el bárbaro que se ahogó en el pasaje de Periandro,
pareciéndole ser más ligeros sus pies que las flechas de
su arco, en dos brincos se puso junto al capitán, y, alzando el
brazo, le envainó en el pecho un puñal, que, aunque de piedra,
era más fuerte y agudo que si de acero forjado fuera.
Cerró el capitán en sempiterna noche los ojos, y dio con
su muerte venganza a la de Bradamiro, alborotó los pechos y los
corazones de los parientes de entrambos, puso las armas en las manos de
todos, y en un instante, incitados de la venganza y cólera, comenzaron
a enviar muertes en las flechas de unas partes a otras. Acabadas las flechas,
como no se acabaron las manos ni los puñales, arremetieron los
unos a los otros, sin respetar el hijo al padre ni el hermano al hermano;
antes, como si de muchos tiempos atrás fueran enemigos mortales
por muchas injurias recebidas, con las uñas se despedazaban y con
los puñales se herían sin haber quién los pusiese
en paz.
Entre estas flechas, entre estas heridas, entre estos golpes y entre estas
muertes, estaban juntos la antigua Cloelia, la doncella intérprete,
Periandro y Auristela, todos apiñados, y todos llenos de confusión
y de miedo.
En mitad desta furia, llevados en vuelo algunos bárbaros, de los
que debían de ser de la parcialidad de Bradamiro, se desviaron
de la contienda y fueron a poner fuego a una selva, que estaba allí
cerca, como a hacienda del gobernador. Comenzaron a arder los árboles
y a favorecer la ira el viento, que, aumentando las llamas y el humo,
todos temieron ser ciegos y abrasados.
Llegábase la noche, que, aunque fuera clara, se escureciera, cuanto
más siendo escura y tenebrosa. Los gemidos de los que morían,
las voces de los que amenazaban, los estallidos del fuego, no en los corazones
de los bárbaros ponían miedo alguno, porque estaban ocupados
con la ira y la venganza; poníanle, sí, en los de los miserables
apiñados, que no sabían qué hacerse, adónde
irse o cómo valerse; y, en esta sazón tan confusa, no se
olvidó el cielo de socorrerles por tan estraña novedad que
la tuvieron por milagro.
Ya casi cerraba la noche, y, como se ha dicho, escura y temerosa, y solas
las llamas de la abrasada selva daban luz bastante para divisar las cosas,
cuando un bárbaro mancebo se llegó a Periandro, y, en lengua
castellana, que dél fue bien entendida, le dijo:
-Sígueme, hermosa doncella, y di que hagan lo mismo las personas
que contigo están, que yo os pondré en salvo, si los cielos
me ayudan.
No le respondió palabra Periandro, sino hizo que Auristela, Cloelia
y la intérprete se animasen y le siguiesen; y así, pisando
muertos y hollando armas, siguieron al joven bárbaro que les guiaba.
Llevaban las llamas de la ardiente selva a las espaldas, que les servían
de viento que el paso les aligerase. Los muchos años de Cloelia
y los pocos de Auristela no permitían que al paso de su guía
tendiesen el suyo. Viendo lo cual el bárbaro, robusto y de fuerzas,
asió de Cloelia y se la echó al hombro, y Periandro hizo
lo mismo de Auristela; la intérprete, menos tierna, más
animosa, con varonil brío los seguía.
Desta manera, cayendo y levantando, como decirse suele, llegaron a la
marina, y, habiendo andado como una milla por ella hacia la banda del
norte, se entró el bárbaro por una espaciosa cueva, en quien
la saca del mar entraba y salía. Pocos pasos anduvieron por ella,
torciéndose a una y otra parte, estrechándose en una y alargándose
en otra, ya agazapados, ya inclinados, ya agobiados al suelo, y ya en
pie y derechos, hasta que salieron, a su parecer, a un campo raso, pues
les pareció que podían libremente enderezarse, que así
se lo dijo su guiador, no pudiendo verlo ellos por la escuridad de la
noche, y porque las luces de los encendidos montes, que entonces con más
rigor ardían, allí llegar no podían.
-¡Bendito sea Dios -dijo el bárbaro en la misma lengua castellana-
que nos ha traído a este lugar, que, aunque en él se puede
temer algún peligro, no será de muerte!
En esto, vieron que hacia ellos venía corriendo una gran luz, bien
así como cometa, o por mejor decir exhalación que por el
aire camina. Esperáranla con temor, si el bárbaro no dijera:
-Este es mi padre, que viene a recebirme.
Periandro, que, aunque no muy despiertamente, sabía hablar la lengua
castellana, le dijo:
-El cielo te pague, ¡oh ángel humano, o quienquiera que seas!,
el bien que nos has hecho, que, aunque no sea otro que el dilatar nuestra
muerte, lo tenemos por singular beneficio.
Llegó en esto la luz, que la traía uno, al parecer bárbaro,
cuyo aspecto la edad de poco más de cincuenta años le señalaba.
Llegando, puso la luz en tierra, que era un grueso palo de tea, y a brazos
abiertos se fue a su hijo, a quien preguntó en castellano que qué
le había sucedido, que con tal compañía volvía.
-Padre -respondió el mozo- vamos a nuestro rancho, que hay muchas
cosas que decir y muchas más que pensar. La isla se abrasa, casi
todos los moradores della quedan hechos ceniza o medio abrasados; estas
pocas reliquias que aquí veis, por impulso del cielo las he hurtado
a las llamas y al filo de los bárbaros puñales. Vamos, señor,
como tengo dicho, a nuestro rancho, para que la caridad de mi madre y
de mi hermana se muestre y ejercite en acariciar a estos mis cansados
y temerosos huéspedes.
Guió el padre, siguiéronle todos, animóse Cloelia,
pues caminó a pie, no quiso dejar Periandro la hermosa carga que
llevaba, por no ser posible que le diese pesadumbre, siendo Auristela
único bien suyo en la tierra.
Poco anduvieron, cuando llegaron a una altísima peña, al
pie de la cual descubrieron un anchísimo espacio o cueva, a quien
servían de techo y de paredes las mismas peñas. Salieron
con teas encendidas en las manos dos mujeres vestidas al traje bárbaro:
la una muchacha de hasta quince años, y la otra hasta treinta;
ésta hermosa, pero la muchacha hermosísima.
La una dijo:
-¡Ay, padre y hermano mío!
Y la otra no dijo más sino:
-Seáis bien venido, regalado hijo de mi alma.
La intérprete estaba admirada de oír hablar en aquella parte,
y a mujeres que parecían bárbaras, otra lengua de aquélla
que en la isla se acostumbraba; y, cuando les iba a preguntar qué
misterio tenía saber ellas aquel lenguaje, lo estorbó mandar
el padre a su esposa y a su hija que aderezasen con lanudas pieles el
suelo de la inculta cueva. Ellas le obedecieron, arrimando a las paredes
las teas; en un instante, solícitas y diligentes, sacaron de otra
cueva que más adentro se hacía, pieles de cabras y ovejas
y de otros animales, con que quedó el suelo adornado y se reparó
el frío, que comenzaba a fatigarles.
CAPÍTULO
QUINTO.
De la cuenta
que dio de sí el bárbaro español a sus nuevos huéspedes
Presta y breve
fue la cena; pero, por cenarla sin sobresalto, la hizo sabrosa. Renovaron
las teas, y, aunque quedó ahumado el aposento, quedó caliente.
Las vajillas que en la cena sirvieron, ni fueron de plata ni de Pisa:
las manos de la bárbara y bárbaro pequeños fueron
los platos, y unas cortezas de árboles, un poco más agradables
que de corcho, fueron los vasos. Quedóse Candia lejos, y sirvió
en su lugar agua pura, limpia y frigidísima.
Quedóse dormida Cloelia, porque los luengos años más
amigos son del sueño que de otra cualquiera conversación,
por gustosa que sea. Acomodóla la bárbara grande en el segundo
apartamiento, haciéndole de pieles así colchones como frazadas;
volvió a sentarse con los demás, a quien el español
dijo en lengua castellana desta manera:
-Puesto que estaba en razón que yo supiera primero, señores
míos, algo de vuestra hacienda y sucesos, antes que os dijera los
míos, quiero, por obligaros, que los sepáis, porque los
vuestros no se me encubran después que los míos hubiéredes
oído.
«Yo, según la buena suerte quiso, nací en España,
en una de las mejores provincias de ella. Echáronme al mundo padres
medianamente nobles; criáronme como ricos. Llegué a las
puertas de la gramática, que son aquéllas por donde se entra
a las demás ciencias. Inclinóme mi estrella, si bien en
parte a las letras, mucho más a las armas. No tuve amistad en mis
verdes años ni con Ceres ni con Baco; y así, en mí
siempre estuvo Venus fría. Llevado, pues, de mi inclinación
natural, dejé mi patria, y fuime a la guerra que entonces la majestad
del César Carlo Quinto hacía en Alemania contra algunos
potentados de ella. Fueme Marte favorable, alcancé nombre de buen
soldado, honróme el Emperador, tuve amigos, y, sobre todo, aprendí
a ser liberal y bien criado, que estas virtudes se aprenden en la escuela
del Marte cristiano. Volví a mi patria honrado y rico, con propósito
de estarme en ella algunos días gozando de mis padres, que aun
vivían, y de los amigos que me esperaban. Pero esta que llaman
Fortuna, que yo no sé lo que se sea, envidiosa de mi sosiego, volviendo
la rueda que dicen que tiene, me derribó de su cumbre, adonde yo
pensé que estaba puesto, al profundo de la miseria en que me veo,
tomando por instrumento para hacerlo a un caballero, hijo segundo de un
titulado que junto a mi lugar el de su estado tenía.
ȃste, pues, vino a mi pueblo a ver unas fiestas. Estando
en la plaza en una rueda o corro de hidalgos y caballeros, donde yo también
hacía número, volviéndose a mí, con ademán
arrogante y risueño, me dijo: ''Bravo estáis, señor
Antonio: mucho le ha aprovechado la plática de Flandes y de Italia,
porque en verdad que está bizarro. Y sepa el buen Antonio que yo
le quiero mucho''. Yo le respondí: ''Porque yo soy aquel Antonio,
beso a vuesa señoría las manos mil veces por la merced que
me hace. En fin, vuesa señoría hace como quien es en honrar
a sus compatriotos y servidores; pero, con todo eso, quiero que vuesa
señoría entienda que las galas yo me las llevé de
mi tierra a Flandes, y con la buena crianza nací del vientre de
mi madre. Ansí que, por esto, ni merezco ser alabado ni vituperado;
y, con todo, bueno o malo que yo sea, soy muy servidor de vuesa señoría,
a quien suplico me honre, como merecen mis buenos deseos''. Un hidalgo
que estaba a mi lado, grande amigo mío, me dijo, y no tan bajo
que no lo pudo oír el caballero: ''Mirad, amigo Antonio, cómo
habláis, que al señor don Fulano no le llamamos acá
señoría''. A lo que respondió el caballero, antes
que yo respondiese: ''El buen Antonio habla bien, porque me trata al modo
de Italia, donde en lugar de merced dicen señoría''. ''Bien
sé -dije yo- los usos y las ceremonias de cualquiera buena crianza,
y el llamar a vuesa señoría, señoría, no es
al modo de Italia, sino porque entiendo que el que me ha de llamar vos
ha de ser señoría, a modo de España; y yo, por ser
hijo de mis obras y de padres hidalgos, merezco el merced de cualquier
señoría, y quien otra cosa dijere (y esto echando mano a
mi espada) está muy lejos de ser bien criado''.
»Y, diciendo y haciendo, le di dos cuchilladas en la cabeza muy
bien dadas, con que le turbé de manera que no supo lo que le había
acontecido, ni hizo cosa en su desagravio que fuese de provecho, y yo
sustenté la ofensa, estándome quedo con mi espada desnuda
en la mano. Pero, pasándosele la turbación, puso mano a
su espada, y con gentil brío procuró vengar su injuria.
Mas yo no le dejé poner en efeto su honrada determinación,
ni a él la sangre que le corría de la cabeza, de una de
las dos heridas. Alborotáronse los circunstantes, pusieron mano
contra mí, retiréme a casa de mis padres, contéles
el caso, y, advertidos del peligro en que estaba, me proveyeron de dineros
y de un buen caballo, aconsejándome a que me pusiese en cobro,
porque me había granjeado muchos, fuertes y poderosos enemigos.
Hícelo ansí, y en dos días pisé la raya de
Aragón, donde respiré algún tanto de mi no vista
priesa.
»En resolución, con poco menos diligencia me puse en Alemania,
donde volví a servir al Emperador. Allí me avisaron que
mi enemigo me buscaba, con otros muchos, para matarme del modo que pudiese.
Temí este peligro, como era razón que lo temiese; volvíme
a España, porque no hay mejor asilo que el que promete la casa
del mismo enemigo; vi a mis padres de noche, tornáronme a proveer
de dineros y joyas, con que vine a Lisboa, y me embarqué en una
nave que estaba con las velas en alto para partirse en Inglaterra, en
la cual iban algunos caballeros ingleses, que habían venido, llevados
de su curiosidad, a ver a España; y, habiéndola visto toda,
o por lo menos las mejores ciudades della, se volvían a su patria.
»Sucedió, pues, que yo me revolví sobre una cosa de
poca importancia con un marinero inglés, a quien fue forzoso darle
un bofetón; llamó este golpe la cólera de los demás
marineros y de toda la chusma de la nave, que comenzaron a tirarme todos
los instrumentos arrojadizos que les vinieron a las manos. Retiréme
al castillo de popa, y tomé por defensa a uno de los caballeros
ingleses, poniéndome a sus espaldas, cuya defensa me valió
de modo que no perdí luego la vida. Los demás caballeros
sosegaron la turba, pero fue con condición que me arrojasen a la
mar, o que me diesen el esquife o barquilla de la nave, en que me volviese
a España, o adonde el cielo me llevase.
»Hízose así: diéronme la barca proveída
con dos barriles de agua, uno de manteca y alguna cantidad de bizcocho.
Agradecí a mis valedores la merced que me hacían, entré
en la barca con solos dos remos, alargóse la nave, vino la noche
escura, halléme solo en la mitad de la inmensidad de aquellas aguas,
sin tomar otro camino que aquel que le concedía el no contrastar
contra las olas ni contra el viento. Alcé los ojos al cielo, encomendéme
a Dios con la mayor devoción que pude, miré al norte, por
donde distinguí el camino que hacía, pero no supe el paraje
en que estaba.
»Seis días y seis noches anduve desta manera, confiando más
en la benignidad de los cielos que en la fuerza de mis brazos, los cuales,
ya cansados y sin vigor alguna del contino trabajo, abandonaron los remos,
que quité de los escálamos y los puse dentro la barca, para
servirme dellos cuando el mar lo consintiese o las fuerzas me ayudasen.
Tendíme de largo a largo de espaldas en la barca, cerré
los ojos y en lo secreto de mi corazón no quedó santo en
el cielo a quien no llamase en mi ayuda. Y en mitad deste aprieto, y en
medio desta necesidad -cosa dura de creer-, me sobrevino un sueño
tan pesado que, borrándome de los sentidos el sentimiento, me quedé
dormido (tales son las fuerzas de lo que pide y ha menester nuestra naturaleza);
pero allá en el sueño me representaba la imaginación
mil géneros de muertes espantosas, pero todas en el agua, y en
algunas dellas me parecía que me comían lobos y despedazaban
fieras, de modo que, dormido y despierto, era una muerte dilatada mi vida.
»Deste no apacible sueño me despertó con sobresalto
una furiosa ola del mar, que, pasando por cima de la barca, la llenó
de agua. Reconocí el peligro; volví, como mejor pude, el
mar al mar; torné a valerme de los remos, que ninguna cosa me aprovecharon.
Vi que el mar se ensoberbecía, azotado y herido de un viento ábrego,
que en aquellas partes parece que más que en otros mares muestra
su poderío. Vi que era simpleza oponer mi débil barca a
su furia, y, con mis flacas y desmayadas fuerzas, a su rigor; y así,
torné a recoger los remos, y a dejar correr la barca por donde
las olas y el viento quisiesen llevarla. Reiteré plegarias, añadí
promesas, aumenté las aguas del mar con las que derramaba de mis
ojos, no de temor de la muerte, que tan cercana se me mostraba, sino por
el de la pena que mis malas obras merecían. Finalmente, no sé
a cabo de cuántos días y noches que anduve vagamundo por
el mar, siempre más inquieto y alterado, me vine a hallar junto
a una isla despoblada de gente humana, aunque llena de lobos, que por
ella a manadas discurrían. Lleguéme al abrigo de una peña,
que en la ribera estaba, sin osar saltar en tierra por temor de los animales
que había visto. Comí del bizcocho ya remojado, que la necesidad
y la hambre no reparan en nada. Llegó la noche, menos escura que
había sido la pasada; pareció que el mar se sosegaba, y
prometía más quietud el venidero día; miré
al cielo, vi las estrellas con aspecto de prometer bonanza en las aguas
y sosiego en el aire.
»Estando en esto, me pareció, por entre la dudosa luz de
la noche, que la peña que me servía de puerto se coronaba
de los mismos lobos que en la marina había visto, y que uno dellos
-como es la verdad- me dijo en voz clara y distinta, y en mi propia lengua:
''Español, hazte a lo largo, y busca en otra parte tu ventura,
si no quieres en ésta morir hecho pedazos por nuestras uñas
y dientes; y no preguntes quién es el que esto te dice, sino da
gracias al cielo de que has hallado piedad entre las mismas fieras''.
»Si quedé espantado o no, a vuestra consideración
lo dejo; pero no fue bastante la turbación mía para dejar
de poner en obra el consejo que se me había dado. Apreté
los escálamos, até los remos, esforcé los brazos
y salí al mar descubierto. Mas, como suele acontecer que las desdichas
y afliciones turban la memoria de quien las padece, no os podré
decir cuántos fueron los días que anduve por aquellos mares,
tragando, no una, sino mil muertes a cada paso, hasta que, arrebatada
mi barca en los brazos de una terrible borrasca, me hallé en esta
isla, donde di al través con ella, en la misma parte y lugar adonde
está la boca de la cueva por donde aquí entrastes. Llegó
la barca a dar casi en seco por la cueva adentro, pero volvíala
a sacar la resaca; viendo yo lo cual, me arrojé della, y, clavando
las uñas en la arena, no di lugar a que la resaca al mar me volviese.
Y, aunque con la barca me llevaba el mar la vida, pues me quitaba la esperanza
de cobrarla, holgué de mudar género de muerte, y quedarme
en tierra: que, como se dilate la vida, no se desmaya la esperanza.»
A este punto llegaba el bárbaro español, que este título
le daba sus traje, cuando en la estancia más adentro, donde habían
dejado a Cloelia, se oyeron tiernos gemidos y sollozos. Acudieron al instante
con luces Auristela, Periandro y todos los demás a ver qué
sería, y hallaron que Cloelia, arrimadas las espaldas a la peña,
sentada en las pieles, tenía los ojos clavados en el cielo, y casi
quebrados.
Llegóse a ella Auristela, y, a voces compasivas y dolorosas, le
dijo:
-¿Qué es esto, ama mía? ¿Cómo; y es
posible que me queréis dejar en esta soledad y a tiempo que más
he menester valerme de vuestros consejos?
Volvió en sí algún tanto Cloelia, y, tomando la mano
de Auristela, le dijo:
-Ves ahí, hija de mi alma, lo que tengo tuyo. Yo quisiera que mi
vida durara hasta que la tuya se viera en el sosiego que merece; pero
si no lo permite el cielo, mi voluntad se ajusta con la suya, y de la
mejor que es en mi mano le ofrezco mi vida. Lo que te ruego es, señora
mía, que, cuando la buena suerte quisiere -que sí querrá-
que te veas en tu estado, y mis padres aún fueren vivos, o alguno
de mis parientes, les digas cómo yo muero cristiana en la fe de
Jesucristo, y en la que tiene, que es la misma, la santa Iglesia católica
romana. Y no te digo más, porque no puedo.
Esto dicho, y muchas veces pronunciando el nombre de Jesús, cerró
los ojos en tenebrosa noche, a cuyo espetáculo también cerró
los suyos Auristela, con un profundo desmayo. Hiciéronse fuentes
los de Periandro y ríos los de todos los circunstantes. Acudió
Periandro a socorrer a Auristela, la cual, vuelta en sí, acrecentó
las lágrimas y comenzó sospiros nuevos, y dijo razones que
movieran a lástima a las piedras. Ordenóse que otro día
la sepultasen, y, quedando en guarda del cuerpo muerto la doncella bárbara
y su hermano, los demás se fueron a reposar lo poco que de la noche
les faltaba.
CAPÍTULO
SEXTO.
Donde el bárbaro
español prosigue su historia
Tardó
aquel día en mostrarse al mundo, al parecer, más de lo acostumbrado,
a causa que el humo y pavesas del incendio de la isla, que aún
duraba, impedía que los rayos del sol por aquella parte no pasasen
a la tierra.
Mandó el bárbaro español a su hijo que saliese de
aquel sitio, como otras veces solía, y se informase de lo que en
la isla pasaba.
Con alborotado sueño pasaron los demás aquella noche, porque
el dolor y sentimiento de la muerte de su ama Cloelia no consintió
que Auristela dormiese, y el no dormir de Auristela tuvo en continua vigilia
a Periandro, el cual con Auristela salió al raso de aquel sitio,
y vio que era hecho y fabricado de la naturaleza como si la industria
y el arte le hubieran compuesto. Era redondo, cercado de altísimas
y peladas peñas, y, a su parecer, tanteó que bojaba poco
más de una legua, todo lleno de árboles silvestres, que
ofrecían frutos, si bien ásperos, comestibles a lo menos.
Estaba crecida la yerba, porque las muchas aguas que de las peñas
salían las tenían en perpetua verdura; todo lo cual le admiraba
y suspendía.
Y llegó en esto el bárbaro español, y dijo:
-Venid, señores, y daremos sepultura a la difunta, y fin a mi comenzada
historia.
Hiciéronlo así, y enterraron a Cloelia en lo hueco de una
peña, cubriéndola con tierra y con otras peñas menores.
Auristela le rogó que le pusiese una cruz encima, para señal
de que aquel cuerpo había sido cristiano. El español respondió
que él traería una gran cruz que en su estancia tenía,
y la pondría encima de aquella sepultura. Diéronle todos
el último vale; renovó el llanto Auristela, cuyas lágrimas
sacaron al momento las de los ojos de Periandro.
En tanto, pues, que el mozo bárbaro volvía, se volvieron
todos a encerrar en el cóncavo de la peña donde habían
dormido, por defenderse del frío que con rigor amenazaba. Y, habiéndose
sentado en las blandas pieles, pidió el bárbaro silencio
y prosiguió su cuento en esta forma:
-«Cuando me dejó la barca en que venía en la arena,
y la mar tornó a cobrarla -ya dije que con ella se me fue la esperanza
de la libertad, pues aun ahora no la tengo de cobrarla-, entré
aquí dentro, vi este sitio y parecióme que la naturaleza
le había hecho y formado para ser teatro donde se representase
la tragedia de mis desgracias. Admiróme el no ver gente alguna,
sino algunas cabras monteses y animales pequeños de diversos géneros.
Rodeé todo el sitio, hallé esta cueva cavada en estas peñas,
y señaléla para mi morada. Finalmente, habiéndolo
rodeado todo, volví a la entrada, que aquí me había
conducido, por ver si oía voz humana o descubría quién
me dijese en qué parte estaba; y la buena suerte y los piadosos
cielos, que aún del todo no me tenían olvidado, me depararon
una muchacha bárbara de hasta edad de quince años, que por
entre las peñas, riscos y escollos de la marina, pintadas conchas
y apetitoso marisco andaba buscando.
»Pasmóse viéndome, pegáronsele los pies en
la arena, soltó las cogidas conchuelas y derramósele el
marisco; y, cogiéndola entre mis brazos sin decirla palabra, ni
ella a mí tampoco, me entré por la cueva adelante y la truje
a este mismo lugar donde agora estamos. Púsela en el suelo, beséle
las manos, halaguéle el rostro con las mías, y hice todas
las señales y demostraciones que pude para mostrarme blando y amoroso
con ella. Ella, pasado aquel primer espanto, con atentísimos ojos
me estuvo mirando, y con las manos me tocaba todo el cuerpo, y de cuando
en cuando, ya perdido el miedo, se reía y me abrazaba; y, sacando
del seno una manera de pan hecho a su modo, que no era de trigo, me lo
puso en la boca, y en su lengua me habló, y, a lo que después
acá he sabido, en lo que decía me rogaba que comiese. Yo
lo hice ansí porque lo había bien menester. Ella me asió
por la mano, y me llevó a aquel arroyo que allí está,
donde ansimismo, por señas, me rogó que bebiese. Yo no me
hartaba de mirarla, pareciéndome antes ángel del cielo que
bárbara de la tierra. Volví a la entrada de la cueva, y
allí, con señas y con palabras, que ella no entendía,
le supliqué, como si ella las entendiera, que volviese a verme.
Con esto la abracé de nuevo, y ella, simple y piadosa, me besó
en la frente, y me hizo claras y ciertas señas de que volvería
a verme. Hecho esto, torné a pisar este sitio, y a requerir y probar
la fruta de que algunos árboles estaban cargados, y hallé
nueces y avellanas y algunas peras silvestres. Di gracias a Dios del hallazgo,
y alenté las desmayadas esperanzas de mi remedio. Pasé aquella
noche en este mismo lugar, esperé el día, y en él
esperé también la vuelta de mi bárbara hermosa, de
quien comencé a temer y a recelar que me había de descubrir
y entregarme a los bárbaros, de quien imaginé estar llena
esta isla; pero sacóme deste temor el verla volver algo entrado
el día, bella como el sol, mansa como una cordera, no acompañada
de bárbaros que me prendiesen, sino cargada de bastimentos que
me sustentasen.»
Aquí llegaba de su historia el español gallardo, cuando
llegó el que había ido a saber lo que en la isla pasaba,
el cual dijo que casi toda estaba abrasada, y todos o los más de
los bárbaros muertos, unos a hierro y otros a fuego, y que si algunos
había vivos, eran los que en algunas balsas de maderos se habían
entrado al mar por huir en el agua el fuego de la tierra; que bien podían
salir de allí, y pasear la isla por la parte que el fuego les diese
licencia, y que cada uno pensase qué remedio se tomaría
para escapar de aquella tierra maldita; que por allí cerca había
otras islas de gente menos bárbara habitadas; que quizá,
mudando de lugar, mudarían de ventura.
-Sosiégate, hijo, un poco, que estoy dando cuenta a estos señores
de mis sucesos, y no me falta mucho, aunque mis desgracias son infinitas.
-No te canses, señor mío -dijo la bárbara grande-,
en referirlos tan por estenso, que podrá ser que te canses, o que
canses. Déjame a mí que cuente lo que queda, a lo menos
hasta este punto en que estamos.
-Soy contento -respondió el español-, porque me le dará
muy grande el ver cómo las relatas.
-«Es, pues, el caso -replicó la bárbara- que mis muchas
entradas y salidas en este lugar le dieron bastante para que de mí
y de mi esposo naciesen esta muchacha y este niño. Llamo esposo
a este señor, porque, antes que me conociese del todo, me dio palabra
de serlo, al modo que él dice que se usa entre verdaderos cristianos.
Hame enseñado su lengua, y yo a él la mía, y en ella
ansimismo me enseñó la ley católica cristiana. Diome
agua de bautismo en aquel arroyo, aunque no con las ceremonias que él
me ha dicho que en su tierra se acostumbran. Declaróme su fe como
él la sabe, la cual yo asenté en mi alma y en mi corazón,
donde le he dado el crédito que he podido darle. Creo en la Santísima
Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas
distintas, y que todas tres son un solo Dios verdadero, y que, aunque
es Dios el Padre, y Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo, no
son tres dioses distintos y apartados, sino un solo Dios verdadero. Finalmente,
creo todo lo que tiene y cree la santa Iglesia católica romana,
regida por el Espíritu Santo y gobernada por el Sumo Pontífice,
vicario y visorrey de Dios en la tierra, sucesor legítimo de San
Pedro, su primer pastor después de Jesucristo, primero y universal
pastor de su esposa la Iglesia. Díjome grandezas de la siempre
Virgen María, reina de los cielos y señora de los ángeles
y nuestra, tesoro del Padre, relicario del Hijo y amor del Espíritu
Santo, amparo y refugio de los pecadores. Con éstas me ha enseñado
otras cosas, que no las digo por parecerme que las dichas bastan para
que entendáis que soy católica cristiana. Yo, simple y compasiva,
le entregué un alma rústica, y él (merced a los cielos)
me la ha vuelta discreta y cristiana. Entreguéle mi cuerpo, no
pensando que en ello ofendía a nadie, y deste entrego resultó
haberle dado dos hijos, como los que aquí veis, que acrecientan
el número de los que alaban al Dios verdadero. En veces le truje
alguna cantidad de oro, de lo que abunda esta isla, y algunas perlas que
yo tengo guardadas, esperando el día, que ha de ser tan dichoso,
que nos saque desta prisión y nos lleve adonde con libertad y certeza,
y sin escrúpulo, seamos unos de los del rebaño de Cristo,
en quien adoro en aquella cruz que allí veis.» Esto que he
dicho me pareció a mí era lo que le faltaba por decir a
mi señor Antonio -que así se llamaba el español bárbaro.
El cual dijo:
-Dices verdad, Ricla mía -que éste era el propio nombre
de la bárbara.
Con cuya variable historia admiraron a los presentes, y despertaron mil
alabanzas que les dieron, y mil buenas esperanzas que les anunciaron,
especialmente Auristela, que quedó aficionadísima a las
dos bárbaras, madre y hija.
El mozo bárbaro, que también, como su padre, se llamaba
Antonio, dijo a esta sazón no ser bien estarse allí ociosos,
sin dar traza y orden cómo salir de aquel encerramiento, porque
si el fuego de la isla, que a más andar ardía, sobrepujase
las altas sierras, o traídas del viento cayesen en aquel sitio,
todos se abrasarían.
-Dices verdad, hijo -respondió el padre.
-Soy de parecer -dijo Ricla- que aguardemos dos días, porque de
una isla que está tan cerca desta que algunas veces, estando el
sol claro y el mar tranquilo, alcanzó la vista a verla, della vienen
a ésta sus moradores a vender y a trocar lo que tienen con lo que
tenemos, y a trueco por trueco. Yo saldré de aquí, y, pues
ya no hay nadie que me escuche o que me impida, pues ni oyen ni impiden
los muertos, concertaré que me vendan una barca, por el precio
que quisieren, que la he menester para escaparme con mis hijos y mi marido,
que encerrados en una cueva tengo de la riguridad del fuego. Pero quiero
que sepáis que estas barcas son fabricadas de madera, y cubiertas
de cueros fuertes de animales, bastantes a defender que no entre agua
por los costados; pero, a lo que he visto y notado, nunca ellos navegan
sino con mar sosegado, y no traen aquellos lienzos que he visto que traen
otras barcas que suelen llegar a nuestras riberas a vender doncellas o
varones para la vana superstición que habréis oído
decir que en esta isla ha muchos tiempos que se acostumbra, por donde
vengo a entender que estas tales barcas no son buenas para fiarlas del
mar grande, y de las borrascas y tormentas que dicen que suceden a cada
paso.
A lo que añadió Periandro:
-¿No ha usado el señor Antonio deste remedio en tantos años
como ha que está aquí encerrado?
-No -respondió Ricla-, porque no me han dado lugar los muchos ojos
que miran para poder concertarme con los dueños de las barcas,
y por no poder hallar escusa que dar para la compra.
-Así es -dijo Antonio-, y no por no fiarme de la debilidad de los
bajeles; pero, agora que me ha dado el cielo este consejo, pienso tomarle,
y mi hermosa Ricla estará atenta a ver cuando vengan los mercaderes
de la otra isla; y, sin reparar en precio, comprará una barca con
todo el necesario matalotaje, diciendo que la quiere para lo que tiene
dicho.
En resolución, todos vinieron en este parecer, y, saliendo de aquel
lugar, quedaron admirados de ver el estrago que el fuego había
hecho y las armas. Vieron mil diferentes géneros de muertes, de
quien la cólera, sinrazón y enojo suelen ser inventores.
Vieron, asimismo, que los bárbaros que habían quedado vivos,
recogiéndose a sus balsas, desde lejos estaban mirando el riguroso
incendio de su patria, y algunos se habían pasado a la isla que
servía de prisión a los cautivos. Quisiera Auristela que
pasaran a la isla, a ver si en la escura mazmorra quedaban algunos; pero
no fue menester, porque vieron venir una balsa, y en ella hasta veinte
personas, cuyo traje dio a entender ser los miserables que en la mazmorra
estaban. Llegaron a la marina, besaron la tierra y casi dieron muestras
de adorar el fuego, por haberles dicho el bárbaro que los sacó
del calabozo escuro, que la isla se abrasaba, y que ya no tenían
que temer a los bárbaros.
Fueron recebidos de los libres amigablemente, y consolados en la mejor
manera que les fue posible. Algunos contaron sus miserias, y otros las
dejaron en silencio, por no hallar palabras para decirlas. Ricla se admiró
de que hubiese habido bárbaro tan piadoso que los sacase, y de
que no hubiesen pasado a la isla de la prisión parte de aquellos
que a las balsas se habían recogido.
Uno de los prisioneros dijo que el bárbaro que los había
libertado, en lengua italiana les había dicho todo el suceso miserable
de la abrasada isla, aconsejándoles que pasasen a ella a satisfacerse
de sus trabajos con el oro y perlas que en ella hallarían, y que
él vendría en otra balsa, que allá quedaba, a tenerles
compañía, y a dar traza en su libertad. Los sucesos que
contaron fueron tan diferentes, tan estraños y tan desdichados,
que unos les sacaban las lágrimas a los ojos y otros la risa del
pecho.
En esto, vieron venir hacia la isla hasta seis barcas de aquellas de quien
Ricla había dado noticia; hicieron escala, pero no sacaron mercadería
alguna, por no parecer bárbaro que la comprase. Concertó
Ricla todas las barcas con las mercancías, sin tener intención
de llevarlas. No quisieron venderle sino las cuatro, porque les quedasen
dos para volverse. Hízose el precio con liberalidad notable, sin
que en él hubiese tanto más cuanto. Fue Ricla a su cueva,
y, en pedazos de oro no acuñado, como se ha dicho, pagó
todo lo que quisieron. Dieron dos barcas a los que habían salido
de la mazmorra, y en otras dos se embarcaron, en la una todos los bastimentos
que pudieron recoger, con cuatro personas de las recién libres,
y en la otra se entraron Auristela, Periandro, Antonio el padre y Antonio
el hijo, con la hermosa Ricla y la discreta Transila, y la gallarda Constanza,
hija de Ricla y de Antonio. Quiso Auristela ir a despedirse de los huesos
de su querida Cloelia; acompañáronla todos; lloró
sobre la sepultura, y, entre lágrimas de tristeza y entre muestras
de alegría, volvieron a embarcarse, habiendo primero en la marina
hincádose de rodillas y suplicado al cielo, con tierna y devota
oración, les diese felice viaje y los enseñase el camino
que tomarían.
Sirvió la barca de Periandro de capitana, a quien siguieron los
demás, y, al tiempo que querían dar los remos al agua, porque
velas no las tenían, llegó a la orilla del mar un bárbaro
gallardo, que a grandes voces, en lengua toscana, dijo:
-Si por ventura sois cristianos los que vais en esas barcas, recoged a
este que lo es y por el verdadero Dios os lo suplica.
Uno de las otras barcas dijo:
-Este bárbaro, señores, es el que nos sacó de la
mazmorra. Si queréis corresponder a la bondad que parece que tenéis
-y esto encaminando su plática a los de la barca primera-, bien
será que le paguéis el bien que nos hizo con el que le hacéis
recogiéndole en nuestra compañía.
Oyendo lo cual Periandro, le mandó llegase su barca a tierra y
le recogiese en la que llevaba los bastimentos. Hecho esto, alzaron las
voces con alegres acentos, y, tomando los remos en las manos, dieron alegre
principio a su viaje.
CAPÍTULO
SÉPTIMO DEL PRIMER LIBRO
Cuatro millas,
poco más o menos, habrían navegado las cuatro barcas, cuando
descubrieron una poderosa nave, que, con todas las velas tendidas y viento
en popa, parecía que venía a embestirles. Periandro dijo,
habiéndola visto:
-Sin duda, este navío debe de ser el de Arnaldo, que vuelve a saber
de mi suceso, y tuviéralo yo por muy bueno agora no verle.
Había ya contado Periandro a Auristela todo lo que con Arnaldo
le había pasado, y lo que entre los dos dejaron concertado. Turbóse
Auristela, que no quisiera volver al poder de Arnaldo, de quien había
dicho, aunque breve y sucintamente, lo que en un año que estuvo
en su poder le había acontecido. No quisiera ver juntos a los dos
amantes, que, puesto que Arnaldo estaría seguro con el fingido
hermanazgo suyo y de Periandro, todavía el temor de que podía
ser descubierto el parentesco la fatigaba, y más que ¿quién
le quitaría a Periandro no estar celoso, viendo a los ojos tan
poderoso contrario?; que no hay discreción que valga, ni amorosa
fee que asegure al enamorado pecho, cuando por su desventura entran en
él celosas sospechas. Pero de todas éstas le aseguró
el viento, que volvió en un instante el soplo, que daba de lleno
y en popa a las velas en contrario, de modo que a vista suya y en un momento
breve dejó la nave derribar las velas de alto abajo, y en otro
instante, casi invisible, las izaron y levantaron hasta las gavias, y
la nave comenzó a correr en popa por el contrario rumbo que venía,
alongándose de las barcas con toda priesa. Respiró Auristela,
cobró nuevo aliento Periandro; pero los demás que en las
barcas iban quisieran mudarlas, entrándose en la nave, que por
su grandeza, más seguridad de las vidas y más felice viaje
pudiera prometerles.
En menos de dos horas se les encubrió la nave, a quien quisieran
seguir si pudieran; mas no les fue posible, ni pudieron hacer otra cosa
que encaminarse a una isla, cuyas altas montañas, cubiertas de
nieve, hacían parecer que estaban cerca, distando de allí
más de seis leguas. Cerraba la noche algo escura, picaba el viento
largo y en popa, que fue alivio a los brazos, que, volviendo a tomar los
remos, se dieron priesa a tomar la isla.
La media noche sería, según el tanteo que el bárbaro
Antonio hizo del norte y de las guardas, cuando llegaron a ella, y por
herir blandamente las aguas en la orilla, y ser la resaca de poca consideración,
dieron con las barcas en tierra, y a fuerza de brazos las vararon.
Era la noche fría de tal modo, que les obligó a buscar reparos
para el yelo, pero no hallaron ninguno. Ordenó Periandro que todas
las mujeres se entrasen en la barca capitana, y, apiñándose
en ella, con la compañía y estrecheza, templasen el frío.
Hízose así; y los hombres hicieron cuerpo de guarda a la
barca, paseándose como centinelas de una parte a otra, esperando
el día para descubrir en qué parte estaban, porque no pudieron
saber por entonces si era o no despoblada la isla; y, como es cosa natural
que los cuidados destierran el sueño, ninguno de aquella cuidadosa
compañía pudo cerrar los ojos, lo cual visto por el bárbaro
Antonio, dijo al bárbaro italiano que, para entretener el tiempo
y no sentir tanto la pesadumbre de la mala noche, fuese servido de entretenerles,
contándoles los sucesos de su vida, porque no podían dejar
de ser peregrinos y raros, pues en tal traje y en tal lugar le habían
puesto.
-Haré yo eso de muy buena gana -respondió el bárbaro
italiano-, aunque temo que por ser mis desgracias tantas, tan nuevas y
tan extraordinarias, no me habéis de dar crédito alguno.
A lo que dijo Periandro:
-En las que a nosotros nos han sucedido, nos hemos ensayado y dispuesto
a creer cuantas nos contaren, puesto que tengan más de lo imposible
que de lo verdadero.
-Lleguémonos aquí -respondió el bárbaro-,
al borde desta barca donde están estas señoras; quizá
alguna, al son de la voz de mi cuento, se quedará dormida, y quizá
alguna, desterrando el sueño, se mostrará compasiva: que
es alivio al que cuenta sus desventuras ver o oír que hay quien
se duela dellas.
-A lo menos por mí -respondió Ricla de dentro de la barca-,
y a pesar del sueño, tengo lágrimas que ofrecer a la compasión
de vuestra corta suerte, del largo tiempo de vuestras fatigas.
Casi lo mismo dijo Auristela; y así, todos rodearon la barca, y
con atento oído estuvieron escuchando lo que el que parecía
bárbaro decía, el cual comenzó su historia desta
manera:
CAPÍTULO
OCTAVO.
Donde Rutilio
da cuenta de su vida
-«Mi
nombre es Rutilio; mi patria, Sena, una de las más famosas ciudades
de Italia; mi oficio, maestro de danzar, único en él, y
venturoso si yo quisiera. Había en Sena un caballero rico, a quien
el cielo dio una hija más hermosa que discreta, a la cual trató
de casar su padre con un caballero florentín; y, por entregársela
adornada de gracias adquiridas, ya que las del entendimiento le faltaban,
quiso que yo la enseñase a danzar; que la gentileza, gallardía
y disposición del cuerpo en los bailes honestos más que
en otros pasos se señalan, y a las damas principales les está
muy bien saberlos, para las ocasiones forzosas que les pueden suceder.
Entré a enseñarla los movimientos del cuerpo, pero movíla
los del alma, pues, como no discreta, como he dicho, rindió la
suya a la mía; y la suerte, que de corriente larga traía
encaminadas mis desgracias, hizo que, para que los dos nos gozásemos,
yo la sacase de en casa de su padre y la llevase a Roma. Pero, como el
amor no da baratos sus gustos, y los delitos llevan a las espaldas el
castigo (pues siempre se teme), en el camino nos prendieron a los dos,
por la diligencia que su padre puso en buscarnos. Su confesión
y la mía, que fue decir que yo llevaba a mi esposa y ella se iba
con su marido, no fue bastante para no agravar mi culpa: tanto, que obligó
al juez, movió y convenció a sentenciarme a muerte. Apartáronme
en la prisión con los ya condenados a ella por otros delitos no
tan honrados como el mío. Visitóme en el calabozo una mujer,
que decían estaba presa por fatucherie, que en castellano se llaman
hechiceras, que la alcaidesa de la cárcel había hecho soltar
de las prisiones y llevádola a su aposento, a título de
que con yerbas y palabras había de curar a una hija suya de una
enfermedad que los médicos no acertaban a curarla.
»Finalmente, por abreviar mi historia, pues no hay razonamiento
que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca, viéndome yo atado,
y con el cordel a la garganta, sentenciado al suplicio, sin orden ni esperanza
de remedio, di el sí a lo que la hechicera me pidió, de
ser su marido, si me sacaba de aquel trabajo. Díjome que no tuviese
pena, que aquella misma noche del día que sucedió esta plática,
ella rompería las cadenas y los cepos, y, a pesar de otro cualquier
impedimento, me pondría en libertad, y en parte donde no me pudiesen
ofender mis enemigos, aunque fuesen muchos y poderosos. Túvela,
no por hechicera, sino por ángel que enviaba el cielo para mi remedio.
Esperé la noche, y en la mitad de su silencio llegó a mí,
y me dijo que asiese de la punta de una caña que me puso en la
mano, diciéndome la siguiese. Turbéme algún tanto;
pero como el interés era tan grande, moví los pies para
seguirla, y hallélos sin grillos y sin cadenas, y las puertas de
toda la prisión de par en par abiertas, y los prisioneros y guardas
en profundísimo sueño sepultados.
»En saliendo a la calle, tendió en el suelo mi guiadora un
manto, y, mandándome que pusiese los pies en él, me dijo
que tuviese buen ánimo, que por entonces dejase mis devociones.
Luego vi mala señal; luego conocí que quería llevarme
por los aires, y aunque, como cristiano bien enseñado, tenía
por burla todas estas hechicerías -como es razón que se
tengan-, todavía el peligro de la muerte, como ya he dicho, me
dejó atropellar por todo; y, en fin, puse los pies en la mitad
del manto, y ella ni más ni menos, murmurando unas razones que
yo no pude entender, y el manto comenzó a levantarse en el aire,
y yo comencé a temer poderosamente, y en mi corazón no tuvo
santo la letanía a quien no llamase en mi ayuda. Ella debió
de conocer mi miedo y presentir mis rogativas, y volvióme a mandar
que las dejase. ''¡Desdichado de mí! -dije-; ¿qué
bien puedo esperar, si se me niega el pedirle a Dios, de quien todos los
bienes vienen?''
»En resolución, cerré los ojos y dejéme llevar
de los diablos, que no son otras las postas de las hechiceras, y, al parecer,
cuatro horas o poco más había volado, cuando me hallé
al crepúsculo del día en una tierra no conocida. Tocó
el manto el suelo, y mi guiadora me dijo: ''En parte estás, amigo
Rutilio, que todo el género humano no podrá ofenderte''.
Y, diciendo esto, comenzó a abrazarme no muy honestamente. Apartéla
de mí con los brazos, y, como mejor pude, divisé que la
que me abrazaba era una figura de lobo, cuya visión me heló
el alma, me turbó los sentidos y dio con mi mucho ánimo
al través. Pero, como suele acontecer que en los grandes peligros
la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperadas fuerzas,
las pocas mías me pusieron en la mano un cuchillo, que acaso en
el seno traía, y con furia y rabia se le hinqué por el pecho
a la que pensé ser loba, la cual, cayendo en el suelo, perdió
aquella fea figura, y hallé muerta y corriendo sangre a la desventurada
encantadora.
»Considerad, señores, cuál quedaría yo, en
tierra no conocida y sin persona que me guiase. Estuve esperando el día
muchas horas, pero nunca acababa de llegar, ni por los horizontes se descubría
señal de que el sol viniese. Apartéme de aquel cadáver,
porque me causaba horror y espanto el tenerle cerca de mí. Volvía
muy a menudo los ojos al cielo, contemplaba el movimiento de las estrellas
y parecíame, según el curso que habían hecho, que
ya había de ser de día.
»Estando en esta confusión, oí que venía hablando,
por junto de donde estaba, alguna gente, y así fue verdad. Y, saliéndoles
al encuentro, les pregunté en mi lengua toscana que me dijesen
qué tierra era aquella; y uno de ellos, asimismo en italiano, me
respondió: ''Esta tierra es Noruega; pero, ¿quién
eres tú, que lo preguntas, y en lengua que en estas partes hay
muy pocos que la entiendan?'' ''Yo soy -respondí- un miserable,
que por huir de la muerte he venido a caer en sus manos''. Y en breves
razones le di cuenta de mi viaje, y aun de la muerte de la hechicera.
Mostró condolerse el que me hablaba, y díjome: ''Puedes,
buen hombre, dar infinitas gracias al cielo por haberte librado del poder
destas maléficas hechiceras, de las cuales hay mucha abundancia
en estas setentrionales partes. Cuéntase dellas que se convierten
en lobos, así machos como hembras, porque de entrambos géneros
hay maléficos y encantadores. Cómo esto pueda ser yo lo
ignoro, y como cristiano que soy católico no lo creo, pero la esperiencia
me muestra lo contrario. Lo que puedo alcanzar es que todas estas transformaciones
son ilusiones del demonio, y permisión de Dios y castigo de los
abominables pecados deste maldito género de gente''.
»Preguntéle qué hora podría ser, porque me
parecía que la noche se alargaba, y el día nunca venía.
Respondióme que en aquellas partes remotas se repartía el
año en cuatro tiempos: tres meses había de noche escura,
sin que el sol pareci[e]se en la tierra en manera alguna; y tres meses
había de crepúsculo del día, sin que bien fuese noche
ni bien fuese día; otros tres meses había de día
claro continuado, sin que el sol se escondiese, y otros tres de crepúsculo
de la noche; y que la sazón en que estaban era la del crepúsculo
del día: así que, esperar la claridad del sol por entonces
era esperanza vana, y que también lo sería esperar yo volver
a mi tierra tan presto, si no fuese cuando llegase la sazón del
día grande, en la cual parten navíos de estas partes a Inglaterra,
Francia y España con algunas mercancías. Preguntóme
si tenía algún oficio en que ganar de comer, mientras llegaba
tiempo de volverme a mi tierra. Díjele que era bailarín
y grande hombre de hacer cabriolas, y que sabía jugar de manos
sutilísimamente. Rióse de gana el hombre, y me dijo que
aquellos ejercicios o oficios (o como llamarlos quisiese) no corrían
en Noruega ni en todas aquellas partes. Preguntóme si sabría
oficio de orífice. Díjele que tenía habilidad para
aprender lo que me enseñase. ''Pues veníos, hermano, conmigo,
aunque primero será bien que demos sepultura a esta miserable''.
»Hicímoslo así, y llevóme a una ciudad donde
toda la gente andaba por las calles con palos de tea encendidos en las
manos, negociando lo que les importaba. Preguntéle en el camino
que cómo o cuándo había venido a aquella tierra,
y que si era verdaderamente italiano. Respondió que uno de sus
pasados abuelos se había casado en ella, viniendo de Italia a negocios
que le importaban, y a los hijos que tuvo les enseñó su
lengua, y de uno en otro se estendió por todo su linaje, hasta
llegar a él, que era uno de sus cuartos nietos. ''Y así,
como vecino y morador tan antiguo, llevado de la afición de mis
hijos y mujer, me he quedado hecho carne y sangre entre esta gente, sin
acordarme de Italia ni de los parientes que allá dijeron mis padres
que tenían''.
»Contar yo ahora la casa donde entré, la mujer e hijos que
hallé, y criados (que tenía muchos), el gran caudal, el
recibimiento y agasajo que me hicieron, sería proceder en infinito:
basta decir, en suma, que yo aprendí su oficio, y en pocos meses
ganaba de comer por mi trabajo. En este tiempo se llegó el de llegar
el día grande, y mi amo y maestro -que así le puedo llamar-
ordenó de llevar gran cantidad de su mercancía a otras islas
por allí cercanas y a otras bien apartadas. Fuime con él,
así por curiosidad como por vender algo que ya tenía de
caudal, en el cual viaje vi cosas dignas de admiración y espanto,
y otras de risa y contento; noté costumbres, advertí en
ceremonias no vistas y de ninguna otra gente usadas. En fin, a cabo de
dos meses, corrimos una borrasca que nos duró cerca de cuarenta
días, al cabo de los cuales dimos en esta isla, de donde hoy salimos,
entre unas peñas, donde nuestro bajel se hizo pedazos, y ninguno
de los que en él venían quedó vivo, sino yo.
CAPÍTULO
NONO.
Donde Rutilio
prosigue la historia de su vida
»Lo primero
que se me ofreció a la vista, antes que viese otra cosa alguna,
fue un bárbaro pendiente y ahorcado de un árbol, por donde
conocí que estaba en tierra de bárbaros salvajes, y luego
el miedo me puso delante mil géneros de muertes; y, no sabiendo
qué hacerme, alguna o todas juntas las temía y las esperaba.
En fin, como la necesidad, según se dice, es maestra de sutilizar
el ingenio, di en un pensamiento harto extraordinario, y fue que descolgué
al bárbaro del árbol, y, habiéndome desnudado de
todos mis vestidos, que enterré en la arena, me vestí de
los suyos, que me vinieron bien, pues no tenían otra hechura que
ser de pieles de animales, no cosidos ni cortados a medida, sino ceñidos
por el cuerpo, como lo habéis visto. Para disimular la lengua,
y que por ella no fuese conocido por estranjero, me fingí mudo
y sordo, y con esta industria me entré por la isla adentro, saltando
y haciendo cabriolas en el aire.
»A poco trecho descubrí una gran cantidad de bárbaros,
los cuales me rodearon, y en su lengua unos y otros, con gran priesa me
preguntaron -a lo que después acá he entendido- quién
era, cómo me llamaba, adónde venía y adónde
iba. Respondíles con callar y hacer todas las señales de
mudo más aparentes que pude, y luego reiteraba los saltos y menudeaba
las cabriolas. Salíme de entre ellos, siguiéronme los muchachos,
que no me dejaban adonde quiera que iba. Con esta industria pasé
por bárbaro y por mudo, y los muchachos, por verme saltar y hacer
gestos, me daban de comer de lo que tenían. Desta manera he pasado
tres años entre ellos, y aun pasara todos los de mi vida, sin ser
conocido. Con la atención y curiosidad noté su lengua, y
aprendí mucha parte de ella, supe la profecía que de la
duración de su reino tenía profetizada un antiguo y sabio
bárbaro, a quien ellos daban gran crédito. He visto sacrificar
algunos varones para hacer la esperiencia de su cumplimiento, y he visto
comprar algunas doncellas para el mismo efeto, hasta que sucedió
el incendio de la isla, que vosotros, señores, habéis visto.
Guardéme de las llamas; fui a dar aviso a los prisioneros de la
mazmorra, donde vosotros sin duda habréis estado; vi estas barcas,
acudí a la marina; hallaron en vuestros generosos pechos lugar
mis ruegos; recogístesme en ellas, por lo que os doy infinitas
gracias, y agora espero en la del cielo, que, pues nos sacó de
tanta miseria a todos, nos ha de dar en este que pretendemos felicísimo
viaje.»
Aquí dio fin Rutilio a su plática, con que dejó admirados
y contentos a los oyentes.
Llegóse el día áspero, turbio y con señales
de nieve muy ciertas. Diole Auristela a Periandro lo que Cloelia le había
dado la noche que murió, que fueron dos pelotas de cera, que la
una, como se vio, cubría una cruz de diamantes, tan rica que no
acertaron a estimarla, por no agraviar su valor; y la otra, dos perlas
redondas, asimismo de inestimable precio. Por estas joyas vinieron en
conocimiento de que Auristela y Periandro eran gente principal, puesto
que mejor declaraba esta verdad su gentil disposición y agradable
trato.
El bárbaro Antonio, viniendo el día, se entró un
poco por la isla, pero no descubrió otra cosa que montañas
y sierras de nieve; y, volviendo a las barcas, dijo que la isla era despoblada,
y que convenía partirse de allí luego a buscar otra parte
donde recogerse del frío que amenazaba y proveerse de los mantenimientos
que presto le harían falta.
Echaron con presteza las barcas al agua, embarcáronse todos, y
pusieron las proas en otra isla, que no lejos de allí se descubría.
En esto, yendo navegando, con el espacio que podían prometer dos
remos, que no llevaba más cada barca, oyeron que de la una de las
otras dos salía una voz blanda, suave, de manera que les hizo estar
atentos a escuchalla. Notaron, especialmente el bárbaro Antonio
el padre, que notó que lo que se cantaba era en lengua portuguesa,
que él sabía muy bien. Calló la voz, y de allí
a poco volvió a cantar en castellano, y no a otro tono de instrumentos
que al de remos que sesgamente por el tranquilo mar las barcas impelían;
y notó que lo que cantaron fue esto:
Mar sesgo,
viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.
En Scilas ni en Caribdis no repara,
ni en peligro que el mar tenga encubierto,
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.
Con todo, si os faltare la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.
Que es enemigo amor de la mudanza,
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza.
La bárbara Ricla dijo, en callando la voz:
-Despacio debe de estar y ocioso el cantor que en semejante tiempo da
su voz a los vientos.
Pero no lo juzgaron así Periandro y Auristela, porque le tuvieron
por más enamorado que ocioso al que cantado había; que los
enamorados fácilmente reconcilian los ánimos, y traban amistad
con los que conocen que padecen su misma enfermedad. Y así, con
licencia de los demás que en su barca venían, aunque no
fuera menester pedirla, hizo que el cantor se pasase a su barca, así
por gozar de cerca de su voz como saber de sus sucesos, porque persona
que en tales tiempos cantaba, o sentía mucho o no tenía
sentimiento alguno.
Juntáronse las barcas, pasó el músico a la de Periandro,
y todos los della le hicieron agradable recogida. En entrando el músico,
en medio portugués y en medio castellano, dijo:
-Al cielo y a vosotros, señores, y a mi voz agradezco esta mudanza
y esta mejora de navío, aunque creo que con mucha brevedad le dejaré
libre de la carga de mi cuerpo, porque las penas que siento en el alma
me van dando señales de que tengo la vida en sus últimos
términos.
-Mejor lo hará el cielo -respondió Periandro-, que, pues
yo soy vivo, no habrá trabajos que puedan matar a alguno.
No sería esperanza aquella -dijo a esta sazón Auristela-
a que pudiesen contrastar y derribar infortunios, pues, así como
la luz resplandece más en las tinieblas, así la esperanza
ha de estar más firme en los trabajos; que el desesperarse en ellos
es acción de pechos cobardes, y no hay mayor pusilanimidad ni bajeza
que entregarse el trabajado -por más que lo sea- a la desesperación.
-El alma ha de estar -dijo Periandro- el un pie en los labios y el otro
en los dientes, si es que hablo con propiedad, y no ha de dejar de esperar
su remedio, porque sería agraviar a Dios, que no puede ser agraviado,
poniendo tasa y coto a sus infinitas misericordias.
-Todo es así -respondió el músico-, y yo lo creo,
a despecho y pesar de las esperiencias que en el discurso de mi vida en
mis muchos males tengo hechas.
No por estas pláticas dejaban de bogar, de modo que, antes de anochecer,
con dos horas, llegaron a una isla también despoblada, aunque no
de árboles, porque tenía muchos y llenos de fruto, que,
aunque pasado de sazón y seco, se dejaba comer.
Saltaron todos en tierra, en la cual vararon las barcas, y con gran priesa
se dieron a desgajar árboles y hacer una gran barraca para defenderse
aquella noche del frío; hicieron asimismo fuego, ludiendo dos secos
palos, el uno con el otro (artificio tan sabido como usado); y, como todos
trabajaban, en un punto se vio levantada la pobre máquina, donde
se recogieron todos, supliendo con mucho fuego la incomodidad del sitio,
pareciéndoles aquella choza dilatado alcázar. Satisfacieron
la hambre, y acomodáranse a dormir luego, si el deseo que Periandro
tenía de saber el suceso del músico no lo estorbara, porque
le rogó, si era posible, les hiciese sabidores de sus desgracias,
pues no podían ser venturas las que en aquellas partes le habían
traído.
Era cortés el cantor, y así, sin hacerse de rogar, dijo:
CAPÍTULO
DIEZ.
De lo que contó
el enamorado portugués
-Con más
breves razones de las que sean posibles, daré fin a mi cuento,
con darle al de mi vida, si es que tengo de dar crédito a cierto
sueño que la pasada noche me turbó el alma.
«Yo, señores, soy portugués de nación, noble
en sangre, rico en los bienes de fortuna y no pobre en los de naturaleza.
Mi nombre es Manuel de Sosa Coitiño; mi patria, Lisboa, y mi ejercicio
el de soldado. Junto a las casas de mis padres, casi pared en medio, estaba
la de otro caballero del antiguo linaje de los Pereiras, el cual tenía
sola una hija, única heredera de sus bienes, que eran muchos, báculo
y esperanza de la prosperidad de sus padres; la cual, por el linaje, por
la riqueza y por la hermosura, era deseada de todos los mejores del reino
de Portugal. Y yo, que, como más vecino de su casa, tenía
más comodidad de verla, la miré, la conocí y la adoré
con una esperanza más dudosa que cierta, de que podría ser
viniese a ser mi esposa; y, por ahorrar de tiempo, y por entender que
con ella habían de valer poco requiebros, promesas ni dádivas,
determiné de que un pariente mío se la pidiese a sus padres
para esposa mía, pues ni en el linaje, ni en la hacienda, ni aun
en la edad, diferenciábamos en nada.
»La respuesta que trujo fue que su hija Leonora aún no estaba
en edad de casarse; que dejase pasar dos años, que le daba la palabra
de no disponer de su hija en todo aquel tiempo sin hacerme sabidor dello.
Llevé este primer golpe en los hombros de mi paciencia y en el
escudo de la esperanza, pero no dejé por esto de servirla públicamente
a sombra de mi honesta pretensión, que luego se supo por toda la
ciudad; pero ella, retirada en la fortaleza de su prudencia y en los retretes
de su recato, con honestidad y licencia de sus padres, admitía
mis servicios, y daba a entender que, si no los agradecía con otros,
por lo menos no los desestimaba.
»Sucedió que, en este tiempo, mi rey me envió por
capitán general a una de las fuerzas que tiene en Berbería,
oficio de calidad y de confianza. Llegóse el día de mi partida,
y, pues en él no llegó el de mi muerte, no hay ausencia
que mate ni dolor que consuma. Hablé a su padre, hícele
que me volviese a dar la palabra de la espera de los dos años;
túvome lástima, porque era discreto, y consintió
que me despidiese de su mujer y de su hija Leonor, la cual, en compañía
de su madre, salió a verme a una sala, y salieron con ella la honestidad,
la gallardía y el silencio. Pasméme cuando vi tan cerca
de mí tanta hermosura; quise hablar, y anudóseme la voz
a la garganta y pegóseme al paladar la lengua, y ni supe ni pude
hacer otra cosa que callar y dar con mi silencio indicio de mi turbación,
la cual vista por el padre, que era tan cortés como discreto, se
abrazó conmigo, y dijo: ''Nunca, señor Manuel de Sosa, los
días de partida dan licencia a la lengua que se desmande, y puede
ser que este silencio hable en su favor de vuesa merced más que
alguna otra retórica. Vuesa merced vaya a ejercer su cargo, y vuelva
en buen punto, que yo no faltaré ninguno en lo que tocare a servirle.
Leonora, mi hija, es obediente, y mi mujer desea darme gusto, y yo tengo
el deseo que he dicho; que con estas tres cosas, me parece que puede esperar
vuesa merced buen suceso en lo que desea''. Estas palabras todas me quedaron
en la memoria y en el alma impresas de tal manera que no se me han olvidado,
ni se me olvidarán en tanto que la vida me durare. Ni la hermosa
Leonora ni su madre me dijeron palabra, ni yo pude, como he dicho, decir
alguna.
»Partíme a Berbería; ejercité mi cargo, con
satisfación de mi rey, dos años; volví a Lisboa,
hallé que la fama y hermosura de Leonora había salido ya
de los límites de la ciudad y del reino, y estendídose por
Castilla y otras partes, de las cuales venían embajadas de príncipes
y señores que la pretendían por esposa; pero, como ella
tenía la voluntad tan sujeta a la de sus padres, no miraba si era
o no solicitada. En fin, viendo yo pasado el término de los dos
años, volví a suplicar a su padre me la diese por esposa.
¡Ay de mí, que no es posible que me detenga en estas circunstancias,
porque a las puertas de mi vida está llamando la muerte, y temo
que no me ha de dar espacio para contar mis desventuras; que, si así
fuese, no las tendría yo por tales!
»Finalmente, un día me avisaron que, para un domingo venidero,
me entregarían a mi deseada Leonora, cuya nueva faltó poco
para no quitarme la vida de contento. Convidé a mis parientes,
llamé a mis amigos, hice galas, envié presentes, con todos
los requisitos que pudiesen mostrar ser yo el que me casaba y Leonora
la que había de ser mi esposa. Llegóse este día,
y yo fui acompañado de todo lo mejor de la ciudad a un monasterio
de monjas que se llama de la Madre de Dios, adonde me dijeron que mi esposa,
desde el día antes, me esperaba; que había sido su gusto
que en aquel monasterio se celebrase su desposorio, con licencia del arzobispo
de la ciudad.»
Detúvose algún tanto el lastimado caballero, como para tomar
aliento de proseguir su plática, y luego dijo:
-«Llegué al monasterio, que real y pomposamente estaba adornado.
Salieron a recebirme casi toda la gente principal del reino, que allí
aguardándome estaba, con infinitas señoras de la ciudad,
de las más principales. Hundíase el templo de música,
así de voces como de instrumentos, y en esto salió por la
puerta del claustro la sin par Leonora, acompañada de la priora
y de otras muchas monjas, vestida de raso blanco acuchillado con saya
entera a lo castellano, tomadas las cuchilladas con ricas y gruesas perlas.
Venía forrada la saya en tela de oro verde; traía los cabellos
sueltos por las espaldas, tan rubios que deslumbraban los del sol, y tan
luengos que casi besaban la tierra; la cintura, collar y anillos que traía,
opiniones hubo que valían un reino. Torno a decir que salió
tan bella, tan costosa, tan gallarda y tan ricamente compuesta y adornada,
que causó invidia en las mujeres y admiración en los hombres.
De mí sé decir que quedé tal con su vista, que me
hallé indigno de merecerla, por parecerme que la agraviaba, aunque
yo fuera el emperador del mundo.
»Estaba hecho un modo de teatro en mitad del cuerpo de la iglesia,
donde desenfadadamente, y sin que nadie lo empachase, se había
de celebrar nuestro desposorio. Subió en él primero la hermosa
doncella, donde al descubierto mostró su gallardía y gentileza.
Pareció a todos los ojos que la miraban lo que suele parecer la
bella aurora al despuntar del día, o lo que dicen las antiguas
fábulas que parecía la casta Diana en los bosques, y algunos
creo que hubo tan discretos que no la acertaron a comparar sino a sí
misma. Subí yo al teatro, pensando que subía a mi cielo,
y, puesto de rodillas ante ella, casi di demostración de adorarla.
Alzóse una voz en el templo, procedida de otras muchas, que decía:
''Vivid felices y luengos años en el mundo, ¡oh dichosos
y bellísimos amantes! Coronen presto hermosísimos hijos
vuestra mesa, y a largo andar se dilate vuestro amor en vuestros nietos;
no sepan los rabiosos celos ni las dudosas sospechas la morada de vuestros
pechos; ríndase la invidia a vuestros pies, y la buena fortuna
no acierte a salir de vuestra casa''.
»Todas estas razones y deprecaciones santas me colmaban el alma
de contento, viendo con qué gusto general llevaba el pueblo mi
ventura. En esto, la hermosa Leonora me tomó por la mano, y, así
en pie como estábamos, alzando un poco la voz, me dijo: ''Bien
sabéis, señor Manuel de Sosa, cómo mi padre os dio
palabra que no dispondría de mi persona en dos años, que
se habían de contar desde el día que me pedistes fuese yo
vuestra esposa; y también, si mal no me acuerdo, os dije yo, viéndome
acosada de vuestra solicitud y obligada de los infinitos beneficios que
me habéis hecho, más por vuestra cortesía que por
mis merecimientos, que yo no tomaría otro esposo en la tierra sino
a vos. Esta palabra mi padre os la ha cumplido, como habéis visto,
y yo os quiero cumplir la mía, como veréis. Y así,
porque sé que los engaños, aunque sean honrosos y provechosos,
tienen un no sé qué de traición cuando se dilatan
y entretienen, quiero, del que os parecerá que os he hecho, sacaros
en este instante. Yo, señor mío, soy casada, y en ninguna
manera, siendo mi esposo vivo, puedo casarme con otro. Yo no os dejo por
ningún hombre de la tierra, sino por uno del cielo, que es Jesucristo,
Dios y hombre verdadero: Él es mi esposo; a Él le di la
palabra primero que a vos; a Él sin engaño y de toda mi
voluntad, y a vos con disimulación y sin firmeza alguna. Yo confieso
que para escoger esposo en la tierra ninguno os pudiera igualar, pero,
habiéndole de escoger en el cielo, ¿quién como Dios?
Si esto os parece traición o descomedido trato, dadme la pena que
quisiéredes y el nombre que se os antojare, que no habrá
muerte, promesa o amenaza que me aparte del crucificado esposo mío''.
»Calló, y al mismo punto la priora y las otras monjas comenzaron
a desnudarla y a cortarle la preciosa madeja de sus cabellos. Yo enmudecí;
y, por no dar muestra de flaqueza, tuve cuenta con reprimir las lágrimas
que me venían a los ojos, y, hincándome otra vez de rodillas
ante ella, casi por fuerza la besé la mano, y ella, cristianamente
compasiva, me echó los brazos al cuello; alcéme en pie,
y, alzando la voz de modo que todos me oyesen, dije: ''Maria optiman partem
elegit''. Y, diciendo esto, me bajé del teatro, y, acompañado
de mis amigos, me volví a mi casa, adonde, yendo y viniendo con
la imaginación en este estraño suceso, vine casi a perder
el juicio, y ahora por la misma causa vengo a perder la vida.»
Y, dando un gran suspiro, se le salió el alma y dio consigo en
el suelo.
CAPÍTULO
ONCENO DEL PRIMER LIBRO
Acudió
con presteza Periandro a verle, y halló que había espirado
de todo punto, dejando a todos confusos y admirados del triste y no imaginado
suceso.
-Con este sueño -dijo a esta sazón Auristela- se ha escusado
este caballero de contarnos qué le sucedió en la pasada
noche, los trances por donde vino a tan desastrado término y a
la prisión de los bárbaros, que sin duda debían de
ser casos tan desesperados como peregrinos.
A lo que añadió el bárbaro Antonio:
-Por maravilla hay desdichado sólo que lo sea en sus desventuras.
Compañeros tienen las desgracias, y por aquí o por allí,
siempre son grandes, y entonces lo dejan de ser cuando acaban con la vida
del que las padece.
Dieron luego orden de enterralle como mejor pudieron; sirvióle
de mortaja su mismo vestido, de tierra la nieve y de cruz la que le hallaron
en el pecho en un escapulario, que era la de Christus, por ser caballero
de su hábito; y no fuera menester hallarle esta honrosa señal
para enterarse de su nobleza, pues las habían dado bien claras
su grave presencia y razonar discreto. No faltaron lágrimas que
le acompañasen, porque la compasión hizo su oficio, y las
sacó de todos los ojos de los circunstantes.
Amaneció en esto, volvieron las barcas al agua, pareciéndoles
que el mar les esperaba sosegado y blando, y, entre tristes y alegres,
entre temor y esperanza, siguieron su camino, sin llevar parte cierta
adonde encaminalle.
Están todos aquellos mares casi cubiertos de islas, todas o las
más despobladas; y las que tienen gente, es rústica y medio
bárbara, de poca urbanidad y de corazones duros e insolentes; y,
con todo esto, deseaban topar alguna que los acogiese, porque imaginaban
que no podían ser tan crueles sus moradores, que no lo fuesen más
las montañas de nieve y los duros y ásperos riscos de las
que atrás dejaban.
Diez días más navegaron sin tomar puerto, playa o abrigo
alguno, dejando a entrambas partes, diestra y siniestra, islas pequeñas
que no prometían estar pobladas de gente, puesta la mira en una
gran montaña que a la vista se les ofrecía, y pugnaban con
todas sus fuerzas llegar a ella con la mayor brevedad que pudiesen, porque
ya sus barcas hacían agua y los bastimentos, a más andar,
iban faltando. En fin, más con la ayuda del cielo, como se debe
creer, que con las de sus brazos, llegaron a la deseada isla, y vieron
andar dos personas por la marina, a quien con grandes voces preguntó
Transila qué tierra era aquélla, quién la gobernaba
y si era de cristianos católicos.
Respondiéronle, en lengua que el[la] entendió, que aquella
isla se llamaba Golandia, y que era de católicos, puesto que estaba
despoblada, por ser tan poca la gente que tenía que no ocupaba
más de una casa, que servía de mesón a la gente que
llegaba a un puerto detrás de un peñón, que señaló
con la mano. ''Y si vosotros, quienquiera que seáis, queréis
repararos de algunas faltas, seguidnos con la vista, que nosotros os pondremos
en el puerto''.
Dieron gracias a Dios los de las barcas, y siguieron por la mar a los
que los guiaban por la tierra, y, al volver del peñón que
les habían señalado, vieron un abrigo que podía llamarse
puerto, y en él hasta diez o doce bajeles, dellos chicos, dellos
medianos y dellos grandes; y fue grande la alegría que de verlos
recibieron, pues les daba esperanza de mudar de navíos, y seguridad
de caminar con certeza a otras partes.
Llegaron a tierra; salieron así gente de los navíos como
del mesón a recebirles; saltó en tierra, en hombros de Periandro
y de los dos bárbaros, padre e hijo, la hermosa Auristela, vestida
con el vestido y adorno con que fue Periandro vendido a los bárbaros
por Arnaldo. Salió con ella la gallarda Transila, y la bella bárbara
Constanza con Ricla, su madre, y todos los demás de las barcas
acompañaron este escuadrón gallardo.
De tal manera causó admiración, espanto y asombro la bellísima
escuadra en los de la mar y la tierra, que todos se postraron en el suelo
y dieron muestras de adorar a Auristela. Mirábanla callando, y
con tanto respeto, que no acertaban a mover las lenguas por no ocuparse
en otra cosa que en mirar. La hermosa Transila, como ya había hecho
esperiencia de que entendían su lengua, fue la primera que rompió
el silencio, diciéndoles:
-A vuestro hospedaje nos ha traído la nuestra, hasta hoy, contraria
fortuna. En nuestro traje y en nuestra mansedumbre echaréis de
ver que antes buscamos paz que guerra, porque no hacen batalla las mujeres
ni los varones afligidos. Acogednos, señores, en vuestro hospedaje
y en vuestros navíos, que las barcas que aquí nos han conducido,
aquí dejan el atrevimiento y la voluntad de tornar otra vez a entregarse
a la instabilidad del mar. Si aquí se cambia por oro o por plata
lo necesario que se busca, con facilidad y abundancia seréis recompensados
de lo que nos diéredes, que, por subidos precios que lo vendáis,
lo recibiremos como si fuese dado.
Uno -¡milagro estraño!- que parecía ser de la gente
de los navíos, en lengua española respondió:
-De corto entendimiento fuera, hermosa señora, el que dudara la
verdad que dices; que, puesto que la mentira se disimula, y el daño
se disfraza con la máscara de la verdad y del bien, no es posible
que haya tenido lugar de acogerse a tan gran belleza como la vuestra.
El patrón deste hospedaje es cortesísimo, y todos los destas
naves ni más ni menos. Mirad si os da más gusto volveros
a ellas o entrar en el hospedaje, que en ellas y en él seréis
recebidos y tratados como vuestra presencia merece.
Entonces, viendo el bárbaro Antonio (o oyendo, por mejor decir)
hablar su lengua, dijo:
-Pues el cielo nos ha traído a parte que suene en mis oídos
la dulce lengua de mi nación, casi tengo ya por cierto el fin de
mis desgracias. Vamos, señores, al hospedaje, y, en reposando algún
tanto, daremos orden en volver a nuestro camino con más seguridad
que la que hasta aquí hemos traído.
En esto, un grumete que estaba en lo alto de una gavia, dijo a voces en
lengua inglesa:
-Un navío se descubre, que, con tendidas velas y mar y viento en
popa, viene la vuelta deste abrigo.
Alborotáronse todos, y, en el mismo lugar donde estaban, sin moverse
un paso, se pusieron a esperar el bajel, que tan cerca se descubría;
y, cuando estuvo junto, vieron que las hinchadas velas las atravesaban
unas cruces rojas, y conocieron que en una bandera que traía en
el peñol de la mayor gavia venían pintadas las armas de
Inglaterra.
Disparó, en llegando, dos piezas de gruesa artillería, y
luego hasta obra de veinte arcabuces. De la tierra les fue hecha señal
de paz y de alegres voces, porque no tenían artillería con
que responderle.
CAPÍTULO
DOCE DEL PRIMER LIBRO
Donde se cuenta
de qué parte y quién eran los que venían en el navío
Hecha, como
se ha dicho, la salva de entrambas partes, así del navío
como de la tierra, al momento echaron áncoras los de la nave, y
arrojaron el esquife al agua, en el cual el primero que saltó,
después de cuatro marineros que le adornaron con tapetes y asieron
de los remos, fue un anciano varón, al parecer de edad de sesenta
años, vestido de una ropa de terciopelo negro que le llegaba a
los pies, forrada en felpa negra y ceñida con una de las que llaman
colonias de seda; en la cabeza traía un sombrero alto y puntiagudo,
asimismo, al parecer, de felpa. Tras él bajó al esquife
un gallardo y brioso mancebo, de poco más edad de veinte y cuatro
años, vestido a lo marinero, de terciopelo negro, una espada dorada
en las manos y una daga en la cinta. Luego, como si los arrojaran, echaron
de la nave al esquife un hombre lleno de cadenas y una mujer con él
enredada y presa con las cadenas mismas: él de hasta cuarenta años
de edad y ella de más de cincuenta; él brioso y despechado,
y ella malencólica y triste. Impelieron el esquife los marineros.
En un instante llegaron a tierra, adonde en sus hombros, y en los de otros
soldados arcabuceros que en el barco venían, sacaron a tierra al
viejo y al mozo, y a los dos prisioneros.
Transila, que, como los demás, había estado atentísima
mirando los que en el esquife venían, volviéndose a Auristela,
le dijo:
-Por tu vida, señora, que me cubras el rostro con ese velo que
traes atado al brazo, porque, o yo tengo poco conocimiento, o son algunos
de los que vienen en este barco personas que yo conozco y me conocen.
Hízolo así Auristela, y en esto llegaron los de la barca
a juntarse con ellos, y todos se hicieron bien criados recibimientos.
Fuese derecho el anciano de la felpa a Transila, diciendo:
-Si mi ciencia no me engaña, y la fortuna no me desfavorece, próspera
habrá sido la mía con este hallazgo.
Y, diciendo y haciendo, alzó el velo del rostro de Transila, y
se quedó desmayado en sus brazos, que ella se los ofreció
y se los puso, porque no diese en tierra.
Sin duda se puede creer que este caso de tanta novedad y tan no esperado
puso en admiración a los circunstantes, y más cuando le
oyeron decir a Transila:
-¡Oh padre de mi alma! ¿Qué venida es ésta?
¿Quién trae a vuestras venerables canas y a vuestros cansados
años por tierras tan apartadas de la vuestra?
-¿Quién le ha de traer -dijo a esta sazón el brioso
mancebo- sino el buscar la ventura que sin vos le faltaba? Él y
yo, dulcísima señora y esposa mía, venimos buscando
el norte que nos ha de guiar adonde hallemos el puerto de nuestro descanso.
Pero, pues ya, gracias sean dadas a los cielos, le habemos hallado, haz,
señora, que vuelva en sí tu padre Mauricio, y consiente
que de su alegría reciba yo parte, recibiéndole a él
como a padre y a mí como a tu legítimo esposo.
Volvió en sí Mauricio, y sucedióle en su desmayo
Transila. Acudió Auristela a su remedio, pero no osó llegar
a ella Ladislao (que éste era el nombre de su esposo), por guardar
el honesto decoro que a Transila se le debía; pero, como los desmayos
que suceden de alegres y no pensados acontecimientos, o quitan la vida
en un instante o no duran mucho, fue pequeño espacio el en que
estuvo Transila desmayada.
El dueño de aquel mesón o hospedaje dijo:
-Venid, señores, todos adonde, con más comodidad y menos
frío del que aquí hace, os deis cuenta de vuestros sucesos.
Tomaron su consejo y fuéronse al mesón, y hallaron que era
capaz de alojar una flota. Los dos encadenados se fueron por su pie, ayudándoles
a llevar sus hierros los arcabuceros, que, como en guarda, con ellos venían.
Acudieron a sus naves algunos, y con tanta priesa como buena voluntad
trujeron dellas los regalos que tenían. Hízose lumbre, pusiéronse
las mesas, y, sin tratar entonces de otra cosa, satisficieron todos la
hambre, más con muchos géneros de pescados que con carnes,
porque no sirvió otra que la de muchos pájaros que se crían
en aquellas partes, de tan estraña manera que, por ser rara y peregrina,
me obliga a que aquí la cuente: «Híncanse unos palos
en la orilla de la mar y entre los escollos donde las aguas llegan, los
cuales palos, de allí a poco tiempo, todo aquello que cubre el
agua se convierte en dura piedra, y lo que queda fuera del agua se pudre
y se corrompe, de cuya corrupción se engendra un pequeño
pajarillo que, volando a la tierra, se hace grande, y tan sabroso de comer
que es uno de los mejores manjares que se usan; y donde hay más
abundancia dellos es en las provincias de Ibernia y de Irlanda, el cual
pájaro se llama barnaclas.»
El deseo que tenían todos de saber los sucesos de los recién
llegados les hacía parecer larga la comida, la cual acabada, el
anciano Mauricio dio una gran palmada en la mesa, como dando señal
de pedir que con atención le escuchasen. Enmudecieron todos, y
el silencio les selló los labios, y la curiosidad les abrió
los oídos; viendo lo cual, Mauricio soltó la voz en tales
razones:
-«En una isla, de siete que están circunvecinas a la de Ibernia,
nací yo, y tuvo principio mi linaje, tan antiguo, bien como aquel
que es de los Mauricios, que en decir este apellido le encarezco todo
lo que puedo. Soy cristiano católico, y no de aquellos que andan
mendigando la fee verdadera entre opiniones. Mis padres me criaron en
los estudios, así de las armas como de las letras -si se puede
decir que las armas se estudian-. He sido aficionado a la ciencia de la
astrología judiciaria, en la cual he alcanzado famoso nombre. Caséme,
en teniendo edad para tomar estado, con una hermosa y principal mujer
de mi ciudad, de la cual tuve esta hija que está aquí presente.
Seguí las costumbres de mi patria, a lo menos en cuanto a las que
parecían ser niveladas con la razón, y en las que no, con
apariencias fingidas mostraba seguirlas, que tal vez la disimulación
es provechosa. Creció esta muchacha a mi sombra porque le faltó
la de su madre, a dos años después de nacida, y a mí
me faltó el arrimo de mi vejez, y me sobró el cuidado de
criar la hija; y, por salir dél, que es carga difícil de
llevar de cansados y ancianos hombros, en llegando a casi edad de darle
esposo, en que le diese arrimo y compañía, lo puse en efeto,
y el que le escogí fue este gallardo mancebo que tengo a mi lado,
que se llama Ladislao, tomando consentimiento primero de mi hija, por
parecerme acertado y aun conveniente que los padres casen a sus hijas
con su beneplácito y gusto, pues no les dan compañía
por un día, sino por todos aquellos que les durare la vida; y,
de no hacer esto ansí, se han seguido, siguen y seguirán
millares de inconvenientes, que los más suelen parar en desastrados
sucesos.
»Es, pues, de saber que en mi patria hay una costumbre, entre muchas
malas, la peor de todas; y es que, concertado el matrimonio y llegado
el día de la boda, en una casa principal, para esto diputada, se
juntan los novios y sus hermanos, si los tienen, con todos los parientes
más cercanos de entrambas partes, y con ellos el regimiento de
la ciudad, los unos para testigos y los otros para verdugos, que así
los puedo y debo llamar. Está la desposada en un rico apartamiento,
esperando lo que no sé cómo pueda decirlo sin que la vergüenza
no me turbe la lengua. Está esperando, digo, a que entren los hermanos
de su esposo, si los tiene, y algunos de sus parientes más cercanos,
de uno en uno, a coger las flores de su jardín y a manosear los
ramilletes que ella quisiera guardar intactos para su marido: costumbre
bárbara y maldita que va contra todas las leyes de la honestidad
y del buen decoro; porque, ¿qué dote puede llevar más
rico una doncella, que serlo, ni qué limpieza puede ni debe agradar
más al esposo que la que la mujer lleva a su poder en su entereza?
La honestidad siempre anda acompañada con la vergüenza, y
la vergüenza con la honestidad. Y si la una o la otra comienzan a
desmoronarse y a perderse, todo el edificio de la hermosura dará
en tierra, y será tenido en precio bajo y asqueroso. Muchas veces
había yo intentado de persuadir a mi pueblo dejase esta prodigiosa
costumbre; pero, apenas lo intentaba, cuando se me daba en la boca con
mil amenazas de muerte, donde vine a verificar aquel antiguo adagio que
vulgarmente se dice: que la costumbre es otra naturaleza, y el mudarla
se siente como la muerte.
»Finalmente, mi hija se encerró en el retraimiento dicho,
y estuvo esperando su perdición; y, cuando quería ya entrar
un hermano de su esposo a dar principio al torpe trato, veis aquí
donde veo salir con una lanza terciada en las manos, a la gran sala donde
toda la gente estaba, a Transila, hermosa como el sol, brava como una
leona y airada como una tigre.»
Aquí llegaba de su historia el anciano Mauricio, escuchándole
todos con la atención posible, cuando, revistiéndosele a
Transila el mismo espíritu que tuvo al tiempo que se vio en el
mismo acto y ocasión que su padre contaba, levantándose
en pie, con lengua a quien suele turbar la cólera, con el rostro
hecho brasa y los ojos fuego, en efeto, con ademán que la pudiera
hacer menos hermosa, si es que los acidentes tienen fuerzas de menoscabar
las grandes hermosuras, quitándole a su padre las palabras de la
boca, dijo las del siguiente capítulo.
CAPÍTULO
TRECE.
Donde Transila
prosigue la historia a quien su padre dio principio
-«Salí
-dijo Transila-, como mi padre ha dicho, a la gran sala, y, mirando a
todas partes, en alta y colérica voz dije: ''Haceos adelante vosotros,
aquellos cuyas deshonestas y bárbaras costumbres van contra las
que guarda cualquier bien ordenada república. Vosotros, digo, más
lascivos que religiosos, que, con apariencia y sombra de ceremonias vanas,
queréis cultivar los ajenos campos sin licencia de sus legítimos
dueños. Veisme aquí, gente mal perdida y peor aconsejada:
venid, venid, que la razón, puesta en la punta desta lanza, defenderá
mi partido y quitará las fuerzas a vuestros malos pensamientos,
tan enemigos de la honestidad y de la limpieza''. Y, en diciendo esto,
salté en mitad de la turba; y, rompiendo por ella, salí
a la calle, acompañada de mi mismo enojo, y llegué a la
marina, donde, cifrando mil discursos que en aquel tiempo hice en uno,
me arrojé en un pequeño barco que sin duda me deparó
el cielo. Asiendo de dos pequeños remos, me alargué de la
tierra todo lo que pude; pero, viendo que se daban priesa a seguirme en
otros muchos barcos, más bien parados y de mayores fuerzas impelidos,
y que no era posible escaparme, solté los remos, y volví
a tomar mi lanza, con intención de esperarles y dejar llevarme
a su poder, si no perdiendo la vida, vengando primero en quien pudiese
mi agravio.
»Vuelvo a decir otra vez que el cielo, conmovido de mi desgracia,
avivó el viento y llevó el barco, sin impelerle los remos,
el mar adentro, hasta que llegó a una corriente o raudal que le
arrebató como en peso, y le llevó más adentro, quitando
la esperanza a los que tras mí venían de alcanzarme, que
no se aventuraron a entrarse en la desenfrenada corriente que por aquella
parte el mar llevaba.»
-Así es verdad -dijo a esta sazón su esposo Ladislao-, porque,
como me llevabas el alma, no pude dejar de seguirte. «Sobrevino
la noche, y perdímoste de vista, y aun perdimos la esperanza de
hallarte viva, si no fuese en las lenguas de la fama, que desde aquel
punto tomó a su cargo el celebrar tal hazaña por siglos
eternos.»
-«Es, pues, el caso -prosiguió Transila- que aquella noche
un viento, que de la mar soplaba, me trujo a la tierra, y en la marina
hallé unos pescadores que benignamente me recogieron y albergaron,
y aun me ofrecieron marido, si no le tenía, y creo sin aquellas
condiciones de quien yo iba huyendo; pero la codicia humana, que reina
y tiene su señorío aun entre las peñas y riscos del
mar y en los corazones duros y campestres, se entró aquella noche
en los pechos de aquellos rústicos pescadores, y acordaron entre
sí que, pues de todos era la presa que en mí tenían,
y que no podía ser dividida en partes para poder repartirme, que
me vendiesen a unos cosarios que aquella tarde habían descubierto
no lejos de sus pesquerías.
»Bien pudiera yo ofrecerles mayor precio del que ellos pudieran
pedir a los cosarios, pero no quise tomar ocasión de recebir bien
alguno de ninguno de mi bárbara patria; y así, al amanecer,
habiendo llegado allí los piratas, me vendieron, no sé por
cuánto, habiéndome primero despojado de las joyas que llevaba
de desposada. Lo que sé decir es que me trataron los cosarios con
mejor término que mis ciudadanos, y me dijeron que no fuese malencólica,
porque no me llevaban para ser esclava, sino para esperar ser reina y
aun señora de todo el universo, si ya no mentían ciertas
profecías de los bárbaros de aquella isla, de quien tanto
se hablaba por el mundo.
»De cómo llegué, del recibimiento que los bárbaros
me hicieron, de cómo aprendí su lengua en este tiempo que
ha que falté de vuestra presencia, de sus ritos y ceremonias y
costumbres, del vano asumpto de sus profecías, y del hallazgo destos
señores con quien vengo, y del incendio de la isla, que ya queda
abrasada, y de nuestra libertad, diré otra vez, que por agora basta
lo dicho, y quiero dar lugar a que mi padre me diga qué ventura
le ha traído a dármela tan buena cuando menos la esperaba.»
Aquí dio fin Transila a su plática, teniendo a todos colgados
de la suavidad de su lengua, y admirados del estremo de su hermosura,
que después de la de Auristela ninguna se le igualaba.
Mauricio, su padre, entonces, dijo:
-Ya sabes, hermosa Transila, querida hija, cómo mis estudios y
ejercicios, entre otros muchos gustosos y loables, me llevaron tras sí
los de la astrología judiciaria, como aquellos que, cuando aciertan,
cumplen el natural deseo que todos los hombres tienen [de saber], no sólo
lo pasado y presente, sino lo por venir. Viéndote, pues, perdida,
noté el punto, observé los astros, miré el aspecto
de los planetas, señalé los sitios y casas necesarias para
que respondiese mi trabajo a mi deseo, porque ninguna ciencia, en cuanto
a ciencia, engaña: el engaño está en quien no la
sabe, principalmente la del astrología, por la velocidad de los
cielos, que se lleva tras sí todas las estrellas, las cuales no
influyen en este lugar lo que en aquél, ni en aquél lo que
en éste; y así, el astrólogo judiciario, si acierta
alguna vez en sus juicios, es por arrimarse a lo más probable y
a lo más esperimentado, y el mejor astrólogo del mundo,
puesto que muchas veces se engaña, es el demonio, porque no solamente
juzga de lo por venir por la ciencia que sabe, sino también por
las premisas y conjeturas; y, como ha tanto tiempo que tiene esperiencia
de los casos pasados y tanta noticia de los presentes, con facilidad se
arroja a juzgar de los por venir, lo que no tenemos los aprendices desta
ciencia, pues hemos de juzgar siempre a tiento y con poca seguridad. Con
todo eso, alcancé que tu perdición había de durar
dos años, y que te había de cobrar este día y en
esta parte, para remozar mis canas y para dar gracias a los cielos del
hallazgo de mi tesoro, alegrando mi espíritu con tu presencia,
puesto que sé que ha de ser a costa de algunos sobresaltos; que,
por la mayor parte, las buenas andanzas no vienen sin el contrapeso de
desdichas, las cuales tienen jurisdición y un modo de licencia
de entrarse por los buenos sucesos, para darnos a entender que ni el bien
es eterno, ni el mal durable.
-Los cielos serán servidos -dijo a esta sazón Auristela,
que había gran tiempo que callaba- de darnos próspero viaje,
pues nos le promete tan buen hallazgo.
La mujer prisionera, que había estado escuchando con grande atención
el razonamiento de Transila, se puso en pie, a pesar de sus cadenas y
al de la fuerza que le hacía para que no se levantase el que con
ella venía preso, y, con voz levantada, dijo:
CAPÍTULO
CATORCE DEL PRIMER LIBRO
Donde se declara
quién eran los que tan aherrojados venían
-Si es que
los afligidos tienen licencia para hablar ante los venturosos, concédaseme
a mí por esta vez, donde la brevedad de mis razones templará
el fastidio que tuviéredes de escuchallas. Haste quejado -dijo,
volviéndose a Transila-, señora doncella, de la bárbara
costumbre de los de tu ciudad, como si lo fuera aliviar el trabajo a los
menesterosos y quitar la carga a los flacos; sí, que no es error,
por bueno que sea un caballo, pasearle la carrera primero que se ponga
en él, ni va contra la honestidad el uso y costumbre si en él
no se pierde la honra, y se tiene por acertado lo que no lo parece; sí,
que mejor gobernará el timón de una nave el que hubiere
sido marinero, que no el que sale de las escuelas de la tierra para ser
piloto: la esperiencia en todas las cosas es la mejor maestra de las artes;
y así, mejor te fuera entrar esperimentada en la compañía
de tu esposo que rústica e inculta.
Apenas oyó esta razón última el hombre que consigo
venía atado, cuando dijo, poniéndole el puño cerrado
junto al rostro, amenazándola:
-¡Oh Rosamunda, o por mejor decir, rosa inmunda!, porque munda ni
lo fuiste, ni lo eres, ni lo serás en tu vida, si vivieses más
años que los mismos tiempos; y así, no me maravillo de que
te parezca mal la honestidad ni el buen recato a que están obligadas
las honradas doncellas.
«Sabed, señores -mirando a todos los circunstantes, prosiguió-,
que esta mujer que aquí veis, atada como loca y libre como atrevida,
es aquella famosa Rosamunda, dama que ha sido concubina y amiga del rey
de Inglaterra, de cuyas impúdicas costumbres hay largas historias
y longísimas memorias entre todas las gentes del mundo. Ésta
mandó al rey, y por añadidura a todo el reino; puso leyes,
quitó leyes, levantó caídos viciosos y derribó
levantados virtuosos. Cumplió sus gustos tan torpe como públicamente,
en menoscabo de la autoridad del rey, y en muestra de sus torpes apetitos,
que fueron tantas las muestras, y tan torpes y tantos sus atrevimientos,
que, rompiendo los lazos de diamantes y las redes de bronce con que tenía
ligado el corazón del rey, le movieron a apartarla de sí
y a menospreciarla en el mismo grado que la había tenido en precio.
Cuando ésta estaba en la cumbre de su rueda, y tenía asida
por la guedeja a la Fortuna, vivía yo despechado y con deseos de
mostrar al mundo cuán mal estaban empleados los de mi rey y señor
natural. Tengo un cierto espíritu satírico y maldiciente,
una pluma veloz y una lengua libre; deléitanme las maliciosas agudezas,
y, por decir una, perderé yo, no sólo un amigo, pero cien
mil vidas. No me ataban la lengua prisiones, ni enmudecían destierros,
ni atemorizaban amenazas, ni enmendaban castigos. Finalmente, a entrambos
a dos llegó el día de nuestra última paga: a ésta
mandó el rey que nadie en toda la ciudad, ni en todos sus reinos
y señoríos le diese, ni dado ni por dineros, otro algún
sustento que pan y agua, y que a mí junto con ella nos trajesen
a una de las muchas islas que por aquí hay, que fuese despoblada,
y aquí nos dejasen: pena que para mí ha sido más
mala que quitarme la vida, porque, la que con ella paso, es peor que la
muerte.»
-Mira, Clodio -dijo a esta sazón Rosamunda-, cuán mal me
hallo yo en tu compañía, que mil veces me ha venido al pensamiento
de arrojarme en la profundidad del mar, y si lo he dejado de hacer, es
por no llevarte conmigo, que si en el infierno pudiera estar sin ti, se
me aliviaran las penas. Yo confieso que mis torpezas han sido muchas,
pero han caído sobre sujeto flaco y poco discreto; mas las tuyas
han cargado sobre varoniles hombros y sobre discreción esperimentada,
sin sacar de ellas otra ganancia que una delectación más
ligera que la menuda paja que en volubles remolinos revuelve el viento.
Tú has lastimado mil ajenas honras, has aniquilado ilustres créditos,
has descubierto secretos escondidos y contaminado linajes claros; haste
atrevido a tu rey, a tus ciudadanos, a tus amigos y a tus mismos parientes;
y, en son de decir gracias, te has desgraciado con todo el mundo. Bien
quisiera yo que quisiera el rey que, en pena de mis delitos, acabara con
otro género de muerte la vida en mi tierra, y no con el de las
heridas que a cada paso me da tu lengua, de la cual tal vez no están
seguros los cielos ni los santos.
-Con todo eso -dijo Clodio-, jamás me ha acusado la conciencia
de haber dicho alguna mentira.
-A tener tú conciencia -dijo Rosamunda- de las verdades que has
dicho, tenías harto de que acusarte; que no todas las verdades
han de salir en público, ni a los ojos de todos.
-Sí -dijo a esta sazón Mauricio-; sí, que tiene razón
Rosamunda, que las verdades de las culpas cometidas en secreto, nadie
ha de ser osado de sacarlas en público, especialmente las de los
reyes y príncipes que nos gobiernan; sí, que no toca a un
hombre particular reprehender a su rey y señor, ni sembrar en los
oídos de sus vasallos las faltas de su príncipe, porque
esto no será causa de enmendarle, sino de que los suyos no le estimen;
y si la corrección ha de ser fraterna entre todos, ¿por
qué no ha de gozar deste privilegio el príncipe?, ¿por
qué le han de decir públicamente y en el rostro sus defetos?;
que tal vez la reprehensión pública y mal considerada suele
endurecer la condición del que la recibe, y volverle antes pertinaz
que blando; y, como es forzoso que la reprehensión caiga sobre
culpas verdaderas o imaginadas, nadie quiere que le reprehendan en público;
y así, dignamente, los satíricos, los maldicientes, los
malintencionados son desterrados y echados de sus casas, sin honra y con
vituperio, sin que les quede otra alabanza que llamarse agudos sobre bellacos,
y bellacos sobre agudos; y es como lo que suele decirse: la traición
contenta, pero el traidor enfada. Y hay más: que las honras que
se quitan por escrito, como vuelan y pasan de gente en gente, no se pueden
reducir a restitución, sin la cual no se perdonan los pecados.
-Todo lo sé -respondió Clodio-, pero si quieren que no hable
o escriba, córtenme la lengua y las manos, y aun entonces pondré
la boca en las entrañas de la tierra, y daré voces como
pudiere, y tendré esperanza que de allí salgan las cañas
del rey Midas.
-Ahora bien -dijo a esta sazón Ladislao-, háganse estas
paces: casemos a Rosamunda con Clodio; quizá con la bendición
del sacramento del matrimonio y con la discreción de entrambos,
mudando de estado, mudarán de vida.
-Aun bien -dijo Rosamunda-, que tengo aquí un cuchillo con que
podré hacer una o dos puertas en mi pecho, por donde salga el alma,
que ya tengo casi puesta en los dientes, en sólo haber oído
este tan desastrado y desatinado casamiento.
-Yo no me mataré -dijo Clodio-, porque, aunque soy murmurador y
maldiciente, el gusto que recibo de decir mal, cuando lo digo bien, es
tal, que quiero vivir, porque quiero decir mal. Verdad es que pienso guardar
la cara a los príncipes, porque ellos tienen largos brazos, y alcanzan
adonde quieren y a quien quieren, y ya la esperiencia me ha mostrado que
no es bien ofender a los poderosos, y la caridad cristiana enseña
que por el príncipe bueno se ha de rogar al cielo por su vida y
por su salud, y por el malo, que le mejore y enmiende.
-Quien todo eso sabe -dijo el bárbaro Antonio- cerca está
de enmendarse. No hay pecado tan grande, ni vicio tan apoderado que con
el arrepentimiento no se borre o quite del todo. La lengua maldiciente
es como espada de dos filos, que corta hasta los huesos, o como rayo del
cielo, que sin romper la vaina, rompe y desmenuza el acero que cubre;
y, aunque las conversaciones y entretenimientos se hacen sabrosos con
la sal de la murmuración, todavía suelen tener los dejos
las más veces amargos y desabridos. Es tan ligera la lengua como
el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos,
las empeoran los partos de la lengua. Y, como sean las palabras como las
piedras que se sueltan de la mano, que no se pueden revocar ni volver
a la parte donde salieron hasta que han hecho su efeto, pocas veces el
arrepentirse de habellas dicho menoscaba la culpa del que las dijo; aunque
ya tengo dicho que un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen
las enfermedades del alma.
CAPÍTULO
QUINCE DEL PRIMER LIBRO
DESTA
GRANDE HISTORIA
En esto estaban,
cuando entró un marinero en el hospedaje, diciendo a voces:
-Un bajel grande viene con las velas tendidas encaminado a este puerto,
y hasta agora no he descubierto señal que me dé a entender
de qué parte sea.
Apenas dijo esto, cuando llegó a sus oídos el son horrible
de muchas piezas de artillería que el bajel disparó al entrar
del puerto, todas limpias y sin bala alguna, señal de paz y no
de guerra; de la misma manera le respondió el bajel de Mauricio
y toda la arcabucería de los soldados que en él venían.
Al momento, todos los que estaban en el hospedaje salieron a la marina;
y, en viendo Periandro el bajel recién llegado, conoció
ser el de Arnaldo, príncipe de Dinamarca, de que no recibió
contento alguno, antes se le revolvieron las entrañas, y el corazón
le comenzó a dar saltos en el pecho. Los mismos acidentes y sobresaltos
recibió en el suyo Auristela, como aquella que por larga esperiencia
sabía la voluntad que Arnaldo le tenía, y no podía
acomodar su corazón a pensar cómo podría ser que
las voluntades de Arnaldo y Periandro se aviniesen bien, sin que la rigurosa
y desesperada flecha de los celos no les atrevesase las almas.
Ya estaba Arnaldo en el esquife de la nave, y ya llegaba a la orilla,
cuando se adelantó Periandro a recebille; pero Auristela no se
movió del lugar donde primero puso el pie, y aun quisiera que allí
se le hincaran en el suelo y se volvieran en torcidas raíces, como
se volvieron los de la hija de Peneo, cuando el ligero corredor Apolo
la seguía. Arnaldo, que vio a Periandro, le conoció; y,
sin esperar que los suyos le sacasen en hombros a tierra, de un salto
que dio desde la popa del esquife, se puso en ella y en los brazos de
Periandro, que con ellos abiertos le recibió. Y Arnaldo le dijo:
-Si yo fuese tan venturoso, amigo Periandro, que contigo hallase a tu
hermana Auristela, ni tendría mal que temer ni otro bien mayor
que esperar.
-Conmigo está, valeroso señor -respondió Periandro-,
que los cielos, atentos a favorecer tus virtuosos y honestos pensamientos,
te la han guardado con la entereza que también ella por sus buenos
deseos merece.
Ya en esto se había comunicado por la nueva gente, y por la que
en la tierra estaba, quién era el príncipe que en la nave
venía; y todavía estaba Auristela como estatua, sin voz,
inmovible, y junto a ella la hermosa Transila, y las dos, al parecer,
bárbaras, Ricla y Constanza.
Llegó Arnaldo, y, puesto de hinojos ante Auristela, le dijo:
-Seas bien hallada, norte por donde se guían mis honestos pensamientos,
y estrella fija que me lleva al puerto donde han de tener reposo mis buenos
deseos.
A todo esto no respondió palabra Auristela, antes le vinieron las
lágrimas a los ojos, que comenzaron a bañar sus rosadas
mejillas. Confuso Arnaldo de tal acidente, no supo determinarse si de
pesar o de alegría podía proceder semejante acontecimiento.
Mas Periandro, que todo lo notaba y en cualquier movimiento de Auristela
tenía puesto[s] los ojos, sacó a Arnaldo de duda, diciéndole:
-Señor, el silencio y las lágrimas de mi hermana nacen de
admiración y de gusto: la admiración, del verte en parte
tan no esperada; y las lágrimas, del gusto de haberte visto; ella
es agradecida, como lo deben ser las bien nacidas, y conoce las obligaciones
en que la has puesto de servirte con las mercedes y limpio tratamiento
que siempre le has hecho.
Fuéronse con esto al hospedaje, volvieron a colmarse las mesas
de manjares, llenáronse de regocijo los pechos, porque se llenaron
las tazas de generosos vinos, que, cuando se trasiegan por la mar de un
cabo a otro, se mejoran de manera que no hay néctar que se les
iguale. Esta segunda comida se hizo por respeto del príncipe Arnaldo.
Contó Periandro al príncipe lo que le sucedió en
la isla bárbara, con la libertad de Auristela, con todos los sucesos
y puntos que hasta aquí se han contado, con que se suspendió
Arnaldo, y de nuevo se alegraron y admiraron todos los presentes.
CAPÍTULO
DIEZ Y SEIS DEL PRIMER LIBRO
DE
PERSILES Y SIGISMUNDA
En esto, el
patrón del hospedaje dijo:
-No sé si diga que me pesa de la bonanza que prometen en el mar
las señales del cielo: el sol se pone claro y limpio, cerca ni
lejos no se descubre celaje alguno, las olas hieren la tierra blanda y
suavemente, y las aves salen al mar a espaciarse; que todos estos son
indicios de serenidad firme y duradera, cosa que ha de obligar a que me
dejen solo tan honrados huéspedes como la fortuna a mi hospedaje
ha traído.
-Así será -dijo Mauricio-, que, puesto que vuestra noble
compañía se ha de tener por agradable y cara, el deseo de
volver a nuestras patrias no consiente que mucho tiempo la gocemos. De
mí sé decir que esta noche a la primera guarda me pienso
hacer a la vela, si con mi parecer viene el de mi piloto y el de estos
señores soldados que en el navío vienen.
A lo que añadió Arnaldo:
-Siempre la pérdida del tiempo no se puede cobrar, y la que se
pierde en la navegación es irremediable.
En efeto, entre todos los que en el puerto estaban, quedó de acuerdo
que en aquella noche fuesen de partida la vuelta de Inglaterra, a quien
todos iban encaminados.
Levantóse Arnaldo de la mesa, y, asiendo de la mano a Periandro,
le sacó fuera del hospedaje, donde a solas y sin ser oído
de nadie, le dijo:
-No es posible, Periandro amigo, sino que tu hermana Auristela te habrá
dicho la voluntad que, en dos años que estuvo en poder del rey
mi padre, le mostré: tan ajustada con sus honestos deseos, que
jamás me salieron palabras a la boca que pudiesen turbar sus castos
intentos. Nunca quise saber más de su hacienda de aquello que ella
quiso decirme, pintándola en mi imaginación, no como persona
ordinaria y de bajo estado, sino como a reina de todo el mundo, porque
su honestidad, su gravedad, su discreción tan en estremo estremada
no me daba lugar a que otra cosa pensase. Mil veces me le ofrecí
por su esposo, y esto con voluntad de mi padre, y aun me parecía
que era corto mi ofrecimiento. Respondióme siempre que hasta verse
en la ciudad de Roma, adonde iba a cumplir un voto, no podía disponer
de su persona. Jamás me quiso decir su calidad ni la de sus padres,
ni yo, como ya he dicho, le importuné me la dijese, pues ella sola,
por sí misma, sin que traiga depen[den]cia de otra alguna nobleza,
merece, no solamente la corona de Dinamarca, sino de toda la monarquía
de la tierra. Todo esto te he dicho, Periandro, para que, como varón
de discurso y entendimiento, consideres que no es muy baja la ventura
que está llamando a las puertas de tu comodidad y la de tu hermana,
a quien desde aquí me ofrezco por su esposo, y prometo de cumplir
este ofrecimiento cuando ella quisiere y adonde quisiere: aquí,
debajo destos pobres techos, o en los dorados de la famosa Roma. Y asimismo
te ofrezco de contenerme en los límites de la honestidad y buen
decoro, si bien viese consumirme en los ahíncos y deseos que trae
consigo la concupicencia desenfrenada, y la esperanza propincua, que suele
fatigar más que la apartada.
Aquí dio fin a su plática Arnaldo, y estuvo atentísimo
a lo que Periandro había de responderle, que fue:
-Bien conozco, valeroso príncipe Arnaldo, la obligación
en que yo y mi hermana te estamos por las mercedes que hasta aquí
nos has hecho, y por la que agora de nuevo nos haces: a mí, por
ofrecerte por mi hermano, y a ella, por esposo; pero, aunque parezca locura
que dos miserables peregrinos desterrados de su patria no admitan luego
luego el bien que se les ofrece, te sé decir no ser posible el
recebirle, como es posible el agradecerle: mi hermana y yo vamos, llevados
del destino y de la eleción, a la santa ciudad de Roma, y, hasta
vernos en ella, parece que no tenemos ser alguno, ni libertad para usar
de nuestro albedrío. Si el cielo nos llevare a pisar la santísima
tierra y adorar sus reliquias santas, quedaremos en disposición
de disponer de nuestras hasta agora impedidas voluntades, y entonces será
la mía toda empleada en servirte. Séte decir también,
que si llegares al cumplimiento de tu buen deseo, llegarás a tener
una esposa de ilustrísimo linaje nacida, y un hermano que lo sea
mejor que cuñado; y, entre las muchas mercedes que entrambos a
dos hemos recebido, te suplico me hagas a mí una, y es que no me
preguntes más de nuestra hacienda y de nuestra vida, porque no
me obligues a que sea mentiroso, inventando quimeras que decirte, mentirosas
y falsas, por no poder contarte las verdaderas de nuestra historia.
-Dispón de mí -respondió Arnaldo-, hermano mío,
a toda tu voluntad y gusto, haciendo cuenta que yo soy cera y tú
el sello que has de imprimir en mí lo que quisieres; y si te parece,
sea nuestra partida esta noche a Inglaterra, que de allí fácilmente
pasaremos a Francia y a Roma, en cuyo viaje, y del modo que quisiéredes,
pienso acompañaros si dello gustáredes.
Aunque le pesó a Periandro deste último ofrecimiento, le
admitió, esperando en el tiempo y en la dilación, que tal
vez mejora los sucesos; y, abrazándose los dos cuñados en
esperanza, se volvieron al hospedaje a dar traza en su partida.
Había visto Auristela cómo Arnaldo y Periandro habían
salido juntos, y estaba temerosa del fin que podía tener el de
su plática; y, puesto que conocía la modestia en el príncipe
Arnaldo y la mucha discreción de Periandro, mil géneros
de temores la sobresalteaban, pareciéndole que, como el amor de
Arnaldo igualaba a su poder, podía remitir a la fuerza sus ruegos;
que tal vez en los pechos de los desdeñados amantes se convierte
la paciencia en rabia y la cortesía en descomedimiento. Pero, cuando
los vio venir tan sosegados y pacíficos, cobró casi los
perdidos espíritus.
Clodio, el maldiciente, que ya había sabido quién era Arnaldo,
se le echó a los pies, y le suplicó le mandase quitar la
cadena y apartar de la compañía de Rosamunda. Mauricio le
contó luego la condición, la culpa y la pena de Clodio y
la de Rosamunda. Movido a compasión dellos, hizo, por un capitán
que los traía a su cargo, que los desherrasen y se los entregasen,
que él tomaba a su cargo alcanzarles perdón de su rey, por
ser su grande amigo.
Viendo lo cual, el maldiciente Clodio dijo:
-Si todos los señores se ocupasen en hacer buenas obras, no habría
quien se ocupase en decir mal dellos; pero, ¿por qué ha
de esperar el que obra mal que digan bien dél? Y si las obras virtuosas
y bien hechas son calumniadas de la malicia humana, ¿por qué
no lo serán las malas? ¿Por qué ha de esperar el
que siembra cizaña y maldad, dé buen fruto su cosecha? Llévame
contigo, ¡oh príncipe!, y verás cómo pongo
sobre el cerco de la luna tus alabanzas.
-No, no -respondió Arnaldo-, no quiero que me alabes por las obras
que en mí son naturales; y más, que la alabanza tanto es
buena cuanto es bueno el que la dice, y tanto es mala cuanto es vicioso
y malo el que alaba; que si la alabanza es premio de la virtud, si el
que alaba es virtuoso, es alabanza; y si vicioso, vituperio.
CAPÍTULO
DIEZ Y SIETE DEL PRIMER LIBRO.
Da cuenta Arnaldo
del suceso de Taurisa
Con gran deseo
estaba Auristela de saber lo que Arnaldo y Periandro pasaron en la plática
que tuvieron fuera del hospedaje, y aguardaba comodidad para preguntárselo
a Periandro, y para saber de Arnaldo qué se había hecho
su doncella Taurisa.
Y, como si Arnaldo le adevinara los pensamientos, le dijo:
-Las desgracias que has pasado, hermosa Auristela, te habrán llevado
de la memoria las que tenías en obligación de acordarte
dellas, entre las cuales querría que hubiesen borrado de ella a
mí mismo, que, con sola la imaginación de pensar que algún
tiempo he estado en ella, viviría contento, pues no puede haber
olvido de aquello de quien no se ha tenido acuerdo. El olvido presente
cae sobre la memoria del acuerdo pasado; pero, comoquiera que sea, acuérdesete
de mí o no te acuerdes, de todo lo que hicieres estoy contento;
que los cielos, que me han destinado para ser tuyo, no me dejan hacer
otra cosa: mi albedrío lo es para obedecerte. Tu hermano Periandro
me ha contado muchas de las cosas que después que te robaron de
mi reino te han sucedido: unas me han admirado, otras supendido, y éstas
y aquéllas espantado. Veo, asimismo, que tienen fuerza las desgracias
para borrar de la memoria algunas obligaciones que parecen forzosas: ni
me has preguntado por mi padre, ni por Taurisa, tu doncella; a él
dejé yo bueno y con deseo de que te buscase y te hallase, a ella
la traje conmigo, con intención de venderla a los bárbaros,
para que sirviese de espía y viese si la fortuna te había
llevado a su poder. De cómo vino al mío tu hermano Periandro,
ya él te lo habrá contado, y el concierto que entre los
dos hicimos; y, aunque muchas veces he probado volver a la isla Bárbara,
los vientos contrarios no me han dejado, y ahora volvía con la
misma intención y con el mismo deseo, el cual me ha cumplido el
cielo con bienes de tantas ventajas, como son de tenerte en mi presencia,
alivio universal de mis cuidados. Taurisa, tu doncella, habrá dos
días que la entregué a dos caballeros amigos míos,
que encontré en medio dese mar, que en un poderoso navío
iban a Irlanda, a causa que Taurisa iba muy mala y con poca seguridad
de la vida; y, como este navío en que yo ando más se puede
llamar de cosario que de hijo de rey, viendo que en él no había
regalos ni medicinas, que piden los enfermos, se la entregué para
que la llevasen a Irlanda y la entregasen a su príncipe, que la
regalase, curase y guardase, hasta que yo mismo fuese por ella. Hoy he
dejado apuntado con tu hermano Periandro que nos partamos mañana,
o ya para Inglaterra, o ya para España o Francia, que, a doquiera
que arribemos, tendremos segura comodidad para poner en efeto los honestos
pensamientos que tu hermano me ha dicho que tienes; y yo en este entretanto
llevaré sobre los hombros de mi paciencia mis esperanzas, sustentadas
con el arrimo de tu buen entendimiento. Con todo esto, te ruego, señora,
y te suplico que mires si con nuestro parecer viene y ajusta el tuyo,
que, si algún tanto disuena, no le pondremos en ejecución.
-Yo no tengo otra voluntad -respondió Auristela- sino la de mi
hermano Periandro, ni él, pues es discreto, querrá salir
un punto de la tuya.
-Pues si así es -replicó Arnaldo-, no quiero mandar, sino
obedecer, porque no digan que por la calidad de mi persona me quiero alzar
con el mando a mayores.
Esto fue lo que pasó a Arnaldo con Auristela, la cual se lo contó
todo a Periandro. Y aquella noche Arnaldo, Periandro, Mauricio, Ladislao
y los dos capitanes del navío inglés, con todos los que
salieron de la isla bárbara, entraron en consejo, y ordenaron su
partida en la forma siguiente:
CAPÍTULO
DIEZ Y OCHO DEL PRIMER LIBRO
Donde Mauricio
sabe por la astrología un mal suceso que les avino en el mar
En la nave
donde vinieron Mauricio y Ladislao, los capitanes y soldados que trajeron
a Rosamunda y a Clodio, se embarcaron todos aquellos que salieron de la
mazmorra y prisión de la isla Bárbara, y en el navío
de Arnaldo se acomodaron Mauricio, Transila, Ricla y Constanza, y los
dos Antonios, padre y hijo, Ladislao, Mauricio y Transila, sin consentir
Arnaldo que se quedasen en tierra Clodio y Rosamunda; Rutilio se acomodó
con Arnaldo.
Hicieron agua aquella noche, recogiendo y comprando del huésped
todos los bastimentos que pudieron; y, habiendo mirado los puntos más
convenientes para su partida, dijo Mauricio que si la buena suerte les
escapaba de una mala que les amenazaba muy propincua, tendría buen
suceso su viaje; y que el tal peligro, puesto que era de agua, no había
de suceder, si sucediese, por borrasca ni tormenta del mar ni de tierra,
sino por una traición mezclada y aun forjada del todo de deshonestos
y lascivos deseos. Periandro, que siempre andaba sobresaltado con la compañía
de Arnaldo, vino a temer si aquella traición había de ser
fabricada por el príncipe para alzarse con la hermosa Auristela,
pues la había de llevar en su navío; pero opúsose
a todo este mal pensamiento la generosidad de su ánimo, y no quiso
creer lo que temía, por parecerle que, en los pechos de los valerosos
príncipes, no deben hallar acogida alguna las traiciones; pero
no por esto dejó de pedir y rogar a Mauricio mirase muy bien de
qué parte les podía venir el daño que les amenazaba.
Mauricio respondió que no lo sabía, puesto que le tenía
por cierto, aunque templaba su rigor con que ninguno de los que en él
se hallasen había de perder la vida, sino el sosiego y la quietud,
y habían de ver rompidos la mitad de sus disinios, sus más
bien encaminadas esperanzas. A lo que Periandro le replicó que
detuviesen algunos días la partida: quizá con la tardanza
del tiempo se mudarían o se templarían los influjos rigurosos
de las estrellas.
-No -replicó Mauricio-; mejor es arrojarnos en las manos deste
peligro, pues no llega a quitar la vida, que no intentar otro camino que
nos lleve a perderla.
-Ea, pues -dijo Periandro-, echada está la suerte, partamos en
buen hora, y haga el cielo lo que ordenado tiene, pues nuestra diligencia
no lo puede escusar.
Satisfizo Arnaldo al huésped magníficamente con muchos dones
el buen hospedaje, y unos en unos navíos, y otros en otros, cada
cual según y como vio que más le convenía, dejó
el puerto desembarazado y se hizo a la vela. Salió el navío
de Arnaldo adornado de ligeras flámulas y banderetas, y de pintados
y vistosos gallardetes. Al zarpar los hierros y tirar las áncoras,
disparó así la gruesa como la menuda artillería,
rompieron los aires los sones de las chirimías y los de otros instrumentos
músicos y alegres, oyéronse las voces de los que decían,
reiterándolo a menudo:
-¡Buen viaje! ¡Buen viaje!
A todo esto, no alzaba la cabeza de sobre el pecho la hermosa Auristela,
que, casi como présaga del mal que le había de venir, iba
pensativa. Mirábala Periandro y remirábala Arnaldo, teniéndola
cada uno hecha blanco de sus ojos, fin de sus pensamientos y principio
de sus alegrías. Acabóse el día; entróse la
noche clara, serena, despejando un aire blando los celajes, que parece
que se iban a juntar si los dejaran.
Puso los ojos en el cielo Mauricio, y de nuevo tornó a mirar en
su imaginación las señales de la figura que había
levantado, y de nuevo confirmó el peligro que les amenzaba, pero
nunca supo atinar de qué parte les vendría. Con esta confusión
y sobresalto se quedó dormido encima de la cubierta de la nave,
y, de allí a poco, despertó despavorido, diciendo a grandes
voces:
-¡Traición, traición, traición! ¡Despierta,
príncipe Arnaldo, que los tuyos nos matan!
A cuyas voces se levantó Arnaldo, que no dormía, puesto
que estaba echado junto a Periandro en la misma cubierta, y dijo:
-¿Qué has, amigo Mauricio? ¿Quién nos ofende,
o quién nos mata? ¿Todos los que en este navío vamos,
no somos amigos? ¿No son todos los más vasallos y criados
míos? ¿El cielo no está claro y sereno, el mar tranquilo
y blando, y el bajel, sin tocar en escollo ni en bajío, no navega?
¿Hay alguna rémora que nos detenga? Pues si no hay nada
desto, ¿de qué temes, que ansí con tus sobresaltos
nos atemorizas?
-No sé -replicó Mauricio-. Haz, señor, que bajen
los búzanos a la sentina, que si no es sueño, a mí
me parece que nos vamos anegando.
No hubo bien acabado esta razón, cuando cuatro o seis marineros
se dejaron calar al fondo del navío y le requirieron todo, porque
eran famosos búzanos, y no hallaron costura alguna por donde entrase
agua al navío; y, vueltos a la cubierta, dijeron que el navío
iba sano y entero, y que el agua de la sentina estaba turbia y hedionda,
señal clara de que no entraba agua nueva en la nave.
-Así debe de ser -dijo Mauricio-, sino que yo, como viejo, en quien
el temor tiene su asiento de ordinario, hasta los sueños me espantan;
y plega a Dios que este mi sueño lo sea, que yo me holgaría
de parecer viejo temeroso antes que verdadero judiciario.
Arnaldo le dijo:
-Sosegaos, buen Mauricio, porque vuestros sueños le quitan a estas
señoras.
-Yo lo haré así, si puedo -respondió Mauricio.
Y, tornándose a echar sobre la cubierta, quedó el navío
lleno de muy sosegado silencio, en el cual Rutilio, que iba sentado al
pie del árbol mayor, convidado de la serenidad de la noche, de
la comodidad del tiempo, o de la voz, que la tenía estremada, al
son del viento, que dulcemente hería en las velas, en su propia
lengua toscana, comenzó a cantar esto, que, vuelto en lengua española,
así decía:
Huye el rigor
de la invencible mano,
advertido, y enciérrase en el arca
de todo el mundo el general monarca
con las reliquias del linaje humano.
El dilatado asilo, el soberano
lugar rompe los fueros de la Parca,
que entonces, fiera y licenciosa, abarca
cuanto alienta y respira el aire vano.
Vense en la excelsa máquina encerrarse
el león y el cordero, y, en segura
paz, la paloma al fiero halcón unida;
sin ser milagro, lo discorde amarse,
que en el común peligro y desventura
la natural inclinación se olvida.
El que mejor
entendió lo que cantó Rutilio fue el bárbaro Antonio,
el cual le dijo asimismo:
-Bien canta Rutilio, y si por ventura es suyo el soneto que ha cantado,
no es mal poeta, aunque ¿cómo lo puede ser bueno un oficial?
Pero no digo bien, que yo me acuerdo haber visto en mi patria, España,
poetas de todos los oficios.
Esto dijo en voz que la oyó Mauricio, el príncipe y Periandro,
que no dormían.
Y Mauricio dijo:
-Posible cosa es que un oficial sea poeta, porque la poesía no
está en las manos, sino en el entendimiento, y tan capaz es el
alma del sastre para ser poeta como la de un maese de campo; porque las
almas todas son iguales y de una misma masa en sus principios criadas
y formadas por su Hacedor; y, según la caja y temperamento del
cuerpo donde las encierra, así parecen ellas más o menos
discretas, y atienden y se aficionan a saber las ciencias, artes o habilidades
a que las estrellas más las inclinan; pero más principalmente
y propia se dice que el poeta nascitur. Así que, no hay qué
admirar de que Rutilio sea poeta, aunque haya sido maestro de danzar.
-Y tan grande -replicó Antonio- que ha hecho cabriolas en el aire
más arriba de las nubes.
-Así es -respondió Rutilio, que todo esto estaba escuchando-,
que yo las hice casi junto al cielo, cuando me trajo caballero en el manto
aquella hechicera desde Toscana, mi patria, hasta Noruega, donde la maté,
que se había convertido en figura de loba, como ya otras veces
he contado.
-Eso de convertirse en lobas y lobos algunas gentes destas setentrionales
es un error grandísimo -dijo Mauricio-, aunque admitido de muchos.
-Pues ¿cómo es esto -dijo Arnaldo- que comúnmente
se dice y se tiene por cierto que en Inglaterra andan por los campos manadas
de lobos, que de gentes humanas se han convertido en ellos?
-Eso -respondió Mauricio- no puede ser en Inglaterra, porque en
aquella isla templada y fertilísima no sólo no se crían
lobos, pero ninguno otro animal nocivo: como si dijésemos serpientes,
víboras, sapos, arañas y escorpiones; antes es cosa llana
y manifiesta que si algún animal ponzoñoso traen de otras
partes a Inglaterra, en llegando a ella muere; y si de la tierra desta
isla llevan a otra parte a alguna tierra y cercan con ella a alguna víbora,
no osa ni puede salir del cerco que la aprisiona y rodea, hasta quedar
muerta. Lo que se ha de entender desto de convertirse en lobos es que
hay una enfermedad a quien llaman los médicos manía lupina,
que es de calidad que al que la padece le parece que se ha convertido
en lobo, y aúlla como lobo, y se juntan con otros heridos del mismo
mal, y andan en manadas por los campos y por los montes, ladrando ya como
perros, o ya aullando como lobos; despedazan los árboles, matan
a quien encuentran y comen la carne cruda de los muertos, y hoy día
sé yo que hay en la isla de Sicilia, que es la mayor del mar Mediterráneo,
gentes deste género, a quien los sicilianos llaman lobos menar,
los cuales, antes que les dé tan pestífera enfermedad, lo
sienten, y dicen a los que están junto a ellos que se aparten y
huyan dellos, o que los aten o encierren, porque si no se guardan, los
hacen pedazos a bocados y los desmenuzan, si pueden, con las uñas,
dando terribles y espantosos ladridos. Y es esto tanta verdad que, entre
los que se han de casar, se hace información bastante de que ninguno
dellos es tocado desta enfermedad; y si después, andando el tiempo,
la esperiencia muestra lo contrario, se dirime el matrimonio. También
es opinión de Plinio, según lo escribe en el lib. 8, cap.
22, que entre los árcades hay un género de gente, la cual,
pasando un lago, cuelga los vestidos que lleva de una encina, y se entra
desnudo la tierra dentro, y se junta con la gente que allí halla
de su linaje en figura de lobos, y está con ellos nueve años,
al cabo de los cuales vuelve a pasar el lago, y cobra su perdida figura;
pero todo esto se ha de tener por mentira, y si algo hay, pasa en la imaginación
y no realmente.
-No sé -dijo Rutilio-, lo que sé es que maté la loba
y hallé muerta a mis pies la hechicera.
-Todo eso puede ser -replicó Mauricio-, porque la fuerza de los
hechizos de los maléficos y encantadores, que los hay, nos hace
ver una cosa por otra; y quede desde aquí asentado que no hay gente
alguna que mude en otra su primer naturaleza.
-Gusto me ha dado grande -dijo Arnaldo- el saber esta verdad, porque también
yo era uno de los crédulos deste error; y lo mismo debe de ser
lo que las fábulas cuentan de la conversión en cuervo del
rey Artus de Inglaterra, tan creída de aquella discreta nación,
que se abstienen de matar cuervos en toda la isla.
-No sé -respondió Mauricio- de dónde tomó
principio esa fábula tan creída como mal imaginada.
En esto fueron razonando casi toda la noche, y al despuntar del día
dijo Clodio, que hasta allí había estado oyendo y callando:
-Yo soy un hombre a quien no se le da por averiguar estas cosas un dinero.
¿Qué se me da a mí que haya lobos hombres, o no,
o que los reyes anden en figuras de cuervos o de águilas? Aunque,
si se hubiesen de convertir en aves, antes querría que fuesen en
palomas que en milanos.
-Paso, Clodio, no digas mal de los reyes, que me parece que te quieres
dar algún filo a la lengua para cortarles el crédito.
-No -respondió Clodio-, que el castigo me ha puesto una mordaza
en la boca, o por mejor decir, en la lengua, que no consiente que la mueva;
y así, antes pienso de aquí adelante reventar callando que
alegrarme hablando. Los dichos agudos, las murmuraciones dilatadas, si
a unos alegran, a otros entristecen. Contra el callar no hay castigo ni
respuesta. Vivir quiero en paz los días que me quedan de la vida
a la sombra de tu generoso amparo, puesto que por momentos me fatigan
ciertos ímpetus maliciosos que me hacen bailar la lengua en la
boca, y malográrseme entre los dientes más de cuatro verdades
que andan por salir a la plaza del mundo. ¡Sírvase Dios con
todo!
A lo que dijo Auristela:
-De estimar es, ¡oh Clodio!, el sacrificio que haces al cielo de
tu silencio.
Rosamunda, que era una de las llegadas a la conversación, volviéndose
a Auristela, dijo:
-El día que Clodio fuere callado, seré yo buena, porque
en mí la torpeza, y en él la murmuración, son naturales,
puesto que más esperanza puedo yo tener de enmendarme que no él,
porque la hermosura se envejece con los años, y, faltando la belleza,
menguan los torpes deseos, pero sobre la lengua del maldiciente no tiene
jurisdición el tiempo. Y así, los ancianos murmuradores
hablan más cuanto más viejos, porque han visto más,
y todos los gustos de los otros sentidos los han cifrado y recogido a
la lengua.
-Todo es malo -dijo Transila-: cada cual por su camino va a parar a su
perdición.
-El que nosotros ahora hacemos -dijo Ladislao-, próspero y felice
ha de ser, según el viento se muestra favorable y el mar tranquilo.
-Así se mostraba esta pasada noche -dijo la bárbara Constanza-,
pero el sueño del señor Mauiricio nos puso en confusión,
y alborotó tanto, que ya yo pensé que nos había sorbido
el mar a todos.
-En verdad, señora -respondió Mauricio-, que si yo no estuviera
enseñado en la verdad católica, y me acordara de lo que
dice Dios en el Levítico: "No seáis agoreros, ni deis
crédito a los sueños", porque no a todos es dado el
entenderlos, que me atreviera a juzgar del sueño que me puso en
tan gran sobresalto, el cual, según a mi parecer, no me vino por
algunas de las causas de donde suelen proceder los sueños, que,
cuando no son revelaciones divinas o ilusiones del demonio, proceden,
o de los muchos manjares que suben vapores al cerebro, con que turban
el sentido común, o ya de aquello que el hombre trata más
de día. Ni el sueño que a mí me turbó cae
debajo de la observación de la astrología, porque sin guardar
puntos ni observar astros, señalar rumbos ni mirar imágenes,
me pareció ver visiblemente que en un gran palacio de madera, donde
estábamos todos los que aquí vamos, llovían rayos
del cielo que le abrían todo, y por las bocas que hacían
descargaban las nubes, no sólo un mar, sino mil mares de agua;
de tal manera que, creyendo que me iba anegando, comencé a dar
voces y a hacer los mismos ademanes que suele hacer el que se anega; y
aun no estoy tan libre deste temor que no me queden algunas reliquias
en el alma; y, como sé que no hay más cierta astrología
que la prudencia, de quien nacen los acertados discursos, ¿qué
mucho que, yendo navegando en un navío de madera, tema rayos del
cielo, nubes del aire y aguas de la mar? Pero lo que más me confunde
y suspende es que, si algún daño nos amenaza, no ha de ser
de ningún elemento que destinada y precisamente se disponga a ello,
sino de una traición, forjada, como ya otra vez he dicho, en algunos
lascivos pechos.
-No me puedo persuadir -dijo a esta sazón Arnaldo- que entre los
que van por el mar navegando puedan entremeterse las blanduras de Venus
ni los apetitos de su torpe hijo: al casto amor bien se le permite andar
entre los peligros de la muerte, guardándose para mejor vida.
Esto dijo Arnaldo, por dar a entender a Auristela y a Periandro, y a todos
aquellos que sus deseos conocían, cuán ajustados iban sus
movimientos con los de la razón.
Y prosiguió diciendo:
-El príncipe, justa razón es que viva seguro entre sus vasallos,
que el temor de las traiciones nace de la injusta vida del príncipe.
-Así es -respondió Mauricio-, y aun es bien que así
sea. Pero dejemos pasar este día, que si él da lugar a que
llegue la noche sin sobresaltarnos, yo pediré y las daré
albricias del buen suceso.
Iba el sol a esta sazón a ponerse en los brazos de Tetis, y el
mar se estaba con el mismo sosiego que hasta allí había
tenido; soplaba favorable el viento; por parte ninguna se descubrían
celajes que turbasen los marineros; el cielo, la mar, el viento, todos
juntos y cada uno de por sí, prometían felicísimo
viaje, cuando el prudente Mauricio dijo en voz turbada y alta:
-¡Sin duda nos anegamos! ¡Anegámonos sin duda!
CAPÍTULO
DIEZ Y NUEVE DEL PRIMERO LIBRO
Donde se da
cuenta de lo que dos soldados hicieron, y la división de Periandro
y Auristela
A cuyas voces
respondió Arnaldo:
-¿Cómo es esto? ¡Oh gran Mauricio! ¿Qué
aguas nos sorben o qué mares nos tragan? ¿Qué olas
nos embisten?
La respuesta que le dieron a Arnaldo fue ver salir debajo de la cubierta
a un marinero despavorido, echando agua por la boca y por los ojos, diciendo
con palabras turbadas y mal compuestas:
-Todo este navío se ha abierto por muchas partes, el mar se ha
entrado en él tan a rienda suelta que presto le veréis sobre
esta cubierta. Cada uno atienda a su salud y a la conservación
de la vida. Acógete, ¡oh príncipe Arnaldo!, al esquife
o a la barca, y lleva contigo las prendas que más estimas, antes
que tomen entera posesión dellas estas amargas aguas.
Estancó en esto el navío, sin poderse mover, por el peso
de las aguas, de quien ya estaba lleno. Amainó el piloto todas
las velas de golpe, y todos, sobresaltados y temerosos, acudieron a buscar
su remedio: el príncipe y Periandro fueron al esquife, y, arrojándole
al mar, pusieron en él a Auristela, Transila, Ricla y a la bárbara
Constanza, entre las cuales, viendo que no se acordaban della, se arrojó
Rosamunda, y tras ella mandó Arnaldo entrase Mauricio.
En este tiempo andaban dos soldados descolgando la barca que al costado
del navío venía asida, y el uno dellos, viendo que el otro
quería ser el primero que entrase dentro, sacando un puñal
de la cinta, se le envainó en el pecho, diciendo a voces:
-Pues nuestra culpa ha sido fabricada tan sin provecho, esta pena te sirva
a ti de castigo y a mí de escarmiento; a lo menos, el poco tiempo
que me queda de vida.
Y, diciendo esto, sin querer aprovecharse del acogimiento que la barca
les ofrecía, desesperadamente se arrojó al mar, diciendo
a voces y con mal articuladas palabras:
-Oye, ¡oh Arnaldo!, la verdad que te dice este traidor, que en tal
punto es bien que la diga: yo y aquel a quien me viste pasar el pecho
por muchas partes abrimos y taladramos este navío, con intención
de gozar de Auristela y de Transila, recogiéndolas en el esquife;
pero, habiendo visto yo haber salido mi disinio contrario de mi pensamiento,
a mi compañero quité la vida y a mí me doy la muerte.
Y con esta última palabra se dejó ir al fondo de las aguas,
que le estorbaron la respiración del aire y le sepultaron en perpetuo
silencio. Y, aunque todos andaban confusos y ocupados, buscando, como
se ha dicho, en el común peligro algún remedio, no dejó
de oír las razones Arnaldo del desesperado, y él y Periandro
acudieron a la barca; y, habiendo, antes que entrasen en ella, ordenado
que entrase en el esquife Antonio el mozo, sin acordarse de recoger algún
bastimento, él, Ladislao, Antonio el padre, Periandro y Clodio
se entraron en la barca, y fueron a abordar con el esquife, que algún
tanto se había apartado del navío, sobre el cual ya pasaban
las aguas, y no se parecía dél sino el árbol mayor,
como en señal que allí estaba sepultado.
Llegóse en esto la noche, sin que la barca pudiese alcanzar al
esquife, desde el cual daba voces Auristela, llamando a su hermano Periandro,
que la respondía, reiterando muchas veces su para él dulcísimo
nombre. Transila y Ladislao hacían lo mismo, y encontrábanse
en los aires las voces de "dulcísimo esposo mío"
y "amada esposa mía", donde se rompían sus disinios
y se deshacían sus esperanzas, con la imposibilidad de no poder
juntarse, a causa que la noche se cubría de escuridad y los vientos
comenzaron a soplar de partes diferentes. En resolución, la barca
se apartó del esquife, y, como más ligera y menos cargada,
voló por donde el mar y el viento quisieron llevarla; el esquife,
más con la pesadumbre que con la carga de los que en él
iban, se quedó, como si aposta quisieran que no navegara. Pero,
cuando la noche cerró con más escuridad que al principio,
comenzaron a sentir de nuevo la desgracia sucedida: viéronse en
mar no conocida, amenazados de todas las inclemencias del cielo, y faltos
de la comodidad que les podía ofrecer la tierra; el esquife, sin
remos y sin bastimentos, y la hambre sólo detenida de la pesadumbre
que sintieron.
Mauricio, que había quedado por patrón y por marinero del
esquife, ni tenía con qué ni sabía cómo guialle;
antes, según los llantos, gemidos y suspiros de los que en él
iban, podía temer que ellos mismos le anegarían; miraba
las estrellas, y, aunque no parecían de todo en todo, algunas que
por entre la escuridad se mostraban le daban indicio de venidera serenidad,
pero no le mostraban en qué parte se hallaba.
No consintió el sentimiento que el sueño aliviase su angustia,
porque se les pasó la noche velando, y se vino el día, no
a más andar, como dicen, sino para más penar, porque con
él descubrieron por todas partes el mar cerca y lejos, por ver
si topaban los ojos con la barca que les llevaba las almas, o algún
otro bajel que les prometiese ayuda y socorro en su necesidad; pero no
descubrieron otra cosa que una isla a su mano izquierda, que juntamente
los alegró y los entristeció: nació la alegría
de ver cerca la tierra, y la tristeza, de la imposibilidad de poder llegar
a ella, si ya el viento no los llevase. Mauricio era el que más
confiaba de la salud de todos, por haber hallado, como se ha dicho, en
la figura que como judiciario había levantado, que aquel suceso
no amenazaba muerte, sino descomodidades casi mortales.
Finalmente, el favor de los cielos se mezcló con los vientos, que
poco a poco llevaron el esquife a la isla, y les dio lugar de tomarle
en la tierra en una espaciosa playa no acompañada de gente alguna,
sino de mucha cantidad de nieve que toda la cubría. Miserables
son y temerosas las fortunas del mar, pues los que las padecen se huelgan
de trocarlas con las mayores que en la tierra se les ofrezcan. La nieve
de la desierta playa les pareció blanda arena, y la soledad compañía.
Unos en brazos de otros desembarcaron: el mozo Antonio fue el Atlante
de Auristela y de Transila, en cuyos hombros también desembarcaron
Rosamunda y Mauricio, y todos se recogieron al abrigo de un peñón
que no lejos de la playa se mostraba, habiendo antes, como mejor pudieron,
varado el esquife en tierra, poniendo en él, después de
en Dios, su esperanza.
Antonio, considerando que la hambre había de hacer su oficio y
que ella había de ser bastante a quitarles las vidas, aprestó
su arco, que siempre de las espaldas le colgaba, y dijo que él
quería ir a descubrir la tierra, por ver si hallaba gente en ella
o alguna caza que socorriese su necesidad. Vinieron todos con su parecer;
y así, se entró con ligero paso por la isla, pisando, no
tierra, sino nieve tan dura, por estar helada, que le parecía pisar
sobre pedernales. Siguióle, sin que él lo echase de ver,
la torpe Rosamunda, sin ser impedida de los demás, que creyeron
que alguna natural necesidad la forzaba a dejallos. Volvió la cabeza
Antonio a tiempo y en lugar donde nadie los podía ver, y, viendo
junto a sí a Rosamunda, le dijo:
-La cosa de que menos necesidad tengo, en esta que agora padecemos, es
la de tu compañía. ¿Qué quieres, Rosamunda?
Vuélvete, que ni tú tienes armas con que matar género
de caza alguna, ni yo podré acomodar el paso a esperarte. ¿Qué
me sigues?
-¡Oh inesperto mozo -respondió la mujer torpe-, y cuán
lejos estás de conocer la intención con que te sigo y la
deuda que me debes!
Y en esto se llegó junto a él, y prosiguió diciendo:
-Ves aquí, ¡oh nuevo cazador, más hermoso que Apolo!,
otra nueva Dafne que no te huye, sino que te sigue. No mires que ya a
mi belleza la marchita el rigor de [la] edad, ligera siempre, sino considera
en mí a la que fue Rosamunda, domadora de las cervices de los reyes
y de la libertad de los más esentos hombres. Yo te adoro, generoso
joven, y aquí, entre estos yelos y nieves, el amoroso fuego me
está haciendo ceniza el corazón. Gocémonos, y tenme
por tuya, que yo te llevaré a parte donde llenes las manos de tesoros,
para ti, sin duda alguna, de mí recogidos y guardados si llegamos
a Inglaterra, donde mil bandos de muerte tienen amenazada mi vida. Escondido
te llevaré adonde te entregues en más oro que tuvo Midas
y en más riquezas que acumuló Craso.
Aquí dio fin a su plática, pero no al movimiento de sus
manos, que arremetieron a detener las de Antonio, que de sí las
apartaba, y entre esta tan honesta como torpe contienda decía Antonio:
-¡Detente, oh arpía! ¡No turbes ni afees las limpias
mesas de Fineo! ¡No fuerces, oh bárbara egipcia, ni incites
la castidad y limpieza deste que no es tu esclavo! ¡Tarázate
la lengua, sierpe maldita, no pronuncies con deshonestas palabras lo que
tienes escondido en tus deshonestos deseos! ¡Mira el poco lugar
que nos queda desde este punto al de la muerte, que nos está amenazando
con la hambre y con la incertidumbre de la salida deste lugar, que, puesto
que fuera cierta, con otra intención la acompañara que con
la que me has descubierto! ¡Desvíate de mí y no me
sigas, que castigaré tu atrevimiento y publicaré tu locura!
Si te vuelves, mudaré propósito, y pondré en silencio
tu desvergüenza; si no me dejas, te quitaré la vida.
Oyendo lo cual la lasciva Rosamunda, se le cubrió el corazón
de manera que no dio lugar a suspiros, a ruegos ni a lágrimas.
Dejóla Antonio, sagaz y advertido. Volvióse Rosamunda, y
él siguió su camino; pero no halló en él cosa
que le asegurase, porque las nieves eran muchas y los caminos ásperos,
y la gente ninguna. Y, advirtiendo que si adelante pasaba, podía
perder el camino de vuelta, se volvió a juntar con la compañía;
alzaron todos las manos al cielo, y pusieron los ojos en la tierra, como
admirados de su desventura. A Mauricio dijeron que volvieran al mar el
esquife, pues no era posible remediarse en la imposibilidad y soledad
de la isla.
CAPÍTULO
VEINTE.
De un notable
caso que sucedió en la Isla Nevada
A poco tiempo
que pasó el día, desde lejos vieron venir una nave gruesa
que les levantó las esperanzas de tener remedio. Amainó
las velas, y pareció que se dejaba detener las áncoras,
y con diligencia presta arrojaron el esquife a la mar, y se vinieron a
la playa, donde ya los tristes se arrojaban al esquife. Auristela dijo
que sería bien que aguardasen los que venían, por saber
quién eran.
Llegó el esquife de la nave y encalló en la fría
nieve, y saltaron en ella dos, al parecer, gallardos y fuertes mancebos,
de estremada disposición y brío, los cuales sacaron encima
de sus hombros a una hermosísima doncella, tan sin fuerzas y tan
desmayada, que parecía que no le daba lugar para llegar a tocar
la tierra. Llamaron a voces los que estaban ya embarcados en el otro esquife,
y les suplicaron que se desembarcasen a ser testigos de un suceso que
era menester que los tuviese. Respondió Mauricio que no había
remos para encaminar el esquife, si no les prestaban los del suyo. Los
marineros con los suyos guiaron los del otro esquife, y volvieron a pisar
la nieve; luego los valientes jóvenes asieron de dos tablachinas,
con que cubrieron los pechos, y con dos cortadoras espadas en los brazos
saltaron de nuevo en tierra. Auristela, llena de sobresalto y temor, casi
con certidumbre de algún nuevo mal, acudió a ver la desmayada
y hermosa doncella, y lo mismo hicieron todos los demás.
Los caballeros dijeron:
-Esperad, señores, y estad atentos a lo que queremos deciros.
-Este caballero y yo -dijo el uno- tenemos concertado de pelear por la
posesión de esa enferma doncella que ahí veis; la muerte
ha de dar la sentencia en favor del otro, sin que haya otro medio alguno
que ataje en ninguna manera nuestra amorosa pendencia, si ya no es que
ella, de su voluntad, ha de escoger cuál de nosotros dos ha de
ser su esposo, con que hará envainar nuestras espadas y sosegar
nuestros espíritus. Lo que pedimos es que no estorbéis en
manera alguna nuestra porfía, la cual lleváramos hasta el
cabo, sin tener temor que nadie nos la estorbara, si no os hubiéramos
menester para que mirárades. Si estas soledades pueden ofrecer
algún remedio para dilatar siquiera la vida de esa doncella, que
es tan poderosa para acabar las nuestras, la priesa que nos obliga a dar
conclusión a nuestro negocio no nos da lugar para preguntaros por
agora quién sois ni cómo estáis en este lugar tan
solo, y tan sin remos, que no los tenéis, según parece,
para desviaros desta isla tan sola, que aun de animales no es habitada.
Mauricio les respondió que no saldrían un punto de lo que
querían; y luego echaron los dos mano a las espadas, sin querer
que la enferma doncella declarase primero su voluntad, remitiendo antes
su pendencia a las armas que a los deseos de la dama. Arremetieron el
uno contra el otro, y, sin mirar reglas, movimientos, entradas, salidas
y compases, a los primeros golpes el uno quedó pasado el corazón
de parte a parte, y el otro abierta la cabeza por medio; éste le
concedió el cielo tanto espacio de vida que le tuvo de llegar a
la doncella y juntar su rostro con el suyo, diciéndole:
-¡Vencí, señora; mía eres! Y, aunque ha de
durar poco el bien de poseerte, el pensar que un solo instante te podré
tener por mía, me tengo por el más venturoso hombre del
mundo. Recibe, señora, esta alma, que envuelta en estos últimos
alientos te envío; dales lugar en tu pecho, sin que pidas licencia
a tu honestidad, pues el nombre de esposo a todo esto da licencia.
La sangre de la herida bañó el rostro de la dama, la cual
estaba tan sin sentido que no respondió palabra. Los dos marineros
que habían guiado el esquife de la nave saltaron en tierra, y fueron
con presteza a requerir, así al muerto de la estocada como al herido
en la cabeza, el cual, puesta su boca con la de su tan caramente comprada
esposa, envió su alma a los aires y dejó caer el cuerpo
sobre la tierra.
Auristela, que todas estas acciones había estado mirando, antes
de descubrir y mirar atentamente el rostro de la enferma señora,
llegó de propósito a mirarla, y, limpiándole la sangre
que había llovido del muerto enamorado, conoció ser su doncella
Taurisa, la que lo había sido al tiempo que ella estuvo en poder
del príncipe Arnaldo, que le había dicho la dejaba en poder
de dos caballeros que la llevasen a Irlanda, como queda dicho. Auristela
quedó suspensa, quedó atónita, quedó más
triste que la tristeza misma, y más cuando vino a conocer que la
hermosa Taurisa estaba sin vida.
-¡Ay -dijo a esta sazón-, con qué prodigiosas señales
me va mostrando el cielo mi desventura, que si se rematara con acabarse
mi vida, pudiera llamarla dichosa; que los males que tienen fin en la
muerte, como no se dilaten y entretengan, hacen dichosa la vida! ¿Qué
red barredera es ésta con que cogen los cielos todos los caminos
de mi descanso? ¿Qué imposibles son estos que descubro a
cada paso de mi remedio? Mas, pues aquí son escusados los llantos
y son de ningún provecho los gemidos, demos el tiempo que he de
gastar en ellos por ahora a la piedad, y enterremos los muertos, y no
congoje yo por mi parte los vivos.
Y luego pidió a Mauricio pidiese a los marineros del esquife volviesen
al navío por instrumentos para hacer las sepulturas. Hízolo
así Mauricio, y fue a la nave con intención de concertarse
con el piloto o capitán que hubiese para que los sacase de aquella
isla y los llevase adondequiera que fuesen. En este entretanto, tuvieron
lugar Auristela y Transila de acomodar a Taurisa para enterralla, y la
piedad y honestidad cristiana no consintió que la desnudasen.
Volvió Mauricio con los instrumentos, habiendo negociado todo aquello
que quiso. Hízose la sepultura de Taurisa; pero los marineros no
quisieron, como católicos, que se hiciese ninguna a los muertos
en el desafío.
Rosamunda, que, después que volvió de haber declarado su
mal pensamiento al bárbaro Antonio, nunca había alzado los
ojos del suelo, que sus pecados se los tenían aterrados, al tiempo
que iban a sepultar a Taurisa, levantando el rostro, dijo:
-Si os preciáis, señores, de caritativos, y si anda en vuestros
pechos al par la justicia y la misericordia, usad destas dos virtudes
conmigo. Yo desde el punto que tuve uso de razón, no la tuve, porque
siempre fui mala: con los años verdes y con la hermosura mucha,
con la libertad demasiada y con la riqueza abundante, se fueron apoderando
de mí los vicios de tal manera que han sido y son en mí
como acidentes inseparables. Ya sabéis, como yo alguna vez he dicho,
que he tenido el pie sobre las cervices de los reyes, y he traído
a la mano que he querido las voluntades de los hombres; pero el tiempo,
salteador y robador de la humana belleza de las mujeres, se entró
por la mía tan sin yo pensarlo, que primero me he visto fea que
desengañada. Mas, como los vicios tienen asiento en el alma, que
no envejece, no quieren dejarme; y, como yo no les hago resistencia, sino
que me dejo ir con la corriente de mis gustos, heme ido ahora con el que
me da el ver siquiera a este bárbaro muchacho, el cual, aunque
le he descubierto mi voluntad, no corresponde a la mía, que es
de fuego, con la suya, que es de helada nieve. Véome despreciada
y aborrecida, en lugar de estimada y bien querida: golpes que no se pueden
resistir con poca paciencia y con mucho deseo. Ya ya la muerte me va pisando
las faldas, y estiende la mano para alcanzarme de la vida; por lo que
veis que debe la bondad del pecho que la tiene al miserable que se le
encomienda, os suplico que cubráis mi fuego con yelo y me enterréis
en esa sepultura; que, puesto que mezcléis mis lascivos huesos
con los de esa casta doncella, no los contaminarán; que las reliquias
buenas siempre lo son dondequiera que estén.
Y, volviéndose al mozo Antonio, prosiguió:
-Y tú, arrogante mozo, que agora tocas o estás para tocar
los márgenes y rayas del deleite, pide al cielo que te encamine
de modo que ni te solicite edad larga, ni marchita belleza; y si yo he
ofendido tus recientes oídos, que así los puedo llamar,
con mis inadvertidas y no castas palabras, perdóname, que los que
piden perdón en este trance, por cortesía siquiera merecen
ser, si no perdonados, a lo menos escuchados.
Esto diciendo, dio un suspiro envuelto en un mortal desmayo.
CAPÍTULO
VEINTE Y UNO DEL PRIMER LIBRO
DE
LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA
-Yo no sé
-dijo Mauricio a esta sazón- qué quiere este que llaman
amor por estas montañas, por estas soledades y riscos, por entre
estas nieves y yelos, dejándose allá los Pafos, Gnidos,
las Cipres, los Elíseos Campos, de quien huye la hambre y no llega
incomodidad alguna. En el corazón sosegado, en el ánimo
quieto tiene el amor deleitable su morada, que no en las lágrimas
ni en los sobresaltos.
Auristela, Transila, Constanza y Ricla quedaron atónitas del suceso,
y con callar le admiraron, y, finalmente, con no pocas lágrimas
enterraron a Taurisa; y, después de haber vuelto Rosamunda del
pesado desmayo, se recogieron y embarcaron en el esquife de la nave, donde
fueron bien recebidos y regalados de los que en ella estaban, satisfaciendo
luego todos la hambre que les aquejaba; sólo Rosamunda, que estaba
tal, que por momentos llamaba a las puertas de la muerte. Alzaron velas,
lloraron algunos los capitanes muertos, y instituyeron luego uno que lo
fuese de todos, y siguieron su viaje, sin llevar parte conocida donde
le encaminasen, porque era de cosarios, y no irlandeses, como a Arnaldo
le habían dicho, sino de una isla rebelada contra Inglaterra.
Mauricio, mal contento de aquella compañía, siempre iba
temiendo algún revés de su acelerada costumbre y mal modo
de vivir; y, como viejo y esperimentado en las cosas del mundo, no le
cabía el corazón en el pecho, temiendo que la mucha hermosura
de Auristela, la gallardía y buen parecer de su hija Transila,
los pocos años y nuevo traje de Constanza no despertasen en aquellos
cosarios algún mal pensamiento. Servíales de Argos el mozo
Antonio, de lo que sirvió el pastor de Anfriso. Eran los ojos de
los dos centinelas no dormidas, pues por sus cuartos la hacían
a las mansas y hermosas ovejuelas que debajo de su solicitud y vigilancia
se amparaban.
Rosamunda, con los continuos desdenes, vino a enflaquecer de manera que
una noche la hallaron en una cámara del navío sepultada
en perpetuo silencio. Harto habían llorado, mas no dejaron de sentir
su muerte, compasiva y cristianamente. Sirvióla el ancho mar de
sepultura, donde no tuvo harta agua para apagar el fuego que causó
en su pecho el gallardo Antonio, el cual y todos rogaron muchas veces
a los cosarios que los llevasen de una vez a Irlanda, o a Ibernia, si
ya no quisiesen a Inglaterra o Escocia. Pero ellos respondían que,
hasta haber hecho una buena y rica presa, no habían de tocar en
tierra alguna, si ya no fuese a hacer agua o a tomar bastimentos necesarios.
La bárbara Ricla bien comprara a pedazos de oro que los llevaran
a Inglaterra, pero no osaba descubrirlos, porque no se los robasen antes
que se los pidiesen. Dioles el capitán estancia aparte, y acomodóles
de manera que les aseguró de la insolencia que podían temer
de los soldados.
Desta manera anduvieron casi tres meses por el mar de unas partes a otras;
ya tocaban en una isla, ya en otra, y ya se salían al mar descubierto,
propia costumbre de cosarios, que buscan su ganancia. Las veces que había
calma y el mar sosegado no les dejaba navegar, el nuevo capitán
del navío se iba a entretener a la estancia de sus pasajeros, y
con pláticas discretas y cuentos graciosos, pero siempre honestos,
los entretenía, y Mauricio hacía lo mismo. Auristela, Transila,
Ricla y Constanza más se ocupaban en pensar en la ausencia de las
mitades de su alma que en escuchar al capitán ni a Mauricio. Con
todo esto, estuvieron un día atentas a la historia que en este
siguiente capítulo se cuenta que el capitán les dijo.
CAPÍTULO
VEINTE Y DOS.
Donde el capitán
da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a hacer en su reino
el rey Policarpo
-«Una
de las islas que están junto a la de Ibernia me dio el cielo por
patria; es tan grande que toma nombre de reino, el cual no se hereda ni
viene por sucesión de padre a hijo: sus moradores le eligen a su
beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso
y mejor hombre que en él se hallara; y sin intervenir de por medio
ruegos o negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas,
de común consentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto
del mando, el cual le dura mientras le dura la vida o mientras no se empeora
en ella. Y, con esto, los que no son reyes procuran ser virtuosos para
serlo, y los que lo son, pugnan serlo más, para no dejar de ser
reyes. Con esto se cortan las alas a la ambición, se atierra la
codicia, y, aunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar
se le cae la máscara y queda sin el alcanzado premio; con esto
los pueblos viven quietos, campea la justicia y resplandece la misericordia,
despáchanse con brevedad los memoriales de los pobres, y los que
dan los ricos, no por serlo son mejor despachados; no agobian la vara
de la justicia las dádivas, ni la carne y sangre de los parentescos;
todas las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios; finalmente,
reino es donde se vive sin temor de los insolentes y donde cada uno goza
lo que es suyo.
»Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro del reino
en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso, así en
las armas como en las letras, el cual tenía, cuando vino a ser
rey, dos hijas de estremada belleza, la mayor llamada Policarpa y la menor
Sinforosa; no tenían madre, que no les hizo falta, cuando murió,
sino en la compañía: que sus virtudes y agradables costumbres
eran ayas de sí mismas, dando maravilloso ejemplo a todo el reino.
Con estas buenas partes, así ellas como el padre, se hacían
amables, se estimaban de todos. Los reyes, por parecerles que la malencolía
en los vasallos suele despertar malos pensamientos, procuran tener alegre
el pueblo y entretenido con fiestas públicas, y a veces con ordinarias
comedias; principalmente solenizaban el día que fueron asumptos
al reino, con hacer que se renovasen los juegos que los gentiles llamaban
olímpicos, en el mejor modo que podían. Señalaban
premio a los corredores, honraban a los diestros, coronaban a los tiradores
y subían al cielo de la alabanza a los que derribaban a otros en
la tierra.
»Hacíase este espetáculo junto a la marina, en una
espaciosa playa, a quien quitaban el sol infinita cantidad de ramos entretejidos,
que la dejaban a la sombra; ponían en la mitad un suntuoso teatro,
en el cual sentado el rey y la real familia, miraban los apacibles juegos.
Llegóse un día destos, y Policarpo procuró aventajarse
en magnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos hasta allí
se habían hecho. Y, cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona
y con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos
y los apacibles querían dar señal que las fiestas se comenzasen,
y cuando ya cuatro corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían
los pies izquierdos delante y los derechos alzados, que no les impedía
otra cosa el soltarse a la carrera, sino soltar una cuerda que les servía
de raya y de señal, que, en soltándola, habían de
volar a un término señalado, donde habían de dar
fin a su carrera; digo que en este tiempo vieron venir por la mar un barco
que le blanqueaban los costados el ser recién despalmado, y le
facilitaban el romper del agua seis remos que de cada banda traía,
impelidos de doce, al parecer, gallardos mancebos de dilatadas espaldas
y pechos y de nervudos brazos. Venían vestidos de blanco todos,
si no el que guiaba el timón, que venía de encarnado como
marinero. Llegó con furia el barco a la orilla, y el encallar en
ella y el saltar todos los que en él venían en tierra fue
una misma cosa. Mandó Policarpo que no saliesen a la carrera, hasta
saber qué gente era aquélla y a lo que venía, puesto
que imaginó que debían de venir a hallarse en las fiestas
y a probar su gallardía en los juegos. El primero que se adelantó
a hablar al rey fue el que servía de timonero, mancebo de poca
edad, cuyas mejillas desembarazadas y limpias mostraban ser de nieve y
de grana; los cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro
tan perfecta, y todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto admirable;
luego la hermosa presencia del mozo arrebató la vista, y aun los
corazones, de cuantos le miraron, y yo desde luego le quedé aficionadísimo.
»Lo que dijo al rey: ''Señor, estos mis compañeros
y yo, habiendo tenido noticia destos juegos, venimos a servirte y hallarnos
en ellos, y no de lejas tierras, sino desde una nave que dejamos en la
isla Scinta, que no está lejos de aquí; y, como el viento
no hizo a nuestro propósito para encaminar aquí la nave,
nos aprovechamos de esta barca y de los remos, y de la fuerza de nuestros
brazos. Todos somos nobles y deseosos de ganar honra, y, por la que debes
hacer, como rey que eres, a los estranjeros que a tu presencia llegan,
te suplicamos nos concedas licencia para mostrar, o nuestras fuerzas,
o nuestros ingenios, en honra y provecho nuestro y gusto tuyo''. ''Por
cierto -respondió Policarpo-, agraciado joven, que vos pedís
lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que sería
cosa injusta el negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes,
dejadme a mí el cargo de premiároslo; que, según
vuestra gallarda presencia muestra, poca esperanza dejáis a ninguno
de alcanzar los primeros premios''.
»Dobló la rodilla el hermoso mancebo y inclinó la
cabeza en señal de crianza y agradecimiento, y en dos brincos se
puso ante la cuerda que detenía a los cuatro ligeros corredores;
sus doce compañeros se pusieron a un lado a ser espectatores de
la carrera. Sonó una trompeta, soltaron la cuerda y arrojáronse
al vuelo los cinco; pero aún no habrían dado veinte pasos,
cuando con más de seis se les aventajó el recién
venido, y a los treinta ya los llevaba de ventaja más de quince;
finalmente, se los dejó a poco más de la mitad del camino,
como si fueran estatuas inmovibles, con admiración de todos los
circunstantes, especialmente de Sinforosa, que le seguía con la
vista, así corriendo como estando quedo, porque la belleza y agilidad
del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades, no sólo
los ojos de cuantos le miraban. Noté yo esto, porque tenía
los míos atentos a mirar a Policarpa, objeto dulce de mis deseos,
y, de camino, miraba los movimientos de Sinforosa. Comenzó luego
la invidia a apoderarse de los pechos de los que se habían de probar
en los juegos, viendo con cuánta facilidad se había llevado
el estranjero el precio de la carrera.
»Fue el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso
la espada negra, con la cual, a seis que le salieron, cada uno de por
sí, les cerró las bocas, mosqueó las narices, les
selló los ojos y les santiguó las cabezas, sin que a él
le tocasen, como decirse suele, un pelo de la ropa. Alzó la voz
el pueblo, y de común consentimiento le dieron el premio primero.
Luego se acomodaron otros seis a la lucha, donde con mayor gallardía
dio de sí muestra el mozo; descubrió sus dilatadas espaldas,
sus anchos y fortísimos pechos, y los nervios y músculos
de sus fuertes brazos, con los cuales, y con destreza y maña increíble,
hizo que las espaldas de los seis luchadores, a despecho y pesar suyo,
quedasen impresas en la tierra.
»Asió luego de una pesada barra que estaba hincada en el
suelo, porque le dijeron que era el tirarla el cuarto certamen; sompesóla,
y, haciendo de señas a la gente que estaba delante para que le
diesen lugar donde el tiro cupiese, tomando la barra por la una punta,
sin volver el brazo atrás, la impelió con tanta fuerza que,
pasando los límites de la marina, fue menester que el mar se los
diese, en el cual bien adentro quedó sepultada la barra. Esta mostruosidad,
notada de sus contrarios, les desmayó los bríos, y no osaron
probarse en la contienda.
»Pusiéronle luego la ballesta en las manos y algunas flechas,
y mostráronle un árbol muy alto y muy liso, al cabo del
cual estaba hincada una media lanza, y en ella, de un hilo, estaba asida
una paloma, a la cual habían de tirar no más de un tiro
los que en aquel certamen quisiesen probarse. Uno que presumía
de certero se adelantó y tomó la mano -creo yo-, pensando
derribar la paloma antes que otro; tiró, y clavó su flecha
casi en el fin de la lanza, del cual golpe azorada la paloma se levantó
en el aire; y luego otro, no menos presumido que el primero, tiró
con tan gentil certería que rompió el hilo donde estaba
asida la paloma, que, suelta y libre del lazo que la detenía, entregó
su libertad al viento y batió las alas con priesa. Pero el ya acostumbrado
a ganar los primeros premios disparó su flecha, y, como si mandara
lo que había de hacer y ella tuviera entendimiento para obedecerle,
así lo hizo, pues, dividiendo el aire con un rasgado y tendido
silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de
parte a parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida.
Renováronse con esto las voces de los presentes y las alabanzas
del estranjero, el cual en la carrera, en la esgrima, en la lucha, en
la barra y en el tirar de la ballesta, y entre otras muchas pruebas que
no cuento, con grandísimas ventajas se llevó los primeros
premios, quitando el trabajo a sus compañeros de probarse en ellas.
»Cuando se acabaron los juegos, sería el crepúsculo
de la noche; y, cuando el rey Policarpo quería levantarse de su
asiento con los jueces que con él estaban para premiar al vencedor
mancebo, vio que, puesto de rodillas ante él, le dijo: ''Nuestra
nave quedó sola y desamparada, la noche cierra algo escura, los
premios que puedo esperar, que por ser de tu mano se deben estimar en
lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta
otro tiempo, que con más espacio y comodidad pienso volver a servirte''.
Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba
Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de
flores con que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre
la del gallardo mancebo, y con honesta gracia le dijo al ponérsela:
''Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis a verle, veréis
cómo no vendréis a servirle, sino a ser servido''.»
CAPÍTULO
VEINTE Y TRES
De lo que sucedió
a la celosa Auristela cuando supo que su hermano Periandro era el que
había ganado los premios del certamen
¡Oh poderosa
fuerza de los celos! ¡Oh enfermedad, que te pegas al alma de tal
manera que sólo te despegas con la vida! ¡Oh hermosísima
Auristela! ¡Detente: no te precipites a dar lugar en tu imaginación
a esta rabiosa dolencia! Pero, ¿quién podrá tener
a raya los pensamientos, que suelen ser tan ligeros y sutiles que, como
no tienen cuerpo, pasan las murallas, traspasan los pechos y veen lo más
escondido de las almas?
Esto se ha dicho porque, en oyendo pronunciar Auristela el nombre de Periandro,
su hermano, y habiendo oído antes las alabanzas de Sinforosa y
el favor que en ponerle la guirnalda le había hecho, rindió
el sufrimiento a las sospechas y entregó la paciencia a los gemidos,
y, dando un gran suspiro y abrazándose con Transila, dijo:
-Querida amiga mía, ruega al cielo que, sin haberse perdido tu
esposo Ladislao, se pierda mi hermano Periandro. ¿No le ves en
la boca deste valeroso capitán, honrado como vencedor, coronado
como valeroso, atento más a los favores de una doncella que a los
cuidados que le debían dar los destierros y pasos desta su hermana?
¿Ándase buscando palmas y trofeos por las tierras ajenas,
y déjase entre los riscos y entre las peñas y entre las
montañas que suele levantar la mar alterada, a esta su hermana,
que por su consejo y por su gusto no hay peligro de muerte donde no se
halle?
Estas razones escuchaba atentísimamente el capitán del navío,
y no sabía qué conclusión sacar de ellas. Sólo
paró en decir, pero no dijo nada, porque en un instante y en un
momentáneo punto le arrebató la palabra de la boca un viento,
que se levantó tan súbito y tan recio que le hizo poner
en pie, sin responder a Auristela, y dando voces a los marineros que amainasen
las velas y las templasen y asegurasen. Acudió toda la gente a
la faena; comenzó la nave a volar en popa, con mar tendido y largo
por donde el viento quiso llevarla.
Recogióse Mauricio con los de su compañía a su estancia,
por dejar hacer libremente su oficio a los marineros. Allí preguntó
Transila a Auristela qué sobresalto era aquel que tal la había
puesto, que a ella le había parecido haberle causado el haber oído
nombrar el nombre de Periandro, y no sabía por qué las alabanzas
y buenos sucesos de un hermano pudiesen dar pesadumbre.
-¡Ay amiga! -respondió Auristela-, de tal manera estoy obligada
a tener en perpetuo silencio una peregrinación que hago, que hasta
darle fin, aunque primero llegue el de la vida, soy forzada a guardarle.
En sabiendo quién soy, que sí sabrás si el cielo
quiere, verás las disculpas de mis sobresaltos; sabiendo la causa
de do nacen, verás castos pensamientos acometidos, pero no turbados;
verás desdichas sin ser buscadas, y laberintos que, por venturas
no imaginadas, han tenido salida de sus enredos. ¿Ves cuán
grande es el nudo del parentesco de un hermano?, pues sobre éste
tengo yo otro mayor con Periandro. ¿Ves ansimismo cuán propio
es de los enamorados ser celosos?, pues con más propiedad tengo
yo celos de mi hermano. Este capitán, amiga, ¿no exageró
la hermosura de Sinforosa?; y ella, al coronar las sienes de Periandro,
¿no le miró? Sí, sin duda. ¿Y mi hermano,
no es del valor y de la belleza que tú has visto?, ¿pues
qué mucho que haya despertado en el pensamiento de Sinforosa alguno
que le haga olvidar de su hermana?
-Advierte, señora -respondió Transila-, que todo cuanto
el capitán ha contado sucedió antes de la prisión
de la ínsula Bárbara, y que después acá os
habéis visto y comunicado, donde habrá[s] hallado que ni
él tiene amor a nadie, ni cuida de otra cosa que de darte gusto;
y no creo yo que las fuerzas de los celos lleguen a tanto que alcancen
a tenerlos una hermana de un su hermano.
-Mira, hija Transila -dijo Mauricio-, que las condiciones de amor son
tan diferentes como injustas, y sus leyes tan muchas como variables; procura
ser tan discreta que no apures los pensamientos ajenos, ni quieras saber
más de nadie de aquello que quisiere decirte: la curiosidad en
los negocios propios se puede sutilizar y atildar, pero en los ajenos,
que no nos importa[n], ni por pensamiento.
Esto que oyó Auristela a Mauricio la hizo tener cuenta con su discreción
y con su lengua, porque la de Transila, poco necia, llevaba camino de
hacerle sacar a plaza toda su historia.
Amansó en tanto el viento, sin haber dado lugar a que los marineros
temiesen ni los pasajeros se alborotasen. Volvió el capitán
a verlos y a proseguir su historia, por haber quedado cuidadoso del sobresalto
que Auristela tomó oyendo el nombre de Periandro.
Deseaba Auristela volver a la plática pasada, y saber del capitán
si los favores que Sinforosa había hecho a Periandro se estendieron
a más que coronarle; y así, se lo preguntó modestamente
y con recato de no dar a entender su pensamiento. Respondió el
capitán que Sinforosa no tuvo lugar de hacer más merced,
que así se han de llamar los favores de las damas, a Periandro,
aunque, a pesar de la bondad de Sinforosa, a él le fatigaban ciertas
imaginaciones que tenía de que no estaba muy libre de tener en
la suya a Periandro, porque siempre que, después de partido, se
hablaba de las gracias de Periandro, ella las subía y las levantaba
sobre los cielos, y, por haberle ella mandado que saliese en un navío
a buscar a Periandro y le hiciese volver a ver a su padre, confirmaba
más sus sospechas.
-¿Cómo? ¿Y es posible -dijo Auristela- que las grandes
señoras, las hijas de los reyes, las levantadas sobre el trono
de la fortuna, se han de humillar a dar indicios de que tienen los pensamientos
en humildes sujetos colocados? Y, siendo verdad, como lo es, que la grandeza
y majestad no se aviene bien con el amor, antes son repugnantes entre
sí el amor y la grandeza, hase de seguir que Sinforosa, reina,
hermosa y libre, no se había de cautivar de la primera vista de
un no conocido mozo, cuyo estado no prometía ser grande el venir
guiando un timón de una barca con doce compañeros desnudos,
como lo son todos los que gobiernan los remos.
-Calla, hija Auristela -dijo Mauricio-, que en ningunas otras acciones
de la naturaleza se veen mayores milagros ni más continuos que
en las del amor, que por ser tantos y tales los milagros, se pasan en
silencio y no se echa de ver en ellos, por extraordinarios que sean: el
amor junta los cetros con los cayados, la grandeza con la bajeza, hace
posible lo imposible, iguala diferentes estados y viene a ser poderoso
como la muerte. Ya sabes tú, señora, y sé yo muy
bien, la gentileza, la gallardía y el valor de tu hermano Periandro,
cuyas partes forman un compuesto de singular hermosura; y es privilegio
de la hermosura rendir las voluntades y atraer los corazones de cuantos
la conocen, y cuanto la hermosura es mayor y más conocida, es más
amada y estimada. Así que, no sería milagro que Sinforosa,
por principal que sea, ame a tu hermano, porque no le amaría como
a Periandro a secas, sino como a hermoso, como a valiente, como a diestro,
como a ligero, como a sujeto donde todas las virtudes están recogidas
y cifradas.
-¿Que Periandro es hermano desta señora? -dijo el capitán.
-Sí -respondió Transila-, por cuya ausencia ella vive en
perpetua tristeza, y todos nosotros, que la queremos bien, y a él
le conocimos en llanto y amargura.
Luego le contaron todo lo sucedido del naufragio de la nave de Arnaldo,
la división del esquife y de la barca, con todo aquello que fue
bastante para darle a entender lo sucedido hasta el punto en que estaban.
En el cual punto deja el autor el primer libro desta grande historia y
pasa al segundo, donde se contarán cosas que, aunque no pasan de
la verdad, sobrepujan a la imaginación, pues apenas pueden caber
en la más sutil y dilatada sus acontecimientos.
Fin
del primer libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Obras
de CERVANTES:
Don
Quixote de la Mancha
El Amante Liberal
El Casamiento Engañoso
El Celoso Extremeño
El Coloquio de los Perros
El Licenciado Vidriera
El Trato de Argel
«Entremeses»
Entremés de la CUEVA
DE SALAMANCA
Entremés de la ELECCIÓN
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO
Entremés de la GUARDA
CUIDADOSA
Entremés del JUEZ
DE LOS DIVORCIOS
Entremés del RETABLO
DE LAS MARAVILLAS
Entremés del RUFIÁN
VIUDO LLAMADO TRAMPAGOS
Entremés del VIEJO
CELOSO
Entremés del VIZCAÍNO
FINGIDO
La
Española Inglesa
La Fuerza de
la Sangre
La Galatea
La Gitanilla
La Ilustre Fregona
La Numancia
La Señora Cornelia
Las Dos Doncellas
Los Trabajos de Persiles
y Segismunda
Rinconete y Cortadillo
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